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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - crónicas]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/cronicas/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - crónicas]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Leila Guerriero: “La crónica, como la naturaleza humana, está atravesada por la incertidumbre y el sinsentido”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/leila-guerriero-cronica-naturaleza-humana-atravesada-incertidumbre-sinsentido_1_13008793.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f9b89545-3a36-4060-943a-d2d6c32eb8ff_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Leila Guerriero: “La crónica, como la naturaleza humana, está atravesada por la incertidumbre y el sinsentido”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Se acaba de reeditar “Los suicidas del fin del mundo”, un libro donde reconstruye la vida en un pueblo patagónico atravesado por la crisis económica, la tragedia y la precariedad a finales de los ‘90 y después del estallido de 2001. Su mirada sobre la vigencia de la crónica como género, las dificultades que enfrentó y por qué se le piden explicaciones al periodismo.</p><p class="subtitle">Entrevista - Hernán Ronsino: “La lectura ofrece otro vínculo con el tiempo, en un mundo donde parece que está prohibido aburrirse”</p></div><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Un programa del Fondo Nacional de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) destinado a concientizar a los m&aacute;s j&oacute;venes acerca de que toda situaci&oacute;n &lsquo;es negociable en la vida&rsquo; se aplic&oacute; por primera vez en el interior del pa&iacute;s, en Las Heras, provincia de Santa Cruz, ante el suicidio de quince adolescentes y la sospecha de esa causa de muerte en otros siete casos</em>&rdquo;, ley&oacute; <strong>Leila Guerriero</strong> a finales de 2001, en una comunicaci&oacute;n que envi&oacute; a los medios de entonces la ONG Poder Ciudadano. <strong>M&aacute;s adelante, el texto inclu&iacute;a las palabras de un funcionario local que hablaba de desocupaci&oacute;n, de falta de expectativas, de ausencia de contenci&oacute;n social. </strong>Algo todav&iacute;a incierto pero potente, dice Guerriero m&aacute;s de 20 a&ntilde;os despu&eacute;s, ley&oacute; en ese texto que la llev&oacute; a ver qu&eacute; hab&iacute;a pasado en aquel pueblo  petrolero ubicado en pleno desierto patag&oacute;nico a finales de los a&ntilde;os &lsquo;90 y comienzos de los 2000.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, aquello que empez&oacute; como una inquietud por parte de la escritora y periodista argentina se convirti&oacute;, despu&eacute;s de varios a&ntilde;os, varias entrevistas y varios viajes a Las Heras, en <em>Los suicidas del fin del mundo</em>, su primer libro, que sali&oacute; publicado en 2005 y que ahora vuelve reeditado por Anagrama para buena parte de los pa&iacute;ses hispanoparlantes. <strong>Una cr&oacute;nica que combina las historias de aquellos j&oacute;venes que decidieron quitarse la vida</strong>, los testimonios de sus familiares y amigos que entre el dolor y el asombro esbozan posibles hip&oacute;tesis sobre lo ocurrido, el trasfondo de una crisis social y econ&oacute;mica devastadora y el estilo sensible de una cronista que se detiene en los detalles, en las palabras ajenas, en la escucha.
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                Se acaba de publicar una nueva edición de &quot;Los suicidas del fin del mundo&quot;, de Leila Guerriero.                            </span>
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        <strong>&ndash; Por lo general, cuando un periodista va a cubrir un determinado asunto, y eso implica hacer un viaje, te env&iacute;an a partir de una noticia determinada. Hoy mismo podr&iacute;a ser ir a la puerta de Fate por el cierre de la f&aacute;brica. Pero en el caso de lo que cont&aacute;s en </strong><em><strong>Los suicidas del fin del mundo </strong></em><strong>pareciera que, en principio, no hab&iacute;a algo tan n&iacute;tido como una noticia. Queda la impresi&oacute;n de que en todo caso fuiste a ver cu&aacute;l era o a unir unos puntos en el terreno. &iquest;Record&aacute;s c&oacute;mo fue el punto de partida que te impuls&oacute;?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; En ese momento trabajaba en la redacci&oacute;n de la revista de <em>La Naci&oacute;n</em> y colaboraba en <em>Rolling Stone</em> que era del mismo grupo de revistas. Siempre colabor&eacute; en muchos lugares y <em>Rolling Stone</em> era una revista a la que yo mandaba por lo menos dos notas grandes por a&ntilde;o. Un d&iacute;a, como dice el libro, me llega ese comunicado de Poder Ciudadano y creo que de pronto vi algo as&iacute; como un tema. <strong>Vi una cantidad de cosas en pocas l&iacute;neas: se hablaba de embarazo adolescente, de desempleo, de precariedad, de alcoholismo, de la privatizaci&oacute;n de YPF.</strong> Era 2001, en pleno final del gobierno de (Fernando) De la R&uacute;a. Las cosas estaban yendo muy en picada, sal&iacute;amos de la convertibilidad y en ese comunicado me pareci&oacute; ver, dir&iacute;a, el resumen de la herencia de los a&ntilde;os menemistas. Era como una pintura, en chico, de la fragmentaci&oacute;n. Era como una peque&ntilde;a c&eacute;lula de la fragmentaci&oacute;n en la que hab&iacute;a quedado el pa&iacute;s. Dije &ldquo;bueno, puede ser una nota interesante para la<em> Rolling Stone</em>&rdquo;. Lo habl&eacute; con el editor en ese momento y me dijo &ldquo;s&iacute;, s&iacute;, por supuesto&rdquo;. Todo eso ocurri&oacute;, ponele, en noviembre de 2001. Estaba todo listo para emitir los pasajes, viajar, reservar el hotel hasta que llega diciembre de 2001 y estalla la crisis total. Y creo que, no s&eacute;, dos minutos despu&eacute;s de que vi&eacute;ramos todos esas noticias, me llega un mail del editor dici&eacute;ndome &ldquo;Leila, lamentablemente no se pueden pagar vi&aacute;ticos a nada que no sea tomarte el colectivo 19&rdquo;. <strong>Le agradec&iacute; y le dije que de todas maneras lo iba a hacer por las m&iacute;as. Y en marzo del 2002 hice el primer viaje a Las Heras. </strong>Era el peor momento para invertir tus ahorros en pasajes, en el hotel. Hab&iacute;a que ir a Comodoro Rivadavia a tomar el avi&oacute;n y la Patagonia estaba muy cara en ese momento. Digo, era todo un gasto de guita muy importante, pero yo estaba convencida de que la historia val&iacute;a la pena. De todas maneras, cuando llegu&eacute; a Las Heras, llegu&eacute; con la idea de hacer un art&iacute;culo para la revista. Hasta que despu&eacute;s, cuando termin&eacute; de reportear, tuve una conversaci&oacute;n con <strong>Elvio Gandolfo</strong>, que me dijo m&aacute;s o menos esto &ldquo;por menos de eso Truman Capote hizo<em> A sangre fr&iacute;a</em>&rdquo;. Por ah&iacute; me vio muy envalentonada y pens&oacute; que ten&iacute;a un libro. <strong>A m&iacute; lo que me llev&oacute;, como dec&iacute;s vos,&nbsp;era esto de armar el mapa en el territorio. Porque yo me fui de Buenos Aires con un par de contactos nom&aacute;s: un periodista local, el profesor de ingl&eacute;s y el hermano de la chica que fue la primera que se suicid&oacute;</strong>. Primero hice un viaje muy corto para explorar las posibilidades de que hubiera otras personas que quisieran hablar conmigo. Yo supon&iacute;a que no todo el mundo iba a estar dispuesto. Y fue lo que pas&oacute;: no todos quisieron hablar.&nbsp;
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        <strong>&ndash; Fuiste varias veces, &iquest;c&oacute;mo eran esos viajes?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Me costaba ir. Recuerdo irme cada vez con una sensaci&oacute;n como de mucha zozobra. <strong>El lugar es un lugar bastante hostil. Dir&iacute;a que en alg&uacute;n punto te hac&iacute;a sentir mal. Y si bien yo me iba de ac&aacute; con muchas entrevistas ya pre agendadas, las cosas pod&iacute;an fallar, la gente pod&iacute;a arrepentirse, todo pod&iacute;a salir mal. </strong>Al mismo tiempo, en cada viaje yo me dec&iacute;a a m&iacute; misma &ldquo;c&oacute;mo puede ser que este tema no lo haya cubierto nadie m&aacute;s&rdquo;. Pensaba que iba a llegar all&aacute; y que iban a estar los m&oacute;viles de Cr&oacute;nica TV. Pero nada, no hab&iacute;a nada de eso. En medio de esa zozobra, iba teniendo la certeza de que ve&iacute;a que en cada viaje la historia se iba armando:&nbsp;cuando ves a la gente varias veces como hago yo, vas cultivando una relaci&oacute;n de confianza. Los detalles van apareciendo. Cosas que por ah&iacute; al principio no te dicen, por pudor o por dolor, te las dicen despu&eacute;s de dos semanas. Pero recuerdo que cada viaje me costaba mucho. <strong>Cre&iacute;a mucho en la historia, pero me implicaba un esfuerzo f&iacute;sico. </strong>Trabajaba desde muy temprano hasta muy tarde.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Bueno, ah&iacute; cont&aacute;s de cuando fuiste a la bailanta, a uno de los prost&iacute;bulos del pueblo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; S&iacute;, el otro d&iacute;a pensaba en el prost&iacute;bulo. Eran &eacute;pocas sin tel&eacute;fono celular, nadie sab&iacute;a que yo estaba ah&iacute;. Y pensaba &ldquo;qu&eacute; loco porque yo no s&eacute; si ahora me meter&iacute;a de esa manera a un lugar as&iacute;&rdquo;. La se&ntilde;ora del prost&iacute;bulo fue s&uacute;per amable igual, no pas&oacute; nada.<strong> Pero, no s&eacute;, son esas cosas que tienen que ver con cierta confianza. Y creo que la confianza de alg&uacute;n modo te blinda, es eso, te da una especie de blindaje. </strong>Supongo que esa ausencia de temor se huele tambi&eacute;n: la gente percibe que no ten&eacute;s prejuicio, que no ten&eacute;s temor, que est&aacute;s ah&iacute; para charlar un rato, que no la est&aacute;s juzgando.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        <strong>&ndash; En </strong><em><strong>Los suicidas...</strong></em><strong> aparecen varias escenas en las que, a pesar de las reticencias l&oacute;gicas del dolor por lo que se est&aacute; contando, hay gente que habla con vos porque parece que nunca ha sido escuchada.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; S&iacute;, es curioso, &iquest;viste? Sobre todo esa idea de &ldquo;quiero ser alguien&rdquo;. Me lo dijeron muchos &ldquo;quiero ser alguien en la vida&rdquo;. Me acuerdo de una chica que era la novia de uno de los chicos que se suicid&oacute;, una chica inteligent&iacute;sima. <strong>Pero lo que pasa es que, cuando est&aacute;s ah&iacute;, tu mirada no tiene que ser una mirada de conmiseraci&oacute;n, tiene que ser una mirada de tratar de escuchar bien lo que te dicen</strong>. Porque si est&aacute;s tapada de piedad, no escuch&aacute;s nada. Es como si tuvieras tapones en los o&iacute;dos. Pero s&iacute;, esta muchacha que era muy brillante y varios mencionaban esto de &ldquo;quiero ser alguien&rdquo; o &ldquo;ac&aacute; si no sos alguien&rdquo;. Aparec&iacute;an en los relatos esas divisiones sociales. Para m&iacute; no era algo nuevo del todo porque tengo una lectura acostumbrada a eso. <strong>Yo nac&iacute; en Jun&iacute;n y me cri&eacute; ah&iacute; hasta los 17. Si bien no es tan chiquito como Las Heras, en aquel momento ten&iacute;a 23 mil habitantes. Una ciudad completamente distinta, muy pr&oacute;spera, en la pampa h&uacute;meda, con mucho dinero. Pero tambi&eacute;n estaba esta cosa de la mirada del otro. Del prejuicio. </strong>De que no eras nadie si no hac&iacute;as determinada cosa en la Capital. Que si hac&iacute;as un profesorado, un terciario en Jun&iacute;n medio que te quedabas. Para m&iacute; eso es como un patrimonio que tengo. Cuando vas a hacer el tipo de investigaci&oacute;n en territorio que yo hago, es como un patrimonio ser alguien del interior tambi&eacute;n. Entend&eacute;s cabalmente algunas ideas, ciertos prejuicios. Pero no dejaba de ser muy fuerte esta idea de la falta de perspectiva, de futuro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; En varios tramos del libro aparecen observaciones profundas alrededor de la idea de la explicaci&oacute;n. Cito una: &ldquo;Los datos dicen pero no explican&rdquo;. Despu&eacute;s, &ldquo;las cosas se empecinaron en no tener respuesta&rdquo;. Al final tambi&eacute;n aparece una especie de enumeraci&oacute;n de motivos que circulaban en Las Heras para buscarle una explicaci&oacute;n a los suicidios. &iquest;Por qu&eacute; crees que se le piden explicaciones al periodismo y a un asunto tan particular como el suicidio?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Mir&aacute;, las primeras entrevistas que di en mi vida fueron las que di cuando sali&oacute; este libro. Me acuerdo del asombro, del azoramiento que sent&iacute; cuando algunos colegas aparec&iacute;an con una pregunta que yo no me hab&iacute;a hecho jam&aacute;s en el libro. Y era &ldquo;por qu&eacute; se suicidan&rdquo;. Era la primera pregunta que me hac&iacute;an. <strong>En ese momento me sorprendieron las dos cosas: que apareciera esa pregunta y que yo jam&aacute;s me hubiera hecho esa pregunta. </strong>Por eso est&aacute;n enumerados esos intentos de explicaci&oacute;n en el libro, pero son casi desestimaciones de la idea de que se puede encontrar una respuesta un&iacute;voca. Despu&eacute;s, qu&eacute; s&eacute; yo, yo creo que al periodismo m&aacute;s tradicional se le piden explicaciones o se le piden respuestas claras, concretas. Y&nbsp;a cierto g&eacute;nero period&iacute;stico s&iacute; le corresponde dar alg&uacute;n tipo de respuesta asertiva. Si vos hac&eacute;s un libro de periodismo de investigaci&oacute;n para traer a la luz algo que est&aacute; hecho para ser oculto, para ser una cosa secreta y corrupta, quiz&aacute; s&iacute; ten&eacute;s que dar explicaciones. Le ten&eacute;s que decir al lector &ldquo;mire, en realidad este se&ntilde;or vendi&oacute; secretamente las armas a este pa&iacute;s&rdquo;. Ah&iacute; hay cosas que no pod&eacute;s dejar flotando.<strong> Lo que pasa es que a un g&eacute;nero como este tipo de cr&oacute;nicas no le pod&eacute;s trasladar ese tipo de preguntas. Porque la cr&oacute;nica, como la naturaleza humana, siempre est&aacute; atravesada por la incertidumbre y el sinsentido de estar en este mundo. </strong>A m&iacute;, por lo menos, como alguien que escribe, no me gustan los libros que leo y que tienen respuestas clar&iacute;simas para esta clase de historias. Entonces, supongo que cuando escribo no tengo esa mirada. Te habr&aacute; pasado a vos que labur&aacute;s en esto hace veintipico de a&ntilde;os: cuando una hace preguntas muy concretas acerca del comportamiento de la gente, lo que obtiene son respuestas un poco zozobrantes y en el fondo falsas. Nadie te puede decir una &uacute;nica cosa si vos le pregunt&aacute;s &ldquo;por qu&eacute; te enamoraste de Fulana&rdquo;. O &ldquo;por qu&eacute; decidiste ser fil&oacute;sofa&rdquo;. Por m&aacute;s que alguien te responda &ldquo;porque mi pap&aacute; era fil&oacute;sofo&rdquo;, siempre va a haber detr&aacute;s otra cantidad de cosas. Entonces creo que, por un lado, est&aacute; bien que le exijamos al periodismo alg&uacute;n tipo de respuesta en alg&uacute;n punto. <strong>Pero no creo que un libro como este sea un libro para dar respuestas sino al contrario, para crear incomodidad y traer m&aacute;s dudas o m&aacute;s preguntas.</strong> La pregunta que yo me har&iacute;a, en todo caso, es c&oacute;mo puede ser.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">A mí, por lo menos, como alguien que escribe, no me gustan los libros que leo y que tienen respuestas clarísimas para esta clase de historias. Entonces, supongo que cuando escribo no tengo esa mirada</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash;&nbsp;Dec&iacute;as antes que aparece el desempleo, la precariedad absoluta, la violencia, los abusos intrafamiliares. Pero vos encontr&aacute;s una manera oblicua de contar todo esto. &iquest;Para vos la cr&oacute;nica debe ser as&iacute;?&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &mdash; &iquest;Cu&aacute;ndo dec&iacute;s &ldquo;oblicua&rdquo; a qu&eacute; te refer&iacute;s?
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; A que no segu&iacute;s los pasos de una nota informativa m&aacute;s tradicional, sino que vas contando la historia a partir de las personas o alg&uacute;n detalle. Como si te acercaras, pero de costado, para despu&eacute;s entrar.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Bueno, no s&eacute; si tiene que ser as&iacute; siempre. Pero, al menos para m&iacute;, la cr&oacute;nica es de alguna manera como encarnar en la gente existente, real, aunque sea gente muerta, una historia. Por eso busco mucho el detalle y soy bastante exhaustiva. Hasta donde pueda, hasta donde la realidad me deje tambi&eacute;n. Mir&aacute;, ahora mismo estoy trabajando un tema largo y s&eacute; que hay personas que no van a querer ser entrevistadas. &iquest;Qu&eacute; se puede hacer con eso? Nada. Pero trato de agotar todo lo que yo creo que puede entrar en un mapa de reporteo. Muchas de esas cosas a veces quedan afuera porque finalmente no eran relevantes. <strong>Pero yo creo que la cr&oacute;nica de alguna manera es eso: un texto que est&aacute; muy vivo. Que es h&iacute;per realista digamos, en las descripciones, en el detalle, en las fechas, en el dato. Un texto que leas y puedas sentir que est&aacute;s viendo un documental. Lo que a m&iacute; no me gusta es que ese h&iacute;per realismo sea previsible. </strong>Quiero decir: que sea expl&iacute;cito o muy obvio. Como vos dec&iacute;s, ese entrar de costado yo lo veo expresado en varias cosas. Primero incluso en lo m&aacute;s evidente que es la escritura. Me pasa cuando empiezo a pensar en el arranque de un texto: se me ocurren algunas ideas y lo primero que digo es &ldquo;&iquest;no es demasiado obvio empezar por ah&iacute;?&rdquo; o &ldquo;&iquest;No es demasiado ir al punto?&rdquo;. &ldquo;&iquest;No es demasiado ya te cont&eacute; todo?&rdquo;. Esto creo que tambi&eacute;n tiene que ver con la manera en la que miro y la manera en la que escucho a la gente que entrevisto. No es que llego a ver a una persona y le prendo el grabador y le digo en este caso por ejemplo, &ldquo;h&aacute;bleme de su hijo que se muri&oacute;&rdquo;. Empiezo a preguntar por la vida de esa persona que tengo enfrente, que son vidas que me interesan porque de alguna manera, si hubiera alguna explicaci&oacute;n posible, la explicaci&oacute;n posible est&aacute; guardada en esa cabeza o en el alma o en su esp&iacute;ritu. As&iacute; que s&iacute;, me gusta ir rodeando, no ir al punto de entrada. Por eso la cr&oacute;nica es un g&eacute;nero que necesita de tiempo. La prisa es completamente enemiga de estas acciones que te describo. Me detengo en la escucha, en la paciencia.<strong> Yo en mi vida cotidiana soy una persona sumamente impaciente. Pienso que es porque toda la paciencia me la gasto con los entrevistados</strong> (risas).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Así es la tapa de la edición definitiva de Frutos extraños, de Leila Guerriero.                            </span>
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        <strong>&ndash; No te imaginaba impaciente, sino m&aacute;s bien una persona muy concentrada (risas). Dir&iacute;a imperturbable, hiperconcentrada. </strong>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash; S&iacute;, s&iacute;, s&iacute;, s&uacute;per. S&uacute;per h&iacute;per recontra concentrada (risas). Pero por eso soy impaciente en el sentido de que no me gusta la impotencia. Por ejemplo, no dir&iacute;a &ldquo;habr&iacute;a que arreglar esa ventana&rdquo;. No, yo voy a la ferreter&iacute;a, compro tornillos y al rato estoy llamando a la persona que me arregla la ventana. Entonces, s&iacute; en esa clase de cosas, soy impaciente. Despu&eacute;s, s&iacute;, claro, soy s&uacute;per organizad&iacute;sima. Muy concentrada. Hay trabajos en particular que lo requieren. La escritura ni hablar, pero tambi&eacute;n la edici&oacute;n. Entonces s&iacute;, s&iacute;, en mi vida en general soy una persona h&iacute;per consciente de lo que hago. No soy para nada despistada ni descontrolada. No delego en otros cosas que s&eacute; que tengo que hacer yo. <strong>Pero s&iacute; soy impaciente conmigo: si tengo que hacer diez cosas en un d&iacute;a quiero hacerlas en la serie o en el orden que yo dije que las iba a hacer. No voy saltando aleatoriamente de una cosa a la otra porque no es ansiedad, es impaciencia.</strong> Es impaciencia en el sentido de que incluso cuando algo no depende de m&iacute; y veo que est&aacute; en manos de alguien que es ineficiente, la situaci&oacute;n me saca un poco de quicio y prefiero hacerlo yo, &iquest;viste?
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Para mí, la crónica es de alguna manera como encarnar en la gente existente, real, aunque sea gente muerta, una historia. Por eso busco mucho el detalle y soy bastante exhaustiva. Hasta donde pueda, hasta donde la realidad me deje también</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash;</strong><a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/libros-febrero-leila-guerriero-luis-sagasti-agatha-christie-escenas-fascismo-cosplay_1_12975837.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong> Esta salida de la nueva edici&oacute;n de</strong></a><a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/libros-febrero-leila-guerriero-luis-sagasti-agatha-christie-escenas-fascismo-cosplay_1_12975837.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em><strong> Los suicidas del fin del mundo</strong></em></a><a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/libros-febrero-leila-guerriero-luis-sagasti-agatha-christie-escenas-fascismo-cosplay_1_12975837.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong> en Anagrama coincide estos d&iacute;as con el lanzamiento de la edici&oacute;n definitiva de </strong></a><a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/libros-febrero-leila-guerriero-luis-sagasti-agatha-christie-escenas-fascismo-cosplay_1_12975837.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em><strong>Frutos extra&ntilde;os</strong></em></a><a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/libros-febrero-leila-guerriero-luis-sagasti-agatha-christie-escenas-fascismo-cosplay_1_12975837.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>, por Alfaguara</strong></a><strong>, con textos que no estaban en ediciones anteriores. &iquest;Te interesa cambiar cosas, correg&iacute;s los libros cuando se reeditan?</strong> <strong>&iquest;Cambiaste algo en </strong><em><strong>Los suicidas&hellip;</strong></em><strong>?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; No, nada. Cero. No le cambi&eacute; absolutamente nada. Siempre hago eso con los libros. Cada tanto la editorial te dice &ldquo;buena noticia, reeditamos tal libro, &iquest;quer&eacute;s cambiarle algo?&rdquo;. Y yo digo, &ldquo;no por favor&rdquo;. No s&eacute;, tal vez alguna falta de ortograf&iacute;a que alguien haya detectado. Pero en general no toco nada porque no se me ocurre nada m&aacute;s desgastante que leerse a una misma. A <em>Los suicidas del fin del mundo</em> lo tuve que releer hace muy poco tiempo porque se tradujo al franc&eacute;s y en esa edici&oacute;n sali&oacute; con un pr&oacute;logo m&iacute;o, una especie de nota introductoria bastante larga. Y la verdad es que no lo ten&iacute;a muy recordado, entonces lo rele&iacute; todo. <strong>Me llam&oacute; mucho la atenci&oacute;n darme cuenta en ese momento que es el &uacute;nico libro que yo escrib&iacute; con cap&iacute;tulos. Yo nunca volv&iacute; a escribir con cap&iacute;tulos. </strong>Pero en general no vuelvo a revisar el trabajo. Primero que nada, porque respeto a esa persona que fui, que soy y que hizo. Entonces no me siento con ganas de ir a enmendarle nada. En el caso de <em>Frutos extra&ntilde;os</em> son los textos tal cual se publicaron en los medios de comunicaci&oacute;n. &iquest;Sab&eacute;s qu&eacute;? Yo le pongo mucho laburo a los textos. Como hac&eacute;s vos, como hacemos todos. Y, no s&eacute; si te pasa, pero llega un momento en el que aparece como una sensaci&oacute;n de hartazgo. Ya cuando llega al libro impreso y digo &ldquo;chau, buena suerte&rdquo;. No lo quiero ver m&aacute;s. <strong>Tampoco tengo una relaci&oacute;n fetichista con el objeto libro, cuando te mandan ejemplares justificativos con nuevas ediciones</strong>. Quiz&aacute;s deber&iacute;a tenerla, &iexcl;pero mira si me arrepiento de algo! (risas).
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Viaj&aacute;s mucho por trabajo, te encontr&aacute;s con colegas de otros pa&iacute;ses o con lectores. Sospecho que debe llegar el momento inevitable en el que alguno te pregunta &ldquo;qu&eacute; onda Milei&rdquo; o &ldquo;qu&eacute; pasa con Milei&rdquo;. Habl&aacute;bamos antes de las explicaciones que se le piden al periodismo. &iquest;Qu&eacute; respuestas esboz&aacute;s en estos casos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; La verdad es que s&iacute;, siempre preguntan.<strong> Es un poco raro tambi&eacute;n ese gesto, que vengan los colegas y que pregunten as&iacute;. Porque no es una pregunta que yo les haga.</strong> No es que llego a Espa&ntilde;a y pregunto &ldquo;qu&eacute; tal Pedro S&aacute;nchez&rdquo;. Me desconcierta un poco esa pregunta. Pero bueno,&nbsp;siempre digo m&aacute;s o menos lo mismo, que, es tan expl&iacute;cito lo que pasa, que todo que lo que lean es lo que sucede. Obviamente, uno siempre puede mirar un canal o leer un diario o leer el otro. Lo que trato de decir es un poco eso, que es como muy expl&iacute;cita la situaci&oacute;n: la hostilidad, las agresiones, las medidas econ&oacute;micas son tan tremendas que no hay sutilezas para explicar. Lo que ves es un poco lo que hay, digamos. <strong>Lo que s&iacute; creo es que yo prefiero pensar en qu&eacute; hacemos con eso. Y creo que todav&iacute;a estamos buscando. Yo, por lo menos, estoy buscando una manera inteligente de decir las cosas sin caer en la indignaci&oacute;n, en el desprecio, en el insulto. No es mi manera en general y, me parece que, al contrario, si hiciera eso ser&iacute;a como sumar confusi&oacute;n a la confusi&oacute;n, fuego al fuego, si quer&eacute;s.</strong> Pero s&iacute;, la pregunta es un poco inevitable. Preferir&iacute;a que me preguntaran de otras cosas (risas).
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; &iquest;Cre&eacute;s que es por la rareza, por la particularidad o la sorpresa con que se ha mostrado a Milei en algunos lugares?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Yo creo que es por la particularidad. S&iacute;. No creo que la gente est&eacute; realmente interesada por nuestro porvenir de manera solidaria. <strong>No creo que se fueran a preocupar demasiado si nos va mal o si se fueran a alegrar demasiado si nos va bien. Me parece que es un fen&oacute;meno muy extra&ntilde;o en el panorama de la pol&iacute;tica.</strong> Es una figura que llama mucho la atenci&oacute;n. Y es de un pa&iacute;s que no es un pa&iacute;s central, justamente. Entonces se junta que &eacute;l es un poco extravagante y por esta extravagancia de pronto est&aacute; todo el mundo hablando de &eacute;l. Creo que los impresiona un poco su manera de expresarse y muchas de las cosas que dice.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Guerriero también es autora de libros como Una historia sencilla, Plano americano, Opus Gelber, La otra guerra, Zona de obras y La llamada."
