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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Madhuvanti Pal]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/madhuvanti-pal/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Madhuvanti Pal]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Para saber cómo es la soledad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/soledad_129_10975489.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a1214421-a100-4981-be7d-dd12eb0bde67_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Para saber cómo es la soledad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Philip Glass a solas, a los 86 años. Björk y su voz multiplicada al infinito. Las piezas líricas de Edvard Grieg. Madhuvanti Pal y la enigmática rudra veena. Lucio Demare y un piano. Dino Saluzzi, un bandoneón y el fantasma de un tambor ritual mapuche. Seckou Keita y las 22 cuerdas de la kora. O la intimidad. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Alguien que &ldquo;hace el amor con su gin y su t&oacute;nica&rdquo;, un novelista que &ldquo;nunca tiene tiempo para una mujer&rdquo;, el manager del bar que sonr&iacute;e porque se junt&oacute; bastante gente, ese s&aacute;bado a la noche. Un hombre solo, que canta y toca el piano. El &ldquo;piano man&rdquo;, Y las personas solitarias a quienes les canta y sobre las que va cantando. Una &ldquo;short story&rdquo;. Un peque&ntilde;o cuento perfecto, tan norteamericano y tan exacto como el momento en que la pel&iacute;cula <em>Tibur&oacute;n</em> detiene la acci&oacute;n para que el veterano cuente su peque&ntilde;o cuento norteamericano, tal vez el n&uacute;cleo del film &ndash;de un film de acci&oacute;n y aventuras&ndash;. No sucede nada por fuera de ese hombre que cuenta y otros que lo escuchan.
    </p><p class="article-text">
        El arte juega con ese duelo, con esa tensi&oacute;n, desde siempre. Es p&uacute;blico y es privado. Est&aacute; hecho para otros, la prueba de su &eacute;xito &ndash;y muchas veces de su valor&ndash; ser&aacute; la cantidad de libros o de discos vendidos &ndash;o los clicks en las plataformas&ndash;, las salas teatrales al tope de sus capacidades y, si se trata de cuadros, la capacidad para convertirse en cubiertas de latas de dulce de batata, tapas de &aacute;lbumes pop, posters para habitaciones infantiles o adolescentes o posavasos e imanes vendidos en las tiendas de los museos. Y muestra, de muy diversas maneras, las infinitas caras de la soledad.
    </p><p class="article-text">
        Hay, por supuesto, artes festivas, rituales, colectivas. Artes en que la figura solitaria de quien crea est&aacute; ausente. Artes que surgen y crecen en el di&aacute;logo y necesitan de la pluralidad de voces. Pero esta vez no se hablar&aacute; de ellas. O, tal vez, s&iacute;. Porque a veces quienes crean en grupo, o cantan sus canciones en el centro de gigantescas liturgias corales, se encierran en su habitaci&oacute;n &ndash;o en un estudio&ndash; con un piano. O graban su voz y la multiplican, como quien se mira en un espejo con otro espejo a sus espaldas y se ve una y otra vez hasta el infinito. O escriben peque&ntilde;as canciones sin palabras, piezas a las que llaman &ldquo;l&iacute;ricas&rdquo;, donde no hay nada que no sea reflexi&oacute;n, en su sentido m&aacute;s estricto. Y hay, por supuesto, canciones de soledad. O para la soledad. Reflejo del artista a solas. 
