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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - George Gershwin]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/george-gershwin/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - George Gershwin]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El jazz, los fantasmas y la educación sentimental]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/jazz-fantasmas-educacion-sentimental_129_13135635.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c2f40b67-f613-40c2-9af7-b641132197e4_16-9-discover-aspect-ratio_default_1140573.jpg" width="1965" height="1105" alt="El jazz, los fantasmas y la educación sentimental"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una vieja canción que habla de un sauce y del llanto. Una compositora llamada Ann Ronell. Una historia. Y un nuevo capítulo escrito de manera brillante por el primer disco solista de Flea, el fundador de los Red Hot Chilli Peppers. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Ann Rosenblatt</strong> naci&oacute; en Omaha, en la navidad de 1905. Se gradu&oacute; en el Radcliffe College de m&uacute;sica, donde fue alumna del compositor <strong>Walter Piston</strong>. All&iacute; cre&oacute; varias obras para representaciones estudiantiles y escribi&oacute; para el peri&oacute;dico cr&iacute;ticas y entrevistas. Una de ellas fue a <strong>George Gershwin</strong>, de quien, a partir de ese encuentro,&nbsp;se hizo amiga y al que dedic&oacute; su primera gran canci&oacute;n. Una pieza extra&ntilde;a, rechazada inicialmente en esa f&aacute;brica de &eacute;xitos que era el Tin Pan Alley &ndash;la calle donde estaban las oficinas de las editoriales de m&uacute;sica&ndash; y que se convirti&oacute;, con el tiempo, en uno de los standards m&aacute;s interpretados en la historia del jazz. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Willow Weep for Me&rdquo; registra 1180 versiones grabadas. Fue un &eacute;xito varias veces, la primera de ellas en 1932, el a&ntilde;o de su composici&oacute;n, por la orquesta de <strong>Paul Whiteman</strong> con <strong>Irene Taylor</strong> como cantante. <strong>Stan Kenton</strong> con <strong>June Christy</strong> en el papel solista, en 1946, <strong>Billie Holiday</strong> en 1954, con <strong>Harry &ldquo;Sweets&rdquo; Edison</strong> en trompeta y <strong>Barney Kessel</strong> en guitarra, <strong>Frank Sinatra</strong> en 1958, con arreglos de <strong>Nelson Riddle</strong>, y el d&uacute;o pop <strong>Chad &amp; Jeremy</strong>, en 1965, fueron algunos de los que, una y otra vez, hicieron de esa canci&oacute;n un hit. Y una lista breve, como la que aparece m&aacute;s abajo, asciende, necesariamente, a m&aacute;s de 20 &iacute;tems. Es decir, una selecci&oacute;n estricta no podr&iacute;a excluir ni a <strong>Sarah Vaughan</strong> ni a <strong>Etta James</strong> ni a <strong>Louis Armstrong</strong> con el tr&iacute;o de <strong>Oscar Peterson</strong> ni a <strong>Nina Simone</strong>; all&iacute; deben poder compararse las dos lecturas del guitarrista <strong>Wes Montgomery</strong>, una en vivo en el Half Note de Nueva York con los geniales <strong>Wynton Kelly</strong> en piano, <strong>Paul Chambers</strong> en contrabajo y <strong>Jimmy Cobb</strong> en bater&iacute;a, en 1965, y la refinad&iacute;sima de 1967 &ndash;vilipendiada como &ldquo;comercial&rdquo; por los talibanes&ndash;, con arreglos de <strong>Don Sebesky</strong>; y no podr&iacute;an faltar <strong>Phil Woods</strong> convirti&eacute;ndola en vals, <strong>Stan Getz</strong> junto con <strong>Bob Brookmeyer</strong> en tromb&oacute;n a v&aacute;lvulas, <strong>Nancy Wilson</strong> con orquestaci&oacute;n de <strong>Billy May</strong>, en 1966, <strong>Dexter Gordon</strong> en estado de gracia y <strong>Art Tatum</strong> enrulando el rulo del intrincamiento r&iacute;tmico.
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>Saul Bornstein</strong> era el editor que la hab&iacute;a rechazado, sobre todo por dos razones. Una, obvia, es que la autora &ndash;inusualmente tanto de la letra como de la m&uacute;sica&ndash; era una mujer. La segunda era la complejidad de sus cambios r&iacute;tmicos. Algo habr&iacute;a visto en ella, de todas maneras, porque decidi&oacute; consultar el tema con <strong>Irving Berlin</strong>, que fue quien la acept&oacute;. La canci&oacute;n ten&iacute;a una letra &ndash;y un t&iacute;tulo&ndash; bell&iacute;simos: &ldquo;Sauce, llora por m&iacute;. / Inclina tus ramas hasta el suelo y c&uacute;breme. / Escucha mi s&uacute;plica, / esc&uacute;chame, sauce, y llora por m&iacute;. / Se han ido mis dulces sue&ntilde;os, / hermosos sue&ntilde;os de verano. / Se han ido y me han dejado aqu&iacute; / para derramar mis l&aacute;grimas junto al arroyo&rdquo;. El sauce era el del Colegio Radcliff y no era la primera vez &ndash;ni ser&iacute;a la &uacute;ltima&ndash; en que ese &aacute;rbol que lleva el llanto en su nombre estar&iacute;a asociado a la canci&oacute;n. En el pen&uacute;ltimo acto de <em>Othello</em>, <strong>William Shakespeare</strong> indica que Desdemona debe cantar una antigua pieza tradicional, la &ldquo;Canci&oacute;n del sauce&rdquo; y, mucho despu&eacute;s, <strong>Carlos Guastavino</strong> compuso su notable &ldquo;La rosa y el sauce&rdquo;, con texto de <strong>Francisco Silva</strong>, y all&iacute; est&aacute;n tambi&eacute;n el sauce que llora a Eulogia Tapia en &ldquo;La pome&ntilde;a, del <strong>Cuchi Leguizam&oacute;n</strong> y <strong>Manuel Castilla</strong> y &rdquo;Willow&ldquo; de <strong>Taylor Swift</strong>. 
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    </figure><p class="article-text">
        La pieza de Rosenblatt fue firmada por <strong>Ann Ronell</strong>, por consejo de su amigo Gershwin, que hab&iacute;a nacido como Gershovitz. Ya con su nuevo nombre, ella acumul&oacute; varios &eacute;xitos y unos cuantos r&eacute;cords. Escribi&oacute; &ldquo;Who's Afraid of the Big Bad Wolf&rdquo;, la canci&oacute;n de los tres chanchitos para el film de animaci&oacute;n producido por <strong>Walt Disney</strong> en 1933. Fue la primera en componer m&uacute;sica y letra para una comedia de Broadway &ndash;<em>Count Me In</em>, de 1942&ndash; , la primera mujer en crear una partitura completa para el cine, en <em>The Story of G.I. Joe</em>, en 1945, y, en ese mismo film, en incluir una canci&oacute;n con los cr&eacute;ditos finales (&ldquo;Linda&rdquo;) y, de paso, en ser candidata al Oscar con ella. 
    </p><p class="article-text">
        Es habitual que las grandes versiones de un standard de jazz disminuyan con los a&ntilde;os. Las m&aacute;s recientes suelen pertenecer a grabaciones realizadas en Jap&oacute;n por artistas semi retirados o por debutantes sin mucho que decir al respecto. &ldquo;Willow Weep for Me&rdquo; es una excepci&oacute;n en varios aspectos, empezando por una cierta literalidad en las interpretaciones a la que parecen obligar la complejidad y la belleza del original. Pero el m&aacute;s llamativo es el inter&eacute;s de varias de las lecturas m&aacute;s o menos recientes: la de la cantante danesa <strong>Sinne Eeg</strong> con el contrabajista <strong>Thomas Fonnesbaek</strong>, la de la orquesta de <strong>Arturo O&rsquo;Farrill</strong> con <strong>Claudia Acu&ntilde;a</strong>, la de la inglesa <strong>Liane Carroll</strong> con el pianista <strong>Ian Shaw</strong>, la del saxofonista <strong>Jim Snidero</strong>, la del d&uacute;o de contrabajistas conformado por el legendario <strong>Ron Carter</strong> y <strong>Christian McBride</strong>, <a href="https://www.youtube.com/watch?v=A6AZGIgttqU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la del noneto del trompetista argentino </a><a href="https://www.youtube.com/watch?v=A6AZGIgttqU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>Mariano Loi&aacute;cono</strong></a>, y la de <strong>Houston Person</strong>, uno de los h&eacute;roes del escritor <strong>Michael Connelly</strong> y de su creaci&oacute;n, el detective Harry Bosch. 
