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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Lucas Martín]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/lucas-martin/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Lucas Martín]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Sobre la memoria y el dolor, o cómo escribir desde la propia vulnerabilidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/memoria-dolor-escribir-propia-vulnerabilidad_1_9211721.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cb550c28-9f77-4265-8323-5a8de302b38c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre la memoria y el dolor, o cómo escribir desde la propia vulnerabilidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Silencios. Memoria ruidosa sobre lo acallado, es el último libro de la periodista Norma Morandini, un ensayo en el que vuelve a reflexionar sobre la desaparición de sus hermanos, Néstor y Cristina, durante la dictadura militar. Sobre este dolor debate acerca de la ideologización de los organismos de derechos humanos.</p></div><p class="article-text">
        <em>Silencios. Memoria ruidosa sobre lo acallado</em>, el &uacute;ltimo libro de <strong>Norma Morandini</strong> (Sudamericana, 2022) <strong>es un libro valiente, reflexivo, emotivo y pol&eacute;mico.</strong> Diez a&ntilde;os despu&eacute;s de&nbsp;<em>De la culpa al perd&oacute;n</em>&nbsp;(Sudamericana, 2012), la autora regresa con este nuevo ensayo que, seg&uacute;n cuenta, solo pudo escribir tras la muerte de su madre, una de las fundadoras de la delegaci&oacute;n cordobesa de la asociaci&oacute;n Madres de Plaza de Mayo. La reflexi&oacute;n en la que se aventura Morandini recorre un camino que va de la introspecci&oacute;n en el dolor por la desaparici&oacute;n de sus dos hermanos, N&eacute;stor y Cristina, a la cr&iacute;tica de la<strong> deriva ideologizada y facciosa que encuentra en los organismos de derechos humanos</strong>, en los gobiernos kirchneristas, en cierta militancia oportunista. Queda claro, pronto en el libro, el riesgo que asume la autora en esa ida y vuelta entre lo personal y lo pol&iacute;tico, en la exposici&oacute;n p&uacute;blica de lo &iacute;ntimo: <strong>exhibir la propia vulnerabilidad</strong>, pensar desde lo m&aacute;s hondo del da&ntilde;o, polemizar a partir de las emociones. Pero <strong>Morandini asume el desaf&iacute;o con solvencia y con astucia</strong>.
    </p><blockquote class="twitter-tweet" data-lang="es"><a href="https://twitter.com/X/status/1509917859056660483?ref_src=twsrc%5Etfw"></a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script><p class="article-text">
        Morandini trabaja su reflexi&oacute;n, decimos, partiendo de una indagaci&oacute;n personal y desde all&iacute; se mueve hacia el mundo com&uacute;n, hacia los problemas heredados de nuestro pasado violento, y luego, nuevamente, una y otra vez, vuelve a interrogar lo que ella misma vivi&oacute;, vive y siente sobre esos fen&oacute;menos que hacen al pasado y a la memoria hist&oacute;rica, y tambi&eacute;n al olvido. El estilo de su escritura es rizom&aacute;tico. Desde una mirada acad&eacute;mica, podr&iacute;a lamentarse que la autora no se detenga un poco m&aacute;s en profundizar sobre los temas que, en nuestro pa&iacute;s, hemos dejado pasar cada vez livianamente o por alguna que otra &ldquo;extorsi&oacute;n emocional&rdquo; (como llama a la facilidad con la que se acusa de defender la dictadura a quienquiera se corra un mil&iacute;metro de los lugares comunes instalados), que no desarrolle los argumentos faltantes de los debates truncos, que no ofrezca la cr&oacute;nica al detalle de los dilemas que le toc&oacute; vivir de cerca. Pero Morandini se reconoce ajena a la mirada acad&eacute;mica, a la que reprocha esa misma falta de profundidad, como tambi&eacute;n <strong>toma distancia de los oportunistas pol&iacute;ticos que, callados cuando era necesario alzar la voz, devienen ahora comisarios pol&iacute;ticos</strong> y militantes estridentes