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                Guerriero también es autora de libros como Una historia sencilla, Plano americano, Opus Gelber, La otra guerra, Zona de obras y La llamada.                            </span>
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        <strong>&ndash; S&eacute; que no est&aacute;s en las redes sociales, pero ha ocurrido recientemente que algunas de las columnas breves que escrib&iacute;s para </strong><em><strong>El Pa&iacute;s</strong></em><strong> provocan all&iacute; alg&uacute;n que otro revuelo. Pas&oacute; en las &uacute;ltimas semanas </strong><a href="https://x.com/lhermoso_/status/2015364814512501133?s=20" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>con una que se llamaba &ldquo;Amor y desamor&rdquo;</strong></a><strong>.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&nbsp;&iquest;En serio? No ten&iacute;a ni idea. No, no tengo redes sociales. <strong>No tengo ninguna red social. No tengo perfil falso tampoco. Pero s&iacute; tengo la clave de una cuenta porque durante un tiempo lider&eacute; un movimiento ac&aacute; en mi barrio de vecinos autoconvocados para morigerar el impacto del Movistar Arena. </strong>Ah&iacute; se armaron unas redes y ah&iacute; aprend&iacute; un poco a manejarlas y tengo las claves. A veces miro algunas cosas, qu&eacute; s&eacute; yo, el Instagram de<strong> Mat&iacute;as Rivas</strong>, mi editor de Ediciones Universidad Diego Portales, que me encanta. O el del <em>Paris Review of Books</em> que cita frases de autores hablando de la escritura. <strong>Despu&eacute;s con Twitter s&iacute;, ponele, desde ah&iacute; leo a Mart&iacute;n Caparr&oacute;s. Tampoco s&eacute; c&oacute;mo manejarlo. Yo entro ah&iacute; y miro y si encuentro que me interesa. </strong>Me he&nbsp;metido en cuentas espor&aacute;dicamente por alg&uacute;n perfil.<a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/leila-guerriero-presencia-periodista-intervencion-realidad_1_11237287.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> Por ejemplo, Silvia Labayru, la protagonista de </a><a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/leila-guerriero-presencia-periodista-intervencion-realidad_1_11237287.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>La llamada</em></a><a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/leila-guerriero-presencia-periodista-intervencion-realidad_1_11237287.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">, tiene Facebook. En ese momento a m&iacute; me sirvi&oacute;. Incluso tom&eacute; frases del Facebook de Silvia para poner en el libro</a>. Ah&iacute; eso me interesa verlo porque obviamente tambi&eacute;n es una vida. Es como rescatar cuando uno sue&ntilde;a. Bueno, los sue&ntilde;os son parte de la vida. Pero no, no tengo idea, ni me meto a ver esos comentarios que me dec&iacute;s. No s&eacute; nada. La gente que escriba lo que quiera. Antes hablabas de que soy concentrada. Y s&iacute;, soy, pero es algo que siempre cuesta. Cuesta much&iacute;simo lograr ese alt&iacute;simo grado de concentraci&oacute;n. Siento que la red social te puede sacar de eso cada treinta segundos. <strong>Te digo, no soy una persona que est&eacute; ajena al ego, ni al narcisismo, ni a todas esas cosas. Si usara una red social y pusiera la gran frase que se me acaba de ocurrir o diciendo &ldquo;miren lo que publiqu&eacute; en tal lugar&rdquo;, &iexcl;a los tres minutos estar&iacute;a mirando qu&eacute; piensa la gente de eso!</strong> (risas). Hay personas que a eso lo manejan bien. Yo siento que no lo podr&iacute;a manejar bien.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Repasando la nueva edici&oacute;n de </strong><em><strong>Frutos extra&ntilde;os</strong></em><strong>, que recorre m&aacute;s de veinte a&ntilde;os de tu trabajo, resulta apabullante la cantidad de cosas que escribiste y tambi&eacute;n la variedad de lugares donde lo hiciste. Hoy hay muchos medios de esos que ya no existen o se achicaron o no tienen tanto espacio y, al mismo tiempo, las condiciones econ&oacute;micas que ofrecen algunos son cada vez peores. &iquest;Qu&eacute; pens&aacute;s de esto? &iquest;C&oacute;mo ves este panorama?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Mir&aacute;, con cierta cautela. Por un lado, es verdad lo que vos dec&iacute;s, pero cuando empec&eacute; a trabajar en esto casi no hab&iacute;a ning&uacute;n lugar donde pudiera publicar. Yo empec&eacute; a laburar en <em>P&aacute;gina 30</em> que era la revista de <em>P&aacute;gina 12</em>. <strong>En ese momento, si quer&iacute;as conseguir un libro de cr&oacute;nicas ac&aacute; en el pa&iacute;s no sab&iacute;as ni d&oacute;nde buscarlo. </strong>De hecho, <em>Larga distancia</em>, de Caparr&oacute;s yo lo ten&iacute;a fotocopiado. Y con los a&ntilde;os lo consegu&iacute; en uno de los viajes de regreso de Las Heras a Comodoro Rivadavia en una librer&iacute;a de por ah&iacute;. Era inconseguible. O sea, no hab&iacute;a lugares donde publicar. Con el tiempo, bueno, empezaron a aparecer revistas como <em>Soho</em>, <em>El Malpensante</em>, <em>Gatopardo</em>,<em> Etiqueta negra</em>. Hubo como una especie de despertar de medios. Despu&eacute;s, es cierto, algunos desaparecieron. Pero todav&iacute;a hay lugares que siguen. En <em>El Pa&iacute;s Semanal</em>, ponele, se publican cr&oacute;nicas muy largas, aunque obviamente lo largo no es siempre sin&oacute;nimo de calidad. Pero bueno, por un lado s&iacute; veo como una dificultad encontrar lugares de publicaci&oacute;n. Antes te hablaba de la <em>Rolling Stone</em>: ah&iacute; yo publicaba notas de 16 p&aacute;ginas, trabajaba meses en eso. No s&eacute; si ahora siguen as&iacute;. Pero me parece que el panorama es m&aacute;s desalentador si lo mir&aacute;s solo en un pa&iacute;s. <strong>Si ves el panorama de la cr&oacute;nica a nivel panamericano, que creo que es como hay que verlo, realmente es un panorama interesante. Porque la cr&oacute;nica es un bicho sin fronteras, digamos. Pod&eacute;s leer en Espa&ntilde;a una cr&oacute;nica sobre el tipo que fue a investigar la historia de una mina en Bolivia y pod&eacute;s leer en Per&uacute; la historia de un tipo que fue a investigar un asesinato en Uruguay. </strong>El panorama no es tan desalentador. Hay sitios, hay redes de periodistas. Hay periodistas que han montado revistas web. Y, por otra parte, est&aacute; tambi&eacute;n el panorama muy saludable y alentador de la publicaci&oacute;n de libros. Hace diez a&ntilde;os mi biblioteca de libros de cr&oacute;nicas eran dos estantecitos y la mayor parte era de Mart&iacute;n Caparr&oacute;s y (Ryszard) Kapu&#347;ci&#324;ski. Hoy en d&iacute;a ya no me entran m&aacute;s libros en los estantes. Las editoriales est&aacute;n publicando cada vez m&aacute;s cr&oacute;nicas. Random, por ejemplo, que empez&oacute; a traducir y a publicar a <strong>Joan Didion </strong>con su parte de no ficci&oacute;n. Anagrama con su colecci&oacute;n de cr&oacute;nicas, con su premio de cr&oacute;nica. Tambi&eacute;n la editorial C&iacute;rculo de Tiza. Incluso hay cada vez m&aacute;s editoriales dedicadas espec&iacute;ficamente a la no ficci&oacute;n. <strong>Entonces s&iacute; podemos decir que quiz&aacute;s es m&aacute;s dif&iacute;cil hoy en d&iacute;a que una revista te d&eacute; veintitr&eacute;s o veinticuatro p&aacute;ginas para publicar un texto. Pero, a lo mejor, ese texto puede ser un peque&ntilde;o libro en vez de un art&iacute;culo.</strong> Si elegiste bien el tema, si el tema viaja a un tiempo, si viaja a un espacio. No s&eacute;, yo no soy tan pesimista en ese sentido.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <p class="quote-text">Llega un momento en el que aparece como una sensación de hartazgo. Ya cuando llega al libro impreso y digo “chau, buena suerte”. No lo quiero ver más. Tampoco tengo tampoco una relación fetichista con el objeto libro</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>&ndash; &iquest;Y en cuanto a lo econ&oacute;mico?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&nbsp;En este sentido lo que s&iacute; me parece es que las redes de la compensaci&oacute;n nunca fueron tan evidentes. Hoy puede venir el periodismo gringo, no s&eacute;, te contrata <em>New Yorker</em> y te paga miles de d&oacute;lares para que te dediques seis meses a hacer equis cosa en Kazajist&aacute;n. <strong>Ac&aacute; en Am&eacute;rica Latina estamos m&aacute;s habituados a hacer much&iacute;simas cosas al mismo tiempo para poder solventar una investigaci&oacute;n de fondo m&aacute;s larga.</strong> De esas que dec&iacute;s &ldquo;bueno, lo que me pagan por este art&iacute;culo no compensa que pas&eacute; siete meses investigando&rdquo;. Pero durante todos esos siete meses tambi&eacute;n hiciste otras cosas, diste talleres, hiciste conferencias, escribiste art&iacute;culos m&aacute;s cortos. <strong>No deber&iacute;a ser as&iacute;, hay que hacer una especie de esfuerzo un poco extra. Es injusto. Pero bueno, con el tiempo y una vez que arm&aacute;s toda esa din&aacute;mica, te das cuenta de que tiene recompensa como dec&iacute;a la canci&oacute;n, que hay recompensa.</strong> Recompensa en el sentido de que tambi&eacute;n eso que vas haciendo, si lo hac&eacute;s bien y honestamente, genera una vuelta de toda clase. En todo sentido. En el hecho de que, de golpe, la gente conoce m&aacute;s tu trabajo entonces una persona que por ah&iacute; no est&aacute; dispuesta a hablar con la prensa s&iacute; est&aacute; dispuesta a hablar con vos porque te ley&oacute;. Y eso hace que tu laburo tenga m&aacute;s relevancia. Digo, es un sistema como de descompensaci&oacute;n y compensaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ndash; Para cerrar, no te voy a preguntar qu&eacute; est&aacute;s escribiendo porque me parece de mal gusto, pero s&iacute; quiero saber qu&eacute; est&aacute;s leyendo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash; S&iacute;, yo nunca le cuento a nadie en lo que estoy trabajando excepto a mi pareja y a mi psicoanalista (risas). Estoy releyendo <em>Libertad</em> de <strong>Jonathan Franzen</strong> que es un libro que me ha encantado siempre. Franzen es una cosa muy extra&ntilde;a, &iquest;viste? De golpe sale con algo como <em>Encrucijadas</em>, que es uno de los mejores libros. Es maravilloso.<strong> Me compr&eacute; ayer el libro sobre Eve Babitz y Joan Didion y estoy con ese.</strong> Y tambi&eacute;n estoy leyendo, muy de a poco, porque quiero que me dure, a <strong>Kurt Vonnegut</strong>. Es un amor encontrado, &iquest;sab&eacute;s? Obviamente s&eacute; de su existencia desde siempre, pero era un autor que yo no pod&iacute;a leer. <strong>Pero de pronto, desde el a&ntilde;o pasado, fue un choque, un meteorito en mi vida. </strong>Ahora me voy de viaje y me voy a llevar <em>Madre noche</em>, una novela de &eacute;l que todav&iacute;a no le&iacute;. Cada libro que leo digo &ldquo;ay no, no queda tanto, que no se termine&rdquo; (risas).
    </p><p class="article-text">
        <em>AL/CRM</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Agustina Larrea]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/leila-guerriero-cronica-naturaleza-humana-atravesada-incertidumbre-sinsentido_1_13008793.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Feb 2026 03:01:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Leila Guerriero: “La crónica, como la naturaleza humana, está atravesada por la incertidumbre y el sinsentido”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Leila Guerriero,Libros,crónicas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuatro viajes a Lof Quemquemtrew]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/cuatro-viajes-lof-quemquemtrew_1_12289871.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/33f3d5ad-e0da-4553-9b93-02cda56f865d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuatro viajes a Lof Quemquemtrew"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A finales de 2021, en Cuesta del Ternero, un paraje cerca a El Bolsón, en el sur argentino, miembros de la comunidad Quemquemtrew defendieron un territorio que el pueblo mapuche habita desde antes de la existencia del país. Pasaron meses en la montaña, incomunicados porque la policía bloqueaba los accesos. Esta crónica narrada en primera persona retrata la recuperación territorial y la red solidaria que la acompaña. </p></div><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>
    </p><p class="article-text">
        - Hay un muerto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Baja el grito de m&uacute;ltiples voces juntas, fuerte pero pausado, las s&iacute;labas bien espaciadas, para que el mensaje viaje casi un kil&oacute;metro hasta donde estamos seis personas mirando hacia la monta&ntilde;a. No podemos llegar hasta el lugar donde est&aacute; el ca&iacute;do. Es 21 de noviembre de 2021. Hace dos meses las fuerzas policiales bloquean el &uacute;nico camino que recorre el valle para que nadie pueda asistir a la gente que resiste en un territorio en conflicto. Pero ahora hay un muerto y nos lo tienen que contar desde lejos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        Al Piojo lo conozco en septiembre de aquel a&ntilde;o, el d&iacute;a que sale de un calabozo. Es un hombre robusto de barba negra y mand&iacute;bula firme, que hace poco alcanz&oacute; los cuarenta a&ntilde;os que yo estoy por pisar. Lo acompa&ntilde;a un joven de veinte a&ntilde;os menos y pelo largo que cae sobre sienes rapadas. Soraya Maico&ntilde;o, referente de la lucha mapuche en El Bols&oacute;n, me pidi&oacute; ir a buscarlos a Bariloche, adonde los llev&oacute; la polic&iacute;a. Les doy mi nombre y no les pregunto los suyos. Reci&eacute;n despu&eacute;s de unos meses me enterar&eacute; del apodo del Piojo, y de que normalmente es de sonrisa f&aacute;cil<strong>,</strong> con el humor a flor de piel, pero ahora est&aacute; serio.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;C&oacute;mo andan? -les pregunto.
    </p><p class="article-text">
        -Y, nunca es lindo caer preso, pero bueno, no es para tanto -contesta el Piojo-. Ayer s&iacute; fue duro. Cuando me agarraron tuve que mirar c&oacute;mo lo tiraron al piso a mi hijo. Uno de los milicos lo ten&iacute;a con la rodilla en la espalda. Hijo de puta, tiene ocho a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al llegar a El Bols&oacute;n hay gente reunida frente a la fiscal&iacute;a bajo los ciruelos en flor, esperando novedades. Ni bien bajamos viene un ni&ntilde;o corriendo y el Piojo se arrodilla para recibir el abrazo de su hijo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Soraya se nos acerca y dice que hubo disparos en Cuesta del Ternero. En ese paraje hace una semana recuper&oacute; territorio una comunidad mapuche: el Lof Quemquemtrew. Ayer, 24 de septiembre, la polic&iacute;a intent&oacute; desalojarla. Detuvieron al Piojo y a cinco personas m&aacute;s pero otras pudieron refugiarse en el extenso bosque del valle que recorre desde la cordillera de los Andes al oeste hacia la inmensa estepa patag&oacute;nica al este. De mi casa al territorio recuperado son catorce kil&oacute;metros en l&iacute;nea recta, pero aqu&iacute; las l&iacute;neas nunca son rectas. Hasta el famoso vuelo de p&aacute;jaro ser&iacute;a m&aacute;s largo, ya que el ave trazar&iacute;a un arco de un kil&oacute;metro y medio de altura por encima del Cerro Piltriquitr&oacute;n. Para ir en veh&iacute;culo, primero tengo que bajar a El Bols&oacute;n, luego dar la vuelta de la monta&ntilde;a por el norte. Del lado del pueblo hay ferreter&iacute;as y salas de yoga, se&ntilde;al 4G y cerveza artesanal tirada. Al otro lado del cerro hay muchos m&aacute;s chivos que personas. Y en este momento all&aacute; se disparan armas. No pensaba ir pero este primer viaje llega imprevisto, anunciado por los tiros.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Ten&eacute;s auto? Comparto la nafta -me dice Roxana Sposaro, amiga y colega fot&oacute;grafa. Salimos primero hacia el norte, pero a los pocos minutos doblamos hacia el este por un camino de ripio que asciende r&aacute;pidamente entre vastas plantaciones de pino. Casi todo est&aacute; carbonizado. Cuesta del Ternero ardi&oacute; durante cuarenta d&iacute;as en enero, cuando un asado mal apagado al lado de un pinar termin&oacute; consumiendo 8000 hect&aacute;reas de pinos y bosque nativo por igual. Pasamos algunas casas aisladas, un destacamento policial y una escuela primaria que lleva el nombre de Lucinda Quintupuray, una abuela mapuche asesinada para quitarle su tierra hace treinta a&ntilde;os. Una larga pendiente ofrece una vista panor&aacute;mica del valle y ahora vemos un tranquer&oacute;n de alambre con pancartas flameando: <em>Wewa&iacute;&ntilde; Lof Quemquemtrew. Amulepe Ta&iacute;&ntilde; Weichan. Territorio Mapuche</em>. Al bajar nos sorprende la tranquilidad. Entre los &aacute;rboles quemados aparecen tres j&oacute;venes de cara tapada. Cuando ven quienes somos, relajan su postura defensiva y se acercan.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Est&aacute;n bien? -pregunto.
    </p><p class="article-text">
        -S&iacute;, pero pueden haber matado a alguien -contesta uno, a&uacute;n encapuchado, su pelo largo, sus ojos oscuros y su cuerpo larguirucho son inconfundibles. Con leves movimientos de cabeza, se&ntilde;alamos que nos reconocemos mutuamente. A Maxi (a quien llamar&eacute; as&iacute; para preservar su identidad) lo conozco hace unos cinco a&ntilde;os, de otra recuperaci&oacute;n m&aacute;s al sur.
    </p><p class="article-text">
        -Apareci&oacute; un patrullero por all&aacute;, bajaron cuatro y cuando nos vieron empezaron a disparar.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Goma o plomo?
    </p><p class="article-text">
        -Los dos -dice y nos muestra lo que juntaron: una granada de gas lacrim&oacute;geno, veinte cartuchos de pl&aacute;stico azules y verdes que portaban postas de goma, nueve vainas de bronce 9 mm.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Otro joven, llam&eacute;moslo Fito, graba un testimonio para difundir cuando tengamos se&ntilde;al. Volvemos con la imagen de los proyectiles y la voz de quienes han sido sus blancos, sin saber que seremos los &uacute;ltimos en entrar libremente a Cuesta del Ternero por los pr&oacute;ximos cinco meses.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        All&aacute; arriba, en el territorio, el fr&iacute;o azota de afuera y el hambre carcome de adentro. Cuando vino a desalojar hace tres d&iacute;as, la polic&iacute;a se llev&oacute; las carpas, las bolsas de dormir, las frazadas, los v&iacute;veres y ahora cortaron todo el tr&aacute;nsito en el paraje. A pocos d&iacute;as de terminar el invierno, las noches en la Patagonia siguen heladas. Convergemos desde todas partes de la cordillera para llevar provisiones a la Lof Quemquemtrew. Docentes, panaderas, agricultores, bibliotecarios, enfermeras, padres, abuelas, nos juntamos en la banquina de la Ruta 40 donde nace el camino de la Cuesta. A algunos los conozco hace casi veinte a&ntilde;os, desde que vivo en la zona, y hay otros que nunca vi hasta hoy. All&iacute; mismo bajo las miradas curiosas del tr&aacute;nsito, llenamos los ba&uacute;les de verduras, fideos, arroz, lentejas, jab&oacute;n, camperas, frazadas y carpas. Luego cargamos pasajeros. Conmigo vienen la representante del sindicato docente, un pibe que parece tener m&aacute;s tatuajes que a&ntilde;os, y el Piojo.
    </p><p class="article-text">
        Sale la caravana y levanta polvo como una estampida de guanacos. Mi Volkswagen rural de m&aacute;s de dos d&eacute;cadas avanza entre camionetas gru&ntilde;onas que no superar&iacute;an los 80 kil&oacute;metros por hora. Ladas fabricados en la URSS y viejos Renault 12 con neum&aacute;ticos m&aacute;s pelados que Gorbachov. Nuestra cofrad&iacute;a variopinta compensa con convicci&oacute;n lo que no tenemos de prestigio automotor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A los quince minutos de viaje, el Piojo me toca el hombro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Dejame ac&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se baja, dice un breve &ldquo;gracias&rdquo; y desaparece en el bosque. No lo ver&eacute; por un mes, y pasar&aacute;n dos hasta que vuelva a hablar con &eacute;l. En el destacamento, la polic&iacute;a nos espera en el medio del camino. Frenamos y quienes van adelante avisan a los efectivos pertrechados que s&oacute;lo queremos entregar comida. Otros ya bajaron de los autos y avanzan sin decir nada, entre los uniformados, por los arbustos al lado de la ruta, por todos lados. Una mujer sesentona se cruza con un agente medio metro m&aacute;s alto que ella, con armadura completa, y lo empuja fuerte por el pecho al pasar. El polic&iacute;a recula trastabillando dos o tres pasos. El escuadr&oacute;n, abrumado, retrocede ante la multitud que lo supera. Quienes seguimos al volante nos movemos a paso de hombre o, m&aacute;s precisamente, a paso de polic&iacute;a caminando hacia atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        R&aacute;pidamente deciden cambiar la inferioridad num&eacute;rica por la superioridad de armamento. De repente la polic&iacute;a parece una pochoclera de postas de goma. Vuelan piedras tambi&eacute;n, en ambas direcciones. Un polic&iacute;a rompe de un piedrazo la ventana de un auto. Minutos despu&eacute;s, se reemplazan las piedras por puteadas, y cuando ya no se lanza ni goma ni piedra, todo el mundo se amontona de nuevo en un <em>scrum</em> furioso, al centro del cual se discute a los gritos mientras alrededor hierven los &aacute;nimos y rebalsan torrentes de rabia hacia los armados. A la lluvia de insultos se suman golpes de kultrunes, bramidos de trutrukas, y aullidos de &ldquo;<em>iai-iai-iai-iai</em>&rdquo;, el afaf&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        De a poco se calman las aguas, aparece el comisario y el griter&iacute;o pasa a ser una negociaci&oacute;n hablada. Avanza la tarde. Los gritos a la polic&iacute;a se intercalan cada vez m&aacute;s con charlas nerviosas, especulaciones acerca de qu&eacute; pasar&aacute; ahora. Se presentan peticiones formales. Suele ser la polic&iacute;a la que viene a despejar un camino frente a una protesta que lo corta. No queda claro en qu&eacute; marco legal lo bloquean ellos ahora. Cae la noche. Hemos ocupado un play&oacute;n de ripio entre el destacamento y el lugar donde se plant&oacute; la polic&iacute;a cien metros m&aacute;s all&aacute;. Juntamos le&ntilde;a y piedras para un fog&oacute;n. Llega la respuesta oficial del juez: no podemos entregar la comida. Alrededor del fuego, se entremezclan las voces y opiniones con el humo.
    </p><p class="article-text">
        -Nos tenemos que quedar.
    </p><p class="article-text">
        -Nadie vino preparado para pasar la noche.
    </p><p class="article-text">
        -Quien necesite irse, todo bien, pero quien pueda quedarse, mejor.
    </p><p class="article-text">
        -Todos recordamos a Rafael Nahuel -dice mi viejo amigo Mauro Mill&aacute;n, incansable referente de la lucha mapuche por el territorio y la autonom&iacute;a. Invoca al joven que fue asesinado por la espalda por el Grupo Albatros de Prefectura Naval en el 2017, durante un operativo de desalojo de la comunidad mapuche Lafken Winkul Mapu en Villa Mascardi-. De nuevo andan persiguiendo a nuestra gente. Andan a caballo por el monte. Si nosotros estamos ac&aacute;, van a estar m&aacute;s seguros all&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Al decir all&aacute;, Mauro se&ntilde;ala la ladera detr&aacute;s de los cascos de la polic&iacute;a. Son cuatro kil&oacute;metros, pero el camino traza una Z largu&iacute;sima para subir. Desde ac&aacute; el p&aacute;jaro volar&iacute;a 600 metros, no m&aacute;s. Sin duda en Lof Quemquemtrew ven nuestro fuego y les dice que no est&aacute;n solos. Vinimos, y nos quedamos. Ahora nosotros tambi&eacute;n vemos el fog&oacute;n de ellos, un peque&ntilde;o resplandor en el bosque oscuro. Mientras en otras partes del mundo hacen videoconferencias, nosotros nos comunicamos con fuegos.
    </p><p class="article-text">
        Unos cuarenta pasamos la noche estirados en el piso rocoso o acurrucados en los autos. La polic&iacute;a tambi&eacute;n prende una fogata para resistir el fr&iacute;o y la vemos brillar a trav&eacute;s de sus escudos transparentes. Pasan la noche por turnos, parados con cascos y chalecos antibalas como si esperaran la invasi&oacute;n de un ej&eacute;rcito hostil. Si ese ej&eacute;rcito somos nosotros, nuestras municiones son papas, y nuestras generalas son Mar&iacute;a Luisa y Rosa, abuelas septuagenarias dormitando en reposeras de camping.
    </p><p class="article-text">
        Amanecemos en la escarcha. Despu&eacute;s de reavivar el fuego, largamos un grito de afaf&aacute;n. Que sepan que seguimos aqu&iacute;. Responden con otro. Al rato, mientras nos calentamos con los primeros mates, alguien dice &ldquo;&iexcl;Callense! Nos est&aacute;n diciendo algo&rdquo;. Nos quedamos quietos e intentamos aguzar el o&iacute;do para escuchar el canto que viene desde la monta&ntilde;a:
    </p><p class="article-text">
        -&iexcl;Las tierras robadas/ ser&aacute;n recuperadas!
    </p><p class="article-text">
        Los d&iacute;as que siguen son una amalgama de solidaridad espont&aacute;nea e injusticia surrealista. El fog&oacute;n improvisado se convierte en un acampe completo. Se levantan toldos de pl&aacute;stico, se tallan bancos de troncos, se cava una letrina en el bosque. Flamean banderas y pancartas de todo tipo. Nos cansamos de traer y picar le&ntilde;a. Este viaje que no llega a su destino implica muchos viajes m&aacute;s. Como tantos otros, me la paso yendo y viniendo, trayendo provisiones, llevando mensajes, turn&aacute;ndonos para mantener el acampe. Hace quince a&ntilde;os que ando cerca de las recuperaciones territoriales y s&eacute; que hay que enfrentar al desgaste. No soy mapuche y nac&iacute; muy lejos de la Patagonia, pero entiendo que si estoy en este lugar, corresponde defenderlo y defender a la gente que me precede. Hoy quienes est&aacute;n al filo de esa defensa son las comunidades. Por suerte no est&aacute;n solas. Va llegando gente mapuche y no mapuche desde m&aacute;s lejos: Madryn, Comodoro, Trelew, Neuqu&eacute;n. Hay largas horas de traw&uacute;n, de parlamento.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a se habla de la campa&ntilde;a instalada en algunos medios, que &ldquo;los mapuche vienen a tomar tu terreno, a sacarte tu casa&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -El pueblo mapuche no recupera tierras pobladas -responde un pe&ntilde;i de Bols&oacute;n-. M&aacute;s all&aacute; de que el poblador sea mapuche o no. F&iacute;jense que por ac&aacute; vive N&eacute;stor, Don Orlando, los Pich&uacute;n, los Soto, un mont&oacute;n m&aacute;s. No se le saca tierra a ninguno de ellos. Se recupera tierra fiscal deshabitada. El tema es que viene este Rocco y dice que este territorio es suyo, pero nunca vivi&oacute; aqu&iacute; ni es due&ntilde;o del lugar. Le dieron una concesi&oacute;n para plantar pino no m&aacute;s, y miren: est&aacute; lleno de plantaciones descuidadas, quemadas.
    </p><p class="article-text">
        Los vecinos que nombra son antiguos pobladores del paraje, algunos originarios y otros no. En muchos casos son familias que habitan el lugar antes de la creaci&oacute;n de la Provincia, y el pueblo mapuche antecede la existencia de Argentina misma. Al decir &ldquo;Rocco&rdquo; se refiere al Sr. Rolando Rocco, el empresario local que seg&uacute;n registros de la Secretar&iacute;a Provincial de Bosques, consigui&oacute; concesiones forestales en terrenos fiscales en los &lsquo;80. Luego el Estado le subsidi&oacute; la implantaci&oacute;n de pinos ex&oacute;ticos a trav&eacute;s de la Ley 25.080 de Inversiones para Bosques Cultivados. A quien quiere talar el bosque nativo y plantar especies invasivas (acto que seg&uacute;n la ley constituye &ldquo;enriquecimiento del bosque nativo&rdquo;), el Estado le cede el uso de la tierra y le financia su proyecto de lucro privado. Pero cuando una comunidad quiere habitar el bosque, se saca hasta los ni&ntilde;os esposados a punta de arma. Ahora es Rocco quien impulsa los cargos contra la comunidad.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, en ese espacio difuso del Poder Judicial, se hacen audiencias que hoy son m&aacute;s irreales a&uacute;n por ser virtuales. En la pantalla se ve un juez, fiscales, abogados, peticionantes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -A nadie se lo ha condenado por ning&uacute;n delito, sin embargo los est&aacute;n privando de comer y de abrigarse -plantea Mauro Mill&aacute;n que como longko de otra comunidad pide al juez que libere el tr&aacute;nsito-. Hasta los presos tienen derecho a comer.
    </p><p class="article-text">
        -Pero nadie est&aacute; privado de su libertad -retruca la fiscal Betiana Cend&oacute;n-. Cuando quieran, pueden salir, volver a sus casas y comer. Esto de los derechos humanos es un eufemismo.
    </p><p class="article-text">
        Irse significa no poder volver. Significa renunciar al territorio; en esta disputa, la &uacute;nica carta que tiene Lof Quemquemtrew es su presencia f&iacute;sica. El gobierno insiste tanto en el imperio de la ley, pero en vez de discutir los m&eacute;ritos de su postura con el debido proceso, su estrategia es obligar a sus contrincantes a que elijan entre renunciar a su reclamo o pasar hambre. Parece que nuestros fuegos nocturnos se&ntilde;alan bien este nuevo medievalismo. En pleno siglo XXI, la pol&iacute;tica oficial es un asedio.
    </p><p class="article-text">
        El juez Ricardo Calcagno falla que entrar provisiones ser&iacute;a consolidar el delito y, por lo tanto, no lo permite. Evidentemente, la presunci&oacute;n de inocencia no rige. Antes de que haya investigaci&oacute;n, ni mucho menos un juicio, sostiene que hay un delito.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Estos derechos de los que siguen hablando -dice el juez- no los pueden reclamar <em>de facto</em>. Quienes vemos la transmisi&oacute;n en las pantallas nos preguntamos entonces, si no se permite actuar <em>de facto, </em>&iquest;qu&eacute; hizo Julio Argentino Roca en la campa&ntilde;a militar de 1878 que le arrebat&oacute; la Patagonia al pueblo mapuche? Adem&aacute;s, el juez dice que no se puede reclamar derechos <em>de facto </em>y en la misma audiencia los niega<em> de jure. </em>Esto no deja ning&uacute;n canal abierto. Parece ser el objetivo; todos los canales est&aacute;n siempre congestionados. Mauro, de nuevo, en otra de tantas audiencias in&uacute;tiles: &ldquo;Modificaron la Constituci&oacute;n en el '94 y nos dijeron que llegar&iacute;an t&iacute;tulos comunitarios&rdquo;. Se refiere a la reforma constitucional del 1994 en que se sanciona el art&iacute;culo 75 inciso 17 que reza: <em>Reconocer la preexistencia &eacute;tnica y cultural de los pueblos ind&iacute;genas argentinos, reconocer... la posesi&oacute;n y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano. </em>Sigue Mauro, &ldquo;Pero seguimos esperando. Esto no es un capricho; cuando se agotan las palabras a veces hay que actuar&rdquo;.
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                Premio crónica patagónica. Cuatro viajes a Lof Quemquemtrew                            </span>
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        <strong>III.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Habr&aacute; que buscar cauces alternativos. Un cart&oacute;n clavado en un tronco cuenta los d&iacute;as que la polic&iacute;a lleva prohibiendo entrar al territorio. Cuando marca 25, lo visito a N&eacute;stor Anticura, antiguo poblador mapuche de la Cuesta, en su casa, la m&aacute;s cercana al bloqueo del lado accesible. N&eacute;stor es una presencia constante en el acampe, pero necesito hablar en privado con &eacute;l. Quiero juntar un equipo, calzarnos las mochilas como quien sale de trekking y entrar al territorio a pie, por atr&aacute;s. S&eacute; bien, aunque nunca lo dice nadie, que desde el principio, hubo gente entrando v&iacute;veres as&iacute; casi todas las noches. Es una vuelta de cinco kil&oacute;metros subiendo por el otro lado del valle. Salen de la casa de N&eacute;stor y &eacute;l conoce el camino mejor que nadie. Lo que propongo tiene dos aspectos nuevos: que entremos personas no mapuche, y de d&iacute;a. Si llegamos, perfecto. Pero si nos para la polic&iacute;a, tendr&iacute;amos las c&aacute;maras prendidas y preguntar&iacute;amos por qu&eacute; no permiten que la gente camine por la monta&ntilde;a. Intentar&iacute;amos poner en evidencia lo rid&iacute;culo e ilegal de su accionar. Nos pueden llegar a parar, demorar, hacernos volver y hasta detenernos. Pero dudo mucho que nos disparen, simplemente por no ser mapuche. N&eacute;stor habla poco y escucha mucho. Dice que cuando suba al territorio ma&ntilde;ana preguntar&aacute; qu&eacute; les parece. Me voy y espero noticias. Dos d&iacute;as despu&eacute;s, me encuentro con Roxana: &ldquo;N&eacute;stor te espera el viernes&rdquo;, dice sin saber lo que significa, y me da un sobre cerrado con detalles.
    </p><p class="article-text">
        Armar un equipo es dif&iacute;cil. Del grupo en el que hab&iacute;a pensado, uno est&aacute; reci&eacute;n operado y otra anda de viaje, pero varios m&aacute;s simplemente no se suman. M&aacute;s de uno lo menciona a Rafael Nahuel. Al final s&oacute;lo se prende Ada Augello, amiga y ex-colega de mis a&ntilde;os en la radio, h&aacute;bil como periodista y como caminante por igual.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El viernes a las 5:30, todav&iacute;a bajo las estrellas, estaciono al lado de la alameda en la entrada de N&eacute;stor. Nos rodea una manada de perros s&oacute;rdidos, uno cubierto de proto-rastas de grueso calibre, otro con un tumor o bocio colgando del cuello casi como una segunda cabeza. N&eacute;stor abre con cierto esfuerzo la puerta de madera gris y descascarada que se arrastra en el piso por las bisagras vencidas. En el cuarto del fondo, convertido en dep&oacute;sito, hay bolsas de verduras, latas apiladas y paquetes de yerba, harina, az&uacute;car, fideos, arroz. Cargo mi mochila con alimentos, adem&aacute;s de la c&aacute;mara y el grabador. Arriba de todo, por fuera, ato un zapallo. En una zona sitiada, cada calor&iacute;a vale.