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    </figure><p class="article-text">
        Y, claro, la &uacute;ltima. La que acaba de aparecer. La que antecede al final de <em>Honora</em>, el &aacute;lbum en el que <strong>Flea</strong> (Michael Balzary), bajista y fundador de los Red Hot Chilli Peppers, mira al jazz con creatividad y sortea los dos riesgos m&aacute;s comunes en este tipo de abordajes. Ni intenta imitar al jazz ni busca hacer un disco de jazz para aquellos a los que no les gusta el jazz. &nbsp;Simplemente lee, desde su enciclopedia actual, el mundo que lo educ&oacute; sentimentalmente. Al fin y al cabo, el nombre de la banda que creo junto con <strong>Anthony Kiedis</strong>, <strong>Hilel Slovak</strong> y <strong>Jack Irons</strong> &ndash;luego reemplazados por <strong>John Frusciante</strong> y <strong>Chad Smith</strong>&ndash; remit&iacute;a a aquellos Red Hot Peppers con los que <strong>Jelly Roll Morton</strong> hab&iacute;a grabado entre 1926 y 1930. 
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                Flea                            </span>
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        La familia de Honora, la tatarabuela de Flea, muri&oacute; de hambre en Irlanda. A ella la subieron a un barco, rumbo a Australia, y vivi&oacute; en la pobreza. En el t&iacute;tulo de su primer disco solista, un disco que mira al pasado sin mimetizarse con &eacute;l, el&nbsp;m&uacute;sico la recuerda. La mirada sobre ese viejo sauce mirado a su vez por Ann Ronell es ejemplar. Cita, a su manera, la frase con la que <strong>Gustav Mahler</strong> cit&oacute; a <strong>Thomas More</strong>: &ldquo;La tradici&oacute;n no es la adoraci&oacute;n de las cenizas sino la transmisi&oacute;n del fuego&rdquo;.&nbsp;All&iacute; est&aacute; la trompeta, el primer instrumento que &eacute;l toc&oacute; y con el que aqu&iacute; se reencuentra, evocando la sombra que el jazz dej&oacute; en &eacute;l. Es como un fantasma rodeado de otros. Hay sonidos del jazz. Hay gestos del jazz. Pero se trata de una obra personal &ndash;&iacute;ntima en el sentido m&aacute;s estricto del t&eacute;rmino&ndash; de un m&uacute;sico que naveg&oacute; con ventura entre el funk, el punk y el rock pesado y aqu&iacute;, simplemente, se deja llevar y deja que quienes tocan con &eacute;l lo acompa&ntilde;en en esa afortunada deriva. La electr&oacute;nica es una pieza fundamental del color logrado por el conjunto. El bajo el&eacute;ctrico, tocado por Flea, o el contrabajo de <strong>Anna Butters</strong> &ndash;para m&aacute;s detalles es la bajista de otro bajista, <strong>Paul McCartney</strong>&ndash;, las voces invitadas de <strong>Thom Yorke</strong> &ndash;que tambi&eacute;n toca teclados en &ldquo;Traffic Lights&rdquo;&ndash; y de <strong>Nick Cave</strong> &ndash;en &ldquo;Wichita Lineman&rdquo;&ndash;, la flauta alto de <strong>Rickey Washington</strong> &ndash;padre del saxofonista Kamasi y mentor de Flea en la trompeta&ndash; en &ldquo;Plea&rdquo;, m&aacute;s un amplio grupo de colaboradores, son parte esencial de <em>Honora</em>, un &aacute;lbum que, por suerte, no se parece a nada. Si se dijera de &eacute;l que es un disco de jazz ser&iacute;a falso. Si se dijera que el jazz all&iacute; est&aacute; ausente, tambi&eacute;n.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/jazz-fantasmas-educacion-sentimental_129_13135635.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Apr 2026 12:51:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[George Gershwin,Flea]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El monstruo de los 12 sonidos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/monstruo-12-sonidos_129_11786518.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8e474ee6-3bb4-4d59-bdd4-651e2945db75_16-9-discover-aspect-ratio_default_1105197.jpg" width="472" height="266" alt="El monstruo de los 12 sonidos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Fue el más romántico de todos. Eligió a Johannes Brahms como su modelo. Y, desde allí, hizo lo que el Romanticismo pedía: lo hizo saltar en pedazos. Arnold Schönberg, admirado entre otros por George Gershwin y James Dean, y de cuyo nacimiento se han cumplido 150 años, fue, en sus comienzos, el correlato más exacto del Dr Caligari y su gabinete. Y después ideó un sistema para que cada nota de la escala, como los colores en la pintura abstracta, no dependiera de las otras ni de un relato externo.  Para que fuera un universo en sí mismo.

</p></div><p class="article-text">
        <strong>Shirley Temple</strong> viv&iacute;a enfrente y ya ten&iacute;a m&aacute;s de treinta a&ntilde;os. <strong>Thomas Mann</strong> lo hab&iacute;a visitado, en su casa de la calle Brentwood, donde los hijos corr&iacute;an de un lado a otro. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Ni&ntilde;os impertinentes; un buen caf&eacute; vien&eacute;s&rdquo;, hab&iacute;a resumido el escritor en su diario. Y &eacute;l, <strong>Arnold Sch&ouml;nberg</strong>, que hab&iacute;a escapado del nazismo en 1933, jugaba al tenis y formaba una temida pareja de dobles con otro de sus vecinos en Beverly Hills, <strong>George Gershwin</strong>.
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        Nada pod&iacute;a unir demasiado al compositor vien&eacute;s que alguna vez dijo &ldquo;si es arte no es para todos; y si es para todos no es arte&rdquo; con quien a los 20 a&ntilde;os compuso en diez minutos, mientras viajaba en un bus de Manhattan, &ldquo;Swanee&rdquo;, la canci&oacute;n que en la voz de <strong>Al Jolson</strong> se convirti&oacute; en el primer gran hit de la industria discogr&aacute;fica, con 2 millones de copias vendidas en apenas unos meses.&nbsp;&nbsp;&ldquo;Algunos m&uacute;sicos no consideran a Gershwin un &lsquo;compositor serio&rsquo;&rdquo;, escribi&oacute; Sch&ouml;nberg en 1937, luego de la muerte del estadounidense. &ldquo;Pero ellos deber&iacute;an entender que, <em>serio</em> o no, &eacute;l es un compositor &ndash;esto es, un hombre que vive en la m&uacute;sica y expresa todo, <em>serio</em> o no, a trav&eacute;s de la m&uacute;sica porque es su lengua materna. Hay varios compositores, <em>serios</em> (como ellos creen) o no (como yo s&eacute;), que aprendieron a poner notas juntas. Pero s&oacute;lo son <em>serios</em> en relaci&oacute;n con su perfecta falta de humor y de sentimiento.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        La clave, en todo caso, llega en el p&aacute;rrafo siguiente: &nbsp;&ldquo;Creo que, sin lugar a dudas, Gershwin es un innovador&rdquo;. Y es que s&iacute; hubo algo, adem&aacute;s de la amistad, que ligaba a uno y otro compositor, fue la idea de modernidad y, sobre todo, del arte como una especie de fuerza aut&oacute;noma que obligaba a ir siempre m&aacute;s all&aacute;. Aunque all&aacute; pareciera haber un abismo.
