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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Pulpa]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/pulpa/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Pulpa]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Una distracción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/pulpa/distraccion_132_12551684.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/82171c22-e2f9-4e7c-bd23-89c3d62d8ac5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una distracción"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hasta que sentí una mano torpe en mi brazo derecho. No me acariciaba ni me golpeaba,  sólo se apoyaba. Me tapé la cara y giré la cabeza abriendo un poquito los dedos para ver entre  medio. Mis ojos se encontraron con los de Felipe.</p></div><p class="article-text">
        	Empezaba cuarto grado y por un destino gordo y apurado, fui la primera a la que le  empezaron a salir tetas. Dol&iacute;an y me costaba hacer las cosas que todas mis compa&ntilde;eras hac&iacute;an.  Mi cuerpo empezaba a sobresalir. Ya no era la deformidad de una ni&ntilde;a creciendo. Era una  gorda. Cambiaba m&aacute;s r&aacute;pido que todas mis amigas. Las caderas se me ensanchaban y la grasa  de mi cuerpo empezaba a tener olores raros que no pod&iacute;a combatir solamente con duchas largas. 
    </p><p class="article-text">
        	El verano hab&iacute;a terminado y volv&iacute;amos a clase. Un poco con la emoci&oacute;n de encontrarnos  con los amigos que solo ve&iacute;amos en la escuela, otro poco con la decepci&oacute;n de que esa emoci&oacute;n  duraba poco. Cristina Medallero era nuestra nueva maestra de matem&aacute;tica y ciencias naturales.  As&iacute; se present&oacute;, escribiendo su nombre en el pizarr&oacute;n mientras sus u&ntilde;as largas pintadas de negro  rozaban la madera y nos hac&iacute;a retorcer en nuestras sillas blancas sin quejarnos. 
    </p><p class="article-text">
        	Nos sent&oacute; mujeres con varones porque las maestras cre&iacute;an que entre nosotros no  habl&aacute;bamos. A m&iacute; me hab&iacute;a tocado con Felipe Ju&aacute;rez, que no era el m&aacute;s lindo del grado pero s&iacute;  el m&aacute;s bueno. Compart&iacute;a los sanguches y los alfajores aunque no hubiera desayunado y no le  gustaba tirarles pelotazos a las chicas. Las maestras lo detestaban porque nunca hac&iacute;a la tarea,  se sacaba malas notas, ten&iacute;a muchos errores de ortograf&iacute;a, era muy desprolijo y nunca se le  entend&iacute;a la letra. A m&iacute; me gustaba que dibujara los m&aacute;rgenes de las hojas siempre con los  mismos personajes: un pato con sombrero y un hombrecito con barba. &ldquo;Un d&iacute;a vi una foto de  mi pap&aacute; y era as&iacute;&rdquo; me dijo la primera vez que lo dibuj&oacute;. 
    </p><p class="article-text">
        	Cuando me sent&eacute; en mi banco, Felipe se me acerc&oacute;. Ten&iacute;a mal aliento pero no me  import&oacute; porque sus ojos azules parec&iacute;an m&aacute;s grandes a la ma&ntilde;ana: 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hay olor a pedo pero no fui yo&mdash; dijo. 
    </p><p class="article-text">
        	Me tap&eacute; la nariz y me re&iacute; bajito. Pas&oacute; Selena por nuestro banco y frunci&oacute; la nariz, pero  no dijo nada. Ella era as&iacute;, sus caras dec&iacute;an m&aacute;s cosas que sus palabras y eso me molestaba m&aacute;s 
    </p><p class="article-text">
        	que cualquier buch&oacute;n del grado. No la hab&iacute;a visto en todo el verano porque no era mi amiga ni  ven&iacute;a a mi casa. El bronceado que hab&iacute;a tra&iacute;do de Mar del Plata le resaltaba el pelo rubio. Usaba  ropa muy delicada, con volados blancos que nunca estaban manchados. Pero lo que m&aacute;s le  miraba era la cartuchera. Una cajita de metal que, al abrirse, desplegaba dos pisos m&aacute;s, con  botones que abr&iacute;an m&aacute;s cajoncitos para poner muchas cosas secretas. Aunque una vez me hab&iacute;a  dejado tocarla y no ten&iacute;a nada secreto ah&iacute;, s&oacute;lo una goma de borrar y un sacapuntas. A ella le  tocaba sentarse con Pedro. Sent&iacute; un revoltijo. Eran muy lindos los dos y me pon&iacute;a nerviosa  verlos tan cerca. 
