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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Philip Glass]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/philip-glass/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Philip Glass]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La música de la soledad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/musica-soledad_129_11324892.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b02bba5b-0d90-4e30-b207-21d39cdaf206_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Conlon Nancarrow"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es uno de los compositores más importantes de la modernidad pero apenas escribió para intérpretes humanos y casi toda su obra fue creada para pianola. Conlon Nancarrow, comunista y ermitaño, nació en los Estados Unidos pero vivió en México. Sus Estudios –que no pueden estudiarse– llevan el ritmo a una ultra complejidad fácil para el jazz aunque esquiva para la tradición académica. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;El &uacute;ltimo verano encontr&eacute; en una tienda de discos de Par&iacute;s las grabaciones que ustedes hicieron con la m&uacute;sica de Conlon Nancarrow. Escuch&eacute; esa m&uacute;sica e, inmediatamente, me gan&oacute; el entusiasmo. Esta m&uacute;sica es el descubrimiento m&aacute;s grande desde Webern y Ives&rdquo;, empezaba escribiendo el gran compositor <strong>Gy&ouml;rgy Ligeti</strong> en una carta a un peque&ntilde;o sello discogr&aacute;fico de Berkeley, California, llamado 1750 Arch. El pianista <strong>Glenn Gould</strong> hab&iacute;a pensado que el disco terminar&iacute;a con los conciertos. Y <strong>Nick Hornby</strong> cont&oacute;, en <em>Alta fidelidad</em>, una historia a partir de listas de discos. En efecto, muchas de las historias del siglo XX podr&iacute;an narrarse de esa forma. La de Nancarrow, ese compositor mexicano nacido en los Estados Unidos, tambi&eacute;n. En primer lugar, porque la coprotagonista es una m&aacute;quina llamada pianola, dise&ntilde;ada para re-producir m&uacute;sica (y no para producirla) y cuya explosi&oacute;n de consumo, en los finales del siglo XIX y los comienzos del siguiente, anticip&oacute; en gran medida la de la industria discogr&aacute;fica. Pero, tambi&eacute;n, por Ligeti, ese fan a la medida de <em>Alta Fidelidad</em> que descubri&oacute; a Nancarrow, un compositor secreto, en un disco y que conclu&iacute;a su carta al sello diciendo: &ldquo;Su obra es completamente original, disfrutable, constructiva y, al mismo tiempo emocional. Para m&iacute;, es la mejor m&uacute;sica de cualquier compositor vivo&rdquo;.
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    </figure><p class="article-text">
        Ese autor, un ex combatiente de la Brigada Abraham Lincoln en la Guerra Civil Espa&ntilde;ola, viv&iacute;a recluido con su tercera esposa en Las Aguilas, un suburbio del DF mexicano. Y Ligeti fue quien logr&oacute;, en 1982, que se le concediera el MacArthur Genius Grant, un premio de 300.000 d&oacute;lares por a&ntilde;o mantenido durante un lustro. Y si se escuchan los formidables <em>Estudios para piano</em> de Ligeti, escritos durante las d&eacute;cadas de 1980 y 1990, se entiende la fascinaci&oacute;n del europeo y se ve hasta qu&eacute; punto Nancarrow re configur&oacute; para &eacute;l tanto la idea virtuosismo pian&iacute;stico como la del ritmo &ndash;y de la polirritmia, eso que el jazz aprendi&oacute; muy tempranamente, pero a la tradici&oacute;n acad&eacute;mica le resulta todav&iacute;a extra&ntilde;o&ndash;.
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>Samuel Conlon Nancarrow </strong>hab&iacute;a nacido en 1912 en Texarkana, Arkansas, y muri&oacute; en 1997. Durante su &uacute;ltimo a&ntilde;o de vida, apenas pod&iacute;a conversar contestando con monos&iacute;labos. Su muerte pas&oacute; desapercibida para casi todos. Podr&iacute;a decirse que tambi&eacute;n as&iacute; pas&oacute; su vida, y sobre todo esa extra&ntilde;a obra que, con discreci&oacute;n aparente, pone en tela de juicio varios de los presupuestos inconmovibles del arte a partir del Romanticismo &ndash;presupuestos que, en muchos casos, las vanguardias se ocuparon de mantener&ndash;.
