<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Jacques Lacan]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/jacques-lacan/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Jacques Lacan]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiarioar.com/rss/category/tag/1032575/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[El psicoanálisis divertido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/psicoanalisis-divertido_129_13206147.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/49383b5e-3445-444d-921b-030e41e0d87d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El psicoanálisis divertido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los Cafres sostienen una alegría serena que evita la melancolía tanguera presente en otras bandas de reggae argentino. Esa diferencia se vincula con la idea lacaniana de un “psicoanálisis divertido”, capaz de desviarse del sentido común y producir un giro en la mirada.</p></div><p class="article-text">
        Con la comida me pasa lo mismo que con la m&uacute;sica. Me gusta pr&aacute;cticamente toda. Solo por motivos muy concretos puede ser que desestime un g&eacute;nero. Quiz&aacute; me vuelva reticente con un modo particular. Por ejemplo, me gusta el punk ingl&eacute;s, tambi&eacute;n el argentino, aunque son muy diferentes. Aqu&iacute; no tengo dudas.
    </p><p class="article-text">
        Donde s&iacute; tengo reparos es con el reggae local. Me gusta, pero es muy diferente al de otras partes del mundo. El reggae argentino tiene una cuota de melancol&iacute;a que me cuesta. Tal vez sea un exceso de acordes menores, pero no creo que se relacione con una cuesti&oacute;n t&eacute;cnica. Es cierta impronta cultural.
    </p><p class="article-text">
        Por ejemplo, me encantan <strong>Los Cafres</strong>. Creo que consiguen estar siempre arriba, no llevan el modo de cantar hacia el llanto. Es como si en otras bandas, que tambi&eacute;n me gustan, pero a las que distingo de lo que creo que mejor representa la &ldquo;esencia&rdquo; del g&eacute;nero, les pasara que no pueden sortear la a&ntilde;oranza.
    </p><p class="article-text">
        Debe ser una influencia tanguera inevitable. Los Cafres, en cambio, logran la medida justa de alegr&iacute;a y liberaci&oacute;n que el reggae necesita. Lo mismo ocurre con el psicoan&aacute;lisis que se teoriza en este pa&iacute;s, que pareciera haber olvidado una idea lacaniana.
    </p><p class="article-text">
        Cito: &ldquo;Cuando m&aacute;s cerca del&nbsp;psicoan&aacute;lisis divertido&nbsp;estemos, m&aacute;s cerca estaremos del verdadero&nbsp;psicoan&aacute;lisis&rdquo;, dec&iacute;a <strong>Jacques Lacan</strong>. Es cierto que divertido no es lo mismo que alegre, de la misma manera que no hay que olvidar la etimolog&iacute;a de la palabra.
    </p><p class="article-text">
        La palabra &ldquo;divertido&rdquo; incluye las nociones de separaci&oacute;n (prefijo di-) y de movimiento de giro. El psicoan&aacute;lisis divertido es el que va a contrapelo del sentido com&uacute;n, es tambi&eacute;n el que se basa en hacer distinciones. 
    </p><p class="article-text">
        En efecto, el modo m&aacute;s frecuente de subvertir (otra palabra cercana a diversi&oacute;n) lo que se presenta como evidente es el chiste, tambi&eacute;n el humor; pero sin depender de la carcajada, lo cierto es que el psicoan&aacute;lisis precisa interpretaciones antes que explicaciones.
    </p><p class="article-text">
        Pongamos un ejemplo t&iacute;pico del tratamiento de la neurosis. El obsesivo tiene algunas trampas que son conocidas en su relaci&oacute;n con el goce: hacer cosas para generarse un cr&eacute;dito y luego solo &ldquo;gastar&rdquo; lo que le sobra; tambi&eacute;n subirse al modo de hacer de otro como una forma de evitar el costo de una elecci&oacute;n (es especialista en mirar el men&uacute; y pedirle a otro que elija por &eacute;l).
    </p><p class="article-text">
        Esta posici&oacute;n es privilegiada para que el psicoanalista saque su rosario de &ldquo;Todo no se puede&rdquo;, &ldquo;Siempre es preciso perder algo&rdquo; y otras formulaciones que son comunes en analistas argentinos que, tal vez tambi&eacute;n por influencia tanguera, esperan que el lamento sea la manera de reconocer un acto.
    </p><p class="article-text">
        Pareciera que, si el psicoan&aacute;lisis no se sufre, no es psicoan&aacute;lisis. Si no duele, no es un an&aacute;lisis verdadero. Pero esta actitud siempre corre el riesgo de dejar al analista trabajando al servicio del Supery&oacute; (gran Amo de la nostalgia). La cuesti&oacute;n es c&oacute;mo orientar el psicoan&aacute;lisis y su pulsi&oacute;n sufriente hacia lo divertido.
    </p><p class="article-text">
        Los psicoanalistas interpretamos. &iquest;Qu&eacute; es una interpretaci&oacute;n? &ldquo;La&nbsp;cl&iacute;nica&nbsp;psicoanal&iacute;tica consiste en el discernimiento de cosas que&nbsp;importan&nbsp;y que cuando se haya tomado conciencia de ellas ser&aacute;n de gran envergadura&rdquo;, dec&iacute;a Lacan.
    </p><p class="article-text">
        La interpretaci&oacute;n es para &ldquo;discernir&rdquo;, palabra esta tambi&eacute;n cercana a divertir. Pensemos en el caso de un obsesivo que se queja porque est&aacute; cansado de pedirle a su hijo que se ocupe de cosas de la casa.
    </p><p class="article-text">
        Es claro que el modo en que se lo pide hace que el joven nunca le preste atenci&oacute;n. Esto es lo primero que cabe decirle. Y no por una cuesti&oacute;n de forma o estilo de comunicaci&oacute;n, sino porque el hombre espera que el otro haga algo por el solo hecho de que se lo dice&hellip; y al poco tiempo est&aacute; pregunt&aacute;ndole si lo hizo y, al corroborar que no, lo hace &eacute;l. Al muchacho no le queda otra defensa que la de hacerlo esperar. Decir &ldquo;Ah&iacute; voy&rdquo;, para quedarse en el mismo lugar. Una resistencia que lo cuida del empuje feroz del padre.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, despu&eacute;s de notar su alienaci&oacute;n en este circuito imposible, &iquest;qu&eacute; se le puede decir a este hombre? En principio, una constataci&oacute;n: que &eacute;l no espera que el joven haga eso que le pide y que, al final, termina haciendo &eacute;l, sino que espera que lo haga para dejar de pensar en eso.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, la interpretaci&oacute;n circunscribe su s&iacute;ntoma: necesita que el otro haga algo para calmar su pensamiento, porque librado a s&iacute; mismo, este no tiene ninguna libertad y m&aacute;s bien lo esclaviza. 
    </p><p class="article-text">
        De nada servir&iacute;a empezar a hablarle a este hombre de la p&eacute;rdida, de la autoridad, de la diferencia generacional, etc. Lo divertido es la demanda en la que se encuentra implicado: le pide algo a otro, no tanto para que lo haga, sino para que no lo haga y, a trav&eacute;s de la negaci&oacute;n esperar algo que nadie puede hacer por &eacute;l, pero que solo &eacute;l hace&hellip; sintom&aacute;ticamente.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/psicoanalisis-divertido_129_13206147.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 May 2026 11:43:17 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/49383b5e-3445-444d-921b-030e41e0d87d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="110084" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/49383b5e-3445-444d-921b-030e41e0d87d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="110084" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El psicoanálisis divertido]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/49383b5e-3445-444d-921b-030e41e0d87d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Los Cafres,Jacques Lacan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El goce y el llanto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/goce-llanto_129_12672448.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/711356da-1f34-4328-a1b7-99eb3d46e035_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El goce y el llanto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la clínica aparece, en muchas mujeres, un dolor específico: admitir que ya no aman. En varones, en cambio, suele predominar alivio o culpa, más que dolor.</p></div><p class="article-text">
        Una idea freudiana es la del narcisismo femenino. Mientras que el hombre, seg&uacute;n Freud, pierde narcisismo cuando se enamora, por sobrestimaci&oacute;n del otro, la mujer no lo perder&iacute;a. Este es el modo en que Freud pareciera hacerse eco del sentido com&uacute;n que, popularmente, suele afirmar que las mujeres son m&aacute;s ego&iacute;stas que los hombres. 
    </p><p class="article-text">
        Lacan tiene una explicaci&oacute;n m&aacute;s clara y, quiz&aacute;, menos prejuiciosa de esta cuesti&oacute;n, cuando sostiene que la relaci&oacute;n de la mujer con la p&eacute;rdida es diferente a la que tiene el hombre. La explicaci&oacute;n lacaniana parte de una constataci&oacute;n cl&iacute;nica: el hombre no puede dejar de fantasear con un padre que estar&iacute;a exceptuado de la castraci&oacute;n y tendr&iacute;a un goce sin l&iacute;mite.
    </p><p class="article-text">
        Es como si el hombre dijese: &ldquo;Por mi p&eacute;rdida de goce, hay alguien que goza&rdquo;. Ese alguien es el padre, cuyo relevo suele ocupar la mujer. No son pocos los hombres que se enojan con las mujeres cuando ellos hacen algo mal; as&iacute; las castigan, por el goce que les suponen.
    </p><p class="article-text">
        Ese goce supuesto tambi&eacute;n se refleja en los celos y otros s&iacute;ntomas t&iacute;picos. Esta es la ra&iacute;z inconsciente de lo que Freud llam&oacute; &ldquo;odio a lo femenino&rdquo;. Ese odio no es esencial, sino que est&aacute; derivado del conflicto masculino con el padre.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, la idea del ego&iacute;smo de las mujeres es una fantas&iacute;a masculina; expresa el odio a que la mujer no constituya su narcisismo a trav&eacute;s de la renuncia (&ldquo;Por el narcisismo del falo es que el ni&ntilde;o abandona la masturbaci&oacute;n&rdquo;, dec&iacute;a Freud). Ahora bien, que el narcisismo femenino no est&eacute; articulado a la renuncia no quiere decir que no tenga l&iacute;mite o sea excesivo. Ese narcicismo est&aacute; articulado a lo imposible. 
    </p><p class="article-text">
        En el an&aacute;lisis de mujeres es com&uacute;n encontrar el dolor que les produce reconocer que dejaron de amar a una persona. Los hombres no sufren de esto; al contrario, les produce alivio. O bien culpa. Pero no dolor.
    </p><p class="article-text">
        Ese dolor, a veces inadmisible y ante el que una mujer puede enga&ntilde;arse durante mucho tiempo, es una forma de plantear el problema de &ldquo;la castraci&oacute;n en la mujer&rdquo;. De alg&uacute;n modo, ya lo hab&iacute;a entrevisto Freud cuando dijo que el equivalente de la castraci&oacute;n en la mujer era la p&eacute;rdida de amor. Esto es cierto si no se lo piensa como dejar de ser amada, sino como el dolor de ya no amar. El sufrimiento por no ser amada, para el caso, puede ser una defensa ante el dolor de ya no amar.
    </p><p class="article-text">
        Pero sigamos con la cuesti&oacute;n del goce, que es el motivo de esta nota. Lacan dec&iacute;a que el goce es lo in&uacute;til, lo que no sirve para nada. Tambi&eacute;n habr&iacute;a que decir que el goce es lo que no tiene causa. Sin duda hay producci&oacute;n de goce &ndash;por ejemplo, a trav&eacute;s de un discurso (el de lo saludable produce el goce de la restricci&oacute;n alimenticia, la requiere)&ndash;, pero otra cosa es causar un goce.
    </p><p class="article-text">
        Nunca el goce es efecto de un objeto. Cualquier intento de atribuirle uno, en el lugar de causa, le da una medida f&aacute;lica. El falo puede ser el &oacute;rgano masculino, pero tambi&eacute;n el seno turgente, los labios rellenados. 
    </p><p class="article-text">
        El goce f&aacute;lico es una versi&oacute;n del goce, aquel con el que tropieza la neurosis. Para hablar de otro goce, Lacan us&oacute; el t&eacute;rmino &ldquo;femenino&rdquo;, pero quiz&aacute; no fue una buena elecci&oacute;n. Por dos motivos: porque el llamado &ldquo;goce femenino&rdquo; no es el goce de las mujeres y porque el uso de ese t&eacute;rmino plantea la relaci&oacute;n entre goces como una oposici&oacute;n &ndash;a partir de identificar f&aacute;lico con masculino&ndash; que es todo lo contrario de lo que Lacan quiso plantear.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, es cierto es que hay un fen&oacute;meno m&aacute;s frecuente en las mujeres que es un indicador de este rasgo propio del goce. Me refiero al llanto, a esa forma de llorar que deja perplejos a muchos hombres.
    </p><p class="article-text">
        Primero, porque ellos est&aacute;n m&aacute;s acostumbrados a llorar cuando no queda otra, por dolor o tristeza, mientras que hay mujeres que, por ejemplo, lloran despu&eacute;s de hacer el amor. Hay algunas que lo hacen durante, seg&uacute;n me lo han relatado. Nunca un hombre me cont&oacute; que le pasara algo as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Segundo, porque ellos no entienden que ellas puedan llorar y no saber por qu&eacute;. Eso los desespera. Les piden una explicaci&oacute;n, necesita una respuesta. Por todos los medios precisan una raz&oacute;n f&aacute;lica para el goce. Y as&iacute; como existe el llanto, son muchos los otros fen&oacute;menos de ilustran la dimensi&oacute;n de ese otro goce que, por prisa, Lacan llam&oacute; femenino, pero que es el goce propiamente dicho.
    </p><p class="article-text">
        Entre el goce que se supone y el goce efectivo, suele haber un abismo. No por nada se habla del goce de las peque&ntilde;as cosas.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/goce-llanto_129_12672448.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Oct 2025 02:27:20 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/711356da-1f34-4328-a1b7-99eb3d46e035_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="24954" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/711356da-1f34-4328-a1b7-99eb3d46e035_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="24954" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El goce y el llanto]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/711356da-1f34-4328-a1b7-99eb3d46e035_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Sigmund Freud,Jacques Lacan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El goce de pegar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/goce-pegar_129_12563709.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/639de898-79ef-4ad9-9c65-919f738e7277_16-9-discover-aspect-ratio_default_1124754.jpg" width="666" height="374" alt="El goce de pegar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La mayoría de las personas rehúyen los actos agresivos, pero a través de las imágenes realizan lo que nunca harían en la realidad. Esta es la mediación de la fantasía. En el ser humano, el placer de ver es más potente que el de actuar.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;No me peguen, soy Giordano&rdquo;, dijo una vez un c&eacute;lebre estilista y dicha frase pas&oacute; a la posteridad. Es dif&iacute;cil pensar que le hayan dejado de pegar por ese motivo. Al contrario, si la frase adquiri&oacute; popularidad es por la impotencia que denot&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Hace poco hubo un penoso episodio en una cancha de f&uacute;tbol &ndash;como tantos otros&ndash; y no falt&oacute; la multiplicaci&oacute;n de im&aacute;genes. De este desplazamiento (de los hechos a las im&aacute;genes) se desprende una conclusi&oacute;n freudiana: ver c&oacute;mo le pegan a otro puede ser m&aacute;s excitante que el mismo acto de pegar.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se explica esto? La mayor&iacute;a de las personas reh&uacute;yen los actos agresivos, pero a trav&eacute;s de las im&aacute;genes realizan &ndash;mediadamente&ndash; lo que nunca har&iacute;an en la realidad. Esta es la mediaci&oacute;n de la fantas&iacute;a. Entonces, no es tan claro que hacer algo a trav&eacute;s de la fantas&iacute;a sea en verdad un equivalente de la acci&oacute;n real. En el medio est&aacute; el placer de ver.
    </p><p class="article-text">
        En el ser humano, el placer de ver es m&aacute;s potente que el de actuar. Verse haciendo algo que nunca se har&iacute;a es m&aacute;s excitante que verse haciendo lo que se har&iacute;a. Esto sirve para ubicar el modo en que la fantas&iacute;a le agrega un <em>plus</em> a la realidad y permite entender un dato b&aacute;sico de la neurosis: los neur&oacute;ticos fantasean con actos que, si los hicieran, les causar&iacute;a horror.
    </p><p class="article-text">
        Hace un tiempo una amiga me cont&oacute; que, leyendo una escena de terror en una novela, sinti&oacute; placer sexual y tuvo que realizar un acto de descarga. Eso despu&eacute;s le produjo culpa; por suerte no dej&oacute; de hacerse la pregunta: &iquest;por qu&eacute; me excit&eacute; de ese modo? Una inquietud de este tenor es la que llev&oacute; a <strong>Sigmund Freud</strong> a escribir un art&iacute;culo que se titul&oacute; &ldquo;Pegan a un ni&ntilde;o&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lo maravilloso de este texto es que nace de la experiencia de an&aacute;lisis de algunos pocos casos, entre ellos, el de su hija Anna. Como analista de su hija, Freud descubri&oacute; una fantas&iacute;a de flagelaci&oacute;n como principal excitante de su erotismo. Incluso, la misma Anna escribi&oacute; una ponencia en la que detallo esta fantas&iacute;a &ndash;claro, como si fuera un caso bajo su tratamiento y no su propio caso.
    </p><p class="article-text">
        La idea central de Freud es que la excitaci&oacute;n de la fantas&iacute;a, en que se ve que se le pega a otro, proviene de la desfiguraci&oacute;n de una posici&oacute;n masoquista (ser pegado). Excita ver que se le pega a otro &ndash;algo que nunca har&iacute;amos&ndash; como un modo de velar el deseo inconsciente de ser pegados. No son pocos los neur&oacute;ticos que, por cierto, se alivian con la idea de que a otro le pase algo terrible, con la superstici&oacute;n de que as&iacute; zafaron ellos.
    </p><p class="article-text">
        Un derivado de esta actitud neur&oacute;tica la vemos en el morbo de quienes no pueden dejar de mirar un accidente que ocurre al costado de la ruta. En efecto, no son pocos los accidentes que se producen porque un neur&oacute;tico se puso a mirar el accidente de otro. Habr&iacute;a que llegar a otra conclusi&oacute;n freudiana: el goce del placer de ver se resuelve con el golpe masoquista.
    </p><p class="article-text">
        Si hubiera que ilustrar esto &uacute;ltimo con la informaci&oacute;n que proviene de otra experiencia, para darle una confirmaci&oacute;n ampliada, habr&iacute;a que decir que algo semejante ocurre con los porn&oacute;grafos, que se satisfacen mucho m&aacute;s en el placer pasivo que le suponen a la mujer que con la identificaci&oacute;n con el hombre que penetra. En la cl&iacute;nica con neur&oacute;ticos obsesivos, no es extra&ntilde;o escuchar que la masturbaci&oacute;n pornogr&aacute;fica muchas veces tiene como acto final ir al ba&ntilde;o a defecar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Jacques Lacan</strong> dijo alguna vez que el masoquismo femenino es una fantas&iacute;a masculina. Esta frase se entiende de la misma manera que la afirmaci&oacute;n freudiana: el placer que se juega en la fantas&iacute;a es encubridor. Nadie goza de que aquello que le da placer. El placer justamente es un modo de reprimir el goce. Entonces, volvamos con esta idea a nuestro punto de partida, para entender mejor el sentido de esta reflexi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Muchas veces nos preguntamos por qu&eacute; alguien se dedica a ver aquello que, desde un punto de vista consciente, no le representa placer. Lo verificamos en la situaci&oacute;n de quienes ven videos de accidentes, de palizas, los medios los anticipan: &ldquo;A continuaci&oacute;n im&aacute;genes que son sensibles&rdquo;. Luego se transforman en contenidos virales.
    </p><p class="article-text">
        El placer de ver no se sostiene de lo placentero, sino todo lo contrario. Y esto se debe a que encubre un goce oscuro y masoquista, del que el neur&oacute;tico no quiere saber nada. Lacan ten&iacute;a un modo muy gracioso de avanzar en esta idea, cuando dec&iacute;a que Sade no era s&aacute;dico sino m&aacute;s bien masoquista &ndash;en la medida en que vivi&oacute; encarcelado buena parte de su vida por la voluntad de nada menos que su suegra.
    </p><p class="article-text">
        Mientras concluyo estas l&iacute;neas, pienso en la situaci&oacute;n cotidiana en que diferentes ni&ntilde;os en una plaza se excitan al ver c&oacute;mo retan a otro. Ni hablar de la demanda cotidiana en que un ni&ntilde;o, con cierto aire de justicia, pide que otro sea castigado. El placer de reclamar castigos es tambi&eacute;n una fuente de excitaci&oacute;n sexual. A veces no se sabe ni de qu&eacute; se habla, pero nunca faltan los que hacen de una gota de sangre el secreto de su poluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Anna Freud</strong> vivi&oacute; toda su vida pregunt&aacute;ndose por aquello que la excitaba en su fantas&iacute;a. Eso la hizo una gran psicoanalista y una analizante consecuente. Vivi&oacute; una vida en la que no quiso enga&ntilde;arse con un placer sin conocer el goce que lo causaba.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/goce-pegar_129_12563709.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Aug 2025 09:45:29 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/639de898-79ef-4ad9-9c65-919f738e7277_16-9-discover-aspect-ratio_default_1124754.jpg" length="112621" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/639de898-79ef-4ad9-9c65-919f738e7277_16-9-discover-aspect-ratio_default_1124754.jpg" type="image/jpeg" fileSize="112621" width="666" height="374"/>
      <media:title><![CDATA[El goce de pegar]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/639de898-79ef-4ad9-9c65-919f738e7277_16-9-discover-aspect-ratio_default_1124754.jpg" width="666" height="374"/>
      <media:keywords><![CDATA[Sigmund Freud,Jacques Lacan,Anna Freud]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[José Luis Juresa: “El psicoanálisis no es un consuelo terapéutico y por eso es resistido”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/jose-luis-juresa-psicoanalisis-no-consuelo-terapeutico-resistido_1_11450108.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9c542a2a-3146-4c8f-b617-f95d6c76b978_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="José Luis Juresa: “El psicoanálisis no es un consuelo terapéutico y por eso es resistido”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El reconocido psicoanalista argentino publicó el libro “La realidad por sorpresa”, donde se dedica a pensar la experiencia psicoanalítica desde sus fundamentos hasta la actualidad. Su mirada sobre los desafíos para el psicoanálisis en tiempos de búsqueda de respuestas rápidas y sobre los certificados de defunción que cada tanto se le quieren expedir.</p></div><p class="article-text">
        Lejos de las soluciones simplistas y cerca de las preguntas. <strong>M&aacute;s interesado en pensar en la escucha como una forma de lectura que en las respuestas apresuradas.</strong> Con citas a nociones de <strong>Sigmund Freud</strong> y de <strong>Jacques Lacan</strong> y tambi&eacute;n a canciones de <strong>Charly Garc&iacute;a</strong>, <strong>Gustavo Cerati</strong> y <strong>John Lennon</strong> en quien encuentra un sorprendente costado freudiano. En su reciente ensayo <em>La realidad por sorpresa</em> (Paid&oacute;s, 2024) el psicoanalista argentino <strong>Jos&eacute; Luis Juresa</strong> elige el camino de los cruces inesperados para leer &ndash;o releer&ndash; nociones de la experiencia psicoanal&iacute;tica que han sido muchas veces confundidas, mezcladas o materia de alg&uacute;n malentendido. Con ese material que pareciera a priori inoportuno, el psicoanalista, como se&ntilde;ala su colega <strong>Alexandra Kohan</strong> en el pr&oacute;logo de la publicaci&oacute;n, transita senderos para construir <strong>un libro &ldquo;escrito por alguien que est&aacute; pensando, mientras escribe, la pulsi&oacute;n, el amor, el cuerpo, el deseo, la er&oacute;tica de la vida&rdquo;</strong>.
