<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Harold Bloom]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/harold-bloom/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Harold Bloom]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiarioar.com/rss/category/tag/1052041/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Una manera de leer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/manera-leer_129_11921109.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/87b0ec5d-5690-415d-8718-f98319634ba2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una manera de leer"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El gran logro de Beatriz Sarlo, a lo largo de sus incesantes y peleadores sesenta años como crítica literaria, no radica tanto en sus propias ideas como en "las ideas que les sacó a los demás".</p></div><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">En el atardecer del 26 de septiembre de 2023, durante las &ldquo;Jornadas Saer&rdquo; de la Biblioteca P&uacute;blica &ldquo;Dr. Joaqu&iacute;n Men&eacute;ndez&rdquo;, de Pergamino, </span><span class="highlight" style="--color:white;"><strong>Beatriz Sarlo</strong></span><span class="highlight" style="--color:white;"> dio una charla abierta en un&nbsp;auditorio con gente sentada en los pasillos, despu&eacute;s de haber fumigado la planta alta con un pedido muy amable de evacuaci&oacute;n (tan amable que produjo una llovizna de terror generalizado), para poder concentrarse en una breve v&iacute;spera de anotaciones y anticipaciones mentales sobre la excitante aventura del &ldquo;qu&eacute; decir&rdquo;.</span>
    </p><p class="article-text">
        Los diversos anillos de expectativas acordes a la inminencia de su presencia magn&eacute;tica se alinearon r&aacute;pidamente. La dureza teatral de Sarlo, y su firmeza discursiva, persist&iacute;an a&uacute;n en los fondos de una fragilidad in&eacute;dita, en la que conflu&iacute;an la viudez reciente, un agua molesta que manaba de sus ojos oblig&aacute;ndola a un molesto mantenimiento de carilinas, algunos achaques motrices y un umbral de irritabilidad m&aacute;s bajo que de costumbre.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b77b9dac-eaf6-4dff-a329-4098c9bb755a_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b77b9dac-eaf6-4dff-a329-4098c9bb755a_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b77b9dac-eaf6-4dff-a329-4098c9bb755a_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b77b9dac-eaf6-4dff-a329-4098c9bb755a_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b77b9dac-eaf6-4dff-a329-4098c9bb755a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b77b9dac-eaf6-4dff-a329-4098c9bb755a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/b77b9dac-eaf6-4dff-a329-4098c9bb755a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Ya en el escenario, al que lleg&oacute; transportada por una ovaci&oacute;n, se manej&oacute; como un boyero el&eacute;ctrico. Casi no hubo pregunta del p&uacute;blico a la que no reaccionara con fastidio. Un cierto hartazgo, y en una proporci&oacute;n invisible pero excluyente algo que pod&iacute;a reconocerse como un dolor (el que no se confiesa) domin&oacute; la conferencia. Entretanto, se iban deslizando convicciones antiguas, revisiones recientes, nombres, a&ntilde;os, materias dis&iacute;miles reunidas en el largo curso de la vida.
    </p><p class="article-text">
        Pero de ese entramado que honr&oacute; al g&eacute;nero autobiogr&aacute;fico en lo que este tuvo de vivo (es decir de imperfecto y, en cierto modo, antisarlista), dijo dos frases memorables por lo concretas, aunque la segunda haya sonado abstracta.
    </p><p class="article-text">
        La primera: &ldquo;Saer era muy gorila&rdquo;. Hubo unos codazos en la primera fila, y un comentario susurrado: &ldquo;Es como escuchar a Isaac Rojas decirle gorila a Eduardo Lonardi&rdquo;. La segunda, hablando de la experiencia de lectura fue seguida de un silencio que su propia autora instaur&oacute; para llamar a la reflexi&oacute;n o a la adhesi&oacute;n: &ldquo;&iquest;Para qu&eacute; voy a leer un libro si no es para que me haga pensar?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En esa pregunta ronronea el motor de la m&aacute;quina de leer llamada Beatriz Sarlo. Que se la haya hecho mediante una provocaci&oacute;n ret&oacute;rica, en el marco de un encuentro que se desliz&oacute; naturalmente hacia una demostraci&oacute;n general de afecto a ella, atornill&oacute; su modo de experimentar la lectura como una causa cuya &uacute;nica consecuencia es el acto de pensar. Leer para pensar.&nbsp;Para sentir est&aacute; la vida (que tambi&eacute;n puede leerse pensando).
