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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Bárbara Di Rocco]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/barbara-di-rocco/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Bárbara Di Rocco]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Pedófilos todos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pedofilos_129_13009202.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/175a0033-5026-4cc9-9598-8a07d5e4a98c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pedófilos todos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Ver el mundo desde mi vereda es distinto. Ver el mundo como lo vemos las travestis es aberrante, pero es sincero", dice la autora en este texto en el que, una vez más, denuncia la hipocresía de una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado ante los abusos.</p><p class="subtitle">Entregas anteriores</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Son ped&oacute;filos&rdquo;, dijo el intento de presidente. &ldquo;Alejen a las drag queens de los ni&ntilde;os&rdquo;, gritaron en Estados Unidos. &ldquo;La bandera de seis colores representa perversi&oacute;n&rdquo;, repiten en Rusia. &ldquo;La transexualidad es un trastorno mental&rdquo;, aseguran en Per&uacute;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y la realidad cu&aacute;l es?
    </p><p class="article-text">
        La primera vez que puse un pie en los Bosques de Palermo comenc&eacute; a conocer historias. No eran las m&iacute;as. Eran historias desgarradoras, de esas que la gente ama escuchar. De esas que hacen que nos miren con l&aacute;stima. El trabajo en la calle era -y sigue siendo- una forma de hacernos saber que valemos menos. Que ese lugar no molesta. Que ah&iacute; no estorbamos. Que ah&iacute; no le importamos a nadie.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Empec&eacute; a conocer historias. Entre ellas, las de mis amigas. Amigas de veinte a&ntilde;os que ya estaban paradas en esos bosques oscuros desde hac&iacute;a m&aacute;s de seis. Conoc&iacute; a Coraz&oacute;n, una chica trans de trece a&ntilde;os. Conoc&iacute; a Diane, que mostraba orgullosa las fotos de su fiesta de quince, que se pudo pagar ella sola trabajando ah&iacute;. Un mundo miserable que conoc&iacute; de golpe. El verdadero lado del mundo. Y ah&iacute;, en ese lugar, en esa realidad&hellip; &iquest;Qui&eacute;n reclamaba por lo que tanto se nombra?
    </p><p class="article-text">
        Nos fascinamos cuando aparecen nombres famosos en las listas de Epstein. Nos indignamos. Compartimos titulares. Jugamos a detectives morales por redes. Pero&hellip; &iquest;qu&eacute; pasa con los nombres que no est&aacute;n en ninguna lista? &iquest;Qu&eacute; pasa con el abuso cotidiano? Con el abuso normalizado. Con el abuso que no escandaliza porque las v&iacute;ctimas somos nosotras. Porque cuando sos trava, parece que no importa. Parece que el abuso viene incluido. Que la violencia es parte del paquete. Que nos la merecemos.
    </p><p class="article-text">
        Ayer le&iacute; en redes que en Estados Unidos, Eva Cordero, una travesti que trabajaba como modelo, ya hab&iacute;a denunciado a Epstein en 2007. Ten&iacute;a diecis&eacute;is a&ntilde;os. Relat&oacute; abusos. Relat&oacute; violaciones. Pero nadie le crey&oacute;. Los titulares se burlaban. La ridiculizaban. El <em>New York Post</em> la nombraba como &ldquo;un hombre&rdquo;, quit&aacute;ndole toda humanidad, toda credibilidad, toda seriedad.
    </p><p class="article-text">
        Otra vez: el sistema defendiendo al poderoso y aplastando a la v&iacute;ctima.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces miro para atr&aacute;s, a mi propio pa&iacute;s. Y pienso: &iquest;y el caso Candelmo? &iquest;O acaso no estuvo preso el ped&oacute;filo que la abus&oacute;? Pero los medios -como siempre- hicieron de ella una caricatura. De &eacute;l, un &ldquo;ac&aacute; no pas&oacute; nada&rdquo;. Un pobre tipo. Un error. Un malentendido. Siempre lo mismo.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; como con los pol&iacute;ticos que viven del Estado hace cuarenta a&ntilde;os y la gente los vuelve a votar, hay abusadores que, pase lo que pase, vuelven a ser elegidos. Vuelven a la tele. Vuelven al poder. Vuelven al escenario. Vuelven a la fama. No hay prueba que alcance.
    </p><p class="article-text">
        Un ped&oacute;filo puede volver a tener su programa de televisi&oacute;n como si nada. Puede volver a ser respetado. Puede volver a ser invitado. Puede volver a ser aplaudido. Porque el mundo ya es as&iacute;. Miramos para otro lado. Siempre.
    </p><p class="article-text">
        Miramos para otro lado cuando una nena desaparece. Cuando una trava denuncia. Cuando una v&iacute;ctima habla. Cuando alguien rompe el silencio. Miramos para otro lado porque duele mirar de frente. Porque incomoda. Porque obliga a revisar nuestras propias miserias.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, los que no miran para otro lado son los que intentan desviar la atenci&oacute;n. Proyectar en el resto. Acusar para no mirarse.
    </p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as se cas&oacute; por iglesia un matrimonio trans. No pasaron ni dos horas. Dos. Y la gente -gente de mierda- empez&oacute; a poner el grito en el cielo. Ese cielo lleno de pervertidos absueltos de sus peores pecados. &ldquo;Anulen ese matrimonio&rdquo;, dijeron.
    </p><p class="article-text">
        Jam&aacute;s levantaron la voz tan r&aacute;pido. No lo hicieron con el padre Grassi. No lo hicieron con los miles y miles de curas abusadores que van moviendo de pueblo en pueblo, regal&aacute;ndoles nuevas v&iacute;ctimas. No lo hicieron con las denuncias. No lo hicieron con las pruebas. No lo hicieron con los testimonios. No lo hicieron nunca.
    </p><p class="article-text">
        Tampoco lo hicieron cuando M&oacute;nica Cremona, la monja que ayud&oacute; a tantas trans a vivir mejor, a tener un techo, un plato de comida, un refugio, fue expulsada injustamente de la Iglesia.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute;, silencio.
    </p><p class="article-text">
        Pero ahora s&iacute;. Ahora se escandalizan. Por dos personas que se aman. Porque la gente es rancia. Inculta. Ignorante. Cruel.
    </p><p class="article-text">
        Fue en 1960 cuando Coccinelle fue rebautizada por la Iglesia Cat&oacute;lica de Francia con su nombre de mujer y pudo casarse frente a miles de personas. Sesenta a&ntilde;os despu&eacute;s, seguimos discutiendo lo mismo.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; les molesta tanto? &iquest;La uni&oacute;n de dos personas que se quieren? &iquest;O defender el &ldquo;sagrado matrimonio&rdquo; &iquest;Matrimonio? &iquest;Cu&aacute;ntas manos con anillos de oro en los dedos sacaron billetes de sus bolsillos para comprar cuerpos? &iquest;Cu&aacute;ntos &ldquo;se&ntilde;ores respetables&rdquo; pagaron por abusos clasistas disfrazados de &ldquo;servicio&rdquo;? &iquest;Cu&aacute;ntos maridos ejemplares fueron clientes de prost&iacute;bulos? &iquest;Cu&aacute;ntos se persignan frente a un cura y despu&eacute;s terminan de rodillas en un piso sucio?
    </p><p class="article-text">
        Hip&oacute;critas. Juran fidelidad. Juran valores. Juran familia. Juran moral. Y viven mintiendo.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;ntos de esos &ldquo;grandes se&ntilde;ores&rdquo; tendr&aacute;n perfiles en foros clandestinos como <em>escorts-xp</em> donde se avisan entre ellos d&oacute;nde hay menores, d&oacute;nde hay mujeres que cobren poco y &ldquo;hagan mucho&rdquo;, d&oacute;nde hay cuerpos vulnerables disponibles, hasta donde hay animales para practicar su zoofilia?
    </p><p class="article-text">
        Porque eso existe. No es teor&iacute;a. No es exageraci&oacute;n. Es p&uacute;blico. Es obsceno. Lo puede leer cualquiera. Y nadie parece escandalizarse lo suficiente.
    </p><p class="article-text">
        Ver el mundo desde mi vereda es distinto. Ver el mundo como lo vemos las travestis es aberrante, pero es sincero. Nosotras sabemos lo que es el odio sin haberlo provocado. La ilegalidad sin haberla elegido. La marginalidad sin haberla pedido. Sabemos lo que es el abuso. Sabemos lo que es la impunidad.
    </p><p class="article-text">
        Escucho que el pa&iacute;s se paraliza por una reforma laboral y me pregunto, honestamente, qu&eacute; se sentir&aacute; tener un trabajo registrado. Qu&eacute; se sentir&aacute; tener aportes. Vacaciones. Aguinaldo. Derechos.
