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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Atención flotante]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Atención flotante]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Notas sobre la interpretación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-interpretacion_132_10450175.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9eb5f471-2b2e-4bc7-818c-e06220381e4e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre la interpretación"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La autora, Alexandra Kohan, escribe sobre la interpretación en su nuevo envío de Atención Flotante. </p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El analista interpreta (...) para hacer hablar a los equívocos y no para descifrarlos

</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Alberto Giordano</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>&nbsp;Me gust&oacute; especialmente&nbsp;<em>Sobre la interpretaci&oacute;n</em>, la clase-ensayo de Alberto Giordano publicada por Queja ediciones. En principio porque aborda un asunto enorme, objeto de psicologismos y doxas, y lo va desplegando sutilmente, lo va trabajando -como quien trabaja una masa- de un modo tal que da cuenta de la fragilidad del asunto a la vez que de la necesidad de despejar de qu&eacute; se trata. Pero adem&aacute;s me gust&oacute; especialmente porque es una clase-ensayo dirigida a estudiantes de una materia psicoanal&iacute;tica, y si bien el auditorio nunca est&aacute; dado y hay que construirlo, la peque&ntilde;a extranjer&iacute;a del cr&iacute;tico literario posibilita el desasimiento de los sobreentendidos y los &ldquo;entre nos&rdquo;. La transmisi&oacute;n siempre me resulta mucho m&aacute;s viva, mucho m&aacute;s vivaz y sorpresiva cuando se produce por fuera de lo familiar. Pero eso no est&aacute; garantizado en la extranjer&iacute;a de una disciplina, sino en la extranjer&iacute;a que se pone en juego en la enunciaci&oacute;n. Alberto Giordano no da una clase, no es un profesor -en el sentido de quien tiene las respuestas a preguntas que no se han formulado-, es un lector que habla y dice. Se trata quiz&aacute;s de eso que Lacan se&ntilde;al&oacute; del &ldquo;ense&ntilde;ante&rdquo;, que ser&iacute;a algo as&iacute; como un profesor que va construyendo, al modo de un collage, las piezas de la ense&ntilde;anza sin preocuparse por que todo encaje. Hay profesor en la medida en que la cuesti&oacute;n de la ense&ntilde;anza no se problematiza. Y si algo hace Giordano ac&aacute;, es sostener lo problem&aacute;tico, sostener el problema en tanto tal, el de la interpretaci&oacute;n y el de la ense&ntilde;anza. Dice: &ldquo;La relaci&oacute;n con un problema que se busca formular y resolver es siempre m&aacute;s activa que con un tema ofrecido a la comprensi&oacute;n, es m&aacute;s divertida y riesgosa, apasionada, por decirlo enf&aacute;ticamente. Si yo afirmo que el de la interpretaci&oacute;n es un problema que inquieta al pensamiento occidental desde Arist&oacute;teles, que todav&iacute;a inquieta nuestra &eacute;poca, porque con Nietzsche y Freud aprendimos que no hay, ni podr&iacute;a haber, una teor&iacute;a general de las interpretaciones, afirmo verdades, pero no es seguro que, al escucharlas, aparezcan ante ustedes bajo la forma inestable y movilizadora de una interrogaci&oacute;n. Los problemas que estimulan las b&uacute;squedas de saber nunca est&aacute;n dados, hay que formularlos como tales, activando lo que ciertos temas tienen de misterioso a trav&eacute;s de la conceptualizaci&oacute;n exploratoria (eso que Freud llamaba &rdquo;especulaci&oacute;n&ldquo;). Tal vez no sea conveniente explicitarlo, pero tengo una fantas&iacute;a: que esta clase, adem&aacute;s de instruirlos, sirva, a quienes tengan deseos de aprender, para que puedan formularse algunos de los problemas que rodean al acto de interpretar&rdquo;. Y entonces, el texto de Giordano hace lo que dice: nos pone frente a un asunto que &ldquo;envuelve algo inquietante, que nos interroga y nos sacude, que nos problematiza&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;La interpretaci&oacute;n no es algo exclusivo ni fundamental del psicoan&aacute;lisis, sino del humano:&nbsp;&ldquo;el humano es un animal hermen&eacute;utico, que vive interpretando (...) &rdquo;hermen&eacute;utica&ldquo; deriva del griego&nbsp;<em>hermeneutik&eacute; tekhne</em>, que significa &rdquo;arte de la interpretaci&oacute;n&ldquo;. En tanto ser hablante, es decir, ser-en-conversaci&oacute;n, el humano est&aacute; siempre interpretando&rdquo;, sigue Giordano. Justamente por eso se trata de precisar de qu&eacute; est&aacute; hecha la interpretaci&oacute;n en un an&aacute;lisis. Dice Lacan: &ldquo;En la pr&aacute;ctica anal&iacute;tica no se trata simplemente de hacer cosquillas. Uno se da cuenta de que hay palabras que incitan y otras que no. Es lo que se llama interpretaci&oacute;n&rdquo;. Por eso para que queden subrayadas esas palabras que incitan o, en t&eacute;rminos de Juan Ritvo, &ldquo;esa palabra que impacta, que uno no entiende un carajo, pero que sin embargo le concierne y lo atraviesa&rdquo;, se trata entonces no de interpretar, sino de leer. Se trata de la funci&oacute;n de la lectura.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>&ldquo;La experiencia de leer no es otra cosa que la experiencia de esperar&rdquo;, dice Juan Jos&eacute; Becerra. Y la interpretaci&oacute;n es lo contrario de la espera. Es anticipaci&oacute;n de sentido, es un saber anticipado. La interpretaci&oacute;n es siempre, por eso mismo, un poco delirante -como si dij&eacute;ramos: toda interpretaci&oacute;n es sobreinterpretaci&oacute;n-. Porque es un saber que viene a encajarse desde antes, independientemente de la experiencia de la lectura. Mientras que la lectura es el sentido en espera, el sentido llega incluso un poco tarde, demorado, desfasado.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>&nbsp;Interpretar es, a veces, lo opuesto a leer. La lectura no es en espejo. Cierta hermen&eacute;utica, en cambio, rechaza la diferencia y &ldquo;en lugar de leer el texto no hace m&aacute;s que imaginarizarlo&rdquo;, tal y como sostiene Juan Ritvo. Por eso muchas veces la interpretaci&oacute;n suscita tensi&oacute;n y violencia y hasta un poco de persecuci&oacute;n. En esa clase de hermen&eacute;utica se busca un sentido que se va a encontrar, es una lectura sostenida en una econom&iacute;a sin p&eacute;rdida. Sentido y sujeto hermeneuta est&aacute;n, por otra parte, previamente dados y se garantizan mutuamente. El encuentro entre sujeto, sentido y saber se produce, gracias al acto hermen&eacute;utico, en un ajuste, en un acople sin obst&aacute;culos. No hay discordancia, no hay fracaso del sentido, no hay p&eacute;rdida de ning&uacute;n tipo: hay garant&iacute;a de saber y de sujeto. Leer, en cambio, hace de la equivocidad un juego, una resonancia; produce una especie de disposici&oacute;n que alivia lo tenso de la suposici&oacute;n de un sentido autorizado. Mientras que la interpretaci&oacute;n hace de lo equ&iacute;voco un signo descifrable, la lectura soporta la inquietud del equ&iacute;voco.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong> La incertidumbre de los signos en el amor es otra de las figuras de las que se ocup&oacute; Roland Barthes al hablar del enamorado: &ldquo;Ya sea que quiere probar su amor o que se enfurece por descifrar si el otro lo ama, el sujeto amoroso no tiene a su disposici&oacute;n ning&uacute;n sistema de signos seguros. Busco signos, pero &iquest;de qu&eacute;? [...] &iquest;Es mi futuro lo que intento leer, descifrando en lo que est&aacute; inscrito el anuncio de lo que me va a ocurrir, seg&uacute;n un procedimiento que tender&iacute;a a la vez a la paleograf&iacute;a y a la adivinaci&oacute;n? &iquest;No es m&aacute;s bien, en resumidas cuentas, que quedo suspendido en esta pregunta, de la que pido al rostro del otro, incansablemente, la respuesta: cu&aacute;nto valgo?&rdquo;. En la demanda el sujeto pide, cuando intenta leer signos, pruebas del amor, pero ninguna alcanza. &iquest;No es acaso una especie de ox&iacute;moron &ldquo;prueba de amor&rdquo;? Los signos no pueden ser pruebas &ldquo;porque cualquiera puede producirlos falsos o ambiguos. De ah&iacute; ese volverse, parad&oacute;jicamente, sobre la omnipotencia del lenguaje: puesto que nada asegura el lenguaje, tendr&eacute; al lenguaje por la &uacute;nica y &uacute;ltima seguridad: no creer&eacute; ya en la interpretaci&oacute;n&rdquo;, dice Barthes que se dice a s&iacute; mismo el sujeto enamorado. Amor y lectura: experiencia de espera.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong> &ldquo;En lugar de una hermen&eacute;utica necesitamos una er&oacute;tica del arte&rdquo;, dice Susan Sontag en&nbsp;Contra la<em> interpretaci&oacute;n</em>. Y pienso que la interpretaci&oacute;n suele ser tediosa, agobiante, aplastante. Mientras que la lectura, como dice Eduardo Berti en&nbsp;M&eacute;todo f<em>&aacute;cil y r&aacute;pido para ser lector </em>-FCE-, es una fiesta: &ldquo;Si leer es una fiesta, &iquest;por qu&eacute; limitarse a una serie de reglas id&eacute;nticas o de protocolos previsibles?&rdquo;. Pienso entonces que esas reglas id&eacute;nticas o de protocolos previsibles se oponen a la er&oacute;tica de la lectura. Leer es un acto er&oacute;tico, porque implica el cuerpo y el tembladeral del deseo. Interpretar, en cambio, es confirmar, ratificar, solidificar, anular lo inquietante para quedarse con lo sabido. No hay ning&uacute;n riesgo: es saber aplicado y aplacado.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII. </strong>Leer no es interpretar. Leer es perderse, desorientarse y arriesgarse. Interpretar un libro, por ejemplo, puede implicar la atribuci&oacute;n al autor de una intenci&oacute;n, una biograf&iacute;a y, por supuesto, una autoridad. Dice Giordano: &ldquo;cuando al leer presupongo que una obra es una manifestaci&oacute;n de una voluntad expresiva del autor, y a este le atribuyo una funci&oacute;n de causa o fundamento, entonces intento someter a la lectura a una disciplinada voluntad de reconocimiento, de reproducci&oacute;n. &iquest;Qu&eacute; reproduzco? Lo que ya s&eacute; sobre lo que ese autor piensa y dice, de acuerdo con la caracterizaci&oacute;n propuesta por interpretaciones que juzgo autorizadas&rdquo;. Leer as&iacute; ser&iacute;a, en rigor, no leer. No dejarse tomar por un texto y, en cambio, violentar una atribuci&oacute;n al autor. Me apena que hoy en d&iacute;a haya m&aacute;s interpretaciones de libros que lecturas. Lo pienso cuando leo algunas rese&ntilde;as que notablemente evidencian prejuicios que el rese&ntilde;ista tiene sobre el autor; o cuando los libros son interpretados seg&uacute;n un tema poniendo al autor en el lugar de autoridad respecto del tema abordado. Leer, en cambio, dar&iacute;a cuenta de los procedimientos de un texto, de las voces enunciativas de un narrador y del olvido del autor.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII. </strong>Menos hermen&eacute;utica y m&aacute;s er&oacute;tica, dice Sontag. Y pienso en las maquinitas reproductoras de prejuicios que impiden leer. Y entonces pienso en esto que dice In&eacute;s Bortagaray en el pr&oacute;logo de&nbsp;Cu&aacute;n<em>tas aventuras nos aguardan</em>&nbsp;-editado por Criatura Editora-: &ldquo;no recuerdo ninguna mala rese&ntilde;a con firma, pero s&iacute; alguna publicada en alg&uacute;n blog, firmada con seud&oacute;nimo, que criticaba los libros breves escritos en primer&iacute;sima persona, nacidos del taller de Lucifer, crecidos en el amparo del berret&iacute;n de la autorreferencialidad y de la construcci&oacute;n de una voz ar&aacute;cnida, que teje una red de solipsismo y de intimidad (bochornosa, por cierto), una atenci&oacute;n casi obsesiva por la infancia y (oprobio de los oprobios) una b&uacute;squeda presuntuosamente terap&eacute;utica en todo el movimiento. Lo de la b&uacute;squeda terap&eacute;utica me horroriz&oacute; de veras (...)&rdquo;. &iexcl;A m&iacute; tambi&eacute;n! El psicologismo berreta -casi una redundancia- de suponer y atribuir una escritura terap&eacute;utica me desmorona. La autora se refiere a lo que se escribi&oacute; acerca de su segunda y encantadora novela. El bloguero -que no arriesg&oacute; ni su nombre- no ley&oacute; la novela, interpret&oacute; a la autora, a lo que &eacute;l le atribuy&oacute;, a lo que &eacute;l supuso de ella. Si la hubiera le&iacute;do, habr&iacute;a advertido que la primera persona no coincide con la autora, ya que la narradora es una ni&ntilde;a. Del procedimiento literario, de la narraci&oacute;n de ese viaje que es la infancia, de lo dif&iacute;cil que es lograr una voz infantil preservando la oscuridad y el erotismo que tambi&eacute;n tienen los ni&ntilde;os -es decir, una voz infantil pero no pueril-, del humor de la novela, el seud&oacute;nimo no pudo decir nada. Se limit&oacute; -porque esta clase de interpretaciones son limitantes y provienen de personas limitadas en su capacidad de asombro- a aplicar prejuicios, c&oacute;digos y protocolos: los de su f&eacute;rreo Yo. Y, siguiendo a Berti, se qued&oacute; afuera de la fiesta de la lectura de la novela de In&eacute;s Bortagaray -editada tambi&eacute;n por Criatura Editora-&nbsp;Pr<em>ontos, listos, ya</em>. Interpretar por miedo a perder lo que se cree que se tiene es, sin dudas, quedarse afuera de una fiesta.
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        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-interpretacion_132_10450175.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 17 Aug 2023 11:14:54 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre el dinero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-dinero_132_10393994.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9b5015de-6069-4f44-8cf5-f164c0069759_16-9-discover-aspect-ratio_default_1077654.jpg" width="2544" height="1431" alt="Notas sobre el dinero"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La autora, Alexandra Kohan, habla, analiza y piensa del dinero en este envío. "El dinero es muchas cosas, pero nunca es un asunto fresco o aireado. No es fácil salir airoso cuando hay que hablar de dinero", dice. </p></div><p class="article-text">
                                                                                                                                                                           <em> No hay manera de nombrar el dinero sin equivocarse.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>                                                                                                                                                                                                                                             Alan Pauls</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>A veces me pregunto qu&eacute; es lo que me lleva a escribir estos textos acerca de asuntos tan enormes, tan inasibles, tan imposibles de acotar. Y a pesar de que no tengo una respuesta definitiva y &uacute;ltima, pienso que lo que me lleva ah&iacute; es el intento de enterarme de lo que pienso.
    </p><p class="article-text">
        Porque la mayor parte de las veces uno cree que sabe lo que piensa, lo cree hasta que se pone a hablar o a escribir. El an&aacute;lisis es un lugar en el que uno se entera de lo que piensa; la escritura, para m&iacute;, es otro. Tengo la ilusi&oacute;n de que agarro estas piedras muy calientes y escribo para no quemarme, para apaciguar el ardor, la molestia de lo que quema. Vaya si el dinero es un asunto que quema. &ldquo;Un quemo&rdquo; se dec&iacute;a hace mucho, para decir que algo era embarazoso. Hablar de dinero suele ser un quemo, s&iacute;. El dinero es muchas cosas, pero nunca es un asunto fresco o aireado. No es f&aacute;cil salir airoso cuando hay que hablar de dinero.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.&nbsp;</strong>&ldquo;Gran invento de Freud: el que habla, paga&rdquo;, dice Ricardo Piglia y me acuerdo de lo que dijo Juan Jos&eacute; Becerra en un homenaje a Germ&aacute;n Garc&iacute;a: &ldquo;Germ&aacute;n era alguien que hac&iacute;a que hablar al pedo tuviera un costo&rdquo;. Pago, costo y dinero no son lo mismo. Por eso a veces se empastan las cosas y se solidifican estereotipos y doxas, sobre todo cuando nos ponemos a pensar la dificultad que implica el dinero en una relaci&oacute;n anal&iacute;tica. Hay muchos lugares comunes en referencia al pago del an&aacute;lisis. Y considero que esos lugares comunes funcionan coaccionando la disposici&oacute;n de un analista a inventar. Porque el an&aacute;lisis es un ejercicio en el que se inventan respuestas cada vez, respuestas que no se saben de antes. Cuanto m&aacute;s reglas hay, menos margen de invenci&oacute;n. Las reglas son un corset que no permiten moverse y lo cierto es que si aplastamos el espacio anal&iacute;tico con reglas, se convierte en otra cosa. La &uacute;nica regla es la regla fundamental: asociaci&oacute;n libre y su contraparte, atenci&oacute;n flotante. Si hay algo de libertad en el ejercicio anal&iacute;tico, ella est&aacute; en el hecho de no reglar lo que ah&iacute; sucede. Se escucha much&iacute;simo, y est&aacute; casi &ldquo;establecido&rdquo; como una regla, que si el paciente falta, debe pagar la sesi&oacute;n igual. Si eso se constituye como regla, estamos en problemas. Nada puede establecerse en un &ldquo;siempre&rdquo; porque tambi&eacute;n hay modos distintos de faltar, no s&oacute;lo motivos, sino maneras distintas de no acudir a la cita. Habr&aacute; que ver en cada caso. Es un problema en tanto se convierte en una rutina, en un ritual -ya bastante con la rutina del d&iacute;a y la hora-. Si algo caracteriza el an&aacute;lisis, es estar dispuestos a la sorpresa, al hallazgo, a la contingencia. No es que tengamos que prepararnos para eso, porque es imposible, pero si ahogamos la cosa con normas y reglas, no va a haber espacio para ello. Una regla hace de la cosa algo invariable, fijo y regulado, algo anticipable y calculable. Y si algo tiene la transferencia, es que resulta incalculable. Las cuestiones del dinero, del costo y del pago entran en el campo transferencial. Lo sabemos por Freud: &ldquo;el hombre de cultura trata los asuntos de dinero de id&eacute;ntica manera que las cosas sexuales, con igual duplicidad, mojigater&iacute;a e hipocres&iacute;a&rdquo;. Cuando Freud lo dice, lo hace para se&ntilde;alar que los analistas tendr&iacute;an que &ldquo;tratar las relaciones monetarias ante el paciente con la misma natural sinceridad&rdquo; con la que tratan los asuntos sexuales; que se trata de que el analista deponga la &ldquo;falsa verg&uuml;enza&rdquo;. Por eso habr&aacute; que v&eacute;rselas, cada vez, con eso. Habr&aacute; que saber hacer. Y saber hacer, como dice Juan Ritvo, es saber inventar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>Se puso de moda la culpa de clase en el &aacute;mbito p&uacute;blico. Seg&uacute;n parece, quien tiene privilegios debe explicitarlos y disculparse, y despu&eacute;s puede seguir consumiendo como si nada. Me parece un gesto contrario a lo que se pretende. Tener conciencia de clase es, justamente, no pretender tranquilizarse con las disculpas. Si uno no reconoce sus propias condiciones de enunciaci&oacute;n, termina por desconocer sus privilegios. Declamar no es practicar la conciencia de clase; sentirse culpable, menos que menos. La culpa es, en rigor, una disculpa, una manera de no reconocer el lugar de enunciaci&oacute;n. Reconozco que la escisi&oacute;n entre la declamaci&oacute;n y las pr&aacute;cticas me exaspera. Porque no son contradicciones, sino hipocres&iacute;a.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>IV. </strong>&iquest;Qu&eacute; funci&oacute;n cumplen los honorarios en el psicoan&aacute;lisis? Lo cierto es que se trata de una relaci&oacute;n in&eacute;dita. No es un servicio, no es una mercanc&iacute;a, no es s&oacute;lo un trabajo o, en rigor, parafraseando a Lacan: el psicoan&aacute;lisis es un trabajo, pero no como los dem&aacute;s. Tampoco es una transacci&oacute;n comercial. No es dinero a cambio de algo. Si as&iacute; fuera, no habr&iacute;a tanta gestualidad alrededor del pago -econom&iacute;a de goce, econom&iacute;a libidinal-. M&aacute;s all&aacute; de las respuestas que cada quien intente, alguna vez lo pens&eacute; de la siguiente manera: lo que paga un paciente no es el equivalente a lo que cobra un analista. No hay transacci&oacute;n posible. En esa diferencia, en ese hiato, se abre todo el espacio en el que no queda otra cosa que la transferencia como invenci&oacute;n, no queda otra cosa que la invenci&oacute;n transferencial.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;El analista, record&eacute;moslo con Lacan, tambi&eacute;n debe pagar: &ldquo;con palabras sin duda, si la transmutaci&oacute;n que sufren por la operaci&oacute;n anal&iacute;tica las eleva a su efecto de interpretaci&oacute;n; -pero tambi&eacute;n pagar con su persona, en cuanto que, diga lo que diga, la presta como soporte a los fen&oacute;menos singulares que el an&aacute;lisis ha descubierto en la transferencia; -&iquest;olvidaremos que tiene que pagar con lo que hay de esencial en su juicio m&aacute;s &iacute;ntimo, para mezclarse en una acci&oacute;n que va al coraz&oacute;n del ser&rdquo;. El psicoan&aacute;lisis no es gratuito tampoco para el analista.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong>&nbsp;No hay forma de cobrar -y esto excede la pr&aacute;ctica anal&iacute;tica- si uno no est&aacute; dispuesto a pagar. Quiero decir que para &ldquo;autorizarse&rdquo; a cobrar por lo que se hace, antes, seg&uacute;n creo, se tiene que estar dispuestos a perder algo, a ceder algo. El an&aacute;lisis es un lugar en el que se &ldquo;aprende&rdquo; -no me gusta mucho el t&eacute;rmino- a perder; en el que se experimenta la verdadera desalienaci&oacute;n que implica estar dispuestos a perder. Algo as&iacute; como un juego en el que se gana perdiendo. Como si dij&eacute;ramos que, antes que arriesgarse a perder, se trata de arriesgarse a ganar. Estar dispuestos a perder, arriesgarse a ganar. &iquest;Lo inverso? Lo inverso ser&iacute;a &ldquo;la soluci&oacute;n l&oacute;gica adoptada por algunos que, a fin de no morir, eligen no vivir, no hacer su agujero&rdquo;, como dice Allouch. Y en ese caso, no poder parar de perder, no poder parar de asumir costos alt&iacute;simos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.</strong>&nbsp;2023. Hace poco una persona joven me dijo &ldquo;mis amigos y yo hablamos mucho de dinero porque nos est&aacute; siendo muy dif&iacute;cil la situaci&oacute;n econ&oacute;mica. El dinero est&aacute; presente como tema todo el tiempo&rdquo;. La inflaci&oacute;n carcome no s&oacute;lo los bolsillos, sino, sobre todo, el &aacute;nimo y las ganas de mirar el horizonte; carcome la posibilidad de fantasear y de imaginar. Florencia Angilletta no escatima en lucidez cuando se trata de leer la situaci&oacute;n econ&oacute;mica del pa&iacute;s. Lo hace habitualmente. En&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=638486829e&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este</a>&nbsp;texto encara m&aacute;s precisamente el asunto: la guita. Dice: &ldquo;La infancia es ese mapa de cu&aacute;nto pueden comprar tus padres o madres y cu&aacute;nto los padres o madres de los dem&aacute;s. Cuando ese mapa est&aacute; armado del todo quiz&aacute; la infancia se termina. Pero antes es el desfasaje entre trabajo, dinero y capacidad de compra&rdquo;. Y en su Newsletter&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=a125e385b7&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Cartas en el asunto</a>, que escribe en Panam&aacute; Revista, no soslaya la cosa: Patrimonio, Ansiedad, Independencia -sus recientes tres entregas-: ninguno puede pensarse por fuera del dinero en su materialidad m&aacute;s absoluta.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.</strong>&nbsp;&ldquo;El problema que lo form&oacute; fue sin duda el dinero, no el sexo&rdquo;, dice Barthes de s&iacute; mismo. El dinero: un problema. La relaci&oacute;n con el dinero nunca es limpia, ni directa. Est&aacute; contaminada de neurosis. Miserable o generoso, agarrado o desprendido, despilfarrador o retentivo, impedido o arriesgado: las formas de dar y de tener se comportan de manera similar, se trate de dinero, de afecto, de amor, de odio. Hay una transmisi&oacute;n familiar de esas formas. Y muchas cosas amontonadas en los modos de circulaci&oacute;n del don en una familia. El dinero, cuando se tiene, nunca es solo dinero.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX</strong>. La gestualidad alrededor del dinero. Los modos en los que se guarda, la manera en la que se dispone, c&oacute;mo se ordena, d&oacute;nde se esconde, c&oacute;mo se saca del bolsillo, en qu&eacute; y c&oacute;mo se gasta. C&oacute;mo se cuenta, c&oacute;mo se declara. En&nbsp;<em>Historia del dinero</em>&nbsp;-Anagrama-, de Alan Pauls, hay un ni&ntilde;o que mira impactado los modos en los que el padre saca el fajo de dinero del bolsillo, &ldquo;lo impresiona&rdquo; ese fajo as&iacute;, desnudo. Tambi&eacute;n se detiene en lo siguiente: el padre cuenta el dinero de manera tal que no le ensucia los dedos, &ldquo;es como si el dinero no dejara en &eacute;l huella alguna&rdquo;. Mientras tanto, la historia personal se mezcla con la historia de un pa&iacute;s. El dinero: una cifra de la oscuridad, pero tambi&eacute;n de la obscenidad. Dinero expl&iacute;cito y p&eacute;rdida alrededor de los cuales se escribe una historia.&nbsp;La historia familiar de cada quien es tambi&eacute;n una historia del dinero.
