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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Poder]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/poder/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Poder]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Al poder no le importa el amor, prefiere el matrimonio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/no-le-importa-amor-prefiere-matrimonio_1_12880681.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8378d553-526d-4fa4-b612-b443e483c634_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Al poder no le importa el amor, prefiere el matrimonio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Consideraciones de tipo moral, pero sobre todo razones económicas, de patrimonio y hereditarias hicieron que el sistema nos prefiera en parejas y con papeles. Pero no siempre fue así. ¿Qué dice de nosotros la historia del matrimonio?</p></div><p class="article-text">
        El sistema, cualquier sistema, a lo largo de la historia, favorece a las parejas unidas por alguna forma de contrato.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hasta finales del siglo XVIII, la mayor&iacute;a de las sociedades en todo el mundo consideraban el matrimonio una instituci&oacute;n pol&iacute;tica y social demasiado importante como para dejarla en manos de las apetencias de dos individuos&rdquo;, dice Stephanie Coontz en su &lsquo;Marriage, a History&rsquo;, no traducida a&uacute;n, creo, al espa&ntilde;ol.
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        &iquest;Hasta finales del siglo XVIII? No, hasta hoy mismo. Stephanie Coontz se refiere a la irrupci&oacute;n del amor y de la gratificaci&oacute;n sexual como motivos para contraer matrimonio. Efectivamente, la Edad de la Raz&oacute;n y de los derechos individuales altera la sociedad y, con ella, la instituci&oacute;n matrimonial. Pero la pareja estable y legalizada (y los hijos que suele acarrear consigo, eso que llamamos familia) sigue siendo considerada la c&eacute;lula b&aacute;sica de la organizaci&oacute;n social.
    </p><p class="article-text">
        Tendemos a pensar, cuando dejamos los sentimentalismos al margen, que el matrimonio es un mecanismo ideado por los humanos para canalizar los apetitos sexuales y facilitar la crianza y educaci&oacute;n de los cachorros de la especie. En parte, es cierto. Pero contempl&eacute;moslo desde otra perspectiva. El antrop&oacute;logo brit&aacute;nico Edmund Leach lo ve como un regulador de la propiedad, como el conjunto de leyes y costumbres que permiten que la riqueza y el prestigio social se perpet&uacute;en de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Si viajamos al principio de la historia humana comprobamos que el matrimonio, en efecto, serv&iacute;a para crear, acumular y perpetuar riqueza y poder. En las antiguas sociedades, superada la etapa tribal y n&oacute;mada, solo se casaba la gente importante y lo hac&iacute;a con fines pol&iacute;ticos y econ&oacute;micos: unir dinast&iacute;as, forjar alianzas, ensamblar territorios. Las personas de a pie se limitaban a juntarse, sin ceremonias ni aspavientos, sin promesas de amor eterno ni compromisos de fidelidad. No eran todav&iacute;a c&eacute;lulas b&aacute;sicas de nada, porque, dada su carencia de patrimonio, se consideraban irrelevantes.
    </p><p class="article-text">
        (Una advertencia obvia: en este texto no se contemplar&aacute;n instituciones sociales como la poligamia patriarcal entre los musulmanes o los mormones ni los miles de f&oacute;rmulas distintas y altamente imaginativas con que se arreglan las sociedades tribales a&uacute;n existentes).
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; desde el principio de la civilizaci&oacute;n humana se juntaba la gente en parejas? Olviden el sexo, para el que nunca han hecho falta emparejamientos estables. La teor&iacute;a que podr&iacute;amos denominar &ldquo;machista&rdquo; dice que la mujer buscaba unirse a un hombre por necesidad de protecci&oacute;n en un ambiente hostil. Otra teor&iacute;a, de tendencia opuesta, afirma que el hombre, v&aacute;lido como cazador y poco m&aacute;s, necesitaba la &ldquo;tecnolog&iacute;a&rdquo; (en alimentaci&oacute;n, en curtido de pieles, en los balbuceos de la agricultura, en crianza) que pose&iacute;an las mujeres, y por tanto buscaba la compa&ntilde;&iacute;a femenina estable. Seg&uacute;n esa idea, con el tiempo el hombre transform&oacute; el matrimonio en instrumento de opresi&oacute;n para adue&ntilde;arse de toda la aportaci&oacute;n femenina.