    </p><p class="article-text">
        	Cuando ella estuvo de espaldas, hice cara de vieja concheta. Felipe no se aguant&oacute; la  carcajada. Cristina Medallero nos cay&oacute; con la mirada y empez&oacute; a preguntar nuestros nombres. 
    </p><p class="article-text">
        	-&mdash;Igual no me voy a acordar de ninguno hasta mitad de a&ntilde;o. Porque yo soy profesora  de matem&aacute;tica y las letras no son lo m&iacute;o&mdash; dijo antes de que alguien abriera la boca. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Entonces por qu&eacute; no nos pone n&uacute;meros?&mdash; respond&iacute; yo, sin levantar la mano y en  voz muy alta. El respeto inc&oacute;modo que se estaba ganando Cristina Medallero se descuartiz&oacute; a  sangre fr&iacute;a con el estallido de veintitr&eacute;s risas. Veintitr&eacute;s, estoy convencida de que Cristina habr&aacute;  so&ntilde;ado infinitas veces con ese n&uacute;mero. Porque se sobresalt&oacute; en su lugar, se puso roja y me mir&oacute;  fijo a los ojos. Eran negros, parec&iacute;an llenos de sangre. Me dio piel de gallina, como cuando  aguantaba las ganas de hacer caca en medio de una clase silenciosa. Pero mis compa&ntilde;eros, con  los mocos salidos de la risa, me hab&iacute;an dado el impulso fren&eacute;tico y empec&eacute; a enumerar a todos. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Priscila, vas a ser el ocho. Carolina, veintid&oacute;s. Pedro, el cuatro coma uno. Vos,  Felipe&mdash; Fing&iacute; duda porque mis compa&ntilde;eros se re&iacute;an con mucha fuerza&mdash; Vos vas a ser el seis.  Valent&iacute;n el tres cuartos&mdash; algunos se hab&iacute;an tirado al piso mientras se agarraban la panza&mdash; Carlitos, el menos ocho&mdash;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Che!&mdash; Se quej&oacute; &eacute;l&mdash; &iquest;por qu&eacute; un negativo? 
    </p><p class="article-text">
        	Cristina miraba a su alrededor buscando un salvavidas o una metralleta. Se puso firme  sobre sus pies y, d&aacute;ndole un golpe seco a su escritorio, grit&oacute;: 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;SILENCIO&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        	No s&eacute; si yo hab&iacute;a querido preguntar eso de verdad o si era una burla a prop&oacute;sito. Cuando  llegu&eacute; a mi casa, corr&iacute; al ba&ntilde;o y cerr&eacute; la puerta. Me mir&eacute; al espejo, busqu&eacute; mi mirada extasiada  y repet&iacute; la misma pregunta que le hab&iacute;a incomodado tanto a Cristina Medallero. Vi mi cara de  duda, mis pelos despeinados, vi como la ceja derecha se me levantaba sola cuando preguntaba  algo, como se me hac&iacute;a papada cuando algo me sorprend&iacute;a, vi como los cachetes se me inflaban,  como arrugaba la nariz, escuch&eacute; mi tono de voz. En el espejo del ba&ntilde;o, que era para mirarse a  los ojos y no como el de mi cuarto, que era para mirarse la panza. Me di cuenta que, para que  nadie viera mi cuerpo gordo, yo pod&iacute;a ser graciosa. Qu&eacute; esa era mi distracci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        	Los d&iacute;as siguientes fueron hermosos. Yo gritaba cada vez que entraba una paloma al  pasillo y mis compa&ntilde;eros sal&iacute;an a correrla en medio de la clase. Com&iacute;a galletitas como un rat&oacute;n  mientras aprend&iacute;amos ecuaciones y ellos se mor&iacute;an de la risa. Cuando Cristina hablaba de  espaldas, escribiendo en el pizarr&oacute;n, yo hac&iacute;a la m&iacute;mica de su voz y cuando se daba vuelta todos  se dejaban de re&iacute;r y disimulaban muy mal. Empec&eacute; a insultar mucho. Hac&iacute;a combinaciones de  puteadas y despu&eacute;s las repet&iacute;amos en toda la escuela. Nuestra preferida era: sorete de boludo. 
