Sobre este blog

Intentará ser un correo al que los suscriptores le den Play. Una vez cada dos semanas llegará a la bandeja de entrada algo que a Julieta Roffo, su autora, le entró por un oído y, en vez de salirle por el otro, le salió por un texto. Habrá música pero también habrá ruidos, canciones y sonidos de los que sabemos todos y, ojalá, de los que sorprendan a los lectores. A lo mejor resulta bien.

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Este diciembre final

Él Mató volvió a tocar con público: fue en GEBA, el 18 de diciembre.

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Leer este texto te va a llevar lo mismo que escuchar “La noche eterna”, una canción que dice esta hermosura: "Voy a derrumbar mi casa y empezar de nuevo". Adecuado para encarar el cambio de año.

Le escapo al turrón, procuro que lo que me toque llevar a la mesa navideña no tenga que ser demasiado elaborado, evito las alcaparras pero si el vitel toné tiene, se las saco y lo como igual. Hago lo que haya que hacer para no estar a cargo del regalo de un adolescente porque son los más difíciles y no me ocupo de descorchar ni sidra ni champagne porque no me da la fuerza ni la paciencia.

Lo que sí hago es un balance más bien silencioso y que tiene como Lado B una especie de mapa de propósitos para el año siguiente. Ejemplos reales de lo que espero para mi 2022: “más actividad física”, “ver Los Soprano”, “mejorar el compost”, “un clásico del cine por mes”, “aprender mecánica básica porque después de ver cómo se le incendió el auto a una chica en Juan B. Justo y Corrientes ya nada fue lo mismo”. Preguntas reales de las que me hago para armar el balance: “¿a qué le dediqué tiempo este año?”, “¿qué hice distinto a como lo hacía siempre?”, “¿qué vínculos cuidé y cuáles no tanto?”. Y también: “¿Por qué escribo un newsletter sobre música y no sobre cualquier otra cosa?”.

***

Llevo casi cien horas pensando en esta estrofa: “Me arden las manos / Me arden las manos / Meee-arrr-den las manosss / Meee-arrr-den las manosss”. La cantó el sábado Santiago Motorizado en GEBA: fue el primer show de Él Mató con público en los 659 días que lleva esta pandemia inaguantable en suelo argentino.

La cantaron también unos cuántos miles de personas. No sé cuántos miles porque se me rompió el cosito de calcular multitudes, un defecto que casi cualquier redactor confesó al volver de cubrir una manifestación y escuchar al editor decir: “Están haciendo la tapa, ¿cuánta gente había?”. Respuestas genéricas: “Avenida de Mayo llena, de 9 de Julio hasta el Congreso”, “explotada Diagonal Norte, desde el Obelisco hasta la Plaza”, “no sé, pero los organizadores dicen 100.000 y la Policía dice 20.000”.

Pienso incansablemente en la estrofa porque si cierro los ojos vuelvo a ver al Chango alargar el cuello como si en ese gesto alargara también las vocales del final de Día de los muertos. Pero sobre todo vuelvo a ver miles de manos -no sé cuántos miles-, abiertas y levantadas, estiradas como las vocales de la letra, en un gesto que le quedaría bien a la iglesia evangélica de Corrientes y Medrano, a un domingo a la mañana en un coro góspel del Harlem neoyorquino, o a lo que me pasaba cuando mis tíos me llevaban a misa para que mis papás tuvieran tiempo de buscarnos un departamento más grande: todo lo que ocurría ahí me era ajeno salvo algunos estribillos que se me metían en algún lado entre la cabeza y el corazón. Casi siempre el que dice “pon tus manos en las manos del Señor de Galilea”.

Tiene dos acordes Día de los muertos, re y la. Las canciones austeras que son buenas, son buenísimas. Como casi todo lo austero. A Marlon Brando le alcanzó una bajadita de ojos y mirar para un costado para sepamos que le parecía que Michael era el mejor padrino posible pero que él quería otro destino para ese hijo. A Luca Prodan le alcanzaron dos acordes, mi y la, para montar encima de eso Mañana en el Abasto que si me apurás es su mejor canción. A U2 le alcanzó con dos caracteres para inventarse uno de los mejores nombres de banda de la historia del rock.

A Él Mató le alcanza con re y la para meterte en el trance. Empieza en GEBA cuando levantás las manos porque alrededor tuyo todos levantan las manos mientras gritan “mirá tu pueblo, Señor, y envía la salvación”, y una guitarra distorsionada se apila con el bajo, y el Chango se pone en puntitas de pie como si pudiera sacar la voz desde los metatarsos, y cómo no te va a pasar algo con todo eso alrededor tuyo.

La canción termina, el recital también, pero el trance sigue. Cantás que te arden las manos mientras caminás hasta que aparezca un taxi para meterte en la cama rápido porque tres horas de pie ya no son gratis, cantás que te arden las manos a la mañana siguiente, mientras preparás el desayuno, y surfeás versiones en vivo de Día de los muertos en YouTube mientras paseás al perro por la vereda de la sombra.

Te arden las manos con la cabeza semi metida en el freezer mientras decidís si milanesa de carne o de pollo, y cortás el párrafo que estás escribiendo porque ninguna otra cosa es tan importante como gritar que te arden las manos. Teee-arrr-den las manosss. Cantás apenas cortás un llamado telefónico en el que no pensaste ni una vez en la canción y no entendés en qué parte del disco rígido está almacenada, tan disimulada hasta estallar, tan actualizando en segundo plano.

Le improvisás una pausa al home office para hacer dos pasaditas cortitas con la guitarra. Total es re fácil: re y la. Tres horas después le improvisás otra pausa al home office: re y la. Hasta se te ocurrió una monería, uno de esos arreglitos nivel fogón, el First Certificate de saber tocar una criolla. Ponés el disco entero para cocinar pero cuando termina Día de los muertos la repetís y después la volvés a repetir.

Te despertás, como tres días o cuatro días después de GEBA, y arranca de nuevo, sin saber cuándo va a parar y con la convicción de que los próximos quince o veinte segundos serán hermosos: “Me arden las manos / Me arden las manos / Meee-arrr-den las manosss / Meee-arrr-den las manosss”.

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Hago un newsletter de música porque es el único pensamiento obsesivo que me hace feliz.

JR

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