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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Alejandro Galliano]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/autores/alejandro-galliano/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Alejandro Galliano]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La hora de los fierros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/hora-fierros_129_9802405.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0e3df7f1-e3a6-4a1a-9178-ad08a44266ba_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La hora de los fierros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una lectura de  Tecnoceno de Flavia Costa y de Nanofundios de Agustín Berti para entender las dos tendencias que definen la modernidad: la tecnificación y la politización de la vida.</p></div><p class="article-text">
        Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de los fierros. Durante a&ntilde;os los animadores de Silicon Valley nos vendieron un futuro inmaterial: industrias sin chimeneas, autopistas de la informaci&oacute;n, econom&iacute;as del conocimiento, un planeta sin fronteras. La ilusi&oacute;n dur&oacute; un rato. <strong>Pronto los conflictos nos recordaron que hay petr&oacute;leo, escasez, pueblos fumigados, vacunas, </strong><a href="https://www.lavanguardia.com/opinion/20221126/8622461/2025-crisis-geopolitica-digital.html?" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>tierras raras</strong></a><strong> y ciudades inundadas.</strong> <em>Reality bites</em>. No se trata de que estas materialidades nieguen el impacto de la digitalizaci&oacute;n. La experiencia de 2020 demostr&oacute; que materialidad (virus, encierro) y virtualidad se enredan hasta formar un nuevo y &uacute;nico entorno. Mariano Zukerfeld mape&oacute; los estratos de la digitalidad desde la infraestructura f&iacute;sica y el hardware, hasta el software y las plataformas. Las fotos de Trevor Paglen y la hoy en boga &laquo;arqueolog&iacute;a de los medios&raquo; (Kirschenbaum, Parikka y el legendario Friedrich Kittler) se ocupan de la materialidad que hace posible al mundo virtual: cables, servidores, bater&iacute;as, desechos. Dos libros recientes de autores argentinos invierten el &aacute;ngulo y encaran la materialidad que el mundo virtual hace posible. <em>Reality bytes</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	<em><strong>Tecnoceno</strong></em> es la concepto que eligi&oacute; <strong>Flavia Costa</strong> para titular a su libro (Taurus, 2021) y para designar a esta &laquo;&eacute;poca en la que, mediante la puesta en marcha de tecnolog&iacute;as de alta complejidad y alt&iacute;simo riesgo, dejamos huellas en el mundo que exponen no solo a las poblaciones de hoy, sino a las generaciones futuras&raquo;. Una era marcada por la aceleraci&oacute;n de las dos tendencias que definen a la Modernidad: <strong>la tecnificaci&oacute;n y la politizaci&oacute;n de la vida.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Seg&uacute;n Costa, que difundi&oacute; y tradujo buena parte de la obra de Giorgio Agamben, la digitalizaci&oacute;n es un nuevo cap&iacute;tulo de la biopol&iacute;tica: esa forma moderna de poder centrada en la administraci&oacute;n de los cuerpos biol&oacute;gicos. <em>Hacer vivir</em> o dejar morir. Michel Foucault rastre&oacute; la biopol&iacute;tica desde el siglo XVIII, sus continuadores (Agamben, Esposito) se concentraron en el siglo XX. Para Costa la biopol&iacute;tica se ampl&iacute;a y transforma en el siglo XXI gracias a la posibilidad t&eacute;cnica de escalar y cruzar datos biom&eacute;tricos y conductuales, el viejo registro dactilar y la nueva huella digital.&nbsp; Ese cruce in&eacute;dito permite descifrar y controlar informaci&oacute;n sobre comportamiento, complexi&oacute;n f&iacute;sica y sensibilidades tanto de individuos como de poblaciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	En 2015 Martin Hilbert calcul&oacute; que la cantidad de informaci&oacute;n digitalizada disponible era de 5 zetabytes (un 5 seguido por veinti&uacute;n ceros). Durante 2020 se unieron a alguna plataforma 1,3 millones de personas por d&iacute;a. Hoy el 54% de la poblaci&oacute;n mundial emplea alguna red social. El parque tecnol&oacute;gico que nos envuelve permite capturar datos de cada uno de nosotros, fundirlos en un mazacote estad&iacute;stico y retornarlos a un individuo redefinido como perfil de targeting, que va desde un potencial cliente hasta un posible terrorista. El procesamiento de datos permite incluso reconstruir un individuo all&iacute; donde no hay identidad: el ADN de un chicle masticado o un sorete de perro en la vereda para identificar al infractor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	La posibilidad de reconstruir a un individuo no es menor. Hist&oacute;ricamente, la biopol&iacute;tica consisti&oacute; tanto en la gesti&oacute;n de los cuerpos como en la definici&oacute;n de una subjetividad: establecer qui&eacute;n (y qu&eacute;) es &laquo;loco&raquo;, &laquo;hombre&raquo;, &laquo;enfermo&raquo;, &laquo;ni&ntilde;a&raquo;&hellip; La nueva biopol&iacute;tica algor&iacute;tmica, con su enfoque esencialmente cuantitativo, <strong>construye a un sujeto plano, del que es m&aacute;s importante predecir la conducta que comprender los motivos. </strong>No hay valores, ni significaci&oacute;n, ni intereses, ni siquiera normalidad en los sujetos administrados por algoritmos: solo entidades huecas que hacen cosas computables. Seg&uacute;n Costa esta subjetividad se explica por la filosof&iacute;a neoliberal que pari&oacute; al paradigma tecnol&oacute;gico actual (el marco legal que permiti&oacute; comercializar los datos se defini&oacute; entre 1992 y 1995): la necesidad de gestionar un sujeto transparente, optimizable y som&aacute;tico, es decir, mejorable en t&eacute;rminos puramente f&iacute;sicos (fitness, psicof&aacute;rmacos, neurociencias).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	<em>Tecnoceno</em> es un libro informado y compacto que redondea una hip&oacute;tesis clara y uniforme en menos de 200 p&aacute;ginas. Todo un logro en un sistema acad&eacute;mico que mide su producci&oacute;n en papers y ponencias, donde pocos investigadores pueden sentarse a escribir un libro con tiempo. Hacia el final, la autora apunta unas propuestas pol&iacute;ticas que no van m&aacute;s all&aacute; de cierto progresismo gen&eacute;rico (regulaci&oacute;n estatal, democratizaci&oacute;n de las decisiones), incluyendo un escueto y algo inexplicable apartado sobre transhumanismo. La verdadera apuesta pol&iacute;tica de <em>Tecnoceno</em> est&aacute; esparcida por todo el libro y anunciada en las primeras p&aacute;ginas: los artistas &laquo;pueden ofrecer im&aacute;genes novedosas hacia las cuales tender y as&iacute; prefiguran lo que viene (...) Pueden cuestionar y desorganizar lo que es y entonces cumplen un papel cr&iacute;tico, diferenciador, creador de sentidos nuevos&raquo;. Costa, que hace a&ntilde;os dicta el seminario <em>Est&eacute;tica, biopol&iacute;tica, estado de excepci&oacute;n</em>, se detiene en varias performances hacktivistas que denuncian o se apropian de las nuevas tecnolog&iacute;as. Queda flotando la duda de qu&eacute; la lleva a pensar que los artistas y sus pr&aacute;cticas pueden sustraerse de una subjetividad algor&iacute;tmica que aparentemente nos abarca a todos. &iquest;Cu&aacute;nta inocencia puede tener una imagen o un sonido que inevitablemente ser&aacute; digitalizado?