    </p><p class="article-text">
        Quien en 1924 hab&iacute;a estrenado su <em>Rhapsody in Blue</em> en una velada que llev&oacute; como t&iacute;tulo &ldquo;Un experimento en m&uacute;sica moderna&rdquo; produjo, poco antes de morir, una peque&ntilde;a pel&iacute;cula, donde se lo ve bromeando junto al vien&eacute;s y haciendo una parodia de la filmaci&oacute;n, c&aacute;mara en mano. Suena un extracto del primer movimiento del <em>Cuarteto para cuerdas N&ordm; 4</em>, creado por Sch&ouml;nberg en 1936, interpretado por el <strong>Cuarteto Kolisch</strong>. Entre el 30 y el 31 de diciembre de ese a&ntilde;o y el 8 de enero de 1937, el grupo realiz&oacute; el primer registro discogr&aacute;fico de los cuatro cuartetos. La grabaci&oacute;n fue patrocinada, precisamente, por Gershwin.&nbsp;&nbsp;
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    </figure><p class="article-text">
        En la segunda parte del video que se adjunta aparece, como foto fija, otro chiste. El hijo de los inmigrantes <strong>Moishe Gershowitz</strong> y <strong>Roza Bruskina</strong> &ndash;un t&iacute;pico norteamericano de Hollywood&ndash; finge estar pintando uno de los autorretratos de Sch&ouml;nberg.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Si un m&uacute;sico, inevitablemente, se retrata a s&iacute; mismo, aquel que dio un paso m&aacute;s all&aacute; del Romanticismo exacerbado de <strong>Gustav Mahler</strong> y <strong>Richard Strauss</strong> hizo, como pintor, lo mismo: plasm&oacute; sobre telas, sobre todo, su mirada sobre s&iacute;. Uno de estos autorretratos, donde se ve desde arriba, caminando y de espaldas, es particularmente significativo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Arnold Schönberg, autorretrato                            </span>
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        Hay otro chiste &ndash;y otro retrato&ndash;. La an&eacute;cdota la contaba el actor <strong>James Dean</strong>, otro de los improbables admiradores del vien&eacute;s. Cuando el violinista <strong>Jascha Heifetz</strong>, una de las grandes estrellas de la m&uacute;sica cl&aacute;sica en esa &eacute;poca, le dijo a Sch&ouml;nberg que para tocar el concierto que hab&iacute;a escrito para su instrumento necesitar&iacute;a un dedo m&aacute;s en la mano izquierda, el autor contest&oacute;, inflexible: &ldquo;no puedo esperar tanto&rdquo;. Y en esta foto se ve a Dean ilustrando la historia.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                James Dean                            </span>
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        Pero hubo algo m&aacute;s que lig&oacute; al actor con al compositor: la m&uacute;sica de sus films. El autor fue <strong>Leonard Rosenman</strong>, que hab&iacute;a sido disc&iacute;pulo de Sch&ouml;nberg y que nunca antes hab&iacute;a hecho m&uacute;sica para el cine. Rosenman ten&iacute;a un alumno de piano a quien acababan de contratar para protagonizar la nueva pel&iacute;cula de <strong>Elia Kazan</strong>, titulada&nbsp;<em>East of Eden</em>. James Dean, un fan de Sch&ouml;nberg y de la nueva m&uacute;sica, consigui&oacute; que encargaran la banda sonora a su maestro. Una m&uacute;sica extra&ntilde;a, totalmente alejada de los c&aacute;nones de la industria &ndash;haza&ntilde;a que repiti&oacute; con <em>Rebel Without a Cause</em>, dirigida por <strong>Nicholas Ray</strong>, tambi&eacute;n en 1955&ndash;, que contradec&iacute;a la sentencia de Sch&ouml;nberg acerca del arte y lo masivo. En Hollywood, si era arte pod&iacute;a ser para todos.
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        El compositor y director de orquesta <strong>Pierre Boulez</strong>, pregunta, en el t&iacute;tulo de uno de sus art&iacute;culos agrupados en el libro <em>Puntos de referencia </em>(publicado en castellano por Gedisa). &ldquo;Sch&ouml;nberg, &iquest;el mal amado?&rdquo;. Y la duda sigue siendo pertinente a 150 a&ntilde;os de su nacimiento, el 13 de septiembre de 1874, y a 73 de su muerte, el 13 de julio de 1951. Su nombre es un &iacute;cono. Una banderita puesta en el mapa de las conquistas del Siglo XX. En el &aacute;mbito de la cultura, pocos lo desconocen. Su obra, en cambio, ha sido escuchada por muy pocos. Podr&iacute;a asegurarse, no sin cierto grado de simplificaci&oacute;n, que la mayor&iacute;a de quienes han visto por lo menos alguna vez un film expresionista o un cuadro de Vassily Kandisky, el pintor que dijo que &ldquo;la m&uacute;sica de Sch&ouml;nberg nos lleva a un nuevo mundo, en el que las vivencias musicales ya no son ac&uacute;sticas sino puramente espirituales&rdquo;, y se&ntilde;al&oacute; que all&iacute; empezaba &ldquo;la m&uacute;sica del futuro&rdquo;, jam&aacute;s ha escuchado una nota de Sch&ouml;nberg. Casi todos, y sobre todo los que no han escuchado su m&uacute;sica, saben que all&iacute;, lo que empieza es el mal (no amado). El fin de la m&uacute;sica tal como se la ama. Y lo que no se tiene en cuenta es el poderoso gesto rom&aacute;ntico que significa haber roto con el Romanticismo. Un gesto rastreable, por otra parte, en la propia obra. Su &ldquo;Noche transfigurada&rdquo;, escrita para sexteto de cuerdas en 1899 (&iquest;la obra del fin de un siglo?) y transcripta para orquesta de cuerdas en 1943 da el exacto paso siguiente del Romanticismo. Un paso, claro est&aacute;, se&ntilde;alado por el propio movimiento est&eacute;tico que hab&iacute;a dominado el siglo XIX, empezando por ese acorde in&eacute;dito &ndash;con novena invertida&ndash; cuya tensi&oacute;n irresuelta ya estaba anunciada en el comienzo del <em>Tristan und Isolde</em> de <strong>Richard Wagner</strong> y en las &uacute;ltimas composiciones de <strong>Franz Liszt</strong>. &ldquo;Dos personas caminan a trav&eacute;s de un desnudo bosque fr&iacute;o; la luna corre sobre ellos, se miran en ella. La luna corre sobre los altos robles; ninguna peque&ntilde;a nube oscurece la luz del cielo donde las negras ramas se extienden. La voz de una mujer habla: &lsquo;Llevo un ni&ntilde;o, y no de ti&hellip;&rsquo;&rdquo;, comienza el poema de <strong>Richard Dehmel</strong> en el que se inspir&oacute;. Y la m&uacute;sica transita por una ambig&uuml;edad &ndash;y una oscuridad&ndash; exquisitas.
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    </figure><p class="article-text">
        Si el sistema de dilaciones y suspensos del chan-chan final que las disonancias hab&iacute;an aportado a la gracia y el sost&eacute;n de la propia tonalidad hab&iacute;an llegado, con Mahler y Strauss, a un grado de acumulaci&oacute;n que hac&iacute;a ya dif&iacute;cil visualizar el objetivo &ndash;el chan-chan&ndash; a lo largo del camino, el paso siguiente &ndash;inevitable, hubiera dicho Sch&ouml;nberg&ndash; era la emancipaci&oacute;n de esas disonancias de su funci&oacute;n como dilaciones de un relato &ndash;la tonalidad&ndash;. Sch&ouml;nberg pas&oacute; por all&iacute; &ndash;el atonalismo libre&ndash;, por ejemplo en su <em>Cuarteto para cuerdas N&ordm; 2</em>, de 1908. Y en 1921 arrib&oacute; a un sistema en el que las doce notas de la escala &ndash;blancas y negras en el piano&ndash; eran tratadas con igual jerarqu&iacute;a a partir de su organizaci&oacute;n en series cuyos elementos no pod&iacute;an repetirse hasta no haber sonado todos ellos, con el fin de que ninguno actuara, para la audici&oacute;n, como im&aacute;n sobre los otros. Eso fue el dodecafonismo. Ni m&aacute;s ni menos que un conjunto de reglas que, como todas las otras utilizadas a lo largo de la historia de las artes, posibilitaron la creaci&oacute;n de algunas obras maestras y de mucho olvidable &ndash;y olvidado&ndash;. 
