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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Duke Ellington]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/duke-ellington/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Duke Ellington]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Larga duración: obras magistrales y civilización]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/larga-duracion-obras-magistrales-civilizacion_129_11767150.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3fd7ea04-2301-4fa6-b64d-4e62e38d2be4_16-9-discover-aspect-ratio_default_1104723.jpg" width="594" height="334" alt="Larga duración: obras magistrales y civilización"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En 1948 un invento cambió para siempre las maneras de hacer y escuchar música. Era irrompible, liviano, silencioso y tenía mucha más capacidad. Se llamó “long playing” y el uso lo convirtió en “long play” o, simplemente, “LP”. Duke Ellington fue el primero en aprovecharlo con Masterpieces, un disco central en el desarrollo de tradiciones populares hacia nuevas formas de arte. 

</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;&iexcl;Fidelidad asombrosa!/ &iexcl;Irrompible!/ &iexcl;Ahorrros incre&iacute;bles!/ &iexcl;Ahorre espacio de almacenamiento!/ &iexcl;Elimina el ruido de superficie!/ &iexcl;Obras completas en un disco!&rdquo;, encolumnaba una publicidad de 1949, en el <em>Chicago Daily</em>. El anuncio hab&iacute;a sido realizado en una conferencia de prensa en el Waldorf Astoria, el 18 de junio del a&ntilde;o anterior. La casa Columbia hab&iacute;a dado a conocer un nuevo invento, debido al ingeniero <strong>Peter Goldmark</strong>. Hab&iacute;a una nueva tecnolog&iacute;a para fabricar discos y se llamaba &ldquo;microsurco de larga duraci&oacute;n&rdquo; (long-playing microgroove).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La velocidad de giro del disco disminu&iacute;a de 78 vueltas por minuto a 33 1/3, aumentando la duraci&oacute;n posible de cada lado entre cinco y seis veces. El material dejaba de ser el abrasivo (y ruidoso) compuesto de goma laca (shellac) y en su lugar, se utilizaba PVC (vinilo). Hab&iacute;a nacido el LP (iniciales de long playing o Long Play): una larga duraci&oacute;n que transform&oacute; no s&oacute;lo la industria del entretenimiento sino las maneras de escuchar &ndash;y de discutir y de disfrutar&ndash; los discos y, sobre todo, la forma de concebirlos.
    </p><p class="article-text">
        El formato basado en un tema de unos tres minutos de cada lado, que se aliment&oacute; de las posibilidades de la radio y que, obviamente, tambi&eacute;n funcion&oacute; de manera inversa, provey&eacute;ndola de uno de sus materiales principales, sigui&oacute; existiendo. La RCA Victor, competidora de Columbia y creadora en realidad del primer intento de grabar discos de larga duraci&oacute;n &ndash;un proyecto fracasado destinado al registro de transmisiones radiales&ndash; cre&oacute; el peque&ntilde;o simple (o single): algo as&iacute; como un LP en miniatura, en 33 1/3 rpm o en 45 &ndash;lo que aumentaba su capacidad&ndash; que se constituy&oacute; en el verdadero sost&eacute;n del negocio. 
    </p><p class="article-text">
        El disco de 78 rpm, por su parte, tambi&eacute;n resisti&oacute; y fue parte de la industria todav&iacute;a durante m&aacute;s de una d&eacute;cada. El p&uacute;blico a&uacute;n ten&iacute;a sus viejos aparatos para la reproducci&oacute;n de discos de shellac y hasta que no aparecieron los tocadiscos compatibles &ndash;que pose&iacute;an un selector de velocidad y en cuyo brazo hab&iacute;a una c&aacute;psula giratoria, con dos p&uacute;as, una para cada material&ndash; el LP no se impuso del todo. Y, desde ya, fuera de los Estados Unidos, el proceso fue a&uacute;n m&aacute;s lento. 
    </p><p class="article-text">
        Los primeros discos de los <strong>Beatles</strong>, ya entrados los sesenta, llegaron a publicarse en versiones en 78 rpm y en la Argentina, por ejemplo, los discos de <strong>An&iacute;bal Troilo</strong> siguieron public&aacute;ndose en 78 rpm hasta 1959 &ndash;mientras en el mundo ya exist&iacute;an las grabaciones stereo, una novedad de 1957&ndash;. El m&uacute;sico, por otra parte, ya hab&iacute;a tensado los l&iacute;mites del disco de 78 rpm en dos ocasiones, con &ldquo;Recuerdos de bohemia&rdquo;, grabado el 3 de diciembre de 1946, que con sus m&aacute;s de 5 minutos de duraci&oacute;n debi&oacute; ocupar ambos lados, y con su versi&oacute;n de &ldquo;Para lucirse&rdquo;, la pieza que <strong>Astor Piazzolla</strong> compuso en 1950 y duraba casi 50 segundos m&aacute;s que los can&oacute;nicos 3 minutos.
