Sobre este blog

Atención flotante es el correo mensual de nuestra columnista Alexandra Kohan que se propone formular preguntas donde solo había respuestas.

"Son lecturas posibles a partir de cosas, nimiedades que están dando vueltas en el aire y que en apariencia no tienen ninguna importancia. Detenerse y subrayar algo que no había advertido antes. Formular preguntas donde sólo hay respuestas. No tengo todo pensado", advierte la autora.

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Atención Flotante Nota y Tw

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I. La editorial Caballo negro me envía de regalo la poesía reunida de Cristina Peri Rossi, llamada Detente, instante, eres tan bello. Lo primero que experimento es alegría, pero me sale en inglés: joy. No siempre me sale en inglés, tampoco podría decir desde cuándo. Pienso en la palabra joy en situaciones en las que me emociono, en las que me pasan cosas en el cuerpo. No es un simple “qué alegría”, es joy. Y entonces creo que me sale en otra lengua para salir del sopor de la lengua materna, para desfamiliarizar, para hacer la lengua un poco menos doméstica. Me sale en inglés, quizás, porque se trata, a veces, de dejar la lengua familiar y adquirir otra lengua que, como señala Sylvia Molloy “es otra manera de romper con lo seguro”. Y entonces, mientras escribo esto, advierto también dos cosas: que en este texto se va a tratar de ese asunto -de lo familiar y de lo desfamiliar- y que Lacan dice que Freud significa joy en alemán -freude-.

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Algunas preguntas donde sólo había respuestas, por Alexandra Kohan.

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II. Cuando uno está pensando, preocupado, atravesado por un asunto, pareciera que el mundo emite signos solamente acerca de eso. Los demás signos se disipan un poco. O no son signos. Fue así que reparé, me detuve, subrayé, leí, recordé y soñé muchas de las líneas que escribo acá. Esta es la escritura de esa lectura un poco a tientas, siguiendo las pistas de algunas ocurrencias. Este Newsletter se llama Atención flotante, pero bien podría llamarse Asociación libre. Es que no hay una sin la otra.

III. Y entonces abro el libro de Peri Rossi. Leo algunos poemas que me extasiaron, me encantaron, en el sentido del encanto, del hechizo. Pero no puedo sino detenerme en uno en particular:

Formar una familia

Aquella mujer me gustaba mucho

pero me propuso que formáramos una familia

ella ya tenía un hijo

de su primer marido

tenía padre madre hermano y primos

¿Para qué quieres otra familia? -le contesté

¿Para que vea cómo tu hijo no baja la tapa

del retrete por miedo oculto a la castración

y cómo tu hermano no cierra la puerta del baño

para no perderse nada de lo que ocurre en el salón?

¿Esa es tu idea de una familia?

me preguntó

No, además tenía otras ideas:

gente con la cual yo no me tomaría un café

si no mediara parentesco

gente que discute por dinero

propiedades cuentas bancarias

gente que no se habla por un asunto

de reparto de sillas o de sofás

y que se reúnen una vez al año

-por Navidad-

sin tener ganas

y se pasan la noche anterior

y el veinticinco de diciembre

comiendo y bebiendo

y haciendo mucho ruido.

¿Tú qué haces por Navidad? -me preguntó, entonces.

Busco una emisora de música clásica

-le dije-

y juego a la playstation.

Luego pensé en esa parte del poema Hace algún tiempo, de Fabián Casas:

éramos el gran anacronismo del amor,

la parte pendiente de un montaje absurdo.

Parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia.

Y al instante, en la novela La familia, de Gustavo Ferreyra.

Y pienso en Michel Foucault y pienso en La policía de las familias, de Jacques Donzelot y en toda esa bibliografía que se ocupa de leer críticamente la familia como institución destinada a impartir moral, buenas costumbres, disciplinamiento y normalización. Pero es cierto que la familia como institución se distingue de lo familiar.

