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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Dave Brubeck]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Dave Brubeck]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Las revoluciones secretas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/revoluciones-secretas_129_11537991.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/01dcd393-04f5-42df-9627-6301e769f2db_16-9-discover-aspect-ratio_default_1099306.jpg" width="640" height="360" alt="Las revoluciones secretas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No todo es lo que parece. Los desafíos a viva voz no siempre son los más profundos y la elegancia esconde, en ocasiones, rupturas significativas. Paul Desmond, un saxofonista que construyó una idea del virtuosismo contraria al virtuosismo, fue el mejor ejemplo. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Soda Stereo</strong> o <strong>Los Redonditos de Ricota</strong>. Pop o rock, en la particular interpretaci&oacute;n de estos dos t&eacute;rminos habitual en la Argentina. Es decir, la extensi&oacute;n de un malentendido y su combinaci&oacute;n con el esp&iacute;ritu de una &eacute;poca. Por un lado, si los genios eran frecuentemente desprolijos, la desprolijidad denotaba, necesariamente, genialidad. Por otro, en un momento en que las revoluciones parec&iacute;an no s&oacute;lo deseables sino tambi&eacute;n posibles, qu&eacute; pod&iacute;a haber de valioso en alguien que se detuviera en cuestiones menores (la belleza, por ejemplo) en lugar de dar rienda suelta a su volc&aacute;nico talento.
    </p><p class="article-text">
        Era la &eacute;poca en que la cr&iacute;tica especializada francesa, a trav&eacute;s de la prestigiosa revista <em>Jazz Magazine</em>, acusaba a <strong>Bill Evans</strong> de &ldquo;pianista blanco&rdquo; (es decir blando). En que las canciones de <strong>Burt Bacharach</strong> eran despreciadas, en que valorar a <strong>John Lennon</strong> implicaba denostar a <strong>Paul McCartney</strong>, en que la elegancia parec&iacute;a el peor de los pecados y donde, finalmente, la tribalizaci&oacute;n de la escucha se llevaba puesto todo lo que no era aparente. Si sonaba desafiante estaba bien, aunque acabara siendo previsible. Y si parec&iacute;a &ldquo;complaciente&rdquo; &ndash;palabra con que la revista argentina <em>Pelo</em> hab&iacute;a anatemizado lo preeminentemente comercial&ndash; se descartaba de manera autom&aacute;tica, sin reparar en las posibles corrientes subterr&aacute;neas. Nada era nuevo en la historia del arte; siempre hab&iacute;a habido creadores que declamaban su rebeld&iacute;a y otros que la disimulaban, o la administraban con homeop&aacute;tica confianza en el efecto de lo m&iacute;nimo. Y, adem&aacute;s, si se escuchaba con atenci&oacute;n, ni Soda era elegancia vac&iacute;a &ndash;al fin y al cabo, all&iacute; estaba, adem&aacute;s de una de las mejores voces de la m&uacute;sica argentina y la &uacute;nica cuya dicci&oacute;n permit&iacute;a la comprensi&oacute;n de las letras en cualquier lugar de habla hispana, un tipo de canci&oacute;n que no se parec&iacute;a a nada anterior&ndash;&nbsp;ni los Redondos eran pura v&iacute;scera, como lo demuestra la agudeza de muchas de sus letras y la precisi&oacute;n de sus arreglos y de su manera de tocar. 
    </p><p class="article-text">
        Las pol&eacute;micas tampoco eran nuevas ni exclusivas de la m&uacute;sica popular. Florida y Boedo en la literatura; contenidistas contra formalistas en la pintura; vanguardia o reacci&oacute;n en la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica &ndash;con la particularidad de que en ese campo el nacionalismo estaba asociado al conservadurismo y no al cambio&ndash;. Desde ya, todas ellas se refer&iacute;an a los aspectos m&aacute;s externos de una obra. Y si hay un m&uacute;sico popular que cristalice de manera ejemplar el viejo adagio de que las apariencias enga&ntilde;an, es ese saxofonista que compuso, de manera casi secreta, el tema m&aacute;s exitoso de la historia del jazz, que se rio de cada uno de los lugares comunes del g&eacute;nero, que se despidi&oacute; de la vida con un peque&ntilde;o solo en una canci&oacute;n de <strong>Art Garfunkel</strong> y que, con certeza, fue el &uacute;nico m&uacute;sico de jazz reconocible a la primera nota por cualquiera que lo haya escuchado alguna vez.
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    </figure><p class="article-text">
        Paul Emil Breitenfeld se llam&oacute;, para el jazz, <strong>Paul Desmond</strong>. Durante m&aacute;s de veinte a&ntilde;os fue integrante estable de los grupos del pianista <strong>Dave Brubeck</strong>, su sonido, cristalino y melanc&oacute;lico, fue el sello de su cuarteto m&aacute;s famoso y, para ese grupo, compuso, en principio como marco para el solo del baterista, &ldquo;Take Five&rdquo;, un improbable hit con un pie r&iacute;tmico de cinco tiempos.