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    </figure><p class="article-text">
        El disco de larga duraci&oacute;n y en 33 1/3 rpm tuvo, en sus comienzos, dos tama&ntilde;os, las 12 pulgadas (30 cm) hoy identificadas con el LP (se trataba del mismo di&aacute;metro que ten&iacute;an los discos de 78 rpm), destinadas sobre todo a la m&uacute;sica cl&aacute;sica &ndash;el primer LP de la historia fue la grabaci&oacute;n de 1945 del <em>Concierto en mi menor</em> de <strong>Felix Mendelssohn</strong>, con <strong>Nathan Milstein</strong> como solista junto con la <strong>Filarm&oacute;nica de Nueva York</strong>, con direcci&oacute;n de <strong>Bruno Walter</strong>&ndash; y una versi&oacute;n menor, de 10 pulgadas (25 cm) destinada en general a las m&uacute;sicas populares. Las primeras ediciones fueron una reedici&oacute;n de <em>The Voice of Frank Sinatra</em>, originalmente un &aacute;lbum de cuatro discos de 78 rpm con las primeras grabaciones de estudio del cantante para Columbia, registradas en 1945, y una selecci&oacute;n de canciones infantiles interpretadas por <strong>Gene Kelly</strong> (en todos estos casos las ediciones posteriores incluyen tambi&eacute;n grabaciones que no formaban parte de las publicaciones originales).
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    </figure><p class="article-text">
        El nuevo disco de vinilo era m&aacute;s liviano y portable, ten&iacute;a un sonido m&aacute;s fiel, era menos ruidoso y no se destrozaba si se ca&iacute;a al piso. Pero, sobre todo, romp&iacute;a con creces la barrera de los tres minutos. La primera beneficiada fue la m&uacute;sica cl&aacute;sica: el mencionado <em>Concierto de Mendelssohn</em> ocupaba un solo disco y La Boh&egrave;me, de <strong>Giacomo Puccini</strong>, cuya primera edici&oacute;n, de 1917, hab&iacute;a ocupado un &aacute;lbum de 12 pesad&iacute;simos discos de shellac, fue publicada en esos primeros a&ntilde;os ocupando tan s&oacute;lo dos LPs. Pero, si hab&iacute;a otra cosa en el mundo de la m&uacute;sica que no duraba 3 minutos era un tema de jazz tal como se lo tocaba en vivo. 
    </p><p class="article-text">
        De alguna manera, hasta la aparici&oacute;n del nuevo invento, la imagen del jazz era falsa. Como esas postales en blanco y negro que se popularizaron a mediados del siglo XIX con fotograf&iacute;as de cuadros famosos, presentaban una aproximaci&oacute;n pero eran incapaces de mostrar el objeto tal cual era. El primer LP de ese g&eacute;nero (en 25 cm) fue de <strong>Charlie Parker</strong>, se llam&oacute; <em>Bird Blows The Blues</em> y se public&oacute; en 1949. Pero se trataba de grabaciones realizadas dos a&ntilde;os antes; las mismas &ndash;y con la misma duraci&oacute;n&ndash; de las 78 revoluciones por minuto. 
    </p><p class="article-text">
        Quien no s&oacute;lo inaugur&oacute; las ventajas tecnol&oacute;gicas del nuevo formato sino que concibi&oacute; un producto especialmente para &eacute;l fue <strong>Duke Ellington</strong>, en combinaci&oacute;n, precisamente, con Columbia, el sello que hab&iacute;a presentado la novedad. Y con el di&aacute;metro de 30 cm reservado a los cl&aacute;sicos. Y es que podr&iacute;a pensarse que si hab&iacute;a alguien que necesitaba, y esperaba desde siempre, algo como el LP para hacerle justicia a su imaginaci&oacute;n, era &eacute;l. Grabado el 18 de diciembre de 1950 y editado el a&ntilde;o siguiente, <em>Masterpieces By Ellington</em> revisitaba tres de sus &eacute;xitos hist&oacute;ricos: &ldquo;Mood Indigo&rdquo; &ndash;que hab&iacute;a estrenado en 1930&ndash;, &ldquo;Sophisticated Lady&rdquo; &ndash;de 1932&ndash; y &ldquo;Solitude&rdquo; &ndash;su primer registro fonogr&aacute;fico era de 1934&ndash;. Y agregaba una pieza reciente, &ldquo;The Tattooed Bride&rdquo;, de 11 minutos y 43 segundos. Las duraciones de las nuevas lecturas de sus cl&aacute;sicos, que otrora rondaban los b&iacute;blicos 3 minutos, ahora, en versi&oacute;n &ldquo;de concierto&rdquo; &ndash;de &ldquo;obras maestras&rdquo;, anunciaba el t&iacute;tulo&ndash;, se extend&iacute;an a 15:27 (&ldquo;Mood Indigo&rdquo;), 11:29 (&ldquo;Sophisticated Lady&rdquo;) y 8:26 (&ldquo;Solitude&rdquo;). 