de una ideolog&iacute;a oficial y compacta. Este es el costado m&aacute;s pol&eacute;mico del libro. Pero Morandini no se queda en la conocida diatriba que caracteriza hoy al estado de la opini&oacute;n sobre el pasado reciente. Explora las razones de las emociones para clarificar los motivos del malestar de nuestra memoria colectiva y de la concepci&oacute;n de los derechos humanos y el consenso del Nunca M&aacute;s. Y para salir del atolladero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras trabajaba en esta rese&ntilde;a, lleg&oacute; a mis manos &ndash;en verdad, a la pantalla de mi ordenador&ndash; la columna de <strong>Tamara Tenenbaum </strong>en <strong>elDiarioAR</strong> titulada&nbsp;<a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/mar-pasarnos_129_9033576.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;Sobre el mar: nada puede pasarnos&rdquo;</a>, que contiene una reflexi&oacute;n sobre la relaci&oacute;n&nbsp;de la autora con el mar desde ni&ntilde;a, y donde subraya el efecto de la sal sobre las heridas abiertas: &ldquo;Suelo tener tantas roturas en el cuerpo&rdquo;, escribe Tenenbaum, &ldquo;que ni siquiera s&eacute; cu&aacute;ntas tengo a la vez (&hellip;) y lo que me parec&iacute;a espectacular era que entraba al mar y ah&iacute; s&iacute; pod&iacute;a contarlas todas. No las sent&iacute;a en general: sent&iacute;a arder la sal en cada una. El mar me dibujaba en el cuerpo un mapa de todo lo abierto que me quedaba. Desde siempre es eso lo que me gusta del dolor: en un mundo ambiguo, el dolor pone todo en su lugar.&nbsp;<strong>El dolor sirve para encontrar los lugares donde pasan las cosas.</strong>&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        En un mundo ambiguo, el dolor pone las cosas en su lugar. Esa idea termin&oacute; de aclarar, en m&iacute;, lo que yo percib&iacute;a del libro de Norma Morandini. Podr&iacute;a decirse que, en&nbsp;<em><strong>Silencios</strong></em><strong>, el dolor ordena</strong>. No se trata del viejo t&oacute;pico de lo inenarrable del da&ntilde;o sufrido &ndash;no es solo eso-, ni de solazarse en las emociones o buscar, a trav&eacute;s de ellas, alg&uacute;n efecto sobre el lector que la raz&oacute;n por sus propios medios no producir&iacute;a. No hay tal oposici&oacute;n entre las emociones y la raz&oacute;n en el libro. El dolor ordena la reflexi&oacute;n, rescata a la raz&oacute;n del olvido trabajado otras emociones (el resentimiento, el enojo, la ira), da sustento a las evaluaciones morales y permite jerarquizar lo que importa &ndash;lo que deber&iacute;a importarnos en una sociedad que vivi&oacute; el terror de estado. Por ejemplo, de ese dolor como hecho colectivo, nos dice Norma Morandini, nace el derecho a hacer preguntas de cuyas respuestas nadie puede arrogarse autoridad excluyente. Morandini desconf&iacute;a de quienes gritan e insultan ante la pregunta inc&oacute;moda, la discusi&oacute;n o el desacuerdo respecto del relato establecido sobre el pasado reciente, de quienes abrazan la victimizaci&oacute;n, comprensiblemente unas veces, de manera oportunista otras, para hostigar. Sin embargo, el&nbsp;dolor es m&aacute;s fuerte que la ira, nos dice, como un lema que el libro ofrece al mundo y a la memoria colectiva, a la Argentina en particular, porque aqu&iacute; somos &ldquo;incapaces de reconocernos en el mismo dolor&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Si el dolor ordena es porque existe un cierto desorden, o ambig&uuml;edad, de acuerdo con la met&aacute;fora de Tenenbaum. No hay equ&iacute;voco alguno respecto del da&ntilde;o, de las &ldquo;roturas&rdquo;. Pero no sabemos d&oacute;nde est&aacute;n, ni cu&aacute;l es m&aacute;s grande o cu&aacute;l est&aacute; m&aacute;s cicatrizada y cu&aacute;l a&uacute;n supura. La situaci&oacute;n de nuestra memoria hist&oacute;rica ser&iacute;a, por tanto, cr&iacute;tica, desplazada, plagada de olvidos. Norma Morandini nos invita a entrar al mar, a abandonar la ira, las comodidades, las mezquindades del paisaje