I. Quizás el título tendría que ser “notas sobre la pretensión”. Pero creo que pretender es siempre pretender ser. O en todo caso, no hay ser que no sea un poco pretencioso. Cada vez que apelamos al ser que creemos que somos, se puede advertir un desfasaje entre eso que decimos y eso que sentimos. Son pocas las veces en las que estamos a gusto con las definiciones acerca de lo que “somos”. Ese ser, al no tratarse de una esencia, al no estar dado, se hace. Y resulta una especie de conglomerado de imágenes con el que no siempre estamos cómodos, con el que casi siempre estamos incómodos. El ser es un pastiche, un artificio, un pequeño Frankenstein que lleva el nombre de su hacedor: un Otro que nos nombra y que nos pone a andar torpemente, con las suturas a la vista, aunque pretendamos disimularlas. Y es que la autoestima viene del Otro, de ese Otro que habrá que hacer caer alguna vez. Quizás de eso se trate pasar al otro lado del espejo, como Alicia.