    </p><p class="article-text">
        Las caleidosc&oacute;picas construcciones sonoras de Nancarrow estuvieron rodeadas de silencio. Aun as&iacute;, algunos, cada tanto, descubrieron la riqueza que hab&iacute;a en ellas. Uno fue <strong>John Cage</strong>, que en 1960 convenci&oacute; a su pareja, el core&oacute;grafo <strong>Merce Cunningham</strong>, para que utilizara una composici&oacute;n de Nancarrow en una obra llamada <em>Crises</em>. <strong>Elliot Carter </strong>consigui&oacute; que New Music Editions publicara el <em>Estudio N&deg; 1</em> pero reci&eacute;n cinco a&ntilde;os despu&eacute;s de que Nancarrow se lo enviara. Y otro compositor, <strong>Harry Partch</strong>, lo visit&oacute; en M&eacute;xico, aunque sin que haya ning&uacute;n testimonio de que en alg&uacute;n momento lo haya considerado seriamente como un compositor. Y eso fue todo. Despu&eacute;s, en 1969, Columbia realiz&oacute; un disco con algunos de los <em>Estudios</em>, pero la calidad sonora fue tan mala que oblig&oacute; a que la grabaci&oacute;n fuera retirada de cat&aacute;logo inmediatamente. Y en 1976, el compositor envi&oacute; al sello Nonesuch &shy;&ndash;hoy baluarte de la <em>Americana</em> y de su lado &ldquo;cl&aacute;sico&rdquo;, con <strong>Steve Reich</strong>, <strong>Philip Glass </strong>y <strong>John Adams</strong> a la cabeza&ndash; una cinta con algunas de sus composiciones para pianola recibiendo como respuesta apenas una pregunta: &iquest;Era necesario que le enviaran la cinta nuevamente o pod&iacute;an destruirla?
    </p><p class="article-text">
        Que Cage se haya fijado en Nancarrow, en todo caso, resulta bastante significativo. Porque fue precisamente Nancarrow quien llev&oacute; a un punto extremo de radicalidad las cr&iacute;ticas que John Cage hab&iacute;a puesto en escena con sus obras. Porque si Cage hab&iacute;a ideado composiciones que dejaban descolocado o convert&iacute;an en in&uacute;til el modelo de arte rom&aacute;ntico, el virtuosismo de los int&eacute;rpretes, el modelo de circulaci&oacute;n fijado por el concierto burgu&eacute;s y los criterios de valor corrientes en el campo de la m&uacute;sica art&iacute;stica de tradici&oacute;n escrita, Nancarrow, directamente, hab&iacute;a escrito piezas que prescind&iacute;an por absoluto de todo ello. Composiciones sin int&eacute;rpretes, sin conciertos y sin posibles nuevas versiones. Estudios que no pod&iacute;an estudiarse porque ya estaban fijados para siempre en un rollo de pianola.
    </p><p class="article-text">
        El soci&oacute;logo <strong>Pierre Bourdieu </strong>analizaba algunas de las costumbres ligadas al consumo de arte en relaci&oacute;n con la acumulaci&oacute;n de capital e introduc&iacute;a la noci&oacute;n de acumulaci&oacute;n de capital cultural. El placer del arte estaba asociado, seg&uacute;n Bourdieu, a cierta informaci&oacute;n &ndash;ese capital cultural acumulado&ndash; acerca de obras, artistas, &eacute;pocas y escuelas. Saber acerca de las circunstancias de composici&oacute;n de una obra, o, en el caso de la m&uacute;sica, de una determinada interpretaci&oacute;n, no s&oacute;lo contribu&iacute;a al placer por la obra, sino que, directamente, era lo que lo constitu&iacute;a. De hecho, la mayor&iacute;a de las conversaciones que los mel&oacute;manos sostienen alrededor de la m&uacute;sica y de su valor, ponen en juego esos saberes altamente simb&oacute;licos: qu&eacute; cantante interpret&oacute; antes &ndash;y mejor&ndash; esa aria, en qu&eacute; a&ntilde;o <strong>Arturo Toscanini</strong> dirigi&oacute; esa sinfon&iacute;a, e, incluso, los detalles de la vida privada de <strong>Sviatoslav Richter</strong> o <strong>Maria Callas</strong> que lo definen a &eacute;l, al mel&oacute;mano, como alguien &ldquo;que sabe&rdquo;. Es decir, nada demasiado diferente de lo que sucede con los fans de alg&uacute;n artista pop o con el p&uacute;blico de jazz. Ni unos ni otros se consideran oyentes comunes y todos ellos basan su distinci&oacute;n en aquello que saben sobre el artista. Es decir, en aquello que sin ser la obra construye, sin embargo, la &ldquo;buena escucha&rdquo; de esa obra. Y la m&uacute;sica de Nancarrow, esas breves piezas escritas directamente sobre rollos de pianola, excluye esa clase de acumulaci&oacute;n de capital &ndash;aunque tal vez no otras, m&aacute;s ligadas al descubrimiento del artista de culto, de lo secreto o de lo exc&eacute;ntrico&ndash;.
