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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Patricia Highsmith]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/patricia-highsmith/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Patricia Highsmith]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[¿Quién te crees que sos?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/crees-sos_129_11359932.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5b13bec5-b00b-455b-a3a0-40a472fa8c09_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Quién te crees que sos?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las preguntas sobre la identidad son un reflejo del teatro de la vida, en el que se puede actuar con más o menos éxito, pero en el que de ninguna manera no se puede no actuar. Apuntes sobre la serie "Ripley", nueva adaptación para Netflix de "El talento de Mister Ripley" (1955), la novela de Patricia Highsmith.</p></div><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n te cre&eacute;s que sos? &iquest;Qui&eacute;n se piensa que es? Estas preguntas sobre la identidad, que se extienden en distintos &oacute;rdenes de aplicaci&oacute;n, y todos para ajustar la materia vol&aacute;til del valor individual, son un reflejo del teatro de la vida en el que se puede actuar con m&aacute;s o menos &eacute;xito, pero en el que de ninguna manera no se puede no actuar.
    </p><p class="article-text">
        Si Shakespeare &ldquo;nos hizo teatrales&rdquo;, y si despu&eacute;s de <strong>William Shakespeare</strong>, como hemos visto, la ficci&oacute;n en formato de libro se encarg&oacute; durante cuatro siglos de hacer un mantenimiento de esa &ldquo;esencia&rdquo; social que es m&aacute;s del arte que de la naturaleza, hay que reconocer que vivir es una experiencia literaria. La tendencia es tan irreversible que la propia literatura escarba en los yacimientos de la vida para encontrar m&aacute;s literatura. 
    </p><p class="article-text">
        De los personajes literarios reconocidos a simple vista como teatrales, que son todos, Tom Ripley, de <strong>Patricia Highsmith</strong>, es el m&aacute;s c&eacute;lebre de la especie &ldquo;hombres solitarios&rdquo;. Por encima incluso de su precursor, el Rask&oacute;lnikov de <strong>Fi&oacute;dor&nbsp;Dostoievski</strong>. Porque, pese a que las habitaciones l&uacute;mpenes donde ambos empollan el huevo del crimen podr&iacute;an intercambiarse, los distancia el hecho de que Rask&oacute;lnikov tiene un discurso (y el c&oacute;digo penal que le corresponde), mientras que Ripley es m&aacute;s bien un poeta autom&aacute;tico del acto.
    </p><p class="article-text">
        La serie <em>Ripley</em>, nueva adaptaci&oacute;n para Netflix de <em>El talento de Mister Ripley</em> (1955), la novela pistera de Highsmith ante la que han formado cola los adaptadores cinematogr&aacute;ficos debido a la manera desprendida en que sirve en bandeja todos los recursos para que una buena pel&iacute;cula se haga pr&aacute;cticamente sola, es una sorpresa si uno se ha estado entregando al prejuicio, que sin dudas hay que conservar, del &ldquo;dime de qu&eacute; plataforma vienes y te dir&eacute; qu&eacute; clich&eacute; clavaste&rdquo;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Andrew Scott</strong>, el ex profesor Moriarty (el Napole&oacute;n del crimen, seg&uacute;n <strong>Arthur Conan Doyle</strong>) en la serie <em>Sherlock</em> de la BBC, es la primera -y tal vez la &uacute;ltima- reencarnaci&oacute;n del personaje de Highsmith. Todos los movimientos, parlamentos y escenarios de Ripley van hacia el teatro. Son prestaciones del mundo social anteriores a su necesidad de utilizarlos a todo o nada. En ese terreno h&iacute;brido en el que vivir es actuar, puede resistir las hostilidades &ldquo;objetivas&rdquo; de la vida, desde el resbaladizo pozo de clase del que le cuesta salir, hasta la humillaci&oacute;n recibida como golpe a sus gustos mundanos. Lo que no puede soportar Ripley es que el teatro que le da vida se termine. Si se termina, se termina &eacute;l. &iquest;Qu&eacute; otra raz&oacute;n le har&iacute;a falta para matar <em>por necesidad</em>?