    </p><p class="article-text">
        Si se sigue la ruta de Beatriz Sarlo mediante las estaciones en las que detuvo su inter&eacute;s, habr&aacute; que se&ntilde;alar que los escritores que lucho por consagrar, de los que <strong>Juan Jos&eacute; Saer</strong> fue bandera de guerra y fantas&iacute;a de perfecci&oacute;n, se inclinaban por los libros pensados para pensar. Es cierto que Manuel Puig, antimateria formal de Saer, tambi&eacute;n atrajo a Sarlo de entrada, pero el &ldquo;tratamiento&rdquo; que ella le dio fue, justamente, el del compositor de libros que la hac&iacute;a pensar las intuiciones art&iacute;sticas como programaciones de m&aacute;quina, aun cuando Puig haya sido por definici&oacute;n el escritor que siente.
    </p><p class="article-text">
        De las influencias disponibles a las que Beatriz Sarlo evit&oacute; ceder para construir su prodigiosa aspiradora de lecturas, han quedado para vestir santos grandes lectores como <strong>Samuel Johnson</strong> o <strong>G.K. Chesterton</strong> (los que ensamblaron la m&aacute;quina de leer llamada Borges) o, yendo menos lejos, <strong>Harold Bloom</strong>. Es que ellos le&iacute;an tanto para pensar como para no negarse a sentir. Como <strong>Roland Barthes</strong>, otro lector de los &ldquo;c&aacute;lidos&rdquo;, del que Sarlo extrajo con guantes de amianto la sabidur&iacute;a pensada, tratando de no quedar pegada de los cables del sentimentalismo, al que Barthes nunca dej&oacute; de caer pr&aacute;cticamente de cabeza, una y otra vez.
    </p><p class="article-text">
        En <em>Borges, un escritor en las orillas</em> (Ariel, 1995), resultado de un curso dictado en Cambridge en 1993, Sarlo dice que &ldquo;Funes el memorioso&rdquo; es un cuento en el que la memoria est&aacute; &ldquo;esclavizada por la experiencia directa&rdquo;. Dice que, as&iacute; como puede recordar &ldquo;infinitamente&rdquo;, es &ldquo;incapaz de pensar&rdquo;. Y agrega que la literatura &ldquo;corta, pega, salta, mezcla&rdquo;, operaciones &ldquo;que Funes no quiere realizar&rdquo; (o no quiere realizarlas Borges) pero que tampoco puede alcanzar con sus percepciones ni con sus recuerdos.
    </p><p class="article-text">
        Uno podr&iacute;a decir, &iquest;por qu&eacute; habr&iacute;a que pensar cuando lo que se quiere es recordar? &iquest;Por qu&eacute; habr&iacute;a solo una literatura de pegar, cortar, saltar o mezclar, si tambi&eacute;n existen los recursos de las percepciones y los recuerdos, por fallidos que sean, y en buena hora?
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; ya aparece el gran logro de Beatriz Sarlo, que es el de llamar a la lucha de ideas. Peleadora como ella sola, su aporte a este mundo fueron menos sus ideas generalmente le&iacute;das (que tambi&eacute;n fueron un gran aporte) que las ideas que les sac&oacute; a los dem&aacute;s. Hubo en ese r&eacute;gimen de extracci&oacute;n una actividad incesante a lo largo de casi sesenta a&ntilde;os. Desde que surgi&oacute; como texto impreso y nombre civil en las p&aacute;ginas de <em>Punto de vista</em> (sin que supi&eacute;ramos qu&eacute; imagen se escond&iacute;a detr&aacute;s de ese ligustro letrado), hasta su presencia rutilante en lo que le gustaba llamar, como <strong>Alexandre Kluge</strong>, la &ldquo;esfera p&uacute;blica&rdquo;, el chiquero en el que se dedic&oacute; a traficar literatura (la arrogancia bien ganada, la paciencia y el poder invisible de la literatura) a escala de menudeo. Con tanto &eacute;xito, que <strong>Alejandro Fantino</strong> sali&oacute; corriendo a leer a Saer luego de su recomendaci&oacute;n de dominatrix.
