El secreto terrible de un padre, silencio a medias

Una pared en el barrio porteño de Palermo

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Yo te escucharé/con todo el silencio del planeta/Y miraré tus ojos/como si fueran los últimos de este país. Las flores - Café Tacvba

“El silencio es alud”. Lo leí en un cartel que me crucé por Palermo una de estas tardes de sol. Sí, ya sé que las paredes porteñas están cada vez más abarrotadas de estos mensajes que, de tan autoconscientes y repetidos, nacen viejos, arrugados como un guiño a destiempo; como la satisfacción obsoleta de comprar un auto último modelo en diciembre. Pero bueno, saqué una foto igual –qué le hace una imagen más a Instagram, la pobre antena de nuestros días–, la subí y seguí caminando. 

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La idea del silencio como algo corpulento y estrepitoso, que puede caernos encima cuando menos lo esperamos, se quedó conmigo varias cuadras (asterisco: el cartel también me llevó a recordar el título de un documental maravilloso de Agustina Comedi, El silencio es un cuerpo que cae. Está disponible en CineAR Play).

Porque no siempre hay silencios buscados, calmos, introspectivos. Muchas veces el silencio surge de una conversación que se interrumpe sin aviso previo. Alguien se calla de repente, toma distancia y pone de manifiesto una fuerza activa: una manera de dar la espalda que nos deja cara a cara con el asombro. Una avalancha, la palabra en la boca. El silencio, también, como una decisión, una confesión muda que lanzamos o nos lanzan, un no-decir pesado. Que no se rompa ni se doble; mejor no hablar de ciertas cosas. 

Me gusta pensar, de todos modos, en ese hiato que produce el silencio sorpresivo como un rincón que no es equivalente al vacío ni a la ausencia; como un espacio inundado de mensajes rotos, impronunciables. Ese silencio que es una forma de bajar el volumen, un escondite provisorio. Una promesa: la pausa necesaria para que ese agujero se convierta alguna vez en canción. Elijo creer.

Hace poco hablamos por acá de El corazón del daño, de María Negroni. Uno de los libros del año. Repaso las páginas, vuelvo a la frase "todo sea por el ruido de la ausencia del ruido", y veo que también subrayé estos fragmentos que les comparto.

El primero:

“Le preguntaron a Guimarães Rosa:

¿Sabe usted qué es el silencio?

El silencio es uno mismo demasiado, contestó.

La palabra nace siempre de un deseo de mutismo, odia las normas, escribe frases que son ladridos y también plegarias”.

El segundo:

"Lo dijo la filósofa María Zambrano: escribir es defender el silencio en que se está.

(Todo gesto de Dios es silencioso y por eso está escrito, enseñaba un sabio).

En otras palabras, el silencio es la defensa del texto, su salvaguarda, su manera de acallar, por un instante, la obviedad del mundo, de hallar una moneda de inquietud donde resuene, como un saber del alma, eso que somos, en todo su esplendor y misterio".

¿Y si no hay un solo silencio? Cuando estoy un poco perdida –o sea, casi siempre–, viajo hacia la Antártida que, como algunos por ahí sabrán, es uno de mis lugares favoritos del mundo. Una manera de decir, claro, porque con pandemia o sin pandemia, a ese territorio tan hermoso como cruel, no se llega fácilmente. Mientras cruzo los dedos –algún día iré, algún día– por ahora me traslado a través de la pantalla de mi computadora. Por suerte todas las veces encuentro algo nuevo, algo que me asombra de ese territorio y me retiene completamente subyugada, y también en silencio, por un buen rato. Esta vez fueron las declaraciones de Cristiana Figueres, una de las 80 mujeres que integraron una enorme expedición científica que exploró las tierras del sur en 2019.

“En la An­tár­ti­da hay un sin­fín de to­nos y de in­ten­si­da­des del blan­co que no es­ta­mos acos­tum­bra­dos a ver. Y tam­bién hay una gran to­na­li­dad de si­len­cios para los cua­les no te­ne­mos afi­na­do el oído”. 