    </p><p class="article-text">
        A partir de un intercambio por escrito, Juresa habl&oacute; con <em>elDiarioAR</em> acerca de lo que se espera del psicoan&aacute;lisis y de los psicoanalistas en tiempos de v&eacute;rtigo, <strong>de qu&eacute; deber&iacute;a hacer esta pr&aacute;ctica para mantenerse al margen del mercado</strong> y tambi&eacute;n de las resistencias que en algunos casos sigue suscitando.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3b08266b-4695-4b6b-a9b0-c755cf4e4bd6_source-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3b08266b-4695-4b6b-a9b0-c755cf4e4bd6_source-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3b08266b-4695-4b6b-a9b0-c755cf4e4bd6_source-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3b08266b-4695-4b6b-a9b0-c755cf4e4bd6_source-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3b08266b-4695-4b6b-a9b0-c755cf4e4bd6_source-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3b08266b-4695-4b6b-a9b0-c755cf4e4bd6_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/3b08266b-4695-4b6b-a9b0-c755cf4e4bd6_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="&quot;La realidad por sorpresa. Un ensayo sobre el sentido del psicoanálisis&quot;, de José Luis Juresa, salió por la editorial Paidós."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                &quot;La realidad por sorpresa. Un ensayo sobre el sentido del psicoanálisis&quot;, de José Luis Juresa, salió por la editorial Paidós.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>&ndash; En el cap&iacute;tulo&nbsp;</strong><em><strong>Memoria</strong></em><strong>, podemos leer que el analista no se asume como &ldquo;el curador&rdquo;, sino como aquel que &ldquo;da paso&rdquo; y da tiempo al despliegue de las palabras del analizante. Al mismo tiempo, a lo largo de todo el libro podemos ver el rol central que la sorpresa tiene para el psicoan&aacute;lisis. &iquest;Es posible seguir dedic&aacute;ndose al psicoan&aacute;lisis y seguir reivindicando sus sorpresas en tiempos de b&uacute;squeda de soluciones r&aacute;pidas, de discursos cada vez m&aacute;s precocidos y anclados en supuestas certezas?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Esa es precisamente, a mi entender, la potencia del psicoan&aacute;lisis: dar tiempo. No existe esa posibilidad en otros discursos. Quiero recordar que &ldquo;discurso&rdquo; en psicoan&aacute;lisis equivale a lazo social. El discurso anal&iacute;tico es un lazo social en el que el tiempo est&aacute; al margen de lo que el reloj y el mecanicismo capitalista reivindican como principios esenciales de su funcionamiento, que son la eficacia y la productividad. <strong>En esos t&eacute;rminos, perder tiempo es un &ldquo;pecado&rdquo;. Para el psicoan&aacute;lisis, en cambio, el tiempo del reloj literalmente no existe. </strong>Obviamente, nadie se queda en el consultorio un d&iacute;a entero hablando, pero podr&iacute;a pasar. As&iacute; como podr&iacute;a pasar quedarse unos segundos, y, de hecho, pasaba con Lacan, por ejemplo. El tiempo que nos interesa es el de la sorpresa de la aparici&oacute;n del sujeto del inconsciente, y all&iacute;, para Freud, no hay tiempo. Esto relaja la corrida y la permanente ansiedad en la que vivimos socialmente por no perder el tiempo, perseguidos por el reloj. Para el discurso anal&iacute;tico, perder el tiempo desde el punto de vista de la productividad capitalista redunda en una ganancia de saber acerca de algo que nunca se &ldquo;aprehende&rdquo; en por el apuro eficientista: saber vivir. Obviamente no es un saber de manual, es un saber singular que precisa tiempo para desplegarse y &ldquo;armarse&rdquo; como tal, tiempo que puede equivaler a una vida. Quiero decir que ese tiempo dedicado a esa exploraci&oacute;n equivale a la vida, en los t&eacute;rminos en los que la vida es &ldquo;vivida&rdquo; y no una mera expresi&oacute;n biol&oacute;gica.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; &iquest;Por qu&eacute; cree que popularmente se espera de alguna manera que el psicoan&aacute;lisis ofrezca una suerte de consuelo en lugar de sorpresas o preguntas nuevas?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; El psicoan&aacute;lisis no es un consuelo terap&eacute;utico y por eso es resistido, entre otras causas. Eso significa que el deseo no se detiene en un objeto que alguna vez tuvimos y ya no tendremos m&aacute;s, y la consiguiente pregunta &ndash;de interminable respuesta&ndash; acerca de qui&eacute;n se lo rob&oacute;, qui&eacute;n me lo quit&oacute;, d&oacute;nde se perdi&oacute;, o c&oacute;mo podr&iacute;a sustituirlo. Armamos una m&iacute;tica en torno a un objeto que nunca estuvo, un destierro originario y una novela de nuestro andar por el desierto buscando el para&iacute;so del que nos perdimos, el que nos correspond&iacute;a, el que nos fue prometido y por alg&uacute;n tipo de problema personal no llegamos a reencontrar.<strong> Pero lo que hallamos en esos intentos es la falla de la identidad, nos reencontramos una y otra vez con la diferencia entre un supuesto &ldquo;original&rdquo; inhallable y aquello con lo que nos vamos topando en la vida y que descartamos en un permanente &ldquo;no es eso&rdquo;</strong>. &iquest;No ser&aacute; entonces que en lugar de consolarnos con que &ldquo;no es igual, pero es parecido&rdquo;, como si siempre tuvi&eacute;ramos que conformarnos con una vida falsa, deber&iacute;amos darnos cuenta de que en ese desencuentro con la identidad est&aacute; la clave? La clave es esa diferencia, y eso es lo que se repite una y otra vez. No se trata de una falla del individuo por la que creemos que somos un fracaso o unos perdedores, sino que esa es la estructura en la que el deseo se fundamenta. El deseo no busca consuelo, solo busca desplegarse abri&eacute;ndole los ojos al hecho de que no hay objeto que lo colme de manera definitiva y &uacute;nica. Esa ser&iacute;a la identidad, en el sentido de lo id&eacute;ntico: tal o cual objeto es id&eacute;ntico a mi deseo. No, lo que reencontramos una y otra vez es la diferencia por la cual la distancia entre lo buscado y lo hallado se mantiene. Hay que dejar de melancolizarnos en los consuelos con los que tendemos a pensar que podemos perfeccionarnos para dejar de tener esas fallas que nos impiden ser felices. La falla es el fundamento.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El discurso analítico es un lazo social en el que el tiempo está al margen de lo que el reloj y el mecanicismo capitalista reivindican como principios esenciales de su funcionamiento, que son la eficacia y la productividad. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Uno de los puntos de partida del libro tiene que ver con lo que usted describe como &ldquo;aparatos de memoria&rdquo; externos, artificiales, extrahumanos. &iquest;En qu&eacute; consisten? &iquest;Por qu&eacute; por un lado resultan necesarios para las personas y, al mismo tiempo, son muchas veces las fuentes que generan malestar?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Es imposible pensar la existencia humana al margen de la memoria. Esta tiene distintos soportes. En el libro escribo sobre los soportes &ldquo;externos&rdquo; en donde la humanidad, con el aumento de la complejidad de la organizaci&oacute;n social-econ&oacute;mica, precis&oacute; poner la informaci&oacute;n en archivos como tablillas, papiros, papel, tinta, y ahora en el soporte digital. Tambi&eacute;n necesit&oacute; desarrollar tecnolog&iacute;as de recuperaci&oacute;n de la informaci&oacute;n, cada vez m&aacute;s veloces, como lo son ahora las computadoras, y pronto lo ser&aacute;n, a&uacute;n m&aacute;s, las computadoras cu&aacute;nticas. Esa es la memoria &ldquo;externa&rdquo;. Pero <strong>tambi&eacute;n habita en nosotros una memoria que tiene por soporte el cuerpo y que no se puede &ldquo;dominar&rdquo; y &ldquo;administrar&rdquo; tan f&aacute;cilmente como la de los archivos externos</strong>. Es una memoria que se enlaza a las generaciones y a las culturas precedentes a la vida del individuo poseedor del cuerpo, de la que no tenemos cabal idea, y que solo &ldquo;aparece&rdquo; por sorpresa, por fuera del individuo y su intento soberano de dominaci&oacute;n, e incluso aparece a su pesar. El cuerpo es un &ldquo;territorio&rdquo; paradojal habitado por una memoria indomable porque no est&aacute; &ldquo;organizada&rdquo; y disponible como la de los archivos externos de los que hablaba antes, sino que es una memoria que se reescribe en el acto de leerse, no es una memoria antecedente, legible como un texto escrito en el papel, sino que es una aparici&oacute;n de lectura, la aparici&oacute;n de un poema como decantado de lo indecible, tal como lo son los poemas y el arte en general. Ese arte y ese poema decantado del acto anal&iacute;tico de leer a nivel del inconsciente m&aacute;s estructural, se integra a la vida del sujeto como un saber acerca de su propio &ldquo;vivir&rdquo;. <strong>Hay una relaci&oacute;n &iacute;ntima entre esa memoria y el lector, que es el analista. Las condiciones de ese leer son muy particulares, y las desarroll&oacute; muy bien hace m&aacute;s de 20 a&ntilde;os el psicoanalista hispanoargentino Jos&eacute; Slimobich</strong>, de quien fui su analizante y alumno. En el libro trato de profundizar en esto. Lo que aqu&iacute; puedo decir, en el espacio de esta entrevista, es que hay una alienaci&oacute;n entre esa memoria &ldquo;externa&rdquo; que nos somete a la velocidad de la informaci&oacute;n en servicio de la productividad y el rendimiento, que es una memoria del sistema, y esa memoria del cuerpo, que tiene otra temporalidad, como lo dijimos al principio. El analista es un lector de esa memoria del cuerpo, y se atiene a la relaci&oacute;n entre la letra y el cuerpo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0ff88dcd-c174-4ac9-a411-7548c49e4f7e_source-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0ff88dcd-c174-4ac9-a411-7548c49e4f7e_source-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0ff88dcd-c174-4ac9-a411-7548c49e4f7e_source-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0ff88dcd-c174-4ac9-a411-7548c49e4f7e_source-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0ff88dcd-c174-4ac9-a411-7548c49e4f7e_source-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0ff88dcd-c174-4ac9-a411-7548c49e4f7e_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/0ff88dcd-c174-4ac9-a411-7548c49e4f7e_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Juresa también es co-autor de la novela &quot;Dakota&quot;."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Juresa también es co-autor de la novela &quot;Dakota&quot;.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>&ndash; En el libro se destaca a la noci&oacute;n de pulsi&oacute;n como uno de los conceptos centrales del aparato conceptual freudiano &iquest;Podr&iacute;a explicar por qu&eacute;?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; La pulsi&oacute;n es una fuerza muy especial, ligada a la causalidad ps&iacute;quica, quiere decir que es una &ldquo;fuerza&rdquo; con la que se explica la existencia humana y sus motivaciones para perdurar y persistir e insistir como tal. No es poca cosa. Freud la coloca como una fuerza en la frontera entre lo ps&iacute;quico y lo corporal, o lo som&aacute;tico, para ser m&aacute;s precisos.<strong> La realidad humana &ndash;esto es una redundancia, la realidad es humana&ndash; se explica a trav&eacute;s de esta fuerza.</strong> Tenemos a la f&iacute;sica que a&iacute;sla y explica la existencia de otras fuerzas de la llamada &ldquo;naturaleza&rdquo;, fuerzas que explican el movimiento de los cuerpos a escala macroc&oacute;smica y tambi&eacute;n a nivel de las part&iacute;culas elementales del &aacute;tomo. &iquest;Qu&eacute; causa el movimiento de &ldquo;los cuerpos&rdquo; humanos y su realidad? Paradojalmente, la propia f&iacute;sica de part&iacute;culas encontr&oacute; que la idea de la objetividad o de la realidad objetiva no existe, como si se acercara al psicoan&aacute;lisis, a trav&eacute;s de la mec&aacute;nica cu&aacute;ntica, que es la teor&iacute;a con la que funcionan todos los aparatos electr&oacute;nicos que hoy dominan nuestra vida moderna. Por lo tanto, es interesante encontrar que de lo que hay que hablar, antes que de la &ldquo;naturaleza&rdquo;, es de &ldquo;la realidad&rdquo;, en la que la propia ciencia tiene su lugar, ya que tambi&eacute;n es un producto humano. Esto tiene consecuencias alucinantes que resuelven cuestiones absurdas, como la de aquellos analistas posteriores a Freud, que buscaban &ldquo;objetivar&rdquo; la realidad del ambiente del consultorio a trav&eacute;s de una asepsia tambi&eacute;n absurda mediante la inmovilidad de los objetos que decoraban el consultorio, siempre los mismos, o la vestimenta del analista, siempre la misma, y su semblante, impert&eacute;rrito y silencioso. Es un remedo un tanto absurdo de una &ldquo;objetividad&rdquo; imposible que el psicoan&aacute;lisis ni siquiera requiere. Lacan fue tan &ldquo;rebelde&rdquo; a este absurdo que hasta quiz&aacute;s incluso sobreactuaba esa &ldquo;rebeld&iacute;a&rdquo;, con los cortes de sesi&oacute;n breve, su gestualidad, tan distinta en cada caso que atend&iacute;a<strong>. La realidad del an&aacute;lisis es una realidad &ldquo;de a dos&rdquo; en la que tambi&eacute;n cabe la realidad contempor&aacute;nea. Nada que ver con la idea de una objetividad cl&aacute;sica</strong>.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/65270f60-acb5-4342-8670-49ea4852905b_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/65270f60-acb5-4342-8670-49ea4852905b_16-9-discover-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/65270f60-acb5-4342-8670-49ea4852905b_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/65270f60-acb5-4342-8670-49ea4852905b_16-9-discover-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/65270f60-acb5-4342-8670-49ea4852905b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/65270f60-acb5-4342-8670-49ea4852905b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/65270f60-acb5-4342-8670-49ea4852905b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Juresa, en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Juresa, en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Otro malentendido que se desanda en el libro tiene que ver con el s&iacute;ntoma. All&iacute; subraya que el psicoan&aacute;lisis no se desespera por hacerlo desaparecer. &iquest;A qu&eacute; se debe este malentendido?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Al mismo problema mencionado antes, lo de la eficiencia y la productividad. Si somos &ldquo;profesionales de la salud&rdquo; entonces &iquest;qu&eacute; tenemos que &ldquo;producir&rdquo;? Salud. Por lo tanto, si los s&iacute;ntomas son la enfermedad, entonces lo que hay que hacer desaparecer de inmediato para producir salud son los s&iacute;ntomas. Ahora bien, si somos psicoanalistas, sabemos que la &ldquo;salud&rdquo; mental deviene de otra cosa que no es el inmediato y pragm&aacute;tico borrado de los s&iacute;ntomas, sino del despliegue de la verdad que el s&iacute;ntoma &ldquo;cifra&rdquo; como si se tratara de un jerogl&iacute;fico, de una lengua muerta-viva que busca un cuerpo que la devuelve a la existencia actual, a una traducci&oacute;n que le permita desplegarse en las condiciones de la vida contempor&aacute;nea. <strong>Los s&iacute;ntomas son como la expresi&oacute;n de una vida que no puede hacerse en el tiempo que nos toca vivir, una soluci&oacute;n de compromiso entre las exigencias de esa imposibilidad y la de mis deseos de estar en el mundo que me ha tocado.</strong> &iquest;C&oacute;mo voy a querer borrar semejante joya arqueol&oacute;gica y antropol&oacute;gica? Los analistas, antes que &ldquo;profesionales de la salud&rdquo; &ndash; que legalmente lo somos, porque tenemos t&iacute;tulos habilitantes para poder ejercerlo &ndash; somos lectores de jerogl&iacute;ficos, lectores de lenguas medio muertas y vivas, tal como la pulsi&oacute;n que Freud dividi&oacute; entre pulsiones de muerte y de vida. Y que nos habitan mezcladas.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La realidad del análisis es una realidad “de a dos” en la que también cabe la realidad contemporánea. Nada que ver con la idea de una objetividad clásica.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash; &ldquo;Podemos ser nuestros propios devoradores, nuestros propios consumidores, organizar nuestra vida y nuestros movimientos en funci&oacute;n de un desgaste medido por el consumo (...)&rdquo;, seg&uacute;n se puede leer en la conclusi&oacute;n del libro, mientras que el psicoan&aacute;lisis se ocupa de &ldquo;lo inconsumible&rdquo;, &ldquo;del carozo de la aceituna&rdquo;, &ldquo;de lo Real que se resiste al consumo&rdquo;. &iquest;Qu&eacute; hace que el psicoan&aacute;lisis se mantenga al margen? &iquest;C&oacute;mo se sostiene sin convertirse en un producto m&aacute;s?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;<strong> </strong>Gran tema. Es responsabilidad de los analistas no hacer que el psicoan&aacute;lisis sea otro consuelo, es decir, otro producto para el consumo y la satisfacci&oacute;n de corto alcance que luego busca la renovaci&oacute;n del producto, el cambio de envase, para repetir la acci&oacute;n de consumir. Para eso, los analistas se tienen que orientar por lo Real. Esto significa que el analista, por su deseo de analizar, pone lo simb&oacute;lico en una relaci&oacute;n de tensi&oacute;n con lo Real, es decir, con el l&iacute;mite por el que, afortunadamente, no se puede saber todo, ni prevenir todo, ni elaborar todo. El famoso concepto de &ldquo;trauma&rdquo; freudiano es estructural y tiene que ver con este l&iacute;mite. <strong>Fue por eso que Freud abandon&oacute; la teor&iacute;a originaria del trauma ligado a alg&uacute;n tipo de abuso de parte de los adultos a los ni&ntilde;os.</strong> El &ldquo;trauma&rdquo; est&aacute; en el origen de la estructura ps&iacute;quica, y es inanalizable en los t&eacute;rminos de la reducci&oacute;n a cero de ese imposible &ndash;lo Real&ndash; por obra de un trabajo simb&oacute;lico de elaboraci&oacute;n que finalmente haga que se &ldquo;sepa todo de uno mismo&rdquo;. Eso ser&iacute;a retornar al individuo, cuando el psicoan&aacute;lisis recupera al sujeto, es decir, a ese individuo dividido entre su conciencia y lo inabarcable de la historia que llega hasta la causa de su existencia. El individuo tiende, en cambio, a sentirse acabado y realizado cuando termina de construir una versi&oacute;n de su autonom&iacute;a, de su origen &ldquo;autosustentable&rdquo;, y as&iacute; no deberle nada a nadie, y considerarse a s&iacute; mismo art&iacute;fice de su ser de individuo. Es absurdo. <strong>El individuo construye un mundo sin otros, en cambio el psicoan&aacute;lisis se basa en la existencia previa de un Otro que es la lengua</strong>, y, como tal, el decantado de la historia y la evoluci&oacute;n de la existencia humana.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash;</strong> <strong>Cada tanto asistimos a una especie de despedida o de certificado de defunci&oacute;n otorgado al psicoan&aacute;lisis. &iquest;Por qu&eacute; cree que ocurre esto? &iquest;Por qu&eacute; considera que insisten esos discursos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Porque <strong>el psicoan&aacute;lisis no se adapta a los discursos pragm&aacute;ticos que hablan de resolver las cosas ya mismo</strong>, incluso antes de que los problemas existan. El ideal de ese pragmatismo, a ese nivel, es el de un mundo sin problemas, y lo que el psicoan&aacute;lisis dice es que, en primer lugar, el mundo no existe, en el sentido de una redondez, de un conjunto en el que todo est&aacute; adentro y nada afuera; al contrario, el psicoan&aacute;lisis disuelve la idea de un adentro y un afuera para inaugurar un circuito de pensamiento, al que podr&iacute;amos denominar &ldquo;circuito pulsional&rdquo; que recorre el adentro y el afuera como partes de una misma superficie. Parad&oacute;jicamente, en ese &ldquo;mundo&rdquo; que lo globaliza todo y en el que hay cada vez m&aacute;s &ldquo;mundo&rdquo;, tenemos cada vez m&aacute;s problemas, que no son tales sino m&aacute;s bien son calamidades. Los problemas son parte de la vida, pero se los asocia a la calamidad, y el sentido m&aacute;s pragm&aacute;tico de la vida que promueven recursos del sistema como la publicidad, por ejemplo, es que una vida sin problemas es posible, un mundo de puro confort y comodidad. <strong>El deseo incomoda, y el deseo es el principio de la lectura freudiana. Renunciar el deseo genera depresi&oacute;n, y esa es, tal vez, la calamidad m&aacute;s extendida del mundo contempor&aacute;neo. </strong>Recuperemos la capacidad de tener problemas sin desesperar por resolverlos ya mismo, porque el apuro, la precipitaci&oacute;n, la acci&oacute;n desmedida y autosuficiente, es decir, la acci&oacute;n por la acci&oacute;n en s&iacute; nos convierte en ratoncitos que no se enteran de que corren y corren solo para hacer girar la rueda, sin darse cuenta de que siempre est&aacute;n parados en el mismo punto, a pesar de toda la acci&oacute;n que despliegan. El psicoan&aacute;lisis apuesta por dar el salto y vernos en d&oacute;nde nos est&aacute;bamos cansando y desgastando, en d&oacute;nde mov&iacute;amos la rueda del &ldquo;mundo&rdquo; sin que nosotros nos movamos un mil&iacute;metro. Y eso es imperdonable para los que forman el &ldquo;mundo&rdquo;. Tal vez por eso, entre otras cosas, siempre est&aacute; firmado y extendido el certificado de defunci&oacute;n del psicoan&aacute;lisis, a la espera de que alguien lo tome de forma definitiva.
    </p><p class="article-text">
        <em>AL/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Agustina Larrea]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/jose-luis-juresa-psicoanalisis-no-consuelo-terapeutico-resistido_1_11450108.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Jun 2024 03:00:55 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/9c542a2a-3146-4c8f-b617-f95d6c76b978_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1155841" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/9c542a2a-3146-4c8f-b617-f95d6c76b978_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1155841" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[José Luis Juresa: “El psicoanálisis no es un consuelo terapéutico y por eso es resistido”]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/9c542a2a-3146-4c8f-b617-f95d6c76b978_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[José Luis Juresa,Psicoanálisis,Sigmund Freud,Jacques Lacan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Acto fallido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/acto-fallido_129_9929007.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b21896f9-8a19-41d0-8d6e-f40745a224e4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Acto fallido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La alegría es también la alegría del despertar del adormecimiento, de la anestesia, del embotamiento, dice la autora partiendo de la conferencia pronunciada por Lacan sobre Freud en ocasión del centenario de su nacimiento.</p></div><p class="article-text">
        En ocasi&oacute;n del centenario del nacimiento de Freud, Lacan da una conferencia que se inicia as&iacute;: &ldquo;Quiero comenzar diciendo aquello que, por aparecer bajo el nombre de Freud, supera el tiempo de su aparici&oacute;n, y escamotea su verdad hasta en su revelaci&oacute;n misma: el nombre de Freud significa alegr&iacute;a&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Siempre me gust&oacute; ese comienzo. La alegr&iacute;a cifrada en el nombre es, tambi&eacute;n, la alegr&iacute;a que produce lo que ese nombre significa: el descubrimiento del inconsciente. Y es una alegr&iacute;a porque implica la posibilidad de un m&aacute;s all&aacute; del Yo, la posibilidad de un m&aacute;s all&aacute; de lo que creemos que somos. &ldquo;Si la experiencia freudiana nos aporta algo&rdquo;, dice Lacan, &ldquo;es que estamos determinados por esas leyes del inconsciente m&aacute;s all&aacute; de nosotros mismos, m&aacute;s all&aacute; de nuestros asideros auto conceptuales&rdquo;, o sea, m&aacute;s all&aacute; del Yo. Un m&aacute;s all&aacute; del espejo, un otro lado del espejo: como Alicia. <em>Desde </em>las coordenadas de siempre <em>hacia otra cosa</em>. Algo <em>por venir </em>con lo que el sujeto se hallar&aacute; del otro lado del espejo. Esa es, seg&uacute;n creo, la alegr&iacute;a cifrada en el nombre <em>Freud</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Por eso los textos fundamentales de su autobiograf&iacute;a, y los can&oacute;nicos en materia de inconsciente, son los textos en los que Freud apela al recurso de la letra, los textos en los que se trata de leer eso que se dice m&aacute;s all&aacute; del Yo: <em>La interpretaci&oacute;n de los sue&ntilde;os</em>, <em>El chiste y su relaci&oacute;n con lo inconsciente </em>y <em>Psicopatolog&iacute;a de la vida cotidiana</em>. Lo que se lee ah&iacute; es c&oacute;mo se producen los hallazgos, las ocurrencias, el ingenio, la chispa a partir de las condensaciones y los desplazamientos, de las cifras y los deslices, de los olvidos y los lapsus, los desatinos y los tropiezos. En definitiva: un universo de lenguaje cuyas m&uacute;ltiples combinaciones nos arrojan una verdad que no quer&iacute;amos saber, una verdad nueva, una peque&ntilde;a iluminaci&oacute;n en medio de la opacidad de lo ya-sabido y repetido. 
    </p><p class="article-text">
        La alegr&iacute;a es tambi&eacute;n la alegr&iacute;a del despertar del adormecimiento, de la anestesia, del embotamiento en los que nos sumerge la cadencia m&aacute;ntrica del Yo. La alegr&iacute;a de ese instante en el que se nos abre un mundo, aunque se vuelva a fugar otra vez. La alegr&iacute;a de la ocurrencia y del ingenio, de la risa y del llanto involuntarios. La alegr&iacute;a de la irrupci&oacute;n, la alegr&iacute;a de la interrupci&oacute;n de ese continuo impasse de la inhibici&oacute;n. Cuando el inconsciente irrumpe, algo se corta, algo se discontin&uacute;a y nos alivia, incluso cuando lo que se revele ah&iacute; sea una verdad dolorosa. La verdad, entonces, no se revela por la observaci&oacute;n, emerge por la interpretaci&oacute;n. Tiene otros modos, otros medios que los del sentido com&uacute;n, y conviene entonces que lo que gu&iacute;e una interpretaci&oacute;n no sea, como lo se&ntilde;ala Lacan, la pregunta &ldquo;&iquest;qu&eacute; quiere decir eso?&rdquo; sino &ldquo;&iquest;qu&eacute; es lo que, al decir, <em>eso </em>quiere? &iquest;D&oacute;nde est&aacute; la falla de lo que se dice?&rdquo;. <em>Eso </em>falla, <em>eso</em> dice. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">“Quiero comenzar diciendo aquello que, por aparecer bajo el nombre de Freud, supera el tiempo de su aparición, y escamotea su verdad hasta en su revelación misma: el nombre de Freud significa alegría”</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La&nbsp; originalidad de Freud, seg&uacute;n Lacan, es el &ldquo;recurso a la letra&rdquo;. Dice que es la sal de su descubrimiento y de la pr&aacute;ctica anal&iacute;tica. Y si el psicoan&aacute;lisis sigue vivo es, justamente, porque la lengua est&aacute; viva. Todo el asunto es el siguiente: &ldquo;&iquest;Cu&aacute;l es ese otro que habla en el sujeto y del cual el sujeto no es ni amo ni semejante, cu&aacute;l es ese&nbsp; otro que habla en &eacute;l?&rdquo;. Uno no sabe lo que dice: tal es el sujeto in&eacute;dito que funda Freud. No se trata de lo irracional, sino de una nueva raz&oacute;n: la raz&oacute;n inconsciente. Como dice Jorge Jinkis: el sujeto &ldquo;subsiste en la contingencia hist&oacute;rica de los fallidos, accidentes, tropiezos y fracasos que desgarran lo que se llama realidad&rdquo;. Nuestra vida cotidiana est&aacute; plagada de peque&ntilde;os tropiezos, olvidos, lapsus, actos fallidos. Porque el inconsciente, como dice Ritvo, &ldquo;es siempre el tropiezo, la falla, el tartamudeo, el murmullo del cuerpo interrumpido durante un instante en su habitualidad&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El tropiezo en la lengua puede hacer, muchas veces, tropezar un cuerpo. Y en ese tropiezo se encuentra algo nuevo, algo que no estaba. Por eso Freud escribi&oacute; la psicopatolog&iacute;a de la vida cotidiana y mostr&oacute; que nada de eso escapa al &ldquo;individuo normal&rdquo;. Olvidar unas llaves, tomar un subte para el otro lado, decir una palabra por otra, olvidar un nombre, los deslices en la escritura, en la lectura, etc., responden al gobierno del inconsciente, a que en eso no hacemos lo que queremos. Cuando se dedic&oacute; a divulgar el psicoan&aacute;lisis en sus conferencias, opt&oacute; por inaugurar la serie con los actos fallidos a los que les dio prioridad. Y es que le serv&iacute;an para mostrar, de manera sencilla, fen&oacute;menos que todos hemos vivenciado -&ldquo;No quise decir eso&rdquo;, &ldquo;no fue mi intenci&oacute;n&rdquo; son acaso los manotazos de ahogado del yo-.
    </p><p class="article-text">
        A esta altura del siglo XXI, a&uacute;n hay resistencia al descubrimiento freudiano. No digo ya a la pr&aacute;ctica del psicoan&aacute;lisis, sino a la existencia misma del inconsciente. Los actos fallidos son vividos, por muchos, como un error fatal -hay personas que se llevan p&eacute;simamente con el error- y en lugar de leer algo ah&iacute;, tienden a su rechazo cabal. Que en esos peque&ntilde;os errores se aloja una verdad y que esa verdad podr&iacute;a conducirnos, muchas veces, a lugares un poco menos tortuosos, no es una idea a la que siempre se le presta atenci&oacute;n. Que los actos fallidos son por fin ese modo de horadar la maciza piedra que se llama Yo es una idea que no siempre gusta. A veces algunos encuentran m&aacute;s f&aacute;cil descartar esas irrupciones, desestimar esas interrupciones. Apartarlas como se aparta una mosca. Pero el inconsciente no traiciona y, en cambio, insiste como ese peque&ntilde;o insecto molesto. Lo que se aparta por ac&aacute;, aparece por all&aacute;: s&oacute;lo se trata de estar dispuestos a escuchar algo m&aacute;s que un zumbido. Es en ese sentido que Lacan dijo: &ldquo;Todo acto fallido es un discurso logrado, incluso bastante bellamente construido&rdquo;. Si hay algo bello es la ret&oacute;rica del inconsciente, que subvierte las buenas formas y funda su propio bien decir. No hay decir sin falla, no hay decir sino desde la falla. 
    </p><p class="article-text">
        En <em>Fallar otra vez </em>-editado por Gris tormenta-, Alan Pauls, hablando&nbsp; de la escritura y de la correcci&oacute;n, dice: &ldquo;hay que fallar una y otra vez, siempre, como si no hubiera otra manera de hacer las cosas. Porque la repetici&oacute;n es la evidencia de que la falla no depende de la voluntad; no se elige y por lo tanto es in&uacute;til aplacarla, encauzarla o detenerla. Pues bien, ese error en el que no dejamos de caer no es cualquier error. Es <em>nuestro</em> error, tiene la forma y la consistencia y el sabor y la temperatura y el ritmo de nuestro deseo, nuestra imaginaci&oacute;n, nuestras alucinaciones, nuestras ideas descabelladas sobre escribir y sobre el mundo acerca del cual escribimos&rdquo;- Virginia Cosin, a prop&oacute;sito de su lectura del libro de Alan Pauls, record&oacute; que alguna vez dio un curso llamado &ldquo;Escribir como acto fallido&rdquo;-. Pauls dice que &ldquo;la soluci&oacute;n, la &uacute;nica soluci&oacute;n es profundizar el problema, desplegarlo como un mapa. Porque un problema es eso: el mapa de una cierta manera de hacer algo con un lenguaje&rdquo;. Lo dice de la escritura y de la literatura, pero se escucha, tambi&eacute;n, el sonido de un an&aacute;lisis.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s, pienso ahora, un an&aacute;lisis tampoco corrige, como dice Pauls, en el sentido de una moral del bien -&ldquo;la correcci&oacute;n culpabilizada supone siempre un Deber Ser contra cuya vara medimos nuestros logros y nuestras imposibilidades&rdquo;-, sino que despliega y recorre ese mapa para poblarlo, no de certezas, sino de balbuceos y tartamudeos, de vacilaciones y de tropiezos. Y es que no falla lo que decimos, sino que la falla es la que nos hace decir.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/acto-fallido_129_9929007.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Feb 2023 08:44:09 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/b21896f9-8a19-41d0-8d6e-f40745a224e4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="377219" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/b21896f9-8a19-41d0-8d6e-f40745a224e4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="377219" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Acto fallido]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/b21896f9-8a19-41d0-8d6e-f40745a224e4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Sigmund Freud,Jacques Lacan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sorpresa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sorpresa_129_9889372.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f5039af1-beef-4f75-8ed4-3445c5fc0b01_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sorpresa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Entre la intención de decir y lo que se dice, propone la autora, se abre un mundo. Cuando la intención del individuo es rebasada por el hallazgo del sujeto aparece  la dimensión fundamental de la sorpresa.</p></div><p class="article-text">
        Desde que Freud descubri&oacute; el inconsciente, hablar implica un riesgo porque uno no sabe lo que dice hasta que lo escucha. Uno de los efectos de hablar es que algo puede convertirse en un decir. Hablar y decir no son lo mismo, en la medida en que se puede hablar y no decir nada y a la inversa: un silencio puede decir mucho. Cuando algo se convierte en un decir, se convierte en un hecho, en un hecho de lenguaje, en un decir que es un hacer. Y eso nunca puede saberse anticipadamente. No sabemos lo que decimos cuando hablamos, porque el decir s&oacute;lo puede ocurrir como efecto, nunca como una intenci&oacute;n. El psicoan&aacute;lisis se funda de ese modo, en ese peque&ntilde;o gesto: hablar porque no se sabe, hablar para decir, hablar para saber. 
    </p><p class="article-text">
        Me gusta c&oacute;mo lo dice Maurice Blanchot: &ldquo;Qu&eacute; confianza en el poder liberador del lenguaje. Qu&eacute; virtud otorgada a la relaci&oacute;n m&aacute;s simple: una persona que habla y otra que escucha. Sucede que no s&oacute;lo los esp&iacute;ritus se curan, sino tambi&eacute;n los cuerpos&rdquo;. Y es que el sentido, aquel que se produce en y por el filo de la palabra, desacomoda la incomodidad familiar de los cuerpos para acomodarlos a una satisfacci&oacute;n m&aacute;s all&aacute; de la inhibici&oacute;n. Tropiezo, corte, sorpresa, ca&iacute;da del sentido, novedad, son los nombres que testimonian por un hallazgo que no har&aacute; sino disolver el matrimonio entre el sentido y lo familiar. La sorpresa, dice Lacan, &ldquo;rebasa al sujeto, aquello por lo que encuentra, a la par, m&aacute;s y menos de lo que esperaba: en todo caso respecto a lo que esperaba, lo que encuentra es invalorable&rdquo;. Ah&iacute; donde se espera lo mismo, se encuentra lo nuevo. Ah&iacute; donde la intenci&oacute;n del individuo es rebasada por el hallazgo del sujeto se abre, en todo su arco, la dimensi&oacute;n fundamental de la sorpresa. 