    </p><p class="article-text">
        	Con las risas estallando entre las clases, los varones se empezaron a fijar en m&iacute;. Ser  graciosa me hac&iacute;a linda. Pero no linda como era Selena, que era linda como las chicas que sal&iacute;an  en la tele. Era linda de otra forma y gustaban de m&iacute; los chicos que no eran lindos como los de  <em>&ldquo;Floricienta&rdquo; </em>pero eran graciosos y hac&iacute;an regalos buen&iacute;simos. Como esos chicos gustaban de  m&iacute;, los varones que s&iacute; eran lindos como los de la tele, empezaron a mirarme. Pedro fue el primer 
    </p><p class="article-text">
        	lindo con el que me di un beso. Nos hicimos novios en un cumplea&ntilde;os, jugando a la botellita.  A m&iacute; me tocaba darme un beso con Felipe, pero &eacute;l se puso muy rojo y yo dije mejor jugamos a  otro juego. Pedro respondi&oacute; que no, que el que toca-toca y yo dije si no quiero no juego, tarado.  Entonces tiramos otra vez, dijo Pedro, y la botella fren&oacute; en &eacute;l. Yo me animo, dijo y nos dimos  un pico mientras nuestros amigos se empujaban y re&iacute;an. 
    </p><p class="article-text">
        	Yo iba m&aacute;s contenta al colegio y no dejaba que mi pap&aacute; me hiciera esa colita tirante  con la que se me ve&iacute;a el cuero cabelludo. Empec&eacute; a peinarme sola. Me hac&iacute;a la linda, escrib&iacute;a  cartas, las decoraba y me lavaba mucho los dientes antes de salir de casa. 
    </p><p class="article-text">
        	Cristina me odiaba cada d&iacute;a un poco m&aacute;s. Me gritaba, me hac&iacute;a salir del aula y me  llevaba a direcci&oacute;n de un brazo. Estoy segura de que yo fui la primera persona peque&ntilde;a que  Cristina Medallero odi&oacute; con todas sus fuerzas. No s&oacute;lo porque ve&iacute;a su cara roja hincharse con  cada chiste que sal&iacute;a de mi boca, sino porque tambi&eacute;n me lo hac&iacute;a saber de maneras crueles  disfrutando cada venganza con un regocijo sin culpa. Yo era p&eacute;sima en matem&aacute;tica y le  encantaba hacerme pasar al pizarr&oacute;n y decir &ldquo;esto no es un error, es un horror&rdquo;. Me calificaba,  con lo que me merec&iacute;a, pero con una felicidad que nunca le vi ni le iba a ver. Escrib&iacute;a &ldquo;UNO&rdquo;  en letras grandes y de colores. A m&iacute; mucho no me importaba porque hab&iacute;a aprendido a  esconderle las pruebas a mi mam&aacute; y s&oacute;lo le mostraba los ex&aacute;menes de lengua y los proyectos  de tecnolog&iacute;a. Los castigos ven&iacute;an despu&eacute;s, cuando llegaba el bolet&iacute;n. Pero mientras tanto val&iacute;a  la pena. 
    </p><p class="article-text">
        	Una ma&ntilde;ana Felipe entr&oacute; al aula con una sonrisa enorme y corri&oacute; hasta nuestro banco. &mdash;Mir&aacute;, te va a encantar&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        	Me gustaba que me conociera. Sac&oacute; una bolsita roja, la apret&oacute; y sali&oacute; un ruidito de pedo.  Nos re&iacute;mos a la vez
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Usala vos, a mi me da verg&uuml;enza.&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        	Cristina entr&oacute; al aula. Siempre ten&iacute;a ojeras grandes que disimulaba pint&aacute;ndose los  p&aacute;rpados de azul. Felipe me dio un empujoncito de codo a codo. Yo sostuve la bolsita roja y  cuando Cristina se sent&oacute;, la apret&eacute;. Un brusco y fuerte ruido a pedo hizo que hasta la se&ntilde;ora que  tra&iacute;a la leche en un carrito sacara una carcajada sorpresiva. Cristina Medallero me mir&oacute; y apret&oacute;  los dientes. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Dame eso&mdash; Me dijo. 