    </p><p class="article-text">
        <strong>X.</strong>&nbsp;Ahora pienso lo siguiente: la percepci&oacute;n del tiempo y del dinero acaso sea una de las cosas que m&aacute;s cambian a lo largo de una vida. Lo pens&eacute; a partir de este p&aacute;rrafo de Pauls, que es sobre el tiempo pero bien podr&iacute;a ser sobre el dinero:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;se le ocurre pensar que quiz&aacute;s el tiempo no sea en absoluto universal sino el colmo de lo espec&iacute;fico, una suerte de bien end&eacute;mico que cada familia y cada casa y hasta cada persona producen a su manera, con m&eacute;todos, criterio, instrumentos propios, y producen en el sentido m&aacute;s literal de la palabra, invirtiendo fuerza f&iacute;sica, trabajo, materias primas, todo lo que la consistencia evanescente del tiempo parecer&iacute;a m&aacute;s bien volver innecesario, como si fuera m&aacute;s una artesan&iacute;a dom&eacute;stica que ese transcurrir esquivo que todos repiten que es&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-dinero_132_10393994.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Jul 2023 11:02:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre el dinero]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alexandra Kohan,Dinero]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre el psicoanálisis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-psicoanalisis_132_10319792.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5746a422-c565-4473-9277-689872f1606c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre el psicoanálisis"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle"></p></div><p class="article-text">
        <em>Qu&eacute; confianza en el poder liberador del lenguaje. Qu&eacute; virtud otorgada a la relaci&oacute;n m&aacute;s simple: una persona que habla y otra que escucha. Sucede que no s&oacute;lo los esp&iacute;ritus se curan, sino tambi&eacute;n los cuerpos.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Maurice Blanchot</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>Hace poco la escuch&eacute; a Beatriz Sarlo, en una entrevista que le hizo&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=f653b180b5&amp;e=1fa39304e3" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Tom&aacute;s Rebord</a>, diciendo que a los siete a&ntilde;os le llam&oacute; la atenci&oacute;n la palabra &ldquo;intelectual&rdquo;, le&iacute;da en el diario&nbsp;<em>El Mundo</em>&nbsp;-presente en su casa gracias a su madre-. Ella no sab&iacute;a qu&eacute; significaba, pero la palabra la atrajo -&ldquo;tengo una enfermedad, veo el lenguaje&rdquo;, dir&iacute;a Barthes-. Sarlo dice que pens&oacute; &ldquo;yo de grande voy a ser una intelectual. No sab&iacute;a lo que era, pero ya hab&iacute;a elegido el nombre con el que me iba a identificar&rdquo;. Me qued&eacute; pensando bastante en esa respuesta y volv&iacute; sobre mi elecci&oacute;n por el psicoan&aacute;lisis. A diferencia de Sarlo, no le&iacute; esa palabra, sino que se la escuch&eacute; a mi mam&aacute;. Tampoco sab&iacute;a qu&eacute; era eso. Pero me atra&iacute;a much&iacute;simo el modo en que ella pronunciaba la palabra&nbsp;<em>psicoanalista</em>. Algo en ella se encend&iacute;a. Ella siempre fue muy moderada, muy discreta y poco adepta a mostrar sus afectaciones, pero cuando dec&iacute;a&nbsp;<em>psicoanalista</em>&nbsp;yo ve&iacute;a un brillo, una m&iacute;nima modificaci&oacute;n en su cuerpo, una especie de alegr&iacute;a inconfesable.&nbsp;<em>Psicoanalista</em>, pronunciaba, y yo la ve&iacute;a, como nunca, inquietarse. Quiz&aacute;s, pienso ahora, era un instante en que se la notaba cerca de una pasi&oacute;n. No se trataba de lo que ella pensaba del psicoan&aacute;lisis -de hecho ten&iacute;a una relaci&oacute;n bien ambivalente de amor/odio-, la cosa no pasaba por su ideolog&iacute;a (aunque le estoy eternamente agradecida por haberme &ldquo;mandado al psicoanalista&rdquo;). La cosa pasaba por su boca, por su cuerpo. La palabra&nbsp;<em>psicoanalista</em>&nbsp;pasaba por su boca y eso a m&iacute; me atra&iacute;a de un modo particular -&ldquo;los incidentes pulsionales, el lenguaje tapizado de piel&rdquo;, dir&iacute;a Barthes-. Luego, tambi&eacute;n alguna vez pens&eacute; en lo que me dijo Osvaldo Um&eacute;rez -uno de los psicoanalistas de los que m&aacute;s aprend&iacute; y muy muy querido tambi&eacute;n por mi mam&aacute;-. &Eacute;l desliz&oacute;, sin estridencias, que el deseo de mi pap&aacute; -que era casi un ingeniero en sonido y fabricaba equipos de audio- ten&iacute;a mucho que ver con mi elecci&oacute;n por la pr&aacute;ctica del psicoan&aacute;lisis, por la pr&aacute;ctica de la escucha. Qued&eacute; at&oacute;nita. Nunca lo hab&iacute;a pensado antes. La boca, el audio, la voz. Y entonces pienso en la vocaci&oacute;n -concepto que nunca me gust&oacute;-, en el llamado, en eso que nos convoca. Algo nos llama, nos convoca, aunque no sepamos bien de qu&eacute; se trata; pero es eso y ninguna otra cosa. La vocaci&oacute;n como llamado al que no se puede no responder. No se trata de lo que nuestros padres esperan de nosotros, porque eso ser&iacute;a un Ideal -al que es imposible responder sin fallas-, se trata de lo que leemos como marca del deseo. No deseo de algo en particular. Deseo. As&iacute;, sin objeto alguno, sin aspiraci&oacute;n ninguna -querer objetos, tener aspiraciones es otra cosa-.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;Hace un tiempo coincid&iacute; con Maitena en que no dudar de eso que uno quiere, incluso sin saber por qu&eacute;, es una suerte enorme. Pero que sea una suerte, no significa que sea una&nbsp;buena suerte. El camino est&aacute; tambi&eacute;n plagado de dificultades, impedimentos, inhibiciones. Nunca es un camino directo, sin rodeos. El deseo es rodeo. Nunca es c&oacute;modo, ni mucho menos f&aacute;cil. El deseo es un poco infernal, oscuro. No digo que uno est&eacute; obligado a pasarla mal, digo que justamente porque se trata del deseo es que la cosa se traba, se tropieza. Hay zozobra, angustia, ir y venir; dejar, volver. Pero nunca, nunca es sin eso. Sin eso no hay deseo, hay manual de instrucciones, hay consejos de otro-que-sabe (&ldquo;escuchame a m&iacute; que tengo m&aacute;s experiencia que vos&rdquo;). Es porque se trata del deseo que la cosa se pone r&iacute;spida, &aacute;spera, ripiosa. Nicol&aacute;s Baintrub escribi&oacute;&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=9bd9eb8dfe&amp;e=1fa39304e3" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ac&aacute;</a>, de manera precisa y muy bella -la belleza de lo despiadado-, algo de ese tr&aacute;nsito, de ese recorrido. Un tr&aacute;nsito que no es&nbsp;<em>hacia</em>&nbsp;el deseo, sino empujado por el deseo, por la ineluctabilidad insoportable del deseo. Subrayo ahora: &ldquo;El deseo es brillante y aceitoso como un pez vivo. Cuanto m&aacute;s genuino, m&aacute;s escurridizo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>Una cosa es el deseo que nos empuja -casi siempre, incluso, muy en contra de nuestra voluntad- y otra, muy distinta, son la profesi&oacute;n, la carrera, los proyectos, las aspiraciones, los objetivos, las metas. En cierto momento me di cuenta de que nada de lo que hago ahora lo busqu&eacute; intencionalmente, ni estuvo en el lugar de meta. Quiero decir que no tuve aspiraciones, ni pasos&nbsp;hacia. No dije &ldquo;primero hago esto, despu&eacute;s aquello y m&aacute;s tarde esto otro&rdquo;. Fue un poco a los tumbos, a los rodeos, a las chapas -como se dice-. Lo que siempre tuve -y tengo- fue un an&aacute;lisis. Y cada uno de ellos me posibilit&oacute; un corte con algo del impedimento. Y entonces, siempre&nbsp;<em>a posteriori</em>, puedo leer esos cortes y podr&iacute;a decir de qu&eacute; me separ&eacute;, con qu&eacute; cort&eacute; en cada uno de esos an&aacute;lisis. Separarse de algo, no de alguien -a veces est&aacute;n superpuestos y entonces nos separamos de las dos cosas a la vez-, cortar con lo que se nos viene encima para lidiar un poco mejor con el deseo. Nada m&aacute;s, nada menos, sin medidas. Disipar el humo, no la niebla.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.&nbsp;</strong>Disipar el humo de querer &ldquo;ser alguien&rdquo;, &ldquo;ser algo&rdquo;. Si tuviera que resumir qu&eacute; efectos tuvieron en m&iacute; los an&aacute;lisis, dir&iacute;a eso. Y sin eso encima, la cosa se aliviana bastante. Atravesar el espejo, he ah&iacute; la cifra de un mundo inmenso que se abre -y tampoco es de una vez y para siempre-. Para m&iacute; no se trat&oacute; nunca de &ldquo;ser psicoanalista&rdquo;, sino de la atracci&oacute;n que ten&iacute;a por el psicoan&aacute;lisis -desde casi siempre como paciente, luego como lectora-. Por eso no me apur&eacute;, ni me precipit&eacute; a vivir del psicoan&aacute;lisis -tampoco a nombrarme &ldquo;psicoanalista&rdquo; - incluso hoy en d&iacute;a no me es del todo c&oacute;modo nombrarme as&iacute;-. Tuve durante much&iacute;simos a&ntilde;os ingresos econ&oacute;micos de otros trabajos. Porque siempre fui sabiendo, por los an&aacute;lisis, que para escuchar a otro es mejor tener la cabeza despejada de fantasmas, de fantas&iacute;as, de ideales, de cuentas. Y el dinero &iexcl;vaya si no condensa todo eso, y m&aacute;s! No hacer cuentas, no depender de cu&aacute;ntos pacientes vienen o no vienen, no generar una relaci&oacute;n de dependencia ah&iacute;, me parece fundamental. Hay personas que preguntan un poco desubicadamente por la cantidad de pacientes que uno &ldquo;tiene&rdquo;. Nunca s&eacute;, porque no los cont&eacute;. Se escucha&nbsp;un paciente por vez y en cada momento es el &uacute;nico. A la pregunta por la cantidad de pacientes, habr&iacute;a que contestar: &ldquo;tengo uno&rdquo; -la sola idea de la expresi&oacute;n &ldquo;tener pacientes&rdquo; me molesta-. Hace poco hablaba con una amiga y con un amigo, que tambi&eacute;n se dedican al psicoan&aacute;lisis -habl&eacute; por separado, pero acerca de lo mismo-, de la &ldquo;libertad&rdquo; que se requiere para poder escuchar a otro. Y de c&oacute;mo esa libertad est&aacute;, sobre todo, en no estar agarrando o reteniendo a los pacientes, ni haciendo cuentas. Por eso uno puede, por ejemplo, acompa&ntilde;arlos amorosamente a la puerta cuando deciden que ya no quieren seguir viniendo. Y no, como hace el estereotipo del psicoanalista que interpreta en todos lo mismo: &ldquo;no quiere venir, es resistencia&rdquo;. Hacerles lugar, que nos importen, que no nos d&eacute; lo mismo, incluso quererlos -si es que uno no es un c&iacute;nico-, es no agarrarlos, no retenerlos. Acaso una de las formas del amor libre.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;Escrib&iacute;&nbsp;resistencia y pens&eacute; en esa peque&ntilde;a pero contundente torsi&oacute;n que hizo Lacan cuando dijo &ldquo;la &uacute;nica resistencia es la del analista&rdquo;. Lo dijo en un momento en el que en el psicoan&aacute;lisis se interpretaba a mansalva a los pacientes como los que se resist&iacute;an a analizarse. Estar pendiente -es decir, colgado- de la imagen de &ldquo;ser analista&rdquo;, agarrarse al sill&oacute;n y creerse siempre a salvo, creer que se puede SER psicoanalista, y encarnar una imagen determinada, por ejemplo, van al listado de las resistencias del analista. Impostarse, simular, pretender, infatuarse, tambi&eacute;n. Siempre eleg&iacute; analistas poco serios, muy graciosos y algo despistados, en el sentido de poco pendientes de la pista de la imagen. Me gustan los analistas que no act&uacute;an de analistas. Que no aparentan. Y entonces me acuerdo de esta cita de Lacan del texto La tercera: &ldquo;Sean entonces m&aacute;s sueltos, m&aacute;s naturales cuando reciban a alguien que viene a pedirles un an&aacute;lisis. No se sientan obligados a darse importancia&rdquo;. Y gracias a Sebasti&aacute;n Gamazo di con una nueva traducci&oacute;n -la de Gerardo Arenas en la edici&oacute;n de Paid&oacute;s- que dice: &ldquo;no se sientan tan obligados a darse &iacute;nfulas&rdquo;. Me gusta m&aacute;s &ldquo;&iacute;nfulas&rdquo;, definitivamente. Ir solt&aacute;ndose, no darse importancia, ni &iacute;nfulas: no es que uno lo pueda hacer voluntariamente. Es un trabajo enorme, horadar la imagen de s&iacute; puede llevar a&ntilde;os de an&aacute;lisis. Pero sin eso no hay analista posible. Y, a&uacute;n as&iacute;, el analista nunca est&aacute; garantizado. Justamente porque no es un ser ni es una profesi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>Para Lacan la pregunta &ldquo;&iquest;qu&eacute; es el psicoan&aacute;lisis?&rdquo; es una pregunta un poco ploma, pesada, una pregunta equivalente a cargar con un muerto, una especie de trabajo de esos que nadie quiere hacer. Por eso se da el lujo de contestar con la siguiente tautolog&iacute;a: &ldquo;es el tratamiento dispensado por un psicoanalista&rdquo;. Unos a&ntilde;os despu&eacute;s dice: &ldquo;todo el mundo cree saber lo que es el psicoan&aacute;lisis, salvo los psicoanalistas, y eso es lo molesto. Ellos son los &uacute;nicos que no lo saben (...) si creyeran saberlo de inmediato, ser&iacute;a grave&rdquo;. Y luego, en una entrevista refiere: &ldquo;proponer ayudar a las personas significa el &eacute;xito asegurado y la clientela detr&aacute;s de la puerta. El psicoan&aacute;lisis es otra cosa&rdquo;. El &ldquo;otra cosa&rdquo; va en la l&iacute;nea del &ldquo;no es eso&rdquo; que permite, justamente, no fijar las cosas en una definici&oacute;n, en una esencia, en un ser, en un estereotipo. &ldquo;No se trata de eso&rdquo; ser&iacute;a un buen modo de resistir a la pretensi&oacute;n del sentido acabado, fijo y absoluto. Si el psicoan&aacute;lisis es una experiencia, muchas veces resulta una experiencia intransferible, indefinible e inexplicable que transcurre en una intimidad in&eacute;dita, &uacute;nica. Siempre me result&oacute; conmovedor escuchar o leer el modo en que Jean Allouch se refiere a su encuentro con Lacan: &ldquo;el psicoan&aacute;lisis que me hac&iacute;a falta era ese. Estaba all&iacute;. El analista que me hac&iacute;a falta era &eacute;l&rdquo;. Acaso una certeza invaluable, como la del deseo como vocativo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.</strong>&nbsp;Carmen G&uuml;iraldes me ense&ntilde;&oacute; la expresi&oacute;n en ingl&eacute;s &ldquo;<em>let me walk you through my mind</em>&rdquo;, y me pareci&oacute; impresionantemente linda como pedido a un analista, porque no dice &ldquo;te explico lo que me pasa&rdquo;, sino que invita al analista a meterse ah&iacute; guiado por el que est&aacute; en el embrollo. Un analista est&aacute; concernido en eso, no est&aacute; afuera, no es &ldquo;objetivo&rdquo;, participa de la transferencia. Le agradezco esta expresi&oacute;n y tambi&eacute;n haber buscado en el diccionario la definici&oacute;n de&nbsp;<em>walk someone through something: to&nbsp;</em>slowly<em>&nbsp;and carefully explain something to someone or show someone how to do something</em>. Si subrayamos&nbsp;<em>slowly&nbsp;</em>y&nbsp;<em>carefully</em>&nbsp;-lentamente y con cuidado- me parece que damos cuenta de ese modo tan particular y tan in&eacute;dito que resulta un an&aacute;lisis. Lentamente y con cuidado: Anne Dufourmantelle escribi&oacute; un libro que ac&aacute; se tradujo como&nbsp;<em>Potencia de la dulzura&nbsp;</em>(Nocturna/ Archivida ediciones). Pero prefiero las otras acepciones de douceur, las que refieren a suavidad, a tranquilidad, a lentitud (de todas esas acepciones se ocupa Mar&iacute;a del Carmen Rodr&iacute;guez, traductora del libro, en la nota inicial). Las prefiero porque nos recuerdan que en el otro tambi&eacute;n hay fragilidades. Como en el ingl&eacute;s&nbsp;<em>handle with care</em>, que implica el agarrar con cuidado porque se puede romper; no es que se vaya a romper, es que puede romperse. Dufourmantelle dice: &ldquo;Ser dulce [suave] con las cosas y los seres es comprenderlos en su insuficiencia, su precariedad, su inmadurez, su tonter&iacute;a (...). Es (...) inventar el espacio de una humanidad sensible, de una relaci&oacute;n con el otro que acepta su debilidad o lo que pueda en s&iacute; decepcionar. Y en esta comprensi&oacute;n profunda compromete una verdad&rdquo;. Me gusta cuando Dufourmantelle dice que &ldquo;un psicoanalista, hasta cuando es abrupto, no escucha sin dulzura [suavidad/lentitud/tranquilidad], ya que ella participa en un gesto que invita al otro&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.</strong>&nbsp;Hace poco escrib&iacute; un poema. Empec&eacute; creyendo que era un poema que alud&iacute;a a la atenci&oacute;n flotante, un poema sobre la posici&oacute;n del analista. Pero a medida que lo iba escribiendo me daba cuenta de que era tambi&eacute;n acerca de la posici&oacute;n del analizante. Para cuando lo termin&eacute;, pens&eacute; que justamente esos espacios van juntos y son, en alguna medida, indistinguibles, en el sentido en que no se trata nunca de dos personas, sino de un decir. Y que no hay decir posible si la persona -del analista- no se borra un poco. Por eso Blanchot dice &ldquo;una presencia sin rostro, apenas alguien, un personaje indeterminado haciendo equilibrio en cualquier detalle del discurso, como un hueco en el espacio, un vac&iacute;o silencioso que, sin embargo, es la verdadera raz&oacute;n para hablar, rompiendo sin cesar el equilibrio [&hellip;], transformando inadvertidamente el mon&oacute;logo sin objeto en un di&aacute;logo en el cual cada uno es hablado&rdquo;. &ldquo;Como si no estuviera ah&iacute;&rdquo; subraya la particular presencia del analista. Lo que no est&aacute; ah&iacute; es, en el mejor de los casos, la persona del analista: sus fantas&iacute;as, sus miedos, sus perspectivas, sus cuentas, sus metas, su ideolog&iacute;a. En definitiva: su espejo. Y por eso Allouch dice que la transferencia empieza cuando el analizante se desentiende del analista. Y eso no puede ocurrir si antes el analista no se desentiende de s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        El poema se llamaba&nbsp;<em>Psicoan&aacute;lisis: instrucciones de uso</em>. Osvaldo Bossi sugiri&oacute;, y entonces me gusta m&aacute;s as&iacute;,&nbsp;<em>Psicoan&aacute;lisis: algunas instrucciones de uso</em>:
    </p><p class="article-text">
        Olvidarse de s&iacute;
    </p><p class="article-text">
        pensar en nada
    </p><p class="article-text">
        suspender lo que se sabe
    </p><p class="article-text">
        pero tambi&eacute;n las ansias de saber.
    </p><p class="article-text">
        Subrayar nimiedades
    </p><p class="article-text">
        extirparle el sentido
    </p><p class="article-text">
        a las palabras que aprietan
    </p><p class="article-text">
        pero tambi&eacute;n a las que brillan.
    </p><p class="article-text">
        Desalojar fantasmas
    </p><p class="article-text">
        encontrar lo que no se busca
    </p><p class="article-text">
        querer la oscuridad del deseo
    </p><p class="article-text">
        pero tambi&eacute;n la opacidad del odio.
    </p><p class="article-text">
        Apagar la amenaza
    </p><p class="article-text">
        de lo inminente.
    </p><p class="article-text">
        Sentir los espasmos
    </p><p class="article-text">
        de las risas en el cuerpo
    </p><p class="article-text">
        alivianado.
    </p><p class="article-text">
        Deshacer la obediencia
    </p><p class="article-text">
        y fundar un espacio
    </p><p class="article-text">
        en el que no haya obligaciones
    </p><p class="article-text">
        por un rato
    </p><p class="article-text">
        no m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Estar ah&iacute; para atajar
    </p><p class="article-text">
        la sorpresa de lo inesperado
    </p><p class="article-text">
        la peque&ntilde;a alegr&iacute;a
    </p><p class="article-text">
        de lo incierto.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX.</strong>&nbsp;&ldquo;Hace tiempo he reconocido que el inevitable destino del psicoan&aacute;lisis es mover a contradicci&oacute;n a los hombres e irritarlos&rdquo;, dijo Freud. Esa irritaci&oacute;n quiz&aacute;s tenga que ver con lo que Allouch precisa:&nbsp;&ldquo;el psicoan&aacute;lisis est&aacute; m&aacute;s del lado de lo que la sociedad no puede controlar, del lado del loco, de quien tiene s&iacute;ntomas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La vida cambia. El psicoan&aacute;lisis tambi&eacute;n cambia&rdquo;, dijo Freud. Lo que no cambia jam&aacute;s son las cr&iacute;ticas dirigidas hacia su invento, ese que a su vez cambi&oacute; el mundo -y mi vida- para siempre.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-psicoanalisis_132_10319792.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Jun 2023 08:57:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre el psicoanálisis]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Psicoanálisis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre el tiempo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-tiempo_132_10214198.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e640f961-59ad-4384-abd8-76d02f6159be_16-9-discover-aspect-ratio_default_1073054.jpg" width="1746" height="982" alt="Notas sobre el tiempo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La autora Alexandra Kohan reflexiona sobre el tiempo. </p></div><p class="article-text">
        <em>                                                                                                                                                                                   Esa escuela de zozobra que se llama tiempo.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>                                                                                                                                                                                                                                             Alan Pauls</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>                                                                                                       Porque es s&oacute;lo en esa dimensi&oacute;n sin tiempo que puede quedar inventada una eternidad.</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>                                                                                                                                                                                                                                         &nbsp;Mart&iacute;n Kohan</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>Mientras escrib&iacute;a el texto del Newsletter anterior -<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=983a385590&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Notas sobre el amor</a>-, me iba topando con subrayados que sab&iacute;a que configuraban otro asunto: el tiempo. Es que estaba escribiendo sobre la novela&nbsp;<em>Amor</em>, de Juan Jos&eacute; Becerra y el tiempo atraviesa muchas de sus ficciones, si no todas -<em>El espect&aacute;culo del tiempo</em>, una novela total-. Sab&iacute;a que me estaba metiendo en problemas, que el asuntito del tiempo es inabarcable -como el tiempo mismo-, pero, a la vez, no pod&iacute;a olvidarme. Intent&eacute; dejarlo, pensar en otra cosa, pero el asunto volvi&oacute; en sue&ntilde;os y en un lapsus. Y es que s&iacute;, cuanto m&aacute;s queremos olvidar voluntariamente, menos margen hay para hacernos los distra&iacute;dos. La cosa vuelve, insiste, acecha: mejor hacerle lugar. Escribir estas notas sobre el tiempo, entonces, como forma de escandirlo. Escribir estas notas sobre el tiempo para puntuar un poco, aunque sea de manera provisoria, ese texto por venir que, como dice Juan Ritvo, &ldquo;es el &uacute;nico texto de que disponemos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;No nos alcanzar&iacute;a la vida para leer todo lo que se escribi&oacute; sobre el tiempo. El enigma de los enigmas, el enigma absoluto. Como dice el astr&oacute;nomo Camille Flammarion -citado por Olivier Marchon en&nbsp;<em>30 de febrero,</em>&nbsp;editado por Godot-: &ldquo;el tiempo es el elemento m&aacute;s misterioso, el m&aacute;s dif&iacute;cil de concebir para el esp&iacute;ritu humano. Es imposible dar una definici&oacute;n de &eacute;l. Es el reloj marchando en soledad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.</strong>&nbsp;Gracias a Emilio Volpe llegu&eacute; a la conferencia de Borges llamada&nbsp;<em>El tiempo</em>, incluida en&nbsp;<em>Borges Oral</em>, de Bruguera. Dice Borges: &ldquo;el tiempo es un problema esencial (...). Si se hubiera resuelto ese problema, se habr&iacute;a resuelto todo. Felizmente, yo creo que no hay ning&uacute;n peligro en que se resuelva: es decir, seguiremos siempre ansiosos. Siempre podremos decir, como San Agust&iacute;n: &iquest;Qu&eacute; es el tiempo? Si no me lo preguntan, lo s&eacute;. Si me lo preguntan, lo ignoro (...) Yo dir&iacute;a que siempre sentimos esa antigua perplejidad, esa que sinti&oacute; mortalmente Her&aacute;clito en aquel ejemplo al que vuelvo siempre: nadie baja dos veces al mismo r&iacute;o&rdquo;. Pero con el detalle, agrega Borges, de que nosotros tambi&eacute;n somos un r&iacute;o fluctuante.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.&nbsp;</strong>Pero tambi&eacute;n es cierto que no se escribe ni se piensa el tiempo siempre igual, aislado de los signos de una &eacute;poca. Hoy el tiempo viene siendo un bien escaso. Se escucha &ldquo;no tengo tiempo&rdquo; desde las agendas atiborradas, desde las m&uacute;ltiples tareas que realizamos d&iacute;a a d&iacute;a. La precariedad -laboral y subjetiva- de estos tiempos. Juan di Loreto se ocupa de la subjetividad atada a la velocidad, tan de ahora, en&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=1cc507da7a&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este texto</a>. Y me hizo acordar a esa idea de Lewis Mumford a la que llegu&eacute; gracias a Ingrid Sarchman: &ldquo;El reloj, no la m&aacute;quina de vapor, es la m&aacute;quina clave de la moderna edad industrial&rdquo;. Dice Marchon: &ldquo;la lista de aquellos que han querido controlar la medici&oacute;n del tiempo es extensa Y eso porque el tiempo, tanto o m&aacute;s que el espacio, es un objeto pol&iacute;tico: hay que ocuparlo, poseerlo, para controlar mejor los esp&iacute;ritus&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;Una vez alguien me pregunt&oacute; c&oacute;mo hac&iacute;a para trabajar tanto y tener tiempo para leer y escribir. Contest&eacute; que me tomaba tiempo para perder. Nada de lo que hago lo hago sin perder tiempo. Me resisto, en la medida de lo posible, a ese imperativo productivista de &ldquo;no hay tiempo que perder&rdquo;, como si el tiempo pudiera no perderse. &ldquo;Es mejor asumir que hay cosas que hacemos por puro gusto, sin provecho ni rendimiento&rdquo;, dijo&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=d85e7e70e1&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">una vez</a>&nbsp;Mart&iacute;n Kohan. Y es que uno de los signos de esta &eacute;poca, o al menos lo que se hace ver constantemente, es la dificultad de perder algo, de perderse de algo, de perderse del mundo un rato. Las formulaciones &ldquo;perder tiempo&rdquo;, &ldquo;ganar tiempo&rdquo;, optimizarlo, aprovecharlo, no son sino ilusiones, entre neur&oacute;ticas y empresariales. Todav&iacute;a creemos que podemos hacer algo para no perder tiempo. Nada m&aacute;s ineluctable que la p&eacute;rdida de tiempo. El tiempo acaso sea la nota m&aacute;s cercana que podemos experimentar de lo que es s&oacute;lo p&eacute;rdida. Pasa el tiempo -y eso es tan irreversible como la muerte misma-, lo queramos o no. Y esa es su fatalidad. La fatalidad de las fatalidades. Pero queda la memoria que, como sabemos por Borges y por Freud, es una memoria hecha de olvidos. &ldquo;Pero es un olvido que retiene, esa es la paradoja, la paradoja que invent&oacute; el psicoan&aacute;lisis. Es un olvido que retiene porque lo olvidado permanece de alguna manera, deformado por supuesto pero permanece&rdquo;, agrega Ritvo.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces nos inventamos paliativos como la negaci&oacute;n, los recuerdos, el olvido, el amor. Y el humor, sobre todo el humor (como el chiste que cuenta Freud del condenado a muerte que, caminando hacia el cadalso un lunes, dice &ldquo;linda manera de empezar la semana&rdquo;). Y con esas ortopedias creemos poder interrumpir, por un rato, el paso del tiempo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>Claro que tampoco es suficiente. Porque basta que aparezca el amor, por ejemplo, para que el reloj se acelere y el enamorado le implore, entonces, que no marque m&aacute;s las horas, tal como cantan, por ejemplo,&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=b75044b322&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Jos&eacute; Jos&eacute;</a>,&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=6c54ea25e5&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los panchos</a>&nbsp;o&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=1b2a12c00e&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los pasteles verdes</a>. Me gusta lo que dice Barthes de la temporalidad del amor: &ldquo;el tiempo amoroso est&aacute; agujereado. Es un tiempo hecho de&nbsp;<em>migajas</em>: esperanzas, desesperaciones, contingencias, traves&iacute;as, futilidades, historias, encuentros, ausencias, contratiempos, etc. El sujeto enamorado cree que recibe las&nbsp;<em>migajas</em>&nbsp;del tiempo amado. Salpicaduras de tiempo: tiempo descentrador, orientado, en completa contradicci&oacute;n con el tiempo org&aacute;nico (imagen progresiva) del principio&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII</strong>. El inconsciente es fuera de tiempo, no se rige por la cronolog&iacute;a, ni se rige por la sucesi&oacute;n lineal y progresiva. Dice Freud: &ldquo;Los procesos del sistema inconsciente se hallan fuera del tiempo, esto es, no aparecen ordenados cronol&oacute;gicamente, no sufren modificaci&oacute;n ninguna por el transcurso del tiempo. Carecen de toda relaci&oacute;n con esta categor&iacute;a. La relaci&oacute;n temporal se halla ligada a la labor del sistema consciente&rdquo;. A veces nos abruman los recuerdos, brotan, asedian. Como en esa obra de Beckett -el genio de la po&eacute;tica y de la er&oacute;tica del tiempo-&nbsp;<a href="https://www.youtube.com/watch?v=uZ_t8E0oue0" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>That time</em></a> en la que el personaje &ldquo;&Eacute;l&rdquo; escucha tres voces distintas -A, B, C-, de tres momentos de su vida. En ocasiones esas voces se superponen, se yuxtaponen, se enciman, se interrumpen. Rompen con la linealidad del recuerdo. Es casi insoportable. Es un texto en bruto, cont&iacute;nuo, sin puntuaci&oacute;n. Y cada tanto pregunta <em>&ldquo;when was that?&rdquo;</em>.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;El tiempo para&nbsp;el psicoan&aacute;lisis no es el cronol&oacute;gico, es un tiempo hecho de desplazamientos, condensaciones, fijaciones, regresiones, retornos, proyecciones, repeticiones, discontinuidades, saltos, cortes, etc. Todos ellos resignificados a la luz del an&aacute;lisis, es decir, a la luz de un lector sin el cual dichas cuestiones no se actualizan -y actualizar no es sino ponerse en acto-. Ese acto suspende las coordenadas habituales espacio-temporales o, al menos, las resiste.&nbsp;Por otra parte, la noci&oacute;n del tiempo en el an&aacute;lisis cobra especial valor, dado que es una de las cuestiones por las que se producir&aacute; la expulsi&oacute;n de Lacan de la Asociaci&oacute;n Psicoanal&iacute;tica Internacional. Es a la fijeza y al est&aacute;ndar de los cincuenta minutos de sesi&oacute;n a lo que Lacan se opone, subrayando que el tiempo de una sesi&oacute;n no puede estipularse de manera anticipada, ni estandarizada. Lacan cuestiona la t&eacute;cnica de los post-freudianos e insiste en que el tiempo de la sesi&oacute;n no podr&iacute;a nunca guiarse por par&aacute;metros cronol&oacute;gicos, ya que el inconsciente es atemporal y su l&oacute;gica es la del acontecimiento. Lacan toma prestado el t&eacute;rmino escansi&oacute;n de la po&eacute;tica y, a partir de ah&iacute;, quedar&aacute; definida del lado de la interpretaci&oacute;n anal&iacute;tica. &ldquo;El arte del analista debe ser el de suspender las certidumbres del sujeto, hasta que se consuman sus &uacute;ltimos espejismos. Y es en el discurso donde debe escandirse su resoluci&oacute;n&rdquo;, dice.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        The time is out of joint -el tiempo est&aacute; fuera de quicio- es una de mis frases preferidas de&nbsp;Hamlet&nbsp;-y ah&iacute; va Hamlet, intentando infructuosamente ordenar el zafarrancho-. Y pienso en el duelo, en el fuera de tiempo que implica. Y en esa estupidez de aplastarlo con la cronolog&iacute;a. Como si el duelo fuera un trabajo -ya Allouch cuestion&oacute; muy atinadamente la noci&oacute;n de trabajo de duelo- en el que el tiempo cronol&oacute;gico cuenta. &iquest;Cu&aacute;nto es mucho tiempo? &iquest;Y poco? Nada m&aacute;s desatinado que el tiempo cronol&oacute;gico para &ldquo;evaluar&rdquo; un duelo, para cercenarlo y para meterlo en la maquinaria psicologizante y estupidizante de las &ldquo;etapas&rdquo;. No hay etapas para un duelo. Se trata de otra cosa. Tiene m&aacute;s que ver con el acto, con el acontecimiento, con el hallazgo, que con un trabajo por etapas. No hay superaci&oacute;n del dolor. No es eso. Y el tiempo no es lo que cura. En todo caso, el tiempo propicia que haya algo del olvido que pueda empezar a escribirse. Un olvido posible que, lejos de ser superador, es lo que puede suscitar una escritura, la marca de una ausencia, un peque&ntilde;o ung&uuml;ento que alivie la carne viva de lo imposible de olvidar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>X.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;La sorpresa del corte -sorpresa tambi&eacute;n para el analista- suspende la linealidad del tiempo, suspende lo cronol&oacute;gico e ilumina esa &ldquo;parte&rdquo; del discurso que rompe con cualquier pretensi&oacute;n de lo esperado. La escansi&oacute;n hace de lo que pasa, algo inesperado. Me gusta la noci&oacute;n de&nbsp;kairos. B&aacute;rbara Cassin la trabaja en su relaci&oacute;n con la escansi&oacute;n y el tiempo en el discurso. Tambi&eacute;n se detiene en el instante: &ldquo;lo instant&aacute;neo del buen momento: as&iacute; es el tiempo del an&aacute;lisis tanto para el final de la maniobra como para el corte de sesi&oacute;n y la escansi&oacute;n de la interpretaci&oacute;n&rdquo;. Es un tiempo no espacializable y la autora nos remite a un rasgo propio de la sof&iacute;stica: el&nbsp;kairos: &ldquo;una de las palabras griegas m&aacute;s intraducibles, es ciertamente [...] una caracter&iacute;stica de la temporalidad sof&iacute;stico-anal&iacute;tica&rdquo;. Se trata del &ldquo;poros, el &laquo;pasaje&raquo;&rdquo;. Jean Allouch, por su parte, se refiere al&nbsp;kairos en su dimensi&oacute;n temporal, sobre la cual el analista no tiene dominio. Es por eso que se refiere a la fragilidad del an&aacute;lisis. Porque se trata de lo singular: la diversidad y, justamente, &ldquo;la experiencia del rel&aacute;mpago da acceso a lo diverso&rdquo;. El&nbsp;kairos&nbsp;es ese instante de la &ldquo;oportunidad de pescar al vuelo&rdquo;. Instante, acto, precipitaci&oacute;n y pasaje quedan relacionados en lo que al&nbsp;kairos, el rel&aacute;mpago, se refiere y no pueden sino hacer resonar la lectura como acto singular (y fr&aacute;gil). Se trata del tiempo definido por Bachelard as&iacute;: &ldquo;una realidad afianzada en el instante y suspendida entre dos nadas (...) ya el instante es soledad&rdquo;. Pero se trata de una soledad creadora, como la de la lectura. Un instante en el que se suspende lo ya-sabido, un instante en el que se puede empezar a leer de otra manera, un instante en el que se puede pasar, por fin, a otra cosa.
    </p><p class="article-text">
        Un an&aacute;lisis: &ldquo;nada cambia tanto como el pasado&rdquo;, como le gusta decir a Florencia Angilletta.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-tiempo_132_10214198.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 18 May 2023 08:53:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre el tiempo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre el amor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-amor_132_10154209.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2bef00c5-0f19-4880-bdfe-01dcdfd7ab4c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre el amor"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"El amor se sigue escribiendo porque no hay modo de escribirlo todo sobre él", reflexiona la autora al recuperar experiencias y textos de "un problema irresoluble" que atraviesa, en sus distintas formas, casi todas las escenas de la vida cotidiana.</p></div><p class="article-text">
        <em>                                                                                                                                                                                                                Incre&iacute;ble tentaci&oacute;n es el amor</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>                                                                                                                                                                                                                                           Babas&oacute;nicos&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>&nbsp;En el a&ntilde;o 2020 publiqu&eacute; un libro sobre el amor. Desde entonces no lo leo. Desde entonces que no vuelvo al asunto. Pens&eacute; que no iba a volver m&aacute;s, digo: a escribir sobre&nbsp;eso. Pero como no es un tema, sino una zona, un problema irresoluble, una insistencia, un enigma, una pregunta, eso volvi&oacute; o, en rigor, nunca se fue. No es tanto que yo vuelva al amor, como que el amor no deja de volver. El amor se sigue escribiendo porque no hay modo de escribirlo todo sobre &eacute;l. El amor se sigue escribiendo porque nunca est&aacute; escrito del todo. El amor se sigue escribiendo porque es interminable, inextinguible. Y porque atraviesa, en sus distintas formas, casi todas las escenas de la vida cotidiana. Sobre todo la cotidianeidad del ejercicio del psicoan&aacute;lisis, ah&iacute; donde la transferencia es una experiencia amorosa en la que est&aacute;n concernidos los dos, al menos dos, participantes. Es ah&iacute;, en ese entre-dos, que se escribe el amor transferencial.
    </p><p class="article-text">
        Entonces vuelvo al amor &ldquo;como se vuelve siempre al amor&rdquo;: &ldquo;con mi deseo, con mi temblor&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;Lacan dice que &ldquo;el amor no se escribe sino gracias a una abundancia, a una proliferaci&oacute;n de rodeos, de enredos, de elucubraciones, de delirios, de locuras &ndash;por qu&eacute; no decir el t&eacute;rmino &iquest;no?&ndash; que ocupan en la vida de cada uno un lugar enorme&rdquo;. A veces quisi&eacute;ramos que ese lugar enorme fuera min&uacute;sculo, que no nos moleste, que no nos estorbe. El amor a veces es eso: un estorbo, una dificultad que nos inquieta y nos abisma. A veces no queremos saber nada de eso, en el sentido de la represi&oacute;n, y preferimos la anestesia que nos procura la ilusi&oacute;n de que podemos elegir no entrar en ese terreno. Y ah&iacute; surgen esos discursos que, tendientes al&nbsp;productivismo y al individualismo, suponen que el amor tiene que sumar y que si no suma, adi&oacute;s. Y a veces, en cambio, el amor&nbsp;es la anestesia, la analgesia ante el dolor de existir. Lo dijo as&iacute; Juan Jos&eacute; Becerra en una&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=7ad6abe05f&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">entrevista</a>&nbsp;a prop&oacute;sito de la salida de&nbsp;<em>Amor</em>&nbsp;(Seix Barral), la novela que acaba de publicar: &ldquo;Es un consuelo que tiene algo de droga alucin&oacute;gena, y supongo que esa es su gracia y la causa de su vigencia. Es de las drogas que pegan, que hacen otra realidad&rdquo;. Otra realidad, una realidad extra&ntilde;a que nos hace otros, sobre todo para nosotros mismos. Salirse de s&iacute;: un alivio poco frecuente.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>Hace a&ntilde;os que se viene anunciando el fin de la novela, el fin del psicoan&aacute;lisis, el fin de la historia, etc. Por supuesto que el amor tambi&eacute;n fue sentenciado al fin, pero &ldquo;pronosticar&nbsp;su desaparici&oacute;n es medio un n&uacute;mero cantado. &iquest;Qu&eacute; no va a desaparecer?&rdquo;, sigue Becerra. Por eso el t&iacute;tulo de la novela es un hallazgo. Y sale entonces esta novela de Becerra con una tapa muy perfecta: un coraz&oacute;n carnoso, vivo, sangriento, extirpado y metido en una caja como de museo. El coraz&oacute;n como &oacute;rgano, como la bomba que es, un coraz&oacute;n despojado de todo y recuperando lo que de cuerpo, sangre y carne tiene el amor. A la vez, encerrado en una caja pulcra, blanca. El amor en el museo, el amor en desuso, el amor expuesto como reliquia. Hay algo de esta &eacute;poca que empuja hacia ah&iacute;, a meterlo en una caja, a mantenerlo a raya. A creer que se lo puede reducir, en el sentido en que la polic&iacute;a dice que redujo a un delincuente.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>&nbsp;Ficci&oacute;n dentro de la ficci&oacute;n, artificio dentro del artificio,&nbsp;<em>Amor</em>&nbsp;transcurre en distintas &eacute;pocas y est&aacute; compuesta de muchas voces, pero sobre todo, est&aacute; escrita en registros distintos. Por supuesto que el amor no es el tema de la novela. O, mejor dicho, no es como tema que entra en la novela -y es que los &uacute;nicos lugares donde podr&iacute;a entrar como tema ser&iacute;a en una tesis, en una monograf&iacute;a o en un paper cient&iacute;fico, en la escritura institucionalizada, en la escritura que se pretende abarcativa, resolutiva, estabilizada y normalizada-. El amor, en&nbsp;<em>Amor</em>, entra como problema. Y los distintos tonos pretenden rodear el problema, abrirlo, extraerle un saber que siempre fracasa. No hay saber sobre el amor, por eso se escribe sobre el amor. No hay teor&iacute;a sobre el amor y se escribe, no para saber, sino para no saber, para mantenerlo insabido. &ldquo;No s&eacute; nada del amor, por eso escribo sobre el amor. Pero mi impresi&oacute;n -sigue Becerra- es que es un tema universal de orden secundario. Digamos que es el epifen&oacute;meno del verdadero gran tema universal, el &uacute;nico del que no se sabe nada de nada, y que es el tiempo&rdquo;. El amor, como el coraz&oacute;n:&nbsp;una bomba hecha de carne y de tiempo, una bomba. de tiempo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.&nbsp;</strong><em>Amor</em>&nbsp;comienza en 2123, momento en el que un tal Juan Jos&eacute; Becerra se presenta como compilador de una colecci&oacute;n llamada &ldquo;Historias perdidas&rdquo;. As&iacute; empieza: &ldquo;el amor fue un afecto humano muy extendido hasta las primeras d&eacute;cadas del siglo XXI&rdquo;. A partir de ah&iacute; se intenta rastrear qu&eacute; es eso que llamaban amor en otros tiempos. Y mientras, los lectores asistimos a la escritura de una novela que se llama&nbsp;<em>Otra novela de amor</em>. Y asistimos porque la novela se est&aacute; escribiendo en 2023. Esos rulos del tiempo son parte del asunto. El tiempo de&nbsp;<em>Amor</em>&nbsp;no es el mismo tiempo en el que transcurre el amor. Porque el amor es siempre un poco anacr&oacute;nico.&nbsp;En&nbsp;<em>Fragmentos de un discurso amoroso,</em>&nbsp;Barthes sugiere que lo amoroso es una voz inactual. Esa inactualidad, entiendo, no es solamente puesta ah&iacute; en el sentido de un fuera de tiempo sino, adem&aacute;s, en el sentido de un fuera de lugar. Lo amoroso no s&oacute;lo es lo que viene a desubicar, a desorientar al sujeto, sino &eacute;l mismo el desorientado, el desubicado.&nbsp;No se puede situar -es &aacute;topos-, no se puede fechar. Podemos fechar las relaciones, pero no el amor. &iquest;Cu&aacute;ndo empez&oacute;? &iquest;Cu&aacute;ndo termin&oacute;? &iquest;Cu&aacute;ndo fue que ya no hubo vuelta atr&aacute;s? &iquest;Qui&eacute;n dijo qu&eacute;?&nbsp;El libro escribe tambi&eacute;n eso: la irrupci&oacute;n de Eros como la cifra del destiempo y del desquicio, de la contingencia y del acontecimiento, de la descolocaci&oacute;n y de la sorpresa.&nbsp;Atop&iacute;a podr&iacute;a ser otro de los nombres de Eros, Eros es &aacute;topos, es insituable, inasible, es lo que est&aacute; fuera de lugar; Eros es casi un exotismo, aquello que aparece alejado de un lugar propio, que aparece siempre extra&ntilde;o, extranjero.
