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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Samuel Richardson]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/samuel-richardson/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Samuel Richardson]]></description>
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      <title><![CDATA[Escritores de prólogos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/escritores-prologos_129_11747608.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6995193d-d0df-40d3-a0a4-c20cd49e00c2_16-9-discover-aspect-ratio_default_1104257.jpg" width="329" height="185" alt="Escritores de prólogos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El humor cumple un rol extraño en una contemporaneida que a veces parece la más solemne de las épocas y otras exactamente lo contrario. ¿Será una forma de protegernos o una sensibilidad que perdimos de tanto mirar tragedias todo el día en Internet? A propósito de una lectura, inconclusa, de Samuel Richardson.</p></div><p class="article-text">
        Escribo pr&oacute;logos y contratapas bastante seguido y, sin embargo, casi nunca reparo en el hecho de que esos textos suelen ser el primer acercamiento de un lector a la cr&iacute;tica literaria. A los escritores siempre les preguntan c&oacute;mo llegan a la literatura; pero rara vez c&oacute;mo se llega a la cr&iacute;tica, y la cr&iacute;tica (adem&aacute;s de que tambi&eacute;n es literatura) les ense&ntilde;&oacute; a leer, escribir y pensar a pr&aacute;cticamente todos los autores que me interesan. Algunos habr&aacute;n llegado en la universidad, otros en el colegio o en la biblioteca de sus padres. Yo fui a un buen secundario, pero por alguna raz&oacute;n que desconozco en el colegio casi nunca te dan cr&iacute;tica para leer (ni siquiera cuando te dan libros bastante complejos, el tipo de libros que es m&aacute;s f&aacute;cil leer con bibliograf&iacute;a secundaria que sin), de modo que esos textos aparecieron en mi vida gracias a los pr&oacute;logos de las ediciones caras. Los pr&oacute;logos de C&aacute;tedra, de Alianza y de Losada, de algunos otros sellos que recuerdo menos. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso tambi&eacute;n en las entrevistas a Borges, en sus pr&oacute;logos y en sus libros de ensayos que cada tanto aparec&iacute;an, casi por error, en la biblioteca de mi abuelo. Recuerdo cuando empec&eacute; a darme cuenta de que todos esos textos formaban parte de una conversaci&oacute;n en com&uacute;n, hac&iacute;an referencias a autores que se supon&iacute;a que una deb&iacute;a conocer. Con el tiempo fui entendiendo, tambi&eacute;n, que a esas bibliotecas de los cr&iacute;ticos no las hab&iacute;a le&iacute;do casi nadie. La mayor&iacute;a de los lectores de Borges no hab&iacute;an le&iacute;do a Hawthorne, aunque &eacute;l lo nombraba muy seguido como si todos los conoci&eacute;ramos. Los pr&oacute;logos de <em>Madame Bovary</em> (antes de saber que exist&iacute;an los libros de cr&iacute;tica yo me compraba varias ediciones del mismo libro para tener muchos pr&oacute;logos) sol&iacute;an mencionar a Lord Byron y a Chateaubriand, pero la gente culta que yo conoc&iacute;a no los ten&iacute;a demasiado le&iacute;dos a ellos. Dos conceptos fueron imprimi&eacute;ndose en mi mente a partir de estos descubrimientos: los escritores que solo le&iacute;an otros escritores, por una parte, y la pregunta por los escritores que lograban ser le&iacute;dos en &eacute;pocas muy distintas a las suyas (Shakespeare, Cervantes, Tolstoi o Emily Bront&euml;) y los que por alguna raz&oacute;n o por otra, incluso habiendo pertenecido al canon, quedaban en el camino. 
