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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Norma Morandini]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/norma-morandini/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Norma Morandini]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Sobre la memoria y el dolor, o cómo escribir desde la propia vulnerabilidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/memoria-dolor-escribir-propia-vulnerabilidad_1_9211721.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cb550c28-9f77-4265-8323-5a8de302b38c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre la memoria y el dolor, o cómo escribir desde la propia vulnerabilidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Silencios. Memoria ruidosa sobre lo acallado, es el último libro de la periodista Norma Morandini, un ensayo en el que vuelve a reflexionar sobre la desaparición de sus hermanos, Néstor y Cristina, durante la dictadura militar. Sobre este dolor debate acerca de la ideologización de los organismos de derechos humanos.</p></div><p class="article-text">
        <em>Silencios. Memoria ruidosa sobre lo acallado</em>, el &uacute;ltimo libro de <strong>Norma Morandini</strong> (Sudamericana, 2022) <strong>es un libro valiente, reflexivo, emotivo y pol&eacute;mico.</strong> Diez a&ntilde;os despu&eacute;s de&nbsp;<em>De la culpa al perd&oacute;n</em>&nbsp;(Sudamericana, 2012), la autora regresa con este nuevo ensayo que, seg&uacute;n cuenta, solo pudo escribir tras la muerte de su madre, una de las fundadoras de la delegaci&oacute;n cordobesa de la asociaci&oacute;n Madres de Plaza de Mayo. La reflexi&oacute;n en la que se aventura Morandini recorre un camino que va de la introspecci&oacute;n en el dolor por la desaparici&oacute;n de sus dos hermanos, N&eacute;stor y Cristina, a la cr&iacute;tica de la<strong> deriva ideologizada y facciosa que encuentra en los organismos de derechos humanos</strong>, en los gobiernos kirchneristas, en cierta militancia oportunista. Queda claro, pronto en el libro, el riesgo que asume la autora en esa ida y vuelta entre lo personal y lo pol&iacute;tico, en la exposici&oacute;n p&uacute;blica de lo &iacute;ntimo: <strong>exhibir la propia vulnerabilidad</strong>, pensar desde lo m&aacute;s hondo del da&ntilde;o, polemizar a partir de las emociones. Pero <strong>Morandini asume el desaf&iacute;o con solvencia y con astucia</strong>.
    </p><blockquote class="twitter-tweet" data-lang="es"><a href="https://twitter.com/X/status/1509917859056660483?ref_src=twsrc%5Etfw"></a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script><p class="article-text">
        Morandini trabaja su reflexi&oacute;n, decimos, partiendo de una indagaci&oacute;n personal y desde all&iacute; se mueve hacia el mundo com&uacute;n, hacia los problemas heredados de nuestro pasado violento, y luego, nuevamente, una y otra vez, vuelve a interrogar lo que ella misma vivi&oacute;, vive y siente sobre esos fen&oacute;menos que hacen al pasado y a la memoria hist&oacute;rica, y tambi&eacute;n al olvido. El estilo de su escritura es rizom&aacute;tico. Desde una mirada acad&eacute;mica, podr&iacute;a lamentarse que la autora no se detenga un poco m&aacute;s en profundizar sobre los temas que, en nuestro pa&iacute;s, hemos dejado pasar cada vez livianamente o por alguna que otra &ldquo;extorsi&oacute;n emocional&rdquo; (como llama a la facilidad con la que se acusa de defender la dictadura a quienquiera se corra un mil&iacute;metro de los lugares comunes instalados), que no desarrolle los argumentos faltantes de los debates truncos, que no ofrezca la cr&oacute;nica al detalle de los dilemas que le toc&oacute; vivir de cerca. Pero Morandini se reconoce ajena a la mirada acad&eacute;mica, a la que reprocha esa misma falta de profundidad, como tambi&eacute;n <strong>toma distancia de los oportunistas pol&iacute;ticos que, callados cuando era necesario alzar la voz, devienen ahora comisarios pol&iacute;ticos</strong> y militantes estridentes de una ideolog&iacute;a oficial y compacta. Este es el costado m&aacute;s pol&eacute;mico del libro. Pero Morandini no se queda en la conocida diatriba que caracteriza hoy al estado de la opini&oacute;n sobre el pasado reciente. Explora las razones de las emociones para clarificar los motivos del malestar de nuestra memoria colectiva y de la concepci&oacute;n de los derechos humanos y el consenso del Nunca M&aacute;s. Y para salir del atolladero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras trabajaba en esta rese&ntilde;a, lleg&oacute; a mis manos &ndash;en verdad, a la pantalla de mi ordenador&ndash; la columna de <strong>Tamara Tenenbaum </strong>en <strong>elDiarioAR</strong> titulada&nbsp;<a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/mar-pasarnos_129_9033576.