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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Sol Pérez]]></title>
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      <title><![CDATA[Los malos de nuestras propias películas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/malos-propias-peliculas_129_12789982.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/56301f2f-e634-48ad-a343-fc7a2c3146f5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los malos de nuestras propias películas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El auge actual del discurso de la indulgencia, esa invitación a ser “menos duros con nosotros mismos”, aparece como un hijo tardío de la antigua lógica de la restricción y crece en paralelo a la devaluación contemporánea de la culpa y la vergüenza.</p></div><p class="article-text">
        Hace ya unos d&iacute;as vimos con mi novio <em>C&oacute;mo ser feliz</em>, el documental protagonizado por <strong>Ofelia Fern&aacute;ndez</strong>, coescrito por ella y <strong>Agust&iacute;n Valle</strong>, con producci&oacute;n de Corta y Fundar, sobre el uso de redes sociales en su generaci&oacute;n. Le&iacute;, desde entonces, muchas discusiones sobre &eacute;l, sobre todo en relaci&oacute;n con las estad&iacute;sticas que cita y la actualidad, en general, del material utilizado para hablar sobre el impacto del uso masivo del smartphone en j&oacute;venes y adolescentes. A m&iacute; me result&oacute; entretenido (el carisma de Fern&aacute;ndez, formada como actriz, es uno de los elementos clave), incluso si de a ratos se me hac&iacute;a un poco r&aacute;pido a m&iacute; que no tengo el h&aacute;bito de pasar los videos de gente hablando a 2X. De todas las conversaciones que estuve leyendo sobre el tema, la &uacute;nica en la que me animo a terciar, y quiz&aacute;s la que m&aacute;s me interesa, es una que en realidad estuve teniendo en distintos grupos de amigos sobre la pol&iacute;tica de los sentimientos que aparece en el debate de las pantallas, sobre todo cuando involucra a ni&ntilde;as, ni&ntilde;os y adolescentes.
    </p><p class="article-text">
        Cuando digo pol&iacute;tica de los sentimientos me refiero a los distintos afectos que aparecen cuando nos preguntamos qu&eacute; hacer con las pantallas: se habla mucho de la ansiedad y la depresi&oacute;n, sobre todo, pero menos de &ldquo;sentimientos morales&rdquo; como la culpa o la indulgencia. Pienso que en muchas discusiones contempor&aacute;neas el celular ha tomado el lugar del vicio (que en otras &eacute;pocas encarnaba con m&aacute;s claridad, por caso, el cigarrillo), y no solo entre la progres&iacute;a o las &eacute;lites. Estoy con una obra en mi casa, y hace un par de semanas escuch&eacute; una conversaci&oacute;n entre el electricista y el pintor que iba en esa misma l&iacute;nea: el pintor contaba que prefer&iacute;a trabajar con una mano y contestarles a todos los clientes que le quemaban la cabeza con la otra mano durante el horario laboral, aunque a veces le resultara muy engorroso, que llegar a la casa y seguir con el aparatito pegado; &ldquo;prefiero desenchufar, mirar una pel&iacute;cula, charlar con mi mujer&rdquo;. Contra lo que piensan algunos privilegiados que creen que la gente que no vive de freelancear en Palermo &ldquo;solo se preocupa por comer&rdquo;, en lo que respecta a este vicio estamos todos en situaciones m&aacute;s similares de lo que parece. 
    </p><p class="article-text">
        El vocabulario que utilizamos para hablar del modo en que nos permitimos o restringimos el tel&eacute;fono me recuerda, ahora que lo pienso, no tanto al cigarrillo sino quiz&aacute;s incluso m&aacute;s a la conversaci&oacute;n sobre dietas. El cigarrillo es malo y punto: el horizonte es dejarlo, y una vez que se lo deja, no recaer. El celular, en cambio, parece ser m&aacute;s bien como la comida: para la mayor&iacute;a de las personas normales es imposible prescindir completamente de &eacute;l (la mayor&iacute;a de los trabajos, sino todos, hoy implican alg&uacute;n grado de conexi&oacute;n al mail o WhatsApp: lo mismo mandar chicos al colegio u organizar el cuidado de padres ancianos), pero percibimos socialmente que hay una virtud en saber manejar el apetito y no entregarse al scroll, igual que a los postres. No me extra&ntilde;a: el gran ideal moral de nuestra &eacute;poca es el del autocontrol y el equilibrio. Hasta los traperos que cantan sobre drogas se benefician de mostrar que balancean esas noches de gira con una familia unida o corriendo todas las ma&ntilde;anas. Las flacas aplaudidas son las que pueden mostrar que tambi&eacute;n &ldquo;sueltan&rdquo; y se comen un helado, o se permiten no entrenar si est&aacute;n embarazadas (v&eacute;ase el caso de <strong>Sol P&eacute;rez</strong>, criticada por no saber cu&aacute;ndo parar con el fitness).