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    </figure><p class="article-text">
        Este primer LP de Ellington &ndash;y en muchos aspectos primer LP real de la m&uacute;sica de tradici&oacute;n popular&ndash; ten&iacute;a dos virtudes a&ntilde;adidas. Era m&uacute;sica extraordinaria y estaba grabada como los dioses. De hecho, todav&iacute;a hoy asombra la claridad y equilibrio de los planos y la manera en que se escucha cada uno de los instrumentos y las osadas texturas creadas por el compositor, ese para quien, aunque tocara magn&iacute;ficamente el piano, el instrumento era su orquesta. El especialista <strong>Kevin Whitlock</strong>, que escribe la secci&oacute;n <em>Audiophile Corner</em> en la revista especializada <em>Jazzwise</em>, publicada en Inglaterra, opina, por ejemplo, que &ldquo;si estuviera forzado a decidir cu&aacute;l fue el disco mejor grabado y el que mejor suena en la historia del jazz, ser&iacute;a este&rdquo;. Whitlock, eventualmente, es alguien capaz de decir &ndash;y fundamentar&ndash; que el venerado <strong>Rudy Van Gelder</strong> &ndash;art&iacute;fice del sonido del sello Blue Note&ndash; era &ldquo;inferior como ingeniero de sonido&rdquo; a <strong>Ruy DuNann</strong>, quien cincel&oacute; la est&eacute;tica sonora de Contemporary Records y de discos ejemplares como <em>For Real</em> de <strong>Hampton Hawes</strong> o <em>Smack Up</em> de <strong>Art Pepper</strong>. En todo caso, como &eacute;l mismo reconoce, a ese nivel se trata ni m&aacute;s ni menos que de cuesti&oacute;n de gustos.
    </p><p class="article-text">
        <em>Masterpieces by Ellington</em>, en su versi&oacute;n en CD, incluye tres temas in&eacute;ditos en su momento, grabados en 1951: &ldquo;Vagabonds&rdquo;, &ldquo;Smada&rdquo; y &ldquo;Rock Skippin' at the Blue Note&rdquo;. &nbsp;Al igual que otros discos seminales del jazz &ndash;<em>Kind of Blue</em> de Davis, <em>Blue Train</em> de <strong>John Coltrane</strong>&ndash; y algunos del rock &ndash;<em>Aqualung</em> de <strong>Jethro Tull</strong>, <em>Wish You Were Here</em> de <strong>Pink Floyd</strong>&ndash; ha sido objeto de numerosas ediciones de y para audi&oacute;filos, en vinilos &ndash;ese viejo y buen LP&ndash;, en CDs Super Audio o compatibles (SHM) y, obviamente, en versi&oacute;n digital. 
    </p><p class="article-text">
        Ninguna de ellas est&aacute; disponible en las plataformas de streaming &ndash;y si alguna apareciera en YouTube ser&iacute;a traducida a la pedestre resoluci&oacute;n all&iacute; posible, fuera cual fuera su origen&ndash;. Tal vez la mejor de ellas sea la edici&oacute;n en Mono de Analogue Productions, remasterizada por <strong>Ryan Smith</strong> a partir de las cintas anal&oacute;gicas originales &ndash;para tenerla hay que comprarla, una costumbre un poco olvidada&ndash;, pero, afortunadamente, y aun sin su lujoso tono mate, la propia publicaci&oacute;n de Columbia es excelente y permite el lucimiento de la orquesta, de la escritura de Ellington y, lejos del &uacute;ltimo lugar en importancia, de uno de los mojones en el camino de la complejizaci&oacute;n de los lenguajes populares. Un refinamiento que, como el de la gastronom&iacute;a o los cultivos florales corresponde a la hoy denostada esfera de la civilizaci&oacute;n &ndash;me remito al reciente y extraordinario libro de <strong>Jos&eacute; Emilio Buruc&uacute;a</strong>, <em>Civilizaci&oacute;n. Historia de un concepto</em>, publicado por Fondo de Cultura Econ&oacute;mica&ndash;. M&uacute;sica, s&iacute;, civilizada, concebida para la escucha y pensada para el medio particular que la hac&iacute;a posible, expl&iacute;citamente art&iacute;stica y evidentemente desarrollada a partir de tradiciones populares y de procedimientos tanto populares como acad&eacute;micos. Como el LP, una novedad del siglo XX.
