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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Chet Baker]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Chet Baker]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Ying + Yang = Jazz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ying-yang-jazz_129_12075693.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5f65b905-1bc9-44fb-a68f-731924df96e6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ying + Yang = Jazz"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dos reediciones recientes ponen en escena el extraño arte de Gerry Mulligan, un músico inconfundible que se especializó en juntarse con sus contrarios y lograr amalgamas perfectas.</p></div><p class="article-text">
        Nada parec&iacute;a unir al pianista que llevaba la palabra Esfera como segundo nombre &ndash;y un primero, Thelonious, no menos raro&ndash; con el &uacute;nico saxofonista capaz de improvisar contrapuntos elaborados, de pensar como orquestador mientras tocaba y, de paso, convertir en solista al m&aacute;s ingrato de los saxos, el gigantesco bar&iacute;tono. Ambos, <strong>Thelonious Sphere Monk</strong> y <strong>Gerry Mulligan</strong>, fundaron la modernidad del jazz, pero ambos lo hicieron de maneras aparentemente antag&oacute;nicas. Uno desde la rugosidad, la aspereza, el choque, las rupturas; el otro desde la elegancia extrema, la fluidez en la frase, el timbre aterciopelado. 
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        Sin embargo, se parec&iacute;an. En los dos emerg&iacute;a el di&aacute;logo entre pasado y presente. Esa mano izquierda de Monk que remit&iacute;a al <em>stride</em> de los pianistas fundadores, <strong>James P. Johnson</strong>, <strong>Earl Hines, Fats Waller</strong>. Ese esp&iacute;ritu <em>&agrave; la</em> New Orleans, ese placer por la coexistencia de varias l&iacute;neas mel&oacute;dicas simult&aacute;neas, por parte del saxofonista. Y, sobre todo, un uso absolutamente libre de las disonancias, pensadas siempre como color o como efecto de acentuaci&oacute;n m&aacute;s que como recurso para moverse de unos acordes &ndash;y de unas tensiones&ndash; a otros. En 1957 tocaron juntos. El disco se llam&oacute; <em>Mulligan Meets Monk</em>. El pianista hab&iacute;a incluido en sus grupos a varios grandes saxofonistas: <strong>Sahib Shihab</strong>, <strong>Lou Donaldson</strong>, <strong>Sonny Rollins</strong>, <strong>Frank Foster</strong>, y a principio de ese mismo a&ntilde;o, <strong>John Coltrane</strong>.&nbsp;Y, con todos ellos, m&aacute;s all&aacute; de momentos musicalmente extraordinarios, hab&iacute;a siempre una especie de desacomodo. Todo sonaba bien, pero lo fragmentario de Monk, sus acentuaciones, no aparec&iacute;an en los solos de sus compa&ntilde;eros. Podr&iacute;a decirse que Mulligan, llegando desde otro lado, fue el primero que pudo integrar su estilo en el del pianista. Que encontr&oacute; una nueva cosa que, sin embargo, los inclu&iacute;a a ambos.
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        Ese no fue el &uacute;nico caso. El otro, donde las contradicciones eran menos evidentes, tuvo que ver con una de las alianzas musicales m&aacute;s importantes de la historia del jazz, la de Mulligan con el trompetista <strong>Chet Baker</strong>. El propio saxofonista lo puso en palabras: &ldquo;Cuando toqu&eacute; con &eacute;l sent&iacute; una conexi&oacute;n de una naturaleza que no hab&iacute;a sentido nunca antes y que sent&iacute; muy pocas veces despu&eacute;s&rdquo;. Ese encuentro, que hab&iacute;a sucedido cinco a&ntilde;os antes, fue tan milagroso como improbable (de eso se tratan los milagros, al fin y al cabo). Uno era neoyorquino, hab&iacute;a estudiado piano y clarinete, tocaba todos los saxos, aunque se especializ&oacute; en el bar&iacute;tono, y ya a los 19 a&ntilde;os era un orquestador de importancia (con <strong>Gene Krupa</strong> y con <strong>Clade Thornhill</strong>). El otro hab&iacute;a nacido en Oklahoma, era casi autodidacta y, seg&uacute;n sus detractores (<strong>Miles Davis</strong> entre ellos) no ten&iacute;a otras virtudes que ser blanco y bonito. Baker se sum&oacute; al grupo con el que Mulligan ven&iacute;a tocando en The Haig, un peque&ntilde;o club de Wilshire Boulevard, en Los Angeles, en 1952, muy poco despu&eacute;s de su debut con la orquesta de <strong>Vido Musso</strong>. Y el grupo &shy;&ndash;un experimento; un cuarteto sin piano (o con el piano como instrumento muy ocasional, tocado por el propio Mulligan)&ndash;, cre&oacute; instant&aacute;neamente una est&eacute;tica y un modelo para el futuro. Adem&aacute;s de varias versiones admirables que quedaron para siempre como referencia obligada. 