    </p><p class="article-text">
        Dice el narrador: &ldquo;no es f&aacute;cil recordar un sue&ntilde;o. Tiene algo de barrer vidrios. Aunque sobrevivan todos los elementos, muere la forma general&rdquo;. Eso tambi&eacute;n es escribir una historia de amor. Vidrios rotos, desencaje del tiempo, discontinuidades y fragmentos dispersos: los materiales con los que el narrador intenta escribir la novela de amor, los materiales con los que se intenta escribir el amor. &ldquo;Un montaje enloquecido&rdquo;, eso es&nbsp;<em>Amor</em>, eso tambi&eacute;n es el amor. Como en otras novelas de Becerra, se trata tambi&eacute;n del tiempo -y de la literatura y de la escritura-, sobre todo de la suspensi&oacute;n del tiempo: &ldquo;les gust&oacute; el suspenso, que es la acumulaci&oacute;n de un deseo espec&iacute;fico: el del que espera que pase lo que tenga que pasar en la medida en que todav&iacute;a no pase&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta especialmente este momento del encuentro amoroso: &ldquo;Las calles volvieron a poblarse y ellos caminaron juntos por primera vez, amoldando sus ritmos personales a un paso com&uacute;n, y no quedaron en nada, lo que abri&oacute; un campo en el que crec&iacute;an en simult&aacute;neo laberintos y desiertos&rdquo;. No quedaron en nada. Y esa nada abri&oacute; un mundo, el mundo que se abre gracias a lo incierto. El amor no necesita un proyecto, el proyecto es otra cosa. Puede haber amor sin proyectos y tambi&eacute;n proyectos sin amor -esto &uacute;ltimo abunda-. Porque Eros&nbsp;no se corresponde con la concreci&oacute;n de nada nombrable.&nbsp;El deseo es siempre deseo de otra cosa.&nbsp;El deseo, dice Jean Luc Nancy,&nbsp;&ldquo;es desear que pase algo, no tener algo&rdquo;.&nbsp;Porque el amor que pone a jugar el deseo no est&aacute; interesado, como sugiere Oscar Masotta, en los objetos que el otro pueda dar, se abastece de nada. Esa nada es la que cifra todo, no como totalidad, sino como una especie de absoluto. Esa nada produce, justamente, el cese de las condiciones. Como si nunca fueran propicias las condiciones cuando el amor se precipita.&nbsp;&nbsp;Marcial, uno de los protagonistas, dice: &ldquo;no estoy hablando de amor rom&aacute;ntico. Eso es literatura de llorones, una moda de retardados...No sirve. Les sirve a los snobs del amor, a los consumistas. Est&aacute; clar&iacute;simo que el romanticismo es producto. Yo hablo de asumir un amor feliz ah&iacute; donde aparece, al margen de las condiciones. Un amor feliz es capaz de suprimir las condiciones en las que brota. `Brota&acute; es, a mi juicio, la palabra correcta para hablar de amor. Y uno est&aacute; obligado a asumir ese brote escap&aacute;ndose de las condiciones (...)&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>No puedo decir mucho m&aacute;s de la novela. Acabo de terminarla, necesito el tiempo en silencio del despu&eacute;s de una buena novela, esas novelas que lo dejan a uno en un estado del que no se quiere salir muy r&aacute;pidamente. Como el amor, la lectura: una cosa es la experiencia y otra es lo que se puede decir de eso. Es una diferencia entre lo que se escribe del amor y &ldquo;la realidad extraviada que lo hizo posible&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        S&oacute;lo pens&eacute; que la literatura que m&aacute;s me gusta es siempre la que, como la de Becerra, hace que la forma y el contenido no puedan escindirse -una novela que se llama&nbsp;<em>Amor</em>&nbsp;y que funciona llevando el artificio al paroxismo, un &ldquo;montaje enloquecido&rdquo;-. Se trata de una literatura que no escatima iron&iacute;as, humor y desparpajo de los cuerpos y del lenguaje. &iquest;Acaso el amor no est&aacute; hecho de todo eso? Y tambi&eacute;n de oscuridad: &ldquo;la &uacute;nica materia del universo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No puedo decir mucho m&aacute;s y entonces me refugio en lo que dice el narrador acerca&nbsp;de uno de los protagonistas de la historia de amor, Marcial: &ldquo;La conclusi&oacute;n a la que lleg&oacute; es que no se puede decir nada. Lo supo toda la vida (...) No sabe qu&eacute; es esto, y nunca lo sabr&aacute;. Este baile que bailamos&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.</strong>&nbsp;Este poema de Cristina Peri Rossi incluido en&nbsp;<em>Detente, instante, eres tan bello</em>, su poes&iacute;a reunida editada por Caballo Negro:
    </p><p class="article-text">
        La pasi&oacute;n
    </p><p class="article-text">
        Salimos del amor
    </p><p class="article-text">
        como de una cat&aacute;strofe a&eacute;rea
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;amos perdido la ropa
    </p><p class="article-text">
        los papeles
    </p><p class="article-text">
        a m&iacute; me faltaba un diente
    </p><p class="article-text">
        y a ti la noci&oacute;n del tiempo
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Era un a&ntilde;o largo como un siglo
    </p><p class="article-text">
        o un siglo corto como un d&iacute;a?
    </p><p class="article-text">
        Por los muebles
    </p><p class="article-text">
        por la casa
    </p><p class="article-text">
        despojos rotos:
    </p><p class="article-text">
        vasos fotos libros deshojados
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;ramos los sobrevivientes
    </p><p class="article-text">
        de un derrumbe
    </p><p class="article-text">
        de un volc&aacute;n
    </p><p class="article-text">
        de las aguas arrebatadas
    </p><p class="article-text">
        Y nos despedimos con la vaga sensaci&oacute;n
    </p><p class="article-text">
        de haber sobrevivido
    </p><p class="article-text">
        aunque no sab&iacute;amos para qu&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Y se entra al amor, como dice Becerra en&nbsp;<em>&iexcl;Felicidades!&nbsp;</em>(Seix Barral), &ldquo;como si se entrara a un edificio incendiado del que ya s&eacute; de antemano que no va a salir nadie vivo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y este poema de Jos&eacute; Sbarra, incluido en&nbsp;<em>El mal amor</em>, de editorial Dagas del sur:
    </p><p class="article-text">
        Siempre olvidamos que
    </p><p class="article-text">
        lanzarnos al amor
    </p><p class="article-text">
        es empezar a construir un recuerdo
    </p><p class="article-text">
        que seguramente ser&aacute; terrible.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.</strong>&nbsp;Hubo, en todas las &eacute;pocas, intentos de clasificar el amor. De codificarlo, de encerrarlo en compartimentos estancos. Cada &eacute;poca escribe su sentido com&uacute;n acerca del amor, sus paradigmas y sus doxas. Por supuesto que cada &eacute;poca dicta c&oacute;mo se debe y no se debe amar, cojer y desear. Cada &eacute;poca determina las formas del amor, las lleva hacia alg&uacute;n lugar e intenta paralizarlo, asediarlo. Pero ni el deseo ni el amor se dejan subsumir del todo en esos mandatos. Deseo y amor son, tambi&eacute;n, nombres de la peque&ntilde;a resistencia que cada uno encuentra para cerrarle un poco la boca vociferante a la &eacute;poca, apagar los ruidos de esas pretendidas verdades que se gritan y que nos aturden. El amor como resistencia se escribe en los peque&ntilde;os intersticios de los silencios, de los tonos bajos que se despliegan en una experiencia; el amor como resistencia es casi inaudito, sin &eacute;pica, sin estridencias. Una experiencia amorosa, esa que no deja ninguna ense&ntilde;anza, que no se acumula como el capital, que no nos hace ahorrar tiempo en la pr&oacute;xima experiencia, que no nos resguarda de equivocarnos.&nbsp;<em>Una</em>&nbsp;experiencia, no&nbsp;<em>la&nbsp;</em>experiencia. El amor no ense&ntilde;a nada, porque no sabe nada.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX.&nbsp;</strong>Me gusta much&iacute;simo&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=74abc8e42f&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este cuento</a>&nbsp;de Mart&iacute;n Kohan (incluido en&nbsp;<em>Cuerpo a tierra</em>, de Eterna Cadencia) que narra el encuentro amoroso entre Fierro y Cruz. Pero, sobre todo, me encanta el t&iacute;tulo:&nbsp;<em>El amor</em>.
    </p><p class="article-text">
        <strong>X.</strong>&nbsp;Termino con un poema de &Aacute;gueda Pereyra incluido en&nbsp;<em>El breve sismo</em>&nbsp;(Modesto Rimba):&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y el amor
    </p><p class="article-text">
        era entonces
    </p><p class="article-text">
        un lugar de enunciaci&oacute;n
    </p><p class="article-text">
        -casi como decir cualquier cosa verdaderamente-.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-amor_132_10154209.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 26 Apr 2023 19:04:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre el amor]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Amor]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre los recuerdos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-recuerdos_132_10059492.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/939bcb49-d1d3-4e99-b39c-52156525ca78_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1621y1337.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre los recuerdos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La autora Alexandra Kohan habla sobre los recuerdos que siempre están ensamblados con los olvidos. </p></div><p class="article-text">
        <em>                                                                                                                                                                                                                                             Para Daniela</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>Cuando pens&eacute; estas notas, creo que primero apuntaba a escribir sobre el olvido, la memoria, el recuerdo. Pero despu&eacute;s not&eacute; que de t&iacute;tulo hab&iacute;a puesto &ldquo;recuerdos&rdquo;, en plural. Y entonces pienso ahora que no es lo mismo delimitar o reflexionar alrededor de la funci&oacute;n del olvido y del recuerdo, que hablar de los recuerdos -en plural-. Porque ahora me interesa menos indagar su funci&oacute;n, que intentar hacer algo con los recuerdos, intentar pensar qu&eacute; es ese algo que hacen los recuerdos. Por supuesto que al final todo est&aacute; ensamblado: olvido, recuerdo, olvidos, recuerdos. Pero al ordenar un poco estas notas, que est&aacute;n primero en un cuaderno desordenadas y orientadas por peque&ntilde;as ocurrencias, necesito precisar un poco m&aacute;s el asunto. Necesito ordenar, despejar, descartar lo que no voy a usar: necesito hacer espacio para que no se me venga todo encima. Ver con qu&eacute; materiales voy a trabajar porque, si no, la cosa es enorme. Me doy cuenta ahora de que exactamente as&iacute; empez&oacute; la idea sobre estas notas: ordenando, despejando, descartando lo que no iba a usar, clasificando y haciendo espacio en mi casa. Resulta que vivo en una casa grande desde hace m&aacute;s de treinta a&ntilde;os, y a lo largo de ese tiempo no s&oacute;lo se juntaron un mont&oacute;n de cosas, sino que esta casa fue un poco el destino de todo eso que mi familia no sab&iacute;a d&oacute;nde guardar. Sobre todo, aunque no s&oacute;lo, mi mam&aacute;, que fue la que m&aacute;s veces se mud&oacute;. En cada mudanza de ella, que adem&aacute;s implicaba una reducci&oacute;n de su espacio, un c&uacute;mulo de cosas ven&iacute;a para ac&aacute;. &iquest;Por qu&eacute; nunca antes dije que no? No lo s&eacute;. Pero ac&aacute; estoy ahora, con los efectos de ese &ldquo;ya basta&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;La cuesti&oacute;n es que de todas las limpiezas que cada tanto hac&iacute;a, me hab&iacute;a quedado una habitaci&oacute;n, con su respectivo placard, llena de cosas. Tan llena que no pod&iacute;a ni pensar en c&oacute;mo empezar a vaciarla. Estaba agobiada y no sab&iacute;a por d&oacute;nde arrancar, hasta que una amiga me coment&oacute; que conoc&iacute;a a alguien que se ocupaba de eso. Fue as&iacute; que la llam&eacute; a Alejandra Rival, con quien despejamos esa habitaci&oacute;n. Se hizo espacio y entonces ocurrieron peque&ntilde;os eventos. Hubo espacio para que pasaran algunas cosas que estaban ah&iacute; medio atascadas, mal guardadas, arrumbadas, pegoteadas. Estas notas son los efectos de haber hecho lugar. Porque sin lugar no hay nada. Porque si est&aacute; todo colmado, no puede pasar nada, todo se vuelve aplastado y aplastante. Porque si todo est&aacute; lleno, s&oacute;lo resta el desborde y los intentos torpes por contenerlo. Por eso creo que se trata tambi&eacute;n de hacer lugar para que el olvido funcione, de hacerle lugar al olvido: ese que a su vez les hace lugar a los recuerdos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>Sabemos lo que la consigna &ldquo;Ni olvido ni perd&oacute;n&rdquo; significa en nuestro pa&iacute;s: una reivindicaci&oacute;n lanzada al Estado a la vez que una resistencia a algunas pol&iacute;ticas de gobiernos cuya ideolog&iacute;a pretendi&oacute; en el pasado -y esa ideolog&iacute;a persiste e insiste hoy- la reconciliaci&oacute;n con los responsables de los secuestros, las torturas y las desapariciones. &ldquo;Ni olvido ni perd&oacute;n&rdquo; es una consigna que se precipita, entonces, como resistencia a cualquier pol&iacute;tica oficial que se muestre dispuesta a olvidarlo todo. A la propuesta del olvido absoluto se resiste por medio de una pretensi&oacute;n ideal de memoria absoluta. Cuando se trata en cambio de la trama subjetiva, los hilos que se entrecruzan y se tejen no son los de la memoria absoluta, los del recuerdo absoluto y no pueden sino contar con el olvido. Ahora bien, se trata al mismo tiempo de dirimir qu&eacute; se hace con la memoria recuperada, porque, como Tzvetan Todorov ha advertido en Los abusos de la memoria: &ldquo;sin duda todos tienen derecho a recuperar su pasado, pero no hay raz&oacute;n para erigir un culto a la memoria por la memoria; sacralizar la memoria es otro modo de hacerla est&eacute;ril&rdquo;, mostrando que hace falta preguntarse &ldquo;&iquest;para qu&eacute; puede servir y con qu&eacute; fin?&rdquo;. De modo que lo que se suscita, se suscita en la tensi&oacute;n misma entre olvido y recuerdo, entre un recuerdo y otro, entre el recuerdo que posibilita el olvido, tanto como el olvido que posibilita el recuerdo. Porque sabemos, con Freud, el modo en que la verdad subjetiva se va a alojar ah&iacute; en los tropiezos del recuerdo, en los desv&iacute;os del relato del sue&ntilde;o, en el fracaso del absoluto recordar. Y que se trata de indagar, sobre todo, esos recuerdos m&aacute;s pr&iacute;stinos. Y porque sabemos con Funes el memorioso de Borges, el modo en que la memoria absoluta y la imposibilidad de olvidar son tambi&eacute;n la imposibilidad de recordar. Porque sin p&eacute;rdida no hay recuerdo. De modo tal que, lejos de velar por una memoria que se erija en sacralidad y, de ese modo, impida el recuerd, lejos de una &eacute;pica de la memoria, se trata m&aacute;s bien del juego que se hace posible jugar en los intersticios entre olvido y memoria.
    </p><p class="article-text">
        Lo que el psicoan&aacute;lisis y la literatura nos ense&ntilde;an es que no habr&aacute; recuerdo de lo que nunca ha sido olvidado, que la memoria no es lo contrario del olvido; que sin olvido lo que cabr&iacute;a es una especie de agobio, de tormento permanente. Porque la imposibilidad de olvidar produce un exceso que conduce a la inhibici&oacute;n, a la paralizaci&oacute;n, a un quedar doblegados por la memoria absoluta. La imposibilidad de olvidar apunta a hacer del pasado un monumento en el extremo opuesto de la vitalidad que puede suscitar el olvido. Para que &ldquo;la rumia del pasado&rdquo;, para que el pasado no insista igual a s&iacute; mismo y no se convierta en lo que Nietzsche llam&oacute; &ldquo;el sepulturero del presente&rdquo;, hace falta el olvido, el olvido es lo que hace falta.&nbsp;Por eso Jean Allouch ha dicho alguna vez: &ldquo;Psicoanalizar es hacer posible el olvido&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.&nbsp;</strong>Subray&eacute; muchas cosas en la autobiograf&iacute;a de Althusser, pero ahora me detengo en esto: &ldquo;cada uno tiene su propio &laquo;despu&eacute;s&raquo; para intentar comprender y soportar lo insoportable&rdquo;. Entre esos &laquo;despu&eacute;s&raquo; se encuentran, seg&uacute;n creo, el an&aacute;lisis, la escritura y el duelo. El olvido tambi&eacute;n puede ser ese despu&eacute;s, y tambi&eacute;n hay un despu&eacute;s del olvido. Ese momento en el que vuelve lo olvidado, o que vuelven los recuerdos que no sab&iacute;amos que ten&iacute;amos. Los que vuelven como in&eacute;ditos, porque vuelven y nosotros ya no estamos ah&iacute; -por eso Barthes dice que las fotos son signos que no cuajan-. No somos esos, pero tampoco somos estrictamente otros: no nos acordamos de ese que fuimos, pero ac&aacute; nos encontramos atajando a ese extra&ntilde;o. Pasa a veces con algunas fotos. No con las que ya conocemos, o las que ya forman parte de nuestra historia, sino con esas que no hab&iacute;amos visto antes, aunque las hayamos visto miles de veces. Las escrutamos hasta encontrar alg&uacute;n detalle en el que podamos reconocernos. Cuando las vemos se produce un verdadero encuentro. Porque, como dice Barthes -siguiendo a Lacan-: &ldquo;Lo que la Fotograf&iacute;a reproduce al infinito &uacute;nicamente ha tenido lugar una s&oacute;la vez:&nbsp;la&nbsp;Fotograf&iacute;a repite mec&aacute;nicamente lo que nunca m&aacute;s podr&aacute; repetirse existencialmente (...), la Fotograf&iacute;a remite siempre al cuerpo que veo, es el Particular absoluto, la Contingencia soberana, mate y elemental, el Tal (...), en resumidas cuentas la Touch&eacute;, la Ocasi&oacute;n, el Encuentro, lo Real en su expresi&oacute;n infatigable&rdquo;. Un encuentro con el extra&ntilde;o que somos, a&uacute;n hoy, para nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.&nbsp;</strong>Un recuerdo que irrumpe involuntariamente, eso tambi&eacute;n es un encuentro. Como en el duelo Porque el duelo tambi&eacute;n es una herida que se abre de golpe y drena recuerdos que no sab&iacute;amos que ten&iacute;amos. Y eso es bello. Es la belleza de lo inaudito.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>Ya lo hab&iacute;a hecho en Vivir entre lenguas, pero me encanta c&oacute;mo Sylvia Molloy dice en Citas de lectura, su autobiograf&iacute;a de lectora, que puede que est&eacute; inventando los detalles de sus recuerdos. Finalmente eso son los recuerdos. No est&aacute;n hechos de otra cosa que de invenciones. Ah&iacute;, y no en otra parte, est&aacute; su verdad.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.</strong>&nbsp;Cuando Mart&iacute;n Kohan escribi&oacute; Me acuerdo dijo: &ldquo;fui notando que tiene que ver menos con un ejercicio de memoria personal, que con un ejercicio de escritura que hace que los recuerdos aparezcan como si le hubiesen sucedido a otro: est&aacute;n objetivados por el efecto de la enumeraci&oacute;n, del inventario, del puro listado&rdquo;, y tambi&eacute;n: &ldquo;Hacer una colecci&oacute;n de recuerdos, pero no ponerse a recordar. Sin esa contenci&oacute;n, la &uacute;nica alternativa ser&iacute;a la de largarse a evocar y a contar mi infancia. No har&iacute;a eso ni loco (...). Todo est&aacute; hecho de olvido&rdquo;, dijo el autor. Y entonces me acord&eacute; de lo que Harald Weinrich ubica en Proust: &ldquo;una po&eacute;tica del recuerdo surgida de las profundidades del olvido&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.</strong>&nbsp;Si alguien sabe limpiar, clasificar, ordenar, despejar, anotar y hacer listas, ese es Georges Perec -cuyo Me acuerdo inspir&oacute; a Kohan-. Hay una secci&oacute;n de su libro Pensar/Clasificar -libro que lleva hasta el paroxismo su procedimiento habitual- que&nbsp;se llama &ldquo;Aforismos&rdquo;. Copio ac&aacute; el listado entero porque no puedo elegir:
    </p><p class="article-text">
        El recuerdo es una enfermedad cuyo remedio es el olvido
    </p><p class="article-text">
        El recuerdo no ser&iacute;a recuerdo si no fuera olvido
    </p><p class="article-text">
        Lo que viene por el recuerdo se va por el olvido
    </p><p class="article-text">
        Los peque&ntilde;os olvidos hacen los grandes recuerdos
    </p><p class="article-text">
        El recuerdo multiplica nuestras penas, el olvido nuestros placeres
    </p><p class="article-text">
        El recuerdo libera del olvido, pero, &iquest;qui&eacute;n nos librar&aacute; del recuerdo?
    </p><p class="article-text">
        La felicidad est&aacute; en el olvido, no en el recuerdo
    </p><p class="article-text">
        Un poco de olvido nos aleja del recuerdo, mucho nos acerca
    </p><p class="article-text">
        El olvido re&uacute;ne a los hombres, el recuerdo los separa
    </p><p class="article-text">
        El recuerdo nos enga&ntilde;a con mayor frecuencia que el olvido
    </p><p class="article-text">
        Etc&eacute;tera.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX.</strong>&nbsp;Entre las cosas que aparecieron en mi casa una vez que hice lugar, hay una nota de una maestra m&iacute;a de ingl&eacute;s de la primaria (antes de los 10 a&ntilde;os, lo s&eacute; porque cambi&eacute; de colegio a esa edad). De esa &eacute;poca y de ese colegio no me acuerdo de casi nada, salvo de dos cosas: perd&iacute; un &aacute;lbum de figuritas mientras todos salt&aacute;bamos al grito de &ldquo;el que no salta es un holand&eacute;s&rdquo; (mundial 1978, ten&iacute;a 7 a&ntilde;os), y de que comenz&oacute; mi miop&iacute;a: un rasgo que me acompa&ntilde;&oacute; toda la vida. Me acuerdo n&iacute;tidamente de c&oacute;mo ve&iacute;a borroso. No me acuerdo ni de la maestra, ni de mis compa&ntilde;eras que firman la hoja, ni de m&iacute; en esa &eacute;poca. Y, menos que menos, de lo que dice la maestra: se refiere a m&iacute; como la que siempre est&aacute; alegre y riendo y haciendo chistes. Chistes, dice: &ldquo;jokes&rdquo;. Lo encuentro en este tiempo en el que estoy especialmente interesada en el humor, aunque siempre lo estuve. Siempre. Pero no sab&iacute;a que hac&iacute;a chistes de tan chica. Tampoco hab&iacute;a visto esa nota antes a pesar de que estuvo siempre ac&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>X.&nbsp;</strong>Tambi&eacute;n aparecieron dos fotos de mi mam&aacute; con una ni&ntilde;a que no reconozco. Sin embargo, la veo igual a Catalina, que a su vez es igual a su madre, mi &iacute;ntima amiga Daniela -la que muchas veces tiene una amorosidad maternal muy parecida a la de mi mam&aacute;: discreta, elegante, pr&aacute;ctica, presente pero a prudente distancia-. &iquest;Qu&eacute; hace mi amiga en brazos de mi mam&aacute; antes de que yo naciera (1969)? No. No debe ser ella. Pero igual le pregunto. Y resulta que s&iacute;, que es ella. Y que ella se acuerda de esa &ldquo;t&iacute;a&rdquo; de los veranos y se la acuerda con mucho amor. Lo m&aacute;s lindo de la historia es que, cuando se conocieron de grandes, sin saber que ya se hab&iacute;an conocido antes, se adoraron -el nombre con el que Daniela conoci&oacute; a mi mam&aacute; era un apodo que no ten&iacute;a en 1969-. Cuando en 2021 nos toc&oacute; esparcir juntas las cenizas de mi mam&aacute; en el r&iacute;o, no sab&iacute;amos nada de todo esto. La noticia de la aparici&oacute;n de la foto fue contada r&aacute;pidamente hacia toda la familia que queda, para ver si pod&iacute;amos reconstruir algo de esa historia. Fuimos haci&eacute;ndolo, un poco. Igual hay muchos enigmas. Pero no necesitamos reconstruir nada. La historia es esta: nuestra amistad es un hallazgo. Una de las cosas m&aacute;s lindas de&nbsp;todo esto la dijo su hermano: &ldquo;&iquest;Viste que Lacan dice que el analista existe en la historia del paciente antes de haberlo conocido? Bueno, Alexandra exist&iacute;a como amiga tuya antes de haber nacido&rdquo;. Escribo estas notas en un escritorio que era de Daniela. Nunca antes hab&iacute;a puesto una foto en el Newsletter.
    </p><p class="article-text">
        Hay, en la elecci&oacute;n de un amigo, de un analista o de cualquier otro amor algo impreciso que se lee en su aire, como si uno dijera -aunque la mayor parte de las veces no se dice porque es inconsciente- &ldquo;tiene un aire familiar&rdquo;. Es un aire familiar, s&iacute;, pero tambi&eacute;n, y sobre todo, ese algo que tiene el otro es un lugar al que siempre se puede&nbsp;volver.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-recuerdos_132_10059492.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Mar 2023 13:37:27 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre el humor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-humor_132_9987876.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f599e336-cf03-4d32-bab3-c6237e94b886_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre el humor"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Alexandra Kohan escribe sobre el humor y se pregunta: “¿Para qué sirve el humor?”. Y termina diciendo: "Quizás el humor sirva para vivir y no querer morir en el intento". </p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La risa tiene algo de inexplicable, tan inexplicable como el mal, tan inexplicable como la intemperie, la estupidez o la genialidad (...). La risa es una reacción inexplicable ante lo inexplicable</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Juan B. Ritvo</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>I. </strong>Me gusta much&iacute;simo el podcast de Adri&aacute;n Lakerman,&nbsp;<a href="https://open.spotify.com/show/0Ak32ax3yFOH7bpBPHPQ6s?si=FK8ibY_ORCid9kkBjKRv1w&amp;nd=1" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Comedia</a>. Me gusta porque pone a los humoristas a pensar qu&eacute; hacen cuando hacen re&iacute;r. Y porque la diversidad de invitados al ciclo da cuenta, no s&oacute;lo de la diversidad del humor, sino tambi&eacute;n de la imposibilidad de definirlo. Como se&ntilde;ala Terry Eagleton: &ldquo;las teor&iacute;as sobre el humor pueden resultar tan &uacute;tiles como las teor&iacute;as sobre la poligamia o la paranoia, siempre que se caractericen por cierta humildad intelectual. Como cualquier hip&oacute;tesis fruct&iacute;fera, tienen que reconocer sus propios l&iacute;mites (...). S&oacute;lo un te&oacute;rico muy insensato podr&iacute;a intentar comprimir todo eso en una f&oacute;rmula. En cualquier caso, el humor no es m&aacute;s enigm&aacute;tico de lo que es la poes&iacute;a&rdquo;. Y si hay algo que habla de los l&iacute;mites a lo total, a lo absoluto, a lo universal, a lo general, eso es el humor. En esas entrevistas de Lakerman se puede escuchar c&oacute;mo el humor pone en escena los l&iacute;mites sobre los cuales se lo hace. No habr&iacute;a humor si no existiera la conciencia de la muerte, acaso por eso los animales no hacen humor, acaso por eso no r&iacute;en. La &uacute;ltima pregunta que les hace Adri&aacute;n Lakerman a los invitados me resulta fundamental. La pregunta es: &ldquo;&iquest;Para qu&eacute; sirve el humor?&rdquo;. No escuch&eacute; todos los episodios, pero de los que escuch&eacute; la mayor&iacute;a responde, como primera respuesta, &ldquo;para vivir&rdquo;. Y luego despliegan un poco m&aacute;s. Tute y Santiago Korovsky coinciden en que es un mecanismo de defensa, en que es una manera de subrayar ciertos aspectos de la realidad, y en que sirve para explicar un poco el mundo. Por su parte, Pilar Gamboa y Marina Bellati hablan del milagro de hacer re&iacute;r y de poder re&iacute;rse con otro de una misma cosa. Me gusta cuando Pilar Gamboa dice que la parodia es humor sin riesgo y que, en cambio, no detestar al personaje detestable que se est&aacute; haciendo implica un riesgo. Est&aacute; hablando particularmente de Carli, el personaje que hace, con un talento impresionante, en Petr&oacute;leo -pueden leer la entrevista que le hizo Agustina Larrea&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=c866ee7d11&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ac&aacute;</a>-. La &uacute;ltima frase de Marina Bellati acaso sea la m&aacute;s freudiana, dice &ldquo;el humor sirve para colar verdades bien coladas&rdquo;. Si hay una verdad en el chiste, no se encuentra en lo que se dice, sino en la enunciaci&oacute;n. Y es ah&iacute;, en esa enunciaci&oacute;n, que una verdad pasa. Pasa como pasa por una aduana algo de contrabando; una verdad traficada, colada, sorteando la censura, fisur&aacute;ndola un poco. Es la chispa creadora que hace pasar lo que hasta ah&iacute; era inadmisible. Se produce un resquicio en la lengua por donde pasa un sentido nuevo, un sentido verdadero, un sentido que toca lo singular, que lo rasga con el filo de la agudeza y produce, sorpresivamente, una verdad que acontece y que no puede existir sino de manera fragmentaria.&nbsp;Por eso Lacan utiliza el t&eacute;rmino &agrave; c&ocirc;t&eacute;, que en franc&eacute;s no s&oacute;lo quiere decir al lado, sino adem&aacute;s un poco chanfleado, errado, erradamente, como el inconsciente. &ldquo;Se entiende por qu&eacute; siempre ser&aacute; entonces necesario introducirse en la investigaci&oacute;n de las formaciones del inconsciente a trav&eacute;s del&nbsp;Wit<em>z</em>&rdquo;, dice Oscar Masotta.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong> La palabra alemana&nbsp;W<em>itz </em>&nbsp;no se corresponde con la palabra espa&ntilde;ola &ldquo;chiste&rdquo;, sino que en alem&aacute;n incluye la idea de gracia, de ingenio, de agudeza, de ocurrencia. Ha sido insistentemente problematizado por el Romanticismo alem&aacute;n, especialmente por Friedrich Schlegel. &ldquo;Comparte su ra&iacute;z con el t&eacute;rmino ingl&eacute;s wit, que significa inteligencia o agudeza; se refiere a la capacidad de producir un efecto placentero al combinar y contrastar inesperadamente ideas o expresiones, previamente inconexas&rdquo;. No es posible, sin embargo, definirlo de manera un&iacute;voca. Esta imposibilidad radica en la esencia misma del Witz, ah&iacute; donde se trata de una chispa, un instante, un salto, una ocurrencia, algo que &ldquo;lo invade a uno&rdquo;. Este es, quiz&aacute;s, uno de los rasgos fundamentales que aparecer&aacute; en lo que a la relaci&oacute;n del inconsciente y el&nbsp;Witz&nbsp;se refiere. Porque muestra, de entrada, el modo en que no se trata de algo voluntario, de algo consciente, de algo que pueda ser premeditado. Se trata de un hallazgo, algo que acontece, que no estaba, que ocurre, es el &ldquo;colorido mont&oacute;n de ocurrencias&rdquo; que se suspenden, por un instante, en lo que Freud llam&oacute; (siguiendo sus lecturas) &ldquo;desconcierto e iluminaci&oacute;n&rdquo;. En el romanticismo se subraya su potencia creadora, su car&aacute;cter sorpresivo, su poder de sintetizar pensamientos. Es ef&iacute;mero, es moment&aacute;neo. Lo moment&aacute;neo alude al devenir constante; el&nbsp;Witz&nbsp;nombra ese devenir y en ese devenir, resulta imposible atraparlo de manera puramente conceptual. En el&nbsp;Witz&nbsp;algo se produce para inmediatamente perderse de nuevo; hay algo divino, un instante m&iacute;stico. El Witz es, antes que nada, ocurrencia: &ldquo;por lo cual el hallazgo es menos hallado que recibido&rdquo;, seg&uacute;n dicen Lacoue-Labarthe y Nancy. El&nbsp;Witz&nbsp;es as&iacute; la marca de lo ineluctable, de lo ineludible; es lo que rebasa cualquier intenci&oacute;n del individuo. El&nbsp;Witz&nbsp;es liberador en el sentido en el que los rom&aacute;nticos alemanes se&ntilde;alaban: &ldquo;explosi&oacute;n de esp&iacute;ritu contenido&rdquo;, &ldquo;desestabilizaci&oacute;n del esp&iacute;ritu&rdquo;, &ldquo;genialidad fragmentaria&rdquo;. Contra la masa agobiante y total de la solemnidad, el respiro de lo fragmentario y de lo ef&iacute;mero.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.</strong> &ldquo;La poes&iacute;a no sirve para nada&rdquo;, dice Mirta Rosenberg; &ldquo;Porque el amor no sirve para nada&rdquo;, dice Jacques Lacan. Pero el humor, s&iacute; -Bimbo quiso ensayar que por suerte no serv&iacute;a para nada, pero termin&oacute; diciendo que sirve para sobrevivir-. Y es que sirve, no en el sentido de lo utilitario y de lo mercantil, sino como resistencia a eso mismo. Anne Dufourmantelle dice: &ldquo;re&iacute;r es un riesgo. So&ntilde;ar tambi&eacute;n. Se puede so&ntilde;ar y re&iacute;r de todo, y esto tambi&eacute;n es lo escandaloso del asunto: el humor no es un camino autorizado, y cuando es prohibido es en nombre de todas aquellas buenas razones que se pueden encontrar para instalar censuras cada vez m&aacute;s sutiles&rdquo;. Acaso por eso Roland Barthes nos recuerda que, para Georges Bataille, lo opuesto al pudor no es la libertad sexual, sino la risa. Esa risa que viene a testimoniar la ca&iacute;da de lo que se nos viene encima. Contempor&aacute;neamente a Freud, Karl Kraus tambi&eacute;n hab&iacute;a reparado en el paralelismo existente entre erotismo y chiste, diciendo que ambos nacen de una inhibici&oacute;n que act&uacute;a como un dique. En definitiva: la risa hace que la solemnidad del cuerpo inhibido fracase un poco, se tropiece y salga del pudor y del poder, al menos por un rato. Se trata entonces de hacer del cuerpo algo susceptible de ser agujereado, como el tiempo, como el saber. Sin risas solo nos quedan el terror y el poder, sin la posibilidad de resistir. Si el poder, como dice Dufourmantelle, &ldquo;necesita solemnidad para ejercerse&rdquo;, la risa -no buscada, sino hallada- es su contrapoder.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong> Maitena tambi&eacute;n fue invitada al ciclo Comedia y repar&oacute; en la diferencia entre el humor de otros tiempos y lo que muchas veces se hace ahora: la bajada de l&iacute;nea. Y su respuesta a la pregunta de para qu&eacute; sirve el humor fue la siguiente: &ldquo;Queneau dec&iacute;a que el humor es una tentativa de limpiar de estupideces a los grandes sentimientos&rdquo;. Y entonces pienso en el tiempo dedicado por Lacan a una historieta que le cont&oacute; Queneau y que est&aacute; en el Seminario 5 dedicado, sobre todo, al chiste. Y pienso en la &eacute;poca en la que le&iacute;a esa historia y no me causaba gracia. Como se dice, &ldquo;no ca&iacute;a&rdquo;. Quiz&aacute;s porque era una &eacute;poca de demasiada inhibici&oacute;n y yo no estaba entonces demasiado dispuesta a que cayera algo de la imagen- supongo, no s&eacute;. Un d&iacute;a, s&uacute;bitamente, me empec&eacute; a re&iacute;r a carcajadas. Y esa carcajada fue el testimonio de que la que hab&iacute;a ca&iacute;do, ahora, era la inhibici&oacute;n. Adem&aacute;s me encontr&eacute; con que me sigue dando risa incluso sabiendo c&oacute;mo termina. Puedo leerla miles de veces y las miles de veces re&iacute;r.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong> Diego Capusotto, en el mismo ciclo,&nbsp;dice que se hace humor tambi&eacute;n para desmantelar las certezas que uno mismo tiene. Incluso como reacci&oacute;n, por miedo a la finitud, a la enfermedad, a la muerte, a eso que uno sabe que termina mal (la vida misma). Y agrega que con el humor se le da la espalda a la tragedia. No hay humor, sino con el fondo de la muerte y de la repetici&oacute;n como cosas ineluctables. Por eso es tan perfecto uno de los ep&iacute;grafes -el de Romain Gary- con el que Delphine Horvilleur comienza su libro&nbsp;Vivir con nue<em>stros muertos</em>, editado por Libros del Asteroide, que dice: &ldquo;En el fondo, si no existiera la muerte, la vida perder&iacute;a su car&aacute;cter c&oacute;mico&rdquo;. Es lo que de alguna manera subraya Jean Allouch: que si lo c&oacute;mico es superior a lo tr&aacute;gico, es porque en lo c&oacute;mico queda disuelta la eficacia del terror. En definitiva, el registro c&oacute;mico hace caer el valor tr&aacute;gico. No es voluntario, como tampoco son voluntarias las risas. Por eso la ilusi&oacute;n de que podemos controlar y definir de qu&eacute; nos podemos re&iacute;r y de qu&eacute; no nos podemos re&iacute;r es solamente parte de una moral.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI. </strong>Y un d&iacute;a me encontr&eacute; pensando que mi libro preferido de todo el psicoan&aacute;lisis es&nbsp;El chiste y<em> su relaci&oacute;n con lo inconsciente</em>, de Sigmund Freud. El libro combina perfectamente las consideraciones te&oacute;ricas acerca del chiste, de lo c&oacute;mico y del humor -que no son estrictamente lo mismo-, con much&iacute;simos chistes en general y chistes jud&iacute;os en particular -quiz&aacute;s habr&iacute;a que decir que &ldquo;chiste jud&iacute;o&rdquo; es una especie de pleonasmo-. De modo tal que en la lectura no faltan las carcajadas. En ese sentido, el libro es absolutamente placentero y as&iacute; resulta tambi&eacute;n un libro perform&aacute;tico: hace lo que dice; como el chiste, produce una ganancia de placer. Porque de lo que se ocupa Freud es de mostrar c&oacute;mo el chiste, que es un fen&oacute;meno social -que incluye la iron&iacute;a, la ocurrencia, la agudeza, el ingenio, etc.-, produce la disoluci&oacute;n de las inhibiciones, la ca&iacute;da de esa autoridad del otro que aplasta y oprime; de c&oacute;mo implica una resistencia al poder -he ah&iacute; su dimensi&oacute;n pol&iacute;tica-; de c&oacute;mo con el chiste se puede hacer tope a la crueldad, esa crueldad ineluctable que emerge y circula, sin pudor y sin temblor, por todos lados (empezando por la crueldad del Superyo). En definitiva: la risa es la cifra del placer que se obtiene por el &ldquo;gasto de inhibici&oacute;n ahorrado&rdquo;. Y a la vez, se trata de &ldquo;la recuperada risa infantil perdida&rdquo;. Esa risa infantil que fue reprimida por la cultura y la educaci&oacute;n. La risa: ese cateterismo que destapa todos los canales obturados por el deber ser, la civilidad y las buenas costumbres. El libro de Freud sobre el chiste es, antes que nada, un tratado sobre las inhibiciones impl&iacute;citas y expl&iacute;citas de la vida social, pero, adem&aacute;s, sobre el ingenio como recurso del que dispone el lenguaje para ir m&aacute;s all&aacute; de ellas. La risa opera sobre ese entramado de inhibiciones y opresiones. El procedimiento de la comedia muta el displacer en placer y &ldquo;figura una revuelta contra la autoridad, un liberarse de la presi&oacute;n que ella ejerce&rdquo;, como dice Freud. Las consecuencias, claro, se producen en el cuerpo, porque el tropiezo en la lengua hace tropezar un cuerpo, lo hace caer;&nbsp;el cuerpo sostenido en una identificaci&oacute;n agobiante es tocado. Por eso me gusta tanto la indicaci&oacute;n de Lacan a los psicoanalistas: &ldquo;ser&iacute;a conveniente que dedicaran un poco de tiempo a meter la nariz en Arist&oacute;fanes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII. </strong>Parece que Freud mismo hab&iacute;a considerado su libro sobre el chiste en un &ldquo;lugar aparte&rdquo; respecto de los dem&aacute;s escritos. Dijo: &ldquo;me distrajo un poco de mi camino&rdquo;, &ldquo;fue una digresi&oacute;n&rdquo;, etc. Desde la Po&eacute;tica de Arist&oacute;teles sabemos que la comedia siempre habita en los m&aacute;rgenes, en la periferia; lo c&oacute;mico escribe ese margen sin el cual no podr&iacute;a leerse ni escribirse nada. Hace falta ese margen, ese desv&iacute;o, esa digresi&oacute;n, para poder seguir en el camino. Quiz&aacute;s el humor sirva para vivir y no querer morir en el intento.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-humor_132_9987876.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Feb 2023 14:48:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre el humor]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Humor]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre los finales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-finales_132_9879152.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5e7d375b-9f5c-4ffc-bb05-c73f63488767_16-9-discover-aspect-ratio_default_1064688.jpg" width="648" height="364" alt="Notas sobre los finales"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Alexandra Kohan escribe sobre los finales de una relación, de una película, de un libro, de un trabajo, de las vacaciones... y también escribe de desamor. </p></div><p class="article-text">
        <em>                                                                                                                                                                                           No tenemos un lenguaje para los finales.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>                                                                                                                                                                                                                                       Roberto Juarroz</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>&nbsp;Cuando pens&eacute; en esta edici&oacute;n del Newsletter, pens&eacute; en escribir sobre el desamor. Entonces, como estoy de vacaciones -tuve que anticiparme-, me traje algunos libros que hab&iacute;a le&iacute;do y que, podr&iacute;a decirse, tratan sobre eso. Pero algo intercept&oacute; esa idea, algo la desvi&oacute; hacia el asunto sobre el que estoy escribiendo ahora: los finales. No s&eacute; bien qu&eacute; fue, no podr&iacute;a precisarlo. Pero supongo que fue algo que le&iacute; -esta edici&oacute;n de&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=6bbd88dea6&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mil Lianas</a>&nbsp;seguramente est&aacute; incluida en eso que le&iacute;- o que escuch&eacute; en alguna canci&oacute;n. Es que as&iacute; surgen los asuntos del Newsletter: a partir de la ocurrencia chiquita, ef&iacute;mera, disipable. Suele ser algo que me encuentro pensando cuando no estoy pensando en nada en particular -exactamente como la atenci&oacute;n flotante, por eso le puse ese nombre al Newsletter-. Pero una vez que aparece esa ocurrencia, aparecen las dem&aacute;s, las notas, los hilos de los que tirar. Por eso no funciona cuando pretendo anticiparlo. Las notas s&oacute;lo funcionan en la medida en que no s&eacute; lo que voy a escribir, en la medida en que no se trata de un &ldquo;tema&rdquo;. O es un tema en el sentido en que Nathalie L&eacute;ger lo dice seg&uacute;n lo subraya Mercedes Halfon en su precioso y sutil pr&oacute;logo a&nbsp;<em>En busca del cielo</em>&nbsp;-editado por Chai-: &ldquo;Un buen tema siempre te toma por sorpresa, te arrastra&rdquo; y &ldquo;Una no escoge el tema, el tema te escoge a ti&rdquo;. Y un poco m&aacute;s adelante: &ldquo;<em>El tema es simplemente el nombre de lo que no es posible decir</em>&rdquo;. Y es que es un libro sobre p&eacute;rdidas, finales. Mercedes Halfon tambi&eacute;n se detiene en el asunto cuando dice: &ldquo;decimos final pero no hay un final, una conclusi&oacute;n, un cierre, sino m&aacute;s bien un punto de lo que en el t&iacute;tulo ella llama b&uacute;squeda. A partir de aqu&iacute; y como en todo texto que valga la pena, se inician nuevos itinerarios, esta vez propios, que la lectura habilita&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;La cosa es que ahora pienso que escribir sobre el desamor iba a ser un poco acotado, porque es una figura demasiado singular. En cambio, los finales incluyen el desamor, aunque tambi&eacute;n lo exceden. No todo final es un desamor. Y adem&aacute;s hay finales, en plural. Lo dice as&iacute; Raquel San Mart&iacute;n en&nbsp;<em>Un a&ntilde;o sin amor</em>&nbsp;-editado por P&aacute;nico el p&aacute;nico-:
    </p><p class="article-text">
        <strong>30.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hace un tiempo tuve
    </p><p class="article-text">
        una vida que se hizo pedazos
    </p><p class="article-text">
        contra el piso.