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;Sobre el mar: nada puede pasarnos&rdquo;</a>, que contiene una reflexi&oacute;n sobre la relaci&oacute;n&nbsp;de la autora con el mar desde ni&ntilde;a, y donde subraya el efecto de la sal sobre las heridas abiertas: &ldquo;Suelo tener tantas roturas en el cuerpo&rdquo;, escribe Tenenbaum, &ldquo;que ni siquiera s&eacute; cu&aacute;ntas tengo a la vez (&hellip;) y lo que me parec&iacute;a espectacular era que entraba al mar y ah&iacute; s&iacute; pod&iacute;a contarlas todas. No las sent&iacute;a en general: sent&iacute;a arder la sal en cada una. El mar me dibujaba en el cuerpo un mapa de todo lo abierto que me quedaba. Desde siempre es eso lo que me gusta del dolor: en un mundo ambiguo, el dolor pone todo en su lugar.&nbsp;<strong>El dolor sirve para encontrar los lugares donde pasan las cosas.</strong>&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        En un mundo ambiguo, el dolor pone las cosas en su lugar. Esa idea termin&oacute; de aclarar, en m&iacute;, lo que yo percib&iacute;a del libro de Norma Morandini. Podr&iacute;a decirse que, en&nbsp;<em><strong>Silencios</strong></em><strong>, el dolor ordena</strong>. No se trata del viejo t&oacute;pico de lo inenarrable del da&ntilde;o sufrido &ndash;no es solo eso-, ni de solazarse en las emociones o buscar, a trav&eacute;s de ellas, alg&uacute;n efecto sobre el lector que la raz&oacute;n por sus propios medios no producir&iacute;a. No hay tal oposici&oacute;n entre las emociones y la raz&oacute;n en el libro. El dolor ordena la reflexi&oacute;n, rescata a la raz&oacute;n del olvido trabajado otras emociones (el resentimiento, el enojo, la ira), da sustento a las evaluaciones morales y permite jerarquizar lo que importa &ndash;lo que deber&iacute;a importarnos en una sociedad que vivi&oacute; el terror de estado. Por ejemplo, de ese dolor como hecho colectivo, nos dice Norma Morandini, nace el derecho a hacer preguntas de cuyas respuestas nadie puede arrogarse autoridad excluyente. Morandini desconf&iacute;a de quienes gritan e insultan ante la pregunta inc&oacute;moda, la discusi&oacute;n o el desacuerdo respecto del relato establecido sobre el pasado reciente, de quienes abrazan la victimizaci&oacute;n, comprensiblemente unas veces, de manera oportunista otras, para hostigar. Sin embargo, el&nbsp;dolor es m&aacute;s fuerte que la ira, nos dice, como un lema que el libro ofrece al mundo y a la memoria colectiva, a la Argentina en particular, porque aqu&iacute; somos &ldquo;incapaces de reconocernos en el mismo dolor&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Si el dolor ordena es porque existe un cierto desorden, o ambig&uuml;edad, de acuerdo con la met&aacute;fora de Tenenbaum. No hay equ&iacute;voco alguno respecto del da&ntilde;o, de las &ldquo;roturas&rdquo;. Pero no sabemos d&oacute;nde est&aacute;n, ni cu&aacute;l es m&aacute;s grande o cu&aacute;l est&aacute; m&aacute;s cicatrizada y cu&aacute;l a&uacute;n supura. La situaci&oacute;n de nuestra memoria hist&oacute;rica ser&iacute;a, por tanto, cr&iacute;tica, desplazada, plagada de olvidos. Norma Morandini nos invita a entrar al mar, a abandonar la ira, las comodidades, las mezquindades del paisaje de la memoria y los derechos humanos tal como este ha sido establecido, congelado como un relato oficial y homog&eacute;neo. Un paisaje que, antes que ambiguo, aparece recortado, congelado, tergiversado, arbitrario, y que es celado por un comisariado de las ideas, los discursos y los foros. Todo eso, nos dice, producto de la ideologizaci&oacute;n, la politizaci&oacute;n, la manipulaci&oacute;n y la apropiaci&oacute;n del drama de nuestro pasado reciente. No se trata tanto de poner las cosas en su lugar como de recordar o preguntarse d&oacute;nde era que estaban aquellas cosas, las cosas que importan. Y lo primero que ha sido desplazado es el dolor, y eso ha sido as&iacute; en gran medida por la preminencia de las emociones negativas, en particular el odio (pero tambi&eacute;n la ira, el resentimiento, el deseo de venganza).