    </p><p class="article-text">
        <strong>La tranquera digital</strong>
    </p><p class="article-text">
        	&laquo;As&iacute; como la pol&iacute;tica procura a veces regular y otras estimular el desarrollo tecnol&oacute;gico, el arte desaf&iacute;a sus l&iacute;mites, permite imaginar nuevas realidades (pero, tambi&eacute;n, <em>est&aacute; encadenado a las din&aacute;micas de lo t&eacute;cnicamente posible</em>)&raquo;, desliza <strong>Agust&iacute;n Berti</strong> en alguna p&aacute;gina de <em><strong>Nanofundios</strong></em> (La Cebra, 2022). Al igual que Costa, Berti habla de una nueva gobernanza que lic&uacute;a datos para luego personalizarlos en un target. Al igual que Costa, Berti invent&oacute; una extra&ntilde;a palabra para titular a su libro y conceptualizar a su &eacute;poca. A diferencia de <em>Tecnoceno</em>, <em>Nanofundios</em> es un manojo de art&iacute;culos que, aunque muy bien editados, dejan ver aqu&iacute; y all&aacute; algunas redundancias y cierta dispersi&oacute;n. El concepto que los amalgama ser&iacute;a justamente el de nanofundismo: &laquo;la tendencia a la concentraci&oacute;n de la cultura digital bajo la forma de una reterritorializaci&oacute;n de los flujos de informaci&oacute;n en granjas de servidores&raquo;, que Berti equipara a las haciendas y plantaciones coloniales, y a una clase rentista &laquo;que invierte, sin soluci&oacute;n de continuidad, en semillas y bits&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        	La equiparaci&oacute;n de internet con la tierra ya fue trabajada por C&eacute;dric Durand en <em>Tecnofeudalismo</em>. La propuesta de Berti es mucho m&aacute;s ambiciosa (&laquo;el libro quiere rastrear algunos hilos conductores entre el agronegocio, las actividades extractivas, la producci&oacute;n industrial, las finanzas y la industria cultural&raquo;) pero menos precisa: el concepto de nanofundio no tiene m&aacute;s desarrollo que esos anuncios del cap&iacute;tulo 0 y siete p&aacute;ginas al final del cap&iacute;tulo 3. El verdadero poder del libro est&aacute; en su an&aacute;lisis de las transformaciones de la relaci&oacute;n entre t&eacute;cnica y cultura.
    </p><p class="article-text">
        	Berti forma parte del grupo de fil&oacute;sofos de la t&eacute;cnica que introdujo la obra de Gilbert Simondon (1924-1989) a la Argentina, y dej&oacute; dos esfuerzos colectivos: <em>Amar a las m&aacute;quinas</em> (Prometeo, 2015) y el monumental <em>Glosario de Filosof&iacute;a de la T&eacute;cnica</em> (La Cebra, 2022). La premisa es que no hay nada m&aacute;s humano que la t&eacute;cnica, que es la cultura misma. El pensamiento s&oacute;lo se hace efectivo cuando se exterioriza en soportes diversos (palabras, escritos, herramientas). Esa exteriorizaci&oacute;n es la t&eacute;cnica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&nbsp;&laquo;La cultura, en rigor de verdad, siempre fue algor&iacute;tmica: la criba que separa las semillas de la maleza y el filtro electr&oacute;nico que elimina el ruido de la se&ntilde;al son modos de conservaci&oacute;n de la informaci&oacute;n, claro que a velocidades y escalas muy diferentes&raquo;. En ambos casos se trata de tomar un padr&oacute;n (una serie de datos homog&eacute;neos) y encontrar un patr&oacute;n (que prediga acciones). La novedad de nuestra &eacute;poca es la emergencia de una infraestructura global de percepci&oacute;n que automatiza esa operaci&oacute;n. Vivimos en un capullo digital que capta cada acci&oacute;n, orienta el flujo humano y detecta anomal&iacute;as. Para Berti eso no es transhumanismo ni distop&iacute;a, es cultura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	El problema radica en el efecto que tiene ese entorno digital en la relaci&oacute;n t&eacute;cnica-cultura. La digitalizaci&oacute;n no desmaterializa nada, solo acelera y comprime toda forma cultural hasta separarla de sus soportes previos (cds, papel, celuloide) y fagocitarla como contenido digital. El resultado es un flujo de contenidos que se administra mediante una infraestructura de redes, servidores, protocolos y leyes de propiedad intelectual. &laquo;Al final, la cultura no se volvi&oacute; m&aacute;s libre, solo se codific&oacute; en inscripciones nanosc&oacute;picas y se aceler&oacute; a la velocidad de la luz, para ser cultivada y almacenada en las granjas de servidores de los tenedores de derechos de copia, las corporaciones rentistas que sucedieron a la industria cultural&raquo;. Los nanofundios son los fierros del capitalismo para rentabilizar un flujo de cultura licuada digitalmente. Pero &iquest;qu&eacute; cultura crean los algoritmos?