    </p><p class="article-text">
        Sch&ouml;nberg, en todo caso, no fue distinto, como compositor, cuando utiliz&oacute; el lenguaje que le dejaba el Romanticismo y cuando rom&aacute;nticamente lo abandon&oacute;. La serie de sus cuartetos de cuerdas &ndash;interpretados y grabados como los dioses por el <strong>Cuarteto Gringolts</strong>, con el agregado de la soprano <strong>Malis Harterius</strong> en el segundo&ndash; o de su m&uacute;sica para piano &ndash;por <strong>Maurizio Pollini</strong>&ndash; muestran esas evoluciones y esas continuidades.
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        La versi&oacute;n de <em>Pierrot Lunaire</em> por la soprano <strong>Christine Sch&auml;ffer</strong>, con direcci&oacute;n de Pierre Boulez, tiene el atractivo adicional de incluir la <em>Oda a Napole&oacute;n</em>, una composici&oacute;n sat&iacute;rica acerca del ascenso del nazismo en Europa, que cita por all&iacute; a <strong>Beethoven </strong>y a <em>La Marsellesa</em>. Y permite trazar las l&iacute;neas que unen aquel <em>Pierrot</em> temprano con otra obra tard&iacute;a, <em>Un Sobreviviente de Varsovia</em>, en la interpretaci&oacute;n de <strong>Claudio Abbado</strong> al frente de la Filarm&oacute;nica de Viena, del Coro de la Opera estatal de esa ciudad y del actor <strong>Gottfried Hornick</strong>. 
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        Lejos del &uacute;ltimo lugar en importancia, merecen especial atenci&oacute;n dos de sus &uacute;ltimas composiciones, creadas en esa peque&ntilde;a sucursal de <em>Mitteleuropa</em> exiliada en Hollywood, su <em>Concierto para viol&iacute;n y orquesta</em> &ndash;aquel para el cual a Heifetz le faltaba un dedo&ndash; en la deslumbrante interpretaci&oacute;n de <strong>Hilary Hahn</strong> &ndash;a quien no le falta ninguno&ndash; junto a la Sinf&oacute;nica de la Radio Sueca conducida por <strong>Esa-Pekka Salonen</strong>, y el <em>Concierto para piano</em>, tocado por <strong>Mitsuko Uchida</strong> en estado de gracia y con direcci&oacute;n de Boulez.
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        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/monstruo-12-sonidos_129_11786518.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Nov 2024 14:35:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El monstruo de los 12 sonidos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Arnold Schönberg,George Gershwin,James Dean,Pierre Boulez]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Paralelo a Harlem]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/paralelo-harlem_129_10932492.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/17c46025-8bd3-4304-9063-44a0208508b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Paralelo a Harlem"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace cien años dirigió su primera orquesta y grabó sus primeros dos temas. Hace cincuenta, Duke Ellington murió. Atravesó la historia del jazz. Siempre fue moderno, influyó a todos pero ninguna de las revoluciones del género lo influyó a él. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        La historia no son los hechos. La historia es la manera de seleccionarlos, organizarlos, relacionarlos y contarlos. Hay, por supuesto, muchas historias posibles a partir de la historia. Una de ellas, peque&ntilde;a, personal, versa sobre un joven m&uacute;sico de 23 a&ntilde;os, pintor de carteles publicitarios, que ofrec&iacute;a a sus clientes shows musicales para amenizar las inauguraciones y eventos que publicitaba. Esa historia &nbsp;se refiere a un primer trabajo musical verdaderamente profesional, en Atlantic City y en 1923, a un contrato posterior en el Hollywood Club de Broadway &ndash;que despu&eacute;s de un incendio reabri&oacute; como Kentucky Club&ndash; y a un grupo de siete integrantes que se presentaba al principio como <strong>Elmer Snowden </strong>y su <strong>Black Sox Orchestra</strong> y luego como <strong>The Washingtonians</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        Esa historia cuenta c&oacute;mo, a partir de la partida de Snowden a comienzos de 1924, la orquesta &shy;&ndash;ya un sexteto&ndash; pas&oacute; a tener como director musical a ese joven m&uacute;sico llamado <strong>Edward Kennedy Ellington </strong>y conocido m&aacute;s adelante como <strong>Duke</strong>. Pero no puede ser comprendida del todo sin otra historia: la del jazz y la de un mercado &ndash;y una &eacute;poca&ndash; que entendieron la modernidad como valor.
    </p><p class="article-text">
        Recientemente, a ra&iacute;z del centenario del estreno de <em>Rhapsody in Blue</em> de <strong>George Gershwin </strong>en un concierto denominado &ldquo;Un experimento en m&uacute;sica moderna&rdquo; &ndash;del que <strong>elDiarioAR </strong>dio cuenta en <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/rapsodia-ciudad_129_10891982.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este art&iacute;culo</a>&ndash; y de una nota escrita por el pianista <strong>Ethan Iverson</strong> &ndash;solista notable e integrante del grupo <strong>The Bad Plus</strong>&ndash; y publicada en <em>The New York Times</em>, se gener&oacute; una pol&eacute;mica en la que el compositor de aquella pieza fundante &ndash;que de ninguna manera era jazz ni pretend&iacute;a serlo&ndash; era acusado de &ldquo;apropiaci&oacute;n cultural&rdquo; &ndash;ya ha habido conatos de cancelaci&oacute;n para su <em>Porgy and Bess</em>&ndash;. En el extremo opuesto, el de lo culturalmente correcto y aut&eacute;nticamente afronorteamericano, se colocaba a Ellington, que ese mismo a&ntilde;o hac&iacute;a su aparici&oacute;n como l&iacute;der de una banda &ndash;a la que siempre llam&oacute; orquesta&ndash; y grababa con ella el primer disco de su carrera, con los temas &ldquo;Choo Choo (Gotta Hurry Home)&rdquo; y &ldquo;Rainy Nights&rdquo;. 
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        Lo notable es que en esos dos temas ya aparecen varios de los rasgos que hicieron a Ellington un caso &uacute;nico: el concepto de la orquesta como un todo, la utilizaci&oacute;n de efectos sonoros y timbres inusuales, a partir de sordinas, la preferencia por los instrumentos graves &ndash;o los registros m&aacute;s graves de cada instrumento&ndash; como voces cantantes, la aparici&oacute;n de contracantos sumamente elaborados y, en particular en &ldquo;Rainy Nights&rdquo;, m&aacute;s all&aacute; de la alusi&oacute;n del t&iacute;tulo a lo brumoso &ndash;tan t&iacute;picamente ellingtoniana&ndash;, la sucesi&oacute;n de solos con un acompa&ntilde;amiento adelgazado al l&iacute;mite y muy lejos de la intrincada red de preguntas, respuestas y comentarios usuales en el jazz de la &eacute;poca (la orquesta estaba integrada por Miley en trompeta, <strong>Charlie Irvis </strong>en tromb&oacute;n, <strong>Otto Hardwick </strong>en saxo, Ellington en piano, <strong>George Francis</strong> en banjo y <strong>Sonny Greer</strong> en bater&iacute;a. De manera notable, las mismas caracter&iacute;sticas pueden escucharse en la versi&oacute;n que grab&oacute; Ellington mucho despu&eacute;s, en diciembre de 1962, de la hoy acusada <em>Rhapsody in Blue</em>. Una versi&oacute;n, esta vez s&iacute;, jazz&iacute;stica, en la que <strong>Billy Strayhorn </strong>recompone la obra y se destaca el fant&aacute;stico saxo tenor de <strong>Paul Gonsalves</strong>. En todo caso, otro de los rasgos esenciales del estilo de Ellington, su uso de formas ampliadas, con la estructura de una suite o, s&iacute;, una rapsodia, tienen a Gershwin como fuente evidente. Eventualmente, la cultura nunca es lineal y las apropiaciones, como ya hab&iacute;a sucedido con la manera en que los afronorteamericanos abrevaron en (y ridiculizaron a) los minstrels en que los blancos se burlaban de ellos, corr&iacute;an en m&aacute;s de un sentido.
