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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Gabriel Fauré]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/gabriel-faure/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Gabriel Fauré]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Lo que se oculta en lo no dicho]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/oculta-no-dicho_129_11620806.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/38e8f9e5-3314-4bd4-a1a2-3d689e356113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que se oculta en lo no dicho"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Entre dos épocas, o en ambas a la vez, Gabriel Fauré, el más secreto y melancólico de los compositores, conserva su serena modernidad, casi fuera del tiempo y a 100 años de su muerte. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Hubo cien a&ntilde;os en que la m&uacute;sica cambi&oacute; para siempre. Y es que en ese siglo transcurrido entre 1830 y 1930 fue el mundo el que cambi&oacute; para siempre. Dos libros, ninguno de ellos dedicado especialmente a la m&uacute;sica, explican lo sucedido con la m&uacute;sica de ese per&iacute;odo como ninguno. Uno es el monumental &shy;&ndash;y extraordinario&ndash; <em>Los europeos</em>, de <strong>Orlando Figes</strong> (publicado en castellano por Taurus). All&iacute;, el historiador que realiz&oacute; el retrato definitivo de Rusia &ndash;en <em>El baile de Natacha</em>, <em>La revoluci&oacute;n rusa</em> y <em>Los que susurran</em>&ndash; aborda, como aporte personal en contra del Brexit, la invenci&oacute;n de &ldquo;lo europeo&rdquo; a partir de una pregunta: por qu&eacute; en los comienzos del siglo XX en toda Europa se valora la misma pintura, se leen los mismos libros y se escucha la misma m&uacute;sica. Uno de los ejes que toma en cuenta es la ampliaci&oacute;n de las redes ferroviarias y dos consecuencias fundamentales: las librer&iacute;as de estaci&oacute;n &ndash;y los libros baratos&ndash; inventadas por Hachette y las giras de los artistas. El otro es la vida de tres personajes: la cantante <strong>Pauline Viardot Garc&iacute;a</strong>, intelectual y artista brillante, estrella en las &oacute;peras de Rossini, Meyerneer y Gounod, &iacute;ntima amiga de <strong>Clara Schumann</strong> y <strong>George Sand</strong>, su esposo, <strong>Louis Viardot</strong>, y su amante, <strong>Ivan Turgenev</strong>. Viardot fue, tal vez, el primer representante de artistas de la historia y, tambi&eacute;n, el primer divulgador de la cr&iacute;tica de las artes pl&aacute;sticas; Turgenev fue uno de los fundadores del naturalismo.
    </p><p class="article-text">
        El segundo libro se titula <em>La fractura</em> &ndash;bien podr&iacute;a llamarse <em>La grieta</em>&ndash;, y lo escribi&oacute; <strong>Philipp Blom</strong> (lo public&oacute; Anagrama). Se refiere al per&iacute;odo que va de 1918 a 1938 &ndash;del fin de la Primera Guerra Mundial al comienzo de la Segunda&ndash;. Tambi&eacute;n habla de Europa, pero comienza contando la primera grabaci&oacute;n de un blues realizada por un grupo &iacute;ntegramente afroamericano: el registro de &ldquo;Crazy Blues&rdquo; por <strong>Mamie Smith</strong>, junto con <strong>Johnny Dunn</strong> en corneta, <strong>Dope Andrews</strong> en tromb&oacute;n, <strong>Ernest Elliott</strong> en clarinete y <strong>Leroy Parker</strong> en viol&iacute;n, el 10 de agosto de 1920. El ingl&eacute;s Figes menciona, en el subt&iacute;tulo de su libro, &ldquo;el nacimiento de la cultura cosmopolita&rdquo; y el alem&aacute;n Blom narra su disoluci&oacute;n &ndash;entre muchas otras disoluciones&ndash;. 