    </p><p class="article-text">
        	Cuando le di la bolsita de pedos agarr&oacute; un comp&aacute;s, la explot&oacute; y la revole&oacute; al tacho de  basura. Nadie dijo nada. Todos mis compa&ntilde;eros se hab&iacute;an quedado en silencio. Me sent&iacute; m&aacute;s  sola que nunca, frunc&iacute; el ce&ntilde;o y les dije: 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Traidores&mdash; Se rieron pero yo no. Ese d&iacute;a me la pas&eacute; callada hasta que Felipe apareci&oacute;  en el recreo con una tira de mielcitas 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No te enojes. A nosotros la bruja nos da miedo.&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        Le sonre&iacute; mientras mord&iacute;a la punta del pl&aacute;stico. 
    </p><p class="article-text">
        	Mientras tanto, las maestras cuchicheaban que Cristina no nos pod&iacute;a controlar, que por  qu&eacute; mejor no se jubilaba de una vez, que nunca tuvo verdadera vocaci&oacute;n y cuando ella pasaba  por al lado, le sonre&iacute;an. 
    </p><p class="article-text">
        	Un d&iacute;a, corriendo para llegar al bufete antes de que sonara el timbre, pas&eacute; por la puerta  de la sala de profesores y escuch&eacute; a la directora grit&aacute;ndole a alguien. Me acerqu&eacute; para espiar  por el espacio de la puerta entreabierta. Sentada enfrente de la directora estaba Cristina 
    </p><p class="article-text">
        Medallero, que se miraba las piernas mientras se le ca&iacute;an l&aacute;grimas sobre el pantal&oacute;n clarito. La  directora le gritaba 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;C&oacute;mo puede ser Cristina? se supone que usted tiene profesi&oacute;n, experiencia. Esto se  le est&aacute; yendo de las manos&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        	Aunque lo que m&aacute;s le doli&oacute;, me di cuenta por c&oacute;mo levant&oacute; la cabeza Cristina  Medallero, fue: 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A las otras maestras les da verg&uuml;enza hasta compartir la profesi&oacute;n con vos&mdash; 
    </p><p class="article-text">
        	La directora se dio vuelta para buscar caf&eacute; en una m&aacute;quina ruidosa y vieja. Cristina se  aplast&oacute; la cara con las manos y empez&oacute; a murmurar algo que no me dej&oacute; dormir por varias  noches. Preguntaba <em>por qu&eacute;</em>. Yo sent&iacute; que las piernas se me aflojaban, que las manos me  sudaban y el hambre feroz que sent&iacute;a hac&iacute;a tres minutos hab&iacute;a desaparecido. El timbre del final  de recreo nos sobresalt&oacute; a las tres. Corr&iacute; r&aacute;pido por el pasillo para llegar al aula. Ten&iacute;a miedo  de que Cristina me hubiese visto espi&aacute;ndola. Ella entr&oacute; al aula, con la frente alta y las manos  apretadas adentro de los bolsillos del guardapolvo. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Vamos a corregir la p&aacute;gina veintinueve&mdash; dijo sent&aacute;ndose en su escritorio y, como  era de costumbre, me se&ntilde;al&oacute; 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pas&aacute; a hacer la primera cuenta&mdash;dijo. Respir&eacute; aliviada. Sonaba igual que siempre  
    </p><p class="article-text">
        	Era agosto y el fr&iacute;o nos hac&iacute;a tiritar. En los recreos nos junt&aacute;bamos al lado de la estufa  y nos cambi&aacute;bamos figuritas del mundial o jug&aacute;bamos al ajedrez con nuestras propias reglas.  En un recreo, vi a mi grado juntarse alrededor de Pedro. Mientras me acercaba, pod&iacute;a darme  cuenta de que todos estaban mirando una sola cosa. Un papel grueso, chiquito y decolorado. Lo  sosten&iacute;a Pedro, era una foto. Un paisaje de campo que, aunque estaba en blanco y negro, se 
    </p><p class="article-text">
        	entend&iacute;a que era de d&iacute;a porque la nena que estaba en el medio, protagonizando la escena, ten&iacute;a  los ojos achinados por el sol. Me cost&oacute; un poco reconocerla pero era Cristina Medallero. Ten&iacute;a  un vestido hasta las rodillas, medias que le pasaban los tobillos con un bordado y zapatos finos.  Estaba elegante pero ten&iacute;a el pelo despeinado, parec&iacute;a sucio. Mir&eacute; cada detalle, pero s&oacute;lo me  importaba uno. El que hubiera querido que nadie mencionara. Hasta que la voz de Selena  ilumin&oacute; el tumulto y dijo: 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;Esa es la Bruja? &iexcl;M&aacute;s que una bruja parece un chancho!&mdash; Toda la ronda se ri&oacute;.  Pedro sosten&iacute;a la foto y cerraba los ojos de tanta risa. Yo ten&iacute;a ganas de llorar, pero tragu&eacute; saliva  y segu&iacute; el ritmo de las carcajadas. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;De d&oacute;nde la sacaron?&mdash; Le pregunt&oacute; Selena a Pedro, mir&aacute;ndolo a los ojos. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Se le cay&oacute; de la billetera, la agarr&eacute; antes de que se diera cuenta.&mdash; No quer&iacute;a escuchar  m&aacute;s nada, me dol&iacute;a todo. Me quemaba la garganta. Pero me qued&eacute; ah&iacute; parada, escuchando como  le se&ntilde;alaban la mugre, el vestido, el paisaje, la mirada y la gordura. Yo no pod&iacute;a dejar de ver a  una Cristina chiquita y triste. Quer&iacute;a saber cu&aacute;l hab&iacute;a sido su defensa, su fuerte, su distracci&oacute;n.  Quise abrazarla. 
