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Intentará ser un correo al que los suscriptores le den Play. Una vez cada dos semanas llegará a la bandeja de entrada algo que a Julieta Roffo, su autora, le entró por un oído y, en vez de salirle por el otro, le salió por un texto. Habrá música pero también habrá ruidos, canciones y sonidos de los que sabemos todos y, ojalá, de los que sorprendan a los lectores. A lo mejor resulta bien.

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Ojos, boquitas y mentones

Las miradas en una guitarreada: qué convención hermosa.

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Leer este texto te va a llevar lo mismo que escuchar la versión de El viento que todo empuja que La Renga grabó en Huracán en 2004, un disco que repele cualquier cabezazo por sueño en la ruta.

Todas las veces que salgo a la ruta pienso lo mismo: que hay que darle un Nobel de la Paz -o inventar el Nobel de la Humanidad y entregarlo por única vez- a quien haya tenido la idea de que cuando un auto empieza a frenar se le prendan luces rojas en su parte de atrás para que el humano que le sigue sobre el asfalto se entere inmediatamente.

Una googleada rápida me dice que la actriz canadiense Florence Lawrence, que triunfó en el Hollywood de principios del siglo XX pero se fundió porque le hizo construir una tumba carísima a la madre y porque la agarró la Gran Depresión de 1929, fue la primera en tener la idea. Hizo instalar en su auto un sistema eléctrico que lograba que se desplegara una banderita con la leyenda “STOP” sobre su paragolpe trasero cada vez que apretaba el freno. Parece que Florence no patentó la idea y se perdió muchos dólares, pero no la mención en el Cuchá Cuchá.

Cada vez que me acuerdo de agradecer en silencio la invención de las luces de freno pienso enseguida en mi lista mental de inventos que mejoran nuestras vidas. Los bolsillos, las mochilas y las capuchas nos hacen vivir mejor. Enseguida vuelvo a las luces de freno y a la diferencia con esos otros inventos. Las luces de freno no nos hacen vivir mejor sino que, por evitarnos la muerte, nos hacen vivir. Si mejor o peor ya corre por cuenta de cada uno, y la verdad es que eso va y viene porque hacemos lo que podemos.

“Qué convención hermosa”, dice el Pepe Grillo que vive dentro de mí apenas salgo a la ruta y brillan unas luces de freno cerca de mi auto. Peino un poquito mi pedal, porque a cien o ciento veinte kilómetros por hora mejor actuar más o menos parecido, como si el de adelante y yo fuéramos un equipo improvisado de nado sincronizado, sin demasiado margen para equivocar fiero la maniobra y con la esperanza de que el auto de atrás refrende nuestras decisiones con su pie derecho.

Pepe Grillo vuelve con la misma frase, “qué convención hermosa”, cuando me cruzo con el primer camionero de la ruta dispuesto a que sus luces me hagan de faro. Es un sistema simplísimo y es, también, la fase superior del entendimiento humano rutero. Si el camionero te pone el guiño a la izquierda quiere decir que lo podés pasar, que hay espacio y sobre todo tiempo. Si te pone el guiño a la derecha, te guardás atrás del camionero hasta que te indique lo contrario. Si no te pone ninguna luz, te las arreglás con tu vista, tu intuición, tu cálculo mental y tu suerte. Agradecés cada vez que el camionero avisa, sobre todo esos camiones de tranco largo, que duran como las piernas de Dolores Barreiro. Esos son los más difíciles de pasar: se tarda más y, porque ocupan más lugar, te pueden sacudir más el coche justo a la salida de la maniobra. 

Después de ponerme contenta porque están inventadas las luces de freno y porque está inventado ese Código Morse que combina solidaridad con pericia, uso el viaje para ver cómo la pampa se pone verde, para insultar a los que salen a la ruta sin luces y para dedicarles improperios aún más feroces a los que creen que circular por la banquina es una buena idea. Para decirle “qué bonito” a Luci cada vez que sacaría una foto de lo que veo pero no puedo porque tengo las manos ocupadas, para consumir harinas y cafeína, para escuchar discos en vivo que se puedan cantar y para sentir que me vendría bien una vejiga de más metros cuadrados. Y para pensar boludeces porque de eso se trata combinar kilómetros con neurosis.

