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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Sergio Díaz]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Sergio Díaz]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Me cansás: te mato]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cansas-mato_129_11932389.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0af3d387-47ad-428c-bce1-0d40be55889e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Me cansás: te mato"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El derecho a tener. ¿da derecho a matar? La sociedad argentina lo discutió en 1990, cuando el ingeniero químico Horacio Santos perseguió a dos ladrones y los mató de un tiro en la cabeza. Ahora el tema vuelve a primeros planos, aunque con ligeras variantes, con el policía retirado Rafael Moreno matando de un balazo en el abdomen al colectivero Sergio Díaz.</p></div><p class="article-text">
        El 16 de junio de 1990, el ingeniero qu&iacute;mico <strong>Horacio Santos</strong> acompa&ntilde;&oacute; a su esposa a una zapater&iacute;a de Villa Devoto. De pronto, se oye la alarma de su coup&eacute; Renault Fuego, estacionada en la cuadra. Santos sale y ve que dos personas est&aacute;n rob&aacute;ndole el est&eacute;reo. Pero, adem&aacute;s, se manifiesta un agravante de comedia en el inicio de la tragedia, ese tipo de agravante que le daba el punch al viejo gag de <strong>Alberto Olmedo</strong> (Borges) y <strong>Javier Portales</strong> (&Aacute;lvarez), cuando Olmedo contaba la historia de alguien a quien asaltan mientras est&aacute; haciendo un asado. 
    </p><p class="article-text">
        Entran, le roban, violan y matan a la familia y masacran a sus mascotas (para el damnificado, nada que lamentar del todo), <em>hasta que</em> los asesinos, en un pico de perversi&oacute;n, le dan vuelta los chorizos, o le ponen m&aacute;s sal al matambre. Es el momento de la torsi&oacute;n del chiste, en el que Olmedo exclama: &ldquo;&iexcl;Para qu&eacute;!&rdquo;. El tipo &ldquo;se pone como loco&rdquo;, y liquida a los asesinos, no por haber matado a su familia sino por haber afectado sus formalismos de asador neur&oacute;tico.
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        El agravante para Santos fue que los ladrones de su est&eacute;reo, adem&aacute;s de rob&aacute;rselo, le sonrieron de lejos con aires de superioridad. &iexcl;Para qu&eacute;! Santos se puso como loco, subi&oacute; a la Fuego con su esposa y corri&oacute; el Chevy de <strong>Osvaldo Aguirre</strong> y <strong>Carlos Gonz&aacute;lez</strong>, los ladrones reidores desarmados, a lo largo de 14 cuadras, les cruz&oacute; el auto y los mat&oacute; de un tiro por cabeza. &iquest;Cu&aacute;l fue su mensaje?: &iquest;a m&iacute; nadie me roba el est&eacute;reo?, o &iquest;nadie se r&iacute;e de m&iacute;? Sin querer, aparecen definidos los t&eacute;rminos de la disputa: por un lado, &ldquo;mi&rdquo; (de yo); por el otro, &ldquo;nadie&rdquo; (de nada).
