Educación

Una pedagogía señalada como ineficiente hace 55 años, la clave de la dificultad para comprender textos en la escuela

El Ministerio de Educación de la Nación espera que los resultados de las pruebas Aprender 2021 sean peores que los de 2019.

La educación argentina está en crisis. El dato no es nuevo pero su actualización permanente equivale a la profundización de esa crisis. A fines del año pasado la Argentina obtuvo su peor desempeño en las pruebas estandarizadas ERCE, que lleva a cabo la Unesco y que pusieron al país por debajo del promedio regional, fenómeno que nunca había ocurrido.

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El resultado de las pruebas Aprender tomadas en diciembre de 2021 se conocerá hacia mediados de 2022 pero la edición anterior, de 2019, confirmaba un deterioro en el aprendizaje de matemática: más del 70% de los estudiantes de último año del nivel secundario no logra niveles satisfactorios a la hora de comprender y resolver un problema de ese área, y el 42,8% de ese universo ni siquiera alcanza el nivel de conocimiento básico. Esas mismas pruebas dieron cuenta de un mejoramiento en lengua: el 61,7% de los estudiantes alcanzaron en 2019 saberes satisfactorios, aunque en la evaluación ERCE los resultados hayan denotado un empeoramiento y aún resta saber el impacto de la suspensión de las clases presenciales durante la pandemia en los conocimientos de los estudiantes. Sí se sabe, sobre ese impacto, que el Estado aún debe revincular con la escuela a 195.000 chicos y chicas que perdieron ese contacto y que no lograron restablecerlo.

También se sabe que completar los niveles primario y secundario en los tiempos previstos -doce años- y con conocimientos satisfactorios de lengua y matemática es cosa de pocos: sólo lo logra, en el promedio nacional, el 16% de los estudiantes. El distrito que mejores resultados obtuvo en esa medición, investigada por el Observatorio Argentinos por la Educación, es la Ciudad de Buenos Aires, donde lo logra el 33% de los chicos: en un aula de diez, alcanzan el objetivo tres. En algunas provincias la tasa es entre escandalosa y dramática: Santiago del Estero, Formosa y Chaco ostentan un 5% equivalente a que en un aula de cien, sólo cinco estudiantes completan su educación primaria y secundaria en doce años y con saberes satisfactorios.

La crisis educativa, que da cuenta de que los conocimientos adquiridos en la escuela son endebles, ocurre en un país en el que la mochila más pesada para los chicos y las chicas de 0 a 14 años es tener más del 50% de probabilidades -en rigor, según la última estimación el Indec, el 51,4%- de nacer en un hogar pobre. Es en esas condiciones que más de la mitad de los niños, niñas y adolescentes de la Argentina llegan a la escuela a intentar incorporar desde nutrientes que los alimenten debidamente hasta conocimientos que los hagan llegar al siguiente nivel educativo en condiciones de afrontarlo y avanzar.

“En Argentina se implantó una metodología para enseñar a leer y a escribir que fue global pero que ya en 1967 se determinó, a través de investigaciones, que generaba retrasos en el aprendizaje de lectura y escritura. Aún así, invalidada por resultados nefastos, esa metodología, que es la psicogénesis de la escritura, llegó al país y empezó a implementarse a fines de los años 80”, describe Ana María Borzone, doctora en Letras e investigadora principal del Conicet, especializada en Lectura y Comprensión Texual.

“Se implementó porque se consideraba lo moderno, lo progresista. Porque se supone que incentiva la autonomía del niño, que aprende solo y a su ritmo y al que no hay que corregir porque esa corrección puede atentar contra su autoestima. Ese discurso no tiene ningún fundamento científico, sino todo lo contrario”, suma Borzone. Según la especialista, “esa metodología se consolidó a través de un discurso político y no científico, y se apropió de los ministerios de Educación”.

Agustina Gonda es docente en escuelas secundarias públicas de Beccar y formó parte de los equipos que trabajaron en la revinculación de estudiantes que habían perdido su contacto con la escuela durante la suspensión de las clases presenciales. Según su experiencia, “hay un problema muy grande con la comprensión lectora, el nivel en ese sentido es bastante bajo”.

“Nos pasaba que cuando los chicos tenían que llevar a cabo los trabajos integradores para lograr la revinculación con la escuela no entendían el texto que describía el trabajo que se les pedía. Teníamos que ir párrafo por párrafo viendo qué entendían y qué palabras no conocían”, cuenta Gonda, y suma: “Hay cierta cultura del esfuerzo en la escuela que está vapuleada. Los chicos repiten cosas como ‘el país es un desastre’ o ‘no tenemos salida’ y no se sienten parte de un posible cambio ante ese escenario. A la vez, les cuesta ponerse a hacer las cosas de la escuela, porque no ven futuro, porque no están interesados en seguir estudiando, porque sus familias están en condiciones muy complicadas o porque la pandemia los desanimó del todo”.