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    </figure><p class="article-text">
        Hace un tiempo hab&iacute;a escrito en esta secci&oacute;n <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/canciones-palabras_129_10872543.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">acerca de las &ldquo;canciones sin palabras&rdquo;</a>, esa invenci&oacute;n de <strong>Fanny Mendelssohn </strong>que su hermano <strong>Felix</strong> hizo propia. Mucha de la m&uacute;sica del siglo XIX, un siglo atravesado por la idea literaria del romanticismo, se trata de eso, de canciones &ndash;la r&iacute;tmica, el esp&iacute;ritu de la poes&iacute;a cantada&ndash; en versi&oacute;n instrumental.<strong> Philip Glass</strong>, alguien que afirma que si algo perdurar&aacute; de &eacute;l ser&aacute;n sus piezas para piano &ldquo;porque la gente las puede tocar&rdquo;, consigui&oacute; su propia versi&oacute;n de ese g&eacute;nero: melod&iacute;as declaradamente simples &ndash;<em>short stories</em>, al fin y al cabo&ndash; con un acompa&ntilde;amiento repetitivo habitualmente arpegiado en que destacan las peque&ntilde;as variaciones &ndash;de ah&iacute; la caracterizaci&oacute;n del estilo como minimalista&ndash; y la inquietud es una sombra, algo que sobrevuela sin acabar de manifestarse. Precisas canciones sin palabras. Y public&oacute;, en 2016, <em>Words without Music: A Memoir</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Palabras sin m&uacute;sica, esta vez, para contar su vida musical, desde su infancia en Baltimore y su temprana admisi&oacute;n en la Universidad de Chicago, a los 15 a&ntilde;os, hasta una clase de fama &ndash;y de prestigio en los medios culturales estadounidenses no espec&iacute;ficamente musicales&ndash; al que ning&uacute;n otro compositor actual ligado a la tradici&oacute;n acad&eacute;mica se ha acercado. &ldquo;Nadie puede decir qui&eacute;nes te estar&aacute;n escuchando dentro de treinta a&ntilde;os&rdquo;, confiaba en una entrevista publicada ese mismo a&ntilde;o por la revista <em>Time</em>.&nbsp;&ldquo;Muchos quiz&aacute; no sean lo suficientemente viejos como para acordarse pero yo puedo recordarme a m&iacute; mismo pensando, cuando era muy joven, que compositores como Sch&ouml;nberg ser&iacute;an eternos. Y ahora nadie los escucha.&rdquo; El autor contempor&aacute;neo m&aacute;s despreciado por el mundo de ese subg&eacute;nero de la tradici&oacute;n acad&eacute;mica identificado como &ldquo;m&uacute;sica contempor&aacute;nea&rdquo; y, con certeza, el que m&aacute;s le gusta a quienes no gustan de ella, revela, en todo caso, su parad&oacute;jico vanguardismo. Es el &uacute;nico que molesta &ndash;esa vieja cualidad de las vanguardias&ndash; a los vanguardistas.
    </p><p class="article-text">
        M&uacute;sico de cine y de teatro, copart&iacute;cipe de aquellos documentales ecologistas producidos por <strong>Francis Ford Coppola</strong> y <strong>Steven Soderbergh</strong>, <em>Koyaaninqatsi</em>, <em>Powaqqatsi</em> y <em>Naqoyqatsi</em>, compositor de la banda sonora de la pel&iacute;cula <em>Mishima</em>, de <strong>Paul Schrader</strong>, arreglador de <strong>Paul Simon</strong>, autor, junto con &eacute;l, <strong>Laurie Anderson</strong>, <strong>David Byrne</strong> y <em>Suzanne Vega</em>, de <em>Songs for Liquid Days</em>, y responsable, junto con <strong>Robert Wilson</strong>, de <em>Einstein on the Beach</em> (una &oacute;pera sin personajes y sin argumento lineal), Glass ha entrado en el mundo <em>cl&aacute;sico</em> sobre todo por esas piezas para piano &ldquo;que la gente puede tocar&rdquo; pero que han merecido versiones de algunos grandes pianistas de la actualidad, entre ellos<strong> V&iacute;kingur &Oacute;lafsson</strong> y las hermanas <strong>Katia</strong> y <strong>Marielle Lab&egrave;que</strong>, que acaban de dedicar su &uacute;ltimo &aacute;lbum a transcrpociones para d&uacute;o de pianos de la trilog&iacute;a de <strong>Jean Cocteu</strong> &ndash;las m&uacute;sicas que Glass compuso para las obras teatrales <em>Orph&eacute;e</em>, <em>Los ni&ntilde;os terribles</em> y <em>La bella y la bestia</em>. 
