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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Daron Acemoglu]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/daron-acemoglu/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Daron Acemoglu]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[¿Por qué atacan al Nobel de Economía que defiende a la clase trabajadora?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/economia/atacan-nobel-economia-defiende-clase-trabajadora_129_13465244.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/02fcb15b-6dc7-44ee-8a62-fd0c112ced7c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x946y199.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Por qué atacan al Nobel de Economía que defiende a la clase trabajadora?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Daron Acemoglu utilizó las herramientas de la economía convencional para mostrar que la tecnología y el mercado no producen automáticamente una prosperidad compartida. Aceptar ese razonamiento pone en tela de juicio todas las promesas de los promotores de la IA y aboga por políticas públicas totalmente distintas a las que se defienden desde los centros de poder vinculados a las grandes tecnológicas.</p></div><p class="article-text">
        Daron Acemoglu, economista ganador del llamado <a href="https://www.eldiarioar.com/mundo/acemoglu-johnson-robinson-reciben-nobel-economia-hallazgos-instituciones-prosperidad_1_11730893.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">premio Nobel de econom&iacute;a en 2024</a>, acaba de publicar un nuevo libro llamado <em>What Happened to Liberal Democracy?</em> (&iquest;Qu&eacute; le sucedi&oacute; a la democracia liberal?) y la famosa revista The Economist, fundada en 1843 y paradigma de la defensa del libre comercio y del liberalismo econ&oacute;mico, aprovech&oacute; para <a href="https://www.economist.com/finance-and-economics/2026/08/17/the-worlds-most-influential-economist-is-oddly-unconvincing" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">pasarle algunas facturas</a>. En un art&iacute;culo que sorprendi&oacute; a todos, la revista lanz&oacute; unas dispersas cr&iacute;ticas te&oacute;ricas a su trabajo y, sobre todo, decidi&oacute; impugnar el estatus del reputado economista. Quiz&aacute;s la mejor prueba es que The Economist afirma en su titular que Acemoglu es extra&ntilde;amente poco convincente y que sus argumentos &ldquo;sobre la IA son adem&aacute;s pesimistas hasta el punto de perder credibilidad&rdquo;. No es de extra&ntilde;ar que el afectado haya considerado el ataque como algo personal y haya tenido que <a href="https://www.economist.com/letters/2026/08/21/daron-acemoglu-responds-to-our-criticism-of-his-work" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">responder p&uacute;blicamente</a>.
    </p><p class="article-text">
        Todo apunta a que la causa &uacute;ltima del desencuentro se encuentra en el hecho de que el trabajo acad&eacute;mico de Acemoglu, que gira en torno al cambio t&eacute;cnico y el papel de la inteligencia artificial, desemboc&oacute; en una propuesta para reforzar a la clase trabajadora. Este punto es precisamente uno de los atacados por The Economist, que etiqueta su enfoque como pesimista e inespec&iacute;fico. La economista <a href="https://x.com/monicambravo/status/2090009066298847722" target="_blank" rel="nofollow" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">M&ograve;nica Mart&iacute;nez Bravo</a> sintetiz&oacute; bien esta tensi&oacute;n al escribir: &ldquo;Qu&eacute; cosas tan curiosas pasan cuando un Nobel de Econom&iacute;a escribe un libro defendiendo volver a poner a la clase trabajadora en el centro de la pol&iacute;tica econ&oacute;mica&rdquo;. En este an&aacute;lisis vamos a ver en qu&eacute; sentido y hasta qu&eacute; punto la visi&oacute;n de Mart&iacute;nez Bravo es cierta. Y, de paso, aprovechamos para meternos en el apasionante y preocupante mundo de las consecuencias socioecon&oacute;micas de la inteligencia artificial.
