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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Luis Ortega]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/luis-ortega/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Luis Ortega]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Creadores de contenido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/creadores-contenido_129_11728756.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3face6aa-b258-40ef-b745-a0b718f09df2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Creadores de contenido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"El Jockey", la nueva película de Luis Ortega,  recuerda por qué es importante que siga existiendo el cine que no nace de un board de ejecutivos o un equipo de marketing para existir. No es un formalismo vacío, no es un videoclip de dos horas: es, efectivamente, una película que habla de tópicos existenciales e incluso contemporáneos, aunque el link con la época sea oblicuo.</p></div><p class="article-text">
        En este mundo lleno de informaci&oacute;n realmente ya no s&eacute; qu&eacute; voy a buscar a ninguna parte. Quiero decir: supongo que en &eacute;pocas menos codificadas nos sent&aacute;bamos en el cine o en el teatro, o una sala de conciertos o en la cama con un libro y esper&aacute;bamos que alguien nos dijera algo. Quiz&aacute;s hasta lo recuerdo: dejar mis cosas en la butaca de al lado esperando que la pel&iacute;cula me dijera algo, algo que le diera sentido a todo esto. Una ven&iacute;a de su vida de discusiones familiares, la oficina, colectivos desviados o amores que no arrancaban y la sensaci&oacute;n era que la cotidianidad ten&iacute;a poco texto: el arte, en cambio, ten&iacute;a mucho, y eso era lo que una ven&iacute;a a encontrar. Ahora me pasa un poco al rev&eacute;s: llego al cine cansada de recibir datos y quiero que pase otra cosa, aunque no sepa ni bien qu&eacute;. No se trata de distraerse ni entretenerse, no es escaparse de la negatividad o de la angustia, todo eso me parece bien. Lo que ya no quiero es que el arte sea texto; le pido, humildemente, que me conecte con una realidad no textual. Vengo a buscar lo que se encuentra en un templo. Que no solo no es escapismo, tal vez es todo lo contrario: en los templos no se habla de idioteces. Se habla de la historia, de la vida y de la muerte. 
    </p><p class="article-text">
        Como pasa con el amor y la aventura, los mejores encuentros son aquellos en los que una no entiende qu&eacute; estaba buscando hasta que efectivamente se lo cruza, y eso me pas&oacute; hace unos d&iacute;as con <em>El Jockey</em>, la &uacute;ltima pel&iacute;cula de <strong>Luis Ortega</strong>. <em>El Jockey</em> sigue a Remo Manfredini (<strong>Nahuel P&eacute;rez Biscayart</strong>), un jinete adicto a todo que por razones que nunca terminan de quedar claras est&aacute; sujeto a las voluntades de un empresario que apuesta por &eacute;l en las carreras. Tiene, adem&aacute;s, una novia que tambi&eacute;n corre (<strong>&Uacute;rsula Corber&oacute;</strong>), mitad enamorada de &eacute;l y mitad harta de &eacute;l. Todo esto importa; importa para la pel&iacute;cula y le importa a Remo, pero es igual de evidente que estos compromisos econ&oacute;micos y afectivos no son todo lo que importa, ni para la pel&iacute;cula ni para Remo. Hay algo m&aacute;s, algo que est&aacute; detr&aacute;s de todo y en contra de todo: detr&aacute;s del amor y de la droga, detr&aacute;s de las carreras y de la adrenalina de escapar los mafiosos hay un hambre de velocidad y de experiencia que vendr&iacute;a a explicar todo lo inexplicable. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El jockey me hizo pensar en aquello que me molesta de que a todo hoy se lo llame “contenido”. La sensación que genera esa palabra y el modo en que la gente la usa es que el soporte de una idea da igual; las cosas se cuentan en cualquier formato; primero viene el mensaje, después alguna forma expresiva que hace simplemente de vehículo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <em>El Jockey</em> no es la primera pel&iacute;cula que explora la cuesti&oacute;n del hambre de vivir intensamente en relaci&oacute;n con una pregunta por la identidad y por el sentido de la vida; est&aacute; lejos de ser, por supuesto, la primera pel&iacute;cula en investigar la subjetividad de los que siempre tuvieron la certeza de que arder le ganaba a durar. Pero lo que es interesante es el modo en que la pel&iacute;cula llega a esos temas. No tengo idea de cu&aacute;l fue el proceso creativo de Luis Ortega. No vi entrevistas con &eacute;l, me interesa bastante menos que a nuestra &eacute;poca lo que los creadores piensan de sus propias obras (creo que la cr&iacute;tica era y es mejor cuando prescinde un poco de la adoraci&oacute;n de los artistas), as&iacute; que no estoy hablando de eso, sino m&aacute;s bien de los principios constructivos de la pel&iacute;cula. 
