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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Branford Marsalis]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Branford Marsalis]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Danzas en espiral]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/danzas-espiral_129_12175121.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dd29faa1-3df4-49b4-9545-39cfa338e74e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Danzas en espiral"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un cuarteto con quince años de historia mira a otro que hizo historia. Y, en un brillante juego entre figura y fondo, Belonging, el primer disco del cuarteto europeo de Keith Jarrett, a 51 años de su grabación, reencarna en el grupo de Branford Marsalis. Novedades y rescates en la red, entre las redes.

</p></div><p class="article-text">
        El jazz es un lenguaje hecho de citas y relecturas. Ya desde sus comienzos, en que la materia prima tanto pod&iacute;a venir del canto en las iglesias como de las piezas de sal&oacute;n o de una marcha, siempre se trat&oacute; del <em>c&oacute;mo</em> m&aacute;s que del qu&eacute;. La misma pieza pod&iacute;a tratarse o no de jazz dependiendo de c&oacute;mo se la tocara. Y, aunque las reglas del g&eacute;nero sean hoy muy distintas de las que reg&iacute;an el estilo de <strong>King Oliver</strong> o de los primeros grupos de <strong>Fletcher Henderson</strong> o <strong>Louis Armstrong</strong>, todav&iacute;a, a un siglo de aquellos primeros pasos, algo es jazz cuando se lo toca como jazz. Y al jazz se lo toca, b&aacute;sicamente, dialogando con el jazz. 
    </p><p class="article-text">
        Cada solo es, voluntariamente o no, un comentario a los solos anteriores que el m&uacute;sico ya ha tocado y, tambi&eacute;n, a la historia de los solos que otros han hecho sobre ese tema. Todo aquel que interprete &ldquo;Body and Soul&rdquo; estar&aacute; abrevando en, o bordeando a, la grabaci&oacute;n de <strong>Coleman Hawkins</strong> en 1939 (que a su vez refer&iacute;a a la de <strong>Chu Berry</strong>, de un a&ntilde;o antes, y la de <strong>Henry Red Allen</strong> en 1936). 
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    </figure><p class="article-text">
        En el jazz todo es, de alguna manera, un homenaje y, adem&aacute;s, los homenajes expl&iacute;citos &ndash;a <strong>Ellington</strong>, a <strong>Miles</strong>, a <strong>Bill Evans</strong> o a <strong>Coltrane</strong>&ndash; son frecuentes. Y, desde ya, a diferencia de los <em>covers</em> de otros g&eacute;neros, los homenajes consistir&aacute;n casi siempre en alejarse todo lo posible del objeto homenajeado, aunque &ndash;y ese es el secreto&ndash; rescatando aquel esp&iacute;ritu en su acepci&oacute;n m&aacute;s literal: lo esquivo, lo inmaterial, lo inasible. 
    </p><p class="article-text">
        Hace dos d&iacute;as, las plataformas publicaron uno de estos homenajes. Un cuarteto de int&eacute;rpretes extraordinarios &ndash;el saxofonista <strong>Branford Marsalis</strong>, el pianista <strong>Joey Calderazzo</strong>, el contrabajista <strong>Eric Revis</strong> y el baterista <strong>Justin Faulkner</strong>&ndash; toma como objeto otro cuarteto virtuoso, exactamente con la misma conformaci&oacute;n instrumental, y no ya un tema sino un disco completo y con sus piezas exactamente en el mismo orden. El &aacute;lbum original se grab&oacute; hace 51 a&ntilde;os, en dos sesiones, el 24 y el 25 de abril de 1974. All&iacute; tocaban <strong>Jan Garbarek</strong> en saxo tenor y soprano, <strong>Keith Jarrett</strong> en piano, <strong>Palle Danielsson</strong> en contrabajo y <strong>Jon Christensen</strong> en bater&iacute;a. Aquel disco fue el primero de lo que se conoci&oacute; como el <em>Cuarteto europeo</em> de Jarrett, para diferenciarlo del <em>americano</em>, que conformaba, en esos mismos a&ntilde;os, con el contrabajista <strong>Charlie Haden</strong>, el saxofonista <strong>Dewey Redman</strong> (dos ex integrantes del grupo de <strong>Ornette Coleman</strong>) y el baterista <strong>Paul Motian</strong> (que hab&iacute;a integrado el tr&iacute;o de Bill Evans). Fue inmensamente influyente y se llamaba <em>Belonging</em>. El de Marsalis se llama de la misma manera y, por supuesto, no podr&iacute;a ser m&aacute;s diferente y, obviamente, m&aacute;s fiel a su alma evanescente (una palabra que en el jazz tiene, forzosamente, varios significados).