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    </figure><p class="article-text">
        Otra historia, escrita por <strong>Gerald Abraham</strong> exactamente en el momento en que el ensayo de Blom concluye, en 1938, se titulaba <em>A Hundred Years of Music</em> (fue traducido por Alianza como <em>100 a&ntilde;os de m&uacute;sica</em>), abarcaba el per&iacute;odo entre 1830 y 1930 y, como el autor afirma en el pr&oacute;logo, &ldquo;podr&iacute;a subtitularse &lsquo;Triunfo, decadencia y ca&iacute;da del romanticismo musical&rsquo;&rdquo;. Ese es exactamente el per&iacute;odo en que vivi&oacute; el m&aacute;s secreto, el m&aacute;s perfecto, el m&aacute;s distinto a todos los compositores, pero tambi&eacute;n el que influy&oacute; a cada uno de ellos y posiblemente el m&aacute;s melanc&oacute;lico y solitario de todos, <strong>Gabriel Urbain Faur&eacute;</strong>, de cuya muerte se cumplir&aacute;n 100 a&ntilde;os en 2024. Su primera obra, de 1861, fue una canci&oacute;n, &ldquo;La mariposa y la flor&rdquo;, con texto de <strong>Victor Hugo</strong>. En ese a&ntilde;o, <strong>Antonin Dvorak</strong> escrib&iacute;a su primer cuarteto para cuerdas y <strong>Johannes Brahms</strong> sus dos cuartetos para piano y cuerdas. La &uacute;ltima obra de Faur&eacute; fue su <em>Cuarteto para cuerdas</em>, concluido poco antes de su muerte, en 1924. Ese a&ntilde;o, <strong>Sergei Prokofiev</strong> estrenaba su segundo <em>Concierto para piano y orquesta</em> y <strong>George Gershwin</strong> su <em>Rhapsody in Blue</em>, <strong>Maurice Ravel</strong> compon&iacute;a <em>Tzigane</em> y <strong>Arnold Sch&ouml;nberg </strong>su &oacute;pera breve <em>La mano bendecida</em>.
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    </figure><p class="article-text">
        Homenajeado &ndash;y rele&iacute;do&ndash; hace poco por el pianista de jazz <strong>Brad Mehldau</strong>, en <em>Apr&egrave;s Faur&eacute;</em> (comentado <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/despues-importa-despues_129_11359354.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a> en elDiarioAR), este compositor disc&iacute;pulo de <strong>Camille Saint-Sa&euml;ns</strong> &ndash;que le present&oacute; a <strong>Pauline Viardot</strong> y lo convirti&oacute; en personaje secundario de <em>Los europeos</em>&ndash; y maestro de Ravel &nbsp;cuenta, en su propia obra, aquello de lo que hablan Figes, Blom y Abraham, esos 100 a&ntilde;os en que las reglas del mundo &ndash;y del arte&ndash; se dieron vuelta como una media. Mehldau, al hablar de &eacute;l, lo llama el &ldquo;revolucionario silencioso&rdquo; y es que, en rigor, en esas composiciones bell&iacute;simas lo que se pone en tela de juicio, rechazando cualquier altisonancia, es la idea de temporalidad &ndash;y direccionalidad&ndash; que hab&iacute;a regido a la m&uacute;sica durante unos seis siglos. Esa cierta idea narrativa, hecha de tensiones y distensiones &ndash;y de un embudo que tarde o temprano desembocar&aacute; en el inevitable chan-chan final&ndash; se sosten&iacute;a tambi&eacute;n en una relativa simetr&iacute;a r&iacute;tmica: frases que el o&iacute;do pod&iacute;a identificar como preguntas y respuestas. En la m&uacute;sica de Faur&eacute; hay una serenidad, una suerte de estado contemplativo, que deriva del sistema arm&oacute;nico del romanticismo pero que nada tiene que ver con sus urgencias. Es posible que uno de los mejores ejemplos sea el <em>Pie Jesu</em> de su <em>Requiem</em> escrito en 1887 para peque&ntilde;o grupo y expandido finalmente a una orquesta en 1901.
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        En el primer movimiento de la segunda sonata para cello se hace evidente esa clase de melod&iacute;a, dictada por la fluidez, que abre la puerta a lo que a partir de <strong>Claude Debussy </strong>algunos identificar&aacute;n como impresionismo musical. Est&aacute; all&iacute;, en todo caso, ese mundo de luces y sombras en que los contornos se difuminan. Un lenguaje de sugerencias m&aacute;s que afirmaciones o donde, en todo caso, lo que se dice se oculta en lo no dicho.
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        Como m&aacute;s adelante suceder&aacute; con Ravel, es muy poco lo que se sabe de Faur&eacute;, m&aacute;s all&aacute; del enamoramiento por Marianne, una de las hijas de Pauline Viardot, el compromiso roto por ella m&aacute;s tarde, su ataque de depresi&oacute;n posterior &ndash;&eacute;l lo llam&oacute; spleen&ndash;, su amor tard&iacute;o por la cantante <strong>Emma Bardac</strong>,&nbsp;y su ordenada vida como organista en La Madelaine, y como profesor de m&uacute;sica, apenas alterada por las salvajes internas alrededor de la direcci&oacute;n del Conservatorio de Par&iacute;s, cargo que finalmente ocup&oacute; entre 1905 y 1920. Su misma obra niega de alguna manera la temporalidad. No hay all&iacute; estilos temprano o tard&iacute;o sino un lenguaje situado exactamente en el borde de dos &eacute;pocas. Una modernidad de discreci&oacute;n extrema que se hace presente, sobre todo, en sus notables canciones y en los exquisitos nocturnos para piano. Y que no casualmente es capaz de dialogar con Mehldau &ndash;o con las armon&iacute;as veladas de <strong>Herbie Hancock</strong>, en su per&iacute;odo con <strong>Miles Davis&shy;</strong>&ndash; o incluso con el pop-jazz del organista <strong>Brian Auger</strong>, que convirti&oacute; en &eacute;xito su <em>Pavana</em> al grabarla con el grupo <strong>The Trinity</strong> en 1969. 