    </p><h2 class="article-text"><strong>El papel de la automatizaci&oacute;n</strong></h2><p class="article-text">
        Uno de los grandes interrogantes de la econom&iacute;a es averiguar cu&aacute;les son los efectos de la automatizaci&oacute;n, es decir, de la sustituci&oacute;n de trabajadores humanos por m&aacute;quinas. &iquest;Se destruye empleo?, &iquest;se deprimen los salarios?, &iquest;se modifica la correlaci&oacute;n de fuerzas entre capital y trabajo? Se trata de un debate que, despu&eacute;s de doscientos a&ntilde;os, no deriv&oacute; en consenso alguno, sino en diferentes enfoques con los que pensar un proceso tan complejo. Y, para entenderlo bien, tenemos que remontarnos a comienzos del siglo XIX.
    </p><p class="article-text">
        David Ricardo es considerado uno de los padres fundadores de la econom&iacute;a pol&iacute;tica. Con veintipocos a&ntilde;os se hizo millonario especulando en bolsa y pudo retirarse a sus propiedades a escribir. Su libro <em>Principios de Econom&iacute;a Pol&iacute;tica y Tributaci&oacute;n</em> se convirti&oacute; pronto en un indispensable, y sigue siendo la base de la actual teor&iacute;a del comercio internacional e incluso de la teor&iacute;a del valor-trabajo del marxismo. En las dos primeras ediciones <em>Principios</em>, Ricardo apenas tuvo nada que decir especial sobre el proceso de automatizaci&oacute;n, pues compart&iacute;a el criterio convencional y optimista de los economistas de la &eacute;poca. Es importante que entendamos esta forma de pensar la automatizaci&oacute;n, porque es a grandes rasgos la que domina en la profesi&oacute;n todav&iacute;a. Seg&uacute;n esta visi&oacute;n, cuando las m&aacute;quinas sustituyen a trabajadores en un proceso productivo se producen dos efectos. El primero, el obvio de que un cierto n&uacute;mero de personas pierden su empleo. El segundo, que la propia introducci&oacute;n de las nuevas m&aacute;quinas es capaz de crear nuevos puestos de trabajo que absorber&aacute;n el empleo previamente expulsado. 
    </p><p class="article-text">
        Es decir, para los economistas no estamos ante un problema preocupante porque la econom&iacute;a se regula de manera que la introducci&oacute;n de m&aacute;quinas (la incorporaci&oacute;n de nueva tecnolog&iacute;a) es capaz de mantener el nivel de empleo. Y Ricardo pensaba m&aacute;s o menos esto, pero s&oacute;lo hasta 1821.
    </p><p class="article-text">
        En su famosa tercera edici&oacute;n de los <em>Principios</em>, Ricardo introdujo un nuevo cap&iacute;tulo donde consider&oacute; err&oacute;nea la visi&oacute;n convencional y reconoci&oacute; que &ldquo;estoy convencido ahora de que la sustituci&oacute;n del trabajo humano por la maquinaria es, a menudo, muy perjudicial a los intereses de la clase trabajadora&rdquo;. El impacto de este cambio fue enorme, y su disc&iacute;pulo <a href="https://oll-resources.s3.us-east-2.amazonaws.com/oll3/store/titles/211/0687-08_LF.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">John Ramsay McCulloch se quej&oacute; ante &eacute;l amargamente</a> (p. 381) porque entend&iacute;a que daba p&aacute;bulo a los movimientos obreros antimaquinaria. Era un tiempo de enorme agitaci&oacute;n social, ya que la Revoluci&oacute;n Industrial se estaba desplegando en el Reino Unido y estaba transformando radicalmente el modo de vida de la clase trabajadora.
    </p><p class="article-text">
        En un <a href="https://www.annualreviews.org/content/journals/10.1146/annurev-economics-091823-025129" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">art&iacute;culo acad&eacute;mico de 2024</a>, Daron Acemoglu y Simon Johnson trataron justamente este momento hist&oacute;rico. Para ellos el cambio de Ricardo respecto de la maquinaria tuvo que ver con que el hecho de que fuera elegido miembro de la C&aacute;mara de los Comunes, es decir, diputado. Gracias a eso, Ricardo fue testigo de lo que realmente estaba ocurriendo en la industria del algod&oacute;n y, de ese modo, pudo corregir sus ideas previas. Porque lo que estaba pasando no ten&iacute;a nada que ver con la visi&oacute;n optimista de los economistas, sino que la Revoluci&oacute;n Industrial estaba deteriorando gravemente las condiciones de vida de la clase trabajadora. 