    </p><p class="article-text">
        El ciclo dram&aacute;tico que lo envuelve de un modo absoluto, dejando afuera cualquier acontecimiento que no se amolde a su r&eacute;gimen, imponiendo de ese modo un mundo propio sobre el general y absorbiendo el general como propio, es un proceso de c&aacute;lculo e improvisaci&oacute;n art&iacute;stica: imagina en soledad las escenas que va a protagonizar, ensaya los parlamentos, sale al escenario estresado por los nervios del debut (cada vigilancia sobre la identidad que usurpa, un estreno in&eacute;dito) y, cuando se le queman los papeles, cuando el mundo intenta <em>filtrar</em> su obra, improvisa. 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; improvisa? Todo: el tema, su manera de abordarlo, la entonaci&oacute;n con que lo aborda y los gestos que, por econom&iacute;a de verosimilitud (cuanto m&aacute;s econ&oacute;mico, m&aacute;s veros&iacute;mil) tienden a la inexpresividad o a una expresividad &ldquo;corta&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El arte m&aacute;s invisible e inaudible de ese teatro es un mecanismo que le debe todo a un talento destinado al control verbal. Ocurre en los cientos de momentos cr&iacute;ticos cuando, al borde del descubrimiento, no pisa el palito de la verborragia. Adem&aacute;s del enga&ntilde;o verbal, la neutralidad esculpida en su rostro y la improvisaci&oacute;n defensiva, lo que salva a Ripley de que el mundo lo extirpe de su teatro es el silencio que le impide morir por la boca como el pez y, sobre todo, su o&iacute;do absoluto para escuchar las vibraciones de las amenazas que salen en clave de la voz de los otros. 
    </p><p class="article-text">
        Todo esto es un invento de Highsmith, y su existencia no es novedosa. La novedad es la presencia de Scott en la actuaci&oacute;n y de <strong>Steven Zaillian</strong> en el guion y la direcci&oacute;n. La carrera de Zaillian, salvo una ocasi&oacute;n, tiene como generalidad adaptar libros. Es un lector. Lo hizo en <em>Hannibal</em>, de <strong>Ridley Scott</strong> (donde comparti&oacute; guion con <strong>David Mamet</strong>); en <em>Pandillas de Nueva York</em> y <em>El Irland&eacute;s</em>, de <strong>Martin Scorsese</strong>; en <em>Despertares</em>, de <strong>Penny Marshall</strong>, y en <em>La lista de Schindler</em>, de <strong>Steven Spielberg</strong>. Pero en el caso de <em>Ripley</em> no se trata de una adaptaci&oacute;n, un t&eacute;rmino que tiene su peso en la jerga del control social, sino de una <em>transmisi&oacute;n</em> del libro de Patricia Highsmith. 
    </p><p class="article-text">
        El tr&aacute;nsito de la literatura de Highsmith a la serie de Zaillian es lo m&aacute;s directo a lo que una cosa inspirada en otra puede aspirar. Por lo que a las licencias tomadas por Zaillian, como la que tom&oacute; en su momento <strong>Ren&eacute; Cl&eacute;ment</strong> con su versi&oacute;n de 1959, o <strong>Anthony Minghella</strong> con la de 2000, habr&aacute; que tomarlas como unas m&aacute;s que merecidas franquicias. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La presencia bruta de la literatura de Highsmith en el sentido de estado natural (all&iacute; donde est&eacute;, la literatura nunca pasa desapercibida; as&iacute; como donde no est&aacute;, no est&aacute;), se manifiesta delicadamente contra las censuras blancas de las plataformas. Por ejemplo, contra la duraci&oacute;n. <em>Ripley</em> tiene cap&iacute;tulos de una hora, lo que suman ocho, m&aacute;s que lo que dura leer las 300 p&aacute;ginas de <em>El talento de M&iacute;ster Ripley</em>. Lo que hace posible que entremos en relaci&oacute;n con el personaje (duraci&oacute;n es relaci&oacute;n). Se podr&iacute;a objetar: &ldquo;&iquest;ese argumento vale lo mismo para los personajes largos de series como <em>La casa de papel,</em> <em>Peaky Blinders</em> y/o adefesios similares?&rdquo;. Contestaremos: no. Vale solo para series con literatura. Abrazo.
    </p><p class="article-text">
        Por si hiciera falta un refuerzo a la pureza literaria de la serie (lo que incluye sus suciedades como valor indirecto), que sea en blanco y negro es menos un homenaje al clasicismo anterior a <em>El jard&iacute;n de Allah</em> (1935) que una <em>presencia</em> de libro. Blanco y negro, en el sentido de tinta y papel. &iquest;Hay, acaso, un cat&aacute;logo de colores m&aacute;s variado, incluyendo los que no existen? 