    </p><p class="article-text">
        <strong>Morandini realiza un diagn&oacute;stico sin rodeos:</strong> durante la d&eacute;cada gobernada por el kirchnerismo, el pa&iacute;s se fue alejando del consenso en torno al Nunca M&aacute;s forjado en los comienzos de la democracia. La bisagra de esa deriva la encuentra en los dos actos de conmemoraci&oacute;n del 24 de marzo en 2004. En el primero, en el Colegio Militar, el presidente Kirchner mand&oacute; retirar los cuadros de los dictadores Videla y Bignone de la galer&iacute;a de directores de esa instituci&oacute;n e inst&oacute; a las fuerzas armadas a plegarse al Nunca M&aacute;s. En el segundo, en la Escuela de Mec&aacute;nica de la Armada, el presidente se identific&oacute; con las v&iacute;ctimas, habl&oacute; de enemigos de la patria y pidi&oacute; perd&oacute;n en nombre del Estado nacional por haber acallado durante veinte a&ntilde;os, en lo que la autora encuentra una ofensa a los testigos de antes, los sobrevivientes que declararon ante la Conadep y en el juicio a las Juntas, los fiscales, los jueces. En adelante, <strong>los organismos de derechos humanos se partidizan,</strong> ganan favores del Gobierno, abandonan la invocaci&oacute;n de derechos desde la plaza p&uacute;blica. Nace all&iacute;, sugiere Morandini, el obst&aacute;culo m&aacute;s reciente a nuestra imposibilidad de hacernos preguntas y debatir sobre el pasado reciente, y tambi&eacute;n de asumir responsabilidades.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si miramos&nbsp;aquello sobre lo que no hemos podido debatir p&uacute;blicamente, Norma Morandini ofrece un registro: la ley 26.548 que regula el Banco Nacional de Datos Gen&eacute;ticos y mantiene una exclusi&oacute;n de los y las ciudadanos/as que busquen su identidad o filiaci&oacute;n pero no hayan sido v&iacute;ctimas de la &uacute;ltima dictadura; el dilema de la extracci&oacute;n compulsiva de ADN para establecer filiaciones; la finalidad del museo de la ESMA, el uso de sus instalaciones para actividades festivas (asados, murgas), y el sentido de un museo de Malvinas dentro del predio; el n&uacute;mero de v&iacute;ctimas (el sentido de la pregunta, y de la clausura de la pregunta); los modos de nombrar los hechos del pasado reciente (genocidio, dictadura c&iacute;vico militar, &ldquo;ex&rdquo;-ESMA); el pr&oacute;logo a&ntilde;adido en 2006 al informe de la CONADEP; la responsabilidad de la izquierda armada, en particular, de Montoneros. Por cierto, sobre varios de esos temas, el mundo acad&eacute;mico ha producido sus textos, pero muy poco de eso, si acaso algo, dio lugar o nutri&oacute; al debate p&uacute;blico. Al contrario, las intervenciones p&uacute;blicas producidas desde ese &aacute;mbito han estado mayormente dirigidas a marcar los l&iacute;mites de lo debatible. Morandini no se interesa en estas declaraciones pero recuerda la hostilidad de la que fue objeto, encabezada p&uacute;blicamente por voces autorizadas del movimiento de derechos humanos, por participar en un coloquio sobre la cultura del di&aacute;logo (en particular, entre partes enfrentadas en los a&ntilde;os 70) organizado por la Universidad Cat&oacute;lica Argentina en 2015.
    </p><p class="article-text">
        El c&uacute;mulo de frustraciones en el orden del debate y la palabra p&uacute;blicos halla su origen &ndash;el origen del silencio, en uno de los sentidos que Morandini da al vocablo que titula el libro&ndash; en la naturaleza del Mal perpetrado y sufrido (porque es un tema sensible, porque hablar de eso requiere de tiempo, porque no todo es blanco o negro, hay zonas grises) y en las emociones negativas (el odio en primer lugar) que, detr&aacute;s de las razones esgrimidas, atizan el enfrentamiento y buscan censurar al otro. Morandini no cede sin embargo a ese gesto moral y descalificador, tan com&uacute;n hoy, de se&ntilde;alar en otros el odio sin dar cuenta de las emociones que impulsan ese se&ntilde;alamiento y sin responsabilizarse por las consecuencias pol&iacute;ticas de traer el estigma del odio al discurso p&uacute;blico. &ldquo;Todos, de un lado y del otro&rdquo;, escribe Morandini, &ldquo;estamos marcados por ese odio antiguo que impregna las paredes de la ESMA&rdquo;. En ese &ldquo;todos&rdquo; no hay exclusiones, ni siquiera la de quienes no vivieron los 70, y por cierto tampoco ella misma, que exhibe en su libro la metamorfosis de sus propias emociones. Todos somos v&iacute;ctimas de ese legado que debemos desarmar (&ldquo;romper el silencio&rdquo;, como titula el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo). Frente a ese legado de odio y silencio, Morandini recupera el n&uacute;cleo del dolor, un dolor des-individualizado, colectivo, como fuente de la libertad de palabra: &ldquo;Mis muertos, nuestros muertos, todos los muertos nos autorizan a preguntarnos.&rdquo; Morandini reivindica la pregunta, la indagaci&oacute;n como algo propio de la igualdad democr&aacute;tica y derecho de cada uno a buscar por s&iacute; mismo la verdad, y ante la cual nadie puede arrogarse la palabra definitiva, ni el estado ni los organismos de derechos humanos. El camino por el que la autora nos devuelve del odio al dolor es un camino de liberaci&oacute;n de la palabra, en el que puede abandonarse, o acaso dejarse para el final, las preguntas &iquest;qui&eacute;n habla? &iquest;qu&eacute; puede decirse y qu&eacute; no? Este es el legado pol&iacute;tico para las nuevas generaciones.
