Sobre este blog

Atención flotante es el correo mensual de nuestra columnista Alexandra Kohan que se propone formular preguntas donde solo había respuestas.

“Son lecturas posibles a partir de cosas, nimiedades que están dando vueltas en el aire y que en apariencia no tienen ninguna importancia. Detenerse y subrayar algo que no había advertido antes. Formular preguntas donde sólo hay respuestas. No tengo todo pensado”, advierte la autora.

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Notas sobre los rituales

El ritual de tomar café a la mañana

I. Hace un tiempo, en una conversación, Agustina Larrea -que cada viernes nos dona mil lianas- me dijo que sería lindo que escriba sobre los rituales. Lo tomé en cuenta y además recuerdo que me causó una sensación grata -entonces empecé, como hago siempre, a tomar notas-. Sólo que, puesta a escribir, me pregunté a propósito de qué me había hecho esa sugerencia y me di cuenta de que no lo recordaba. Se lo pregunté y ella se refirió a la vez que le conté que con mi mamá teníamos un bar al que iban casi siempre las mismas personas. Yo le había contado que mi mamá ya sabía lo que iban a desayunar los clientes y, casi sin mediar palabra, les servía lo que querían. No era solamente el qué iban a consumir, sino el cómo de cada cosa -el café fuerte o liviano, más leche que café, corto o largo, en jarrito o en pocillo, doble o largo, por ejemplo-. Ella se ocupaba de las particularidades de cada uno y cada uno podía ser recibido en su particularidad. Ella ya tenía el bar hacía años cuando empecé a trabajar ahí y entonces aprendí su manera de recibir y de prestar atención a lo que cada quién prefería -ese era un rasgo propio del lugar, pero también un rasgo de mi mamá fuera de ahí-. “Parroquianos” se dice en criollo; “habitués'' en lo que de afrancesados actuamos. La parroquia, lo habitual: los rituales. Las ciudades se están volviendo cada vez más impersonales y eso se nota muchísimo en los bares. Uno quizás mantenga sus preferencias, pero son pocos los lugares en donde somos recibidos con ellas. La ciudad se llenó de cafés de especialidad, pero esa especialidad arrasa con lo especial que tenemos cada uno de nosotros. Uno ahí toma el café que quiere el otro, no el que quiere uno.

II. Todas las mañanas muelo el café antes de prepararlo. Es una costumbre que aprendí de mis padres, para quienes el buen café era fundamental. Aprendí desde muy chica a hacerlo de esa manera y elegí mantener la costumbre. Y entonces ahora no sé bien qué sería una costumbre y qué sería un ritual. Porque hacer las cosas por costumbre es más bien dejarse llevar por la inercia, pero ciertos rituales tienen más que ver con la fiesta. Y entonces pienso si no es cuando una costumbre encuentra su ceremonia que se vuelve ritual. Porque además, la ceremonia, como dice Roland Barthes, “protege como una casa: algo que permite habitar el sentimiento”. No es que tenga la costumbre de moler el café todas las mañanas, sino que elijo esa manera porque es la manera de mis padres, es la manera de que no todo se pierda ahí donde todo se perdió, donde todo ya pasó. No lo sabía hasta que me puse a escribir estas notas.

III. Durante muchísimos años -más de treinta-, compré el café en grano en donde lo comprábamos para el bar (ahí también lo compraban mis padres). Lo compré hasta hace muy poco. Recientemente, alguien me mencionó otro lugar y entonces cambié. No es que no supiera que había otros lugares, pero fue ahora y no antes que pude cambiar de sitio; fue ahora y no antes que pude introducir una pequeña modificación en la ceremonia del café familiar. Fue ahora y no antes que pude dejar de repetir, diría que algo retentivamente, un ritual que quizás se estaba volviendo un tanto melancólico. Me da alegría ir al nuevo lugar, es la alegría de haber agujereado un poquito la insistencia en preservar lo que se escurre.

 

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Algunas preguntas donde sólo había respuestas, por Alexandra Kohan.

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IV. Hay una diferencia entre no poder dejar de hacer algo, verse compelido a hacerlo, no poder no hacerlo y este otro modo: poder no hacerlo y sin embargo, querer hacerlo; poder no hacerlo y sin embargo hacerlo, aun sin saber que lo hacemos. Quizás en esa diferencia se halla la diferencia entre compulsión-superstición (si no hago X, va a pasar Y) y esa otra cosa más ligada a las ganas, a los gustos, a las preferencias, a las costumbres y, por qué no, a la angustia y al deseo. A veces se trata de que algo permanezca ahí donde hubo pérdida, para que no se pierda todo. Los rituales no siempre son eso que se nos impone, muchas veces son eso que hacemos para, como dice Barthes, producir algo de libertad: “cuanto más formal es el rito, mayor virtud pacificadora tiene: no intentar cumplir los ritos; concebir que la ceremonia (privada) introduce a la libertad, en lugar de exigirla previamente”.