    </p><p class="article-text">
        <em>El Jockey</em> me hizo pensar en aquello que me molesta de que a todo hoy se lo llame &ldquo;contenido&rdquo;. La sensaci&oacute;n que genera esa palabra y el modo en que la gente la usa es que el soporte de una idea da igual; las cosas se cuentan en cualquier formato; primero viene el mensaje, despu&eacute;s alguna forma expresiva que hace simplemente de veh&iacute;culo. No es grave cuando se habla as&iacute; de periodismo, o de lo que sea que hacen los influencers y los streamers; pero es dist&oacute;pico que quienes producen arte (o quienes lo financian) digan que hacen &ldquo;contenido&rdquo;. Es aceptar sin m&aacute;s la reducci&oacute;n del arte a la comunicaci&oacute;n. Los procesos por los cuales uno tiene que encontrar la manera de juntar dinero para su arte tienden a conducirnos en esa direcci&oacute;n, y es muy dif&iacute;cil que esos procesos no se derramen despu&eacute;s sobre la obra: es dif&iacute;cil tener que hacer la &ldquo;venta&rdquo; de una pel&iacute;cula de un libro explicando los temas y que luego la obra no se vea, entonces, como un simple veh&iacute;culo para un tema. 
    </p><p class="article-text">
        <em>El Jockey</em> no solamente evita eso, record&aacute;ndonos, as&iacute;, por qu&eacute; es importante que siga existiendo el cine independiente, es que no tiene que pasar por un board de ejecutivos y un equipo de marketing para existir: <em>El Jockey</em> es una obra que llega a sus temas a partir del lenguaje del cine, de la filmaci&oacute;n y la actuaci&oacute;n. No es un formalismo vac&iacute;o, ni un videoclip de dos horas: es efectivamente una pel&iacute;cula que habla de t&oacute;picos existenciales e incluso contempor&aacute;neos, aunque el link con la &eacute;poca sea oblicuo, pero lo hace siempre buscando desde las herramientas de su lenguaje. Se encuentra con el tema de la libertad a partir de los caballos, y no al rev&eacute;s; empieza por la imagen m&aacute;s que por la met&aacute;fora. La pregunta por el sentido de la vida aparece tanto en los momentos en los que el camino de Manfredini se bifurca como en la extra&ntilde;eza profunda de un caballo japon&eacute;s viajando en un avi&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        En la actuaci&oacute;n de Nahuel P&eacute;rez Biscayart pasa esto mismo; supongo (otra vez, no le&iacute; ninguna entrevista) que &eacute;l debe haber le&iacute;do y estudiado mucho sobre el mundo de los jockeys o la vida de celebridades glamorosas como Irineo Leguizamo, pero el virtuosismo que trae a la pel&iacute;cula no es el de la imitaci&oacute;n, sino el de la b&uacute;squeda. A diferencia de esos actores que buscan un Oscar en el realismo milim&eacute;trico, P&eacute;rez Biscayart arma una performance completamente inventiva: en una pel&iacute;cula con poqu&iacute;simo texto, la verdad que &eacute;l porta de la cabeza a la punta de los dedos te cuenta todo lo que necesit&aacute;s saber sobre Manfredini para emocionarte sin que entiendas necesariamente por qu&eacute;. Ya le&iacute; un par de esos comentarios chapuceros que piensan que una pel&iacute;cula que no es expl&iacute;citamente pol&iacute;tica es ociosa, escapista o reaccionaria, m&aacute;s &ldquo;en estos tiempos&rdquo;. No es que me importe darles entidad, pero les contesto porque me sirven para mi punto: en &ldquo;estos tiempos&rdquo;, no hay nada m&aacute;s contestatario que negarse a la dictadura del contenido y entregarse sin control a buscar la verdad en los materiales, antes que en la informaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/creadores-contenido_129_11728756.