    </p><p class="article-text">
        Ya como cosa m&iacute;a, necesito introducir una pista sobre el antagonismo visual entre el Ripley de Scott y el&nbsp;Dickie Greenleaf&nbsp;(el heredero v&iacute;ctima de Ripley) protagonizado por <strong>Jhonny Flynn</strong>. Parecen aludir tanto a las charlas televisivas hipertensas entre <strong>Gore Vidal </strong>y <strong>James Buckey</strong> durante las convenciones Dem&oacute;crata y Republicana de1968, que dan ganas de pregunt&aacute;rselo a Zaillian. Pueden husmear en <em>YouTube</em> para ver c&oacute;mo explotan las pompas de la ira bajo un manto de delicadeza insoportable. 
    </p><p class="article-text">
        Y vaya a la memoria de Patricia Highsmith un agradecimiento a algo que no deber&iacute;amos llamar literatura sino, sencillamente, un modio de ver (y de entender), como dir&iacute;a Deleuze, &ldquo;la verg&uuml;enza de ser un hombre&rdquo;. &iquest;Fue un don? S&iacute;, pero extra&iacute;do de las minas del dolor. Famosa por su aislamiento y su misantrop&iacute;a cabalgante, enemiga jurada de la apariencia a la que, sin embargo, le dio rango de arte, Highsmith fue toda la vida una sobreviviente. Incluso los fue antes de nacer. Un detalle, encontrado en un art&iacute;culo sobre ella publicado por <em>The Guardian</em> en el a&ntilde;o 2000: la madre quiso abortarla tomando aguarr&aacute;s. &iquest;Qu&eacute; le pasaba a Highsmith con eso? Detestaba a la madre, pero ten&iacute;a una debilidad aparentemente inexplicable que nadie como la propia madre pudo contarlo mejor, y en un tono de comedia: &ldquo;Pat, no puedo creer que adores el olor a aguarr&aacute;s&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/crees-sos_129_11359932.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 May 2024 03:03:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Quién te crees que sos?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Tom Ripley,Patricia Highsmith,Andrew Scott]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El talentoso Mr Jeff Russo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/talentoso-mr-jeff-russo_129_11305718.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dcefbcb6-c0e8-4100-9662-c68381d8dd8e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El talentoso Mr Jeff Russo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El Ripley más fiel a Patricia Highsmth. Al agobio, a la incomodidad, a la culpa –o su ausencia– y a la morosidad. Cuadro por cuadro y en blanco y negro, el director y guionista Steve Zaillian cuenta el comienzo de la carrera del libertino y lo hace con una banda sonorra exquisita y atípica. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Se trata, apenas, de deslizamientos. La culpabilidad como etapa superior de la inocencia, habr&iacute;a dicho Lenin. Y los culpables que jam&aacute;s sentir&aacute;n culpa. Y los inocentes que se sienten culpables. Y c&oacute;mo los peque&ntilde;os delitos, los cotidianos, los que nunca se perciben como tales, se transforman poco a poco en otra cosa. Esa es la materia de la literatura de <strong>Patricia Highsmith</strong>. <em>The Talented Mr Ripley</em>, escrita por ella en 1955, es la primera de las cinco novelas en las que aparece el personaje del t&iacute;tulo, el verdadero comienzo de la carrera del libertino. Un talentoso Mr Ripley con el que el cine ha sido pr&oacute;digo. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Ren&eacute; Cl&eacute;ment </strong>adapt&oacute; este libro inaugural junto con <strong>Paul Gegauff</strong> para su film <em>Plein Soleil</em>, de 1960, protagonizado por <strong>Alain Delon</strong>. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        <strong>Matt Damon</strong> encarn&oacute; a Tom Ripley en una pel&iacute;cula que conserva el t&iacute;tulo de la obra de Highsmith y que fue dirigida en 1999 por Anthony Minghela. Y en su tercera encarnaci&oacute;n, como miniserie de ocho cap&iacute;tulos reci&eacute;n estrenada por Netflix, la historia del joven Tom tiene en Andrew Scott &ndash;el Moriarty del <em>Sherlock</em> de la BBC, con Benedict Cumberbatch&ndash; un int&eacute;rprete extraordinario.