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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Perfect Days]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/perfect-days/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Perfect Days]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Valorar la vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/valorar-vida_129_11288090.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/08068fbc-cd6b-4f4e-94f0-2a8540fadf0f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Valorar la vida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hubo una época en que el trabajo se entendía como un medio para obtener a la vez un sentido de pertenencia comunitaria y de responsabilidad individual, valores que hoy parecen pertenecer necesariamente a campos ideológicos enfrentados.</p></div><p class="article-text">
        Finalmente vi <em>Perfect Days</em>, la aclamada pel&iacute;cula de <strong>Wim Wenders</strong> sobre un japon&eacute;s que limpia ba&ntilde;os p&uacute;blicos y escucha <strong>Lou Reed</strong>, y no s&eacute; bien qu&eacute; pensar. Me pareci&oacute; preciosa, en principio: es cine, est&aacute; bien hecha, bien escrita, las escenas son dulces, los actores incre&iacute;bles. Pero hay algo de la nostalgia de la pel&iacute;cula que no solo se siente melanc&oacute;lico: se siente condescendiente. 
    </p><p class="article-text">
        Creo que puedo decir eso con cierta seguridad porque yo misma particip&eacute; de esa condescendencia los primeros d&iacute;as despu&eacute;s de ver la pel&iacute;cula, y solo cuando empec&eacute; a pensarla un poco m&aacute;s de cerca empec&eacute; a sentir como una suerte de verg&uuml;enza. Pero empiezo, entonces, con esa primera impresi&oacute;n, que entiendo que es la que Wenders quiso generar.<em> Perfect Days</em> tiene algo de homenaje a una &eacute;poca en que el trabajo se entend&iacute;a como un medio de subsistencia (igual que ahora) pero, tambi&eacute;n, como una forma de inserci&oacute;n en el mundo: proveer un servicio como un modo de hacerse sujeto, de vincularse con otras personas, de sentirse &uacute;til e importante, obtener a la vez un sentido de pertenencia comunitaria y de responsabilidad individual. 
    </p><p class="article-text">
        Creo que es eso &uacute;ltimo, la posibilidad de esa conjunci&oacute;n de valores que hoy parecen pertenecer necesariamente a campos ideol&oacute;gicos enfrentados (quienes creen en la responsabilidad individual desde&ntilde;an el concepto de lo colectivo, y viceversa), lo que muchos miramos con nostalgia en ciertas representaciones sigloveintistas de la vida y el trabajo. Nunca tengo tan en claro cu&aacute;nto de esta imagen del pasado es verdad y cu&aacute;nto es romanticismo; sobre todo, creo que esta manera de pensar es una t&iacute;pica mirada de acad&eacute;mico o de artista sobre los trabajos que no son ni acad&eacute;micos ni art&iacute;sticos. Proyectamos la ansiedad que nos dan nuestras vidas llenas de ambici&oacute;n sobre vidas que imaginamos m&aacute;s tranquilas o aut&eacute;nticas porque parecen carecer de ella. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Pienso, entonces, en las dos añoranzas que esta fantasía implica: la de un mundo laboralmente más estable por un lado, por supuesto, pero también la de una psiquis menos ambiciosa, una subjetividad menos basada en la inquietud y el progreso permanente como motores vitales</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <em>Perfect Days</em> es, en alg&uacute;n sentido, el ejemplo m&aacute;s cabal de esa proyecci&oacute;n: un tipo que limpia ba&ntilde;os, que es feliz con eso, que vive muy solo y en sus ratos libres escucha la m&uacute;sica que escuchamos los hipsters de la cultura, lee los libros que creemos que leer&iacute;amos si nos sobrara el tiempo y hasta saca fotograf&iacute;as anal&oacute;gicas (quiz&aacute;s esta es la parte que me result&oacute; m&aacute;s inveros&iacute;mil: toda la gente de sesenta a&ntilde;os que conozco hoy est&aacute; fascinada con las posibilidades de un celular para sacar fotos sin toda la parafernalia de los rollos y el revelado, que solo les interesan a mis amigos de veinte). Como si fuera poco, el personaje de Takashi (el joven colega que hace su trabajo sin cuidado y divide su tiempo entre idiotizarse con el celular y tratar de que le preste atenci&oacute;n una chica m&aacute;s seducida por la calma zen del protagonista que por su evidente trastorno de ansiedad) te ofrece dos posibilidades relativamente c&oacute;modas: o bien identificarte con el protagonista y mirar desde arriba al chico joven, o bien identificarte con el chico joven y salir de <em>Perfect Days</em> como uno sale de las pel&iacute;culas del Holocausto, pensando que esta vez s&iacute; vas a acordarte de valorar la vida y saborear cada privilegio de tu presente.
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute;s, as&iacute; como las pel&iacute;culas dist&oacute;picas hablan m&aacute;s de las ansiedades del presente que de cualquier predicci&oacute;n del futuro, la gracia de <em>Perfect Days </em>radique no en hablar de un pasado real, sino de nuestros miedos y angustias actuales. Conscientemente o no, la pel&iacute;cula representa nuestras fantas&iacute;as sobre qu&eacute; significar&iacute;a vivir una vida m&aacute;s atenta al hoy, una vida que se trate de peque&ntilde;os placeres m&aacute;s que de oportunidades, de habitar el mundo que a uno le toca m&aacute;s que de planificar c&oacute;mo protegerse para que el que quiz&aacute;s le toque. 
    </p><p class="article-text">
        La vida de Hirayama, el protagonista de <em>Perfect Days</em>, es precaria en un sentido (tiene una casa sencilla en la que ni siquiera tiene su propio ba&ntilde;o), pero bastante poco en otro: es predecible, mitad porque claramente parece tener cierta estabilidad laboral como servidor p&uacute;blico (cosas de otra &eacute;poca) y mitad porque &eacute;l tampoco est&aacute; pensando en c&oacute;mo conseguirse otro trabajo o irse a otra parte. Pienso, entonces, en las dos a&ntilde;oranzas que esta fantas&iacute;a implica (porque me parece m&aacute;s &uacute;til en el fondo pensar a un se&ntilde;or de sesenta que limpia ba&ntilde;os y colecciona cassettes cual veintea&ntilde;ero de Chacagiales como una fantas&iacute;a que preguntarme si hay algo veros&iacute;mil en el personaje, cosa que en el fondo es irrelevante): la de un mundo laboralmente m&aacute;s estable por un lado, por supuesto, pero tambi&eacute;n la de una psiquis menos ambiciosa, una subjetividad menos basada en la inquietud y el progreso permanente como motores vitales. 
    </p><p class="article-text">
        Entiendo lo primero, por supuesto: no andarse preguntando si una va a poder tener cubiertas sus necesidades b&aacute;sicas el mes que viene solo tiene ventajas. Sobre lo segundo me hago algunas preguntas: ante todo, quiz&aacute;s, por qu&eacute; idealizamos una quietud zen que se parecer&iacute;a casi a una depresi&oacute;n cl&iacute;nica como si fuera la &uacute;nica alternativa a las vidas h&iacute;per estimuladas y organizadas en torno del consumo que llevamos; por qu&eacute; pensamos que la cura para un deseo hipertrofiado ser&iacute;a vivir como amebas, y no aprender, en cambio, a darle un foco a todo ese impulso vital disperso que nos tiene con las neuronas tan rotas.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MF</em> 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/valorar-vida_129_11288090.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Apr 2024 03:14:48 +0000]]></pubDate>
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