V. Los ritos funerarios son, sin dudas, algo simbólico para rodear el agujero que causa lo real de una muerte. Un poco, pero ese poco es muchas veces necesario. Por eso Antígona insiste en enterrar a su hermano -Creonte había prohibido que se le diera sepultura o que se celebraran los ritos fúnebres de Polinices- y esa insistencia es la que la coloca en una posición ética -tal y como lo ha pensado Lacan-. Por eso en Hamlet el tiempo está fuera de quicio: una coreografía de duelos imposibilitados que pasa por varios lados a lo largo de la obra: el Rey asesinado que vuelve como espectro y que no logra descansar en paz, Gertrudis que pasa de un marido al otro sin temor y sin temblor, Polonio y su “furtivo funeral”, como dice Laertes, Ofelia enterrada casi sin ceremonia. Los ritos, dice Lacan, han sido abreviados y clandestinos. Hacer del vacío un agujero, acaso se trate solamente de ese poco y sólo un poco. Pero los ritos funerarios no son ritos de duelo. Porque un duelo no tiene rituales. Lo que Barthes dice atinadamente es que “el momento «catastrófico» del duelo (el primer momento, dramático) es en un sentido más fácil de llevar, porque la catástrofe es tomada a cargo, aunque muy mal, por una ceremonia colectiva, que actúa como un barniz, protege, aísla la piel de las quemaduras atroces del duelo”. Ese primer momento de ceremonia colectiva alivia, claro que sí. Pero luego el acto en soledad que implica un duelo se hace sin rituales. La singularidad de un duelo impide que se ritualice o que tenga normas generales. Porque un duelo también es un hallazgo, “el hallazgo de una pérdida”, como dice Patricia Fochi en El duelo, la infición del mundo -editado por Otro Cauce-. Pero que no haya rituales para un duelo no significa que un duelo no se juegue, a veces, en los rituales cotidianos. Después de todo se trata también de anotar la ausencia en eso que se repite en los rituales cotidianos, o como dice Juan Ritvo: “la pérdida no es un dato, porque hay que construirla”.

VI. Algunas de las cosas que Jacques Lacan le criticó al psicoanálisis de su época -al llamado psicoanálisis postfreudiano-, fueron su estandarización, su ortodoxia, su sistematización, su encuadre invariable, fijo; sus reglas anticipadas, su institución, su estereotipación. En definitiva: el psicoanálisis se estaba convirtiendo en una práctica ritualista en la que no se podía introducir ninguna modificación -de hecho él las introdujo y fue expulsado de la Iglesia/institución-. Jean Allouch lo consigna así: “Lacan lo habrá precisado (¿en vano?): el ejercicio psicoanalítico no es el rito del inconsciente. No es mera fantasía si en algunas ocasiones habla de la práctica analítica como un ejercicio y no como un rito. El rito se encuentra reglamentado de entrada (...); el ejercicio, no. El rito, según la versión de Van Gennep (...), no fracasa jamás; el ejercicio, en cambio, puede fallar. Ese rechazo de lo que sería un rito es, por otra parte, confirmado por Lacan cuando rehúsa dar a cada psicoanálisis efectivo, un estatus de iniciación”. Más allá de que haya ciertas cosas muchas veces invariables -día y horario, por ejemplo-, un análisis está hecho de hallazgos, de sorpresas, de pequeños destellos y de un encuentro entre-dos que jamás podrá producirse si hay un ritual de por medio. La regla fundamental -asociación libre/atención flotante- resulta paradójica como regla, porque da lugar a eso que no se puede anticipar, a eso que no responde más que en la sorpresa y en el hallazgo. Se trata de estar atentos a no hacer del análisis un ritual, sobre todo que no lo sea para el analista.

VII. Termino con un poema de Carmen Güiraldes:

Cómo es que tenemos sólo dos manos

 

Me pinto las uñas

el esmalte se salta a los dos días

lo sé

Me las vuelvo a pintar

manchas rojas en las puntas caníbal

de mis manos-

garras

para agarrar un pasado

que es siempre más largo que la novedad

Es por el ritual de lentificar la rutina

de soplarme las manos vacías

de tocar las cosas como si tuviera guantes

de box

No dejo de pasar la punta

de la lengua por el esmalte

liso

pruebo el tiempo de secado del pulgar

después el del meñique

como si la única verdad estuviera entre mis dedos.

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AK

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