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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Bibliofagia]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/bibliofagia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Bibliofagia]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Devórame otra vez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/devorame-vez_129_11931576.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/73de5f06-5a03-425d-8f9c-9c64a7e653b0_16-9-discover-aspect-ratio_default_1108734.jpg" width="1000" height="562" alt="Devórame otra vez"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ficción o realidad, desde tiempos remotos existe la costumbre, casi un rito sagrado de muchos humanos, de comer las páginas de los libros. No es sólo hábito de los insectos. Figura en el anecdotario vasto y delicioso del "Diccionario del bibliómano", del italiano Antonio Castronuovo.</p></div><p class="article-text">
        En el cap&iacute;tulo X del&nbsp;<em>Apocalipsis de San Juan</em>, aparece un &aacute;ngel ante el profeta con un libro abierto entre sus manos. Desde alg&uacute;n lugar no identificado, que provendr&iacute;a desde las alturas, suena una voz con eco que repite: &ldquo;Ve y toma el librito&rdquo;. Juan se acerca, agarra el libro y la voz divina le dice: &ldquo;Toma y tr&aacute;galo; te amargar&aacute; tu vientre, pero tu boca ser&aacute; dulce como la miel&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">No solo los insectos comen las p&aacute;ginas de los libros quien sabe en busca de qu&eacute; conocimiento singular. Tambi&eacute;n los humanos. Y, al parecer, desde tiempos remotos.</span>
    </p><p class="article-text">
        Hay selectas y obsesivas almas que se entusiasman con un libro, luego se enamoran y se convierten en devoradores insaciables. No en sentido metaf&oacute;rico, sino literal. Y aunque el amor es algo que se sufre, encuentran en este deseo, dif&iacute;cil aunque no imposible de satisfacer, la causa de su orgullo y del asombro de los dem&aacute;s. Se llama bibliofilia. 
    </p><p class="article-text">
        Amor y apetito se confunden y aparece la<span class="highlight" style="--color:white;"> llamada 'bibliofagia', que es el h&aacute;bito de comerse un libro, una pr&aacute;ctica que ha recorrido la historia y que es una conducta netamente nutricional. Se trata de la </span>propensi&oacute;n a degustar los libros, como si fuera una tabla de achuras, de vegetales o de pescados a la parrilla, tal como ocurre en&nbsp;algunos pasajes de la Biblia.
    </p><p class="article-text">
        Cuenta <strong>Antonio Castronuovo</strong> en su flamante <em>Diccionario del Bibli&oacute;mano </em>(Edhasa) que en su <em>Diario Atrabiliario, </em>&nbsp;ya desginado director del Museo Picasso de Par&iacute;s, <strong>Jean Clair</strong>, recordaba haber nacido pobre y sufrido el hambre cuando era un chico. M&aacute;s adelante tuvo una carrera brillante, pero no soportaba la idea de tirar comida, como efecto de la evocaci&oacute;n de la panza vac&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Algo similar le suced&iacute;a con los libros. Los guardaba todos en su est&oacute;mago, como si fueran baguettes perdurables y no mendrugos secos y viejos. &ldquo;Ambos son valiosos, s&iacute;mbolos de paz, de plenitud, signos de que la vida ha retornado al orden y que las necesidades ser&aacute;n satisfechas&rdquo;, escribi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Siempre fui impaciente para comer y para leer, en ambos casos un poco golosamente, alarmado por la eventualidad de una despensa y de estantes vac&iacute;os&rdquo;, dice Clair. Esa equivalencia entre leer y alimentarse es apropiada, su separaci&oacute;n irrelevante. Ser&aacute; por eso que cuando un libro se lee con ansiedad y deseo, se dice que se lo devora.
