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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Pumper Nic]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/pumper-nic/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Pumper Nic]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Pumper Nic y la loca idea de vender hamburguesas en el país del bife de chorizo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/pumper-nic-loca-idea-vender-hamburguesas-pais-bife-chorizo_1_12091775.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0b0b661d-7bd0-4730-b9e7-cf735001755b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pumper Nic y la loca idea de vender hamburguesas en el país del bife de chorizo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En "Un sueño made in Argentina. Auge y caída de Pumper Nic", la periodista Solange Levinton retrata mucho más que la historia de la primera casa de comidas rápidas del país. El libro, que ganó la III edición del Premio de No Ficción Libros del Asteroide, es una radiografía de la vida económica y social de las últimas décadas. Aquí un adelanto.</p></div><p class="article-text">
        Alfredo Lowenstein camina por Miami Beach con la mirada perdida en el horizonte. Es 1971 y no es com&uacute;n ver&nbsp; a un argentino por esas costas de arena blanca y palmeras: viajar al exterior todav&iacute;a es un privilegio al que solo&nbsp; acceden las personas de mucho dinero como &eacute;l, que a los&nbsp;veintisiete a&ntilde;os trabaja para los hoteles que compr&oacute; su&nbsp; padre en la Florida. El resto del tiempo vive en un barrio&nbsp;residencial de calles arboladas en la zona norte de la provincia de Buenos Aires, donde junto a su hermano gestiona Lamar, el frigor&iacute;fico de la familia, uno de&nbsp;los grandes exportadores de carne vacuna y equina&nbsp;de Argentina.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cualquiera podr&iacute;a suponer que tiene la vida resuelta&nbsp; mientras pasea bajo el sol del mediod&iacute;a junto a sus dos&nbsp; hijos peque&ntilde;os y Diana, su esposa y gran amor desde&nbsp;la adolescencia. Sin embargo, Alfredo siente que le falta&nbsp;algo crucial: probarse como empresario con un negocio&nbsp;propio.
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                Vender hamburguesas en el país de los bifes de chorizos. La idea resultaba descabellada pero funcionó durante dos décadas hasta que la globalización acabó con Pumper Nic.                            </span>
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        Su padre mont&oacute; un imperio econ&oacute;mico literalmente&nbsp;de cero. Su hermano mayor cre&oacute; la primera f&aacute;brica de&nbsp;hamburguesas de la Argentina cuando ten&iacute;a veinte a&ntilde;os.&nbsp;Su hermano del medio fund&oacute; un moderno frigor&iacute;fico de&nbsp;pollos en la provincia de Entre R&iacute;os. &Eacute;l, que es el menor,&nbsp; todav&iacute;a est&aacute; buscando la idea perfecta para convertirse&nbsp;en un portador leg&iacute;timo del apellido Lowenstein.&nbsp; De pronto, las voces de sus hijos, Diego y Paula, se cuelan entre sus pensamientos y lo devuelven a la realidad.&nbsp; Quieren almorzar y piden lo mismo de siempre: hamburguesas con papas fritas. Ni &eacute;l ni su esposa se resisten,&nbsp; despu&eacute;s de todo esa es una forma pr&aacute;ctica de resolver&nbsp;el asunto en Miami, donde siempre hay alguna opci&oacute;n&nbsp;cerca. Minutos despu&eacute;s, ya est&aacute;n los cuatro en la fila de un <em>fast food </em>para hacer el pedido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A sus hijos les encanta. A menos que se encuentren en el extranjero, para los argentinos no es posible comer&nbsp;en McDonald&rsquo;s o Burger King. Esa clase de cadenas, que&nbsp;llevan dos d&eacute;cadas multiplic&aacute;ndose por Estados Unidos,&nbsp;hace apenas cuatro a&ntilde;os que comenzaron a cruzar la&nbsp; frontera hacia destinos dispersos como Canad&aacute;, Jap&oacute;n, Costa Rica o Alemania. Pero en Argentina todav&iacute;a no&nbsp;existen. Eso significa que mientras Diego y Paula piden&nbsp;con ilusi&oacute;n el men&uacute; de siempre, lo m&aacute;s probable es que&nbsp;en su pa&iacute;s, si alguien sabe en qu&eacute; consiste esta manera&nbsp; de comer, lo sepa por pel&iacute;culas como <em>American Graffi ti </em>o historietas como <em>Archie</em>. Lo m&aacute;s r&aacute;pido y parecido&nbsp; a un autoservicio gastron&oacute;mico que hay en Buenos&nbsp; Aires es la posibilidad de comer pizza de pie junto al&nbsp; mostrador.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Alfredo espera en la fila. Los empleados de esa cocina,&nbsp; que funciona como una cadena de montaje, ensamblan&nbsp; el pedido a la vista de todos y, en menos de cinco minu tos, ya est&aacute; listo. Lleva las bandejas hasta una mesa para&nbsp; cuatro y Diana reparte los paquetes de hamburguesas&nbsp; entre sus hijos que, r&aacute;pidamente, convierten el almuerzo en un despliegue festivo de papeles grasosos, vasos&nbsp; desechables y papas fritas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es un mediod&iacute;a como tantos otros. A su alrededor la&nbsp; gente entra, pide, paga, come y se va. Abstra&iacute;do, Alfredo&nbsp;observa desde su silla ese circuito predecible y virtuoso&nbsp; como si reci&eacute;n lo descubriera. Ve a los clientes pidiendo&nbsp; comida, las m&aacute;quinas registradoras facturando sin tregua, el mobiliario de colores vivos, las mesas con familias, amigos, parejas y j&oacute;venes que parecieran divertirse y&nbsp; entonces, finalmente, se da cuenta. El proyecto que estaba buscando hab&iacute;a estado siempre ah&iacute;, frente a sus ojos,&nbsp; disponible para cualquiera con el dinero para hacerlo y&nbsp; la insolencia para replicarlo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No es cien por ciento suya, pero ah&iacute; est&aacute; la idea que&nbsp; por fin lo pone en acci&oacute;n: ser&aacute; &eacute;l quien lleve el moderno&nbsp; <em>fast food </em>a la Argentina.