    </p><p class="article-text">
        Este hecho sucedi&oacute; hace casi 35 a&ntilde;os, y produjo una simpat&iacute;a generalizada por Santos, el pobre ingeniero que debi&oacute; soportar que le robaran el est&eacute;reo por onceava vez, seg&uacute;n la cuenta de <strong>Eduardo Gerome</strong>, el abogado de Santos egresado con honores de la Facultad de Derecho Troglodita de la Universidad Nacional de Tali&oacute;n, quien le pregunt&oacute; por qu&eacute; segu&iacute;a usando el est&eacute;reo si siempre se lo robaban. Y el pobre ingeniero, bajando con sandalias de monje al llano del sentimentalismo luego de los corchazos, lo emocion&oacute; con este excelente parlamento: &ldquo;Siempre tuve derecho a tener&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Si el derecho a tener da derecho a matar, es lo que discuti&oacute; la sociedad en 1990, y lo que vuelve a discutirse ahora con ligeras variantes, luego de que <strong>Rafael Moreno</strong>, el polic&iacute;a retirado del Par&iacute;s Saint Garmain matara de un balazo en el abdomen al colectivero <strong>Sergio D&iacute;az</strong>. S&oacute;lo cambia un poco el origen del impulso. All&iacute; donde a Santos se le sale la cadena que ven&iacute;a conteniendo el asesino que llevaba adentro <em>porque </em>no puede escuchar m&uacute;sica en su auto, Moreno interrumpe la m&uacute;sica del vecindario <em>porque</em> invade la propiedad privada de su silencio navide&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Aquella simpat&iacute;a social por Santos reencarna ahora en la simpat&iacute;a por Moreno. Pasa siempre. El argumento solipsista que lo justifica es el hartazgo. Me cans&aacute;s: te mato. Me sac&aacute;s la m&uacute;sica, o me pon&eacute;s la m&uacute;sica: te mato. De nada sirve invocar las conductas m&aacute;s elementales de la civilizaci&oacute;n de cercan&iacute;as, que se establece por escala de grados, seg&uacute;n la cual escuchar m&uacute;sica a todo volumen o robar est&eacute;reos es much&iacute;simo m&aacute;s civilizado que matar a tiros a personas desarmadas. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, lo que parece estar en juego en estos sucesos es la defensa insular del individuo bajo la modalidad del extremismo exterminador. Y para que brote en alguien la necesidad de exterminar a otros no estando en peligro la vida propia ni la de los amados, s&oacute;lo hace falta ilusionarse con una misi&oacute;n purificadora: que el mundo sea menos sucio (seg&uacute;n el criterio de pureza del exterminador). El que va a matar como Santos y Moreno lo hace porque la combinaci&oacute;n que surge del entrenamiento con armas, la manija mental atada a la paranoia racista y la voluntad de purificaci&oacute;n busca que aquello a lo que se le apunta deje de existir.
    </p><p class="article-text">
        El plan, siempre tr&aacute;gico, es tambi&eacute;n un poco irrisorio debido a que hay en el acto de exterminio una carga pesada de abstracci&oacute;n. Lo que se quiere matar es, en el fondo, una idea. La idea del ladr&oacute;n sobrador de est&eacute;reos en el caso de Santos; o la idea del chofer de bondi cumbiero, en el caso de Moreno. El esfuerzo de ambos, cae bajo las luces del rid&iacute;culo. Si a Santos le robaron el est&eacute;reo once veces, &iquest;qu&eacute; soluciona matando <em>solamente</em> a los que se lo robaron una vez? Es evidente que lo que se mata, vuelve a crecer, o directamente no muere.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y Moreno? Si como se est&aacute; diciendo, una vez que le den la prisi&oacute;n domiciliaria va a ir a vivir a un barrio cerrado, &iquest;c&oacute;mo va a reaccionar cuando en ese barrio haya una fiesta, como las hay todos los fines de semana? Y si le toca mudarse frente al Hip&oacute;dromo de San Isidro, &iquest;qu&eacute; va hacer con el Lollapallooza? &iquest;Va a ir a cagar a cohetazos a <strong>Justin Timberlike</strong>, a <strong>Alanis Morissette</strong>, a <strong>Chano Charpentier</strong>?&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La calidad humana de las personas que matan como mataron Santos y Moreno est&aacute; a la vista. Ni vale la pena esforzarse en precisar el desprecio que les cabe. Pero, &iquest;y la calidad de quienes los apoyan en nombre de una leg&iacute;tima defensa alucin&oacute;gena, sean personas an&oacute;nimas o caricaturas p&uacute;blicas como la nervios&iacute;sima <strong>Florencia Arietto</strong>, siempre agarrada a una liana diferente a cambio de que cuelgue del presupuesto p&uacute;blico?