    </p><p class="article-text">
        El art&iacute;culo, por cierto, se apoya en gran medida en los trabajos de dos gigantes de la historiograf&iacute;a marxista brit&aacute;nica, Edward Palmer Thompson y Eric Hobsbawm (aunque tambi&eacute;n cita, de manera complementaria, al reputado &mdash;l&eacute;ase, convencional&mdash; historiador <a href="https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/nobel-suicidio-ecologico_129_12705328.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Joel Mokyr</a>). Los n&uacute;meros de Acemoglu indican que, con la automatizaci&oacute;n, los salarios reales de los tejedores manuales cayeron un m&iacute;nimo de un 25%, sin que esos trabajadores pudieran trasladarse a nuevos sectores emergentes. Simplemente, sus condiciones de vida fueron arrasadas por la introducci&oacute;n de maquinaria en la industria. La paradoja es que como la productividad estaba creciendo, y los salarios no, los empresarios ganaron enormes beneficios que elevaron la desigualdad. En palabras que repite mucho Acemoglu, la prosperidad no fue compartida.
    </p><p class="article-text">
        La l&oacute;gica de esta lectura cr&iacute;tica del proceso de automatizaci&oacute;n ya hab&iacute;a sido incorporada en el trabajo de Acemoglu mucho antes. Donde aparece de forma divulgativa con m&aacute;s claridad es en su libro de 2023 <em>Power and Progress </em>(Poder y progreso), coescrito tambi&eacute;n con Simon Johnson, donde subrayaban que no hay nada autom&aacute;ticamente beneficioso para la sociedad en la introducci&oacute;n de nueva tecnolog&iacute;a. Seg&uacute;n ellos, que los incrementos de productividad sean compartidos depende de aspectos como el tipo de tecnolog&iacute;a, las instituciones (normas, costumbres, leyes) y la orientaci&oacute;n que se quiera imprimir desde la sociedad. De manera significativa, Acemoglu y Johnson aceptan que la prosperidad s&oacute;lo es compartida cuando los avances de la tecnolog&iacute;a se apartan del inter&eacute;s ego&iacute;sta de las &eacute;lites. De ah&iacute; que los autores explicaran que la clave para entender los aumentos de calidad de vida de la clase trabajadora durante la segunda mitad del siglo XIX tuvieran que ver con la democratizaci&oacute;n del sistema pol&iacute;tico, el crecimiento de los sindicatos y la legislaci&oacute;n para proteger los derechos de los trabajadores; elementos todos que obligaban a orientar el cambio tecnol&oacute;gico en otra direcci&oacute;n distinta a la de los meros intereses econ&oacute;micos de las &eacute;lites. Cualquiera familiarizado con la historia del movimiento obrero puede ver en este razonamiento de Acemoglu y Johnson un elemento pol&iacute;tico claramente subversivo.
    </p><p class="article-text">
        Hay que cuidarse mucho de pensar que esto es solo historia econ&oacute;mica, o econom&iacute;a pol&iacute;tica del siglo XIX. El punto de referencia de Acemoglu es siempre el cambio tecnol&oacute;gico actual, y m&aacute;s concretamente la adopci&oacute;n de la inteligencia artificial en los procesos productivos actuales. Pero Acemoglu usa la historia econ&oacute;mica para reflexionar sobre el proceso contempor&aacute;neo, pregunt&aacute;ndose (en <em>Power and Progress</em>) qu&eacute; pasa si los economistas convencionales est&aacute;n equivocados y la IA fundamentalmente provoca distorsiones en el mercado de trabajo que incrementan la desigualdad de salarios y empleo, su impacto redistribuye poder hacia las &eacute;lites, empobrece a miles de millones de personas en el mundo no desarrollado, si refuerza prejuicios &eacute;tnicos o sociales, o si destruye las instituciones democr&aacute;ticas. Su conclusi&oacute;n fue que lo que necesita la sociedad contempor&aacute;nea es, como ocurri&oacute; en el siglo XIX, el crecimiento de contraargumentos y organizaciones que puedan contrarrestar al pensamiento convencional. Para hacerse una idea m&aacute;s completa, baste decir que uno de los &uacute;ltimos art&iacute;culos de Acemoglu, firmado con David Autor y Simon Johnson, se llama &ldquo;<a href="https://economics.mit.edu/sites/default/files/2026-03/Building%2520Pro-Worker%2520Artificial%2520Intelligence.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Building pro-worker artificial intelligence</em></a>&rdquo; (Construir una inteligencia artificial favorable a los trabajadores).
