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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Konstantinos Kavafis]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/konstantinos-kavafis/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Konstantinos Kavafis]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Músicas y fronteras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/musicas-fronteras_129_11219370.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/94a33098-0616-4d56-81f2-200b024a8499_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Músicas y fronteras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ravel y Sinatra. Ginastera y Bartók y Emerson, Lake and Palmer. Y una canción popular y picaresca convertida en pieza de palacio, en interludio operístico y en pieza de jazz. La civilización –y la barbarie– hace tiempo que dejaron de ser lo que fueron. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Konstantinos Kavafis</strong>, en su poema &ldquo;Esperando a los b&aacute;rbaros&rdquo;, atribu&iacute;a la inacci&oacute;n del foro y la desaz&oacute;n del pueblo a la inminente llegada de los b&aacute;rbaros. Los b&aacute;rbaros, sin embargo, no llegaban y, casi sobre el final, el poeta se preguntaba: &ldquo;&iquest;Que haremos sin los b&aacute;rbaros?&rdquo;. Hay lugares donde esa pregunta es innecesaria. Los b&aacute;rbaros siempre llegan.
    </p><p class="article-text">
        La idea de barbarie, y su otra cara, la civilizaci&oacute;n, tienen que ver con las fronteras. La civilizaci&oacute;n &ndash;y los civiles&ndash; eran quienes viv&iacute;an en la <em>civis</em>, la ciudad. Los <em>barbaroi</em>, palabra griega que los romanos adoptaron, eran quienes viv&iacute;an afuera. Los extranjeros. La palabra &ldquo;civilizaci&oacute;n&rdquo;, sin embargo, no es tan antigua. Comenz&oacute; a utilizarse en Francia en el siglo XVIII y lo hizo acarreando consigo otro concepto, el de cultura, nombrada como la entend&iacute;a Europa, con un t&eacute;rmino que ven&iacute;a de la misma ra&iacute;z que cultivo. Trabajar en lo virgen y lograr que fructificara.
    </p><p class="article-text">
        El mundo, como se sabe, ha cambiado. Es decir, lo hace permanentemente. La eficacia de la industria del entretenimiento y su poderoso brazo armado, los medios de comunicaci&oacute;n masiva, han logrado lo que los liberales &shy;&ndash;los verdaderos&ndash; no hubieran so&ntilde;ado. S&oacute;lo que lo consiguieron al rev&eacute;s. Donde los intelectuales de la civilizaci&oacute;n imaginaban, como condici&oacute;n necesaria de la ampliaci&oacute;n de derechos pol&iacute;ticos, que todos tuvieran una formaci&oacute;n &ndash;y una informaci&oacute;n&ndash; similar. Y so&ntilde;aban con que la cultura &ldquo;alta&rdquo; &ndash;lo &uacute;nico que consideraban cultura, desde ya&ndash; fuera accesible para todos, los tiempos modernos hicieron, en cambio, que lo que se democratizara fuera la <em>cultura</em> &ldquo;baja&rdquo;, mucho m&aacute;s f&aacute;cil de comercializar. 
    </p><p class="article-text">
        Cambian los precios de las localidades en los shows, la calidad de los tel&eacute;fonos celulares y los modelos de auriculares y, eventualmente, las versiones, pagas o gratuitas, de las plataformas de streaming pero hoy la m&uacute;sica que alguien escucha en MP3, yendo a trabajar en el tren a las 6 de la ma&ntilde;ana, es exactamente la misma que alguna otra persona &ndash;que tardar&aacute; por lo menos un par adicional de horas en levantarse y comenzar su d&iacute;a, posiblemente en el gimnasio&ndash; escuch&oacute; a la noche en un show en el Campo de Polo y &nbsp;en un oneroso sitial de privilegio. 