    </p><p class="article-text">
        Por eso siempre me llaman la atenci&oacute;n esas f&oacute;rmulas que son modos de pretender anticipar lo que se va a decir: &ldquo;voy a decir algo pol&eacute;mico&rdquo; o &ldquo;voy a decir algo gracioso&rdquo; o &ldquo;no quiero que te ofendas con lo que voy a decirte&rdquo; o &ldquo;no te va a caer bien lo que te voy a decir&rdquo; o &ldquo;voy a ser pol&iacute;ticamente incorrecto&rdquo; o &ldquo;lo digo en el buen sentido de la palabra&rdquo; o &ldquo;<em>unpopular opinion</em>&rdquo;. Esas frases son dichas a otro -y a s&iacute; mismo- al que no se quiere afectar. La anticipaci&oacute;n, el anuncio, constituye un Otro al que se encorseta en la fijeza de lo ya sabido. Pero, sobre todo, se encorseta lo que puede ocurrirnos a nosotros mismos ah&iacute; donde nos escuchamos. Pretender anticipar, creer que uno sabe lo que va a decir, y creer que uno puede saber, sobre todo, lo que le va a pasar al otro con lo que uno diga, resulta una manera de no querer saber. Es un modo del rechazo al inconsciente, es un modo de reforzamiento de la represi&oacute;n. Pretender anticipar o anunciar los efectos. Como dice una amiga, &ldquo;el fuego artificial del anuncio mata la chispa&rdquo;. Y la chispa es, sin dudas, la chispa creadora: la que enciende la posibilidad de que algo nuevo pase m&aacute;s all&aacute; de la repetici&oacute;n agobiante.
    </p><p class="article-text">
        Carina Gonz&aacute;lez Monier lo dice as&iacute;: <span class="highlight" style="--color:white;">&ldquo;Llegar antes de tiempo ser&iacute;a fatal para el psicoan&aacute;lisis. Si hay algo que es propio de su campo, es, justamente, la novedad m&aacute;s radical, lo completamente nuevo, lo nuevo a cada instante. La dimensi&oacute;n de la sorpresa es exactamente la dimensi&oacute;n del sujeto&rdquo;.</span> Poner la sorpresa al lado de la verdad es una de las ense&ntilde;anzas de Freud; es hablar del inconsciente en la l&oacute;gica del acontecimiento, de la experiencia, de lo no realizado, de lo que no est&aacute; dado y se produce; porque se trata del efecto que produce que la verdad hable. 
    </p><p class="article-text">
        El inconsciente es un hecho, un hecho nuevo en el filo de la ocurrencia y &ldquo;lo verdadero es siempre nuevo&rdquo;, dice Lacan citando al poeta surrealista Max Jacob. Lacan nos recuerda que si la experiencia freudiana nos aporta algo, es que estamos determinados por las leyes del inconsciente m&aacute;s all&aacute; de nosotros mismos, m&aacute;s all&aacute; de las ideas a las que nos aferramos, es decir, m&aacute;s all&aacute; del Yo. El inconsciente no es lo ya dado, no es lo ya sabido, el inconsciente es lo inesperado y lo sorpresivo. En un an&aacute;lisis no se trata de la verdad establecida, de la verdad que repite el sentido com&uacute;n; se trata de sentidos nuevos, de sentidos que no estaban, de sentidos que la verdad literalmente introduce, hace surgir en el mundo, en nuestro mundo. La sorpresa tambi&eacute;n es el nombre del lugar del analista. Porque no hay transferencia que no sea sorpresiva. Fue esa sorpresa la que espant&oacute; a Breuer, asustado por el amor de transferencia de Anna O., fue esa sorpresa la que dio lugar a que Freud inventara el psicoan&aacute;lisis. Lacan lo dice as&iacute;: <span class="highlight" style="--color:white;">&ldquo;El peque&ntilde;o Eros, cuya malicia, en lo repentino de su sorpresa, oblig&oacute; a Breuer a huir, encuentra su amo en Freud&rdquo;.</span>
    </p><p class="article-text">
        Lacan se pregunta: &ldquo;&iquest;qu&eacute; es lo que hace que un sujeto pueda perder la aptitud para el asombro, para ser sorprendido, y conocer el aburrimiento?&rdquo;. Un analista no est&aacute; exento de perder la posibilidad de sorprenderse. Y ah&iacute; donde ya no se sorprende, porque <em>ya sabe</em> lo que va a pasar, comienza a &ldquo;profesionalizar&rdquo; la pr&aacute;ctica con gestos impostados, revestidos de Saber, con certezas acerca de su SER analista.<span class="highlight" style="--color:white;"> &ldquo;El aburrimiento es lo que se produce cuando un sujeto ya no es apto para la sorpresa, para el anonadamiento&rdquo;, dice Lacan. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Hoy en d&iacute;a muchos pretenden codificar, prescribir las pr&aacute;cticas del deseo y del amor, asediar las escenas de encuentro con protocolos, aplastar, como si se pudiera, lo m&aacute;s contingente y sorpresivo. Y tambi&eacute;n se nota, en estos tiempos, una merma en el sentido del humor, porque el humor tambi&eacute;n entr&oacute; en la m&aacute;quina de una &eacute;poca que pretende explicarlo todo, entenderlo todo, aclararlo todo, controlarlo todo, anticiparlo todo. Cabe preguntarse, entonces, si el tedio y el aburrimiento que padecen algunos, tan propio de estos tiempos, no tiene relaci&oacute;n con este signo de &eacute;poca: pretender que no irrumpa lo sorpresivo que implican el amor, el deseo, el humor, los encuentros.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:white;">Acaso se trate del </span>placer de la sorpresa y de la sorpresa del placer. En esas escenas pasan cosas, cosas que no sabemos; pasan cosas y producen efectos que, muchas veces, nos despiertan. Si cerramos las v&iacute;as para que esas cosas <em>pasen</em>, s&oacute;lo nos resta el eterno retorno de lo mismo -un poco lo que canta Radiohead en &ldquo;<a href="https://www.youtube.com/watch?v=u5CVsCnxyXg" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">No surprises</a>&rdquo;-. Sin sorpresas: &iquest;descansar en paz? Sin sorpresa no hay chiste, ni chispa creadora, ni encuentro de los cuerpos, ni amor ni deseo; pero tampoco hay juego, ni hay infancia. <span class="highlight" style="--color:white;">En esa misma l&iacute;nea es que Mart&iacute;n Kohan analiza c&oacute;mo hoy en d&iacute;a se percibe que llamar por tel&eacute;fono sin anunciarse antes es, no s&oacute;lo de mala educaci&oacute;n, sino invasivo y hasta agresivo y lo lee como una marca de estos tiempos: &ldquo;La tendencia tecnol&oacute;gica actual es a que nada nos ocurra de repente o sin riesgo&rdquo;; y dice tambi&eacute;n, en </span><a href="https://www.telam.com.ar/notas/202211/611178-martin-kohan-estamos-en-una-epoca-en-la-que-cada-uno-se-piensa-como-envasado-al-vacio.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><span class="highlight" style="--color:white;">esta entrevista</span></a><span class="highlight" style="--color:white;"> que le hizo Dolores Pruneda Paz para T&eacute;lam: &ldquo;Estamos en una &eacute;poca en la que cada uno se piensa como envasado al vac&iacute;o (...) las distintas cosas de la vida se est&aacute;n empezando a encuadrar de manera tal que todo tenga previo aviso y que nada inesperado ocurra, lo cual implica a la mayor parte de las situaciones que uno vive. Hay una presi&oacute;n para que todo quede encuadrado en protocolos y acuerdos previos que reprimen toda aparici&oacute;n de lo inesperado, al tiempo que nos obligan a decidir qu&eacute; queremos y qu&eacute; no queremos antes de que lo sepamos&rdquo;.</span>
    </p><p class="article-text">
        Entre la intenci&oacute;n de decir y lo que se dice, ah&iacute;, en ese peque&ntilde;o hiato, se abre un mundo. Y se abre en la medida en que estemos dispuestos a escucharlo, a leerlo; en la medida en que no rechacemos <em>esa</em> porci&oacute;n de verdad que irrumpe, siempre inesperada y sorpresivamente, y que se llama inconsciente.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Unos versos de Fernanda Mugica de su poema &ldquo;N&uacute;cleo duro&rdquo;, incluido en el libro <em>Un billete de mil australes encontrado en un libro de Carl Sagan</em> -editado por Liliputienses-:
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        mu&eacute;vase
    </p><p class="article-text">
        cualquier cosa
    </p><p class="article-text">
        a cualquier parte
    </p><p class="article-text">
        pero no se olvide que la nuestra
    </p><p class="article-text">
        es una lengua
    </p><p class="article-text">
        de estados infinitos
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sorpresa_129_9889372.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 24 Jan 2023 10:09:03 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/f5039af1-beef-4f75-8ed4-3445c5fc0b01_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="351248" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/f5039af1-beef-4f75-8ed4-3445c5fc0b01_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="351248" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Sorpresa]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/f5039af1-beef-4f75-8ed4-3445c5fc0b01_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Sigmund Freud,Jacques Lacan,Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Elogio del malentendido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/elogio-malentendido_129_9772103.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ed39bed9-edd5-4ae2-8401-c6be37301494_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1303y633.jpg" width="1200" height="675" alt="Elogio del malentendido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Hablando se entiende la gente? La literatura y el psicoanálisis comparten una misma desconfianza en el diálogo, escribe Alexandra Kohan. </p></div><p class="article-text">
        Basta con ponerse a hablar con otro para advertir que la frase &ldquo;hablando la gente se entiende&rdquo; es una ilusi&oacute;n neur&oacute;tica. Si algo pasa en cuanto nos ponemos a hablar, es que nos desentendemos. No s&oacute;lo dejamos de entender al otro, sino que nos dejamos de entender a nosotros mismos. La literatura y el psicoan&aacute;lisis comparten una misma desconfianza en el di&aacute;logo (Ricardo Piglia lo se&ntilde;ala cuando dice: &ldquo;la literatura ayuda a desconfiar del di&aacute;logo, no es cierto que hablando se entiende la gente&rdquo;).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo que Freud vino a descubrir es que hay un hiato imposible de cerrar entre lo que queremos decir y lo que decimos. Y ese espacio no pasa s&oacute;lo por el hecho de que, por ejemplo, puede producirse alg&uacute;n lapsus, sino por el hecho de que lo que decimos s&oacute;lo puede saberse una vez que el otro nos escucha. No hay manera de que no haya malentendido en cuanto nos ponemos a hablar. Porque el lenguaje del que estamos hechos no es un c&oacute;digo fijo, estable, sino una zona de ambig&uuml;edades. Y por eso mismo es que el di&aacute;logo es imposible. Pero esa imposibilidad no es un impedimento, es lo contrario: es porque hay malentendido que nos echamos a hablar, y no a la inversa. El malentendido es lo que nos empuja a hablar, no a callar. En t&eacute;rminos de Jorge Jinkis: &ldquo;el malentendido no es detenci&oacute;n, es lo que nos permite proseguir&rdquo;. Detenci&oacute;n, impedimento, impotencia, en cambio, quiz&aacute;s est&eacute;n sostenidos, a veces, en la ilusi&oacute;n de que habr&iacute;a entendimiento pleno, de que habr&iacute;a transparencia, de que ser&iacute;a posible atravesar la opacidad del sujeto consigo mismo, la opacidad del lenguaje, la opacidad del sentido, la opacidad propia del cuerpo.
    </p><p class="article-text">
        La no correspondencia del sujeto consigo mismo, el desfasaje, la escisi&oacute;n entre lo que se quiere decir y lo que se dice, son acaso los fundamentos del descubrimiento freudiano. Sobre esos fundamentos recae la represi&oacute;n de los lenguajes instrumentales, burocr&aacute;ticos, profesionales y protocolares. Esos lenguajes pretenden que lo que dicen no admite interpretaciones, ni desencuentros, ni malentendidos. Son lenguajes que se pretenden claros, transparentes y directos. Son lenguajes objetivantes que repelen lo que del sujeto hay en el asunto. Son los lenguajes que alisan los pliegues de la lengua, que obturan los resquicios, que cierran los agujeros. Se trata de la instituci&oacute;n que no es sino la instituci&oacute;n del sentido, del imperio de la verdad, de la conquista de los saberes coagulados en una pol&iacute;tica que se pretende inocua e inocente. Es la instituci&oacute;n que sostiene, como dir&aacute; Judith Butler, una &ldquo;sem&aacute;ntica hegem&oacute;nica&rdquo;. Son los lenguajes institucionalizados que hacen de la sonoridad, la ambig&uuml;edad y la er&oacute;tica de la lengua un mero signo, una lengua muerta.
    </p><p class="article-text">
        No hay sentido pleno porque, como dice Lacan, las palabras son tenues para ser su sost&eacute;n. Creemos que sabemos lo que decimos, no queremos saber -en el sentido de la represi&oacute;n- que siempre decimos m&aacute;s y menos de lo que queremos decir. No queremos saber que nuestra palabra se funda en la interlocuci&oacute;n con otro. Pero cada tanto se producen los esc&aacute;ndalos de la enunciaci&oacute;n, las ocurrencias, la sorpresa y aparece un saber no sabido. Quedan conmovidas las identificaciones imaginarias, las relaciones que cada quien tiene con su cuerpo y con su imagen. Vacilan las significaciones establecidas y se abre un mundo: un mundo poco familiar, acaso un mundo de sensaciones in&eacute;ditas y extra&ntilde;as, descolocadas y desviadas de lo ya sabido. El inconsciente escribe una lengua extranjera, extra&ntilde;a -al Yo- alterando, subvirtiendo, interceptando la repetici&oacute;n de lo mismo. S&oacute;lo se trata de escuchar esa lengua, de soportar la extra&ntilde;eza, de no rechazar el equ&iacute;voco que insiste. Lo que se abre as&iacute; es el espacio de la equivocidad, de lo que se resiste a la s&iacute;ntesis del ser.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta cuando Lacan dice que el seminario que dicta, a&ntilde;o tras a&ntilde;o, lo sostiene m&aacute;s a &eacute;l, que &eacute;l al seminario. Y dice que no lo sostiene por medio de la costumbre, sino mediante el malentendido. A casi treinta a&ntilde;os de dictar el seminario, no hay costumbre. No es la costumbre la que hace que siga, sino el hecho de no habituarse al malentendido: &ldquo;como no me habit&uacute;o a &eacute;l, me canso de disolverlo. Y en consecuencia lo alimento. Es lo que se llama el seminario perpetuo&rdquo;. Luego tambi&eacute;n dice que nacemos malentendidos, que no hay otro trauma que ese. Y que, por supuesto, es nuestro cuerpo el que aparece malentendido. Nos dice lo siguiente: &ldquo;su cuerpo es fruto de un linaje, y buena parte de las desgracias de ustedes se debe a que este linaje ya nadaba en el malentendido a m&aacute;s no poder (...). Esto es lo que se les transmiti&oacute; al &laquo;darles la vida&raquo;, como se dice. Es lo que ustedes heredan y lo que explica el malestar que sienten en la piel, cuando tal es el caso. El malentendido est&aacute; ya antes, en la medida en que, aun antes de este bonito legado, ustedes forman parte, o m&aacute;s bien son parte del parloteo de sus antepasados&rdquo;. Quiz&aacute;s se trate, en un an&aacute;lisis, de hacer con ese parloteo. Quiz&aacute;s se trate, como dir&iacute;a Deleuze, de atacar la lengua materna, de descomponerla, de hacer una nueva sintaxis.
    </p><p class="article-text">
        Sin malentendido no habr&iacute;a chiste, ni literatura, ni poes&iacute;a; tampoco habr&iacute;a psicoan&aacute;lisis. Nuestro mundo se cerrar&iacute;a sobre s&iacute; mismo en un circuito maquinal en el que el lenguaje ser&iacute;a puro instrumento.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Sin malentendido no habría chiste, ni literatura, ni poesía; tampoco habría psicoanálisis. Nuestro mundo se cerraría sobre sí mismo en un circuito maquinal en el que el lenguaje sería puro instrumento.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        &ldquo;Tel&eacute;fono descompuesto&rdquo; se dice cuando hay un mensaje que pasa de una persona a otra alterando, perdiendo su sentido inicial, original. Se alude as&iacute; a que hay algo roto, que hablar y desviar los sentidos implicar&iacute;a una falla. Una concepci&oacute;n del hombre como m&aacute;quina. En 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Ho<em>la? </em><a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/martin-kohan-adios-telefono-tendencia-tecnologica-actual-ocurra-repente-riesgo_1_9723829.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Un r&eacute;quiem para el tel&eacute;fono -Ediciones Godot-, Mart&iacute;n Kohan </a>dice en la entrada llamada &ldquo;Tel&eacute;fono roto&rdquo;: &ldquo;Con cada nueva tecnolog&iacute;a que se inventa, se inventa tambi&eacute;n un nuevo tipo de error, un nuevo accidente, una nueva falla (...). Habr&iacute;a que decir entonces que, con la invenci&oacute;n del tel&eacute;fono, se invent&oacute; a su vez el llamado equivocado, la conversaci&oacute;n ligada y esa clase de malentendido que dio en llamarse tel&eacute;fono descompuesto&rdquo;. Y luego alude al juego infantil que se llama &ldquo;tel&eacute;fono roto&rdquo;, y dice: &ldquo;consiste en formar una ronda. alguien le dice al o&iacute;do una frase cualquiera a la persona que tiene a su derecha; y asi sucesivamente hasta comparar la frase con la que se empez&oacute; la rueda con la frase que lleg&oacute; al &uacute;ltimo participante&rdquo;. Y luego, en la entrada llamada &ldquo;Guerra Fr&iacute;a&rdquo; dice del tel&eacute;fono rojo: &ldquo;en verdad no era un tel&eacute;fono, sino un teletipo que mandaba mensajes de texto, menos permeables a confusiones y malentendidos que las transmisiones de la voz&rdquo;. El malentendido es lo que posibilita el juego; su evitaci&oacute;n, la guerra. Vivimos tiempos de lenguajes protocolares, pretensi&oacute;n de transparencia, etiquetados frontales y tel&eacute;fonos inteligentes que jam&aacute;s se equivocan. Cada vez hay menos juego y m&aacute;s guerra.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Roland Barthes viaj&oacute; a Jap&oacute;n dijo: &ldquo;la masa susurrante de una lengua desconocida constituye una protecci&oacute;n deliciosa, envuelve al extranjero (...) con una pel&iacute;cula sonora que detiene en sus o&iacute;dos todas las alienaciones de la lengua materna (...). Por esto, &iexcl;qu&eacute; descanso en el extranjero! All&iacute; estoy protegido contra la estupidez, la vulgaridad, la nacionalidad, la normalidad. La lengua desconocida, de la que no obstante aprendo la respiraci&oacute;n (...) me arrastra en su vac&iacute;o artificial, que s&oacute;lo se cumple para m&iacute;: me mantengo en el intersticio, desembarazado de todo sentido pleno&rdquo;. En <em>Animalia</em> -recientemente publicado por Eterna Cadencia- Sylvia Molloy recorre sus experiencias con los animales que la acompa&ntilde;aron. Dice: &ldquo;me llev&oacute; mucho tiempo, y el paso por dos pa&iacute;ses que no eran el m&iacute;o, darme cuenta que para ser uno mismo es siempre mejor estar con otro, sobre todo si el otro pertenece a una especie distinta, es decir, si es totalmente no uno&rdquo;. No hace falta viajar a Jap&oacute;n, ni radicarse en pa&iacute;ses ajenos para hacerle lugar al intersticio. Quiz&aacute;s s&oacute;lo se trate de estar dispuestos al malentendido, de estar dispuestos a vivir un poco fuera de s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/elogio-malentendido_129_9772103.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 06 Dec 2022 08:32:43 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/ed39bed9-edd5-4ae2-8401-c6be37301494_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1303y633.jpg" length="496187" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/ed39bed9-edd5-4ae2-8401-c6be37301494_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1303y633.jpg" type="image/jpeg" fileSize="496187" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Elogio del malentendido]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/ed39bed9-edd5-4ae2-8401-c6be37301494_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1303y633.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Alexandra Kohan,Jacques Lacan,Ricardo Piglia,Martín Kohan,Sigmund Freud]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Autogestión]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/autogestion_1_9671080.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/24d0d5ad-d354-4cd1-8956-994a02a47a71_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1294y705.jpg" width="1200" height="675" alt="Autogestión"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Hoy en día casi toda nuestra vida está autogestionada. Casi todo lo que hacemos requiere de nosotros un plus de gestión y terminamos siendo objetos de una demanda enloquecedora y enloquecida", escribe Alexandra Kohan.</p></div><p class="article-text">
        La pandemia alter&oacute; nuestro mundo tal y como lo conoc&iacute;amos. Sin embargo, en muchos casos, la pandemia no fue la causa, sino la manera en la que se expandieron formas de relaci&oacute;n social, maneras de hacer las cosas que ya estaban presentes antes de su irrupci&oacute;n. Algunas de modo m&aacute;s expl&iacute;cito, otras de forma subrepticia. Y es que las transformaciones de esa &iacute;ndole no se dan de un d&iacute;a para otro. Es entonces desde esas coordenadas de lectura que de un tiempo a esta parte vengo pensando en el <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/cansancio_1_9037887.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cansancio</a>, tan nombrado hoy en d&iacute;a. Un cansancio que es distinto al <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/pequenos-destratos-vida-cotidiana_129_9259657.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cansancio</a> anterior a la pandemia, pero que tambi&eacute;n carga con &eacute;l. &iquest;De qu&eacute; est&aacute; hecho ese cansancio tan particular de hoy en d&iacute;a? &iquest;Qu&eacute; quiere <em>eso</em>? -siempre me gust&oacute; la torsi&oacute;n precisa que formula Lacan cuando dice que no se trata de saber qu&eacute; quiere decir <em>eso</em>, sino que la pregunta ser&iacute;a &iquest;qu&eacute; es lo que al decir <em>eso</em> quiere-?
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hay demandas que deshumanizan&rdquo;, escuch&eacute; decir a alguien a quien le importa aliviar eso <em>de m&aacute;s </em>que a veces padecemos. Y entonces pens&eacute; en el modo en que hoy en d&iacute;a casi toda nuestra vida est&aacute; autogestionada. Casi todo lo que hacemos requiere de nosotros un plus de gesti&oacute;n y terminamos siendo objetos de una demanda enloquecedora y enloquecida. <a href="https://panamarevista.com/largar-todo/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Juan Di Loreto</a> dice: &ldquo;el margen de libertad que da el trabajo se ha reducido mucho. Los &aacute;mbitos de demanda se multiplican en y fuera del &aacute;mbito laboral. Porque el modo de producci&oacute;n extendi&oacute; su forma al consumo, con lo cual uno sigue trabajando a pesar de estar del lado del consumidor: encuestas, autoservicio, QR multiplicados ad infinitum, armar tu propio combo&hellip; (...). Ni como productores ni como consumidores descansamos. De all&iacute; la desproporci&oacute;n que vivimos. Ya no hay corte en ning&uacute;n &aacute;mbito. Este modo de vida tecnologizado y masificado, en el sentido m&aacute;s estricto, donde las multitudes no est&aacute;n localizadas en un lugar, sino que confluyen en el metaverso. Por eso el cuerpo de esta &eacute;poca es un cuerpo agotado que no logra dormirse nunca. Hemos construido un mundo de vigilia permanente donde la forma, m&aacute;gica y, por tanto, imposible, de &rdquo;zafar&ldquo; del engranaje es largar todo. Y chau&rdquo;. Pero cada vez es m&aacute;s dif&iacute;cil decir chau. Como si el corte, ese que nos resulta muchas veces trabajoso, no se produjera nunca. El corte imposible. La vida se ha tornado autogestiva.
    </p><p class="article-text">
        En <em>El entorno digital</em> -Siglo XXI editores-, Pablo J. Boczkowski y Eugenia Mitchelstein se&ntilde;alan el modo en que la irrupci&oacute;n de la pandemia produjo un &ldquo;tsunami de tiempo y energ&iacute;a dedicados a pantallas personales, a trav&eacute;s de las cuales los individuos realizaban sus estudios, trabajo, entretenimiento, oraci&oacute;n, ejercicio, socializaci&oacute;n y citas&rdquo;. Los autores dicen, justamente, que &ldquo;este proceso no carec&iacute;a de antecedentes&rdquo; sino que &ldquo;se construy&oacute; sobre el avance constante hacia la digitalizaci&oacute;n de la vida cotidiana, que fue posible en parte por las innovaciones en las tecnolog&iacute;as de informaci&oacute;n y comunicaci&oacute;n que han tenido lugar en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas y que se han acelerado desde el inicio del siglo XXI&rdquo;. Hay algo en el riguroso estudio de los autores que arroja una pista para pensar la dificultad de corte: una de las caracter&iacute;sticas del entorno digital es la totalidad. Dicen: &ldquo;la idea de totalidad alude al hecho de que, aunque el entorno digital est&aacute; conformado por artefactos discretos (...) la mayor&iacute;a de las personas lo viven como un sistema global de posibilidades t&eacute;cnicas y sociales interconectadas que interviene, directa o indirectamente, en casi todas las facetas de la vida cotidiana. Muchas personas empiezan el d&iacute;a consultando sus tel&eacute;fonos inteligentes no bien se despiertan y terminan maratoneando su programa favorito hasta que se quedan dormidas. En el medio, sus vidas est&aacute;n ocupadas por un amplio abanico de pr&aacute;cticas laborales, educativas, de ocio y relacionales llevadas a cabo mediante tecnolog&iacute;as digitales&rdquo;. Una totalidad sin agujeros por donde fugarse, una totalidad sin agujeros en donde refugiarse.
    </p><p class="article-text">
        Por otra parte, la autogesti&oacute;n se viene expandiendo hacia zonas que antes eran de repliegue, de soledad, de silencio. Estoy pensando en la literatura. La lectura y la escritura son de por s&iacute; pr&aacute;cticas solitarias y silenciosas. Pero hoy en d&iacute;a, en el af&aacute;n de compartirlo todo, se han convertido en pr&aacute;cticas muchas veces ruidosas y gregarias. De ese modo, la lectura y los modos de leer han sido tambi&eacute;n modificados por el entorno digital. En <em>La vanguardia permanente</em> -Paid&oacute;s-, Mart&iacute;n Kohan dice: &ldquo;los cambios tecnol&oacute;gicos, en su amplitud, en su velocidad y en su profundidad, cambiaron a su vez unas cuantas cosas, todas decisivas: ni la presencia ni la ausencia, ni la distancia ni la proximidad, ni el pasado ni el presente, ni el saber ni la informaci&oacute;n, ni la memoria ni el archivo son lo mismo que eran antes. Tampoco lo son, por ende, los cuerpos y las subjetividades. Ni tampoco, en consecuencia, el control social y la soledad, el consumo y el entretenimiento, el adentro y el afuera, la instantaneidad y la impaciencia, la contemplaci&oacute;n y el silencio, la afectividad y las pertenencias, los modos de ser (...). Podr&iacute;a decirse, incluso, que modificaron <em>especialmente </em>la lectura y la escritura (...). Hoy se pretende que un escritor funja como publicista de s&iacute; mismo. Es decir, que se autopromocione, se autodifunda, se autoelogie, se mire y se admire, se embelese consigo mismo y lo transmita a los dem&aacute;s (a los dem&aacute;s &iquest;que est&aacute;n haciendo qu&eacute;?: &iexcl;eso mismo! Cada cual consigo mismo) (...) el escritor pasa a ser el agente de prensa de s&iacute; mismo, en un ejercicio ilimitado de jactancias impudorosas, o el gerente de una pyme que vendr&iacute;a a ser &eacute;l mismo&rdquo;. A veces me pregunto qu&eacute; lugar hay para el lector ah&iacute; donde la demanda de ser le&iacute;do se formula de manera personal. Me pregunto qu&eacute; lugar hay para el lector y para las lecturas ah&iacute; donde se habla de &ldquo;mi libro&rdquo; &ldquo;mi editor&rdquo; &ldquo;mi traductor&rdquo; &ldquo;mi editorial&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pienso en la muerte del autor, de Roland Barthes, y en c&oacute;mo el autor no s&oacute;lo ha resucitado, sino que, muchas veces, se muestra a s&iacute; mismo inmortal y omnipresente. Quiz&aacute;s porque a veces se confunde la difusi&oacute;n de un texto con la autopromoci&oacute;n del autor. Pienso en Roland Barthes cuando dice que &ldquo;escribir tiene que ir acompa&ntilde;ado de un callarse; escribir es, en cierto modo, hacerse &laquo;callado como un muerto&raquo;, convertirse en el hombre a quien se niega la &uacute;ltima palabra: escribir es ofrecer desde el primer momento esta &uacute;ltima palabra al otro&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Darle la palabra al otro y darle tiempo al texto; darles tiempo a los dem&aacute;s: acaso los dones que m&aacute;s cuestan hoy. Silencio, soledad y tiempo, acaso lo m&aacute;s amenazado hoy en d&iacute;a. Silencio, soledad y tiempo: acaso lo que ya no tenemos, acaso lo que nunca <em>tuvimos</em>. Acaso lo que haya que inventar cada vez para no ser arrasados por la totalidad. Quiz&aacute;s tengamos que estar dispuestos a no querer recuperar el tiempo perdido.