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/oculta-no-dicho_129_11620806.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 Aug 2024 17:29:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Gabriel Fauré,Brad Mehldau]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Después, qué importa del después]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/despues-importa-despues_129_11359354.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/04ba5fe8-bfb7-40cc-9217-67bead9a925a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Después, qué importa del después"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Esta semana se publicaron dos discos nuevos del pianista Brad Mehldau. No son álbumes de jazz pero sí están pensados por un músico de jazz. Se trata de preludios, nocturnos y variaciones y preludios y variaciones sobre ellos. "After Bach II" y "Aprés Fauré" trazan recorridos alrededor –y a través– del canto que da cuerda a su mundo. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Brad Mehldau</strong> ya hab&iacute;a grabado un disco llamado <em>After Bach</em> hace seis a&ntilde;os. Y en febrero de 2023 edit&oacute; un &aacute;lbum dedicado a temas de <strong>The Beatles</strong> (que inclu&iacute;a, tambi&eacute;n, una pieza de <strong>David Bowie</strong>). Ahora, acaba de publicarse <em>After Bach II</em>, y junto con &eacute;l, <em>Apr&eacute;s Faur&eacute;</em>, donde el fondo en el que se proyecta a s&iacute; mismo es la m&uacute;sica de <strong>Gabriel Faur&eacute;</strong>, un compositor franc&eacute;s genial y habitualmente olvidado que vivi&oacute; entre 1845 y 1924 &ndash;a caballo entre dos mundos, podr&iacute;a decirse&ndash; y que fund&oacute; mucho de lo que otros hicieron famoso. 
    </p><p class="article-text">
        Los materiales, en uno y otro, son distintos tanto por sus caracter&iacute;sticas intr&iacute;nsecas como por su valor simb&oacute;lico: <strong>Johann Sebastian Bach </strong>es un &iacute;cono y Faur&eacute; no. El primero fue abundantemente visitado por m&uacute;sicas de tradici&oacute;n popular, directa &ndash;<strong>Jacques Loussier</strong>, <strong>The Modern Jazz Quartet</strong>&ndash; o indirectamente &ndash;<strong>Dave Brubeck</strong>, <strong>Astor Piazzolla</strong>, The Beatles&ndash;. El segundo, m&aacute;s all&aacute; de alguna versi&oacute;n ocasional &ndash;su <em>Pavana</em> por el grupo ingl&eacute;s <strong>Brian Auger and the Trinity</strong>&ndash; es apenas una sombra &ndash;o un reverbero&ndash; en el paisaje arm&oacute;nico de <strong>Bill Evans </strong>o <strong>Herbie Hancock</strong>.