    </p><p class="article-text">
        Cuando salimos, es m&aacute;s de d&iacute;a que de noche. N&eacute;stor dice que mantengamos un buen ritmo hasta llegar al bosque por si la polic&iacute;a anda vigilando. Serpenteamos entre &aacute;rboles dispersos hasta llegar a un imponente pared&oacute;n de piedra y nos metemos en un cipresal. Bajamos una pendiente empinada en zigzag hacia el r&iacute;o, donde lupinos florecidos cubren la orilla. Descansamos mientras nos sacamos las botas y subimos los pantalones hasta la rodilla. Sumerjo la cara en el agua cristalina y trago sorbos g&eacute;lidos. La Lof Quemquemtrew tom&oacute; su nombre de este r&iacute;o, que aguas abajo atraviesa El Bols&oacute;n. Aqu&iacute; es todav&iacute;a peque&ntilde;o; apenas nos moja las rodillas. Si bien son s&oacute;lo unos veinte metros de ancho, cuando llegamos al otro lado me duelen los dedos por el fr&iacute;o. Es agua de deshielo que lleva poco tiempo en estado l&iacute;quido. Al otro lado, calzados de nuevo, cruzamos un camino r&uacute;stico con ancho suficiente para un auto, pero no para cualquiera. En la base de una subida hay un cartel de madera pintado a mano: <em>Pon&eacute; primera y no aflojes, hermano!</em>
    </p><p class="article-text">
        Ahora ya estamos m&aacute;s all&aacute; de la l&iacute;nea policial y tal vez haya patrullas. &ldquo;No usamos siempre el mismo camino,&rdquo; nos cuenta N&eacute;stor. &ldquo;Lo vamos variando, as&iacute; no nos pueden seguir las huellas ni quedarse esper&aacute;ndonos&rdquo;. Cruzamos una pampa ancha y verde donde pastan unos caballos, y en una parte mallinosa hundimos las botas en el barro a cada paso. Vamos ganando altura, y la &uacute;ltima subida es seca y polvorienta. No queda otra que rozar el camino principal, el que est&aacute; prohibido transitar.
    </p><p class="article-text">
        -Si escuch&aacute;s un motor, tirate entre las plantas -advierte N&eacute;stor, pero el &uacute;nico sonido es el viento, cada vez m&aacute;s fuerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llegamos a una planicie sin follaje. Despu&eacute;s de semejante hurac&aacute;n de fuego, todav&iacute;a no vuelve ni el pasto y por todos lados vemos huellas en el polvo. No importa por qu&eacute; ruta subas en el bosque, no hay alternativa a esta recta final por el llano incendiado. Todos los caminos terminan aqu&iacute;, en esta tierra sin color. El suelo es p&aacute;lido; la tierra, ya de por s&iacute; pobre y arenosa, se mezcla con ceniza, y de ese gris s&oacute;lo salen los ganchos negros que fueron &aacute;rboles. El cielo est&aacute; cargado de nubes a la altura de las cumbres nevadas. La &uacute;ltima etapa del viaje es una carrera de un kil&oacute;metro en medio de una foto en sepia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        N&eacute;stor tiene la estatura de un oso, pero camina con ritmo &aacute;gil. El viento corre con furia, y su poncho flamea como bandera de lana. Pasamos entre los esqueletos de madera, primero lauras y &ntilde;ires retorcidos, luego filas prolijas de pino. Todos rectos como plomadas, todos de la misma edad, la misma altura, la misma especie. Todos carbonizados. Vamos en paralelo al camino de autos, a unos cincuenta metros como mucho. Los escondites posibles son tan escasos como los colores en este paisaje desgraciado. Ada baja su gorra de lana todo lo que puede, pero su pelo rubio es mejor protecci&oacute;n que un chaleco antibalas. Por encima de su hombro, N&eacute;stor dice &ldquo;si viene un patrullero, hay que hacerse invisible nom&aacute;s&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De eso se trata. Yo, que no soy mapuche ni nac&iacute; en este lugar, recorro este camino y lo puedo contar por haberlo vivido. Pero por m&aacute;s que uno vive inevitablemente en el centro de su propia historia, &eacute;sta no es m&iacute;a. Que me toca ser invisible, y que eso a su vez es imposible.
    </p><p class="article-text">
        Cruzamos el camino casi corriendo y saltamos el alambre al lado de la tranquera donde hace un mes nos mostraban las vainas servidas. Ese d&iacute;a no imagin&eacute; lo que tendr&iacute;a que hacer para volver. Nos saludan dos j&oacute;venes abrigad&iacute;simos. La &uacute;nica piel visible es la franja alrededor de los ojos, pero de nuevo, los conozco. Uno, con la cabeza envuelta en una remera negra, es Fito, quien grab&oacute; el mensaje aquel primer d&iacute;a. El otro, de pasamonta&ntilde;a al mejor estilo Subcomandante Marcos, es Gonzalo Cabrera, a quien tambi&eacute;n conozco hace a&ntilde;os. Aqu&iacute; el viento es un compa&ntilde;ero constante, pero hoy sorprende su ferocidad. Todo est&aacute; en movimiento. El cielo parece una s&aacute;bana que alguien corre por arriba de esta cama de piedra y madera y cinco personas agachadas en un rudimentario refugio. Hay tres paredes de troncos negros apilados; el cuarto costado est&aacute; abierto. Arriba unos palos imitan cabios de un techo, pero s&oacute;lo hay un pl&aacute;stico negro, roto al medio, que se sacude violentamente. Bajo ese aleteo intentamos hablar de la vida en estado de sitio. El bloqueo lleva un mes y es la primera vez que saldr&aacute;n las voces del territorio hacia afuera.
    </p><p class="article-text">
        Fito cuenta:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Tenemos que vivir escondidos en el monte, continuamente recorriendo el territorio, viendo que no haya ning&uacute;n movimiento raro. Muchas veces hemos tenido que dormir a la intemperie, termin&aacute;s mojado. A veces tenemos que acomodarnos entre todos lo que somos, juntarnos para darnos un poco de calor.
    </p><p class="article-text">
        Pero no le interesa pasar mucho tiempo con estos detalles.
    </p><p class="article-text">
        -Hay d&iacute;as que estamos bien y d&iacute;as que estamos mal. Hay d&iacute;as que tenemos ganas de llorar, de gritar, porque es as&iacute;. Pero eso tratamos de contenerlo, de saberlo sobrellevar. Estamos conviviendo ac&aacute; en el territorio. Estamos siendo una familia.
    </p><p class="article-text">
        Llega el Piojo, ve que estamos grabando y saluda con un pu&ntilde;o levantado sin decir nada. Sigue su recorrido. Gonzalo arma un fueguito en el costado abierto del galp&oacute;n. Fito sigue hablando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Hoy en d&iacute;a se est&aacute; volviendo a reconstruir esto de lo antiguo, de volver a hacer lo que hac&iacute;an nuestros abuelos. Es una conversa muy larga hasta que uno entra al territorio, no fue de un d&iacute;a para otro que se decidi&oacute; recuperar este lugar porque era bonito. No, antes de poder instalarse, se hicieron varios trabajos, con el territorio, con los newenes del lugar.
    </p><p class="article-text">
        Larga un mes de palabras en un saque. En contraste, casi podr&iacute;a contar con los dedos las palabras por hora de Gonzalo. De un morral saca una lata vieja con el borde doblado como pico vertedor. La llena de agua y la apoya entre las llamas. Ensilla un mate, levanta la lata-pava con un trapo y sube su pasamonta&ntilde;as un poco para meter la bombilla por debajo. Fito habla de la gobernadora Arabela Carreras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Qu&eacute; di&aacute;logo quieren si tienen a toda la polic&iacute;a ac&aacute; abajo? &iquest;Entonces qu&eacute; clase de respeto quieren de nuestra parte si viven hostig&aacute;ndonos?
    </p><p class="article-text">
        Fito habla. Ada y yo escuchamos. Gonzalo ceba mate. El viento a&uacute;lla. En un mundo complejo, este momento es as&iacute; de sencillo.
    </p><p class="article-text">
        A las dos horas, emprendemos la vuelta. El vendaval levanta r&aacute;fagas de ceniza y arena que nos vapulean los ojos. Con N&eacute;stor y Ada no hablamos casi nada durante la hora y media de caminata. Al llegar al acampe, vemos todo amarrado para pasar el temporal. Hace a&ntilde;os que no se registran vientos tan fuertes. Caen &aacute;rboles gigantes en El Bols&oacute;n y l&iacute;neas el&eacute;ctricas en Esquel. Vuelan techos en Bariloche.&nbsp;
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                Premio crónica patagónica. Cuatro viajes a Lof Quemquemtrew                            </span>
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        <strong>IV.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de meses de ir y venir del acampe seguido, este domingo 21 de noviembre, me quedo en casa. Pasamos la tarde entre tareas de chacra. Los chicos ayudan hasta que salen a andar en bici. Como lleg&oacute; el calor y ya no prendemos m&aacute;s la estufa, con mi compa&ntilde;era vamos acomodando el le&ntilde;ero.
    </p><p class="article-text">
        Chilla mi bolsillo. Me quito un guante y saco el celular.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	<em>AHORA LOF QUEMQUEMTREW</em>
    </p><p class="article-text">
        	<em>disparan balas de plomo contra comuneros</em>
    </p><p class="article-text">
        	<em>HAY DOS HERIDOS DE BALA</em>
    </p><p class="article-text">
        Lo leo en voz alta porque ya estoy desviando mi rumbo hacia la casa. Mientras junto lo b&aacute;sico -c&aacute;mara, cuaderno, agua, abrigo y una manzana- las campanas digitales suenan como una m&aacute;quina de fl&iacute;per. Tiro una bolsa de dormir y una linterna en el auto por si acaso. En quince minutos llego a una esquina c&eacute;ntrica de Bols&oacute;n. Somos unos diez y nos vamos organizando con apuro. &iquest;Qu&eacute; autos hay? &iquest;Qui&eacute;n sube al territorio? &iquest;Qui&eacute;n va a la comisar&iacute;a? En el medio de esto, me llega un audio de cinco segundos.
    </p><p class="article-text">
        <em>Acaba de llegar la ambulancia al hospital. Hay uno sin vida.</em>
    </p><p class="article-text">
        El tiempo se estrecha por un canal angosto y acelera a&uacute;n m&aacute;s. Son seis cuadras hasta el hospital, donde un cirujano intenta her&oacute;icamente repararle a Gonzalo los intestinos perforados por dos balazos. En la puerta de la guardia est&aacute; N&eacute;stor, con cara de ceniza. Normalmente es un hombre callado, pero ahora su silencio se ha vuelto un vac&iacute;o, un retiro hacia un quietud cavernosa. Dice poco, sin nombres ni detalles pero con todo lo que debemos saber.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -All&aacute; hay uno muerto. La ambulancia s&oacute;lo trae a los vivos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay un frenes&iacute; de preguntas, llamadas y mensajes, intentando saber qu&eacute; pasa y coordinar acciones. A la vez, la cacofon&iacute;a habitual de la vida se esfuma ante la muerte. Ocurren tantas cosas a la vez pero no es un caos sino una atenci&oacute;n multipresente, prism&aacute;tica. Hay tanto para atender, tantos puntos de luz dispersos pero que se originan todos en un s&oacute;lo rayo.
    </p><p class="article-text">
        Me dirijo a la fuente de la luz. Por el medio de la tormenta nos miramos con Paula, otra ex-voluntaria de la radio.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Vamos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Vamos.
    </p><p class="article-text">
        Atravesamos la Cuesta a velocidades m&aacute;s altas que lo recomendable. Vamos directo a lo de N&eacute;stor, porque hace pocos d&iacute;as se traslad&oacute; el acampe all&iacute;. Pero no hay nadie. En breve llega otro auto. Ahora somos cinco. Volvemos a la l&iacute;nea policial, al predio con vista al territorio. Est&aacute; todo bajo un extra&ntilde;o manto de calma. Hay cuatro polic&iacute;as en el ret&eacute;n, como siempre, pero no hay movimientos en el destacamento.
    </p><p class="article-text">
        Entonces el grito que baja de la montana:
    </p><p class="article-text">
        -&iexcl;Hay un muerto!
    </p><p class="article-text">
        Ya lo sabemos, pero es otra cosa escucharlo rebotar entre las monta&ntilde;as con la &uacute;ltima luz del d&iacute;a. El sol que hoy nunca se mostr&oacute; se escabulle tras el manto gris y nos hundimos en el crep&uacute;sculo largo. Encendemos un fuego. Esperamos. Llega otro auto, y ahora somos diez. Hablamos despacito. Suposiciones, conjeturas, teor&iacute;as. Miramos como suben las chispas intentando volverse estrellas. Sobre todo, esperamos. La polic&iacute;a no se mueve, el bosque est&aacute; quieto, el aire tambi&eacute;n. En alg&uacute;n lugar del bosque adonde no podemos llegar, hay personas que mantienen la vigilia al lado del ca&iacute;do, sentadas como nosotros en este silencio largo, el fr&iacute;o que se espesa, la oscura vastedad alrededor.
    </p><p class="article-text">
        A las 11 llega una ambulancia con Soraya y una m&eacute;dica. Tambi&eacute;n un patrullero con un agente de criminal&iacute;stica. En la puerta del destacamento, iluminados por los autos y los destellos verdes de la ambulancia se negocia el procedimiento. Subir&aacute;n para constatar el deceso y el detective sacar&aacute; fotos para asegurar que siga todo igual ma&ntilde;ana cuando llegue el equipo forense completo. La ambulancia sube con sus luces verdes inusitadas en el bosque de noche. En la ciudad, son para despejar el tr&aacute;nsito en el apuro de salvar una vida. Aqu&iacute; no hay tr&aacute;nsito (est&aacute; prohibido hace dos meses, ni hablar de la hora) y no hay ninguna vida que salvar. Pero titilan igual.
    </p><p class="article-text">
        La noche avanza en esta tranquilidad incongruente, al contrario del d&iacute;a que viene. Vuelve la ambulancia y Soraya se baja en el fog&oacute;n:
    </p><p class="article-text">
        -Una vez m&aacute;s han matado a un pe&ntilde;i nuestro. El&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        El&iacute;as Garay Ca&ntilde;icol. No conozco este nombre. Pero aqu&iacute; conozco a muchas personas sin saber sus nombres.
    </p><p class="article-text">
        A las siete ya es de d&iacute;a. La polic&iacute;a mantiene el camino cortado. No pueden subir dolientes a velar el muerto, tampoco la prensa. Pero hace falta investigar, bajar un cuerpo, hacer una ceremonia. El fiscal deja pasar a los familiares y a un equipo de negociaci&oacute;n. Al rato vuelven Andrea Reile, abogada de la comunidad, y Mauro Mill&aacute;n con la postura de la lof: que entren los forenses, pero tambi&eacute;n que pueda pasar toda la gente para la ceremonia de eluw&uacute;n. El fiscal acuerda pero necesita el visto bueno del juez, as&iacute; que salen hacia el pueblo para armar el andamiaje legal para todo lo que vendr&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Los dem&aacute;s seguimos esperando. El sol trepa alto; el fr&iacute;o nocturno ya se disip&oacute;. Sigue llegando gente. Moira Mill&aacute;n, hermana de Mauro, llega desde Pill&aacute;n Mahuiza, el territorio recuperado donde vive, 300 kil&oacute;metros al sur. Betiana Colhu&aacute;n Nahuel, &uacute;nica machi en lo que hoy se denomina Argentina, llega para conducir la ceremonia. Maxi, que me mostr&oacute; las vainas aquel primer d&iacute;a trae banderas negras flameando en ramas de sauce. El sol del mediod&iacute;a funde la tristeza, la rabia, el hambre y el cansancio en una aleaci&oacute;n tediosa y desconcertada que nadie sabe manejar. Buscamos la escasa sombra sentados de a dos o tres bajo un pino ralo o del lado sur de alg&uacute;n auto. El sol y el polvo y la impotencia muelen la paciencia. Para algunos est&aacute; desgastada por estas largas horas de espera o las semanas de aguante frente al ret&eacute;n, pero para otros se viene erosionando hace 140 a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como todos los d&iacute;as, la gente se junta delante de la l&iacute;nea de efectivos, quienes siempre mantienen caras de piedra. Durante dos meses se repiti&oacute; tantas veces esta escena -la gente los putea, apela a su humanidad, golpea tambores frente a sus caras- y nunca reaccionaron. Pero esta vez es diferente. Ayer se muri&oacute; alguien y todos presumimos que lo mat&oacute; una bala policial. Los cent&iacute;metros de aire entre las caras de los soldados y las de la multitud se vuelven tan sensibles como la nitroglicerina. En alg&uacute;n lado, algo lo detona y sin mediar palabras, la l&iacute;nea policial erupciona. Vuelan municiones de goma y salimos desperdigados como pelotas de billar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La madre de Betiana, Mar&iacute;a, les arrima puteadas por el costado y a uno le pincha el hombro con el dedo. Moira los encara de frente. Ninguna de las dos supera el metro y medio. Los polic&iacute;as, con escopetas y escudos levantados, se ven fastidiados por estas abuelas rabiosas.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Qu&eacute; mierda se creen ustedes? -grita Moira, que en sus largos a&ntilde;os como referente de su pueblo se volvi&oacute; una oradora potente- Ayer mataron a un hombre y hoy ni siquiera dejan pasar a la gente para un funeral? Si alguno de ustedes cayera tendr&iacute;a todo el derecho a un entierro con dignidad. Si su familia quiere a un cura, pues habr&iacute;a un cura. All&aacute; hay una familia que llora y no dejan pasar a la machi. &iquest;Ni pueden darle a un muerto su dignidad?.
    </p><p class="article-text">
        Terminan los disparos y los piedrazos. Aparece frente a la polic&iacute;a una joven de catorce a&ntilde;os. A esta altura s&oacute;lo algunos pocos sabemos que en realidad este territorio se recuper&oacute; porque aqu&iacute; Lil&eacute;n se levantar&aacute; como machi. De repente est&aacute; sola frente a los uniformados, cuyos ojos apenas se ven por arriba los escudos. La postura de los polic&iacute;as ser&iacute;a buena para enfrentar a un man&iacute;aco con machete pero adelante tienen a una adolescente de cara redonda y un pa&ntilde;uelo floreado en la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Creen que nos pueden matar y esto se va a terminar? &iexcl;Nos vamos a levantar una y otra vez por este territorio, nunca vamos a dejar de defenderlo, hijos de puta! -dice y clava un pu&ntilde;etazo en un escudo. El que lo sostiene recula y toda la l&iacute;nea se sacude y se reacomoda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Justo en este momento vuelve la comitiva del pueblo con todo autorizado. Ni diez minutos despu&eacute;s de repelernos a los tiros, la polic&iacute;a se corre del camino que ocup&oacute; durante dos meses y deja pasar a la caravana f&uacute;nebre. Una vez m&aacute;s, me encuentro frente a la tranquera de ramas y alambres, y aqu&iacute; el grupo se divide. La gente mapuche entra para buscarlo a El&iacute;as y los no mapuche esperamos en la entrada durante la ceremonia.
    </p><p class="article-text">
        Cuando salen con El&iacute;as una hora m&aacute;s tarde, primero escucho los kultrunes y el afaf&aacute;n como un trueno lejano que se acerca. Despu&eacute;s a lo lejos veo las banderas negras en alto, luego entre el polvillo iluminado por el sol rasante aparece la muchedumbre de a pie. Brazos, cabezas, piernas y el centelleo de plata en las frentes y los pechos, y el trueno que crece, la cascada de afaf&aacute;n incesante. Las personas se vuelven un cuerpo unido, un cardumen que fluye entre los &aacute;rboles quemados portando al que se va de este mundo. Nos absorben a quienes esper&aacute;bamos y volvemos a ser uno solo. Apoyan la camilla con El&iacute;as, envuelto en tela blanca y cubierto de ramas de maqui, a tres pasos al lado m&iacute;o. Lo rodean hombres con palos de sauce que golpean contra el suelo para luego levantarlos sin perder el ritmo y se percuten entre s&iacute; al centro de la ronda y la pulsaci&oacute;n sube con los gritos y el golpeteo seco de la madera y apuntan al cielo. Una y otra vez los levantan y de alg&uacute;n modo el afaf&aacute;n sigue creciendo, brotando de un profundo reservorio de rabia y tristeza y gritamos como si El&iacute;as saliera de este universo a pura fuerza de sonido y nos tocara a nosotros darle el empuj&oacute;n suficiente para que llegue a esa costa desconocida que espera del otro lado.
    </p><p class="article-text">
        Se abre un espacio alrededor de El&iacute;as y dos trabajadores f&uacute;nebres lo levantan y lo cargan y s&oacute;lo cuando el veh&iacute;culo desaparece por el camino empieza a menguar el afaf&aacute;n, como la estela de un barco que lame la orilla cuando pasa y luego vuelve la calma. En ingl&eacute;s la palabra <em>wake </em>es estela y tambi&eacute;n velorio; &iquest;hay algo en eso de la &uacute;ltima chance de sentir las ondas que levanta una persona en su pasar por el mundo?
    </p><p class="article-text">
        El Piojo levanta una mano y pide nuestra atenci&oacute;n. Se apoya en un palo firme, y su cara est&aacute; envuelta en un pa&ntilde;uelo negro como siempre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Es la primera y la &uacute;ltima vez que saco a un pe&ntilde;i as&iacute; del territorio.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V. Ep&iacute;logo</strong>
    </p><p class="article-text">
        En este d&iacute;a invernal del 2024 convergemos de nuevo para pensar un nuevo desaf&iacute;o: Lof Quemquemtrew enfrenta un juicio por usurpaci&oacute;n. Cuando arrebataron la vida de El&iacute;as todav&iacute;a no sab&iacute;amos que sus asesinos no fueron polic&iacute;as sino empleados del empresario Rocco, Mart&iacute;n Cruz Feilberg y Diego Ravasio, que la polic&iacute;a dej&oacute; pasar el ret&eacute;n armados. No sab&iacute;amos que ser&iacute;an condenados ambos, pero que al tiempo Feilberg lograr&iacute;a dar vuelta la condena por no haber apretado el gatillo &eacute;l. Y ahora est&aacute; la comunidad en el banquillo de los acusados.
    </p><p class="article-text">
        Afuera el fr&iacute;o es moderado pero se hace sentir. Adentro la salamandra arde con ganas y dejamos tirada una pila importante de abrigos delante del poncho en proceso que se estira sobre el telar de Romina. Circula la palabra, circulan mates, facturas, pizza, chorip&aacute;n. Se comparte otro rato en este lugar al que cost&oacute; tanto llegar. En un momento se levanta Romina y dice, &ldquo;Vamos a hacer purr&uacute;n&rdquo;. A danzar, entonces.
    </p><p class="article-text">
        En el rewe, el lugar de ceremonia, damos vueltas en ronda al ritmo del kultr&uacute;n. Somos unos veinte, entre familiares y amigos. La mitad son mapuche, la otra mitad no. En un momento dado Romina, sin explicaci&oacute;n ni nada grandilocuente, nos indica a los no mapuche que nos quedemos por un costado. &ldquo;Tranquilos nom&aacute;s, que ahora trabaja Lilu&rdquo;. Y ella, que a sus diecisiete a&ntilde;os a&uacute;n no es machi pero lleva muchos a&ntilde;os en ese camino, se va metiendo en ese pliegue entre este mundo y otro. No corresponde hablar de lo que all&iacute; sucede por lo &iacute;ntimo de un delicado trabajo espiritual. Pero adem&aacute;s, transmitir una serie de acciones o elementos ser&iacute;a como describir una sinfon&iacute;a explicando c&oacute;mo se mueven los arcos de los violines.
    </p><p class="article-text">
        Todav&iacute;a no sabemos que la jueza Romina Martini le dar&aacute; la raz&oacute;n a Rolando Rocco y ordenar&aacute; el desalojo de la comunidad. Que &eacute;sta es una de las &uacute;ltimas ceremonias aqu&iacute;, por lo menos por ahora. En esas vueltas que damos al rewe, en ese viaje sin cambiar de lugar, en el viaje de Lil&eacute;n a otro plano, en el que nos hayan abrazado a quienes llegamos de otros lugares para que tambi&eacute;n tengamos un v&iacute;nculo con &eacute;ste, se siente que a veces los viajes son invisibles y que el m&aacute;s potente puede ser la permanencia. Que por lo mucho que cost&oacute; llegar hasta aqu&iacute;, habr&aacute; que seguir luchando para volver.
    </p><p class="article-text">
        Lil&eacute;n vuelve de donde haya estado con la cara enrojecida. Compartimos un vaso de muday. Y arriba nuestro pasan tres c&oacute;ndores. Vemos sus cabezas blancas, sus plumas extendidas en silueta contra el cielo azul. Pasan, dan unas vueltas lentas y siguen viaje.
    </p><p class="article-text">
        <em>El Concurso de Cr&oacute;nica Patag&oacute;nica es uno de los programas m&aacute;s ambiciosos de la Fundaci&oacute;n de Periodismo Patag&oacute;nico. Durante sus primeras seis ediciones han enviado sus textos m&aacute;s de 500 cronistas y fueron jurado periodistas y escritores como Mar&iacute;a Moreno, Cristian Alarc&oacute;n, Roberto Herrscher, Sonia Budassi, entre otros y otras.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Desde su puesta en marcha ha sido clave en la construcci&oacute;n de la red de #CronistasDelSur, que narra la Patagonia desde los territorios.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Denali DeGraf]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/cuatro-viajes-lof-quemquemtrew_1_12289871.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 12 May 2025 09:30:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cuatro viajes a Lof Quemquemtrew]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[crónicas,Patagonia,Comunidad mapuche,Mapuches,Rafael Nahuel,Moira Millán]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Otoño dónde estás?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/otono_1_12252050.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b6d2c6a1-f746-4e82-a583-b28760c5a65d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Otoño dónde estás?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una mañana de 2006, Otoño Uriarte salió temprano de su casa –en Fernández Oro, un pueblo rionegrino – para ir a la escuela. Jamás regresó. Este texto -que obtuvo el Segundo Premio en la sexta edición del Concurso de Crónica Patagónica- reconstruye los primeros seis meses de búsqueda. </p></div><p class="article-text">
        <em>&ldquo;En el oto&ntilde;o el colibr&iacute; se fue a viajar / en la primavera regres&oacute; /&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>lo reconoc&iacute; porque le faltaba un dedo /&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>me puse muy contenta cuando lo vi regresar&ldquo;.</em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Poema escrito por Oto&ntilde;o Uriarte, 1999&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Lunes 23 de octubre de 2006.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>De noche.</strong>
    </p><p class="article-text">
        A esa hora en la que se cierran las cortinas, se encienden las luces y flota en la cocina el olor de la cena, en la casa de Oto&ntilde;o Uriarte ya estaban todos sentados alrededor de la mesa. Roberto Uriarte, su pap&aacute;, y Ana Becerra, su madrastra, una, dos, tres ni&ntilde;as y un ni&ntilde;o, miraban la novela en la tele. S&oacute;lo faltaba ella: Oto&ntilde;o. Hab&iacute;a salido temprano por la ma&ntilde;ana para ir a la escuela y no hab&iacute;a regresado.
    </p><p class="article-text">
        Viv&iacute;an en la zona de chacras de Fern&aacute;ndez Oro, un pueblo peque&ntilde;o del Alto Valle de la provincia de R&iacute;o Negro que en ese entonces no ten&iacute;a m&aacute;s de seis mil habitantes y sus vecinos todav&iacute;a pod&iacute;an decir que &ldquo;todos se conoc&iacute;an&rdquo;. Una &uacute;nica calle un&iacute;a la casa con el centro de la localidad. La calle Kennedy. Oscura, larga y de tierra.
    </p><p class="article-text">
        La familia Uriarte hab&iacute;a llegado a ese lugar con la esperanza de montar un proyecto productivo. Antes, hab&iacute;a vivido en El Bols&oacute;n, donde Oto&ntilde;o pas&oacute; su infancia. Pero la falta de trabajo estable los oblig&oacute; a emigrar al valle. Compraron sus animales. Una vaca, un chancho, conejos, un caballo, abejas y m&aacute;s de trescientas gallinas que corr&iacute;an detr&aacute;s de los ni&ntilde;os y los ni&ntilde;os detr&aacute;s de ellas, en una convivencia natural.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por ese tiempo, los d&iacute;as transcurr&iacute;an dif&iacute;ciles, austeros, pero tranquilos. Roberto trabajaba en un programa de control de plagas y hac&iacute;a changas. Ana sal&iacute;a a vender huevos. Y Oto&ntilde;o, con 16 a&ntilde;os, cursaba su tercer a&ntilde;o de la escuela secundaria.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute;s? &ndash;le pregunt&oacute; Roberto por mensaje de texto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No obtuvo respuesta. Prob&oacute; llamarla. Nada. La noche empez&oacute; a caer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Ella siempre nos avisa, es raro &ndash;dijo Ana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Roberto intent&oacute; tranquilizarla. Se habr&aacute; quedado con alguna compa&ntilde;era de voley, respondi&oacute;. Pero Ana sent&iacute;a algo en el pecho. Mir&oacute; por la ventana y vi&oacute; que pasaba el auto de la polic&iacute;a. Y otra vez la cosa en el pecho.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cerca de las 23 Roberto se calz&oacute; los zapatos, un abrigo y sali&oacute; en su moto, una Zanella de color gris, a buscarla. Dio una vuelta por el pueblo. Pas&oacute; por el Polideportivo donde Oto&ntilde;o ten&iacute;a clases de voley, pero las chicas ya hab&iacute;an terminado de entrenar. Fue a la casa del profesor y a la de una amiga. Dio otra vuelta. Nada. A eso de las 23:45 estaba de regreso en su casa, sin novedades, sin imaginar lo que hab&iacute;a pasado, intentando pensar que su hija iba a volver.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        ****
    </p><p class="article-text">
        <em>Oto&ntilde;o lleva algo de viento en su nombre. Lleva algo de viento que huele a tierra y agua. A barro. Una hoja que pende de un &aacute;rbol y se mece en una lucha invisible por no caer, por no perderse en el olvido como tantas otras hojas. Como tantas otras muertas.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>*****</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Lunes 23 de octubre de 2006</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Por la ma&ntilde;ana.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Oto&ntilde;o se levant&oacute; temprano, se calz&oacute; el pantal&oacute;n azul, la remera a rayas naranjas, amarillas y verdes y el buzo negro con una franja amarillo fl&uacute;o a lo largo de la manga. At&oacute; los cordones de sus zapatillas negras, colg&oacute; sobre su hombro la mochila de La Renga y a las siete y veinte de la ma&ntilde;ana sali&oacute;. No alcanz&oacute; a ver a su pap&aacute;, que ya se hab&iacute;a ido a trabajar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se despidi&oacute; de su hermano en la parada del colectivo que lo llevar&iacute;a a la escuela primaria y sigui&oacute; pedaleando en su bicicleta todo-terreno rojo despintado. Pedalear. Moverse. Flamear como el viento. Su pap&aacute; dice que ella era fiel reflejo de su signo chino, el caballo: era as&iacute;, de ir para adelante.