La última manejada larga fue hace un par de semanas nomás y creo que la cosa empezó porque me agarré mucho de la palabra “convención”, como si además de las luces de freno y las señas de los camioneros quisiera pensar en otras, no sólo ruteras sino de cualquier otro universo. Como si estuviera respondiendo a la consigna de un programa de radio y tuviera 30 segundos para enumerar ejemplos de convenciones, sin repetir y sin soplar. Se escuchaba esa preciosura que es el enganche de Número dos en tu lista / Contrabando de amor que Los Cadillacs grabaron en su disco en vivo “Chau” y pensé en que, para que algo así salga tan hermoso y no un desastre, se tienen que poner todos de acuerdo en cuándo empieza y cuándo termina el puente instrumental que lleva de una canción a la otra. Es cierto que hablamos de una banda profesional, exitosa, talentosa, y que para llegar a ese acuerdo, a ese Tratado de Tordesillas que dibuja la frontera entre los dos temas, habrán pasado ensayos, pruebas y conversaciones.

Pero ese acuerdo me sirvió de excusa y pensé en otras convenciones más artesanales, mucho menos profesionales y más cercanas. Convenciones espontáneas y súper efectivas que surgen, por definición, entre dos o más personas y, en general, cuando esas personas están en situación de portación de instrumento. Sobre todo cuando están en situación de guitarreo nivel fogón.

Escuchando a Vicentico, Rotman y el Sr. Flavio me acordé de Agustina, Bárbara y Ceci, tres mujeres con las que, por separado, toqué la guitarra un millón de minutos o dos en esas guitarreadas que empiezan a los 14 años y terminan a las diez de la mañana. Pensé en sus mentones, sus bocas, sus cejas y sus ojos, que es lo que le mirás a la persona que está tocando la guitarra con vos cuando no estás mirando la tablatura de acordes que tenés que seguir.

En Many years from now, la biografía autorizada de Paul McCartney que escribió el inglés Barry Miles, Paul cuenta que él y John tuvieron una ventaja en los comienzos: como Lennon era diestro y él es zurdo, tocaban la guitarra “en espejo” y eso les facilitaba aprender acordes que el otro había “sacado”. Después, con los acordes aprendidos, las manos de tu parteneire ya no te dicen nada que no sepas.

Hay una especie de estado de gracia que ocurre cuando dos personas se-entienden-tocando-la-guitarra. Es como cuando una pareja de truco o de metegol se sabe aceitada o cuando dos compañeros de alguna división inferior juegan un partido treinta años después de haberse separado y cada uno sabe dónde está parado el otro absolutamente todo el tiempo. Se siente fácil y hermoso.

Con la guitarra en la mano, esa convención maravillosa se sirve de mentones que van para adelante y se levantan un segundo, casi siempre a la par de las cejas, para decir “una ronda más de esto que estamos tocando”. Suponete: otro “ohhh, oh oh oh, tan sooolo” porque hay manija en el ambiente. Esa misma convención hace que uno de los guitarreros se aspire un poco los labios y el otro entienda inmediatamente que se viene una especie de solo del que está inspirado: es momento de acompañar desde el fondo para que el compañero se luzca porque le agarró un flash y bajar es lo peor. Otro codiguito más: si alguien cierra los ojos con fuerza y acompaña ese gesto con un pequeño cabezazo de arriba para abajo es momento de preparar el chan-chán del gran final y pasar a la próxima.

Nada de esto se avisa de antemano. No es como ese día que alguien te dice que morderte los labios es que tenés un tres y tirar un besito es que tenés un dos, y vos te lo anotás en un papel o en la memoria. Esto es más a la que te criaste y parecido a un flechazo: tocás unos temaikenes con una flamante compañera del call center en el que trabajás, con una amiga del secundario o de la familia, y pasa o no pasa. Le mirás la pera, le mirás los ojos, le tirás tus señas -que no son premeditadas sino pura inspiración- y si hay match, buenísimo, y si no hay match, será una guitarreada cumplidora pero sin demasiada emoción y, sobre todo, sin grandes posibilidades de repetirse.

Ahhh, pero cuando hay match, qué fiesta. Qué ganas de hacer que la noche dure, qué poco importan los que no son parte de ese hilo rojo que acaba de armarse en un quincho o en una plaza, qué espectacular cuando la otra persona saca de la galera una canción que no escuchás hace uno o dos años pero que integra la banda sonora de tu vida, qué ganas de volverse a juntar la tarde siguiente aunque a esta juntada le queden tres o cuatro horas, qué impulso de ponerle nombre a ese dúo que acaba de cuajar a punto caramelo, qué desperdicio las horas de la vida que no se van en este vínculo músico-afectivo que va de Café Tacvba a Cambalache, pasando por la Historia del taxi de Arjona y Virgen de Riña, de los Kuryaki.

El tiempo pasa, los vínculos cambian, la vida asalariada les resta tiempo a las guitarreadas y el pluriempleo les resta un poco más. La gente se muda, se pelea o conoce otra gente que le interesa más. Pero quince o veinte años después de algunas noches buenísimas, vas por la ruta -de asfalto o de la vida- y te aparece en la memoria, perfecta, indeleble, la forma de un mentón.

JR

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