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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Carlos Salvador Bilardo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/carlos-salvador-bilardo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Carlos Salvador Bilardo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El Flaco, in memoriam]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/flaco-in-memoriam_129_11342528.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c0ce2cd1-8bf0-40e2-908d-75ce53eec2c9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El Flaco, in memoriam"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Como lo que le sobraba a César Luis Menotti era inteligencia, sus grandes inventos fueron dos. El primero, convertir a la Selección en prioridad para la AFA, dándole una perspectiva estable y continua de trabajo riguroso. El segundo, hacer de cuenta que todo eso no importaba y que lo imprescindible era recuperar pretendidas esencias inmemoriales, basadas en el toque y la gambeta.</p></div><p class="article-text">
        No deja de ser al menos risue&ntilde;o que los dos directores t&eacute;cnicos que ganaron los primeros t&iacute;tulos mundiales para Argentina &ndash;y que a la vez se supusieron creadores de escuelas futbol&iacute;sticas, de corrientes de pensamiento, encarnaciones dilectas de izquierdas y derechas ideol&oacute;gicas, representantes de dicotom&iacute;as intocables y enemigos irreconciliables con bandas extensas de hinchas fan&aacute;ticos&ndash; hayan sido escuetos triunfadores en su oficio: el palmar&eacute;s de <strong>C&eacute;sar Luis Menotti</strong> incluy&oacute; apenas un t&iacute;tulo nacional (Hurac&aacute;n), dos Mundiales (mayor y juveniles con Argentina) y tres copas locales (pero no la Liga) con el Barcelona. El de <strong>Carlos Salvador Bilardo</strong> fue a&uacute;n m&aacute;s parco: un campeonato local con Estudiantes y el t&iacute;tulo de M&eacute;xico. Nada m&aacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Esto bastar&iacute;a para refutar cualquier tesis del f&uacute;tbol argentino como exitista, si no fuera porque el encumbramiento de ambos tuvo que ver, justamente, con ambos &eacute;xitos, porque fueron demasiado cruciales: el primero, &ldquo;contra&rdquo; la dictadura, y el segundo, con Maradona y &ldquo;contra&rdquo; Inglaterra. En 1978, Menotti comand&oacute; un equipo inolvidable, pero no por el pretendido &ldquo;lujo&rdquo; de su juego, sino por su potencia y su prepotencia, aunque <em>arltiana</em>: pura prepotencia de trabajo. El Hurac&aacute;n de 1973 era fant&aacute;stico y fantasista, irrepetible, pero no pod&iacute;a jugar un Mundial (a duras penas, jug&oacute; una Copa Libertadores digna en la primera rueda, y lo trituraron en la segunda, a medias entre Independiente y Pe&ntilde;arol, en 1974). 
    </p><p class="article-text">
        Como lo que le sobraba a Menotti era inteligencia, sus grandes inventos fueron dos: el primero, convertir a la Selecci&oacute;n en prioridad para la AFA, d&aacute;ndole una perspectiva estable y continua de trabajo riguroso, que inclu&iacute;a cambiar la preparaci&oacute;n f&iacute;sica para equiparar a los equipos europeos en velocidad y potencia; el segundo, hacer de cuenta que todo eso no importaba y que lo imprescindible &ndash;su &ldquo;logro&rdquo;&ndash; era recuperar pretendidas esencias inmemoriales, apodadas <em>la nuestra</em>, basadas en el toque y la gambeta. Cuando <strong>Mario Alberto Kempes</strong> convierte los goles de la final contra la entonces Holanda, demuestra la importancia decisiva del primer invento (se lleva a la rastra a todos los holandeses). Cuando Menotti comienza a hablar, demuestra que, adem&aacute;s, toda pr&aacute;ctica precisa de un relato que la interprete y le asigne un sentido, aunque la propia pr&aacute;ctica lo contradiga. Por eso, no par&oacute; de hablar hasta su muerte.
    </p><p class="article-text">
        <em>(Lo de Bilardo, en cambio, fue igual: sus dos equipos triunfadores estaban llenos de grandes jugadores, desequilibrantes y decisivos, muchas veces lujosos &ndash;Ponce, Sabella, Trobbiani; Maradona, Burruchaga, Borghi, Valdano&ndash;, pero los explicaba como tacticistas y defensivos: ambos equipos, el de 1978 y el de 1986, tuvieron casi la misma diferencia de goles; el equipo defensivo, uno m&aacute;s en contra. Y lo de Bilardo tambi&eacute;n fue distinto; s&oacute;lo habl&oacute; hasta por los codos durante casi cuarenta a&ntilde;os).</em>
    </p><p class="article-text">
        Ambos compartieron esa excepcionalidad: ganaron esas dos Copas. Pobre Menotti, lo suyo fue cuesta arriba, porque la dictadura fue un monstruo grande que pisaba fuerte, y nunca pudo saldar ese estigma &ndash;como si la sociedad argentina hubiera sido un modelo de resistencia y rebeld&iacute;a anti-fascista y tuviera el derecho de reprocharle haberle dado la mano a Videla y a Galtieri (se supone que no pod&iacute;a escup&iacute;rsela, ni siquiera negarle el saludo, as&iacute; como yo no pod&iacute;a matar a Videla el d&iacute;a que desfil&eacute; delante de &eacute;l con un FAL cargado, mientras hac&iacute;a la colimba)&ndash;. Al menos, cuando pudo trat&oacute; de marcar alguna diferencia: alguna firma en solicitadas por los desaparecidos, por ejemplo, que no demasiados se animaban a firmar. Supongo que fue esa experiencia la que lo decidi&oacute; a asumir con m&aacute;s franqueza &ndash;o al menos, con ret&oacute;ricas m&aacute;s convincentes&ndash; posiciones progresistas despu&eacute;s de 1983. Pero convenci&oacute; a unos cuantos de que hab&iacute;a protagonizado una revoluci&oacute;n t&aacute;ctica basada en volver a jugar como la M&aacute;quina de River Plate en 1942, lo que, por supuesto, era falso. 
