Sobre este blog

Atención flotante es el correo mensual de nuestra columnista Alexandra Kohan que se propone formular preguntas donde solo había respuestas.

“Son lecturas posibles a partir de cosas, nimiedades que están dando vueltas en el aire y que en apariencia no tienen ninguna importancia. Detenerse y subrayar algo que no había advertido antes. Formular preguntas donde sólo hay respuestas. No tengo todo pensado”, advierte la autora.

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Esta nota forma parte del newsletter Atención Flotante de Alexandra Kohan

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El pequeño verso está deformado; 

sin embargo, en él cabe todo el mundo desfigurado de la infancia. 

Walter Benjamin

I. Me gustan muchísimo los epígrafes. Tengo una especie de fascinación que hace que me detenga en ellos cada vez que me encuentro con alguno. Me detengo y, muchas veces, me cuesta seguir leyendo. El epígrafe me lleva hacia su propia línea de sentido. Se separa del texto y arma otro. Me pasa también cuando escribo: a veces no puedo empezar hasta encontrar el epígrafe. Finalmente creo que es una especie de hallazgo, sea del otro o sea propio -como si “lo propio” no estuviera hecho de lo del otro-, produce en mí algo sin lo cual me cuesta seguir pensando. Hay algunos de los que nunca me olvido, es el caso del epígrafe con el que empieza una película hermosa a la que vuelvo cada vez que puedo: La guardería, de Virginia Croatto. Me acuerdo cuando la vi en el estreno, en el cine Gaumont. Me quedé prendada de esos versos que se iban escribiendo sobre el fondo negro y silencioso, uno por uno se iban escribiendo hasta completar una porción del poema de Osvaldo Lamborghini:

Porque todavía

todavía mi Infancia

viene a buscarme

con un galope en las piernas

y en sus labios

una sonrisa salvaje.

Me acuerdo de las ganas que me dieron de escribir acerca de la película. No quería que se me fuera de las manos, no quería que se perdiera, como muchas veces no queremos perder la infancia. Y entonces escribí: La guardería es un hermoso documental en el que puede verse de qué forma, desde el presente, se elige una familia política a través de la evocación de una infancia. La película parece ser un intento de recuperar ciertos recuerdos olvidados. Porque cada uno de los niños que allí estuvieron da su testimonio. Es el testimonio de los niños, y no el de los adultos que ahora son, lo que Virginia Croatto logra poner en escena. Los que hablan parecen estar recuperando, ahí mismo, los recuerdos de su vivencia infantil. Los están recuperando mientras hablan, mientras piensan, mientras dudan. La infancia de esos adultos que hoy están dando testimonio vuelve ahí, en la pantalla. Ese es quizás uno de los logros más interesantes de la película: que esas infancias acontecen en el instante en que se habla frente a la cámara, y el espectador se convierte en un testigo de ese acontecimiento. Son infancias que acontecen desde las lagunas del olvido. Son infancias fragmentarias y fragmentadas. Son recuerdos chiquitos, sutiles, efímeros, un poco epifánicos. No son infancias que se muestran elaboradas, pensadas o idealizadas. No es eso. Son infancias que vuelven porque Virginia Croatto está ahí para atajarlas. Acaso porque, entre esas infancias que se recuperan y a la vez se escurren, está la suya propia.