    </p><p class="article-text">
        Devorar libros es la frase que se usa para referirse a quien lee cantidades copiosas de ejemplares. Tambi&eacute;n alude al hecho de que comiendo se aprehende, se asimilan m&aacute;s profundamente los conocimientos o las historias relatadas, como ocurr&iacute;a con los t&aacute;rtaros que devoraban los libros para absorber su sabidur&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Estudiosos de las religiones han hablado de ello en ensayos que tratan del &ldquo;comer Dios&rdquo;, masticando, tragando y digiriendo materia sagrada pareciera que se la asimila en la fibra interior.
    </p><p class="article-text">
        Quienes asistieron o asisten a la iglesia cat&oacute;lica saben sobre eso: junto a la ostia consagrada se traga tambi&eacute;n el Verbo, la palabra divina, como si fuera una nuez, un d&aacute;til o un caramelo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Devoro un libro, asimilo la sustancia y de pronto estoy proyectado hacia una cierta esfera celeste, donde se encuentra todo el conocimiento. Lo que explica el disgusto de tirar libros, ya que sería como arrojar el pan</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El escritor tambi&eacute;n desea que sus textos sean comidos o devorados como un testimonio de que le gust&oacute; su producci&oacute;n literaria. Causa por la cual la bibliofagia es venial, es decir un acto fisiol&oacute;gico que en s&iacute; tiene algo de rito religioso. Devoro un libro, asimilo la sustancia y de pronto estoy proyectado hacia una cierta esfera celeste, donde se encuentra todo el conocimiento. Lo que explica el disgusto de tirar libros, ya que ser&iacute;a como arrojar el pan.
    </p><p class="article-text">
        La bibliofagia marca el camino de la historia del libro. Vale detenerse en la peculiaridad del fen&oacute;meno, que es aquella de dar la sensaci&oacute;n de poder comer bien por mucho tiempo, por lo menos hasta que aparezcan nuevos libros comestibles. La bibliofagia se convierte entonces en ciencia y momento de inspiraci&oacute;n. Entra en la literatura, los narradores la toman como argumento de cuentos, pero existe en la realidad. Entre los ejemplos m&aacute;s conocidos est&aacute; aquel de Bernab&oacute; Visconti, se&ntilde;or de Mil&aacute;n que en 1370 oblig&oacute; a los enviados del papa&nbsp;Urbano V, portadores de una bula de excomulgaci&oacute;n, a trag&aacute;rsela. Por suerte era de pergamino, que en todo caso es un producto natural.
    </p><p class="article-text">
        Est&aacute; la bibliofagia que se act&uacute;a por libre elecci&oacute;n, pero tambi&eacute;n&nbsp;aquella infligida por la autoridad, estudiada por <strong>Johann Carl Conrad Oelrichs</strong> en su <em>Bibliothecarum ac librorum fatis in primis libris comestis</em> de 1756. Interesa porque las cosas han cambiado. Hoy al lector genuino , que justamente es un devorador, le fue quitada toda ilusi&oacute;n de poder comer todo. Tantos son los libros, tan &iacute;nfima la calidad del papel y las tintas, m&aacute;s all&aacute; de los vaivenes de la industria, que extinguieron todo apetito. 