de la memoria y los derechos humanos tal como este ha sido establecido, congelado como un relato oficial y homog&eacute;neo. Un paisaje que, antes que ambiguo, aparece recortado, congelado, tergiversado, arbitrario, y que es celado por un comisariado de las ideas, los discursos y los foros. Todo eso, nos dice, producto de la ideologizaci&oacute;n, la politizaci&oacute;n, la manipulaci&oacute;n y la apropiaci&oacute;n del drama de nuestro pasado reciente. No se trata tanto de poner las cosas en su lugar como de recordar o preguntarse d&oacute;nde era que estaban aquellas cosas, las cosas que importan. Y lo primero que ha sido desplazado es el dolor, y eso ha sido as&iacute; en gran medida por la preminencia de las emociones negativas, en particular el odio (pero tambi&eacute;n la ira, el resentimiento, el deseo de venganza).
    </p><p class="article-text">
        <strong>Morandini realiza un diagn&oacute;stico sin rodeos:</strong> durante la d&eacute;cada gobernada por el kirchnerismo, el pa&iacute;s se fue alejando del consenso en torno al Nunca M&aacute;s forjado en los comienzos de la democracia. La bisagra de esa deriva la encuentra en los dos actos de conmemoraci&oacute;n del 24 de marzo en 2004. En el primero, en el Colegio Militar, el presidente Kirchner mand&oacute; retirar los cuadros de los dictadores Videla y Bignone de la galer&iacute;a de directores de esa instituci&oacute;n e inst&oacute; a las fuerzas armadas a plegarse al Nunca M&aacute;s. En el segundo, en la Escuela de Mec&aacute;nica de la Armada, el presidente se identific&oacute; con las v&iacute;ctimas, habl&oacute; de enemigos de la patria y pidi&oacute; perd&oacute;n en nombre del Estado nacional por haber acallado durante veinte a&ntilde;os, en lo que la autora encuentra una ofensa a los testigos de antes, los sobrevivientes que declararon ante la Conadep y en el juicio a las Juntas, los fiscales, los jueces. En adelante, <strong>los organismos de derechos humanos se partidizan,</strong> ganan favores del Gobierno, abandonan la invocaci&oacute;n de derechos desde la plaza p&uacute;blica. Nace all&iacute;, sugiere Morandini, el obst&aacute;culo m&aacute;s reciente a nuestra imposibilidad de hacernos preguntas y debatir sobre el pasado reciente, y tambi&eacute;n de asumir responsabilidades.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si miramos&nbsp;aquello sobre lo que no hemos podido debatir p&uacute;blicamente, Norma Morandini ofrece un registro: la ley 26.548 que regula el Banco Nacional de Datos Gen&eacute;ticos y mantiene una exclusi&oacute;n de los y las ciudadanos/as que busquen su identidad o filiaci&oacute;n pero no hayan sido v&iacute;ctimas de la &uacute;ltima dictadura; el dilema de la extracci&oacute;n compulsiva de ADN para establecer filiaciones; la finalidad del museo de la ESMA, el uso de sus instalaciones para actividades festivas (asados, murgas), y el sentido de un museo de Malvinas dentro del predio; el n&uacute;mero de v&iacute;ctimas (el sentido de la pregunta, y de la clausura de la pregunta); los modos de nombrar los hechos del pasado reciente (genocidio, dictadura c&iacute;vico militar, &ldquo;ex&rdquo;-ESMA); el pr&oacute;logo a&ntilde;adido en 2006 al informe de la CONADEP; la responsabilidad de la izquierda armada, en particular, de Montoneros. Por cierto, sobre varios de esos temas, el mundo acad&eacute;mico ha producido sus textos, pero muy poco de eso, si acaso algo, dio lugar o nutri&oacute; al debate p&uacute;blico. Al contrario, las intervenciones p&uacute;blicas producidas desde ese &aacute;mbito han estado mayormente dirigidas a marcar los l&iacute;mites de lo debatible. Morandini no se interesa en estas declaraciones pero recuerda la hostilidad de la que fue objeto, encabezada p&uacute;blicamente por voces autorizadas del movimiento de derechos humanos, por participar en un coloquio sobre la cultura del di&aacute;logo (en particular, entre partes enfrentadas en los a&ntilde;os 70) organizado por la Universidad Cat&oacute;lica Argentina en 2015.