    </p><p class="article-text">
        	Profesor de Teor&iacute;a Audiovisual en la Universidad de C&oacute;rdoba, Berti se toma muchas p&aacute;ginas para describir la historia material de las im&aacute;genes y su estatuto en la era del streaming. Una idea recurrente es que las im&aacute;genes producidas o procesadas por la infraestructura digital no est&aacute;n solo para ser vistas. Algunas nos miran a nosotros: codificadas para administrar el flujo de atenci&oacute;n, pueden referenciar a otros elementos y obrar en consecuencia. Otras ni siquiera son para nosotros. &laquo;En la &eacute;poca de las m&aacute;quinas sensibles, estas im&aacute;genes, invisibles, hechas por m&aacute;quinas para ser &ldquo;vistas&rdquo; por m&aacute;quinas, constituyen el objeto de la percepci&oacute;n maqu&iacute;nica&raquo;. Ya hay una percepci&oacute;n maqu&iacute;nica del mundo, <strong>se est&aacute; produciendo cultura por fuera de la escala humana</strong>. &laquo;Tal vez la &eacute;poca de los medios glamorosos ya pas&oacute; de moda&mdash;escribi&oacute; el citado Kittler en 1988&mdash;Las computadoras, aun cuando sus interfaces de usuario son cada vez m&aacute;s amigables a los sentidos, ya no son aparatos hechos a la medida del hombre&raquo;. <a href="https://mind-vis.github.io/?ref=upstract.com" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">No hay inocencia en una imagen o sonido que inevitablemente ser&aacute; digitalizado</a>.
    </p><p class="article-text">
        	Es dif&iacute;cil hablar del futuro: no est&aacute; en ning&uacute;n lugar, no existe a&uacute;n. Solo disponemos de tendencias (datos del presente que podemos proyectar) e im&aacute;genes (construcciones est&eacute;ticas de nuestras esperanzas y temores). <em>Tecnoceno</em> capta muy bien las tendencias pero conf&iacute;a demasiado en las im&aacute;genes para poder revertirlas. <em>Nanofundios</em> aporta una sana desconfianza en las im&aacute;genes realmente existentes. Ya no podemos imaginar inocentemente. Feliz Navidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/hora-fierros_129_9802405.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 18 Dec 2022 01:07:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Tecnología,Futuro,Digitalización]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Profeta de la destrucción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/profeta-destruccion_129_9684777.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1d1d6220-8fe2-4784-b36d-29b6349224f5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Profeta de la destrucción"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La muerte del historiador norteamericano Mike Davis es una oportunidad para repasar una obra extraña y estimulante. En transición entre un pesimismo de izquierda y una idea catastrófica e inestable de la naturaleza Davis anticipó gran parte de los problemas del siglo XXI.</p></div><p class="article-text">
        El 25 de octubre pasado muri&oacute; Mike Davis. Historiador, marxista, camionero, californiano, su obra fue de lo local a lo global para entender al ambiente como parte de la lucha de clases. Hilvanando las muertes del &uacute;ltimo semestre, el urbanista Mauricio Corbal&aacute;n dijo: &laquo;James Lovelock, Bruno Latour, Elio Brailovsky y ahora Mike Davis. Los une el uso heterodoxo del t&eacute;rmino &ldquo;ecolog&iacute;a&rdquo; para explicar los cambios post 1989. Una era termina y otra comienza&raquo;. Poco despu&eacute;s muri&oacute; Herman Daly. Todos superaban los 70 a&ntilde;os (Lovelock pasaba la centena), eran hijos del siglo XX que previeron el problema del siglo XXI: el efecto humano sobre su entorno material condiciona a los humanos.
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n as&iacute;, ten&iacute;an diferencias. Brailovsky se aboc&oacute; a la divulgaci&oacute;n y gesti&oacute;n del problema ambiental inmediato: &laquo;En Buenos Aires no se puede admitir que sigan utilizando el R&iacute;o de la Plata como tanque de agua e inodoro a la vez. En el resto del pa&iacute;s tenemos problemas por falta o por exceso de agua&raquo;. Ya hablamos <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/persona-interes_129_8397164.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a> de Lovelock y su ambivalente concepci&oacute;n del planeta como un sistema cibern&eacute;tico fr&aacute;gil pero gestionable. Latour puso en duda a la modernidad e igual&oacute; a humanos y no humanos para invocar una solidaridad terr&iacute;cola pol&iacute;ticamente ambigua, que Pablo Pachilla resume e intenta desenredar <a href="https://jacobinlat.com/2022/10/23/adios-a-un-compositor-de-existencias/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a>. En el caso de Davis, <strong>traz&oacute; una comba de derrota, desastre y reconciliaci&oacute;n que mide lo mismo que su vida.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>La destrucci&oacute;n de Los &Aacute;ngeles&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        	<strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Mike Davis naci&oacute; en la ciudad industrial de Fontana, California, cuna de los Hell's Angels. M&aacute;s tarde su familia se mud&oacute; a San Diego, en donde el joven Mike, hechizado por el macartismo catastrofista de la John Birch Society, se enrol&oacute; en los Devils Pups, el programa juvenil de los Marines, &laquo;pensando en combatir en Asia&raquo;. La vida obrera lo calmar&iacute;a. O no tanto. A los 16 a&ntilde;os entr&oacute; a trabajar a un frigor&iacute;fico, como lo hab&iacute;a hecho su padre. Pronto, el marido de una prima lo introdujo en el movimiento por los derechos civiles. De all&iacute; pas&oacute; a las protestas contra la guerra de Vietnam hasta terminar en el Partido Comunista, de donde lo expulsaron por apurar a un enviado de la URSS en la librer&iacute;a del Partido. Consigui&oacute; trabajo como camionero y recorri&oacute; toda California transportando cajas de mu&ntilde;ecas Barbie. En una huelga de transportistas, vot&oacute; contra la moci&oacute;n de mandar a asesinar al jefe de los rompehuelgas. Perdi&oacute; y se alej&oacute; de los camiones.