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    </figure><p class="article-text">
        La grabaci&oacute;n inaugural de &ldquo;Opening&rdquo;, la primera de las <em>Glassworks</em>, fue realizada en 1982 por&nbsp;el <strong>Philip Glass Ensemble</strong>, con direcci&oacute;n de <strong>Michael Riesman</strong>. Posiblemente se trate de la m&aacute;s famosa de sus piezas cortas &ndash;tan parecida, por momentos, a &ldquo;Yo vengo a ofrecer mi coraz&oacute;n&rdquo;&ndash; y ha sido transcripta para piano y para arpa. &Oacute;lafsson la registr&oacute; en 2017. Y ahora Glass, en un disco llamado cristalinamente <em>Solo</em>, abre un disco registrado el a&ntilde;o pasado, cuando ten&iacute;a 86 a&ntilde;os.
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    </figure><p class="article-text">
        La versi&oacute;n del propio Glass es m&aacute;s veloz, es m&aacute;s pulsada, es m&aacute;s sucia &ndash;carece del refinad&iacute;simo pianismo de &Oacute;lafsson&ndash;, hasta hay pifies. No es la mejor, desde un punto de vista t&eacute;cnico. Y, no obstante, tiene un &ldquo;resto del texto&rdquo;, un aura que le confiere el hecho &ndash;inocultable para cualquiera que no est&eacute; realizando una escucha a ciegas&ndash; de que es el autor quien la toca. Y de que ese autor, que sin duda ha escuchado todas las otras interpretaciones, se sienta a solas en el estudio de su casa y la toca, a los 86 a&ntilde;os. Es decir, comenta, en la intimidad &ndash;una intimidad que se nos permite espiar&ndash; no solo la pieza sino su historia &ndash;la de la pieza y la de su autor&ndash;. El disco se completa con &ldquo;Truman Sleeps&rdquo; &ndash;extraida de la m&uacute;sica para la pel&iacute;cula <em>The Truman Show</em>&ndash; y con obras&nbsp;que ya hab&iacute;a registrado en el &aacute;lbum <em>Solo Piano</em>, de 1989: &ldquo;Mad Rush&rdquo; &ndash;compuesta para la visita del <strong>Dalai Lama</strong> a los Estados Unidos en 1979&ndash; y cuatro de sus <em>Metamorphosis</em>. El piano funciona, eventualmente, como un espejo &ndash;un vidrio&ndash; donde es posible ver el presente y el pasado a la vez. Y Glass se mira en &eacute;l.
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    </figure><p class="article-text">
        El brillante <em>Med&uacute;lla</em>, publicado por<strong> Bj&ouml;rk </strong>en 2004, es un disco hecho de reflejos &ndash;y de reflexi&oacute;n acerca del sonido como materia&ndash;. No hay otro elemento all&iacute; que la voz humana, procesada, maleada, subvertida. Voces proyectadas en voces, enmascaradas en mayor o menor medida.
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>Lucio Demare </strong>tocando sus tangos &ndash;aunque no solamente, aunque as&iacute; se llame el disco&ndash; en 1957, <strong>Dino Saluzzi</strong>, por primera vez a solas en un estudio, cumpliendo un sue&ntilde;o de <strong>Manfred Eicher</strong>, el due&ntilde;o del sello ECM, en 1983, y remiti&eacute;ndose al tambor ritual mapuche, el kultrum, para encontrar(se en) una visceralidad in&eacute;dita, la india <strong>Madhuvanti Pal </strong>y su relaci&oacute;n simbi&oacute;tica con la rudra veena (la vina, o sitar, de Shiva), un sitar sumamente largo y con la posibilidad de tocar sonidos muy graves, <strong>Seckou Keita</strong> y su di&aacute;logo (&iquest;mon&oacute;logo?) con la kora, son algunos de los que, solos con sus instrumentos, rumian sus propias historias y sus sue&ntilde;os. El pianista<strong> Daniel Gortierencuentra</strong>, por su parte, halla el tono justo &ndash;la expresividad nunca ausente, jam&aacute;s expansiva&ndash; para escribir una autobiograf&iacute;a ajena, la que anida en las <em>Piezas l&iacute;ricas</em> creadas por el noruego <strong>Edyard Grieg</strong> entre 1867 y 1901.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/soledad_129_10975489.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Mar 2024 16:29:45 +0000]]></pubDate>
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