Amor al simulacro y a correr entre canciones

Una escena memorable de Licorice Pizza, la última película de Paul Thomas Anderson

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Era definitivo: Mirtha Legrand se despedía de la tele con la versión veraniega de su programa desde Mar del Plata. Chau y para siempre. Por esos días trabajaba en un diario y a mi editor le pareció una buena idea que un escritor bastante conocido y yo viajáramos hasta allá para cubrir la gran noticia de la temporada. La división del trabajo era evidente y muy típica de la época: a mi compañero le tocaba la reflexión sesuda sobre el retiro y sobre decir adiós en algún momento de la vida; a mí, en palabras de mi jefe, el color: “un par de recuadritos con la emoción, los furcios, la ropita” (nota mental desde entonces y para siempre: atención especial a los que se pasan con los diminutivos).

Del viaje me acuerdo muy poco, pero una escena se quedó conmigo. Una de las invitadas era la cantante española Carmen Flores, un clásico de peinado tirante en aquellos almuerzos televisados, que siempre que iba al programa hacía lo mismo: en algún momento lloraba recordando a su hermana Lola –el mito, la famosa de verdad, la Faraona– y en otro interpretaba su hit No te vayas nunca (de paso, mis líneas favoritas: si te vas/no me preguntes si te amé o no/tan solo escucha una canción de amor/y entenderás lo que sentí por ti). Todo parecía indicar que esto iba a ocurrir una vez más.

Como el salón del hotel desde donde se hacía la despedida era diminuto, nos dejaron pasar apenas un rato antes de que empezara la transmisión para sacar unas fotos y pescar algún testimonio. Después nos teníamos que ir a otro piso a ver el programa a través de una pantalla, como cualquier televidente.

Entre cables, productores nerviosos y técnicos en apuros, vi a la cantante en un rincón con un dedo levantado, su señal para que desde el control dispararan la pista con su tema. Empezó a sonar con todo (por caso, otra de mis líneas preferidas: no te vayas nunca/que yo sin ti/sería un proyecto inacabado/sería un recuerdo enamorado). Me causó mucha gracia lo absurdo de la situación: la mujer, micrófono en mano y concentradísima en sus palabras descarnadas, practicaba para un número que en realidad iba a ser un playback. El ensayo de un simulacro, la pantomima antes de la pantomima. La mímica y una pasión repetida: mover los labios sobre una pista que suena una y otra vez a lo largo del tiempo (y que volvió a sonar, porque aquella despedida finalmente no fue tal; la conductora sigue en carrera y desde entonces invitó a la española varias veces más). 

En un momento volvió a levantar el dedo para que hicieran una pausa y hubo silencio. Sin embargo poco después, mientras tomaba agua, desde el control se disparó accidentalmente la canción otra vez. Ella quiso retomar la tarea, se apuró para volver a agarrar el micrófono, pero quedó patinando sin poder sincronizar lo que escuchaba con lo que tenía que cantar: su boca decía una cosa, el sonido proponía otra. Volvió a pedir un corte con las manos, se rió y después desapareció; era hora de empezar el programa.

Por estos días pensé mucho en las historias de amor y ese simulacro, ese desfasaje, ese destiempo. En una cantante que, más que cantar, es cantada por su propia voz: un montón de palabras apasionadas que siempre están volviendo, como si atravesaran su cuerpo desde otra temporalidad. En los intentos. En el amor como un eterno fuera de sincro.

Sin ir más lejos fui al cine a ver Licorice Pizza, de Paul Thomas Anderson –descomunal, de esas películas que dejan su perfume por semanas y las ganas de volver a verla cuanto antes– y salí encantada por la forma que encontró el director para marcar un enamoramiento que no puede nunca ser simultáneo ni coreográfico. Que siempre está lleno de deslicescomo decíamos por acá–, de desencuentros con el paso de los años, de caídas, de corazones destrozados, de relojes rotos. 

Que es como una fuga: Gary y Alana, los protagonistas, viven corriendo por Los Ángeles, como si necesitaran escapar de eso que los traspasa para encontrarse en una zona más que en un punto fijo (de Cuando Harry conoció a Sally para acá: fascinación total por eso esos trotes memorables, cinematográficos; por esas historias que son puro movimiento). 

De hecho la primera conversación que tienen se da mientras caminan y eso sigue pasando en toda la película: cuanto más buscan con torpeza eso que quieren (y no pueden) decirse, más se mueven sus piernas.