    </p><p class="article-text">
        	Estudi&oacute; Historia en la Universidad de California y luego viaj&oacute; becado al Reino Unido. All&iacute; entr&oacute; en contacto con Perry Anderson, por entonces editor de la prestigiosa publicaci&oacute;n izquierdista <em>New Left Review</em>, en donde Mike entr&oacute; a trabajar. Estuvo seis a&ntilde;os pero la aristocracia marxista no maridaba con su sensibilidad camionera. Discuti&oacute; con Fredric Jameson (cuyo sofisticado an&aacute;lisis posmoderno del Bonaventure Hotel omit&iacute;a, seg&uacute;n Davis, la segregaci&oacute;n racial que lo rodeaba y hac&iacute;a posible), mand&oacute; a la mierda al renombrado historiador del esclavismo Eugene Genovese, y en 1986, antes de renunciar, solt&oacute; a sus mascotas (una serpiente, un sapo y un axolotl) sobre la alfombra de la redacci&oacute;n. Con todo, Anderson, el m&aacute;s aristocr&aacute;tico de los marxistas aristocr&aacute;ticos, mantuvo su respeto por Davis y le public&oacute; ese mismo a&ntilde;o su <em>Prisoners of the American Dream</em>, un pesimista ensayo sobre la clase obrera norteamericana condenada a la derrota pol&iacute;tica por sus divisiones raciales, su carencia de un partido y la hegem&oacute;nica clase media local. 
    </p><p class="article-text">
        	Retornado a California en pleno reaganismo, Mike volvi&oacute; a subirse al cami&oacute;n, pero con una idea fija: &laquo;Me imaginaba a Walter Benjamin, Fernand Braudel y Fredrich Engels sentados en un bar de Los &Aacute;ngeles, planeando un libro en tres partes: Benjamin escribir&iacute;a fragmentos sobre el poder y la memoria, Braudel explorar&iacute;a los procesos a largo plazo, y Engels reportar&iacute;a sobre la clase obrera&raquo;. El resultado de ese sue&ntilde;o fue <em>City of Quartz</em>, una historia urbana de Los &Aacute;ngeles que abarcaba los conflictos raciales, la desindustrializaci&oacute;n, el cine y la novela negra, el hip hop y el jazz, la arquitectura de Frank Gehry, los centros comerciales y el Departamento de Polic&iacute;a. Ese caleidoscopio ten&iacute;a un n&uacute;cleo oscuro: una ciudad guetificada de mansiones, matones y minor&iacute;as segregadas. De all&iacute; la met&aacute;fora del t&iacute;tulo: el cuarzo parece diamante pero no vale mucho, parece transparente pero es turbio. 
    </p><p class="article-text">
        	El libro se public&oacute; en 1990 y fue un &eacute;xito inesperado. William Gibson dijo que hab&iacute;a m&aacute;s ciberpunk all&iacute; que en cualquier novela; Marshall Berman salud&oacute; su &laquo;refrescante marxismo de vieja escuela&raquo;. Davis se vio dando charlas en los mismos c&iacute;rculos elitistas angelinos que denunciaba. Pero no a todos les gust&oacute;: su libro destru&iacute;a la imagen luminosa de Los &Aacute;ngeles como ciudad creativa, no planificada, que muchos urbanistas progresistas hab&iacute;an bendecido en los &lsquo;60, y cuya vibraci&oacute;n cultural hab&iacute;a narrado Joan Didion. Mike se gan&oacute; el mote de profeta de la destrucci&oacute;n. Dos a&ntilde;os despu&eacute;s de <em>City of Quartz </em>estallaron los disturbios raciales de Los &Aacute;ngeles. Para conjurar el &eacute;xito, reforz&oacute; sus lazos con los movimientos sociales californianos, incluyendo un rol de consejero en la tregua que acordaron los Crips y los Bloods, quiz&aacute;s las dos pandillas m&aacute;s peligrosas de la ciudad. El mismo Davis que criticaba el machismo at&aacute;vico del movimiento socialista no ten&iacute;a problemas en reivindicar el rol social de los gansta angelinos. 
    </p><p class="article-text">
        	Pronto encontrar&iacute;a otra manera de destruir.
    </p><p class="article-text">
        	&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>El paisaje revolucionario </strong>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	En 1998 Davis public&oacute; <em>The Ecology of Fear</em>, una historia natural del Sur de California, contrapartida verde de <em>City of Quartz</em>. Se inspir&oacute; en los desastres naturales que sufri&oacute; la zona entre 1992 y 1994. Pero tambi&eacute;n en otro tipo de desastre: luego de los disturbios, Los &Aacute;ngeles eligi&oacute; a un alcalde blanco, rico y republicano, y se recuper&oacute; sobre los desarrollos inmobiliarios y las industrias culturales hasta llegar a ser un modelo econ&oacute;mico mundial. Para un profeta de la destrucci&oacute;n la normalizaci&oacute;n es una mala noticia, y Mike deposit&oacute; ahora sus esperanzas en la Naturaleza. <em>The Ecology of Fear</em> narra la dial&eacute;ctica entre la urbanizaci&oacute;n desregulada y un entorno natural sumamente inestable: el californiano es un &laquo;paisaje revolucionario&raquo; en donde inundaciones, terremotos e incendios son parte de la normalidad. Su urbanizaci&oacute;n comenz&oacute; en un at&iacute;pico periodo de calma natural. Una vez que volvi&oacute; la normalidad desastrosa, el real state se adapt&oacute; a ella hasta hacer de Malib&uacute;, &laquo;capital nacional de los incendios forestales&raquo;, una plaza inmobiliaria de lujo construyendo y reconstruyendo mansiones sobre las cenizas. 
    </p><p class="article-text">
        	Ya a fines de los 90, <a href="https://www.versobooks.com/blogs/4850-the-american-earthquake-mike-davis-and-the-politics-of-disaster" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Adam Shatz</a> advert&iacute;a la inclinaci&oacute;n de Davis por el catastrofismo, la teor&iacute;a que entiende que el planeta evoluciona mediante cambios destructivos, potencialmente letales, como los movimientos s&iacute;smicos o el impacto de asteroides. El giro catastr&oacute;fico de Davis descoloc&oacute; a su antiguo p&uacute;blico izquierdista pero era un intento sincero por incorporar a la historia humana a un entorno material que no es d&oacute;cil, ni neutral, ni estable. Su siguiente libro, <em>Late Victorian Holocausts</em>, narraba las hambrunas que sufrieron China, India y Brasil entre 1870 y 1914. Seg&uacute;n Davis, no fueron causadas por un evento de El Ni&ntilde;o sino por la alteraci&oacute;n que provoc&oacute; el imperialismo en econom&iacute;as de subsistencia mejor integradas a su entorno. El capital se uni&oacute; al clima para diezmar a esas poblaciones.