IV. Hace muchísimo frío. Es el día más frío del año. Es domingo. Anochece. Mi amiga Virginia Cosin lee en un lugar al aire libre. Voy a escucharla. Lo que ella escribe me gusta desde antes de ser amigas. Sus procedimientos literarios me conmueven desde antes de que me conmoviera nuestra amistad. Y entonces la estoy escuchando. Y entonces lee:

Todo lo que sé de la guerra lo sé

Por las películas

Por las novelas

Por los libros de historia

Porque tengo una familia

Porque estuve enamorada

Pero yo subrayo “porque tengo una familia”.

No hay familia sin guerra, no. Por eso para Tolstoi todas las familias felices se parecen. Se parecen al Ideal de familia ideal. “Pero cada familia infeliz lo es a su manera”, sigue. Porque esa infelicidad acaso sea lo más singular de cada una de ellas. Esa infelicidad acaso sea ese punto de imposibilidad familiar.

V. Hay formas y formas de la amistad. Como en el amor, nadie puede decir qué es una amistad. Pero lo cierto es que la amistad, otra vez como el amor, ha sido objeto de moralismos, prescripciones, esencialismos y discursos que la agobian y la aplastan. Vir Cano escribió en este bello texto: “es innegable que la amistad es un territorio codificado, normalizado, capitalizado y no exento de sus propios libretos culturales. Muchas veces, aparece como el “compañero de aventuras” del personaje principal del guión vincular (blanco, burgués y heterosexual) que coloca en el centro (o en la cúspide) de las relaciones afectivas y de cuidados a la pareja, el amor romántico y la familia nuclear”.

Siempre me incomodó mucho esa expresión que dice que los amigos son la familia que uno elige. Mis amigos no son mis hermanos, no. Porque no hay hermanos sin ferocidad: “frerocité”, dice Lacan. Para mí la amistad es un lugar de resistencia a esa ideología familiarista. Una resistencia que no va de suyo. Que no siempre es igual. Como nosotros, que no somos siempre los mismos aunque también seamos los mismos. Hace poco alguien que fue amigo durante otro tiempo de mi vida me dijo: “Vos sos la misma de aquel tiempo y sos totalmente otra. Como los cuadros de Picasso que se llaman Las Meninas y que son y no son Las Meninas de Velazquez”. ¿Cómo sería posible, entonces, si uno no es siempre el mismo, tener siempre los mismos amigos? Hay un moralismo que me molesta y es que se idealice la amistad que se conserva desde la infancia. Tener amigos desde la infancia, de toda la vida, es visto como un valor per se. Y es que la estabilidad como valor acaso sea un valor conservador. No estoy criticando que se tengan amigos de toda la vida, estoy criticando que eso se erija como valor per se.

VI. Una vez, mi amiga Carina González Monier dijo: “la amistad es la única posición en donde se aguanta el goce del otro”. Y también dijo: “los amigos cumplen una función epistemológica: son una fuente de acceso a la verdad”. Y entonces me acuerdo de Maurice Blanchot que dice: “la amistad, esa relación sin dependencia, sin episodio y en la que entra, sin embargo, toda la simplicidad de la vida, pasa por el reconocimiento de la extrañeza común, que nos permite no hablar de nuestros amigos, sino solamente hablarles”. Y pienso que, como en el amor, se trata de ser hospitalario con el otro, incluso con lo que tiene de hostis.

VII. También pienso en ese Ideal de reciprocidad que invade las relaciones amorosas y de amistad. La reciprocidad es imposible, no hay manera de que sea recíproco si por recíproco suponemos que al otro le pasa lo mismo que a uno, que el otro debería dar lo mismo que uno. Pretender reciprocidad es una trampa que nos impide, como diría mi amigo José Luis Juresa, habitar la diferencia en paz. En la amistad, como en el amor, es mucho más lindo atravesar el espejo, como hace Alicia, antes que pretender reflejarnos en él. Cuando el espejo se mete entre uno y el otro, desaparece el entre, esa usina incesante de diferencias que alivian. Hay amistades construidas sobre el suelo pantanoso de la identificación, del espejo como medida. No sé si hay forma de que eso termine bien.

