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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Anora]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/anora/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Anora]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Fronteras porosas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fronteras-porosas_129_12057650.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fc6b2ac9-928d-4970-b560-1bcb5a3def8f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fronteras porosas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La economización de las relaciones hace cada vez más difícil distinguir qué es trabajo sexual y qué no lo es. O será que esa confusión siempre existió y simplemente ahora la estamos aceptando. </p></div><p class="article-text">
        Me sorprende, entre todo lo que estuve leyendo sobre los Oscar, no haber encontrado ning&uacute;n art&iacute;culo que pusiera en relaci&oacute;n a <em>Queer </em>de <strong>Luca Guadagnino</strong> con <em>Anora </em>de <strong>Sean Baker</strong>. Es verdad que la pel&iacute;cula de Guadagnino no recibi&oacute; ninguna nominaci&oacute;n, pero ese ninguneo fue noticia en s&iacute; mismo y, de todos modos, m&aacute;s all&aacute; de la competencia por los premios, es llamativo que dos de las pel&iacute;culas m&aacute;s comentadas de los &uacute;ltimos meses tuvieran en el centro de sus narrativas la relaci&oacute;n entre el sexo, el dinero y el amor. 
    </p><p class="article-text">
        El tema es, por supuesto, m&aacute;s expl&iacute;cito en <em>Anora</em>, en la que una prostituta de veintitr&eacute;s a&ntilde;os (que lleva el nombre de la pel&iacute;cula, pero se hace llamar Ani) se ve envuelta en una relaci&oacute;n con un heredero ruso que le pinta todo color de rosa, por un tiempo, hasta que las cosas se complican con sus padres y la pobre Anora es devuelta a la realidad de un golpe seco. <em>Queer</em>, en cambio, es una adaptaci&oacute;n de una novela hom&oacute;nima de <strong>William S. Burroughs</strong>, protagonizada por un gay cincuent&oacute;n norteamericano en la d&eacute;cada del cincuenta que se la pasa girando (se lee <em>yirando</em>, como se pronuncia en la acepci&oacute;n espec&iacute;fica del t&eacute;rmino en la comunidad homosexual) por Ciudad de M&eacute;xico hasta que se enamora de un joven soldado. El trabajo sexual no se lee necesariamente de manera tan expl&iacute;cita, pero s&iacute; aparece la cuesti&oacute;n del enredo entre cuerpos y recursos: William Lee, este protagonista encarnado de manera magistral por el ex Bond <strong>Daniel Craig</strong>, es el arquetipo del gay platudo de cierta edad que utiliza el dinero que tiene a disposici&oacute;n (por razones que jam&aacute;s se explican) para garantizarse la compa&ntilde;&iacute;a de jovencitos que, de otro modo, parece suponer &eacute;l mismo, no le regalar&iacute;an su tiempo, o lo har&iacute;an de manera mucho menos generosa (hay, para hablar de un arquetipo que va m&aacute;s all&aacute; del personaje, un gag recurrente sobre un amigo de Lee al que los bellos efebos con los que se acuesta siempre lo terminan robando). 
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                </figure><p class="article-text">
        Lo que me interes&oacute; del link entre ambas pel&iacute;culas es que pienso que, justamente, las dos se ocupan de las l&iacute;neas borrosas entre el trabajo sexual y el sexo a secas, o peor, entre el trabajo sexual y el afecto, el reconocimiento o incluso el amor. Tanto en <em>Queer</em> como en <em>Anora </em>lo interesante sucede cuando las interacciones entre las personas se corren de los extremos, de los casos paradigm&aacute;ticos de relaci&oacute;n econ&oacute;mica o relaci&oacute;n libre de intercambio. No hay conflicto ni drama en las primeras escenas de <em>Anora</em>, en las que la protagonista (la revelaci&oacute;n <strong>Mikey Madison</strong>) ofrece un servicio con una tarifa precisa y t&eacute;rminos claros, que el casi adolescente Vanya Zakharov contrata. La cuesti&oacute;n se vuelve compleja una vez que &eacute;l la contrata por una semana entera, la lleva a fiestas y a viajes y a conocer a sus amigos; y m&aacute;s todav&iacute;a cuando le propone matrimonio y la relaci&oacute;n econ&oacute;mica pasa de ser expl&iacute;cita y medida a ser m&aacute;s abstracta, cuando Anora puede ilusionarse con graduarse de prostituta a esposa mantenida. De manera similar, pero en un recorrido inverso, la relaci&oacute;n entre Lee y Allerton, el muchacho del que Lee est&aacute; perdidamente enamorado, se pone rara cuando Lee propone irse juntos a Sudam&eacute;rica a cambio de pagarle todos los gastos. 