    </p><p class="article-text">
        Las nuevas generaciones aparecen, si no me equivoco, como destinatarias privilegiadas de la reflexi&oacute;n que sostiene el libro. Evitar para las nuevas generaciones el odio, que nutre la violencia, que puedan distinguirlo del dolor. &iquest;Qu&eacute; significa, adem&aacute;s de lo dicho hasta aqu&iacute;, este retorno al dolor o, m&aacute;s ampliamente, a las emociones, acaso a una geometr&iacute;a de las emociones? En primer lugar, como sugerimos antes, Morandini deshace el lazo entre la v&iacute;ctima y la autorizaci&oacute;n o el privilegio de la palabra. En este sentido, ofrece una liberaci&oacute;n para las nuevas generaciones, liberaci&oacute;n del peso del pasado, del pasado como mandato, como ley, al pr&oacute;jimo. Que las nuevas generaciones puedan escribir su propia ley. Como el perd&oacute;n de Abdela, la v&iacute;ctima de los represores en la novela&nbsp;<em>Soy un bravo piloto de la nueva China</em>&nbsp;(Mandadori, 2011)&nbsp;de Ernesto Sem&aacute;n, que habla desde un plano on&iacute;rico: &ldquo;Mi perd&oacute;n es para mis hijos, para su futuro&rdquo;. Sin que eso signifique el car&aacute;cter irreversible e imperdonable de los cr&iacute;menes, ni en Morandini ni en Sem&aacute;n, se trata de emprender un trabajo colectivo que no ha sido hecho.
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;amos que, a la par de la imposibilidad para el debate, Morandini se&ntilde;alaba la dificultad para reconocer responsabilidades, no ya las responsabilidades penales (la culpa), de lo que se ha ocupado y se ocupa la justica. Se trata, seg&uacute;n leemos, de tomar una palabra que ha sido delegada casi exclusivamente al &aacute;mbito de la justicia. Ligada a la responsabilidad, y m&aacute;s all&aacute; de los problemas que los debates truncos acarrean a la tarea de asumirla, aparece, ya no en el pasado sino en el futuro, la eventualidad de la reconciliaci&oacute;n, tema tratado ya en su anterior libro. Morandini es clara y tajante en este punto cuando diferencia el perd&oacute;n de la reconciliaci&oacute;n: nadie puede pedir perd&oacute;n por las v&iacute;ctimas, el perd&oacute;n es &iacute;ntimo e individual y los cr&iacute;menes son imperdonables.&nbsp;&nbsp;Pero la reconciliaci&oacute;n es un hecho colectivo, una apuesta a la racionalidad, una racionalidad recuperada por medio de una interrogaci&oacute;n de nuestras pasiones. No se tratar&iacute;a, seg&uacute;n nuestra lectura, de una reconciliaci&oacute;n fraguada por el olvido y por una voluntad de dar vuelta la p&aacute;gina sin reflexionar ni conversar sobre el pasado. Al contrario, la apuesta es por la asunci&oacute;n de las responsabilidades de ayer y de hoy (porque, como subrayamos antes, todos, sin exclusiones, heredamos el crimen de estado), y esa sola acci&oacute;n es en s&iacute; misma un paso hacia la reconciliaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La recuperaci&oacute;n del debate, la asunci&oacute;n de las responsabilidades, son invitaciones a adentrarse en el mar, a volver la mirada sobre el pasado violento reconociendo d&oacute;nde est&aacute;n las heridas y cu&aacute;les son las emociones que nos mueven, que sostienen nuestras razones. Mucho puede decirse sobre el mar &ndash;la met&aacute;fora es proteica. Concluyo con la menci&oacute;n de su naturaleza informe y mineral: nos har&aacute; ver d&oacute;nde est&aacute;n las heridas pero quedar&aacute; para nosotros el resto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lucas Martín]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 Jul 2022 03:02:42 +0000]]></pubDate>
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