    </p><h2 class="article-text"><strong>No es un economista heterodoxo, lo que lo hace m&aacute;s peligroso</strong></h2><p class="article-text">
        Aunque a algunos les haya parecido demasiado disidente, debemos recordar que Daron Acemoglu no es un revolucionario en el sentido cl&aacute;sico. Ni siquiera en su disciplina. El primer libro suyo que lleg&oacute; a mi biblioteca no fue un ensayo, sino su manual <em>Introduction to Modern Economic Growth</em> de 2009. Se trata de un texto de posgrado con &aacute;lgebra sumamente avanzada y en el que se repasan los modelos de crecimiento econ&oacute;mico desde una &oacute;ptica unilateral: la neocl&aacute;sica (una teor&iacute;a ahist&oacute;rica que abandona muchas de las preocupaciones de los economistas cl&aacute;sicos, como Adam Smith, David Ricardo o Karl Marx). Esta es la dominante en las facultades de econom&iacute;a, y frente a ella se elevaron hist&oacute;ricamente otras escuelas de pensamiento, como la poskeynesiana o la marxista, consideradas por ello como heterodoxas. Acemoglu pertenece a esta escuela de pensamiento, y de hecho <a href="https://fortune.com/2026/06/21/nobel-laureate-daron-acemoglu-ai-productivity-capitalism-democracy/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">recientemente afirm&oacute;</a> que encuentra la discusi&oacute;n sobre el capitalismo &ldquo;descerebrada&rdquo;. En la cosmovisi&oacute;n subyacente a los modelos de Acemoglu no hay relaciones de producci&oacute;n, el poder entra como una categor&iacute;a de capacidad de negociaci&oacute;n y captura regulatoria y la visi&oacute;n de las instituciones es d&eacute;bil y nunca estructural. Consecuentemente, su concepto de clase trabajadora no es marxista, pero conduce a lo que &eacute;l denomina &ldquo;<a href="https://lucid.substack.com/p/how-to-revitalize-democracy-my-conversation" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">liberalismo de clase trabajadora</a>&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Pero todo esto es, para los economistas convencionales, lo que realmente supone un peligro. Porque Acemoglu llega a sus &ldquo;radicales&rdquo; conclusiones desde dentro de la profesi&oacute;n y del mainstream. Todo su trabajo acad&eacute;mico es una l&uacute;cida (y algebraicamente compleja) reformulaci&oacute;n de los modelos neocl&aacute;sicos de progreso t&eacute;cnico. Y cada paso que dio en los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os, como considerar el reparto del ingreso entre capital y trabajo end&oacute;geno al cambio t&eacute;cnico, lo hace sin recurrir a la vast&iacute;sima cantidad de trabajos heterodoxos que ya pisaron ese camino mucho antes que &eacute;l. Hoy Acemoglu tiene una visi&oacute;n del comercio que no ser&iacute;a extra&ntilde;a para los autores marxistas, y una visi&oacute;n de la distribuci&oacute;n de la renta que reconocer&iacute;an autores poskeynesianos como Joan Robinson o Nicholas Kaldor. Y ya hemos visto que su lectura de algunos aspectos de la historia econ&oacute;mica del siglo XIX presenta sorprendentes puntos de contacto con la historiograf&iacute;a marxista. 