    </p><p class="article-text">
        Tuve otra que se desti&ntilde;&oacute;
    </p><p class="article-text">
        despacio
    </p><p class="article-text">
        a la intemperie. Y otra m&aacute;s que quise
    </p><p class="article-text">
        y que abandon&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.</strong>&nbsp;Desde hace varios a&ntilde;os veraneo en el mismo lugar, en la misma casa. Una casa que encontramos un poco de casualidad -como estos asuntos- y que luego elegimos a&ntilde;o tras a&ntilde;o -me doy cuenta ahora de que el a&ntilde;o pasado escrib&iacute; sobre&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=820c32c133&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este lugar</a>-. Llegar ac&aacute; es, para m&iacute;, la felicidad instant&aacute;nea, s&uacute;bita, involuntaria. No tengo felicidad, sino que la felicidad&nbsp;<em>me pasa</em>. A m&iacute; me gusta mucho la vida que tengo durante el a&ntilde;o. Pero lo que siento ac&aacute; no me pasa en ning&uacute;n otro lado, en ninguna otra circunstancia. Y entonces todos los a&ntilde;os me pasa tambi&eacute;n que este tiempo ac&aacute; -que es bastante- llega a su fin. Para mi gusto, pienso demasiado pronto en ese final. Lo empiezo a anticipar, me pongo mal varios d&iacute;as antes, tengo que hacer un esfuerzo para olvidarme del tiempo que resta. Ese final no es s&oacute;lo el final de las vacaciones, implica que otra vez me invada la incertidumbre de si voy a poder volver a este lugar al a&ntilde;o siguiente. Es un lugar al que no quiero dejar de volver, al que siempre quiero volver y sin embargo, s&eacute; que no puede ser ni eterno ni definitivo -como casi todo-. Me abruma un poco la idea de no saber si cada vez es la &uacute;ltima vez -porque casi nunca sabemos cu&aacute;ndo es la &uacute;ltima vez de nada-. Me abruma menos el final que la inminencia del final. Entonces me acuerdo de&nbsp;<em>La transitoriedad</em>, un texto que Freud escribi&oacute; en 1915 -en plena guerra-, y que adem&aacute;s lleva el germen de sus nociones alrededor del duelo. Freud sale a caminar por la campi&ntilde;a en pleno verano con un poeta y un joven taciturno. Dice Freud: &ldquo;El poeta admiraba la hermosura de la naturaleza que nos circundaba, pero sin regocijarse con ella. Lo preocupaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a desaparecer, que en el invierno morir&iacute;a, como toda belleza humana y todo lo hermoso y lo noble que los hombres crearon o podr&iacute;an crear. Todo eso que de lo contrario habr&iacute;a amado y admirado le parec&iacute;a carente de valor por la transitoriedad a que estaba condenado&rdquo;. Freud dice que de la caducidad de lo bello y lo perfecto se derivan dos mociones del alma: la del poeta y su hast&iacute;o del mundo, y la revuelta contra la facticidad de lo perecedero: algo as&iacute; como un optimismo un tanto negador -no puede ser que esto se termine y se diluya en la nada-. Freud, en cambio, tiene una posici&oacute;n que supera la dicotom&iacute;a pesimismo/optimismo. Dice: &ldquo;le discut&iacute; al poeta pesimista que la transitoriedad de lo bello conllevara su desvalorizaci&oacute;n. &iexcl;Al contrario, un aumento del valor! El valor de la transitoriedad es el de la escasez en el tiempo. La restricci&oacute;n en la posibilidad del goce lo torna m&aacute;s apreciable. Declar&eacute; incomprensible que la idea de la transitoriedad de lo bello hubiera de empa&ntilde;arnos su regocijo&rdquo;. No hay belleza ni goce, sino en la medida en que no son ni absolutos ni eternos. No hay belleza ni goce, sino en la medida en que est&aacute;n bajo la &eacute;gida de la transitoriedad. No hay placer ni felicidad sin alternancia. Y sin finales, tampoco habr&iacute;a humor. Por eso es tan perfecto uno de los ep&iacute;grafes -el de Romain Gary- con el que Delphine Horvilleur comienza su libro&nbsp;<em>Vivir con nuestros muertos</em>, editado por Libros del Asteroide, que dice: &ldquo;En el fondo, si no existiera la muerte, la vida perder&iacute;a su car&aacute;cter c&oacute;mico&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>&nbsp;Ricardo Piglia dijo alguna vez que la literatura y el cine tienen finales limpios, puros; la vida, en cambio, no. En la vida, &ldquo;los finales son imperceptibles o son confusos. Uno se da cuenta despu&eacute;s de que algo ha terminado o sufre el final como algo incomprensible&rdquo;. La ficci&oacute;n tiene esa posibilidad: cortar limpiamente, sin enchastres, sin empastamientos, sin superposiciones. Corte. &iquest;Acaso las ficciones no est&aacute;n hechas as&iacute;? &iquest;De montajes, de cortes? El corte limpio, el corte limpia, desmaleza la espesa selva de lo real y deja paso a otra cosa. Mientras que en la vida los cortes no son as&iacute;. Los finales, en la vida, nunca se producen en el mismo momento en que el director grita &ldquo;corte&rdquo;. Se producen antes, mucho antes, o despu&eacute;s, mucho despu&eacute;s. Est&aacute;n un poco desfasados, desencajados, desquiciados.&nbsp;<em>Time is out of joint</em>&nbsp;-como en un duelo-. &iquest;Qu&eacute; viene primero? &iquest;La decisi&oacute;n del final o el final? No lo s&eacute; y hasta me parece una pregunta un poco tonta. Pero creo que algunos finales no pueden anticiparse, mientras que otros estaban escritos desde el comienzo y resultan ineluctables. Los finales son siempre un poco sorpresivos por eso, porque una cosa es dar por terminado algo y otra, muy distinta, es que esa terminaci&oacute;n, ese final se haga carne, se haga acto, se haga marca. A veces el final irrumpe inesperadamente y entonces se puede leer, como final, s&oacute;lo retroactivamente. Todo final implica un corte. Un final es corte, ausencia y olvido: &ldquo;Son p&eacute;rdidas que escanden, escinden la experiencia&rdquo;, dice Piglia. A veces el final se presenta al mismo tiempo que la posibilidad de perder algo que antes se cre&iacute;a especialmente valioso. Los finales tambi&eacute;n llegan, a veces, con la p&eacute;rdida del valor que algo ten&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;Dice Piglia: &ldquo;Para evitar enfrentarnos con este lenguaje imposible (que es el lenguaje que utilizan los poetas) en la vida se practican los finales establecidos. Los horarios entre los que nos movemos cortan el flujo de la experiencia, definen las duraciones permitidas. Los cincuenta minutos de Freud son un ejemplo de ese tipo de finales. La literatura en cambio trabaja la ilusi&oacute;n de un final sorprendente, que parece llegar cuando nadie lo espera para cortar el circuito infinito de la narraci&oacute;n, pero que sin embargo ya existe, invisible, en el coraz&oacute;n de la historia que se cuenta&rdquo;. Cuando Lacan cuestion&oacute; el dogma de la instituci&oacute;n psicoanal&iacute;tica, subray&oacute;, entre otras cosas, la duraci&oacute;n que se prescrib&iacute;a para una sesi&oacute;n. Los cincuenta minutos preestablecidos eran absolutamente incompatibles con la noci&oacute;n de inconsciente en la l&oacute;gica del acontecimiento, de la sorpresa. Si al inconsciente lo asediamos con la ortopedia de la cronolog&iacute;a, impedimos, justamente, la sorpresa, lo inesperado. Una sesi&oacute;n llega a su final, no por el tiempo transcurrido cronol&oacute;gicamente -aunque a veces puede suceder que s&iacute;, que es por el tiempo, o por el timbre del siguiente paciente-, sino por un tipo de corte que no se rige por el tiempo. Y quiz&aacute;s, podr&iacute;amos tirar m&aacute;s del hilo y decir, con&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=5472116aa1&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Florencia Angilletta</a>, que &ldquo;todo empieza en un corte. El tiempo, m&aacute;s. El tiempo solo existe cuando lo cortamos&rdquo;. Las cosas terminan porque hay corte pero, sobre todo, pueden empezar porque hay corte. A lo que se opuso Lacan es a la estandarizaci&oacute;n del tiempo de las sesiones. La sorpresa s&oacute;lo puede acontecer en la medida en que no se la espera. Ese corte no puede anticiparse. Lo inesperado como lo otro de lo establecido. Un an&aacute;lisis no es una ficci&oacute;n, pero s&iacute; implica una narraci&oacute;n, una verdad hecha a la manera de un montaje. Por eso lo que dice Piglia del final de las narraciones, podr&iacute;amos decirlo de una sesi&oacute;n, de un an&aacute;lisis.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong>&nbsp;De las ficciones que valen poco -seg&uacute;n ciertos par&aacute;metros algo elitistas- se dice que tienen finales felices.&nbsp;<em>Happy ending&nbsp;</em>es la cifra de todo un g&eacute;nero y de una ideolog&iacute;a tambi&eacute;n. El g&eacute;nero que da por finalizada una narraci&oacute;n eternizando la felicidad. Una par&aacute;lisis, un congelamiento de la imagen. El&nbsp;<em>happy ending</em>&nbsp;es el artificio llevado al paroxismo. Por eso siempre me gust&oacute; el procedimiento de Fran&ccedil;ois Ozon en la pel&iacute;cula&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=df2daf1e75&amp;e=3d23593773" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">5 x 2 (Cinq fois deux)</a>&nbsp;(que se tradujo como&nbsp;<em>Vida en pareja</em>). Relata la historia de un matrimonio que termina, y lo relata en 5 escenas de esa vida. Pero el detalle es que la pel&iacute;cula empieza con el divorcio y va hacia atr&aacute;s, y a medida que transcurre la pareja es cada vez m&aacute;s feliz. De modo tal que la pel&iacute;cula termina felizmente. Uno sabe que la pareja termina, pero el final no deja de ser feliz y, por eso mismo, por el procedimiento de Ozon, es un final desgarrador. Como si la pel&iacute;cula, adem&aacute;s de narrar el final de una pareja, narrara lo que hay despu&eacute;s del final de una pareja: los recuerdos, los pocos, los cinco, esos que resultan las escansiones de una vida entera. &ldquo;Hablamos de empezar, pero entre el final y el principio ya ni sabemos cu&aacute;l elegir&rdquo;, escribe Nathalie L&eacute;ger.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Es de noche
    </p><p class="article-text">
        no vas a volver,
    </p><p class="article-text">
        los o&iacute;dos siguen escuchando
    </p><p class="article-text">
        nuestra canci&oacute;n vieja
    </p><p class="article-text">
        y los ojos flotan por esta casa
    </p><p class="article-text">
        en la que dormimos juntos.
    </p><p class="article-text">
        Esta tarde vi hombres y mujeres
    </p><p class="article-text">
        que no eran vos
    </p><p class="article-text">
        movi&eacute;ndose por las calles del centro
    </p><p class="article-text">
        y pens&eacute;
    </p><p class="article-text">
        que aunque sea tenemos un cuerpo,
    </p><p class="article-text">
        pero despu&eacute;s me desconoc&iacute;
    </p><p class="article-text">
        en el reflejo de una vidriera y supe
    </p><p class="article-text">
        que los cuerpos ascienden
    </p><p class="article-text">
        para seguir la curva de su ca&iacute;da,
    </p><p class="article-text">
        buscan volver
    </p><p class="article-text">
        como todas las cosas a la tierra.
    </p><p class="article-text">
        Me apoyo sobre mis piernas
    </p><p class="article-text">
        y me levanto: voy a llegar
    </p><p class="article-text">
        hasta mi cama
    </p><p class="article-text">
        para intentar dormir
    </p><p class="article-text">
        y dejar de pelear
    </p><p class="article-text">
        contra el ansia del amor
    </p><p class="article-text">
        Unos versos del poema&nbsp;<em>Tengo fe en ser fuerte</em>, de Santiago Venturini, incluido en&nbsp;<em>Una forma de llegar al futuro</em>, editado por Gog &amp; Magog.
    </p><p class="article-text">
        Al final, tambi&eacute;n escrib&iacute; sobre el desamor.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-finales_132_9879152.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 19 Jan 2023 15:16:39 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre los rituales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-rituales_132_9794156.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9ab55682-17a8-4d11-8236-5276d4841e16_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre los rituales"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Alexandra Kohan escribe sobre los rituales: desde moler el café por la mañana hasta los ritos funerarios.</p></div><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>&nbsp;Hace un tiempo, en una conversaci&oacute;n,&nbsp;Agustina Larrea -que cada viernes nos dona&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=b959febe7b&amp;e=37d0daae1a" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">mil lianas</a>- me dijo que ser&iacute;a lindo que escriba sobre los rituales. Lo tom&eacute; en cuenta y adem&aacute;s recuerdo que me caus&oacute; una sensaci&oacute;n grata -entonces empec&eacute;, como hago siempre, a tomar notas-. S&oacute;lo que, puesta a escribir, me pregunt&eacute; a prop&oacute;sito de qu&eacute; me hab&iacute;a hecho esa sugerencia y me di cuenta de que no lo recordaba. Se lo pregunt&eacute; y ella se refiri&oacute; a la vez que le cont&eacute; que con mi mam&aacute; ten&iacute;amos un bar al que iban casi siempre las mismas personas. Yo le hab&iacute;a contado que mi mam&aacute; ya sab&iacute;a lo que iban a desayunar los clientes y, casi sin mediar palabra, les serv&iacute;a lo que quer&iacute;an. No era solamente el qu&eacute; iban a consumir, sino el c&oacute;mo de cada cosa -el caf&eacute; fuerte o liviano, m&aacute;s leche que caf&eacute;, corto o largo, en jarrito o en pocillo, doble o largo, por ejemplo-. Ella se ocupaba de las particularidades de cada uno y cada uno pod&iacute;a ser recibido en su particularidad. Ella ya ten&iacute;a el bar hac&iacute;a a&ntilde;os cuando empec&eacute; a trabajar ah&iacute; y entonces aprend&iacute; su manera de recibir y de prestar atenci&oacute;n a lo que cada qui&eacute;n prefer&iacute;a -ese era un rasgo propio del lugar, pero tambi&eacute;n un rasgo de mi mam&aacute; fuera de ah&iacute;-. &ldquo;Parroquianos&rdquo; se dice en criollo; &ldquo;<em>habitu&eacute;s</em>'' en lo que de afrancesados actuamos. La parroquia, lo habitual: los rituales. Las ciudades se est&aacute;n volviendo cada vez m&aacute;s impersonales y eso se nota much&iacute;simo en los bares. Uno quiz&aacute;s mantenga sus preferencias, pero son pocos los lugares en donde somos recibidos con ellas. La ciudad se llen&oacute; de caf&eacute;s de especialidad, pero esa especialidad arrasa con lo especial que tenemos cada uno de nosotros. Uno ah&iacute; toma el caf&eacute; que quiere el otro, no el que quiere uno.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.&nbsp;</strong>Todas las ma&ntilde;anas muelo el caf&eacute; antes de prepararlo. Es una costumbre que aprend&iacute; de mis padres, para quienes el buen caf&eacute; era fundamental. Aprend&iacute; desde muy chica a hacerlo de esa manera y eleg&iacute; mantener la costumbre. Y entonces ahora no s&eacute; bien qu&eacute; ser&iacute;a una costumbre y qu&eacute; ser&iacute;a un ritual. Porque hacer las cosas por costumbre es m&aacute;s bien dejarse llevar por la inercia, pero ciertos rituales tienen m&aacute;s que ver con la fiesta. Y entonces pienso si no es cuando una costumbre encuentra su ceremonia que se vuelve ritual. Porque adem&aacute;s, la ceremonia, como dice Roland Barthes, &ldquo;protege como una&nbsp;casa: algo que permite habitar el sentimiento&rdquo;. No es que tenga la costumbre de moler el caf&eacute; todas las ma&ntilde;anas, sino que elijo esa manera porque es la manera de mis padres, es la manera de que no todo se pierda ah&iacute; donde todo se perdi&oacute;, donde todo ya pas&oacute;. No lo sab&iacute;a hasta que me puse a escribir estas notas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>Durante much&iacute;simos a&ntilde;os -m&aacute;s de treinta-, compr&eacute; el caf&eacute; en grano en donde lo compr&aacute;bamos para el bar (ah&iacute; tambi&eacute;n lo compraban mis padres). Lo compr&eacute; hasta hace muy poco. Recientemente, alguien me mencion&oacute; otro lugar y entonces cambi&eacute;. No es que no supiera que hab&iacute;a otros lugares, pero fue ahora y no antes que pude cambiar de sitio; fue ahora y no antes que pude introducir una peque&ntilde;a modificaci&oacute;n en la ceremonia del caf&eacute; familiar. Fue ahora y no antes que pude dejar de repetir, dir&iacute;a que algo retentivamente, un ritual que quiz&aacute;s se estaba volviendo un tanto melanc&oacute;lico. Me da alegr&iacute;a ir al nuevo lugar, es la alegr&iacute;a de haber agujereado un poquito la insistencia en preservar lo que se escurre.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>&nbsp;Hay una diferencia entre no poder dejar de hacer algo, verse compelido a hacerlo, no poder no hacerlo y este otro modo: poder no hacerlo y sin embargo, querer hacerlo; poder no hacerlo y sin embargo hacerlo, aun sin saber que lo hacemos. Quiz&aacute;s en esa diferencia se halla la diferencia entre compulsi&oacute;n-superstici&oacute;n (si no hago X, va a pasar Y) y esa otra cosa m&aacute;s ligada a las ganas, a los gustos, a las preferencias, a las costumbres y, por qu&eacute; no, a la angustia y al deseo. A veces se trata de que algo permanezca ah&iacute; donde hubo p&eacute;rdida, para que no se pierda todo. Los rituales no siempre son eso que se nos impone, muchas veces son eso que hacemos para, como dice Barthes, producir algo de libertad: &ldquo;cuanto m&aacute;s formal es el rito, mayor virtud pacificadora tiene: no intentar cumplir los ritos; concebir que la ceremonia (privada) introduce a la libertad, en lugar de exigirla previamente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;Los ritos funerarios son, sin dudas, algo simb&oacute;lico para rodear el agujero que causa lo real de una muerte. Un poco, pero ese poco es muchas veces necesario. Por eso Ant&iacute;gona insiste en enterrar a su hermano -Creonte hab&iacute;a prohibido que se le diera sepultura o que se celebraran los ritos f&uacute;nebres de Polinices- y esa insistencia es la que la coloca en una posici&oacute;n &eacute;tica -tal y como lo ha pensado Lacan-. Por eso en&nbsp;<em>Hamlet&nbsp;</em>el tiempo est&aacute; fuera de quicio: una coreograf&iacute;a de duelos imposibilitados que pasa por varios lados a lo largo de la obra: el Rey asesinado que vuelve como espectro y que no logra descansar en paz, Gertrudis que pasa de un marido al otro sin temor y sin temblor, Polonio y su &ldquo;furtivo funeral&rdquo;, como dice Laertes, Ofelia enterrada casi sin ceremonia. Los ritos, dice Lacan, han sido abreviados y clandestinos. Hacer del vac&iacute;o un agujero, acaso se trate solamente de ese poco y s&oacute;lo un poco. Pero los ritos funerarios no son ritos de duelo. Porque un duelo no tiene rituales. Lo que Barthes dice atinadamente es que &ldquo;el momento &laquo;catastr&oacute;fico&raquo; del&nbsp;duelo&nbsp;(el&nbsp;primer&nbsp;momento,&nbsp;dram&aacute;tico)&nbsp;es&nbsp;en&nbsp;un&nbsp;sentido&nbsp;m&aacute;s f&aacute;cil de llevar, porque la cat&aacute;strofe es tomada a cargo, aunque muy mal, por una ceremonia colectiva, que act&uacute;a como un barniz, protege, a&iacute;sla la piel de las quemaduras atroces del duelo&rdquo;. Ese primer momento de ceremonia colectiva alivia, claro que s&iacute;. Pero luego el acto en soledad que implica un duelo se hace sin rituales. La singularidad de un duelo impide que se ritualice o que tenga normas generales. Porque un duelo tambi&eacute;n es un hallazgo, &ldquo;el hallazgo de una p&eacute;rdida&rdquo;, como dice Patricia Fochi en&nbsp;<em>El duelo, la infici&oacute;n del mundo&nbsp;</em>-editado por Otro Cauce-. Pero que no haya rituales para un duelo no significa que un duelo no se juegue, a veces, en los rituales cotidianos. Despu&eacute;s de todo se trata tambi&eacute;n de anotar la ausencia en eso que se repite en los rituales cotidianos, o como dice Juan Ritvo: &ldquo;la p&eacute;rdida no es un dato, porque hay que construirla&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong>&nbsp;Algunas de las cosas que Jacques Lacan le critic&oacute; al psicoan&aacute;lisis de su &eacute;poca -al llamado psicoan&aacute;lisis postfreudiano-, fueron su estandarizaci&oacute;n, su ortodoxia, su sistematizaci&oacute;n, su encuadre invariable, fijo; sus reglas anticipadas, su instituci&oacute;n, su estereotipaci&oacute;n. En definitiva: el psicoan&aacute;lisis se estaba convirtiendo en una pr&aacute;ctica ritualista en la que no se pod&iacute;a introducir ninguna modificaci&oacute;n -de hecho &eacute;l las introdujo y fue expulsado de la Iglesia/instituci&oacute;n-. Jean Allouch lo consigna as&iacute;: &ldquo;Lacan lo habr&aacute; precisado (&iquest;en vano?): el ejercicio psicoanal&iacute;tico no es el rito del inconsciente. No es mera fantas&iacute;a si en algunas ocasiones habla de la pr&aacute;ctica anal&iacute;tica como un ejercicio y no como un rito. El rito se encuentra reglamentado de entrada (...); el ejercicio, no. El rito, seg&uacute;n la versi&oacute;n de Van Gennep (...), no fracasa jam&aacute;s; el ejercicio, en cambio, puede fallar. Ese rechazo de lo que ser&iacute;a un rito es, por otra parte, confirmado por Lacan cuando reh&uacute;sa dar a cada psicoan&aacute;lisis efectivo, un estatus de iniciaci&oacute;n&rdquo;. M&aacute;s all&aacute; de que haya ciertas cosas muchas veces invariables -d&iacute;a y horario, por ejemplo-, un an&aacute;lisis est&aacute; hecho de hallazgos, de sorpresas, de peque&ntilde;os destellos y de un encuentro entre-dos que jam&aacute;s podr&aacute; producirse si hay un ritual de por medio. La regla fundamental -asociaci&oacute;n libre/atenci&oacute;n flotante- resulta parad&oacute;jica como regla, porque da lugar a eso que no se puede anticipar, a eso que no responde m&aacute;s que en la sorpresa y en el hallazgo. Se trata de estar atentos a no hacer del an&aacute;lisis un ritual, sobre todo que no lo sea para el analista.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.</strong>&nbsp;Termino con un poema de Carmen G&uuml;iraldes:
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>C&oacute;mo es que tenemos s&oacute;lo dos manos</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me pinto las u&ntilde;as
    </p><p class="article-text">
        el esmalte se salta a los dos d&iacute;as
    </p><p class="article-text">
        lo s&eacute;
    </p><p class="article-text">
        Me las vuelvo a pintar
    </p><p class="article-text">
        manchas rojas en las puntas can&iacute;bal
    </p><p class="article-text">
        de mis manos-
    </p><p class="article-text">
        garras
    </p><p class="article-text">
        para agarrar un pasado
    </p><p class="article-text">
        que es siempre m&aacute;s largo que la novedad
    </p><p class="article-text">
        Es por el ritual de lentificar la rutina
    </p><p class="article-text">
        de soplarme las manos vac&iacute;as
    </p><p class="article-text">
        de tocar las cosas como si tuviera guantes
    </p><p class="article-text">
        de box
    </p><p class="article-text">
        No dejo de pasar la punta
    </p><p class="article-text">
        de la lengua por el esmalte
    </p><p class="article-text">
        liso
    </p><p class="article-text">
        pruebo el tiempo de secado del pulgar
    </p><p class="article-text">
        despu&eacute;s el del me&ntilde;ique
    </p><p class="article-text">
        como si la &uacute;nica verdad estuviera entre mis dedos.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <a href="https://apoyo.eldiarioar.com.ar/" class="footer-btn transparent-btn">HACETE SOCIA/O</a>
    </figure><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-rituales_132_9794156.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 15 Dec 2022 11:52:33 +0000]]></pubDate>
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    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre la paternidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-paternidad_132_9695922.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/88b4e0c7-e159-484e-8456-477003de8514_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre la paternidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Alexandra Kohan escribe sobre la paternidad y dice, parafraseando a Richard Ford, que un padre es una otredad que siempre se escapa.</p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La comprensión incompleta de las vidas de nuestros padres no es algo que les afecte a ellos. Nos afecta sólo a nosotros

</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Richard Ford</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>&nbsp;Una de las cosas que m&aacute;s me gustan del psicoanalista Guy Le Gaufey es que est&aacute; metido en eso de lo que se ocupa. A la vez que est&aacute; pensando cuestiones arduas, complejas, y por momentos tediosas, echa mano a algo de su propia historia. No lo hace a modo de ejemplo sino, creo yo, como un efecto de lectura. Como si estuviera leyendo esas escenas que recuerda desde sus intereses actuales, como si fuera a buscar el germen -no el origen- de algo de lo que se ocup&oacute; siempre, como si a partir de ah&iacute; pudiera decir eso ya estaba ah&iacute;.&nbsp;Ahora leo un libro suyo acerca del padre en Freud y en Lacan que comienza con una experiencia infantil con su padre. Dice: &ldquo;Alguna vez tuve dificultades con las unidades de medidas&rdquo; y luego cuenta una situaci&oacute;n embarazosa que vivi&oacute; de ni&ntilde;o al decir, en una clase, que hab&iacute;a visto un metro cuadrado. A partir de esa escena sigue la pista de sus intereses posteriores y ubica una pregunta: &ldquo;&iquest;qu&eacute; hay de real en todo esto?&rdquo; -dice que el libro surge tambi&eacute;n de esa preocupaci&oacute;n-. Y luego dice lo siguiente: &ldquo;nada pod&iacute;a hacer callar esa interrogaci&oacute;n puntual, es cierto, pero perfectamente iterativa como cuando inspeccionamos sin cesar con la punta de la lengua ese diente que sabemos que nos hace doler&rdquo;. La pregunta por el padre &iquest;no es tambi&eacute;n esa iteraci&oacute;n que no se detiene? &iquest;Preguntar por el padre no es tambi&eacute;n hacer doler un diente? &iquest;Y no es tambi&eacute;n como echar sal en una llaguita: arde un poco pero evita que la herida se expanda? -s&oacute;lo que a veces la sal no est&aacute; del todo disuelta en el agua-.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.&nbsp;</strong>&ldquo;Decididamente algo no funcionaba muy bien cuando uno trataba de saber lo que fuera&rdquo;. La frase de Guy Le Gaufey, derivada de sus reflexiones acerca de la f&iacute;sica, las superficies y las medidas que nunca son exactas -para luego ocuparse del&nbsp;padre-, funciona como lectura de&nbsp;<em>La otra hija</em>, de Santiago La Rosa -editada por Sigilo-. Porque se trata de eso mismo: la s&uacute;bita pregunta de un hijo acerca de qui&eacute;n es realmente su padre. Es una pregunta que se desencadena en el protagonista cuando nace su hija. Y es que ese pasaje de hijo a padre -un pasaje que no es de una vez y para siempre, que no es limpio, que no es sin restos, que nunca es un pasaje definitivo porque nadie deja de ser hijo- hace de su padre, otro. Hace de su padre un enigma. &iquest;Acaso no lo era antes? Lo cierto es que ese padre convertido en enigma, encarnando una opacidad imposible de atravesar, da inicio a una pesquisa por parte de su hijo, pesquisa que intenta precisar ciertas coordenadas paternas, que intenta dar respuesta a preguntas que nunca antes se hab&iacute;an formulado, pesquisa que tiende -parad&oacute;jicamente- a hacer de su padre un personaje cada vez m&aacute;s desconocido. La novela despliega esa b&uacute;squeda. Cuando termin&eacute; de leerla pens&eacute; que un padre es siempre una versi&oacute;n, la versi&oacute;n de un agujero<strong>.</strong>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Notas sobre la paternidad                            </span>
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        <strong>III.&nbsp;</strong>&iquest;Acaso el edipo no es eso: la versi&oacute;n que la neurosis nos brinda de lo que es un padre? No es s&oacute;lo eso, pero tambi&eacute;n es eso: relatos, novelas, ficciones alrededor de ese enigma llamado padre. El psicoan&aacute;lisis -en el mejor de los casos- no se confunde con la neurosis. Una cosa es el padre para la neurosis, otra es el padre para el para el psicoan&aacute;lisis. Jorge Jinkis dice que &ldquo;el mito individual est&aacute; m&aacute;s cerca de los delirios con los que la neurosis llena el hueco de una pregunta verdadera&rdquo;. Tambi&eacute;n dice: &ldquo;inevitablemente fuera de lugar (...) la c&eacute;lebre incertidumbre sobre la paternidad (...) Es por eso que le pedimos ayuda a los poetas. No porque sabr&iacute;an m&aacute;s o menos sobre este misterio atormentador que tambi&eacute;n abraza al discurso del psicoan&aacute;lisis. No es que el poeta conozca el nombre de las cosas, pero la lengua lo elige para entregarlo a esa oscura incapacidad de nombrar que aqueja a la palabra y que hace de la met&aacute;fora la ley de esa inadecuaci&oacute;n radical que asola a&nbsp;<em>Padre</em>&rdquo;.&nbsp;El padre acaso sea una piedra en el camino (Edipo mat&oacute; a un hombre que se le interpuso en el camino). No hace falta matar al padre, tampoco eternizarlo. Con reducir la piedra del camino y ponerla en el zapato, se puede andar.
