Sobre este blog

Intentará ser un correo al que los suscriptores le den Play. Una vez cada dos semanas llegará a la bandeja de entrada algo que a Julieta Roffo, su autora, le entró por un oído y, en vez de salirle por el otro, le salió por un texto. Habrá música pero también habrá ruidos, canciones y sonidos de los que sabemos todos y, ojalá, de los que sorprendan a los lectores. A lo mejor resulta bien.

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Leer este texto te va a llevar lo mismo que escuchar al "Perro" Serrano y a Rubén Albarrán cantar "Loco (tu forma de ser)" en el unplugged de Los Decadentes, una fiesta hermosa.

Maradona es un pasatiempos. Es 19 de abril de 1989 y, con los cordones desatados y sobre el césped del Estadio Olímpico de Munich, el Diez es como esos hombres disfrazados de león o de perrito que las franquicias de la NBA meten a la cancha en el entretiempo del partido o como una revista de sopas de letras en la playa. Una entrega inesperada de show business, un pedacito de vida que se vuelve más liviano hasta que el deber -los nenes en la orilla, tal vez- llame.

Con la campera del Nápoli puesta, antes de ganarle al Bayern Munich de visitante, Diego sacude todos los músculos de las piernas y los brazos al ritmo de Live is life, la canción de Opus que sale por los parlantes y que ya nadie recuerda disociada de esa entrada en calor. Tira la pelota altísima y la duerme sobre el empeine o sobre la cabeza. Despacito, suave, suavecito, como si fuera un globo o una novia. Menea la cadera para un lado y para otro, y mirarlo es convencerse de que si hubiera querido, Diego habría bailado “Don Quijote” en el Colón. Sonríe pícaro Maradona, que vivió 60 años y en esos 60 años fue casi todas las cosas del mundo, y que ahora es un arlequín. El estadio ruge excitado, como si mirar el sol sin lastimarse fuera posible.