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;:&nbsp;</em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/larga-duracion-obras-magistrales-civilizacion_129_11767150.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Oct 2024 14:36:58 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Paralelo a Harlem]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/paralelo-harlem_129_10932492.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/17c46025-8bd3-4304-9063-44a0208508b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Paralelo a Harlem"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace cien años dirigió su primera orquesta y grabó sus primeros dos temas. Hace cincuenta, Duke Ellington murió. Atravesó la historia del jazz. Siempre fue moderno, influyó a todos pero ninguna de las revoluciones del género lo influyó a él. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        La historia no son los hechos. La historia es la manera de seleccionarlos, organizarlos, relacionarlos y contarlos. Hay, por supuesto, muchas historias posibles a partir de la historia. Una de ellas, peque&ntilde;a, personal, versa sobre un joven m&uacute;sico de 23 a&ntilde;os, pintor de carteles publicitarios, que ofrec&iacute;a a sus clientes shows musicales para amenizar las inauguraciones y eventos que publicitaba. Esa historia &nbsp;se refiere a un primer trabajo musical verdaderamente profesional, en Atlantic City y en 1923, a un contrato posterior en el Hollywood Club de Broadway &ndash;que despu&eacute;s de un incendio reabri&oacute; como Kentucky Club&ndash; y a un grupo de siete integrantes que se presentaba al principio como <strong>Elmer Snowden </strong>y su <strong>Black Sox Orchestra</strong> y luego como <strong>The Washingtonians</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        Esa historia cuenta c&oacute;mo, a partir de la partida de Snowden a comienzos de 1924, la orquesta &shy;&ndash;ya un sexteto&ndash; pas&oacute; a tener como director musical a ese joven m&uacute;sico llamado <strong>Edward Kennedy Ellington </strong>y conocido m&aacute;s adelante como <strong>Duke</strong>. Pero no puede ser comprendida del todo sin otra historia: la del jazz y la de un mercado &ndash;y una &eacute;poca&ndash; que entendieron la modernidad como valor.
    </p><p class="article-text">
        Recientemente, a ra&iacute;z del centenario del estreno de <em>Rhapsody in Blue</em> de <strong>George Gershwin </strong>en un concierto denominado &ldquo;Un experimento en m&uacute;sica moderna&rdquo; &ndash;del que <strong>elDiarioAR </strong>dio cuenta en <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/rapsodia-ciudad_129_10891982.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este art&iacute;culo</a>&ndash; y de una nota escrita por el pianista <strong>Ethan Iverson</strong> &ndash;solista notable e integrante del grupo <strong>The Bad Plus</strong>&ndash; y publicada en <em>The New York Times</em>, se gener&oacute; una pol&eacute;mica en la que el compositor de aquella pieza fundante &ndash;que de ninguna manera era jazz ni pretend&iacute;a serlo&ndash; era acusado de &ldquo;apropiaci&oacute;n cultural&rdquo; &ndash;ya ha habido conatos de cancelaci&oacute;n para su <em>Porgy and Bess</em>&ndash;. En el extremo opuesto, el de lo culturalmente correcto y aut&eacute;nticamente afronorteamericano, se colocaba a Ellington, que ese mismo a&ntilde;o hac&iacute;a su aparici&oacute;n como l&iacute;der de una banda &ndash;a la que siempre llam&oacute; orquesta&ndash; y grababa con ella el primer disco de su carrera, con los temas &ldquo;Choo Choo (Gotta Hurry Home)&rdquo; y &ldquo;Rainy Nights&rdquo;. 
