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Sobre este blog

Una liana es una cuerda repentina que aparece ante nuestros ojos en medio de la adversidad y que, como Tarzán entre los árboles, agarramos para movernos de un lugar a otro, para sortear obstáculos, para sentir la seguridad de algo firme que raspa las manos y a la vez sirve de apoyo. En este espacio mi intención es rescatar algunas lianas del universo cultural y del mundo del entretenimiento –dos avenidas anchísimas–, algunas cosas para aferrarnos fuerte en medio de nuestras selvas personales.

Que florezcan, entonces, mil.

Autora: Agustina Larrea

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El imán de los ritos, las series de marzo

Agustina Larrea

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Una liana es una cuerda repentina que aparece ante nuestros ojos en medio de la adversidad y que, como Tarzán entre los árboles, agarramos para movernos de un lugar a otro, para sortear obstáculos, para sentir la seguridad de algo firme que raspa las manos y a la vez sirve de apoyo. En este espacio mi intención es rescatar algunas lianas del universo cultural y del mundo del entretenimiento –dos avenidas anchísimas–, algunas cosas para aferrarnos fuerte en medio de nuestras selvas personales.

Que florezcan, entonces, mil.

Autora: Agustina Larrea

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“¿Cuánto hace que ninguno de nosotros no tiene una experiencia verdaderamente personal? No me vengan con que alguna vez escalaron el Aconcagua, comieron los churros de San Ginés en Madrid, pasaron un fin de semana en el Tigre, se emborracharon como nunca en una fiesta, se entrenaron en el franeleo tántrico o comieron nueces pecán caramelizadas (sin darme cuenta, la lista se arma sola con actividades burguesas: ¿por qué será?). La pregunta es sobre lo verdaderamente personal, lo inventado por uno para que la vida se deslice hacia algún tipo de singularidad, digamos hacia lo nuestro inimitable”, se pregunta Juan José Becerra en esta columna y de alguna manera se clavó en mi cabeza como un aguijón. El escritor se refería ahí a una seguidilla de muertes violentas, sospechosas o trágicas de actrices del mundo del porno en un gesto que preferí leer como una excusa para pensar en otras cosas. 

“Jamás alcanzaremos a saber hasta qué punto la civilización está hecha de un menú infernal de imitaciones (...). La reproducción mecánica de casi todo, y la supresión de la distancia entre personas para que cuajen (a distancia) las influencias de poder, ha destruido en buena medida las experiencias de creación”, sigue Becerra.

La pregunta sobre lo verdaderamente personal, entonces, me llevó a otras preguntas: ¿cuánto de nuevo hay en lo que creemos flamante? ¿de dónde viene esa compulsión a la mímica? ¿es solamente comodidad, es un flota-flota que nos sostiene para barrenar la angustia de tener que seguirle el ritmo al presente? ¿Qué pasa con aquellos que eligen correrse de esas sucesiones que parecen naturales, con los que rompen la coreografía?