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    </figure><p class="article-text">
        &nbsp;<strong>IV.</strong>&nbsp;En 1985 el Congreso Nacional sancion&oacute; la Ley de Patria Potestad compartida. La Ley 23.264 reconoce los derechos de las mujeres respecto de sus hijos. Luego, con la aprobaci&oacute;n del nuevo C&oacute;digo Civil en 2014, la patria potestad pas&oacute; a llamarse responsabilidad parental. Sigue habiendo padres que se borran, s&iacute;. Y tambi&eacute;n sigue habiendo madres que no quieren compartir a sus hijos con el padre, que los quieren mantener en un r&eacute;gimen de visitas. Para muchas mujeres patriarcado y padre son equivalentes. Y queriendo hacer caer uno, se llevan puesto&nbsp;el otro.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;La dedicatoria de la pel&iacute;cula es &ldquo;a mi pap&aacute;&rdquo; y parece ser la &uacute;nica. Luego de un peque&ntilde;o espacio se agrega &ldquo;y a mi mam&aacute;&rdquo;. En ese espacio, en esa suspensi&oacute;n entre uno y otro, en ese lapso en el que parec&iacute;a que todo era para el padre, Ana Garc&iacute;a Blaya hace de su film&nbsp;<em>Las buenas intenciones</em>&nbsp;un lugar que termina diluyendo esa peque&ntilde;a jerarqu&iacute;a insinuada en la dedicatoria. Como si la pregunta inc&oacute;moda y fuera de lugar: &ldquo;&iquest;a qui&eacute;n quer&eacute;s m&aacute;s: a pap&aacute; o a mam&aacute;?&rdquo;, pronunciada sin pudor y sin temblor por algunos adultos, fuera expuesta en su m&aacute;s est&uacute;pida existencia. Esa es acaso la enunciaci&oacute;n de la pel&iacute;cula: no hay culpables, no hay se&ntilde;alamientos de un padre irresponsable frente a una madre responsable, no hay jerarqu&iacute;as, no hay acusaciones, no hay abogados, no hay superioridades morales. Hay dos que se han querido y que no hacen de eso que no funcion&oacute; &mdash;&iquest;no funcion&oacute;?&mdash; un clima agobiante para los hijos. Hay dos, un hombre y una mujer, que deciden no arrasar con la historia que los hizo padres de Amanda, Lala y Manuel; que deciden preservarlos, que deciden preservar su infancia. Y es ah&iacute;, en esa infancia, en esa infancia escrita hoy, que se pueden leer las buenas intenciones. Con buenas intenciones no alcanza, es cierto, pero tampoco alcanzar&iacute;a sin esas buenas intenciones: que son las del padre y que son tambi&eacute;n las de la madre. Porque Cecilia, la madre, no se&ntilde;ala a Gustavo, el padre, como el culpable ni se queja de que no est&eacute; a la altura del &ldquo;padre ideal&rdquo;. Cecilia entiende que un padre no es solamente un hombre proveedor. A veces me pregunto por qu&eacute; algunas mujeres no logran separarse sin entrar en una guerra con el padre de sus hijos. Como si no pudieran distinguir a ese padre de sus hijos del hombre del que se quieren separar. No me refiero a los juicios cuando son justos porque el padre se borra, me refiero al gesto de querer borrar al padre que quiere estar presente. Me refiero a la manera en que todav&iacute;a insiste la idea de que los hijos son propiedad de la madre. Suele apenarme leer en el &aacute;mbito p&uacute;blico el modo en que algunas mujeres denigran a los padres de sus hijos. A veces me pregunto si esa guerra no es la que muestra que todav&iacute;a no han podido separarse. Si el odio que le dirigen al padre de sus hijos no es la cifra de lo que las mantiene atadas a ellos. Si no es una insistencia en erigir -parad&oacute;jicamente- un padre ca&iacute;do, inservible y que nunca est&aacute; a la altura de sus expectativas. Si no es un modo de aferrarse, una y otra vez, a ser una madre tambi&eacute;n para ellos. La &eacute;pica materna arrasa, muchas veces, con la posibilidad de que los hijos tengan tambi&eacute;n un padre. El que sea. &iquest;Darle lugar a un padre? S&iacute;. Pero d&aacute;ndoles lugar a los hijos para que se inventen su propia versi&oacute;n del padre -que de todas maneras suceder&aacute;-.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong>&nbsp;Nunca es inocuo para los hijos ser un bot&iacute;n de la guerra de los padres, nunca.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.</strong>&nbsp;Las madres seguimos teniendo buena prensa, los padres siguen teniendo mala prensa. No importa lo que hagamos, no importa lo que hagan. Pocas cosas m&aacute;s conservadoras y&nbsp;m&aacute;s machista que sacralizar a las madres y estigmatizar a los padres.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.&nbsp;</strong>&iquest;Qu&eacute; se hace con la decadencia de un padre, adem&aacute;s de odiarlo? &iquest;C&oacute;mo se lidia con su desintegraci&oacute;n para que no sea insoportable? Daniel Guebel escribi&oacute; la sobrecogedora novela&nbsp;<em>El hijo jud&iacute;o</em>&nbsp;-PRH-. Dijo acerca de la novela: &ldquo;Contar no es saber sino preguntarse y darse respuestas y aceptar su provisoriedad&rdquo;. Y tambi&eacute;n: &ldquo;Hab&iacute;a decidido publicarlo antes de que mi padre muriera, no quer&iacute;a contar la escena final, la de su muerte, que ven&iacute;a a paso lento, prefigurada. Pero pocos meses despu&eacute;s &eacute;l muri&oacute; y yo volv&iacute; sobre el escrito y puse lo que faltaba. Y esa es la versi&oacute;n, siempre incompleta, pero &uacute;ltima, la indefinible definitiva que mis bellas amigas, Silvia Bardel&aacute;s y Beatriz Gonz&aacute;lez, acaban de publicar en su sello De Conatus&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX.&nbsp;</strong>&ldquo;En esos reajustes que el duelo produce sin que lo sepamos&rdquo;, escribe Guy Le Gaufey. Y pienso en&nbsp;<em>Mi libro enterrado</em>&nbsp;-Mansalva-, de Mauro Libertella, acerca de la enfermedad y la muerte de su padre -que tambi&eacute;n escrib&iacute;a-: &ldquo;Su autobiograf&iacute;a fue el &uacute;nico libro que me dio una vez terminado para que lo lea antes de su publicaci&oacute;n. Lo encar&eacute; con entusiasmo y v&eacute;rtigo, pero hubo muchos detalles que se me pasaron en esa primera lectura. Era un libro que podr&iacute;a entender si &eacute;l ya no estaba&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>X.&nbsp;</strong>Mi pap&aacute; siempre se olvidaba de los cumplea&ntilde;os. El m&iacute;o no era una excepci&oacute;n -&iquest;por qu&eacute; lo ser&iacute;a?-. Luego de varios a&ntilde;os de pretender que de mi cumplea&ntilde;os s&iacute; se acordara, luego de enojarme alg&uacute;n tiempo por eso, supe que ese signo de amor que yo esperaba de &eacute;l y que &eacute;l no me daba, no pod&iacute;a hacerse absoluto. Dejar mi capricho de lado, dejar de pedirle eso que &eacute;l no ten&iacute;a, dejar de pedirle ser la excepci&oacute;n, dejar de pedirle que fuera el padre que yo imaginaba, me posibilit&oacute; experimentar por fin todo su amor, el que s&iacute; ten&iacute;a, el que s&iacute; hab&iacute;a. Cumplo a&ntilde;os el 29 de enero. Cada 28 lo llamaba para record&aacute;rselo y as&iacute;, el 29, recib&iacute;a el tan esperado llamado. Nos re&iacute;amos del artificio, mientras nos dispon&iacute;amos al juego.&nbsp;Y es que el an&aacute;lisis tambi&eacute;n hace de los padres, padres posibles.
    </p><p class="article-text">
        <strong>XI.&nbsp;</strong>No s&eacute; qu&eacute; es un padre. El psicoan&aacute;lisis ensaya algunas respuestas. Pero no s&eacute; para qu&eacute; sirven, supongo que para detener la pregunta por un rato. En la experiencia de cada uno de nosotros, un padre es lo que hacemos con &eacute;l, un padre se va escribiendo entre las adjetivaciones esperables: ausente, presente, amable, terrible, ca&iacute;do, potente, soberbio, aband&oacute;nico, irresponsable, blando, autoritario, fallado, irremplazable. Un padre nunca est&aacute; a la altura de su funci&oacute;n, por suerte. Un padre que no se sabe y, a&uacute;n as&iacute;, se narra. Porque un padre, parafraseando a&nbsp;Richard Ford, es una otredad que siempre se escapa.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
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            <a href="https://apoyo.eldiarioar.com.ar/" class="footer-btn transparent-btn">HACETE SOCIA/O</a>
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      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-paternidad_132_9695922.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 10 Nov 2022 10:22:17 +0000]]></pubDate>
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    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre la poesía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-poesia_132_9597634.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/819b25a7-d637-44c6-83f1-cd157ca0da48_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre la poesía"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A partir de la pregunta sobre desde cuándo lee poesía, Alexandra Kohan escribe sobre lo que hace la poesía en ella.</p><p class="subtitle">No te pierdas las notas de Alexandra Kohan. - Atención flotante es el correo mensual de Alexandra Kohan que se propone formular preguntas donde solo había respuestas.
Para recibirlo de manera gratuita podés dejar tu correo en este link.</p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cuando digo poesía, me refiero a toda la buena literatura</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name"> Juan José Saer</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>&nbsp;Hace poco Diego Rojas me pregunt&oacute; si siempre hab&iacute;a le&iacute;do poes&iacute;a. Una pregunta en apariencia anodina me dej&oacute; algo perpleja, pensando; me dej&oacute; con el asunto dando vueltas, sin poder dejar de ocuparme de &eacute;l. Y no. No siempre le&iacute; poes&iacute;a. No s&eacute; si puedo decir cu&aacute;ndo empec&eacute;, pero s&eacute; que no es algo que haya estado en mi vida del mismo modo en que estuvieron los otros g&eacute;neros. Aunque la poes&iacute;a es otra cosa, no s&oacute;lo es un g&eacute;nero. No s&eacute; desde cu&aacute;ndo pero s&eacute; que ahora ya no puedo no leer poes&iacute;a. No hay un d&iacute;a entero que pase sin que eche mano a alg&uacute;n poema, un verso, algo. No hay manera de que la vida, ahora, transcurra sin ella. Entonces, a partir de la pregunta de Rojas, quise construir, no una respuesta temporal -desde cu&aacute;ndo leo poes&iacute;a-, sino una respuesta que me d&eacute; alguna pista de qu&eacute; hace la poes&iacute;a en m&iacute;.
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        <strong>II.&nbsp;</strong>&ldquo;La poes&iacute;a, eso hace algo&rdquo;, escribe Lacan y hay que subrayar eso. No es la poes&iacute;a la que hace algo, sino que la poes&iacute;a es un modo en que eso hace. Un hacer efecto del decir. Tambi&eacute;n dice: &ldquo;el psicoan&aacute;lisis, eso hace algo&rdquo;. Y entonces me acord&eacute; de lo que Freud le escribe a Thomas Mann: &ldquo;las palabras del poeta son, en efecto, acciones&rdquo;. La palabra po&eacute;tica: esa palabra que hace algo: nos alivia de la pesadez de los signos. Me gusta c&oacute;mo lo dice&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=873c9f9350&amp;e=b0e87b68f4" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Fabi&aacute;n Casas</a>: &ldquo;Los buenos poemas est&aacute;n hechos de preguntas, aunque aparenten afirmar algo. De esa manera, los que leemos podemos meter nuestra propia experiencia. En un bloque s&oacute;lido, duro, uno no puede meter nada: eso es la publicidad&rdquo;. No hay poes&iacute;a sino en los agujeros.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>III.</strong>&nbsp;Dice Roland Barthes: &ldquo;nada en especial, dice el haiku, en conformidad con el esp&iacute;ritu del Zen: el acontecimiento no es nombrable de acuerdo a ninguna especie, se corta su especificidad; como un rizo gracioso, el haiku se enrolla sobre mismo, la estela del signo que parec&iacute;a haber sido trazada se borra: nada ha sido adquirido; la piedra de la palabra ha sido arrojada para nada: ni olas ni corrientes del sentido&rdquo;. &ldquo;La poes&iacute;a no sirve para nada&rdquo;, dice Mirta Rosemberg. &ldquo;El amor no sirve para nada&rdquo;, dice Lacan. El psicoan&aacute;lisis tampoco. Amor, psicoan&aacute;lisis, poes&iacute;a: hacer con las palabras para resistirse al imperio de lo &uacute;til; hacer con las palabras para agujerear el agobio del sentido que adormece. No para que haya sinsentido -que no es m&aacute;s que el colmo del sentido-, sino para que haya fuga posible. &ldquo;Las palabras adquieren un valor muy diferente del valor habitual; aunque sea un poema coloquial las palabras quieren decir otra cosa&rdquo;, dice Mirta Rosenberg. Y en ese desliz, en ese desplazamiento, se abre un mundo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>&nbsp;EL ARTE DE NARRAR, de Juan Jos&eacute; Saer:
    </p><p class="article-text">
        Ahora escucho una voz que no es m&aacute;s que recuerdo. En la&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;hoja
    </p><p class="article-text">
        blanca, el ojo roza la red negra que brilla, por momentos,
    </p><p class="article-text">
        como cabellos inm&oacute;viles contra la luz que resplandece,
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;tensa,
    </p><p class="article-text">
        al anochecer. Escucho el eco de una palabra que reson&oacute;
    </p><p class="article-text">
        antes que la palpitaci&oacute;n del o&iacute;do golpeara, y se estremece
    </p><p class="article-text">
        la caja roja del coraz&oacute;n simple como un cuchillo. &iquest;No hay
    </p><p class="article-text">
        otra cosa que d&iacute;as atravesados de violencia sutil, detenci&oacute;n
    </p><p class="article-text">
        abierta hacia momentos m&aacute;s blancos que el fuego? Est&aacute; el
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;rumor
    </p><p class="article-text">
        del recuerdo de todos que crece &mdash;el resonar de pasos
    </p><p class="article-text">
        sobre caminos duros como planetas que se entrecruzan en
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;regiones reales&mdash;
    </p><p class="article-text">
        con el mismo rumor inaudible de los cuerpos que se abren
    </p><p class="article-text">
        y de la lluvia verde que se abre imposible hacia un &aacute;rbol
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;glorioso. Nado
    </p><p class="article-text">
        en un r&iacute;o incierto que dicen que me lleva del recuerdo a la&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;voz.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;Hace poco, Juan B. Ritvo empez&oacute; a publicar poes&iacute;a. Andr&eacute;s Mainardi lo entrevist&oacute;. Ritvo dijo &ldquo;La poes&iacute;a es un corte, es una ocurrencia que se va desplegando. A veces uno no tiene ni la menor idea de ad&oacute;nde va&rdquo;. Quiz&aacute;s en ese mismo sentido es que Lacan dijo: &ldquo;con la ayuda de lo que se llama la escritura po&eacute;tica, ustedes pueden tener la dimensi&oacute;n de lo que podr&iacute;a ser la interpretaci&oacute;n anal&iacute;tica.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong>&nbsp;Freud escribi&oacute; los historiales cl&iacute;nicos como si fueran literatura. Y entonces se justific&oacute; diciendo que el cuerpo con el que se encontr&oacute; no pod&iacute;a ser dicho con el lenguaje burocr&aacute;tico de la ciencia. Necesitaba de la poes&iacute;a para dar cuenta de su hallazgo. Y dec&iacute;a poes&iacute;a, creo yo, como lo dice Saer en el ep&iacute;grafe. En una ocasi&oacute;n, Freud le menciona a Arnold Zweig en una carta que la libertad literaria se ve contrapuesta a la &ldquo;realidad hist&oacute;rica&rdquo;, la poes&iacute;a es &ldquo;la tierra de nadie&rdquo; donde puede ejercerse la libertad de la imaginaci&oacute;n sin miramientos por la realidad f&aacute;ctica ni por el rigor hist&oacute;rico.
    </p><p class="article-text">
        VII.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Me gusta cuando Osvaldo Bossi dice que &ldquo;la poes&iacute;a es el terror de la lengua. Siempre, de alg&uacute;n modo, la est&aacute; poniendo en jaque o entredicho&rdquo;. Y entonces pienso en Barthes y sus escamoteos y sus trampas a la lengua. Porque no hay afuera de ella. La poes&iacute;a es el borde, no hay m&aacute;s all&aacute;. Es el borde y es el margen, es el margen subversivo de la lengua -vaya si lo sab&iacute;a Plat&oacute;n-. Por eso se emparenta tanto con la comedia, que tambi&eacute;n estaba en los bordes de la ciudad. El origen de la comedia proviene de komos, cifra de la errancia de los comediantes por haber sido &ldquo;expulsados, por deshonor, de la ciudad&rdquo; (Arist&oacute;teles), y la k&otilde;modia resulta ser el canto del k&otilde;mos, de los ciudadanos que bailaban y cantaban por las calles, embriagados, en las fiestas de Dionisio&ldquo;. El Witz -que es el chiste pero tambi&eacute;n el ingenio, el modo de hacer cosas con el filo de las palabras, como la poes&iacute;a-, que tambi&eacute;n se pone en juego en la comedia, muta el displacer en placer y &rdquo;figura una revuelta contra la autoridad, un liberarse de la presi&oacute;n que ella ejerce&ldquo;, dice Freud.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                El libro Todavía hay fuga                            </span>
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        VII<strong>I.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        A prop&oacute;sito del bello libro de Lola Halfon, Todav&iacute;a hay fuga -Tanta ceniza editora-,&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        L<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=66bdd34ef9&amp;e=b0e87b68f4" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">uis Gusm&aacute;n</a>&nbsp;escribi&oacute;: &ldquo;Como la lengua, la m&uacute;sica del agua es tambi&eacute;n impredecible: las olas a veces bailan enloquecidas como en el mar desquiciado y otras lentas como encantadas por una melod&iacute;a de paso. &laquo;De todas las aguas / prefiero el r&iacute;o / que va y va y va&raquo;, dice la poeta. Verlo irse tiene su encanto; es como ver correr el tiempo, la vida, la lengua. Quiz&aacute;s la poes&iacute;a sea eso: reconocerse uno mismo en esa fuga, como aquella voz que ocurre dentro de un idioma desconocido y se abre paso a trav&eacute;s de los d&iacute;as que simulan ser &laquo;tierra firme&raquo;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Irme de m&iacute;: no siempre pude. Quiz&aacute;s de eso se trate lo m&aacute;s lindo de la pr&aacute;ctica del&nbsp;psicoan&aacute;lisis y tambi&eacute;n de la lectura de poes&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-poesia_132_9597634.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 06 Oct 2022 10:46:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre la poesía]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alexandra Kohan,Poesía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre los viajes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-viajes_132_9316112.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/759bbab7-8cd3-44e9-8a6d-32f14e0a8af9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre los viajes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Yo viajo como leo", se escuchó decir Alexandra Kohan hace unos días. Después escribió esta columna sobre lecturas y viajes.</p><p class="subtitle">No te pierdas la próxima columna. - Atención flotante es el correo mensual de Alexandra Kohan que se propone formular preguntas donde solo había respuestas. Si te interesa recibirlo gratis en tu casilla de correo, te podés suscribir en este link.</p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cada viaje, por sucinto que sea, es capaz de imponerse como un ensayo de emigración.



</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Martín Kohan</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>El otro d&iacute;a me escuch&eacute; diciendo &ldquo;yo viajo como leo&rdquo;. Lo dije a prop&oacute;sito de las distintas maneras de leer y de viajar, de cada uno y de cada &eacute;poca. Porque as&iacute; como cada &eacute;poca pone en juego distintas maneras de leer, tambi&eacute;n evidencia maneras distintas de viajar. &iquest;C&oacute;mo se lee hoy? &iquest;C&oacute;mo se viaja hoy? Entonces pens&eacute; en algunos viajes que hice recientemente, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, y advert&iacute; la manera diferente en la que viaj&eacute; respecto de otras &eacute;pocas de mi vida. Y es que tambi&eacute;n mi manera de leer ha cambiado much&iacute;simo a lo largo de los a&ntilde;os. Viajo como leo: no pretendo saber demasiado antes del viaje, no pretendo conocer lo que&nbsp;<em>hay que</em>&nbsp;conocer, no hago recorridos definidos previamente, no preveo los lugares que voy a visitar. Me dispongo, ahora m&aacute;s que antes, a encontrar lo que no busco y a estar dispuesta a perderme, sobre todo, de lo que&nbsp;<em>hay que</em>&nbsp;hacer, de lo que&nbsp;<em>hay que</em>&nbsp;visitar. Como en la lectura, desecho la informaci&oacute;n disponible para abocarme al texto, ese del que se va a desprender un saber como efecto. Y un saber no se subsume en informaci&oacute;n. El saber excede las referencias y precipita hallazgos que no se pueden leer si las referencias pretenden agotarlo todo. Cuando leo, como cuando viajo, no quiero saber demasiado antes y no porque me gusten las aventuras -nada m&aacute;s alejado de lo que estoy pensando- sino porque no me gusta que ese saber anticipado me oriente, me gu&iacute;e, me determine. No es que quiera perderme en una ciudad que no conozco, es que quiero perderme de lo que ya-se-sabe. Ser&iacute;a, en rigor, perderse de lo familiar, de lo conocido, de lo que vuelve siempre al mismo lugar, ese lugar esperable y esperado, visitado y revisitado.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Viajes/ Rathish Gandhi                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        <strong>II.&nbsp;</strong>Mart&iacute;n Kohan dice en&nbsp;<em>Zona Urbana</em>&nbsp;que Walter Benjamin tuvo que aprender a perderse en Berl&iacute;n, la propia ciudad. Lo cita as&iacute;: &ldquo;no orientarse en una ciudad no significa mucho. Pero perderse en una ciudad como uno se pierde en un bosque requiere entrenamiento&rdquo;. Y, sigue Kohan, &ldquo;Benjamin no est&aacute; haciendo un elogio de la mera desorientaci&oacute;n. No habla de perderse, sino de aprender a perderse, de entrenarse para perderse (...). Lo que Benjamin propone no es una pr&aacute;ctica que consiste en perderse en las ciudades: lo que Benjamin propone es aprender a perderse en una ciudad&nbsp;en particular, que es la propia&rdquo;. Se trata, no de ense&ntilde;ar sobre Berl&iacute;n, sino, dice Kohan, de un modo de mirar y de leer. &ldquo;Los textos de Benjamin sobre Berl&iacute;n son, de alguna manera, esas gu&iacute;as de la desorientaci&oacute;n, y all&iacute; es posible aprender a perderse&rdquo;.&nbsp;Por eso este texto no se trata de un empuje a viajar, sino de muy otra cosa.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>Cuando yo era chica mi mam&aacute; ten&iacute;a una agencia de viajes. La novela familiar cuenta que como a ella le gustaba tanto viajar decidi&oacute; trabajar de eso y de paso aprovechar los descuentos que les hac&iacute;an a los agentes de viaje. Pero lo cierto es que la realidad econ&oacute;mica de mis padres en esa &eacute;poca lo permit&iacute;a. A ella le encantaba viajar pero no hab&iacute;a un moralismo del viajar. No se hablaba de fuga, ni de experimentaci&oacute;n, ni de abrirse a lo nuevo, nada parecido a eso. Simplemente se viajaba. Viajamos much&iacute;simo, sobre todo en las vacaciones de invierno, casi siempre a los mismos lugares. Viaj&aacute;bamos mis tres hermanos y yo con mi mam&aacute; -mi pap&aacute; se quedaba trabajando o quiz&aacute;s aprovechando la soledad, no s&eacute;-. Ella dec&iacute;a &ldquo;la gallina con los pollitos&rdquo; -me acabo de acordar-. A medida que mis hermanos crec&iacute;an y empezaban sus compromisos con el colegio secundario o con la facultad, no pod&iacute;an venir tanto tiempo y entonces ya no todos viajaban. Y como soy la m&aacute;s chica, uno de los &uacute;ltimos viajes de esa saga lo hicimos s&oacute;lo ella y yo. Ahora pienso que a ella le gustaba eso: viajar con sus hijos. Siempre, siempre, alguno de nosotros iba con ella. La mejor versi&oacute;n de su maternidad fue la maternidad itinerante, en tr&aacute;nsito.
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    </figure><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.&nbsp;</strong>Me fastidian los moralismos. Y hay&nbsp;moralismos para todo. Sobre viajar se dice que sirve para experimentar, para abrir la cabeza y para no s&eacute; cu&aacute;ntas paparruchadas m&aacute;s. La experiencia no est&aacute; garantizada en los viajes. Se puede viajar y no experimentar nada y al rev&eacute;s: puede haber experiencia sin moverse del lugar geogr&aacute;fico.
    </p><p class="article-text">
        Parece que Immanuel Kant nunca en su vida sali&oacute; de de la ciudad de K&ouml;nigsberg.
    </p><p class="article-text">
        No a todos les pasa lo que a Pipo Pescador: que el viajar es un placer. Hay personas a las que no les gusta viajar. Y son se&ntilde;aladas como raras por aquellos a los que les incomoda demasiado la otredad, por aquellos que creen que su mundo es&nbsp;<em>el</em>&nbsp;mundo.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.&nbsp;</strong>Cuando fui a Roma la primera vez -y &uacute;nica hasta ahora- ya hab&iacute;a le&iacute;do&nbsp;<em>El Mois&eacute;s de Miguel &Aacute;ngel</em>, de Freud. Sin embargo, no lo tuve presente al momento de visitar la ciudad. Un d&iacute;a, alguien nos llev&oacute; a recorrer la zona en la que se encuentra la Bas&iacute;lica de San Pietro in Vincoli, en donde se halla El Mois&eacute;s. Entramos y me lo encontr&eacute; de golpe, sin saberlo. Fue en ese instante en el que record&eacute; el texto freudiano y lo que a Freud le pas&oacute; con ese Mois&eacute;s. James Strachey dice: &ldquo;El inter&eacute;s de Freud por la estatua de Miguel Angel era de antigua data. Fue a verla el cuarto d&iacute;a de su primera visita a Roma, en setiembre de 1901, as&iacute; como en muchas oportunidades posteriores. Ya en 1912 proyectaba el presente trabajo, y el 25 de septiembre le confes&oacute; desde Roma a su esposa: &laquo;Visito todos los d&iacute;as al Mois&eacute;s de San Pietro in Vincoli, sobre el cual quiz&aacute;s escriba algunas palabras&raquo;. Pero no lo hizo hasta el oto&ntilde;o de 1913. Muchos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, refiri&eacute;ndose a este trabajo en una carta que envi&oacute; el 12 de abril de 1933 a Edoardo Weiss, le dec&iacute;a: &laquo;D&iacute;a tras d&iacute;a, durante tres solitarias semanas de setiembre de 1913 [un desliz por 1912], permanec&iacute; en la iglesia frente a la estatua, estudi&aacute;ndola, midi&eacute;ndola y dibuj&aacute;ndola, hasta que me alumbr&oacute; esa comprensi&oacute;n que expres&eacute; en mi ensayo, aunque s&oacute;lo os&eacute; hacerlo en forma an&oacute;nima. Pas&oacute; mucho tiempo antes de que legitimara a este hijo no anal&iacute;tico&raquo;&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me acord&eacute; de que cuando salimos de la Bas&iacute;lica me tropec&eacute; en las escaleras y me ca&iacute;. Ahora creo que esa ca&iacute;da pudo haber sido efecto de estar reproch&aacute;ndome haberme olvidado de visitar El Mois&eacute;s. Algo as&iacute; como no haber sabido antes lo que ten&iacute;a que hacer. La ca&iacute;da es, por fin, la ca&iacute;da de un&nbsp;<em>deber ser</em>.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>Freud extrajo no pocas consecuencias de las experiencias que atraves&oacute; durante los viajes: se fue a formar a Par&iacute;s con Charcot y dej&oacute; para siempre la neuropatolog&iacute;a;&nbsp;<em>Signorelli</em>, el caso de su olvido con el que comienza&nbsp;<em>Psicopatolog&iacute;a de la vida cotidiana</em>, ocurri&oacute; en un tren; en la Acr&oacute;polis experimenta lo que da en llamar un trastorno en la memoria -que no es exactamente un olvido simple y puro-, Freud se angustia. En&nbsp;<em>Das Unheimliche</em>&nbsp;-recomiendo la edici&oacute;n de&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=569ffcd0c6&amp;e=37d0daae1a" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Lionel Klimkiewicz</a>, M&aacute;rmol izquierdo editores-, pone de ejemplo una experiencia de extra&ntilde;eza cuando en un tren ve a un viejo decr&eacute;pito y de golpe advierte que el &ldquo;intruso&rdquo; era &eacute;l mismo reflejado en un espejo. En el mismo texto pone otro ejemplo de extra&ntilde;eza -seg&uacute;n record&oacute; Mariela Parada-: Freud est&aacute; en una peque&ntilde;a ciudad italiana y quiere irse de una calle pero advierte que &ldquo;retorna otra vez&rdquo; involuntariamente, al mismo punto del que parti&oacute;, varias veces. Esa zona, agrega Juan Ritvo, de la que quiere huir pero no puede, es un barrio de prostitutas.
    </p><p class="article-text">
        Cuando habla de la asociaci&oacute;n libre usa la met&aacute;fora siguiente: &ldquo;Comp&oacute;rtese como lo har&iacute;a, por ejemplo, un viajero sentado en el tren del lado de la ventanilla que describiera para su vecino del pasillo c&oacute;mo cambia el paisaje ante su vista&rdquo;. Y es que no caben dudas de que un an&aacute;lisis tambi&eacute;n es un viaje: desde un lugar, siempre el mismo,&nbsp;marcado en el cuerpo, hacia un destino incierto, un destino por escribirse.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        <strong>VII.&nbsp;</strong>Juan Ritvo dijo que escribi&oacute; sobre Par&iacute;s antes de conocerla. Mart&iacute;n Kohan dice de la estadia de Benjam&iacute;n en Par&iacute;s:&nbsp;&ldquo;Benjamin &laquo;lee&raquo; Par&iacute;s fundamentalmente porque&nbsp;<em>lee</em>&nbsp;a Baudelaire. Si hay lectura, en sentido metaf&oacute;rico, de los espacios y los fen&oacute;menos urbanos, es porque hay una lectura, en sentido literal, de la literatura que ha captado y ha plasmado lo que la modernidad hizo de esos espacios y esos fen&oacute;menos (...). Es decir que Benjamin lee la ciudad&nbsp;<em>en</em>&nbsp;los textos literarios de Baudelaire, porque lee esos textos como si fueran una ciudad (...).&nbsp;Benjamin&nbsp;es aqu&iacute; un lector, y no un&nbsp;<em>fl&acirc;neur</em>: la lectura de&nbsp;<em>Nadja</em>&nbsp;de Andr&eacute; Breton y de&nbsp;<em>El paisano de Par&iacute;s</em>&nbsp;de Louis Aragon est&aacute; en la base del impulso para la&nbsp;<em>Obra de los pasajes</em>&nbsp;(...). La intensa agitaci&oacute;n f&iacute;sica que experimenta Benjamin, de acuerdo a lo que le escribe a Adorno en una carta, no se debe al traqueteo del tr&aacute;fico de la gran ciudad: se debe a la lectura de Aragon&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Osvaldo Um&eacute;rez me dijo alguna vez, hablando de la pr&aacute;ctica del psicoan&aacute;lisis, que la experiencia est&aacute; en la lectura.
