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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Rodrigo Manigot]]></title>
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      <title><![CDATA["Las cosas que aprendí de grande", un capítulo del nuevo libro de Rodrigo Manigot]]></title>
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      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a68a8fdd-cf05-43b4-9360-217798a552f8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&quot;Las cosas que aprendí de grande&quot;, un capítulo del nuevo libro de Rodrigo Manigot"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Rodrigo Manigot, escritor y cantante de la banda Ella es tan cargosa, acaba de publicar su tercer libro, "Las cosas que aprendí de grande". Editado por Crujía, la obra retrata su tránsito de lector a escritor y es, también, un inventario de sus temores e inseguridades. Una travesía signada por la presencia y la guía de autores como Onetti, Faulkner, Proust, Alicia Dujovne Ortiz, Lucia Berlin, Karl Ove Knausgard, Emmanuel Carrere, Fabián Casas y muchos más. Aquí compartimos un capítulo. </p></div><h2 class="article-text">Pantalla en negro</h2><p class="article-text">
        &iquest;En qu&eacute; libro Henry Miller escribi&oacute; que el d&iacute;a en que la maestra dice a la clase que hubo una redacci&oacute;n que le gust&oacute;, separa una hoja del pil&oacute;n y pronuncia nuestro nombre y apellido, sella nuestro destino de escritor? &iquest;D&oacute;nde lo dijo? Es incre&iacute;ble. Hace a&ntilde;os quiero encontrar ese p&aacute;rrafo y todav&iacute;a no pude ubicarlo. &iquest;Lo so&ntilde;&eacute;? El mismo Miller tambi&eacute;n dijo en alguna de esas cinco novelas, que no s&eacute; por qu&eacute; en su momento no subray&eacute;, la trilog&iacute;a Nexus, Sexus y Plexus, y los dos Tr&oacute;picos, que de un libro, por m&aacute;s p&aacute;ginas que tenga, al final retenemos como mucho tres o cuatro ideas. Y no m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Ya me acord&eacute; por qu&eacute; no subrayaba los libros: Julio Quintas, un baterista que tocaba conmigo en los noventa, buen lector, cuando vio mi Rayuela de Cort&aacute;zar toda manchada con un marcador fl&uacute;or me mir&oacute; a los ojos: Animal, los libros no se marcan.
    </p><p class="article-text">
        Proust, otro autor que le&iacute; con devoci&oacute;n en esos a&ntilde;os, escribi&oacute; en un ensayo que no forma parte de En busca del tiempo perdido que cuando cerramos un libro, los personajes y la trama se disuelven, quedan entre las p&aacute;ginas; pero nunca olvidamos el momento ni el lugar en que lo le&iacute;mos. 
    </p><p class="article-text">
        Entonces: s&eacute; cuando y donde le&iacute; eso de Miller que me dio en el centro: en mi departamento de la calle Pringles, en Barrio Aeron&aacute;utico, Ituzaing&oacute;, a&ntilde;o 1997. Estaba de ma&ntilde;ana en mi cuarto, leyendo en la cama con la persiana apenas levantada, y qued&eacute; con la vista congelada. Miller me hab&iacute;a llevado a la tarde en que la maestra de quinto grado de la escuela 75, Liliana, una mujer joven y muy dulce, de pelo lacio casta&ntilde;o y anteojos con mucho aumento, de cristales verdosos, dijo: Voy a leerles una redacci&oacute;n que me encant&oacute;, y ley&oacute; Cardozo. 
    </p><p class="article-text">
        Cardozo era un relato m&iacute;o inspirado en algo que contaron mis t&iacute;os Leandro y Ana. Hab&iacute;an sentido ruidos en el jard&iacute;n y llamaron a la polic&iacute;a. Entraron dos canas. El de mayor rango daba las &oacute;rdenes en voz alta en la galer&iacute;a mientras el otro mov&iacute;a su linterna en la oscuridad. Mi t&iacute;a, desde la ventana en el primer piso, se acord&oacute; de un dato importante: pidi&oacute; que tuvieran cuidado, que estaban cavando una zanja en el fondo. Entonces el oficial grit&oacute;: &iexcl;Cardozo, tenga cuidado con la zanja! Y enseguida Ana se acord&oacute; de que en la casa de al lado hab&iacute;a un le&oacute;n. Le avis&oacute; al polic&iacute;a, que pregunt&oacute;: &iquest;Un le&oacute;n?, y se rio y grit&oacute;: &iexcl;Oficial Cardozo, dicen que ande con cuidado, que parece que hay un le&oacute;n! &iexcl;Guarda con el le&oacute;n, Cardozo! 