    </p><p class="article-text">
        A muchas de nosotras jam&aacute;s nos contrataron en ning&uacute;n lado. Jam&aacute;s mi curr&iacute;culum fue suficiente. Jam&aacute;s mi talento art&iacute;stico llen&oacute; una heladera o pag&oacute; las cuentas.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;De qu&eacute; reforma hablan? Si mi &uacute;nico patr&oacute;n fue el billete. Ese que hab&iacute;a que conseguir como fuera. Ese que no preguntaba edad, ni dignidad, ni miedo. En este mundo tan injusto me sorprende la indignaci&oacute;n selectiva. Lo que s&iacute; escandaliza. Lo que no.
    </p><p class="article-text">
        Pienso en los relatos de mi amiga Ana Lupez. En <a href="https://www.eldiarioar.com/sociedad/barbara-di-rocco-lucha-reivindicar-historia-travesti-argentina-quiero-empaticen_1_12706425.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">el libro que hicimos juntas</a>. En cada abuso que sufri&oacute; de chica. En las violaciones en la c&aacute;rcel de Devoto cuando era menor de edad. Menor.
    </p><p class="article-text">
        Y despu&eacute;s estoy yo -la pesada de siempre- tocando puertas de diputados, de legisladores, buscando al menos un reconocimiento. Una reparaci&oacute;n hist&oacute;rica para Ana y sus amigas. Un gesto. Pero cuando no hay campa&ntilde;a electoral, se nota. Y mucho. No consegu&iacute; nada. Ni una menci&oacute;n. Ni una audiencia seria. Ni una intenci&oacute;n real de reparar.
    </p><p class="article-text">
        Porque ac&aacute;, si no sos funcional, no exist&iacute;s. Si no serv&iacute;s para la foto, no import&aacute;s. Si no das votos, no val&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        A veces me pregunto para qu&eacute; sirve seguir quej&aacute;ndose. Si la batalla ya est&aacute; perdida. Si la &uacute;nica respuesta posible es la rebeld&iacute;a, la barbarie, las guillotinas simb&oacute;licas, las horcas imaginarias en Plaza de Mayo.
    </p><p class="article-text">
        Pero no. La sociedad est&aacute; demasiado ocupada haciendo memes. Peleando con trolls. Comentando pavadas. Discutiendo sobre pendejos con m&aacute;scaras de perro. Arruinando &ldquo;Guantanamera&rdquo;, el himno sentimental del pueblo cubano, transform&aacute;ndolo en un canto de cancha sin respeto, sin memoria, sin historia. &ldquo;Alta coimera&rdquo;. Esa es la guerra de hoy: un meme, un canto, una burla, una payasada detr&aacute;s de otra. Mientras desde arriba se nos cagan de risa.
    </p><p class="article-text">
        Vivimos en un pa&iacute;s sin seriedad, donde el poder nos viola todos los d&iacute;as y despu&eacute;s nos pide paciencia.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, &iquest;qu&eacute; nos queda? Resguardarnos como podamos. Cuidarnos entre nosotras. Resguardar a los pibes. Alejarlos del hambre. Alejarlos del abuso. Alejarlos de los poderosos y de los no tanto. Porque los ped&oacute;filos est&aacute;n en todos lados. Con denuncias. Con causas. Con expedientes. Tomando sol en Punta del Este o escondidos en una casilla del barrio m&aacute;s precario. Impunidad para todos. Justicia para nadie.
    </p><p class="article-text">
        Pienso en la ESI. Esa gran herramienta que intentan destruir. Claro. &iquest;Qu&eacute; abusador va a querer que los chicos sepan nombrar lo que les pasa? &iquest;Qu&eacute; ped&oacute;filo va a querer que lo descubran?
    </p><p class="article-text">
        Pienso en lo que dije al principio. En esas palabras que repiten como un mantra: ped&oacute;filos, perversos, enfermos, desviados. Y me pregunto: &iquest;Qui&eacute;nes son realmente los ped&oacute;filos? &iquest;Qui&eacute;nes son los que deber&iacute;an alejarse de los ni&ntilde;os? &iquest;Qui&eacute;nes son los pervertidos? &iquest;Qui&eacute;nes son los del &ldquo;trastorno mental&rdquo;?
    </p><p class="article-text">
        Mientras escribo esto y me despido de esta columna, pienso en el futuro. En uno incierto. En valijas. En huidas. En maniobras que vuelven. En empezar de nuevo. En lo que a muchas personas les toca ahora y a nosotras, las travestis, nos toc&oacute; siempre.
    </p><p class="article-text">
        Migrar. Sobrevivir. Rearmarnos. Inventarnos otra vez.
    </p><p class="article-text">
        No escrib&iacute; para gustar.
    </p><p class="article-text">
        No escrib&iacute; para agradar.
    </p><p class="article-text">
        No escrib&iacute; para ser correcta.
    </p><p class="article-text">
        Escrib&iacute; para no callarme.
    </p><p class="article-text">
        Para dejar constancia.
    </p><p class="article-text">
        Para que despu&eacute;s nadie diga &ldquo;no sab&iacute;amos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sab&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        Siempre supieron.
    </p><p class="article-text">
        Y eligieron mirar para otro lado.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Bárbara Di Rocco]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pedofilos_129_13009202.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Feb 2026 03:01:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Pedófilos todos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fantasía de látex]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fantasia-latex_129_12951695.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6fd33eda-7f22-486d-a56a-82c31995b796_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fantasía de látex"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La autora repasa las fantasías de los hombres que le tocó cumplir y reflexiona sobre la naturaleza del deseo y sobre la hipocresía que pesa sobre todas estas prácticas. "Cada fantasía es un mundo. Y mientras sea consensuado, todo vale. Sobre todo si hay plata".</p><p class="subtitle">Entregas anteriores de "Los caballeros las prefieren trans"</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Tengo la fantas&iacute;a de estar con alguien como vos&rdquo;. Es una frase que escucho seguido cuando hablo con un tipo. Aparece temprano, casi como una confesi&oacute;n que pretende ser halago. Pero conviene aclarar algo desde el inicio: <strong>una persona trans no tiene por qu&eacute; cargar con la fantas&iacute;a ajena ni convertirse en el territorio donde otros descargan lo que no se animan a desear a la luz del d&iacute;a</strong>.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Una cosa muy distinta es una fantas&iacute;a compartida con una pareja sexual o con una trabajadora sexual</strong>. Ah&iacute; hay un acuerdo, un c&oacute;digo, un intercambio claro. Lo que no acepto es que se nos reduzca a fetiche, a objeto raro, a experiencia ex&oacute;tica. Cuando me sacaban de lo humano, yo tambi&eacute;n sacaba cuentas.
    </p><p class="article-text">
        Porque cuando alguien me mira solo con ojos de consumo, yo tambi&eacute;n dejo de verlo como sujeto. Ah&iacute; ya no veo un hombre: veo un billete, una cara chica, una cara de pajero que confunde deseo con derecho. Pero esa cara, muchas veces, paga las cuentas.
    </p><p class="article-text">
        A mis 22 a&ntilde;os estaba instalada en Palermo, en Coronel D&iacute;az y Paraguay. La puerta del departamento parec&iacute;a giratoria. Las p&aacute;ginas donde public&aacute;bamos nuestros tel&eacute;fonos hac&iacute;an su efecto y alg&uacute;n que otro cliente del bosque te ped&iacute;a el n&uacute;mero para despu&eacute;s ir a verte. El deseo circulaba como mercanc&iacute;a: miradas r&aacute;pidas, mensajes apurados, ansiedad de cat&aacute;logo. Todo era r&aacute;pido, s&uacute;per mec&aacute;nico. Ya ten&iacute;amos calculado en cu&aacute;ntos minutos nos &iacute;bamos a desocupar para que la siguiente volviera a ocupar el cuarto con otro cliente m&aacute;s. Era una coreograf&iacute;a memorizada. Se chupa un rato ac&aacute;, te pon&eacute;s un rato as&iacute;, otro rato as&aacute;, y zas: nudito al preservativo y a la bolsa.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pr&oacute;ximo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Lo inusual, lo raro, lo diferente aparec&iacute;a cuando muchos llegaban con fantas&iacute;as prefabricadas en la cabeza, escenas sacadas del porno, disfraces que no buscaban un encuentro sino una caricatura. </strong>La t&iacute;pica era el disfraz de colegiala: quer&iacute;an una &ldquo;nenita trans&rdquo; que fuera al colegio pero a la que se le asomara la fantasia por debajo de la pollera tableada. No quer&iacute;an una persona: quer&iacute;an un cuerpo atravesado por su imaginaci&oacute;n, exagerado, disponible. Ah&iacute; entend&iacute; que, al subirnos a los tacos, pas&aacute;bamos a ser un producto para consumo.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de escuchar tantas veces las mismas demandas, con mi amiga Bel&eacute;n Kapristo hicimos lo m&aacute;s honesto que se puede hacer cuando te miran como cosa: capitalizarlo. Fuimos a un sex shop y compramos disfraces, juguetes, accesorios. Dejamos un caj&oacute;n del placard listo para esas ocasiones especiales. Si me iban a consumir con pretensiones, al menos que supieran que nada era gratis. Porque as&iacute; lo hab&iacute;amos establecido: fuera del servicio normal, las fantas&iacute;as se pagan aparte.