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    </figure><p class="article-text">
        Sus definiciones, por otra parte, ten&iacute;an la misma precisi&oacute;n de sus frases musicales. &ldquo;La simplicidad es la m&aacute;xima sofisticaci&oacute;n en la m&uacute;sica&rdquo;, dec&iacute;a. Y asegur&oacute;, en un reportaje, que &ldquo;el espacio entre las notas es tan importante como las notas en s&iacute;&rdquo;. Una filosof&iacute;a que, claramente, no ten&iacute;a demasiado que ver con la habitual valoraci&oacute;n del virtuosismo en el jazz &ndash;aunque no s&oacute;lo all&iacute;&ndash;. &ldquo;He ganado infinidad de premios al saxofonista alto m&aacute;s lento del mundo y, en 1961, un reconocimiento especial a la quietud&rdquo;, afirm&oacute; alguna vez. Pero, por supuesto, Desmond era un virtuoso. Eso s&iacute;, con una clase de virtuosismo hacia adentro. Rec&oacute;ndito. &Iacute;ntimo. Infinitamente triste. Y absolutamente inimitable.
    </p><p class="article-text">
        Su primera grabaci&oacute;n registrada es de fines de 1946 o comienzos de1947. El tema era &ldquo;Serenade Suite&rdquo;, hab&iacute;a sido compuesto por <strong>Dave VanKriedt</strong>, saxofonista tenor del octeto de Brubeck y form&oacute; parte del disco llamado <em>Octet</em>, que se public&oacute; casi una d&eacute;cada despu&eacute;s e incluye otras piezas con la presencia de Desmond, grabadas en 1949 y 1950. 
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        Lo siguiente fue en 1951, ya con el cuarteto que ser&iacute;a famoso y el t&iacute;tulo del &aacute;lbum era expl&iacute;cito: <em>Brubeck-Desmond</em>. El grupo tuvo una vida estable hasta 1967 y luego Desmond regres&oacute; para varias reuniones. En 1975, el pianista y el saxofonista tocaban a d&uacute;o en un crucero de lujo, el S. S. Rotterdam, entre Nueva York y el Tri&aacute;ngulo de las Bermudas, &ldquo;a cambio de camarote y comida&rdquo;. Y en una pausa &ldquo;entre distintos contratos de grabaci&oacute;n, lo que suced&iacute;a de manera tan infrecuente como un eclipse solar&rdquo; grabaron un disco perfecto, <em>1975: The duets. Brubeck &amp; Desmond</em>, la s&iacute;ntesis de la s&iacute;ntesis y el estilo de ambos llevado hasta su misma esencia. 
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        La carrera del &ldquo;saxofonista m&aacute;s lento del mundo&rdquo;, de ese que dec&iacute;a a quien quisiera o&iacute;rlo que &ldquo;ya estaba pasado de moda antes que nadie supiera qui&eacute;n era&rdquo;, es sumamente breve si se descarta lo hecho junto a Brubeck. Y tambi&eacute;n en este caso son notables las sociedades duraderas, llamativamente con dos guitarristas. Con <strong>Jim Hall</strong>, con quien grab&oacute; por primera vez en 1959 &shy;&ndash;<em>First Place Again</em>, con un cuarteto que integraban dos miembros del <strong>Modern Jazz Quartet</strong>, el contrabajista <strong>Percy Heath</strong> y el baterista <strong>Connie Kay</strong>, una serie de discos para la RCA, registrados entre 1961 y 1965, y dos encuentros tard&iacute;os, en 1974, como integrantes del grupo que rode&oacute; a Chet Baker en el notable &ndash;y en su momento subestimado&ndash;&nbsp;<em>She Was Too Good To Me</em>, y, el a&ntilde;o siguiente, en el disco <em>Concierto</em>, de Hall. El otro guitarrista fue el canadiense <strong>Ed Bickert</strong>, un purista de baj&iacute;simo perfil con quien grab&oacute; por primera vez en 1974, para <em>Pure Desmond</em>, una inspirad&iacute;sima reedici&oacute;n del cuarteto (con Ron Carter y Connie Kay) y con quien actu&oacute; regularmente en distintos clubes de Toronto, durante 1975, y en el Festival de Edmonton, en 1976, junto con un contrabajista exquisito, Don Thompson, y el baterista Jerry Fuller. Ese conjunto de actuaciones, felizmente registradas en vivo aunque infelizmente ausentes en Spotify, m&aacute;s la participaci&oacute;n en un disco de <strong>Chet Baker</strong> &ndash;<em>You Can&rsquo;t Go Home Again</em>&ndash; y su discret&iacute;simo y maravilloso solo en la canci&oacute;n &ldquo;Mr. Shuck'n Jive&rdquo;, en <em>Watermark</em>, el tercer disco solista de <strong>Art Garfunkel</strong> (del que tambi&eacute;n formaban parte <strong>Paul Simon</strong> y <strong>James Taylor</strong>) son su testamento. Desmond muri&oacute;, junto con sus revoluciones secretas, el 30 de mayo de 1977, a los 52 a&ntilde;os. 
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        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;:&nbsp;</em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Jul 2024 20:11:25 +0000]]></pubDate>
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