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Las otras novelas de la saga que llegaron al cine fueron la segunda, <em>Ripley Under Ground</em>, publicada en 1970, con una poco recordada versi&oacute;n de 2005, dirigida por <strong>Roger Spottiswoode </strong>y protagonizada por <strong>Barry Pepper</strong>, y la tercera, <em>Ripley&rsquo;s Game, </em>de 1974. <strong>Liliana Cavani</strong>, en 2002, conserv&oacute; el t&iacute;tulo original y su Ripley fue <strong>John Malkovich</strong> &ndash;que tambi&eacute;n hace un peque&ntilde;o papel en la serie de Netflix&ndash;. Antes, en 1977, <strong>Win Wenders</strong> hab&iacute;a titulado su versi&oacute;n como <em>El amigo americano</em> y su estrella fue <strong>Dennis Hooper</strong>, oscuro y genial. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        La nueva Ripley, creada, escrita y dirigida por <strong>Steve Zaillian</strong> &ndash;que fue guionista de <em>La lista de Schindler</em> y de <em>Pandillas de Nueva York</em>, entre otros films&ndash; y dirigi&oacute; <em>En busca de Bobby Fischer</em> y <em>Todos los hombres del rey</em>, &nbsp;sigue escrupulosamente el texto, con una est&eacute;tica de c&oacute;mic &ndash;o de la manera en que el c&oacute;mic imit&oacute; y exager&oacute; los planos picado, contrapicado y cenital del cine&ndash;, cuadro por cuadro y cada uno de ellos pensado desde un punto de vista pl&aacute;stico, un concepto que el luminoso blanco y negro subraya. Las escaleras y los ascensores, en el interior, y los intrincados pasajes de N&aacute;poles y Roma, tomados como formas geom&eacute;tricas abstractas, son, en todo caso, tan protagonistas como los mismos personajes &ndash;al fin y al cabo un Picasso ocupa un lugar de importancia en la escena&ndash;. Pero hay otro protagonista, casi silencioso: la m&uacute;sica. 
    </p><p class="article-text">
        El trabajo de <strong>Jeff Russo</strong> &ndash;ganador de un Emmy por la m&uacute;sica para la serie <em>Fargo</em>&ndash; es excepcional. En parte descansa en una selecci&oacute;n de canciones, recurrentes, que o son escuchadas por los participantes de la historia o podr&iacute;an serlo, entre las que se destacan &ldquo;Il cielo in una stanza&rdquo;, por <strong>Mina</strong>, &ldquo;Datemi un martello&rdquo;, por <strong>Rita Pavone</strong> y &ldquo;Quando, Quando, Quando&rdquo; por <strong>Tony Renis</strong>, que funciona como una suerte de leit-motiv. Tambi&eacute;n suenan, casi siempre a lo lejos, insinuadas, al borde del silencio, escenas de &oacute;peras de Verdi, un cuarteto de Mozart e incluso la m&uacute;sica de <strong>Nino Rota</strong> para <em>La dolce vita</em> de <strong>Federico Fellini</strong> &ndash;incidentalmente, Rota hab&iacute;a sido el compositor de la m&uacute;sica de <em>Plein soleil</em>, la primera encarnaci&oacute;n f&iacute;lmica de Ripley&ndash;. &nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Pero lo realmente interesante es lo que Russo hace, y lo que elige no hacer, con la m&uacute;sica incidental. Por una parte, la manera en que integra la propia sonorizaci&oacute;n del film &ndash;el ruido de un motor, un latido, las ruedas de un tren contra las v&iacute;as&ndash;; por otra algo que s&oacute;lo puede entenderse como una fenomenal auto restricci&oacute;n: el primer movimiento musical pleno, por una secci&oacute;n de cuerdas, aparece reci&eacute;n en el final del tercer episodio. En rigor, esa narraci&oacute;n cuadro a cuadro &ndash;y en este caso la palabra &ldquo;cuadro&rdquo; tiene tambi&eacute;n un sentido pict&oacute;rico&ndash; tiene su r&eacute;plica exacta en una banda sonora que cumple dos reglas exquisitas: no se nota &ndash;pero nada ser&iacute;a lo mismo sin ella&ndash; y no tendr&iacute;a sentido sin el film. Hay, por supuesto, un disco, y all&iacute; est&aacute; la m&uacute;sica incidental en sus versiones completas. Son bellas pero no dan una idea de la fragmentariedad estructural con la que aparecen en la mini serie. Lo que no se oye pero no se puede dejar de o&iacute;r.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/talentoso-mr-jeff-russo_129_11305718.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Apr 2024 16:07:25 +0000]]></pubDate>
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