    </p><p class="article-text">
        Casi a la misma hora, Leire Segovia se apresuraba a vestirse. Otra vez se le hac&iacute;a tarde y estaba segura de que Ercilia Zarrabeitia, su compa&ntilde;era que viv&iacute;a a la vuelta, ya se habr&iacute;a ido porque le encantaba llegar bien temprano a la escuela, ser de las primeras. En cambio pens&oacute; que podr&iacute;a encontrarse a mitad de camino con Oto&ntilde;o, su nueva amiga que ven&iacute;a desde la zona de chacras en bicicleta, la dejaba en casa de Ercilia o de Teresa Cau y segu&iacute;an caminando junto a ella al colegio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya no ten&iacute;a tiempo de desayunar, agarr&oacute; al vuelo dos panes con manteca y dulce de leche, se calz&oacute; la mochila y sali&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Por qu&eacute; te llevas dos? &ndash;alcanz&oacute; a preguntar su mam&aacute; que la ven&iacute;a casi empujando de atr&aacute;s para que saliera de una vez.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Para la Oto, ma. Seguro me la encuentro en el camino.
    </p><p class="article-text">
        A las 7:50, Leire sali&oacute; de su casa y al pisar la vereda escuch&oacute; a sus espaldas el silbido que esperaba. Era Oto&ntilde;o en su bicicleta, pedaleando a todo dar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Oto&ntilde;o y Leire se hab&iacute;an hecho amigas ese a&ntilde;o. Por varios d&iacute;as, Oto&ntilde;o hab&iacute;a tenido que faltar a la escuela a causa de una varicela y empez&oacute; a ir a casa de Leire a buscar la tarea. Ella era la mayor de siete hermanos y como tal, se asombraba de la capacidad que ten&iacute;a Oto&ntilde;o para empatizar con los ni&ntilde;os como si fuera una m&aacute;s de ellos. Una vez, la pesc&oacute; con el m&aacute;s grandote de sus hermanos saltando arriba de la cama de su mam&aacute;, a los pu&ntilde;etazos limpios.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Dej&aacute;s la bici en lo de Erci? Yo te espero en la esquina &ndash;le dijo a Oto&ntilde;o, seg&uacute;n lo declar&oacute; a la polic&iacute;a dos d&iacute;as m&aacute;s tarde, cuando su amiga ya no estaba.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ercilia ya se hab&iacute;a ido, as&iacute; que Oto&ntilde;o apoy&oacute; la bicicleta en la entrada de su casa y volvi&oacute; junto a Leire. Buscaron a una compa&ntilde;era m&aacute;s y siguieron caminando las cuadras que faltaban para estar a las ocho en la puerta de la escuela. Ser&iacute;a un d&iacute;a largo: al medio d&iacute;a ten&iacute;a inform&aacute;tica y educaci&oacute;n f&iacute;sica, luego, pasar&iacute;a por la casa de su amiga Adriana Salamanca y despu&eacute;s ir&iacute;a a voley.
    </p><p class="article-text">
        *****
    </p><p class="article-text">
        <em>Oto&ntilde;o naci&oacute; el 24 de febrero de 1990 y el nombre se lo eligi&oacute; su mam&aacute;. Dir&aacute;n de ella que no pasaba desapercibida, que era impetuosa, teatrera como su madre, amiguera. Una chispa. Que le gustaba caminar y empaparse bajo la lluvia, jugar al voley y cantar canciones de Man&aacute;, La Renga o Los Piojos por los pasillos de la escuela a todo lo que da con su vozarr&oacute;n de tanguera.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Tambi&eacute;n dir&aacute;n que se fue con el novio. &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;a caminando sola a esa hora, tan tarde? Oto&ntilde;o volv&eacute;, dej&aacute; de hacer gastar plata, dir&aacute;n. Y&hellip; con la familia que tiene, dir&aacute;n. Hasta el subjefe de la Polic&iacute;a de R&iacute;o Negro, V&iacute;ctor Cufr&eacute;, declarar&aacute; a una semana de su b&uacute;squeda: &ldquo;Estoy convencido de que Oto&ntilde;o se fue de su casa por su propia voluntad&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>*****</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Julio de 2006</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tres meses antes de que Oto&ntilde;o desapareciera</strong>
    </p><p class="article-text">
        Oto&ntilde;o lo abraza al Roly, todos lo quieren: es el perro m&aacute;s popular de la escuela. Mediana estatura, pelo corto, ondulado, cabeza marr&oacute;n clarito y una franja blanca que le cruza desde el cuello hasta casi tocar el hocico. Entra a las ocho de la ma&ntilde;ana y se va a la una del medio d&iacute;a, junto a su due&ntilde;o Mat&iacute;as Bustamante, compa&ntilde;ero y amigo de Oto&ntilde;o. Si el due&ntilde;o falta, Roly<em> </em>asiste igual.
    </p><p class="article-text">
        Pero este d&iacute;a est&aacute;n ambos. El perro posando para la foto debajo del brazo de Oto&ntilde;o, que lo abraza con la cabeza ladeada mientras mira a la c&aacute;mara digital gris. Y Mat&iacute;as, el encargado de sostener la c&aacute;mara. Oto&ntilde;o sonr&iacute;e. Su pelo cae lacio hacia un costado. Click.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Morena S&aacute;nchez, docente de pl&aacute;stica del CEM 14 de Fern&aacute;ndez Oro que a&uacute;n trabaja en la escuela, est&aacute; saliendo de la sala de profesores cuando la sorprenden Oto&ntilde;o y Mat&iacute;as.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iexcl;Profe, profe! &iquest;Nos sacamos una foto?
    </p><p class="article-text">
        Posan abrazadas. Morena levanta el brazo derecho y saca la lengua, Oto&ntilde;o la imita. Morena est&aacute; embarazada de su segundo hijo. Oto&ntilde;o tiene puesta la misma campera con la que fue vista por &uacute;ltima vez antes de desaparecer. Click.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Agosto de 2006&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Dos meses antes de la desaparici&oacute;n</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Qui&eacute;n es esa piba? &ndash;cuchichearon por lo bajo las chicas de voley la primera vez que vieron entrar a Oto&ntilde;o al polideportivo. Cola de caballo, pelo casta&ntilde;o, un vozarr&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Oto&ntilde;o amaba jugar al voley y se convirti&oacute; en poco tiempo en una de las mejores. Ten&iacute;a la altura ideal para hacer los remates y la actitud suficiente para tirarse al piso a rescatar la pelota en un embate mano a mano contra la gravedad.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Vos te tir&aacute;s al suelo y caes tipo gusano &ndash;le explicaba Oto&ntilde;o a su amiga Marina Anduelo.
    </p><p class="article-text">
        La t&eacute;cnica se llama &ldquo;secante&rdquo; y Marina no se animaba a hacerla porque no ten&iacute;a rodilleras, le daba miedo eso de tirarse al piso sin protecci&oacute;n. Iba a voley desde ni&ntilde;a, comenz&oacute; a los 9 a&ntilde;os, mucho antes que Oto&ntilde;o, y aunque no jugaba tan bien como ella, nunca dej&oacute; de ir. &ldquo;Mientras est&eacute; a su lado voy a aprender&rdquo;, se repet&iacute;a pensando alg&uacute;n d&iacute;a llegar al nivel de &ldquo;las grosas&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Este agosto est&aacute; cerca de cumplirlo. Va con Oto&ntilde;o a una concentraci&oacute;n de dos d&iacute;as de entrenamientos f&iacute;sicos extremos junto a otros equipos. Tienen 16 a&ntilde;os las dos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aunque son parte de la pr&aacute;ctica, los partidos se juegan a todo o nada. Suena el silbato, una de las contrarias cachetea la pelota con un remate que est&aacute; a punto de perforar el suelo, pero Marina vuela por el aire, estira los brazos, ondea su cuerpo tal y como le hab&iacute;a ense&ntilde;ado su amiga, la rescata. &iexcl;Pum, puntazo!&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iexcl;Bien, wacha!
    </p><p class="article-text">
        Desde el piso siente la palmada en&eacute;rgica de Oto&ntilde;o, que va corriendo desde atr&aacute;s para felicitarla. Ser&aacute; la &uacute;ltima vez que jueguen juntas.
    </p><p class="article-text">
        *****
    </p><p class="article-text">
        <strong>24 de octubre de 2006.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Primer d&iacute;a sin Oto&ntilde;o.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Se enoj&oacute;? &iquest;Se fue? Pero estaba su ropa, su documento, todo, pens&oacute; Ana. No pod&iacute;a ser.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A eso de las ocho de la ma&ntilde;ana, Roberto entr&oacute; desesperado a la escuela, buscando a las amigas de su hija para preguntarles si la hab&iacute;an visto. Ella nunca se iba sin avisar. Era muy com&uacute;n que se quedara en casa de amigas a dormir, pero siempre, siempre avisaba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;El padre entr&oacute; muy nervioso, buscaba a una de las chicas amigas de Oto&ntilde;o para preguntar por ella, yo le dije que espere, que antes ten&iacute;an que ingresar al aula y pasar asistencia. Yo con el chip metido de lo que hay que hacer&hellip; nunca me imagin&eacute; &ndash;recuerda Nora Garc&iacute;a diecisiete a&ntilde;os despu&eacute;s de ese d&iacute;a. En ese entonces era vicedirectora del CEM 14.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A las 10:40 Roberto radic&oacute; la exposici&oacute;n policial en la Comisar&iacute;a 26&deg; de Fern&aacute;ndez Oro. Ese mismo d&iacute;a, la Comisar&iacute;a emiti&oacute; un mensaje hacia las dependencias policiales de toda la provincia de R&iacute;o Negro:
    </p><p class="article-text">
        LUGAR: Cria 26&deg; General Fern&aacute;ndez Oro&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        FECHA: 24 de octubre de 2006&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        DESTINATARIO: Circular general&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        DESTINO: Red Policial&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        TXT N&deg; 132 &ldquo;D4-C&rdquo; Ra&iacute;z exposici&oacute;n policial radicada por ROBERTO ENRIQUE URIARTE solicito demora su hija OTO&Ntilde;O URIARTE, de 16 a&ntilde;os de edad, misma es de 1,70 estatura, cabello casta&ntilde;o claro, lacio, largo, ojos celestes, contextura f&iacute;sica normal, vest&iacute;a al momento de ausentarse pantal&oacute;n buzo color celeste, campera negra y fucsia, remera con rayas varios colores, y una mochila color negra. Misma sali&oacute; del domicilio el d&iacute;a de ayer, no regresando hasta la fecha. Habida que fuera proceder demora, fines restituida al hogar. Fdo. Crio VALLEJOS, JEFE DE UNIDAD 26&deg;. GRAL FERN&Aacute;NDEZ ORO
    </p><p class="article-text">
        Roberto luego dir&aacute; que ese d&iacute;a no inform&oacute; a la Polic&iacute;a c&oacute;mo estaba vestida su hija.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        *****
    </p><p class="article-text">
        Ese primer d&iacute;a sin Oto&ntilde;o, Morena S&aacute;nchez no hab&iacute;a ido a la escuela. Estaba de licencia porque le faltaba poco para dar a luz a su beb&eacute;. Dos compa&ntilde;eras profesoras fueron a visitarla. Tomando mates, una de ellas le dijo:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Viste que desapareci&oacute; una estudiante nuestra?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;C&oacute;mo que desapareci&oacute;?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No aparece, se fue a jugar al voley, no volvi&oacute; a su casa, el pap&aacute; hizo la denuncia, no se sabe si se fue con un novio. Todas esas cosas que se dicen cuando desaparece una mujer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        ****
    </p><p class="article-text">
        <em>Oto&ntilde;o est&aacute; en un mural en la pared de su escuela, el CEM 14 de Fern&aacute;ndez Oro, y es lo primero que se ve al entrar. Las u&ntilde;as largas y grises de una mano encierran a una joven de vestido largo que parece un &aacute;ngel. Detr&aacute;s de ella, la muerte sostiene su hoz.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        ****
    </p><p class="article-text">
        <strong>Noviembre. Diciembre. Enero. Febrero. Marzo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Sin novedad.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Desde que Oto&ntilde;o desapareci&oacute;, la escuela se paraliz&oacute; por completo. Se hicieron marchas todos los d&iacute;as para exigir la aparici&oacute;n de la estudiante. Sus compa&ntilde;eras, compa&ntilde;eros y docentes salieron a rastrillar por cada chacra, pastizal, canal y descampado, a la espera de encontrar alg&uacute;n indicio de ella. Sobre ese tiempo, Mat&iacute;as Bustamante recuerda que sal&iacute;an &ldquo;guiados por un comisario&rdquo; a rastrillar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cada d&iacute;a al finalizar la jornada de b&uacute;squeda, toda la escuela, la familia, amigos, amigas, vecinos y vecinas y hasta el cura del pueblo que participaban de los rastrillajes, se reun&iacute;an en el Polideportivo a recibir el parte del Comit&eacute; de Crisis.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Todos los d&iacute;as era &ldquo;sin novedad, sin novedad&rdquo; &ndash;recuerda Roberto Pinilla, un docente que acompa&ntilde;&oacute; desde un principio la causa.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Ya para el d&iacute;a siguiente de la desaparici&oacute;n nos empezamos a organizar con el curso para salir a buscarla. Me acuerdo patente que por en frente de mi casa pasa el colectivo y con una amiga nos subimos con un cartel con la foto de ella a preguntar si la hab&iacute;an visto. Todos los d&iacute;as lo hac&iacute;amos. Todos &ndash;cuenta Leire Segovia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>****</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Oto&ntilde;o est&aacute; en una carta escrita por sus compa&ntilde;eras mientras la buscaban. Una carta guardada en una carpeta, en un armario de la escuela. Una carpeta desempolvada. Una carta que dice:</em>
    </p><p class="article-text">
        A pesar de que no te conoc&iacute;, no quiero que ocurra lo mismo que mi prima Daniela Calfup&aacute;n. No quiero que se olviden de vos como de ella.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Daniela Calfup&aacute;n ten&iacute;a 14 a&ntilde;os cuando fue asesinada en 1995 en Fern&aacute;ndez Oro y su crimen qued&oacute; impune. En toda su historia, en el pueblo hubo cinco femicidios. Hasta ahora, s&oacute;lo uno hab&iacute;a tenido condena.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>****</em>
    </p><p class="article-text">
        En General Fern&aacute;ndez Oro la mayor&iacute;a de las calles son de tierra y tienen el mismo color ladrillo que sus casas de techos bajos. En verano es com&uacute;n pasar las tardes al r&iacute;o que le da nombre a la provincia, el r&iacute;o Negro. Hay quienes dicen que es un pueblo tranquilo y quienes sostienen que antes lo era, pero que ya no.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Siempre fue un pueblo tranquilo hasta que pas&oacute; lo de Oto&ntilde;o &ndash;dicen algunos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Desaparece una chica y viv&iacute;s en un pueblo pac&iacute;fico? &ndash; preguntan otros.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;En Fern&aacute;ndez Oro nos conocemos todos, creo. Y est&aacute; faltando una persona. Esto no es normal.
    </p><p class="article-text">
        La ciudad m&aacute;s cercana es Cipolletti, est&aacute; a unos seis kil&oacute;metros y es conocida como la &ldquo;Capital de los femicidios&rdquo; por los dos triple cr&iacute;menes. El primero fue en 1997. Mar&iacute;a Emilia Gonz&aacute;lez, de 24 a&ntilde;os, su hermana Paula Micaela, de 17, y una de sus mejores amigas, Ver&oacute;nica Villar, de 22, salieron a caminar y nunca regresaron. Sus cuerpos asesinados fueron encontrados dos d&iacute;as m&aacute;s tarde y reci&eacute;n en 2021 fue condenado un &uacute;nico responsable: Claudio Kielmasz. El segundo triple crimen fue en mayo de 2002 y se conoci&oacute; como &ldquo;la masacre del laboratorio&rdquo;, donde fueron asesinadas la bioqu&iacute;mica M&oacute;nica Garc&iacute;a, de 28 a&ntilde;os, la psic&oacute;loga Carmen Marcoveccio, de 30, y la paciente Alejandra Carbajales, de 40 a&ntilde;os, en los consultorios de la esquina de Roca y 25 de Mayo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El t&eacute;rmino femicidio se incorpor&oacute; al C&oacute;digo Penal argentino en el a&ntilde;o 2012. Hasta ese momento, no hab&iacute;a manera de nombrar (y mucho menos de juzgar) a esa crueldad hacia el cuerpo de las mujeres. &ldquo;Concebir de esta forma los asesinatos de mujeres por razones de g&eacute;nero permite una comprensi&oacute;n m&aacute;s profunda del fen&oacute;meno y sus causas, entre ellas un componente social que pone el eje en el hecho de que todas las expresiones de violencia contra las mujeres est&aacute;n arraigadas en construcciones de poder que ordenan las relaciones sociales entre hombres y mujeres&rdquo;, explic&oacute; la Corte Suprema de Justicia de la Naci&oacute;n en el primer informe elaborado por el Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina.
    </p><p class="article-text">
        En 2015 la rabia por el femicidio de Chiara Paez, ocurrido en Santa Fe, se volc&oacute; a las calles de todo el pa&iacute;s bajo el grito que se convirti&oacute; en movimiento: &ldquo;Ni una menos, &iexcl;vivas nos queremos!&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n el Observatorio Ahora que S&iacute; Nos Ven, en Argentina se produce un femicidio cada 26 horas. Un informe de la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia de la Naci&oacute;n revel&oacute; que al 31 de diciembre de 2023 el 15% de las 246 causas judiciales por femicidios hab&iacute;an sido archivadas, el 82% a&uacute;n continuaban en proceso judicial y de ese total, el 74% est&aacute; investigaci&oacute;n, el 7% en etapa de juicio y 1% con sentencia no firme. S&oacute;lo el 3% terminaron con sentencia condenatoria.
    </p><p class="article-text">
        En 2025, el gobierno de ultraderecha de Javier Milei manifest&oacute; su intenci&oacute;n de eliminar la figura del femicidio del C&oacute;digo Penal. De concretarse, esta pol&iacute;tica implicar&iacute;a un feroz retroceso ya que todos los pa&iacute;ses de Am&eacute;rica Latina (excepto Cuba y Hait&iacute;) cuentan con leyes que penalizan el femicidio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El femicidio es una muerte evitable, dolorosa, injusta. A Oto&ntilde;o Uriarte la buscaron durante seis meses incansablemente. En ese tiempo empezaron a llegar llamados an&oacute;nimos que dec&iacute;an haber visto a Oto&ntilde;o en prost&iacute;bulos de distintos puntos del pa&iacute;s. As&iacute; su padre viaj&oacute; a San Mart&iacute;n de los Andes, a C&oacute;rdoba y a Santa Cruz en b&uacute;squeda de su hija. La sospecha de que la desaparici&oacute;n de Oto&ntilde;o pod&iacute;a estar vinculada a la trata de personas se agudiz&oacute; cuando en 2007, meses antes del hallazgo del cuerpo, se conocieron unas escuchas que revelaban la connivencia entre proxenetas y efectivos de la polic&iacute;a de R&iacute;o Negro. La complicidad policial y las dilaciones por parte del Poder Judicial fueron el centro de los persistentes reclamos de sus familiares ante una pregunta que esperaba respuestas: &iquest;Qu&eacute; pas&oacute; con Oto&ntilde;o?&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La causa por Oto&ntilde;o no est&aacute; caratulada como femicidio. Por ser anterior a la existencia de esta figura, fue juzgado como &ldquo;privaci&oacute;n ileg&iacute;tima de la libertad agravada por la participaci&oacute;n de tres o m&aacute;s personas, por ser la v&iacute;ctima menor de edad y por haberle ocasionado intencionalmente la muerte&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>*****&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>9 de abril de 2007&nbsp;&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Se revelan las escuchas&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Sab&eacute;s qu&eacute;? Tengo que llevar a una chica para fichar, loco &ndash;dijo el proxeneta.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;C&oacute;mo est&aacute; (la chica)? &ndash;contest&oacute; el oficial.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Est&aacute; re buena.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Uy, qu&eacute; los pari&oacute;. Esper&aacute;... Le preguntamos al subco.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; comienza la conversaci&oacute;n entre un regenteador del prost&iacute;bulo Las Vegas de Choele Choel, en el Valle Medio de R&iacute;o Negro, a unos 200 kil&oacute;metros de Fern&aacute;ndez Oro, con polic&iacute;as de la comisar&iacute;a octava de esa localidad, reveladas por el Diario R&iacute;o Negro en medio de la investigaci&oacute;n por la desaparici&oacute;n de Oto&ntilde;o. Este prost&iacute;bulo se dedicaba a la trata de mujeres para la explotaci&oacute;n sexual.
    </p><p class="article-text">
        *****
    </p><p class="article-text">
        <em>Oto&ntilde;o est&aacute; en un poema que escribi&oacute; a sus nueve a&ntilde;os, mirando la ventana. &ldquo;En oto&ntilde;o el colibr&iacute; se fue a viajar / en la primavera regres&oacute; / lo reconoc&iacute; porque le faltaba un dedo / me puse muy contenta cuando lo vi regresar&rdquo;.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        *****
    </p><p class="article-text">
        <strong>22 de febrero de 2007</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Decime d&oacute;nde est&aacute;s&nbsp;&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Desde que hab&iacute;a desaparecido su amiga, Leire Segovia estuvo meses durmiendo mal, despert&aacute;ndose a cada rato, ten&iacute;a miedo de so&ntilde;arla. Reci&eacute;n en enero recuper&oacute; el descanso profundo. Y en febrero la so&ntilde;&oacute;. &ldquo;Era lo que yo m&aacute;s miedo ten&iacute;a&rdquo;, confiesa casi veinte a&ntilde;os despu&eacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el sue&ntilde;o, Leire estaba en su habitaci&oacute;n y ve&iacute;a a alguien entrar por la puerta. Era Oto&ntilde;o. Se sent&oacute; a los pies de la cama donde ella estaba acostada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Oto, &iquest;d&oacute;nde est&aacute;s? Decime donde est&aacute;s, est&aacute; todo el mundo busc&aacute;ndote.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ella solo la mir&oacute;, como sonriendo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Yo ya no estoy.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Oto&ntilde;o ten&iacute;a su cara blanca, m&aacute;s blanca que nunca, con marcas como de golpes que se borraban, como un moret&oacute;n deshaci&eacute;ndose.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Pero contame qu&eacute; te pas&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Mir&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Y le muestra. Como si fuera una pel&iacute;cula. Un auto, como de la mitad hacia abajo, un auto y piernas de varones. Leire no reconoci&oacute; ninguna voz. Era como un sonido confuso. Uh uh uh uh. Eran voces de hombres. La sacan de la parte de atr&aacute;s del auto y la dejan en un lugar muy sucio, desprolijo, con yuyos y juncos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al despertar, Leire, desesperada, le dijo a su pap&aacute;: &ldquo;&iexcl;Llevame al r&iacute;o porque Oto&ntilde;o est&aacute; en el agua! Llevame al r&iacute;o, llevame al r&iacute;o&hellip;&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        ****
    </p><p class="article-text">
        <strong>24 de abril de 2007&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>El cuerpo.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Leire se preparaba para ir a la marcha, como cada lunes a las ocho de la noche, cuando el tel&eacute;fono de su mam&aacute; son&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Pon&eacute; el canal 10. Encontraron a la piba -dijo la voz al otro lado de la l&iacute;nea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El cuerpo de Oto&ntilde;o fue encontrado en el desarenador del canal de riego de El Treinta, un paraje rural ubicado a las afueras del pueblo, en el l&iacute;mite con Cipolletti.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Roberto se encontraba en la provincia de Santa Cruz siguiendo una pista falsa que lo hab&iacute;a llevado hacia Las Casitas, un barrio de prost&iacute;bulos que era sospechado como destino para la prostituci&oacute;n forzada. Primero, lo llam&oacute; su hermana. Despu&eacute;s, la jueza.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, en la televisi&oacute;n mostraban la imagen de hombres con maletines y escaleras sacando de una rejilla los restos de un cuerpo que ya no era. El canal vac&iacute;o, apenas un hilo de agua. Un bulto tapado con nylon y se ve. Es como si el nylon se levantara y se ve: la campera negra con el fluo amarrillo. Era ella.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        ****
    </p><p class="article-text">
        <em>Oto&ntilde;o est&aacute; en una canci&oacute;n escrita por su amiga Nadia Escobar, cantante de la banda de punk del pueblo, Neurona, y ahora de Dulce Iron&iacute;a. &ldquo;La luna cuelga callada y sin hablar porque alguien la puede apagar / la puede acabar&rdquo;. Oto&ntilde;o los segu&iacute;a donde tocaran, en la plaza, en el anfiteatro, en las v&iacute;as del tren, el polideportivo. &ldquo;Quiz&aacute;s el sol haga brillar hoy m&aacute;s el azul cielo / sus ojos cielo / quiz&aacute;s la luz pueda llenar el vac&iacute;o de la estaci&oacute;n&rdquo;.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        ****
    </p><p class="article-text">
        <strong>12 a&ntilde;os despu&eacute;s</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Fern&aacute;ndez Oro</strong>
    </p><p class="article-text">
        Para el aniversario de los 12 a&ntilde;os, Marina Anduelo, la compa&ntilde;era de voley de Oto&ntilde;o, ya ten&iacute;a a su hijo m&aacute;s chico y lo llevaba a upa. No mir&oacute; a nadie, solo habl&oacute;:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Hace 12 a&ntilde;os que lloro a escondidas, que no encuentro el espacio, ni el lugar, ni las personas para hablarlo, que me marc&oacute; para siempre, que todav&iacute;a no me puedo reponer. Es una herida tan grande que me ha llevado muchos a&ntilde;os de tristeza. Si bien una hace cosas para ser feliz, es como un chicle pegado a la zapatilla. Lo llevas a todos lados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dice que hubiera sido peor para ella quedarse en su casa sin hacer nada. &ldquo;Empec&eacute; a militar, a ir a marchas por otras chicas. Me parec&iacute;a muy movilizante ver la cara de Oto&ntilde;o, ver que otra gente lleva la remera, el cartel&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                ¿Otoño dónde estás? Segundo Premio Concurso de Crónica PatagónicaPatagónica                            </span>
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        *****
    </p><p class="article-text">
        <strong>2008/2016/2017/2020/2024</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Dieciocho a&ntilde;os pidiendo justicia</strong>
    </p><p class="article-text">
        En agosto del 2008 fueron imputados por primera vez los cuatro acusados que llegaron a juicio: Ricardo N&eacute;stor Cau, su hermano Jos&eacute; Iram Jhaffri, Maximiliano Lagos y &Aacute;ngel &ldquo;El Gato&rdquo; Antilaf. Menos el Gato, el resto eran hombres conocidos en Fern&aacute;ndez Oro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s tarde, se sumaron dos m&aacute;s. Juan Calfiqueo, sobrese&iacute;do en 2023 por la prescripci&oacute;n del delito que se le imputaba: encubrimiento. Y Federico Saavedra, la &uacute;ltima persona que estuvo con Oto&ntilde;o ese d&iacute;a, un amigovio con el que hab&iacute;a empezado a salir, tambi&eacute;n sobrese&iacute;do por falta de pruebas en su contra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A este grupo de imputados, la jueza Sonia Mart&iacute;n los sobresey&oacute; en 2016 con el argumento de que no exist&iacute;an pruebas para procesarlos. En 2017, el Superior Tribunal de Justicia revoc&oacute; el sobreseimiento. La causa lleg&oacute; hasta la Corte Suprema donde durmi&oacute; tres a&ntilde;os, hasta que en 2020 emiti&oacute; una breve resoluci&oacute;n que habilitaba a seguir investigando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ese mismo a&ntilde;o, el caso pas&oacute; a manos de la fiscal Teresa Giuffrida quien, junto a la abogada querellante Gabriela Procopiw, reunieron nuevos testimonios, volvieron a acusar a los hombres se&ntilde;alados inicialmente como responsables, y solicitaron la elevaci&oacute;n a juicio a contrarreloj, apenas unas horas antes de que la causa cayera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 2024, tras 18 a&ntilde;os de espera, lleg&oacute; el juicio. Durante las once jornadas de largas audiencias, la esquina entre las calles Urquiza y Espa&ntilde;a donde se erige la Oficina Judicial de Cipolletti, se convirti&oacute; en un altar. Cada ma&ntilde;ana, religiosamente antes de comenzar, las amigas de Oto&ntilde;o colgaron las banderas, sus docentes se abrazaron en ronda, su familia se tom&oacute; de las manos y las paredes se llenaron de carteles con la foto grande, bien grande, de Oto&ntilde;o.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        ****
    </p><p class="article-text">
        <strong>Una tarde de 2023</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>El Bols&oacute;n</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hay un hombre que mira por la ventana de una casita de barro. Afuera est&aacute; el bosque, las ramas meci&eacute;ndose tranquilas con una brisa que m&aacute;s tarde traer&aacute; lluvia. Ese hombre es Roberto Uriarte. Vive solo en su <em>refugio</em>, como lo llama.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La casa est&aacute; metida en un bosque de radales, notros y maitenes a varios kil&oacute;metros de la zona c&eacute;ntrica de El Bols&oacute;n, un lugar que le trae recuerdos de otro tiempo. Un tiempo en que Oto&ntilde;o era ni&ntilde;a y todav&iacute;a viv&iacute;a y donde &eacute;l pod&iacute;a ser lo que siempre quiso: un artesano de la feria, vendedor de aritos confeccionados de prolijos firuletes de metal y piedras que acaso atraigan a la buena suerte.
    </p><p class="article-text">
        Pone la pava al fuego y se sienta a esperar que el agua se caliente. La espalda del hombre que ahora espera se arquea, como las ramas de los &aacute;rboles que se mecen tranquilos del otro lado de la ventana. Tiene 62 a&ntilde;os y se gana la vida con trabajos de electricidad. Tiene la piel marr&oacute;n tierra, las manos curtidas, el pelo largo y algunas canas. Unos ojos profundos como el tiempo y claros como los de su hija Oto&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Ya casi no da entrevistas. Dice que est&aacute; cansado del Sistema, as&iacute;, con may&uacute;scula.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;La complicidad judicial y pol&iacute;tica estuvo siempre, pero es muy dif&iacute;cil de sacar a la luz. Mir&aacute;, no lo ha podido hacer Susana con todo el acompa&ntilde;amiento que tiene.