    </p><p class="article-text">
        <em>Pausa</em>, de Jimena Arnolfi Villarraza, incluido en <em>Campamento de supervivencia</em>, editado por Caleta Olivia:
    </p><p class="article-text">
        <em>Hay canciones que apagan</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>el mon&oacute;logo interno</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>cuando el mundo</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>se viene encima.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>El cuerpo guarda el sonido,&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>queda la huella, te escucho.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Hace horas que vago</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>por la casa con el masajeador</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>de alambre en la cabeza.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Siempre tengo sue&ntilde;o</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y nunca estoy durmiendo.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Quiero despertar</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>de una siesta larga</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>sin saber</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>cu&aacute;nto tiempo pas&oacute;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/autogestion_1_9671080.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 01 Nov 2022 10:49:34 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/24d0d5ad-d354-4cd1-8956-994a02a47a71_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1294y705.jpg" length="453619" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/24d0d5ad-d354-4cd1-8956-994a02a47a71_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1294y705.jpg" type="image/jpeg" fileSize="453619" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Autogestión]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/24d0d5ad-d354-4cd1-8956-994a02a47a71_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1294y705.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Pandemia,Jacques Lacan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Atención flotante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/atencion-flotante_129_9274448.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/91f457f5-af32-46e2-a706-5c8b5ce38d62_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Atención flotante"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"La escucha de un analista no pretende retener en la memoria información, sino leer un texto que no está todavía escrito", sostiene la autora Alexandra Kohan. "No se debe olvidar que las más de las veces uno tiene que escuchar cosas cuyo significado sólo con posterioridad discernirá”, cita a Freud.</p></div><p class="article-text">
        En <em>Consejos al m&eacute;dico sobre el tratamiento psicoanal&iacute;tico</em>, la primera cuesti&oacute;n que Freud destaca es la dificultad con la que los analistas se encuentran en la tarea de &ldquo;guardar en la memoria los innumerables nombres, fechas, detalles del recuerdo, ocurrencias y producciones patol&oacute;gicas que se presentan durante la cura, y en no confundirlos con un material parecido oriundo de otros pacientes analizados antes o al mismo tiempo. Y si se est&aacute; obligado a analizar por d&iacute;a seis, ocho enfermos o aun m&aacute;s, la haza&ntilde;a mn&eacute;mica que lograrlo supone despertar&aacute; en los extra&ntilde;os incredulidad, asombro y hasta conmiseraci&oacute;n. En todo caso se tendr&aacute; curiosidad por conocer la t&eacute;cnica que permita dominar semejante pl&eacute;tora, y se esperar&aacute; que se sirva de unos particulares recursos auxiliares&rdquo;. Y entonces refiere que es una t&eacute;cnica muy simple. Que no har&aacute; falta un recurso auxiliar -desautoriza, por ejemplo, tomar apuntes-, sino que se va a tratar de &ldquo;no querer fijarse en nada en particular y en prestar a todo cuanto uno escucha la misma &laquo;atenci&oacute;n parejamente flotante&raquo;&rdquo;. Y destaca algo que resulta fundamental: se trata de evitar el peligro que conlleva fijarse en algo <em>deliberado</em>. Y ese peligro es el siguiente: &ldquo;Si en la selecci&oacute;n uno sigue sus expectativas, corre el riesgo de no hallar nunca m&aacute;s de lo que ya sabe; y si se entrega a sus inclinaciones, con toda seguridad falsear&aacute; la percepci&oacute;n posible. No se debe olvidar que las m&aacute;s de las veces uno tiene que escuchar cosas cuyo significado s&oacute;lo con posterioridad discernir&aacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Porque no se trata de saber anticipadamente qu&eacute; es importante y qu&eacute; no, de establecer jerarqu&iacute;as de lo que importa, sino de apostar a lo que se precipita siempre en otro tiempo. Pretender anticipar es anular esa temporalidad tan in&eacute;dita del an&aacute;lisis que consiste en un espacio que diluye la linealidad del tiempo. No anticiparse, no escuchar ya sabiendo. Freud es taxativo: la atenci&oacute;n flotante es un modo de resistirse a lo <em>propio</em>, a las propias expectativas; es un modo de que haya espacio para cuando llegue eso que no se sab&iacute;a, eso que no ratifica lo que pens&aacute;bamos, sino que produce sorpresa: un hallazgo -y de esa sorpresa tambi&eacute;n participa el analista-. <strong>No se puede escuchar nada sin esa disposici&oacute;n a no fijarse en nada en particular. No hay escucha posible si se est&aacute; anticipando un saber, un decir: si se est&aacute; escuchando desde una perspectiva en particular. </strong>Por su parte, Lacan lo dice as&iacute;: &ldquo;ponernos en ese estado p&uacute;dicamente llamado de atenci&oacute;n flotante, que hace que justamente cuando el part&iacute;cipe, el analizante, emite un pensamiento, podemos tener otro muy diferente. Es una feliz casualidad de la que brota un rel&aacute;mpago... y justamente de aqu&iacute; puede producirse la interpretaci&oacute;n. Es decir que a causa del hecho de que tenemos una atenci&oacute;n flotante, o&iacute;mos lo que el analizante ha dicho, a veces simplemente debido a una especie de equ&iacute;voco, es decir, de una equivalencia material&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y es que la atenci&oacute;n flotante es, para m&iacute;, un modo de la lectura, un modo de lectura. El que se posibilita, el que hace lugar a lo otro de s&iacute; a partir de suspender lo que se sabe, sobre todo de lo que sabemos de nosotros mismos. <strong>Alberto Giordano</strong> lo dice as&iacute;: <strong>&ldquo;</strong>Y lo mejor ser&aacute; olvidarnos de lo que sabemos, olvidarnos de nosotros mismos. Porque quien sabe demasiado, quien est&aacute; demasiado cierto de lo que sabe, no lee&rdquo;. Giordano cita a Blanchot: &ldquo;leer, ver y o&iacute;r la obra de arte exige m&aacute;s ignorancia que saber, exige un saber que invite una inmensa ignorancia y un don que no est&aacute; dado por anticipado, que cada vez hay que recibir, adquirir, perder en el olvido de s&iacute; mismo&rdquo;. Porque se trata de interrogar un texto suspendiendo el saber sedimentado, pas&aacute;ndolo al olvido para poder desprenderse de un querer-asir y acceder sorpresivamente a una verdad como nueva; verdad que, como tal, terminar&aacute; escurri&eacute;ndose. No tentarse con descansar en el confort del sentido que adormece -que incluso inhibe- y que estabiliza religiosamente, sino despertar por la incomodidad, la desorientaci&oacute;n y la descolocaci&oacute;n que la lectura propicia. Habr&aacute; que desvelarse, que estar, como dice Derrida, en &ldquo;guerra contra s&iacute; mismo&rdquo;.&nbsp; A veces me encuentro pensando que un analista escucha de la misma manera en la que lee, de la misma manera en la que subraya un texto. No hay un solo modo de leer -y de eso tambi&eacute;n est&aacute; hecha una &eacute;poca-. Tampoco hay, entonces, lectura sin olvido de s&iacute;: &ldquo;Precisamente leo porque olvido&rdquo;, dice Barthes.
    </p><p class="article-text">
        Lo que un paciente dice no conforma datos, ni informaci&oacute;n. Es por eso mismo que podemos recordar un sue&ntilde;o que un paciente cont&oacute; hace a&ntilde;os o una palabra que pronunci&oacute; especialmente hace meses. Porque la escucha de un analista no pretende retener en la memoria informaci&oacute;n -cuesti&oacute;n que, por otra parte ser&iacute;a imposible-, sino leer un texto que no est&aacute; todav&iacute;a escrito.
    </p><p class="article-text">
        El olvido de s&iacute; que se pone en juego en la atenci&oacute;n flotante es una disposici&oacute;n del cuerpo a dejar <em>pasar</em>, a que <em>pase</em> un decir. Participar del espacio transferencial es tratar las palabras que ah&iacute; se dicen no como informaci&oacute;n, ni como datos, ni siquiera como signos; participar del espacio transferencial es devolverles a las palabras su potencia subversiva. Me gusta pensar la atenci&oacute;n flotante como algo parecido a lo que Barthes dice de su relaci&oacute;n con Jap&oacute;n: que el signo ah&iacute; nunca se naturaliza ni se racionaliza. En Jap&oacute;n, que para Barthes resulta un texto a ser le&iacute;do, &ldquo;el signo est&aacute; vac&iacute;o: su significado huye, no hay dios ni verdad, ni moral en el <em>fondo</em> en estos significantes que reinan sin co<em>ntrapartida</em>&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La atenci&oacute;n flotante es el nombre freudiano del acto de extirparles a las palabras sus sentidos adosados mec&aacute;nica y repetitivamente, esos sentidos que el c&oacute;digo estabiliza, normaliza, que aplana y aplasta, que estandariza y que reduce. No se trata del sinsentido sino, como dir&iacute;a Barthes, de hacerle trampas a la lengua.
    </p><p class="article-text">
        La atenci&oacute;n flotante es el nombre freudiano de un espacio que se abre a la ocurrencia; un espacio que alberga, sin defenderse, tambi&eacute;n al odio.
    </p><p class="article-text">
        La atenci&oacute;n flotante es el nombre freudiano para el lugar del analista, ese que no est&aacute; hecho de una vez y para siempre, ese que se hace -o no- en cada sesi&oacute;n y que nunca est&aacute; garantizado. La atenci&oacute;n flotante es el nombre freudiano de ese espacio que alberga la diferencia, la inquietud, la otredad; es el nombre freudiano de un olvido de s&iacute; en el lugar del analista. Olvido de s&iacute; que da lugar a otro. Olvido de s&iacute; para poder encontrar aquello que no se buscaba. Olvido de s&iacute; para que lo que el analizante diga no se choque con el muro imperturbable del narcisismo de la persona que lo escucha y que se cree ser o tener -ser un psicoanalista, tener un saber, por ejemplo-.
    </p><p class="article-text">
        En un an&aacute;lisis, desfamiliarizar y extra&ntilde;ar solo ser&aacute;n posibles si hay un espacio que albergue las palabras en su filo, ese que abre y que tambi&eacute;n corta la continuidad de un olvido imposible.
    </p><p class="article-text">
        La atenci&oacute;n flotante es el nombre freudiano de ese espacio en el que las palabras se escriben as&iacute; como dice Adelia Prado en su poema 
    </p><p class="article-text">
        <em>Antes del nombre</em> -poema al que llegu&eacute; gracias a Carmen G&uuml;iraldes-:
    </p><p class="article-text">
        No me importa la palabra, la palabra com&uacute;n
    </p><p class="article-text">
        lo que quiero es el espl&eacute;ndido caos de donde emerge la sintaxis
    </p><p class="article-text">
        los sitios oscuros donde nacen: de, sino,
    </p><p class="article-text">
        el, sin embargo, que, esta incomprensible
    </p><p class="article-text">
        muleta que me apoya.
    </p><p class="article-text">
        Quien entiende al lenguaje, entiende a Dios,
    </p><p class="article-text">
        cuyo Hijo es Verbo. Muere quien entiende.
    </p><p class="article-text">
        La palabra es disfraz de una cosa m&aacute;s grave, sorda-muda,
    </p><p class="article-text">
        fue inventada para ser callada.
    </p><p class="article-text">
        En momentos de gracia, infrecuent&iacute;simos,
    </p><p class="article-text">
        se le podr&aacute; atrapar: un pez vivo con la mano.
    </p><p class="article-text">
        Puro susto y terror.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/atencion-flotante_129_9274448.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 30 Aug 2022 11:32:56 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/91f457f5-af32-46e2-a706-5c8b5ce38d62_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="364151" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/91f457f5-af32-46e2-a706-5c8b5ce38d62_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="364151" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Atención flotante]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/91f457f5-af32-46e2-a706-5c8b5ce38d62_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Sigmund Freud,Jacques Lacan,Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre la pretensión de ser]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-pretension_132_9236254.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/215cbc89-24a6-41a8-8db8-97edfde20c2d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre la pretensión de ser"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Llegó el newsletter mensual de Alexandra Kohan sobre lecturas posibles a partir de cosas, nimiedades que están dando vueltas en el aire y que en apariencia no tienen ninguna importancia.</p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Ante el lenguaje cualquier sujeto es incierto
</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Luis Gusmán</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>Quiz&aacute;s el t&iacute;tulo tendr&iacute;a que ser &ldquo;notas sobre la pretensi&oacute;n&rdquo;. Pero creo que pretender es siempre pretender&nbsp;<em>ser</em>. O en todo caso, no hay ser que no sea un poco pretencioso. Cada vez que apelamos al ser que creemos que somos, se puede advertir un desfasaje entre eso que decimos y eso que sentimos. Son pocas las veces en las que estamos a gusto con las definiciones acerca de lo que &ldquo;somos&rdquo;. Ese ser, al no tratarse de una esencia, al no estar dado, se hace. Y resulta una especie de conglomerado de im&aacute;genes con el que no siempre estamos c&oacute;modos, con el que casi siempre estamos inc&oacute;modos. El ser es un pastiche, un artificio, un peque&ntilde;o Frankenstein que lleva el nombre de su hacedor: un Otro que nos nombra y que nos pone a andar torpemente, con las suturas a la vista, aunque pretendamos disimularlas. Y es que la autoestima viene del Otro, de ese Otro que habr&aacute; que hacer caer alguna vez. Quiz&aacute;s de eso se trate pasar al otro lado del espejo, como Alicia.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0447fbb6-2872-431e-a7db-c1451b9a053d_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0447fbb6-2872-431e-a7db-c1451b9a053d_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0447fbb6-2872-431e-a7db-c1451b9a053d_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0447fbb6-2872-431e-a7db-c1451b9a053d_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0447fbb6-2872-431e-a7db-c1451b9a053d_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0447fbb6-2872-431e-a7db-c1451b9a053d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/0447fbb6-2872-431e-a7db-c1451b9a053d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Notas sobre la pretensión de ser"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Notas sobre la pretensión de ser                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;Me gusta cuando Freud llama al Yo el payaso del circo. Lacan, en cambio, lo llama la enfermedad mental del hombre, el s&iacute;ntoma por excelencia. En el Yo se juegan las pretensiones de ser. El Yo est&aacute; seguro de s&iacute; mismo siempre, incluso cuando se cree lo peor. La baja autoestima no existe. Siempre es alta. El problema es la autoestima, autoestimarse. Porque la autoestima est&aacute; en el reflejo del espejo. No importa lo que refleja. Si refleja una mierda, tambi&eacute;n es autoestima. El Yo se constituye, como dice Masotta,&nbsp;<em>aliment&aacute;ndose</em>&nbsp;de la imagen del otro para constituir la propia unidad. Y pienso que a veces, algunos, para sostenerse en un ser, pasan de la identificaci&oacute;n con ese otro, a deglutirlos, a tragarlos. Quiz&aacute;s haya una diferencia entre querer algo del otro y querer ser ese otro. La condici&oacute;n para eso es que ese otro no exista m&aacute;s: fantas&iacute;as de aniquilaci&oacute;n por doquier.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>El &ldquo;asuntito&rdquo; de la agresividad es igualmente ineluctable. La relaci&oacute;n con la propia imagen, que nunca es propia, y con esa imagen del otro que suponemos, conlleva siempre agresividad. El asunto es si estamos dispuestos a advertir -no siempre se puede- que esa agresividad est&aacute; desplegada a partir de suponerle un ser al otro, un ser que pondr&iacute;a en peligro el nuestro. Un ser que es el que a nosotros &ldquo;nos falta&rdquo;. El otro tiene lo que nos falta. Tiene, sobre todo, un ser. Y es que el ser, como dice Lacan, est&aacute; perdido en el basurero del otro. Hay demasiadas personas comiendo de esa basura.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div id="form1" class="bulletin-subscription">
<div id="msg1">
  <h4>Recibí nuestro newsletter <em>Atención flotante</em><small><br />
Algunas preguntas donde sólo había respuestas, por Alexandra Kohan.</small></h4>
</div>
<form method="post" name="myForm" autocomplete="off">
<INPUT class="formVal" TYPE="hidden" name="list_id" VALUE="74523e5e53">
<INPUT class="formVal" TYPE="hidden" name="segment" VALUE="b2bfac14bd">
<div class="mc-field-group">
<input class="formVal mail-input" id="email" type="email" value="" name="email" placeholder="Escribí tu correo">
</div>
<button type="button" class="button send-btn" onclick="validar();">Suscribite</button>
</form>
<div id="msg2">
<small>Es gratuito y podés darte de baja en cualquier momento.</small>
</div>
</div class="bulletin-subscription">
<div id="error1" style="display: none;">
Ha ocurrido un problema, por favor reintente más tarde.
</div>
<div id="error2"  class="bulletin-subscription" style="display: none;">
Debes ingresar tu dirección email.
</div>
<div id="success1"  class="bulletin-subscription"style="display: none;">
¡Listo! Ya estás anotado. En breve comenzarás a recibir periodismo de autor en tu correo.
</div>

<script language="javascript">
function isEmpty(value){return/^\s*$/.test(value);}
function isEmail(value){return/^[a-z0-9_-]+(?:\.[a-z0-9_-]+)*@[a-z0-9_-]+(?:\.[a-z0-9_-]+)*\.[a-z]{1,15}$/i.test(value);}
function validar() {
  el5 = document.getElementById('email');
  var isOk = true;
  if (isEmpty(el5.value)){
    isOk = false;
  }
  if (isOk){
    var elements = document.getElementsByClassName("formVal");
    var formData = new FormData();
    for(var i=0; i<elements.length; i++) {
      formData.append(elements[i].name, elements[i].value);
    }
    console.log(formData);
    var xmlHttp = new XMLHttpRequest();
    var url = 'https://eldiarioar.ar/mchimp';
    xmlHttp.open('POST', url, true);
    // xmlHttp.setRequestHeader('Content-type', 'application/x-www-form-urlencoded');
    xmlHttp.onreadystatechange = function() {
      if(xmlHttp.readyState == 4 && xmlHttp.status == 200) {
        var r = JSON.parse(xmlHttp.responseText);
        if ('result' in r) {
          console.log(r.result);
          el1 = document.getElementById('form1');
          el2 = document.getElementById('success1');
          el3 = document.getElementById('error1');
          el4 = document.getElementById('error2');
          el5 = document.getElementById('msg2');
          el5.style.display = 'none';
          el1.style.display = 'none';
          el3.style.display = 'none';
          el4.style.display = 'none';
          el2.style.display = 'block';
        } else {
          el3 = document.getElementById('error1');
          el4 = document.getElementById('error2');
          el5 = document.getElementById('msg2');
          el5.style.display = 'none';
          el4.style.display = 'none';
          el3.style.display = 'block';
        }
      }
    }
    xmlHttp.send(formData);
	} else {
    el4 = document.getElementById('error2');
    el4.style.display = 'block';
	}
}
</script>
    </figure><p class="article-text">
        <strong>IV.&nbsp;</strong>Nunca me dejo de sorprender por la cantidad de personas que quieren ser escritores. &iquest;Que quieren escribir?, &iquest;que escriben?, no: que quieren&nbsp;<em>ser escritores</em>. La fascinaci&oacute;n que hubo siempre -porque no es nueva, ahora se ve m&aacute;s por las redes sociales- con ese Ser escritor. Roland Barthes se ocup&oacute; de esa impostura en varios lugares. Primero en&nbsp;<em>Mitolog&iacute;as</em>, al hablar de &ldquo;El escritor en vacaciones''. M&aacute;s tarde en&nbsp;<em>Roland Barthes por Roland Barthes</em>, donde dice: &rdquo;sin duda no queda ya un solo adolescente que tenga esta fantas&iacute;a: &iexcl;ser escritor! &iquest;De qu&eacute; contempor&aacute;neo querer copiar no la obra sino las pr&aacute;cticas, las posturas, esa manera de pasearse por el mundo con una libreta en el bolsillo y una frase en la cabeza (...). Pues lo que la fantas&iacute;a impone es el escritor tal como se lo puede ver en su diario &iacute;ntimo, es&nbsp;<em>el escritor menos su obra</em>: forma suprema de lo sagrado: la marca y el vac&iacute;o&ldquo;. Por su parte, Juan Jos&eacute; Saer dice: &rdquo;Cuando se cree ser alguien, algo, se corre el riesgo, luchando por acomodar lo indistinto del propio ser a una abstracci&oacute;n, de transformarse en un arquetipo, en caricatura (...). Si denominamos a alguien ir&oacute;nicamente por medio de un estereotipo - el Escritor, el Editor, la Belleza Local-, ya estamos dando a entender que su titular, a causa de un comportamiento demasiado definido, es v&iacute;ctima de cierta ilusi&oacute;n sobre s&iacute; mismo. De tanto ser esencias -Don Giovanni, Fausto, Trist&aacute;n e Isolda- los personajes de &oacute;pera terminan por naufragar en la opereta-&ldquo;. Y luego dice: &rdquo;En cierto sentido, toda veleidad de identidad personal es una tentativa de hacerse pasar por conde&ldquo;. Hay personas que escriben, hay personas que quieren ser escritores. Es la diferencia que estableci&oacute; Hebe Uhart cuando dijo &rdquo;no hay escritor. Hay personas que escriben&ldquo; y que Liliana Villanueva eligi&oacute; de ep&iacute;grafe para comenzar el libro&nbsp;<em>Las clases de Hebe Uhart</em>. En esa misma primera clase, Uhart dice: &rdquo;Es mejor que el que escribe no se sienta escritor (...). Inflar el rol del escritor conspira contra el producto porque la vanidad aparta al que escribe de la atenci&oacute;n necesaria para seguir a su personaje o situaci&oacute;n. Weil dice: &lsquo;el virtuosismo en todo arte consiste en la capacidad de salirse de s&iacute; mismo&rsquo; (...). No se nace escritor, se nace beb&eacute;&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.&nbsp;</strong>Pasa lo mismo con el ejercicio del psicoan&aacute;lisis: si la vanidad no se suspende, si no se suspende el&nbsp;<em>ser psicoanalista</em>, se corre el riesgo de no seguir el texto del analizante. Quiz&aacute;s pasa lo mismo por las mismas razones, porque no se puede ser psicoanalista. Jean Allouch lo dice as&iacute;: &ldquo;Pensado como un acto, el an&aacute;lisis excluye que alguien pueda nunca declarar: &laquo;Yo soy psicoanalista&raquo;, ya que no se lo es por fuera del acto, mientras que en el acto, Lacan lo se&ntilde;al&oacute;, &laquo;el sujeto no est&aacute; all&iacute;&raquo;&rdquo;. Psicoan&aacute;lisis y literatura: entre todas las zonas en com&uacute;n posibles, la que m&aacute;s me gusta es que ninguna de esas dos pr&aacute;cticas resultan de identidades, son un ejercicio que nunca est&aacute; garantizado por el ser, que nunca est&aacute; garantizado. S&iacute;, debe pasar en much&iacute;simas disciplinas, pero hablo de estas dos porque son las que m&aacute;s cerca tengo, las que creo conocer un poco. Y porque son pr&aacute;cticas, escribir, analizar, que no est&aacute;n respaldadas por ninguna instituci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>En la Facultad de Psicolog&iacute;a hay muchos psicoanalistas y pocos trabajadores. Porque los psicoanalistas no se auto perciben trabajadores. Practican una y otra vez su&nbsp;<em>ser psicoanalista</em>. Y entonces algunos titulares de c&aacute;tedra abusan de su poder -al que hacen pasar por transferencia- dirimiendo qui&eacute;nes pueden o no acceder a un puesto de trabajo, seg&uacute;n supervisen, se analicen o estudien con ellos. Hay mucha infatuaci&oacute;n en los psicoanalistas que se creen psicoanalistas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.&nbsp;</strong>Me gustan mucho las ficciones que ironizan acerca de la pretensi&oacute;n de ser escritor. Hay much&iacute;simas. Ahora pienso en algunas novelas de Juan Jos&eacute; Becerra:&nbsp;<em>Felicidades</em>,&nbsp;<em>La interpretaci&oacute;n de un libro</em>. Ahora cito&nbsp;<em>El artista m&aacute;s grande del mundo</em>: &ldquo;Tengo la esperanza de que la escritura literaria morir&aacute; pronto. Estamos en las v&iacute;speras de su exterminio, un momento en el que cualquiera &laquo;escribe&raquo; un libro (...). Cada habitante de la Tierra escribir&aacute; su libro, si es que ya no lo escribi&oacute;, y la escritura, que exig&iacute;a alg&uacute;n tipo de talento aunque m&aacute;s no fuese el de la voluntad o la paciencia, no conservar&aacute; ninguno y, por fin, desaparecer&aacute;&rdquo;. Acerca de la pretensi&oacute;n se ser psicoanalista recomiendo una novela a la que vuelvo seguido, esa parodia corrosiva, esa caricatura perfecta, que de tan veros&iacute;mil produce un poco de angustia:&nbsp;<em>La escuela neo lacaniana de Buenos Aires</em>, de Ricardo Strafacce.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.&nbsp;</strong>De estos mismos asuntos se ocup&oacute; Mart&iacute;n Kohan en su novela&nbsp;<em>Cuentas pendientes</em>. Y tambi&eacute;n en &ldquo;Fotos de escritor: la verdad de la pose&rdquo;. Y tambi&eacute;n, y sobre todo, en la&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=bceb346a43&amp;e=37d0daae1a" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">inauguraci&oacute;n</a>&nbsp;del FILBA en 2015. El d&iacute;a que conoc&iacute; a Mart&iacute;n Kohan, en unas jornadas a las que lo invit&eacute; en la Facultad de Psicolog&iacute;a, le pregunt&eacute; c&oacute;mo quer&iacute;a que lo presentara. No quiso que dijera &ldquo;escritor&rdquo; y prefiri&oacute; &ldquo;cr&iacute;tico literario, docente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX.&nbsp;</strong>El lastre de la imagen de s&iacute;. Me gusta c&oacute;mo lo dice Guy Le Gaufey: &ldquo;La imagen de s&iacute;: &iexcl;qu&eacute; deliciosa esclavitud, qu&eacute; preocupante felicidad y, sobre todo, qu&eacute; carga! Pero tambi&eacute;n &iexcl;qu&eacute; angustia si imaginamos s&oacute;lo por un instante que puede dejarnos! Le declaramos la m&aacute;s intestina de las guerras, amorosamente reafirmada a partir de cualquier tregua duradera&rdquo;. La imagen: esa servidumbre &iquest;voluntaria? Lacan dice: &ldquo;s&oacute;lo el psicoan&aacute;lisis reconoce ese nudo de servidumbre imaginaria que el amor debe siempre volver a deshacer o cortar de tajo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>X.&nbsp;</strong>Un fragmento del poema Tomboy, de Claudia Masin:
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;C&oacute;mo pueden entonces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>andar tan c&oacute;modos y felices en un cuerpo, c&oacute;mo hacen</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>para tener la certeza, la seguridad de que son eso: esa sangre,</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>esos &oacute;rganos, ese sexo, esa especie? &iquest;Nunca quisiste</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>ser un lagarto prendido cada d&iacute;a del calor del sol</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>hasta quemarse el cuero, un hombre viejo, una enredadera</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>apret&aacute;ndose contra el tronco de un &aacute;rbol para tener de d&oacute;nde</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>sostenerse, un chico corriendo hasta que el coraz&oacute;n</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>se le sale del pecho de pura energ&iacute;a brutal,</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>de puro deseo? Nos esforzamos tanto</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>por ser aquello a lo que nos parecemos. &iquest;Nunca</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>se te ocurri&oacute; c&oacute;mo ser&iacute;a si en lugar de manos tuvieras garras</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>o ra&iacute;ces o aletas, c&oacute;mo ser&iacute;a</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>si la &uacute;nica manera de vivir fuera en silencio o aullando</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>de placer o de dolor o de miedo, si no hubiera palabras</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>y el alma de cada cosa viva se midiera</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>por la intensidad de la que es capaz una vez</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>que queda suelta?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-pretension_132_9236254.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Aug 2022 10:49:02 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/215cbc89-24a6-41a8-8db8-97edfde20c2d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="4996925" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/215cbc89-24a6-41a8-8db8-97edfde20c2d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="4996925" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Notas sobre la pretensión de ser]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/215cbc89-24a6-41a8-8db8-97edfde20c2d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Sigmund Freud,Jacques Lacan,Luis Gusmán]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De mujeres con hombres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mujeres-hombres_129_9224926.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c7f54017-b7e8-4d2f-a6a6-97de8a61ae98_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De mujeres con hombres"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las mujeres sufren mucho por desamor y por la pérdida de amor, pero solo Dios sabe del esfuerzo que hacen para no dejar de amar a un hombre al que aman, pero con un amor amenazado por el deseo y así es que se privan de muchas cosas solo por miedo a dejar de amarlo, sostiene el autor.</p></div><p class="article-text">
        	Muchas veces decimos &ldquo;los varones tal cosa&rdquo; y alguien dice &ldquo;pero las mujeres tambi&eacute;n&rdquo; y viceversa. Y es verdad, <strong>hay cuestiones del amor y del deseo que dejaron de ser privativas de varones y mujeres.</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Sin embargo, me animo a decir que hay algo que solo escuch&eacute; de mujeres; no digo de todas, sino de algunas, claro, pero me refiero a que nunca un var&oacute;n me cont&oacute; algo semejante. Hablo de la situaci&oacute;n en que una mujer enganchada con un hombre (tampoco lo escuch&eacute; de mujeres enganchadas con mujeres, pero aqu&iacute; mi experiencia no es amplia), por efecto de desamor o porque est&aacute; decepcionada y enojada, pero es consciente de las muchas veces que ya perdon&oacute; y teme volver a hacerlo, entonces va y se acuesta (o tiene algo) con un impresentable que no la lastima, pero s&iacute; le da el suficiente asco como para poder separarse del primero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Es como si en ese momento funcionara la idea pre-consciente &ndash;que algunas de estas mujeres logran expresar&ndash; de &ldquo;Mir&aacute; a lo que me veo sometida por vos&rdquo; o &ldquo;Mir&aacute; lo bajo que ca&iacute;&rdquo;, porque ese impresentable es tambi&eacute;n un sost&eacute;n identificatorio. Con esa identificaci&oacute;n es que, en verdad, logran separarse &ndash;esa identificaci&oacute;n es como un trasvasamiento y por eso al impresentable no lo odian, sino que les da m&aacute;s bien l&aacute;stima.