    </p><p class="article-text">
        Entre los comedores ficcionales de libros emblem&aacute;ticos se encuentra &nbsp;el monje&nbsp;Jorge de Burgos, el anciano bibliotecario de la abad&iacute;a benedictina&nbsp;&nbsp;de la novela&nbsp;<a href="http://www.casadellibro.com/libro-el-nombre-de-la-rosa/9788497592581/873981" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>El nombre de la rosa</em></a>, de<strong> Umberto Eco</strong>. Burgos mantiene oculto el segundo libro de la&nbsp;<em>Po&eacute;tica</em>&nbsp;de Arist&oacute;teles y, como un modo de preservarlo de la curiosidad ajena, decide comerse las p&aacute;ginas envenenadas del&nbsp;ejemplar.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Consciente de rechazar la bibliofagia, el argentino <strong>Eduardo Berti</strong> radicado en Francia, dijo durante una entrevista: &ldquo;No&nbsp;soy&nbsp;bibli&oacute;mano,&nbsp;nunca&nbsp;lo&nbsp;he&nbsp;sido&nbsp;porque mi&nbsp;naturaleza&nbsp;no&nbsp;tiende&nbsp;al&nbsp;fetichismo.&nbsp;Tengo&nbsp;un&nbsp;amor&nbsp;innegable&nbsp;por&nbsp;los&nbsp;libros, pero&nbsp;no&nbsp;s&eacute;&nbsp;si&nbsp;llega&nbsp;a&nbsp;la&nbsp;bibliofilia&nbsp;porque&nbsp;no&nbsp;es&nbsp;un&nbsp;amor&nbsp;ciego&nbsp;ni generalizado,&nbsp;sino&nbsp;m&aacute;s&nbsp;bien&nbsp;selectivo.&nbsp;Me&nbsp;entusiasma&nbsp;poco&nbsp;la bibliofagia&nbsp;porque&nbsp;mi&nbsp;est&oacute;mago&nbsp;es&nbsp;bastante&nbsp;fr&aacute;gil&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cuenta<strong> Karina Sainz Borgo </strong>en el peri&oacute;dico <em>Voz Populi</em>, de Espa&ntilde;a, que en su libro <em>Las confesiones de un bibli&oacute;fago,</em> el escritor barcelon&eacute;s&nbsp;<strong>Jorge Ordaz</strong>, convierte a su personaje, un liberal del siglo XIX, en el autor de las memorias de un hombre que pasa de detestar los libros a devorarlos en el selecto&nbsp;Book eater's club londinense.
    </p><p class="article-text">
        Hay vol&uacute;menes que resultan apetitosos. En 1987 se public&oacute; en Par&iacute;s la novela<em> Chatterton.</em> El protagonista Charles se concede cada tanto una placentera comida con p&aacute;ginas de novelas de Dickens, sin lograr resistir al llamado alimentario de sus propios libros. En 1989, <strong>Edgardo Franzosini </strong>public&oacute; <em>El comedor de papel,</em> novela con ensayo narrativo. En<em> Las ilusiones perdidas</em>, tr&iacute;ptico narrativo de Balzac aparece la figura de Biren, secretario del rey de Suecia que ama cada tanto masticar el papel: comienza con la p&aacute;gina en blanco, luego con la que ya ha sido escrita y finalmente con el pergamino. Cuando se come un importante tratado que el monarca sueco deber&iacute;a firmar con Napole&oacute;n, el funcionario es condenado a muerte. Se salva y vuelve a devorar papel. 
    </p><p class="article-text">
        Existen versiones infantiles del tema, como&nbsp;<a href="http://www.fondodeculturaeconomica.com/librerias/libro/El_increible_nino_comelibros/100360E" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>El incre&iacute;ble ni&ntilde;o comelibros</em></a>, de <strong>Oliver Jeffers</strong>, que narra la vida de Enrique, un ni&ntilde;o al que le gustan mucho los libros y que se decide a degustar uno. As&iacute;, inicia el h&aacute;bito al comer una palabra, luego una oraci&oacute;n, m&aacute;s tarde una frase, hasta paladear el ejemplar entero, satisfecho de que la repetici&oacute;n del acto no podr&aacute; traerle m&aacute;s que cosas buenas.
    </p><p class="article-text">
        Claro que ser&aacute; dif&iacute;cil mantener el ritual del bibli&oacute;fago una vez que el libro electr&oacute;nico se devore por completo al de papel. Aunque seguramente surgir&aacute; alguna otra costumbre que haga sentirse plenos a los lectores hambrientos.
    </p><p class="article-text">
        <em>LH/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laura Haimovichi]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/devorame-vez_129_11931576.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Dec 2024 03:13:11 +0000]]></pubDate>
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