    </p><h2 class="article-text">El de los guantes</h2><p class="article-text">
        Una noche me llama un cliente y me pide que vaya a su departamento. Antes de cortar, pregunta si tengo disfraz de empleada dom&eacute;stica. Le digo que s&iacute;. Abro aquel caj&oacute;n -el de las fantas&iacute;as ajenas-, meto el disfraz en la cartera y me tomo un taxi con esa mezcla de adrenalina y excitaci&oacute;n que solo da el dinero cuando se gana con el cuerpo.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l viv&iacute;a en Avenida Libertador y General Paz, en uno de esos edificios enormes, con seguridad privada al frente. Los porteros ya saben leer escenas: hombres que no preguntan, hombres que no explican. La infidelidad tiene coreograf&iacute;a propia y, casi siempre, un peque&ntilde;o pago extra para que nadie mire de m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Entramos por una puerta inmensa, subimos en ascensor. Un hombre de unos cincuenta a&ntilde;os, grandote, de ojos claros. Ten&iacute;a ese cuerpo que impone presencia incluso quieto, ancho, seguro de ocupar espacio. En el living hab&iacute;a valijas todav&iacute;a sin desarmar, como si no terminara nunca de llegar ni de irse, y sobre una silla descansaba un uniforme que exig&iacute;a prestigio m&aacute;ximo. No hac&iacute;a falta preguntar nada: el poder estaba ah&iacute;, doblado con cuidado, esperando su turno.
    </p><p class="article-text">
        Ese contraste -el hombre correcto, el traje que ordena y el deseo que se escapa por debajo- lo volv&iacute;a todav&iacute;a m&aacute;s excitante. <strong>Hay quienes se desnudan el cuerpo; otros, como &eacute;l, se desnudan rompiendo el personaje.</strong>
    </p><p class="article-text">
        En el departamento me dice: &ldquo;Cambi&aacute;te ac&aacute;, en la cocina&rdquo;. Sobre la mesada me deja un paquete sellado de guantes de goma, amarillos, gruesos. Me pregunt&eacute; a m&iacute; misma qu&eacute; pod&iacute;a tener eso de excitante, pero las fantas&iacute;as no se juzgan: se disfrutan, se act&uacute;an. Se va al dormitorio. El morbo ya est&aacute; montado y yo conozco mi papel.
    </p><p class="article-text">
        Cuando termino de cambiarme, sale y me encuentra apoyada contra la mesada. El body negro me ajusta el cuerpo, el delantal blanco marca contraste, las medias altas dejan justo lo necesario a la vista. Y los guantes, esos guantes de cocina que me cubr&iacute;an hasta el antebrazo. Suavemente, con las manos, comienzo a tocarme los pechos. Me mira sin disimulo. El deseo se le nota antes de tocarme. Se le ve una sonrisa en el rostro y un bulto enorme en los pantalones. Hay hombres que se excitan m&aacute;s con la escena que con la persona.
    </p><p class="article-text">
        En la cama, el contacto cambia todo. Los guantes vuelven cada roce m&aacute;s lento, m&aacute;s deliberado. El l&aacute;tex quema la piel y la vuelve ajena; amplifica la fricci&oacute;n, estira el tiempo. Lo siento crecer en peso y tensi&oacute;n contra mi cuerpo: respira distinto, se le corta el aire. El fetiche lo tiene completamente tomado; no para de lamer mis guantes.
    </p><p class="article-text">
        El momento del preservativo lo enciende todav&iacute;a m&aacute;s: la pausa, el cuidado, el sonido seco al abrirlo. Como puedo, con las manos torpes por los guantes, intento abrir uno; se lo pongo con la boca. Despu&eacute;s &eacute;l me coloca otro a m&iacute;. Empezamos una competencia de lamidos y succiones, &nbsp;de esas que te dejan sin aire. Me mira como si ese gesto fuera la confirmaci&oacute;n de que la fantas&iacute;a es real y segura.
    </p><p class="article-text">
        Mis manos de l&aacute;tex y su pija tambi&eacute;n. Se abandona. El sexo se vuelve compacto. Me muevo arriba suyo con precisi&oacute;n aprendida, sosteniendo el tempo, administrando la intensidad. Le tomo la cara; su lengua se filtra entre mis dedos. Se desarma r&aacute;pido, con un gemido torpe, satisfecho, liviano. Acaba contento, se retira al ba&ntilde;o, se da una ducha como limpi&aacute;ndose las culpas y vuelve cambiado, listo para abrirme la puerta.
    </p><p class="article-text">
        Queda conforme. Vuelve a llamarme. A veces en su casa, otras en la m&iacute;a. Ya no necesita disfraz, pero los guantes se vuelven indispensables. Los compraba solo para nuestros encuentros. Nunca repet&iacute;amos. Se acumulaban en la alacena de mi cocina como manos flojas, como un archivo palpable del deseo masculino.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s, cuando el departamento se llenaba de voces amigas, todo eso se volv&iacute;a an&eacute;cdota. Ven&iacute;an amigos y, cuando abr&iacute;an el mueble, se re&iacute;an: &ldquo;&iquest;Otra vez vino el de los guantes?&rdquo;
    </p><h2 class="article-text">Las historias</h2><p class="article-text">
        La cocina era escenario de confidencias, carcajadas, imitaciones exageradas, historias que se contaban para espantar el cansancio. Ah&iacute; el sexo dejaba de ser peso y se convert&iacute;a en relato. El monoambiente que compart&iacute;amos entre cinco se transformaba en teatro, en caf&eacute; concert, en stand up. Llegaban amigas, maricas con bizcochitos bajo el brazo, ganas de escuchar y de sumar. Y entonces empezaban las historias.
    </p><p class="article-text">
        Las de dominaci&oacute;n eran un cl&aacute;sico infalible. Intent&aacute;bamos descifrar lo intrigantes que nos parec&iacute;an los clientes porte&ntilde;os. Muchos no buscaban sexo en s&iacute;, sino perder el nombre, el cuerpo cotidiano, la responsabilidad. Quer&iacute;an ser esclavos por un rato. Sus bolsitos prolijamente armados, sus morbos tras un cierre. Otros prefer&iacute;an que los transform&aacute;ramos nosotras, que los visti&eacute;ramos. Para eso hab&iacute;a un caj&oacute;n especial, &ldquo;el caj&oacute;n de los putitos&rdquo;, lleno de tangas rotas y viejas: cuanto m&aacute;s ordinarias y cutres, m&aacute;s les gustaban; pelucas despeinadas, tacos doblados. Para ellos, ponerse nuestra ropa era un pasaporte: cruzaban una frontera invisible y se entregaban felices a la humillaci&oacute;n pactada.
    </p><p class="article-text">
        Estaban los organizados, los meticulosos. Llamaban antes, explicaban todo: qu&eacute; rol quer&iacute;an, qu&eacute; nombre iban a usar, qu&eacute; palabras estaban prohibidas, cu&aacute;les eran las claves para frenar. Amantes del l&aacute;tex, del cuero, del vinilo, devotos de las botas de charol y los tacos aguja. Llegaban t&iacute;midos, ped&iacute;an pasar al ba&ntilde;o y sal&iacute;an transformados, gateando, esperando &oacute;rdenes con una mezcla de seguridad y alivio.
    </p><h2 class="article-text">El esclavo</h2><p class="article-text">
        Una de las historias que m&aacute;s nos hac&iacute;a re&iacute;r era la del esclavo semanal. Mi amiga La Bracho acept&oacute; tenerlo siete d&iacute;as completos. Viv&iacute;a mudo, disfrazado de camis&oacute;n y tanga; limpiaba, planchaba, cocinaba. Dorm&iacute;a en el piso, en una alfombra al lado de la cama. Si ella se levantaba de noche, le pasaba caminando por encima. A veces lo castigaba, otras lo dejaba encerrado en el placard mientras atend&iacute;a a otros clientes. Una vez lo olvid&oacute; ah&iacute; adentro m&aacute;s de la cuenta y despu&eacute;s lo contaba muerta de risa: &ldquo;Casi lo mato asfixiado, pobre&rdquo;. Y nosotras llor&aacute;bamos de risa en la cocina, porque todo -hasta el descuido- formaba parte del juego que &eacute;l hab&iacute;a pedido.