    </p><p class="article-text">
        	L&aacute;stima y asco, y as&iacute; es que entienden que ese asco es por s&iacute; mismas, por haberse reducido a ese desecho, que es el que les presta la fuerza para decir ya no m&aacute;s &ndash;porque de otro modo no le podr&iacute;an decir que no a un hombre.
    </p><p class="article-text">
        	Este artificio &ndash;mezcla de acting y de duelo&ndash; es algo que solo escuch&eacute; en mujeres y es el que me recuerda el t&iacute;tulo <em><strong>Soy una tonta por quererte</strong></em><strong>, de Camila Sosa Villada. &ldquo;Tonta&rdquo; es un eufemismo del desecho que mencion&eacute;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Ahora bien, la pregunta es qu&eacute; clase de lazo es el que obstaculiza ese &ldquo;no&rdquo; al deseo de un hombre y creo que detr&aacute;s de ese hombre suele estar la madre. <strong>El artificio es un reproche desesperado al amor materno.</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Un amigo m&iacute;o suele decir: las mujeres que m&aacute;s aman a los hombres, son las que nunca dejaron de amar a su madre. Porque entre las que aman al padre, la m&aacute;s simple de todas &ndash;la histeria&ndash; tiene el &ldquo;no&rdquo; a flor de piel. A veces bajo la forma de un novio o marido medio bobo y buenazo que la protege del deseo. &ldquo;Por m&aacute;s que nos pille el est&uacute;pido de tu marido, quiero bailar un <em>slow with you tonight</em>&rdquo;, dice una canci&oacute;n de Luis Eduardo Aute. Qu&eacute; linda imagen, la del deseo como no m&aacute;s que un lento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Me acuerdo de una amiga que hace unos a&ntilde;os sufr&iacute;a por un tipo que no la trataba bien y ella no lo pod&iacute;a dejar, mientras que otro la invitaba a salir permanentemente, con las excusas m&aacute;s rid&iacute;culas, tan torpe como insistente, al punto de que ella lo apod&oacute; &ldquo;el indigno&rdquo;. Hasta que un d&iacute;a vino y me dijo: &ldquo;Me acost&eacute; con el indigno&rdquo; y describi&oacute; su acto con gran belleza: <strong>&ldquo;Una revancha in&uacute;til&rdquo;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Me gusta el personaje del indigno, ese que est&aacute; ah&iacute; al acecho, que solo necesita tiempo y puede decir: &ldquo;Alg&uacute;n d&iacute;a ser&aacute;s m&iacute;a&rdquo;; esa bestia paciente que solo tiene que estar en el lugar adecuado a la hora justa.
    </p><p class="article-text">
        	Dije antes que detr&aacute;s del amor por un hombre puede estar la madre. No es raro que bajo el velo de una pareja haya una recuperaci&oacute;n de las figuras parentales. Voy a explicar esta idea a partir de una referencia lacaniana, tambi&eacute;n para ampliar un poco m&aacute;s el v&iacute;nculo de mujeres con varones. <em>De mujeres con hombres</em> es un excelente libro de cuentos de Richard Ford que expone a la perfecci&oacute;n el modo en que la literatura y sus situaciones ficcionales se aproximan a lo que un psicoanalista escucha en la consulta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	En 1971, Jacques Lacan dijo que una mujer puede ser &ldquo;la hora de la verdad&rdquo; para un hombre. Cite la frase en su conjunto:
    </p><p class="article-text">
        	&ldquo;Para el hombre, esta relaci&oacute;n la mujer es precisamente la hora de la verdad. Si habl&eacute; de hora de la verdad, es porque es esa a la que toda formaci&oacute;n del hombre est&aacute; hecha para responder, manteniendo contra viento y marea el estatuto de su semblante. Ciertamente es m&aacute;s f&aacute;cil para el hombre enfrentar cualquier enemigo en el plano de la rivalidad que enfrentar a la mujer, por cuanto ella es el soporte de esta verdad.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        	No me voy a detener en la &eacute;pica de la frase de Lacan, me quedar&eacute; con la referencia a la &ldquo;hora de la verdad&rdquo;. Esto ocurre cuando, para el hombre, la mujer implica un encuentro con lo que en psicoan&aacute;lisis llamamos &ldquo;castraci&oacute;n&rdquo;. Que ella implique un encuentro con la castraci&oacute;n no quiere decir que ella lo castre; son dos cosas diferentes. Que la castraci&oacute;n se ponga en juego en el encuentro con alguien no hace a este alguien el agente de una castraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        	Porque si ella lo castrara, m&aacute;s que una mujer ser&iacute;a un sustituto paterno y si esa castraci&oacute;n se erotizara seguramente &eacute;l ser&iacute;a impotente&hellip; hasta que ella lo insulte un poco, como les ocurre a esos hombres que solo se excitan con una mujer que los maltrata otro poco &ndash;pero cuyo erotismo a veces no se distingue de la respuesta agresiva.
    </p><p class="article-text">
        	Por otro lado, que ella sea &ldquo;la hora de la verdad&rdquo; quiere decir que no es la verdad, son dos cosas distintas. Porque si ella fuera la verdad, ser&iacute;a un sustituto materno, como le ocurre a las mujeres que no pueden dejar de interpretar todo lo que hace su pareja y les explican sus motivaciones &ndash;como hacen las madres con los ni&ntilde;os. No ser la madre de un hombre no quiere decir ser menos tierna o desairar sus demandas &ndash;para eso alcanza el fantasma hist&eacute;rico&ndash; sino renunciar a ser la int&eacute;rprete del deseo de un hombre, lo cual para algunas mujeres es algo muy angustiante. No ser la madre no asegura tampoco ser una mujer, pero es un principio.
    </p><p class="article-text">
        	El desencuentro respecto de &ldquo;la hora de la verdad&rdquo; suele ir acompa&ntilde;ado, para ciertos varones de verg&uuml;enza y para algunas mujeres de un sabor amargo que se parece a la privaci&oacute;n.&nbsp;Las mujeres, en general, esperan m&aacute;s de la hora de la verdad.
    </p><p class="article-text">
        	Asimismo, un hombre puede ser la hora de la verdad para una mujer, pero esto no lo viriliza a &eacute;l y, mucho menos, la feminiza a ella. Un hombre puede ser el lugar en que una mujer puede ir a buscar todo lo que (ella) tiene, pero prefiere atribuirle a &eacute;l como causa. Esta es una causa perdida.
    </p><p class="article-text">
        	Las mujeres sufren mucho por desamor y por la p&eacute;rdida de amor, pero solo Dios sabe del esfuerzo que hacen para no dejar de amar a un hombre al que aman, pero con un amor amenazado por el deseo y as&iacute; es que se privan de muchas cosas solo por miedo a dejar de amarlo.
    </p><p class="article-text">
        	Si una mujer ama a un hombre como si fuese la hora de la verdad (y su palabra es santa) es porque este es un sustituto de la madre. Si una mujer ama a un hombre con un amor al que siente que no puede fallar es porque es un sustituto del padre.
    </p><p class="article-text">
        	Es cierto que esto solo vale para varones y mujeres heterosexuales y solo en algunos casos, pero las dem&aacute;s variedades y las particularidades de las relaciones homosexuales se las dejo a otros que entiendan m&aacute;s y mejor.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mujeres-hombres_129_9224926.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Aug 2022 10:48:24 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/c7f54017-b7e8-4d2f-a6a6-97de8a61ae98_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1298383" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/c7f54017-b7e8-4d2f-a6a6-97de8a61ae98_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1298383" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[De mujeres con hombres]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/c7f54017-b7e8-4d2f-a6a6-97de8a61ae98_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Parejas,relaciones amorosas,Pscicoanálisis,Jacques Lacan,Camila Sosa Villada]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Finales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/finales_129_9198253.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/717677b3-1098-43c9-a360-05dc96c0233d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Finales"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El concepto de alta del paradigma médico se suele trasladar al psiconálisis. Pero ¿cuándo termina un análisis?, se pregunta y escribe Alexandra Kohan.</p></div><p class="article-text">
        El paradigma m&eacute;dico nos atraviesa tanto y est&aacute; tan metido en ciertos modos de pensar y de concebir algunas escenas, que resulta por momentos abrumador. Es en esa clave que muchas veces se piensa que el &ldquo;alta&rdquo; podr&iacute;a aplicarse a un an&aacute;lisis. De ah&iacute; tambi&eacute;n los prejuicios que suelen derramarse sobre el psicoan&aacute;lisis: que se eternizan porque los analistas <em>no dan el alta</em>, porque manipulan y porque ejercen el poder de retener a los pacientes. M&aacute;s o menos as&iacute;, desde siempre, se vierten sobre el psicoan&aacute;lisis cr&iacute;ticas basadas en una pr&aacute;ctica tan diversa como imposible de definir -m&aacute;s all&aacute; de la pretensi&oacute;n de uniformidad promovida por cada una de las distintas instituciones psicoanal&iacute;ticas, &ldquo;el&rdquo; psicoan&aacute;lisis no existe-. Me refiero estrictamente a la noci&oacute;n de alta, noci&oacute;n que conlleva en s&iacute; una idea de salud, de enfermedad y de cura. Y es que, como se&ntilde;ala Jorge Jinkis, &ldquo;muchas veces recurren al an&aacute;lisis personas educadas por la psiquiatr&iacute;a y acalladas por la farmacolog&iacute;a&rdquo;. Resulta dif&iacute;cil, sigue el autor, &ldquo;avanzar un paso sin desmontar ese discurso&rdquo;. En un an&aacute;lisis, entonces, no se trata de curar porque, sigue Jinkis, &ldquo;las dificultades (inhibici&oacute;n, angustia, s&iacute;ntoma) no son enfermedades&rdquo;. Por otra parte, porque el psicoan&aacute;lisis &ldquo;no pretende suprimir ning&uacute;n conflicto&rdquo; y porque su modo de concebir los s&iacute;ntomas es in&eacute;dito y radicalmente diferente de c&oacute;mo los concibe la medicina; los s&iacute;ntomas acaso sean soluciones a cierto penar. El psicoan&aacute;lisis, entonces, &ldquo;apenas procura atenuar el costo de estas soluciones sin normalizarlas (...) reconociendo en esa singularidad los l&iacute;mites de su acci&oacute;n&rdquo;. El padecimiento inherente al hecho de estar vivos no se puede, seg&uacute;n Jinkis, reducir y ordenar en grados de salud y enfermedad. Y es que &ldquo;Hablamos del peligro de estar vivo&rdquo;, como dice Fito P&aacute;ez o, en palabras de Clarice Lispector: &ldquo;Y entonces viene el desamparo de estar vivo&rdquo;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div id="form1" class="bulletin-subscription">
<div id="msg1">
  <h4>Recibí nuestro newsletter <em>Atención flotante</em><small><br />
Algunas preguntas donde sólo había respuestas, por Alexandra Kohan.</small></h4>
</div>
<form method="post" name="myForm" autocomplete="off">
<INPUT class="formVal" TYPE="hidden" name="list_id" VALUE="74523e5e53">
<INPUT class="formVal" TYPE="hidden" name="segment" VALUE="b2bfac14bd">
<div class="mc-field-group">
<input class="formVal mail-input" id="email" type="email" value="" name="email" placeholder="Escribí tu correo">
</div>
<button type="button" class="button send-btn" onclick="validar();">Suscribite</button>
</form>
<div id="msg2">
<small>Es gratuito y podés darte de baja en cualquier momento.</small>
</div>
</div class="bulletin-subscription">
<div id="error1" style="display: none;">
Ha ocurrido un problema, por favor reintente más tarde.
</div>
<div id="error2"  class="bulletin-subscription" style="display: none;">
Debes ingresar tu dirección email.
</div>
<div id="success1"  class="bulletin-subscription"style="display: none;">
¡Listo! Ya estás anotado. En breve comenzarás a recibir periodismo de autor en tu correo.
</div>

<script language="javascript">
function isEmpty(value){return/^\s*$/.test(value);}
function isEmail(value){return/^[a-z0-9_-]+(?:\.[a-z0-9_-]+)*@[a-z0-9_-]+(?:\.[a-z0-9_-]+)*\.[a-z]{1,15}$/i.test(value);}
function validar() {
  el5 = document.getElementById('email');
  var isOk = true;
  if (isEmpty(el5.value)){
    isOk = false;
  }
  if (isOk){
    var elements = document.getElementsByClassName("formVal");
    var formData = new FormData();
    for(var i=0; i<elements.length; i++) {
      formData.append(elements[i].name, elements[i].value);
    }
    console.log(formData);
    var xmlHttp = new XMLHttpRequest();
    var url = 'https://eldiarioar.ar/mchimp';
    xmlHttp.open('POST', url, true);
    // xmlHttp.setRequestHeader('Content-type', 'application/x-www-form-urlencoded');
    xmlHttp.onreadystatechange = function() {
      if(xmlHttp.readyState == 4 && xmlHttp.status == 200) {
        var r = JSON.parse(xmlHttp.responseText);
        if ('result' in r) {
          console.log(r.result);
          el1 = document.getElementById('form1');
          el2 = document.getElementById('success1');
          el3 = document.getElementById('error1');
          el4 = document.getElementById('error2');
          el5 = document.getElementById('msg2');
          el5.style.display = 'none';
          el1.style.display = 'none';
          el3.style.display = 'none';
          el4.style.display = 'none';
          el2.style.display = 'block';
        } else {
          el3 = document.getElementById('error1');
          el4 = document.getElementById('error2');
          el5 = document.getElementById('msg2');
          el5.style.display = 'none';
          el4.style.display = 'none';
          el3.style.display = 'block';
        }
      }
    }
    xmlHttp.send(formData);
	} else {
    el4 = document.getElementById('error2');
    el4.style.display = 'block';
	}
}
</script>
    </figure><p class="article-text">
        Es por todo eso que el alta no es una finalidad y, mucho menos, una finalidad que deba ser prescripta por el analista. Eso no significa que no se puedan pensar los finales o, en rigor, de qu&eacute; modo finalizan los an&aacute;lisis. M&aacute;s all&aacute; de las distintas concepciones, teorizaciones, ideales y dispositivos inventados para pensar de qu&eacute; se trata el final de un an&aacute;lisis, lo cierto es que, como dijo Freud, la terminaci&oacute;n es un asunto pr&aacute;ctico: &ldquo;No tengo el prop&oacute;sito de aseverar que el an&aacute;lisis como tal sea un trabajo sin conclusi&oacute;n. Como quiera que uno se formule esta cuesti&oacute;n en la teor&iacute;a, la terminaci&oacute;n de un an&aacute;lisis es, opino yo, un asunto pr&aacute;ctico. Todo analista experimentado podr&aacute; recordar una serie de casos en que se despidi&oacute; del paciente para siempre &laquo;<em>rebus bene gestis</em>&raquo;&rdquo;, algo as&iacute; como &ldquo;todo ha ido bien&rdquo;. En esa misma l&iacute;nea, Lacan dijo que un an&aacute;lisis termina cuando el analizante no viene m&aacute;s. Los distintos finales son, efectivamente, un asunto hecho acto y no una prescripci&oacute;n, una autorizaci&oacute;n o un permiso que otorga el analista como si fuera un m&eacute;dico. Siempre me result&oacute; llamativa la queja de los que esperan que sea el otro el que d&eacute; el alta. Si se espera eso de alguien es que no se hizo caer a ese alguien, es que todav&iacute;a se espera del otro una garant&iacute;a para tomar una decisi&oacute;n. Si, como dice Allouch, &ldquo;concluir un an&aacute;lisis es tirar al psicoanalista que ha ca&iacute;do&rdquo;, no hay nada que haya concluido en aquel que sostiene al otro en un lugar de poder. Si un an&aacute;lisis tiene efectos, ya no ser&aacute; necesario pedir permiso para irse, ya no se va a esperar autorizaci&oacute;n ni se va a pretender un com&uacute;n acuerdo para concluir. Por supuesto que deben existir esos analistas que no est&aacute;n dispuestos a caer, esos que se aferran al sill&oacute;n, del mismo modo en que se aferran a los lugarcitos de poder. Pero eso es otra cosa. Dejar un an&aacute;lisis, ya sea porque se considera que concluy&oacute;, ya sea porque algo ya no funciona, ya sea porque la transferencia cay&oacute;, no requiere autorizaci&oacute;n. Y es que haberse analizado es tambi&eacute;n dejar de pedirle autorizaci&oacute;n al otro, es dejar de dar explicaciones, es actuar y ser capaz de atajar los efectos. Es acaso el <em>paso </em>hacia lo que no se sabe, es un salto hacia el ejercicio de una libertad que no es sin v&eacute;rtigo. La salida del an&aacute;lisis, para Allouch, se halla -es un hallazgo- en un lugar diferente de la freudiana: amar y trabajar; no se trata de encontrar un bienestar sino de enterarse de que, como dijo Lacan, &ldquo;El Otro no es en ning&uacute;n caso un lugar de felicidad&rdquo;. Y hablando de felicidad, Lacan tambi&eacute;n dijo que un an&aacute;lisis no tiene que ser llevado muy lejos, &ldquo;cuando el analizante piensa que &eacute;l es feliz por vivir es suficiente&rdquo;. Y lo dice en suelo norteamericano, suelo en el que se juega la obligaci&oacute;n del bienestar y de la felicidad. Por eso dice &ldquo;feliz por vivir&rdquo; y no &ldquo;vivir feliz&rdquo;. Y es que un an&aacute;lisis no tiene ning&uacute;n objetivo, aunque tenga, como dice Jinkis, &ldquo;una direcci&oacute;n: mientras no se la determine previamente, es algo que, en un an&aacute;lisis, se puede llegar a descubrir&rdquo;.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Siempre me resultó llamativa la queja de los que esperan que sea el otro el que dé el alta. Si se espera eso de alguien es que no se hizo caer a ese alguien, es que todavía se espera del otro una garantía para tomar una decisión.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La transferencia es un <em>entre dos</em>, de modo que, en los desenlaces de un an&aacute;lisis, tambi&eacute;n est&aacute; implicado el analista. Acaso se tratar&aacute; de acompa&ntilde;ar a la puerta a todo aqu&eacute;l que haya dado ese paso, se tratar&aacute; de soportar ser un desecho, de hacerse soporte de <em>eso</em>. Si hay una &eacute;tica en su posici&oacute;n, ella se cifra tambi&eacute;n ah&iacute;, en estar <em>disponible</em> tambi&eacute;n para ser desechado de cualquiera de las formas posibles. No pretender eternizarse tambi&eacute;n es un modo del ejercicio anal&iacute;tico. Porque se trata, tambi&eacute;n para el analista, de no ser, como dice Lacan, un Yo fuerte, ese que es un buen empleado.
    </p><p class="article-text">
        Allouch dice que acceder a que no haya garant&iacute;as, acceder a que el Otro no existe como garante, no es f&aacute;cil: &ldquo;Se trata de una salida, del cierre de un recorrido subjetivo que, para algunos, se desprende del an&aacute;lisis, que para otros se da por otras v&iacute;as y que, para otros, sencillamente no se da&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Irse de un an&aacute;lisis, darlo por terminado, es, muchas veces, como irse de un amor, como dar por terminado un amor. &iquest;C&oacute;mo se hace? No lo s&eacute;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Falso territorio, </strong></em><strong>Irene Gruss</strong>
    </p><p class="article-text">
        Dej&oacute; de arder. No el le&ntilde;o
    </p><p class="article-text">
        sino el &iacute;mpetu,
    </p><p class="article-text">
        la gana, lejos,
    </p><p class="article-text">
        all&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        No llego all&aacute;. No hay all&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Lo que importa es que dej&oacute; de arder.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/finales_129_9198253.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 26 Jul 2022 10:49:05 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/717677b3-1098-43c9-a360-05dc96c0233d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="426107" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/717677b3-1098-43c9-a360-05dc96c0233d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="426107" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Finales]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/717677b3-1098-43c9-a360-05dc96c0233d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Jacques Lacan,Irene Gruss]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La prescripción de la madurez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/prescripcion-madurez_129_9160953.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/08f4294e-afc3-475e-9de6-f002d791faa0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La prescripción de la madurez"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Uno de los modos en los que estamos atravesados por el paradigma nefasto de la normalidad es aspirar a la madurez y a la adultez: a que sean, per se, una virtud, escribe Alexandra Kohan en esta columna.</p></div><p class="article-text">
        Hace poco, en una fiesta, alguien dijo de una persona que se hab&iacute;a ido para ver un partido de f&uacute;tbol: &ldquo;qu&eacute; infantil, d&iacute;ganle que madure&rdquo;. Primero sent&iacute; pena por ese hombre que se vio conminado a expresarse as&iacute;, asumi&eacute;ndose mejor por elegir esta fiesta en la que est&aacute;bamos, y no la fiesta que para el otro significa el f&uacute;tbol (me acord&eacute; de que <a href="https://filba.org.ar/archivo/las-fiestas-y-yo_130" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mart&iacute;n Kohan</a> dijo alguna vez que las fiestas burguesas lo aburren y, en cambio, &ldquo;las fiestas populares me gustan mucho m&aacute;s. Conozco bien las que suscita el f&uacute;tbol, esas me encantan. Me encantan sus zafarranchos, su lubricidad, su barullo, su mucho cuerpo, su mucho grito; me encantan su soltura, su estridencia, su carnaval, y ese fondo poderoso de resistencia pol&iacute;tica que esgrimen de hecho los que en general la pasan mal, cuando se deciden a pasarla bien. Ese gesto, ese desaf&iacute;o, me entusiasma, me conmueve, y me impulsa a disfrutar estas fiestas, a bailar y cantar hasta tarde&rdquo;). Primero, entonces, sent&iacute; pena por esa clase de gente habitada por pasiones tristes, esa que no soporta la diferencia y se obliga a pronunciarse sin advertir nada de lo que est&aacute; diciendo. Y un poco despu&eacute;s me qued&eacute; pensando, no ya en la forma de su expresi&oacute;n -la de rechazar al otro-, sino en el contenido mismo de su expresi&oacute;n: &ldquo;lo infantil&rdquo; concebido peyorativamente, la ilusi&oacute;n de que existir&iacute;a la madurez y adem&aacute;s que esa madurez vendr&iacute;a asociada a estar en una fiesta como esa en la que &eacute;l estaba. Y entonces pienso que uno de los modos en los que estamos atravesados por el paradigma nefasto de la normalidad es aspirar a la madurez y a la adultez: a que existan y a que sean, <em>per se</em>, una virtud. El ideal de madurez, la aspiraci&oacute;n a &ldquo;ser adultos&rdquo; se corresponde, sin dudas, con la pretensi&oacute;n de normalidad, acaso el gesto m&aacute;s estridente del disciplinamiento del que somos objetos, incluso o sobre todo, cuando nos auto percibimos abiertos a la diversidad. Las formas habituales en las que se rechaza lo que se designa como &ldquo;inmadurez&rdquo; y las formas habituales en las que se esperan y se prescriben madurez y adultez -definidas previamente seg&uacute;n la ocasi&oacute;n- no son sino modos de rechazar la infancia y el juego, para consolidarnos en una solemnidad y en una rigidez cada vez m&aacute;s notables.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Pienso que uno de los modos en los que estamos atravesados por el paradigma nefasto de la normalidad es aspirar a la madurez y a la adultez: a que sean, per se, una virtud. El ideal de madurez se corresponde, sin dudas, con la pretensión de normalidad, </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En la serie de textos que conforman <a href="http://www.polvo.com.ar/tag/jose-luis-juresa/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La infancia que insiste</a>, <strong>Jos&eacute; Luis Juresa </strong>dice de la infancia que se trata de &ldquo;eso que resulta inatrapable, eso que se escapa habiendo pasado por nuestro cuerpo, como un fantasma, eso que nos mantiene en vilo y nos excita y nos proyecta por el simple deseo de volver a vivir su presencia (...). Eso que nos mantiene en la idea de algo por venir creyendo que estuvo en alg&uacute;n momento de nuestro pasado (...) la manera de nombrar una relaci&oacute;n &uacute;nica e irrepetible, que se tiene cuando se es ni&ntilde;o, con lo indescriptible, con lo inmanejable, con lo que nos causa y nos hace humanos, m&aacute;s ac&aacute; y antes de toda racionalidad (...). Disciplinar la irracionalidad es exactamente lo que se hace con la infancia, a trav&eacute;s de las etapas de la educaci&oacute;n pedag&oacute;gica&rdquo;. Y agrega que no est&aacute; planteando que la educaci&oacute;n sea nociva en s&iacute; misma, pero s&iacute; que &ldquo;trata de alinear a todo el mundo en las exigencias del sistema de producci&oacute;n y consumo&rdquo;. No se trata s&oacute;lo de la educaci&oacute;n formal, sino de los constantes discursos que pedagogizan y que pretenden asir lo inatrapable, aplastar el deseo, controlar las pasiones.