    </p><p class="article-text">
        Entonces, en medio de la noche, se oy&oacute; un rugido monstruoso: los polic&iacute;as corrieron a la calle. Al lado viv&iacute;a el due&ntilde;o del circo Real Madrid. 
    </p><p class="article-text">
        En la ma&ntilde;ana fr&iacute;a de 1997 volv&iacute;a a ver la luz en el aula construida a un costado del patio, un chorro blanco y oblicuo que resplandec&iacute;a y nos lastimaba los ojos, volv&iacute;an las risas de la clase, me vi cabizbajo en mi pupitre recibiendo las miradas de mis compa&ntilde;eros. Sent&iacute; que Miller me dec&iacute;a en voz baja: dale, largate a escribir. 
    </p><p class="article-text">
        Yo solo me animaba a las letras de canciones. Me hab&iacute;a especializado en encastrar palabras a las melod&iacute;as que compon&iacute;a en un ingl&eacute;s fon&eacute;tico, aproximado. Subrayaba frases en libros y las usaba de disparadores. O me las robaba. Una tarde, mi amigo Ale Knobel, compa&ntilde;ero de la banda Los Mareados, cuando le mostr&eacute; un tema nuevo y cant&eacute; la frase: Pensar que and&aacute;bamos tan cerca entonces/ como barcos en la noche/ que se cruzan sin saber, me fren&oacute;: &iexcl;Ladr&oacute;n, eso es de Carlos Fuentes! Me re&iacute; y dej&eacute; de cantar. Al final, los dos est&aacute;bamos equivocados: en la novela Diana o la cazadora solitaria, el protagonista citaba ese verso, que en verdad era de Pessoa. 
    </p><p class="article-text">
        En esos a&ntilde;os del Barrio Aeron&aacute;utico, adem&aacute;s de Miller leer&iacute;a la poes&iacute;a de Octavio Paz y todos los libros de Garc&iacute;a M&aacute;rquez y de Carlos Fuentes, la literatura de Cort&aacute;zar y de Borges y despu&eacute;s pasar&iacute;a a Onetti, Arlt, Rulfo, Pizarnik, Olga Orozco, Juan Jos&eacute; Saer, Faulkner, Proust. Pero a&uacute;n no me hab&iacute;a dado por escribir. O peor: quer&iacute;a escribir pero, sin melod&iacute;as de fondo, la hoja en blanco se ensanchaba y me paralizaba. 
    </p><p class="article-text">
        Algunos s&aacute;bados sacaba hojas de una resma y me iba a lo de mi abuela Beba. Despu&eacute;s de cenar, destapaba lo que quedaba del Valderrobles del almuerzo familiar, prend&iacute;a la luz del living y me sentaba con mi Pilot negra. Era una puesta en escena. Lo de Beba quedaba en la calle principal de Castelar, a cuadras de la estaci&oacute;n. La gente que pasaba caminando pod&iacute;a mirar hacia adentro y verme encorvado garabateando en soledad, concentrado frente a una hoja. Nunca me sali&oacute; nada. Es m&aacute;s: escuchaba voces de chicas que se acercaban por la vereda y me arrimaba a la ventana. Me acurrucaba en el sof&aacute; Luis XV y espiaba de reojo por los agujeritos redondos del respaldo. 
    </p><p class="article-text">
        Algo parecido hac&iacute;a los viernes en Tarz&aacute;n. Eleg&iacute;a la mesa que daba al t&uacute;nel, me ped&iacute;a una Quilmes bock y trataba de escribir. Pero a los pocos vasos me dispersaba; al litro me atontaba. La ventana era un observatorio: de la boca del t&uacute;nel sal&iacute;an decenas de personas. Me distra&iacute;a mirando y trataba de detectar en la muchedumbre alguna chica conocida.
    </p><p class="article-text">
        Aquel p&aacute;rrafo de Miller me anim&oacute; a escribir. 
    </p><p class="article-text">
        Solo que el fantasma de la hoja en blanco pas&oacute; a ser el fantasma de la pantalla en negro. Mi prima Sole me hab&iacute;a regalado una notebook que no andaba, y que nunca mand&eacute; a reparar. Me despertaba y preparaba el mate, me sentaba en el escritorio de mimbre, prend&iacute;a la luz de la l&aacute;mpara de pie. Abr&iacute;a la computadora y tocaba todos los botones. Me quedaba un rato largo frente al rect&aacute;ngulo negro, tomando un mate tras otro, esperando el milagro.&nbsp;
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Jul 2024 21:59:58 +0000]]></pubDate>
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