    </p><p class="article-text">
        El c&uacute;mulo de frustraciones en el orden del debate y la palabra p&uacute;blicos halla su origen &ndash;el origen del silencio, en uno de los sentidos que Morandini da al vocablo que titula el libro&ndash; en la naturaleza del Mal perpetrado y sufrido (porque es un tema sensible, porque hablar de eso requiere de tiempo, porque no todo es blanco o negro, hay zonas grises) y en las emociones negativas (el odio en primer lugar) que, detr&aacute;s de las razones esgrimidas, atizan el enfrentamiento y buscan censurar al otro. Morandini no cede sin embargo a ese gesto moral y descalificador, tan com&uacute;n hoy, de se&ntilde;alar en otros el odio sin dar cuenta de las emociones que impulsan ese se&ntilde;alamiento y sin responsabilizarse por las consecuencias pol&iacute;ticas de traer el estigma del odio al discurso p&uacute;blico. &ldquo;Todos, de un lado y del otro&rdquo;, escribe Morandini, &ldquo;estamos marcados por ese odio antiguo que impregna las paredes de la ESMA&rdquo;. En ese &ldquo;todos&rdquo; no hay exclusiones, ni siquiera la de quienes no vivieron los 70, y por cierto tampoco ella misma, que exhibe en su libro la metamorfosis de sus propias emociones. Todos somos v&iacute;ctimas de ese legado que debemos desarmar (&ldquo;romper el silencio&rdquo;, como titula el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo). Frente a ese legado de odio y silencio, Morandini recupera el n&uacute;cleo del dolor, un dolor des-individualizado, colectivo, como fuente de la libertad de palabra: &ldquo;Mis muertos, nuestros muertos, todos los muertos nos autorizan a preguntarnos.&rdquo; Morandini reivindica la pregunta, la indagaci&oacute;n como algo propio de la igualdad democr&aacute;tica y derecho de cada uno a buscar por s&iacute; mismo la verdad, y ante la cual nadie puede arrogarse la palabra definitiva, ni el estado ni los organismos de derechos humanos. El camino por el que la autora nos devuelve del odio al dolor es un camino de liberaci&oacute;n de la palabra, en el que puede abandonarse, o acaso dejarse para el final, las preguntas &iquest;qui&eacute;n habla? &iquest;qu&eacute; puede decirse y qu&eacute; no? Este es el legado pol&iacute;tico para las nuevas generaciones.