    </p><p class="article-text">
        Pero Nancarrow tambi&eacute;n pone en tela de juicio las est&eacute;ticas dominantes en las academias a mediados del siglo XX. Sobre todo, por su utilizaci&oacute;n del ritmo, donde la complejidad, en lugar de a su disoluci&oacute;n &ndash;como en mucha de la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica compuesta en la segunda mitad del siglo XX&ndash; conduce a su intensificaci&oacute;n. El linaje de Nancarrow remite m&aacute;s a <strong>Fats Waller</strong>, <strong>Earl Hines</strong> y <strong>Art Tatum</strong> que a Anton Webern. 
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    </figure><p class="article-text">
        En Nancarrow, por otra parte, hay un reconocimiento (un reconocimiento compartido por los primeros compositores de m&uacute;sica electr&oacute;nica) de la imposibilidad del int&eacute;rprete para hab&eacute;rselas con determinado grado de dificultad. El serialismo integral &ndash;una de las modalidades derivadas del dodecafonismo, donde todo se derivaba de los par&aacute;metros fijados en una serie inicial de sonidos, ataques, intensidades, configuraciones r&iacute;tmicas y timbres&ndash; se hab&iacute;a arribado a un punto imposible, parad&oacute;jico y sin retorno, donde cuanto m&aacute;s importante era, para el compositor, la precisi&oacute;n absoluta en matices y duraciones, menos fiable era la interpretaci&oacute;n y en que, a mayores exigencias de la escritura, aparec&iacute;an mayores incapacidades pr&aacute;cticas. &iquest;C&oacute;mo lograr que la duraci&oacute;n de un sonido fuera exactamente doce veces menor que la del anterior y siete mayor que la del pr&oacute;ximo y que simult&aacute;neamente se tocaran sonidos con intensidad diferente &ndash;y exactamente mensurada&ndash; y con modos de ataque tambi&eacute;n distintos? En el serialismo, mucha m&uacute;sica pensable no era ni interpretable ni escuchable. 
    </p><p class="article-text">
        Nancarrow, en cambio, part&iacute;a de la base de que mucho de lo que pod&iacute;a ser pensado &ndash;y, en particular, escuchado&ndash; no era factible para personas, pero s&iacute; pod&iacute;a serlo para un instrumento mec&aacute;nico. &Eacute;l hab&iacute;a comenzado como trompetista de jazz y sab&iacute;a que la clase de complejidad r&iacute;tmica que lograban pianistas como Hines y Tatum en la improvisaci&oacute;n era imposible de reproducir mediante la codificaci&oacute;n en una partitura y una posterior decodificaci&oacute;n de un int&eacute;rprete. La soledad de Nancarrow, eventualmente, estaba prefigurada en ese arduo trabajo de composici&oacute;n realizado literalmente sobre la materia, que implicaba m&aacute;s de un a&ntilde;o de labor para lograr unos cinco minutos de m&uacute;sica (aunque cinco minutos cargados con una densidad de informaci&oacute;n incre&iacute;ble).