    </p><p class="article-text">
        Se refiere a Susana Trimarco, la mam&aacute; de Mar&iacute;a de los &Aacute;ngeles &ldquo;Marita&rdquo; Ver&oacute;n que se convirti&oacute; en referente de la lucha contra la trata de personas despu&eacute;s de que su hija de 22 a&ntilde;os fuera secuestrada el 3 de abril de 2002 en San Miguel de Tucum&aacute;n. Roberto se reuni&oacute; con Susana cuando comenzaron las sospechas de que la desaparici&oacute;n de Oto&ntilde;o pod&iacute;a estar relacionada con la trata de personas para explotaci&oacute;n sexual.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Po-l&iacute;-ti-co,&nbsp; ju-di-cial&ndash;, remarca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n as&iacute;, Roberto seguir&aacute; hasta el final. Hoy espera pacientemente la llegada del juicio. Los huesos de su hija a&uacute;n est&aacute;n en la morgue del poder judicial para realizar las &uacute;ltimas pericias, las que no pudieron hacerse a tiempo por &ldquo;falta de presupuesto&rdquo;. En todo este tiempo pasaron fugaces frente a sus ojos las infancias de sus otros cuatro hijos, su propia juventud.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El hombre que arquea su espalda, que mira la ventana y recuerda, aguantar&aacute;. No sabe todav&iacute;a que el Tribunal conformado por la jueza Mar&iacute;a Florencia Caruso Mart&iacute;n, junto a los magistrados Amorina S&aacute;nchez Merino y Juan Pedro Puntel, declarar&aacute; culpables a N&eacute;stor Ricardo Cau, Germ&aacute;n &Aacute;ngel Antilaf, Jos&eacute; Hiram Jafri y Maximiliano Nahuel Lagos por el delito de privaci&oacute;n ileg&iacute;tima de la libertad agravada, con resultado de muerte de Oto&ntilde;o Uriarte.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;No existe duda de que los cuatro tra&iacute;dos a juicio han sido responsables de la muerte de Oto&ntilde;o Uriarte. Todos en grado de coautor&iacute;a. Todos ten&iacute;an conocimiento y aceptaron la comisi&oacute;n de los hechos, respondiendo penalmente de la misma manera&ndash;, sentenciar&aacute; la jueza Caruso Mart&iacute;n, para quien hubo un &ldquo;plan previo&rdquo; para secuestrar a Oto&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para muchas amigas de Oto&ntilde;o ser&aacute; &eacute;l, Roberto, un refugio. Alguien capaz de escuchar y mantener la calma, un ejemplo de templanza en momentos donde la rabia amenaza con desbordar los l&iacute;mites del cuerpo para salir a romper todo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El hombre que mira la ventana intentar&aacute; no pensar en quienes fueron &ldquo;los autores&rdquo; porque su prop&oacute;sito es otro: exponer a las &ldquo;organizaciones&rdquo; y &ldquo;personajes oscuros&rdquo; que &ldquo;manejan los hilos que para la sociedad son imperceptibles&rdquo;. &ldquo;Me encantar&iacute;a, que queden evidenciados, que no es un capricho nuestro: existen, est&aacute;n ah&iacute;, y son parte de los poderosos&rdquo;, dir&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Puede presumirse que lo de Oto&ntilde;o fue un encargo y que luego ser&iacute;a llevada a un prost&iacute;bulo&ndash;, sostuvo el Tribunal acerca de la hip&oacute;tesis de que a Oto&ntilde;o la pudieron haber secuestrado para la trata de personas. Sin embargo, aclararon que, si bien se &ldquo;mencion&oacute; un fin sexual, una deuda&rdquo; como motivaci&oacute;n del femicidio, &ldquo;no hay ning&uacute;n otro dato que lo respalde&rdquo;. Esto no hace que var&iacute;e la pena para los cuatro acusados. La prisi&oacute;n perpetua.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; como los &aacute;rboles que se mecen tranquilos, Roberto inspira y llena sus pulmones de aire. Lo retiene y lo suelta casi sin mover un m&uacute;sculo. No quiere pensar en los autores porque si piensa en ellos le vienen ganas de matar:
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Digo, por ah&iacute; me puedo convertir en un asesino, en momentos de maquinar y maquinar.
    </p><p class="article-text">
        Respira.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Mis hijas me sostienen, mi nieto tambi&eacute;n. Es ah&iacute; donde se contin&uacute;a, en los que vienen.
    </p><p class="article-text">
        Se para y saca de un estante una caja de madera. Ah&iacute; guarda las artesan&iacute;as que pudo volver a hacer en sus ratos libres, como unos porta sahumerios de cer&aacute;mica con forma de duendes. Los muestra orgulloso. Piensa en viajar en moto, hacer feria, m&uacute;sica y escribir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Roberto ya no cree en la justicia, dice que si no la hay para los vivos, menos la habr&aacute; para los muertos, que justicia ser&iacute;a que su hija estuviera viva. Oto&ntilde;o Uriarte tendr&iacute;a ahora 35 a&ntilde;os. &iquest;Ser&iacute;a veterinaria como so&ntilde;aba de chica? &iquest;Ir&iacute;a a pasear a la feria de El Bols&oacute;n, donde pas&oacute; d&iacute;as enteros durante los veranos de su infancia? &iquest;Seguir&iacute;a jugando al voley, tal vez, ense&ntilde;ando a las m&aacute;s chicas las t&eacute;cnicas que ella, como buena jugadora que era, sab&iacute;a muy bien hacer?
    </p><p class="article-text">
        Al final, Roberto se funde en un silencio largo. El hombre que ya no cree en la justicia, pierde la mirada en la ventana y espera, admite que hay una esperanza que todav&iacute;a conserva: tal vez y s&oacute;lo tal vez, si mira fijo a la ventana, vea a su colibr&iacute; regresar a casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>El Concurso de Cr&oacute;nica Patag&oacute;nica es uno de los programas m&aacute;s ambiciosos de la Fundaci&oacute;n de Periodismo Patag&oacute;nico. Durante sus primeras seis ediciones han enviado sus textos m&aacute;s de 500 cronistas y fueron jurado periodistas y escritores como Mar&iacute;a Moreno, Cristian Alarc&oacute;n, Roberto Herrscher, Sonia Budassi, entre otros y otras.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Desde su puesta en marcha ha sido clave en la construcci&oacute;n de la red de #CronistasDelSur, que narra la Patagonia desde los territorios.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Camila Vautier]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/otono_1_12252050.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 28 Apr 2025 09:38:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Otoño dónde estás?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[crónicas,Femicidios,Patagonia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las manos en el barro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/manos-barro_1_12233067.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a4925850-1909-4708-94ee-4963db674aa6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las manos en el barro"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Este perfil sobre Luis María Ricciuto, que muestra las múltiples formas de asumir la identidad, ganó la VI edición del Concurso Crónica Patagónica. </p></div><p class="article-text">
        Un tocado de rosas artificiales compradas en Once; el vestido blanco con flores rojas como bocas reci&eacute;n pintadas; el kimono: negro y de seda; los tacos alt&iacute;simos, brillantes. Oxiura Mallman est&aacute; sentada en el living de Susana Gim&eacute;nez, acaso la reina de la televisi&oacute;n argentina. No est&aacute; sola, sino con otras hermanas Drag Queens con las que hace algunos d&iacute;as grabaron la apertura del regreso de la diva a la pantalla. Susana pidi&oacute; expl&iacute;citamente que se las invitara a la primera noche y ahora est&aacute;n en vivo frente a todo un pa&iacute;s. Es un triunfo, lo sabe cada una en su intimidad. Todo es una fiesta. Un rato antes, en camarines, cuando se terminaban de maquillar, la mega estrella mundial Xuxa, les golpe&oacute; la puerta para pedirles una foto. &iexcl;Si son ellas las que siempre la admiraron! Y&nbsp; entonces las risas, los nervios, la emoci&oacute;n.&nbsp;&nbsp;
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            <span class="title">
                Las manos en el barro. Oxiura Mallman con Xuxa.                            </span>
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        Del otro lado de la pantalla, en el centro oeste de Neuqu&eacute;n, all&aacute; por Carri Lil, en la cuenca del Ruca Choroy, Luis Fernando Pellao escucha hablar a Oxiura en la tele y dice: &ldquo;Pero si ese es el pe&ntilde;i Titi&rdquo;. Entonces agarra emocionado el celular, se apura en salir de la casa y sube corriendo la loma de atr&aacute;s para conseguir se&ntilde;al y llamar al hermano Titi Ricciuto.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Oxiura no responde, imposible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Susana, te pido un beso para Alumin&eacute; que es el pueblo donde yo vivo, est&aacute; toda la gente mirando.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;D&oacute;nde es Alumin&eacute;?&mdash;dice la diva fresca y genuina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&mdash;Alumin&eacute; es en Neuqu&eacute;n, en la cordillera. Con la nieve, con las estufas prendidas te est&aacute;n mirando &mdash;responde Oxiura moviendo sus manos de un lado al otro como una emperatriz de&nbsp; juguete.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Ay mi amor! Les mandamos un beso enorme a todos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es 2011 y es la primera vez que Luis Mar&iacute;a Ricciuto, Titi, le dice a Alumin&eacute; que a la noche es Oxiura Mallman. En ese momento no lo piensa, lo sobrepasa la emoci&oacute;n de estar en la tele. Pero cuando sale del canal, encuentra en el celular cientos de mensajes y llamadas perdidas de sus vecinos, entre ellas la del pe&ntilde;i Pellao. Lee con atenci&oacute;n. Hay un mensaje que particularmente lo hace sonre&iacute;r: &ldquo;Amigo Titi &iquest;est&aacute; con la Susana Gimenez? H&aacute;blele de m&iacute;&rdquo;, le dice un paisano. Todas son felicitaciones, gestos de cari&ntilde;o. Nadie lo juzga, entonces respira.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Se ve en lo profundo</strong>
    </p><p class="article-text">
        Unos meses despu&eacute;s vuelve a Alumin&eacute;. Las piernas le tiemblan, es la primera vez que va a mirarlos a la cara despu&eacute;s de semejante exposici&oacute;n. El pueblo sigue igual: las casas bajas, las calles de tierra, los frentes de piedra laja, el eco de los encuentros al mediod&iacute;a en la plaza principal, el cielo celeste limp&iacute;simo, los pocos autos circulando a paso de hombre. Todo sigue su curso como el r&iacute;o, transparente, casi brillando entre los cerros de la pre cordillera. Alumin&eacute;. Olla reluciente, luz, donde se junta el viento blanco, reflejo de luz de la luna, se ve en lo profundo. Sabe que su pueblo encierra todos esos significados: depende de qui&eacute;n lo nombre. Desde chico le gusta jugar a desenredar las palabras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De esas cosas habla con Lili Horst, su amiga antrop&oacute;loga. Los present&oacute; su hermana cuando Titi apenas dejaba la infancia y la conexi&oacute;n fue inmediata: el lenguaje com&uacute;n de querer comprender. A ella le comparti&oacute; sus primeras preguntas sobre la naturaleza y la humanidad, sobre lo que no se ve, los peque&ntilde;os y grandes interrogantes de todas las cosas, y que ella tan atenta escuch&oacute; con asombro y cari&ntilde;o por ese adolescente &uacute;nico al que quiso de inmediato y a&uacute;n quiere como a un hijo.
    </p><p class="article-text">
        No se anima a salir solo, ahora las preguntas caen sobre &eacute;l, entonces va a buscar a Lili y le pide que lo acompa&ntilde;e, que caminen juntos. Salen rumbo a la Biblioteca Popular Juan Benigar de la que ella es directora. Atraviesan cuadras enteras, el peque&ntilde;o centro c&iacute;vico, el frente de los almacenes, la plaza central. Van tomados del brazo. Deben detenerse varias veces para que Titi salude a la gente. &Eacute;l va con su sonrisa inmensa, sus ojos de asombro y esos modos un poco ani&ntilde;ados, un poco torpes que tiene cada vez que no es Oxiura, sino un pe&ntilde;i, un hermano m&aacute;s. Las horas pasan, los miedos se diluyen. Es m&aacute;s f&aacute;cil ver en lo profundo: est&aacute; en casa.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Cantar a las vacas</strong>
    </p><p class="article-text">
        Antes, muy lejos de Alumin&eacute; hubo un primer cielo y otras tardes.
    </p><p class="article-text">
        Luis Mar&iacute;a Ricciuto naci&oacute; en Bol&iacute;var, provincia de Buenos Aires, en abril de 1976.&nbsp; Su mam&aacute; y su pap&aacute; le empezaron a decir Titi en forma cari&ntilde;osa cuando era un beb&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        All&aacute; en la infancia la casa est&aacute; en silencio y las puertas cerradas. Titi busca en la c&oacute;moda de su mam&aacute; el camis&oacute;n y se lo apoya sobre el cuerpo para comprobar que le quede, luego saca un corpi&ntilde;o de encaje y dos pares de medias para rellenarlo. Levanta la mirada como intentando escuchar alg&uacute;n sonido. Nada parece moverse en la siesta de Bol&iacute;var. Se apura en probarse todo: el camis&oacute;n le llega hasta los tobillos y si lo abre parecen alas, si lo abre parece que puede volar. Busca los zapatos de suela de corcho de la t&iacute;a Suni que guard&oacute; a escondidas en la mesa de luz y se sube a ellos con las medias de algod&oacute;n puestas. Mira el reloj de la pared. Revisa las cosas que hay en la mesa y encuentra un delineador de su hermana. Sin quitarle la tapa, dibuja una l&iacute;nea sobre las pesta&ntilde;as. En ese peque&ntilde;o instante de soledad frente al espejo, seguro y elegante sobre los tacos, antes de que alguien rompa el silencio, antes de volver a convertirse en lo que los otros quieren que sea, se siente poderoso.
    </p><p class="article-text">
        Otras siestas, va a visitar a las vacas del campo de al lado. Lo miran con los ojos redondos, perdidos, como si fuese transparente. Les habla, les cuenta sus secretos y hasta hay tardes en que se pone la remera en la cabeza como si fuese una cabellera larga y espl&eacute;ndida y con un micr&oacute;fono imaginario les da el show de su vida cantando <em>Ponle agua fresca en un jarr&oacute;n</em>, la canci&oacute;n de Joan Sebasti&aacute;n que escucha cuando logra sintonizar Radio Colonia. Las vacas, incapaces de juzgarlo, son en silencio el mejor p&uacute;blico. Y es frente a ellas, sin el terror de ser descubierto, donde construye los mejores recuerdos.
    </p><p class="article-text">
        Creci&oacute; asimilando que la felicidad son momentos a conquistar. Tropez&oacute;, supo mucho despu&eacute;s, con el m&aacute;s temible monstruo que acecha a las infancias. Aprendi&oacute; sin querer a educar su cuerpo, a percibir en la piel d&oacute;nde est&aacute; el peligro y d&oacute;nde no. En el Parque Las Acollaradas de Bol&iacute;var, tambi&eacute;n aprendi&oacute; a mirar los p&aacute;jaros y el cielo, a observar su entorno, los nombres de las cosas, las formas de los &aacute;rboles, pero sobre todo a respetar a los animales. Tuvo la certeza que ah&iacute;, pese a cualquier peligro, siempre estaba a salvo.
    </p><p class="article-text">
        Curioso, lector, observador. Pas&oacute; de ser un ni&ntilde;o con muchas preguntas, a ser un adolescente con respuestas para compartir.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Mujer de barro</strong>
    </p><p class="article-text">
        Alumin&eacute; vino un tiempo despu&eacute;s. A los 15 a&ntilde;os sus padres le informaron que se iban a vivir al sur. No era un lugar nuevo para &eacute;l. Su hermana se hab&iacute;a casado unos a&ntilde;os antes con el hijo de una familia tradicional de la zona y sol&iacute;an ir de visita todos los veranos. Las cosas no iban bien econ&oacute;micamente en Bol&iacute;var, era un mal momento para el campo. Vendieron la tierra y a los d&iacute;as, su pap&aacute; encontr&oacute; una casa en el sur para empezar de nuevo. Cuando se vende un campo, todo va a remate. Fueron d&iacute;as duros, Titi vio c&oacute;mo su infancia se rifaba a golpe de martillo. Despu&eacute;s, cargaron todo lo que quedaba en una casilla rodante y partieron hacia el sur.
    </p><p class="article-text">
        La nueva casa lo abraz&oacute; desde el principio. En el pueblo ten&iacute;a algunos amigos de sus viajes anteriores, como Lili Horst, la hija de ella, Ana Julia, y otros chicos de su edad. La tierra le ofrec&iacute;a nuevas formas: el paisaje, la monta&ntilde;a, los sonidos, la inmensidad. Si en Bol&iacute;var los alambres le robaban el infinito a la llanura, ac&aacute; hab&iacute;a horizonte y los p&aacute;jaros eran una fiesta. Poco fue lo que tard&oacute; en interesarse por el pueblo mapuche, una porci&oacute;n importante de los habitantes de Alumin&eacute;, y no paraba de preguntar por ellos.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Esta noche van a dar Ger&oacute;nima en ATC, es la historia de una mujer mapuche &mdash;le dijo en esos d&iacute;as a su mam&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        La miraron juntos. Lo impact&oacute;. Era una historia atroz dirigida por el realizador Ra&uacute;l Tosso y protagonizada por la artista mapuche Luisa Calcumil, que pon&iacute;a en escena los desbordes en los l&iacute;mites de las culturas, el avasallamiento del winka. &ldquo;No quiero que me den una mano, quiero que me saquen las manos de encima&rdquo;, gritaba Ger&oacute;nima. Hab&iacute;a algo de ese dolor que lo subyugaba, que pod&iacute;a comprender.
    </p><p class="article-text">
        Movilizado por todo aquello, se dispuso a trabajar la arcilla. Nunca lo hab&iacute;an dejado jugar con las mu&ntilde;ecas Barbies. Quiz&aacute; por eso, dice que empez&oacute; a crear sus propias mujeres, sus chicas de barro. Pasaba horas moldeando rostros profundos, curtidos, que despu&eacute;s pod&iacute;a identificar con facilidad cuando ve&iacute;a caminar a las mujeres mapuches en la calle. Reci&eacute;n empezaba, pero sus piezas eran dignas y una vecina lo invit&oacute; a venderlas en la Feria Franca, donde la gente del lugar llevaba sus producciones.
    </p><p class="article-text">
        Estaba montando su puesto cuando le pareci&oacute; ver llegar a una mujer que le record&oacute; a Ger&oacute;nima con sus matras.
    </p><p class="article-text">
        Se llamaba Berta, ven&iacute;a de Ruca Choroy. No hab&iacute;a una edad precisa en su rostro, era una piedra sin tiempo y sin fin. Tra&iacute;a una ni&ntilde;a de la mano y en la otra sus tejidos para vender. Hablaba castellano porque as&iacute; eran las cosas, pero su idioma primario era la lengua de la tierra, el mapudungun, y eso les ense&ntilde;aba a sus hijas.
    </p><p class="article-text">
        Titi se acerc&oacute; y le habl&oacute;. Hab&iacute;a algo en ella que lo obnubilaba. Le pregunt&oacute; varias cosas, como era propio de &eacute;l, y luego la invit&oacute; a comer a su casa. La mam&aacute; de Titi cocin&oacute; cosas ricas para todos y compartieron lo que quedaba del d&iacute;a. Berta estaba muy agradecida por el gesto y lo invit&oacute; a visitarlas a Ruca Choroy, a no m&aacute;s de 30 kil&oacute;metros siguiendo el r&iacute;o. Semanas despu&eacute;s convenci&oacute; a una amiga para que lo acompa&ntilde;ara y salieron a hacer dedo. Nadie iba a Ruca Choroy, la casa de los loros, territorio ancestral mapuche. Titi s&iacute;. Consiguieron que alguien los llevara unos kil&oacute;metros y despu&eacute;s siguieron caminando.
    </p><p class="article-text">
        Por entonces no hab&iacute;a casas de cemento, era todo chaper&iacute;o, retazos de madera y fogones encendidos. Fueron de rancho en rancho preguntando.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;No! Tiene que seguir m&aacute;s arriba.
    </p><p class="article-text">
        El de Berta era el &uacute;ltimo, all&aacute; en lo alto, humeante, sobre el bosque de pehuenes, casi tocando las nubes. Cuando lo vio llegar, Berta abri&oacute; la puerta y le sonri&oacute;. Titi entr&oacute; a su casa, pero tambi&eacute;n a su coraz&oacute;n y a una dimensi&oacute;n de barro, fog&oacute;n, sopa caliente. Todo en el bosque comenz&oacute; a tener un nombre y un porqu&eacute;. Le ense&ntilde;&oacute; a mirar el cielo, el movimiento del lago. Le ense&ntilde;&oacute; que su gente eran los escapados del ej&eacute;rcito argentino, cuando los baj&oacute; a p&oacute;lvora y muerte desde Tandil, Azul y Bol&iacute;var; que el Parque de las Acollaradas hab&iacute;a sido un campo de batalla y entonces los p&aacute;jaros no cantaban.
    </p><p class="article-text">
        Su cuerpo entendi&oacute; que ah&iacute; se pod&iacute;a habitar y la amistad de Berta se volvi&oacute; hogar y refugio. Pero tambi&eacute;n el compromiso con un pueblo al que reci&eacute;n empezaba a conocer. Vivieron como vecinos y tambi&eacute;n como hermanos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El nuevo inca</strong>
    </p><p class="article-text">
        En tiempos de Winka Mal&oacute;n, la llamada Conquista del Desierto, las gentes que ven&iacute;an escapando del sanguinario ej&eacute;rcito del General Roca, al llegar a la zona de los lagos &Ntilde;orquinco, Alumin&eacute;, Ruca Choroy, escuchaban al Lonko, la cabeza que guiaba la hu&iacute;da, decir: Pun May, se vino la noche, hora de descansar. En una mala interpretaci&oacute;n, la zona fue nombrada Pulmar&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Antes de que llegara el winka -el nuevo Inca- con su Estado a imponer otro orden, esas fueron zonas de crianza y pastoreo, con m&aacute;s de 900 a&ntilde;os de indicios reales de vida de un pueblo sobre el lomo, con siglos de intercambio comercial hispano ind&iacute;gena sin la presencia del Estado; tierras del relato de la valent&iacute;a de Rauquecura, el lonko de lonkos, &ldquo;el m&aacute;s intratable y problem&aacute;ticos de los jefes indios&rdquo;, como lo defin&iacute;a The Standard, un peri&oacute;dico de la &eacute;poca, el que defendi&oacute; la esencia hasta morir. Pero, desde finales del Siglo XIX, Pulmar&iacute; signific&oacute; la imposici&oacute;n del Estado argentino, lo que implic&oacute; la derrota en t&eacute;rminos de guerra, la resistencia en t&eacute;rminos reales. El nuevo conquistador hab&iacute;a triunfado y los a&ntilde;os venideros significaron una larga etapa de despojo y humillaci&oacute;n para el pueblo mapuche.
    </p><p class="article-text">
        En 1987, a trav&eacute;s de un decreto del presidente Ra&uacute;l Alfons&iacute;n, se promulg&oacute; la Ley Nacional 23.612, y luego la ley Provincial de Neuqu&eacute;n 1.758, que creaban la Corporaci&oacute;n Interestadual Pulmar&iacute; para ordenar los recursos naturales y la actividad productiva de la zona, en un compromiso colaborativo del Estado Nacional, el Estado Provincial, el Ej&eacute;rcito Argentino y las Comunidades Mapuches. Sin embargo, lo que en apariencia significaba un alivio a la tortuosa historia de las Comunidades, no se tradujo en hechos concretos, por el contrario, terminaron empantanados en una nueva l&oacute;gica del Estado y sus alambrados. Hasta que en mayo de 1995 dijeron basta.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Paren, paren, &iquest;escuchan el cultr&uacute;n?
    </p><p class="article-text">
        Era una noche fr&iacute;a de oto&ntilde;o en Alumin&eacute;. Atr&aacute;s de la oscuridad, los cerros estallaban en ocres de los &ntilde;irales. Hab&iacute;a menos luces y menos ruidos que los que ahora tiene el pueblo. Titi sal&iacute;a del bar con sus amigos. &ldquo;Est&aacute;s obsesionado&rdquo;, le dijo uno de los pibes, pero el sonido era cada vez m&aacute;s intenso. Despu&eacute;s de discutir un rato, caminaron hacia esa direcci&oacute;n. A lo lejos, lograron ver que unas personas hab&iacute;an encendido una fogata frente a las oficinas de la Corporaci&oacute;n Pulmar&iacute;. &ldquo;Eran cultrunes&rdquo;, dice Titi. Pero no avanzaron y volvieron a sus casas.
    </p><p class="article-text">
        A la ma&ntilde;ana siguiente volvieron al lugar. El fuego segu&iacute;a encendido y hab&iacute;a cada vez m&aacute;s gente. Esta vez, no dudaron y llegaron hasta la puerta.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Esta es una recuperaci&oacute;n territorial. &iquest;Ustedes est&aacute;n de acuerdo o est&aacute;n en contra? &mdash;les dijo un hombre, sosteniendo la puerta de las oficinas de Pulmar&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Estamos de acuerdo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Entonces pasen.
    </p><p class="article-text">
        Fueron diez d&iacute;as para torcer un siglo furioso. Lo que para muchos era un conflicto, para otros era un despertar, el punto final para una etapa de maltratos sin disimulo, de un proceso represivo atroz. La rebeli&oacute;n de Pulmar&iacute; dividi&oacute; al pueblo en dos: de acuerdo, en contra. La escuela, las familias, la calle quedaron surcadas por una discusi&oacute;n que arrastraban de ra&iacute;z.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Titi puso el cuerpo&rdquo;, dice Lili Horst. No era un posicionamiento ideol&oacute;gico discursivo. Estaba ah&iacute;, dorm&iacute;a ah&iacute;, ten&iacute;a la palabra y la usaba como uno m&aacute;s. No era uno de ellos, pero nadie jam&aacute;s pregunt&oacute; nada. Hab&iacute;a elegido un margen, quiz&aacute; mucho antes. Todos los d&iacute;as iba a la escuela a estudiar y llevaba la discusi&oacute;n al aula, aunque fuera insultado por muchos de sus compa&ntilde;eros. Era momento de hablar del pueblo mapuche le gustara a quien le gustara.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El Cautivo&rdquo;, le dec&iacute;a Do&ntilde;a Juanita Puel, una de las papay, las ancianas de la comunidad, al &uacute;nico winka que sentaban a su ronda.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Para aprender el mapudungun, hay que aprender a escuchar el mapudungun.
    </p><p class="article-text">
        Titi miraba fascinado a sus chicas de barro: Do&ntilde;a Juana Romero, Do&ntilde;a Ana Mar&iacute;a, Do&ntilde;a Emilia Nawelcura, Do&ntilde;a Rosa Catrileo. De tanto escuchar, un d&iacute;a logr&oacute; hablar.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, cuando mira atr&aacute;s, recuerda la risa en el momento de mayor tensi&oacute;n, la risa como un escudo en esa ronda de do&ntilde;as mientras afuera la polic&iacute;a se preparaba para reprimir y la justicia para procesarlos por usurpaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Recuerda a Do&ntilde;a Rosa contar cuando lleg&oacute; con lo puesto a Alumin&eacute; despu&eacute;s de que ardieran su casa en &Ntilde;orquinco. &iquest;Cu&aacute;ntas veces le quitaron todo? En la Iglesia le dieron abrigo y alimento y entonces siempre volvi&oacute; de agradecida a rezarle bajito al de arriba en mapudungun porque es el &uacute;nico idioma que entiende si se habla suave, fijate Titi.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s del &lsquo;95, se reconfigur&oacute; el territorio. El levantamiento de Pulmari fue un despertar, un momento bisagra en la vida de una comunidad entera. Los mapuches hab&iacute;an recuperado su voz ante una otredad, ante un Estado que desde el Winka Mal&oacute;n los hab&iacute;a convertido de due&ntilde;os a peones a fuerza de p&oacute;lvora y fuego, ante una cultura que no lograba, no pod&iacute;a, reconocer la ra&iacute;z de su propio territorio. A partir de entonces, comenz&oacute; el verdadero proceso de interculturalidad, un proceso sin puerto, con su tensi&oacute;n permanente como toda identidad. En t&eacute;rminos concretos, a partir de esto se pudieron generar pol&iacute;ticas de di&aacute;logo con las comunidades en las organizaciones de Estado, que mucho despu&eacute;s, en un largo camino sostenido, implicaron la creaci&oacute;n de una escuela secundaria en Ruca Choroy, en Lonco Luan; la construcci&oacute;n del Centro de Salud Intercultural en Ruca Choroy; que la propia Corporaci&oacute;n Interestadual Pulmar&iacute; tenga un presidente mapuche.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la dignidad se impuso, se hizo escuela tambi&eacute;n para Titi. Le permiti&oacute; ordenar sus preguntas y salir a buscar nuevas respuestas. Por un tiempo, decidi&oacute; salir de Alumin&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Cientos de vacas</strong>
    </p><p class="article-text">
        Era el a&ntilde;o &lsquo;96, Ana Julia, la hija de Lili, iba a estudiar psicolog&iacute;a a Rosario y lo convenci&oacute; para que se fueran juntos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Titi sab&iacute;a mirar m&aacute;s all&aacute; de las monta&ntilde;as &mdash;dice Ana Julia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Era un tiempo fresco, hab&iacute;a logrado conversar sobre sus elecciones con su mam&aacute; y su pap&aacute;. Estaba tan liviano que se llev&oacute; s&oacute;lo lo importante: un par de ropas, hojarasca de Ruca Choroy, romerillo, un disco de Marit&eacute; Berbel, su cultr&uacute;n y un cassette de Luisa Calcumil.
    </p><p class="article-text">
        Rosario era un amanecer queer que a Titi le sentaba de maravilla. Termin&oacute; el secundario, se puso a estudiar teatro y se sum&oacute; a una murga. En alg&uacute;n momento, se le ocurri&oacute; empezar antropolog&iacute;a, pero su amiga Lili Horst le dijo que no perdiera el tiempo &ldquo;apagando su belleza&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A Elektra Trash la conoci&oacute; en una Marcha del Orgullo. Una Drag Queen absoluta que levantaba basura de la calle y en un pase alqu&iacute;mico la hac&iacute;a relumbrar en su cuerpo. Fue ella la que lo introdujo a la pompa de las pelucas, los tacos y las pesta&ntilde;as. Lo ayud&oacute; a dise&ntilde;ar su propia identidad Drag que volv&iacute;a a asomar desde la infancia. La primera vez que se deline&oacute;, pudo reconocer al ni&ntilde;o que jugaba a abrir las alas del camis&oacute;n de mam&aacute; frente al espejo, pero tambi&eacute;n a sentirse poderosa, a darse el permiso de ser.
    </p><p class="article-text">
        La ciudad lo hab&iacute;a cobijado en su coraz&oacute;n. Y lo dej&oacute; crecer coronado de carnaval, confeti, murga, Paran&aacute; y Remanso Valerio. Pero hab&iacute;a cumplido un ciclo y empezaba a sentirse ajena frente a la nostalgia que crec&iacute;a en Titi.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 2001 volvi&oacute; a Alumin&eacute; para armar un grupo de formaci&oacute;n teatral. &ldquo;&iquest;Quer&eacute;s hacer teatro realmente o quer&eacute;s que otras personas hagan catarsis con vos?&rdquo;, le dijo su amiga actriz Jorgelina Aruzzi. La pregunta lo incomod&oacute; y entendi&oacute; que no era tiempo de volver al pueblo a&uacute;n. Y casi sin desarmar las valijas, se fue a Buenos Aires.
    </p><p class="article-text">
        La ciudad explotaba de primavera. Titi les segu&iacute;a el vuelo a los p&aacute;jaros desde el balc&oacute;n. Estaba tranquilo, ten&iacute;a un trabajo amable en el unipersonal de Jorgelina y otro, en un teatro de la zona. No hab&iacute;a grandes lujos, pero nada le quitaba el sue&ntilde;o. El canto de los zorzales se impon&iacute;a al ruido de la ciudad. &ldquo;Cuando deje de escucharlos, me vuelvo&rdquo;, se juraba.
    </p><p class="article-text">
        Una tarde fresca sin humedad sali&oacute; a mirar vidrieras por Santa Fe. Se detuvo en una peluquer&iacute;a y algo lo llev&oacute; a mirar hacia adentro. Sentada frente al espejo estaba Elektra Trash, tan inmaculada como en su memoria.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Todav&iacute;a ten&eacute;s los tacos? Esta noche ven&iacute;s a trabajar conmigo, mi reina.