Para Gonda “el sistema educativo está obsoleto, más en las formas de dar los contenidos que en los contenidos mismos”. “Hay controles administrativos a los docentes, pero no cualitativos. No se ve cómo está enseñando ese docente, qué contenidos está dando ni cómo los está dando, y hay docentes que tiene muchas ganas de enseñar y otros que no tantas”, explica la docente de Beccar.

“No recuerdo un momento peor de la Argentina en cuanto a comprensión lectora y posibilidad de explicarse a través de la escritura. Cada vez es peor porque ya los docentes que ingresan a formarse como tales no comprenden bien los textos”, sostiene Borzone.

En Argentina, según Borzone, todos los ministerios de Educación -nacional y provinciales- implementan la metodología que empezó a dar malas señales en la década del sesenta, excepto Mendoza. “Mendoza empezó hace algunos años una experiencia vinculada a las neurociencias que ya está dando algunos resultados, aunque es un proceso que lleva tiempo”, describe.

“Lo que debe implementarse es un programa que empiece en el jardín. Que los chicos aprendan a comprender textos desde ese nivel educativo, a través de lo que se llama lectura dialógica. Con ese método se enseña vocabulario y hay interrupciones de la lectura muy pautadas para que el chico vaya construyendo una representación mental del significado de lo que va escuchando”, explica la doctora en Letras. “Bajo este método, se enseña a que la lectura sea rápida y precisa, que el chico reconozca la palabra y la comprenda. Con la metodología actual los chicos terminan la secundaria sin comprender textos. Antes la escuela pública era de excelencia. Todos allí aprendíamos a escribir en primer grado. Ahora puede pasar primero, segundo, tercero, cuarto y que el chico no aprenda”, asegura Borzone, que integra la Mesa Nacional por la Calidad Educativa.

“Se espera que los chicos descubran mágicamente la correspondencia entre las palabras y las letras y se les propone que escriban como puedan, como sepan, en vez de enseñar desde ese momento fundacional. Hoy los chicos omiten letras, cometen faltas de ortografía. El supuesto objetivo es que el niño sea libre, aunque el costo sea que sea analfabeto a la hora de poder escribir y comprender bien”, arriesga la especialista.

“La neurociencia está funcionando con eficacia en otros países, y en Mendoza ya mostraron mejores resultados los chicos que se formaron por este método que los que permanecen en el viejo sistema”, suma Borzone, que coordina el equipo de investigación en escuelas del programa Queremos Aprender y que sostiene que los ministerios educativos no permiten poner en juego una metodología distinta a la psicogénesis de la escritura.

“A nivel individual lo que ocurre en términos de aprendizaje es terrible porque el chico se da cuenta de que no aprendió y eso atenta contra su autoestima. A nivel colectivo, son chicos que no están en condiciones de incorporarse al mundo del trabajo. La escuela, que fue el ámbito de la movilidad social y de la inclusión, es ahora la entidad que los margina. El ámbito que consolida la exclusión y la desigualdad”, define Borzone.

“Los resultados de las evaluaciones tenemos que mejorarlos. Los chicos tienen que aprender más y mejor. Sobre eso hemos tomado varias medidas: los chicos tienen que estar más tiempo en la escuela, tienen que tener libros para aprender, tiene que haber más horas de lengua y matemática”, sostiene Jaime Perczyk, ministro de Educación de la Nación.

Parecería que el Estado debe indicar con qué metodología enseñar en las aulas. Nosotros no creemos en eso. Cada maestro o profesor tiene su metodología y creemos en eso, no en una pedagogía única. Algunos reclaman establecer un método en particular y nosotros creemos que cada maestro tiene que tener el suyo. Sería, además, imposible de implementar un método único en todas las aulas de la Argentina”, suma el titular de la cartera educativa. “Podés ser constructivista, conductista, apoyarte en la neurolingüística. Lo que nosotros decimos es que hay que mejorar para que cada maestro tenga su método”, redondea.

Según el funcionario, “los resultados de las pruebas reflejan que hace falta mejorar y también que se incorporaron chicos al sistema educativo”. “Hay que mejorar las condiciones sociales de los chicos, que son gran parte de la explicación de los resultados de aprendizaje. La escuela tiene que garantizar el piso mínimo de conocimientos y no lo estamos asegurando. Es muy difícil avanzar en otros aprendizajes si no aseguramos lo básico de lengua y matemática”, diagnostica el ministro. Y enumera medidas en marcha: más computadoras, más libros, más horas de clase.

Las pruebas Aprender 2021 serán una actualización del escenario educativo en la Argentina que tiene a uno de cada dos niños, niñas y adolescentes debajo de la línea de pobreza y que suspendió las clases presenciales durante más de un año en la mayoría de sus distritos. “Será una medida del impacto de la pandemia. Los chicos estuvieron en menor contacto con la escuela así que es esperable que los resultados sean peores”, anticipa el ministro.

JR

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