    </p><p class="article-text">
        Cuando<strong> Jacques Lacan</strong> se ocup&oacute; de discutir vehementemente con cierto psicoan&aacute;lisis de su &eacute;poca, lo hizo especialmente denunciando, entre otras cosas, que ese psicoan&aacute;lisis pretend&iacute;a producir sujetos adaptados a la realidad del modelo productivista que predominaba en Norteam&eacute;rica. Hoy en d&iacute;a esa ideolog&iacute;a subsiste en algunas posiciones que prescriben madurez y adultez en los tratamientos que conducen. Como dice Jorge Jinkis, &ldquo;algunos c&iacute;rculos anal&iacute;ticos que saben flotar se encuentran con una pr&aacute;ctica cuyo objetivo es lo que la psicolog&iacute;a tradicional llama la transformaci&oacute;n autopl&aacute;stica. El campo de disputa es la adaptaci&oacute;n social&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La normalizaci&oacute;n, ejercida muchas veces por las mismas voces que la denuncian, pretende que ser adultos, que ser maduros, son signos de salud y de bienestar. La infancia y lo infantil -aunque no sean estrictamente lo mismo- son sistem&aacute;ticamente se&ntilde;alados como aquello que debe ser censurado, aplacado, domesticado. A veces los padres tambi&eacute;n les piden a los ni&ntilde;os que se comporten &ldquo;como adultos&rdquo;. Otras, los conciben como tales y los exponen en las redes sociales haciendo &ldquo;cosas de adultos&rdquo;. O les arrasan un poco las infancias al exponerlos constantemente como objetos de sus miradas, para lucirse ellos como padres -&ldquo;miren el hijo (falo) que tengo&rdquo;-.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Lacan se dedica a leer <em>El chiste y su relaci&oacute;n con lo inconsciente</em>, de Freud, subraya especialmente que la fuente de placer que procura el chiste -y la risa concomitante- se halla en relaci&oacute;n con un per&iacute;odo l&uacute;dico de la actividad infantil que incluye la actividad verbal, el &ldquo;jugueteo con las palabras&rdquo; -por eso el ni&ntilde;o, dice Agamben, &ldquo;nunca est&aacute; tan contento como cuando inventa una lengua secreta&rdquo;-. Lacan subraya entonces: fuente de placer y v&iacute;as por las que el placer <em>pasa</em>, esas &ldquo;v&iacute;as antiguas&rdquo; que han sido taponadas por &ldquo;el control del pensamiento del sujeto en su progreso hacia el estado adulto&rdquo;. El &ldquo;estado adulto&rdquo; se sostiene a condici&oacute;n de obturar el placer, de obturar esa v&iacute;as infantiles por las que pasaba, de obturar el juego y de obturar cierto grado de libertad. El juego, la risa: ese <em>bypass</em> de las arterias del placer taponadas por las exigencias del &ldquo;mundo adulto&rdquo; cuando no de la voz del supery&oacute; que nos obliga a &ldquo;ser adultos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Agamben hace un elogio de la profanaci&oacute;n y ubica el juego como una de las maneras de profanar lo sagrado. Y dice contundente: &ldquo;el juego como &oacute;rgano de la profanaci&oacute;n est&aacute; en decadencia en todas partes (...). Restituir el juego a su vocaci&oacute;n puramente profana es una tarea pol&iacute;tica&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y pienso entonces en esta &eacute;poca en la que la solemnidad, la seriedad y la constante pedagogizaci&oacute;n nos empujan y nos obligan a hacer siempre &ldquo;lo que corresponde&rdquo;, a comportarnos siempre &ldquo;como se espera&rdquo;, a vigilar constantemente qu&eacute; decimos y c&oacute;mo, a estipular anticipadamente de qu&eacute; podemos o no podemos re&iacute;rnos, a tomar posici&oacute;n y reaccionar ante los hechos de la realidad cotidiana, a adaptarnos una y otra vez a las &ldquo;formas convenientes&rdquo;. Y pienso en el agobio que eso implica, al asedio que nos imponemos cuando nos decimos que debemos &ldquo;ser adultos&rdquo;, que debemos &ldquo;ser maduros''. Y pienso en<strong> Roland Barthes</strong>, que dice que la clasificaci&oacute;n de las edades &rdquo;es uno de los condicionamientos, por no decir una de las represiones, de toda sociedad&ldquo;, que decir que hay distorsi&oacute;n entre la edad cronol&oacute;gica y la edad mental no es sino la &rdquo;ideolog&iacute;a triunfante del n&uacute;mero como norma&ldquo;. Y me gusta much&iacute;simo cuando dice que &rdquo;s&oacute;lo el psicoan&aacute;lisis carece de discurso sobre las edades&ldquo;, aunque habr&iacute;a que decir que no todo el psicoan&aacute;lisis, porque los hay muchos y muy distintos. Para Barthes, los discursos acerca de la madurez, la adultez y las edades son normalizadores. Son, en definitiva, doxas, esas que censuran y vigilan. Y, como tales, cifran ideolog&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Freud subray&oacute; la relaci&oacute;n entre el juego perdido y la literatura cuando dijo: &ldquo;todo ni&ntilde;o que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada (...). Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino&hellip; la realidad efectiva&rdquo;. El juego acaso sea entonces ese modo de lidiar con el mundo, incluso el mundo familiar, el mundo de esos &ldquo;adultos&rdquo;, el mundo adulto. Ese otro mundo, el de los adultos, que muchas veces se nos viene encima y resulta aplastante, agobiante, asfixiante. Incluso cuando ya no somos ni&ntilde;os. No hablo de jugar a algo, sino de habilitar un juego, de habilitar el ponernos en juego, hablo de entrar en el juego. Entrar en el juego del encuentro con otro s&oacute;lo es posible si no se rechaza la infancia -la propia, la del otro-. Por eso Julia Kristeva habla del &ldquo;cuidado de lo infantil del otro&rdquo; y por eso Phillippe Sollers dice que uno s&oacute;lo podr&iacute;a amarse &ldquo;si se reconoce como ni&ntilde;o a trav&eacute;s y para el otro&rdquo;; y tambi&eacute;n dice que &ldquo;dos personas que se enamoran son dos infancias que se entienden&rdquo;. Kristeva agrega: &ldquo;mi compromiso con el psicoan&aacute;lisis s&oacute;lo puede entenderse como una prolongaci&oacute;n de esta evidencia infantil que tuvimos la suerte de recrear (en el amor)&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Georges Perec </strong>se&ntilde;ala el lazo entre infancia y literatura, de esta manera:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Creo que hay una cosa que define bastante bien la vida en primer lugar y despu&eacute;s la infancia y la escritura: es un ni&ntilde;o que juega al escondite. No se sabe muy bien qu&eacute; nos apetece m&aacute;s, si que nos encuentren o no; si nos encuentran se acab&oacute; el juego, pero si no nos encuentran a&uacute;n hay menos juego. Si uno se esconde tan bien que no lo vuelven a encontrar se muere de miedo, por eso cuando uno juega al escondite se las apa&ntilde;a siempre para que lo encuentren. Si no hubiera cosas escondidas no buscar&iacute;amos leer. El hecho mismo de leer es ir a buscar en un libro algo que no sabemos o que creemos no saber. Y eso hace que continuemos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/prescripcion-madurez_129_9160953.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Jul 2022 10:42:28 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/08f4294e-afc3-475e-9de6-f002d791faa0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="563075" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/08f4294e-afc3-475e-9de6-f002d791faa0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="563075" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La prescripción de la madurez]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/08f4294e-afc3-475e-9de6-f002d791faa0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Sigmund Freud,Adultez,Jacques Lacan,Georges Perec]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La enseñanza como gesto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ensenanza-gesto_1_9122871.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4e272933-3ea7-479a-8ebd-967ddd153e13_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La enseñanza como gesto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El volver a dar clases en las aulas de manera presencial significa también retomar la pregunta sobre las formas en que se concibe la enseñanza, escribe Alexandra Kohan.</p></div><p class="article-text">
        Volver al <strong>aula presencial </strong>signific&oacute;, para m&iacute;, retomar la puesta en forma de la pregunta acerca de las maneras en las que se concibe la ense&ntilde;anza -la presencia de los cuerpos produce, sin dudas, una diferencia-. Lo que pasa en un aula presencial es insustituible en una pantalla y mucho m&aacute;s insustituible cuando las c&aacute;maras se mantienen apagadas durante la clase. Me gusta entonces volver a tensionar la cosa, no darla por obvia ni por autom&aacute;tica. Volver sobre esa pregunta, sobre c&oacute;mo ense&ntilde;ar, es un modo de no apoltronarse en la &ldquo;experiencia&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Hace m&aacute;s o menos veinticinco a&ntilde;os que doy clase y, a&uacute;n as&iacute;, o por eso mismo, cada vez que estoy frente a un curso, vuelvo a poner en cuesti&oacute;n la cosa. Y por &ldquo;poner en cuesti&oacute;n&rdquo; me refiero a hacerme la pregunta m&aacute;s o menos expl&iacute;citamente: la cosa no va de suyo. Lacan postul&oacute; que en la medida en que la cuesti&oacute;n de la ense&ntilde;anza no se problematiza es que &ldquo;hay un profesor&rdquo;, definido por &eacute;l como el que tiene las respuestas antes que las preguntas se formulen. Y entonces lo distingue del &ldquo;ense&ntilde;ante&rdquo;, que ser&iacute;a algo as&iacute; como un profesor que va construyendo, al modo de un collage, las piezas de la ense&ntilde;anza sin preocuparse por que todo encaje. La pregunta por la ense&ntilde;anza del psicoan&aacute;lisis en particular fue formulada por Lacan del siguiente modo: &ldquo;lo que el psicoan&aacute;lisis nos ense&ntilde;a, &iquest;c&oacute;mo ense&ntilde;arlo?&rdquo; &iquest;C&oacute;mo ense&ntilde;ar lo que se resiste a ser sistematizado? &iquest;C&oacute;mo ense&ntilde;ar sabiendo que el tropiezo es ineludible? Por la transmisi&oacute;n de un estilo, contesta. Un estilo no se elige, no es algo que uno sepa y que dise&ntilde;e a medida, ni que se maneje a voluntad. No hay intencionalidad en lo que al estilo se refiere, no depende de las buenas o de las malas intenciones. No depende tampoco del saber. Es involuntario, pero sin dudas es efecto de una posici&oacute;n que s&oacute;lo se puede real<em>izar</em> en la medida en que hayan ca&iacute;do los espejos en los que se pretende encontrar un ser, o un ser hecho de saber. Es involuntario, s&iacute;; pero se puede ense&ntilde;ar desde una posici&oacute;n de saber, aferrados a lo que sabemos, agarrados a que no se nos escape nada, o se puede ense&ntilde;ar desde una posici&oacute;n en la que el propio saber pueda ser agujereado, algo as&iacute; como estar dispuestos a es<em>o</em>. La diferencia es, justamente, nuestra relaci&oacute;n con el agujero en el saber. La diferencia es desde qu&eacute; lugar pretendemos que hablamos. &iquest;Pretendemos o no pretendemos? De eso est&aacute; hecha la diferencia.
    </p><p class="article-text">
        El estilo acaso sea ese filo, esa punta que toca, que roza y cuyo objetivo no se puede anticipar ni enfocar. Acaso sea un instante en el que algo pasa m&aacute;s all&aacute; de lo que se dice. Y es que, como se&ntilde;ala Jorge Jinkis, &ldquo;ense&ntilde;ar o transmitir, si fuera posible, ocurre de un lado; aprender o adquirir, asunto dificultado, del otro. No hay correspondencia que los enlace (...) ense&ntilde;ar y aprender son pr&aacute;cticas habitualmente desintrincadas. Se encuentran, se cruzan, pero no se acomodan (...). Entre luces y sombras, sin reciprocidad, ambas experiencias siguen diversas v&iacute;as de realizaci&oacute;n imperfecta&rdquo;. Eso que no encaja, ese enlace imperfecto, ese acople imposible, produce un hiato por el que puede pasar algo que no se sab&iacute;a que se buscaba. Se trata, en palabras de Lacan, de &ldquo;un rel&aacute;mpago m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites del saber&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El discurso universitario no es aquel que s&iacute; o s&iacute; se produce en la universidad. Hay personas que sostienen ese discurso por fuera de la universidad -y, a la&nbsp; inversa: en la universidad puede no haber discurso universitario-. Una de las marcas de lo que no es discurso universitario es no pretender dictar siempre lo mismo. Pero no me refiero al mismo contenido de un programa, por ejemplo, sino a pretender que sea <em>lo mismo</em>. Juan Ritvo se&ntilde;ala que cuando eso ocurre entonces ya no es transmisi&oacute;n, sino simple reproducci&oacute;n de contenidos. En la transmisi&oacute;n, en cambio, &ldquo;est&aacute; en juego la subjetividad del que transmite&rdquo;, y agrega que si eso no es tomado en cuenta, si se pretende rechazar eso, aparece una ense&ntilde;anza sin compromiso, &ldquo;enunciados que se transmiten de modo an&oacute;nimo y cuya verdad, si es que la hay, a nadie le interesa&rdquo;. Estamos implicados en el estilo, aunque no lo sepamos. Se trata de una presencia enraizada en la voz, en el cuerpo, en los gestos. Y eso no es indiferente ni independiente de la producci&oacute;n de saber que pueda precipitarse como efecto.
    </p><p class="article-text">
        Estamos en tiempos en los que, como dice Jinkis, se espera que el saber funcione. Hay una especie de demanda que pasiviza a quien la sostiene y delega todo el saber y el poder en el otro. Hay una b&uacute;squeda constante de certezas, de afirmaciones que se mantengan en su lugar y que mantengan los lugares. Hay una especie de rechazo a los agujeros del otro -y a los propios- y a la inestabilidad de ciertos saberes. Hay por momentos necesidad de que todo se pueda subsumir en la educaci&oacute;n. Asistimos a la constante pedagogizaci&oacute;n de la vida por todos los medios. Por eso creo que <em>mansplaining</em> no es algo que pueda subsumirse en los varones -m&aacute;s all&aacute; de que existan varones muy dispuestos a explicarnos-, sino que se refiere a una posici&oacute;n enunciativa. Hay muchas personas que demandan saber y eso institucionaliza y legitima&nbsp; a&nbsp;muchas otras dispuestas a d&aacute;rselo. &ldquo;Primero practiqu&eacute; y luego, un d&iacute;a, me puse a ense&ntilde;ar&rdquo;, dijo Lacan. Y pienso que esta &eacute;poca est&aacute; colmada de personas <em>desesperadas</em> por ense&ntilde;ar, por instituirse en posiciones de saber. Leo esas cuestiones de &eacute;poca como modos de abolir las experiencias singulares e intransferibles.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a <strong>Roland Barthes</strong> como se vuelve siempre al amor. Podr&iacute;a volver a cualquier texto y encontrar&iacute;a algo de su posici&oacute;n enunciativa contra toda solemnidad del saber, contra los profesores que no vacilan y contra los saberes que opacan y entristecen, que desvitalizan y aplastan el deseo. Pero vuelvo a la <em>Lecci&oacute;n inaugural</em>, porque ah&iacute; queda explicitado lo que para &eacute;l significa ense&ntilde;ar. Y porque recuerdo, todav&iacute;a, la sensaci&oacute;n de alegr&iacute;a que tuve cuando le&iacute; por primera vez que hab&iacute;a llegado para &eacute;l el momento, no s&oacute;lo de ense&ntilde;ar lo que no se sabe, sino de &ldquo;<em>desaprender</em>, de dejar trabajar a la recomposici&oacute;n imprevisible que el olvido impone a la sedimentaci&oacute;n de los saberes, de las culturas, de las creencias que uno ha atravesado&rdquo;. A esa experiencia la llama &ldquo;<em>sapientia</em>: ning&uacute;n poder, un poco de prudente saber y el m&aacute;ximo posible de sabor&rdquo;. Y ahora tambi&eacute;n encuentro esta otra formulaci&oacute;n de Barthes: &ldquo;creo, en efecto, que, para que haya una relaci&oacute;n de ense&ntilde;anza que funcione, es necesario que el que habla sepa apenas un poco m&aacute;s que el que escucha (incluso a veces, sobre algunos puntos, menos: son movimientos pendulares). Investigaci&oacute;n, y no Lecci&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Vivimos tiempos de aleccionamientos, de dedos levantados y de bajadas de l&iacute;nea. Me alivia volver sobre los textos en los que se da testimonio de que aquello que deja marcas, de que aquello que afecta los cuerpos es otra cosa. Ac&aacute; tan solo un ejemplo: <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/maestro_129_9096921.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Juan Jos&eacute; Becerra</a> subraya que lo que deja marca es menos lo que se dijo que el gesto con el que se sostuvo eso que se dijo. De eso est&aacute; hecha una enunciaci&oacute;n. Para Becerra, la maestr&iacute;a se encuentra -no se busca, es un hallazgo- &ldquo;en el deseo de entrar a un mundo exclusivo, en la electricidad que produce en el cuerpo la sensaci&oacute;n de no saber (y el efecto retr&aacute;ctil de salir de all&iacute; como si uno estuviera bajo el agua), y en la pasi&oacute;n ya no de lo transmitido sino del transmisor que, volatilizado por el amor a lo que estaba describiendo, produjo una escena inolvidable en la que me veo como un pez mordiendo menos el anzuelo que su resplandor dorado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ensenanza-gesto_1_9122871.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 28 Jun 2022 10:33:06 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/4e272933-3ea7-479a-8ebd-967ddd153e13_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="549676" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/4e272933-3ea7-479a-8ebd-967ddd153e13_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="549676" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La enseñanza como gesto]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/4e272933-3ea7-479a-8ebd-967ddd153e13_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Regreso a las aulas,Presencialidad,Alexandra Kohan,Clases,Jacques Lacan,Roland Barthes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuidar la palabra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cuidar-palabra_129_9028581.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/81b1adb7-4eec-4c65-a4ed-cf481b1add19_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuidar la palabra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El psicoanálisis, sostiene Luciano Lutereau, es una práctica de la palabra, pero no de la palabra clara y distinta, y el rol del pscicoanalista es escuchar. ¿Cuáles son las maneras de cuidar esa palabra? ¿El silencio puede preservarla?</p></div><p class="article-text">
        	Hace algunos a&ntilde;os, un colega que fue paciente de Jacques Lacan me cont&oacute; una situaci&oacute;n de su an&aacute;lisis. &Eacute;l estaba recostado en el div&aacute;n y el prestigioso psicoanalista confundi&oacute; su nombre. Entonces este colega se enoj&oacute;, se sinti&oacute; maltratado y desconsiderado. A todo esto, Lacan le respondi&oacute; con una sonrisa y una pregunta:<strong> &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; lo enoja tanto a usted ser otro?&rdquo;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Esta an&eacute;cdota me resulta muy divertida, porque muestra c&oacute;mo el ingenio de Lacan no estaba al servicio de la justificaci&oacute;n, sino que no perd&iacute;a la oportunidad de decirle algo serio a su paciente. Es cierto que para eso ten&iacute;a que saber maniobrar con su persona y, por ejemplo, no sentirse invalidado con el tropiezo. M&aacute;s bien, ten&iacute;a que usar este tropiezo a su favor &ndash;la continuidad del tratamiento. Despu&eacute;s de todo, el psicoan&aacute;lisis es una pr&aacute;ctica en que la falla puede ser le&iacute;da de un modo distinto a una mancha en el ideal; es condici&oacute;n misma de la experiencia.
    </p><p class="article-text">
        	<strong>El psicoan&aacute;lisis es una pr&aacute;ctica de la palabra, pero no de la palabra clara y distinta, que se quiere transparente y comunicativa. </strong>En primer lugar, es de la palabra dirigida que se trata. En psicoan&aacute;lisis no se habla para decir algo, sino para decirle a alguien. Por ejemplo, puede ser que alguien cuente que nunca vio un gesto de amor entre sus padres y antes que describir un hecho, este relato sea una forma de reprimir el erotismo del que su sola presencia es una demostraci&oacute;n. Tambi&eacute;n puede ser una forma de esperar &ndash;de parte del analista&ndash; ser reconocido como alguien que necesita amor; es decir, de demandarlo.
    </p><p class="article-text">
        	De este modo, en segundo lugar, la palabra en psicoan&aacute;lisis se revela como ambigua. Al mismo tiempo que muestra, oculta. En la palabra, lo que m&aacute;s importa es lo no dicho; no digo que se trate de adivinar lo que alguien no dice, sino de situar lo no dicho en lo que dice. Esto es lo que llamamos &ldquo;escuchar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        	<strong>Al psicoanalista le toca escuchar y esto quiere decir: responder a lo no dicho.</strong> Volvamos a la situaci&oacute;n del comienzo: Lacan escuch&oacute; que el enojo del paciente no pod&iacute;a traducirse solamente en t&eacute;rminos de un error del que disculparse. Entonces le dijo algo m&aacute;s interesante y lo atinado de su respuesta es que, muchos a&ntilde;os despu&eacute;s, el destinatario todav&iacute;a recordase la an&eacute;cdota con una sonrisa.
    </p><p class="article-text">
        	Recuerdo otra escena lacaniana que alguna vez le&iacute; o me contaron. Una mujer estaba en el div&aacute;n y, de repente, en otra habitaci&oacute;n son&oacute; el tel&eacute;fono. Lacan se levant&oacute; y le dijo: &ldquo;Que mi ausencia no le impida continuar con su sesi&oacute;n&rdquo; y se retir&oacute; uno minutos. Sin duda una mirada idealizada se indignar&iacute;a con una acci&oacute;n semejante. Qu&eacute; exc&eacute;ntrico este psicoanalista, &iquest;c&oacute;mo va a dejar a su paciente e irse a hacer otra cosa?
    </p><p class="article-text">
        	Tambi&eacute;n es claro que la excentricidad de Lacan se prest&oacute; a una emulaci&oacute;n penosa y, si han pasado tantos a&ntilde;os y lo seguimos mencionando, es porque no muchos tienen ese don para hablarle a alguien. Lacan era un exc&eacute;ntrico, s&iacute;, pero adem&aacute;s era Lacan y sab&iacute;a c&oacute;mo decirle a alguien que el an&aacute;lisis necesita de la simbolizaci&oacute;n de la ausencia de la persona del analista. El an&aacute;lisis no es el tiempo en que se conversa con el analista, sino tambi&eacute;n todo eso que ocurre antes y despu&eacute;s de la sesi&oacute;n, la llegada anticipada o la demora con una confusi&oacute;n de calles, el caf&eacute; que se toma despu&eacute;s o el paseo en que resuenan las palabras que se dijeron y las que no (&iquest;por qu&eacute; me olvid&eacute; de hablar de esto?), los sue&ntilde;os que llegan en los d&iacute;as siguientes como un mensaje precioso para decir algo sobre aquello que nos quedamos pensando a nuestro pesar, quiz&aacute; sin saberlo, y lo que jam&aacute;s pensamos.
    </p><p class="article-text">
        	De mi pr&aacute;ctica yo solo recuerdo una sola situaci&oacute;n en la que me ocurri&oacute; algo parecido, cuando un paciente me estaba contando una situaci&oacute;n familiar y yo le pregunt&eacute; por su padre. Entonces, &eacute;l no solo me dijo que su padre estaba muerto, sino que ya me lo hab&iacute;a dicho (&iexcl;y varias veces!) hac&iacute;a mucho tiempo. Afortunadamente tuve m&aacute;s confianza en lo que escuch&eacute; que en sentirme avergonzado y le pregunt&eacute;: &ldquo;&iquest;Est&aacute;s seguro de que est&aacute; muerto?&rdquo;. Esa fue la ocasi&oacute;n de situar que la muerte real no se acompa&ntilde;a de la simb&oacute;lica, pero la verdad es que este tipo de intervenciones &ndash;en que se desaf&iacute;a el sentido com&uacute;n y la intuici&oacute;n m&aacute;s inmediata; es decir, en que se pone en cuesti&oacute;n el contrato b&aacute;sico de la comunicaci&oacute;n&ndash; no son frecuentes en mi pr&aacute;ctica cotidiana del psicoan&aacute;lisis.
    </p><p class="article-text">
        	Muchas m&aacute;s veces me encuentro en el &uacute;ltimo tiempo &ndash;no solo en el consultorio&ndash; con el trabajo de recuperar la confianza en la palabra. No tanto en los efectos de la palabra, como en los ejemplos anteriores; sino en el rodeo preliminar por el cual devolverle a la palabra su condici&oacute;n enigm&aacute;tica, que se a veces se presta al malentendido. Creo que el mayor &iacute;ndice de capacidad ps&iacute;quica de alguien se reconoce respecto de c&oacute;mo enfrenta un malentendido &ndash;si es que puede reconocerlo como tal.
    </p><p class="article-text">
        	<strong>Estos no son tiempos f&aacute;ciles para la palabra. Hablamos mucho, todo el tiempo, pero no se escucha nada.</strong> La palabra est&aacute; atada a la literalidad y a la vocaci&oacute;n m&aacute;s agresiva: decir qu&eacute; dice el otro, en atribuciones que no advierten que as&iacute; funciona la interpretaci&oacute;n cuando delira. As&iacute; yo digo lo que vos dec&iacute;s y no me doy cuenta de que respondo a una proyecci&oacute;n personal, creo que hablo con alguien, pero deliro solo. O colectivamente, como cuando se habla para que los de la propia parroquia celebren.
    </p><p class="article-text">
        	Me preocupa la palabra, a la que noto asediada por la iron&iacute;a y un ingenio que no nace de la escucha, sino del af&aacute;n narcisista de lucirse. &iquest;D&oacute;nde hay alguien con quien hablar? Con esto me refiero a c&oacute;mo los debates p&uacute;blicos perdieron calidad y se degradan en la chicana y el gesto para la tribuna. &iquest;Ya no queda nadie decidido a conversar?
    </p><p class="article-text">
        	<strong>Cuidar la palabra es tambi&eacute;n preservar el silencio. </strong>Dejar que hable lo no dicho y evitar la precipitaci&oacute;n. As&iacute; defin&iacute;a Flaubert la estupidez: &ldquo;Prisa por concluir&rdquo;. La palabra cuando no es est&uacute;pida, abre y desliza, se multiplica y desanda los sentidos r&iacute;gidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Creo que hoy es preciso proteger la palabra, ponerla a resguardo de los delirios con que se interpreta todo de la misma manera. Eso es un delirio: una interpretaci&oacute;n que no se conoce como &uacute;nica y vale para cualquier circunstancia.
    </p><p class="article-text">
        	Lacan era un exc&eacute;ntrico, no un delirante. Su transmisi&oacute;n fue una de las m&aacute;s esforzadas porque la palabra no quedara aplastada en la ilusi&oacute;n de creer que sabemos lo que decimos y, mucho peor, lo que dice el otro.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cuidar-palabra_129_9028581.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 May 2022 09:25:37 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/81b1adb7-4eec-4c65-a4ed-cf481b1add19_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="15078" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/81b1adb7-4eec-4c65-a4ed-cf481b1add19_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="15078" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Cuidar la palabra]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/81b1adb7-4eec-4c65-a4ed-cf481b1add19_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis,Jacques Lacan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El amor aún]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amor_129_8941597.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f21c8a35-e601-4704-99ad-c23c8cbc4e5e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El amor aún"></p><p class="article-text">
        Hace unas semanas, la agrupaci&oacute;n estudiantil Catexia-Mpe, de la Facultad de Psicolog&iacute;a de la Universidad Nacional de Tucum&aacute;n, organiz&oacute; una jornada que se llam&oacute; <em>&iquest;Qu&eacute; es el amor? Entre la responsabilidad afectiva y el ghosteo</em>. Me invitaron generosamente a formar parte de una conversaci&oacute;n con otra psicoanalista, Gabriela Abad, y tambi&eacute;n generosamente me recibieron en la ciudad. La actividad fue muy linda porque se vivi&oacute; un clima de verdadera conversaci&oacute;n en la que participaron much&iacute;simos de los m&aacute;s de cuatrocientos asistentes. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El decir siempre pone a jugar algo nuevo y nunca sabemos del todo lo que vamos a decir hasta que se puede recortar un dicho. El amor tiene algo de eso, algo nuevo en el decir</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Comentamos tambi&eacute;n lo afable que fue todo y celebramos haber vuelto a encontrarnos presencialmente en ese precioso anfiteatro llamado Olga Doz de Plaza, de la facultad, que adem&aacute;s se encuentra en un predio con much&iacute;simos &aacute;rboles en el que da mucho gusto estar. En la tarde de ese mismo d&iacute;a hubo otra actividad de la que particip&eacute; para seguir hablando de amor. Y entonces nos sorprendimos de que hubiera un numeroso p&uacute;blico otra vez, ya que cre&iacute;mos que no &iacute;bamos a poder decir nada nuevo respecto de la ma&ntilde;ana. Pero<strong> el decir siempre pone a jugar algo nuevo y nunca sabemos del todo lo que vamos a decir hasta que se puede recortar un dicho. El amor tiene algo de eso, algo nuevo en el decir.</strong> Tambi&eacute;n nos re&iacute;mos y celebramos la gran convocatoria que tuvo la jornada: dijimos algo as&iacute; como que el amor sigue convocando a pesar de que parezca que ya nadie quiere saber nada del amor - es que &ldquo;incre&iacute;ble tentaci&oacute;n es el amor&rdquo;, como canta Babas&oacute;nicos-. Y entonces me acord&eacute; de lo que dice Freud en su conferencia <em>La feminidad</em> acerca de que el t&iacute;tulo de la conferencia est&aacute; para atraer el inter&eacute;s de los asistentes porque se ocupa de un tema que es un enigma. Y entonces pienso que el t&iacute;tulo de la jornada de Catexia tambi&eacute;n lo fue. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Seguimos hablando de amor, no para saber qué es, sino para seguir sin saberlo, para que sus sentidos se vayan diluyendo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Porque el amor es, antes que nada y despu&eacute;s de todo, nada definible, un enigma que, como se&ntilde;ala <strong>Mart&iacute;n Kohan</strong>, no est&aacute; para ser resuelto. Pero que no se resuelva o que no se pueda definir -y mucho menos por el lado de lo que <em>es</em>- no significa que no sigamos hablando de amor. O, en rigor, por eso mismo: porque es un enigma es que seguimos hablando. Seguimos hablando de amor, no para saber qu&eacute; es, sino para seguir sin saberlo, para que sus sentidos se vayan diluyendo. Apenas me sent&eacute; en la mesa abr&iacute; la lapicera para escribir &ldquo;&iquest;qu&eacute; es el amor?&rdquo;, y para tomar notas sobre la intervenci&oacute;n de mi compa&ntilde;era de mesa; pero el cartucho se revent&oacute; y la tinta se desparram&oacute; por todos lados, manch&aacute;ndolo todo, especialmente mis manos. En ese momento, me fue inevitable pensar que se ha escrito y derramado demasiada tinta acerca del amor y sin embargo ah&iacute; est&aacute;bamos, con muchas ganas de seguir hablando. Quiz&aacute;s porque, como dice Lacan, del amor s&oacute;lo se puede hablar. Pero ese hablar es m&aacute;s bien un balbuceo en el que suelen faltar las palabras. Por eso celebro que el t&iacute;tulo de la jornada haya sido una pregunta y que tuviera, en su subt&iacute;tulo, la noci&oacute;n de <em>entre</em>. Porque ese decir del amor, ese amor que es un decir, se juega, justamente, no sin zozobra, en el <em>entre </em>del t&iacute;tulo de la jornada. Lo dem&aacute;s, lo que est&aacute; en los extremos de ese entre, es la pretensi&oacute;n de saber, es la pretensi&oacute;n de estar a salvo, es la pretensi&oacute;n de hacer del amor algo asible, asequible, transitable con GPS: sin desorientaci&oacute;n y sin p&eacute;rdida, guiados por la voz de otro que suele ser el que nos dicta los mandamientos, el que nos indica por d&oacute;nde ir y de d&oacute;nde salir, el que sabe lo que nos conviene y lo que nos suma para no perder nada; esa voz del GPS es la se erige en sabedora de caminos allanados de obst&aacute;culos, de rutas directas, sin tr&aacute;nsito, sin otros que molesten o que nos afecten. Una ruta directa hacia un destino sin sorpresas. Algo as&iacute; como lo que escribi&oacute; Cristina Peri Rossi en el poema <em>Final</em> incluido en <em>Otra vez Eros</em>:
    </p><p class="article-text">
        Ya no hay amores insensatos/ sino aburridos acoplamientos programados/ s&oacute;lo en la p&aacute;gina/ el amor/ toca a rebato./ Para que nadie se manche las manos ni sufra demasiado.