    </p><p class="article-text">
        Mientras los m&eacute;dicos forenses trabajaban en el cad&aacute;ver de Sergio D&iacute;az, se hizo o&iacute;r en tono de &ldquo;voz de la experiencia&rdquo; un ser humano que responde al nombre de <strong>Agust&iacute;n Rodr&iacute;guez</strong> y al sobrenombre de Otto Dog. Es un charlat&aacute;n indignista-ignorantista, o sea un sabelotodista, que vocifera posiciones inamovibles, como de clavo sin cabeza clavado en las cabreadas de los lugares comunes, siempre que estos sean prueba fehaciente de intolerancia. 
    </p><p class="article-text">
        Lo recibe, lo apa&ntilde;a y quiz&aacute;s le pague bien <strong>Alejandro Fantino</strong> en <em>Neura</em>, donde el ser humano Dog es columnista, o m&aacute;s bien la columna en la que Fantino se rasca y se apoya para ofrecernos simulacros de posiciones moderadas, de contenci&oacute;n del Dog, all&iacute; donde el Dog quiere salir a matar gente. 
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; es el negocio del entretenimiento s&oacute;rdido: reproducir y amplificar exponencialmente las discusiones y las diferencias de la vida cotidiana. En el caso de Fantino, gratis, &iquest;qu&eacute; duda hay? S&oacute;lo lo hace para honrar, como siempre, al pueblo en el que naci&oacute;, a los amigos de toda la vida, a los &ldquo;gringos&rdquo; santafesinos que son el techo de la especie, a los c&oacute;digos de varones con calle y barrio, y -&uacute;ltimamente- a la querida Universidad de Buenos Aires, donde se recibi&oacute; de Nietzsche y de Newton. &nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Otto Dog le expresa sus &ldquo;pensamientos&rdquo; sobre el asesinato de D&iacute;az: &ldquo;Te tienen que respetar, Ale&rdquo;, en alusi&oacute;n a lo bien que se hizo respetar Moreno, rev&oacute;lver en mano. Fantino, ya embutido en el personaje ideado para simular la contenci&oacute;n de Dog pero permiti&eacute;ndole que destile hasta la &uacute;ltima gota de su salvajismo, que tambi&eacute;n parece simulado, le contesta: &ldquo;Respetame vos, que estoy poniendo m&uacute;sica&rdquo;. Y ah&iacute; ya comienza el show, en el que pasan de una discusi&oacute;n sobre un tema tr&aacute;gico a una farsa de discusi&oacute;n entre ellos. Fantino de un lado, Otto Dog del otro y, en el medio, la sensaci&oacute;n nauseabunda de que no les importa aquello de lo que est&aacute;n hablando, sino que las posiciones que simulan mantener est&eacute;n lo suficientemente distanciadas para que nada pueda acercarlas. Est&aacute;n captando visualizaciones. 
    </p><p class="article-text">
        Otto Dog cuenta que una vez sali&oacute; de su casa de San Isidro a romperle el parlante con un palo a un vecino que escuchaba m&uacute;sica con el volumen alto. Fantino, que una vez que entra en al personaje le cuesta salir, sigue encarnando al que escucha m&uacute;sica: &ldquo;Ven&iacute;s a apagarme el parlante con un palo. Pero &iquest;qui&eacute;n sos, boludo?&rdquo;. Otto Dog, replica: &ldquo;Y vos, &iquest;qui&eacute;n sos, que me pon&eacute;s el parlante y no me dej&aacute;s hablar?&rdquo;. Finalmente, Fantino, volviendo en s&iacute;, digamos en la realidad de Neura, le dice a Otto Dog sonriendo, su manera de aprobar la performance: &ldquo;Est&aacute;s mal, boludo&rdquo;. La obra termina. Los dos &ldquo;bandos&rdquo;, el de los que mueren y el de los que matan, han sido equitativamente defendidos.
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cansas-mato_129_11932389.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Dec 2024 03:00:21 +0000]]></pubDate>
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