II. Hablando de hallazgos, me parece un hallazgo el título que José Luis Juresa le puso a la serie de ensayos que publicó en Revista Polvo: La infancia que insiste. Son cinco ensayos para leer y releer; para imprimir y subrayar. Cinco ensayos en los que el autor ejecuta variaciones de lo mismo y que podrían ser modos de responder a la pregunta: ¿de qué está hecho el psicoanálisis? La infancia que insiste insiste en el cuerpo, en la memoria, en el tiempo, en la pulsión. Y es que la infancia, para el psicoanálisis, no es una etapa en la vida; no es un momento que haya que “superar”. El psicoanálisis, al menos el que más disfruto, es aquel que no hace recaer sobre nadie el moralismo del “ser adultos”. La seriedad, la solemnidad, el “comportarse como adultos” son los modos con los que la educación nos va conminando a comportarnos. La educación, como dice Freud, es la que va obturando las vías por las que el placer pasa. La infancia vuelve, insiste porque acaso sea eso que siempre se está perdiendo. Infancia que vuelve también en la nostalgia, esa de la que habla Benjamin: “La nostalgia que despierta en mí demuestra cuán estrechamente ligado estaba a mi infancia. Lo que busco realmente es ella misma, toda la infancia”. Me acuerdo (Godot), de Martín Kohan, sella una infancia, la preserva en esa lista de recuerdos y resulta un intento de atesorarla perdiéndola. “Hacer una colección de recuerdos, pero no ponerse a recordar. Sin esa contención, la única alternativa sería la de largarse a evocar y a contar mi infancia. No haría eso ni loco (...). Todo está hecho de olvido”, dijo el autor. Y entonces me acordé de lo que Harald Weinrich ubica en Proust: “una poética del recuerdo surgida de las profundidades del olvido”. Y entonces también pienso, en esa misma línea, en Una parte de la felicidad (Vinilo editora), de Dolores Gil, y en ese epígrafe impresionante de Louise Glück con el que empieza: “We look at the world once/in childhood. The rest is memory”. El libro de Dolores GIl es ante todo sobrecogedor. Es hermoso en su dolor y es filoso en su escritura. Es amable y amargo, conmueve y alegra, duele y cobija. Y es acaso el intento de escribir un olvido, de hacerlo posible. Narra una infancia, narra una niña, narra a una niña. Esa niña, esas niñas. Dice: “ser niña es apretar los dientes y seguir”. Y entonces Dolores Gil siguió y escribió esta bella y sutil pieza. Escrita con el cuerpo, el de la niña que también es en el texto, Parte de la felicidad es el testimonio de la transformación de ese filo, que fue trágico, en el filo de la lengua, es decir, en literatura. Se parte de la felicidad, se parte la felicidad, una familia partida, una infancia que parte, una parte de la infancia que es también una infancia que insiste.

III. Un prejuicio habitual es que el psicoanálisis lleva mucho tiempo, es largo, y hay que “remover el pasado” o “hablar de la infancia”. El prejuicio justamente está en las nociones de tiempo, de pasado y de infancia. Cuando alguien está en análisis diluye la contabilidad: no lleva cuentas de cuánto le está tomando vivir un poco menos tortuosamente ni pretende que el pasado es lo que está o lo que hay que dejar “atrás”. Respecto a la infancia, basta leer un poco a Benjamin, a Perec, a Freud y tantos otros; la poesía de Osvaldo Bossi y tanta otra poesía, para dejar de rechazar la infancia. La infancia no deja de ser nuestro reservorio libidinal. También noto un rechazo a la infancia en un imperativo a la productividad que va erigiendo sujetos sobreadaptados. A veces los padres también les piden a los niños que se comporten como adultos. Hay un gesto arrasador de la infancia que da un poco de impresión. Se pretende madurez, adultez, sujetos burocratizados. Me gusta cuando Lacan, hablando del aburrimiento, dice que empieza cuando la cosa empieza a profesionalizarse, a institucionalizarse. Walter Benjamin, en El narrador, dice: “el aburrimiento es el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia”. Pero el dispositivo presente en Benjamin o en Baudelaire, aquel que suscita un movimiento desde el aburrimiento a la invención, aparece hoy trastocado, invertido: se intenta inventar cualquier cosa con tal de no caer en el aburrimiento: el imperativo reza “prohibido aburrirse”. El aburrimiento de hoy conlleva detención e inhibición bajo la máscara de una actividad permanente. Existe un empuje a la acción, al hacer, como modo de salirse de la inminencia de lo aburrido. El aburrimiento irrumpe hoy cada vez más generalizado, insiste a pesar de que se recurre a artificios cada vez más extravagantes. Es que el aburrimiento irrumpe ahí donde ya no hay aptitud para el asombro, para la sorpresa, para el anonadamiento. Si los niños, dice Lacan, no conocen el aburrimiento es porque todo los asombra. Pero hoy en día también se aburren los niños, quizás porque se los atiborra de objetos y de hiperactividad y, aun así, terminan siendo, muchas veces, un tedio para los padres.

IV. Guy Le Gaufey subraya lo siguiente: “A pesar de que no acostumbramos considerar la mentira como una cualidad tan central en el ser humano (sino más bien como un defecto que puede a veces conducir a lo peor), tenemos también que recordar el hecho de que un niño que no pudiera mentir de alguna manera estaría muy limitado en su capacidad subjetiva, y casi en peligro de un exceso de sujeción. La capacidad de mentir, vista bajo este ángulo, casi se confunde con el espacio de libertad del sujeto, no porque tenga que mentir todo el tiempo, sino porque puede hacerlo, es decir, tiene en cualquier momento la capacidad de hacerlo. Porque la verdad no existe sino como un elemento de una pareja en la cual la mentira es el otro. Sin la capacidad de mentir, de disfrazar la verdad, no hay posibilidad de elegirla como tal, en una decisión que implica a un sujeto que hubiera podido actuar de otra manera. Mantener esta dimensión de pura posibilidad entre mentira y verdad parece esencial para la ubicación de un sujeto como sujeto hablante, ligado a otros sujetos a quienes se dirige para decir o disfrazar la verdad”.

