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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Angélica Liddell]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/angelica-liddell/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Angélica Liddell]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Testigos de la violencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/testigos-violencia_129_11672209.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3a6f81dc-670c-42cb-ba5b-aa34b821200d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Testigos de la violencia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Sentimos un oscuro placer al escuchar cómo un crítico destruye a un autor, sobre todo cuando es alguien exitoso, similar al que nos invade cuando presenciamos una pelea callejera.</p></div><p class="article-text">
        El hecho de que el teatro sea una disciplina fundamentalmente f&iacute;sica e imposible de digitalizar genera unos efectos que no s&eacute; si son curiosos para m&iacute; por una cuesti&oacute;n de &eacute;poca o si siempre fueron curiosos a secas. El imperialismo cultural sigue funcionando en muchos niveles: es verdad que el arte producido en pa&iacute;ses perif&eacute;ricos puede hoy tener much&iacute;simo peso (la literatura latinoamericana y la importancia que tienen sus autoras en el mundo de las letras a nivel global es prueba viva de eso). Es igualmente cierto que la financiaci&oacute;n con la que cuenta el primer mundo para producir cultura y hacerla circular sigue siendo infinitamente superior, y que de esa superioridad se derivan otras superioridades. 
    </p><p class="article-text">
        La posici&oacute;n econ&oacute;mica de la Argentina y la desvalorizaci&oacute;n de su moneda refuerza estas din&aacute;micas: un autor argentino, de la disciplina que sea, necesita ser exitoso en el exterior para poder vivir de su arte con cierta tranquilidad. Su arte, entonces, tiene que gustar en las editoriales europeas, en los festivales europeos, a los programadores europeos: y hablo de programadores porque empec&eacute; hablando de teatro y me fui de tema, pero vuelvo a esos efectos curiosos sobre los que quer&iacute;a escribir. 
    </p><p class="article-text">
        Leo literatura de otros pa&iacute;ses muy a menudo, veo cine y series de otros pa&iacute;ses: me doy cuenta cuando algo se est&aacute; por poner de moda porque lo han puesto de moda en los mercados centrales. Con el teatro, en cambio, me pasa un poco al rev&eacute;s: no viajo tanto como para vivir en tema con el teatro europeo, y entonces lo que me sucede es que cuando veo algo de pronto entiendo ciertas obras o ciertas conversaciones que, en general, me pasan desapercibidas. Entiendo que ciertas obras que he visto en Argentina tomaban lenguajes teatrales que se pusieron de moda en Europa y que agradan a los programadores europeos. Cuando, cada dos o tres a&ntilde;os, logro efectivamente ver una obra <em>chic</em> europea, veo los mecanismos por los cuales el mainstream de los festivales se infiltra en una escena que, en Buenos Aires, percibo sencillamente como algo que pasa a la vuelta de mi casa. Todo esto para decir, entonces, que vi en Madrid <em>D&auml;mon. El funeral de Bergman</em>, de la conocida dramaturga catalana <strong>Ang&eacute;lica Liddell</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        Los recursos que Liddell pone en escena con eficacia y soltura ya los he visto en otras obras posdram&aacute;ticas europeas: el mon&oacute;logo carism&aacute;tico y descarnado, las coreograf&iacute;as de cuerpos desnudos y antihegem&oacute;nicos, la intenci&oacute;n de asquear e impresionar en un mundo en el que ya nada asquea e impresiona (que en realidad terminan siendo, entonces, intentos de entretener), los ocasionales textos magistrales, las citas a diversos niveles de la alta y la baja cultura con igualmente diversos niveles de iron&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Me resulta siempre valioso e interesante ver un espect&aacute;culo de esas proporciones. Otra vez, en Argentina no hay plata para hacer eso y siempre es educativo ver lo que s&iacute; se puede hacer cuando uno tiene los recursos para poner much&iacute;sima gente en escena a hacer much&iacute;simas cosas. Pero lo que toc&oacute; mi coraz&oacute;n, para bien o para mal, fue la tesis que Liddell desarrolla en la primera parte de la obra: una tesis en contra de la cr&iacute;tica de arte. La propia Liddell lee en escena varias rese&ntilde;as demoledoras que algunos cr&iacute;ticos franceses hicieron sobre su obra y les contesta a uno por uno a coraz&oacute;n abierto. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Supongo que a mí me resultó insoportablemente apolítico y burgués el argumento en contra de la crítica porque atiendo los dos lados del mostrador. Escribo crítica a veces (como hoy), y lloro por lo que algún crítico dice de las cosas que escribo, otras veces</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Los artistas, en su tesis, desnudan sus v&iacute;sceras. Los cr&iacute;ticos, en cambio, derraman su maldad de manera an&oacute;nima por el solo goce de hacer da&ntilde;o. Es una iron&iacute;a bastante graciosa (una pena que la obra no la tome) que Liddell exponga a los cr&iacute;ticos con nombre y apellido en un escenario gigante del que ella es due&ntilde;a al tiempo que los acuse de no exponerse a nada. &ldquo;No defiendo mi arte&rdquo;, dice, &ldquo;sino mi derecho a hacerlo&rdquo;. &iquest;En qu&eacute; mundo o en qu&eacute; sentido la cr&iacute;tica viola los derechos de los artistas? &iquest;Qu&eacute; derecho? &iquest;El derecho a sentirse amados incondicionalmente? &iquest;El derecho a no angustiarse? 
    </p><p class="article-text">
        Supongo que a m&iacute; me result&oacute; insoportablemente apol&iacute;tico y burgu&eacute;s el argumento en contra de la cr&iacute;tica porque atiendo los dos lados del mostrador. Escribo cr&iacute;tica a veces (como hoy), y lloro por lo que alg&uacute;n cr&iacute;tico dice de las cosas que escribo, otras veces. Entiendo que as&iacute; es la vida, y que ser suficientemente conocido como para que tus obras se rese&ntilde;en ya es una suerte enorme por la que no cabe pedir la misericordia de nadie. Entiendo, tambi&eacute;n, que la cr&iacute;tica engrandece la conversaci&oacute;n y el debate, incluso cuando es agresiva, incluso cuando se pasa dos pueblos: que cualquier cr&iacute;tica de 5 mil caracteres es una prueba de amor m&aacute;s grande que un &ldquo;me gusta&rdquo;, aunque te destruya; y que de todos modos lo importante de la cr&iacute;tica no es el sentir del autor, sino lo que pasa con las audiencias, con la relaci&oacute;n del arte con el mundo: que la pelota siga girando. 
    </p><p class="article-text">
        Pero m&aacute;s all&aacute; de la tesis de Liddell, me hizo pensar en algo sobre lo que todav&iacute;a no s&eacute; bien qu&eacute; decir. Liddell habr&aacute; estado unos veinte minutos leyendo y comentando malas cr&iacute;ticas: son, por lejos, los mejores veinte minutos de la obra. Mientras los ve&iacute;a pens&eacute; que podr&iacute;a pasar horas escuchando eso, rese&ntilde;as violentas de obras que ni s&eacute; de qu&eacute; se tratan. En eso quiz&aacute;s Liddell tiene algo de raz&oacute;n: tenemos un goce macabro en ver a un cr&iacute;tico destrozar a un autor, el mismo que podemos sentir cuando dos personas se agarran a trompadas en la calle. Sobre todo, o quiz&aacute;s incluso exclusivamente, cuando es un autor exitoso (y europeo, mirando desde este lado del mapa). Se siente como una diversi&oacute;n inofensiva ver a un tipo que nadie conoce destrozar a una celebrity, y m&aacute;s si sabemos que esa celebrity puede tener fans, teatros llenos, fama y fortuna, y as&iacute; todo va a sufrir como una condenada el embate de teclados de un periodista al que probablemente el sueldo no le alcance ni para entrar a una hipoteca. As&iacute; y todo, reitero, en esto tiene raz&oacute;n Liddell: es misterioso y probablemente perverso el goce que tenemos en ser testigos de esa violencia. Es bello, tambi&eacute;n, que esto todav&iacute;a se pueda hacer con palabras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/testigos-violencia_129_11672209.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Sep 2024 03:00:26 +0000]]></pubDate>
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