    </p><p class="article-text">
        	Desde entonces, Davis volvi&oacute; una y otra vez al choque catastr&oacute;fico entre un paisaje revolucionario y un capitalismo insostenible, con particular &eacute;nfasis en las ciudades como espacios t&oacute;xicos cuya destrucci&oacute;n parec&iacute;a deleitarlo. <em>Dead Cities</em>, publicado un a&ntilde;o despu&eacute;s del atentado a las Torres Gemelas, abre con una descripci&oacute;n de Nueva York en llamas imaginada por H.G. Wells en 1908 y dedica los siguientes cap&iacute;tulos a historiar colapsos urbanos de todo tipo. <em>Planet of Slums</em> mapea las villas miseria del mundo y las explica como la involuci&oacute;n urbana de la creciente clase trabajadora informal, la derrota obrera definitiva. <em>The Monster at Our Door</em>, de 2005, estudia la evoluci&oacute;n epidemiol&oacute;gica de la gripe aviar como resultado de la agroindustria global y la degradaci&oacute;n urbana. 
    </p><p class="article-text">
        	<strong>Con semejante exhibici&oacute;n de atrocidades Mike valid&oacute; su t&iacute;tulo de profeta: su obra anticip&oacute; las revueltas raciales, el giro reaccionario de la clase obrera, los incendios forestales y la pandemia de 2020.</strong> A mediados de los dos mil public&oacute; en <em>Los Angeles Times</em> una serie de columnas sobre la burbuja inmobiliaria. Cuando se produjo la crisis de las subprime de 2008, ironiz&oacute;: &laquo;Los izquierdistas somos famosos por haber predicho once de las &uacute;ltimas tres crisis&raquo;. M&aacute;s all&aacute; de ese track record, quiz&aacute;s el catastrofismo de Davis sea un catalizador de su frustraci&oacute;n pol&iacute;tica: decepcionado con la clase obrera en los ochenta, y con el lumpenaje angelino en los noventa, puso sus &uacute;ltimas fichas anticapitalistas en el Paisaje. A&uacute;n as&iacute;, logr&oacute; inyectarle Naturaleza a un marxismo demasiado antropog&eacute;nico, e Historia e inestabilidad a un ambientalismo demasiado idealista y pachamamero. 
    </p><p class="article-text">
        	En 2017 le diagnosticaron c&aacute;ncer. En julio de este a&ntilde;o Davis suspendi&oacute; el tratamiento y se fue a morir tranquilo a su casa de Golden Hill, San Diego. Dedic&oacute; sus &uacute;ltimos a&ntilde;os a dos obras que parecen querer conjurar el derrotismo impl&iacute;cito de su catastrofismo. <em>Set the Night on Fire</em> es una historia de los movimientos sociales angelinos de los a&ntilde;os '60. <em>Old Gods, New Enigmas</em> recupera el pensamiento de Marx y de su rival, el anarquista ruso Piotr Kropotkin, al que Davis considera pionero en estudiar al cambio clim&aacute;tico como motor de la historia. <strong>Y cierra el libro reivindicando a una vieja enemiga: la ciudad.</strong> Si bien las ciudades actuales son insostenibles ambientalmente, permiten la interacci&oacute;n y movilizaci&oacute;n necesarios para propiciar el cambio social, incluyendo un nuevo modelo urbano, mejor integrado a su entorno. El viejo profeta nos saluda desde el cami&oacute;n pero antes de arrancar nos trae un buen recuerdo y nos ofrece un futuro. Que al final es m&aacute;s importante que predecir desastres.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/profeta-destruccion_129_9684777.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Nov 2022 03:26:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Profeta de la destrucción]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Humanistas y economistas sobre la tierra ardiente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/humanistas-economistas-tierra-ardiente_129_9582684.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8f953ce4-2e51-4e8c-b52d-93d34516a38a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Humanistas y economistas sobre la tierra ardiente"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Durante tres días físicos, filósofos, feministas animalistas y aceleracionistas arrepentidos, entre otros, se reunieron en el coloquio Primavera Especulativa para hablar sobre experiencias personales y abstracciones teóricas, cuenta Alejandro Galliano, que estuvo ahí.</p></div><p class="article-text">
        Me encantan los economistas, me caen bien casi todos. Desde que era chico y hojeaba el suplemento econ&oacute;mico de Clar&iacute;n, a&uacute;n sin entender gran parte de lo que all&iacute; se escrib&iacute;a, disfrutaba del tono tranquilo y seguro de las columnas y entrevistas. A la hora de elegir carrera universitaria opt&eacute; por Historia pero, en lugar de ir a leer a la biblioteca de mi Facultad, prefer&iacute;a ir a la del Ministerio de Econom&iacute;a: tardaban menos, estaba limpia y bien iluminada, las bibliotecarias eran m&aacute;s lindas y ten&iacute;an el &uacute;ltimo ejemplar de Desarrollo Econ&oacute;mico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Una de las cosas que m&aacute;s admiro de los economistas en su resiliencia: es com&uacute;n que sus pron&oacute;sticos resulten errados, por no hablar de su gesti&oacute;n, pero jam&aacute;s se desmoralizan y siguen adelante, a diferencia de otros cientistas sociales, siempre tan tortuosos y dubitativos. </strong>El efecto multiplicador de esa resiliencia es que el mercado casi nunca los penaliza: no importa lo mal que hayan hecho las cosas, siempre tendr&aacute;n otra oportunidad tanto en el sector p&uacute;blico como en el privado. El peor ministro de Econom&iacute;a podr&aacute; dar charlas en las mejores universidades del mundo o abrir una consultora con una cartera de clientes de lujo. O volver a ser funcionario. Son pocos los profesionales que disfrutan de esa ley de olvido, quiz&aacute;s los arquitectos y los entrenadores de f&uacute;tbol profesional. Pero mi mayor inter&eacute;s en los economistas es otro. Para explicarlo sin complacencias ni provocaciones voy a tomar una rotonda que llega hasta el Valle Hermoso de C&oacute;rdoba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>La primavera especulativa</strong>