V. Me gusta mucho cuando Freud dice: “todo niño que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada (...). Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino… la realidad efectiva”. El juego acaso sea entonces ese modo de lidiar con el mundo, incluso el mundo familiar, el mundo de esos “adultos”, el mundo adulto. Ese otro mundo, el de los adultos, que muchas veces se nos viene encima y resulta aplastante, agobiante, asfixiante. Incluso cuando ya no somos niños. El juego como lo otro de la realidad ineluctable.

Dice Anne Dufourmantelle en Defensa del secreto (la traducción es torpe, es mía): 

“Un niño juega a las escondidas. Está escondido detrás de una puerta. Del otro lado, dos adultos hablan. Dicen algo agobiante de su historia. La revelación es lanzada como una banalidad, entre otras cosas. El niño se paraliza. Ha entendido. No va a volver a ser el mismo que era antes. El tiempo es irreversible, el conocimiento, también. Una voz cerca de él grita: ”te ví“. Sale de su escondite. Ha cambiado para siempre. Y el otro, el que lo buscaba, no lo sabe. Tampoco los adultos del otro lado de la puerta que están callados.

Él no juega más“.

VI. Ningún niño elige la familia en la que nace ni la infancia que vive. No, al menos, mientras es niño. Porque lo cierto es que, más tarde, es posible elegir esa infancia, querer esa infancia, elegir esa familia, querer esa familia. O bien es posible querer deshacerse de todo ello. O querer algunas cosas y deshacerse de otras. En todo caso, algo se hace, cada vez, con ese niño que fuimos, con esa familia que no elegimos, con esa infancia que vivimos. Georges Perec lo dice así: “Mi infancia forma parte de las cosas de las que sé que no sé gran cosa. Está a mis espaldas y, sin embargo, en el suelo en que crecí, que me ha pertenecido, cualquiera que sea mi tenacidad para afirmar que ya no me pertenece más […]. Pero la infancia no es nostalgia ni terror ni paraíso perdido ni Toisón de Oro, sino quizás horizonte, punto de partida, coordenadas a partir de las cuales los ejes de mi vida podrán encontrar su sentido. […] No tengo otra opción que evocar lo que demasiado tiempo llamé lo irrevocable; lo que fue, lo que se detuvo, lo que fue clausurado: eso que sin duda fue para no ser más hoy, pero que fue también para que yo sea todavía”. Entre el no ser más hoy y también ser todavía se cifra el juego entre recuerdo y olvido. O, como dice Virginia Cosin en este Fedro hecho poema:

Es que/ ¿dónde buscar la razón de lo que se anuda/ y se desanuda/ si no es en los restos perdidos/ de la infancia?

Entre la repetición y, como sugiere Allouch, la posibilidad de pasar a otra cosa que “solo podría advenir si uno pasa, una vez más por la cosa del otro”, están esos restos perdidos de la infancia. La novela familiar se va tejiendo con los hilos de una experiencia que es inédita para cada quien. El modo en que la infancia, siempre singular, vuelve una y otra vez al que ahora somos, precipita una historia que suele contarse siempre de la misma manera: como los cuentos que los niños quieren escuchar sin que haya ninguna diferencia entre una noche y otra. La insistencia de la infancia golpea, aprieta, asfixia, molesta, incomoda; aunque, paradójicamente, esa incomodidad resulta familiar y en esa familiaridad se acomoda el cuerpo. Se tratará, para cada quien, de la manera en que esas piezas pueden, o no, desacomodarse para sacudir una escena que se erige siempre idéntica a sí misma. No estoy hablando de una infancia infeliz. También las infancias felices vuelven, vienen a buscarnos.

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“Son lecturas posibles a partir de cosas, nimiedades que están dando vueltas en el aire y que en apariencia no tienen ninguna importancia. Detenerse y subrayar algo que no había advertido antes. Formular preguntas donde sólo hay respuestas. No tengo todo pensado”, advierte la autora.

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