    </p><p class="article-text">
        Una tercera teor&iacute;a, que no parece insensata, apunta a que el matrimonio neol&iacute;tico se establec&iacute;a realmente entre hombres. &iquest;Qu&eacute; quiere decir eso? Que el novio se &ldquo;casaba&rdquo; con su suegro y sus cu&ntilde;ados a trav&eacute;s de la novia, convertida en &ldquo;contrato&rdquo; de carne y hueso, para integrarse en un clan. Esa es la tesis del antrop&oacute;logo estructuralista Claude Levi-Strauss.
    </p><p class="article-text">
        La c&eacute;lebre Atenas de los fil&oacute;sofos no era muy partidaria del matrimonio, considerado un engorro, un obst&aacute;culo para la cohesi&oacute;n social. Arist&oacute;teles pensaba que el ciudadano deb&iacute;a fidelidad a la Polis, no a su mujer o a su familia. Plat&oacute;n lleg&oacute; a sugerir la abolici&oacute;n de la familia. En general, entre los antiguos griegos se valoraba positivamente la pareja homosexual entre un hombre mayor y un muchacho: se consideraba una buena f&oacute;rmula educativa. Y tambi&eacute;n militar. El famoso Batall&oacute;n Sagrado de Tebas, de gran efectividad b&eacute;lica, estaba compuesto por 150 parejas homosexuales.
    </p><p class="article-text">
        Los romanos, siempre m&aacute;s pr&aacute;cticos que nadie, dejaron el matrimonio de las clases populares en manos de cada uno: las parejas pod&iacute;an unirse o separarse mediante una simple declaraci&oacute;n privada. Ese no era el caso, por supuesto, en las familias importantes. El Derecho romano, cuya influencia llega hasta hoy, formaliza la relaci&oacute;n, no solo fon&eacute;tica, entre &ldquo;matrimonio&rdquo; y &ldquo;patrimonio&rdquo;: volvemos al concepto de la pareja como mecanismo de transmisi&oacute;n de riqueza y prestigio.
    </p><p class="article-text">
        La irrupci&oacute;n del cristianismo convirti&oacute; el matrimonio, por un tiempo, en una especie de mal menor que idealmente deber&iacute;a evitarse. El cristianismo de los primeros tiempos pensaba que el fin del mundo estaba pr&oacute;ximo, que era fundamental prepararse para el juicio divino y que, en tales circunstancias, la mujer (o el hombre) y los hijos supon&iacute;an una distracci&oacute;n inconveniente. El papa Gregorio Magno (540-604) afirma que &ldquo;la uni&oacute;n conyugal no puede darse sin placer carnal, y ese placer bajo ninguna circunstancia carece de culpa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El cristianismo primigenio hizo, parad&oacute;jicamente, menos &eacute;nfasis en la promoci&oacute;n del matrimonio que en la prohibici&oacute;n estricta del divorcio (admitido tanto en la sociedad jud&iacute;a como en la romana): &ldquo;Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre&rdquo;, se dice en el Evangelio de Marcos. La poligamia qued&oacute; tambi&eacute;n muy prohibida.
    </p><p class="article-text">
        Dijera lo que dijera el papa Gregorio, la poblaci&oacute;n de la alta edad media sigui&oacute; por supuesto uni&eacute;ndose en parejas. Incluyendo a los sacerdotes. En 742, el papa Zacar&iacute;as tuvo que prohibir la celebraci&oacute;n de la Eucarist&iacute;a a los cl&eacute;rigos que cometieran adulterio y bigamia; los que contaban con parejas estables (casi todos) pod&iacute;an seguir con lo suyo. El celibato sacerdotal no se impuso hasta mucho despu&eacute;s, en el siglo XII.