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    </figure><p class="article-text">
        Hubo, en los finales de 1924, algunos otros registros de Ellington solo o con algunos integrantes de la orquesta, acompa&ntilde;ando a cantantes como <strong>Alberta Prime</strong> y <strong>Jo Trent</strong>. Lo importante es que la historia del Duque, una de las m&aacute;s at&iacute;picas y &ndash;&shy;tal vez por eso&ndash; m&aacute;s cl&aacute;sicas historias del jazz, hab&iacute;a comenzado. En esas primeras grabaciones, con grupos como los Washingtonians o su orquesta del Kentucky Club y junto a m&uacute;sicos como el trompetista <strong>Bubber Miley</strong>, coautor expl&iacute;cito o impl&iacute;cito no solo de muchas de las nuevas piezas del repertorio sino del <em>color</em> de la orquesta en ese entonces, aparece un estilo que, independientemente de su evoluci&oacute;n estuvo presente a lo largo de medio siglo. 
    </p><p class="article-text">
        Se trataba de aspectos que no s&oacute;lo no eran corrientes &ndash;ni siquiera imaginables&ndash; a mediados de la d&eacute;cada de 1920 sino que, si despu&eacute;s fueron incorporados al universo del jazz fue precisamente por m&eacute;rito de Ellington. El primero de ellos, la idea de la orquesta como una unidad construida a partir de peculiaridades. Si la orquesta de <strong>Fletcher Henderson</strong>, en los mismos a&ntilde;os, se conform&oacute; siempre como grupos de grandes solistas, la de Ellington, en cambio, se estructur&oacute; alrededor de &ldquo;rarezas&rdquo;: el trompetista que mejor manejaba la sordina <em>wah-wah</em>, el saxofonista alto que mejor realizaba los <em>glissandi</em>, el saxofonista bar&iacute;tono que mejor &ldquo;cantaba&rdquo; con su instrumento. El sonido colectivo de la orquesta de Ellington siempre fue claramente distinto de cualquier otro y estaba basado, adem&aacute;s de en los rasgos de la escritura, en esas particularidades individuales que, por otra parte, eran aprovechadas en la manera de concebir la orquestaci&oacute;n. A diferencia de Henderson &ndash;o luego Goodman, para quien Henderson fue orquestador, o <strong>Artie Shaw</strong>&ndash;, Ellington no se dejaba tentar por los solistas m&aacute;s deslumbrantes sino por los m&aacute;s claramente distinguibles en sus particularidades.
    </p><p class="article-text">
        Y, adem&aacute;s, el <em>sonido Ellington</em>, era el producto de colores caracter&iacute;sticos, logrados con combinaciones sumanente novedosas de los timbres de la orquesta. Mientras di clase en la carrera de Jazz en el Conservatorio Manuel de Falla, a&ntilde;o tras a&ntilde;o desafi&eacute; a mis alumnos a descubrir qu&eacute; instrumentos sonaban en la presentaci&oacute;n del tema, en la grabaci&oacute;n de 1930 de &ldquo;Mood Indigo&rdquo;, un tema que ser&iacute;a rele&iacute;do innumerables veces, a veces desarrollando esa orquestaci&oacute;n primigenia, y a veces como simple veh&iacute;culo para la sucesi&oacute;n de solos sobre un esquema arm&oacute;nico de blues. El desaf&iacute;o fue siempre infructuoso. Y es que la idea de Ellington, imposible de imaginar en 1930, todav&iacute;a es asombrosa. All&iacute; el clarinete, habitualmente encargado de la voz solista, hace un contracanto por debajo del tromb&oacute;n con sordina, que, en su registro m&aacute;s agudo, es el que lleva la parte protag&oacute;nica, con la trompeta, tambi&eacute;n con sordina, completando los acordes en el centro del entramado.&nbsp;
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    </figure><p class="article-text">
        Entre los m&uacute;sicos de Ellington y su director, por otra parte, se estableci&oacute; una especie de relaci&oacute;n simbi&oacute;tica sumamente inusual en el mundo del jazz. Adem&aacute;s de la fidelidad de algunos de estos m&uacute;sicos, que llegaron a estar m&aacute;s de cuatro d&eacute;cadas en el mismo grupo, el estilo de muchos de ellos fue siempre un &ldquo;estilo Ellington&rdquo;, aun cuando tocaran con otros grupos e incluso fueran sus l&iacute;deres. <strong>Johnny Hodges</strong>, <strong>Harry Carney</strong>, Miley, <strong>Cootie Williams</strong>, <strong>Cat Anderson</strong>, <strong>Barney Bigard</strong>, <strong>Jimmy Hamilton</strong>, Gonsalves, funcionaron la mayor&iacute;a de las veces como prolongaciones del lenguaje ellingtoniano. Esa simbiosis alcanz&oacute;, por otra parte, a los orquestadores y compositores que trabajaron con Ellington. &ldquo;Caravan&rdquo;, de <strong>Juan Tizol</strong>, grabado por primera vez en 1936 por una orquesta sos&iacute;as de la de Ellington, los <strong>Jazzopaters</strong> de <strong>Barney Bigard</strong>, es inseparable de Duke como lo son las orquestaciones y composiciones de <strong>Mary Lou Wiliams</strong> en la d&eacute;cada de 1940 (por ejemplo la notable &ldquo;Trumpets no End&rdquo;, una especie de reescritura de &ldquo;Blue Skies&rdquo; donde la melod&iacute;a est&aacute; totalmente oculta, que Ellington toc&oacute; en su concierto en el Carnegie Hall en 1947). Y, sobre todo, como los temas y arreglos &ndash;e incluso la manera de tocar el piano&ndash; de <strong>Billy Strayhorn</strong>, el m&aacute;s perfecto <em>doble</em> de Ellington que pueda imaginarse. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        Ellington, por otra parte, siempre congeni&oacute; el modernismo con &nbsp;su condici&oacute;n de entretenedor, o, mejor, con las reglas del mercado musical estadounidense, a las que tens&oacute; con elegancia ducal. El af&aacute;n de exotismo de su primer p&uacute;blico &ndash;blancos que se fascinaban con ese nuevo arte negro llamado jazz&ndash; lo llev&oacute; a inventar un seudo africanismo donde las disparatadas escenograf&iacute;as selv&aacute;ticas en el medio de las que tocaba con su orquesta tuvieron como correlato el &ldquo;sonido <em>jungle</em>&rdquo;, donde el remedo de gru&ntilde;idos salvajes a cargo de trombones y trompetas acab&oacute; convirti&eacute;ndose en estilo. Los cuadros que acompa&ntilde;aba esta m&uacute;sica rondaban lo pornogr&aacute;fico. 