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Oct 2024 03:00:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Luis Ortega,El Jockey,Nahuel Pérez Biscayart]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Morir, renacer, acaso vivir, según la poética de El Jockey, de Luis Ortega]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/espectaculos/morir-renacer-acaso-vivir-poetica-jockey-luis-ortega_1_11702160.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4cba1682-bc86-4563-acf7-91b955fe7a7d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Morir, renacer, acaso vivir, según la poética de El Jockey, de Luis Ortega"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El fascinador film que compitió en la Muestra de Venecia y fue premiado en el Festival de San Sebastián ya se puede ver en cines locales
</p><p class="subtitle">La argentina 'El jockey' ganó el Premio Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián</p><p class="subtitle">La película El Jockey representará a la Argentina en la carrera por los Oscar</p></div><p class="article-text">
        He aqu&iacute; una pel&iacute;cula que no apela a los reflejos habituales del p&uacute;blico mediante su narrativa, que <strong>no encaja en ning&uacute;n g&eacute;nero preestablecido, que se permite giros fulminantes, divagues aparentemente antojadizos</strong>, cohabitaci&oacute;n de la comedia y la tragedia, formulaci&oacute;n de enigmas que nunca tendr&aacute;n explicaci&oacute;n, profanaci&oacute;n y tambi&eacute;n respeto hacia im&aacute;genes religiosas, Palito Ortega y Sandro y Nino Bravo en compa&ntilde;&iacute;a de Mozart, cine dentro del cine, travesuras bizarras que las tom&aacute;s o te las perd&eacute;s&hellip; Una pel&iacute;cula tan pero tan ingeniosamente queer que m&aacute;s no se puede pedir. Para ver y apreciar con casi todos los sentidos (salvo que te toque en la butaca de al lado un/ consumidor/a compulsivo/a de pochoclo, en cuyo caso probablemente desear&iacute;as llamar al inefable tr&iacute;o de sicarios que atraviesa el film).
    </p><p class="article-text">
        Si hay algo que se le puede agradecer a un artista que te flech&oacute; desde su primera pel&iacute;cula, es que sea una persona de una sola palabra, fiel a s&iacute; mismo m&aacute;s all&aacute; de los altibajos o &eacute;xitos que pueda tener. Me toc&oacute; estar en el jurado de preselecci&oacute;n de Mar del Plata 2002, y entre la monta&ntilde;a de videos relativamente aceptables a visualizar, de pronto apareci&oacute; &ndash;sin el menor aviso previo&ndash; una gema sobre la que escrib&iacute; en el cat&aacute;logo de ese festival: &ldquo;Luis Ortega ha realizado un film de raro lirismo, lejos de todo relato convencional, que se anima a presentar personajes inhabituales, sin psicologismos, sin dar antecedentes o explicaciones sobre ellos; entre los cuales, un hombre sin techo que come y duerme en el Ej&eacute;rcito de Salvaci&oacute;n&rdquo;. Entre otros elogios, subrayaba &ldquo;el debut de un director tan joven y talentoso, capaz de acercarse a esas vidas peque&ntilde;as con mirada atenta y paciente, con esa c&aacute;mara desprovista de tics, se dir&iacute;a incontaminada que extrae belleza y emoci&oacute;n de un pobre tipo de dificultoso caminar que atraviesa interminablemente la ciudad, o de una mujer muy vieja que le ense&ntilde;a a cantar a una jovencita&rdquo;.
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        Es decir que ya en <strong>Caja negra</strong>, Ortega dejaba sentada su &eacute;tica, evidenciaba su coraz&oacute;n bondadoso de artista, su mirada de igual a igual sobre ciertos seres humanos despose&iacute;dos. Los &ldquo;humillados y ofendidos&rdquo;, dir&iacute;a el director mexicano Arturo Ripstein, con quien el realizador de <strong>El Jockey</strong> guarda cierta afinidad.