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        Lo notable es que en esos dos temas ya aparecen varios de los rasgos que hicieron a Ellington un caso &uacute;nico: el concepto de la orquesta como un todo, la utilizaci&oacute;n de efectos sonoros y timbres inusuales, a partir de sordinas, la preferencia por los instrumentos graves &ndash;o los registros m&aacute;s graves de cada instrumento&ndash; como voces cantantes, la aparici&oacute;n de contracantos sumamente elaborados y, en particular en &ldquo;Rainy Nights&rdquo;, m&aacute;s all&aacute; de la alusi&oacute;n del t&iacute;tulo a lo brumoso &ndash;tan t&iacute;picamente ellingtoniana&ndash;, la sucesi&oacute;n de solos con un acompa&ntilde;amiento adelgazado al l&iacute;mite y muy lejos de la intrincada red de preguntas, respuestas y comentarios usuales en el jazz de la &eacute;poca (la orquesta estaba integrada por Miley en trompeta, <strong>Charlie Irvis </strong>en tromb&oacute;n, <strong>Otto Hardwick </strong>en saxo, Ellington en piano, <strong>George Francis</strong> en banjo y <strong>Sonny Greer</strong> en bater&iacute;a. De manera notable, las mismas caracter&iacute;sticas pueden escucharse en la versi&oacute;n que grab&oacute; Ellington mucho despu&eacute;s, en diciembre de 1962, de la hoy acusada <em>Rhapsody in Blue</em>. Una versi&oacute;n, esta vez s&iacute;, jazz&iacute;stica, en la que <strong>Billy Strayhorn </strong>recompone la obra y se destaca el fant&aacute;stico saxo tenor de <strong>Paul Gonsalves</strong>. En todo caso, otro de los rasgos esenciales del estilo de Ellington, su uso de formas ampliadas, con la estructura de una suite o, s&iacute;, una rapsodia, tienen a Gershwin como fuente evidente. Eventualmente, la cultura nunca es lineal y las apropiaciones, como ya hab&iacute;a sucedido con la manera en que los afronorteamericanos abrevaron en (y ridiculizaron a) los minstrels en que los blancos se burlaban de ellos, corr&iacute;an en m&aacute;s de un sentido.
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    </figure><p class="article-text">
        Hubo, en los finales de 1924, algunos otros registros de Ellington solo o con algunos integrantes de la orquesta, acompa&ntilde;ando a cantantes como <strong>Alberta Prime</strong> y <strong>Jo Trent</strong>. Lo importante es que la historia del Duque, una de las m&aacute;s at&iacute;picas y &ndash;&shy;tal vez por eso&ndash; m&aacute;s cl&aacute;sicas historias del jazz, hab&iacute;a comenzado. En esas primeras grabaciones, con grupos como los Washingtonians o su orquesta del Kentucky Club y junto a m&uacute;sicos como el trompetista <strong>Bubber Miley</strong>, coautor expl&iacute;cito o impl&iacute;cito no solo de muchas de las nuevas piezas del repertorio sino del <em>color</em> de la orquesta en ese entonces, aparece un estilo que, independientemente de su evoluci&oacute;n estuvo presente a lo largo de medio siglo. 
    </p><p class="article-text">
        Se trataba de aspectos que no s&oacute;lo no eran corrientes &ndash;ni siquiera imaginables&ndash; a mediados de la d&eacute;cada de 1920 sino que, si despu&eacute;s fueron incorporados al universo del jazz fue precisamente por m&eacute;rito de Ellington. El primero de ellos, la idea de la orquesta como una unidad construida a partir de peculiaridades. Si la orquesta de <strong>Fletcher Henderson</strong>, en los mismos a&ntilde;os, se conform&oacute; siempre como grupos de grandes solistas, la de Ellington, en cambio, se estructur&oacute; alrededor de &ldquo;rarezas&rdquo;: el trompetista que mejor manejaba la sordina <em>wah-wah</em>, el saxofonista alto que mejor realizaba los <em>glissandi</em>, el saxofonista bar&iacute;tono que mejor &ldquo;cantaba&rdquo; con su instrumento. El sonido colectivo de la orquesta de Ellington siempre fue claramente distinto de cualquier otro y estaba basado, adem&aacute;s de en los rasgos de la escritura, en esas particularidades individuales que, por otra parte, eran aprovechadas en la manera de concebir la orquestaci&oacute;n. A diferencia de Henderson &ndash;o luego Goodman, para quien Henderson fue orquestador, o <strong>Artie Shaw</strong>&ndash;, Ellington no se dejaba tentar por los solistas m&aacute;s deslumbrantes sino por los m&aacute;s claramente distinguibles en sus particularidades.