    </p><p class="article-text">
        Titi vuelve a su casa, se rasura la cabeza, se afeita la barba y sale para lo de Elektra en C&oacute;rdoba y Dorrego. Pelucones de colores, tocados de tul, brochas de todos los tama&ntilde;os, labiales sin estrenar, plumas de faisanes, polvo de hadas: todo sobre la mesa como un gran fest&iacute;n y sin alarmas. Se montan por horas frente al espejo, las pesta&ntilde;as arqueadas, el lunar artificial, cada brillo en su lugar. Las reinas piden un rem&iacute;s barato y salen para el Club.
    </p><p class="article-text">
        La tum tum del techno se cuela por el camar&iacute;n, Titi lo siente en el pecho. &ldquo;Es hora&rdquo;, dice alguien. Entonces las puertas se abren y puede sentir el calor de los cuerpos transpirados, el flash de las sonrisas de droguitas sint&eacute;ticas, la m&uacute;sica que las pasa por encima como si fuese la onda expansiva de una bomba. Nada las detiene y salen como hermanas de la mano, sobre unos tacos alt&iacute;simos que manejan con naturalidad.
    </p><p class="article-text">
        Levanta los brazos y danza con los ojos cerrados. Cuando los abre, cientos de vacas la miran levantar vuelo sobre un campo nuevo y f&eacute;rtil que ahora le pertenece.
    </p><p class="article-text">
        Boliches, shows privados, pasarelas: es una reina Drag y est&aacute; bien parada.
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                Las manos en el barro                            </span>
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        Mari Mar&iacute; lleg&oacute; unos a&ntilde;os despu&eacute;s cuando la invitaron a Gualeguaych&uacute;. En poco tiempo, se volvi&oacute; el coraz&oacute;n de la comparsa, no s&oacute;lo por el despliegue en los desfiles, sino gestionando para que las cosas fueran mejor en su nueva casa de verano. &ldquo;Vino a jerarquizar el Carnaval&rdquo;, dice Camila Gutierrez Bouvier, corista del espacio. &ldquo;Fue un antes y un despu&eacute;s en Gualeguaych&uacute;: estando Titi todos quer&iacute;amos mejorar&rdquo;. De pronto era Fobo, representando los miedos m&aacute;s primarios, envuelto en un traje negro espl&eacute;ndido. Al otro a&ntilde;o, Xang&oacute;: fuego, deidad, Candombl&eacute;, orisha y negritud. No se montaba s&oacute;lo con pesta&ntilde;as, plumas y l&aacute;tigos, se pon&iacute;a encima un sentido. Pero cuando bajaba, cuando se hac&iacute;a mi&eacute;rcoles de cenizas y regresaba a lo real, volv&iacute;a al recuerdo de Alumin&eacute; con un profundo sentimiento de a&ntilde;oranza que confesaba a sus &iacute;ntimos. Alumin&eacute; era el pueblo prometido.
    </p><p class="article-text">
        Buenos Aires, Gualeguaych&uacute;, Alumin&eacute; son lo mismo, pensaba, territorios que nunca se terminan de conocer. Hab&iacute;a que elegir cual habitar. De pronto empez&oacute; a molestarle el ritmo de la ciudad, la frecuencia de los transportes, la falta de horizonte. Hasta que una ma&ntilde;ana dej&oacute; de escuchar los zorzales. No ser&iacute;a como otras veces en que s&oacute;lo iba de visita, como el d&iacute;a que camin&oacute; con Lili por el centro del pueblo saludando a todos despu&eacute;s del living de Susana. Esta vez estaba decidido a quedarse. Colg&oacute; las plumas y emprendi&oacute; la vuelta a casa en colectivo. Cuando baj&oacute; escuch&oacute; el canto del chucao: hola bosque, hola casa.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Lo que te hace hermano</strong>
    </p><p class="article-text">
        En 2015 Titi volvi&oacute; a Alumin&eacute;. Berta baj&oacute; de Ruca Choroy a su encuentro. No ten&iacute;a certeza de su retorno, nada ni nadie se lo hab&iacute;a informado. No hac&iacute;a falta, lo sent&iacute;a en lo profundo y era raz&oacute;n suficiente para intentarlo. Hay cosas que s&oacute;lo pasan entre hermanos.
    </p><p class="article-text">
        La vuelta de Titi a habitar el territorio implic&oacute; un cambio sustancial en su vida. Regres&oacute; siendo soberano de su cuerpo y su deseo. Se dio cuenta que ten&iacute;a la capacidad de negociar, insistir y persistir y vio en el hacer pol&iacute;tico una herramienta de cambio.
    </p><p class="article-text">
        Desde el Municipio le ofrecieron preparar la celebraci&oacute;n por los 100 a&ntilde;os de vida institucional de Alumin&eacute;, desaf&iacute;o que acept&oacute; con gusto y a partir de eso abri&oacute; una puerta muy valiosa en el Estado. Como funcionario p&uacute;blico cre&oacute; el Museo el Charr&uacute;a, una polifon&iacute;a de voces que cuentan un territorio reconociendo la ra&iacute;z; la reserva natural Quilque Lil, un &aacute;rea que protege y pone en valor a los ojos de las personas la flora y fauna del lugar. Titi, como lo hab&iacute;a hecho de adolescente, se fue colando con facilidad en la din&aacute;mica de Alumin&eacute; y aunque sus propuestas siempre eran disruptivas, aunque las plumas que a veces se pon&iacute;a en la cabeza para reencontrarse con Oxiura generaban impacto, nunca dejaron de mirarlo como a un pe&ntilde;i.
    </p><p class="article-text">
        En 2022 fue nombrado subsecretario de Diversidad de la Provincia, en el &uacute;ltimo tramo de los ocho a&ntilde;os que Omar Gutierrez gobern&oacute; Neuqu&eacute;n. Acept&oacute; la propuesta y tuvo que mudarse a Neuqu&eacute;n capital. No era Buenos Aires, pod&iacute;a salir a correr por la barda y jugar a reconocer pajaritos o huellas de zorro para no perderse del todo en el cemento; a veces, tambi&eacute;n pod&iacute;a volver a su casa y pedirle al chofer que parara en la ruta as&iacute; sacaba las liebres muertas del camino y evitaba que cualquier carro&ntilde;ero saliera herido. &ldquo;Mi amor, mir&aacute;, lo bueno de esto es que tengo gas&rdquo;, dec&iacute;a riendo los d&iacute;as de crisis, los d&iacute;as m&aacute;s permeables a las cr&iacute;ticas. Mientras, trataba de asimilar el peso que implicaba asumir una gesti&oacute;n en el ocaso de un gobierno, de lidiar con la picadora de carne del poder.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Vamos a liberar al c&oacute;ndor. &iexcl;Tengo una emoci&oacute;n! Quiero hacer un video, no s&eacute;, estuve pensando en que quiz&aacute; deje todo esto de la subsecretar&iacute;a y me ponga hacer contenido sobre el cuidado de las especies aut&oacute;ctonas &iquest;no? &iquest;Qu&eacute; dec&iacute;s? Quiero hacer todo &mdash;dice Titi con los pies sumergidos en el Limay, el r&iacute;o que atraviesa Neuqu&eacute;n&mdash;. Vos sab&eacute;s que el Limay nace en el Alumin&eacute;, no en el Nahuel Huapi, hay varios registros hist&oacute;ricos de eso que tenemos en el museo, las cosas como son &mdash;dice casi gritando, con su voz de porcelana y larga una carcajada.
    </p><p class="article-text">
        Un zorro, un chimango, un bicho cualquiera: hay m&aacute;s de una decena de animales a los que Titi recuper&oacute; de las heridas humanas y los llev&oacute; a sanarse al patio de su casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Quiz&aacute; estoy extra&ntilde;ando Alumin&eacute;. Cuando vuelva voy a ir a visitar a Berta, a veces creo que es una hermana, a veces creo que es mi mam&aacute;, que cuando estamos en su casa en las nubes las tengo a ambas, a la m&iacute;a que est&aacute; en el cielo y a ella que est&aacute; en la tierra.
    </p><p class="article-text">
        Cuando el gobierno de Gutierrez termin&oacute;, fue convocado por las nuevas autoridades a ser parte de la gesti&oacute;n como cabeza de la Unidad de Acci&oacute;n Intercultural, pero estaba muy lejos de casa para reconocerse en la tarea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Lo que quiero es poner las manos en el barro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Volvi&oacute;. Dej&oacute; tirados los bolsos, se puso a barrer y a limpiar un poco. Acomod&oacute; todo r&aacute;pido y se puso a fabricar una olla enorme con arcilla del patio. Al otro d&iacute;a la llev&oacute; a quemar a una escuela de oficios. No se parti&oacute;, ni se resquebraj&oacute;: era enorme y perfecta. De regreso, pas&oacute; a comprar verduras y osobuco y esa misma noche se hizo una sopa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A la ma&ntilde;ana siguiente subi&oacute; al auto y se fue a Ruca Choroy sin saber si Berta estaba ah&iacute; o andaba con sus animales en la veranada. La encontr&oacute; juntando ramitas por el bosque.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Hola mi amor!&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace apenas unos meses integra, en representaci&oacute;n de Neuqu&eacute;n, el directorio de la Corporaci&oacute;n Interestadual Pulmari, que este a&ntilde;o ratific&oacute; al Lonco Daniel Salazar como presidente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La historia tiene sus vueltas &mdash;dice, con su sonrisa fresca y sin prisa, mientras corre a las vacas que se cuelan a comer al patio.
    </p><p class="article-text">
        Estar en casa es poner las cosas en su lugar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Descansar en lo sencillo, preparar un ung&uuml;ento para el alma, agradecer la sopa, encender el fuego. Montada de Oxiura Mallman, de Xang&oacute;, como funcionario o como pe&ntilde;i Titi, es tan simple como arrodillarse en la tierra a compartir la vida, ponerse en el mismo margen, volver a ser hermano.
    </p><p class="article-text">
        <em>El Concurso de Cr&oacute;nica Patag&oacute;nica es uno de los programas m&aacute;s ambiciosos de la Fundaci&oacute;n de Periodismo Patag&oacute;nico. Durante sus primeras seis ediciones han enviado sus textos m&aacute;s de 500 cronistas y fueron jurado periodistas y escritores como Mar&iacute;a Moreno, Cristian Alarc&oacute;n, Roberto Herrscher, Sonia Budassi, entre otros y otras.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Desde su puesta en marcha ha sido clave en la construcci&oacute;n de la red de #CronistasDelSur, que narra la Patagonia desde los territorios.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cecilia Rayén Guerrero Dewey]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/manos-barro_1_12233067.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 21 Apr 2025 03:01:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[crónicas,Concurso,Patagonia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Alejandro Seselovsky y un homenaje a la crónica argentina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/alejandro-seselovsky-homenaje-cronica-argentina_1_12094735.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2d42643a-ab67-4c32-9fbb-4a055a2027bb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Alejandro Seselovsky y un homenaje a la crónica argentina"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El periodista publica su tercer libro de crónicas, Negro Argentino, que reúne sus crónicas en distintos medios, incluido elDiarioAR.</p><p class="subtitle">“Yo veo un kirchnerista y lo quiero hacer sangrar”, así hablaba Jonathan Morel antes de ser detenido</p><p class="subtitle">Navidad en Puerta de Hierro</p></div><p class="article-text">
        <strong>Alejandro Seselovsky</strong> es un rumiante de las cr&oacute;nicas. No las escribe. Las mastica, las deglute, como quien saborea cada instancia del proceso de digesti&oacute;n. Es un cronista de cabo a rabo, de esos que se zambullen en el proceso y, en tiempos de textos breves, r&aacute;pidos y apurados, reivindica la paciencia y el oficio coser una por una las letras que acabar&aacute;n en el texto final.
    </p><p class="article-text">
        Editarlo es un lujo que se disfruta tanto como leerlo. Publicado por <em>Orsai</em>, acaba de publicar <em>Negro Argentino</em>, cuyo su subt&igrave;tulo, obviamente, es <em>Cr&oacute;nica nacional</em>. El libro es un repaso por sus cr&oacute;nicas publicadas en <strong>elDiarioAR</strong>, Rolling Stone, La Agenda, Planeta Urbano y Orsai, Pero repasar sus cr&oacute;nicas es tambi&eacute;n su b&uacute;squeda por su identidad negra. Hijo de una mam&aacute; desconcida, dado en adopci&oacute;n, criado en una familia de clase media y buen pasar, sus textos muestran los choques entre su piel y su realidad y descubre las falsedades de una sociedad que se autopercibe inclusiva.
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                Negro argentino, el libro de Alejandro Seselovsky.                            </span>
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        &ldquo;Las personas que viven sus vidas sobre un mismo suelo, bajo el gobierno de una misma bandera, sumadas todas, hechas conjunto, hacen del territorio una naci&oacute;n. Llevo m&aacute;s de treinta a&ntilde;os queriendo escribirla&rdquo;, escribe en el pr&oacute;logo. Y el primer texto es Mam&aacute;, la cr&oacute;nica de una despedida &ndash;la muerte de esa madre adoptiva&ndash; y una b&uacute;squeda &ndash;la de esa madre que lo llev&oacute; en la panza&ndash;.
    </p><p class="article-text">
        Este es su tercer libro. Public&oacute; en 2005 <em>Cristo llame ya! </em>(Editorial Norma) y <em>Trash</em>, un volumen sobre personajes mediaticos argentinos.
    </p><p class="article-text">
        En <a href="https://www.eldiarioar.com/autores/alejandro-seselovsky/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">elDiarioAR</a>, Seselovsky fue censista, naveg&oacute; la hidrov&iacute;a, <a href="https://www.eldiarioar.com/politica/navidad-puerta-hierro_1_9835061.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">pas&oacute; la Navidad en Puerta de Hierro, en La Matanza,</a> trazo los perfiles de Santiago C&uacute;neo, Carlos Maslat&oacute;n y Pablo Moyano, y descubri&oacute; <a href="https://www.eldiarioar.com/politica/mabeles-brazo-femenino-revolucion-federal-guillotina-manifestacion-artistica_129_9608403.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">el mundo de Las Mabeles,</a> el brazo femenino de la Revoluci&oacute;n Federal. Un abanico extenso que muestran su habilidad para sumergise en universos distintos.
    </p><p class="article-text">
        El texto que integra <em>Negro Argentino </em>es <a href="https://www.eldiarioar.com/conexiones/manos-negros-cumbia-wacha-matancera-pasarla-primera_129_9980138.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Las manos de todos los negros arriba bien arriba y cumbia wacha, matancera, para pasarla de primera</a>. Es la cr&oacute;nica de una noche en Skylab, en el m&iacute;tico boliche de La Matanza. Para hacerla, no pidi&oacute; un auto, estuvo algunas horas y escribi&oacute;. Alejandro hizo lo que un cronista debe hacer. Viaj&oacute; en bondi, hizo la previa en Ciudad Evita, y termin&oacute; al amanecer. &ldquo;Quiero vivir todo el proceso&rdquo;, avis&oacute;. Y lo hizo. 
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; un tramo del resultado final: &ldquo;<strong>Ac&aacute;, ahora, adentro, est&aacute;n todos</strong>. Pero todos. Incluso los que no est&aacute;n. Quiero decir: ac&aacute;, el que quiere, pasa. A nadie en este sitio se le ocurre que esto pueda llamarse inclusi&oacute;n, porque as&iacute; hablan en los bares de #FSoc, la Facultad de Sociales. Pero s&iacute;, se llama. <strong>Todos quiere decir: las viejas, los viejos, las wachas, los wachines. Las gordas, las flacas, las que tienen dientes, las que no los tienen. Los turros, los finos del bigotito, los pibardos.</strong>&nbsp;El se&ntilde;or perfumado de la camisita y la piba de las u&ntilde;as con incrustaciones de fantas&iacute;a. Los que nunca entran a ning&uacute;n lado, los que no tienen ese problema. Las rochas, los giles, las madres de las rochas y los padres de los giles. Ten&iacute;a raz&oacute;n Samid, hay veteranas. Lo que no sab&iacute;a era que ven&iacute;an con sus hijas y tal vez haya el caso de una abuela con su nieta&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Alejandro no es un periodista f&aacute;cil, de esos que entregan la nota y se olvidan del tema. El demanda. Requiere atenci&oacute;n, necesita discutir focos, antes y despu&eacute;s de estar en el &ldquo;territorio&rdquo;, como le gusta decir. Sabe que en ese ida y vuelta encontrar&aacute; esa mirada que est&aacute; buscando. No es f&aacute;cil encontrar cronistas con semejante compromiso y<em> Negro Argentino</em> es la muestra de eso.
    </p><p class="article-text">
        <em>MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mariana García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/alejandro-seselovsky-homenaje-cronica-argentina_1_12094735.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 03 Mar 2025 03:16:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Alejandro Seselovsky y un homenaje a la crónica argentina]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Lecturas,crónicas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Narrar desde los márgenes: el espíritu federal del festival NAVE]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/narrar-margenes-espiritu-federal-festival-nave_1_11874134.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e785b853-b749-47a2-82b6-d7df965fac06_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Narrar desde los márgenes: el espíritu federal del festival NAVE"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En Bariloche se reunieron cronistas de todo el país para debatir, experimentar y reflexionar sobre el periodismo narrativo desde una perspectiva federal. Fue la tercera edición del NAVE. Entre premiaciones y nuevas formas de contar historias, se destacó el poder político de decidir quién narra y cómo llegar a las audiencias.</p></div><p class="article-text">
        Quiz&aacute; sea un lugar com&uacute;n decir que encontrarse a pensar el futuro del periodismo narrativo hoy es &ldquo;m&aacute;s necesario que nunca&rdquo;, pero los lugares comunes no pocas veces tienen su raz&oacute;n de ser. Si los medios que brindan el tiempo para investigar en profundidad y el espacio para escribir textos extensos se reducen a&ntilde;o a a&ntilde;o como en un juego de la silla, en el que cada vez m&aacute;s periodistas quedan fuera, si a quienes logran quedarse en la ronda se los escucha quejarse una y otra vez de que las condiciones no hacen m&aacute;s que devaluarse y si a esta situaci&oacute;n de precarizaci&oacute;n general se suma, para los cronistas de las provincias, que las oportunidades por fuera de Buenos Aires escasean aun m&aacute;s,<strong> &iquest;qui&eacute;nes van a narrar, en los pr&oacute;ximos a&ntilde;os, las historias de la Argentina?</strong> &iquest;Qui&eacute;nes van a querer descubrirlas para despu&eacute;s escribirlas?
    </p><p class="article-text">
        Lo que sucedi&oacute; el jueves, viernes y s&aacute;bado pasado en la tercera edici&oacute;n del festival <a href="https://www.navedenoficcion.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">NAVE de No ficci&oacute;n</a>, que tuvo lugar en Bariloche, posiblemente no tenga el poder de torcer la coyuntura, pero sin dudas gener&oacute; algo importante: conect&oacute; entre s&iacute; a cronistas de todo el pa&iacute;s, gener&oacute; reflexiones y ofreci&oacute; un pantallazo por el presente del periodismo y sus otros formatos posibles. Reaviv&oacute; la llama.&nbsp;
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                La periodista Paula Bistagnino junto a Santiago Rey y Ángeles Alemandi, de la Fundación de Periodismo Patagónico.                            </span>
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        &ldquo;El panorama en general es oscuro. Pero tambi&eacute;n hay luminosidad: hay cronistas y periodistas narrando sus propios territorios y los ajenos, las historias extra&ntilde;as y las cercanas; desafiando al poder desde una trinchera modesta&rdquo;, expres&oacute; en la inauguraci&oacute;n Santiago Rey, presidente de la Fundaci&oacute;n de Periodismo Patag&oacute;nico, cuyos miembros, con un entusiasmo envidiable, organizan cada a&ntilde;o este festival y otras actividades como concursos y programas de capacitaci&oacute;n para comunicadores de la regi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Decidir qui&eacute;n narra es un hecho absolutamente pol&iacute;tico, hijo de una disputa, tambi&eacute;n pol&iacute;tica, que estamos dispuestos a dar. No podemos quedarnos solamente en destacar la producci&oacute;n local por el hecho de haberse producido en determinada geograf&iacute;a. Necesitamos llegar a las audiencias con productos de calidad, y con esa misi&oacute;n en mente estamos ac&aacute;&rdquo;.&nbsp;
    </p><h2 class="article-text">Los premiados</h2><p class="article-text">
        Inmediatamente despu&eacute;s, Rey dio lugar a la presentaci&oacute;n de los premiados en el concurso de cr&oacute;nica que este a&ntilde;o celebr&oacute; su sexta edici&oacute;n y ya se instal&oacute; como un cl&aacute;sico de la Patagonia argentina y chilena. <strong>Ausentes con aviso, Felipe Sasso, de Puerto Williams (Chile) y la chubutense Camila Vautier saludaron por video y agradecieron haber sido le&iacute;dos y elegidos</strong>.
    </p><p class="article-text">
        S&iacute; estuvo presente para recibir su diploma Denali DeGraf, quien en su texto <em>Cinco viajes a la Lof Quemquemtrew</em> se meti&oacute; con un t&oacute;pico recurrente en la zona, que se actualiza cada vez que surge un caso nuevo: el conflicto territorial entre mapuches y empresarios.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n Ray&eacute;n Guerrero Dewey, la ganadora, lleg&oacute; a Bariloche para buscar su premio. &ldquo;La rompiste, piba&rdquo;, la felicit&oacute; Alejandro Seselovsky, que integr&oacute; el jurado junto a la poeta Liliana Campazzo y la periodista ambiental B&aacute;rbara Tupper. La neuquina, que en su texto <em>Todas las formas de ser hermano </em>cuenta la historia de Oxiura Mallmann, <em>drag queen</em> nacida y criada en Alumin&eacute;, aprovech&oacute; para hacer un llamado de atenci&oacute;n a sus colegas porte&ntilde;os: &ldquo;El otro d&iacute;a, mientras habl&aacute;bamos de la destituci&oacute;n de la vicegobernadora de Neuqu&eacute;n, un amigo de Buenos Aires me dijo: &lsquo;Esto no le importa a nadie&rsquo;. Yo estaba sacada. &iquest;C&oacute;mo no les va a importar la provincia que le da luz y gas a todo el pa&iacute;s? &iquest;C&oacute;mo no les va a importar la provincia de Vaca Muerta, que hoy pr&aacute;cticamente sostiene la econom&iacute;a argentina?&rdquo;, se pregunt&oacute;. Y sigui&oacute;: &ldquo;Imag&iacute;nense; si esto no les importa, &iexcl;qu&eacute; les van a importar los coletazos del Wingka Malon y otras historias nuestras!&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ese grito federal recorri&oacute; todo el festival, desde el homenaje al periodista patag&oacute;nico Cristian Aliaga, fallecido este a&ntilde;o, a la mesa &ldquo;Escenas de la cr&oacute;nica federal &ndash; Mueran los salvajes unitarios&rdquo;, donde Eduardo Ledesma (Corrientes), Exequiel Svetliza (Tucum&aacute;n), Miguel Roth (La Pampa), Mario Figueroa (R&iacute;o Negro) y Luc&iacute;a Sabini (CABA/Misiones) presentaron los proyectos &ndash;dos libros, un festival de cine documental, una investigaci&oacute;n sobre la cr&oacute;nica patag&oacute;nica y una revista, respectivamente&ndash; que llevan adelante en diversos territorios de la Argentina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero Roma no se construy&oacute; en un d&iacute;a, y el sue&ntilde;o de un sistema de medios argentinos m&aacute;s ecu&aacute;nime para las provincias, menos. Jornada tras jornada, los eventos m&aacute;s convocantes estuvieron a cargo de periodistas provenientes de la capital. El jueves, Julia Mengolini present&oacute; su primer libro, <em>Las caras del monstruo</em>, en su ciudad natal y ante una sala colmada que tambi&eacute;n incluy&oacute; a su mam&aacute;.
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                    alt="El jueves, Julia Mengolini presentó su primer libro, Las caras del monstruo, ante una sala colmada que también incluyó a su mamá."
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                El jueves, Julia Mengolini presentó su primer libro, Las caras del monstruo, ante una sala colmada que también incluyó a su mamá.                            </span>
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        Al d&iacute;a siguiente, en la charla m&aacute;s convocante de la historia del festival, Alejandro Bercovich charl&oacute; con un p&uacute;blico de m&aacute;s de cuatrocientas personas sobre el presente pol&iacute;tico y econ&oacute;mico en la Argentina a partir de fragmentos de su documental <em>Diciembre</em>, que narra el estallido social de 2001. <strong>Y record&oacute; que el periodismo, como nunca, tambi&eacute;n existe para poner a conversar a personas que suelen sostener posiciones antag&oacute;nicas</strong>: &ldquo;Todo llamado al di&aacute;logo, hoy, en este mundo de audiencias segmentadas, de guetos y algoritmos, es revolucionario&rdquo;.
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                    alt="Alejandro Bercovich charló con un público de más de cuatrocientas personas sobre el presente político y económico en la Argentina a partir de fragmentos de su documental Diciembre, que narra el estallido social de 2001."
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                Alejandro Bercovich charló con un público de más de cuatrocientas personas sobre el presente político y económico en la Argentina a partir de fragmentos de su documental Diciembre, que narra el estallido social de 2001.                            </span>
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        Unos minutos antes de que el columnista de <strong>elDiarioAR</strong> ofreciera su charla, la machi (l&iacute;der espiritual mapuche) Betiana Colhuan Nahuel &ndash;que se hab&iacute;a acercado a ver <a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/pablo-piovano-mapuches-son-inspiracion-inmensa-tiempos-viviendo-derrota_1_11864979.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">las fotos</a> de Pablo Piovano que se exhibieron durante el festival&ndash;&nbsp;salud&oacute; al auditorio en mapudungun y en espa&ntilde;ol. Colhuan relat&oacute; c&oacute;mo su comunidad, pese a la violencia estatal y los sucesivos desalojos forzados, sigue resistiendo para preservar su cultura y proteger el ambiente para el bien com&uacute;n: &ldquo;Nosotros cuidamos los lagos y la naturaleza para que los disfruten todos, no solamente nuestro pueblo&rdquo;, dijo antes de recibir aplausos fervorosos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como en el <em>line up</em> de un festival de m&uacute;sica, donde las bandas estrella siempre cierran, la programaci&oacute;n del NAVE tambi&eacute;n dej&oacute; para el &uacute;ltimo d&iacute;a y el &uacute;ltimo turno a la gran invitada de esta edici&oacute;n: Leila Guerriero. Si bien hace rato lleva una vida m&aacute;s parecida a la de un escritor de primeras ligas que a la de un periodista, Guerriero sigue haciendo libros cuya materia prima es lo real. Por eso es que escucharla pensar sobre su trabajo resulta siempre de gran inspiraci&oacute;n para sus colegas, aunque su dedicaci&oacute;n casi monacal a correr y a la escritura, en la era del pluriempleo, no se parezca mucho a la de gran parte de su p&uacute;blico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un gran acierto fue la multiplicidad de formatos que integr&oacute; la programaci&oacute;n. Se presentaron libros de no ficci&oacute;n (menci&oacute;n aparte merece la interesant&iacute;sima mesa de Paula Bistagnino y su investigaci&oacute;n sobre el Opus Dei, junto a la charla de Valeria Di Croce sobre el ascenso de los libertarios al poder) y novelas (&Aacute;ngeles Alemandi comparti&oacute; ideas sobre los buenos h&aacute;bitos del periodismo que deben perdurar a la hora de escribir textos de ficci&oacute;n).
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n hubo lugar para g&eacute;neros m&aacute;s experimentales. Y es que en estos a&ntilde;os no pocos periodistas aprendieron, como recuerda la premio Nobel Olga Tokarczuk en <em>Los errantes</em>, que &ldquo;el m&uacute;sculo m&aacute;s fuerte del ser humano es la lengua&rdquo; y comenzaron a probarse en la cr&oacute;nica oral. El primer d&iacute;a, un episodio del magn&iacute;fico podcast <em>Ac&aacute; no pas&oacute; nada</em>, producido por la Plataforma &Aacute;rida, fue llevado a escena con locuci&oacute;n y guitarra en vivo. Tambi&eacute;n se vio <em>El arrimado</em>, donde el pampeano Lautaro Bentivegna llev&oacute; a escena con ternura y destreza un perfil de Juan Jos&eacute; Gozza, un m&iacute;tico fot&oacute;grafo de Guatrach&eacute; que, guiado por la curiosidad y cierta desverg&uuml;enza, se las ingeni&oacute; para estar siempre en los sucesos clave de la historia argentina.
    </p><p class="article-text">
        Antes del brindis final y de que todo el mundo se pusiera a bailar, el tucumano Svetliza mostr&oacute; sus dotes de <em>standupero</em> para burlarse (siempre con cari&ntilde;o) de los cronistas porte&ntilde;os en un show que hizo re&iacute;r incluso a quienes se sintieron directamente aludidos.
    </p><p class="article-text">
        <em>NL/JJD</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Natalia Laube]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/narrar-margenes-espiritu-federal-festival-nave_1_11874134.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Dec 2024 09:58:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Narrar desde los márgenes: el espíritu federal del festival NAVE]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,crónicas,Periodismo narrativo,Bariloche]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Se lanzó el concurso de Crónica Patagónica para premiar voces del sur]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/lanzo-concurso-cronica-patagonica-premiar-voces-sur_1_11550238.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b844886e-51d9-4320-9657-782c80defe95_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Se lanzó el concurso de Crónica Patagónica para premiar voces del sur"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La Fundación de Periodismo Patagónico busca nuevas voces del Sur. El Concurso recibe textos de no ficción, inéditos, hasta el 15 de septiembre. 
</p></div><p class="article-text">
        Por sexto a&ntilde;o consecutivo la<strong> Fundaci&oacute;n de Periodismo Patag&oacute;nico</strong> (FPP) organiza el concurso que visibiliza <strong>historias de no ficci&oacute;n contadas desde el territorio patag&oacute;nico argentino y el sur de Chile</strong>. El premio, que otorgar&aacute; 300 mil pesos a la mejor cr&oacute;nica, busca fortalecer el periodismo narrativo en la regi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No hay l&iacute;mite de edad para participar ni es necesario demostrar ser periodista. <strong>El &uacute;nico requisito excluyente es que los y las cronistas vivan en la Patagonia argentina</strong>, que abarca Tierra del Fuego, Santa Cruz, Chubut, R&iacute;o Negro, Neuqu&eacute;n, La Pampa y el Partido de Carmen de Patagones de Buenos Aires, o en el sur de Chile: en las regiones de &Ntilde;uble, B&iacute;o B&iacute;o, Araucan&iacute;a, de Los R&iacute;os, de Los Lagos, Ays&eacute;n, y Magallanes y de la Ant&aacute;rtica chilena.