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    </figure><p class="article-text">
        &ldquo;Cuanto m&aacute;s intentas relacionarte con &eacute;l, m&aacute;s visible se vuelve tu propia personalidad, inevitablemente&rdquo;, escribe Mehldau en las notas internas para este segundo cap&iacute;tulo bachiano. &ldquo;No est&aacute;s interpretando a Bach; Bach te est&aacute; interpretando a ti, en el sentido de que te deja al descubierto&rdquo;. Hay all&iacute; una clave. No de c&oacute;mo se piensa un disco de jazz sobre Bach &ndash;Mehldau no lo hace&ndash; sino de c&oacute;mo un m&uacute;sico de jazz puede entender &ndash;y releer&ndash; a Bach- En su texto sobre Faur&eacute; lo llama &ldquo;el revolucionario silencioso&rdquo; &nbsp;y, en alg&uacute;n sentido, la calificaci&oacute;n tambi&eacute;n le cabe al alem&aacute;n, a quien las historias tradicionales han pensado m&aacute;s como a alguien que cerr&oacute; para siempre una est&eacute;tica m&aacute;s que como a alguien que no solo experiment&oacute; con la forma, con los g&eacute;neros de su &eacute;poca, con las texturas y con la t&iacute;mbrica sino que, indudablemente, abri&oacute; infinidad de caminos. Pero lo que une a ambos discos es ni m&aacute;s ni menos la manera en que Mehldau los habita. La forma en que sin tomar los rasgos m&aacute;s aparentes del jazz se conecta con su sustrato profundo, la idea de la creaci&oacute;n como una relaci&oacute;n permanente entre figura y fondo. &ldquo;La elecci&oacute;n m&aacute;s importante que haces en todo momento &ndash;escribe Mehldau en relaci&oacute;n con Bach&ndash; no surge de una ausencia, sino de lo que est&aacute; ah&iacute;, en su totalidad. Espec&iacute;ficamente, es la elecci&oacute;n constante que haces sobre c&oacute;mo negociar entre armon&iacute;a y melod&iacute;a.&rdquo;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        La elecci&oacute;n de la palabra &ldquo;after&rdquo; en el t&iacute;tulo es precisa porque juega con la imprecisi&oacute;n de la palabra: se trata del despu&eacute;s pero, tambi&eacute;n, en m&uacute;sica, del &ldquo;a partir de&rdquo; o &ldquo;alrededor de&rdquo; o &ldquo;sobre&rdquo;. La versi&oacute;n francesa adoptada para el disco basado en Faur&eacute;, en cambio, posiblemente se trate de un error. &ldquo;Apr&eacute;s&rdquo;, en franc&eacute;s, carece de la multiplicidad de significados del ingl&eacute;s. Es &ldquo;despu&eacute;s&rdquo;, a secas. Y si se quisiera sugerir alguna de las diversas implicancias contenidas en el otro t&iacute;tulo, deber&iacute;a decirse &ldquo;d&rsquo;apr&eacute;s&rdquo;. Pero, como dice el tango, qu&eacute; importa del despu&eacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        <em>After Bach</em> incluye cuatro preludios y una fuga de <em>El clave bien temperado</em> y la <em>Allemande</em> de la <em>Partita N&ordm; 4</em>, intercaladas con siete composiciones o improvisaciones de Mehldau inspiradas en Bach, incluyendo sus propias variaciones sobre el tema de las Variaciones Goldberg. En <em>Apr&eacute;s Faur&eacute;</em> dialogan entre s&iacute; cuatro <em>Nocturnos</em> &ndash;algunos de la juventud, otros tard&iacute;os&ndash; y una reducci&oacute;n de un extracto del <em>Adagio</em> de su <em>Cuarteto con piano N&ordm; 2</em>, del compositor franc&eacute;s, con cuatro piezas de Mehldau. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me enter&eacute; que el primer volumen de <em>After Bach</em> incomprensiblemente, hab&iacute;a desorientado a algunos oyentes que no sab&iacute;an d&oacute;nde terminaba Bach y d&oacute;nde comenzaba yo&rdquo;, escribe el pianista. &ldquo;Por lo tanto, para clarificar, igual que en el disco precedente, hay aqu&iacute; tres clases de piezas: m&uacute;sica de Bach, una composici&oacute;n escrita por m&iacute; e improvisaciones.&rdquo; En cuanto a Faur&eacute;, ese amigo de Saint-Sa&euml;ns que fue maestro de Ravel y <strong>Nadia Boulanger</strong> e inspirador de <strong>Olivier Messiaen</strong>, Mehldau se inscribe, con convicci&oacute;n, en su campo arm&oacute;nico &shy;&ndash;que en rigor es el que el jazz tom&oacute; para s&iacute;&ndash; y es por all&iacute; por donde transita en sus cuatro composiciones propias. En uno y otro &aacute;lbum, un curioso &ldquo;ying&rdquo; y &ldquo;yang&rdquo; que rinde sus frutos en la escucha conjunta, parte de lo interesante, m&aacute;s all&aacute; del exquisito manejo del instrumento, de los infinitos matices, de la variedad de ataques y del abanico de colores, es precisamente aquello que aparentemente habr&iacute;a desorientado a los oyentes del primer <em>After Bach</em>: la magn&iacute;fica posibilidad de perderse a partir del bello vals que abre el disco sobre Bach (&ldquo;Prelude to Prelude&rdquo;) , de ser una especie de <em>flaneur</em> de la m&uacute;sica y de jugar a no saber d&oacute;nde terminan Bach o Faur&eacute; y en qu&eacute; exacto momento aparece Mehldau. 
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/despues-importa-despues_129_11359354.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 May 2024 14:04:16 +0000]]></pubDate>
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