Opinión

El sonido o la furia

"El silencio del analista está ahí para acallar esos ruidos que impiden el decir"

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Sirenas, conversaciones tronchadas, gritos, los bajos de un parlante a todo volumen de un auto en el que escuchan reggaetón, caños de escape, motos, los muchachos de los talleres de al lado hablando en la vereda, una madre amenazando a su niño porque se porta mal y hasta la marcha peronista que alguien escucha en su auto: todos esos ruidos entran por la ventana del consultorio que, dada la pandemia, está abierta todo el tiempo ya que la presencialidad requiere ventilación. No es la primera vez que me quedo pensando en la clase de ruidos que entran en el espacio de un análisis y la clase de silencio que se hace necesario para que haya análisis. Porque mucho se ha dicho del silencio del analista. Tanto se dijo, que se hizo de eso una caricatura. Esa caricatura, que se usa para mofarse de cierto psicoanálisis tiene, como todas las caricaturas, su aspecto verdadero. El analista callado que sólo abre la boca para decir -o para tragarse al otro- “dejamos acá” está por todos lados. Muchos fueron escolarizados en la indicación de que la abstinencia del analista es eso: el mutismo; y ahí están absolutamente callados, muteados, silenciados. No hablan. Y no hablan o porque están “aterrados” y no saben qué decir, o porque mantienen la impostura de “ser analista lacaniano” y entonces actúan el estereotipo: son su propia caricatura. Esa posición, para mí, lejos de ser silenciosa, es muy ruidosa. Creer que un analista no debe hablar para ser abstinente no deja de ser un ruido que aturde, que ensordece y que por lo tanto no deja escuchar. Es el ruido de los mandatos, de las prescripciones; el ruido del manual del analista, ese que sólo existe en ciertas escuelas y en las fantasías de algunos -algunas escuelas son la puesta en acto de la fantasía de SER psicoanalista lacaniano-. La mudez del analista es el ruido que hace, como dice José Luis Juresa, “el blablá de sus fantasmas personales, es decir, la montura de su goce”. Y esos fantasmas personales incluyen lo que ellos “opinan” de las cosas de la vida.

Hay una formulación del discurso corriente que cifra esto de manera palmaria: “me hace ruido”. Resulta interesante porque ese ruido, justamente, es lo que impide escucharse, impide pensarse; ante eso, se prefiere por el contrario echar un manto de sospecha sobre el otro. Pero, si algo me hace ruido, lo que habría que subrayar ahí es el pronombre personal: “me”. Y lo que el uso habitual de esa frase hace, en cambio, es desentenderse de lo propio e ir a señalar lo ajeno, como si en esa ajenidad no hubiera nada propio, como si lo propio no estuviera hecho de ajenidad.

El silencio del analista no equivale entonces a no hablar, sino a acallar ciertos ruidos, diría, propios o, en todo caso, acallar todo eso que no es propiciado por el decir del paciente. Así como hacer silencio no es no hablar, hablar no es necesariamente decir. Se puede hablar y no hacer más que ruido, se puede callar y no hacer más que ruido; se puede hablar y hacer silencio para que ocurra un decir, se puede decir y producir un silencio. En todo caso, se trata de introducir esas diferencias para que no todo sea lo mismo. También se puede hacer silencio como modo de respuesta, o como manera de salirse de cierta escena. Eso que hoy en día se llama ghosting acaso muestre que el fantasma no es el otro -que se fue como pudo, impedido de decir algo-, sino que se pone en juego el fantasma propio: el que se usa para rellenar el doloroso y muchas veces dañino silencio del otro.

Volviendo al análisis, el silencio del analista está ahí para acallar esos ruidos que impiden el decir. Entre hablar y decir, entre escuchar y oír, entre sonidos y ruidos, entre lo dicho y lo no dicho, entre un dicho y otro: en esos entres, entre esos pliegues puede abrirse el espacio para que las palabras dejen de aturdir y den lugar, en cambio, al “susurro del lenguaje”. Me acuerdo todavía hoy de cuando Osvaldo Umérez dijo que un analista, más que saber qué escuchar, tiene que saber qué no escuchar. La escucha analítica no es pasiva, no se escucha todo -ni de cualquier manera o en cualquier lugar-, porque eso sería, además de imposible, un ruido aturdidor. Y lo que se decide no escuchar no es puro arbitrio, sino parte de la abstinencia del analista.

Los ruidos son esos sentidos que atormentan, los ruidos de la maquinaria furiosa, esa que repite y que tiene los engranajes gastados, oxidados, que chillan y hacen rechinar los dientes. En un análisis no se trata de arreglar la máquina para que siga andando, no se trata de arreglar las piezas para que todo funcione armónica y silenciosamente, para dejar la máquina como nueva, sino de desmantelar la máquina infernal de la repetición para que acontezca algo nuevo. 

En épocas ruidosas, más que nunca, se hace imprescindible distinguir el ruido de las masas, del silencio necesario para poder pensar. Acaso pensar sea un modo de hacer silencio. Me gusta aquello que Constanza Michelson dijo hace un tiempo en una entrevista que le hizo Natalia Ginzburg: “estamos ahogados en conceptos. Los conceptos están sirviendo para evitar hablar. Hoy día todo tiene un nombre, y los asuntos de la vida se empiezan a volver estereotipados. La experiencia está ahí donde hay algo de silencio. Hoy estar en silencio es algo difícil por la presión de las masas”. No hay experiencia singular sin silencio, ese que es un acto, ese que no está hecho, sino que se hace, ese que requiere poner de sí. Hacer silencio no es callarse ni silenciar, sino dejar de vivir aturdidos.

Hace unos años escribí lo siguiente: el psicoanálisis ofrece un espacio en el que alguien puede acallar un poco el ruido ensordecedor de los sentidos que se vociferan, para empezar a pensar algo que, muchas veces, contradice lo que creemos que somos, para extrañarnos, para desconocernos un poco a nosotros mismos. Allá afuera todos gritan su verdad, ya nadie calla ni por un instante lo que tiene para decir, aunque no necesariamente sea siempre un decir con consecuencias. Mientras tanto, un analista y un analizante se encuentran en el consultorio de alguna ciudad, con ese bullicio de fondo, e intentan recuperar un silencio que dé lugar a una palabra y permita escandir una experiencia. Hoy advierto que algo de eso escribe Fito Páez en Al lado del camino

“Vivir atormentado de sentido/Creo que esta sí es la parte más pesada”.

“En tiempos donde nadie escucha a nadie/En tiempos donde todos contra todos/En tiempos egoístas y mezquinos/En tiempos donde siempre estamos solos”, sigue Fito Páez en la misma canción, esa canción que nunca es la misma.

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