Las nubes de Joni Mitchell, la decepción y un mosquito

Una canción de Joni Mitchell sirve como cierre de la serie "After Life"

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Dos hombres salen a la ruta en auto. Dos viajes: el del camino y el del duelo que atraviesan por la muerte de Lisa. El que va en el asiento del acompañante perdió a su esposa, el gran amor de su vida; el que maneja, a su hermana. En un momento empiezan a discutir por la música que el conductor conserva en CD’s dentro de la guantera: uno de Will Smith que se llama Willennium, otro de Lighthouse Family, otro de Susan Boyle, la recordada y estruendosa cantante salida de un reality show británico. El acompañante empieza a tirar los discos por la ventanilla, todos le parecen deplorables.

Hasta que encuentra uno de Radiohead y el dolor que sienten toma cuerpo y nombre: la banda que le encantaba a Lisa. La memoria en los ojos, mientras miran hacia afuera y le dan play a Let Down, el himno hermoso, desgarrador y definitivo de los decepcionados de finales del siglo pasado de ese disco hermoso, desgarrador y definitivo que es Ok Computer (vale la pena el repaso doble con la reedición en 2017 de ese material y sus bonus tracks en OKNOTOK que salió dos décadas después de aquel trabajo que consagró a la banda). La letra habla de transportes, de despegues y de aterrizajes, de un desplazamiento con el más vacío de los sentimientos encima: moverse con una mochila puesta –la del desencanto– para seguir andando. En círculos, en señal de espera, en el loop que habilita el gerundio, en un mientras tanto continuo, en el recuerdo que se despliega como una melodía descarnada. Dos en uno: let down and hanging around.  

La escena pertenece al tercer capítulo de la última temporada de la serie After Life, que tiene como productor, guionista y protagonista absoluto a Ricky Gervais (hablamos de esa y otras series muy esperadas que se están estrenando en estos días por acá). Hacia el cierre la canción vuelve a sonar. Pero esta vez aparece después de una peripecia, mientras los hombres de antes se suben al auto ahogados de risa por algo que les acaba de pasar y se escapan. Aceleran y la decepción anterior se convierte, por un rato, en complicidad, en andanza.

Admito que esta temporada de After Life no me atrajo tanto como las anteriores y que, sin embargo, la vi hasta el final, absorta, con ganas de que no se terminara. Creo que en parte fue por la selección musical de Gervais (de paso: compartió la playlist en su cuenta de Twitter, la pueden disfrutar por acá) que es exquisita a lo largo de toda la serie. 

El último capítulo, de hecho, recupera otro tema precioso en la voz de Joni Mitchell, Both Sides Now. Dos en uno, otra vez: la narradora de la canción hace un repaso –mejor: un balanceo, para usar las palabras de Alexandra Kohan en este texto– por distintas situaciones de su vida. Y en ese presente que relata, otra epifanía en movimiento, se da cuenta de que esos hitos vitales tienen dos caras y, al mismo tiempo, que no tiene cómo entenderlos.

Una traducción a las apuradas, a ver si me explico mejor, de unas líneas que me encantan: “He visto las nubes desde los dos lados/desde arriba y desde abajo, y todavía, de alguna manera/son las ilusiones que forman las nubes/lo que recuerdo./En realidad, no sé nada de las nubes”. (El mismo esquema, más adelante, y con las mismas palabras, llegará para el amor y para la vida). 

El protagonista de After Life también recorre los momentos más importantes que vivió con su esposa muerta y también recuerda. La serie no es más que esa sucesión. A partir de esas ilusiones, de sus propias nubes, a veces llora, a veces se ríe a carcajadas. El duelo y la decepción en los pies: en la última escena, camina junto a su perro mientras Joni Mitchell ofrece una hipótesis cantada: en realidad, no sé absolutamente nada de la vida. No hay aprendizaje posible; hay dos en uno, hay puro tránsito y una promesa, apenas un título: una vida después.

Lo sabe cualquiera que haya emprendido un viaje a la Antártida, por agua, por aire, por libros (ya conté varias veces acá que es uno de mis lugares en el mundo y que espero alguna vez poder ir hasta allá): la Decepción es una isla. O algo así. Porque en realidad se llama Isla Decepción a un fragmento de tierra engañoso que en su interior oculta un volcán con forma de herradura. Sí, un volcán en medio del frío del Océano Antártico: dos en uno.

Otra traducción a las apuradas: el nombre se lo puso el ballenero estadounidense y pionero antártico Nathan Palmer y en realidad remite a la palabra deception, en inglés, que vendría a ser un engaño más que la idea que se nos forma a los hispanohablantes cuando pensamos en una decepción.

Una de las personas que visitó Isla Decepción y quedó atrapada en la contradicción de ese lugar increíble –uno de los pocos en la Antártida, además, que recibe al turismo– es la fotógrafa argentina Adriana Lestido (ya que estamos: no dejen de pasar por su obra, que se luce acá; yo lo hago una vez al año porque es, a su modo, una isla atrapante también). Lo registró en dos libros hermosos, uno de fotografías y otro que es una especie de bitácora que se llama Antártida negra. Los diarios (Tusquets, 2017) y salió en la colección Rara Avis dirigida por Juan Forn. Les dejo un fragmento.

“Ya en la Isla Decepción. El viaje fue bello, momentos de luz mágica. Pero la isla hace honor a su nombre: una desilusión. La fantasía del blanco, el continente blanco, será para otro viaje. Decepción es el lugar menos blanco de la Antártida: es negra. Como la tierra es volcánica, el calor derrite la nieve al toque. Sólo en pleno invierno está blanca. Pero igual tiene lo suyo, es extraña. ¡Fuego bajo el hielo!”.