    </p><p class="article-text">
        En la Edad Media, el matrimonio o la simple pareja constitu&iacute;an una necesidad econ&oacute;mica de primer orden. Se trataba de una sociedad fundamentalmente agraria. El se&ntilde;or feudal, laico o eclesi&aacute;stico, ten&iacute;a inter&eacute;s en la divisi&oacute;n dom&eacute;stica del trabajo entre hombre y mujer. Uno produc&iacute;a, la otra manipulaba y comercializaba.
    </p><p class="article-text">
        El se&ntilde;or tambi&eacute;n ten&iacute;a inter&eacute;s en que los matrimonios se realizaran dentro de su propia comunidad feudal, para evitar la emigraci&oacute;n de personas j&oacute;venes a otros feudos. Y ten&iacute;a much&iacute;simo inter&eacute;s en que los hijos se mantuvieran sometidos al orden jer&aacute;rquico y obedecieran a sus padres, que a su vez obedec&iacute;an al terrateniente. En el siglo XIV, los se&ntilde;ores feudales alemanes, con la amenaza de la multa o la c&aacute;rcel, pod&iacute;an imponer el matrimonio a los hombres mayores de 18 y a las mujeres mayores de 14. Y pod&iacute;an tambi&eacute;n cobrar un impuesto especial a las mujeres que tuvieran vida sexual sin casarse: constitu&iacute;an una distorsi&oacute;n en la jerarqu&iacute;a de una sociedad hecha a medida de la aristocracia y la iglesia. La pareja oficializada y con hijos ofrec&iacute;a bastantes garant&iacute;as de obediencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay quien se queja de la laxa moralidad contempor&aacute;nea, pero en la Inglaterra de los siglos XIII y XIV uno de cada dos ni&ntilde;os nac&iacute;a fuera del matrimonio.
    </p><p class="article-text">
        El gran fen&oacute;meno del siglo XIV en Europa (el continente del que nos ocupamos por ahora) fue la peste negra: m&aacute;s de 100 millones de muertos, quiz&aacute; hasta 200, lo que supon&iacute;a al menos la mitad de la poblaci&oacute;n continental. El desastre demogr&aacute;fico encareci&oacute; una mano de obra muy escasa, lo cual tuvo como efecto secundario un incremento en el valor patrimonial del matrimonio: floreci&oacute; la artesan&iacute;a y las parejas empezaron a interesarse en acumular alg&uacute;n capital antes del casamiento, normalmente mediante el trabajo, tanto ellos como ellas, en el servicio dom&eacute;stico de las clases altas. Ahorrar para montar un comercio o un taller llevaba alg&uacute;n tiempo. Eso retras&oacute; hasta los 27 a&ntilde;os, en promedio, la edad en que se establec&iacute;a un hogar conjunto.
    </p><p class="article-text">
        Y en esto lleg&oacute; la reforma protestante. En 1517, Mart&iacute;n Lutero expuso sus tesis cr&iacute;ticas con el papado. El movimiento religioso se extendi&oacute; con rapidez, glorificando el matrimonio (tambi&eacute;n entre los curas y las monjas) y el enriquecimiento (como se&ntilde;al de benevolencia divina hacia quien se hac&iacute;a rico). Mientras Roma insist&iacute;a en la supremac&iacute;a del celibato, Lutero proclamaba que el matrimonio era el estado natural del ser humano. &ldquo;Hasta los &aacute;rboles se casan, incluso hay matrimonio entre las piedras y las rocas&rdquo;, escribi&oacute; Lutero en un arrebato l&iacute;rico.
    </p><p class="article-text">
        El protestantismo coincidi&oacute; con un progresivo auge del individualismo. El pronombre &ldquo;yo&rdquo; empez&oacute; a predominar. Las familias y las comunidades perdieron influencia a la hora de decidir qui&eacute;n se casaba con qui&eacute;n. Y las nuevas condiciones econ&oacute;micas favorecieron la aparici&oacute;n de gentes &ldquo;sin due&ntilde;o&rdquo; (ese era el t&eacute;rmino usado en Francia y Alemania): emigrantes, mercenarios, vagabundos&hellip; Muchas ciudades europeas prohibieron la residencia a las mujeres solas, a no ser que se emplearan en el servicio dom&eacute;stico. Los hombres solos eran vistos como una amenaza sobre el orden p&uacute;blico. La opci&oacute;n de la soledad aut&oacute;noma se consideraba subversiva.