    </p><p class="article-text">
        Hasta lo que se le podr&iacute;a achacar en todos los niveles en los que decidi&oacute; defender una posici&oacute;n&nbsp;(y tenemos para elegir, porque fue muchas cosas, aunque por suerte ninguna de ellas al 100%) deber&iacute;a ser inventariado como un beneficio. El secreto de ese poder quiz&aacute;s radique en la seriedad con que sal&iacute;a a competir en las disputas de sentido y lenguaje, aun cuando el sentido (tanto o m&aacute;s que el lenguaje) no sea otra cosa que un vapor con el que se hacen artesan&iacute;as fantasmas.
    </p><p class="article-text">
        Y hay otra cosa, el verdadero misterio de su persona, que fue el de hacerse querer <em>a pesar</em> de sus escasos dones para la entrega m&aacute;s o menos directa de afecto (&iquest;o eran sus tremendos dones para contenerlos?). Es que, en el vivo de la intimidad, esa cosa de piedra que la envolv&iacute;a se dejaba reblandecer, generalmente bajo las balas infalibles del humor.
    </p><p class="article-text">
        En fin, alguna an&eacute;cdota deber&iacute;a contar, &iquest;no? Tengo varias, y muchas de ellas me dan risa cuando las recuerdo (ah, la Sarlo c&oacute;mica: tan, pero tan hija de puta). Pero la que m&aacute;s me gusta es una que me cont&oacute; <strong>Daniel Guebel</strong>, porque pone en el centro de gravedad del recuerdo una imagen que descarta el lastre esponjoso de la figura p&uacute;blica y le da el peso que tiene a una vida dedicada a leer literatura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Daniel Guebel, que acababa de publicar <em>Un crimen japon&eacute;s</em> (Mondadori, 2020), entra a un vag&oacute;n de subte, vamos a decir que de la Linea D. Entre los pasajeros, sardinas paradas en la lata, alcanza a ver a una mujer sentada, casi aplastada, leyendo un libro, y reconoce tanto a una como al otro. Es Beatriz Sarlo, y est&aacute; leyendo, en <em>condiciones ideales</em>, <em>Un crimen japon&eacute;s</em>, de Daniel Guebel.
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/manera-leer_129_11921109.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Dec 2024 03:01:38 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/87b0ec5d-5690-415d-8718-f98319634ba2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74050" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/87b0ec5d-5690-415d-8718-f98319634ba2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74050" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Una manera de leer]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/87b0ec5d-5690-415d-8718-f98319634ba2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Beatriz Sarlo,Roland Barthes,Harold Bloom,Jorge Luis Borges]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Escritores de prólogos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/escritores-prologos_129_11747608.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6995193d-d0df-40d3-a0a4-c20cd49e00c2_16-9-discover-aspect-ratio_default_1104257.jpg" width="329" height="185" alt="Escritores de prólogos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El humor cumple un rol extraño en una contemporaneida que a veces parece la más solemne de las épocas y otras exactamente lo contrario. ¿Será una forma de protegernos o una sensibilidad que perdimos de tanto mirar tragedias todo el día en Internet? A propósito de una lectura, inconclusa, de Samuel Richardson.</p></div><p class="article-text">
        Escribo pr&oacute;logos y contratapas bastante seguido y, sin embargo, casi nunca reparo en el hecho de que esos textos suelen ser el primer acercamiento de un lector a la cr&iacute;tica literaria. A los escritores siempre les preguntan c&oacute;mo llegan a la literatura; pero rara vez c&oacute;mo se llega a la cr&iacute;tica, y la cr&iacute;tica (adem&aacute;s de que tambi&eacute;n es literatura) les ense&ntilde;&oacute; a leer, escribir y pensar a pr&aacute;cticamente todos los autores que me interesan. Algunos habr&aacute;n llegado en la universidad, otros en el colegio o en la biblioteca de sus padres. Yo fui a un buen secundario, pero por alguna raz&oacute;n que desconozco en el colegio casi nunca te dan cr&iacute;tica para leer (ni siquiera cuando te dan libros bastante complejos, el tipo de libros que es m&aacute;s f&aacute;cil leer con bibliograf&iacute;a secundaria que sin), de modo que esos textos aparecieron en mi vida gracias a los pr&oacute;logos de las ediciones caras. Los pr&oacute;logos de C&aacute;tedra, de Alianza y de Losada, de algunos otros sellos que recuerdo menos. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso tambi&eacute;n en las entrevistas a Borges, en sus pr&oacute;logos y en sus libros de ensayos que cada tanto aparec&iacute;an, casi por error, en la biblioteca de mi abuelo. Recuerdo cuando empec&eacute; a darme cuenta de que todos esos textos formaban parte de una conversaci&oacute;n en com&uacute;n, hac&iacute;an referencias a autores que se supon&iacute;a que una deb&iacute;a conocer. Con el tiempo fui entendiendo, tambi&eacute;n, que a esas bibliotecas de los cr&iacute;ticos no las hab&iacute;a le&iacute;do casi nadie. La mayor&iacute;a de los lectores de Borges no hab&iacute;an le&iacute;do a Hawthorne, aunque &eacute;l lo nombraba muy seguido como si todos los conoci&eacute;ramos. Los pr&oacute;logos de <em>Madame Bovary</em> (antes de saber que exist&iacute;an los libros de cr&iacute;tica yo me compraba varias ediciones del mismo libro para tener muchos pr&oacute;logos) sol&iacute;an mencionar a Lord Byron y a Chateaubriand, pero la gente culta que yo conoc&iacute;a no los ten&iacute;a demasiado le&iacute;dos a ellos. Dos conceptos fueron imprimi&eacute;ndose en mi mente a partir de estos descubrimientos: los escritores que solo le&iacute;an otros escritores, por una parte, y la pregunta por los escritores que lograban ser le&iacute;dos en &eacute;pocas muy distintas a las suyas (Shakespeare, Cervantes, Tolstoi o Emily Bront&euml;) y los que por alguna raz&oacute;n o por otra, incluso habiendo pertenecido al canon, quedaban en el camino. 
    </p><p class="article-text">
        Hace unas semanas me puse a leer a uno de esos escritores que viven en los pr&oacute;logos: <strong>Samuel Richardson</strong>, estrella de todos los pr&oacute;logos a libros de Jane Austen que le&iacute; en mi vida, autor de unos cuantos cl&aacute;sicos que jam&aacute;s llegu&eacute; siquiera a tener en mis manos. Me cruc&eacute; con un texto en el que <strong>Harold Bloom</strong>, uno de mis cr&iacute;ticos favoritos, dec&iacute;a que <em>Clarissa</em> de Richardson era la mejor novela escrita en ingl&eacute;s, y pens&eacute; que, aunque seguramente me costara mucho, val&iacute;a la pena darle una oportunidad. Me cost&oacute; m&aacute;s que mucho leer una quinta parte de la novela (200 p&aacute;ginas; tiene como mil), y no s&eacute; si vali&oacute; particularmente la pena, pero me sirvi&oacute; para pensar en qu&eacute; clase de obras s&iacute; tienen sentido en esta &eacute;poca, y por qu&eacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; a entender, en lo poco que le&iacute;, lo que le ven de parecido a <strong>Jane Austen</strong>, y tambi&eacute;n las tres o cuatro diferencias centrales que hacen que a Richardson ya no lo lea casi nadie, y que cada diez o quince a&ntilde;os tengamos que vivir para otra pascua de resurrecci&oacute;n de <em>Orgullo y prejuicio</em>. La longitud, por supuesto, primero y principal pero, sobre todo, una cuesti&oacute;n de tono. Clarissa Harlowe, la protagonista de <em>Clarissa</em>, termina no mal sino p&eacute;simo: enga&ntilde;ada, secuestrada, drogada, violada y luego muerta. Recuerda un poco a algunas chicas deshonradas en la periferia de las novelas de Austen: sobrinas, primas o conocidas de los personajes principales que dan el mal paso y terminan embarazadas de hijos bastardos en alg&uacute;n pueblo lejano, sobreviviendo gracias a la misericordia de alg&uacute;n t&iacute;o. En las novelas de Austen, igual que en las de Richardson, esas son pobres chicas, que por mala suerte o mal juicio o una combinaci&oacute;n de ambos (las violadas en las novelas inglesas casi siempre pecan de esto &uacute;ltimo) terminaron fuera de la buena sociedad a diferencia de las hero&iacute;nas, que encuentran el equilibrio entre el deseo y la virtud.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Austen se ríe de su propio tiempo de una manera en que a Richardson jamás se le ocurriría hacerlo. Es curioso, porque es bastante probable que Austen haya sufrido mucho más las limitaciones de su contexto que Richardson y, sin embargo, es ella la que logra establecer la distancia crítica necesaria para burlarse un poco de todo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Se casan v&iacute;rgenes con un tipo que les gusta y que tiene una buena posici&oacute;n, y entonces resuelven el dilema: no tienen que elegir entre ser felices y ser normales. Seguimos leyendo a Austen entonces, en parte, porque aunque hable de otro mundo y de otra &eacute;poca los finales de sus novelas son una buena met&aacute;fora de los finales que nos gustar&iacute;a que nos toquen: integradas a las demandas sociales, pero sin sacrificar nada de lo que pensamos que nos hace &uacute;nicas (o casi nada, porque hasta Bloom, que de progre no ten&iacute;a un pelo, escribe siempre que habla de Austen que a todos nos resulta un poquito triste ver a las m&aacute;s picantes de las hero&iacute;nas austenianas convertidas en esposas bien comportadas).