    </p><p class="article-text">
        Entre el 22 y el 24 de septiembre de 2022 se llev&oacute; adelante el coloquio <em>Primavera Especulativa. Pol&iacute;ticas del Antropoceno</em> en la localidad de Vaquer&iacute;as, C&oacute;rdoba. Un evento inusual y un loable esfuerzo organizador de Arqueolog&iacute;as del Porvenir (Conicet y Universidad Nacional de C&oacute;rdoba). Durante tres d&iacute;as, investigadores de distintas universidades del pa&iacute;s y el extranjero nos reunimos para discutir sobre el posible aporte de las ciencias humanas a los problemas te&oacute;ricos y pol&iacute;ticos que plantean la crisis clim&aacute;tica y la disrupci&oacute;n tecnol&oacute;gica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fue una experiencia intensa desde todo punto de vista: el primer d&iacute;a hizo 3&deg;C, el almuerzo despedida se hizo al sol con 25&deg;C. Estuvimos tres d&iacute;as aislados en un hotel construido en 1910, rodeados por la reserva natural de Vaquer&iacute;as, discutiendo desde las 9 de la ma&ntilde;ana hasta las 8 de la noche sin ning&uacute;n tipo de consigna, parando solo para comer todos juntos o escaparnos a alguna de las cascadas de la reserva. Eso no dej&oacute; de afectarnos: una tarde le pregunt&eacute; a Agust&iacute;n Berti de d&oacute;nde ven&iacute;a ese olor a humo, temiendo alg&uacute;n foco de incendio forestal. Agust&iacute;n me se&ntilde;al&oacute; un hogar gigante en donde ard&iacute;a le&ntilde;a a menos de tres metros de nosotros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante el coloquio discutieron f&iacute;sicos con fil&oacute;sofos, feministas animalistas y aceleracionistas arrepentidos, hubo reflexiones sobre experiencias personales y&nbsp;abstracciones te&oacute;ricas alucinantes. Alguien dijo buscar un Ser totalmente exterior e inaccesible. Cuando le preguntaron por las implicancias &eacute;ticas o pol&iacute;ticas de semejante cosa, dijo que eso no le importaba: <strong>&eacute;l era peronista. </strong>Nunca nos vamos a olvidar de esta experiencia pero inevitablemente habr&aacute; un efecto rash&#333;mon: cada quien se llevar&aacute; distintos aportes, incluso distintos recuerdos. Si hoy tuviera que elegir mi momento preferido, ser&iacute;a la charla sobre filosof&iacute;a de la t&eacute;cnica entre Andr&eacute;s Vaccari, Javier Blanco y Dar&iacute;o Sandrone. Los tres con remeras negras y peinados idiosincr&aacute;ticos hablando sobre los tipos de m&aacute;quinas-monstruo, la evoluci&oacute;n aut&oacute;noma de la tecnolog&iacute;a y un gran cierre de Javier: <strong>&laquo;Preguntar si una computadora puede pensar es como preguntar si un submarino puede nadar: para qu&eacute;, si puede hacer cosas mucho mejores&raquo;.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>Primavera especulativa</em> fue un evento excepcional, un debate sin red en donde llevamos nuestras preocupaciones m&aacute;s abstrusas sin saber qu&eacute; dir&iacute;an los otros, sin saber siquiera si nos preocupaba lo mismo. Escribo esto en un hotel cordob&eacute;s donde espero mi vuelo de regreso. Afuera llueve. Tengo la cara quemada y mi ropa huele a humo, en la mesa de luz hay un libro de Whitehead que traje para no leer. Siento culpa y entusiasmo. Vuelvo con la cabeza y el Drive llenos de apuntes que s&eacute; valiosos pero no termino de entender ni de darles forma. Y pienso por qu&eacute; se me ocurri&oacute; reivindicar a los economistas en medio del coloquio.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Dos columnas de humo</strong>
    </p><p class="article-text">
        Creo no exagerar si digo que la relaci&oacute;n entre las ciencias econ&oacute;micas y las humanidades no es buena. Ni siquiera es. El desprecio es mutuo aunque asim&eacute;trico: las humanidades cada tanto deconstruyen el lenguaje de la econom&iacute;a para demostrar que es falso e interesado; los economistas sencillamente ignoran a las humanidades y, si necesitan alg&uacute;n concepto fuerte, apelan a las neurociencias, los estudios conductuales o, de &uacute;ltima, alg&uacute;n fil&oacute;sofo anal&iacute;tico ganchero.
    </p><p class="article-text">
        Es lamentable porque, a&uacute;n con los sesgos de cualquier disciplina profesional, la Econom&iacute;a podr&iacute;a brindarnos herramientas para pensar de manera abstracta y operativa el problema de la &eacute;poca. La humanidad ha alterado tanto su medio dado (&laquo;la Naturaleza&raquo;) que hoy vivimos en un entorno h&iacute;brido que combina a los viejos procesos f&iacute;sicos del planeta (lluvias, enfermedades, evoluci&oacute;n y extinci&oacute;n de especies), con las alteraciones que la acci&oacute;n humana introdujo en ellos y con los procesos de la infraestructura que construimos los humanos (urbanizaci&oacute;n, industrializaci&oacute;n, digitalizaci&oacute;n). No controlamos ninguna de esas capas ambientales, ni las que encontramos, ni las que alteramos, ni siquiera las que construimos. Si alguna vez fuimos due&ntilde;os del mundo, hoy somos inquilinos del planeta. O sujetos hibridados con un entorno tambi&eacute;n h&iacute;brido. Diego Parente desliz&oacute; que esa condici&oacute;n h&iacute;brida quiz&aacute;s ponga en cuesti&oacute;n nuestros atributos como individuos. A la Teor&iacute;a pol&iacute;tica y el Derecho les espera un duro trabajo estudiando cu&aacute;nto de nuestro legado de garant&iacute;as y libertades individuales habr&aacute; que alterar, preservar o desechar cuando la gesti&oacute;n del entorno requiera decisiones soberanas sobre una poblaci&oacute;n. La pandemia y la actual crisis energ&eacute;tica son apenas portentos.