    </p><p class="article-text">
        Pero la cultura tiene sus propias reglas. O, mejor, las va creando a medida. Y el arte, que es eso que los medios de comunicaci&oacute;n llaman cultura, tambi&eacute;n. Se alimenta de las contradicciones, se apropia de lo que tiene a mano, se empe&ntilde;a en no seguir rumbos rectos y previsibles y, adem&aacute;s, con toda su inabarcable variedad, le sigue interesando a mucha gente &ndash;aunque no a los nuevos b&aacute;rbaros, por cierto&ndash;. Tampoco es f&aacute;cil definir qu&eacute; es al arte. Los te&oacute;ricos, desde siempre, vienen intent&aacute;ndolo &shy;&ndash;sobre todo para dictaminar qu&eacute; no es arte&ndash; con &eacute;xito dudoso. La pregunta, y las respuestas posibles, acerca de por qu&eacute; un lapso de silencio en la noche no es una obra de arte y s&iacute; lo son 4 minutos con 33 segundos dise&ntilde;ados por <strong>John Cage</strong> para poner cabeza abajo el mundo de la m&uacute;sica de concierto, o por qu&eacute; una tela vac&iacute;a en una tienda de insumos para pintores y una tela vac&iacute;a en una exposici&oacute;n o en un museo son cosas distintas, pueden ser incomprendidas, indignantes, desafiantes en el mejor sentido o simplemente no figurar en absoluto entre las preocupaciones de quienes disfrutan con alguna clase de arte. Pero tanto ellas como las discusiones entre fans acerca de qu&eacute; artista, o qu&eacute; disco o canci&oacute;n son mejores que otros rondan una misma cuesti&oacute;n &shy;&ndash;y una misma funci&oacute;n social&ndash;. 
    </p><p class="article-text">
        Con todas sus indefiniciones, y sus formas infinitas, el arte parece ser aquello que dialoga con el arte. Que reflexiona sobre &eacute;l. Incluso que lo discute. Y existe una clase particular de p&uacute;blico &ndash;presumiblemente lectores de esta columna&ndash; que se regocijan en especial con aquellas obras que, como un buen acertijo, se resisten un poco. Que no dan todo de s&iacute; desde el primer momento. Que permiten ser descubiertas de a poco. Y vueltas a descubrir despu&eacute;s. Y mucho m&aacute;s tarde tambi&eacute;n. Y est&aacute; claro que, ya desde hace tiempo, esas obras no corresponden exclusivamente al campo de la tradici&oacute;n acad&eacute;mica. Aunque han fascinado sobradamente a muchos de sus autores.
    </p><p class="article-text">
        Hay obras que adquieren esa funci&oacute;n est&eacute;tica al moverse &ndash;o ser movidas&ndash; de su lugar y su tiempo. Nuevas escuchas proporcionan nuevas funciones. Un oyente familiarizado con el jazz, por ejemplo, oir&aacute; un canto ritual de los <em>mataco</em> o los <em>swahili </em>con una perspectiva totalmente distinta que la de alguien perteneciente a esas etnias. Prestar&aacute; atenci&oacute;n a la polirritmia, al entrecruzamiento de las voces. Algo similar a lo que relat&oacute; el compositor alem&aacute;n <strong>Georg Philip Telemann</strong>: &ldquo;He escuchado tocar el viol&iacute;n a campesinos, en mi viaje por Polonia, y en unos pocos minutos de su m&uacute;sica he encontrado m&aacute;s riqueza que en la mayor&iacute;a de las sonatas y cantatas que he o&iacute;do en las cortes e iglesias de Hamburgo&rdquo;. El compositor, desde ya, no tard&oacute; en poner en pr&aacute;ctica lo que hab&iacute;a aprendido.
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    </figure><p class="article-text">
        Y hay obras que, a partir de la grabaci&oacute;n del sonido &ndash;y, s&iacute;, de los medios de comunicaci&oacute;n masiva&ndash; fueron apareciendo poco a poco, hasta adue&ntilde;arse de una parte significativa de esa bolsa de gatos llamada &ldquo;m&uacute;sica popular&rdquo; &ndash;donde conviven <strong>Astor Piazzolla</strong> o <strong>Chick Corea </strong>con <strong>Shakira</strong>&ndash;, en que esa &ldquo;funci&oacute;n est&eacute;tica&rdquo; es ya un punto de partida. Muy tempranamente, por ejemplo en la extra&ntilde;a &ndash;y osada&ndash; combinaci&oacute;n t&iacute;mbrica de &ldquo;Mood Indigo&rdquo;, en su primera grabaci&oacute;n, realizada &nbsp;por<strong> Duke Ellington</strong> en 1930, o en el extraordinario entramado r&iacute;tmico en el estribillo de &ldquo;Chiclana&rdquo;, por el grupo <strong>Los Virtuosos</strong> (<strong>Julio</strong> y <strong>Francisco De Caro</strong>, <strong>Elvino Vardaro</strong>, <strong>Carlos Marcucci</strong> y <strong>Ciriaco Ortiz</strong>) en 1937, hay pruebas contundentes de que sus art&iacute;fices conceb&iacute;an &ndash;y deseaban&ndash; la posibilidad de la escucha atenta.