VIII. Escribí joy y me acordé de Joana D’ Alessio, que en twitter se llama Joydivision (pero yo le digo Joy). Y me acordé de que un día dijo que estaba escribiendo sobre la amistad, al mismo tiempo que yo pensaba estas notas. Y entonces le escribí para pedirle su texto. Sus textos siempre me hacen llorar. Son chispazos epidérmicos. Me acuerdo del texto que escribió cuando recién empezaba la pandemia. A Joy no la conozco. Leo sus textos, que no es lo mismo, vaya si hay diferencia. En su Pequeño tratado sobre la amistad, dice: “Hace tiempo que pienso en eso. En desterrar el lugar común de tener cosas en común. La amistad es una voluntad misteriosa y cuando fluye parece un partido de tenis, siempre nos devolvemos la pelota, se pregunta, se escucha, se repregunta. Un hilito que nadie suelta. Una conversación que se puede retomar en cualquier punto y en cualquier lugar del mundo”.

Nuestra conversación me estremece y lo que dice Florencia Angilletta de nuestra amistad, también: que es “refugio, lectura, escritura, adrenalina, don, riesgo y tantas risas”.

IX. La película Fourteen, de Dan Sallitt (2019), es el despliegue en el tiempo de una amistad. Pero no es sólo un despliegue lineal, progresivo, sucesivo. Es un despliegue de discontinuidades, detenciones, repeticiones, impedimentos, como el tiempo mismo. Es un despliegue que incluye marcas, agujeros, heridas, deudas y que no deja afuera el ejercicio de un poder. Porque ciertas amistades no están exentas del ejercicio del poder. Jo y Mara son amigas desde la infancia y la película transcurre a lo largo de muchos años. No sería exacto, sin embargo, preguntar qué le hace el paso del tiempo a la amistad. Porque no se trata de eso. Porque el tiempo de esa amistad está detenido, coagulado, impedido y parece siempre el mismo. Parece no transcurrir entre ellas. Las situaciones se repiten exactamente idénticas porque ellas son idénticas: cada una a sí misma, y son idénticas a lo que cada una de ellas espera de la otra. Es una amistad que funciona a la perfección, las piezas están aceitadas y cada engranaje reacciona cuando corresponde. Es una amistad recíproca, complementaria. Dice Juan Ritvo: “toda amistad es unilateral. En las mejores, el lugar de amante y de amado circula de manera incesante; en las peores, los lugares están cristalizados”. En la película, los lugares están cristalizados. Todo está ensimismado, las dos hacen una y siempre la misma pareja: el soporte y lo soportado, la potencia y la impotencia, la asistente y la asistida. Poco importa qué le pasa a una y qué le pasa a la otra. Porque nadie pregunta nunca. Hay muchas razones por las que una amistad puede terminarse.

En Fourteen se trata de un fin que se precipita cuando Mara, de manera contingente, se encuentra con otra de sí misma, cuando se produce el hallazgo de que se puede dejar de soportar, dejar de ser el soporte de la imposibilidad del otro. Que se puede empezar a ser otro de sí. El recorrido de la película va introduciendo extrañeza en la mismidad, esa de la que esa amistad está hecha. Casi como en el texto de Nietzsche, Amistad de estrellas -que me recomendó Diego Singer-: “Eramos amigos, y nos hemos vuelto extraños. Pero está bien que así sea, y no queremos callar ni escondernos cual si tuviéramos de qué avergonzarnos. Somos dos navíos, cada uno de los cuales tiene ruta y rumbo diferente; podemos tal vez cruzarnos y celebrar juntos una fiesta como ya lo hicimos. Estaban los navíos tan tranquilos en el mismo puerto, bañados por el mismo sol, que cualquiera creería que habían llegado a su destino y que tenían un destino común. Mas luego la fuerza omnipotente de nuestra misión nos separó, empujándonos por mares distintos, bajo otros rayos de sol, y acaso no volveremos a encontrarnos o quizás sí; pero no nos conoceremos, porque nos habrán transformado otros mares y otros soles”. De la mismidad a la otredad, de la repetición agobiante al hallazgo de otra cosa posible, en ese espacio que se abre aparece la posibilidad de una amistad que no requiera de la mismidad especular.