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        El primer m&eacute;rito que salta a la vista es el rescate de uno de los aspectos m&aacute;s importantes &ndash;y m&aacute;s olvidados, incluso por &eacute;l mismo&ndash; de la carrera de Jarrett: su faceta como compositor. De hecho, en la d&eacute;cada de 1970 fue uno de los autores m&aacute;s prol&iacute;ficos y originales (e imitados) del jazz. En una l&iacute;nea de raigambre ornettiana, sus temas eran siempre asim&eacute;tricos e imprevisibles, con respuestas que exced&iacute;an ampliamente la medida de las preguntas. Suerte de danza en espiral, como se titula el primer tema del disco, con retornos nunca literales y recorridos que cambian a medida que son trazados. 
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    </figure><p class="article-text">
        A diferencia de lo que suced&iacute;a con Miles, no se trataba de meros riffs para dar pie a las improvisaciones del caso sino de verdaderas obras complejas. Y las hab&iacute;a en cantidades. Todos los discos de Jarrett para los sellos Atlantic e Impulse estaban llenos de temas compuestos por &eacute;l. Y &eacute;l, simplemente, un d&iacute;a dej&oacute; de hacerlo. O, mejor dicho, se especializ&oacute;, por un lado, en la composici&oacute;n instant&aacute;nea de sus largas improvisaciones solo al piano, sin mapa y sin red de seguridad, y, por otro, en componer en los bordes, o en el interior, de los standards, los temas cl&aacute;sicos del jazz. 
    </p><p class="article-text">
        Las elipsis, en esos casos, se hac&iacute;an a&uacute;n m&aacute;s el&iacute;pticas. A veces, el tema era tomado para llevarlo a su explosi&oacute;n en mil pedazos; en ocasiones no se trataba de un punto de partida sino de una posible llegada. Podr&iacute;a pensarse que Jarrett, un seguidor del sufismo y, en particular, de las ense&ntilde;anzas de <strong>Gurdjeff</strong>, se auto impon&iacute;a esa restricci&oacute;n como trabajo espiritual de superaci&oacute;n. &Eacute;l, el compositor, se obligaba a no componer m&aacute;s que a partir de las obras de otros. Pero, al fin y al cabo, de eso se trata el jazz. Y Branford Marsalis, con su cuarteto ejemplar, vuelve a hacerlo pero, parad&oacute;jicamente, tomando como <em>standards</em> las composiciones de Jarrett, aquello que &eacute;l dej&oacute; de lado para dedicarse a los <em>standards</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El estilo de Jarrett como compositor contradec&iacute;a con frecuencia, por otra parte, la identificaci&oacute;n f&aacute;cil con el lado m&aacute;s intelectual y reflexivo del jazz. Eso estaba, desde ya &ndash;aun trat&aacute;ndose de un pianista siempre al borde de la efervescencia&ndash; pero no era lo &uacute;nico que hab&iacute;a. All&iacute; aparec&iacute;an, con naturalidad, frases cercanas al rhythm &amp; blues, pinceladas pop, inflexiones latinas y hasta alguna reminiscencia de calypso. Y <em>Belonging</em>, con el groove de &ldquo;The Windup&rdquo;, el lirismo de &ldquo;Blossom&rdquo;, &ldquo;Belonging&rdquo; o &ldquo;Solstice&rdquo;, el soul &ndash;casi gospel&ndash; de la base de &ldquo;Long as you Know You&rsquo;re Living Yours&rdquo;, contrastando, nuevamente, con la espiral de la melod&iacute;a principal, es un muestrario exquisito de ese talento creador y, al mismo tiempo, como lo demuestra el cuarteto de Marsalis, un desaf&iacute;o apasionante.