    </p><p class="article-text">
        La clave es que Acemoglu lleg&oacute; a conclusiones muy similares a la de las escuelas postkeynesianas e incluso marxistas, pero empleando otros conceptos y m&eacute;todos. Los economistas convencionales no pueden criticarle por falta de brillantez t&eacute;cnica, ampliamente acreditada, pero est&aacute;n asustados por las conclusiones pol&iacute;ticas que se extraen de su desviaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Con Joseph Stiglitz ya se hab&iacute;a ensayado la jugada. El economista estadounidense recibi&oacute; el Nobel en el a&ntilde;o 2001 por sus contribuciones a la teor&iacute;a neocl&aacute;sica, en particular por sus an&aacute;lisis con informaci&oacute;n asim&eacute;trica, y durante los a&ntilde;os noventa destac&oacute;, entre otras cosas, por su cr&iacute;tica a la versi&oacute;n dura de la econom&iacute;a ecol&oacute;gica. Gracias a todo ello se convirti&oacute; en el economista jefe del Banco Mundial, una de las instituciones encargadas de promover el &lsquo;Consenso de Washington&rsquo; entre los pa&iacute;ses en desarrollo, es decir, de imponer pol&iacute;ticas neoliberales. Antes de terminar su mandato, Stiglitz abandon&oacute; su cargo y en 2002 public&oacute; su libro <em>Globalization and Its Discontents</em>, donde cuestion&oacute; gran parte de la pol&iacute;tica neoliberal. Se trataba de un duro diagn&oacute;stico que a los estudiantes de posgrado de Econom&iacute;a Internacional y del Desarrollo siempre nos pareci&oacute; ilustrativo: un neocl&aacute;sico criticando las conclusiones de su viejo paradigma. 
    </p><p class="article-text">
        Como ahora, <a href="https://www.staff.ncl.ac.uk/david.harvey/AEF318/GlobalisationRefs/StigRev.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">tambi&eacute;n The Economist fue punta de lanza</a> contra lo que les parec&iacute;a un giro inadmisible, afirmando con iron&iacute;a que &ldquo;Stliglitz podr&iacute;a haber escrito un buen libro sobre globalizaci&oacute;n. Quiz&aacute;s la pr&oacute;xima vez&rdquo; y reconociendo que era un economista brillante antes de rebajar completamente su estatus. No fue el &uacute;nico ejemplo, ya que el entonces director de investigaci&oacute;n del FMI (la otra pata neoliberal en el sistema internacional), Kenneth Rogoff, atac&oacute; duramente a Stiglitz y asent&oacute; la conclusi&oacute;n generalizada entre los economistas convencionales, a saber, que como acad&eacute;mico Stiglitz era un genio con una mente maravillosa, pero que como pol&iacute;tico era mucho menos impresionante. Es el precedente m&aacute;s claro del art&iacute;culo de The Economist contra Daron Acemoglu. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que podemos esperar en los pr&oacute;ximos a&ntilde;os es un proceso, encabezado por parte de la comunidad mainstream y del que The Economist es solo la avanzadilla, para intentar devaluar la reputaci&oacute;n de Acemoglu, no tanto en sus bases t&eacute;cnicas sino por sus &ldquo;extravagancias&rdquo; pol&iacute;ticas. Como ya hemos visto, no es el primer caso y probablemente no ser&aacute; el &uacute;ltimo, pero la l&oacute;gica est&aacute; impresa desde hace mucho tiempo. El aura de respetabilidad en la comunidad de los economistas convencionales es dependiente tanto de las bases t&eacute;cnicas (con una alta sofisticaci&oacute;n matem&aacute;tica, lo que hace muy inaccesible su comprensi&oacute;n para el p&uacute;blico general) como de la &ldquo;razonabilidad&rdquo; de las conclusiones pol&iacute;ticas. Recordemos que el premio Nobel de Econom&iacute;a no es tal, ya que Alfred Nobel nunca consider&oacute; entregar uno de esta materia. Que hoy exista un premio Nobel de Econom&iacute;a es resultado del inter&eacute;s del banco central sueco que, en 1968 y en un contexto de duro enfrentamiento con los socialdem&oacute;cratas suecos (que estaban desplegando su v&iacute;a reformista al socialismo), necesitaba mejorar la reputaci&oacute;n de quienes defend&iacute;an sus posiciones pol&iacute;ticas (conservadoras). El gran economista sueco Gunnar Myrdal recibi&oacute; el premio en 1974, pero su propia interpretaci&oacute;n es que como era un &ldquo;radical&rdquo; (sus propias palabras) le hicieron compartirlo con un &ldquo;reaccionario&rdquo;, Friedrich Hayek. En 1977, escribi&oacute; un <a href="https://www.jstor.org/stable/40719509?seq=3" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">breve art&iacute;culo</a> reconociendo que se equivoc&oacute; al aceptarlo, que la econom&iacute;a no es una ciencia equivalente a la f&iacute;sica o las &ldquo;ciencias duras&rdquo; y que, ojo, no deber&iacute;a existir el premio Nobel. Lo que suger&iacute;a, en &uacute;ltima instancia, es que se trataba de un reconocimiento muy cargado de valores y principios pol&iacute;ticos.