    </p><p class="article-text">
        La totalidad de sus estudios fue grabada por el sello alem&aacute;n Wergo y editada en cinco Cds. Para hacerlo, se trasladaron equipos de grabaci&oacute;n digitales a su estudio, donde Nancarrow ten&iacute;a la vieja pianola Ampico de 1927, reformada por &eacute;l mismo, para la que escribi&oacute; la gran mayor&iacute;a de su obra. M&aacute;s cerca en el tiempo, el sello MDG (Musikproduktion Dabringhaus und Grimm), famoso por la alt&iacute;sima calidad t&eacute;cnica de sus grabaciones, volvi&oacute; a registrar los <em>Estudios</em> pero, esta vez, en un B&ouml;sendorfer Grand Piano conectado, mediante computadora, con la pianola Ampico de 1927 Ampico player piano mechanism (all tracks) y, en dos de los Estudios, el 44b y el 48, con un Gran Piano Fischer conectado a una Ampico de 1925, seg&uacute;n especificaciones del compositor. Curiosamente, en esta m&uacute;sica sin int&eacute;rpretes ni interpretaci&oacute;n, surgen, a partir de esta nueva edici&oacute;n discogr&aacute;fica, cuestiones que parec&iacute;an reservadas s&oacute;lo a Bach, Beethoven y compa&ntilde;&iacute;a. &iquest;Cu&aacute;l es la mejor versi&oacute;n, la de la precaria pianola, con el sonido que Nancarrow tuvo en su cabeza al componer las piezas, o la m&aacute;s nueva, en que su obra suena sobre un piano moderno, de gran sonido, como si alguien efectivamente estuviera toc&aacute;ndola. En cualquier caso, el contrapunto &ndash;en un nivel de abstracci&oacute;n y, al mismo tiempo, de eficacia sonora s&oacute;lo comparable a los de Bach o H&auml;ndel&ndash;, el ritmo entendido como materia &ndash;y no como variable de la melod&iacute;a o la armon&iacute;a&ndash; y el efecto de multiplicaci&oacute;n &ndash;de fractalidad, dir&iacute;a un matem&aacute;tico&ndash; convierten a esa m&uacute;sica no s&oacute;lo en una de las m&aacute;s trascendentes del siglo pasado sino en una de las m&aacute;s gratas, seductoras e interesantes.
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    </figure><p class="article-text">
        Algunas otras composiciones &ndash;tres cuartetos para cuerdas, un tr&iacute;o para clarinete, fagot y piano, unas pocas piezas para piano y dos obras para peque&ntilde;a orquesta, escritas en 1943 y 1985&ndash; marcan su relaci&oacute;n con el mundo de la interpretaci&oacute;n humana.
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    </figure><p class="article-text">
        Pero, a partir de la d&eacute;cada de 1990, un grupo de m&uacute;sicos dio una nueva vuelta de tuerca a su m&uacute;sica mec&aacute;nica al comenzar a tocar transcripciones de sus estudios para pianola. En ese sentido, el pianista <strong>Yvar Mikhashoff</strong>, que realiz&oacute; la mayor&iacute;a de esas transcripciones, y el <strong>Ensemble Modern</strong>, que las registr&oacute; con la conducci&oacute;n de <strong>Ingo Metzmacher</strong>, se&ntilde;alaron un nuevo standard para la pr&aacute;ctica musical al volver posibles esas piezas que hab&iacute;an partido de la idea de la imposibilidad. 
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    </figure><p class="article-text">
        Su m&uacute;sica humana, por otra parte, nunca tuvo demasiada suerte. El compositor mexicano <strong>Julio Estrada </strong>recuerda, por ejemplo, la frase del clarinetista <strong>Anastasio Flores </strong>ante la partitura del Tr&iacute;o: &ldquo;Van a pensar que estamos borrachos si tocamos esto&rdquo;. Estrada es, precisamente, uno de los que ubica al compositor en un lugar de privilegio y lo compara con <strong>Silvestre Revueltas</strong> &ldquo;si se entiende a ambos bajo el signo del genio musical y la combatividad pol&iacute;tica y que comienzan a ser hoy un&aacute;nimemente distinguidos fuera y dentro de M&eacute;xico como nuestros grandes m&uacute;sicos del siglo&rdquo;. 
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    </figure><p class="article-text">
        La similitud, en realidad, va m&aacute;s all&aacute;. Ambos fueron mexicanos en un sentido esencial y alejado de cualquier pintoresquismo de postal. Uno, Silvestre Revueltas, tuvo, en todo caso, la astringencia del tequila. El otro, Conlon Nancarrow, militante comunista en Estados Unidos y compositor sobre rollos de pianola en Las &Aacute;guilas, tuvo esa clase de distancia con los lugares comunes de su &eacute;poca que s&oacute;lo pod&iacute;a lograrse en los m&aacute;rgenes. M&aacute;rgenes que, en este caso, &eacute;l mismo traz&oacute;, por fuera del mercado y de las academias. La m&uacute;sica de Nancarrow es, en muchos aspectos, la m&uacute;sica de la soledad y, como imagin&oacute; <strong>Malcolm Lowry</strong>, tal vez no haya mejor lugar para la soledad &ndash;y para su m&uacute;sica&ndash; que M&eacute;xico, ese lugar en que el aguardiente se produce a partir de un c&aacute;ctus cuyo nombre la poes&iacute;a envidiar&iacute;a, el agave azul.