    </p><p class="article-text">
        Juan Ritvo dijo tambi&eacute;n que hoy en d&iacute;a el turismo anula la posibilidad de la extranjer&iacute;a y de la extra&ntilde;eza. Tambi&eacute;n escribi&oacute; un libro llamado&nbsp;<em>Venezia</em>, que es sobre Venecia y tambi&eacute;n sobre muchos otros asuntos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.&nbsp;</strong>Charly Galicia record&oacute; un fragmento de la novela&nbsp;<em>Formas de volver a casa</em>, de Alejandro Zambra: &ldquo;Camin&eacute; anoche durante horas. Era como si quisiera perderme por alguna calle nueva. Perderme absoluta y alegremente. Pero hay momentos en que no podemos, no sabemos perdernos. Aunque tomemos siempre las direcciones equivocadas. Aunque perdamos todos los puntos de referencia. Aunque se haga tarde y sintamos el peso del amanecer mientras avanzamos. Hay temporadas en que por m&aacute;s que lo intentemos descubrimos que no sabemos, que no podemos perdernos. Y tal vez a&ntilde;oramos el tiempo en que pod&iacute;amos perdernos. El tiempo en que todas las calles eran nuevas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX.&nbsp;</strong>Convivo con quien alguna vez escribi&oacute;: &ldquo;Se parte con pena y se retorna con urgencia, siempre&rdquo;. A &eacute;l no le gusta viajar. Y entonces cuando viaja por trabajo -siempre viaja por trabajo- s&eacute; que su felicidad se precipita incontenible al regresar. Su felicidad, pero tambi&eacute;n la m&iacute;a. No s&oacute;lo porque vuelve, sino porque soy testigo de esa felicidad suya, la de volver a la ciudad, porque lo que le gusta no es volver al pa&iacute;s, sino a la ciudad, a la ciudad de Buenos Aires -a la que considera la m&aacute;s linda del mundo-. Dice: &ldquo;los viajes me ponen, no solamente m&aacute;s porte&ntilde;o, sino tambi&eacute;n,&nbsp;m&aacute;s jud&iacute;o&rdquo;. Y entonces, cuando puedo ir a buscarlo al aeropuerto, mi dicha es m&aacute;s grande. Y entonces voy escuchando&nbsp;<em>Baby&acute;s coming back to me</em>, de Jarvis Cocker. Ac&aacute; la dejo:<strong>&nbsp;</strong><a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=b96cc3da52&amp;e=37d0daae1a" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>https://open.spotify.com/track/1Cf4dRR2VtxMiIdx7UfHqs?si=6769a89aa7b94e68</strong></a>
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-viajes_132_9316112.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 15 Sep 2022 10:00:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre los viajes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Viajes,Alexandra Kohan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre la pretensión de ser]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-pretension_132_9236254.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/215cbc89-24a6-41a8-8db8-97edfde20c2d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre la pretensión de ser"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Llegó el newsletter mensual de Alexandra Kohan sobre lecturas posibles a partir de cosas, nimiedades que están dando vueltas en el aire y que en apariencia no tienen ninguna importancia.</p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Ante el lenguaje cualquier sujeto es incierto
</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Luis Gusmán</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>Quiz&aacute;s el t&iacute;tulo tendr&iacute;a que ser &ldquo;notas sobre la pretensi&oacute;n&rdquo;. Pero creo que pretender es siempre pretender&nbsp;<em>ser</em>. O en todo caso, no hay ser que no sea un poco pretencioso. Cada vez que apelamos al ser que creemos que somos, se puede advertir un desfasaje entre eso que decimos y eso que sentimos. Son pocas las veces en las que estamos a gusto con las definiciones acerca de lo que &ldquo;somos&rdquo;. Ese ser, al no tratarse de una esencia, al no estar dado, se hace. Y resulta una especie de conglomerado de im&aacute;genes con el que no siempre estamos c&oacute;modos, con el que casi siempre estamos inc&oacute;modos. El ser es un pastiche, un artificio, un peque&ntilde;o Frankenstein que lleva el nombre de su hacedor: un Otro que nos nombra y que nos pone a andar torpemente, con las suturas a la vista, aunque pretendamos disimularlas. Y es que la autoestima viene del Otro, de ese Otro que habr&aacute; que hacer caer alguna vez. Quiz&aacute;s de eso se trate pasar al otro lado del espejo, como Alicia.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Notas sobre la pretensión de ser                            </span>
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        <strong>II.</strong>&nbsp;Me gusta cuando Freud llama al Yo el payaso del circo. Lacan, en cambio, lo llama la enfermedad mental del hombre, el s&iacute;ntoma por excelencia. En el Yo se juegan las pretensiones de ser. El Yo est&aacute; seguro de s&iacute; mismo siempre, incluso cuando se cree lo peor. La baja autoestima no existe. Siempre es alta. El problema es la autoestima, autoestimarse. Porque la autoestima est&aacute; en el reflejo del espejo. No importa lo que refleja. Si refleja una mierda, tambi&eacute;n es autoestima. El Yo se constituye, como dice Masotta,&nbsp;<em>aliment&aacute;ndose</em>&nbsp;de la imagen del otro para constituir la propia unidad. Y pienso que a veces, algunos, para sostenerse en un ser, pasan de la identificaci&oacute;n con ese otro, a deglutirlos, a tragarlos. Quiz&aacute;s haya una diferencia entre querer algo del otro y querer ser ese otro. La condici&oacute;n para eso es que ese otro no exista m&aacute;s: fantas&iacute;as de aniquilaci&oacute;n por doquier.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>El &ldquo;asuntito&rdquo; de la agresividad es igualmente ineluctable. La relaci&oacute;n con la propia imagen, que nunca es propia, y con esa imagen del otro que suponemos, conlleva siempre agresividad. El asunto es si estamos dispuestos a advertir -no siempre se puede- que esa agresividad est&aacute; desplegada a partir de suponerle un ser al otro, un ser que pondr&iacute;a en peligro el nuestro. Un ser que es el que a nosotros &ldquo;nos falta&rdquo;. El otro tiene lo que nos falta. Tiene, sobre todo, un ser. Y es que el ser, como dice Lacan, est&aacute; perdido en el basurero del otro. Hay demasiadas personas comiendo de esa basura.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>IV.&nbsp;</strong>Nunca me dejo de sorprender por la cantidad de personas que quieren ser escritores. &iquest;Que quieren escribir?, &iquest;que escriben?, no: que quieren&nbsp;<em>ser escritores</em>. La fascinaci&oacute;n que hubo siempre -porque no es nueva, ahora se ve m&aacute;s por las redes sociales- con ese Ser escritor. Roland Barthes se ocup&oacute; de esa impostura en varios lugares. Primero en&nbsp;<em>Mitolog&iacute;as</em>, al hablar de &ldquo;El escritor en vacaciones''. M&aacute;s tarde en&nbsp;<em>Roland Barthes por Roland Barthes</em>, donde dice: &rdquo;sin duda no queda ya un solo adolescente que tenga esta fantas&iacute;a: &iexcl;ser escritor! &iquest;De qu&eacute; contempor&aacute;neo querer copiar no la obra sino las pr&aacute;cticas, las posturas, esa manera de pasearse por el mundo con una libreta en el bolsillo y una frase en la cabeza (...). Pues lo que la fantas&iacute;a impone es el escritor tal como se lo puede ver en su diario &iacute;ntimo, es&nbsp;<em>el escritor menos su obra</em>: forma suprema de lo sagrado: la marca y el vac&iacute;o&ldquo;. Por su parte, Juan Jos&eacute; Saer dice: &rdquo;Cuando se cree ser alguien, algo, se corre el riesgo, luchando por acomodar lo indistinto del propio ser a una abstracci&oacute;n, de transformarse en un arquetipo, en caricatura (...). Si denominamos a alguien ir&oacute;nicamente por medio de un estereotipo - el Escritor, el Editor, la Belleza Local-, ya estamos dando a entender que su titular, a causa de un comportamiento demasiado definido, es v&iacute;ctima de cierta ilusi&oacute;n sobre s&iacute; mismo. De tanto ser esencias -Don Giovanni, Fausto, Trist&aacute;n e Isolda- los personajes de &oacute;pera terminan por naufragar en la opereta-&ldquo;. Y luego dice: &rdquo;En cierto sentido, toda veleidad de identidad personal es una tentativa de hacerse pasar por conde&ldquo;. Hay personas que escriben, hay personas que quieren ser escritores. Es la diferencia que estableci&oacute; Hebe Uhart cuando dijo &rdquo;no hay escritor. Hay personas que escriben&ldquo; y que Liliana Villanueva eligi&oacute; de ep&iacute;grafe para comenzar el libro&nbsp;<em>Las clases de Hebe Uhart</em>. En esa misma primera clase, Uhart dice: &rdquo;Es mejor que el que escribe no se sienta escritor (...). Inflar el rol del escritor conspira contra el producto porque la vanidad aparta al que escribe de la atenci&oacute;n necesaria para seguir a su personaje o situaci&oacute;n. Weil dice: &lsquo;el virtuosismo en todo arte consiste en la capacidad de salirse de s&iacute; mismo&rsquo; (...). No se nace escritor, se nace beb&eacute;&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.&nbsp;</strong>Pasa lo mismo con el ejercicio del psicoan&aacute;lisis: si la vanidad no se suspende, si no se suspende el&nbsp;<em>ser psicoanalista</em>, se corre el riesgo de no seguir el texto del analizante. Quiz&aacute;s pasa lo mismo por las mismas razones, porque no se puede ser psicoanalista. Jean Allouch lo dice as&iacute;: &ldquo;Pensado como un acto, el an&aacute;lisis excluye que alguien pueda nunca declarar: &laquo;Yo soy psicoanalista&raquo;, ya que no se lo es por fuera del acto, mientras que en el acto, Lacan lo se&ntilde;al&oacute;, &laquo;el sujeto no est&aacute; all&iacute;&raquo;&rdquo;. Psicoan&aacute;lisis y literatura: entre todas las zonas en com&uacute;n posibles, la que m&aacute;s me gusta es que ninguna de esas dos pr&aacute;cticas resultan de identidades, son un ejercicio que nunca est&aacute; garantizado por el ser, que nunca est&aacute; garantizado. S&iacute;, debe pasar en much&iacute;simas disciplinas, pero hablo de estas dos porque son las que m&aacute;s cerca tengo, las que creo conocer un poco. Y porque son pr&aacute;cticas, escribir, analizar, que no est&aacute;n respaldadas por ninguna instituci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>En la Facultad de Psicolog&iacute;a hay muchos psicoanalistas y pocos trabajadores. Porque los psicoanalistas no se auto perciben trabajadores. Practican una y otra vez su&nbsp;<em>ser psicoanalista</em>. Y entonces algunos titulares de c&aacute;tedra abusan de su poder -al que hacen pasar por transferencia- dirimiendo qui&eacute;nes pueden o no acceder a un puesto de trabajo, seg&uacute;n supervisen, se analicen o estudien con ellos. Hay mucha infatuaci&oacute;n en los psicoanalistas que se creen psicoanalistas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.&nbsp;</strong>Me gustan mucho las ficciones que ironizan acerca de la pretensi&oacute;n de ser escritor. Hay much&iacute;simas. Ahora pienso en algunas novelas de Juan Jos&eacute; Becerra:&nbsp;<em>Felicidades</em>,&nbsp;<em>La interpretaci&oacute;n de un libro</em>. Ahora cito&nbsp;<em>El artista m&aacute;s grande del mundo</em>: &ldquo;Tengo la esperanza de que la escritura literaria morir&aacute; pronto. Estamos en las v&iacute;speras de su exterminio, un momento en el que cualquiera &laquo;escribe&raquo; un libro (...). Cada habitante de la Tierra escribir&aacute; su libro, si es que ya no lo escribi&oacute;, y la escritura, que exig&iacute;a alg&uacute;n tipo de talento aunque m&aacute;s no fuese el de la voluntad o la paciencia, no conservar&aacute; ninguno y, por fin, desaparecer&aacute;&rdquo;. Acerca de la pretensi&oacute;n se ser psicoanalista recomiendo una novela a la que vuelvo seguido, esa parodia corrosiva, esa caricatura perfecta, que de tan veros&iacute;mil produce un poco de angustia:&nbsp;<em>La escuela neo lacaniana de Buenos Aires</em>, de Ricardo Strafacce.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.&nbsp;</strong>De estos mismos asuntos se ocup&oacute; Mart&iacute;n Kohan en su novela&nbsp;<em>Cuentas pendientes</em>. Y tambi&eacute;n en &ldquo;Fotos de escritor: la verdad de la pose&rdquo;. Y tambi&eacute;n, y sobre todo, en la&nbsp;<a href="https://eldiarioar.us2.list-manage.com/track/click?u=503cf153ccaaf3477f3bc20b1&amp;id=bceb346a43&amp;e=37d0daae1a" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">inauguraci&oacute;n</a>&nbsp;del FILBA en 2015. El d&iacute;a que conoc&iacute; a Mart&iacute;n Kohan, en unas jornadas a las que lo invit&eacute; en la Facultad de Psicolog&iacute;a, le pregunt&eacute; c&oacute;mo quer&iacute;a que lo presentara. No quiso que dijera &ldquo;escritor&rdquo; y prefiri&oacute; &ldquo;cr&iacute;tico literario, docente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX.&nbsp;</strong>El lastre de la imagen de s&iacute;. Me gusta c&oacute;mo lo dice Guy Le Gaufey: &ldquo;La imagen de s&iacute;: &iexcl;qu&eacute; deliciosa esclavitud, qu&eacute; preocupante felicidad y, sobre todo, qu&eacute; carga! Pero tambi&eacute;n &iexcl;qu&eacute; angustia si imaginamos s&oacute;lo por un instante que puede dejarnos! Le declaramos la m&aacute;s intestina de las guerras, amorosamente reafirmada a partir de cualquier tregua duradera&rdquo;. La imagen: esa servidumbre &iquest;voluntaria? Lacan dice: &ldquo;s&oacute;lo el psicoan&aacute;lisis reconoce ese nudo de servidumbre imaginaria que el amor debe siempre volver a deshacer o cortar de tajo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>X.&nbsp;</strong>Un fragmento del poema Tomboy, de Claudia Masin:
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;C&oacute;mo pueden entonces</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>andar tan c&oacute;modos y felices en un cuerpo, c&oacute;mo hacen</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>para tener la certeza, la seguridad de que son eso: esa sangre,</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>esos &oacute;rganos, ese sexo, esa especie? &iquest;Nunca quisiste</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>ser un lagarto prendido cada d&iacute;a del calor del sol</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>hasta quemarse el cuero, un hombre viejo, una enredadera</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>apret&aacute;ndose contra el tronco de un &aacute;rbol para tener de d&oacute;nde</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>sostenerse, un chico corriendo hasta que el coraz&oacute;n</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>se le sale del pecho de pura energ&iacute;a brutal,</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>de puro deseo? Nos esforzamos tanto</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>por ser aquello a lo que nos parecemos. &iquest;Nunca</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>se te ocurri&oacute; c&oacute;mo ser&iacute;a si en lugar de manos tuvieras garras</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>o ra&iacute;ces o aletas, c&oacute;mo ser&iacute;a</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>si la &uacute;nica manera de vivir fuera en silencio o aullando</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>de placer o de dolor o de miedo, si no hubiera palabras</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>y el alma de cada cosa viva se midiera</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>por la intensidad de la que es capaz una vez</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>que queda suelta?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-pretension_132_9236254.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Aug 2022 10:49:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre la pretensión de ser]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Sigmund Freud,Jacques Lacan,Luis Gusmán]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre la familia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-familia_132_9189940.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dd68cf6d-587e-409c-a2fe-64fa2e8cfaa1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre la familia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Preguntas y reflexiones alrededor de los lazos familiares y sus lecturas. El newsletter del mes de julio de Alexandra Kohan.</p></div><p class="article-text">
        <em>                                                                                                                                                                                                                Para Catalina</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>Hace poco me escuch&eacute; diciendo que conviene que un analista haya hecho caer la instituci&oacute;n familiar. Estaba hablando de lo que Lacan dice de la posici&oacute;n del analista: que es comparable a la de Dupin, el detective de La carta robada, en la medida en que si halla la carta que la polic&iacute;a no encontraba, lo hace porque est&aacute; por fuera de la instituci&oacute;n policial. Y agregu&eacute; lo que de eso dice Ricardo Piglia: que el detective del policial -tanto Dupin, como Sherlock Holmes, como Marlowe, por mencionar s&oacute;lo algunos-, son detectives por fuera de la Instituci&oacute;n policial, pero adem&aacute;s, por fuera de cualquier instituci&oacute;n social, incluido el matrimonio; es su condici&oacute;n de outsiders la que justamente les posibilita interpretar los cr&iacute;menes leyendo pistas, huellas e indicios que han sido desestimados por la opini&oacute;n establecida, por la ideolog&iacute;a. &ldquo;El detective no puede incluirse en ninguna instituci&oacute;n social, ni siquiera en la m&aacute;s microsc&oacute;pica, en la c&eacute;lula b&aacute;sica de la familia, porque ah&iacute; donde quede incluido no podr&aacute; decir lo que tiene que decir, no podr&aacute; ver, no tendr&aacute; la distancia suficiente para percibir las tensiones sociales&rdquo;. En definitiva: la Instituci&oacute;n adormece a sus integrantes, quienes descansan confortados en el sentido com&uacute;n. Y no se trata de que un analista no tenga familia, o matrimonio. De lo que se trata es de que la instituci&oacute;n no se cuele en su funci&oacute;n, de que su lugar, ah&iacute; en el dispositivo anal&iacute;tico, no est&eacute; atravesada ni condicionada por ninguna instituci&oacute;n, incluida y sobre todo, la instituci&oacute;n psicoanal&iacute;tica -que es una gran familia, cuando no una famiglia-. Pero tambi&eacute;n creo que la relaci&oacute;n que la persona del analista tenga con la instituci&oacute;n -cualquiera de ellas, pero ahora hablo de la familiar- condiciona su lugar. Por eso creo que hay psicoanalistas y psicoan&aacute;lisis conservadores. Y para m&iacute; un an&aacute;lisis, si es conservador, no es un an&aacute;lisis. Y por conservador me refiero a guiar a los analizantes por el camino que ellos, los analistas, suponen el mejor. Un an&aacute;lisis es conservador, no s&oacute;lo cuando quiere mantener a la familia unida, por considerarlo un valor per se, sino cuando el analista quiere algo en particular, espera algo del analizante como si fuera, por ejemplo, un hijo, un padre, una hermana. Es decir, cuando se hace del ejercicio del an&aacute;lisis, un ejercicio de poder. Y que no espere nada en particular no es que se desentienda, no es que no quiera, sino todo lo contrario: habilita un espacio y deja lugar a lo que ah&iacute; pueda irrumpir como inesperado. En las familias, en cambio, no hay lugar para lo inesperado. Cada uno cumple con su funci&oacute;n esperable, siempre. Lo quiera o no lo quiera, siempre es puesto en el mismo lugar y siempre pone a los otros en el mismo lugar.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>II.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Se trata entonces, para el analista, de no sostener ning&uacute;n Ideal. Me gusta cuando Lacan dice que &ldquo;el psicoanalista considerado en conjunto&rdquo; (como una familia) &ldquo;los psicoanalistas cuando hay una multitud, una caterva, quieren que se sepa que est&aacute;n ah&iacute; por el bien de todos&rdquo;. Y tambi&eacute;n dice que &ldquo;est&aacute;n asimismo muy atentos a no tener esa debilidad de dirigirse demasiado r&aacute;pido al bien de la singularidad, al bien de ese con el que tratan, porque saben perfectamente que no es queriendo el bien de la gente como se lo alcanza, y que la mayor parte del tiempo es incluso al rev&eacute;s&rdquo;. El psicoan&aacute;lisis conservador con el que Lacan discute sostiene ideales. Ideales morales y castos. Ese psicoan&aacute;lisis tiene como ideal de la cura hacer fuerte al Yo. Y eso se consigue, dice Lacan, logrando &ldquo;buenos empleados&rdquo;, tanto del lado del analizante como del lado del analista. Hay analistas empleados de las instituciones psicoanal&iacute;ticas esparciendo la palabra del amo en los an&aacute;lisis. Hacen del&nbsp;psicoan&aacute;lisis, como dice Allouch, una pastoral.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Escribo este texto y advierto que<a href="https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-amistad_132_8259716.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> hace justo un a&ntilde;o escrib&iacute; el primer Newsletter</a>. Era sobre&nbsp;la amistad. Pero tiene muchas consideraciones sobre la familia, porque no me gustan las amistades que se parecen a una familia. Y ah&iacute; cuestionaba la instituci&oacute;n familiar pero, pienso ahora, tambi&eacute;n era un modo de cuestionar la amistad como instituci&oacute;n. No me gustan la institucionalizaci&oacute;n de las relaciones, la familiarizaci&oacute;n de los lazos, la burocratizaci&oacute;n de los v&iacute;nculos. Prefiero ensayar formas nuevas, insabidas, en las que haya espacio para las ganas y tambi&eacute;n para la falta de ganas. Que no se familiaricen las relaciones para que no haya reclamos familiares: esos que nos dejan siempre en el mismo lugar, en la misma escena familiarmente fantasm&aacute;tica, fantasm&aacute;ticamente familiar. Se dice de algunas amistades que son como una familia. Siempre me pregunto por qu&eacute; el modelo del amor en las amistades pretende replicar al de la familia. &iquest;C&oacute;mo es que la familia sigue siendo el modelo?
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Familia normal: ox&iacute;moron; familia disfuncional: redundancia. El problema de adjetivar a la familia. Quiz&aacute;s los adjetivos s&oacute;lo pretendan apaciguar un poco la ferocidad de la familia, quiz&aacute;s adjetivar a la familia s&oacute;lo sea poner a jugar un eufemismo.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Me gusta la literatura cuando no es ni conservadora ni condescendiente. Seda Metamorfa, la protagonista de la novela de <a href="https://www.eldiarioar.com/autores/ana-ojeda/" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Ana Ojeda</a> (Muchas Nueces), trabaja cargando facturas en una empresa. Pero ese trabajo no se termina al salir de la oficina, sino que ocupa casi toda su vida. Porque Seda trabaja incansablemente para cargar con las facturas familiares que suelen pasarle. &ldquo;Acostumbrada desde &oacute;vulo fecundado a ganar puntos por obedecer&rdquo;, Seda pretende -y no abandona esa batalla perdida- que todo su cuerpo entre en la norma, que su pie calce en la horma de lo esperable. Seda se ve conminada a responder a lo que la familia, presidida por el pater familiae, pide, exige, obliga. Una contingencia va a poner a Seda en el camino de la metamorfosis, de la transformaci&oacute;n; en un instante Seda Metamorfa ya no va a estar m&aacute;s a disposici&oacute;n de los deseos y necesidades del colectivo familiar. La transformaci&oacute;n de Seda Metamorfa es, sin dudas, una transformaci&oacute;n del lenguaje, en el lenguaje. Ana Ojeda cuestiona, desde siempre, a trav&eacute;s de la literatura, la ideolog&iacute;a familiarista. En Seda Metamorfa la pandemia del covid reci&eacute;n empieza. No hay vacuna a&uacute;n. La cr&iacute;tica a la ideolog&iacute;a familiarista cobra distintas formas. Dice la narradora: &ldquo;la invitan con el primer mate para que se serene. Desensilla Blixa, se pregunta si deber&iacute;a continuar con el tapabocas puesto pero concluye que no pues parientas, con lo cual termina colg&aacute;ndolo del respaldo de la silla&rdquo;. Las personas se mueren porque, como son de la familia, no se cuidan entre ellas. En la novela el humor, como procedimiento cr&iacute;tico, nos hace descostillar de risa. En la realidad, la ideolog&iacute;a familiarista hizo estragos tambi&eacute;n en pandemia.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Separarse de la familia -que no es pelearse, ni no hablarse m&aacute;s- no es nada sencillo. Muchas veces s&oacute;lo se puede hacer de un solo lado, es decir: forzando esa separaci&oacute;n aunque del otro lado vengan los reclamos. Entiendo que a muchos les es m&aacute;s sencillo hacerlo alej&aacute;ndose geogr&aacute;ficamente, porque hay casos en los que la cercan&iacute;a impide demasiado. Pero quiz&aacute;s sea de este otro modo: la familia nunca habilita esa separaci&oacute;n, es m&aacute;s bien la separaci&oacute;n la que habilita que a uno la familia ya no le pese, ya no lo agobie. No es que cesen los reclamos, sino que uno deja de escucharlos; uno deja de constituirse en ese mismo lugar de siempre, uno empieza a ser otro. Y, a su vez, deja de convocar a la familia en el mismo lugar de siempre. Salir del cl&oacute;set acaso sea eso mismo. Se es otro fuera de la familia y ya no importa. No recuerdo cu&aacute;ndo me empez&oacute; a pasar. S&eacute; que fue hace much&iacute;simo. Quiz&aacute;s ese primer gesto de mis padres, el de ponerme en el lugar de la &ldquo;ni&ntilde;a problema&rdquo; y mandarme al analista, haya sido un gesto inaugural que habilit&oacute; la separaci&oacute;n. O quiz&aacute;s haber actuado de &ldquo;ni&ntilde;a problema&rdquo; me haya salvado; no se puede saber -a veces los ni&ntilde;os, o los adolescentes, hacen cosas para salirse del lugar aplastante en el que los pone la familia. Y a veces lo hacen con s&iacute;ntomas, con angustias, siendo &ldquo;ni&ntilde;os problemas&rdquo;-. Porque si de algo estoy segura, es de que fue el an&aacute;lisis el que me posibilit&oacute; hacer una vida m&aacute;s all&aacute; del destino familiar. Fue el an&aacute;lisis el que me hizo desviarme del lugar familiar en el que se me esperaba.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Cuando se habilitan conversaciones por fuera de la instituci&oacute;n familiar, incluso con los miembros de la familia, sucede lo inesperado, lo sorpresivo, lo que nunca hubiera podido pensarse de otro modo, lo que ya nunca podr&aacute; volver a pensarse como antes. Un flash que suscita una lectura con consecuencias, un hallazgo, un encuentro. As&iacute; fue la conversaci&oacute;n que mantuvimos con mi sobrina Catalina hace unos meses. Una pregunta circunstancial habilit&oacute; un espacio in&eacute;dito entre nosotras, por fuera de lo&nbsp;<em>mismodesiempre</em>. La pregunta fue m&aacute;s o menos as&iacute;: &iquest;puede un s&iacute;ntoma seguir reproduci&eacute;ndose a trav&eacute;s de la familia? &iquest;Puede algo no resuelto seguir perpetu&aacute;ndose en s&iacute;ntomas similares? Y entonces emprendimos, llenas de asombro y de risas y de sorpresa, la serie de s&iacute;ntomas similares de los distintos miembros de la familia -incluidas nosotras-. Una porci&oacute;n del cuerpo -la pulsi&oacute;n mordiendo la carne- tomada por lo familiar, se repite, de una u otra forma, a trav&eacute;s de casi todos nosotros. No s&eacute; qu&eacute; vamos a hacer con eso que descubrimos. Y ya no importa. Esa conversaci&oacute;n fue en s&iacute; misma una cu&ntilde;a en el macizo y pesado edificio de la instituci&oacute;n familiar. Ni ella ni yo fuimos, ah&iacute;, las mismas de siempre. Y eso ya tuvo efectos.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.</strong>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si la instituci&oacute;n familiar no fuera tan pesada -aun en las distintas formas que fue cobrando-, si la ideolog&iacute;a familiarista no siguiera imperando -a&uacute;n hoy que todo tiende a ser cuestionado-, no habr&iacute;a tanta escritura a su alrededor. Artes visuales, literatura, ensayos y otras manifestaciones intentando, todav&iacute;a, agujerear esa roca viva.
    </p><p class="article-text">
        Fabi&aacute;n Casas escribi&oacute; el c&eacute;lebre verso:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y tambi&eacute;n escribi&oacute; este poema:
    </p><p class="article-text">
        Aviso
    </p><p class="article-text">
        La familia es una patolog&iacute;a
    </p><p class="article-text">
        que te acompa&ntilde;a toda la vida
    </p><p class="article-text">
        Pong&aacute;mosla en la heladera
    </p><p class="article-text">
        para que no se pudra.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y Rachel Cusk escribi&oacute;:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Porque familia y tragedia son lo mismo en cierto modo&rdquo;. Y lo escribi&oacute; en Despojos, donde narra, tambi&eacute;n, su dificultad para hacer caer la ideolog&iacute;a familiarista.
    </p><p class="article-text">
        Y Juan Jos&eacute; Saer escribi&oacute;:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Esa apariencia de compa&ntilde;&iacute;a que es una familia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y Gustavo Ferreyra escribi&oacute; la novela La familia. 570 p&aacute;ginas de narraci&oacute;n pura y dura, de cr&iacute;tica despiadada -para la instituci&oacute;n familiar no hay otra-, de iron&iacute;a y de ensayo para derrumbar ese bodoque enorme que es la familia. Ah&iacute; dice, entre tantas otras cosas geniales, lo siguiente:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La animalidad de la vida humana tiene en la familia su representante m&aacute;s acabado. La familia es siempre una formidable atadura al pasado, a lo at&aacute;vico, a nuestros millones de a&ntilde;os simiescos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sobre la novela,<a href="https://www.eternacadencia.com.ar/blog/item/proust-ferreyra-kafka.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank"> Mart&iacute;n Kohan&nbsp;escribi&oacute;:</a>&nbsp; &ldquo;Si la familia es, en efecto, tal como suele decirse, el n&uacute;cleo de la sociedad, lo es en Ferreyra (como lo es en Kafka) tan s&oacute;lo para evidenciar cu&aacute;nto hay en la sociedad de atroz y de inhumano, de siniestro y de pesadilla. No la pesadilla de la que no podemos despertar, como escribi&oacute; Joyce de la historia, sino la pesadilla de un despertar, la pesadilla de una madre que a mitad de la noche nos despierta, y nos despierta para darnos ese beso que en realidad ya no esper&aacute;bamos y que tampoco, por eso mismo, ya quer&iacute;amos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX</strong>.<strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        En un an&aacute;lisis acaso se trate de desfamiliarizar, no de no tener familia. Se trata de que el ejercicio anal&iacute;tico disipe un poco el cielo feroz, sombr&iacute;o y opaco de las tormentas familiares. El an&aacute;lisis no es el lugar exclusivo en el que eso puede pasar. Allouch cuenta varios ejemplos de lo que podr&iacute;a ser el hallazgo de esa otra cosa, de lo desfamiliar, de soportar la incomodidad de desear no curar, no aconsejar lo que se cree lo mejor para el otro. Son ejemplos conmovedores. Son intercambios entre hijos y padres pero por fuera de la familiaridad, de lo familiar, por fuera del Padre, del Hijo; por fuera del aleccionamiento y del ejercicio de un poder disfrazado de querer el bien del otro. S&oacute;lo basta con no sostener, ni sostenerse, en un ideal familiar; s&oacute;lo basta con faltar a la cita.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-familia_132_9189940.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 21 Jul 2022 13:14:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre la familia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alexandra Kohan,Familia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre los celos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-celos_132_9095255.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cfaef2b3-0462-40a5-98a0-16f1214e8b02_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre los celos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Atención Flotante es el newsletter mensual de Alexandra Kohan en elDiarioAR. Anotate acá para recibirlo gratis en tu correo.</p></div><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>Me molestan, me exasperan, me dan escozor las atribuciones de ser. Me resultan hostiles, cuando no agresivas. Sobre todo cuando provienen de otros -aunque tambi&eacute;n me molestan cuando vienen de uno mismo, cuesti&oacute;n habitual-. Creo que atribuirle a alguien formas de ser es someterlo a la fijeza, al prejuicio, a una imagen, a un ideal. No s&oacute;lo se lo encierra en un ser, sino que se lo hace obedecer al prejuicio con el que est&aacute; estipulada esa forma de ser, se lo hace condescender al repertorio que el sentido com&uacute;n dispone para cada una de esas formas. Es, en definitiva, no dejar que el otro sea otro respecto de uno pero, sobre todo, respecto de s&iacute; mismo. Como si uno tuviera que ser siempre el mismo, como si no hubiera escapatoria. Las atribuciones de formas de ser acaso sean una especie de grillete que deja a alguien preso de las suposiciones -propias o ajenas-. Se encasilla a alguien desde las supuestas formas de ser, porque se cree que existe el ser cerrado sobre s&iacute; mismo, fijo, coagulado. Me gusta c&oacute;mo lo dice<strong> Gast&oacute;n Bachelard</strong>: &ldquo;se quiere fijar el ser y al fijarlo se quiere trascender todas las situaciones para dar una situaci&oacute;n de todas las situaciones (...). Y el lenguaje lleva en s&iacute; la dial&eacute;ctica de lo abierto y lo cerrado. Por el sentido, encierra, por la expresi&oacute;n po&eacute;tica se abre (...) el hombre es el ser entreabierto&rdquo;.&nbsp;Pero adem&aacute;s, las atribuciones o las definiciones por el lado del ser pretenden que alguien es de determinada manera en s&iacute; misma -&ldquo;el pandemonio de los discursos sociales&rdquo;, dice Barthes-. Esas miradas esencialistas -y esencializadoras- hacen que se anule cualquier contingencia que implica el encuentro con otros. Atribuirle al otro formas de ser es anular, adem&aacute;s, la posibilidad de que pasen cosas en la sorpresa de lo inesperado.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<strong>II.&nbsp;</strong>Salirse de esas atribuciones -que son letra muerta- nos pone de frente con lo vivo. Y entonces pienso en la diferencia entre ser y estar. En la diferencia que puede escribirse en ese espacio peque&ntilde;o. No es lo mismo ser algo, que estar algo. Estar de determinada manera, en un momento particular, en una escena situada, en un instante que no es eterno. Concebirlo as&iacute; nos posibilita pasar de lo absoluto a lo contingente. Del monstruo de la totalidad, a la insinuaci&oacute;n del fragmento. Se trata de la oscilaci&oacute;n, del vaiv&eacute;n, del centelleo (Barthes). Se trata de la posibilidad de que nuestro destino sea incierto, de que no est&eacute; escrito desde siempre y para siempre. Se trata de que haya lugar para la experiencia.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<strong>III.&nbsp;</strong>Los celos -como casi todo lo que inquieta- entran en esas categor&iacute;as establecidas, en esas doxas del &ldquo;es sabido que&rdquo; (Barthes), en esos lugares fijos, preconcebidos y preformateados. Alguien dice &ldquo;celos&rdquo; y las cosas se disponen a la sospecha, a la mirada alerta; alguien dice &ldquo;celos&rdquo; y las cosas se disponen a la lecci&oacute;n, al manual, a la evaluaci&oacute;n y a la reprobaci&oacute;n, cuando no a la sentencia. En ese despilfarro de saberes y arrogancias, de patologizaciones y normalizaciones, suele venir tambi&eacute;n la idea de que los celos son por inseguridad. Alguien es celoso porque es inseguro. Doble cerrojo, doble clausura, doble culpabilizaci&oacute;n. Ahora no s&oacute;lo hay que curarse de los celos, sino tambi&eacute;n de la inseguridad. No considero que los celos sean por inseguridad. Una cosa es la inseguridad y otra son los celos. Empastarlos impide pensarlos. En la distribuci&oacute;n del sentido com&uacute;n las mujeres somos celosas por inseguras, por intensas, por locas, mientras que los hombres son celosos porque son posesivos y violentos. Algo as&iacute;, estoy exagerando. No siempre todo es igual a s&iacute; mismo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Alguien dice “celos” y las cosas se disponen a la sospecha, a la mirada alerta; alguien dice “celos” y las cosas se disponen a la lección, al manual, a la evaluación y a la reprobación, cuando no a la sentencia. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        &nbsp;<strong>IV.&nbsp;</strong>Me molesta que no se puedan pensar los celos m&aacute;s all&aacute; de las condenas de las que son objeto. Como si los celos fueran siempre lo mismo: la causa de algo peor. Como si los celos, una vez que empiezan, s&oacute;lo pudieran terminar en un infierno o en la violencia. Hay todo un mundo m&aacute;s ac&aacute; de la violencia, hay todo un mundo para experimentar. &iquest;C&oacute;mo es que se pretende sofocar una experiencia tan cotidiana como los celos? &iquest;Todos los modos en los que aparecen los celos son iguales? Me gustan los celos que cifran algo del deseo. Y aunque no los sienta de veras, a veces los practico para producir una verdad.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<strong>V.&nbsp;</strong>Para Lacan, y podr&iacute;a decir que para Barthes tambi&eacute;n, hay una relaci&oacute;n indisociable entre el deseo y los celos. Y quiz&aacute;s se trate de diferenciar cada una de las cosas que se superponen ah&iacute;: celos, envidia, inseguridad, posesi&oacute;n, bienes. Leer de qu&eacute; est&aacute;n hechas las cosas, pensar es separar, cortar. Mientras que el odio y la envidia se dirigen al ser del otro, a ese ser que se le supone, a ese tener que se le atribuye, a ese Ideal en el que se lo coloca, los celos no apuntan a eso, no se alimentan de lo que el otro tiene o de querer poseer al otro. &iexcl;Cu&aacute;nto pensamiento burgu&eacute;s hay que tener para suponer que los celos solo pueden ser una cuesti&oacute;n de propiedad!
