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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Jack Kerouac]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Jack Kerouac]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La droga del encuentro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/droga-encuentro_129_11942880.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a304fadc-1652-44aa-ba2f-cdf24018882f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La droga del encuentro"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">William Burroughs escribió "Queer" en 1952, durante meses marcados por la convivencia con Jack Kerouac, la corrección de "Yonqui" y su defensa legal por el asesinato de su esposa Joan Vollmer en un episodio que Kerouac describió como “una de las grandes escenas malditas de la historia de la literatura”. La novela llega ahora al cine.</p></div><p class="article-text">
        <strong>William Burroughs</strong> tard&oacute; unos meses de 1952 en escribir la primera versi&oacute;n de su segunda novela, <em>Queer,</em> y treinta y tres a&ntilde;os en decidirse a publicarla luego de la venta del original mecanografiado en seis tipos de papel diferentes a un coleccionista de Liechtenstein, de la providencial intervenci&oacute;n de la Biblioteca P&uacute;blica de Nueva York para recuperarlo y de los U$S 100 mil que puso en 1985 el agente <strong>Andrew Wylie</strong>, alias El Chacal, para hacerle m&aacute;s llevadero el costo material de la tercera edad. Es lo que cuenta en <strong>Oliver Harris</strong> en su extenso pr&oacute;logo a la edici&oacute;n de Anagrama de 2009.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En esos meses de 1952, Burroughs compart&iacute;a casa y m&aacute;quina de escribir con <strong>Jack Kerouac</strong>, hab&iacute;a vuelto al pichicateo regular de hero&iacute;na, y estaba corrigiendo su primera novela para Ace Books, <em>Yonki. </em>a la que engord&oacute; con pasajes que estaba escribiendo para <em>Queer</em>, cuyo proyecto la editorial rechaz&oacute; de entrada. 
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                </figure><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n se presentaba todos los lunes a la ma&ntilde;ana a la guardia de la c&aacute;rcel de Lecumberri para dar prueba de vida y permanencia obligada en M&eacute;xico D.F., mientras se defend&iacute;a en la justica de haber matado de un balazo a su mujer, <strong>Joan Vollmer</strong>, a pocos metros de donde estaban el hijo de ambos, el peque&ntilde;o <strong>William Burroughs Jr.</strong>, de cuatro a&ntilde;os, y el estudiante norteamericano <strong>Lewis Marker</strong>, de veintiuno, al que Burroughs empezaba a acosar.
    </p><p class="article-text">
        Al parecer (esta versi&oacute;n fue y vino muchas veces), el matrimonio estaba drogado y borracho, para variar, Burroughs dispar&oacute; el arma contra un vaso apoyado en la cabeza de Vollmer y le fall&oacute; la punter&iacute;a, m&aacute;s no el inconsciente, como le reconoci&oacute; mucho tiempo despu&eacute;s a <strong>Allen Ginsberg</strong>. Y as&iacute; fue como se escribi&oacute; con sangre una de las grandes escenas malditas de la historia de la literatura, de cuyos protagonistas es f&aacute;cil determinar qui&eacute;n arriesg&oacute; todo y qui&eacute;n se asegur&oacute; la supervivencia jugando a la ruleta rusa con una cabeza prestada. 
