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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - estigmatización]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/estigmatizacion/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - estigmatización]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Esconderse no es un juego]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/esconderse-no-juego_129_11606327.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1cca1270-a4c2-4d31-bac5-1febd6bd5270_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Esconderse no es un juego"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Estar gorda, el exceso, lo que sobra, según la ética y la estética imperantes, te mete en una carrera desesperada por bajar, que siempre, inexorablemente, fracasa. ¿Hacerse responsable es una decisión individual? Algunas de las formas domésticas de la violencia.</p></div><p class="article-text">
        Engord&eacute;, no quiero salir, ni probarme ropa, ni comprobar que todo me queda chico. No quiero que me vean, tampoco que opinen ni me den consejos que no pido, quiero desaparecer. Deseo no estar, esfumarme, esconderme.
    </p><p class="article-text">
        Inc&oacute;moda, me encuentro en medio de una situaci&oacute;n paradojal. Escribo desde hace tres a&ntilde;os en esta columna contra la gordofobia, hace mucho m&aacute;s tiempo que lo hago en privado, sin destino de publicaci&oacute;n. Como catarsis y ejercicio narrativo. Pero, aunque escribir ayuda, no evita el sufrimiento. Soy la primera que se condena por los kilos de m&aacute;s. Soy una que quiere ser libre de los mandatos sobre c&oacute;mo debemos alimentarnos para vivir como corresponde en este mundo, aunque tambi&eacute;n soy esa otra que se juzga y penaliza. Soy vasta, contengo multitudes, dec&iacute;a el poeta.
    </p><p class="article-text">
        Hay d&iacute;as en que ser gorda es un orgullo, es cuando me siento empoderada, con ganas, segura y confiada en m&iacute; misma; pero hay otros en que aparece la verg&uuml;enza e ir&iacute;a corriendo a encerrarme o a probar alguna de esas terapias extremas que consisten en una intervenci&oacute;n quir&uacute;rgica, o una internaci&oacute;n en donde te prometen convertirte en sirena y cambiarte la vida. Vaya si no ser&iacute;a una transformaci&oacute;n mutar la condici&oacute;n humana por la de un ser mitol&oacute;gico.
    </p><p class="article-text">
        Y cu&aacute;nta ilusi&oacute;n hay puesta en nombre de esa mutaci&oacute;n desgrasada e hipocal&oacute;rica.
    </p><p class="article-text">
        Una sirena: ninfa mitad mujer, mitad pez sentada on the rocks de una isla del Mediterr&aacute;neo, despreocupada y alabada, aunque sin necesidad del poder de atraer a los marineros con su canto dulce, al modo Odiseo de que se estrellen sus barcos contra los acantilados. Una ninfa que no necesitara devorar a quienes han sido seducidos por ella, ni que desee el suicidio por ning&uacute;n fracaso, ni que ponga en peligro a los Argonautas en su b&uacute;squeda del vellocino de oro.
    </p><p class="article-text">
        Quisiera ponerle un candado a la heladera, tapar con telas los espejos, darlos vuelta para no encontrarme con esa imagen que rechazo de m&iacute;. Evitar todo contacto con el cuerpo y con la comida. &iquest;Ser&aacute; esa la forma de calmarme? &iquest;Lograr&eacute; pasar del anhelo por un lleno, una plenitud, la completud de un vac&iacute;o, de una sensaci&oacute;n de nada material y emocional, a otra escena, bien diferente, en la que la ingesta no determine mi estado de &aacute;nimo y mi vida social?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo reconfiguro mi inconsciente para dejar de percibir que ciertos alimentos est&aacute;n demonizados? &nbsp;&iquest;C&oacute;mo dejar de sentir que hay transgresi&oacute;n o pecado (y eso que soy atea), si saboreo el chocolate, la galletita, el az&uacute;car?&nbsp;En la taxonom&iacute;a infantil que padres, tutores y encargados impusieron y perdura hasta hoy en las profundidades de la mente, hay comidas buenas y malas, una clasificaci&oacute;n que supone una &eacute;tica y una est&eacute;tica determinadas. Com&eacute;s bien, sos saludable, sos bella, sos recompensada. Com&eacute;s mal, est&aacute;s enferma, sos fea, sos castigada.
    </p><p class="article-text">
        Estoy gobernada por el miedo.
    </p><p class="article-text">
        En <em>Manual para armar un sue&ntilde;o</em>, la obra que La Zaranda, Teatro Inestable de Ninguna Parte, estren&oacute; esta semana en el Teatro Regio, una criatura teatral, olvidada en el fondo del espejo, maquilla su derrota. En un presente est&eacute;ril sale a irradiar la esperanza que arroja luz en la oscuridad. Pero antes de andar, desarma. Toma conciencia de que habla la lengua del patr&oacute;n. Si le ha ido a mal es porque hablan en &eacute;l las voces de la opresi&oacute;n, lo han tomado como una marioneta que vocifera un texto que no es propio.