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                Un sueño made in Argentina, de Solange Levinton                            </span>
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                </figure><h2 class="article-text"><strong>Un lugar donde poder vivir&nbsp;&nbsp;</strong></h2><p class="article-text">
        Todas las historias familiares tienen su punto de partida:&nbsp; un contexto hist&oacute;rico, un desarraigo, un acto heroico,&nbsp; una muerte, una historia de amor. Los grandes negocios&nbsp;tambi&eacute;n. La escena fundacional de los Lowenstein que&nbsp; se contar&aacute; de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n comienza con&nbsp;una huida cinematogr&aacute;fica en un pueblito sin se&ntilde;as particulares cerca de Fr&aacute;ncfort un d&iacute;a cualquiera de 1935.&nbsp; 
    </p><p class="article-text">
        Ludwig Lowenstein, de veintitr&eacute;s a&ntilde;os, se hab&iacute;a levantado como siempre, antes de que saliera el sol, para abrir&nbsp; la carnicer&iacute;a que atend&iacute;a con su padre. Aquel trabajo&nbsp; artesanal de sacrificar, limpiar y despiezar las vacas con&nbsp;sus manos lo hab&iacute;a aprendido de ni&ntilde;o: era una herencia que se transmit&iacute;a desde hac&iacute;a d&eacute;cadas entre los hombres de su familia.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa noche, mientras cenaba con sus padres despu&eacute;s de&nbsp;una jornada extenuante, alguien llam&oacute; a la puerta. El&nbsp; miedo se apoder&oacute; de los tres: no eran comunes las visitas inesperadas. Y en un hogar jud&iacute;o, en pleno ascenso&nbsp;del nazismo, no pod&iacute;an traer buenas noticias.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ludwig avanz&oacute; despacio hasta la puerta. Al abrir, se&nbsp; encontr&oacute; con una cara conocida que no le transmiti&oacute;&nbsp;tranquilidad. Era el comisario del pueblo que, sin m&aacute;s explicaciones, pronunci&oacute; la frase que cambi&oacute; para siempre su vida: &laquo;Ten&eacute;s que irte ahora mismo porque recib&iacute;&nbsp; &oacute;rdenes de venir a buscarte ma&ntilde;ana a la ma&ntilde;ana&raquo;.&nbsp; La urgencia expl&iacute;cita en esa oraci&oacute;n reson&oacute; en la casa&nbsp; como un golpe seco. Desde que Adolf Hitler hab&iacute;a sido nombrado canciller de Alemania el 30 de enero de 1933,&nbsp; el clima antisemita no hab&iacute;a parado de escalar. Los&nbsp; jud&iacute;os ya no pod&iacute;an ser funcionarios p&uacute;blicos, elegir la&nbsp; escuela para sus hijos, ejercer profesiones como la medicina o el derecho ni actuar en cine o teatro. Dos a&ntilde;os&nbsp;despu&eacute;s, las leyes raciales de N&uacute;remberg hab&iacute;an estable cido que quienes tuvieran al menos tres abuelos jud&iacute;os&nbsp; dejaban de ser considerados ciudadanos con derechos&nbsp; y ten&iacute;an prohibido casarse o tener 	relaciones sexuales&nbsp;con personas de sangre alemana para no contaminar la&nbsp;supuesta &laquo;pureza racial&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A pesar del shock, Ludwig no dud&oacute;. Seg&uacute;n el relato oficial de la familia, atravesado por noventa a&ntilde;os de simplificaciones y olvidos, esa misma noche sus padres lo&nbsp; ayudaron a improvisar un exilio abrupto a Estados Uni dos, donde algunos conocidos se hab&iacute;an instalado antes.&nbsp; Mientras juntaba unas pocas pertenencias, su madre le&nbsp;entreg&oacute; el anillo que hab&iacute;a sido de su abuela, uno de los&nbsp; escasos objetos de valor que ten&iacute;an, para financiar la huida. Sin saber si los volver&iacute;a a ver, Ludwig se despidi&oacute;&nbsp; y se perdi&oacute; entre las sombras y el silencio de la noche.