    </p><p class="article-text">
        <em>Aburridos acoplamientos programados</em> y entonces pienso en c&oacute;mo se ponen de moda los saberes acerca de la sexualidad. Esos que pedagogizan, que ense&ntilde;an a obtener placer adecuada y correctamente, sin desv&iacute;os y por la senda del bien: discursos conservadores que pretenden domesticar y disciplinar -porque, como se&ntilde;al&oacute; Foucault, la historia de la sexualidad es la historia de una represi&oacute;n creciente-. Y entonces pienso en el psicoan&aacute;lisis en las ant&iacute;podas de la sexolog&iacute;a, pienso en <strong>Oscar Masotta</strong> diciendo: &ldquo;si se nos obligara a definir en pocas palabras en qu&eacute; consiste este campo de lo ps&iacute;quico que constituye el campo de la pr&aacute;ctica del psicoan&aacute;lisis habr&iacute;a que decir que se constituye a partir de una reflexi&oacute;n sobre la sexualidad. Pero desde entonces la sexualidad pasa a ser algo que no tiene que ver con el Saber de todos los d&iacute;as. Punto dif&iacute;cil, puesto que no quiere decir que el verdadero &laquo;saber cient&iacute;fico&raquo; sobre la sexualidad sea privilegio del psicoanalista. Quiere decir otra cosa y, aun, lo contrario. Quiere decir que la indagaci&oacute;n freudiana de la sexualidad delimita un campo donde el sexo quedar&aacute; aislado del Saber&rdquo;. No se trata de que el psicoanalista sepa m&aacute;s, sino que sabe que Saber y sexo est&aacute;n separados. Es por eso que &ldquo;el psicoan&aacute;lisis es una no-sexolog&iacute;a (...). Y la gente no se enferma porque ignora las reglas biol&oacute;gicas, sino porque hay algo bien enigm&aacute;tico en el sexo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En la jornada de Catexia tambi&eacute;n se habl&oacute; de una noci&oacute;n compleja como la de consentimiento, t&eacute;rmino que como bien subray&oacute; Gabriela Abad, proviene del discurso judicial. Y entonces nos detuvimos en esa zona en la que se pretende, no s&oacute;lo protocolizar, sino judicializar las relaciones amorosas. &Uacute;ltimamente vienen escribi&eacute;ndose textos muy valiosos para mostrar que la noci&oacute;n de consentimiento no funciona o no alcanza porque, justamente, tampoco el consentimiento garantiza que no haya abuso. En ese sentido es que leo dos textos fundamentales para la cuesti&oacute;n. Aunque muy diferentes entre s&iacute; porque abordan asuntos bien distintos, <a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/desacralizar-concha_1_8821665.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Putas, erotismo y mercado</a>, de &Aacute;gueda Pereyra -editado por S&iacute;ncopa- y <em>Si no fueras tan ni&ntilde;a</em>, de Sol Fantin, editado por Paid&oacute;s, est&aacute;n tambi&eacute;n para complejizar la noci&oacute;n de consentimiento, para problematizarla, para diseccionarla y para mostrar que no funciona como escudo frente al abuso. &Aacute;gueda Pereyra sigue a otros autores para relacionar la noci&oacute;n de consentimiento con un tipo de sujeto producido por el liberalismo: &ldquo;el modelo liberal sostiene como ideal un individuo intencional, volitivo y aut&oacute;nomo, por ende, capaz de sostener contratos, asumir compromisos, comprar y vender, es decir, ingresar libremente en la l&oacute;gica del mercado&rdquo;. Y tambi&eacute;n que se trata de interrogar &ldquo;cu&aacute;l es el alcance pol&iacute;tico de este acto que no concierne a un individuo solitario, deshistorizado, sino a un sujeto enlazado a otros, arrojado a determinado momento hist&oacute;rico&rdquo;. Por su parte, Sol Fantin narra una porci&oacute;n de su historia, la que empez&oacute; a los catorce a&ntilde;os, una historia de abuso. Y la narra ahora, a sus treinta y siete, &ldquo;ahora que tengo est&oacute;mago para soportar ciertas verdades, con min&uacute;sculas&rdquo;. Entre esas verdades se encuentra el hecho de que la instituci&oacute;n familiar no s&oacute;lo no alcanza para proteger a las infancias de los depredadores, sino que, muchas veces, los aloja. Algo que se sabe pero que se escribe poco. Porque el familiarismo sigue primando como ideolog&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        No faltaron las risas en la jornada. Porque no hubo solemnidades ni enunciaciones investidas de saber. Hubo estallidos de risa tambi&eacute;n cuando advertimos que todos esos discursos que asedian el amor, que pretenden todo el tiempo prescribirnos f&oacute;rmulas han pasado, hoy en d&iacute;a, al terreno de la parodia. Y cuando la parodia llega, alivia y disipa un poco los aires pesados de los mandatos.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces, a mi vuelta de Tucum&aacute;n, me acord&eacute; de lo que dice Bataille -traducido por Margarita Mart&iacute;nez-: &ldquo;El amor humano es a&uacute;n m&aacute;s grande si en su esencia est&aacute; el no darnos una certeza que vaya m&aacute;s all&aacute; del instante mismo, llam&aacute;ndonos siempre al irreparable desgarramiento&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y como llueve y como vuelvo sobre ese espacio tan habitable, tan amable, que es el <em>entre</em>, y porque el amor acaso irrumpa tan s&oacute;lo como una certidumbre fugaz, termino con <strong>Juan Jos&eacute; Saer</strong>:
    </p><p class="article-text">
        <em>Entre dos chaparrones</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>el sol sobre la hierba:</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>certidumbre fugaz.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amor_129_8941597.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 26 Apr 2022 10:56:22 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/f21c8a35-e601-4704-99ad-c23c8cbc4e5e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="113056" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/f21c8a35-e601-4704-99ad-c23c8cbc4e5e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="113056" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El amor aún]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/f21c8a35-e601-4704-99ad-c23c8cbc4e5e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Amor,Vínculos,Juan José Saer,Sigmund Freud,Jacques Lacan,Michel Foucault]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Descomprender]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/descomprender_129_8888866.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/097431bf-aee5-4eb9-aac3-d68afd6a98e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Descomprender"></p><p class="article-text">
        &ldquo;Te entiendo, a m&iacute; me pasa lo mismo&rdquo; es una de esas frases habituales que escuchamos cuando estamos contando algo. Otra, en la misma l&iacute;nea, podr&iacute;a ser: &ldquo;Es lo que yo har&iacute;a en tu lugar&rdquo;. Es habitual que cuando alguien habla sea escuchado exclusivamente desde la perspectiva del que lo escucha. <strong>No resulta nada sencillo salirse de s&iacute; para tratar de leer o de escuchar las coordenadas del otro que es, nada m&aacute;s y nada menos, otro</strong>. No resulta nada sencillo escuchar <em>eso</em> del otro, <em>esa cosa</em> del otro, ese asunto del otro con el que de ning&uacute;n modo nos identificamos. No resulta nada sencillo y hasta puede ser imposible. El asunto es &iquest;qu&eacute; tipo de relaci&oacute;n se establece con la cosa del otro si solamente la podemos hacer pasar por el tamiz de la nuestra? &iquest;C&oacute;mo es que no podemos escuchar a alguien sin necesitar <em>comprenderlo</em>? Es cierto que a veces a uno lo calma que el otro lo entienda porque le pas&oacute; lo mismo, pero ese &ldquo;lo mismo&rdquo; nunca es lo mismo. Pero funciona de alivio establecer una especie de comunidad en un padecimiento y eso es de por s&iacute; calmante -los grupos de ayuda son eso, una especie de &ldquo;ac&aacute; a todos nos pasa lo mismo y la soluci&oacute;n es para todos la misma&rdquo;-. Pero sucede que muchas otras veces no nos calma nada que al otro le haya pasado lo mismo que a&nbsp; nosotros, porque advertimos que en esa pretensi&oacute;n de establecer una mismidad se anulan las diferencias, se anula la singularidad; que se anula, en definitiva, la posibilidad de escucharnos a nosotros mismos desplegando un relato, invent&aacute;ndolo, construy&eacute;ndolo un poco a tientas. <strong>A veces no queremos que </strong><em><strong>nos entiendan</strong></em><strong>, s&oacute;lo queremos ser escuchados en eso que ni nosotros mismos entendemos del todo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Escribe Claudia Masin:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No te pido que comprendas,&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        te pido que me escuches en silencio
    </p><p class="article-text">
        cuando hablo, algunas noches, un idioma
    </p><p class="article-text">
        que yo misma desconozco y que me aterra.
    </p><p class="article-text">
        Otras veces s&oacute;lo queremos hablar, no para entender, sino para desentendernos un poco, para desconocernos, para desasirnos un poco de lo que insiste. Si del otro lado solo hay identificaci&oacute;n, se anula la diferencia e irrumpe un efecto de masa. Esa que tranquiliza ah&iacute; donde, como subraya Juan Ritvo, &ldquo;lo que cada cual compromete en esta operaci&oacute;n de pertenencia es lo puramente gen&eacute;rico, es decir, intercambiable: los miembros de una masa son intercambiables en la generalidad de sus prejuicios, sus valores, sus aspiraciones&rdquo;. <strong>Las experiencias no son intercambiables del mismo modo en que no lo son las formas en que las cosas nos afectan, las formas en que nos tocan el cuerpo.</strong> Por eso nunca es <em>lo mismo</em> eso que creemos que es lo mismo. Hay una ilusi&oacute;n de mismidad que se establece en ocasiones para sentirse menos solos y eso es v&aacute;lido de por s&iacute;, pero no siempre el que padece quiere encontrarse con otros de su <em>misma condici&oacute;n</em> para aliviarse. A veces se trata de absolutamente lo contrario: el que padece quiere ser escuchado en su experiencia &uacute;nica e intransferible. Y esas veces son m&aacute;s dif&iacute;ciles de encontrar, es dif&iacute;cil encontrar espacios en los que no seamos comprendidos seg&uacute;n el espejo del otro. <a href="https://www.perfil.com/noticias/columnistas/libros-de-abril.phtml" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mart&iacute;n Kohan</a> se refiri&oacute; a eso mismo de esta manera: &ldquo;la experiencia de desconocerse es en m&aacute;s de un sentido la opuesta a esa otra hoy tan en boga, la de establecer por necesidad que el otro se nos parece, que podemos y debemos ponernos en su lugar, convertirlo en una especie de proyecci&oacute;n de nosotros mismos (la anulaci&oacute;n del otro en tanto que otro, a cargo de la empat&iacute;a)&rdquo;. Porque en nombre de ser comprensivos no dejamos de arrasar con el otro poni&eacute;ndole nuestras suposiciones, nuestras atribuciones, nuestras fantas&iacute;as, enoj&aacute;ndonos si no hace lo que nosotros har&iacute;amos. Creemos que el otro necesita lo que nosotros creemos que necesita, lo que nosotros necesitar&iacute;amos en su lugar. Y, muchas veces, sin ni siquiera haber escuchado del otro ning&uacute;n pedido. &iquest;Por qu&eacute; hay que pasar por uno para entender al otro? Porque eso es justamente la comprensi&oacute;n. Porque adem&aacute;s suele haber un gesto de rechazo casi autom&aacute;tico cuando no entendemos al otro.
    </p><p class="article-text">
        El asunto es entonces si resulta soportable -en el sentido de hacer un soporte- acompa&ntilde;ar a otro resisti&eacute;ndose a entenderlo, a&uacute;n en su incomprensibilidad, a&uacute;n en su ilegibilidad, a&uacute;n y sobre todo en eso en lo que el otro es diferente, en eso que jam&aacute;s har&iacute;amos nosotros, en eso que jam&aacute;s elegir&iacute;amos nosotros. &ldquo;No le hagas al otro lo que no te gusta que te hagan a vos&rdquo;, que bien podr&iacute;a ser el mantra de la comprensi&oacute;n, es creerse uno mismo la medida de todo. Tomar de veras en cuenta al otro ser&iacute;a no hacerle lo que al otro no le gusta que le hagan o, mejor a&uacute;n, hacerle al otro lo que le gusta al otro.
    </p><p class="article-text">
        El psicoan&aacute;lisis con el que Jacques Lacan discuti&oacute; y del que se diferenci&oacute; radicalmente -el psicoan&aacute;lisis post freudiano, ese que se aferra m&aacute;s que nada al <em>self</em>- sostiene que la empat&iacute;a y la comprensi&oacute;n resultan fundamentales como modo de trabajo. En 1967 Lacan les habla a los psiquiatras que hab&iacute;an ido a escucharlo para &ldquo;comprender mejor a sus pacientes&rdquo; y les dice: &ldquo;Esta comunidad de registro, ese algo que va a enraizarse en una especie de&nbsp;<em>Einf&uuml;hlung</em>, de&nbsp;empat&iacute;a,&nbsp;que har&iacute;a que el otro se nos volviera transparente, a la manera ingenua en que nosotros nos creemos transparentes a nosotros mismos, aunque m&aacute;s no sea por el hecho de que, justamente,&nbsp;&iexcl;el psicoan&aacute;lisis consiste en descubrir que no somos transparentes a nosotros mismos!&rdquo;, subrayando que no se trata de comprender, no se trata de ese registro de comprender mejor a los pacientes, sino todo lo contrario: &ldquo;es m&aacute;s bien en la localizaci&oacute;n de la no-comprensi&oacute;n, por el hecho de que se disipa, se borra, se pulveriza el terreno de la falsa comprensi&oacute;n, que puede producirse algo que sea ventajoso en la experiencia anal&iacute;tica&rdquo;. Unos a&ntilde;os antes, en el inicio de su ense&ntilde;anza, Lacan es taxativo: &ldquo;una de las cosas que m&aacute;s debemos evitar es precisamente comprender demasiado [&hellip;]. No es lo mismo interpretar que imaginar comprender. Es exactamente lo contrario. Incluso dir&iacute;a que las puertas de la comprensi&oacute;n anal&iacute;tica se abren en base a un cierto rechazo de la comprensi&oacute;n&rdquo;. Dice &ldquo;falsa comprensi&oacute;n&rdquo; porque la comprensi&oacute;n supone que entre el yo y el otro no hay nada: que no hay fantas&iacute;as, suposiciones, fantasmas, lenguaje: nada, nada de nada. Se pretende que el otro nos sea transparente y absolutamente escrutable del mismo modo en que el s&iacute; mismo se supone transparente y escrutable. Por eso Lacan sugiere que &ldquo;es preferible advertir a quienquiera que fuese que no debe creer demasiado en aquello que puede comprender&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        De eso se trata m&aacute;s que nada la abstenci&oacute;n del analista: <strong>un analista se abstiene de compartir una comunidad de sentido, un sentido com&uacute;n con el paciente: se abstiene de comprenderlo</strong>. Eso no significa, por supuesto, una posici&oacute;n c&iacute;nica de su parte. Se trata, m&aacute;s bien, de precisar el mejor modo de no hacer un &ldquo;nosotros&rdquo; con el paciente, para as&iacute; propiciar un espacio en donde lo familiar pueda empezar a hacerse un poco extra&ntilde;o, en donde se pueda albergar la diferencia y en esa diferencia, poder leer algo que antes no se sab&iacute;a. Un analista no comprende, no se pone en el lugar del otro, no apela a un lugar com&uacute;n. Porque ponerse en el lugar del otro no s&oacute;lo es imposible, sino que si fuera posible, ser&iacute;a a condici&oacute;n de sacar al otro de ah&iacute;. Porque no hay dos lugares, sino uno solo. No podemos entrar los dos en los zapatos de uno. Tratar de no entender no significa entonces desentenderse, ser desaprensivos, despreocuparse, no cuidar, sino todo lo contrario: no entender para, justamente, poder leer y suscitar una marca in&eacute;dita aun en eso que se repite ineluctablemente.
    </p><p class="article-text">
        Del mismo modo en que un analista no intenta comprender al paciente -para no hacer una masa de dos-, lo que un an&aacute;lisis produce est&aacute; en las ant&iacute;podas del &ldquo;con&oacute;cete a ti mismo&rdquo;. Un psicoan&aacute;lisis propicia el espacio para desconocerse un poco, para salirse de esa mismidad que insiste, que vuelve, que <em>pasa</em> siempre de la <em>misma </em>manera. Ese espacio s&oacute;lo podr&aacute; ser inaugurado y transitado si ah&iacute;, analista y analizante, pueden soportar no estar en <em>lo mismo</em>, si soportan la inestabilidad, la inquietud de una escena, fr&aacute;gil, en la que se trata de desentenderse de una mismidad que paraliza y que impide, que inhibe y que apremia. Quiz&aacute;s no se trate tanto de no comprender, sino de deshacer la comprensi&oacute;n, de deshacer la pretensi&oacute;n de que comprendemos.
    </p><p class="article-text">
        C&eacute;sar Aira escribe:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&laquo;Te comprendo. &iquest;Qui&eacute;n soy yo para criticarte?&raquo;, dice el bien pensante. Si pensara mejor todav&iacute;a dir&iacute;a: &laquo;Te critico. &iquest;Qui&eacute;n soy yo para comprenderte?&raquo;. En efecto, me parece que comprender, efectuar una aprehensi&oacute;n intelectual, es m&aacute;s presuntuoso, m&aacute;s paternalista, m&aacute;s intrusivo, que arriesgar una cr&iacute;tica. La cr&iacute;tica tiene una humildad, en tanto arriesga, desnuda y pone al descubierto, a la intemperie, el entramado intelectual que sostiene el yo del cr&iacute;tico&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/descomprender_129_8888866.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 05 Apr 2022 10:34:49 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/097431bf-aee5-4eb9-aac3-d68afd6a98e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="185425" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/097431bf-aee5-4eb9-aac3-d68afd6a98e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="185425" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Descomprender]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/097431bf-aee5-4eb9-aac3-d68afd6a98e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Pscicoanálisis,Jacques Lacan,Sigmund Freud]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Intimidad: divino tesoro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/intimidad-divino-tesoro_129_8849245.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c3a76aee-fecc-4bdc-9704-c5a05c26ded9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Intimidad: divino tesoro"></p><p class="article-text">
        Se&ntilde;alar que la posibilidad de hablar de sexo tambi&eacute;n puede ser &uacute;til para los dispositivos del control fue una de las tantas intervenciones l&uacute;cidas de <strong>Michel Foucault</strong>. Se&ntilde;alar que la lengua es fascista, no porque nos proh&iacute;be decir, sino porque nos obliga a decir, fue una de las tantas intervenciones l&uacute;cidas de <strong>Roland Barthes</strong>. Se&ntilde;alar que el inconsciente <em>es</em> lo que decimos fue una de las tantas intervenciones l&uacute;cidas de <strong>Jacques Lacan</strong>. Se trata, en los tres casos, de oponerse a la idea de que decirlo todo es lo contrario de ocultarlo todo. Es sostener la idea de que en el decir hay tambi&eacute;n, y sobre todo, lo que no se dice, lo que se calla, lo que no se puede decir. Y no porque est&eacute; prohibido, sino porque es imposible decirlo todo. Como si decir no fuera siempre un decir m&aacute;s o menos de lo que creemos que decimos, como si en el decir no se cifraran tambi&eacute;n la represi&oacute;n y el retorno de lo reprimido. Como si fuera posible controlar siempre lo que decimos, saber anticipadamente lo que decimos y, m&aacute;s a&uacute;n, suponer que hablando nos entendemos y no que, como suele suceder, hablar es, sobre todo, hacer proliferar el malentendido.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En el decir hay también, y sobre todo, lo que no se dice, lo que se calla, lo que no se puede decir. Y no porque esté prohibido, sino porque es imposible decirlo todo. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Esas tres intervenciones fueron hechas en relaci&oacute;n a un estado de cosas. En el caso de Foucault, se trataba de precisar su concepci&oacute;n novedosa del poder, que el poder no es s&oacute;lo negativo, sino que conlleva positividad: que no solamente proh&iacute;be, que tambi&eacute;n insta. Que no es algo que alguien tiene y el otro no, sino que circula; que no hay poder sin resistencia. En el caso de Barthes, que no hay afuera de la lengua y que s&oacute;lo queda hacerle trampas -como la literatura, como el psicoan&aacute;lisis-, y en el caso de Lacan, que al inconsciente no hay que ir a buscarlo a ninguna profundidad, que no se esconde. O, en rigor, que se esconde a la vista, en la superficie, como la carta robada.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n fue Barthes el que arroj&oacute;, en plena &eacute;poca de la revoluci&oacute;n sexual, que lo que se convirti&oacute; en tab&uacute; despu&eacute;s de que el sexo dejara de serlo, fue la <strong>sentimentalidad</strong>. De lo que se trata, una y otra vez, es de romper con la fantas&iacute;a pueril de que la liberaci&oacute;n es equivalente a mostrarlo todo, a decirlo todo, a saberlo todo y que no existe la manera de que algo no sea tab&uacute;. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">De lo que se trata, una y otra vez, es de romper con la fantasía pueril de que la liberación es equivalente a mostrarlo todo, a decirlo todo, a saberlo todo y que no existe la manera de que algo no sea tabú</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Por eso resulta muy interesante leer hoy ciertos efectos de la revoluci&oacute;n sexual de los a&ntilde;os sesenta. <strong>Dominique Simonnet </strong>realiza una serie de entrevistas en <em>La m&aacute;s bella historia de amor</em> y ah&iacute; queda claro c&oacute;mo el empuje al placer, en la pretensi&oacute;n v&aacute;lida de disociar el sexo del amor y del matrimonio, termina por ser una exigencia en materia sexual. &ldquo;As&iacute;, lentamente, se pas&oacute; del amor id&iacute;lico a la sexualidad obligatoria&rdquo;, dice <strong>Anne-Marie Sohn</strong>. Por su parte, Pascal Bruckner, en esa misma l&iacute;nea, refiere: &ldquo;de pronto, el sexo se volvi&oacute; terrorista. Se pasa de un dogma a otro, sin percatarse porque lo nuevo tiene la apariencia de la maravilla. El placer estaba prohibido. Ahora se vuelve obligatorio. El ambiente corresponde a la intimidaci&oacute;n, no ya por la ley, sino por la norma. La prohibici&oacute;n se invierte, y un nuevo tribunal se instala: no s&oacute;lo hay que hacer el amor de todas las maneras, con todas las personas posibles, sin reticencias, sin tab&uacute;es, sino que adem&aacute;s es preciso que el placer que uno experimente sea el correcto (...). As&iacute;, pues, poco a poco se estableci&oacute; lo que, con Alain Finkielkraut, hab&iacute;amos llamado la dictadura del orgasmo obligatorio, la idea de que los hombres y las mujeres deben gozar de la misma manera (...) el erotismo entra en el campo de la proeza (...) el sexo se convierte en coerci&oacute;n y haza&ntilde;a&rdquo;. Hay m&aacute;s ejemplos en el libro en donde se puede leer que pretender lo imposible ya no nos lleva a la libertad, sino a un estado de soledad cada vez mayor en el que nos sentimos muy idiotas y muy frustrados por no alcanzar esa plenitud gozosa. Hoy en d&iacute;a <em>parece</em> que todo el mundo est&aacute; gozando, porque as&iacute; se muestra. Todo el mundo est&aacute; obligado a gozar, que no es lo mismo. Y es que en ese &ldquo;parecer&rdquo; se pone en evidencia lo que ya muchos autores vienen leyendo en las coordenadas de una &eacute;poca signada por el dar a ver constante. Las apariencias enga&ntilde;an, pero sobre todo, enga&ntilde;an al que aparenta.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text"> Hoy en día parece que todo el mundo está gozando, porque así se muestra. Todo el mundo está obligado a gozar, que no es lo mismo. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Pero el asunto no se reduce solamente al <strong>goce sexual</strong> -si es que eso existe- sino m&aacute;s bien a un modo de estar en lo cotidiano que va siendo amedrentado por la persecuci&oacute;n de la imagen y del dar a ver permanente. Ya no s&oacute;lo se trata de la disoluci&oacute;n entre lo privado y lo p&uacute;blico, sino del avance sobre la intimidad -porque &iacute;ntimo no es lo mismo que privado-. &iquest;Qu&eacute; lugar queda para el refugio de la intimidad? &iquest;D&oacute;nde est&aacute;n a salvo nuestros secretos hoy que todo se puede mirar?
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div id="form1" class="bulletin-subscription">
<div id="msg1">
  <h4>Recibí nuestro newsletter <em>Atención flotante</em><small><br />
Algunas preguntas donde sólo había respuestas, por Alexandra Kohan.</small></h4>
</div>
<form method="post" name="myForm" autocomplete="off">
<INPUT class="formVal" TYPE="hidden" name="list_id" VALUE="74523e5e53">
<INPUT class="formVal" TYPE="hidden" name="segment" VALUE="b2bfac14bd">
<div class="mc-field-group">
<input class="formVal mail-input" id="email" type="email" value="" name="email" placeholder="Escribí tu correo">
</div>
<button type="button" class="button send-btn" onclick="validar();">Suscribite</button>
</form>
<div id="msg2">
<small>Es gratuito y podés darte de baja en cualquier momento.</small>
</div>
</div class="bulletin-subscription">
<div id="error1" style="display: none;">
Ha ocurrido un problema, por favor reintente más tarde.
</div>
<div id="error2"  class="bulletin-subscription" style="display: none;">
Debes ingresar tu dirección email.
</div>
<div id="success1"  class="bulletin-subscription"style="display: none;">
¡Listo! Ya estás anotado. En breve comenzarás a recibir periodismo de autor en tu correo.
</div>

<script language="javascript">
function isEmpty(value){return/^\s*$/.test(value);}
function isEmail(value){return/^[a-z0-9_-]+(?:\.[a-z0-9_-]+)*@[a-z0-9_-]+(?:\.[a-z0-9_-]+)*\.[a-z]{1,15}$/i.test(value);}
function validar() {
  el5 = document.getElementById('email');
  var isOk = true;
  if (isEmpty(el5.value)){
    isOk = false;
  }
  if (isOk){
    var elements = document.getElementsByClassName("formVal");
    var formData = new FormData();
    for(var i=0; i<elements.length; i++) {
      formData.append(elements[i].name, elements[i].value);
    }
    console.log(formData);
    var xmlHttp = new XMLHttpRequest();
    var url = 'https://eldiarioar.ar/mchimp';
    xmlHttp.open('POST', url, true);
    // xmlHttp.setRequestHeader('Content-type', 'application/x-www-form-urlencoded');
    xmlHttp.onreadystatechange = function() {
      if(xmlHttp.readyState == 4 && xmlHttp.status == 200) {
        var r = JSON.parse(xmlHttp.responseText);
        if ('result' in r) {
          console.log(r.result);
          el1 = document.getElementById('form1');
          el2 = document.getElementById('success1');
          el3 = document.getElementById('error1');
          el4 = document.getElementById('error2');
          el5 = document.getElementById('msg2');
          el5.style.display = 'none';
          el1.style.display = 'none';
          el3.style.display = 'none';
          el4.style.display = 'none';
          el2.style.display = 'block';
        } else {
          el3 = document.getElementById('error1');
          el4 = document.getElementById('error2');
          el5 = document.getElementById('msg2');
          el5.style.display = 'none';
          el4.style.display = 'none';
          el3.style.display = 'block';
        }
      }
    }
    xmlHttp.send(formData);
	} else {
    el4 = document.getElementById('error2');
    el4.style.display = 'block';
	}
}
</script>
    </figure><p class="article-text">
        No hay verdad sin velo, &ldquo;la verdad desnuda&rdquo; no es m&aacute;s que un ox&iacute;moron. La verdad singular de cada quien s&oacute;lo puede escribirse entre las l&iacute;neas del decir, en el susurro del lenguaje, lejos de la estridencia de los ruidos. La verdad singular de cada quien no puede decirse sino a medias, en un <em>entre</em>. La verdad singular de cada quien tiende a ser puls&aacute;til e intermitente, se va escribiendo en la alternancia, en el intersticio del lenguaje, en los pliegues, en los peque&ntilde;os espacios que quedan cuando la cosa no encaja del todo, como en esos marcos de la ventana o de las puertas por donde se cuela el chiflido y que se llama &ldquo;luz&rdquo;. Una luz matizada, esa que no enceguece, esa que encuentra c&oacute;mo filtrarse. En las ant&iacute;podas de esa luz algo &#8203;&#8203;subrepticia, se erige inc&oacute;lume y f&eacute;rrea la pretensi&oacute;n de la transparencia tan de estos tiempos. La vida se llena as&iacute; de pasiones tristes, cl&aacute;usulas e ilusiones de reaseguros. Porque, como sugiere <strong>Jean Allouch</strong>, &ldquo;la ideolog&iacute;a de la transparencia es una paranoizaci&oacute;n de la vida&rdquo;. Dif&iacute;cil no sentirse perseguido (o incluso pasar por perseguidor) despu&eacute;s de poner todo a disposici&oacute;n de las miradas omniscientes y omnipresentes del Otro de las redes sociales.