    </p><p class="article-text">
        Pero hay algo incluso m&aacute;s importante, creo, una fuerza que cumple un rol extra&ntilde;o en nuestro lenguaje cultural, y que est&aacute; presente en Austen y no en Richardson: la liviandad, el humor y la iron&iacute;a respecto de la propia &eacute;poca. Austen se r&iacute;e de su propio tiempo de una manera en que a Richardson jam&aacute;s se le ocurrir&iacute;a hacerlo. Es curioso, porque es bastante probable que Austen haya sufrido mucho m&aacute;s las limitaciones de su contexto que Richardson y, sin embargo, es ella la que logra establecer la distancia cr&iacute;tica necesaria para burlarse un poco de todo. 
    </p><p class="article-text">
        Digo que el humor cumple un rol extra&ntilde;o en nuestra contemporaneidad porque a veces parece que vivi&eacute;ramos en la m&aacute;s solemne de las &eacute;pocas, un mundo donde todos se toman todo demasiado en serio, y otras veces parece exactamente lo contrario. Cuando voy al teatro, por ejemplo, y siento que es imposible construir un c&oacute;digo que no se trate de re&iacute;rse, que ya nadie va a sentarse a ver una tragedia o un melodrama. 
    </p><p class="article-text">
        Antes de abandonar por completo a <em>Clarissa</em> me lament&eacute; un poco por no tener en mi la sensibilidad para disfrutar de la muerte de una santa. M&aacute;s all&aacute; de la cuesti&oacute;n de la violaci&oacute;n y de que parezca que la novela la castiga a ella por ser violada, realmente eso no me afecta tanto. No es un problema de ideas, puedo leer ideas de toda clase. El problema es el modo en que esas ideas se sostienen. Algo en mi educaci&oacute;n sentimental se niega a tomarse las cosas tan en serio, incluso cuando se trata de cosas serias como la vida y la muerte. Quiz&aacute;s es un asunto m&iacute;o, pero creo que es algo que va m&aacute;s all&aacute;, un mal del que participamos todos o muchos: una forma de protegernos, tal vez, de no mirar a la experiencia a los ojos como a la luna en un eclipse. O una sensibilidad que perdimos de tanto mirar tragedias todo el d&iacute;a en Internet, un m&uacute;sculo que sencillamente ya no logramos activar, una atenci&oacute;n que aprendi&oacute; a desviarse autom&aacute;ticamente de lo insoportable para soportar y seguir mirando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/escritores-prologos_129_11747608.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 20 Oct 2024 03:07:55 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/6995193d-d0df-40d3-a0a4-c20cd49e00c2_16-9-discover-aspect-ratio_default_1104257.jpg" length="15310" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/6995193d-d0df-40d3-a0a4-c20cd49e00c2_16-9-discover-aspect-ratio_default_1104257.jpg" type="image/jpeg" fileSize="15310" width="329" height="185"/>
      <media:title><![CDATA[Escritores de prólogos]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/6995193d-d0df-40d3-a0a4-c20cd49e00c2_16-9-discover-aspect-ratio_default_1104257.jpg" width="329" height="185"/>
      <media:keywords><![CDATA[Samuel Richardson,Jane Austen,Harold Bloom]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