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/musica-soledad_129_11324892.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Apr 2024 13:16:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Conlon Nancarow,John Cage,Philip Glass]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Para saber cómo es la soledad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/soledad_129_10975489.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a1214421-a100-4981-be7d-dd12eb0bde67_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Para saber cómo es la soledad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Philip Glass a solas, a los 86 años. Björk y su voz multiplicada al infinito. Las piezas líricas de Edvard Grieg. Madhuvanti Pal y la enigmática rudra veena. Lucio Demare y un piano. Dino Saluzzi, un bandoneón y el fantasma de un tambor ritual mapuche. Seckou Keita y las 22 cuerdas de la kora. O la intimidad. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Alguien que &ldquo;hace el amor con su gin y su t&oacute;nica&rdquo;, un novelista que &ldquo;nunca tiene tiempo para una mujer&rdquo;, el manager del bar que sonr&iacute;e porque se junt&oacute; bastante gente, ese s&aacute;bado a la noche. Un hombre solo, que canta y toca el piano. El &ldquo;piano man&rdquo;, Y las personas solitarias a quienes les canta y sobre las que va cantando. Una &ldquo;short story&rdquo;. Un peque&ntilde;o cuento perfecto, tan norteamericano y tan exacto como el momento en que la pel&iacute;cula <em>Tibur&oacute;n</em> detiene la acci&oacute;n para que el veterano cuente su peque&ntilde;o cuento norteamericano, tal vez el n&uacute;cleo del film &ndash;de un film de acci&oacute;n y aventuras&ndash;. No sucede nada por fuera de ese hombre que cuenta y otros que lo escuchan.
    </p><p class="article-text">
        El arte juega con ese duelo, con esa tensi&oacute;n, desde siempre. Es p&uacute;blico y es privado. Est&aacute; hecho para otros, la prueba de su &eacute;xito &ndash;y muchas veces de su valor&ndash; ser&aacute; la cantidad de libros o de discos vendidos &ndash;o los clicks en las plataformas&ndash;, las salas teatrales al tope de sus capacidades y, si se trata de cuadros, la capacidad para convertirse en cubiertas de latas de dulce de batata, tapas de &aacute;lbumes pop, posters para habitaciones infantiles o adolescentes o posavasos e imanes vendidos en las tiendas de los museos. Y muestra, de muy diversas maneras, las infinitas caras de la soledad.
    </p><p class="article-text">
        Hay, por supuesto, artes festivas, rituales, colectivas. Artes en que la figura solitaria de quien crea est&aacute; ausente. Artes que surgen y crecen en el di&aacute;logo y necesitan de la pluralidad de voces. Pero esta vez no se hablar&aacute; de ellas. O, tal vez, s&iacute;. Porque a veces quienes crean en grupo, o cantan sus canciones en el centro de gigantescas liturgias corales, se encierran en su habitaci&oacute;n &ndash;o en un estudio&ndash; con un piano. O graban su voz y la multiplican, como quien se mira en un espejo con otro espejo a sus espaldas y se ve una y otra vez hasta el infinito. O escriben peque&ntilde;as canciones sin palabras, piezas a las que llaman &ldquo;l&iacute;ricas&rdquo;, donde no hay nada que no sea reflexi&oacute;n, en su sentido m&aacute;s estricto. Y hay, por supuesto, canciones de soledad. O para la soledad. Reflejo del artista a solas. 