    </p><p class="article-text">
        Dos a&ntilde;os despu&eacute;s &ndash;perd&oacute;n tanta autorreferencia, pero ahora es solo para cederle la palabra a nuestro cineasta&ndash; estuve en el &uacute;ltimo d&iacute;a de rodaje de <strong>Monobloc</strong>, su segundo largo. Y al atardecer, terminada la jornada de trabajo, LO me dijo cosas de esta guisa<em>: &ldquo;Siento que la vida es una interrupci&oacute;n de la muerte, como si la muerte fuese el estado anterior y posterior a la vida. Donde estamos ahora ser&iacute;a una escala rara, muy misteriosa (&hellip;) Con la pel&iacute;cula que estoy haciendo, si pienso en la gente que la va a recibir, la idea es descondicionar, palabra que me copi&eacute; de Burroughs. Que los sentidos se purifiquen y reciban informaci&oacute;n nueva, que la mirada se vuelva inocente frente a algo que se ve por primera vez, virginizar en lo posible la sensibilidad entumecida. Sin explicitarlo, que en el fondo se vislumbre el anhelo de c&oacute;mo, de qu&eacute; modo todo podr&iacute;a estar un poco mejor&rdquo;.</em>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                El jockey, una película de Luis Ortega con una narrativa que no encaja en ningún género preestablecido,                             </span>
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        Pasaron 20 a&ntilde;os. Luis Ortega se mantuvo leal a sus principios, sus pel&iacute;culas no atrajeron multitudes hasta que lleg&oacute; el supersuceso de <strong>El &Aacute;ngel</strong>, una producci&oacute;n que result&oacute; m&aacute;s accesible y seductora, donde no se traicionaba ni acced&iacute;a a f&oacute;rmulas predigeridas y manten&iacute;a en alto su caracter&iacute;stica calidad formal. Afortunadamente, funcion&oacute;, vaya si funcion&oacute;, como tambi&eacute;n sucedi&oacute; con sus incursiones televisivas.
    </p><h2 class="article-text"><strong>So&ntilde;ar, so&ntilde;ar</strong></h2><p class="article-text">
        Y hoy est&aacute; presentando este <strong>Jockey </strong>que es una especie de culminaci&oacute;n decantada de su filmograf&iacute;a con aportes en el guion de <strong>Rodolfo Palacios</strong> y<strong> Fabi&aacute;n Casas</strong>. Una pieza maestra que se abre en una zona de transici&oacute;n entre el sue&ntilde;o y la vigilia, con una l&oacute;gica m&aacute;s cercana a la primera situaci&oacute;n. &iquest;D&oacute;nde, si no, podr&iacute;a brotar del asfalto, frente a una se&ntilde;ora errante, un desfile de granaderos a caballo en la ciudad nocturna, callada y solitaria, en un barrio cualquiera, con m&uacute;sica f&uacute;nebre? &iquest;O esa misma se&ntilde;ora con la cabeza vendada durmiendo en un escal&oacute;n de la escalera mec&aacute;nica del subte, con gente que sortea su cuerpo como si nada? &iquest;Y qu&eacute; me dicen de las gemelas maduras id&eacute;nticas, vestidas y arregladas del mismo modo, visitadoras de hospitales que le dicen a pacientes intubados: &ldquo;Igual, la vida es perfecta&rdquo;? &iquest;Y de un jockey desventurado que en el encierro de una celda, cuando se pone ansioso, es capaz de caminar por las paredes y el techo, tal como Donald O&rsquo;Connor de bailar en iguales superficies en <strong>Cantando en la lluvia</strong> (1952)?