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text"> Una cosa es la inseguridad y otra son los celos. Empastarlos impide pensarlos. En la distribución del sentido común las mujeres somos celosas por inseguras, por intensas, por locas, mientras que los hombres son celosos porque son posesivos y violentos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        &nbsp;<strong>VI.&nbsp;</strong>Roland Bartes y los celos:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Y no me parece posible estar enamorado, incluso si es de una manera laxa y relajada, como se puede imaginar a los j&oacute;venes de hoy, sin que finalmente, en ciertos momentos, los celos no atraviesen el sentimiento amoroso&rdquo; (...). Viv&iacute; entre amigos m&aacute;s j&oacute;venes que yo. A menudo me quedo estupefacto ante lo que a primera vista es la ausencia de celos en sus relaciones. (...) Si se los mira con m&aacute;s atenci&oacute;n, uno se da cuenta de que hay movimientos de celos, incluso entre ellos (...). El sentido com&uacute;n dice que hay un momento en que es necesario desprender &laquo;estar enamorado&raquo; de &laquo;amar&raquo;. Se deja de lado el &laquo;estar enamorado&raquo; con su cortejo de enga&ntilde;os, ilusiones, influencias tir&aacute;nicas, escenas, dificultades, incluso suicidios&hellip; Para acceder a un sentimiento m&aacute;s pacifico, m&aacute;s dial&eacute;ctico, menos celoso, menos posesivo (...). El enamorado lucha para no ser sometido. Pero fracasa. Comprueba con humillaci&oacute;n, y a veces con delicia, que est&aacute; enteramente sometido a la imagen amada. Y por otra parte, en los buenos momentos, sufre mucho por tener que someter al otro&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<strong>VII.&nbsp;</strong>M&aacute;s Roland Barthes: &ldquo;como celoso sufro cuatro veces: porque estoy celoso, porque me reprocho el estarlo, porque temo que mis celos hieran al otro, porque me dejo someter a una nader&iacute;a: sufro por ser excluido, por ser agresivo, por ser loco y por ser ordinario&rdquo;. Me gustan las peque&ntilde;as escenas de celos sobreactuados que nos hacemos con amigas. No son reclamos, ni reproches -eso es otra cosa-: son esbozos de amorosidad.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.&nbsp;</strong>&ldquo;Despu&eacute;s del arte de los celos, todo parece gris, una negociaci&oacute;n firmada sin conocer antes las condiciones (&hellip;). El celar es la g&eacute;nesis de nuestro pensamiento en armas. Que despu&eacute;s vengan los libros.&rdquo;, dice Mar&iacute;a Moreno. Y tambi&eacute;n dice: &ldquo;Los celos verdaderos son los infundados&rdquo;. Los celos no siempre necesitan un fundamento porque son ellos mismos el fundamento, el del desear. Cuando Freud, siguiendo a Theodor Fontane, dice: &laquo;esto no anda sin construcciones auxiliares&raquo;, el &ldquo;esto&rdquo; se refiere a la realidad y &ldquo;las construcciones auxiliares&rdquo; a la fantas&iacute;a. No hay modo de que la realidad ande sin la fantas&iacute;a. Y compara a las fantas&iacute;as con un parque natural, con una reserva donde los reclamos y las exigencias del mercado no logran pasar, donde la libertad, de la que nos priv&oacute; la realidad, puede ejercerse. En el parque natural puede crecer y pulular, dice Freud, todo lo que quiera hacerlo, &ldquo;aun lo in&uacute;til, hasta lo da&ntilde;ino&rdquo;. Ese es el reino de la fantas&iacute;a. Y &iquest;qu&eacute; ser&iacute;a de la fantas&iacute;a sin los celos? Porque los celos alimentan la fantas&iacute;a y no al rev&eacute;s. Hay quienes creen que para tener celos debe haber motivos y lo que no entienden es que los celos son el motivo. Los celos no se aplacan con pruebas, los celos no se dirimen en el terreno de lo f&aacute;ctico. Los celos no entran en disputa con la realidad, porque ellos son una verdad. Los celos y la fantas&iacute;a no necesitan datos, no necesitan informaci&oacute;n, porque son lo otro de la informaci&oacute;n. Se nutren de cosas sutiles, peque&ntilde;as &ndash;una mirada, un gesto, una sombra&ndash; y con ello hacen un mundo, el mundo del vacilante sentimiento amoroso. Arremeter contra los celos subidos a la topadora del imperativo moral o manejando la aplanadora del moralismo imperante, es arrasar con la tierra f&eacute;rtil donde crecen el erotismo y el deseo: otros nombres de lo in&uacute;til y lo da&ntilde;ino.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX.&nbsp;</strong>Hay celos y celos, s&iacute;. Hay celos insoportables, para uno y para el otro. Pero no me refiero a esos, a esos celos que impiden, sino a los que posibilitan, abren, suscitan, provocan deseo. A esos celos que se escriben entre uno y el otro. Ese entre, ese espacio que abre todo un universo, ese espacio en el que uno est&aacute; pero no es. Un espacio en el que uno se encuentra, en el sentido del hallazgo. Estar y no ser. Estar en un lugar, un rato, un instante; estar como modo de fundar una experiencia. No es lo mismo ser la que no tiene lugar, ser la excluida, que estar en un&nbsp;<em>entre</em>, en un espacio que d&eacute; lugar al paso, al&nbsp;<em>pasar,</em>&nbsp;a que algo pase.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Hay celos y celos, sí. Hay celos insoportables, para uno y para el otro. Pero no me refiero a esos, a esos celos que impiden, sino a los que posibilitan, abren, suscitan, provocan deseo. </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Lo pens&eacute; por lo siguiente: no fui una hija esperada. Mis padres no esperaban un cuarto hijo. No haber sido esperada no quiere decir que no haya sido deseada. Los hijos se desean aunque no se los espere y al rev&eacute;s: se los puede esperar y no desear. Cuesti&oacute;n que en el departamento inmenso en el que viv&iacute;an mis padres y mis tres hermanos no hab&iacute;a una habitaci&oacute;n de m&aacute;s para m&iacute;, ni hab&iacute;a lugar en la de mis hermanas, que ya la compart&iacute;an entre ellas. Entonces se improvis&oacute; un lugar para m&iacute; en un pasillo, hasta tanto nos mud&aacute;ramos. Pero m&aacute;s que un pasillo angosto era un distribuidor amplio, esos que&nbsp;<em>conectan</em>&nbsp;a la vez con varios otros espacios de la casa. Tengo el recuerdo un poco borroso de las tres puertas: una hacia la habitaci&oacute;n de mis hermanas, otra hacia el living y otra m&aacute;s hacia las habitaciones de mis padres y de mi hermano. No importa ahora si era as&iacute; exactamente. Nunca pens&eacute; que eso significaba que no hab&iacute;a lugar para m&iacute; en esa familia, nunca se me cruz&oacute; que yo hab&iacute;a quedado afuera o que no hab&iacute;a sido incluida en los planes familiares. Nunca percib&iacute; exclusi&oacute;n en eso -mi pap&aacute;, que era el que menos esperaba un cuarto hijo, siempre hac&iacute;a referencia a ese pasillo, y lo hac&iacute;a con amorosidad y risas-. En cambio, alguna vez pens&eacute; que ese espacio inaugural hab&iacute;a fundado para m&iacute; la posibilidad de no estar demasiado adentro de esa familia, de no estar demasiado metida en todo eso, de estar m&aacute;s bien de paso. &ldquo;De paso y a la vez conectada&rdquo;, me dijo alguien que escuch&oacute; esta historia hace poco. Mi preferencia por las nociones de&nbsp;<em>entre</em>, a la vez que por la de paso -<em>pas</em>, que en franc&eacute;s tambi&eacute;n es no- acaso provenga de ese espacio en el que fui alojada amorosamente.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-celos_132_9095255.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Jun 2022 03:02:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre los celos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[celos,Vínculos,Alexandra Kohan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre el matrimonio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-matrimonio_132_8988058.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7700b5d8-56c3-442e-ab9f-940dd27973ab_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre el matrimonio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La jueza que casó en 2015 a Alexandra Kohan le dijo que, una vez que se modificó el código civil, el único motivo para casarse es el amor. La autora de esta columna reflexiona sobre el matrimonio, sobre casarse por amor y sobre la diferencia entre la pareja y el matrimonio.</p><p class="subtitle">Atención Flotante es el newsletter mensual de Alexandra Kohan en elDiarioAR. Anotate acá para recibirlo en tu correo.</p></div><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>&nbsp;Dos hombres conversan acerca de sus asuntos personales. Uno le transmite al otro su preocupaci&oacute;n: su mujer pasa por un mal momento; est&aacute; angustiada y est&aacute; agobiada, entre otras tantas cosas, por los asuntos de la casa. Ese agobio se transforma, muchas veces, en reclamos hacia &eacute;l, su marido. Su amigo sentencia: &ldquo;A X tambi&eacute;n le pasa. Eso se llama matrimonio&rdquo;. M&aacute;s all&aacute; del lugar com&uacute;n que implica esa distribuci&oacute;n de &ldquo;roles&rdquo; que a veces actuamos los hombres y las mujeres, m&aacute;s all&aacute; de que sea una realidad que las mujeres nos ocupamos mucho m&aacute;s de lo dom&eacute;stico, lo cierto es que me detuve en&nbsp;<strong>eso se llama matrimonio</strong>. Lo pens&eacute; como un modo de silenciar lo que ah&iacute; suced&iacute;a. Como si el matrimonio fuera ese nombre por el cual hacer pasar todo lo que pesa de la vida cotidiana -<em>maritablemente</em>, dec&iacute;a un paciente de Lacan superponiendo maritalmente y miserablemente-. Como si el matrimonio, que como toda instituci&oacute;n ha cambiado much&iacute;simo a lo largo de la historia, cargara siempre con ese resto de pesadumbre. Y es cierto que a veces creemos que el problema es el matrimonio. Pero creer que es solamente el matrimonio en s&iacute; nos evita y nos preserva de pensar y de leer los modos en que lo habitamos, las maneras en las que nos relacionamos con el otro. Incluso nos evita revisar ese yunque que se llama Ideal, ese que tambi&eacute;n cae sobre las cabezas del matrimonio. El matrimonio tambi&eacute;n participa de los estereotipos y de los esencialismos, esos en los que nos escondemos cuando creemos que no hay alternativa. Al rev&eacute;s de lo que dice Tolstoi de las familias, ac&aacute; ser&iacute;a &ldquo;todos los matrimonios infelices se parecen&rdquo;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        <strong>II.</strong>&nbsp;&ldquo;El tiempo era precioso, pero por desgracia hemos pasado la ma&ntilde;ana discutiendo. S&oacute;lo nos queda dejar pasar el d&iacute;a marcado con el hierro candente de nuestro mal humor. &iquest;Qui&eacute;n empez&oacute;? &iquest;Qui&eacute;n no ha sabido parar? Ahora ya da igual&rdquo;. Y luego: &ldquo;Casi me asusta comprobar lo mucho que dependo de Leonard, c&oacute;mo me he acostumbrado a apoyarme en &eacute;l&rdquo;. Y tambi&eacute;n: &ldquo;Me atrever&iacute;a a decir que somos la pareja m&aacute;s feliz de Inglaterra&rdquo;. Y esto: &ldquo;No logr&eacute; escribir ni una l&iacute;nea de&nbsp;<em>Las horas</em>&nbsp;porque Leonard cogi&oacute; una gripe, y mi d&iacute;a no fue mucho m&aacute;s agradable. Sea como sea hay algo delicioso en cuidar, quiz&aacute;s sea algo puramente femenino, pero disfruto si me necesitan, no me importa renunciar a la escritura y sentarme al lado de mi convaleciente&rdquo;. M&aacute;s adelante: &ldquo;Leonard me deja espacio para expandir la mente, es una bendici&oacute;n que yo piense lo que piense pueda cont&aacute;rselo a &eacute;l. Nuestra vida en com&uacute;n es libre, desprendida, alegre&rdquo;. &ldquo;Por fin un peque&ntilde;o instante de paz en medio del caos. Leonard me ha recordado que tenemos gasolina suficiente en el garaje para suicidarnos. Pero quiero vivir&rdquo;. &ldquo;Pero s&iacute;, vencer&eacute; todo este des&aacute;nimo. Se trata de dejar que las cosas vayan llegando, y afrontarlas una despu&eacute;s de la otra. Ahora, por ejemplo, se trata de preparar bien el bacalao&rdquo;. Tan solo algunos subrayados de la excelente compilaci&oacute;n que hizo Gonzalo Torn&eacute;, para Capital Intelectual, de los diarios de Virginia Woolf:&nbsp;<em>Escenas de una vida: Matrimonio, amigos y escritura</em>. La felicidad pero tambi&eacute;n los celos, la envidia, la depresi&oacute;n, los peque&ntilde;os odios de la vida cotidiana; el dinero, la escritura, el talento: nada de eso no pasa por la trama del matrimonio de los Woolf, seg&uacute;n deja constancia Virginia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.</strong>&nbsp;&ldquo;El poema est&aacute; hecho/ por fragmentos unidos/ bajo una intensa presi&oacute;n/ de un dolor de cabeza./ Buenos matrimonios / hacen malos poemas&rdquo;. No es una f&oacute;rmula, sino un hecho, un hecho de dicho. Como lo es la poes&iacute;a de Fabi&aacute;n Casas. Como lo es el&nbsp;<strong>S&iacute;, quiero</strong>&nbsp;perform&aacute;tico. No hay poes&iacute;a sino en lo que se escabulle de la pretensi&oacute;n de armon&iacute;a, de la pretensi&oacute;n de estabilidad, de la pretensi&oacute;n de paridad. Y me acord&eacute; de que Lacan dice que el inconsciente no es un conocimiento, sino un saber disarm&oacute;nico que de ning&uacute;n modo se presta a un matrimonio feliz.
    </p><p class="article-text">
        Por eso pareja no es igual a matrimonio. Aunque haya matrimonios que pretenden subsumirse en la pareja. Por eso Philippe Sollers dice: &ldquo;Hay una palabra que no me gusta, la palabra &lsquo;pareja&rsquo;: nunca he podido soportarla. Evoca toda una literatura que detesto. Julia y yo estamos casados, claro, pero cada uno tiene su personalidad, su nombre, sus actividades, su libertad. El amor es el pleno reconocimiento del otro como otro&rdquo;. La pareja quiere hacer existir la reciprocidad, el &ldquo;a los dos nos pasa lo mismo&rdquo; el &ldquo;A m&iacute; me pasa lo mismo que a usted&rdquo;. Acaso algo de eso destaca Lacan cuando dice: &ldquo;El matrimonio como enga&ntilde;o rec&iacute;proco&rdquo;. Y por eso, tambi&eacute;n dice que el amor es dos medios decires que no se recubren, que de eso se trata la &ldquo;divisi&oacute;n irremediable&rdquo;, no tiene remedio pero tampoco mediaci&oacute;n. Hay personas que hacen del matrimonio el recubrimiento de la divisi&oacute;n irremediable, acaso para no enterarse de ella. Una sucia mezcolanza: as&iacute; llama Lacan al intento de recubrir esos dos saberes inconscientes, esos dos que nunca hacen uno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>&nbsp;&ldquo;El matrimonio no puede tener ning&uacute;n sentido que no sea&nbsp;singular&rdquo;, dice Julia Kristeva. As&iacute; como dice Philip&nbsp;Roth, &ldquo;la literatura produce efectos diferentes en las diferentes personas, lo mismo que el matrimonio&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;Un d&iacute;a advert&iacute; que tuve todos los estados civiles. &iquest;Todos? S&iacute;, todos: soltera, casada, separada, viuda, divorciada. Ahora estoy casada. Por tercera vez. Nunca quise casarme, en el sentido de que nunca fue para m&iacute; una aspiraci&oacute;n. No me reconozco en Susanita. No me recuerdo fantaseando con el casamiento, ni con la vida matrimonial. No me recuerdo con todo eso en forma de proyecto, ni mucho menos como un proyecto separado de alguien en particular. Sucedi&oacute;, cada vez, a la manera de un encuentro inesperado. Fueron tres veces muy distintas, singulares. Ninguna de las tres veces me cas&eacute; de blanco. La &uacute;ltima vez me cas&eacute; de negro, que es el color que m&aacute;s uso, que m&aacute;s me gusta. Quer&iacute;a usar ropa que pudiera usar en cualquier otra ocasi&oacute;n y as&iacute; fue. Antes quise anillos, esta vez, no. Uso la alianza de mi mam&aacute;, porque es una manera de tenerla cerca. No creo que la tercera vez sea la vencida sino, m&aacute;s bien, la vencedora. La jueza que nos cas&oacute; en 2015 dijo que, una vez que se modific&oacute; el c&oacute;digo civil, el &uacute;nico motivo para casarse es el amor. Yo siempre me cas&eacute; por amor. Y una vez que esos amores se terminaron, no me qued&eacute; ni por necesidad, ni por conveniencia -es que siempre preserv&eacute; mi independencia econ&oacute;mica-. Separarse no es lindo, ni f&aacute;cil, ni conveniente. Pero quedarme en un matrimonio por conveniencia -porque es m&aacute;s c&oacute;modo- me result&oacute; siempre muy costoso. &ldquo;&iquest;Otra vez te vas a casar?&rdquo;, escuch&eacute; de varias personas en tono desaprobatorio. Les hubiera contestado lo que escribi&oacute; Anne Carson en&nbsp;<em>La belleza del marido</em>: &ldquo;Bueno la vida tiene riesgos. El amor es uno. Riesgos terribles&rdquo;. Ya no quiero volver a casarme, me quiero quedar ac&aacute; con el que una vez me escribi&oacute;: &ldquo;si no me hubiera casado con vos, me casar&iacute;a con vos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta que, a&uacute;n hoy, las personas se sigan emocionando con los casamientos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong>&nbsp;Mis padres se casaron en Colonia, Uruguay, en 1958. La novela familiar cuenta que fue as&iacute; porque en Argentina no exist&iacute;a el divorcio. No era que alguno de los dos fuera casado, sino que pensaban en su futuro: &iquest;y si quisieran divorciarse? Ac&aacute; no podr&iacute;an. Fue as&iacute; que se fueron con dos amigos que oficiaron de testigos al pa&iacute;s que les permitir&iacute;a, si as&iacute; lo quisieran, divorciarse en un futuro. Se casaron con precauciones. Se casaron sabiendo que no ser&iacute;a para siempre. Se casaron con el divorcio en el horizonte. Se casaron sabiendo que hab&iacute;a una puerta por donde fugarse si as&iacute; lo necesitaban. En 1982 se separaron. Nunca se divorciaron. Pasaban algunas fiestas juntos. Nunca dejaron de quererse m&aacute;s o menos solapadamente.&nbsp;<strong>Eso tambi&eacute;n se llama matrimonio</strong>.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-matrimonio_132_8988058.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 12 May 2022 12:23:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre el matrimonio]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Vínculos,Matrimonio,Alexandra Kohan]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas_132_8915009.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c45b3466-5ed6-44df-9602-5144571ce2d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Atención Flotante es el newsletter mensual de Alexandra Kohan en elDiarioAR. Anotate acá para recibirlo en tu correo.</p></div><p class="article-text">
        <strong>I.</strong>&nbsp;Escribo este texto en el lobby/bar de un hotel mientras espero el horario de salida al aeropuerto. Hay mucho ruido, mucho, much&iacute;simo. Una mesa de cuatro personas que gritan tanto que puedo seguir la conversaci&oacute;n -tengo que hacer un esfuerzo para no quedarme escuchando-; las personas que trabajan en el bar y est&aacute;n guardando la vajilla limpia golpean los cubiertos y la loza de manera tan brutal que, a esta altura, los habr&aacute; ensordecido a ellos tambi&eacute;n; el infaltable mensaje de audio de otra mesa escuchado al aire; una ni&ntilde;a corre mientras grita de punta a punta sin que sus padres registren nada; y por supuesto: la m&uacute;sica ruidosa que se escucha de fondo. Porque los hoteles y los bares suponen que siempre es mejor que haya m&uacute;sica de fondo. Pero no musicalizan, ponen m&uacute;sica, que no es lo mismo. Vendr&iacute;a bien un pianito suave pero, en cambio, estoy aturdi&eacute;ndome con la arm&oacute;nica de un cantante de blues. Adem&aacute;s, la ac&uacute;stica del lugar es p&eacute;sima dados la cantidad de vidrio y el piso de porcelanato.
    </p><p class="article-text">
        Hace un tiempo empec&eacute; a registrar lo insoportable que me resultan los ruidos. Pero insoportables hasta las l&aacute;grimas. Quiero llorar por la invasi&oacute;n sonora que se produce constantemente en todos lados. Y no s&eacute; si antes no lo registraba, o no era as&iacute;, o quiz&aacute;s la salida de la pandemia nos puso de nuevo en contacto con la hostilidad del mundo un poco de golpe. Esa hostilidad que se agrega a la hostilidad de la pandemia. Supongo que lo que m&aacute;s me duele no son los ruidos en s&iacute; sino, sobre todo, el hecho de que esos ruidos son producidos por personas que no registran a los dem&aacute;s, que transitan los espacios comunes como si estuvieran solos. Esos ruidos son la cifra misma del no registro del otro. Y es in&uacute;til pedirle a alguien que por favor escuche su audio con auriculares, o que no grite de mesa a mesa. Porque son pocas las veces en que esos pedidos son recibidos de buena manera, aunque se pida de buena manera. Son escasas las veces en que alguien pide perd&oacute;n y revisa lo que est&aacute; haciendo y son muchas las veces en que nos contestan mal. Y otras veces uno est&aacute; mal y sabe que si lo pide, lo va a pedir de mala manera. Y otras veces uno est&aacute; mal y no quiere que le contesten de mala manera. Con mi amiga Virginia Cosin compartimos, adem&aacute;s de muchas cosas, el padecimiento por los ruidos. Y m&aacute;s all&aacute; de los malos momentos que hayamos vivido, tenemos an&eacute;cdotas que hoy nos hacen re&iacute;r mucho. Me gusta nuestra complicidad en el asunto.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.&nbsp;</strong>Tambi&eacute;n advierto que el asunto de los ruidos molestos me importa especialmente&nbsp;por muchos motivos personales. Escrib&iacute; hace poco un&nbsp;<a href="https://www.eldiarioar.com/sociedad/elogio-silencio_129_8829162.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Elogio al silencio</a>&nbsp;-y me acabo de acordar de que antes hab&iacute;a escrito tambi&eacute;n acerca de los&nbsp;<a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/sonido-furia_129_7287373.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ruidos</a>- y pens&eacute; que de esa manera ya no iba a volver al asunto. Pero hay cosas que insisten en uno:&nbsp;<em>eso</em>&nbsp;insiste -algunas personas gustan de patologizar y llaman a esas insistencias &ldquo;obsesi&oacute;n&rdquo;, aplacando los matices y aplast&aacute;ndolo todo-. Y esa insistencia tiene que ver con las marcas de nuestras historias, esas que se van leyendo en el silencio acogedor que habilita un an&aacute;lisis. Es un silencio que se puede ir haciendo incluso, o sobre todo, cuando hay mucho ruido de fondo. Porque hay un momento en el que uno puede abstraerse de los ruidos y empezar a escuchar los sonidos y los silencios, las escansiones y las pausas, los balbuceos y los laleos de una historia que nunca se cuenta de la misma manera. Peque&ntilde;as, sutiles y delicadas variaciones sobre lo mismo. Es as&iacute; que vuelvo a pensar en el ac&uacute;feno que tengo hace meses, en mi pap&aacute; que fabricaba equipos de audio, en c&oacute;mo gritamos todos en mi familia de origen y c&oacute;mo eso fue un problema enorme. Pienso tambi&eacute;n que la &uacute;nica persona que jam&aacute;s levantaba la voz era mi mam&aacute;. Pero lo cierto es que, en ella, no se trataba de no gritar, sino de callar. Ella callaba, los dem&aacute;s grit&aacute;bamos y no pod&iacute;amos escucharnos. La manera en que mi mam&aacute; call&oacute; muchas cosas no fue, ni es, inocuo. En mi familia nadie est&aacute; muy dispuesto a escuchar a nadie pero, sobre todo, nadie quiere escucharse a s&iacute; mismo. Parece que yo dec&iacute;a m&aacute;s cosas de las que estaban dispuestos a escuchar y fue as&iacute; que a los 12 a&ntilde;os me mandaron al analista. Soy la &uacute;nica de los seis integrantes de esa familia que se analiz&oacute; y que se analiza. Ser una &ldquo;ni&ntilde;a problema&rdquo; me salv&oacute; del destino familiar. El ejercicio de la escucha al que me dedico todos los d&iacute;as de mi vida me da felicidad y me da alivio y me procura un refugio en el que no entran los ruidos familiares. A veces hay que gritar m&aacute;s que los dem&aacute;s para ser escuchado. Y a veces hay que retirarse en silencio mientras los otros se aturden y hacer una vida en la que haya espacio para otra cosa,&nbsp;<em>otra cosa</em>: un nombre del deseo. Dedicarme a algo que implica escuchar a otros acaso sea la muestra de que pude hacer otra cosa, de que pude pasar a otra cosa.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.</strong>&nbsp;Hace unos d&iacute;as fui a una charla a la Facultad de Psicolog&iacute;a de la UBA invitada por una agrupaci&oacute;n estudiantil a la que quiero mucho: El Signo. Como no lograron que se les diera un aula -la mezquindad habitual de la gesti&oacute;n-, hubo que hacer la charla en el hall de la facultad. La cosa es que &eacute;ramos much&iacute;simos y en el hall estaban haciendo arreglos -porque, como es &eacute;poca de elecciones, los arreglos hay que hacerlos muy a la vista y a los o&iacute;dos de todos-. Al final eso me pareci&oacute; muy lindo: la manera en la que el psicoan&aacute;lisis, ese que m&aacute;s me gusta, es el que se hace un lugar entre la ruidosa voz de las instituciones, entre la estridencia del corporativismo psicoanal&iacute;tico, entre el griter&iacute;o del psicoan&aacute;lisis burocratizado, entre lo ensordecedor del psicoan&aacute;lisis aliado al mercado, entre la sierra el&eacute;ctrica que agujerea los pisos de los otros para obtener lugarcitos de poder. El psicoan&aacute;lisis que m&aacute;s me gusta es ese que se escabulle por las hendiduras del saber, el que se fuga de los lugares de poder, ese que pulula en los m&aacute;rgenes al igual que los comediantes de la antigua Grecia -<em>komos,</em>&nbsp;cifra de la&nbsp;<em>errancia</em>&nbsp;de los comediantes por haber sido &ldquo;expulsados, por deshonor, de la ciudad&rdquo; (Arist&oacute;teles)-. El psicoan&aacute;lisis que m&aacute;s me gusta es el que se escribe en un tono bajo, el que pone a jugar el balbuceo de la lengua, el que se escribe en los pliegues de las cosas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>&nbsp;La escritura de a cachos, dispersa, efecto de la distracci&oacute;n y de la dispersi&oacute;n. Y quiz&aacute;s, la lectura tenga que ver con eso. Casi como en ese gesto que se&ntilde;ala Roland Barhes, el de levantar la cabeza del texto. Y tambi&eacute;n pienso en Walter Benjamin y su elogio a la distracci&oacute;n como procedimiento cr&iacute;tico, es decir, de lectura. Dice: &ldquo;solo se logra resolver determinadas tareas en estado de distracci&oacute;n cuando su soluci&oacute;n se ha transformado en un h&aacute;bito&rdquo;. La distracci&oacute;n como h&aacute;bito, la distracci&oacute;n como pr&aacute;ctica. Pero lejos del mandato de distraerse para no pensar en algo, la distracci&oacute;n, tal y como se plantea ac&aacute;, ser&iacute;a, en rigor: distraerse&nbsp;<em>para</em>&nbsp;poder pensar algo, para poder leerlo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;Me gusta la pr&aacute;ctica de la dispersi&oacute;n,&nbsp;<em>anche,</em>&nbsp;de la distracci&oacute;n. No es algo que uno haga voluntariamente, claro. Pienso, m&aacute;s bien, en un modo algo &ldquo;desprolijo&rdquo; que tengo para leer y para escribir. Creo que es un poco el modo de la atenci&oacute;n flotante. No me detengo especialmente en nada pero&nbsp;<em>algo</em>, algo usualmente nimio, me lleva a otra cosa y a otra lectura y a pensar en algo que no sab&iacute;a que me interesaba. Creo que la atenci&oacute;n flotante, junto con su otra parte, la asociaci&oacute;n libre, son tambi&eacute;n pr&aacute;cticas de la dispersi&oacute;n e incluso de la distracci&oacute;n. Por eso me gusta este espacio, porque ac&aacute; anoto una porci&oacute;n de esa pr&aacute;ctica. Me gusta la manera en que la escritura me dispersa, me gusta la manera en que la escritura se dispersa, me gusta la manera en que la escritura dispersa esos ruidos insoportables y va permiti&eacute;ndome ir hacia mi propio silencio que es este, el del texto.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Y en cuanto a la lengua, &iquest;es que puede susurrar? (...) Y en cuanto a m&iacute;, es el&nbsp;estremecimiento del sentido lo que interrogo al escuchar el susurro del lenguaje&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Roland Barthes
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>Un poema de Irene Gruss:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Dice el viento</strong>
    </p><p class="article-text">
        El viento me habla
    </p><p class="article-text">
        me dice &ldquo;yo susurro yo te golpeo
    </p><p class="article-text">
        pero all&aacute; en la ciudad
    </p><p class="article-text">
        alguien est&aacute; esperando para golpearte
    </p><p class="article-text">
        y para amarte como un susurro.
    </p><p class="article-text">
        Yo voy a darte la charla de los p&aacute;jaros
    </p><p class="article-text">
        de los amigos
    </p><p class="article-text">
        (el mar tambi&eacute;n suele ser un susurro)
    </p><p class="article-text">
        pero all&aacute; en la ciudad
    </p><p class="article-text">
        alguien est&aacute; esperando para hablarte
    </p><p class="article-text">
        y callarse.
    </p><p class="article-text">
        Yo muevo los &aacute;rboles, los d&iacute;as, te golpeo,
    </p><p class="article-text">
        pero all&aacute;, en la ciudad
    </p><p class="article-text">
        alguien est&aacute; esperando para que llegues&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        y el viento se termine&ldquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas_132_8915009.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 Apr 2022 11:00:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre la soledad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-soledad_132_8810603.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b61e92e3-923c-4d12-b522-44c4c0356118_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre la soledad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">- Atención Flotante es el newsletter mensual de Alexandra Kohan en elDiarioAR. Anotate acá para recibirlo en tu correo.</p></div><p class="article-text">
        <strong>I</strong>. Me pasa muchas veces que se me ocurre un asunto sobre el que escribir. Tomo notas, pienso, me alegro y me dispongo con ganas y despu&eacute;s advierto que es un asunto sobre el que ya hab&iacute;a escrito antes. Y entonces, lejos de desecharlo por repetitivo, lo agarro m&aacute;s; vuelvo sobre &eacute;l, lo desmigajo, lo exprimo, lo aprieto, lo expando, lo desbrozo, lo saturo, lo acorralo, lo retomo, lo estrujo, lo estiro como un el&aacute;stico. Pienso m&aacute;s en variaciones sobre un mismo asunto. O en una especie de ejercicio sobre lo mismo que tiene como efecto&nbsp;<em>otra cosa.</em>
    </p><p class="article-text">
        El an&aacute;lisis acaso sea un poco eso mismo: variaciones sobre un mismo asunto. Vuelvo al asunto quiz&aacute;s porque nunca me fui de &eacute;l. Y entonces pienso que uno nunca se va del todo de esos asuntos que insisten, que la insistencia es parte del asunto, que si no fuera por la insistencia, no habr&iacute;a asunto. Me gusta &ldquo;asunto&rdquo; y no &ldquo;tema&rdquo;. Porque &ldquo;tema&rdquo; ya cobr&oacute;, en su uso, la significaci&oacute;n de &ldquo;problema&rdquo; o de algo que, cuando se repite, molesta: &ldquo;&iquest;Otra vez con el mismo tema?&rdquo;, &ldquo;Tengo un tema con tal cosa&rdquo;, &ldquo;qu&eacute; temita ese que ten&eacute;s con tal cosa&rdquo;, y as&iacute;. Es cierto que a veces &ldquo;asunto&rdquo; tambi&eacute;n puede connotar problema, pero de forma distinta. Porque &ldquo;asunto&rdquo; incluye tambi&eacute;n cierta complicidad, cierto secreto, cierta cuesti&oacute;n a develar, un&nbsp;<em>affaire</em>. Me gusta mucho la idea de asunto y a veces me molesta tener que escribir el&nbsp;<em>asunto</em>&nbsp;de un mail. Ayer mand&eacute; un mail para comunicar una decisi&oacute;n muy dif&iacute;cil que tom&eacute; y cuando llegu&eacute; al &ldquo;asunto&rdquo; me qued&eacute; paralizada. No puse nada en el asunto, me parec&iacute;a que hab&iacute;a demasiado en juego como para sintetizarlo en una o dos palabras. Me gustar&iacute;a que en los mails en lugar de asunto dijera &ldquo;tema&rdquo; y ya. S&iacute;, es que tema y asunto est&aacute;n cerca. Tan cerca que en franc&eacute;s &ldquo;sujet&rdquo; es asunto o tema.