    </p><p class="article-text">
        Todo esto afectaba casi exclusivamente a lo que luego se denomin&oacute; proletariado. Las clases pudientes (que, por pudientes, pod&iacute;an permitirse ciertas dosis de libertinaje) segu&iacute;an concentradas en el matrimonio-empresa. Va un ejemplo. Thomas Pepys estaba casado con una hermana del famoso escritor ingl&eacute;s Samuel Pepys (1633-1703). Cuando ella muri&oacute;, Thomas pidi&oacute; a Samuel que le ayudara a buscar una nueva esposa, &ldquo;viuda, sin hijos pero con una buena renta, abstemia, trabajadora y taca&ntilde;a&rdquo;. No lo dec&iacute;a en broma. Era el sentido com&uacute;n imperante en la &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se mezcl&oacute; el amor en todo esto? Siempre hubo enamoramientos, pero sol&iacute;an considerarse tonter&iacute;as juveniles o episodios pasajeros. La literatura medieval est&aacute; llena de amores imposibles (recu&eacute;rdese la Dulcinea del Quijote, parodia de las novelas de caballer&iacute;as) y de adulterios. La literatura de la edad moderna tiende a asociar el gran amor con la tragedia: piensen en Romeo y Julieta o en Otelo y Desd&eacute;mona, en las obras de William Shakespeare.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, a finales del siglo XVIII, el individualismo y la Ilustraci&oacute;n generan un anhelo novedoso, &ldquo;la b&uacute;squeda de la felicidad&rdquo;, incluido por Thomas Jefferson en la Declaraci&oacute;n de Independencia de las colonias americanas (1776). Seg&uacute;n el historiador Jeffrey Watt, el matrimonio dej&oacute; de ser un instrumento econ&oacute;mico, un arreglo para facilitar la vida o un sacramento: &ldquo;El amor se convirti&oacute; en el criterio esencial para elegir c&oacute;nyuge&rdquo;. El absolutismo entraba en proceso de desaparici&oacute;n. En 1789, la Asamblea Nacional revolucionaria aprob&oacute; en Francia la Declaraci&oacute;n de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. En 1791, la intelectual feminista Olympe de Gouges (de verdadero nombre Marie Gouze) escribi&oacute; una Declaraci&oacute;n de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana.
    </p><p class="article-text">
        Olympe de Gouges despreciaba personalmente la instituci&oacute;n matrimonial (&ldquo;tumba de la confianza y del amor&rdquo;, la llamaba). Desde un punto de vista pol&iacute;tico, sin embargo, conced&iacute;a al matrimonio una funci&oacute;n fundamental&iacute;sima. En el art&iacute;culo 3 de su Declaraci&oacute;n se dec&iacute;a: &ldquo;El principio de toda soberan&iacute;a reside esencialmente en la Naci&oacute;n, que no es m&aacute;s que la reuni&oacute;n de la Mujer y el Hombre: ning&uacute;n cuerpo, ning&uacute;n individuo, puede ejercer autoridad que no emane de ellos&rdquo;. Y ah&iacute; tenemos la pareja como fuente &uacute;ltima de la soberan&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        La feminista revolucionaria exig&iacute;a que las mujeres tuvieran el mismo protagonismo pol&iacute;tico que los hombres: &ldquo;Si la mujer puede subir al cadalso, tambi&eacute;n se le deber&iacute;a reconocer el derecho de subir a la tribuna&rdquo;. El gobierno de Maximilien Robespierre no se mostr&oacute; de acuerdo con uno de los dos enunciados. La conden&oacute; en 1793 por &ldquo;traicionar a su sexo&rdquo; y por pretender erigirse en &ldquo;hombre de Estado&rdquo;, la hizo subir al cadalso y la guillotin&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Y en estas lleg&oacute; el amor.