    </p><p class="article-text">
        Bailarines como <strong>Fredericka Carolyn &ldquo;Fredi&rdquo; Washington </strong>y <strong>Bessie Dudley</strong>, vestidos con plumas y collares, se contoneaban en danzas er&oacute;ticas que rubricaban, por ejemplo, el rescate de una rubia reina cautiva de una tribu presumiblemente africana, a manos de un aviador negro que se arrojaba a la selva en paraca&iacute;das. Es posible que para una parte considerable del p&uacute;blico hubiera escasos grados de separaci&oacute;n entre las poblaciones selv&aacute;ticas y los afronorteamericanos que trabajaban en sus negocios o empresas o como camareros en ferrocarriles, bares u hoteles. Ellington, que proven&iacute;a de una familia de clase media, podr&iacute;a haberse sentido humillado por esas escenas en las que tomaba parte y donde los negros eran reducidos a lo que los blancos &ndash;incluso muchos blancos que gustaban del jazz&ndash; ve&iacute;an en ellos: tan s&oacute;lo cuerpos y ritmo <em>salvajes</em> &ndash;y salvajemente er&oacute;ticos. Sin embargo, su punto de vista era m&aacute;s bien pragm&aacute;tico: &ldquo;Este tipo de experiencia teatral, y las exigencias que nos impon&iacute;a, era tan educativo como enriquecedor. Y tra&iacute;a consigo un mayor ensanchamiento de los alcances de la m&uacute;sica.&rdquo; 
    </p><p class="article-text">
        Son frecuentes los an&aacute;lisis que enfatizan el lado vanguardista de Ellington y que, tal vez, encuentran lo que no hay. <strong>Gunther Schuller</strong>, por ejemplo, atribuye a la escucha de <strong>Arnold Sch&ouml;nberg</strong> las disonancias de la introducci&oacute;n orquestal y la primera secci&oacute;n de piano solo de &ldquo;The clothed woman&rdquo;, que grab&oacute; en su concierto del 27 de diciembre de 1947 en el Carnegie Hall. Y si bien el parecido con el tipo de fraseo fragmentado del atonalismo libre y el dodecafonismo resulta evidente, puede haberse tratado de una cita, de un chiste (el tema desemboca, luego, en una especie de rag, antes de internarse nuevamente en la atonalidad), o de un gui&ntilde;o hacia alguien en particular o hacia la propia circunstancia de estar tocando en el Carnegie Hall. 
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        En los 30 Ellington no cambia de estilo pero lo exagera. Es autoconsciente y, de alguna manera, se interpreta a s&iacute; mismo. En esa d&eacute;cada registra, adem&aacute;s, sus primeras versiones de temas como &ldquo;Diminuendo Blue&rdquo; y peque&ntilde;as obras maestras como &ldquo;Reminiscing in Tempo&rdquo; &shy;&ndash;una suerte de lecci&oacute;n de orquestaci&oacute;n a partir de poco m&aacute;s que un <em>ostinato</em>, poniendo en evidencia, adem&aacute;s del notable grado de modernismo de su escritura, no solo la tolerancia sino la b&iacute;usqueda y el regocijo del mercado del entretenimiento estadounidense para con esos osados experimentos. 
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        El negocio de la m&uacute;sica cambiaba y, entre las maneras de enriquecerse,&nbsp;a la composici&oacute;n de &eacute;xitos comenzaba a sumarse la posibilidad de ser un director de orquesta famoso. &ldquo;Hab&iacute;a muchas mujeres bonitas, mucho champagne, gente simp&aacute;tica y dinero de sobra&rdquo;, dec&iacute;a Ellington. En 1929 hab&iacute;a participado de un musical de Broadway, <em>Show Girl</em>, de Gershwin, y, un a&ntilde;o despu&eacute;s, de un exitoso espect&aacute;culo con <strong>Maurice Chevalier</strong>. Tambi&eacute;n apareci&oacute; en dos pel&iacute;culas, un corto titulado <em>Black and Tan Fantasy</em> (un peque&ntilde;o cuento de amor y muerte realizado por <strong>Dudley Murphy</strong> en 1929, donde baila la bell&iacute;sima <strong>Fredi Washington</strong>) y <em>Good, Very Good</em>, un film consensuadamente espantoso que, no obstante, sirvi&oacute; para acrecentar su fama. 
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        Ya a fines de la d&eacute;cada de 1920 Ellington era mencionado en los diarios principales y comenzaba a circular la certeza acerca de que se trataba de algo m&aacute;s que del director de una orquesta bailable. Y en ese proceso de reconocimiento ocuparon un lugar central los art&iacute;culos de <strong>Robert Donaldson Darrell </strong>para la <em>Phonograph Monthly Review</em>, que llamaron la atenci&oacute;n y fueron le&iacute;dos por cr&iacute;ticos de m&uacute;sica cl&aacute;sica como <strong>Constant Lambert </strong>y que derivaron en un ensayo (en realidad un libro fallido) donde Darrell hablaba de la influencia (bastante improbable en ese momento) de la m&uacute;sica de <strong>Maurice Ravel</strong> y de <strong>Edward Delius</strong> en las composiciones de Ellington. En 1932, por primera vez, su grupo era elegido como la &ldquo;mejor orquesta negra&rdquo; por el <em>Pittsburgh Review</em> y ya el a&ntilde;o anterior, cuando el presidente <strong>Edgar Hoover </strong>decidi&oacute; invitar a la Casa Blanca a un grupo de afronorteamericanos destacados, Ellington hab&iacute;a estado entre ellos.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Pero, adem&aacute;s, estaba la legitimaci&oacute;n de la academia. Tambi&eacute;n en 1932, Ellington fue invitado por el compositor <strong>Percy Grainger</strong> (un australiano radicado en Nueva York) para que diera un concierto y una conferencia en la Universidad de Columbia. Lo interesante es, eventualmente, c&oacute;mo la mirada de un cierto p&uacute;blico y la valoraci&oacute;n de un sector ilustrado retroaliment&oacute; la m&uacute;sica de Ellington, cambi&oacute; la mirada del compositor sobre s&iacute; mismo y lo llev&oacute; a enfatizar los rasgos modernistas de su estilo y los experimentos formales. La forma de la suite, como en &ldquo;Black, Brown &amp; Beige&rdquo;, un homenaje a Harlem escrito para su primer concierto en el Carnegie Hall, el 23 de enero de 1943, luego grabado fragmentariamente en 1945 (un registro que la revista especializada <em>Down Beat</em> calific&oacute; como el fin del jazz &ndash;&ldquo;all&iacute; no hay beat, y si no hay beat no hay jazz&rdquo;&ndash;) y ampliado a todo un disco, ya en los a&ntilde;os sesenta, y con la voz de <strong>Mahalia Jackson</strong>. Y tambi&eacute;n los peque&ntilde;os poemas sinf&oacute;nicos, como &ldquo;Paralell to Harlem&rdquo;, que junto con los temas brumosos y abstractos, a la manera de &ldquo;Mood Indigo&rdquo;, con su revolucionaria b&uacute;squeda de color orquestal, fueron dise&ntilde;ando un perfil cada vez m&aacute;s alejado del de la orquesta de baile y m&aacute;s cercano, en su funcionalidad expresa, al de la m&uacute;sica de concierto. 
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    </figure><p class="article-text">
        El <em>fen&oacute;meno Ellington</em>, no obstante, est&aacute; lejos de agotarse en ese temprano modernismo de las d&eacute;cadas de 1920 y 1930 o en el apogeo de los cuarenta y los cincuenta, en el que <em>Such Sweet Thunder,</em> el disco dedicado a Shakespeare y en particular &ldquo;The Star Crossed Lovers&rdquo;, donde Romeo y Julieta son personificados por los saxos de <strong>Johnny Hodges</strong> y <strong>Harry Carney</strong>, ostenta un lugar de privilegio. 
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    </figure><p class="article-text">
        La culminaci&oacute;n tal vez sea la extraordinaria <em>Far East Suite</em>, de 1967: una suerte de recorrido por un Oriente absolutamente imaginario donde el encanto pasa precisamente, por esa cualidad de invenci&oacute;n. No se trata del Oriente sino de lo que el Oriente significa para Ellington y, eventualmente, para todo un Occidente que en ese mismo momento descubr&iacute;a &ndash;y se fascinaba con&ndash; los ragas de <strong>Ravi Shankar </strong>por la v&iacute;a de <strong>The Beatles</strong>. Nuevamente son los colores que crea Ellington, la manera en que hace sonar su orquesta &ndash;y la forma en que lo lejano sirve de pretexto para la creaci&oacute;n de texturas y matices in&eacute;ditos hasta el momento en el contexto de una banda de jazz&ndash;, lo que define la novedad y el encanto de su m&uacute;sica, m&aacute;s que un particular uso de la armon&iacute;a o los estilos de sus solistas, ce&ntilde;idos siempre a una especie de evoluci&oacute;n personal y &uacute;nica de las modalidades de las d&eacute;cadas del veinte al cuarenta. 