En el medio, las canciones (no dejen de pasar por acá, una selección preciosa). Ya se aclaró por todos lados que el título de la película remite a una disquería que el director conoció durante su infancia y también a cierta jerga: los discos de vinilo no serían otra cosa que pequeñas pizzas con el color del regaliz. El amor, también, como una banda sonora, un ensayo interminable, un playback compartido.

Dejo por acá una nueva entrega de Mil lianas. Y me voy al cine. Corriendo.

1. La vida dormida, de Natalia Labaké. Las mujeres de una familia peronista, una abuela que grababa todo (las escenas que mejor resumen los '90 en su mirada: Menem bajando de un gomón en una playa, Menem jugando al tenis), una nieta que rescata y observa. En La vida dormida, la ópera prima de la directora argentina Natalia Labaké, se suceden las imágenes de su archivo familiar y también las que ella misma decidió registrar.

Es que la cineasta, nieta de Juan Labaké, mítico dirigente peronista y apoderado de Estela Martínez de Perón (de alguna manera el hombre que, a partir del silencio de la ex presidenta, habla por ella), hace un doble movimiento.

Por un lado, recupera las grabaciones que hizo su abuela Haydeé Alberto, que grabó a su esposo y a su familia a lo largo de toda su vida con cámaras caseras. Y por el otro, decidió ella misma repensar el lugar de esa mujer que miraba y de otras mujeres de su familia.

Así, consigue un retrato muy fino de época (en ese sentido, sobre todo por el uso de materiales caseros en formato hogareño, me hizo acordar bastante a Esquirlas, otro documental interesantísimo que comentamos por acá) y otro muy personal, en el que con sutileza se descubren, como en capas, secretos, intrigas e internas familiares. Vidas que parecían dormidas, hasta que se enciende una cámara.

La vida dormida, de Natalia Labaké, se puede ver en el cine Gaumont, Rivadavia 1635, Ciudad de Buenos Aires. También está disponible, hasta el 7 de febrero, en la página del Festival Internacional de Cine Documental de Buenos Aires, FIDBA, a través de este link.

2. The Shrink Next Door. Podría haber sido una historia de terror, pero los productores decidieron ir por el lado de la comedia negra. The Shrink Next Door (para traducir mal y pronto: ¿el psiquiatra de al lado?) es una serie de ocho capítulos basada en una historia real, la de Martin Markowitz (Will Ferrell), un empresario textil apocado y solitario que, desorientado cuando tiene que hacerse cargo del negocio familiar acude a Isaac Herschkopf (Paul Rudd), un psiquiatra estruendoso y un poco flojo de papeles. Con el tiempo, por su poder de manipulación, el profesional se irá metiendo en la vida de Martin hasta llevarlo a escenas verdaderamente al borde y dejarlo en falsa escuadra.

La historia fue contada originalmente en un podcast muy popular que se estrenó en 2019 y durante 2021 se adaptó como miniserie con Ferrell y Rudd como protagonistas. Me gustó especialmente que los dos, en papeles bien contrastantes, están ajustadísimos y logran incomodar muchas veces, sin caer en golpes bajos ni facilismos (no hay muecas exageradas ni gestos de más: todo es sutil desde la actuación). También participa, en el rol de la hermana de Martin, Kathryn Hann, una favorita de este espacio, de quien hablamos por acá y por acá

The Shrink Next Door está disponible en Apple TV+

3. Sed, de Amélie Nothomb. Se trata de un adelanto, porque el libro va a llegar recién a la Argentina en marzo. Pero les aviso con tiempo por si les interesa. Esta semana la escritora Amélie Nothomb dio una conferencia para contar de qué se trata Sed (Anagrama, 2022), su última novela. Acá hice una especie de resumen con todo lo que dijo.

El libro, breve y narrado en primera persona, reconstruye la pasión de Cristo, su crucifixión. A mí me resultó especialmente curiosa la voz que construyó la autora para un Jesús por momentos muy irónico, por momentos ácido y pícaro para ponerlo a reflexionar sobre el cuerpo, sobre Dios, sobre el deseo y sobre el sacrificio.

Sed, de Amélie Nothomb, estará disponible en la Argentina a partir de marzo. Edita Anagrama.

4. Bonus track. El año pasado, en una entrega de este espacio que se llamó Corazones destrozados, temporada de suspiros, hablamos de algunas canciones que llamé rápidamente “lentos” (van a entender mejor por acá). Después de algunos reclamos que recibí por mail, por Twitter e Instagram, armé la playlist con esas canciones que pueden escuchar aquí. De paso, les recuerdo que también hicimos con mi amigo Hernán esta lista que, como dice él, puede servir para quienes tengan ganas de escapar por un rato de su propio algoritmo.

¡Hasta la próxima!

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