    </p><p class="article-text">
        En tiempos en los que se nos insta a contarlo todo y a revelarlo todo, <strong>Anne Dufourmantelle</strong> hace su defensa del secreto. Y lo que sugiere es que el secreto, ah&iacute; donde el poder lo va tomando todo, es una resistencia. &ldquo;Quiz&aacute;s sea importante defender esta dimensi&oacute;n pol&iacute;tica y espiritual, en esta &eacute;poca en la que se recomienda revelarlo todo (...). &iquest;Qu&eacute; espacio existe hoy para arriesgarse al secreto? No me refiero al &laquo;miserable montoncito de secretos&raquo; de los vicios ocultos o de las posesividades celosas, tampoco al secreto pol&iacute;tico, sino al secreto que hace falta para admitir entre uno y uno: un espesor de noche inquebrantable&rdquo;. Lo dice en un libro de 2011. Luego, en 2015, escribe un libro que se llama <em>Defensa del secreto</em>. Ah&iacute; recorre los distintos modos en los que el secreto constituye el lugar para que se preserve la intimidad amenazada, esa intimidad que nos permite relacionarnos con el mundo, con la alteridad y con lo que hay de propio en la alteridad. En la primera entrada del libro dice (la traducci&oacute;n es m&iacute;a, es torpe): &ldquo;El inconsciente fue especialmente &laquo;inventado&raquo; para tratar de remediar el problema de cierto secreto del cuerpo -ese que se ocupa de nuestro deseo y de sus avatares&rdquo;. Y tambi&eacute;n: &ldquo;ciencia del inconsciente, el psicoan&aacute;lisis postula que existe en nosotros una potencia secreta que se revela en nuestros sue&ntilde;os, nuestros actos fallidos, nuestros lapsus, una verdad que no queremos saber&rdquo;. Por eso Allouch refiere en relaci&oacute;n a estos tiempos que dado que &ldquo;el secreto m&eacute;dico ya no existe m&aacute;s. El psicoan&aacute;lisis me parece casi el &uacute;nico lugar donde alguien puede decir algo a alguien con la seguridad de que &eacute;l no se lo va a repetir a nadie&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En un an&aacute;lisis se escribe una verdad que no estaba antes, pero que ahora empieza a hacerse lugar. Porque, sigue Dufourmantelle, &ldquo;todo secreto est&aacute; en devenir, es un devenir. A menudo lo esencializamos, olvidando que es un acto (de reserva, de separaci&oacute;n, de silencio o de divulgaci&oacute;n) y una potencia&rdquo;. La potencia del secreto como un acto de resistencia al poder, ese que pretende arrasar con nuestra intimidad. El secreto como un acto que puede suscitar una verdad nueva, esa que nunca antes nos hab&iacute;amos querido contar, una verdad que nunca antes hab&iacute;amos querido saber.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/intimidad-divino-tesoro_129_8849245.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 22 Mar 2022 10:42:00 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/c3a76aee-fecc-4bdc-9704-c5a05c26ded9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="185922" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/c3a76aee-fecc-4bdc-9704-c5a05c26ded9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="185922" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Intimidad: divino tesoro]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/c3a76aee-fecc-4bdc-9704-c5a05c26ded9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Intimidad,Roland Barthes,Jacques Lacan,Michel Foucault,Sexualidad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Quién sabe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/quien-sabe_129_8789580.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6f7d8285-3dee-40de-b9a4-dce7240d6f64_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Quién sabe"></p><p class="article-text">
        La noci&oacute;n de saber es enorme y atraviesa distintos momentos, a la vez que distintos estatutos en el psicoan&aacute;lisis en general y en la ense&ntilde;anza de <strong>Jacques Lacan</strong> en particular. Pero, en todo caso, un psicoanalista no es ni un experto, ni un especialista, ni un sujeto que sabe. Su saber no es acumulable, no es reproducible, no es asible. Ya desde el descubrimiento freudiano y desde la fundaci&oacute;n misma del psicoan&aacute;lisis no se trat&oacute; del saber del experto, sino de la suspensi&oacute;n de ese saber para poder escrutar un cuerpo, el cuerpo de la histeria con el que Freud se encontr&oacute;, ese cuerpo que acontec&iacute;a nuevo. Como refiere: &ldquo;Freud hab&iacute;a inventado una pr&aacute;ctica in&eacute;dita en la que ya no era su saber el que guiaba la acci&oacute;n y a la vez, pretend&iacute;a que ese movimiento se mantuviera fuera del alcance del discurso m&eacute;dico y del de los curas&rdquo;. O, como se&ntilde;ala <strong>Jorge Jinkis</strong>, &ldquo;el saber que se deriva de la pr&aacute;ctica anal&iacute;tica no opera como saber en la pr&aacute;ctica, ni es saber sobre la pr&aacute;ctica (...). Cada an&aacute;lisis comienza con una suspensi&oacute;n de saber&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Acostumbrados a ese gesto silenciador que dicta &ldquo;si no sab&eacute;s, no hables&rdquo;, dado que el inconsciente es un saber no sabido, el an&aacute;lisis acaso sea el &uacute;nico espacio en el que se habla <em>porque</em> no se sabe, en el que se habla <em>para</em> saber.
    </p><p class="article-text">
        Mientras la <em>doxa</em> apunta a un universal dogm&aacute;tico que vela por que las relaciones entre el poder y el saber se mantengan inocuas, que vela por que lo que es un artefacto de la ideolog&iacute;a pase por natural, que vela por que el saber, el sentido y la verdad instituidos, muchas veces de manera violenta, aparezcan como dados, como naturales y privados de historia, en el ejercicio anal&iacute;tico se trata de otra cosa. Se trata de abstenerse de cualquier identificaci&oacute;n, desde nosogr&aacute;fica hasta identitaria. Es decir, de resistirse a un saber sobre el otro que termine precipitando un saber sobre la otredad para, en ese punto, reducirla a mismidad. Esto no es tarea f&aacute;cil e incluso puede ser imposible. Pero se trata de resistirse, cada vez, a ese saber que se pretende anticipado. Porque, sigue Jinkis, &ldquo;es imprescindible no-saber para que la pregunta invite al otro a hablar, a decir palabras y a que falten palabras en lo que dice. En cambio, cuando la pregunta es dirigida por el saber est&aacute; menos interesada por las palabras que por el sentido, prepara el lugar donde caer&aacute; la respuesta, espera alguna forma de confirmaci&oacute;n, encuentra alguna forma de obediencia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Agujerear el saber del otro: quiz&aacute;s se trata de algo de eso en la insistente e incesante pregunta de los ni&ntilde;os &ldquo;&iquest;por qu&eacute;?&rdquo;, magistralmente representado por Les Luthiers en <a href="https://www.youtube.com/watch?v=VENkNeay3jE" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>La gallina dijo Eureka</em></a> (hablando de Les Luthiers, recordemos, con Jinkis, que el chiste &ldquo;pretende alcanzar la verdad sobre el saber, agujere&aacute;ndolo&rdquo;).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ab93c0a-3409-4eba-aa63-4c178c1c453b_source-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ab93c0a-3409-4eba-aa63-4c178c1c453b_source-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ab93c0a-3409-4eba-aa63-4c178c1c453b_source-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ab93c0a-3409-4eba-aa63-4c178c1c453b_source-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ab93c0a-3409-4eba-aa63-4c178c1c453b_source-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/3ab93c0a-3409-4eba-aa63-4c178c1c453b_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/3ab93c0a-3409-4eba-aa63-4c178c1c453b_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="@elchara"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                @elchara                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        La pandemia nos puso de frente al no saber del otro de manera descarada, radical, descarnada (no es que el otro antes supiera, es que antes nos hac&iacute;amos los distra&iacute;dos). Como se&ntilde;al&oacute;<strong> Mart&iacute;n Kohan</strong> <a href="https://www.buenosaires.gob.ar/sites/gcaba/files/martin_kohan_-_que_va_a_pasar_.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ac&aacute;</a>: &ldquo;si algo define el estado de situaci&oacute;n en el que nos encontramos, es que, como nunca y m&aacute;s que nunca, no se sabe. Lo cual no ser&iacute;a algo in&eacute;dito de por s&iacute;, porque desde S&oacute;crates en adelante, asumir lo que no se sabe es el punto de partida (y m&aacute;s que eso, la condici&oacute;n de posibilidad) para alcanzar alg&uacute;n saber. Es lo primero que hay que saber: que no sabemos. Y as&iacute; la duda pasa a ser lo &uacute;nico con lo que en principio contamos, tanto como para dotarla del car&aacute;cter sostenido de un m&eacute;todo. Pero en esas formas de dar lugar a lo que no se sabe, no deja de primar la firmeza de un saber: en definitiva hay un saber que funciona como anfitri&oacute;n, de ah&iacute; que se pueda ser completamente hospitalario al alojar lo que no se sabe. Si sabemos lo que no sabemos (en qu&eacute; consiste, qu&eacute; alcances tiene), no hay motivos de inquietud. Saber lo que no se sabe, o no saber para poder as&iacute; saber, son variantes que en verdad nos confirman&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Desde <em>Mitolog&iacute;as</em>, de Roland Barthes, por lo menos, estamos atentos a la manera en que las publicidades trafican -y producen- la ideolog&iacute;a de la cultura de masas moderna. Si algo hace bien la l&oacute;gica del mercado, es producir, a la vez que leer, los imperativos de una &eacute;poca o de un tiempo; los agujeros que hay que tapar indefectiblemente para que no haya angustia y seguir consumiendo o, en rigor, para consumir y tapar el agujero de la angustia. Hace unos d&iacute;as, escuch&eacute; y vi dos publicidades que remarcan el saber como una cualidad invaluable. La primera es de una empresa de salud que dice &ldquo;sabemos que sab&eacute;s&rdquo; (no me acuerdo qu&eacute; es lo que sab&iacute;amos). Entiendo que una empresa de salud, en este momento en que la salud est&aacute; siendo <em>el </em>objeto de la incertidumbre, tiene que asegurarse sabiendo incluso lo que no sabe. Pero esa transferencia hacia el saber del otro, ese &ldquo;sabemos que sabes&rdquo;, no deja de ser tambi&eacute;n un poco persecutorio. Y no me parece menor ni casual que en estos tiempos la vigilancia se disfrace de contenci&oacute;n. M&aacute;s tarde, ese mismo d&iacute;a, escuch&eacute; en la radio el eslogan de una cerveza que dice &ldquo;saber tiene su recompensa&rdquo;. Se trata, en esa publicidad, de saber disfrutar. Para disfrutar, hay que saber. Disfrutar y saber: dos imperativos de la tiran&iacute;a de la felicidad. Y me acord&eacute; de otra publicidad que desliza el siguiente sentido com&uacute;n: para saber sobre uno, no hay como las madres. Es la publicidad que anuncia, por fin, el loable programa de reconocimiento de aportes por tareas de cuidado. Y cuyo eslogan es &ldquo;para las madres que saben todo&rdquo;. El esperado reconocimiento a esas mujeres no puede publicitarse sin la siguiente ideolog&iacute;a: una madre es la que est&aacute; al tanto de todo, la que sabe todo (&iquest;s&oacute;lo esa clase de mujeres &ldquo;merecen&rdquo; el reconocimiento del Estado?). En la publicidad se ve adem&aacute;s c&oacute;mo ese saber de las madres -presentado como una cualidad- termina silenciando a los hijos. Ellos no pueden terminar de hablar, porque las madres les dicen &ldquo;ya s&eacute;&rdquo; (hablar por los hijos, hablar en lugar de que hablen los hijos, hablar sobre los hijos atribuy&eacute;ndoles nuestro saber es, sin dudas, una de las peores cosas que hacemos las madres). Una madre que lo sabe todo: vaya figura. Por otra parte, aprendimos, con el psicoan&aacute;lisis, que lo m&aacute;s aliviador para un hijo es que una madre -o un padre- no se presente como sabi&eacute;ndolo <em>todo</em>, que mejor tenga sus peque&ntilde;as distracciones, sus desentendimientos. El saber de las madres -o de los padres- en general, y sobre sus hijos, en particular, tiende a resultar aplastante. Acaso la neurosis est&eacute; hecha, en parte, de eso mismo. Acaso un an&aacute;lisis se trate de horadar, una y otra vez, ese saber del otro.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Mi madre siempre fue la due&ntilde;a del lenguaje.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&nbsp;&nbsp;La guardiana de la joyer&iacute;a verbal, con todas sus prosodias, sus locuciones, sus formas adverbiales,&nbsp; adjetivas, nominales y, sobre todo, adversativas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Un aula entera de ret&oacute;rica adentro de la ni&ntilde;a que yo era&ldquo;. Escribe <strong>Mar&iacute;a Negroni.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Y tambi&eacute;n:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;con sus palabras mordaces, que usaba como cuchillos (y a veces como p&uacute;as&nbsp; delicadas) adivinaba la sombra de las cosas, el sarro del pensamiento (...).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sab&iacute;a d&oacute;nde y c&oacute;mo herir&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hablando de madres y de hijas: vi un video filmado por una madre, de una ni&ntilde;a que, mientras est&aacute; en la suya -creo que untando una tostada- canta <em>El amor despu&eacute;s del amor,</em> de Fito Pa&eacute;z y produce un deslizamiento contundentemente bello: en lugar de cantar, como dice la canci&oacute;n, &ldquo;Nadie puede/y nadie debe/vivir, vivir sin amor&rdquo;, la ni&ntilde;a socr&aacute;tica duda un poco mientras est&aacute; cantando y dice: &ldquo;Nadie puede/ y <em><strong>nadie sabe</strong></em>/ vivir, vivir sin amor&rdquo;. El no saber en lugar del deber, los ni&ntilde;os siempre se las arreglan para inventar un modo de correrse del lugar en el que se los espera.
    </p><p class="article-text">
        Gracias a Facundo Milman me enter&eacute; de que El Talmud dice: &ldquo;ens&eacute;&ntilde;ale a tu lengua a decir &laquo;no lo s&eacute;&raquo; para que no se enrede en una telara&ntilde;a de enga&ntilde;o&rdquo;. Agradezco esta cita que me suscit&oacute; alegr&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El supuesto saber del otro, ese que se presenta sin agujeros, puede resultar por momentos un alivio, pero no deja de ser un narc&oacute;tico ah&iacute; donde obtura las preguntas, ah&iacute; donde nos silencia, ah&iacute; donde nos hace obedecer despoj&aacute;ndonos de la hermosa posibilidad de ir hacia un destino que nunca est&aacute; escrito.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/quien-sabe_129_8789580.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 01 Mar 2022 03:02:45 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/6f7d8285-3dee-40de-b9a4-dce7240d6f64_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="90143" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/6f7d8285-3dee-40de-b9a4-dce7240d6f64_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="90143" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Quién sabe]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/6f7d8285-3dee-40de-b9a4-dce7240d6f64_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Jacques Lacan,Sigmund Freud,Roland Barthes,Les Luthiers]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Psicoanálisis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/psicoanalisis_129_8767262.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Psicoanálisis"></p><p class="article-text">
        Cuando se representa el <strong>psicoan&aacute;lisis</strong> en la ficci&oacute;n suele suceder que se hace de &eacute;l un estereotipo. Algo de eso refiere <strong>Lacan </strong>cuando dice que en las pel&iacute;culas los analistas suelen ser encantadores y, agrega, &ldquo;el an&aacute;lisis es la &uacute;nica <em>praxis</em> en la que el encanto es un inconveniente&rdquo;. Es inconveniente si pensamos el encanto en su dimensi&oacute;n de sugesti&oacute;n, de encantamiento; y lo es tambi&eacute;n en el sentido de pretender ser amado por los &ldquo;propios encantos&rdquo; (si algo muestra la transferencia, es que sus efectos no pueden ponerse a cuenta de las cualidades personales del analista). En esa misma l&iacute;nea, Daniel Samoilovich dice: &ldquo;la s&aacute;tira del psicoan&aacute;lisis ha ca&iacute;do frecuentemente en una peligrosa tentaci&oacute;n: la extrema simplificaci&oacute;n de su objeto, la reducci&oacute;n del psicoan&aacute;lisis a unas pocas im&aacute;genes para luego montar la broma sobre ellas&rdquo;. Lo dice en el pr&oacute;logo de un libro muy simp&aacute;tico que public&oacute; en 1980: <em>C&oacute;mo jugar y divertirse con Freud y el psicoan&aacute;lisis</em> (un libro de juegos y&nbsp; acertijos)<em>.</em> Y luego dice que le gustar&iacute;a que los lectores de su libro nos ri&eacute;ramos, no s&oacute;lo de esos estereotipos, sino tambi&eacute;n de las intimidades del psicoan&aacute;lisis, &ldquo;de su ret&oacute;rica y de sus temas reales&rdquo;. Y propone que esa risa sea una risa &ldquo;relativamente c&oacute;mplice&rdquo;. Y entonces me acuerdo de eso que dijo Lacan muy al comienzo de su ense&ntilde;anza, en 1954, cuando estaba intentando sacar al psicoan&aacute;lisis del sopor y de la solemnidad, del sopor de la solemnidad: &ldquo;nosotros estamos en la &eacute;poca en que verdaderamente se trata de psicoan&aacute;lisis. Cuando m&aacute;s cerca del psicoan&aacute;lisis divertido estemos, m&aacute;s cerca estaremos del verdadero psicoan&aacute;lisis. Con el tiempo se ir&aacute; desgastando, se har&aacute; por aproximaciones y triqui&ntilde;uelas (...). Regocij&eacute;monos pues, a&uacute;n hacemos psicoan&aacute;lisis&rdquo;. Lo cierto es que nunca podemos saber si estamos haciendo psicoan&aacute;lisis. Porque no basta con decirnos &ldquo;psicoanalistas&rdquo;. No es una cuesti&oacute;n de profesi&oacute;n, ni de t&iacute;tulo habilitante, ni mucho menos de identidad. &ldquo;A m&iacute; me gusta citar siempre a Alfred Jarry, el inventor de la pataf&iacute;sica, la defin&iacute;a como &laquo;la ciencia de los objetos singulares que tienen la cualidad de no existir&raquo;. Se parece bastante al psicoan&aacute;lisis&rdquo;, dice <strong>Germ&aacute;n Garc&iacute;a </strong>en una entrevista de las compiladas por C&eacute;sar Mazza en <em>Palabras de ocasi&oacute;n</em>. Al otro lado de esa misma p&aacute;gina dice: &ldquo;el psicoan&aacute;lisis es algo que est&aacute; entre el poema y las ciencias&rdquo;. Hay much&iacute;simas definiciones de lo que ser&iacute;a el psicoan&aacute;lisis porque &ldquo;El psicoan&aacute;lisis&rdquo;, parafraseando a Florencia Angilletta, no existe.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div id="form1" class="bulletin-subscription">
<div id="msg1">
  <h4>Recibí nuestro newsletter <em>Atención flotante</em><small><br />
Algunas preguntas donde sólo había respuestas, por Alexandra Kohan.</small></h4>
</div>
<form method="post" name="myForm" autocomplete="off">
<INPUT class="formVal" TYPE="hidden" name="list_id" VALUE="74523e5e53">
<INPUT class="formVal" TYPE="hidden" name="segment" VALUE="b2bfac14bd">
<div class="mc-field-group">
<input class="formVal mail-input" id="email" type="email" value="" name="email" placeholder="Escribí tu correo">
</div>
<button type="button" class="button send-btn" onclick="validar();">Suscribite</button>
</form>
<div id="msg2">
<small>Es gratuito y podés darte de baja en cualquier momento.</small>
</div>
</div class="bulletin-subscription">
<div id="error1" style="display: none;">
Ha ocurrido un problema, por favor reintente más tarde.
</div>
<div id="error2"  class="bulletin-subscription" style="display: none;">
Debes ingresar tu dirección email.
</div>
<div id="success1"  class="bulletin-subscription"style="display: none;">
¡Listo! Ya estás anotado. En breve comenzarás a recibir periodismo de autor en tu correo.
</div>

<script language="javascript">
function isEmpty(value){return/^\s*$/.test(value);}
function isEmail(value){return/^[a-z0-9_-]+(?:\.[a-z0-9_-]+)*@[a-z0-9_-]+(?:\.[a-z0-9_-]+)*\.[a-z]{1,15}$/i.test(value);}
function validar() {
  el5 = document.getElementById('email');
  var isOk = true;
  if (isEmpty(el5.value)){
    isOk = false;
  }
  if (isOk){
    var elements = document.getElementsByClassName("formVal");
    var formData = new FormData();
    for(var i=0; i<elements.length; i++) {
      formData.append(elements[i].name, elements[i].value);
    }
    console.log(formData);
    var xmlHttp = new XMLHttpRequest();
    var url = 'https://eldiarioar.ar/mchimp';
    xmlHttp.open('POST', url, true);
    // xmlHttp.setRequestHeader('Content-type', 'application/x-www-form-urlencoded');
    xmlHttp.onreadystatechange = function() {
      if(xmlHttp.readyState == 4 && xmlHttp.status == 200) {
        var r = JSON.parse(xmlHttp.responseText);
        if ('result' in r) {
          console.log(r.result);
          el1 = document.getElementById('form1');
          el2 = document.getElementById('success1');
          el3 = document.getElementById('error1');
          el4 = document.getElementById('error2');
          el5 = document.getElementById('msg2');
          el5.style.display = 'none';
          el1.style.display = 'none';
          el3.style.display = 'none';
          el4.style.display = 'none';
          el2.style.display = 'block';
        } else {
          el3 = document.getElementById('error1');
          el4 = document.getElementById('error2');
          el5 = document.getElementById('msg2');
          el5.style.display = 'none';
          el4.style.display = 'none';
          el3.style.display = 'block';
        }
      }
    }
    xmlHttp.send(formData);
	} else {
    el4 = document.getElementById('error2');
    el4.style.display = 'block';
	}
}
</script>
    </figure><p class="article-text">
        Para Lacan la pregunta &ldquo;&iquest;qu&eacute; es el psicoan&aacute;lisis?&rdquo; es una pregunta un poco ploma, pesada, una pregunta equivalente a cargar con un muerto, una especie de trabajo de esos que nadie quiere hacer. Por eso se da el lujo de contestar con la siguiente tautolog&iacute;a: &ldquo;es el tratamiento dispensado por un psicoanalista&rdquo;. Unos a&ntilde;os despu&eacute;s dice: &ldquo;todo el mundo cree saber lo que es el psicoan&aacute;lisis, salvo los psicoanalistas, y eso es lo molesto. Ellos son los &uacute;nicos que no lo saben (...) si creyeran saberlo de inmediato, ser&iacute;a grave&rdquo;. Y luego, en una entrevista refiere: &ldquo;proponer ayudar a las personas significa el &eacute;xito asegurado y la clientela detr&aacute;s de la puerta. El psicoan&aacute;lisis es otra cosa&rdquo;. El &ldquo;otra cosa&rdquo; va en la l&iacute;nea del &ldquo;no es eso&rdquo; que permite, justamente, <strong>no fijar las cosas en una definici&oacute;n</strong>, en una esencia, en un ser, en un estereotipo. &ldquo;No se trata de eso&rdquo; ser&iacute;a un buen modo de resistir a la pretensi&oacute;n del sentido acabado, fijo y absoluto. Si el psicoan&aacute;lisis es una experiencia, muchas veces resulta una experiencia intransferible, indefinible e inexplicable que transcurre en una intimidad in&eacute;dita, &uacute;nica. Siempre me result&oacute; conmovedor escuchar o leer el modo en que Allouch se refiere a su encuentro con Lacan: &ldquo;el psicoan&aacute;lisis que me hac&iacute;a falta era ese. Estaba all&iacute;. El analista que me hac&iacute;a falta era &eacute;l&rdquo;. Acaso una certeza invaluable.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_source-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_source-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_source-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_source-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_source-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_source-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="@elchara"
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                @elchara                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Hace no mucho el psicoanalista Santiago Thompson dijo: &ldquo;el psicoan&aacute;lisis es fuertemente cuestionado, y est&aacute; a punto de morir (no importa en qu&eacute; a&ntilde;o, d&eacute;cada, siglo, leas esto)&rdquo;, y a continuaci&oacute;n public&oacute; un n&uacute;mero de la revista <em>Time </em>de noviembre de 1993, en cuya tapa est&aacute; la imagen de Freud con la pregunta &ldquo;Is Freud dead?&rdquo;. Freud est&aacute; muerto, s&iacute;. Pero el psicoan&aacute;lisis es una lengua viva en la medida en que se pueda seguir llevando a cabo una lectura no dogm&aacute;tica. Los textos est&aacute;n vivos y la cuesti&oacute;n pasa por los modos de leer. Y esos modos de leer tambi&eacute;n son los modos de leer en el ejercicio anal&iacute;tico (Allouch dice que prefiere &laquo;ejercicio&raquo; a &laquo;pr&aacute;ctica&raquo; porque esta &uacute;ltima remitir&iacute;a a &laquo;teor&iacute;a&raquo;, mientras que &laquo;ejercicio&raquo; aleja a la teor&iacute;a del mismo modo en que &ldquo;estamos invitados a hacerlo en el ejercicio anal&iacute;tico&rdquo;), un ejercicio, entonces, que se espera no sea la aplicaci&oacute;n de una teor&iacute;a o de una perspectiva en particular. Ni siquiera se trata de escuchar, se trata de leer.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Freud está muerto, sí. Pero el psicoanálisis es una lengua viva en la medida en que se pueda seguir llevando a cabo una lectura no dogmática. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Me gusta cuando Lacan, hablando de Freud, dice: &ldquo;&iquest;C&oacute;mo se lo puede juzgar como superado si no lo hemos comprendido enteramente? Lo que sabemos es que ha dado a conocer cosas totalmente novedosas que no se hab&iacute;an imaginado antes de &eacute;l (...)&rdquo;. Las sentencias de muerte al psicoan&aacute;lisis empezaron con el nacimiento del psicoan&aacute;lisis. Ya Freud dijo: &ldquo;una de las primeras aplicaciones del psicoan&aacute;lisis fue la de ense&ntilde;arnos a comprender la enemistad que nuestros contempor&aacute;neos nos demostraban por cultivarlo&rdquo;. Y tambi&eacute;n: &ldquo;el psicoan&aacute;lisis es creaci&oacute;n m&iacute;a, yo fui durante diez a&ntilde;os el &uacute;nico que se ocup&oacute; de &eacute;l, y todo el disgusto que el nuevo fen&oacute;meno provoc&oacute; en los contempor&aacute;neos se descarg&oacute; sobre mi cabeza en forma de cr&iacute;tica&rdquo;. Me pregunto, cada vez que surgen los cuestionamientos y las hostilidades, a qu&eacute; psicoan&aacute;lisis se dirigen. No me refiero a los debates, esos que creo necesarios incluso en el propio campo de los psicoan&aacute;lisis (dice Allouch: est&aacute; la crisis de la corriente del psicoan&aacute;lisis intersubjetivo en Norteam&eacute;rica, tambi&eacute;n la de los lacanianos que no han decidido su posici&oacute;n respecto a Freud, que no saben claramente c&oacute;mo situarse, y muchas otras. Es decir, son crisis locales que tienen que ver con cuestiones de cada uno de los grupos, y que obedecen a posiciones diferentes. Las instituciones dan indicaciones de c&oacute;mo leer, y el psicoanalista que pertenece a una instituci&oacute;n o a un grupo adopta, a veces sin saberlo, una manera de practicar el an&aacute;lisis, de leer, de teorizar, de pensar), me refiero a las amenazas del estilo &ldquo;ya se les va a terminar&rdquo;, o a la nefasta costumbre de meterse con el trabajo de los analistas amenaz&aacute;ndolos con denunciarlos, me refiero tambi&eacute;n a las agresiones personales habituales. Porque, como dijo el psicoanalista Sebasti&aacute;n Gamazo, &ldquo;en general la &laquo;cr&iacute;tica&raquo; que pregona &laquo;el psicoan&aacute;lisis es X cosa&raquo; suele ser de lo m&aacute;s inespec&iacute;fica, no se critica a un analista, a un autor, a quien se&ntilde;ala tal o cual cosa, se le atribuye la potestad del psicoan&aacute;lisis a ese que no se nombra&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las cr&iacute;ticas al psicoan&aacute;lisis, &iquest;son al psicoan&aacute;lisis? O, en rigor, &iquest;a qu&eacute; psicoan&aacute;lisis? Quiz&aacute;s al representado estereotipadamente, desde la violencia del prejuicio, desde la fijeza de la atribuci&oacute;n, desde los propios fantasmas. Como cuando Lacan dice &ldquo;la gente capaz de manifestar las apreciaciones m&aacute;s desagradables sobre el psicoan&aacute;lisis invocar&aacute; en otros momentos tal o cual hecho, hasta tal o cual principio o incluso precepto del psicoan&aacute;lisis, citar&aacute; a un psicoanalista, invocar&aacute; lo adquirido de cierta experiencia como si se tratara de la experiencia psicoanal&iacute;tica&rdquo;. Incluso agrega que, si se piensa en lo que son las exigencias del esp&iacute;ritu cient&iacute;fico, el psicoan&aacute;lisis es fuerte como un roble.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hace tiempo he reconocido que el inevitable destino del psicoan&aacute;lisis es mover a contradicci&oacute;n a los hombres e irritarlos&rdquo;, dijo Freud. Esa irritaci&oacute;n quiz&aacute;s tenga que ver con lo que Allouch precisa: &ldquo;el psicoan&aacute;lisis est&aacute; m&aacute;s del lado de lo que la sociedad no puede controlar, del lado del loco, de quien tiene s&iacute;ntomas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La vida cambia. El psicoan&aacute;lisis tambi&eacute;n cambia&rdquo;, dijo Freud. Lo que no cambia jam&aacute;s son las cr&iacute;ticas dirigidas hacia su invento, ese que a su vez cambi&oacute; el mundo para siempre.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/psicoanalisis_129_8767262.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 22 Feb 2022 10:44:42 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="325460" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="325460" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Psicoanálisis]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/f93f9b37-ebfb-4eeb-b765-5e96fd4674f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Jacques Lacan,Sigmund Freud,Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