    </p><p class="article-text">
        Con el tr&aacute;nsito del siglo XVIII al siglo XIX, el matrimonio, siempre considerado como la c&eacute;lula b&aacute;sica de la sociedad, dej&oacute; de ser tan estable como sol&iacute;a. Hab&iacute;a irrumpido el amor. El soci&oacute;logo brit&aacute;nico Anthony Giddens, inspirador de la &ldquo;tercera v&iacute;a&rdquo; plasmada en Tony Blair, habla del &ldquo;car&aacute;cter intr&iacute;nsecamente subversivo del amor rom&aacute;ntico&rdquo;. En 1800 ya estaba legalizado en pa&iacute;ses como Francia, Prusia, Dinamarca o Suecia el divorcio por razones de incompatibilidad, es decir, por desamor. La pasi&oacute;n produc&iacute;a el matrimonio y la falta de pasi&oacute;n lo disolv&iacute;a. Para cualquier sistema pol&iacute;tico se trataba de un cambio alarmante.
    </p><p class="article-text">
        Hubo intentonas de contrarreforma casi en todas partes. Napole&oacute;n prohibi&oacute; que las mujeres casadas firmaran contratos o abrieran cuentas bancarias y, ante el riesgo de que, con la proliferaci&oacute;n del amor y el divorcio, se rompiera la ancestral cadena de transmisi&oacute;n patrimonial a trav&eacute;s del matrimonio, afirm&oacute; que &ldquo;la sociedad no tiene inter&eacute;s en que sean reconocidos los bastardos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A lo largo del siglo XIX, el esfuerzo de la pol&iacute;tica por mantener estable la instituci&oacute;n matrimonial (y evitar cualquier otro tipo de uni&oacute;n extraoficial) tuvo dos aspectos. Uno, el moral, perfectamente ejemplificado por la &eacute;poca victoriana: se insisti&oacute; en la pureza intr&iacute;nseca de la mujer y en su papel como reina del hogar. Otro, el patrimonial: en Europa y Estados Unidos, las leyes que reg&iacute;an las herencias fueron modificadas a favor del c&oacute;nyuge, en detrimento de los dem&aacute;s miembros de la familia. Ese cambio constituy&oacute; un eficaz mecanismo disuasorio contra los divorcios.
    </p><p class="article-text">
        Llegado el siglo XX, dos nuevos fen&oacute;menos hasta cierto punto ligados, el feminismo y la difusi&oacute;n de los m&eacute;todos anticonceptivos (muy elementales), reventaron las costuras sociales, es decir, matrimoniales. Los anticonceptivos permit&iacute;an poner en duda la castidad extramarital de las mujeres. El feminismo exig&iacute;a que la fidelidad o infidelidad de las mujeres se rigiera seg&uacute;n los mismos criterios que val&iacute;an para los hombres: se trataba de una cuesti&oacute;n personal que no deb&iacute;a tener consecuencias legales.
    </p><p class="article-text">
        Las dos guerras mundiales, en especial la segunda, desplazaron masivamente a la mujer desde el hogar hasta el puesto de trabajo. Mientras los hombres combat&iacute;an, sus esposas trabajaban, gestionaban las cuentas dom&eacute;sticas y se erig&iacute;an en &ldquo;cabeza de familia&rdquo;. En 1946, exist&iacute;a una unanimidad casi total entre los soci&oacute;logos: el matrimonio pod&iacute;a darse por finiquitado debido a la emancipaci&oacute;n femenina.