    </p><h2 class="article-text">El perrito</h2><p class="article-text">
        Despu&eacute;s estaba el perrito. Ese era inolvidable. Llegaba, se desnudaba y quedaba en cuatro patas. No hablaba. Ladraba. Se mov&iacute;a por el departamento siguiendo &oacute;rdenes, jugaba, se dejaba retar, ped&iacute;a atenci&oacute;n con ruidos. Su due&ntilde;a lo paseaba de rodillas, lo ba&ntilde;aba, le daba de comer en un recipiente para mascotas. Si quer&iacute;a que lo castigaran, ladraba fuerte; mi amiga le daba con una correa en el culo hasta dej&aacute;rselo rojo. Despu&eacute;s, ya calmado, dorm&iacute;a acurrucado a los pies de la cama hasta que se cumpl&iacute;a la hora pactada y, como si nada, volv&iacute;a a vestirse de hombre, a ponerse el anillo de casado y se iba.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Nos re&iacute;amos de lo absurdo, de lo extremo, de lo que hab&iacute;a tocado vivir. Esos momentos &iacute;ntimos, compartidos, eran una pausa necesaria frente a un mundo cargado de s&aacute;banas usadas</strong>. Y tambi&eacute;n una promesa: siempre puede aparecer algo nuevo, algo extra&ntilde;o, algo bizarro, algo inesperado que nos sacuda a carcajadas otra vez.
    </p><h2 class="article-text">Primera experiencia</h2><p class="article-text">
        La primera experiencia que tuve con la fantas&iacute;a de l&aacute;tex fue en San Nicol&aacute;s de los Arroyos. Estaba parada en la zona roja de la avenida Savio cuando un tipo fren&oacute; y me invit&oacute; &ldquo;al hotel&rdquo;. Ya en la habitaci&oacute;n, me dijo, casi con timidez: &ldquo;Tengo fantas&iacute;as con el l&aacute;tex. Tengo una m&aacute;scara en el ba&uacute;l. &iquest;Te molesta si me la pongo?&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Como adoro divertirme y, sobre todo, coleccionar an&eacute;cdotas, le dije que s&iacute;. Baj&oacute; hasta el auto y volvi&oacute; con un bolso deportivo chico. Ese bolso que muchos hombres esconden como si fuera un &oacute;rgano vital: el archivo secreto de una vida sexual reprimida, el refugio port&aacute;til de lo que no pudieron ser, de lo que se negaron por haberse casado, por haber obedecido. Un bolso que guarda m&aacute;s verdad que cualquier portarretratos familiar.
    </p><p class="article-text">
        Lo abri&oacute; sobre la cama y empez&oacute; a desplegar su mundo: esposas, consoladores, lubricantes, l&aacute;tigos. Y la m&aacute;scara negra de l&aacute;tex, ajustada con un cierre que iba desde la c&uacute;spide de la cabeza hasta la nuca, con apenas dos orificios para los ojos y uno para la boca. Mientras acomodaba todo, me hablaba de sus morbos, de sus fantas&iacute;as, con esa ansiedad infantil de quien muestra sus juguetes m&aacute;s preciados.
    </p><p class="article-text">
        Yo estaba cansada. Hab&iacute;a trabajado mucho y solo quer&iacute;a terminar e irme a casa. As&iacute; que lo hice callar de la forma m&aacute;s eficaz. Lo acost&eacute; en la cama, me saqu&eacute; la tanga y me sent&eacute; sobre su cara. Le met&iacute; uno de sus consoladores favoritos en el cuerpo, le puse las esposas y tom&eacute; el control. El l&aacute;tex, la presi&oacute;n, la falta de aire, el encierro del personaje lo encendieron por completo. La excitaci&oacute;n fue tan intensa que todo termin&oacute; en menos de un minuto.
    </p><p class="article-text">
        A veces el deseo no necesita tiempo, solo intensidad.
    </p><h2 class="article-text">El miedo</h2><p class="article-text">
        Hasta ese momento todo hab&iacute;a sido risa, an&eacute;cdota, control. Pero un d&iacute;a vino otro cliente al departamento y, apenas lleg&oacute;, me dijo que ten&iacute;a morbo con las cuerdas. Su fantas&iacute;a era atarme y penetrarme mientras yo estuviera inmovilizada. Le dije que s&iacute;, liviana, creyendo que ser&iacute;a algo torpe, una fantas&iacute;a de boy scout, de campamento hot, casi ingenua. Adem&aacute;s, se acercaba la fecha y hab&iacute;a que pagar el maldito alquiler y las putas expensas. Eran d&iacute;as de decir que s&iacute; a todo.
    </p><p class="article-text">
        Me acost&eacute; en la cama. Me puso boca abajo y sac&oacute; de una mochila unas cuerdas largu&iacute;simas. Me pidi&oacute; que llevara los brazos hacia atr&aacute;s y empez&oacute; a atarme con una precisi&oacute;n que no hab&iacute;a visto antes. Uni&oacute; piernas y manos, tens&oacute;, cruz&oacute;, ajust&oacute;. Nudos firmes, prolijos, definitivos. Me sent&iacute;a como un pollo al espiedo, expuesta y r&iacute;gida.
    </p><p class="article-text">
        Cuando termin&oacute;, entend&iacute; algo tarde: no hab&iacute;a forma de soltarme. No era improvisaci&oacute;n. El tipo sab&iacute;a exactamente lo que hac&iacute;a. Por m&aacute;s que intent&eacute; moverme, no hab&iacute;a margen. El control ya no estaba de mi lado. Y ah&iacute; apareci&oacute; otra cosa: el miedo, la bronca conmigo misma por haber aceptado sin medir, por haber confundido juego con entrega.
    </p><p class="article-text">
        Entre mis piernas atadas a mis manos no s&eacute; c&oacute;mo hizo, pero logr&oacute; penetrarme. No fue placentero. Para m&iacute; fue pura incomodidad; para &eacute;l, evidente frustraci&oacute;n. Mi cuerpo tenso, mi incomodidad expl&iacute;cita, lo descolocaron tambi&eacute;n a &eacute;l. Termin&oacute; r&aacute;pido.
    </p><p class="article-text">
        Apenas acab&oacute;, empez&oacute; a desatarme. Me dijo que no iba a volver m&aacute;s, que lo hab&iacute;a puesto mal verme as&iacute;, tan inc&oacute;moda. Y ten&iacute;a raz&oacute;n. Lo estaba. Algunas fantas&iacute;as, cuando se llevan demasiado lejos, dejan de excitar y muestran algo mucho m&aacute;s oscuro.
    </p><h2 class="article-text">La careta</h2><p class="article-text">
        <strong>En este trabajo conoc&iacute; y me prest&eacute; a casi todo lo que se les ocurr&iacute;a. La excitaci&oacute;n masculina aparece en los fetiches menos pensados y no siempre tiene que ver con coger</strong>. Vi hombres pedirme que les sostuviera la espalda mientras se doblaban sobre s&iacute; mismos y acababan en su propia cara. Otros ten&iacute;an una elasticidad tan improbable que pod&iacute;an darse placer oral solos. Hubo quien quiso una mano entera dentro del cuerpo: preservativo hasta el antebrazo, gel y adentro. Las lluvias doradas eran un pedido frecuente.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s entend&iacute; algo clave: muchas veces no es sexo, es un poco de actuaci&oacute;n. Salir mentalmente de mi cuerpo para sobrellevar la realidad.
    </p><p class="article-text">
        Cada fantas&iacute;a es un mundo. Y mientras sea consensuado, todo vale. Sobre todo si hay plata. Porque s&iacute;, todos tenemos un precio para algo. Pero la gran actuaci&oacute;n no es la nuestra. Es la de ellos. Hombres que en p&uacute;blico sostienen una seriedad imposible, cargos, prestigio, discursos firmes sobre la transfobia y la homofobia y, en privado, se entregan a la sumisi&oacute;n m&aacute;s absoluta. Vidas prolijas, cargadas de prohibiciones.