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    </figure><p class="article-text">
        Hace un tiempo hab&iacute;a escrito en esta secci&oacute;n <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/canciones-palabras_129_10872543.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">acerca de las &ldquo;canciones sin palabras&rdquo;</a>, esa invenci&oacute;n de <strong>Fanny Mendelssohn </strong>que su hermano <strong>Felix</strong> hizo propia. Mucha de la m&uacute;sica del siglo XIX, un siglo atravesado por la idea literaria del romanticismo, se trata de eso, de canciones &ndash;la r&iacute;tmica, el esp&iacute;ritu de la poes&iacute;a cantada&ndash; en versi&oacute;n instrumental.<strong> Philip Glass</strong>, alguien que afirma que si algo perdurar&aacute; de &eacute;l ser&aacute;n sus piezas para piano &ldquo;porque la gente las puede tocar&rdquo;, consigui&oacute; su propia versi&oacute;n de ese g&eacute;nero: melod&iacute;as declaradamente simples &ndash;<em>short stories</em>, al fin y al cabo&ndash; con un acompa&ntilde;amiento repetitivo habitualmente arpegiado en que destacan las peque&ntilde;as variaciones &ndash;de ah&iacute; la caracterizaci&oacute;n del estilo como minimalista&ndash; y la inquietud es una sombra, algo que sobrevuela sin acabar de manifestarse. Precisas canciones sin palabras. Y public&oacute;, en 2016, <em>Words without Music: A Memoir</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Palabras sin m&uacute;sica, esta vez, para contar su vida musical, desde su infancia en Baltimore y su temprana admisi&oacute;n en la Universidad de Chicago, a los 15 a&ntilde;os, hasta una clase de fama &ndash;y de prestigio en los medios culturales estadounidenses no espec&iacute;ficamente musicales&ndash; al que ning&uacute;n otro compositor actual ligado a la tradici&oacute;n acad&eacute;mica se ha acercado. &ldquo;Nadie puede decir qui&eacute;nes te estar&aacute;n escuchando dentro de treinta a&ntilde;os&rdquo;, confiaba en una entrevista publicada ese mismo a&ntilde;o por la revista <em>Time</em>.&nbsp;&ldquo;Muchos quiz&aacute; no sean lo suficientemente viejos como para acordarse pero yo puedo recordarme a m&iacute; mismo pensando, cuando era muy joven, que compositores como Sch&ouml;nberg ser&iacute;an eternos. Y ahora nadie los escucha.&rdquo; El autor contempor&aacute;neo m&aacute;s despreciado por el mundo de ese subg&eacute;nero de la tradici&oacute;n acad&eacute;mica identificado como &ldquo;m&uacute;sica contempor&aacute;nea&rdquo; y, con certeza, el que m&aacute;s le gusta a quienes no gustan de ella, revela, en todo caso, su parad&oacute;jico vanguardismo. Es el &uacute;nico que molesta &ndash;esa vieja cualidad de las vanguardias&ndash; a los vanguardistas.
    </p><p class="article-text">
        M&uacute;sico de cine y de teatro, copart&iacute;cipe de aquellos documentales ecologistas producidos por <strong>Francis Ford Coppola</strong> y <strong>Steven Soderbergh</strong>, <em>Koyaaninqatsi</em>, <em>Powaqqatsi</em> y <em>Naqoyqatsi</em>, compositor de la banda sonora de la pel&iacute;cula <em>Mishima</em>, de <strong>Paul Schrader</strong>, arreglador de <strong>Paul Simon</strong>, autor, junto con &eacute;l, <strong>Laurie Anderson</strong>, <strong>David Byrne</strong> y <em>Suzanne Vega</em>, de <em>Songs for Liquid Days</em>, y responsable, junto con <strong>Robert Wilson</strong>, de <em>Einstein on the Beach</em> (una &oacute;pera sin personajes y sin argumento lineal), Glass ha entrado en el mundo <em>cl&aacute;sico</em> sobre todo por esas piezas para piano &ldquo;que la gente puede tocar&rdquo; pero que han merecido versiones de algunos grandes pianistas de la actualidad, entre ellos<strong> V&iacute;kingur &Oacute;lafsson</strong> y las hermanas <strong>Katia</strong> y <strong>Marielle Lab&egrave;que</strong>, que acaban de dedicar su &uacute;ltimo &aacute;lbum a transcrpociones para d&uacute;o de pianos de la trilog&iacute;a de <strong>Jean Cocteu</strong> &ndash;las m&uacute;sicas que Glass compuso para las obras teatrales <em>Orph&eacute;e</em>, <em>Los ni&ntilde;os terribles</em> y <em>La bella y la bestia</em>. 