    </p><p class="article-text">
        Ocurri&oacute; justo lo contrario: en las siguientes d&eacute;cadas, el matrimonio convencional (el hombre en el trabajo, la mujer en casa y a cargo de los hijos) cobr&oacute; nuevas fuerzas y, muy importante, recobr&oacute; la estabilidad. El n&uacute;mero de divorcios descendi&oacute; con rapidez: en 1955 eran m&aacute;s o menos la mitad que en 1945 en todas las sociedades occidentales (nunca hablamos de Espa&ntilde;a porque gracias a monarqu&iacute;as y dictaduras permanec&iacute;a encadenada al pasado), y bajaban a&ntilde;o tras a&ntilde;o. El poder pol&iacute;tico no tuvo que hacer nada para restablecer el vigor de la pareja oficializada hasta la muerte. Fueron la prosperidad posb&eacute;lica y el aumento del poder adquisitivo de los salarios los que propiciaron que solo uno de los c&oacute;nyuges (el marido, salvo rar&iacute;simas excepciones) trabajara fuera de casa. El matrimonio se consider&oacute; definitivamente a salvo.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces, con los movimientos de liberaci&oacute;n sexual de los 60 y la crisis econ&oacute;mica de los 70, entr&oacute; de nuevo en crisis. En 1980, uno de cada dos matrimonios estadounidenses acababa en divorcio. Y, m&aacute;s significativo, cada vez menos divorciados se casaban de nuevo. Las mujeres fueron perdiendo el miedo a ser &ldquo;madres solteras&rdquo;: en 1999, siguiendo con Estados Unidos, uno de cada tres ni&ntilde;os carec&iacute;a oficialmente de padre. Y hab&iacute;a tantas parejas con hijos que cohabitaban sin papeles como parejas con hijos formalmente casadas.
    </p><p class="article-text">
        Esta revoluci&oacute;n social indujo a los gobiernos a introducir nuevas medidas para favorecer el matrimonio por diversas v&iacute;as (fiscales, patrimoniales, etc&eacute;tera) y, &uacute;ltimamente, tambi&eacute;n hasta cierto punto a las parejas no casadas pero estables. Mientras las sociedades occidentales hab&iacute;an evolucionado paulatinamente, en Espa&ntilde;a las cosas llegaron de golpe.
    </p><p class="article-text">
        Tras el largo y muy desagradable par&eacute;ntesis de la dictadura franquista, en 1981 se legaliz&oacute; por fin el divorcio. Poco antes, en 1978, se hab&iacute;a instaurado el actual Impuesto sobre la Renta de las Personas F&iacute;sicas (IRPF), que a trav&eacute;s de mecanismos como la declaraci&oacute;n conjunta y la reducci&oacute;n de las bases imponibles para los matrimonios con hijos trata de favorecer la unidad conyugal, a&uacute;n vista como &ldquo;c&eacute;lula b&aacute;sica&rdquo; de la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        El sistema pol&iacute;tico, o el poder si prefieren llamarlo as&iacute;, sigue apostando por el matrimonio. Hay muchas razones para ello. Las &ldquo;econom&iacute;as de escala&rdquo; cuando ambos c&oacute;nyuges trabajan (gastos como los de vivienda y alimentaci&oacute;n suelen ser compartidos) y la &ldquo;seguridad econ&oacute;mica&rdquo; (se supone que un c&oacute;nyuge ayudar&aacute; al otro si pierde el trabajo o enferma) destacan entre las razones &ldquo;pr&aacute;cticas&rdquo;. A ellas se a&ntilde;aden consideraciones de tipo moral. Una, la referente a la manida &ldquo;c&eacute;lula b&aacute;sica&rdquo; que aporta estabilidad a la sociedad. Otra, la idea de que los hijos se benefician de la estabilidad matrimonial, tanto en lo relacionado con la crianza y la educaci&oacute;n como (y volvemos a lo mismo) en lo relacionado con las herencias y las transmisiones de patrimonio.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, la moral cambia con los tiempos. En Espa&ntilde;a y en casi todos los pa&iacute;ses donde se ha legalizado el matrimonio homosexual, ambos c&oacute;nyuges, sean hombres o mujeres, tienen derecho a ventajas fiscales muy similares a las aplicadas sobre los matrimonios heterosexuales. El mensaje del sistema pol&iacute;tico es claro: hagan lo que quieran con su sexualidad, pero firmen papeles y c&aacute;sense.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enric González]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jan 2026 08:50:58 +0000]]></pubDate>
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