Ensayo general Opinión

Sobre el mar: nada puede pasarnos

Tamara Tenenbaum Ensayo general rojo

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Estoy tratando de recordar la primera vez que fui al mar, o al menos la primera vez que me llegue a entrar en la memoria, porque sé que hasta que se murió mi papá, cuando yo tenía cinco, veraneábamos en una casa de su familia en Punta del Este a la que después medio que nos prohibieron la entrada, pero mis recuerdos empiezan justo en su muerte, así que de esa casa no recuerdo nada. Pienso en después: sé que una vez vine a Mar del Plata, al Hotel Manantiales, con mi mamá y mis hermanas, pero ya era un poco más grande. Antes de eso creo que un novio de mi mamá nos llevó a Santa Ana, en Uruguay, pero tampoco puede haber sido la primera vez, ni siquiera la primera vez después de los cinco años. En fin. No logro encontrar ninguna sensación de virginidad en el mar. Ninguna memoria emotiva de descubrimiento. Tampoco tengo grandes historias de amor en el mar. No tengo relatos impulsivos de tipos que te conocen poco y te dicen de arrancarse a la playa, prefiero creer que esas cosas mucho no pasan para no suponer que no me pasan a mí o a las chicas como yo. Tengo algunas prolijas semanas en pareja, tengo viajes con amigas. 

Hace una semana escribí sobre la soledad, y se ve que estoy obsesionada. No logro desatar el recuerdo del mar de la falta de autonomía. Cuando era chica, irse a la playa era, como lo eran todos los viajes, perder la libertad; así se sentían las vacaciones para mí. Dejar el cuarto en el que dormía sola y ocupar uno con mi mamá y mis hermanas. Perder ese tiempo mágico que aparecía cuando mi mamá trabajaba y tener que convivir con la disponibilidad infinita de mi mamá. Lo escribo y me da culpa, sobre todo porque de grande me enteré de que no todo el mundo experimentó las vacaciones familiares de esa manera y lo mío seguramente fuera alguna forma de respuesta postraumática; pero el postrauma es la única personalidad que conozco y la única vida interior que tengo, así que si se trata de lo que siento sobre el mar es lo que puedo contar. Las sensaciones físicas de la playa se pegaban a eso que ya traía: la incomodidad de la arena en los pliegues de la piel, en lugar de ser aventura, era una metáfora del pegote que es la familia. No había miedo a lo desconocido porque tampoco me dejaban meterme demasiado hondo, y yo era una nena demasiado flaca y friolenta para que me importara lo suficiente nadar y pelear por eso. 

Hay solo dos partes del mar que recuerdo bien, en el sentido de recordarlas como buenas: la primera es el ruido de las olas que se rompen, que todavía es mi cosa favorita del mar. Me parecía mágico, me parece mágico, que algo blando pueda hacer tanto ruido. Si se lo cuento a mis amigas que creen en la astrología calculo que dirán algo sobre mi sol en piscis, mi Venus en piscis, mi carta llena de piscis, eso mismo que explica que I fall in love too easily, me enamoro de cualquiera como Chet Baker para después pasarme la vida encerrándome en baños para que nadie me hable, pero medio que ya lo dice la misma canción, I fall in love too terribly hard / For love to ever last. Mis amigas dirían eso, entonces, que por eso me gusta del mar que sea una cosa blandas que hace ruido. Yo creo que me hace acordar a los rollos de tela de mi barrio, que hacen un sonido maravilloso cuando los apoyan en los camiones o en el piso, y son la otra cosa que conozco que hace ruido sin ser dura. Y algo sobre el cuerpo, que seguro se relaciona con lo de ser pisciana y enamorarse mal: soy muy sensible a esos sonidos graves que te retumban en el centro del pecho, como el ruido del mar, los que se sienten adentro, en un lugar del que solo me hago consciente cuando escucho esas frecuencias. Los ríos, salvo que sean muy rápidos, hacen sonidos más agudos que se te mueren en la superficie de la piel. 

Lo otro bueno que tiene el mar y que entiendo desde chica es la sal, más específicamente, la sensación de la sal del mar en las heridas abiertas. Siempre tengo heridas abiertas: me lastimo con mis propias uñas largas, las que antes me dejaba crecer para morderlas y hoy llevo largas y sin pintar para tocar la guitarra. También soy de caerme y chocarme con las cosas, de tener frutillas, raspones, cutículas sueltas, ampollas. Suelo tener tantas roturas en el cuerpo que ni siquiera sé cuántas tengo a la vez, hoy mismo no sé exactamente cuántos moretones tengo en las piernas, y lo que me parecía espectacular era que entraba al mar y ahí sí podía contarlas todas. No las sentía en general: sentía arder la sal en cada una. El mar me dibujaba en el cuerpo un mapa de todo lo abierto que me quedaba. Desde siempre es eso lo que me gusta del dolor: en un mundo ambiguo, el dolor pone todo en su lugar. El dolor sirve para encontrar los lugares donde pasan las cosas. 

Es invierno. No hay chances de remojar las cicatrices, pero vine a Mar del Plata a trabajar, la forma que descubrí de estar sola sin que nadie me pregunte por qué; o más bien, sin yo preguntarme por qué, quiero decir, ya soy grande y sé que a nadie le importa lo que hago o dejo de hacer ni con quién estoy o dejo de estar. Es invierno y no se entra al mar pero se lo escucha, y duermo sola y nadie sabe lo que hago mientras no tengo que estar en alguna de las mesas o las lecturas. Camino al lado del agua, en público y a la vista de todos pero con la tranquilidad que en la infancia y la adolescencia solo encontraba leyendo en el piso del baño con la puerta trabada. Caminando recién descubrí otra cosa que me gusta del mar: el olor a arena y sal, un olor que no es limpio, como los olores que me gustan a mí que desprecio los perfumes porque no te dejan oler las personas y las cosas. De las frases que me resuenan me aparece la de la telenovela esa, Verano del 98, que miré en algún hotel de playa en el verano correspondiente, se me mezclan siempre las frases de los libros y las canciones con las de las telenovelas porque en esa época para mí toda la cultura era lo mismo, los mejores años de mi mente: nada nos puede pasar.  

TT

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