    </p><p class="article-text">
        Y, adem&aacute;s, el <em>sonido Ellington</em>, era el producto de colores caracter&iacute;sticos, logrados con combinaciones sumanente novedosas de los timbres de la orquesta. Mientras di clase en la carrera de Jazz en el Conservatorio Manuel de Falla, a&ntilde;o tras a&ntilde;o desafi&eacute; a mis alumnos a descubrir qu&eacute; instrumentos sonaban en la presentaci&oacute;n del tema, en la grabaci&oacute;n de 1930 de &ldquo;Mood Indigo&rdquo;, un tema que ser&iacute;a rele&iacute;do innumerables veces, a veces desarrollando esa orquestaci&oacute;n primigenia, y a veces como simple veh&iacute;culo para la sucesi&oacute;n de solos sobre un esquema arm&oacute;nico de blues. El desaf&iacute;o fue siempre infructuoso. Y es que la idea de Ellington, imposible de imaginar en 1930, todav&iacute;a es asombrosa. All&iacute; el clarinete, habitualmente encargado de la voz solista, hace un contracanto por debajo del tromb&oacute;n con sordina, que, en su registro m&aacute;s agudo, es el que lleva la parte protag&oacute;nica, con la trompeta, tambi&eacute;n con sordina, completando los acordes en el centro del entramado.&nbsp;
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        Entre los m&uacute;sicos de Ellington y su director, por otra parte, se estableci&oacute; una especie de relaci&oacute;n simbi&oacute;tica sumamente inusual en el mundo del jazz. Adem&aacute;s de la fidelidad de algunos de estos m&uacute;sicos, que llegaron a estar m&aacute;s de cuatro d&eacute;cadas en el mismo grupo, el estilo de muchos de ellos fue siempre un &ldquo;estilo Ellington&rdquo;, aun cuando tocaran con otros grupos e incluso fueran sus l&iacute;deres. <strong>Johnny Hodges</strong>, <strong>Harry Carney</strong>, Miley, <strong>Cootie Williams</strong>, <strong>Cat Anderson</strong>, <strong>Barney Bigard</strong>, <strong>Jimmy Hamilton</strong>, Gonsalves, funcionaron la mayor&iacute;a de las veces como prolongaciones del lenguaje ellingtoniano. Esa simbiosis alcanz&oacute;, por otra parte, a los orquestadores y compositores que trabajaron con Ellington. &ldquo;Caravan&rdquo;, de <strong>Juan Tizol</strong>, grabado por primera vez en 1936 por una orquesta sos&iacute;as de la de Ellington, los <strong>Jazzopaters</strong> de <strong>Barney Bigard</strong>, es inseparable de Duke como lo son las orquestaciones y composiciones de <strong>Mary Lou Wiliams</strong> en la d&eacute;cada de 1940 (por ejemplo la notable &ldquo;Trumpets no End&rdquo;, una especie de reescritura de &ldquo;Blue Skies&rdquo; donde la melod&iacute;a est&aacute; totalmente oculta, que Ellington toc&oacute; en su concierto en el Carnegie Hall en 1947). Y, sobre todo, como los temas y arreglos &ndash;e incluso la manera de tocar el piano&ndash; de <strong>Billy Strayhorn</strong>, el m&aacute;s perfecto <em>doble</em> de Ellington que pueda imaginarse. 
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        Ellington, por otra parte, siempre congeni&oacute; el modernismo con &nbsp;su condici&oacute;n de entretenedor, o, mejor, con las reglas del mercado musical estadounidense, a las que tens&oacute; con elegancia ducal. El af&aacute;n de exotismo de su primer p&uacute;blico &ndash;blancos que se fascinaban con ese nuevo arte negro llamado jazz&ndash; lo llev&oacute; a inventar un seudo africanismo donde las disparatadas escenograf&iacute;as selv&aacute;ticas en el medio de las que tocaba con su orquesta tuvieron como correlato el &ldquo;sonido <em>jungle</em>&rdquo;, donde el remedo de gru&ntilde;idos salvajes a cargo de trombones y trompetas acab&oacute; convirti&eacute;ndose en estilo. Los cuadros que acompa&ntilde;aba esta m&uacute;sica rondaban lo pornogr&aacute;fico. 
    </p><p class="article-text">
        Bailarines como <strong>Fredericka Carolyn &ldquo;Fredi&rdquo; Washington </strong>y <strong>Bessie Dudley</strong>, vestidos con plumas y collares, se contoneaban en danzas er&oacute;ticas que rubricaban, por ejemplo, el rescate de una rubia reina cautiva de una tribu presumiblemente africana, a manos de un aviador negro que se arrojaba a la selva en paraca&iacute;das. Es posible que para una parte considerable del p&uacute;blico hubiera escasos grados de separaci&oacute;n entre las poblaciones selv&aacute;ticas y los afronorteamericanos que trabajaban en sus negocios o empresas o como camareros en ferrocarriles, bares u hoteles. Ellington, que proven&iacute;a de una familia de clase media, podr&iacute;a haberse sentido humillado por esas escenas en las que tomaba parte y donde los negros eran reducidos a lo que los blancos &ndash;incluso muchos blancos que gustaban del jazz&ndash; ve&iacute;an en ellos: tan s&oacute;lo cuerpos y ritmo <em>salvajes</em> &ndash;y salvajemente er&oacute;ticos. Sin embargo, su punto de vista era m&aacute;s bien pragm&aacute;tico: &ldquo;Este tipo de experiencia teatral, y las exigencias que nos impon&iacute;a, era tan educativo como enriquecedor. Y tra&iacute;a consigo un mayor ensanchamiento de los alcances de la m&uacute;sica.&rdquo; 
    </p><p class="article-text">
        Son frecuentes los an&aacute;lisis que enfatizan el lado vanguardista de Ellington y que, tal vez, encuentran lo que no hay. <strong>Gunther Schuller</strong>, por ejemplo, atribuye a la escucha de <strong>Arnold Sch&ouml;nberg</strong> las disonancias de la introducci&oacute;n orquestal y la primera secci&oacute;n de piano solo de &ldquo;The clothed woman&rdquo;, que grab&oacute; en su concierto del 27 de diciembre de 1947 en el Carnegie Hall. Y si bien el parecido con el tipo de fraseo fragmentado del atonalismo libre y el dodecafonismo resulta evidente, puede haberse tratado de una cita, de un chiste (el tema desemboca, luego, en una especie de rag, antes de internarse nuevamente en la atonalidad), o de un gui&ntilde;o hacia alguien en particular o hacia la propia circunstancia de estar tocando en el Carnegie Hall. 