    </p><p class="article-text">
        Las cr&oacute;nicas que participen del concurso deben ser in&eacute;ditas, su extensi&oacute;n no puede superar los 45 mil caracteres con espacios. Las bases y el formulario de inscripci&oacute;n se encuentran en la web <a href="https://www.cronicapatagonica.com.ar/?utm_source=fpp&amp;utm_medium=mailing&amp;utm_campaign=concurso" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">www.cronicapatagonica.com.ar</a>. Los textos deber&aacute;n enviarse de modo an&oacute;nimo hasta el 15 de septiembre de 2024.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Luego de ese plazo las cr&oacute;nicas ser&aacute;n evaluadas por un jurado integrado por la periodista chilena <strong>B&aacute;rbara Tupper</strong>, el cronista argentino <strong>Alejandro Seselovsky</strong> y la poeta patag&oacute;nica <strong>Liliana Campazzo</strong>. El jurado tendr&aacute; en cuenta la calidad narrativa del texto, el trabajo de investigaci&oacute;n y contraste de fuentes, la presencia del cronista en el lugar donde ocurre el hecho narrada. Emitir&aacute; su dictamen durante el mes de octubre y el ganador o la ganadora se conocer&aacute; en el marco de NAVE de No Ficci&oacute;n, el Festival Iberoamericano de Periodismo Narrativo, que organiza la FPP los d&iacute;as 28, 29 y 30 de noviembre de este a&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        El<strong> Concurso de Cr&oacute;nica Patag&oacute;nica</strong>, en sus ediciones anteriores, recibi&oacute; m&aacute;s de 400 textos escritos por cronistas de la regi&oacute;n. Los ganadores y las menciones especiales fueron publicados en importantes medios de comunicaci&oacute;n de Argentina y Am&eacute;rica Latina e integran el libro &ldquo;18 Cr&oacute;nicas Patag&oacute;nicas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En 2019, Bruno Oliva, de Neuqu&eacute;n, obtuvo el primer premio con la cr&oacute;nica <em>De la cerveza al gin tonic</em>. Al a&ntilde;o siguiente el galard&oacute;n tambi&eacute;n se qued&oacute; en Neuqu&eacute;n con un texto de no ficci&oacute;n de Emiliana Cortona titulado <em>Vejez trans: el derecho de una generaci&oacute;n que nunca existi&oacute;</em>. En 2020, <em>Las chapuceadoras de la felicidad</em> fue la cr&oacute;nica premiada, escrita desde Tierra del Fuego por Alicia Lazzaroni. En 2021 el Concurso pas&oacute; a ser binacional y el texto favorito fue <em>Aguas turbias</em> de Malena Landoni, de Chubut. En la quinta edici&oacute;n, el primer premio fue para el chileno Juvenal Rivera Sanhueza que escribi&oacute;<em> Los &Aacute;ngeles de Bola&ntilde;o</em>.
    </p><p class="article-text">
        Promover la federalizaci&oacute;n de los contenidos es clave para la Fundaci&oacute;n de Periodismo Patag&oacute;nico. Por eso este Concurso es tan valioso para el trabajo que construye desde el sur. Todas las cr&oacute;nicas que participan son le&iacute;das con atenci&oacute;n e incluso son una puerta para los y las participantes que desean acercarse a los proyectos de la FPP. Muchos de ellos luego se suman a la Red de Cronistas del Sur y colaboran con la revista digital <a href="http://www.enestosdias.com.ar" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">www.enestosdias.com.ar</a>. Para sostener el espacio del concurso, este a&ntilde;o, la Fundaci&oacute;n cuenta con el acompa&ntilde;amiento de la Legislatura de R&iacute;o Negro.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                El jurado del VI concurso de crónica patagónica.                            </span>
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      <dc:creator><![CDATA[elDiarioAR]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/lanzo-concurso-cronica-patagonica-premiar-voces-sur_1_11550238.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Jul 2024 20:37:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Se lanzó el concurso de Crónica Patagónica para premiar voces del sur]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Conexiones,Literatura,crónicas,Patagonia]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Jujuy, crónica de paisajes bestiales, humita y wifi]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/jujuy-cronica-paisajes-bestiales-humita-wifi_1_11487465.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/094d97d0-283e-4d63-b39a-7f1bdcd4e597_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jujuy, crónica de paisajes bestiales, humita y wifi"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las yungas, los salares, las quebradas, los pueblos turísticos y los de historias oscuras, como Ledesma. Jujuy es atrapante. En esta crónica, su autora nos lleva recorrer cada rincón. Primera entrega de la serie Sin pena y con gloria. </p></div><p class="article-text">
        Un artesano juje&ntilde;o asegura que tarda hasta cinco d&iacute;as en hacer una vasija de barro. Trabaja con el torno, los pedales y las moldea con agua. Necesita esos cinco d&iacute;as para tener la vasija lista y a la venta. Muchas veces el esfuerzo se mide en unidad de tiempo. Llegar desde San Salvador a Tilcara le toma una hora y media. La ruta nacional 9 nace en Buenos Aires y llega hasta la Quiaca y, en este tramo, el camino es de paisajes bestiales, con monta&ntilde;as que desde la ruta pareciera que fueran a caer encima de los autos. La temperatura puede oscilar seis o siete grados de un pueblo a otro y de la tarde a la noche. Jujuy sortea desaf&iacute;os de todo orden, pero son las contingencias de la naturaleza los temas de conversaci&oacute;n constantes para los habitantes de la provincia. La sequ&iacute;a, los humedales, la altura, la selva y las yungas, los cardales, la quebrada, el calor abrasador y la crueldad del fr&iacute;o partiendo la noche. Todo conversa en Jujuy, o al menos lo intenta.&nbsp;&nbsp;
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                Los Beatles en Tilcara                            </span>
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        Al volante de un Renault viejo va un juje&ntilde;o corpulento que toma jugo de pomelo de una marca desconocida en Buenos Aires y lleva pasajeras que viajan a Maimar&aacute;, Purmamarca y Tilcara. Tres son j&oacute;venes, podr&iacute;an ser universitarias. Una de ellas, por lo que le dice a su madre al tel&eacute;fono, parece que lo es. El paisaje se manifiesta imponente, pero las pasajeras lo ignoran: dos no desv&iacute;an la mirada del tel&eacute;fono (una traduce un texto con chat GPT) y la otra, en ese mismo camino que puede entrecortar la respiraci&oacute;n, encuentra la posici&oacute;n indicada para quedarse dormida. <strong>El &ldquo;taxi compartido&rdquo; funciona as&iacute;:</strong> una hilera de autos &ldquo;a partir del auto rojo&rdquo; estacionan en las afueras de la vieja terminal de San Salvador. Cuando los choferes logran juntar cuatro pasajeros, le cobran cinco mil pesos a cada uno y arranca el viaje. El conductor habl&oacute; tres veces en todo el trayecto: dos para confirmar destinos y una para verbalizar el hediondo calor que se instala en pleno oto&ntilde;o. &ldquo;Pica como en enero&rdquo;, solt&oacute;, pero nadie le respondi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima parada se abre camino a un pueblo de historia ind&iacute;gena y sacrificio. Ahora est&aacute; atestado por el turismo con precios para extranjeros. El futuro ya lleg&oacute; a Tilcara, pero se encontr&oacute; con un pasado que habita con cierto rigor un presente difuso. Justo al lado de una larga fila de medias coya, <strong>un puesto ofrece sombreros rojos con el logo de Tik Tok.</strong> Seis vasijas de barro cuestan lo que en internet nos cobran por una.&nbsp;
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                Entre vasijas y humitas también se ofrecen gorras de Tik Tok.                            </span>
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        Tilcara vende y produce recuerdos. Tiene tradiciones, ferias, la garganta del diablo y ex alcaldes acusados de malversaci&oacute;n de fondos. Habitantes nativos o n&oacute;mades de paso arman y desarman sus puestos en la plaza para venderles a los turistas artesan&iacute;as, tejidos, medias. A pocas cuadras de la terminal de &oacute;mnibus, en una esquina, Sandra despliega su puesto e informa en una pizarra negra con tiza roja todas las opciones de tortillas que ofrece: de choclo, queso, calabaza, salame. Solo tortillas. Tiene 37 a&ntilde;os, la voz suave y la piel arrugada. Hace veinte a&ntilde;os que todas las ma&ntilde;anas prepara la masa, los rellenos, arma el carro y sale de su casa ubicada en el acceso al pueblo, hacia la esquina donde monta su negocio. Los rellenos los comienza a hacer al amanecer, pero no los termina hasta que lo pidan los comensales. Los rellenos y las masas, potenciales tortillas. Tiene dos hijas, una est&aacute; por terminar la escuela y a veces atiende el puesto, pero se dedica a sus cosas. Quiere ser polic&iacute;a. Sandra todav&iacute;a no le pregunt&oacute; por qu&eacute;. La tortilla de choclo es rica, pero le falta un poco de sal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras revuelve con parsimonia una sopa de ma&iacute;z morado, lim&oacute;n y canela, que prepara para ella al reparo de una sombrilla, responde sobre c&oacute;mo se las arregla con el paso de las horas cuando trabaja en su puesto de tortillas: &ldquo;me entretengo con la gente que me cuenta sus historias, me la paso charlando&rdquo;, y despu&eacute;s pregunta c&oacute;mo anda todo por Buenos Aires. A veces, como reflejo, Sandra toma el palo de la sombrilla como si necesitase asegurarla, protegerla de algo. Se debe haber volado m&aacute;s de una vez. Sobre pol&iacute;tica mucho no habla. &ldquo;De Milei ac&aacute; nada&rdquo;. Tras una pausa de unos segundos agrega: &ldquo;vi que andaba por los Estados Unidos&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>La escritora y docente Hebe Uhart dijo una vez en una charla magistral que una de las cosas que le gustan y mucho cuando viaja es conversar: &ldquo;Me gusta la conversaci&oacute;n con la gente de campo, porque tienen un saber que yo no tengo. Tienen un saber y una forma de pensar que no tengo porque vengo de otro lado, de otra cosa&rdquo;.&nbsp;</strong></em>
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                    alt="Sandra tiene 37 años. Hace veinte que todas las mañanas prepara la masa de las tortillas que vende en Tilcara."
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                Sandra tiene 37 años. Hace veinte que todas las mañanas prepara la masa de las tortillas que vende en Tilcara.                            </span>
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        Si tienen la fortuna de llegar a Tilcara, un d&iacute;a de sol notar&aacute;n como la paleta de tonos bord&oacute; se apodera del lugar. Un mural de los Beatles cruzando Abbey Road y vestidos con ropa coya se impone en la esquina por donde ingresan los colectivos, frente al club Belgrano, donde los tilcare&ntilde;os van a bailar y beber los s&aacute;bados por la noche. Si quer&eacute;s tradici&oacute;n, ven&iacute; a bailar a Belgrano, propuso con gracia de bailarina la compa&ntilde;era de puesto de Sandra. Seg&uacute;n ella, no hace falta mucho: unas zapatillas c&oacute;modas y llegar antes de las 12 para acceder a la entrada libre y gratuita. Cumbia, m&uacute;sica norte&ntilde;a, empanadas y vino. &ldquo;No hace falta m&aacute;s&rdquo;, repite. Los domingos, y a veces los lunes, se ve pasear por Tilcara a hombres caminando en zig zag, todav&iacute;a borrachos. Las mujeres no. Ellas el d&iacute;a despu&eacute;s abren sus comercios o puestos y trabajan otra vez.
    </p><p class="article-text">
        En la Plaza principal, Mar&iacute;a cuelga tejidos y acomoda precios. Es artesana nacida en Valle el Durazno, pero vive en Tilcara hace treinta a&ntilde;os. Desde chica, todos los a&ntilde;os para la &eacute;poca de carnaval, bajaba a Tilcara junto con su familia tras horas de caminata para los torneos de f&uacute;tbol mixto. Todav&iacute;a hoy se siguen haciendo, pero Mar&iacute;a ya no va. Lo hizo toda su vida y la de sus hijos. A sus nietos no los llevan. Tiene cinco hijos y cinco nietos, es maestra de hilado. Durante la semana da clases y los fines de semana abre el puesto para vender sus tejidos, que hace con la lana bruta que compra a medida que va vendiendo. Su mercanc&iacute;a le da orgullo. Hila mientras relata y aclara: &ldquo;un sweater me puede llevar una semana de trabajo&rdquo;. Un turista le compra medias y Mar&iacute;a acepta Mercado Pago. Le pasa el alias y resuelve la compra en un minuto, sin dejar de hilar con delicadeza y detalle.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La artesana cri&oacute; a sus hijos sola,&nbsp; tuvo &ldquo;un marido fantasma&rdquo;. Hace veinte a&ntilde;os lo ech&oacute; de la casa porque tomaba mucho. Los hijos iban a ayudar a que su padre se intalara en San Salvador, pero ella los detuvo. &ldquo;Me di cuenta que si se iba para all&aacute; mis hijos iban a tener que ir y venir todo el tiempo para ver que est&eacute; bien, para ayudarlo. Al final iba a ser con plata de mi bolsillo. Le termin&eacute; dando una pieza en mi casa, al fondo. Entra y sale, ni lo veo. Esto fue hace veinte a&ntilde;os y ah&iacute; est&aacute; pero no est&aacute;&rdquo;. Da la sensaci&oacute;n de que para Mar&iacute;a las cosas no son complejas. M&aacute;s bien parecen sencillas. &ldquo;Yo siempre le digo a mis hijos que de hambre no se van a morir. Todos trabajan, hacen sus vidas. Yo siempre les digo que si no hay plata no me importa. Con una bolsa de harina y unas papas lo resuelvo. Pero ellos no, ellos no quieren un guiso, ellos quieren otras cosas, quieren m&aacute;s, y siempre andan sufriendo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Sara Gallardo viaj&oacute; y escribi&oacute; durante casi toda su vida sobre los lugares, las historias y las personas que conoci&oacute;. Alguna vez dijo que no ten&iacute;a sentido viajar sin adentrarse en los lugares, pasar sin atravesarlos. En definitiva, irte lejos de casa para sacar una foto o simplemente sumar un sello en el pasaporte era algo vago, in&uacute;til.</strong></em>
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                María tiene cinco hijos y cinco nietos, es maestra de hilado.Vende sus trabajos en Tilcara. Acepta Mercado Pago.                            </span>
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        Una rubia alta y voluminosa, posiblemente noruega o sueca, le indica a otra mujer el punto donde debe agacharse para tomar la foto. Ella se aleja, se ubica al lado de un cartel que dice &ldquo;Pura vida&rdquo; y se contornea. Saca cola, levanta el ment&oacute;n, abre el pecho y sonr&iacute;e a media asta. Lleva puestas unas calzas brillantes, unos tacos extra&ntilde;os y un gorro coya con lentes de sol modernos y tornasolados. A medida que suceden los disparos del celular, la rubia va cambiando milim&eacute;tricamente la posici&oacute;n de su ment&oacute;n. Cuando se cansa, va hasta la fot&oacute;grafa, se saca los lentes y mira detenidamente las im&aacute;genes, da unas indicaciones y ofuscada vuelve a su puesto. Cuando llega el momento del &ldquo;disparo&rdquo;, vuelve a sonre&iacute;r. La escena se repite de cuadra en cuadra pero con norteamericanos, chinos, alemanes. Pura vida en Tilcara.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>Susana en el olvido&nbsp;</strong></h3><p class="article-text">
        En diciembre de 2023 se hizo viral la historia de Susana Gutierrez en las redes sociales, una habitante de Tilcara que se encaden&oacute; a su casa para que el gobierno provincial no derribara la vivienda. Ella y varias familias m&aacute;s corr&iacute;an el riesgo de ser desalojadas debido a las obras del tren solar, un proyecto que buscaba incorporar el tren a un complejo de comercios para fomentar el turismo. Actualmente la obra se encuentra detenida. Algunos vecinos del barrio Estaci&oacute;n aceptaron dejar sus hogares a cambio de unas habitaciones de 3x3 sin servicios esenciales que les ofreci&oacute; el gobierno (algunos hasta denunciaron amenazas). Susana se neg&oacute;, y al parecer ese fue su mayor pecado. &ldquo;Yo no pod&iacute;a aceptar irme de mi casa donde adem&aacute;s viv&iacute;a la familia de mi hermano, yo ten&iacute;a mi kiosco, espacio para mis hijos, por una habitaci&oacute;n donde no entr&aacute;bamos y no ten&iacute;a ni agua corriente&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 15 de enero golpearon a su puerta infanter&iacute;a y la brigada de Tilcara para que abandonara la propiedad. Susana pidi&oacute; ver la orden, pero no se la mostraron. No alcanz&oacute; ni siquiera a vestir a su hija, los arrancaron de forma violenta. Algunos oficiales, cuenta, incluso se re&iacute;an. Ella arm&oacute; una carpa en la puerta de su propia&nbsp; casa e insisti&oacute; durante todo el d&iacute;a para que al menos le dieran sus cosas. Resisti&oacute; toda la noche bajo el viento y la lluvia. Al otro d&iacute;a le dejaron recuperar algunas pocas pertenencias. Horas despu&eacute;s llegaron las m&aacute;quinas y derribaron las casas. <strong>Susana vio caer el hogar donde hab&iacute;a vivido durante 32 a&ntilde;os.&nbsp;&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Es un s&aacute;bado de junio por la noche y abriga a su hija con una campera extra mientras atiende un puesto de artesan&iacute;as. Deja a su nena al cuidado de la puestera de al lado para poder dar testimonio. Desde el d&iacute;a del desalojo lleva cinco meses viviendo en una habitaci&oacute;n que le prestaron, junto a sus tres hijos. Sandra est&aacute; embarazada de seis meses. A pesar de haber barrido con su principal ingreso econ&oacute;mico, el mayor impacto para ella fue an&iacute;mico. &ldquo;Mi hija estaba ilusionada con que este a&ntilde;o era su cumplea&ntilde;os de quince. Hace poco me dijo que ella ya puede morirse, que ya vio lo peor que pod&iacute;a ver en la vida. No me recupero de eso&rdquo;, murmura Susana y se limpia la cara con el pu&ntilde;o del buzo. Llora, como si llorar fuese algo que hiciera todo el d&iacute;a, como si no hubiese diferencia entre hacerlo y no hacerlo. Llora mientras habla, distra&iacute;da, mientras camina. Su &uacute;nico rayo de tenue esperanza radica en la causa que se encuentra radicada en el juzgado general n&deg;2 de Jujuy,&nbsp; atraviesa ahora la intervenci&oacute;n de naci&oacute;n que se declar&oacute; competente y le pide explicaciones a la provincia sobre qu&eacute; fue lo que pas&oacute; ese 15 de enero con la destrucci&oacute;n de los hogares en cuesti&oacute;n. &ldquo;No me queda m&aacute;s que esperar a ver si me devuelven algo&rdquo;, murmura Susana y agrega: &ldquo;Nos tiraron al olvido&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Susana se encadenó a su casa para evitar que el gobierno provincial la derribara. No pudo evitar que lo hicieran."
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            <span class="title">
                Susana se encadenó a su casa para evitar que el gobierno provincial la derribara. No pudo evitar que lo hicieran.                            </span>
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                </figure><h3 class="article-text"><strong>Orgullo de Purmamarca&nbsp;</strong></h3><p class="article-text">
        Podr&iacute;a decirse que pocas cosas diferencian a Tilcara de Purmamarca, pero el aire corre a otra velocidad, los colores son m&aacute;s vivos y el pueblo tiene un estilo de maqueta. Purmamarca es peque&ntilde;o, concentrado en energ&iacute;a humana y tiene m&uacute;sica, se mueve m&aacute;s r&aacute;pido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde la plaza central se ve el cerro de los siete colores. Los turistas hacen filas improvisadas para tomarse fotos en la esquina donde mejor se luce la maravilla. Ah&iacute; mismo <strong>un comercio ofrece humita y Wifi.</strong> &ldquo;Es una fruta madura Jujuy, es un jazm&iacute;n o tal vez un rayito de luna o de sol. A Jujuy esta zamba le quiero cantar, con el alma&rdquo;, entona un conjunto musical que hace vibrar a los comensales de una cantina cercana. Las medias, las especias, los tejidos y las mochilas salen al por mayor, se venden con celeridad. Casi pegado a la plaza, un local bien montado ofrece artesan&iacute;as, cuchillas, llaveros y morrales. Un hombre de porte prolijo y pantalones de jean limpia la vidriera. En el local, un ni&ntilde;o de no m&aacute;s de siete a&ntilde;os dibuja, en una cartulina blanca, una casa entre monta&ntilde;as y habla solo, se r&iacute;e. Gustavo Ger&eacute;z lleva una vida en Purmamarca. Una vida como hijo de la tierra que vio nacer a sus padres y a sus abuelos. &ldquo;Antes, las familias hist&oacute;ricas del pueblo no ten&iacute;an sus comercios porque estaba mal visto ser comerciante. Eras artesano, no comerciante. Pero el turista empez&oacute; a demandar un lugar para comer, despu&eacute;s uno para dormir, y as&iacute;, de a poco,&nbsp; el pueblo se empez&oacute; a adaptar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Gustavo cuenta con orgullo que su madre fue la primera mujer monotributista de Purmamarca, y su hijo, sin quitar la mirada de su dibujo, acota: &ldquo;hac&iacute;a cer&aacute;mica mi abuelita&rdquo;. Tambi&eacute;n explica que sus hermanos y &eacute;l estudiaron en la ciudad, que sus padres hicieron el esfuerzo de llevarlos y traerlos durante a&ntilde;os para que tuvieran opciones, para que volver a Purmamarca fuera una elecci&oacute;n y no un mandato. Gustavo habla del orgullo del pueblo, de volver para hacerlo crecer, desarrollarse en un lugar que te da posibilidades y no te las quita. De lo importante que es adaptarse a los cambios. No todos piensan como &eacute;l en el pueblo, pero quienes lo hacen avanzan, como avanza la vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando la pol&iacute;tica lleg&oacute; a Purmamarca en 2023, a los candidatos de Milei se les dijo (seg&uacute;n cuenta Gustavo), con mucha claridad: el pueblo seguir&aacute; trabajando para el turismo, seguir&aacute; empujando para adelante, quien venga a hacerlo crecer, que venga, pero con las reglas de Purmamarca. &ldquo;Est&aacute; costando, pero Purmamarca aguanta porque subsiste del turismo. Nosotros les dijimos que los apoyamos, pero que no nos aumenten los impuestos porque sino no los vamos a apoyar. No se habla tanto de pol&iacute;tica porque se vive laburando. Todos los d&iacute;as es igual, desde temprano hasta la noche&rdquo;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
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                Gustavo y su hijo en Purmamarca.                            </span>
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        En un recorrido veloz por los pueblos cercanos a&nbsp; San Salvador de Jujuy, not&aacute;s que el comercio y la vida en general ya no tiene tantos paisajes ni tantos colores. &ldquo;A Perico ni vayas, no pasa nada&rdquo;, aconsejaron un par de turistas que suelen recorrer el norte. Pero en Perico s&iacute; pasan cosas.&nbsp; A 34.5 km de la capital, el tr&aacute;fico de camiones que viene desde Bolivia es enloquecedor y alimenta a la gran feria del pueblo: galpones enormes con cientos de puestos que reciben toneladas de ropa y productos de toda &iacute;ndole. &ldquo;Es como el sal&oacute;n de cartas de Susana Gimenez, no tiene fondo&rdquo;, explica un puestero mientras rompe la cinta de un pack de pantalones y le da una pitada al cigarrillo que tiene adherido a la comisura de los labios. Los comerciantes compran containers a veces sin saber qu&eacute; tienen adentro. Lo descargan en tablones enormes y se ponen a vender. La gente ataca las mesas como depredadores, buscando petr&oacute;leo en el fondo, escarbando en busca de la pepita de oro. A pocas cuadras funciona otra feria, pero de ropa usada. La metodolog&iacute;a es parecida aunque la ropa l&oacute;gicamente es m&aacute;s barata. Monta&ntilde;as de jeans, camperas, poleras, se montan sobre mesas y la gente bucea. Cuando cae la noche, el escenario es post apocal&iacute;ptico. Las calles se destierran, ya no se escucha la cumbia norte&ntilde;a y la oscuridad es total. Hay un silencio que abruma. Perico se transforma en ese pueblo donde no pasa nada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Leila Guerriero dir&aacute; en &ldquo;Los suicidas del fin del mundo&rdquo;, que entre 1980 y mediados de los &acute;90, en pleno auge del petr&oacute;leo, los 7000 modestos habitantes de Las Heras llegaron a 16000: &ldquo;Los due&ntilde;os de las estancias invirtieron tambi&eacute;n en ese oficio: dejarse perforar&rdquo;.</strong></em>
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                La Feria de Perico.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Saliendo de Perico pod&eacute;s seguir el camino hacia Libertador General San Mart&iacute;n, m&aacute;s conocido como Ledesma, por la Ruta Nacional 34. Ledesma es el famoso pueblo que se compone alrededor de una parte del imperio de la familia Blaquier. Lo primero que percib&iacute;s al llegar es el olor. Antes era nauseabundo, ahora es soportable. La empresa Ledesma lleva unos a&ntilde;os lav&aacute;ndose la cara a nivel ambiental: tienen una estructura de econom&iacute;a circular, su propia planta de reciclado, fuentes de trabajo destinadas a la biodegradaci&oacute;n y el cuidado de las yungas. Lo muestran en su sitio web y lo repiten en los recorridos por la f&aacute;brica. Aseguran que preservan el ambiente de los animales que habitan alrededor de las 40 mil hect&aacute;reas juje&ntilde;as destinadas a pura producci&oacute;n azucarera. Es dif&iacute;cil encontrar en el pueblo alguien que no tenga relaci&oacute;n laboral o de alg&uacute;n tipo con el gigante azucarero. Alrededor de la empresa se crearon escuelas, clubes, barrios que por d&eacute;cadas vio crecer al pueblo al ritmo de la f&aacute;brica que fue cambiando de tama&ntilde;o y de olor. El tema ambiental es una preocupaci&oacute;n para los juje&ntilde;os. Hay disputas por tierras para rellenos sanitarios, negociados posibles, comunidades originarias en contra. La basura, la corrupci&oacute;n y los pasos con Bolivia son grandes t&oacute;picos para ellos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aunque sostengan que no quieren hablar de pol&iacute;tica, de eso s&iacute; quieren hablar. Aunque sostengan que nada cambia por sus lares, ellos tambi&eacute;n cambian. Todo cambia tambi&eacute;n en Jujuy.
    </p><p class="article-text">
        <em>AB/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ayelén Berdiñas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/jujuy-cronica-paisajes-bestiales-humita-wifi_1_11487465.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Jun 2024 03:00:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Jujuy, crónica de paisajes bestiales, humita y wifi]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Jujuy,crónicas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Concurso de crónicas y perfiles para celebrar los primeros 10 años de La Agenda Revista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/concurso-cronicas-perfiles-celebrar-primeros-10-anos-agenda-revista_1_11465513.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ae29a9a9-8216-4f3a-a662-687b23eb16b0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Concurso de crónicas y perfiles para celebrar los primeros 10 años de La Agenda Revista"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Como parte de las celebraciones  de los 10 años de la fundación de La Agenda Revista se anunció el lanzamiento del primer concurso de no ficción para las categorías crónicas y perfiles. </p></div><p class="article-text">
        El concurso organizado por <a href="https://laagenda.buenosaires.gob.ar/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La Agenda Revista</a> est&aacute; abierto a los <strong>residentes en el pa&iacute;s, quienes participen del certamen deben ser mayores de edad y sus trabajos adecuarse a las consignas asignadas</strong>, es decir, deben pertenecer, &uacute;nicamente, a los g&eacute;neros solicitados: cr&oacute;nicas y perfiles.
    </p><p class="article-text">
        En la <a href="https://laagenda.buenosaires.gob.ar/?contenido=61024-concurso-no-ficcion" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">convocatoria </a>se recuerda que <strong>&ldquo;una cr&oacute;nica es un texto de no ficci&oacute;n donde se abordan y se relatan con rigor hechos pol&iacute;ticos, sociales, deportivos, culturales o de diversa &iacute;ndole. Tiene un car&aacute;cter narrativo y debe contar con el testimonio de fuentes o de personas que participaron del suceso abordado&rdquo;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Por su parte, los organizadores se&ntilde;alan que <strong>&ldquo;un perfil es un texto sobre una persona real, generalmente del &aacute;mbito p&uacute;blico, en el que se reconstruye su vida, sus particularidades, su incidencia en el presente o en la historia. Puede tener testimonios de otras personas que lo conocieron. Busca contar qui&eacute;n es o qui&eacute;n fue una persona cuya vida merezca ser narrada&rdquo;. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Los textos, que deben ser in&eacute;ditos y originales, deben tener<strong> una extensi&oacute;n de entre 15.000 y 40.000 caracteres </strong>con espacios, y tienen que estar presentados con seud&oacute;nimo. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Los trabajos se recibir&aacute;n entre las 0 horas del martes 18/6 y las 24 horas del 15/</strong>8, en tanto que<strong> los ganadores se anunciar&aacute;n en la primera quincena de noviembre.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>El primer premio recibir&aacute; la suma de un mill&oacute;n de pesos ($ 1.000.000).</strong> Los otros dos finalistas recibir&aacute;n la suma de doscientos cincuenta mil pesos ($ 250.000). La entrega de premios se llevar&aacute; a cabo en la &uacute;ltima semana de noviembre en el Centro Cultural Recoleta. 
    </p><h3 class="article-text">Un poco de historia</h3><p class="article-text">
        Nacida en noviembre de 2014, <strong>La Agenda Revista</strong> se consolid&oacute; en todos estos a&ntilde;os como un espacio vital y plural en el que conviven y se mezclan las distintas manifestaciones y las diferentes voces que orbitan alrededor de la cultura de la Ciudad de Buenos Aires y del pa&iacute;s. &ldquo;Cuando inauguramos la revista, el objetivo que procuramos fue que ocupase un rol espec&iacute;fico en el &aacute;mbito de los medios p&uacute;blicos de la Ciudad, con una personalidad abierta no s&oacute;lo en cuanto a la pluralidad de su mirada sino con respecto a los formatos y los g&eacute;neros utilizados&rdquo;, se&ntilde;ala <strong>Pablo Perantuono, actual editor jefe de la revista</strong>, quien integra el equipo de edici&oacute;n desde su nacimiento. &ldquo;Tambi&eacute;n, procuramos visibilizar y promover nuevas firmas y voces, trazar l&iacute;neas alternativas de reflexi&oacute;n y de pensamiento. Creo que lo hemos logrado, y que lentamente La Agenda se ha posicionado como un medio de referencia en donde la literatura, el cine y la cultura en general tienen un abordaje atractivo, respetuoso y moderno&rdquo;, agrega.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Por eso -concluye- creemos que un certamen de estas caracter&iacute;sticas colabora y potencia la conversaci&oacute;n cotidiana, y sigue visibilizando nuevas voces y miradas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los textos ser&aacute;n evaluados por un jurado formado por tres autores y periodistas prestigiosos, de una dilatada experiencia en los medios culturales: <strong>Hinde Pomeraniec, Juan Jos&eacute; Becerra y Santiago Llach.</strong>
    </p><h3 class="article-text">Los jurados</h3><p class="article-text">
        <strong>Hinde Pomeraniec</strong> es Licenciada en Letras, editora y periodista de larga trayectoria en el &aacute;rea de cultura. Ha obtenido el Premio Konex de Platino al periodismo cultural en 2017. Algunos de sus libros son <em>Katrina, el imperio al desnudo, Blackie, la dama que hac&iacute;a hablar al pa&iacute;s</em> y <em>Rusos de Putin</em>.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Juan Jos&eacute; Becerra</strong> es narrador y ensayista y <strong>columnista de elDiarioAR</strong>. Ha obtenido el Premio&nbsp;Konex&nbsp;2024 en Letras, en el rubro Novela&#720; Per&iacute;odo 2014-2017. Sus &uacute;ltimos libros son <em>El espect&aacute;culo del tiempo</em>, <em>El artista m&aacute;s grande del mundo</em>, <em>&iexcl;Felicidades!</em> y <em>Amor</em>.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Santiago Llach</strong> es cr&iacute;tico cultural, poeta y docente. Fund&oacute; una Escuela de Escritura y organiza tambi&eacute;n el Mundial de Escritura. Algunos de sus libros son <em>La Raza</em>, <em>Una guacha montonera</em> y <em>Los compa&ntilde;eros</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La agenda es una publicaci&oacute;n de la secretaria de Comunicaci&oacute;n del GCBA.