    </p><p class="article-text">
        En la &uacute;ltima semana, acaban de publicarse dos reediciones notables, ambas con una restauraci&oacute;n sonora ejemplar. Una, la de <em>Mulligan Meets Monk</em>, fue realizada por el sello Craft, que tamb&eacute;n por estos d&iacute;as ha restaurado <em>The Lamb Lies Down On Broadway de Genesis</em> (en Spotify se encuentra, por ahora, una sola pista) y <em>Celia &amp; Johnny</em>, de <strong>Celia Cruz</strong> con <strong>Johnny Pacheco</strong>.
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    </figure><p class="article-text">
        La otra, que agrupa todas las grabaciones conjuntas de Mulligan y Baker en la d&eacute;cada de 1950 &ndash;<em>The Complete Gerry Mulligan Quartet with Chet Baker 1952.1957</em>&ndash;, incluyendo las registradas en vivo, las del breve Tentete (&iquest;ser&aacute; decaeto su traducci&oacute;n correcta?), las que suman a <strong>Lee Konitz</strong> en saxo alto y aquellas con la cantante <strong>Annie Ross</strong> (la misma del c&eacute;lebre grupo vocal <strong>Lambert, Hendricks &amp; Ross</strong>), se trata de una colecci&oacute;n de cinco discos curada y trabajada sonoramente con obsesiva meticulosidad por una editora argentina, Lantower, y lleva la marca SVR Sound (las iniciales de Sarfati Vila Restored Sound, el t&aacute;ndem virtuoso conformado por <strong>Roberto Sarfati</strong> y <strong>Diego Vila</strong>). 
    </p><p class="article-text">
        Mucho de ese material se consegu&iacute;a con anterioridad &ndash;no todo en las plataformas de streaming&ndash; pero nunca junto, ordenado con criterio, con informaciones precisas (toda una rareza para Spotify: en este caso la leyenda de cada pista incluye las fechas de grabaci&oacute;n de cada una de ellas) y, sobre todo, con una nitidez sonora, una claridad de planos y un detalle que las tomas originales, en muchos casos, como las realizadas en el club The Haig, sumamente precarias, hac&iacute;an parecer imposibles. Aqu&iacute; se hacen presentes las escobillas y el golpe de los palos contra los parches de la bater&iacute;a, las l&iacute;neas del contrabajo e, incluso, los tarareos de <strong>The Click Clock</strong>, un peque&ntilde;o coro que canta casi para s&iacute; &ndash;es posible que en las actuaciones de The Haig no tuviera micr&oacute;fono&ndash; y que en otras ediciones resulta inaudible (aqu&iacute; se lo oye con claridad en todos los registros del 20 de mayo de 1953, incluyendo las hist&oacute;ricas versiones de &ldquo;Darn That Dream&rdquo; y de lo que ser&iacute;a para siempre un cl&aacute;sico: &ldquo;My Funny Valentine&rdquo;.
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    </figure><p class="article-text">
        El material aqu&iacute; reunido abarca todos los registros realizados por el cuarteto que, entre 1952 y 1953 grab&oacute; regularmente para los sellos Pacific y Fantasy. En 1953, tocaron en The Haig con el agregado de Konitz en saxo alto y Baker integr&oacute;, tambi&eacute;n, el tentet creado por Mulligan (del que formaban parte otros grandes m&uacute;sicos, como el trompetista <strong>Pete Candoli</strong> y el saxofonista <strong>Bud Shank</strong>. Despu&eacute;s, Mulligan fue preso por una cuesti&oacute;n de drogas (y algunos dicen que por culpa de Baker) y el trompetista comenz&oacute; a hacerse famoso y a ser el centro de una especie de locura colectiva &ndash;lo que enfureci&oacute; a&uacute;n m&aacute;s a Miles Davis&ndash;. Y ya nada volvi&oacute; a ser como antes, aunque tocaron nuevamente juntos en 1957 y, ese mismo a&ntilde;o grabaron con la cantante Annie Ross. 
    </p><p class="article-text">
        Salvo por una reuni&oacute;n en el Carnegie Hall, en noviembre de 1974 &ndash;con un debutante <strong>John Scofield </strong>en la guitarra el&eacute;ctrica&ndash;, ese conjunto de registros de la d&eacute;cada de 1950 es todo lo que qued&oacute; grabado de ellos tocando juntos y esta es la mejor edici&oacute;n posible. Se trata de un cuerpo de una homogeneidad deslumbrante. No hay all&iacute; notas que sobren. Y el juego y la interrelaci&oacute;n entre ambos solistas es una fuente permanente de sorpresas &ndash;y de placer&ndash;. Se trata, ni m&aacute;s ni menos, que de la quintaesencia de lo que el mundo identifica como <em>cool jazz</em>. Y, como se escucha con claridad, &ldquo;cool&rdquo;, para el jazz, significa fino, arreglado, preciso, elegante, pero jam&aacute;s &ldquo;fr&iacute;o&rdquo;.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ying-yang-jazz_129_12075693.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Feb 2025 11:41:41 +0000]]></pubDate>
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