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                Solange Levinton. El recuerdo de los almuerzos con su abuela Rosita en el Pumper de Caballito la impulsaron a contar la historia de la cadena.                            </span>
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        Muchos detalles se desvanecieron con el tiempo. Se&nbsp;sabe que logr&oacute; llegar por tierra hasta R&oacute;terdam, en Holanda, donde iba a embarcarse rumbo a Nueva York.&nbsp; Pero una vez en el puerto descubri&oacute; que no iba a ser tan f&aacute;cil como pensaba: desde la crisis de 1929 hab&iacute;a cuotas muy estrictas para los inmigrantes que quer&iacute;an instalarse en ese pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entregado a la suerte, sigui&oacute; los pasos de otros que&nbsp; tambi&eacute;n buscaban destinos lejos de la violencia, el hambre o la segregaci&oacute;n. Opt&oacute; por la segunda y &uacute;nica opci&oacute;n&nbsp; que encontr&oacute;: un lugar llamado Argentina, en el sur de&nbsp;Am&eacute;rica, donde todav&iacute;a la llegada de jud&iacute;os alemanes&nbsp; no solo era bienvenida sino, tambi&eacute;n, preferida sobre los&nbsp;rusos o polacos, m&aacute;s tradicionalistas y religiosos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ludwig Lowenstein pas&oacute; alrededor de un mes en altamar, compartiendo con extra&ntilde;os el hacinamiento&nbsp;y la&nbsp;incertidumbre. Quienes lo conocieron dir&aacute;n que&nbsp;ese&nbsp;desarraigo molde&oacute; para siempre su car&aacute;cter fr&iacute;o y&nbsp; reservado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La Argentina lo recibi&oacute; con una costa de aguas marrones y una multitud de inmigrantes de distintos pa&iacute;ses&nbsp; que deambulaban por las d&aacute;rsenas del puerto intentando hacerse entender. &Eacute;l fue uno de los trece mil jud&iacute;os&nbsp;alemanes que desembarcaron en Buenos Aires entre el&nbsp; ascenso de Hitler al poder y el estallido de la segunda guerra mundial.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lleg&oacute; sin conocer el idioma y con poco dinero. Lo &uacute;nico&nbsp; que ten&iacute;a para defenderse en ese nuevo pa&iacute;s era la palabra&nbsp; &laquo;metzenger&raquo; &mdash;carnicero&mdash; estampada en el pasaporte.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al pasar por la Direcci&oacute;n de Migraciones lo rebautizaron Luis, una traducci&oacute;n forzada de su nombre.&nbsp; La mayor&iacute;a de los que ingresaban a la Argentina reci b&iacute;an documentos con sus apellidos modificados, seg&uacute;n&nbsp; la escucha o interpretaci&oacute;n de los empleados que no&nbsp; alcanzaban a comprender bien las fon&eacute;ticas alejadas del&nbsp; espa&ntilde;ol. Luis, en cambio, mantuvo su apellido intacto.&nbsp; Sus primeras noches transcurrieron en el Hotel de&nbsp;Inmigrantes, una mole de hormig&oacute;n con grandes pabe llones parecida a un hospital, que se levantaba a orillas del R&iacute;o de la Plata para alojar a los reci&eacute;n llegados. Si&nbsp; bien se contemplaba una permanencia m&aacute;xima de cinco&nbsp; d&iacute;as, la estad&iacute;a de aquellos que ten&iacute;an problemas para&nbsp; manejarse con el idioma pod&iacute;a extenderse hasta que consiguieran trabajo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ludwig, ahora Luis, se propuso buscar alguna ocupa ci&oacute;n temporal en las inmediaciones del puerto. Empez&oacute; haciendo tareas de mantenimiento en las chimeneas&nbsp;de la Compa&ntilde;&iacute;a Argentina de Electricidad y, poco despu&eacute;s, recay&oacute; en un restaurante como personal de limpieza, tambi&eacute;n a cargo de peque&ntilde;os arreglos. Pero trabajar&nbsp; bajo las &oacute;rdenes de otros no estaba en su naturaleza.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Buenos Aires no ofrec&iacute;a las oportunidades que &eacute;l esperaba. Impulsado por su esp&iacute;ritu inquieto, empez&oacute; a buscar nuevos rumbos hasta que, advertido por otros inmigrantes, se enter&oacute; de la existencia de una colonia agr&iacute;cola&nbsp;jud&iacute;a en una provincia llamada Entre R&iacute;os.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tuvo una corazonada y decidi&oacute; ir a probar suerte.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Solange Levinton]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/pumper-nic-loca-idea-vender-hamburguesas-pais-bife-chorizo_1_12091775.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Mar 2025 03:12:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Pumper Nic y la loca idea de vender hamburguesas en el país del bife de chorizo]]></media:title>
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