    </p><p class="article-text">
        Las nuevas generaciones aparecen, si no me equivoco, como destinatarias privilegiadas de la reflexi&oacute;n que sostiene el libro. Evitar para las nuevas generaciones el odio, que nutre la violencia, que puedan distinguirlo del dolor. &iquest;Qu&eacute; significa, adem&aacute;s de lo dicho hasta aqu&iacute;, este retorno al dolor o, m&aacute;s ampliamente, a las emociones, acaso a una geometr&iacute;a de las emociones? En primer lugar, como sugerimos antes, Morandini deshace el lazo entre la v&iacute;ctima y la autorizaci&oacute;n o el privilegio de la palabra. En este sentido, ofrece una liberaci&oacute;n para las nuevas generaciones, liberaci&oacute;n del peso del pasado, del pasado como mandato, como ley, al pr&oacute;jimo. Que las nuevas generaciones puedan escribir su propia ley. Como el perd&oacute;n de Abdela, la v&iacute;ctima de los represores en la novela&nbsp;<em>Soy un bravo piloto de la nueva China</em>&nbsp;(Mandadori, 2011)&nbsp;de Ernesto Sem&aacute;n, que habla desde un plano on&iacute;rico: &ldquo;Mi perd&oacute;n es para mis hijos, para su futuro&rdquo;. Sin que eso signifique el car&aacute;cter irreversible e imperdonable de los cr&iacute;menes, ni en Morandini ni en Sem&aacute;n, se trata de emprender un trabajo colectivo que no ha sido hecho.
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;amos que, a la par de la imposibilidad para el debate, Morandini se&ntilde;alaba la dificultad para reconocer responsabilidades, no ya las responsabilidades penales (la culpa), de lo que se ha ocupado y se ocupa la justica. Se trata, seg&uacute;n leemos, de tomar una palabra que ha sido delegada casi exclusivamente al &aacute;mbito de la justicia. Ligada a la responsabilidad, y m&aacute;s all&aacute; de los problemas que los debates truncos acarrean a la tarea de asumirla, aparece, ya no en el pasado sino en el futuro, la eventualidad de la reconciliaci&oacute;n, tema tratado ya en su anterior libro. Morandini es clara y tajante en este punto cuando diferencia el perd&oacute;n de la reconciliaci&oacute;n: nadie puede pedir perd&oacute;n por las v&iacute;ctimas, el perd&oacute;n es &iacute;ntimo e individual y los cr&iacute;menes son imperdonables.&nbsp;&nbsp;Pero la reconciliaci&oacute;n es un hecho colectivo, una apuesta a la racionalidad, una racionalidad recuperada por medio de una interrogaci&oacute;n de nuestras pasiones. No se tratar&iacute;a, seg&uacute;n nuestra lectura, de una reconciliaci&oacute;n fraguada por el olvido y por una voluntad de dar vuelta la p&aacute;gina sin reflexionar ni conversar sobre el pasado. Al contrario, la apuesta es por la asunci&oacute;n de las responsabilidades de ayer y de hoy (porque, como subrayamos antes, todos, sin exclusiones, heredamos el crimen de estado), y esa sola acci&oacute;n es en s&iacute; misma un paso hacia la reconciliaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La recuperaci&oacute;n del debate, la asunci&oacute;n de las responsabilidades, son invitaciones a adentrarse en el mar, a volver la mirada sobre el pasado violento reconociendo d&oacute;nde est&aacute;n las heridas y cu&aacute;les son las emociones que nos mueven, que sostienen nuestras razones. Mucho puede decirse sobre el mar &ndash;la met&aacute;fora es proteica. Concluyo con la menci&oacute;n de su naturaleza informe y mineral: nos har&aacute; ver d&oacute;nde est&aacute;n las heridas pero quedar&aacute; para nosotros el resto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lucas Martín]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/memoria-dolor-escribir-propia-vulnerabilidad_1_9211721.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 Jul 2022 03:02:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Norma Morandini,Desaparecidos,Derechos humanos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Derechos humanos y división política]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/derechos-humanos-division-politica_129_7347389.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f7937a47-b80d-4ec7-9e1f-4dc8ae554c93_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Derechos humanos y división política"></p><p class="article-text">
        La discusi&oacute;n sobre la relaci&oacute;n entre pol&iacute;tica y derechos humanos abre un signo de interrogaci&oacute;n acerca del consenso sobre el que se erigi&oacute;, en sus comienzos, la democracia. &iquest;El consenso sobre los derechos humanos mut&oacute;, o acaso no era el que hab&iacute;amos cre&iacute;do que era? En todo caso, es posible percibir, en los actores tradicionales del campo de los derechos humanos, una reivindicaci&oacute;n de la prioridad de la pol&iacute;tica que nos lleva a volver nuestra mirada hacia el pasado.