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                Daniel Giménez Cacho y sus esbirros.                            </span>
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        Menos extra&ntilde;o podr&iacute;a considerarse hoy d&iacute;a que el jinete del t&iacute;tulo sea, alternadamente, var&oacute;n y mujer, jockey y se&ntilde;ora de tapado, cartera y cabeza vendada en forma de sand&iacute;a; peluquera en la c&aacute;rcel donde cuenta la historia del caballo sometido por el hombre para usarlo en la guerra y de nuevo jockey corriendo peculiares carreras clandestinas con un perro o con un veh&iacute;culo manejado por la versi&oacute;n desacostumbrada de un &aacute;ngel de la guarda con sombrero tipo vaquero. Tampoco deber&iacute;a sorprender que su novia Abril, embarazada, lo acepte cari&ntilde;osamente cuando &eacute;l vira a mujer coqueta, sin dejar ella de noviar con otra jocketa. Todo bellamente filmado e iluminado por -ya se sabe porque se difundi&oacute; mucho- el director de fotograf&iacute;a de Akis Kaurismaki, Timo Salmani, que se relame esculpiendo los rostros curtidos de algunos personajes de cierta edad (caballeros vinculados al negocio h&iacute;pico reci&eacute;n te&ntilde;idos), arropados por una banda sonora que brota naturalmente de las im&aacute;genes en movimiento, por un dise&ntilde;o de sonido que vibra en el aire de la sala y una inspirada m&uacute;sica original.
    </p><h2 class="article-text"><strong>Algunos hermosos caballos</strong></h2><p class="article-text">
        Decimos imagen en movimiento y cae de maduro recordar que en 1878 hubo un pre-film -antes de la invenci&oacute;n del cinemat&oacute;grafo- realizado por Edward Muybridge descomponiendo en fotos sucesivas el galope de un caballo de carrera &iexcl;en un hip&oacute;dromo! (im&aacute;genes que parecen evocarse en los azulejos del ba&ntilde;o donde la se&ntilde;ora de marras se maquilla sentada en el inodoro). De paso, ya que estamos en tema, vale mencionar a varios de los mejores films con hermosos caballos (excluyendo los consabidos westerns): dos de John Huston (<strong>Reflejos en tus ojos dorados</strong>, de 1967 &ndash;con la furibunda Liz Taylor castigando a fustazos a su marido Marlon Brando por haber maltratado a su amado P&aacute;jaro de fuego&ndash;, y <strong>Los inadaptados</strong>, de 1961 &ndash;con&nbsp; la sublime Marilyn Monroe salvando a caballos salvajes&ndash;); uno de Albert Lamorisse (<strong>Crin blanca</strong>, 1953) y, para no abundar, <strong>El caballo de Tur&iacute;n</strong>, de Bela Tarr, 2011, inspirado en una an&eacute;cdota de Nietzsche que cay&oacute; en depresi&oacute;n profunda luego de asistir al tremendo castigo de un cochero a su caballo. En el apartado series, una joya que dur&oacute;, ay, solo una temporada: <strong>Luck</strong> (2011), creaci&oacute;n del gran David Milch, con Dustin Hoffman como mafioso reci&eacute;n liberado que ingresa a un hip&oacute;dromo con &aacute;nimo vengativo. El primer episodio lo dirigi&oacute; nada menos que Michael Mann, otra mirada provocadora sobre el mundo h&iacute;pico, aunque sin identidades en tr&aacute;nsito&hellip;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Fotos pioneras de Edward Muybridge (1878)                            </span>
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                </figure><h2 class="article-text"><strong>Remo Manfredini, alguien con pasado</strong></h2><p class="article-text">
        Mucho se ha nombrado localmente y en el exterior a Buster Keaton para relacionarlo con la suprema actuaci&oacute;n de <strong>Nahuel P&eacute;rez Biscayart </strong>como Remo Manfredini, o Dolores, Lola, Lolita&hellip; seg&uacute;n se va desdoblando en el film. Y realmente en algunas escenas es acertada la comparaci&oacute;n.&nbsp; Pero en otras instancias, por caso cuando muta a una bonita y esmerada peluquera que le hace claritos a un compa&ntilde;ero de prisi&oacute;n en un mundo ideal, poco que ver con el genial Keaton: NPB hace una transfiguraci&oacute;n prodigiosa.