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        En los 30 Ellington no cambia de estilo pero lo exagera. Es autoconsciente y, de alguna manera, se interpreta a s&iacute; mismo. En esa d&eacute;cada registra, adem&aacute;s, sus primeras versiones de temas como &ldquo;Diminuendo Blue&rdquo; y peque&ntilde;as obras maestras como &ldquo;Reminiscing in Tempo&rdquo; &shy;&ndash;una suerte de lecci&oacute;n de orquestaci&oacute;n a partir de poco m&aacute;s que un <em>ostinato</em>, poniendo en evidencia, adem&aacute;s del notable grado de modernismo de su escritura, no solo la tolerancia sino la b&iacute;usqueda y el regocijo del mercado del entretenimiento estadounidense para con esos osados experimentos. 
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        El negocio de la m&uacute;sica cambiaba y, entre las maneras de enriquecerse,&nbsp;a la composici&oacute;n de &eacute;xitos comenzaba a sumarse la posibilidad de ser un director de orquesta famoso. &ldquo;Hab&iacute;a muchas mujeres bonitas, mucho champagne, gente simp&aacute;tica y dinero de sobra&rdquo;, dec&iacute;a Ellington. En 1929 hab&iacute;a participado de un musical de Broadway, <em>Show Girl</em>, de Gershwin, y, un a&ntilde;o despu&eacute;s, de un exitoso espect&aacute;culo con <strong>Maurice Chevalier</strong>. Tambi&eacute;n apareci&oacute; en dos pel&iacute;culas, un corto titulado <em>Black and Tan Fantasy</em> (un peque&ntilde;o cuento de amor y muerte realizado por <strong>Dudley Murphy</strong> en 1929, donde baila la bell&iacute;sima <strong>Fredi Washington</strong>) y <em>Good, Very Good</em>, un film consensuadamente espantoso que, no obstante, sirvi&oacute; para acrecentar su fama. 
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        Ya a fines de la d&eacute;cada de 1920 Ellington era mencionado en los diarios principales y comenzaba a circular la certeza acerca de que se trataba de algo m&aacute;s que del director de una orquesta bailable. Y en ese proceso de reconocimiento ocuparon un lugar central los art&iacute;culos de <strong>Robert Donaldson Darrell </strong>para la <em>Phonograph Monthly Review</em>, que llamaron la atenci&oacute;n y fueron le&iacute;dos por cr&iacute;ticos de m&uacute;sica cl&aacute;sica como <strong>Constant Lambert </strong>y que derivaron en un ensayo (en realidad un libro fallido) donde Darrell hablaba de la influencia (bastante improbable en ese momento) de la m&uacute;sica de <strong>Maurice Ravel</strong> y de <strong>Edward Delius</strong> en las composiciones de Ellington. En 1932, por primera vez, su grupo era elegido como la &ldquo;mejor orquesta negra&rdquo; por el <em>Pittsburgh Review</em> y ya el a&ntilde;o anterior, cuando el presidente <strong>Edgar Hoover </strong>decidi&oacute; invitar a la Casa Blanca a un grupo de afronorteamericanos destacados, Ellington hab&iacute;a estado entre ellos.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Pero, adem&aacute;s, estaba la legitimaci&oacute;n de la academia. Tambi&eacute;n en 1932, Ellington fue invitado por el compositor <strong>Percy Grainger</strong> (un australiano radicado en Nueva York) para que diera un concierto y una conferencia en la Universidad de Columbia. Lo interesante es, eventualmente, c&oacute;mo la mirada de un cierto p&uacute;blico y la valoraci&oacute;n de un sector ilustrado retroaliment&oacute; la m&uacute;sica de Ellington, cambi&oacute; la mirada del compositor sobre s&iacute; mismo y lo llev&oacute; a enfatizar los rasgos modernistas de su estilo y los experimentos formales. La forma de la suite, como en &ldquo;Black, Brown &amp; Beige&rdquo;, un homenaje a Harlem escrito para su primer concierto en el Carnegie Hall, el 23 de enero de 1943, luego grabado fragmentariamente en 1945 (un registro que la revista especializada <em>Down Beat</em> calific&oacute; como el fin del jazz &ndash;&ldquo;all&iacute; no hay beat, y si no hay beat no hay jazz&rdquo;&ndash;) y ampliado a todo un disco, ya en los a&ntilde;os sesenta, y con la voz de <strong>Mahalia Jackson</strong>. Y tambi&eacute;n los peque&ntilde;os poemas sinf&oacute;nicos, como &ldquo;Paralell to Harlem&rdquo;, que junto con los temas brumosos y abstractos, a la manera de &ldquo;Mood Indigo&rdquo;, con su revolucionaria b&uacute;squeda de color orquestal, fueron dise&ntilde;ando un perfil cada vez m&aacute;s alejado del de la orquesta de baile y m&aacute;s cercano, en su funcionalidad expresa, al de la m&uacute;sica de concierto. 