    </p><p class="article-text">
        De los inicios, debemos recuperar un elemento distintivo de aquel consenso, una falla particular: la omisi&oacute;n de la dimensi&oacute;n pol&iacute;tica en el modo en que se construy&oacute; el consenso del <em>Nunca M&aacute;s</em> en la inmediata post-dictadura. Por dimensi&oacute;n pol&iacute;tica se entiende aqu&iacute; b&aacute;sicamente la militancia pol&iacute;tica (de izquierda) de quienes hab&iacute;an sido las principales v&iacute;ctimas. La justicia y la verdad que iban dando forma al naciente consenso se establec&iacute;an a partir de un nuevo lenguaje que sustitu&iacute;a el l&eacute;xico b&eacute;lico y organicista de los a&ntilde;os previos (flagelo subversivo, el enemigo interno, guerra) con las nociones propias del estado de derecho y la democracia (crimen, v&iacute;ctimas y victimarios). En la nueva configuraci&oacute;n no hab&iacute;a espacio para la evocaci&oacute;n de la militancia, y esto por muchas razones: porque no importaba para se&ntilde;alar el horror ni para hacer justicia, ni para reconocer la condici&oacute;n de v&iacute;ctima, o porque algunos sobrevivientes tambi&eacute;n pod&iacute;an ser eventualmente juzgados por delitos cometidos como parte de su militancia. En esa &ldquo;narrativa humanitaria&rdquo; (el t&eacute;rmino es de Emilio Crenzel), se despojaba a las v&iacute;ctimas de sus compromisos pol&iacute;ticos pasados y, de ese modo, se las presentaba di&aacute;fanas, en su sola condici&oacute;n doliente, de manera que la sociedad toda pudiera solidarizarse con ellas, cuando no identificarse con ellas, y repudiar, sin matices ni hesitaciones, a los victimarios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esas fueron las condiciones del consenso del <em>Nunca M&aacute;s</em>. Resulta dif&iacute;cil imaginar que las cosas hubieran podido ser de otro modo. Habr&iacute;a requerido correr el foco de la atenci&oacute;n, mirar hacia otro lado. Habr&iacute;a supuesto correrse de la divisi&oacute;n que separaba democracia de dictadura para traer a la consideraci&oacute;n p&uacute;blica las divisiones pol&iacute;ticas del pasado anterior incorporando al actor revolucionario. No es que esto estuviera totalmente ausente: se encuentran ejemplos en los debates parlamentarios, en el juzgamiento de la c&uacute;pula guerrillera, en el pr&oacute;logo del informe de la CONADEP, que hallar&iacute;an como respuesta la desaprobaci&oacute;n bajo el nombre de la &ldquo;teor&iacute;a de los dos demonios&rdquo;. Pero <strong>el consenso no se erigi&oacute; sobre esos pocos y criticados discursos sino sobre la columna ausente de esa dimensi&oacute;n pol&iacute;tica.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Es posible apreciar un contraste con nuestros a&ntilde;os recientes:</strong> <strong>el humanismo despolitizado de entonces es sustituido hoy por una politizaci&oacute;n de los derechos humanos.</strong> En el medio, los a&ntilde;os del gobierno kirchnerista jugaron un rol significativo: se produjo entonces una amalgama de la pol&iacute;tica de partido, la ret&oacute;rica revolucionaria setentista y la reivindicaci&oacute;n de los derechos humanos. Esa amalgama ti&ntilde;&oacute; la discusi&oacute;n pol&iacute;tica, que se polariz&oacute; por cuenta propia, y llev&oacute; al barro de la pol&iacute;tica partidaria tanto el tema de los derechos humanos como a sus actores hist&oacute;ricos. En este marco, se entiende mejor la nota de P. Litvachky y X. Tordini. Pero debemos preguntarnos si esta impronta de la pol&iacute;tica en la reivindicaci&oacute;n de los derechos humanos remedia aquella primera omisi&oacute;n de la pol&iacute;tica en el consenso post-dictatorial. Dicho en otros t&eacute;rminos, debemos preguntarnos por el significado de lo pol&iacute;tico antes y ahora.