    </p><p class="article-text">
        Pienso en las p&aacute;ginas de porno travesti que miran y borran del historial. En las pajas r&aacute;pidas en el ba&ntilde;o del trabajo. En las excusas torpes e irreales que le dicen a la mujer. Pienso en esas mentiras que se caen cuando el cuerpo empieza a hablar solo: secreciones, apuros, pedidos desesperados por no usar nada. Y despu&eacute;s, el regreso prolijo al hogar, a la cama compartida, llevando encima lo que no se ve pero se transmite.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Ah&iacute; entiendo este mundo tan careta: esa fantas&iacute;a absurda de jugar a la casita.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Ellos con su vida ordenada y secreta. Nosotras con la nuestra, a la vista. Ordinarias, marginales, la verg&uuml;enza oficial de esta sociedad.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y por nuestras camas qu&eacute;? &iquest;Qui&eacute;nes pasan por ac&aacute;? Mejor dicho: &iquest;qui&eacute;nes no?
    </p><p class="article-text">
        La diferencia es simple: ellos act&uacute;an normalidad. Nosotras no.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Ellos borran el historial. Nosotras recordamos las historias.</strong>
    </p><p class="article-text">
        La risa es nuestro l&aacute;tex. La capa que nos separa de sus fantas&iacute;as, de sus culpas, de esa vida de tapa de revista que se les cae a pedazos cuando cierran la puerta. Re&iacute;mos para no quedar atrapadas en su mentira, para no confundir trabajo con verdad.
    </p><p class="article-text">
        Nosotras vivimos como cogemos: sin pedir permiso. Ellos fantasean con l&aacute;tex. Nosotras lo usamos para no mancharnos.
    </p><p class="article-text">
        <em>BDR/CRM</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Bárbara Di Rocco]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fantasia-latex_129_12951695.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Feb 2026 03:01:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fantasía de látex]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Sexo,Bárbara Di Rocco]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El tercer sexo, ¿se divierte?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tercer-sexo-divierte_129_12877840.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/789bcaad-47a4-498c-8b44-fa3ad4e41b37_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El tercer sexo, ¿se divierte?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Qué pasa cuando las travestis se corren de los lugares seguros y quieren ir a divertirse a otros? ¿Cuál es la reacción? ¿Logran divertirse? "Porque para nosotras salir no es simplemente salir: es anticipar el daño, ensayar respuestas, respirar hondo y cruzar los dedos".</p></div><p class="article-text">
        As&iacute; rezaba un titular de&nbsp;<em>Revista AS&Iacute;</em>&nbsp;de 1971 cuando lleg&oacute; a Buenos Aires aquel elenco de siete travestis brasile&ntilde;as. El art&iacute;culo dec&iacute;a: &ldquo;Con el tercer sexo se divierten&rdquo;. La foto las mostraba juntas, ri&eacute;ndose con una alegr&iacute;a desbordada que ni el blanco y negro pod&iacute;a apagar. Brillaban incluso en un momento del pa&iacute;s escaso de color.
    </p><p class="article-text">
        Cincuenta y cuatro a&ntilde;os despu&eacute;s, me encuentro haci&eacute;ndome la pregunta: &iquest;El &ldquo;tercer sexo&rdquo; se divierte? &iquest;Nosotras nos divertimos?
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Travestis divirtiéndose en los años &#039;70                            </span>
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        Anoche fue otra de esas tantas noches porte&ntilde;as sin plan fijo, solo el impulso de escaparse un rato del mundo. Entre amigas aparece siempre el mismo dilema:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;A d&oacute;nde vamos?
    </p><p class="article-text">
        La vieja confiable es Am&eacute;rika, el epicentro travesti local desde hace d&eacute;cadas. La previa es en casa: minifalda, rubor y hielo. <strong>Salimos con los tacos afilados, dispuestas al jolgorio absoluto</strong>.
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        Ah&iacute; las travestis somos el foco central del lugar: sin nosotras se les cae la noche. Pagamos la entrada m&aacute;s cara que hay y, as&iacute; sea que el transformista que est&aacute; en la puerta nos mire con recelo, entramos sin darle importancia y pisamos la pista triunfantes, montadas a la altura de una fantas&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; ninguna va casual. <strong>Hasta la que vive en una pensi&oacute;n llena de humedad llega producida como vedette, porque cuando una travesti sale, &iexcl;sale!</strong>
    </p><p class="article-text">
        Los ventiladores industriales nos mueven el pelo y las extensiones como si estuvi&eacute;ramos en un videoclip; todas, bajo esa r&aacute;faga agobiante, juramos ser de Victoria&rsquo;s Secret. El perfume &mdash;dulce, intenso, inconfundiblemente travesti&mdash; se mezcla con el alcohol y el sonido que aturde. El labial termina donde quiere: en el borde de una copa, en el cuello de una camisa o en la bragueta del que m&aacute;s te guste. Porque Am&eacute;rika es eso: el fuego travesti y el levante.
    </p><p class="article-text">
        Los tipos que van ah&iacute; se aflojan, se animan. Alguno te invita un trago, otro te pide tu n&uacute;mero, otro te dice lo linda que est&aacute;s.&nbsp;<em>Tranny chaser</em>&nbsp;o no, te encaran igual. Y se arma la coreograf&iacute;a l&oacute;gica de la noche: tacos altos, amigas, unas burbujas y la posibilidad de irte con alguien que te hace sentir deseada.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien&hellip; <strong>&iquest;qu&eacute; pasa cuando nos corremos de ese territorio seguro y nos animamos a ir a otros lugares?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Si vamos a una <strong>bailanta</strong>, al principio puede haber miradas inc&oacute;modas, esa observaci&oacute;n silenciosa que te escanea entera. Pero apenas comienza a sonar la cumbia, una se acostumbra. Y termina disfrutando.
    </p><p class="article-text">
        Porque dentro de la marginalidad la gente ya sabe qui&eacute;nes somos. No necesitan explicaci&oacute;n. Conocen lo que es una travesti, porque, al igual que un almac&eacute;n, siempre hay una travesti en cada barrio.
    </p><p class="article-text">
        Y eso trae su precio: hipersexualizaci&oacute;n total. En la bailanta te van a apoyar toda la noche. Te van a tocar el culo. Te van a invitar un trago de vino en caja. Te van a querer devorar entera. Y para nosotras, quienes salimos con ganas de acci&oacute;n, perfecto: cada cual con su b&uacute;squeda.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay veces en que no todas estamos pendientes de eso, porque no somos solamente eso. Est&aacute; la que est&aacute; cansada de laburar en la zona; la que solo quiere tomar un trago en paz; la que adora escuchar la m&uacute;sica de N&eacute;stor en Bloke y nada m&aacute;s; o la que simplemente no tiene ganas de que se le acerque nadie.
    </p><p class="article-text">
        Entonces buscamos otra opci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; probamos suerte en los <strong>boliches paquis</strong> donde pasan reggaet&oacute;n, trap y m&uacute;sica popular. No son chetos, no llegan a serlo, pero todo huele a pantal&oacute;n chup&iacute;n y clase media. Ese perfume a &ldquo;correctito&rdquo;, donde igual te empiezan a mirar como si fueras una intrusa en su ecosistema. Ah&iacute; las miradas cambian: van directas a la nuca. Las mujeres te miran sin ninguna discreci&oacute;n, como si fueras un desaf&iacute;o, un espejo inc&oacute;modo o un chiste que todav&iacute;a no ocurri&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Otras, en cambio, te hablan en el ba&ntilde;o con esa fascinaci&oacute;n repentina:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ay, sos divina. &iquest;Vos te maquillaste? &iexcl;Me encanta tu pelo! &iquest;C&oacute;mo aguant&aacute;s esos tacos?
    </p><p class="article-text">
        Esa mezcla rara de admiraci&oacute;n y exotizaci&oacute;n que ya conocemos de memoria, que nos hace sentir caricaturas y que nos tiene hartas. Y los chabones&hellip; ah&iacute; empieza otra pel&iacute;cula. M&aacute;s de uno, cuando pas&aacute;s cerca, necesita llamar la atenci&oacute;n como un nene malcriado: <strong>comentarios transf&oacute;bicos, desubicados, el t&iacute;pico que se hace el gracioso para que sus amigos lo celebren</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Y nosotras quedamos en ese dilema eterno: &iquest;Los ignoramos y seguimos bailando? &iquest;O les partimos una botella en la cabeza y nos hacemos respetar, aunque despu&eacute;s no podamos volver a entrar nunca m&aacute;s?
    </p><p class="article-text">
        Porque con los tipos en esos boliches es as&iacute;: ganas siempre tienen. Levante, atracci&oacute;n, deseo oculto&hellip; siempre. Pero en p&uacute;blico jam&aacute;s. Nunca encaran delante de sus amigos. Te miran toda la noche, te devoran con los ojos como si fueras un pecado que no quieren confesar.  Y cuando ya todos est&aacute;n borrachos, ah&iacute; s&iacute;. Ah&iacute; se animan.