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    </figure><p class="article-text">
        La grabaci&oacute;n inaugural de &ldquo;Opening&rdquo;, la primera de las <em>Glassworks</em>, fue realizada en 1982 por&nbsp;el <strong>Philip Glass Ensemble</strong>, con direcci&oacute;n de <strong>Michael Riesman</strong>. Posiblemente se trate de la m&aacute;s famosa de sus piezas cortas &ndash;tan parecida, por momentos, a &ldquo;Yo vengo a ofrecer mi coraz&oacute;n&rdquo;&ndash; y ha sido transcripta para piano y para arpa. &Oacute;lafsson la registr&oacute; en 2017. Y ahora Glass, en un disco llamado cristalinamente <em>Solo</em>, abre un disco registrado el a&ntilde;o pasado, cuando ten&iacute;a 86 a&ntilde;os.
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    </figure><p class="article-text">
        La versi&oacute;n del propio Glass es m&aacute;s veloz, es m&aacute;s pulsada, es m&aacute;s sucia &ndash;carece del refinad&iacute;simo pianismo de &Oacute;lafsson&ndash;, hasta hay pifies. No es la mejor, desde un punto de vista t&eacute;cnico. Y, no obstante, tiene un &ldquo;resto del texto&rdquo;, un aura que le confiere el hecho &ndash;inocultable para cualquiera que no est&eacute; realizando una escucha a ciegas&ndash; de que es el autor quien la toca. Y de que ese autor, que sin duda ha escuchado todas las otras interpretaciones, se sienta a solas en el estudio de su casa y la toca, a los 86 a&ntilde;os. Es decir, comenta, en la intimidad &ndash;una intimidad que se nos permite espiar&ndash; no solo la pieza sino su historia &ndash;la de la pieza y la de su autor&ndash;. El disco se completa con &ldquo;Truman Sleeps&rdquo; &ndash;extraida de la m&uacute;sica para la pel&iacute;cula <em>The Truman Show</em>&ndash; y con obras&nbsp;que ya hab&iacute;a registrado en el &aacute;lbum <em>Solo Piano</em>, de 1989: &ldquo;Mad Rush&rdquo; &ndash;compuesta para la visita del <strong>Dalai Lama</strong> a los Estados Unidos en 1979&ndash; y cuatro de sus <em>Metamorphosis</em>. El piano funciona, eventualmente, como un espejo &ndash;un vidrio&ndash; donde es posible ver el presente y el pasado a la vez. Y Glass se mira en &eacute;l.
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    </figure><p class="article-text">
        El brillante <em>Med&uacute;lla</em>, publicado por<strong> Bj&ouml;rk </strong>en 2004, es un disco hecho de reflejos &ndash;y de reflexi&oacute;n acerca del sonido como materia&ndash;. No hay otro elemento all&iacute; que la voz humana, procesada, maleada, subvertida. Voces proyectadas en voces, enmascaradas en mayor o menor medida.
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>Lucio Demare </strong>tocando sus tangos &ndash;aunque no solamente, aunque as&iacute; se llame el disco&ndash; en 1957, <strong>Dino Saluzzi</strong>, por primera vez a solas en un estudio, cumpliendo un sue&ntilde;o de <strong>Manfred Eicher</strong>, el due&ntilde;o del sello ECM, en 1983, y remiti&eacute;ndose al tambor ritual mapuche, el kultrum, para encontrar(se en) una visceralidad in&eacute;dita, la india <strong>Madhuvanti Pal </strong>y su relaci&oacute;n simbi&oacute;tica con la rudra veena (la vina, o sitar, de Shiva), un sitar sumamente largo y con la posibilidad de tocar sonidos muy graves, <strong>Seckou Keita</strong> y su di&aacute;logo (&iquest;mon&oacute;logo?) con la kora, son algunos de los que, solos con sus instrumentos, rumian sus propias historias y sus sue&ntilde;os. El pianista<strong> Daniel Gortierencuentra</strong>, por su parte, halla el tono justo &ndash;la expresividad nunca ausente, jam&aacute;s expansiva&ndash; para escribir una autobiograf&iacute;a ajena, la que anida en las <em>Piezas l&iacute;ricas</em> creadas por el noruego <strong>Edyard Grieg</strong> entre 1867 y 1901.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/soledad_129_10975489.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Mar 2024 16:29:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Para saber cómo es la soledad]]></media:title>
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