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El blog de la redacción de elDiarioAR

Argentina en el callejón

Pablo Gerchunoff

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Dice un refrán, probablemente español, que de noche todos los gatos son pardos. Que de noche no podemos distinguir a un gato de otro gato. Los gatos son, en este caso, lo que por comodidad taxonómica vamos a denominar “derecha populista”: Trump, Bolsonaro, Orban, Meloni, Milei y cuantos gusten ustedes sumar. Hago, entonces, una sugerencia: ¿y si miramos a los gatos de día? Si los miramos de día los gatos son de distinto color, y el término derecha populista explicará algo pero no todo, porque lo que no explica es la especificidad de cada caso, los rasgos diferenciales. No explica, entonces, la historia. En otras palabras, necesitamos de la luz del día para reflexionar sobre Milei, sobre las causas de su aparición en la escena pública, sobre su posible destino político.

Entonces, ¿quién es Milei, enfocado con suficiente luz? En primer lugar, Milei es un hombre sin pasado político, lo que le permite el lujo de declararse anti político. En eso no tiene mucho de novedoso. En segundo lugar se declara libertario, y eso sí es un exotismo a escala mundial. Muchos tuvieron que buscar en Google qué quería decir libertario. Pronto pudo comprenderse que la obsesión por la libertad como valor monotemático hacía juego con el encierro de la pandemia, y muchos argentinos conectaron eso con el funcionamiento entero de la nación. Después de ganar las elecciones generales, Milei es una tercera cosa, además del hombre sin pasado político y del libertario: es alguien que vive una enorme tensión entre sus dogmas y las complejidades de la administración, a la que le resultó una sorpresa llegar. Subrayemos la palabra tensión. Dogma y administración no se llevan bien, el presidente Felipe González lo sabe por experiencia y por inteligencia. Y peor se llevan cuando hay que enfrentar, como en la Argentina, un enorme desbarajuste económico. La agenda de Milei, aquello para lo que fue elegido,  es terminar con ese desbarajuste, cuyo origen él remonta a más de cien años atrás. Es una desmesura, pero quizás no sea casual. Más de cien años significa el origen de la primera experiencia democrática argentina. Los libertarios siempre han desconfiado de la democracia, ese es uno de sus sesgos. Milei quiere volver a 1910, a las fiestas del primer centenario, a la bonanza conservadora; hay en ese deseo utópico una similitud con el kirchnerismo, que en las fiestas del bicentenario quería imitar la bonanza peronista de  1945. Dos anacronismos en competencia.

  Dije dogma  ¿Dónde descubrimos el dogma en Milei? El dogma está, antes que nada, en las palabras. Apenas lleva sesenta días de gobierno, y no sería justo juzgarlo por los hechos y por sus resultados. Fernando Henrique Cardoso dice que gobernar es explicar, y para ello se necesita hablar. Milei habla para sostener vivo el mito de una innovación política extraordinariamente ambiciosa, pero que sabe extraordinariamente débil. Milei es débil. No tiene recursos ni políticos ni institucionales. Tiene 38 diputados sobre 257; tiene 7 senadores sobre 72. No tiene gobernadores ni intendentes. Los militares, a diferencia del Brasil de Bolsonaro, afortunadamente pesan poco o nada en el devenir de la política. No hay tomas del Capitolio en el horizonte. La iglesia católica mayoritaria no le brinda apoyo. Milei solo tiene a su favor opinión pública, que siempre es volátil y no alcanza para sostener proyectos de cambio, como lo supo Alfonsín en marzo de 1984 al fracasar su proyecto de democratización sindical, apenas tres meses después de asumir la presidencia. En este contexto, quiero decir, provisoriamente, que no consigo ver un riesgo democrático en Milei; lo que veo es un riesgo sobre el rumbo de su gobierno.