    </p><p class="article-text">
        Si volvemos sobre el texto de referencia, podemos encontrar que el t&eacute;rmino pol&iacute;tica es objeto de una confusi&oacute;n. Las autoras se&ntilde;alan que, luego de la imagen idealizada de un consenso de derechos humanos en la inmediata post-dictadura, &ldquo;[d]urante los cuarenta a&ntilde;os siguientes los derechos humanos han sido, son, parte de la lucha pol&iacute;tica.<strong>&rdquo; </strong>Pero m&aacute;s adelante sostienen que<strong> &ldquo;</strong>la politizaci&oacute;n no es un mal para el &lsquo;paradigma de los derechos humanos&rsquo;&rdquo; y que <strong>&ldquo;</strong>[l]o contrario [unos derechos humanos despolitizados] no ha existido nunca en la historia de la Argentina, ni siquiera en aquel momento que se postula como ideal.&rdquo; La aparente contradicci&oacute;n deja ver en verdad una confusi&oacute;n en el uso de la noci&oacute;n de pol&iacute;tica, que permite afirmar, a la vez, que los derechos humanos se politizaron luego de su momento original y que los derechos humanos son pol&iacute;ticos siempre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se&ntilde;alemos un acuerdo y la raz&oacute;n de por qu&eacute; no hallamos contradicci&oacute;n sino confusi&oacute;n: compartimos <em>grosso modo</em> las dos afirmaciones de las autoras. No cabe duda alguna de que la reivindicaci&oacute;n de los derechos humanos en dictadura era la respuesta <em>pol&iacute;tica</em> necesaria a un problema <em>pol&iacute;tico</em> de primer orden, y que era, adem&aacute;s, el coraz&oacute;n de la vida pol&iacute;tica cuando no hab&iacute;a, bajo el terror, casi vida pol&iacute;tica alguna. Lo mismo cuando, ya iniciada la democracia y restaurada la vida pol&iacute;tica, los derechos humanos constituyeron el tema principal de la agenda pol&iacute;tica. Y no cabe duda alguna tampoco de que, en alg&uacute;n momento del comienzo de siglo, las voces principales del movimiento de derechos humanos empezaron a ser una con la voz del partido de gobierno, y as&iacute; seguir&iacute;a, salvo excepciones, con el mismo partido aun fuera del gobierno. El problema radica que, en su argumento, no extraen las consecuencias de los distintos usos de la noci&oacute;n de pol&iacute;tica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desenmadejemos la confusi&oacute;n. <strong>Una cosa es afirmar, como creemos muchos, que los derechos humanos son una instituci&oacute;n pol&iacute;tica, fruto de luchas hist&oacute;ricas, y otra muy diferente es asociar esa instituci&oacute;n pol&iacute;tica con una parte de la sociedad, con una identidad partidaria, con el Estado. </strong>En nuestra experiencia, la instituci&oacute;n de los derechos humanos marc&oacute;, en los or&iacute;genes de la democracia, una frontera con la dictadura y con los cr&iacute;menes de lesa humanidad. Pero la divisi&oacute;n que de ese modo se establec&iacute;a en torno de los derechos humanos no se superpon&iacute;a con la divisi&oacute;n pol&iacute;tica de los actores de la democracia, es decir, no se yuxtapon&iacute;a a las identidades partidarias, sino con la divisi&oacute;n entre democracia y dictadura. En efecto, aun cuando el tema hubiese sido decisivo en las elecciones de 1983 y, m&aacute;s tarde, hubiese sido motivo de oposici&oacute;n en bloque a las pol&iacute;ticas del menemismo, el movimiento de derechos humanos mantuvo su autonom&iacute;a respecto de los partidos y el poder pol&iacute;tico (y del Estado, actor excluyente de las violaciones a los derechos humanos). En cambio, a comienzos de los 2000, el movimiento adhiri&oacute; a una visi&oacute;n de Estado, a un partido, abandonaba su autonom&iacute;a previa y contribu&iacute;a, as&iacute;, a