“Se pueden tener sentimientos contradictorios, en disputa; no solo es posible, es inevitable; casi toda la vida, de hecho, es eso: una batalla muda entre hipótesis que nos habitan, una guerra civil de bolsillo”.

La cita pertenece al libro Un futuro anterior, del escritor Mauro Libertella. La novela acaba de salir y ya les voy a contar más porque me encantó. En unos días voy a entrevistar al autor y le quiero preguntar por ese dos en uno, por ese futuro que viene de antes, por la vida después.

Todas las imágenes y las escenas que fui contando por acá se pegotearon, se apelmazaron, se quedaron conmigo en estos días de combates interiores, de volcanes escondidos abajo del hielo. Es que me estuvo zumbando la decepción, como un mosquito atronador. Pero no me quedé quieta. Con Radiohead de fondo (y más, con OK NOT OK como bandera a una victoria imposible) preparé esta nueva edición de Mil lianas. ¡Pasen!

1. Alguien en algún lugar. Hablábamos arriba de lutos, decepciones y movimientos. En esas direcciones circula la serie Alguien en algún lugar, una perla total que estrenó hace algunos días HBO Max y que va subiendo semanalmente a su plataforma, donde ya hay cuatro episodios disponibles. 

La protagonista es Sam, una mujer sobre la que, a medida que avanzan los capítulos, se van descubriendo algunas cosas: sufre la pérdida de su hermana, a quien acompañó en la etapa final de una enfermedad; se había ido de su pueblo natal –Manhattan, pero en Kansas: campo, casas bajas, banderas de Estados Unidos– y volvió ante esa circunstancia extrema; está perdida entre el duelo y un lugar que parece verla como una extraña; tiene una madre alcohólica y otra hermana que no la soporta. 

En esas aguas se mueve Sam –interpretada por la comediante, cantante y performer Bridget Everett, en un rol a su medida y que retoma mucho de su vida real–, mientras busca su destino y se acerca a un grupo muy particular del pueblo, que se reúne en una especie de club queer clandestino que montan en un templo. El que está detrás de todo es Joel, el compinche que va a acompañar a la protagonista en estos días de tránsito, de interrogantes, de lágrimas y también de situaciones que enfrentan a pura risa.

Un asterisco: la serie está producida por los hermanos Duplass, favoritos absolutos de esta casa virtual y las mentes, los corazones y las caras de varias de las películas y series más interesantes de los últimos tiempos, como señalamos por acá, por acá ¡y también por acá! En las últimas horas se confirmó que esta comedia agridulce y encantadora tendrá una segunda temporada, una alegría.

La serie Alguien en algún lugar (Somebody Somewhere) está disponible en HBO Max.

2. La corte del rey.  El argentino Ariel Bosi es periodista, escritor y dueño de un tesoro: es el mayor coleccionista en Latinoamérica de objetos vinculados con la obra de Stephen King (de versiones raras y en distintos idiomas, a ejemplares firmados por el autor de It, además de numerosas primeras ediciones que fue comprando por el mundo y todo lo que exista en el medio). Es, también, el primer biógrafo en español del escritor y autor del libro Todo sobre Stephen King donde despliega sus conocimientos sobre la vida y la obra del padre del terror.

Bosi acaba de lanzar el podcast La corte del rey, producido por la empresa que edita los libros de King en la Argentina, y lo hace de nuevo: a lo largo de los episodios reconstruye la biografía del autor, desde sus orígenes hasta su consagración.

Escuché los primeros capítulos –en total prometen una temporada de diez– y me gustó que, lejos de abrumar, desde su rol de conductor el periodista ofrece perlitas, anécdotas de tropiezos cuando no le aceptaban los primeros manuscritos, curiosidades, vínculos entre la vida de King y sus novelas más famosas. Una invitación, a su modo, a leer o releer esos libros que marcaron a varias generaciones, a partir de una suerte de mapa que Bosi traza con todo lo que estudió y acopió a lo largo de años.

El podcast La corte del rey, conducido por Ariel Bosi, está disponible en Spotify.

3. Puntuación. “El hombre encontró conveniente comenzar a escribir, lo que fue una decisión inteligente. Posteriormente se incorporaron mejoras al sistema del lenguaje, lo cual nos permitió transmitir más, con mayor precisión y velocidad. El libro que estás leyendo ahora considera la puntuación como la coronación final de los lenguajes escritos en Europa: es la frutilla del postre, el acento sobre la i. La puntuación es un sistema de convenciones que otorga mayor precisión y profundidad a las letras y palabras, dotándolas de color y emoción, tono y ritmo”, afirma el académico noruego Bård Borch Michalsen en su libro Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia (Ediciones Godot, 2022), su primera publicación traducida al español.

Después de leer este texto –un recorrido ñoño, para subrayar sin parar, por la historia de los signos y de los precursores de la escritura tal como la conocemos– tuve la posibilidad de mandarle unas preguntas al autor (con todos los signos, como corresponde). Me respondió, también con frases plagadas de comas, de puntos y coma y hasta de emojis, y salió la entrevista que les dejo por acá.

También comparto este fragmento de Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia por si quieren chusmear un poco más de qué se trata.

Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia, de Bård Borch Michalsen, acaba de salir en español por Ediciones Godot. Por aquí, una entrevista con el autor. Y, por acá, un adelanto del libro.

¡Hasta la próxima!

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