    </p><p class="article-text">
        La pregunta es siempre la de Lenin: &iquest;qu&eacute; hacer? &iquest;Est&aacute; mal, acaso, intentar tener una vida m&aacute;s o menos equilibrada entre indulgencia y restricci&oacute;n? &iquest;Qu&eacute; significar&iacute;a eso en relaci&oacute;n con las pantallas, y sobre todo, qu&eacute; significar&iacute;a en el caso de la relaci&oacute;n con las pantallas que tienen las ni&ntilde;as, los ni&ntilde;os y los adolescentes? Entre mis amigos, colegas y conocidos circulan dos discursos, aunque no s&eacute; si con la misma pregnancia. Uno es el cl&aacute;sico discurso de la prohibici&oacute;n y la disciplina, al menos como ideal, que hoy parece estar francamente en picada: el tiempo de pantalla es netamente malo para el desarrollo de un ni&ntilde;o (y casi que tambi&eacute;n para la salud mental de los adultos), y entonces la intenci&oacute;n debe ser ir a la restricci&oacute;n total como horizonte. Digo &ldquo;intenci&oacute;n&rdquo; y &ldquo;horizonte&rdquo; para resaltar la dificultad fundamental de este enfoque incluso para sus propios partidarios (entre los que me incluyo), que es la realizaci&oacute;n pr&aacute;ctica. Me cuesta restringir mi propio uso de redes sociales. En relaci&oacute;n con los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as, es inevitable notar que quienes dicen que es &ldquo;f&aacute;cil&rdquo; manejar el tema con los chicos casi siempre tienen hijos muy chiquitos. Por supuesto que puede ser relativamente f&aacute;cil que un chico de dos a&ntilde;os no entienda al ipad como un juguete; igual que es mucho m&aacute;s f&aacute;cil controlar, por caso, lo que come un chico de dos a&ntilde;os que un chico de ocho, y ni hablar un adolescente. 
    </p><p class="article-text">
        A medida que ni&ntilde;os y ni&ntilde;as van pasando m&aacute;s tiempo en otras casas y en otros contextos y teniendo m&aacute;s autonom&iacute;a (lo cual, quede claro, es un proceso positivo y que deber&iacute;amos, en todo caso, reforzar y no resistir), es obvio que sus padres van perdiendo control sobre sus consumos, y los consensos sociales van importando m&aacute;s. Por eso es tan importante la escuela, la legislaci&oacute;n y tambi&eacute;n la sociedad en general; volviendo al otro caso paradigm&aacute;tico, lo vimos con el cigarrillo. La prohibici&oacute;n de fumar en interiores produjo efectivamente cambios muy claros (medibles y medidos) tanto en la percepci&oacute;n social de la actividad de fumar como en la vida cotidiana de fumadores y no fumadores. Pero reitero, el celular se parece m&aacute;s a la comida que al cigarrillo: como no podemos sacarlo de nuestras vidas, tenemos que aprender a dosificarlo. La dosis bien puede ser cero en el caso de las ni&ntilde;eces, pero para todo lo que es adolescentes y adultos no tenemos atajos: hay que aprender a tomarse una sola y no tomarse veinte, y cualquiera que tenga un vicio sabe que no hay nada m&aacute;s dif&iacute;cil.
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute;s me interesa m&aacute;s el otro discurso, uno menos claro y m&aacute;s nuevo, pero bastante popular: el de la indulgencia, la necesidad de ser &ldquo;menos duros con nosotros mismos&rdquo;. En el fondo el discurso de la indulgencia es hijo del de la restricci&oacute;n: no existe &ldquo;me merezco un gustito&rdquo; si no se tiene noci&oacute;n de dieta. Sin embargo, es un hijo tard&iacute;o y muy de &eacute;poca: creo que hay algo muy actual en ese modo de procesar la exigencia, tanto con uno mismo con los propios hijos o con otras personas en general. En las &uacute;ltimas d&eacute;cadas ha ido tomando forma una especie de devaluaci&oacute;n de la culpa y la verg&uuml;enza, supongo que como forma de criticar al discurso religioso, pero tambi&eacute;n a todos los discursos superyoicos, como el del &eacute;xito: la culpa y la verg&uuml;enza son sentimientos malos, que hay que combatir tanto como al cigarrillo, la ansiedad o la depresi&oacute;n. Hacen mal, te ponen triste y no sirven para nada. Tiendo a discrepar sobre todo con lo &uacute;ltimo: creo que en cualquier caso la culpa y la verg&uuml;enza hacen mal en exceso, o cuando lo que te da culpa o verg&uuml;enza es algo que no le hace mal a nadie, ni siquiera a vos, como tener sexo, comer una porci&oacute;n de torta, bajarse de una reuni&oacute;n social, pedir un aumento en el trabajo o reclamar, en general, que te traten con respeto. Pero incluso desde un punto de vista laico y libertino creo que la culpa y la verg&uuml;enza cumplen funciones sociales que hasta ahora no hemos podido reemplazar con nada: est&aacute; bien que te d&eacute; verg&uuml;enza maltratar a alguien p&uacute;blicamente, y de esa verg&uuml;enza quiz&aacute;s pod&eacute;s aprender a que te d&eacute; culpa maltratar en privado y dejar de ser, entonces, una persona que maltrata. Est&aacute; bien que te d&eacute; culpa entregar tarde un trabajo si esa demora perjudica a un mont&oacute;n de gente y vos solamente te quedaste scrolleando en Instagram; no hace falta que te flageles, pero registrarlo, pedir disculpas y tratar de no volver a hacerlo es, bueno, una mejor manera de vivir en sociedad que sencillamente decir todas las veces &ldquo;est&aacute; muy dif&iacute;cil todo amiga seamos buenos entre nosotros&rdquo;. Me pregunto si hay forma de educar para esa culpa y esa verg&uuml;enza ahorr&aacute;ndoles a nuestros ni&ntilde;os, ni&ntilde;as y adolescentes las neurosis atadas a esos sentimientos que dejan algunas crianzas demasiado represivas; me pregunto, tambi&eacute;n, si quiz&aacute;s esas neurosis son buenos costos a pagar, y el problema no es que no queramos que los paguen ellos, sino no aguantarnos pagarlos nosotros, ser los malos de la pel&iacute;cula; incluso a veces, cuando ya no se trata de ning&uacute;n ni&ntilde;o, los malos de nuestras propias pel&iacute;culas.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Nov 2025 09:00:11 +0000]]></pubDate>
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