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        Ellington es, en su atipicidad, uno de los pilares de un g&eacute;nero que se edific&oacute; a s&iacute; mismo sobre las ideas de originalidad y de la construcci&oacute;n del sonido propio. Fue siempre moderno (y modernista) aunque ninguno de los modernismos del jazz, a lo largo de su carrera, lo toc&oacute; de cerca. Ni el Bop, ni el Free, ni <strong>Miles Davis</strong> ni <strong>Thelonious Monk</strong> tuvieron eco alguno en el estilo de su orquesta. Y, sin embargo, todos ellos &ndash;y <strong>Charles Mingus</strong>, obviamente&ndash; fueron, en mayor o menor medida, influidos por &eacute;l. No se pareci&oacute; a nada que no fuera &eacute;l mismo &ndash;o sus ac&oacute;litos&ndash; y en esa condici&oacute;n &uacute;nica es donde fund&oacute; su valor como figura clave. A un siglo de su primera orquesta y sus primeras grabaciones y a cincuenta a&ntilde;os de su muerte, el 24 de mayo de 1974, Ellington se erige no como la n&eacute;mesis de <strong>George Gershwin</strong>, como fuerzan las interpretaciones de algunos &ndash;historias sobre la historia&ndash; sino como su continuador m&aacute;s claro, en el campo del jazz (un campo al que Gershwin influy&oacute; como pocos pero al que jam&aacute;s perteneci&oacute;). Como el &iacute;nterprete m&aacute;s preciso, ya desde los comienzos del jazz, de esa revolucionaria idea del siglo XX: las m&uacute;sicas <em>de escucha</em> desarrolladas a partir de tradiciones populares 
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/paralelo-harlem_129_10932492.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Feb 2024 03:01:41 +0000]]></pubDate>
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    <item>
      <title><![CDATA[Rapsodia para una ciudad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/rapsodia-ciudad_129_10891982.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b9267224-b15f-4dd7-ae2b-7acd29a19e9d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Rapsodia para una ciudad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En febrero de 1924, hace 100 años, George Gershwin estrenó Rhapsody in Blue. Estuvo a punto de no componerla. Recibió las peores críticas. Y creó una obra que cambió para siempre la historia de la música y sus jerarquías. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Volver&iacute;a a nevar, comentaban en la cola. La gente que esperaba para entrar a la Aeolian Hall, en la 43 Oeste, entre Quinta y Sexta, era mucha m&aacute;s que la esperada. De hecho los organizadores tem&iacute;an que no hubiera nadie. Flappers &ndash;esas j&oacute;venes rebeldes y amantes del jazz, de pelo y polleras cortas, a las que describi&oacute; <strong>Francis Scott Fitzgerald</strong>&ndash;, estrellas de la &oacute;pera, el compositor <strong>Igor Stravinsky</strong>, los directores de orquesta <strong>Leopold Stokowski </strong>y <strong>Walter Damrosch</strong>, el violinista <strong>Fritz Kreisler</strong> y el pianista de jazz <strong>Willie &ldquo;the Lion&rdquo; Smith</strong> estaban entre quienes hab&iacute;an ido a escuchar ese concierto de t&iacute;tulo intrigante: &ldquo;Un experimento en m&uacute;sica moderna&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El pretexto era la celebraci&oacute;n de un aniversario del nacimiento de <strong>Abraham Lincoln</strong>. Pero hab&iacute;a dos atractivos poderosos, la presencia de la exitos&iacute;sima orquesta del Palais Royal de Manhattan, dirigida por <strong>Paul Whiteman</strong>, y el estreno de una obraespecialmente encargada para la ocasi&oacute;n: una especie de concierto popular para piano y orquesta de jazz, escrita por el m&aacute;s popular de los compositores de canciones para comedias musicales, ni m&aacute;s ni menos que el autor del primer gran hit de la naciente industria discogr&aacute;fica estadounidense. &ldquo;Swanee&rdquo;, incluida en <em>Demi-Tasse</em>, un musical estrenado en 1919, fue grabada el a&ntilde;o siguiente por <strong>Al Jolson</strong>. La canci&oacute;n estuvo durante cinco meses en el primer puesto del ranking, vendi&oacute;, s&oacute;lo en 1920, alrededor de dos millones de copias y m&aacute;s de un mill&oacute;n de personas compraron la partitura de la versi&oacute;n con acompa&ntilde;amiento de piano.
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    </figure><p class="article-text">
        El martes 12 de febrero de 1924, a la tarde, como pen&uacute;ltimo n&uacute;mero de una presentaci&oacute;n que incluy&oacute; al pianista <strong>Zez Confrey</strong>, unos &ldquo;Semisymphonic Arrangement of Popular Melodies&rdquo;, sobre canciones de <strong>Irving Berlin</strong>, la <em>Suite of Serenades </em>de Victor Herbert &ndash;el compositor estadounidense m&aacute;s celebrado del momento&ndash; y un extra&ntilde;o final con una de las <em>Marchas de Pompa y Circunstancia</em> de <strong>Edward Elgar</strong>, se estren&oacute; una obra que puso en entredicho, de manera radical, las jerarqu&iacute;as de la &ldquo;cultura alta&rdquo; y que cambi&oacute; para siempre la historia de la m&uacute;sica. Con arreglos de <strong>Ferde Grof&eacute;</strong>, pianista y orquestador de la banda, y, en el comienzo, ese audaz glissando ascendente que el clarinetista <strong>Ross Gorman</strong> hizo como una broma en uno de los ensayos y el compositor no solo festej&oacute; sino que incorpor&oacute; definitivamente a la obra, hace un siglo son&oacute; por primera vez la <em>Rhapsody in Blue</em> de <strong>George Gershwin</strong>. Una obra que &eacute;l estuvo a punto de no componer. Ocupado con tres comedias musicales a la vez &ndash;una de ellas la luego famosa <em>Lady Be Good</em>, estrenada tambi&eacute;n en 1924&ndash; hab&iacute;a olvidado el encargo por completo. Hasta que su hermano Ira, tres semanas antes del estreno, le mostr&oacute; una nota que hab&iacute;a encontrado en el diario y donde se anunciaba su pr&oacute;xima obra y el &ldquo;Experimento en m&uacute;sica moderna&rdquo; de <strong>Paul Whiteman</strong>. Cont&oacute;, a su primer bi&oacute;grafo, <strong>Isaac Goldberg</strong>, que la compuso por completo, en su mente, durante un viaje en tren a Boston. La versi&oacute;n que entreg&oacute; a la orquesta estaba escrita para dos pianos y &eacute;l, por su parte, grab&oacute; m&aacute;s tarde, en un rollo de pianola, la parte que qued&oacute; como solista.