    </p><p class="article-text">
        En un an&aacute;lisis acaso se trata de eso: de insistencias sobre un mismo asunto, insistencias del asunto, insistencias del sujeto, un sujeto que insiste.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;Es en esa insistencia que volvi&oacute; a m&iacute;, como si fuera nueva, la idea de escribir acerca de la soledad. Quiz&aacute;s porque es tambi&eacute;n la insistencia en volver sobre asuntos que suelen ser constantemente asediados por las prescripciones, por el sentido com&uacute;n, ese que tiene la p&eacute;sima costumbre de arremeter contra la singularidad, que acostumbra a rechazarla. Quiz&aacute;s porque me importa hacerle lugar a esa singularidad, porque creo que es posible que, en medio de la masa aplanadora que tiene la normalizaci&oacute;n como objetivo, esos asuntos encuentren su fuga, que logren escurrirse entre los cuerpos de la masa que pretenden aplastarlos. Como cuando uno se va de una fiesta o de alg&uacute;n lugar lleno de gente sin saludar, dado que ese saludo ya no encontrar&iacute;a respuesta: es que cada cual ya est&aacute; en la suya.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.</strong>&nbsp;&ldquo;No tengo deseo, sino necesidad de soledad&rdquo;, dice Barthes en su libro sobre el duelo. Y pienso entonces en esos momentos en los que queremos estar solos pero no nos dejan; esos momentos en los que queremos estar replegados para, justamente, no atiborrar el dolor; para escuchar el susurro apocado del decir del cuerpo. Fabi&aacute;n Casas lo dice as&iacute;: &ldquo;no buscar la compa&ntilde;&iacute;a de la gente para soportar el dolor, no usar al otro como paliativo. Lo que se llama la prueba de soledad en el paisaje&rdquo; (me refiero a cuando no nos dejan estar solos, no estoy diciendo que haya que hacerlo. Cada quien vive su dolor inventando la manera). Necesidad de soledad, entonces, para no aturdirse de sentido, para hacerle lugar, tambi&eacute;n, al instante en el que el alivio irrumpe s&uacute;bito.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>&nbsp;No hay en castellano una diferencia de palabras, y por lo tanto de matices, como s&iacute; hay en ingl&eacute;s:<em>&nbsp;loneliness</em>&nbsp;y<em>&nbsp;solitude</em>&nbsp;son dos palabras que se&ntilde;alan cosas bien distintas. Supongo que en&nbsp;<em>loneliness</em>&nbsp;se escucha no tener con qui&eacute;n, estar solo, ser un poco v&iacute;ctima de la soledad. Como&nbsp;<a href="https://www.youtube.com/watch?v=zdfGGT1Pq3E" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en la canci&oacute;n de Charly Garc&iacute;a</a>. V&iacute;ctima de soledad/V&iacute;ctima de un mal extra&ntilde;o/ Mi coraz&oacute;n se ha partido en dos
    </p><p class="article-text">
        Mientras que en&nbsp;<em>solitude&nbsp;</em>se escucha m&aacute;s esa soledad necesaria, esa soledad que apacigua un poco y que, a la vez, nunca es sin Otro, sin fantasmas, sin sue&ntilde;os, sin pesadillas.&nbsp;<em>Solitude&nbsp;</em>suena a esa soledad que uno fabrica, que uno intenta practicar. Esa que, seg&uacute;n Marguerite Duras, no se encuentra, sino que se&nbsp;<em>hace</em>. Se&nbsp;hace sin esos otros que apabullan pero, a la vez, con otros que nos atraviesan, que nos habitan, que nos agujerean. Como&nbsp;<em>In my solitude</em>,&nbsp;<a href="https://www.youtube.com/watch?v=6DVvOsiSQVw" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">esa canci&oacute;n que compuso Duke Ellington</a>, con letra de Eddie De Lange y de Irving Mills,&nbsp;y que canta Billie Holiday haci&eacute;ndonos sentir exactamente eso que escribe Susana Villalba:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        la intemperie es una soledad/ el amor es un adentro
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n esto otro:
    </p><p class="article-text">
        la soledad siempre/ es con otro
    </p><p class="article-text">
        Y tambi&eacute;n esto:
    </p><p class="article-text">
        si mi amor es eterno/ tambi&eacute;n la soledad
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.&nbsp;</strong>&ldquo;&iquest;Qu&eacute; es un agujero? Una ausencia rodeada de presencia&rdquo;, dice Jean Lescure que dec&iacute;a Ren&eacute; Daumal. Suena a soledad.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong>&nbsp;Pienso en esa soledad que se ejercita en un an&aacute;lisis ah&iacute; donde se suspenden un poco los ruidos, sobre todo el aturdimiento yoico. Me gusta c&oacute;mo lo dice Blanchot: &ldquo;esa conversaci&oacute;n desnuda, en un espacio separado, a resguardo del mundo, en la que dos personas, invisibles la una para la otra, son poco a poco llamadas a hundirse en el poder de hablar y en el poder de escuchar, a no tener otra relaci&oacute;n que la intimidad neutra de las dos formas de discurso, esta libertad para uno de decir cualquier cosa, para el otro de escuchar sin atenci&oacute;n, como ignor&aacute;ndolo y como si no estuviera all&iacute;&rdquo;. Es que lo que no est&aacute; ah&iacute; es el Yo del analista, que no har&iacute;a m&aacute;s que aplastar esa posibilidad que tiene de manera in&eacute;dita un paciente, la&nbsp;de decir cualquier cosa y de ser escuchado en esa, su cosa. En esa intimidad &uacute;nica se construye una soledad en la que alguien puede hablar, puede decir, sin dirigirse a m&aacute;s que, como sigue Blanchot, a &ldquo;una presencia sin rostro, apenas alguien, un personaje indeterminado haciendo&nbsp;equilibrio en cualquier detalle del discurso, como un hueco en el espacio, un vac&iacute;o silencioso que, sin embargo, es la verdadera raz&oacute;n para hablar&rdquo;. En el an&aacute;lisis se trata de&nbsp;<em>solitude,</em>&nbsp;no de&nbsp;<em>loneliness</em>.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.&nbsp;</strong>Cuando Jean Allouch dice: &ldquo;la posibilidad de amar le deja al amado su soledad, le ofrece su soledad. Mi soledad propicia ser amado y ser amado propicia mi soledad, es una situaci&oacute;n un poco parad&oacute;jica: el estar solo es lo que permite que yo sea amado, pero el ser amado es lo que permite, tambi&eacute;n, que yo pueda estar solo&rdquo;, pienso en la posibilidad de que se suscite un encuentro con otro a partir de esa soledad despojada de la pretendida &ldquo;seguridad individual&rdquo;. &ldquo;Una cierta soledad que no sea hiriente y que permita escribir y amar. Y sufrir tambi&eacute;n, pero con gracia, con ligereza. Como un vestido que gire en el viento&rdquo;, dice Anne Dufourmantelle.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se trata de una soledad capaz de albergar, de refugiar, de propiciar ese encuentro. No hay encuentro con otros, sino a partir de una soledad posible.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-soledad_132_8810603.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 10 Mar 2022 10:55:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre la soledad]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre las vacaciones de verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-vacaciones-verano_132_8747429.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7f340c3a-533a-4b2c-8ae1-ae11364b1ae3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre las vacaciones de verano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Atención flotante es el newsletter mensual de Alexandra Kohan. Suscribite acá para recibirlo en tu correo.</p></div><p class="article-text">
        <em>Eso en m&iacute; que habla de ausencias.</em>
    </p><p class="article-text">
        Mariano Siskind
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.&nbsp;</strong>Me doy cuenta de que las vacaciones significan, para m&iacute;, mucho m&aacute;s que un lapso de descanso. Mucho m&aacute;s que un momento de corte con el trabajo y las actividades habituales. Sobre todo en los &uacute;ltimos seis a&ntilde;os. Porque vamos de vacaciones siempre al mismo lugar y a la misma casa. Y entonces es un lugar al que vuelvo, es un lugar que espero, y que funciona de la siguiente manera: es lo suficientemente conocido para que no me inquiete -la exuberancia de la naturaleza, sobre todo- y, a la vez, siempre tiene algo distinto, porque el a&ntilde;o que antecede a la llegada transcurre siempre distinto. Volver ah&iacute; entonces suscita, involuntariamente, una especie de revisi&oacute;n -no sistem&aacute;tica, ni prolija, ni del todo consciente- de las diferencias con el a&ntilde;o anterior. Y por lo general esa revisi&oacute;n consiste, m&aacute;s que nada, en una revisi&oacute;n de las p&eacute;rdidas del a&ntilde;o. Es algo as&iacute; como la anotaci&oacute;n, la inscripci&oacute;n, el pellizco que deja la marca de las ausencias. Ah&iacute; se terminan de escribir las ausencias. Como si en estos &uacute;ltimos a&ntilde;os el proceso de cicatrizaci&oacute;n comenzara en ese tiempo y en ese lugar. Es una lectura que hago ahora, que ya volv&iacute; de las vacaciones; no es algo que pueda anticipar, ni es algo que me proponga. Es un lugar en el que soy muy feliz. Por eso mismo, puedo tambi&eacute;n empezar a revisitar las p&eacute;rdidas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong>&nbsp;Las vacaciones, en estos &uacute;ltimos a&ntilde;os, las prefiero as&iacute;: lo m&aacute;s quietas posible. Sin urgencias por conocer lugares nuevos, ni alienaciones a mandatos de &ldquo;lo que hay que hacer&rdquo;, incluso en ese lugar en el que hay muy poco para hacer. Despu&eacute;s advierto que as&iacute; tambi&eacute;n vivo otros viajes o incluso mi vida habitual en Buenos Aires. Pero en las vacaciones eso llega al paroxismo. Hace seis a&ntilde;os que vamos ah&iacute; y todav&iacute;a hay lugares cercanos que nunca visitamos ni conocemos. Pero tampoco los necesitamos. Encontr&eacute; un modo de estar in&eacute;dito, en el que nada me apura, nada me apremia, nada me obliga. Volver a esa casa, en ese lugar tan pero tan impresionantemente perfecto que es Traslasierra -nunca sabemos si vamos a poder volver al a&ntilde;o siguiente a la misma casa- es volver a un tono, a un registro, a un sonido que cobija y que arrulla, que tranquiliza y que arropa; que ampara y que acaricia. Me gusta mucho c&oacute;mo se siente la verdadera arbitrariedad del clima, que puede cambiar varias veces en un mismo d&iacute;a, y que expone su condici&oacute;n neta de lo transitorio y de lo ef&iacute;mero. Un cielo puramente celeste puede transformarse en la m&aacute;s arrasadora tormenta tan s&oacute;lo en un instante, para volver a un brillo inusitado, como si no hubiera pasado nada.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de un lugar que me haya protegido de las malas noticias. No es eso, no voy en el sentido de una fuga. Porque a pesar de que, mientras estuvimos ah&iacute;, han sucedido cosas irreparables en Buenos Aires, siempre queremos volver. No se me volvi&oacute; hostil, sino al rev&eacute;s: es lo suficientemente acogedor como para poder estar ah&iacute; y recibir tambi&eacute;n malas noticias. Y a pesar de que me gusta mi vida habitual y de que en alg&uacute;n momento ya quiero volver a ella, nunca es suficiente el tiempo que paso en ese lugar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.</strong>&nbsp;Hay personas que prefieren las vacaciones en compa&ntilde;&iacute;a de otros amigos, que la sociabilidad no se interrumpa tampoco en las vacaciones. Nosotros preferimos, y as&iacute; lo hemos construido juntos en estos a&ntilde;os, una soledad compartida -entre nosotros-. No fue un plan dise&ntilde;ado, fue un encuentro. Nos gusta encontrarnos en las vacaciones. &ldquo;Estar con quien se ama y pensar en otra cosa: es de esta manera como tengo los mejores pensamientos, como invento lo mejor&rdquo;. La frase es de Barthes y podr&iacute;a ser una frase precisa y atinada para epilogar nuestras vacaciones.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong>&nbsp;Y ese pensar en otra cosa tambi&eacute;n es la lectura. Leer casi sin interrupciones: esa es la promesa que se cumple en estas vacaciones. Porque, como se&ntilde;ala Juan di Loreto&nbsp;<a href="https://panamarevista.com/siempre-es-dificil-volver-a-casa/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ac&aacute;,</a>&nbsp;&ldquo;en las vacaciones el tiempo parece m&aacute;s nuestro. &laquo;En el a&ntilde;o&raquo;, en &laquo;la realidad&raquo;, estamos atados a horarios, citas, demandas que las vacaciones parecer&iacute;an diluir. Es la m&aacute;quina social, dir&iacute;a Deleuze, que tritura tiempo y deseo, que quiz&aacute;s sean la misma cosa. Pero nuestro tiempo se ha vuelto m&aacute;s complejo. La sociedad tambi&eacute;n quiere colonizar el ocio, porque la tecnolog&iacute;a ha potenciado la conexi&oacute;n, es decir, la posibilidad de demanda sobre el individuo. Consultas fuera de agenda (...). A todo eso se le puede llamar feedback, Internet 2.0 o simplemente aturdimiento&rdquo;. En las vacaciones intento fabricar tambi&eacute;n los silencios necesarios para que el aturdimiento cese. Lo intento y a veces me sale. A veces puedo parar el aturdimiento, tambi&eacute;n ese al que se refiere Pappo: Son muchos pensamientos/ para una sola cosa.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.</strong>&nbsp;<strong>Sounds of silence</strong>: &ldquo;&laquo;Qu&eacute; silencio, &iquest;no?&raquo;, dijo Mara. Le dije que s&iacute;, pero pens&eacute; que era nuestra deformaci&oacute;n sensorial de porte&ntilde;os lo que nos hac&iacute;a confundir la falta de ruidos urbanos con el silencio verdadero. Porque ah&iacute; arriba, en plena sierra, tan largo y tan inexorable como el verano, nos aturd&iacute;a el grito desesperado de las chicharras. Anunciaban el calor m&aacute;s cruel, y a la vez lo denunciaban; protestaban porque hab&iacute;a llegado y avisaban que iba a seguir. El calor a su vez enloquec&iacute;a a los insectos, que por eso llenaban el aire espero de zumbidos ondulantes, y hac&iacute;a crepitar las cosas (las hojas, las ramas,&nbsp;los pastos) a fuerza de resercarlas.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, s&iacute;: hab&iacute;a silencio&ldquo;, dice el narrador de &rdquo;El silencio&ldquo;, un cuento de Desvelos de verano, de Mart&iacute;n Kohan. Esos cuentos fueron escritos en su mayor&iacute;a en ese lugar al que vamos desde hace seis a&ntilde;os. Sin embargo, trato de suspender lo que s&eacute; del autor y de sus circunstancias durante la escritura para poder leerlos. Me pasa igualmente con las llamadas literaturas del yo: pretendo que no se instale una lectura del Yo. Leer un texto sosteniendo el pacto de ficci&oacute;n me resulta indispensable. Me gustan los procedimientos literarios y me interesa bastante poco el mundo del autor, si lo que cuenta pas&oacute; o no pas&oacute; as&iacute;. La verdad de la ficci&oacute;n es tan potente que no me importa la verdad f&aacute;ctica. Y de ese modo le&iacute; la nueva y bella novela de Mauro Libertella:&nbsp;<em>Un futuro anterior.</em>&nbsp;Y subray&eacute;, entre otras cosas, lo siguiente: &rdquo;se pueden tener sentimientos contradictorios, en disputa; no s&oacute;lo es posible, es inevitable; casi toda la vida, de hecho, es eso: una batalla muda entre hip&oacute;tesis encontradas que nos habitan, una guerra civil de bolsillo&ldquo; (Agregado: me gusta haber coincidido en ese subrayado con Agustina Larrea en sus&nbsp;<a href="https://www.eldiarioar.com/sociedad/mil-lianas/nubes-joni-mitchell-decepcion-mosquito_129_8735598.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mil Lianas</a>, que leo todos los viernes).
    </p><p class="article-text">
        Por eso creo que el libro blanco que sac&oacute; Seix Barral, y que no tiene el nombre del autor en ning&uacute;n lado -m&aacute;s all&aacute; de que, si uno lo lee habitualmente, se puede reconocer al autor apenas nos ponemos a leer el libro- es una intervenci&oacute;n en cierto estado actual de cosas. Una &eacute;poca en la que predomina, una y otra vez, la fetichizaci&oacute;n del escritor, no s&oacute;lo en la escritura sino, sobre todo, en la lectura. La trama del libro blanco pasa justamente por ah&iacute;: el narrador, que es un escritor, va hacia el repliegue, no quiere &ldquo;figurar en nada&rdquo;. En un momento en el que lo identitario lo es casi todo, en el que la imagen, la autopromoci&oacute;n y el estar delante de los textos resultan un valor, el narrador del libro an&oacute;nimo fabrica su propia sustracci&oacute;n haciendo del anonimato un lugar al que llegar. Se trata no s&oacute;lo de la soberan&iacute;a del lector, sino tambi&eacute;n de la del texto.
    </p><p class="article-text">
        En ese mismo libro leo acerca del silencio lo siguiente: &ldquo;en el silencio del bosque, el falso silencio que el hombre considera verdadero porque no son sus ruidos los que se oyen en el aire (s&iacute; cantos de p&aacute;jaros, vibraciones de insectos, el viento silbando entre las ramas), se oye el vibrador de un tel&eacute;fono&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong>&nbsp;Leer, leer, leer. Me llevo un bolso rid&iacute;culamente enorme, lleno de libros. S&eacute; que es imposible que lea todo eso en tan poco tiempo. Pero la promesa de la lectura sin apuros es muy tentadora y no me resisto a economizar el peso de ese, siempre el mismo bolso. Tampoco puedo saber, antes, de qu&eacute; lecturas voy a tener ganas. Tampoco s&eacute; si me va a gustar eso que creo que quiero leer. Y a veces puedo dejar un libro porque me enoja la solemnidad del narrador, por ejemplo. Las lecturas, en vacaciones, se van conectando unas con otras involuntariamente, quiz&aacute;s porque se est&aacute; dispuesto, de manera distinta, a las m&uacute;ltiples l&iacute;neas de sentido. Y entonces vuelvo a pensar en el libro an&oacute;nimo blanco cuando leo&nbsp;<em>Prestigio</em>. El uso de la palabra &ldquo;prestigio&rdquo;, aplicada sobre todo a&nbsp;<em>LA CULTURA</em>, es una m&aacute;quina de humo que vela las condiciones reales del trabajo (meses sin cobrar un trabajo, trabajos gratis, por ejemplo. &iexcl;Ah! reclamar pagos: eso s&iacute; que no se toma vacaciones).&nbsp;<em>Prestigio</em>: gran iron&iacute;a en el t&iacute;tulo de Rachel Cusk. Una novela contra la sacralizaci&oacute;n de la figura del escritor.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII.</strong>&nbsp;Cada vez que levanto la vista del texto (como dir&iacute;a Barthes, es ah&iacute; que se produce la lectura), tengo ocurrencias que me llevan a lecturas anteriores o, incluso, a lecturas inusitadas. Hallazgos sutiles y chiquitos. Subrayados, como los que hago en los textos, pero en la vida. Y lo considero lo contrario a la identificaci&oacute;n. No se trata de que me encuentre a m&iacute; misma en los textos, sino del modo en que un texto queda interrumpido en ese gesto y la lectura, siguiendo a Barthes, empieza a diseminarse, a dispersarse; es impertinente e irrespetuosa. &ldquo;El placer del texto es ese momento en que mi cuerpo comienza a seguir sus propias ideas, pues mi cuerpo no tiene las mismas ideas que yo&rdquo;. Descansar del propio Yo: las verdaderas vacaciones.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII.</strong>&nbsp;Nac&iacute; el 29 de enero de 1971 en Mar del Plata, en un edificio al que llaman &ldquo;m&aacute;quina de escribir&rdquo;. Y pas&eacute; en Mar del Plata todas las vacaciones de verano de mi infancia. Nac&iacute; ah&iacute; porque mi mam&aacute;, que ya ten&iacute;a tres hijos y veraneaba desde diciembre hasta marzo en la ciudad &ldquo;feliz&rdquo;, no ten&iacute;a ganas de volver a la capital a tener otro parto.
    </p><p class="article-text">
        Acaso sea como dice Mar&iacute;a Negroni en&nbsp;<em>El coraz&oacute;n del da&ntilde;o</em>: &ldquo;se escribe, dicen, con una mano arrancada a la infancia&rdquo;. Nac&iacute; en vacaciones de verano, en un lugar que hac&iacute;a muy feliz a mi mam&aacute;, cuya ausencia reciente todav&iacute;a no termin&oacute; de escribirse.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-vacaciones-verano_132_8747429.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 17 Feb 2022 10:45:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre las vacaciones de verano]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas sobre la infancia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/atencion-flotante/notas-infancia_132_8556885.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ad9f8c5b-e57e-43b0-a28e-dedae4002be8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas sobre la infancia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Atención flotante es el newsletter mensual de Alexandra Kohan. Suscribite acá para recibirlo en tu correo.</p></div><p class="article-text">
        <em>El peque&ntilde;o verso est&aacute; deformado;&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>sin embargo, en &eacute;l cabe todo el mundo desfigurado de la infancia.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Walter Benjamin
    </p><p class="article-text">
        <strong>I.</strong> Me gustan much&iacute;simo los ep&iacute;grafes. Tengo una especie de fascinaci&oacute;n que hace que me detenga en ellos cada vez que me encuentro con alguno. Me detengo y, muchas veces, me cuesta seguir leyendo. El ep&iacute;grafe me lleva hacia su propia l&iacute;nea de sentido. Se separa del texto y arma otro. Me pasa tambi&eacute;n cuando escribo: a veces no puedo empezar hasta encontrar el ep&iacute;grafe. Finalmente creo que es una especie de hallazgo, sea del otro o sea propio -como si &ldquo;lo propio&rdquo; no estuviera hecho de lo del otro-, produce en m&iacute; algo sin lo cual me cuesta seguir pensando. Hay algunos de los que nunca me olvido, es el caso del ep&iacute;grafe con el que empieza una pel&iacute;cula hermosa a la que vuelvo cada vez que puedo: <em>La guarder&iacute;a</em>, de Virginia Croatto. Me acuerdo cuando la vi en el estreno, en el cine Gaumont. Me qued&eacute; prendada de esos versos que se iban escribiendo sobre el fondo negro y silencioso, uno por uno se iban escribiendo hasta completar una porci&oacute;n del poema de Osvaldo Lamborghini:
    </p><p class="article-text">
        Porque todav&iacute;a
    </p><p class="article-text">
        todav&iacute;a mi Infancia
    </p><p class="article-text">
        viene a buscarme
    </p><p class="article-text">
        con un galope en las piernas
    </p><p class="article-text">
        y en sus labios
    </p><p class="article-text">
        una sonrisa salvaje.
    </p><p class="article-text">
        Me acuerdo de las ganas que me dieron de escribir acerca de la pel&iacute;cula. No quer&iacute;a que se me fuera de las manos, no quer&iacute;a que se perdiera, como muchas veces no queremos perder la infancia. Y entonces escrib&iacute;: <em>La guarder&iacute;a</em> es un hermoso documental en el que puede verse de qu&eacute; forma, desde el presente, se elige una familia pol&iacute;tica a trav&eacute;s de la evocaci&oacute;n de una infancia. La pel&iacute;cula parece ser un intento de recuperar ciertos recuerdos olvidados. Porque cada uno de los ni&ntilde;os que all&iacute; estuvieron da su testimonio. Es el testimonio de los ni&ntilde;os, y no el de los adultos que ahora son, lo que Virginia Croatto logra poner en escena. Los que hablan parecen estar recuperando, ah&iacute; mismo, los recuerdos de su vivencia infantil. Los est&aacute;n recuperando mientras hablan, mientras piensan, mientras dudan. La infancia de esos adultos que hoy est&aacute;n dando testimonio vuelve ah&iacute;, en la pantalla. Ese es quiz&aacute;s uno de los logros m&aacute;s interesantes de la pel&iacute;cula: que esas infancias acontecen en el instante en que se habla frente a la c&aacute;mara, y el espectador se convierte en un testigo de ese acontecimiento. Son infancias que acontecen desde las lagunas del olvido. Son infancias fragmentarias y fragmentadas. Son recuerdos chiquitos, sutiles, ef&iacute;meros, un poco epif&aacute;nicos. No son infancias que se muestran elaboradas, pensadas o idealizadas. No es eso. Son infancias que vuelven porque Virginia Croatto est&aacute; ah&iacute; para atajarlas. Acaso porque, entre esas infancias que se recuperan y a la vez se escurren, est&aacute; la suya propia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II.</strong> Hablando de hallazgos, me parece un hallazgo el t&iacute;tulo que Jos&eacute; Luis Juresa le puso a la serie de ensayos que public&oacute; en <a href="http://www.polvo.com.ar/tag/la-infancia-que-insiste/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Revista Polvo</a>: <em>La infancia que insiste.</em> Son cinco ensayos para leer y releer; para imprimir y subrayar. Cinco ensayos en los que el autor ejecuta variaciones de lo mismo y que podr&iacute;an ser modos de responder a la pregunta: &iquest;de qu&eacute; est&aacute; hecho el psicoan&aacute;lisis? La infancia que insiste insiste en el cuerpo, en la memoria, en el tiempo, en la pulsi&oacute;n. Y es que la infancia, para el psicoan&aacute;lisis, no es una etapa en la vida; no es un momento que haya que &ldquo;superar&rdquo;. El psicoan&aacute;lisis, al menos el que m&aacute;s disfruto, es aquel que no hace recaer sobre nadie el moralismo del &ldquo;ser adultos&rdquo;. La seriedad, la solemnidad, el &ldquo;comportarse como adultos&rdquo; son los modos con los que la educaci&oacute;n nos va conminando a comportarnos. La educaci&oacute;n, como dice Freud, es la que va obturando las v&iacute;as por las que el placer pasa. La infancia vuelve, insiste porque acaso sea eso que siempre se est&aacute; perdiendo. Infancia que vuelve tambi&eacute;n en la nostalgia, esa de la que habla Benjamin: &ldquo;La nostalgia que despierta en m&iacute; demuestra cu&aacute;n estrechamente ligado estaba a mi infancia. Lo que busco realmente es ella misma, toda la infancia&rdquo;. <em>Me acuerdo </em>(Godot), de Mart&iacute;n Kohan, sella una infancia, la preserva en esa lista de recuerdos y resulta un intento de atesorarla perdi&eacute;ndola. &ldquo;Hacer una colecci&oacute;n de recuerdos, pero no ponerse a recordar. Sin esa contenci&oacute;n, la &uacute;nica alternativa ser&iacute;a la de largarse a evocar y a contar mi infancia. No har&iacute;a eso ni loco (...). Todo est&aacute; hecho de olvido&rdquo;, dijo el autor. Y entonces me acord&eacute; de lo que Harald Weinrich ubica en Proust: &ldquo;una po&eacute;tica del recuerdo surgida de las profundidades del olvido&rdquo;. Y entonces tambi&eacute;n pienso, en esa misma l&iacute;nea, en <em>Una parte de la felicidad</em> (Vinilo editora), de Dolores Gil, y en ese ep&iacute;grafe impresionante de Louise Gl&uuml;ck con el que empieza: &ldquo;We look at the world once/in childhood. The rest is memory&rdquo;. El libro de Dolores GIl es ante todo sobrecogedor. Es hermoso en su dolor y es filoso en su escritura. Es amable y amargo, conmueve y alegra, duele y cobija. Y es acaso el intento de escribir un olvido, de hacerlo posible. Narra una infancia, narra una ni&ntilde;a, narra a una ni&ntilde;a. Esa ni&ntilde;a, esas ni&ntilde;as. Dice: &ldquo;ser ni&ntilde;a es apretar los dientes y seguir&rdquo;. Y entonces Dolores Gil sigui&oacute; y escribi&oacute; esta bella y sutil pieza. Escrita con el cuerpo, el de la ni&ntilde;a que tambi&eacute;n es en el texto, <em>Parte de la felicidad </em>es el testimonio de la transformaci&oacute;n de ese filo, que fue tr&aacute;gico, en el filo de la lengua, es decir, en literatura. Se parte de la felicidad, se parte la felicidad, una familia partida, una infancia que parte, una parte de la infancia que es tambi&eacute;n una infancia que insiste.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III.</strong> Un prejuicio habitual es que el psicoan&aacute;lisis lleva mucho tiempo, es largo, y hay que &ldquo;remover el pasado&rdquo; o &ldquo;hablar de la infancia&rdquo;. El prejuicio justamente est&aacute; en las nociones de tiempo, de pasado y de infancia. Cuando alguien est&aacute; en an&aacute;lisis diluye la contabilidad: no lleva cuentas de cu&aacute;nto le est&aacute; tomando vivir un poco menos tortuosamente ni pretende que el pasado es lo que est&aacute; o lo que hay que dejar &ldquo;atr&aacute;s&rdquo;. Respecto a la infancia, basta leer un poco a Benjamin, a Perec, a Freud y tantos otros; la poes&iacute;a de Osvaldo Bossi y tanta otra poes&iacute;a, para dejar de rechazar la infancia. La infancia no deja de ser nuestro reservorio libidinal. Tambi&eacute;n noto un rechazo a la infancia en un imperativo a la productividad que va erigiendo sujetos sobreadaptados. A veces los padres tambi&eacute;n les piden a los ni&ntilde;os que se comporten como adultos. Hay un gesto arrasador de la infancia que da un poco de impresi&oacute;n. Se pretende madurez, adultez, sujetos burocratizados. Me gusta cuando Lacan, hablando del aburrimiento, dice que empieza cuando <em>la</em> cosa empieza a profesionalizarse, a institucionalizarse. Walter Benjamin, en <em>El narrador</em>, dice: &ldquo;el aburrimiento es el p&aacute;jaro de sue&ntilde;o que incuba el huevo de la experiencia&rdquo;. Pero el dispositivo presente en Benjamin o en Baudelaire, aquel que suscita un movimiento desde el aburrimiento a la invenci&oacute;n, aparece hoy trastocado, invertido: se intenta inventar cualquier cosa con tal de no caer en el aburrimiento: el imperativo reza &ldquo;prohibido aburrirse&rdquo;. El aburrimiento de hoy conlleva detenci&oacute;n e inhibici&oacute;n bajo la m&aacute;scara de una actividad permanente. Existe un empuje a la acci&oacute;n, al hacer, como modo de salirse de la inminencia de lo aburrido. El aburrimiento irrumpe hoy cada vez m&aacute;s generalizado, insiste a pesar de que se recurre a artificios cada vez m&aacute;s extravagantes. Es que el aburrimiento irrumpe ah&iacute; donde ya no hay aptitud para el asombro, para la sorpresa, para el anonadamiento. Si los ni&ntilde;os, dice Lacan, no conocen el aburrimiento es porque todo los asombra. Pero hoy en d&iacute;a tambi&eacute;n se aburren los ni&ntilde;os, quiz&aacute;s porque se los atiborra de objetos y de hiperactividad y, aun as&iacute;, terminan siendo, muchas veces, un tedio para los padres.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV.</strong> Guy Le Gaufey subraya lo siguiente: &ldquo;A pesar de que no acostumbramos considerar la mentira como una cualidad tan central en el ser humano (sino m&aacute;s bien como un defecto que puede a veces conducir a lo peor), tenemos tambi&eacute;n que recordar el hecho de que un ni&ntilde;o que no pudiera mentir de alguna manera estar&iacute;a muy limitado en su capacidad subjetiva, y casi en peligro de un exceso de sujeci&oacute;n. La capacidad de mentir, vista bajo este &aacute;ngulo, casi se confunde con el espacio de libertad del sujeto, no porque tenga que mentir todo el tiempo, sino porque puede hacerlo, es decir, tiene en cualquier momento la <em>capacidad </em>de hacerlo. Porque la verdad no existe sino como un elemento de una pareja en la cual la mentira es el otro. Sin la capacidad de mentir, de disfrazar la verdad, no hay posibilidad de elegirla como tal, en una decisi&oacute;n que implica a un sujeto que hubiera podido actuar de otra manera. Mantener esta dimensi&oacute;n de pura posibilidad entre mentira y verdad parece esencial para la ubicaci&oacute;n de un sujeto como sujeto hablante, ligado a otros sujetos a quienes se dirige para decir o disfrazar la verdad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V. </strong>Me gusta mucho cuando Freud dice: &ldquo;todo ni&ntilde;o que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada (...). Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino&hellip; la realidad efectiva&rdquo;. El juego acaso sea entonces ese modo de lidiar con el mundo, incluso el mundo familiar, el mundo de esos &ldquo;adultos&rdquo;, el mundo adulto. Ese otro mundo, el de los adultos, que muchas veces se nos viene encima y resulta aplastante, agobiante, asfixiante. Incluso cuando ya no somos ni&ntilde;os. El juego como lo otro de la realidad ineluctable.
    </p><p class="article-text">
        Dice Anne Dufourmantelle en <em>Defensa del secreto </em>(la traducci&oacute;n es torpe, es m&iacute;a):&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Un ni&ntilde;o juega a las escondidas. Est&aacute; escondido detr&aacute;s de una puerta. Del otro lado, dos adultos hablan. Dicen algo agobiante de su historia. La revelaci&oacute;n es lanzada como una banalidad, entre otras cosas. El ni&ntilde;o se paraliza. Ha entendido. No va a volver a ser el mismo que era antes. El tiempo es irreversible, el conocimiento, tambi&eacute;n. Una voz cerca de &eacute;l grita: &rdquo;te v&iacute;&ldquo;. Sale de su escondite. Ha cambiado para siempre. Y el otro, el que lo buscaba, no lo sabe. Tampoco los adultos del otro lado de la puerta que est&aacute;n callados.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l no juega m&aacute;s&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VI.</strong> Ning&uacute;n ni&ntilde;o elige la familia en la que nace ni la infancia que vive. No, al menos, mientras es ni&ntilde;o. Porque lo cierto es que, m&aacute;s tarde, es posible elegir esa infancia, querer esa infancia, elegir esa familia, querer esa familia. O bien es posible querer deshacerse de todo ello. O querer algunas cosas y deshacerse de otras. En todo caso, algo se hace, cada vez, con ese ni&ntilde;o que fuimos, con esa familia que no elegimos, con esa infancia que vivimos. Georges Perec lo dice as&iacute;: &ldquo;Mi infancia forma parte de las cosas de las que s&eacute; que no s&eacute; gran cosa. Est&aacute; a mis espaldas y, sin embargo, en el suelo en que crec&iacute;, que me ha pertenecido, cualquiera que sea mi tenacidad para afirmar que ya no me pertenece m&aacute;s [&hellip;]. Pero la infancia no es nostalgia ni terror ni para&iacute;so perdido ni Tois&oacute;n de Oro, sino quiz&aacute;s horizonte, punto de partida, coordenadas a partir de las cuales los ejes de mi vida podr&aacute;n encontrar su sentido. [&hellip;] No tengo otra opci&oacute;n que evocar lo que demasiado tiempo llam&eacute; lo irrevocable; lo que fue, lo que se detuvo, lo que fue clausurado: eso que sin duda fue para <em>no ser m&aacute;s hoy, pero que fue tambi&eacute;n para que yo sea todav&iacute;a</em>&rdquo;. Entre el <em>no ser m&aacute;s hoy y tambi&eacute;n ser todav&iacute;a</em> se cifra el juego entre recuerdo y olvido. O, como dice Virginia Cosin en este <a href="https://digansuselogios.com/2021/04/30/fedro-un-poema-de-virginia-cosin/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Fedro</a> hecho poema:
    </p><p class="article-text">
        Es que/ &iquest;d&oacute;nde buscar la raz&oacute;n de lo que se anuda/ y se desanuda/ si no es en los restos perdidos/ de la infancia?
    </p><p class="article-text">
        Entre la repetici&oacute;n y, como sugiere Allouch, la posibilidad de pasar a otra cosa que &ldquo;solo podr&iacute;a advenir si uno pasa, una vez m&aacute;s por la cosa del otro&rdquo;, est&aacute;n esos restos perdidos de la infancia. La novela familiar se va tejiendo con los hilos de una experiencia que es in&eacute;dita para cada quien. El modo en que la infancia, siempre singular, vuelve una y otra vez al que ahora somos, precipita una historia que suele contarse siempre de la misma manera: como los cuentos que los ni&ntilde;os quieren escuchar sin que haya ninguna diferencia entre una noche y otra. La insistencia de la infancia golpea, aprieta, asfixia, molesta, incomoda; aunque, parad&oacute;jicamente, esa incomodidad resulta familiar y en esa familiaridad se acomoda el cuerpo. Se tratar&aacute;, para cada quien, de la manera en que esas piezas pueden, o no, desacomodarse para sacudir una escena que se erige siempre id&eacute;ntica a s&iacute; misma. No estoy hablando de una infancia infeliz. Tambi&eacute;n las infancias felices vuelven, vienen a buscarnos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 21 Dec 2021 10:31:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas sobre la infancia]]></media:title>
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