    </p><p class="article-text">
        Durante la escritura de <em>Queer</em>, Burroughs convivi&oacute; con dos pesadillas: el fantasma de Vollmer, &ldquo;que locamente sigue viviendo y vibrando dentro de &eacute;l&rdquo;, seg&uacute;n Kerouac; y &ldquo;el dolor lacerante del deseo ilimitado&rdquo; por Marker. A la adicci&oacute;n a la hero&iacute;na, m&aacute;s que una pesadilla, quiz&aacute;s sea mejor considerarla una herramienta del surrealismo qu&iacute;mico, aquello que le da de entrada a la obra de Burroughs un registro perceptivo cercano a la imaginaci&oacute;n de <strong>Luis Bu&ntilde;uel</strong> y a las experiencias vitales de <strong>Jean Cocteau</strong>, que vio en el opio &ldquo;una euforia superior a la de la salud&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando se public&oacute; <em>Queer</em>, Burroughs quiso bajarle el precio catalog&aacute;ndola como &ldquo;un viaje, la forma m&aacute;s antigua de la novela, que se remonta a <strong>Petronio</strong>&rdquo;, pionero de la literatura de peripecias homosexuales.&nbsp;Pero cuando la escribi&oacute; fue el diario de su deseo desesperado por Marker, que ya hab&iacute;a regresado a su pueblo, Jacksonville, en enero de 1952 y no le contestaba las cartas, sin que esa deserci&oacute;n tajante dejara de abrigar esperanzas de amor eterno en Burroughs, raz&oacute;n por la que nunca termin&oacute; la novela, ni imagin&oacute; su final: &ldquo;Quiz&aacute; el final&nbsp;no haya ocurrido todav&iacute;a&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Escrib&iacute; <em>Queer</em> para Marker&rdquo;, dijo Burroughs. Le falt&oacute; decir: para tenerlo cautivo en un libro que no pudo cerrar durante treinta y tres a&ntilde;os y que una vez que lo hizo fue, parad&oacute;jicamente, para <em>abrirlo.</em> 
    </p><p class="article-text">
        Marker es su inspiraci&oacute;n, su personaje y su lector; y el motivo de la fascinaci&oacute;n de Burroughs, la &ldquo;raz&oacute;n&rdquo; de la locura de su amor, consiste en la necesidad desesperada de entrar en &eacute;l, nadar como quien dice en el interior de Marker quien, para probar el comportamiento un poco animal y tambi&eacute;n un poco c&oacute;smico del objeto deseado, lo tiene &ldquo;ah&iacute;&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La adaptaci&oacute;n cinematogr&aacute;fica de <em>Queer</em> realizada por <strong>Luca Guadagnino</strong> tiene el m&eacute;rito, incluso la delicadeza, de leer la novela de Burroughs bajo un estricto sentido de comprensi&oacute;n. Adapta la novela <em>para entenderla</em>, un gesto mil veces m&aacute;s art&iacute;stico que el de imponerse sobre ella. Y para que esa relaci&oacute;n entre el texto original (totalmente manipulado entre 1952 y 1985, a tal punto que se recuperan escenas &ldquo;prestadas&rdquo; <em>a Yonqui</em>) y la pel&iacute;cula puedan encontrarse, Guadagnino va dejando de lado los impactos superfluos del burrouhgsismo. Nada de volver a enchufar la m&aacute;quina de humo para que vuelvan los &ldquo;gestos&rdquo; espectaculares del autor, desde los aspectos sobreanecd&oacute;ticos de su vida hasta la pesadez del <em>cut up</em>, ese sampleo de la lengua un poco bobo que ni siquiera invent&oacute; &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Lo que Guadagnino intenta conservar bajo el r&eacute;gimen de belleza visual &ldquo;impura&rdquo; que es su marca, es lo que queda de literatura en Burroughs, lo que no se va: el lecho del r&iacute;o por el que corre la aventura. Para detectar all&iacute; dos dramas. El primero, el de la literatura propiamente dicha, que un escritor &ldquo;de la vida&rdquo; como Burroughs no pod&iacute;a no sentir: escribir de verdad (bien o mal: eso no importa) es un problema. Mientras escribe <em>Queer</em>, le dice a Allen Ginsberg: &ldquo;&laquo;La escritura siempre debe&nbsp;ser un <em>intento</em>. La Cosa misma, el proceso en el nivel subverbal, siempre elude al escritor. Todav&iacute;a no existe un medio adecuado para m&iacute;, a menos que lo invente&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El segundo drama, el dram&oacute;n (del que el primero es quiz&aacute;s el efecto), que no es literario ni cinematogr&aacute;fico sino vital, sucede por seguir la pista del deseo, sea para vivirlo o para escribirlo. El deseo opera en el agua, se escurre de la vista y hasta de la memoria, y vuelve cuando quiere; es un vapor, una sombra y, sin embargo, es algo. Algo espectral que Guadagnino representa de manera alucinada como una transparencia en movimiento: el alma que sale del cuerpo. Es la voluntad infructuosa de tocar algo, de llegar a alg&uacute;n lado, que deja el impulso -siempre insuficiente, por grande que sea- a mitad de camino. Si algo dice la pel&iacute;cula de Guadagnino sobre el deseo es que, como la flecha del tiempo, nunca da en la diana. 