    </p><p class="article-text">
        Cuando vos ya te fuiste, cuando est&aacute;s caminando hacia un taxi, cuando est&aacute;s llegando a tu casa&hellip; te aparecen mensajes en redes sociales, alg&uacute;n &ldquo;hola, qu&eacute; linda estabas en el boliche&rdquo;. Porque s&iacute;: los tipos a las travas nos tienen entre ceja y ceja. Si no pasaron por vos, pasaron por alguna amiga, o vaya a saber cu&aacute;ntas m&aacute;s. <strong>Siempre hay una travesti en la cabeza de un var&oacute;n heterosexual. Siempre.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Entonces decimos: bueno, &iquest;y si vamos a otro lado? Ah&iacute; aparecen los <strong>boliches caretas de la Costanera o las fiestas electr&oacute;nicas&nbsp;</strong><em><strong>snob</strong></em>. Para nosotras, muchas veces ir a esos lugares es comerse una humillaci&oacute;n. Si lleg&aacute;s a entrar, ten&eacute;s que estar toda la noche en pose, sosteniendo la imagen, trag&aacute;ndote la incomodidad. Siempre hay alg&uacute;n fantasma crey&eacute;ndose un jeque &aacute;rabe porque pag&oacute; para sentirse VIP y le traen una botella con bengala: esa palangana de clasismo que hace chispas en el aire. O sumarte al&nbsp;<em>acting</em>&nbsp;colectivo de lentes de sol a las tres de la ma&ntilde;ana y tomar agua mineral como si fuera licor.
    </p><p class="article-text">
        Y si no entr&aacute;s, peor:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La entrada es por lista.
    </p><p class="article-text">
         &mdash;El lugar se reserva el derecho de admisi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
         &mdash;Hoy no, no das con la imagen del lugar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Y ese &ldquo;no das con la imagen del lugar&rdquo; es el golpe m&aacute;s sincero de todos</strong>. Es decirte en la cara lo que piensan: por travesti, no entr&aacute;s. Esa segregaci&oacute;n eterna que tiene este pa&iacute;s, ese&nbsp;<em><strong>cis-apartheid</strong></em>&nbsp;que duerme liviano y se despierta r&aacute;pido. Y ni hablar del patovica: el que se toma tres bondis para volver a su casa, pero que en la puerta del boliche se cree due&ntilde;o del baile, juez de tu existencia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En definitiva, las travestis siempre salimos pensando en t&eacute;rminos y condiciones, como si la noche fuera un contrato por negociar. </strong>&iquest;Me dejar&aacute;n pasar? &iquest;La pasar&eacute; bien? &iquest;Voy a poder ponerme en pedo tranquila sin que hasta el barman se burle? &iquest;Voy a poder hablar con un pibe que me guste sin que me tire los clich&eacute;s m&aacute;s gastados: &ldquo;Ay, no sab&iacute;a que eras travesti&rdquo;, &ldquo;Pens&eacute; que eras mujer&rdquo;?
    </p><p class="article-text">
        Siempre hay preguntas. <strong>Porque para nosotras salir no es simplemente salir: es anticipar el da&ntilde;o, ensayar respuestas, respirar hondo y cruzar los dedos.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute;, cansadas de una sociedad que no evoluciona, decimos: &iquest;y si vamos a un <strong>boliche gay</strong>? Y ah&iacute; comienza otra odisea: la del lugar sin ventilaci&oacute;n, donde a las drag queens les pagan dos mangos por estar entaconadas toda la noche; donde la mariconada masculina est&aacute; ocupad&iacute;sima en acaparar todo el espacio como si la pista fuera propiedad privada.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y qu&eacute; hacemos las travestis ah&iacute;?
    </p><p class="article-text">
        Nosotras, que con esfuerzo nos compramos un buen perfume, una pilcha linda, unos lindos tacos. Llegamos peinadas, con el rostro impecable, y apenas cruzamos la puerta la cara se derrite, los pies se ponen negros del piso sucio; nos empujan, nos ignoran y, encima, ocupan el ba&ntilde;o de mujeres porque para ellos la mujer ah&iacute; no corresponde ni siquiera en su propio ba&ntilde;o: adentro est&aacute;n o d&aacute;ndose con keta o chup&aacute;ndose las pijas fl&aacute;cidas detr&aacute;s de una puerta rota.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; no importa el olor a mierda, ni si el que pone el culo es libertario o si el que pone la pija es peronista. Ah&iacute; todo vale. Todo menos nosotras.
    </p><p class="article-text">
        Entonces me pregunto de nuevo: &iquest;qu&eacute; hacemos las travestis ah&iacute;? &iquest;Bailamos pegadas al DJ hasta quedarnos sordas? &iquest;Nos metemos en ese tumulto semidesnudo donde el olor a chivo mezclado con popper te parte la nariz?
    </p><p class="article-text">
        Con los dedos pisados, el vestido enganchado en alg&uacute;n arn&eacute;s, les digo a mis amigas:
    </p><p class="article-text">
         &mdash;Vamos a la barra, chicas.
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute;, con el dinero que tanto nos cuesta ganar, nos compramos por fin una merecida botella. Nos sumergimos en nuestro propio mundo. Brindamos con esos vasos de pl&aacute;stico que nadie sabe si est&aacute;n lavados. <strong>Nos celebramos. Re&iacute;mos entre nosotras</strong>. Y nos quedamos pegadas a la barra, &uacute;nico punto donde se puede respirar un poco.
    </p><p class="article-text">
        Desde ah&iacute; vemos pasar la noche como quien mira un documental raro: uno que sacan casi muerto porque se pas&oacute; de&nbsp;<em>gh</em>; otro descompensado en el piso; otro que prefiere hablar por Grindr antes que hablar cara a cara; otros d&aacute;ndose besos de tres o cuatro, chap&aacute;ndose como criaturas anfibias. Vemos la poca diversi&oacute;n y la mucha destrucci&oacute;n. Vemos la noche consumir a todos menos a nosotras, que sobrevivimos apoyadas en una barra pegajosa.
    </p><p class="article-text">
        Hasta que alguna dice:
    </p><p class="article-text">
         &mdash;Chicas, yo tengo un cliente. Me voy.
    </p><p class="article-text">
        Otra:
    </p><p class="article-text">
         &mdash;Estoy cansada, no aguanto los tacos.
    </p><p class="article-text">
        Y otra:
    </p><p class="article-text">
         &mdash;Vamos, ya estoy borracha.
    </p><p class="article-text">
        Y as&iacute;, cuando el sol empieza a colorear las veredas repletas de botellas rotas y vasos destrozados, nos subimos a un Uber con la resaca y un silencio raro en el pecho.
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; aparecen las preguntas: &iquest;Me divert&iacute;? &iquest;La pas&eacute; bien? &iquest;Me habr&aacute; transferido la que prometi&oacute; &ldquo;despu&eacute;s te lo devuelvo&rdquo;?
    </p><p class="article-text">
        Llego a casa y empiezo el ritual del final: me saco las pesta&ntilde;as postizas, dejo los zapatos en el balc&oacute;n, pongo la ropa con olor a humo en el canasto. Y mientras me quito el maquillaje, me atraviesa un pensamiento que vuelve cada vez: quiz&aacute;s ya estoy grande; quiz&aacute;s no estoy para salir tan seguido; quiz&aacute;s soy yo la que no aprende a divertirse en estos espacios.