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        Todav&iacute;a hay quienes asocian m&uacute;sica cl&aacute;sica con seria o profunda y m&uacute;sica popular con ligera o pasatista. Podr&aacute; decirse muchas cosas acerca de los gamelanes &ndash;esas gigantescas orquestas de instrumentos de percusi&oacute;n del sudeste de Asia&ndash; que entusiasmaron a <strong>Claude Debussy</strong> en la feria internacional de Par&iacute;s en 1889. Pero dif&iacute;cilmente se los podr&iacute;a considerar &ldquo;m&uacute;sica ligera&rdquo;.
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    </figure><p class="article-text">
        La ida y vuelta entre distintas tradiciones es sumamente clara en el <em>Allegro Barbaro</em> BB 63 de <strong>B&eacute;la Bart&oacute;k</strong> &ndash;una buena muestra de lo que el music&oacute;logo<strong> Serge Moreux</strong>, en su trabajo sobre este autor, en 1956, llam&oacute; &ldquo;folklore imaginario&rdquo;&ndash; y en la versi&oacute;n que, con el t&iacute;tulo &ldquo;The Barbarian&rdquo;, abr&iacute;a el primer &aacute;lbum de <strong>Emerson, Lake &amp; Palmer</strong>, en 1970.
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    </figure><p class="article-text">
        O, siguiendo con el tr&iacute;o de <strong>Keith Emerson</strong>, <strong>Greg Lake</strong> y <strong>Carl Palmer</strong>, su lectura del cuarto movimiento, <em>Toccata concertata</em>, del <em>Concierto para piano N&ordm; 1</em> de <strong>Alberto Ginastera</strong>.
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    </figure><p class="article-text">
        Como an&eacute;cdota vaya el hecho de que a Ginastera, que hab&iacute;a sorprendido a Emerson por su &ldquo;aspecto de banquero&rdquo; &ndash;el salvajismo de su m&uacute;sica le hab&iacute;a hecho esperar otra cosa&ndash; le encant&oacute; el tema que, titulado &ldquo;Toccata&rdquo; ocupaba el segundo lugar, despu&eacute;s de &ldquo;Jerusalem&rdquo;, en el disco <em>Brain Salad Surgery</em>. Y alrededor del folklore imaginario, que tan bien le queda a Ginastera, una peque&ntilde;a joya, sus <em>Tres danzas argentinas</em> por <strong>Martha Argerich</strong>, en vivo en el Concertgebouw de Amsterdam.
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    </figure><p class="article-text">
        Las canciones, las danzas, van de pueblo en pueblo y de m&uacute;sicos en m&uacute;sicos. &ldquo;Greensleves&rdquo;, por ejemplo, de cuyo origen nada se sabe con certeza salvo que fue inglesa, se refiri&oacute;, originariamente, a unas mangas sucias de c&eacute;sped de una dama que gustaba de revolcarse por los campos, se cant&oacute; en las cortes, se convirti&oacute; en tema para variaciones virtuosas, fue un interludio en una &oacute;pera de <strong>Ralph Vaughan Williams</strong> basada en<strong> William Shakespeare</strong>, y una pieza de jazz y caballito de batalla de <strong>John Coltrane</strong>, entre otras cosas. 
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    </figure><p class="article-text">
        Como colof&oacute;n, <strong>Maurice Ravel </strong>mira a la antig&uuml;edad y compone una <em>Pavana</em> &shy;&ndash;que nombra a infantas tan difuntas como lo estaba esa danza en 1899&shy;&ndash; y en 1939, apenas cuarenta a&ntilde;os despu&eacute;s pero en otro mundo, <strong>Peter DeRose</strong>, <strong>Bert Shefter</strong> y <strong>Mitchell Parish</strong> la convierten en una canci&oacute;n que se convierte en &eacute;xito primero en la voz de <strong>Mildred Bailey </strong>&ndash;con la orquesta de <strong>Red Norvo</strong> y arreglos del vanguardista <strong>Eddie Sauter</strong>- y luego por la orquesta de <strong>Harry James</strong> con un joven cantante llamado <strong>Frank Sinatra</strong>. El tema lo cantaron m&aacute;s adelante <strong>Doris Day</strong> y <strong>Sarah Vaughan </strong>y lo tocaron <strong>Chet Baker</strong> y<strong> Booker Ervin</strong> entre muchos otros. Siempre con su referencia a Ravel aunque ya sin infantas ni difuntas. 
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    </figure><p class="article-text">
        No se trata de un elogio de la barbarie sino de una ampliaci&oacute;n del concepto de civilizaci&oacute;n. Y de la certificaci&oacute;n de que los b&aacute;rbaros ya no son los extranjeros y de que la pregunta de Kavafis deber&iacute;a ser, esta vez, qu&eacute; haremos con ellos.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Mar 2024 18:28:32 +0000]]></pubDate>
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