Me quedo con eso: el silencio como materia en capas, una caja de resonancia a la que hay que encontrarle la sintonía. Ni tan rotundo, ni tan a mano: a la búsqueda del silencio perdido.

Mientras escribo esto atravieso una pesadilla temporal que me ataca una vez al año (le pasaba a mi abuelo Dionisio, le sigue pasando a mi papá, lo vivo yo: lo que se hereda, etc.): un oído se me tapa completamente y dejo de escuchar de un lado por varios días. Entre gotas y algún mareo ocasional –se sabe del vínculo entre el equilibrio y el sistema auditivo– paso las horas en una especie de prende y apaga, de ghosteo autoinfligido, de silencio a medias. El revés de un rayo. La música que escuchamos tarde o temprano casi todos por estos tiempos, pero desde adentro: ¡estás muteada!

Podría leer rápidamente –o escuchar, claro– que se trata de un llamado de atención, una convocatoria anual que hace mi cuerpo para apagar el ruido que me rodea, una campana que marca que es hora de no oír.

O por ahí es que de tanto darle vueltas, el silencio tomó una parte de mi cabeza. Entró por un hueco y va avanzando como un nubarrón por algún canal interno de un lado, mientras el otro, el que sí oye, el que todavía bucea por el sonido, intenta descifrar qué hay por ahí, a tientas.

Los dejo con una nueva edición de Mil lianas silenciosa como el paso de un ángel.

1. Lo oscuro que hay en mí, Horacio Convertini. Más arriba hablábamos de silencios y también de herencias, dos caminos por los que se mueve Luis, el protagonista de Lo oscuro que hay en mí, la reciente novela de Horacio Convertini (Alfaguara, 2021). De hecho, la primera imagen que ofrece el libro pone en primer plano ni más ni menos que el primer legado que recibimos los humanos: la sangre. 

“La sangre parece otra cosa. A la distancia, desde cierta altura, iluminada por el sol que se muere y bajo el extraño efecto óptico de la lente de aumento. Otra cosa. Negra. Negra de peste”, se lee en la primera página. También hay ahí una clave que recorrerá toda la historia: objetos, elementos y sobre todo personas que oscilan, que van por un lado, pero que tal vez preferirían estar en otro, moverse en otra dirección. 

Sin ir más lejos, el padre de Luis, que parecía ser un viajante de comercio sencillo a cargo de su hijo y de lidiar con la enfermedad terminal de su esposa, se revela, a partir de su muerte, como un verdadero enigma: el propio Luis, al desarmar su casa, encuentra entre sus modestas pertenencias un bolso donde el hombre guardaba miles de dólares.

Luis, que por su parte es un empleado municipal con una vida opaca y un matrimonio monocorde, encontrará en esta intriga la excusa perfecta para lanzarse a una aventura que lo llevará a lugares inquietantes. Por un lado, porque va a tener la misión de desentrañar los secretos de su padre (esa figura que es siempre una fuga y un misterio, como dijimos por acá), y al mismo tiempo, porque en el proceso deberá enfrentarse con sus propios fantasmas, los silencios y, claro, la oscuridad que también habita en él.

Con un ritmo vertiginoso, descripciones muy precisas de personajes y situaciones, y un modo muy particular de meterse adentro de la cabeza de los protagonistas desde sus acciones, Lo oscuro que hay en mí combina novela negra con thriller, por momentos toma el impulso de una road movie y es totalmente atrapante. 

2. Sangre en los tracks. Alguna vez en Mil lianas me referí al gran placer que me produce leer a Pablo Plotkin (ya que estamos: acá pueden leer algunos de sus textos para elDiarioAR). Lejos del tono zumbón que a veces impregna el periodismo musical y del mundo del entretenimiento, los textos de Pablo son amables, oxigenados, están llenos de referencias y de imágenes, por momentos poéticas, de lo que observa. Me interesa mucho esa intención de hablar un poco al oído de los lectores, sin dejar de bajar información y dándole el lugar que corresponde a los entrevistados.