    </p><p class="article-text">
        Pero despu&eacute;s, <strong>cuando se me asienta el coraz&oacute;n, entiendo que no. Que no soy yo</strong>. <strong>Que lo que pasa es que ya no nos divertimos: simplemente aprendimos a distraernos. A poner el cuerpo para fingir brillo para las redes y para el alma.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Y ac&aacute; es donde vuelvo al pasado, a los a&ntilde;os '70, a los peri&oacute;dicos repletos de espect&aacute;culos de travestis; a Tres Bocas, donde las maricas se resguardaban y festejaban mutuamente; a Hidr&oacute;geno Discoteque, donde Vanessa Show imitaba a N&eacute;lida Roca y Ana Lupez hac&iacute;a de Liza Minnelli.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a esos archivos donde una comunidad exhalaba carnaval sabiendo que la polic&iacute;a les respiraba en la nuca, que los milicos las miraban con hambre de desaparecerlas, que las contravenciones las esperaban en cada esquina, que el sida lleg&oacute; unos a&ntilde;os despu&eacute;s y borr&oacute; maricas de a decenas. Y aun as&iacute; lo &ldquo;gay&rdquo; era alegre. Era festivo. Una desesperada resistencia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En esas vivencias veo algo que hoy casi no se ve: alegr&iacute;a verdadera, no distracci&oacute;n. Resistencia, no anestesia. Fiesta, no consumo. Comunidad, no segmentaci&oacute;n.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hoy, en muchos lugares, la noche se volvi&oacute; un escenario agotado, predecible, sin sorpresa, con&nbsp;<em>performers</em>&nbsp;que buscan que los halagues, no que te diviertas. Una fiesta que se repite y es m&aacute;s de lo mismo. Y, sin embargo &mdash;y ac&aacute; est&aacute; la raz&oacute;n por la que escribo esto&mdash;, <strong>s&eacute; que en la risa travesti todav&iacute;a queda magia</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Porque nadie sabe &mdash;de verdad nadie&mdash; lo que nos cuesta llegar hasta ah&iacute;: el recorrido para vivir bajo un techo, para tener una botella en la mesa, para elegir un perfume, para pagar una entrada. Nuestro camino cuesta el doble, siempre cost&oacute; el doble. Y aun as&iacute; seguimos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Sabemos que no encajamos, que el mapa est&aacute; repartido hace rato</strong>: las lesbianas por all&aacute;, los gays por all&aacute;, los heteros por ac&aacute; y las travestis en ninguna parte, en la intemperie, en el margen del margen. <strong>Y aun con esa certeza &mdash;cruda, aprendida&mdash; salimos igual.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Nada nos frena. Nos mueve otra cosa: un esp&iacute;ritu de fuego, una garganta seca que pide trago, ruido. Salimos aunque sepamos que muchas noches vamos a volver heridas, cansadas, humilladas.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n hay otras noches. Noches en las que, al final, todo se da vuelta: la humillaci&oacute;n se vuelve an&eacute;cdota, el golpe se transforma en historia, la derrota en carcajada. Y aparece esa risa trava, indestructible, filosa, contagiosa. Esa risa que me salva incluso cuando la noche no quiso salvarnos. Y quiz&aacute; &mdash;despu&eacute;s de todo&mdash; ese sea el verdadero motivo por el que sigo saliendo.
    </p><p class="article-text">
        <em>BDR/CRM</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Bárbara Di Rocco]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tercer-sexo-divierte_129_12877840.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 18 Jan 2026 03:02:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El tercer sexo, ¿se divierte?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Transexualidad,Bárbara Di Rocco]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El lechero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/lechero_129_12877789.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0165e86a-317c-41ed-ab11-918b6dd4d4d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El lechero"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Primer texto de Bárbara Di Rocco en elDiarioAR. Recuerda aquellas noches en las que el sexo se volvía una herramienta para conseguir algo tan básico como un plato de comida. No lujo. No capricho. Comida. Cuando el hambre no era solo del cuerpo, sino también del miedo, de la intemperie, de no saber cómo seguía todo.</p></div><p class="article-text">
        Era fin de semana, cumpliendo horas extras en la oficina. Ya pasadas las seis o siete de la ma&ntilde;ana, el sol empezaba a filtrarse entre los &aacute;rboles y alumbraba sin pudor la lluvia de preservativos y papelitos que rebalsaban de los tachos de los bosques de Palermo. Restos de una noche larga, de esas en las que no llegabas ni a acomodarte la bombacha que ya estabas subi&eacute;ndote a otro auto. <strong>Noches de trabajo intenso, mec&aacute;nico y feroz, donde el cuerpo se vuelve herramienta y el tiempo se mide en billetes doblados y respiraciones agitadas.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;a sido una de esas madrugadas en las que todo sucede r&aacute;pido, casi sin pausa, donde el cansancio se mezcla con una lucidez extra&ntilde;a y el deseo aparece por momentos, inesperado, como una chispa. El cuerpo aprende a funcionar por partes: piernas, espalda, boca, hambre. El resto queda en pausa. No porque no exista, sino porque no hay tiempo para todo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Siendo fin de semana y con el amanecer encima, empezaban a llegar en manada los autos de los chongos: calientes, copeteados, con esa urgencia torpe que les deja la noche. Ven&iacute;an todav&iacute;a con la m&uacute;sica del boliche son&aacute;ndoles en la cabeza, el cuerpo transpirado, la boca con gusto a alcohol barato y perfume caro.
    </p><p class="article-text">
        Como el bosque estaba rodeado de boliches, muchos ya ten&iacute;an el recorrido aprendido: primero el baile, despu&eacute;s alguna de nosotras. Era parte del ritual. Ah&iacute;, hay que decirlo, daba gusto ser puta. Porque, entre tanto apuro y tanto oficio, de pronto aparec&iacute;an ellos: bombonazos de jean y camisa de marca, manejando borrachos, con olor a Paco Rabanne y a privilegio. Pibes &ldquo;hijos de&rdquo;, esos que no se molestan en chamuyar en la pista y prefieren gastar los &uacute;ltimos pesos que les soltaron los padres en un encuentro r&aacute;pido, clandestino y cargado de morbo.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; era donde yo eleg&iacute;a. Miraba, evaluaba, dejaba que el deseo &mdash;ese que no siempre aparece cuando una trabaja&mdash; se colara sin pedir permiso. Y entonces, como un broche de oro despu&eacute;s de una jornada interminable, el cuerpo respond&iacute;a distinto. No por obligaci&oacute;n. No por dinero. Por puro gusto. Una segunda vez, &iacute;ntima, silenciosa, casi secreta, donde el placer se mezclaba con la satisfacci&oacute;n de haber ganado la noche.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Era esa combinaci&oacute;n rara, peligrosa y deliciosa: trabajo y placer entrelazados por un rato, justo antes de que el sol terminara de subir y nos devolviera, otra vez, a la realidad.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de que me dieran un buen rato, volv&iacute; a mi parada, ya con el cuerpo cansado y la cabeza puesta en la idea de irme a casa. Esa hora no era solo territorio de trasnochados: empezaban a aparecer tambi&eacute;n los que sal&iacute;an a trabajar. Los viajeros de siempre, los que van de una ciudad a otra, y esos otros que necesitan, casi religiosamente, empezar el d&iacute;a descargando el cuerpo para poder concentrarse despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        La escena era un cat&aacute;logo de contrastes. De un lado, los ebrios que todav&iacute;a arrastraban la noche; del otro, los sobrios reci&eacute;n duchados, prolijos, con olor a jab&oacute;n y las bolas depiladas con una dedicaci&oacute;n que parec&iacute;a una invitaci&oacute;n muda, casi respetuosa, a ser lamidas. <strong>La noche y el d&iacute;a cruz&aacute;ndose sin mirarse</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Ya estaba por irme cuando un cami&oacute;n frigor&iacute;fico, de una de esas marcas de l&aacute;cteos que todo el mundo reconoce, pas&oacute; lento frente a m&iacute;. El conductor abri&oacute; la puerta. Para verle bien la cara tuve que ponerme en puntas de pie: era flaco, alto, de treinta y pico, cara de madrugador. Me pregunt&oacute; los precios, escuch&oacute; sin apuro y dijo simplemente:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ok.
    </p><p class="article-text">
        Pens&eacute; que iba a subir como acompa&ntilde;ante, pero avanz&oacute; unos metros m&aacute;s y estacion&oacute; cerca de los &aacute;rboles. Se baj&oacute;, dio un portazo seco y, con una mano apret&aacute;ndose lo que ya era evidente, dijo sin rodeos:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Vamos atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Abri&oacute; las puertas traseras y me hizo subir. Adentro, el fr&iacute;o me golpe&oacute; de lleno. <strong>El cami&oacute;n estaba cargado de cajones: sachets de leche, quesos, yogures, manteca.</strong> Todo listo para salir a repartir. Me pag&oacute; un &ldquo;completo&rdquo;, se desabroch&oacute; el pantal&oacute;n y me pidi&oacute; que empezara. Bastaron unos segundos para que el clima cambiara: la respiraci&oacute;n m&aacute;s pesada, el silencio espeso, el vapor de nuestros cuerpos luchando contra el aire helado.
    </p><p class="article-text">
        Cuando ya estaba duro, me arrincon&oacute; contra los cajones fr&iacute;os de leche. La espalda helada, el cuerpo caliente. Y ah&iacute;, entre el olor l&aacute;cteo y el rugido lejano del motor, me dio uno de esos sacudones que se te quedan grabados. No hubo ternura ni pavadas, pero s&iacute; una intensidad exacta, como si el amanecer hubiera decidido concentrarse entero en ese momento.