    </p><p class="article-text">
        <em>La habitaci&oacute;n blanca</em>, del dramaturgo catal&aacute;n<strong> Josep Mar&iacute;a Mir&oacute;</strong>, en Timbre 4, da cuenta de que la infancia que tuvimos no es tal como la recordamos y de que el trato que le dimos a nuestros pares tiene efectos. En la cadena de decisiones que hemos tomado en el pasado puede haber un eslab&oacute;n perdido, o escondido por nuestra memoria, donde el cuerpo de otre se ha visto perjudicado. Los juicios, las acciones u omisiones que encarnamos, han generado un callo, un dolor, un trauma, que no pudo ser elaborado y que regresa como una sombra para devorarnos o para darnos la oportunidad de hacernos responsables. 
    </p><p class="article-text">
        Dirigida por <strong>Lautaro Perotti</strong>, <em>La habitaci&oacute;n blanca</em> es una invitaci&oacute;n a revisitar ese pasado en el que tejimos la trama de que estamos constituidos. Una obra en la que se destaca la excepcional <strong>Miriam Odorico</strong>, al componer a una antigua maestra de grado que ha sido despojada de todo y se reencuentra, en apariencia de modo casual, con tres adultos que&nbsp;alguna vez fueron las criaturas que aprendieron junto a ella. Un elenco integrado por <strong>Andr&eacute;s Ciavaglia</strong>, <strong>Melisa Hermida</strong> y <strong>Alfredo Staffolani</strong> despliega humor, drama y ternura durante ese viaje hacia un tiempo &iacute;ntimo y primario.
    </p><p class="article-text">
        Es tal la fuerza y el poder de los mandatos, del deber ser vital y corporal, que a veces no hay doctrina ni reflexi&oacute;n que alcance para aliviar el peso del sentimiento persecutorio.&nbsp;Padres y amigues, coach nutricionales, influencers, m&eacute;dicos y hasta licenciados en nutrici&oacute;n se han convertido en &ldquo;polic&iacute;as de los cuerpos&rdquo;, seg&uacute;n nos ense&ntilde;aron <strong>Laura Contrera</strong> y <strong>Nicol&aacute;s Cuello</strong> en el libro <em>Cuerpos sin patrones: resistencias desde las geograf&iacute;as demesuradas de la carne</em>, que vi hace unos d&iacute;as en el puesto de Madreselva de la FED y cuya existencia material le agradec&iacute; al editor.
    </p><p class="article-text">
        Conocer el activismo gordo, hace unos cuantos a&ntilde;os ya, me cambi&oacute; la cabeza. En primer lugar, por descubrir que hay otras personas padecientes como yo, sojuzgadas por un sistema cultural gordof&oacute;bico que nos condena por no habitar el cuerpo delgado impuesto por la publicidad, la medicina, la industria de la ropa. Por otro, porque algunas de esas personas militan contra la patologizaci&oacute;n de la gordura y porque cuestionan la asimilaci&oacute;n de la delgadez a un estilo de vida saludable, haciendo una contrapedagog&iacute;a de la crueldad. &iexcl;Cu&aacute;nto me ha ayudado y ha colaborado con otras personas el activismo gordo! 
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:#fefcf7;">Campo pol&iacute;tico con m&aacute;s de 50 a&ntilde;os de vida en los pa&iacute;ses angloparlantes, ligado al movimiento de los derechos civiles, cierto feminismo y lesbianismo radical, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os tiene existencia propia en Am&eacute;rica Latina, con su particularidad anticolonialista.</span>
    </p><p class="article-text">
        Como ha escrito <strong>Mauro Cabral</strong>, sobre su padecer, la gordofobia es una forma dom&eacute;stica de violencia, que consiste en controlar y obturar el acceso a la comida. Quien come como quiere, traiciona la salud, el peso justo, el deber parecer, a uno mismo.
    </p><p class="article-text">
        La persona gorda, como el pobre, como el negro, como el jud&iacute;o queda estigmatizada. Y ante el maltrato social, su deseo es desaparecer, que no se note su singularidad. Por eso, <strong>Michael Jackson</strong> hace un tratamiento para blanquear su piel o tantas chicas padecen anorexia. El descuido, el goce masoquista, el consumo excesivo surgen asociados con el ser o estar con un cuerpo que no cumple con las pautas del peso deseado. Y hay que apostar al adelgazamiento, la dieta, la restricci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Al escribir sobre mi gordura pongo en jaque el imperio de la norma, que nos domina. Pero incluso as&iacute;, aunque haya algo de sosiego y el malestar se aten&uacute;a, no es suficiente. Resisto la tempestad como el hilo de una cometa, pero habr&aacute; que ir cambiando el lenguaje, la forma de pensar, la realidad misma, para entablar una relaci&oacute;n amistosa con el cuerpo y con los dem&aacute;s. Y eso no se hace de a uno.
    </p><p class="article-text">
        <em>LH/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laura Haimovichi]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/esconderse-no-juego_129_11606327.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Aug 2024 03:01:13 +0000]]></pubDate>
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