Algo de ese espíritu se puede encontrar en el podcast Sangre en los tracks, que el periodista acaba de lanzar junto a Marcos Aramburu, con una premisa bellísima: rescatar las historias detrás de canciones “gloriosas, trágicas e irrepetibles de la música en español”. El primer episodio está dedicado a ese clásico dolorosísimo que es Volver a los 17, de la chilena Violeta Parra

Además de ofrecer un sonido impecable, lo que más me gustó es que el episodio encuentra un equilibrio delicado entre testimonios de muchísimos entrevistados con los datos concretos de la vida de la artista y de su obra, que se van mezclando con los relatos de los dos conductores. Algo que se sostiene principalmente en un guión sólido que se anima a volar sin ponerse solemne. De tan lograda, esta entrega de Sangre en los tracks me puso un poco ansiosa ¡y ahora espero que suban más!

Sangre en los tracks, de Pablo Plotkin y Marcos Aramburu, se puede escuchar por Spotify.

3. Minari. A esta película la comentamos en la previa a la entrega de los premios Oscar y, dado que por la pandemia al final no tuvo el estreno en salas de cine que se proyectaba, vale la pena volver a ella ahora que Amazon Prime la acaba de subir a su plataforma.

Minari es una historia de silencios y también de desprendimientos –verse arrancado de un lugar para instalarse en otro–. Con un tono por momentos amargo cuenta la historia de una familia de inmigrantes coreanos en la década del ‘80 que se muda de una casa en California a una granja solitaria en Arkansas.  

Las escenas, con una bellísima fotografía cálida que subraya los paisajes, al tiempo que alterna lo agreste y melancólico con los colores brillantes de la ropa ochentosa de los protagonistas, están narradas desde la mirada de David, el hijo menor de los protagonistas que nació en los Estados Unidos y que, como la hierba coreana que le da nombre al largometraje, fue de algún modo trasplantado. 

Con apenas 7 años, el niño observa el cambio abrupto de su familia y termina entendiendo, a partir de una serie de episodios dolorosos, por qué la decisión paterna de irse tierra adentro para conquistar un sueño americano posible conecta a todos, invariablemente, con sus raíces.

Minari fue escrita y dirigida por Lee Isaac Chung. Dura 115 minutos y está protagonizada por Steven Yeun, Han Ye-ri, Alan Kim, Noel Kate Cho, Youn Yuh-jung y Will Patton. Disponible desde el 1 de octubre en Amazon Prime Video.

4. FED ‘21 para agendar. Por el entusiasmo de los organizadores y también por la gran respuesta del público, es uno de los encuentros literarios más vigorosos de la escena local. Por suerte, la Feria de Editores (FED) vuelve una vez más para celebrar su décima edición y lo hace con un esquema muy particular.

Por un lado, la venta de libros de unos 200 sellos literarios independientes va a tomar las calles del barrio porteño del Abasto, donde se van a desplegar stands y también espacios en los que habrá charlas y lecturas desde hoy y hasta el domingo 3 de octubre. A la vez, habrá una gran cantidad de conferencias pensadas exclusivamente para ver de manera remota, que se podrán seguir por el canal de YouTube de la Feria. 

Les dejo acá la agenda completa de actividades y por acá lo que se va a poder ver exclusivamente por streaming por si están lejos. Por mi parte, no me quiero perder el homenaje a Tamara Kamenszain ni la conversación entre las escritoras Mariana Enriquez y Leila Guerriero.

Los días 1, 2 y 3 de octubre y con acceso gratuito, la Fed '21 se llevará adelante con numerosas actividades entre las calles Perón y Gallo del barrio porteño del Abasto. Más información, aquí.

¡Hasta la próxima!

AL

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