    </p><h2 class="article-text"><strong>Consecuencias para la actualidad</strong></h2><p class="article-text">
        El trabajo de Daron Acemoglu tiene, para m&iacute;, muchos l&iacute;mites. Quiz&aacute;s el m&aacute;s obvio es que, a pesar de girar en torno a la tecnolog&iacute;a y el cambio t&eacute;cnico, toda consideraci&oacute;n sobre la energ&iacute;a est&aacute; ausente. Hablar de la transformaci&oacute;n de la econom&iacute;a del siglo XIX en el Reino Unido sin mencionar el papel del carb&oacute;n es extra&ntilde;o. Tambi&eacute;n resulta problem&aacute;tica la escasa atenci&oacute;n a la dimensi&oacute;n imperial de la industrializaci&oacute;n brit&aacute;nica, es decir, al hecho de que el comercio colonial, la esclavitud, la extracci&oacute;n de recursos y la posici&oacute;n de Gran Breta&ntilde;a en la econom&iacute;a mundial formaron parte de las condiciones hist&oacute;ricas en las que se produjo la Revoluci&oacute;n Industrial. Esto tiene que ver con otro punto ampliamente criticado a Acemoglu, esta vez desde la heterodoxia, y presente en libros anteriores como <em>Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty </em>(<em>Por qu&eacute; fracasan los pa&iacute;ses</em>), coescrito con James Robinson. La visi&oacute;n del desarrollo econ&oacute;mico de Acemoglu es institucionalista, atribuyendo a aspectos tales como la innovaci&oacute;n, la democracia o los tipos de gobierno la variable central que determina qu&eacute; pa&iacute;ses crecen y cu&aacute;les no. 
    </p><p class="article-text">
        Pero su interpretaci&oacute;n sobre la inteligencia artificial y su &eacute;nfasis en el modelo de tareas &mdash;que no se automatizan empleos sino tareas&mdash; y la constataci&oacute;n de que los efectos de la automatizaci&oacute;n dependen del poder y de instituciones como las leyes es correcto y crucial para nuestro presente. Es cierto que otras tradiciones pueden ofrecer enfoques m&aacute;s agudos y estructurales sobre el papel de la tecnolog&iacute;a, pero la originalidad y brillantez de Acemoglu es que lleg&oacute; al mismo destino que autores heterodoxos, aunque por otro camino. Existen complementariedades entre las diferentes tradiciones que merecen la pena explotar. Por ejemplo, su insistencia en diferentes trabajos en que la tecnolog&iacute;a puede usarse (mal) para elevar el control sobre los trabajadores (<a href="https://www.eldiario.es/tecnologia/trabajadores-india-les-ordeno-grabarse-ia-pagara-sustituyan-robots_1_13454939.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">cosa que la IA ya est&aacute; haciendo)</a> puede beneficiarse mucho de toda la tradici&oacute;n marxista que nace con el fant&aacute;stico libro del marxista Harry Braverman y que revolucion&oacute; toda la teor&iacute;a sobre el mercado de trabajo. O el papel de la distribuci&oacute;n del ingreso, que es no s&oacute;lo un aspecto moral sino tambi&eacute;n de eficiencia econ&oacute;mica (sobre todo en modelos donde la demanda juega un papel importante).