    </p><p class="article-text">
        Otra vez, la frontera porosa: si esta propuesta fuera tan clara como yo acabo de hacerla parecer no habr&iacute;a pel&iacute;cula, pero tanto el guion como la actuaci&oacute;n de Craig hacen que esa escena sea una cruza indistinguible entre una oferta econ&oacute;mica y una demanda de amor. Estos l&iacute;mites borrosos son el centro del atractivo sensual tanto de <em>Anora </em>como de<em> Queer</em>: le dan dimensi&oacute;n a sus tramas, capas a sus personajes y a las relaciones entre ellos, y ti&ntilde;en la atm&oacute;sfera de una suerte de sospecha sempiterna, una duda insoportable sobre lo que es cierto y lo que es negocio. 
    </p><p class="article-text">
        Creo, tambi&eacute;n, que en ese terreno l&iacute;mite los espectadores nos identificamos con estos protagonistas tan improbables de maneras muy inc&oacute;modas. Tanto <em>Anora</em> como <em>Queer </em>(aunque la segunda mucho m&aacute;s que la primera) son expl&iacute;citamente fantas&iacute;as, cuentos de hadas, con mucha m&aacute;s aspiraci&oacute;n de belleza que de realismo; pero eso no les impide (quiz&aacute;s, de hecho, todo lo contrario) acercarse a verdades fundamentales, sobre todo a partir de las grandes actuaciones de sus protagonistas. 
    </p><p class="article-text">
        La verdad fundamental que construyen Mikey Madison y Daniel Craig es la de la vulnerabilidad: podemos vernos en ellos porque incluso en la m&aacute;s calculadora de nuestras facetas, incluso si nos sentimos capaces de decirle a un heredero ruso que para pasar una semana con &eacute;l necesitamos quince mil d&oacute;lares y no diez mil, sabemos que nunca podr&iacute;amos disociarnos del todo. Eso es lo que, justamente, no pueden hacer estos protagonistas: si pudieran, como los personajes de la serie <em>Severance</em>, volverse robots en ciertas instancias de la vida, todo ser&iacute;a m&aacute;s sencillo: pero todo el punto es que no pueden, que sus sensibilidades est&aacute;n prendidas hasta en los momentos en que menos les conviene. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que no es raro que en esta &eacute;poca queramos ver estas historias: incluso quienes no tenemos pensado abrirnos un Only Fans podemos sentir que ya es imposible que la conversi&oacute;n de todo en econom&iacute;a y consumo no empape nuestros v&iacute;nculos; quiz&aacute;s, de hecho, sobre todo quienes no tenemos Only Fans nos sentimos m&aacute;s confundidos con el asunto. Porque es interesante lo que pasa: por un lado, la economizaci&oacute;n de los v&iacute;nculos genera la expansi&oacute;n de nuevas modalidades del trabajo sexual que pueden ser mucho menos vinculantes. Una puede vender contenido sexual sin jam&aacute;s verle la cara a un cliente; una puede, tambi&eacute;n, armarse listas de regalos en distintas apps, o exigirle a un hombre de maneras m&aacute;s o menos sutiles que le vaya comprando o pagando cada vez m&aacute;s cosas, sin jam&aacute;s tener que ensuciarte las manos con dinero. Por otro lado, esa misma ampliaci&oacute;n genera una incertidumbre tremenda: se va haciendo cada vez m&aacute;s dif&iacute;cil distinguir qu&eacute; es trabajo sexual y qu&eacute; no lo es. O quiz&aacute;s siempre fue dif&iacute;cil, y ahora solamente lo estamos empezando a aceptar; al fin y al cabo, <em>Queer</em> es una adaptaci&oacute;n de una novela de los a&ntilde;os cincuenta, y <em>Anora</em> ilumina con una claridad simple y di&aacute;fana esa tesis de <strong>Virginie Despentes</strong> seg&uacute;n la cual una esposa puede no ser mucho m&aacute;s que una prostituta de un solo cliente. 
    </p><p class="article-text">
        La pregunta que me qued&oacute; dando vueltas es por qu&eacute; <em>Anora</em> me pareci&oacute; tanto m&aacute;s triste y menos luminosa que <em>Queer</em>. Quiz&aacute;s es tan sencillo como que en <em>Queer</em> seguimos a un tipo rico, y en <em>Anora </em>a una chica pobre. Pero mi sensaci&oacute;n es que hay algo m&aacute;s. <em>Queer</em>, en una tradici&oacute;n, efectivamente, queer, parece tener fe en la posibilidad de que en relaciones mediadas por la precariedad, la clandestinidad, el estigma, la violencia y el c&aacute;lculo aparezca tambi&eacute;n el amor verdadero; en <em>Anora</em>, en cambio, esa ilusi&oacute;n parece una fantas&iacute;a infantil. De hecho, en Anora, es una confusi&oacute;n que solo puede aparecer por la belleza del cine; no aparece en los personajes, que nunca se dan un beso demasiado verdadero, nunca se conocen en profundidad ni se miran a los ojos. M&aacute;s all&aacute; de qu&eacute; pel&iacute;cula le guste a cada quien, creo que se juega algo importante sobre este tiempo en la pregunta de cu&aacute;l de ellas tiene m&aacute;s raz&oacute;n sobre el mundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fronteras-porosas_129_12057650.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Feb 2025 03:05:38 +0000]]></pubDate>
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