    </p><p class="article-text">
        A las ciencias humanas tambi&eacute;n nos espera un trabajo. Al abrir el coloquio, Emmanuel Biset advirti&oacute;, con cierto fastidio, sobre la tendencia human&iacute;stica a sobrecargar el lenguaje y enroscarse en la cr&iacute;tica de la cr&iacute;tica de la cr&iacute;tica... Quiz&aacute;s el problema sea que las Humanidades nacieron para la formaci&oacute;n de cortesanos renacentistas, y la democratizaci&oacute;n de la Academia las transform&oacute; en una profesi&oacute;n estatal. La sofisticaci&oacute;n intelectual se masific&oacute; y estandariz&oacute;, la deconstrucci&oacute;n hoy es un nuevo dogma, los conceptos se disuelven pero nadie los desaloja, <strong>el recinto del pensamiento se llena de humo y ya no se ve nada, mientras seguimos acumulando citas y neologismos con un deleite casi onanista. </strong>Como sea, es tarde para l&aacute;grimas: debemos conducir y adaptar nuestra capacidad abstractiva y cr&iacute;tica hacia el nuevo problema.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; es donde la Econom&iacute;a, con todas sus taras, puede ayudarnos. Agust&iacute;n Berti ponder&oacute; a las &laquo;ciencias grises&raquo;, como la log&iacute;stica y la archiv&iacute;stica, para pensar c&oacute;mo se distribuye lo humano. La Econom&iacute;a es una ciencia gris: estudia la producci&oacute;n, distribuci&oacute;n y consumo de objetos f&iacute;sicos y simb&oacute;licos a trav&eacute;s de procesos no lineales, vectorizados sobre la conducta agregada de los agentes y contingencias como una sequ&iacute;a o una ley. Saquemos al est&uacute;pido <em>homo oeconomicus</em> del medio y pongamos all&iacute; a cada persona natural o artificial, consumiendo y produciendo, girando a ciegas y conectada con las otras de maneras que ignora.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No estoy proponiendo nada nuevo. Nos gusta hablar de &laquo;ensamblajes de humanos y no humanos&raquo; citando a Latour o DeLanda, pero fue el economista Joseph Schumpeter en 1906 el que consider&oacute; a la empresa una &laquo;combinaci&oacute;n&raquo;, ni una unidad ni un agente: un ensamble aleatorio y flexible de ideas, recursos y posibilidades del entorno. El materialismo cibern&eacute;tico incluye a la informaci&oacute;n y apela a la teor&iacute;a de Claude Shannon, pero 30 a&ntilde;os antes el liberal Von Mises convenci&oacute; al socialista Oskar Lange de que los precios, un dato tan preciso como inestable, son la &uacute;nica fuente de informaci&oacute;n con la que contamos para tomar decisiones en un medio incierto. Incluso Deleuze y Guattari, probablemente los fil&oacute;sofos m&aacute;s citados del coloquio, pueden leerse como una interpretaci&oacute;n econ&oacute;mica del psicoan&aacute;lisis: si Freud todav&iacute;a pensaba bajo el paradigma termodin&aacute;mico (el inconsciente como una olla a presi&oacute;n que por alg&uacute;n lugar descomprime) y Lacan lo hizo bajo el ling&uuml;&iacute;stico (procesos de significaci&oacute;n, etc), los autores del <em>Antiedipo</em> lo entienden como producci&oacute;n y circulaci&oacute;n de deseo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Son solo tres ejemplos de c&oacute;mo dos saberes imperfectos y malqueridos podr&iacute;an encontrarse. A la vuelta de Vaquer&iacute;as pude ver desde el avi&oacute;n dos columnas de humo fundirse en el cielo sucio sobre la pampa. Ya problematizamos los conceptos (medio, materia&hellip;), ahora podemos ponerlos a rodar en ese mercado imperfecto que es la Tierra ardiente.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/humanistas-economistas-tierra-ardiente_129_9582684.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Oct 2022 03:07:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Humanistas y economistas sobre la tierra ardiente]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Filosofía,Economía,Ecología]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La frontera de las cosas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/frontera-cosas_129_9270044.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/caf6119a-6d6d-4668-a19c-62fe1255ebfd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La frontera de las cosas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Hay manera de escalar desde una idea compleja y realista de la materia hacia algún tipo de ética o política?, se pregunta Alejandro Galliano y escribe sobre los átomos y la sociedad.</p></div><p class="article-text">
        	Durante de mi &uacute;ltima mudanza (a la fecha) me d&iacute; cuenta de que me hab&iacute;a olvidado de una cosa: un bamb&uacute; de la suerte. Esa planta no era m&iacute;a, nunca quise tenerla, no me gustaba demasiado y parece que ni siquiera es un bamb&uacute;, sino que pertenece a la familia de las <em>dracaena</em>. No es m&aacute;s que un tallo con dos hojas en una botella de agua. As&iacute; y todo, sent&iacute; que era una ingratitud dejarlo a merced del olvido o del pr&oacute;ximo inquilino, y fui a buscarlo. Como una versi&oacute;n mansa de L&eacute;on, el sicario protagonista de <em>El perfecto asesino</em> que se las arregla para salvar a su aglaonema entre tiros y emboscadas. Cuando volv&iacute;a, quise despedirme del barrio viejo con un caf&eacute;. Lo tom&eacute; con el bamb&uacute; como &uacute;nica compa&ntilde;&iacute;a. Mientras escribo esto, est&aacute; al lado de la computadora, con esas hojas l&aacute;nguidas como si fueran dos dedos en V. El signo de la victoria. O del compa&ntilde;erismo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Es habitual que las personas sientan apego afectivo, tradicional o racional por un objeto, m&aacute;s si es un objeto vivo como una planta, un perro o un hijo. En mi caso se trat&oacute; de cierta culpa, un extra&ntilde;o sentido de correspondencia hacia una cosa con la que no ten&iacute;a mayor compromiso que el tiempo que pasamos juntos. Hace un tiempo <a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/cosas-imitan_129_8445346.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">escrib&iacute; sobre los objetos como una ecolog&iacute;a m&aacute;s</a>. El materialismo est&aacute; de moda: DeLanda, Parikka, Bratton. Pero es un materialismo m&aacute;s preocupado por los algoritmos y la crisis clim&aacute;tica que por la tabla peri&oacute;dica; y m&aacute;s ocupado en criticar al posmodernismo que en redondear una idea &uacute;til de materia. <strong>Me gustar&iacute;a saber si hay manera de escalar desde una idea compleja y realista de la materia hacia alg&uacute;n tipo de &eacute;tica o pol&iacute;tica. De los &aacute;tomos a la sociedad.</strong>