    </p><p class="article-text">
        A primera vista, las genealog&iacute;as de Branford Marsalis, de Jarrett y, claro, de Garbarek &ndash;aquel con el que se confronta de manera directa&ndash; son bien distintas. No obstante, tanto el primero como el segundo pasaron, en sus comienzos, por los Jazz Messengers de <strong>Art Blakey</strong> y ambos fueron parte fugaz de grupos de Miles Davis.
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    </figure><p class="article-text">
        En cuanto al saxofonista noruego, si la t&eacute;cnica impecable lo une con el estadounidense, todo en el sonido los separa. Donde Garbarek practica una luminosidad incandescente y hasta encandilante, Marsalis habita, si se disculpa el ox&iacute;moron, una brillante oscuridad. Si, para ambos, Coltrane es una figura tutelar, a Marsalis le llega a trav&eacute;s del filtro de <strong>Wayne Shorter</strong> y a Garbarek pasado por la lente (tambi&eacute;n espiralada) del <strong>Gato Barbieri</strong>. Jarrett, por otra parte, no hab&iacute;a estado ausente de los homenajes de Marsalis a una tradici&oacute;n con la que siempre se mostr&oacute; reverente aunque jam&aacute;s sumiso, como lo demostr&oacute; en sus revisitas a la &ldquo;Freedom Suite&rdquo; de <strong>Sonny Rollins</strong> y &ldquo;A Love Supreme&rdquo; de Coltrane en su disco <em>Footsteps of Our Fathers</em>, de 2002. 
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    </figure><p class="article-text">
        &ldquo;The Windup&rdquo;, esa extra&ntilde;a danza en espiral que aqu&iacute; se despliega&nbsp;en un virtuosismo colectivo e individual &ndash;el trabajo del joven baterista, que estuvo en Buenos Aires en las dos &uacute;ltimas visitas de Marsalis a Buenos Aires, en 2015 y, con este mismo cuarteto, en 2018, ya hab&iacute;a aparecido en el &aacute;lbum <em>The Secret Between The Shadow And The Soul</em>, registrado en 2017, tambi&eacute;n con este grupo y en vivo en Australia. &ldquo;The Windup&rdquo;, eventualmente, tiene una peque&ntilde;a historia propia y es, tal vez, el tema de Jarrett que m&aacute;s ha sido tocado por otros.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Pero hay algo m&aacute;s que une los mundos est&eacute;ticos de Jarrett y Branford Marsalis: el culto a las largas sociedades musicales y la creaci&oacute;n de grupos que trascienden ampliamente el mero rejunte de celebridades. Los cuartetos europeo y americano de Jarrett, al igual que su tr&iacute;o con <strong>Gary Peacock</strong> y <strong>Jack DeJohnette</strong> &ndash;o incidentalmente Paul Motian&ndash; hicieron historia. Menos notorios, pero no menos trascendentes, son los equipos que Marsalis fue uniendo y sosteniendo a lo largo de m&aacute;s de cuatro d&eacute;cadas de carrera, en la que no deber&iacute;an olvidarse ni su quinteto junto al hermano Wynton ni su participaci&oacute;n en el grupo de <strong>Sting</strong>. Con Joey Calderazzo grab&oacute; por primera vez en 1990, en un &aacute;lbum a nombre del pianista (<em>In The Door</em>) y, en 1999, ya aparec&iacute;an &eacute;l y Eric Revis como miembros de su cuarteto. En ese entonces el baterista era <strong>Jeff Tain Watts</strong> y la aparici&oacute;n de Justin Faulkner, en ese entonces de 18 a&ntilde;os, se remonta a 2009 (el primer disco grabado por este cuarteto fue <em>Four MFs Playin' Tunes</em>, de 2011). Belonging es una mirada al pasado, del jazz y del propio grupo de Marsalis &ndash;m&aacute;s de quince a&ntilde;os tocando juntos se notan&ndash; pero el centro es la mirada y no el pasado. En alg&uacute;n sentido, la operaci&oacute;n del cuarteto se asemeja a la del propio Jarrett cuando se focaliz&oacute; &ndash;obsesivamente&ndash; en los standards. Una cuesti&oacute;n de figura y fondo: fijar el segundo para resaltar el primero. Mirar la historia para construir una historia nueva.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/danzas-espiral_129_12175121.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Mar 2025 11:58:35 +0000]]></pubDate>
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