    </p><p class="article-text">
        A ese recurso de sombras fantasmales propias del arte alucinatorio de Burroughs, en el que el lenguaje silencioso que habla es menos una imagen que un idioma de luces que se deprenden de ella o van a ella (como si el deseo, imposible de ser materializado, no pudiese aspirar a otra cosa que vivir como idea), se le agrega la &ldquo;fusi&oacute;n&rdquo;. Desear desesperadamente como lo hace el delegado de Burroughs en la novela, llamado William Lee, consiste en querer integrarse a la persona amada a nivel molecular. 
    </p><p class="article-text">
        Guadagnino les hace bailar a <strong>Daniel Craig</strong> (la extraordinaria bestia dram&aacute;tica que absorbe juntos hasta dejarlos secos a Burroughs y a Lee) y a <strong>Drew Starkey</strong>, avatar de Marker bajo el nombre de Eugene Allerton, una danza de penetraci&oacute;n mental y carnal mutua, en la que la consecuente fusi&oacute;n de almas pone en rid&iacute;culo los encuentros sexuales hardcore que los protagonistas han venido teniendo. Por algo Lee se pone pesado para obtener el yag&eacute;, la falopa org&aacute;nica que sale a buscar al Ecuador arrastrando a Allerton. No le interesan las drogas sino la telepat&iacute;a, que es el arte -o la naturaleza- de la revelaci&oacute;n sin lenguaje. Eso es lo que nos hace falta a cambio de hablar sin sentido. Porque, como dice Burroughs en el pr&oacute;logo a <em>Yonqui</em>: &ldquo;No existe clave, no hay&nbsp;secreto que el otro tenga y que pueda comunicar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Luca Guadagnino, sin temor de condescender a lo que la literatura de Burroughs tiene de &ldquo;anormal&rdquo;, ni a perderse en los saltos t&iacute;picos de un novelista que hizo de la imposibilidad de experimentar la continuidad una vanguardia, encausa todos los relieves de <em>Queer</em>, que son muchos, hacia el presentimiento de que el tema de Burroughs no es el rencor contra el lenguaje, ni las drogas, ni las armas, ni el espinel de textos sobre el deseo homosexual y su contenci&oacute;n. Es, y se dir&iacute;a que lo es casi exclusivamente, la soledad y, por a&ntilde;adidura, el temor a la soledad y la b&uacute;squeda llam&eacute;mosle heroin&oacute;mana de compa&ntilde;&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula sabe encontrar, comprender y componer dram&aacute;ticamente esa necesidad disfrazada de dandismo. Es una pel&iacute;cula que <em>lee</em>.&nbsp;Una prueba de esto, entre muchas, sucede cuando lo vemos a Daniel Craig en un largo travelling, desplaz&aacute;ndose en c&aacute;mara lenta, sabio para caminar si pudiera caber el concepto. De fondo, o mejor dicho adentro del espectador, se oye <em>Come as your are</em>, de <strong>Nirvana</strong>. Se llame uno Craig, Burroughs o Guadagnino, lo que vemos es que todo el mundo est&aacute; en esa escena en la que la soledad sale a fundirse con la compa&ntilde;&iacute;a.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/droga-encuentro_129_11942880.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Jan 2025 03:07:11 +0000]]></pubDate>
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