    </p><p class="article-text">
        	Cuando son&oacute; el timbre para entrar, Pedro se meti&oacute; la foto en el bolsillo lo m&aacute;s r&aacute;pido  que pudo. Sent&iacute; asco, quer&iacute;a empujarlo, decirle que para ser lindo a m&iacute; me parec&iacute;a muy feo y  que adem&aacute;s ten&iacute;a letra de mujer. Si se estaba riendo de una Cristina Medallero chiquita y gorda,  seguro se re&iacute;a de m&iacute; cuando yo no estaba. Quiz&aacute;s a &eacute;l le gustaban las lindas como Selena. 
    </p><p class="article-text">
        	Entramos al aula, ten&iacute;amos prueba de matem&aacute;tica y antes de empezar escrib&iacute; en un  papel. 
    </p><p class="article-text">
        	<em>&ldquo;&iquest;Te gusto yo o te gusta Selena? Si te gusta Selena no pasa nada. Te amo.&rdquo; </em>S&iacute; pasa,  pens&eacute; mientras Cristina apoyaba el examen en mi banco.
    </p><p class="article-text">
        	Yo miraba los n&uacute;meros en mi hoja pero no pod&iacute;a dejar de pensar en la carta que ten&iacute;a  en las manos, debajo de la mesa. Prefer&iacute; entregar el ex&aacute;men vac&iacute;o y antes de salir al pasillo, le  di la carta a Felipe. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Se la das a Pedro?&mdash; Le susurr&eacute; 
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l asinti&oacute; y cuando agarr&oacute; el papel, con un grito despiadado, Cristina Medallero dijo: 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iexcl;Me das ya mismo el papel que le pasaste a Felipe!&mdash; Todos se dieron vuelta y nos  miraron. Yo me puse roja. Le di el papel, mientras me miraba los pies, y sal&iacute; del aula. 
    </p><p class="article-text">
        	Cuando terminaron todos, volvimos a entrar. Cristina Medallero se par&oacute; enfrente de  nosotros, ten&iacute;a mi carta en la mano. Yo quer&iacute;a hundirme como los gusanos cuando quieren  escapar de los p&aacute;jaros,, que sonara la alarma de incendio, cualquier cosa. Cristina me vio  indefensa. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Esto&mdash; dijo levantando mi carta bien alto &mdash;Es lo &uacute;ltimo que tienen que hacer en una  evaluaci&oacute;n&mdash; abri&oacute; el papel y la ley&oacute; en voz alta 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&ldquo;&iquest;Te gusto yo &oacute; te gusta Selena? Si te gusta Selena no pasa nada. Te amo&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        	La ley&oacute; de corrido porque yo ten&iacute;a buena letra, la ley&oacute; con claridad porque siempre  hablaba muy fuerte, la ley&oacute; con ganas y dio una carcajada que trataba de imitar una ternura pero  era igual a la risa que le hab&iacute;a imaginado mil veces al Pomberito cuando mis primos me  contaban historias de terror. Cristina me hab&iacute;a dado m&aacute;s miedo.  