    </p><p class="article-text">
        En plan de asociar libremente con personajes e interpretaciones del cine, desde estas l&iacute;neas se podr&iacute;a citar &ndash;para ciertos momentos donde Nahuel transmite una suerte de ausencia melanc&oacute;lica y su mirada se vuelve remota&ndash; al Alain Delon de <strong>El Samurai</strong> (1967), con su destino ya sellado desde antes de que empiece la pel&iacute;cula de Jean-Pierre Melville. O en <strong>Carlito&rsquo;s Way</strong> (1993), a Al Pacino repasando su vida a punto de morir, viendo bailar en un aviso proyectado en la estaci&oacute;n a su amada en el lugar paradis&iacute;aco que ya no podr&aacute;n visitar&hellip;
    </p><p class="article-text">
        A prop&oacute;sito de bailes &ndash;y ya comenzamos a cerrar&ndash;, una maravilla de sensualidad y sutiles alusiones tanto al cortejo amoroso de ciertas aves como a los movimientos de un jockey al galopar: las coreos de Manuel Atwell (formado con grandes maestros, con exquisitas realizaciones en su haber en diferentes espect&aacute;culos &ndash;<strong>Lorca, un teatro bajo la arena</strong> es uno de los grandes logros recientes&ndash;) magn&iacute;ficamente ejecutadas por Biscayart y <strong>Ursula Corber&oacute;</strong>, con segundos planos de jockeys y jocketas, con el correspondiente tema de Virus, generan arrobamiento total.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Arrumacos entre Mariana Di Girolamo y Úrsula Corberó"
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                Arrumacos entre Mariana Di Girolamo y Úrsula Corberó                            </span>
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        Sabido es que una obra maestra puede tener acotadas flaquezas o imperfecciones. A esta cronista se le ocurre que el nombre Mishima para el caballo japon&eacute;s es quiz&aacute;s un tanto ostentoso, y que la transformaci&oacute;n que sufre el beb&eacute; de Rub&eacute;n Sirena podr&iacute;a prestarse a equivocadas lecturas. Minucias, claro, si se las compara, por poner dos ejemplos de &oacute;ptimos hallazgos, con el afiche en el subte de la tapa de una revista donde hay foto de Sirena con ni&ntilde;ito y la leyenda &ldquo;Fortuna y sensibilidad&rdquo;, o con la tocante situaci&oacute;n de la ni&ntilde;a con s&iacute;ndrome de Down explic&aacute;ndole cosas de la vida a la conflictuada Abril.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                El jockey mutante se topa con desfile de granaderos en la noche porteña.                            </span>
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        De Nahuel P&eacute;rez B. y &Uacute;rsula Corber&oacute; hasta los actores y actrices que aparecen brevemente, todo el elenco merece alabanzas. Pero si hubiese que destacar dos nombres, vayan los de la chilena Mariana Di Girolamo (diestra protagonista de telenovelas, del film <strong>Ema</strong>, de Pablo Larra&iacute;n) y del inmenso <strong>Daniel Fanego</strong> en <a href="https://www.eldiarioar.com/conexiones/69-anos-fallecio-actor-director-daniel-fanego_1_11668266.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">su &uacute;ltima interpretaci&oacute;n como dur&iacute;simo sicario vocacional</a> &ndash;&ldquo;cuando mato duermo como un beb&eacute;&rdquo;&ndash; a punto de retirarse. Emoci&oacute;n muy honda para quienes lo hemos celebrado en el teatro, el cine, la televisi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y por si faltaba un bonus track, despu&eacute;s de los cr&eacute;ditos finales, Carlitos nos canta el tango<strong> Soy</strong> <strong>una fiera</strong>, desde el rol de burrero empedernido, cuya &uacute;ltima frase (casualmente) es igual a la que se dice en <strong>T&iacute;o Vania</strong>, de Chejov: &ldquo;Hay que vivir&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>MS/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Moira Soto]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/espectaculos/morir-renacer-acaso-vivir-poetica-jockey-luis-ortega_1_11702160.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 03 Oct 2024 09:47:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Morir, renacer, acaso vivir, según la poética de El Jockey, de Luis Ortega]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Espectáculos,Luis Ortega,El Jockey,Ursula Corberó,Nahuel Pérez Biscayart]]></media:keywords>
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