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    </figure><p class="article-text">
        El <em>fen&oacute;meno Ellington</em>, no obstante, est&aacute; lejos de agotarse en ese temprano modernismo de las d&eacute;cadas de 1920 y 1930 o en el apogeo de los cuarenta y los cincuenta, en el que <em>Such Sweet Thunder,</em> el disco dedicado a Shakespeare y en particular &ldquo;The Star Crossed Lovers&rdquo;, donde Romeo y Julieta son personificados por los saxos de <strong>Johnny Hodges</strong> y <strong>Harry Carney</strong>, ostenta un lugar de privilegio. 
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    </figure><p class="article-text">
        La culminaci&oacute;n tal vez sea la extraordinaria <em>Far East Suite</em>, de 1967: una suerte de recorrido por un Oriente absolutamente imaginario donde el encanto pasa precisamente, por esa cualidad de invenci&oacute;n. No se trata del Oriente sino de lo que el Oriente significa para Ellington y, eventualmente, para todo un Occidente que en ese mismo momento descubr&iacute;a &ndash;y se fascinaba con&ndash; los ragas de <strong>Ravi Shankar </strong>por la v&iacute;a de <strong>The Beatles</strong>. Nuevamente son los colores que crea Ellington, la manera en que hace sonar su orquesta &ndash;y la forma en que lo lejano sirve de pretexto para la creaci&oacute;n de texturas y matices in&eacute;ditos hasta el momento en el contexto de una banda de jazz&ndash;, lo que define la novedad y el encanto de su m&uacute;sica, m&aacute;s que un particular uso de la armon&iacute;a o los estilos de sus solistas, ce&ntilde;idos siempre a una especie de evoluci&oacute;n personal y &uacute;nica de las modalidades de las d&eacute;cadas del veinte al cuarenta. 
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    </figure><p class="article-text">
        Ellington es, en su atipicidad, uno de los pilares de un g&eacute;nero que se edific&oacute; a s&iacute; mismo sobre las ideas de originalidad y de la construcci&oacute;n del sonido propio. Fue siempre moderno (y modernista) aunque ninguno de los modernismos del jazz, a lo largo de su carrera, lo toc&oacute; de cerca. Ni el Bop, ni el Free, ni <strong>Miles Davis</strong> ni <strong>Thelonious Monk</strong> tuvieron eco alguno en el estilo de su orquesta. Y, sin embargo, todos ellos &ndash;y <strong>Charles Mingus</strong>, obviamente&ndash; fueron, en mayor o menor medida, influidos por &eacute;l. No se pareci&oacute; a nada que no fuera &eacute;l mismo &ndash;o sus ac&oacute;litos&ndash; y en esa condici&oacute;n &uacute;nica es donde fund&oacute; su valor como figura clave. A un siglo de su primera orquesta y sus primeras grabaciones y a cincuenta a&ntilde;os de su muerte, el 24 de mayo de 1974, Ellington se erige no como la n&eacute;mesis de <strong>George Gershwin</strong>, como fuerzan las interpretaciones de algunos &ndash;historias sobre la historia&ndash; sino como su continuador m&aacute;s claro, en el campo del jazz (un campo al que Gershwin influy&oacute; como pocos pero al que jam&aacute;s perteneci&oacute;). Como el &iacute;nterprete m&aacute;s preciso, ya desde los comienzos del jazz, de esa revolucionaria idea del siglo XX: las m&uacute;sicas <em>de escucha</em> desarrolladas a partir de tradiciones populares 
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Feb 2024 03:01:41 +0000]]></pubDate>
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