    </p><p class="article-text">
        Para terminar, apuntar que hay muchos aspectos sin concluir en el trabajo de Daron Acemoglu que merecer&aacute;n un desarrollo en los pr&oacute;ximos meses y a&ntilde;os, y que son claves para la pol&iacute;tica p&uacute;blica. La proposici&oacute;n central de Acemoglu es que la tecnolog&iacute;a, para que promueva una prosperidad compartida, tiene que estar dirigida. Los cr&iacute;ticos, incluido el texto de The Economist, se&ntilde;alan lo ambiguo que resulta eso en la pr&aacute;ctica. Tienen raz&oacute;n en este punto, ya que el trazo de Acemoglu y sus coautores apunta en la direcci&oacute;n de intervenir en los destinos del mercado autorregulado a fin de dirigir la tecnolog&iacute;a &lsquo;hacia otra parte&rsquo;. Por la comparaci&oacute;n hist&oacute;rica se deduce que el efecto buscado es el fortalecimiento de los sindicatos, de la democracia y del poder frente a las &eacute;lites (l&eacute;ase, los tecnooligarcas), pero est&aacute; ausente todav&iacute;a el &lsquo;c&oacute;mo&rsquo; lograr todo eso. 
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, Acemoglu insiste en que la sociedad tiene alternativas a la implantaci&oacute;n de tecnolog&iacute;a en formas que provocan graves da&ntilde;os a la clase trabajadora. &Eacute;l acepta que los empresarios buscan elevar sus beneficios y aumentar la productividad promedio del trabajo, aunque esa implantaci&oacute;n no produzca bienestar social (en su terminolog&iacute;a, que no incremente la productividad marginal del trabajo). Un an&aacute;lisis estructural objetar&aacute; que un empresario asume una determinada tecnolog&iacute;a maximizadora de beneficios porque est&aacute; obligado por la competencia, de modo que no est&aacute; claro c&oacute;mo podr&iacute;a ser de otra forma sin recurrir a instrumentos cl&aacute;sicos como la regulaci&oacute;n estatal. En el fondo, la gram&aacute;tica habitual de un proceso de &ldquo;direcci&oacute;n tecnol&oacute;gica&rdquo; es la que tiene que ver con la planificaci&oacute;n, el Estado y la protecci&oacute;n social; y probablemente por ah&iacute; vendr&aacute;n las pr&oacute;ximas discusiones en el campo.
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, espero haber mostrado por qu&eacute; creo, junto con otros economistas, que se explica la cr&iacute;tica de The Economist a un economista ampliamente reputado y brillante. El problema de Acemoglu para el mainstream es que utiliz&oacute; las propias herramientas conceptuales de la econom&iacute;a convencional para mostrar que la tecnolog&iacute;a y el mercado no producen autom&aacute;ticamente una prosperidad compartida. Aceptar ese razonamiento implica poner en tela de juicio todas las promesas de los promotores de la IA (y tambi&eacute;n los costes que lleva asociados, donde la energ&iacute;a de nuevo juega un papel central) y abogar por pol&iacute;ticas p&uacute;blicas totalmente distintas a las que se defienden desde los centros de poder vinculados a las grandes empresas tecnol&oacute;gicas. Para m&iacute;, ese camino es muy fruct&iacute;fero y es claro que necesitamos m&aacute;s prosperidad compartida, es decir, m&aacute;s intervenciones y pol&iacute;ticas como las de Acemoglu.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alberto Garzón Espinosa]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/economia/atacan-nobel-economia-defiende-clase-trabajadora_129_13465244.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 25 Aug 2026 08:53:54 +0000]]></pubDate>
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