    </p><p class="article-text">
        	Dobl&oacute; la carta y se la dio a Felipe, que estaba colorado. Yo estaba hundida en mi silla,  nadie me miraba. Excepto Selena. No me anim&eacute; a mirarla, pero sent&iacute;a sus ojos verdes clavados  en mi verg&uuml;enza.
    </p><p class="article-text">
        	Yo no iba a tener novio nunca m&aacute;s en mi vida, esa hab&iacute;a sido la &uacute;ltima carta que iba a  escribir. La &uacute;ltima y hab&iacute;a sido eso, un papel arrancado a las apuradas de un cuaderno borrador,  escrita con l&aacute;piz rojo porque era el &uacute;nico que ten&iacute;a a mano. Cristina nos dijo que sali&eacute;ramos al  recreo, yo cruc&eacute; los brazos y me qued&eacute; sentada en mi lugar. 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;&iquest;No sal&iacute;s?&mdash; me pregunt&oacute; Selena. La mir&eacute; de reojo, era linda de verdad. Mucho m&aacute;s  linda que cualquier chica que yo hubiera visto en la plaza o en el colegio. Quise pegarle una  pi&ntilde;a, empujarla, gritarle &ldquo;fea&rdquo; y salir corriendo. Pero le dije que despu&eacute;s. Me dol&iacute;a la panza. Si  me paraba, iba a vomitar todo. Me puse a llorar, se me ca&iacute;an las l&aacute;grimas una detr&aacute;s de otra y  no paraban. Ve&iacute;a borroso y ten&iacute;a hipos. 
    </p><p class="article-text">
        	Hasta que sent&iacute; una mano torpe en mi brazo derecho. No me acariciaba ni me golpeaba,  s&oacute;lo se apoyaba. Me tap&eacute; la cara y gir&eacute; la cabeza abriendo un poquito los dedos para ver entre  medio. Mis ojos se encontraron con los de Felipe, que susurrando me dijo: 
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Tom&aacute;&mdash; era la foto de Cristina Medallero chiquita &mdash;Se la cambi&eacute; a Pedro por dos  paquetes de figus. And&aacute; a mostr&aacute;rsela a las maestras&mdash; Me la estir&oacute;. Yo me sorb&iacute; los mocos y  la agarr&eacute;. Felipe sali&oacute; corriendo al recreo y me qued&eacute; sola en el grado. Mir&eacute; la foto, la apret&eacute;  para que no se escapara y tambi&eacute;n sal&iacute; corriendo al pasillo. Sent&iacute;a la sangre caliente, estaba  enojada y los cachetes se me pon&iacute;an colorados.  
    </p><p class="article-text">
        	Cristina Medallero estaba en una ronda con otras maestras. Una rubia de sexto, la de  quinto B y una que siempre nos gritaba si corr&iacute;amos en los recreos. Charlaban serias.  
    </p><p class="article-text">
        	Camin&eacute; hasta la ronda con pasos firmes que rebotaban en todo el pasillo. Mis  compa&ntilde;eros me miraban porque estaban al rededor de Felipe que seguro les hab&iacute;a contado todo.  Antes de llegar me di vuelta para ver a mis amigos. Pedro me levant&oacute; los pulgares a modo de  festejo. Yo volv&iacute; a mirar la foto: una Cristina Medallero gorda y chiquita, como yo. &iquest;Cu&aacute;l hab&iacute;a 
    </p><p class="article-text">
        	sido su defensa? &iquest;Ser mala o ella hab&iacute;a sido graciosa como yo? Los ojos se me nublaron pero  me aguant&eacute; porque las maestras se dieron vuelta y me miraron.  
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Se&ntilde;o&mdash; Llam&eacute; a Cristina Medallero con la mano para que saliera de la ronda &mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa?&mdash; Me dijo bajito  
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Se le cay&oacute; esto&mdash; le dije mostr&aacute;ndole la foto.  
    </p><p class="article-text">
        Cristina la mir&oacute; y abri&oacute; los ojos. Parec&iacute;a de diez a&ntilde;os. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Gracias&mdash; Me dijo mir&aacute;ndome sin enojo. Con su mano grande me acarici&oacute; la cabeza  y me despein&oacute; las dos colitas. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Gracias&mdash; Volvi&oacute; a repetir mientras se guardaba la foto en el bolsillo. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila González]]></dc:creator>
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