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    </figure><p class="article-text">
        &ldquo;Qu&eacute; trilladas, d&eacute;biles y convencionales son las melod&iacute;as; cu&aacute;n sensiblero e ins&iacute;pido es el tratamiento arm&oacute;nico, bajo su disfraz de contrapunto melindroso y f&uacute;til&rdquo;, dijo<em>The New York Tribune</em>, que conclu&iacute;a su cr&iacute;tica de ese estreno afirmando que la <em>Rhapsody</em>&hellip;&ldquo;llora por la falta de vida de la melod&iacute;a y la armon&iacute;a, tan derivativa, tan rancia, tan inexpresiva.&rdquo; <em>The New York Times</em> fue un poco m&aacute;s indulgente y se&ntilde;al&oacute; que la obra era &ldquo;altamente original&rdquo; y que Gershwin era &ldquo;un nuevo talento buscando su voz&rdquo;. Las diatribas contra las obras &ldquo;cl&aacute;sicas&rdquo; de Gershwin siempre se cebaron en &ldquo;las debilidades formales&rdquo;. Incluso <strong>Leonard Bernstein</strong>, uno de quienes grabaron&nbsp;versiones referenciales de la <em>Rhapsody</em>&hellip;, habl&oacute; de ese &ldquo;desorden interno&rdquo; que, en realidad, era algo que Gershwin espec&iacute;ficamente buscaba. En sus propias palabras, &ldquo;el caleidoscopio musical de (Norte) Am&eacute;rica&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Se trataba de una cuesti&oacute;n de clase (musical en este caso). Gershwin era un compositor del Tin Pan Alley &ndash;la calle donde estaban las oficinas de los productores y los profesionales que creaban canciones populares a destajo&ndash;. Una cosa era que un autor &ldquo;cl&aacute;sico&rdquo;, como Bernstein, fuera hacia lo popular como fuente, y otra muy distinta que alguien de ese campo tuviera el atrevimiento de invadir su territorio. Uno de quienes reconoci&oacute; los m&eacute;ritos de Gershwin, y de paso polemiz&oacute; acerca de los compositores &ldquo;serios&rdquo; &ndash;que en ese entonces eran vistos como opuestos a lo popular y &ldquo;superficial&rdquo;&ndash;, fue <strong>Arnold Sch&ouml;nberg</strong>, el &aacute;ngel negro de la vanguardia y creador del supuestamente inhumano dodecafonismo. &ldquo;Gershwin es artista y compositor: expres&oacute; ideas musicales y eran nuevas, al igual que la forma en que las expres&oacute;&rdquo;, dijo. &ldquo;Un artista es para m&iacute; como un manzano. Cuando llega el momento, quiera o no, florece y empieza a producir manzanas. Serio o no, es un compositor, es decir, un hombre que vive en la m&uacute;sica y expresa todo, serio o no, sonoro o superficial, a trav&eacute;s de la m&uacute;sica, porque es su lengua materna. Lo que ha hecho con el ritmo, la armon&iacute;a y la melod&iacute;a no es meramente estilo. Es fundamentalmente diferente del manierismo de muchos compositores serios, que escriben una uni&oacute;n superficial de recursos aplicados a un m&iacute;nimo de ideas. La impresi&oacute;n es la de una improvisaci&oacute;n con todos los m&eacute;ritos y defectos propios de este tipo de producci&oacute;n. S&oacute;lo siente que tiene algo que decir y lo dice.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Uno de los temas que tempranamente se puso en escena, en relaci&oacute;n con los m&eacute;ritos de Gershwin para ser considerado un compositor &ndash;y no un autor de canciones particularmente inspirado y un pianista intuitivamente habilidoso&ndash; fue su capacidad como orquestador, algo que en la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica &ndash;a diferencia de las m&uacute;sicas populares&ndash; es parte de la composici&oacute;n. Gershwin no orquest&oacute; su <em>Rapsodia</em> y las tres versiones existentes &ndash;la de 1924 con banda de jazz ampliada con algunas cuerdas, que era el org&aacute;nico de la banda de Whiteman, la de 1926 para orquesta de teatro y la de 1942 con orquesta sinf&oacute;nica&ndash; son de Grof&eacute;. 
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        El cr&iacute;tico <strong>Alan Lincoln</strong> lleg&oacute; a escribir, en el n&uacute;mero de diciembre de 1932 de <em>American Spectator</em> no solo que &eacute;l no hab&iacute;a realizado la orquestaci&oacute;n de ninguna de sus obras sino que probablemente tampoco era su autor. La historia es ligeramente diferente. Gershwin al prinicipio no sab&iacute;a orquestaci&oacute;n porque jam&aacute;s lo hab&iacute;a necesitado. Las orquestas de los musicales variaban de tama&ntilde;o y conformaci&oacute;n seg&uacute;n los teatros &ndash;y el dinero que hubiera para la producci&oacute;n&ndash; y cada una ten&iacute;a su propio orquestador, que era el que sab&iacute;a lo que hab&iacute;a que hacer. Bernstein, precisamente, sufri&oacute; esta modalidad cuando se le rechaz&oacute; su orquestaci&oacute;n de West Side Story &ndash;la que se estren&oacute;, se grab&oacute;, se hizo famosa y sigue siendo la &ldquo;oficial&rdquo; es de Sid Ramin e Irwin Kosta. Y cuando lo necesit&oacute;, ante la necesidad de componer un concierto de piano para la Sinf&oacute;nica de Nueva York &ndash;que cuatro a&ntilde;os m&aacute;s tarde se convirti&oacute; en la Filarm&oacute;nica&ndash; a ra&iacute;z del encargo de Damrosch, que hab&iacute;a estado en el estreno de la Rapsodia&hellip;, lo resolvi&oacute; de una manera absolutamente norteamericana &ndash;o hollywoodense, tal vez sea lo mismo&ndash;: se compr&oacute; libros de forma musical y de orquestaci&oacute;n y se dedic&oacute;, durante varios meses, a leerlos y a inventarse ejercicios. El resultado, su <em>Concierto en Fa</em>, es, sencillamente, una lecci&oacute;n de orquestaci&oacute;n.
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        La m&uacute;sica de Gershwin, ese retrato del caleidoscopio neoyorquino, fue capaz &ndash;y a&uacute;n lo es&ndash; de hablar como ninguna otra podr&iacute;a hacerlo de esa ciudad, del progreso entendido como una de las bellas &ndash;y bastardas&ndash; artes y, sobre todo, del cruce de culturas como lenguaje urbano. En 1898, cuando el hijo de <strong>Moshe Gershovitz </strong>y <strong>Roza Bruskina</strong> naci&oacute; y fue inscripto como <strong>Jacob Gershwine</strong>, las casas de Brooklyn eran de madera. Irlandeses, rusos, alemanes e italianos llegaban a Nueva York escapando de la pobreza y las persecuciones. Los hijos crec&iacute;an, algunos cambiaban sus nombres y unos pocos se hac&iacute;an famosos. Aparec&iacute;an los ascensores, los rascacielos, el subterr&aacute;neo; <strong>Frederick Austerlitz</strong> se convert&iacute;a en <strong>Fred Astaire</strong>, <strong>Asa Yoelson</strong> en <strong>Al Jolson </strong>y <strong>Jacob Gershwine</strong> en <strong>George Gershwin</strong>. Hab&iacute;a nacido en el lado m&aacute;s pobre de la parte m&aacute;s pobre de Nueva York. Despu&eacute;s fue rico y famoso, fue coleccionista de cuadros (ten&iacute;a a Picasso, C&eacute;zanne y Matisse en su pinacoteca), de caballos y de mujeres. Y si bien es cierto que el jazz estuvo entre sus fuentes, junto con otras m&uacute;sicas afronorteamericanas como el blues y el shouting, fue mucho m&aacute;s lo que el jazz tom&oacute; de &eacute;l. El pianista <strong>Herbie Hancock </strong>lo explic&oacute; con claridad: &ldquo;Existen s&oacute;lo dos formas b&aacute;sicas para el jazz. Una de ellas es el blues, que no fue escrita por nadie en particular pero es parte de la cultura negra. La otra est&aacute; inscripta en los cambios de acordes de &lsquo;I Got Rhythm&rsquo;. Y &eacute;sa la escribi&oacute; George Gershwin&rdquo;. El compositor estadounidense John Adams, uno de los m&aacute;s importantes de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, resumi&oacute; su trascendencia de Gershwin de esta manera: &ldquo;El es a los norteamericanos lo que Schubert a los vieneses. Una s&iacute;ntesis perfecta de una &eacute;poca que supo encontrar el equilibrio entre su estilo popular y la maestr&iacute;a t&eacute;cnica. No interesa la categorizaci&oacute;n ni saber si debe colocarse en el casillero de lo popular o de lo cl&aacute;sico. Como Schubert, es a la vez popular y cl&aacute;sico. Y como Schubert, su m&uacute;sica perdura sin sonar jam&aacute;s fechada o pasada de moda&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 Feb 2024 03:02:39 +0000]]></pubDate>
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