    </p><p class="article-text">
        <em>DM con informaci&oacute;n de La Agenda Revista</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[elDairioAR]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/concurso-cronicas-perfiles-celebrar-primeros-10-anos-agenda-revista_1_11465513.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Jun 2024 15:41:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Concurso de crónicas y perfiles para celebrar los primeros 10 años de La Agenda Revista]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Concursos Literarios,No ficción,La Agenda Revista,crónicas,perfiles]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La llave del paraíso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/llave-paraiso_1_9895716.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6c937aa4-6a93-40af-b4d0-5565a4a5b98e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La llave del paraíso"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Para salir a la calle, en Irán, la cronista Liliana Villanueva intenta pasar desapercibida bajo su chador inventado “vestido-abrigo-sábana” pero no lo logra. Siempre es una extranjera. En privado, las iraníes la miran con lástima y cuando va en búsqueda de la mezquita más antigua, los hombres actúan con recelo. Una crónica con descripciones brillantes e ironía sobre un lugar que muy pocos conocen, parte del nuevo libro de la autora “El mar nunca se acaba” (Editorial Fruto de Dragón).</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Est&aacute;s loca&rdquo;, me dice Farshid, &ldquo;venir desde el fin del mundo hasta el Ir&aacute;n y hacer un viaje de m&aacute;s de quinientos kil&oacute;metros a una ciudad perdida para ver una mezquita en ruinas que no le interesa a nadie...&rdquo;. Farshid me mira divertido meneando la cabeza, marca un n&uacute;mero al tel&eacute;fono y habla en farsi sin dejar de mirarme. Pone una mano en el tubo y me dice: trescientos mil riales. Hago un gesto afirmativo, Farshid confirma en su idioma y el trato est&aacute; hecho. A la ma&ntilde;ana siguiente, un chofer me llevar&aacute; a Damg&aacute;n, donde est&aacute; la mezquita m&aacute;s antigua del Ir&aacute;n, construida hace mil trescientos a&ntilde;os.
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                El mar nunca se acaba                            </span>
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        Es larga la lista de edificios, plazas y lugares que quiero visitar en Ir&aacute;n, pero la mezquita Tarik-Jana en Damg&aacute;n es la m&aacute;s importante, la primera de la lista. Hace a&ntilde;os intento escribir una tesis de doctorado sobre el desarrollo del espacio en las ciudades musulmanas. Fue en el momento en que me vi enfrentada al Regist&aacute;n de Samarcanda cuando mi tema dio un giro de ciento ochenta grados. Desde entonces me pregunto por qu&eacute; motivo surgieron, en Persia y en el Asia Central, una serie de plazas urbanas abiertas como grandes escenograf&iacute;as bajo el cielo que no condicen con la mentalidad &iacute;ntima y privada de las ciudades del Islam. Tengo la sospecha de que la respuesta est&aacute; en los patios de las mezquitas persas y de las grandes <em>madrasas </em>o escuelas cor&aacute;nicas con sus imponentes <em>eivanes </em>o portales espaciales muchas veces escoltados por minaretes que rascan el cielo l&iacute;mpido de nubes, como en las ilustraciones de los riales, los billetes iran&iacute;es.
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                Crónicas sobre Irán                            </span>
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        Desde que vivo en Mosc&uacute; trabajo como <em>freelance </em>en una agencia de noticias con oficinas en todo el mundo. Farshid Motahari es nuestro corresponsal en Teher&aacute;n. &Eacute;l dice ser descendiente directo de Mahoma por v&iacute;a materna, su abuelo fue jefe de gobierno en &eacute;pocas del Shah y su pap&aacute; director de un banco iran&iacute;, lo que explica que haya vivido en el exterior desde chico y que hable alem&aacute;n e ingl&eacute;s a la perfecci&oacute;n. Farshid tiene una novia en California, un piso de lujo en un barrio del norte de Teher&aacute;n y goza de una libertad de acci&oacute;n, expresi&oacute;n y movimientos que a muchos en la agencia les despierta sospechas. Pero es un buen periodista, entiende al toque lo que se espera de &eacute;l y tiene enamoradas a todas las secretarias de la agencia en Hamburgo. Cada vez que viaja a Alemania les lleva un kilo de pi&ntilde;ones de regalo &ndash;que all&aacute; son car&iacute;simos&ndash; a cada una. Farshid me fue a buscar con el auto a la salida del aeropuerto. Sobresal&iacute;a del resto de sus compatriotas varones por su vestimenta occidental algo exagerada &ndash;por no decir escandalosa&ndash;: una remera de color verde loro con una imagen del Pato Donald y unos pantalones de golf a cuadros amarillos y azules. Cuando, ya en el auto, le pregunt&eacute; a qu&eacute; hotel me llevar&iacute;a, me dijo que no era necesario gastar tanta plata en hoteles. Estaba decidido que dormir&iacute;a en su casa. Ante mi sorpresa, me llev&oacute; directamente a su departamento al norte de Teher&aacute;n, con la excusa de que los hoteles para extranjeros estaban llenos de esp&iacute;as de la Revoluci&oacute;n isl&aacute;mica. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Te vas a sentir observada &mdash;me dijo.
    </p><p class="article-text">
        Como menos me siento yo en este pa&iacute;s de monjas musulmanas es observada. Para salir a la calle me tapo de la cabeza a los pies con vestidos y sacos hasta el tobillo, los compr&eacute; especialmente para este viaje en una boutique de Hamburgo donde solo venden talles grandes pero muy grandes, en telas de lino y cortes aptos para vikingas. En la cabeza me arm&eacute; una especie de chador con una pa&ntilde;oleta de gasa estampada que deja solo mi rostro a la vista y amenaza con caerse a cada rato.
    </p><p class="article-text">
        Cada vez que salgo a la calle siento el calor del sol iran&iacute; traspasar toda esa cantidad de telas, y como no estoy acostumbrada, me pica todo el cuerpo. Cuando volvemos a casa, ya en el ascensor del edificio me libero de mi vestido-abrigo-s&aacute;bana, de las medias y sandalias, y camino descalza sobre las frescas baldosas del departamento, en remera de manga corta y jeans. As&iacute; vi que hac&iacute;an las amigas iran&iacute;es de Farshid, con la diferencia de que bajo el chador ellas usan minifaldas, remeras muy escotadas y apretadas al cuerpo que resaltan sus curvas, adem&aacute;s de maquillarse como actrices de reparto y mirar al mundo con ojos provocativos de sultanas de Harem. Con mis polleras negras largu&iacute;simas y las camisolas de lino hasta por debajo de las rodillas, que supuse ser&iacute;an las m&aacute;s apropiadas para la etiqueta moral musulmana, me siento totalmente fuera de lugar. En privado, las iran&iacute;es me miran con l&aacute;stima.
    </p><p class="article-text">
        Intent&eacute; explicarle a Farshid que no me interesa el programa de comidas en versi&oacute;n iran&iacute; del McDonald&rsquo;s, las fiestas alcoh&oacute;licas y la vida occidental que me ha organizado &ldquo;para que me sienta en casa&rdquo;. &Eacute;l est&aacute; orgulloso de sus libertades, ama a su pa&iacute;s que, como dice una antigua leyenda persa, &ldquo;se sit&uacute;a en el centro exacto del universo&rdquo;, y se r&iacute;e de la visi&oacute;n que Occidente tiene del Ir&aacute;n. Para un hombre soltero, libre y con dinero, no es dif&iacute;cil vivir en el pa&iacute;s de la Revoluci&oacute;n isl&aacute;mica.
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                Los cuadernos de la autora.                            </span>
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        Farshid se mud&oacute; al living y me dej&oacute; su habitaci&oacute;n durante toda mi estad&iacute;a. Por las noches duermo en su cama doble entre s&aacute;banas estampadas con un Mickey Mouse gigantesco; el personaje de Disney est&aacute; por todos lados: en el velador, en los ceniceros, en las tazas, en las toallas, en el cepillo de dientes y la alfombra del ba&ntilde;o. Farshid debe tener unos cuarenta y cinco a&ntilde;os, pero en algunas ocasiones parece un chico. No dice dos frases sin re&iacute;rse, cuenta chistes en tres idiomas y cuando me habla salta continuamente sobre uno y otro pie como un adolescente exaltado.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Good morning!
    </p><p class="article-text">
        La voz de Mickey Mouse me despierta a las cinco de la ma&ntilde;ana. Farshid ya est&aacute; en la cocina moliendo caf&eacute; con la maquinita turca. Me saluda con cara de dormido. Sobre la mesada con forma de bar, una pila enorme de billetes gastados, riales con im&aacute;genes de mezquitas sagradas y abanderados de la revoluci&oacute;n. Es la paga para el chofer y dem&aacute;s gastos del viaje. Farshid calcula que estar&eacute; volviendo a Teher&aacute;n reci&eacute;n por la noche: para llegar a Damg&aacute;n necesitamos ocho horas por la ruta del  Norte que cruza Ir&aacute;n de Oeste a Este. No s&eacute; si es la hora temprana o la expectativa del viaje pero el caf&eacute; me resulta delicioso.
    </p><p class="article-text">
        Suena el timbre, el chofer me espera abajo en el garaje. Con la mochila a la espalda cargada con el equipo fotogr&aacute;fico, el bolso del tr&iacute;pode y los riales (que ocupan la mitad del espacio de la cartera) me despido de Farshid, que se cae de sue&ntilde;o. En el ascensor me arreglo el chador improvisado y bajo al estacionamiento.
    </p><p class="article-text">
        El chofer se llama Mohamed. Es joven, morocho y de ojos verdes, su cara acaramelada es de actor de telenovelas. En el tablero hay una foto de una mujer y dos dulces ni&ntilde;as ubicada estrat&eacute;gicamente a la vista. Mohamed no habla ingl&eacute;s, as&iacute; que durante el viaje por rutas desiertas me dedico a repasar mis notas, mirar por la ventanilla y dibujar los paisajes.
    </p><p class="article-text">
        La naturaleza del sur del Mar Caspio es de una belleza que parece ajena al tiempo, la ruta se pierde entre las monta&ntilde;as bajo un cielo con brillos de plata, el aire seco de la ma&ntilde;ana le roba a la tierra los &uacute;ltimos restos de la escarcha. Rara vez se ven paisajes abiertos, como escribi&oacute; Nicolas Bouvier en <em>L&rsquo;usage du monde </em>(traducido al castellano como <em>Los caminos del mundo</em>): &ldquo;Horizontes tan amplios que apenas se mueven&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Apuntes sobre Irán                            </span>
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        Atravesamos valles y laderas en tonos cobrizos y verdes oxidados, un paisaje mineral que me transporta a la pre-cordillera andina y a algunas rutas del C&aacute;ucaso. Aqu&iacute; directamente no existe el horizonte, es el paisaje el que se mueve y cambia en sucesiones de im&aacute;genes acotadas de una pel&iacute;cula en aceleraci&oacute;n perpetua. Las monta&ntilde;as llegan hasta el l&iacute;mite mismo de la ruta y se apoyan sobre el asfalto como patas gigantescas de un animal prehist&oacute;rico que por casualidad se hubiera quedado dormido hace millones de a&ntilde;os. Son las tres de la tarde cuando llegamos a Damg&aacute;n. Mohamed pregunta varias veces por la mezquita, y cuando al fin llegamos, levanta el pu&ntilde;o de su camisa y me muestra el reloj. Con se&ntilde;as me dice que tengo media hora para sacar fotos, se&ntilde;ala su est&oacute;mago con el dedo &iacute;ndice, me muestra un puestito de comidas al otro lado de la calle y se va caminando tranquilamente en esa direcci&oacute;n. De repente estoy sola, disfrazada de iran&iacute; frente al port&oacute;n cerrado de la mezquita m&aacute;s antigua del Ir&aacute;n. Me acerco al port&oacute;n y toco el timbre como una chica aplicada. El sonido se pierde en el espacio. Un eco lejano llega hasta la calle, pero nada pasa. Conozco el plano de la mezquita, me parece ver el patio de tierra rodeado de las columnas de adobe, la peque&ntilde;a sala abierta y sin muros, el silencio que se pierde en el vac&iacute;o. Vuelvo a tocar el timbre pero es in&uacute;til. Ahora el eco es todav&iacute;a m&aacute;s intenso, el aire seco de la tarde repite los sonidos y mi mezquita no es m&aacute;s que un oscuro t&uacute;nel del tiempo, un espacio cerrado al otro lado del port&oacute;n cerrado, adonde nunca lograr&eacute; entrar.
    </p><p class="article-text">
        En la calle hay poco tr&aacute;nsito, casi no hay gente en las veredas, la vida de la ciudad se oculta detr&aacute;s de los paredones de tierra. Como a cincuenta metros, un par de hombres &ndash;camioneros, mi taxista&ndash; se agolpan en el puestito de comidas en un almuerzo tard&iacute;o. Un viejo con ropas holgadas del mismo color de la tierra seca de la vereda pasa a mi lado y me dice algo en farsi. No hablo el idioma pero imagino que dice que a esta hora la mezquita est&aacute; cerrada. Cierto que no es hora de rezo,  los verdaderos creyentes deber&iacute;an rezar cinco veces al d&iacute;a y las verdaderas mezquitas tendr&iacute;an que estar abiertas desde la ma&ntilde;ana hasta la noche como las plazas p&uacute;blicas. Una mezquita no es una iglesia y tampoco es solamente un edificio para el rezo. La primera mezquita fue la casa de Mahoma en Medina, un gran patio rodeado de un muro y espacios de sombra con columnas hechas de troncos y el techo de hojas de palmera. La casa de Mahoma fue la base, la idea inicial para las primeras mezquitas, y a&uacute;n hoy se siguen construyendo seg&uacute;n ese modelo tan b&aacute;sico. Una mezquita no es la casa de Dios sino un lugar para el rezo y tambi&eacute;n para dormir una siesta, un punto de encuentro y un espacio para cerrar negocios. As&iacute; lo quiso el Profeta: ning&uacute;n edificio, ninguna curia, ninguna imagen deber&aacute; interferir entre el creyente y Al&aacute;. Quiz&aacute;s mi mezquita est&aacute; cerrada desde hace siglos, o desde que el centenario viejo vestido del color de la tierra era chico. Quiz&aacute;s nadie rece aqu&iacute; desde hace mil a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Un mullah joven se acerca desde el otro lado de la calle, luce un turbante blanco y una enorme capa marr&oacute;n que se levanta a su paso como si la tela buscara emular al viento inexistente. Un chico de cinco a&ntilde;os se aferra a su mano. Cruzan la calle en mi direcci&oacute;n pero el mullah no me mira, el chico s&iacute; me mira muy interesado. Me acerco a ellos tratando de no mirar al hombre a los ojos, evocando la frase del Cor&aacute;n que dice algo as&iacute; como: &ldquo;La mirada seductora de la mujer es la perdici&oacute;n para el
    </p><p class="article-text">
        creyente&ldquo;. Le hablo en ingl&eacute;s pero miro hacia la vereda. Le se&ntilde;alo el port&oacute;n de la mezquita:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;<em>Do you know the mosque&rsquo;s opening time?</em>
    </p><p class="article-text">
        El mullah se queda petrificado, anclado a la vereda. No me contesta. Como yo, mira hacia abajo, hacia la tierra seca, seguramente turbado por mis sandalias de tiras de cuero que dejan una parte de mi pie al desnudo. Saco el papel que me dieron en el Ministerio de la Cultura y la Revoluci&oacute;n Isl&aacute;micas y se lo muestro, es un permiso oficial para visitar edificios religiosos, tiene un sello bien grande y bien verde escoltado con art&iacute;sticas siglas en caligraf&iacute;a farsi. Ubico el papel frente a su cara como para obligarlo a que lo vea. A que lo lea. Sus ojos se mueven de derecha a izquierda, despu&eacute;s levanta la vista y me mira brevemente, baja los ojos de nuevo hacia el piso, hacia mis sandalias, sin saber qu&eacute; hacer. Toda la contradicci&oacute;n se imprime en su rostro moreno, como un sello, ahora rojo. 
    </p><p class="article-text">
        Una azora del Cor&aacute;n dice: &ldquo;Si te sientes excitado por la mirada de una mujer extra&ntilde;a, debes irte enseguida corriendo a tu casa y estar junto a tu mujer&rdquo;. Por suerte el mullah, que no debe tener m&aacute;s de veinte a&ntilde;os, no se va corriendo hacia su casa. El nene me mira divertido. Dichoso ni&ntilde;o, todav&iacute;a no est&aacute; separado del mundo como los grandes, con sus reglas, sus limitaciones y papeles oficiales.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;<em>Masgid Tarik-Jana, open time? </em>&mdash;pregunto otra vez simplificando la frase, utilizando la expresi&oacute;n <em>masgid</em>, que corresponde a &ldquo;mezquita&rdquo; en &aacute;rabe. Y se&ntilde;alo el port&oacute;n cerrado. El mullah sigue anclado a la vereda. Pero el nene le tira del brazo como pidi&eacute;ndole que haga algo, que le traduzca, que la escena contin&uacute;e y pueda divertirse con esa extranjera disfrazada de musulmana. Entonces Mohamed viene a nuestro encuentro desde el puestito de comidas corriendo apurado con cara de susto por la calle. Se limpia las manos con una servilleta de papel y ya est&aacute; explic&aacute;ndole al mullah de qu&eacute; se trata. Mohamed, mi salvador. Seguramente le dice que acabamos de llegar de Teher&aacute;n, que soy extranjera y estoy un poco loca, adem&aacute;s de que le hago perder el tiempo a todo el mundo.
    </p><p class="article-text">
        El mullah se queda en silencio y ahora somos dos (tres, contando al nene) los que lo miramos expectantes, pero como no hay reacci&oacute;n saco el mini diccionario persa-ingl&eacute;s y se lo doy a Mohamed para que me traduzca lo que diga el mullah, si es que se decide a hablar. El mullah le explica algo a Mohamed y despu&eacute;s, juntos, buscan las palabras para armar una frase en ingl&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;<em>Porti&eacute; nou </em>&mdash;dice Mohamed&mdash;. Siesta.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, en franco-espa&ntilde;ol universal. El portero est&aacute; durmiendo la siesta.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; el portero? &mdash;pregunto en ingl&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        El mullah y Mohamed se miran.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;<em>J&oacute;um </em>&mdash;dice el mullah en aceptable ingl&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Me habla a m&iacute; pero dirige sus grandes ojos marrones hacia Mohamed.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; la casa del portero? &mdash;vuelvo a atacar.
    </p><p class="article-text">
        Ambos se alzan de hombros como diciendo &ldquo;ni idea&rdquo;. Luego de algunas averiguaciones, de preguntar a unos viejos sentados en un patio vecino, Mohamed y el mullah parecen tener un plan. Decido confiar en ellos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Si no consigues llegar a tu meta, no cambies la meta, busca otro camino para llegar a ella&rdquo;. La frase no es de Mahoma sino de Confucio, pero para el caso sirve igual. Mohamed y el mullah parecen haber conseguido la direcci&oacute;n del portero, pero ahora se presenta otro problema: &iquest;c&oacute;mo iremos hasta all&aacute;? Seg&uacute;n la Ley Isl&aacute;mica, un creyente no debe entrar a un espacio cerrado con una mujer que no es la suya, mucho menos un mullah.
    </p><p class="article-text">
        El auto es un lugar cerrado, y yo, una completa desconocida, peor a&uacute;n, una extranjera. Discuten un poco y luego se desarrolla una febril actividad, bajan totalmente las cuatro ventanillas del auto, imagino que, si pudieran, tambi&eacute;n quitar&iacute;an el parabrisas y el vidrio de atr&aacute;s. El veh&iacute;culo, un espacio cerrado (que no exist&iacute;a en tiempos de Mahoma), se ha convertido en un espacio semiabierto. Una de las cosas que aprend&iacute; en ese viaje es que el Islam, ante lo imposible, siempre encuentra una salida.
    </p><p class="article-text">
        Mohamed se sienta al volante y prende el motor, el mullah se ubica a su lado con el nene sentado sobre sus piernas. Tengo todo el asiento de atr&aacute;s para m&iacute;. Cruzamos la ciudad hasta llegar a un barrio de casas de adobe, interminables muros cerrados con portones pintados de verde y azul claro. Mohamed estaciona en una calle de tierra frente a un port&oacute;n celeste con la pintura descascarada. El mullah baja de un salto y golpea el llamador de bronce. Mohamed me sonr&iacute;e (parece que &eacute;l s&iacute; puede sonre&iacute;rle a una mujer extra&ntilde;a) y afirma con la cabeza dando a entender que todo en este valle de Al&aacute; tiene soluci&oacute;n. Mientras tanto, el nene me mira fijamente a los ojos, est&aacute; vestido con un pantaloncito de tela estampada con dibujos de gatos y una remera con la leyenda: Cat&rsquo;s Club. El mullah vuelve a maniobrar con el llamador que produce un ruido met&aacute;lico. Detr&aacute;s de ese port&oacute;n debe estar el portero, un viejo San Pedro que despierta de su siesta en una habitaci&oacute;n a oscuras, en su mesita de luz est&aacute;n las llaves m&aacute;gicas que abrir&aacute;n las puertas de mi mezquita, mi para&iacute;so de adobe olvidado en esta tierra olvidada.
    </p><p class="article-text">
        En vez del portero o San Pedro abre el port&oacute;n una mujer muy joven. Cuando ve al mullah, baja inmediatamente la vista y se arregla el chador. El mullah le habla mirando al piso, ella niega con la cabeza y dice algo mirando tambi&eacute;n el piso y la sonrisa de Mohamed desaparece. El mullah vuelve al auto y habla con Mohamed. No entiendo lo que dicen pero s&eacute; que debo entregarme a mi destino, tendr&eacute; que conformarme con las fotos de los libros. Sin explicaci&oacute;n, Mohamed arranca, sale a una avenida y dobla hacia una calle de tierra, atravesamos un laberinto de casas hasta que llegamos a una gran plaza p&uacute;blica. La avenida es muy transitada, supongo que estamos en el centro de Damg&aacute;n. En el borde de la plaza, una hilera de tel&eacute;fonos p&uacute;blicos, hacia all&iacute; se dirigen Mohamed y el mullah. Me quedo sola en el auto con el nene, que se sienta al volante, prueba los cambios, hace ruido de motores y juega a ser un piloto de carreras. Toca todos y cada uno de los botones del tablero, chilla, me se&ntilde;ala con el dedo &iacute;ndice y se mata de risa. Despu&eacute;s se asoma por la ventanilla, revolea su cuerpito como un pose&iacute;do y grita.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s est&aacute; dici&eacute;ndole a todo el mundo que en el auto hay una extranjera muda o tonta porque no sabe hablar farsi, que su pap&aacute; es mullah y que voy a matarlo. Nadie lo mira en el tr&aacute;nsito asesino, los autos pasan a toda velocidad a pocos cent&iacute;metros. Sin pensar demasiado, lo agarro intuitivamente de las piernas, no s&eacute; si estoy rompiendo alguna regla de la moral musulmana, quiz&aacute;s una azora del Cor&aacute;n impida a las no creyentes tocar al hijo de un mullah.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Quedate quieto! &mdash;le grito en castellano.
    </p><p class="article-text">
        Como por arte de magia, el nene se tranquiliza, vuelve a sentarse y se me queda mirando asombrado.
    </p><p class="article-text">
        Parece que la extranjera s&iacute; habla y en un idioma extra&ntilde;o. Mohamed se acerca al auto y me dice con se&ntilde;as que lo acompa&ntilde;e, cuando llegamos a los tel&eacute;fonos el mullah le da el tubo del tel&eacute;fono a Mohamed y enseguida se va corriendo en direcci&oacute;n al auto. Mohamed me pasa el tubo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hello? &mdash;digo sin saber en qu&eacute; idioma me van a hablar.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;As&iacute; que te metiste con un mullah y andan como caravana en el desierto para conseguir una maldita llave de una mezquita en ruinas&hellip; &mdash;Es la voz de Farshid, que ahora estalla en una carcajada. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s se pone serio y me da instrucciones
    </p><p class="article-text">
        &mdash;: Primero van a llevar al mullah a una escuela, despu&eacute;s Mohamed va a ir a la municipalidad y preguntar por un tal Jeirabadi. Suerte. Y no llegues muy tarde de vuelta a casa &mdash;dice del otro lado del tubo y corta la comunicaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Dejamos al mullah y a su hijo en una escuela a las afueras de la ciudad. En el patio, varios mullahs de todas las edades juegan al f&uacute;tbol, a falta de pelota usan grandes pi&ntilde;as de un bosque cercano, corren y se r&iacute;en con sus sotanas marrones como carpas infladas al viento.
    </p><p class="article-text">
        Nuestro mullah se suma al grupo futbolero y el nene se queda a un costado mirando entusiasmado, totalmente olvidado de nosotros. Partimos, otra vez cruzamos el laberinto de calles, todas las casas son iguales. Al fin llegamos a una gran explanada seca frente a un edificio que parece oficial.
    </p><p class="article-text">
        Pero todas las ventanas est&aacute;n oscuras. Mohamed baja del auto y entra al edificio por la puerta principal. Me quedo otra vez sola, calculo que hemos estado m&aacute;s de tres horas dando vueltas por Damg&aacute;n y ya empieza a oscurecer. Quince minutos m&aacute;s tarde, Mohamed vuelve con un hombre de unos cincuenta a&ntilde;os que se acerca a mi ventana, se agacha y me mira a los ojos sin decirme nada. Al menos para &eacute;l existo, no soy transparente, inexistente, como cuando un musulm&aacute;n religioso me habla. Ahora dice meneando la cabeza: no, no, no. Se sube al auto e inicia una larga conversaci&oacute;n en farsi con Mohamed.
    </p><p class="article-text">
        El cielo de la tarde es de color azul marino muy oscuro, la noche se acerca y empiezo a creer que nunca entrar&eacute; a mi mezquita, aunque estoy tan cerca. Viaj&eacute; m&aacute;s de quinientos kil&oacute;metros en vano y a&uacute;n nos quedan otros quinientos kil&oacute;metros hasta volver a Teher&aacute;n y enfrentarme a las burlas de Farshid. Los dos hombres dejaron de hablar hace unos minutos. Se dan vuelta al mismo tiempo y con las manos en alto, como si estuvieran rezando, me dicen otra vez que no, que es imposible, que el destino as&iacute; lo quiere, o al menos eso imagino que me dicen. En mi libreta tengo una lista con las palabras en persa que anot&oacute; Farshid por cualquier cosa. Busco algo que se aproxime a &ldquo;qu&eacute; l&aacute;stima&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;<em>Mota&rsquo;asafanej </em>&mdash;leo en voz alta.
    </p><p class="article-text">
        No tengo la menor idea de lo que estoy diciendo, al lado de esa palabra Farshid escribi&oacute; &ldquo;pitty&rdquo;, pero quiz&aacute;s significa alguna otra cosa como &ldquo;disculpen&rdquo;, &ldquo;no se preocupen&rdquo;, o algo as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Sorprendidos, los hombres se miran entre s&iacute;, sus caras reflejan tristeza y algo parecido a la ternura, me miran comprensivos como a una ni&ntilde;a que reci&eacute;n empieza a hablar. Sus rostros se iluminan como si una l&aacute;mpara se hubiera encendido de repente, ambos parecen haber tenido la misma idea. El empleado municipal le pregunta algo a Mohamed, &eacute;l afirma, se da vuelta y me dice con gestos de las manos: &ldquo;un momentito&rdquo;. Bajan del auto, Mohamed abre el ba&uacute;l, saca una pinza y un alicate. Armado con estas herramientas, el empleado municipal camina hacia la entrada del edificio.
    </p><p class="article-text">
        Diez minutos m&aacute;s tarde lo vemos salir del edificio, vuelve sonriendo de oreja a oreja. Abre el pu&ntilde;o de su mano que encierra una inmensa llave antigua. No lo puedo creer, el empleado municipal ha forzado alguna repisa oficial por m&iacute;, una extranjera que ni siquiera conoce, quiz&aacute;s es la llave que abre todas las puertas de la ciudad y que entregan a los invitados especiales. Y todo por decir una palabra en farsi que ni siquiera s&eacute; qu&eacute; significa exactamente.
    </p><p class="article-text">
        El hombre sube al auto y Mohamed arranca, maneja a toda velocidad por las calles que se encienden de luces, la ciudad es azul y el cielo de un azul profundo. El viento entra por las ventanas abiertas y me acaricia las mejillas. Me siento agradecida por la permisividad del Islam. De repente no me parece estar yendo en direcci&oacute;n a la mezquita sino que es ella la que se acerca hacia m&iacute;. El auto avanza r&aacute;pido en el aire azul sobre una alfombra de luces, suspendido a pocos cent&iacute;metros dela calle de barro, entre las casas que abren sus puertas al fresco de la noche.
    </p><p class="article-text">
        Al fin llegamos, Mohamed estaciona el auto frente al port&oacute;n cerrado, en el mismo lugar donde hab&iacute;amos estacionado algunas horas atr&aacute;s. Salimos del auto y el empleado municipal me entrega la pesada llave en una especie de ceremonia, la deja en mis manos como si de una ofrenda se tratara. Con gestos me anima a que abra el port&oacute;n. Ubico la llave en la cerradura, la giro media vuelta y con un chirrido seco el gran port&oacute;n de madera se abre hacia una especie de calle interior.
    </p><p class="article-text">
        Los hombres se quedan afuera, charlando y fumando como si se conocieran de a&ntilde;os. Entro, yo sola, a la callecita abierta al cielo, camino hasta el fondo donde se abre el patio. Es noche cerrada y no se ve absolutamente nada. Pero la oscuridad no me molesta, la noche me acerca m&aacute;s a la mezquita, desde el patio alcanzo a ver su contorno, las suaves curvas del techo, el tri&aacute;ngulo del <em>eiv&aacute;n </em>como un frontis aplastado, apenas elevado hacia el cielo, la gruesa piel de adobe arropada por la oscuridad.
    </p><p class="article-text">
        Planto el tr&iacute;pode en medio del patio, ubico la Nikon y la conecto con el poderoso flash. Saco una foto y otra my entonces la veo en mi pantalla, levanto la vista y la mezquita aparece en el resplandor blanco de la luz del flash: mil trescientos a&ntilde;os de historia acumulada, esperando.
    </p><p class="article-text">
        Guardo el equipo y me quedo un rato sola en la sala. Nadie me apura, los hombres siguen fumando afuera y me esperan. Paseo entre las columnas como patas de elefantes, acaricio las superficies de adobe, voy de una columna a la otra en una danza suave, pensando agradecida en Farshid que hizo posible este encuentro, en Mohamed que no se quej&oacute; en ning&uacute;n momento, agradezco al joven mullah t&iacute;mido, al empleado municipal y no por &uacute;ltimo a Al&aacute;, que me ha abierto las puertas de este para&iacute;so de barro que me parece un regalo del cielo.
    </p><p class="article-text">
        <em>LV</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Liliana Villanueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/llave-paraiso_1_9895716.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 25 Jan 2023 15:16:57 +0000]]></pubDate>
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