Sobre este blog

A veces es más interesante lo que sucede en la previa de una entrevista que la entrevista que se publica. A veces, también, las bambalinas de un reportaje merecen "una nota aparte". ¿Cómo se preparó Esmeralda Mitre para recibir a elDiarioAR? ¿Qué era eso que tenía sobre su escritorio el empresario Claudio Belocopitt? ¿Y el momento exacto en el que Alberto Samid se enfureció delante del grabador encendido? Hay datos de archivo, referencias, climas, declaraciones o rodeos del personaje que no llegan a un texto. Y no hay entrevistado sin entrevistador así que este boletín también indaga en los fracasos y los aciertos a la hora de entrevistar, de la escucha y lo imprevisible. Gracias por venir será una ventana para que corra aire y también para conocernos.

Autora: Victoria De Masi

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Antes de la pandemia tampoco éramos Kapuściński

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Era sencillo: había que pasar un chip de un teléfono a otro. Reconozco mi falta de destreza para estas cosas. Hubo una publicidad, allá por 2004. Un nenito en la cocina de su casa afirmaba que el chip es el futuro --recordarán: “Es el chip, mamucha”--, que allí se guarda toda la información, que con esa piecita más pequeña que una tableta para mosquitos todo dato, personal y de los otros, está asegurado. Asegurado para siempre, es decir, eternizado. Hace 17 años no sabíamos que viviríamos mediados por la pantalla. Tampoco que nos tocaría atravesar una pandemia.

A mí la cuestión del chip me parece tan delicada que saqué turno en la Web para llevar los teléfonos a una sucursal de mi empresa de telefonía. “Que se ocupe alguien que sepa”, pensé. Aquel recitado del nenito de la publicidad se resignificó al llegar. El primer contacto virtual con la central de turnos devino en un encuentro presencial, ahora barbijo mediante. El empleado dio por sentado algo, o yo no supe explicar qué. No importa. Esperé una hora y media en la vereda. Todo por “el chip, mamucha”. En ese lapso pasó esto: un tipo salió del local a las puteadas, llovió, cuatro policías de civil detuvieron a una pareja que, al parecer, robaba celulares en Palermo.

De regreso en la bici, con el chip viejo en un teléfono usado pero más “moderno” que el que tenía, miré. Miré a un lado y otro de mi recorrido habitual: Gorriti, Serrano, Padilla, Gurruchaga, Tres Arroyos. Los locales de ropa con las persianas a media asta. Los cafecitos de especialidad en modalidad take away. Las verdulerías y su despliegue de cajones, obscenamente abiertas. Los chicos y chicas que pedalean para las apps de delivery. Los cartoneros y las familias cartoneras. Los murales que nos recuerdan, como si fuese posible olvidar, que Maradona ha muerto. “La bici es un punto de vista”, escribió una vez Josefina Licitra.