La belleza del film de Sallit acaso esté en el modo sutil y amoroso, casi como un susurro, en el que nos saca del adormecimiento en el que muchas veces nos encontramos, ese que nos deja tranquilos en el mismo puerto y en el mismo sol; tranquilos porque hicimos el bien. Pero lo otro de esa tranquilidad no es la intranquilidad, sino la posibilidad de atravesar una vida en la que el tiempo pase y junto con él, nos haga pasar a otra cosa.

X. Es muy doloroso que se termine una amistad. Y también es parte del asunto. Me pregunto si las amistades que se terminan, no se terminan ahí donde para alguno se termina algo de lo familiar. Es habitual que ciertas amistades se acaben después de separaciones, de nuevas configuraciones en la vida de alguien, de duelos. Incluso después de que alguno haya por fin atravesado un padecimiento y ahora esté un poco más aliviado en su vida. Quizás porque uno ya no es el que era, o porque el otro ya no es el que uno quiere que sea, o porque uno ya no es el que el otro espera. Hay amistades que fueron construidas, inconscientemente, con los nudos de lo familiar. Quizás eso es lo que se desanuda cuando se termina una amistad. Esos nudos familiares que apretaban.

XI. “Un manojo de duelos”, escuché que decía el analista. Luego soñé con la muerte reciente de mi mamá, la no tan reciente de mi papá y con una amiga a la que quiero mucho y que decidió, unilateralmente -no existen las separaciones de común acuerdo-, no estar más en mi vida. Lo soñé todo junto en el mismo sueño, en la misma escena. ¿O lo soñé antes? Qué importa. Ese manojo de duelos suspende la linealidad del tiempo, cifra desgarros. Los abismos que nos habitan. Los sueños abismales. Los abismos oníricos. Los abismos reales. Lo real del abismo.

“¿Cómo se verá nuestro miedo?/ Estoy triste/ ya no salimos a mirar el sol/ ya no deseamos con la misma intensidad el futuro”. Escribe Malena Saito.

XII. Hacer una vida. No hay forma de hacerla si no se deja nuestra familia. Dejarla no es no hablarle nunca más, sino separarse -aunque a veces no haya otra forma de separarse que no hablarles nunca más-. Pero, en todo caso, esa separación no es de una vez y para siempre. Anne Dufourmantelle dice: “dejar nuestra familia, nuestro origen, nuestra ciudad natal, lo ya visto y la seguridad de una familiaridad sin fractura, ¿qué vida singular no tiene ese precio? El precio de ser infiel a lo que nos fue, no transmitido por amor sino mandado, psíquica y genealógicamente, so pena de destitución. Debemos partir, deshacernos de nuestros códigos, nuestras pertenencias, nuestro linaje. Toda obra tiene ese precio. Y todo amor, creo yo. La depresión es el reverso de tal separación. Es no poder desprenderse, deshacerse, quitarse el lastre a tiempo, abandonarse a estar en otra parte para arriesgar la vida (...). Dejar a la familia abre al riesgo del amor”. Y yo agregaría, también al riesgo de la amistad. “El riesgo de dejar a la familia es un elogio irrealizado de la fuga, del alejamiento, del paso al lado. De lo que en nosotros es capaz de estar desorientado”, sigue Dufourmantelle. No se trata del desapego, sino de cierta libertad, “libre de esa deuda que ordena obediencia y nos hace consentir a toda violencia”.

Separarse de algo, no de alguien. Ojalá. Ese algo que es lo familiar insoportable, ineluctable, imposible. Acaso las amistades puedan ser otro tono. Algunas pueden, otras no. No sé qué es una amistad, pero sé que no quiero que sea una familia.

Gracias a todos mis amigos por desfamiliarizarnos juntos; gracias por nuestras extrañezas comunes.

AK

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"Son lecturas posibles a partir de cosas, nimiedades que están dando vueltas en el aire y que en apariencia no tienen ninguna importancia. Detenerse y subrayar algo que no había advertido antes. Formular preguntas donde sólo hay respuestas. No tengo todo pensado", advierte la autora.

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Publicado el
31 de agosto de 2021 - 07:54 h