    </p><p class="article-text">
        Bilardo, en cambio, tambi&eacute;n la tuvo dif&iacute;cil: ese gran equipo de 1986 siempre ser&aacute; el de <strong>Diego Armando Maradona</strong> y diez japoneses, como dicen que dec&iacute;a el t&eacute;cnico noruego <strong>Egil Olsen </strong>(&ldquo;Bilardo encontr&oacute; a los diez japoneses&rdquo;), y el de 1990 era una caricatura de s&iacute; mismo, a pesar de lo lejos que lleg&oacute; y lo bien que jug&oacute; s&oacute;lo un partido (la semifinal contra Italia). Pero convenci&oacute; a unos cuantos de que hab&iacute;a protagonizado una revoluci&oacute;n t&aacute;ctica &ndash;para m&iacute;, basada en sacar a Clausen, a Garr&eacute; y a Pasculli: la revoluci&oacute;n la encuentra reci&eacute;n con B&eacute;lgica, su mejor partido&ndash; y no par&oacute; de hablar de ella como si hubiera transformado el f&uacute;tbol gal&aacute;ctico.
    </p><p class="article-text">
        Ambos eran muy distintos: eg&oacute;latras, narcisistas hasta la exasperaci&oacute;n, aunque Bilardo le a&ntilde;ad&iacute;a su paranoia desarrollad&iacute;sima, como dijo el amigo <strong>Mat&iacute;as Bauso </strong>ayer en su nota. La pretensi&oacute;n de ambos de construir una suerte de <em>weltanschauung</em> sobre sus preferencias futbol&iacute;sticas no resiste ning&uacute;n an&aacute;lisis serio, y sin embargo convencieron a la comunidad futbolera durante cuarenta a&ntilde;os de que era cierto. Posiblemente, el m&eacute;rito sea aqu&iacute; m&aacute;s del Flaco que del Narig&oacute;n: el primero acept&oacute; alg&uacute;n romance con su comunismo, era amigo de Serrat y la Negra Sosa le dedic&oacute; una canci&oacute;n desde el escenario. Bilardo, en cambio &ndash;ahora s&iacute;: &iquest;en cambio, por el contrario? &ndash;, era peronista, aunque jam&aacute;s se proclam&oacute; &ldquo;de derecha&rdquo;: con algo m&aacute;s de certeza, descart&oacute; esa dicotom&iacute;a, que para &eacute;l era meramente futbolera, pero esencial (y acus&oacute; a su colega de &ldquo;rabanito&rdquo;: rojo por fuera, blanco por dentro).
    </p><p class="article-text">
        Entiendo que he hablado de Bilardo como si se hubiera muerto, y el que se muri&oacute; fue el Flaco. Pero Jekyll y Hyde, yin y yan, mundo de oposiciones y relaciones, ambos se construyeron en contra del otro en un juego de espejos invertidos. Lo que es indiscutible logro de Menotti no es su modo de tirar el offside, sino el haber conseguido que un director t&eacute;cnico de la selecci&oacute;n durara ocho a&ntilde;os &ndash;St&aacute;bile dur&oacute; casi veinte, pero antes de la Copa de Suecia 1958 nada cuenta&ndash;, se tomara las cosas en serio y trabajara para hacer entrenar como energ&uacute;menos a sus jugadores &ndash;y volverlos profesionales hiper competitivos, capaces de pisotear a la Holanda de 1978. No hab&iacute;a nada de izquierda en eso, sino pura inteligencia futbolera, que para eso le pagaban. 
    </p><p class="article-text">
        El f&uacute;tbol, como buena mercanc&iacute;a, es de derecha, porque s&oacute;lo busca aumentar la plusval&iacute;a. Siempre ser&aacute; un juego bello, antes y despu&eacute;s de las declaraciones de los jugadores y los t&eacute;cnicos, y los triunfos mundiales, como ha quedado palmariamente demostrado hace tan poco, son grandes proveedores de felicidad en tiempos aciagos. Posiblemente, entonces, el otro gran m&eacute;rito de Menotti no fue futbolero, sino po&eacute;tico: haber convencido a tanta gente, con el &uacute;nico arsenal de la palabra, de que las paredes entre Ardiles y Kempes ten&iacute;an algo de izquierda.
    </p><p class="article-text">
        <em>PA/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Alabarces]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/flaco-in-memoriam_129_11342528.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 06 May 2024 02:21:29 +0000]]></pubDate>
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