    </p><p class="article-text">
        Al terminar, le saqu&eacute; el forro. Mientras le hac&iacute;a un nudito prolijo y lo envolv&iacute;a en un pa&ntilde;uelito de papel, me dijo, casi con alivio:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Gracias, necesitaba descargar. No tengo para darte una propina, pero si te gusta algo de los cajones, llevate lo que quieras.
    </p><p class="article-text">
        Yo, muerta de hambre, abr&iacute; bien los ojos. Mir&eacute; la cantidad de cosas que hab&iacute;a ah&iacute; adentro y le dije que s&iacute; sin dudarlo. Mi cartera era una miniatura &mdash;apenas entraban los preservativos y el BlackBerry&mdash;, pero eso no me detuvo. <strong>Baj&eacute; del cami&oacute;n con los brazos cargados de quesos pategr&aacute;s y l&aacute;cteos, como si estuviera saliendo de un supermercado clandestino.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s, el d&iacute;a sigui&oacute; su curso. &Eacute;l volvi&oacute; al volante, yo a mi parada. El cami&oacute;n sali&oacute; a repartir leche como si nada hubiera pasado.
    </p><p class="article-text">
        Me sub&iacute; a un taxi cansada, bien cogida, con plata en el bolsillo y, encima, ahorr&aacute;ndome la compra de la semana. Un cierre perfecto para una noche larga. En ese cansancio hab&iacute;a algo m&aacute;s: <strong>la sensaci&oacute;n de volver a ser una sola despu&eacute;s de horas de ser muchas cosas a la vez, de desarmar capas y quedar apenas en silencio.</strong>
    </p><p class="article-text">
        En ese entonces, mi cama era un colch&oacute;n prestado en el living del departamento de mis amigos. Viv&iacute;amos en Almagro. Dej&eacute; las cosas en la heladera y, al apoyar la cabeza en la almohada, apareci&oacute; ese pensamiento que vuelve siempre cuando el cuerpo afloja: no c&oacute;mo hab&iacute;a sido la noche, sino c&oacute;mo hab&iacute;a aprendido a arregl&aacute;rmelas. Nadie ense&ntilde;a eso. <strong>Se aprende caminando, mirando, midiendo silencios.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Para m&iacute; ya era costumbre sacar ventaja cuando los tipos te ofrec&iacute;an llevarte algo, sobre todo cuando el encuentro ocurr&iacute;a dentro de alg&uacute;n local. En mi pueblo era frecuente salir con las maricas y terminar dej&aacute;ndonos coger por alg&uacute;n panadero, tipo cuatro de la ma&ntilde;ana, en el fondo del negocio, entre la masa y los hornos todav&iacute;a tibios. Despu&eacute;s de la cogida nos llev&aacute;bamos de todo. Desayun&aacute;bamos como reinas. Siempre val&iacute;a la pena ser descarada: al final, todo se convert&iacute;a en an&eacute;cdota.
    </p><p class="article-text">
        Pero ah&iacute; hab&iacute;a una diferencia enorme. Despu&eacute;s de eso yo volv&iacute;a a mi casa. Ten&iacute;a una puerta que se cerraba, una cama que me esperaba, un lugar donde dejar el cuerpo. Hab&iacute;a red, hab&iacute;a abrigo. Ac&aacute; no. Ac&aacute; era distinto. <strong>Ac&aacute; era yo sola, mi &uacute;nico sost&eacute;n, mi propio respaldo</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Reci&eacute;n llegaba a la ciudad. No consegu&iacute;a trabajo, no me daban chance de nada. No conoc&iacute;a a nadie, no conoc&iacute;a la zona roja, no sab&iacute;a d&oacute;nde pararme ni a qui&eacute;n preguntar. Por eso caminaba. Caminaba sin rumbo, con la intuici&oacute;n como br&uacute;jula, esperando que el cuerpo entendiera antes que la cabeza. <strong>Caminaba porque quedarse quieta no era una opci&oacute;n.</strong>
    </p><p class="article-text">
        No era tan distinto en la l&oacute;gica &mdash;cambiaban las calles, los nombres, los olores&mdash;, pero s&iacute; en el peso. En Buenos Aires la picard&iacute;a ya no era un recurso: era una necesidad. No pedir permiso, no esperar autorizaci&oacute;n, llevarse algo m&aacute;s que el recuerdo porque no hab&iacute;a margen para fallar.
    </p><p class="article-text">
        Gracias a ese descaro, una noche m&aacute;s, sal&iacute; del hostel donde compart&iacute;a habitaci&oacute;n con otros tres extra&ntilde;os y empec&eacute; a caminar por avenida Entre R&iacute;os, cerca de las tres de la ma&ntilde;ana, buscando ese billete que me llenara la panza y me comprara un rato de calma.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; lo conoc&iacute;: un chico encargado de limpiar un bar frente al Congreso. Yo pasaba por afuera mientras &eacute;l trapeaba adentro. Ten&iacute;a m&aacute;s o menos mi edad. Nos miramos. Nos gustamos. Fue inmediato.
    </p><p class="article-text">
        Me abri&oacute; la puerta sin decir una palabra. El bar estaba oscuro, con olor a lavandina y madera vieja. En el ba&ntilde;o, entre baldosas h&uacute;medas y el ruido lejano de la ciudad que no dorm&iacute;a, cogimos. Sin promesas, sin planes. Un cruce fugaz que no ped&iacute;a futuro.
    </p><p class="article-text">
        Antes de irme, pas&eacute; por las heladeras enormes del mostrador. <strong>Con la panza haci&eacute;ndome ruido &mdash;ese ruido seco y humillante que no se puede disimular&mdash;, le ped&iacute; si pod&iacute;a llevarme unos s&aacute;ndwiches de miga</strong>. Me mir&oacute;. Hizo un silencio breve, inc&oacute;modo, de esos que pesan m&aacute;s que una negativa. Despu&eacute;s abri&oacute; la heladera, sac&oacute; una bandeja, otra, y me envolvi&oacute; una docena entera. Sin apuro. Sin preguntas.
    </p><p class="article-text">
        Nos volvimos a ver muchas veces. Con el tiempo hab&iacute;amos llegado a un acuerdo t&aacute;cito, casi dom&eacute;stico: despu&eacute;s de coger, yo pod&iacute;a llevarme lo que quisiera de los mostradores. Facturas, empanadas, s&aacute;ndwiches. No era un trato escrito; era algo que se fue armando solo, noche tras noche, entre cuerpos cansados y madrugadas silenciosas.
    </p><p class="article-text">
        Hasta que una noche me dijo algo que me qued&oacute; grabado para siempre:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si vos lo &uacute;nico que necesit&aacute;s es comer, no hace falta que hagamos nada. Yo te lo doy.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; entend&iacute; todo. Yo, que en la vida &mdash;y en la infancia&mdash; jam&aacute;s hab&iacute;a pasado hambre, entend&iacute; de golpe mi realidad. <strong>Entend&iacute; que el sexo y la prostituci&oacute;n se me hab&iacute;an vuelto una herramienta para conseguir algo tan b&aacute;sico como un plato de comida. No lujo. No capricho. Comida.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Fui yo la que decidi&oacute; chupar una pija antes que pedirle prestado a mis amigas, antes que llamar a mi padre y decirle que estaba fracasando, como &eacute;l seguramente supon&iacute;a. No revolv&iacute; la basura. No esper&eacute; compasi&oacute;n. <strong>Eleg&iacute; el camino que ten&iacute;a a mano, el &uacute;nico que no me ped&iacute;a papeles, explicaciones ni permiso.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hoy se habla mucho de &ldquo;sistema prostituyente&rdquo;, y est&aacute; bien que se hable. Pero <strong>en ese entonces, para una trans que reci&eacute;n empezaba, la mayor&iacute;a de las puertas estaban cerradas. Cerradas con llave. Y algunas ni siquiera ten&iacute;an timbre.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Fue caminando tantas calles oscuras que me fui armando de coraje y de descaro. <strong>Fue ese descaro el que me sostuvo.</strong> <strong>El que me permiti&oacute; calmar, aunque fuera por unos d&iacute;as, un hambre que no era solo del cuerpo, sino tambi&eacute;n del miedo, de la intemperie, de no saber c&oacute;mo sigue todo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Porque muchas veces nuestra vida es eso: sobrevivir. Sobrevivir a la ciudad, a la noche, al silencio y al juicio ajeno.
    </p><p class="article-text">
        Sobrevivir con lo que hay.
    </p><p class="article-text">
        Y seguir igual.
    </p><p class="article-text">
        No porque sea heroico, sino por ser la otra parte de la sociedad a la que no nos dejaron otra opci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>BDR/CRM</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Bárbara Di Rocco]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/lechero_129_12877789.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 04 Jan 2026 02:13:40 +0000]]></pubDate>
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