    </p><p class="article-text">
        Hace unas semanas me puse a leer a uno de esos escritores que viven en los pr&oacute;logos: <strong>Samuel Richardson</strong>, estrella de todos los pr&oacute;logos a libros de Jane Austen que le&iacute; en mi vida, autor de unos cuantos cl&aacute;sicos que jam&aacute;s llegu&eacute; siquiera a tener en mis manos. Me cruc&eacute; con un texto en el que <strong>Harold Bloom</strong>, uno de mis cr&iacute;ticos favoritos, dec&iacute;a que <em>Clarissa</em> de Richardson era la mejor novela escrita en ingl&eacute;s, y pens&eacute; que, aunque seguramente me costara mucho, val&iacute;a la pena darle una oportunidad. Me cost&oacute; m&aacute;s que mucho leer una quinta parte de la novela (200 p&aacute;ginas; tiene como mil), y no s&eacute; si vali&oacute; particularmente la pena, pero me sirvi&oacute; para pensar en qu&eacute; clase de obras s&iacute; tienen sentido en esta &eacute;poca, y por qu&eacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; a entender, en lo poco que le&iacute;, lo que le ven de parecido a <strong>Jane Austen</strong>, y tambi&eacute;n las tres o cuatro diferencias centrales que hacen que a Richardson ya no lo lea casi nadie, y que cada diez o quince a&ntilde;os tengamos que vivir para otra pascua de resurrecci&oacute;n de <em>Orgullo y prejuicio</em>. La longitud, por supuesto, primero y principal pero, sobre todo, una cuesti&oacute;n de tono. Clarissa Harlowe, la protagonista de <em>Clarissa</em>, termina no mal sino p&eacute;simo: enga&ntilde;ada, secuestrada, drogada, violada y luego muerta. Recuerda un poco a algunas chicas deshonradas en la periferia de las novelas de Austen: sobrinas, primas o conocidas de los personajes principales que dan el mal paso y terminan embarazadas de hijos bastardos en alg&uacute;n pueblo lejano, sobreviviendo gracias a la misericordia de alg&uacute;n t&iacute;o. En las novelas de Austen, igual que en las de Richardson, esas son pobres chicas, que por mala suerte o mal juicio o una combinaci&oacute;n de ambos (las violadas en las novelas inglesas casi siempre pecan de esto &uacute;ltimo) terminaron fuera de la buena sociedad a diferencia de las hero&iacute;nas, que encuentran el equilibrio entre el deseo y la virtud.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Austen se ríe de su propio tiempo de una manera en que a Richardson jamás se le ocurriría hacerlo. Es curioso, porque es bastante probable que Austen haya sufrido mucho más las limitaciones de su contexto que Richardson y, sin embargo, es ella la que logra establecer la distancia crítica necesaria para burlarse un poco de todo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Se casan v&iacute;rgenes con un tipo que les gusta y que tiene una buena posici&oacute;n, y entonces resuelven el dilema: no tienen que elegir entre ser felices y ser normales. Seguimos leyendo a Austen entonces, en parte, porque aunque hable de otro mundo y de otra &eacute;poca los finales de sus novelas son una buena met&aacute;fora de los finales que nos gustar&iacute;a que nos toquen: integradas a las demandas sociales, pero sin sacrificar nada de lo que pensamos que nos hace &uacute;nicas (o casi nada, porque hasta Bloom, que de progre no ten&iacute;a un pelo, escribe siempre que habla de Austen que a todos nos resulta un poquito triste ver a las m&aacute;s picantes de las hero&iacute;nas austenianas convertidas en esposas bien comportadas).
    </p><p class="article-text">
        Pero hay algo incluso m&aacute;s importante, creo, una fuerza que cumple un rol extra&ntilde;o en nuestro lenguaje cultural, y que est&aacute; presente en Austen y no en Richardson: la liviandad, el humor y la iron&iacute;a respecto de la propia &eacute;poca. Austen se r&iacute;e de su propio tiempo de una manera en que a Richardson jam&aacute;s se le ocurrir&iacute;a hacerlo. Es curioso, porque es bastante probable que Austen haya sufrido mucho m&aacute;s las limitaciones de su contexto que Richardson y, sin embargo, es ella la que logra establecer la distancia cr&iacute;tica necesaria para burlarse un poco de todo. 
    </p><p class="article-text">
        Digo que el humor cumple un rol extra&ntilde;o en nuestra contemporaneidad porque a veces parece que vivi&eacute;ramos en la m&aacute;s solemne de las &eacute;pocas, un mundo donde todos se toman todo demasiado en serio, y otras veces parece exactamente lo contrario. Cuando voy al teatro, por ejemplo, y siento que es imposible construir un c&oacute;digo que no se trate de re&iacute;rse, que ya nadie va a sentarse a ver una tragedia o un melodrama. 
    </p><p class="article-text">
        Antes de abandonar por completo a <em>Clarissa</em> me lament&eacute; un poco por no tener en mi la sensibilidad para disfrutar de la muerte de una santa. M&aacute;s all&aacute; de la cuesti&oacute;n de la violaci&oacute;n y de que parezca que la novela la castiga a ella por ser violada, realmente eso no me afecta tanto. No es un problema de ideas, puedo leer ideas de toda clase. El problema es el modo en que esas ideas se sostienen. Algo en mi educaci&oacute;n sentimental se niega a tomarse las cosas tan en serio, incluso cuando se trata de cosas serias como la vida y la muerte. Quiz&aacute;s es un asunto m&iacute;o, pero creo que es algo que va m&aacute;s all&aacute;, un mal del que participamos todos o muchos: una forma de protegernos, tal vez, de no mirar a la experiencia a los ojos como a la luna en un eclipse. O una sensibilidad que perdimos de tanto mirar tragedias todo el d&iacute;a en Internet, un m&uacute;sculo que sencillamente ya no logramos activar, una atenci&oacute;n que aprendi&oacute; a desviarse autom&aacute;ticamente de lo insoportable para soportar y seguir mirando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/escritores-prologos_129_11747608.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 20 Oct 2024 03:07:55 +0000]]></pubDate>
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