instalar en el debate p&uacute;blico-pol&iacute;tico los t&eacute;rminos del consenso del <em>Nunca M&aacute;s</em> subordinados a la discusi&oacute;n partidaria. Se solapaban as&iacute; la divisi&oacute;n partidaria y la divisi&oacute;n marcada por el parteaguas del <em>Nunca M&aacute;s</em> respecto del pasado de violaciones a los derechos humanos. El cuadro se agrava cuando observamos que el partido con el cual se adhiere estuvo al frente del Estado durante 14 de los &uacute;ltimos 18 a&ntilde;os. El movimiento de derechos humanos se confunde, as&iacute;, con el Estado &ndash;integrantes de los organismos ocupan cargos oficiales, por ejemplo&ndash; y toma partido en la competencia pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Pongamos en perspectiva el tema del solapamiento de las divisiones. Si en el Chile post-dictadura la divisi&oacute;n pol&iacute;tica se superpuso a la divisi&oacute;n en torno de los derechos humanos, en parte porque Pinochet sigui&oacute; siendo una figura institucional y pol&iacute;ticamente poderosa y porque el pinochetismo ten&iacute;a representaci&oacute;n partidaria, en Argentina esa superposici&oacute;n no se produjo sino en los a&ntilde;os del kirchnerismo pues, hasta entonces, como dije antes, la autonom&iacute;a del movimiento de derechos humanos y la transversalidad de los apoyos hac&iacute;an imposible algo as&iacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No puede decirse que la Argentina, al dar el paso de la separaci&oacute;n entre lo pol&iacute;tico-partidario y lo humanitario a su superposici&oacute;n o amalgama, haya dado un giro hacia la situaci&oacute;n chilena. No hay un videlismo en nuestro pa&iacute;s, como s&iacute; hubo un pinochetismo en Chile. Pero tampoco la amalgama es semejante por la raz&oacute;n siguiente: es el movimiento de derechos humanos el que pierde legitimidad con ella y, a la par, tambi&eacute;n pierde legitimidad el propio consenso en torno de los derechos humanos. En Chile, en cambio, el paso del tiempo y el progresivo avance en materia de derechos humanos, y tambi&eacute;n la conducta pusil&aacute;nime y corrupta del propio Pinochet, fueron extendiendo el consenso inicial m&aacute;s all&aacute; de los partidos de la Concertaci&oacute;n, que en el origen eran los &uacute;nicos identificados con la causa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La novedad hist&oacute;rica durante la transici&oacute;n democr&aacute;tica argentina (esta interpretaci&oacute;n es de Isidoro Cheresky) fue el nuevo lugar leg&iacute;timo de enunciaci&oacute;n de derechos: la sociedad civil. Hasta entonces, hab&iacute;a sido el Estado o sus gobernantes la fuente de esa legitimidad. <strong>Con los derechos humanos, la historia cambi&oacute; de manera rotunda: como nunca antes, los argentinos ganamos la legitimidad de reclamar los derechos frente al poder. Ese legado estar&iacute;a entrando en crisis si la defensa de los derechos humanos se somete a la lucha por el pode</strong>r, es decir, si las descripciones de&nbsp; Litvachky y Tordini son certeras y si las autoras toman, adem&aacute;s, el diagn&oacute;stico de los hechos como un principio normativo para la acci&oacute;n y, en lugar de buscar un remedio, se orientan por la m&iacute;mesis.
    </p><p class="article-text">
        <em>LM</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lucas Martín]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/derechos-humanos-division-politica_129_7347389.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 29 Mar 2021 11:11:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Derechos humanos y división política]]></media:title>
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