    </p><p class="article-text">
        	<strong>A darle, &aacute;tomos&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Un recurso remanido del posmodernismo contra cualquier pretensi&oacute;n de materialismo o realismo filos&oacute;fico es apelar a la &laquo;f&iacute;sica cu&aacute;ntica&raquo;. O mejor dicho, a la f&iacute;sica cu&aacute;ntica que puede (y quiere) llegar a entender un lector de filosof&iacute;a francesa: <em>nunca vemos la onda, solo el electr&oacute;n; no hay realidad independiente de la percepci&oacute;n; no hay objeto por fuera del sujeto</em>. El N&oacute;bel de F&iacute;sica Niels Bohr contribuy&oacute; a esa l&iacute;rica: &laquo;No hay un mundo cu&aacute;ntico. Solo hay una descripci&oacute;n cu&aacute;ntica. Es incorrecto pensar que la tarea de la f&iacute;sica sea describir c&oacute;mo es la Naturaleza. La f&iacute;sica s&oacute;lo se ocupa de lo que podemos decir de la Naturaleza&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        	Las cosas son m&aacute;s complejas. Bohr y Heisenberg debieron pelear su interpretaci&oacute;n de la teor&iacute;a cu&aacute;ntica con Einstein y Schr&ouml;dinger, quienes no quer&iacute;an renunciar a una imagen realista de los fen&oacute;menos. <em><strong>Helgoland</strong></em>, el ensayo del f&iacute;sico <strong>Carlo Rovelli</strong> editado por Anagrama, reconstruye aquellas discusiones con calidez y calidad, y les da una bajada filos&oacute;fica. Rovelli no es un divulgador neutral, en la disputa entre bohristas y einstenianos toma partido por los primeros y desarrolla su interpretaci&oacute;n &laquo;relacional&raquo; de la cu&aacute;ntica: la teor&iacute;a no describe la forma en que los objetos cu&aacute;nticos se manifiestan a nosotros (entes especiales que observamos), sino que describe c&oacute;mo cualquier objeto se manifiesta y act&uacute;a sobre cualquier otro objeto. El mundo cu&aacute;ntico de Rovelli deja de ser un conjunto de objetos con propiedades definidas para ser una red de relaciones cuyos nudos son los objetos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Rovelli no niega que existan observadores de fen&oacute;menos f&iacute;sicos (dif&iacute;cil hacerlo cuando es responsable del Equipo de gravedad cu&aacute;ntica de la Universidad de Aix-Marsella), solo quiere extender la categor&iacute;a: &laquo;no hay nada de especial en los &ldquo;observadores&rdquo;: cualquier interacci&oacute;n entre dos objetos f&iacute;sicos cuenta como una observaci&oacute;n, y debemos tomar cualquier objeto como observador&hellip; La teor&iacute;a cu&aacute;ntica es la teor&iacute;a de c&oacute;mo las cosas se influyen entre s&iacute; y constituye la mejor descripci&oacute;n de la naturaleza de la que disponemos&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Rovelli tampoco quiere negar la realidad, sino descentrarla de nosotros. Por eso se interesa tanto por el budismo de N&#257;g&#257;rjuna (las cosas est&aacute;n vac&iacute;as, no existen por s&iacute; mismas), como por el debate bolchevique entre el materialismo hist&oacute;rico de Lenin y el realismo machista (por Ernst Mach) de Bogdanov: una realidad sin presupuestos metaf&iacute;sicos, como por ejemplo &laquo;la materia&raquo;. Sin embargo, despu&eacute;s de leer <em>Helgoland</em> las cosas a&uacute;n siguen ah&iacute;: la espalda nos duele, nos chocamos con la mesa, el humo de los incendios forestales nos irrita la garganta. Rovelli lo sabe y se fastidia: &laquo;El mundo nos parece determinado porque los fen&oacute;menos de interferencia cu&aacute;ntica se pierden en el zumbido del mundo macrosc&oacute;pico&raquo;. Incluso para un f&iacute;sico cu&aacute;ntico extasiado en el <em>Nirv&#257;&#7751;a</em> las cosas son una perturbaci&oacute;n, un zumbido molesto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	<strong>Cosas imposibles&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        	&laquo;El zumbido est&aacute;tico de la no-identidad&raquo; es el t&eacute;rmino que usa Jane Bennett (la fil&oacute;sofa nortemericana, no el personaje de<em> Orgullo y prejuicio</em>) para nombrar la perturbadora existencia de objetos ajenos a nosotros, que no se reducen a su concepto, que parecen m&aacute;s all&aacute; de nuestro conocimiento y control. Hist&oacute;ricamente ese l&iacute;mite a nuestro saber resid&iacute;a en lo Absoluto (por ejemplo, Dios). La filosof&iacute;a moderna barri&oacute; con eso. Pero hoy encuentra esa exterioridad ininteligible en las cosas: la basura, la comida, las c&eacute;lulas madres, odradek. Objetos tenaces que, luego de a&ntilde;os de teor&iacute;as discursivas, siguen ah&iacute;: nos rodean, nos condicionan, nos formatean. Como el humo o mi bamb&uacute; de la suerte.
    </p><p class="article-text">
        	En <em><strong>Materia vibrante</strong></em> (Caja Negra, 2022) <strong>Bennett </strong>pone toda su erudici&oacute;n human&iacute;stica sobre el asador para resolver nuestra relaci&oacute;n con las cosas. Al igual que los &aacute;tomos de Rovelli, los objetos de Bennett no son entes definidos sino interacciones mutuas que nos incluyen. Vivimos en un ensamblaje de cosas que act&uacute;an. Para convivir mejor, Bennett propone un &laquo;materialismo vital&raquo; que coquetea con ideas algo desprestigiadas, como el vitalismo o el antropomorfismo, como &laquo;primer paso hacia una nueva sensibilidad por las cosas&raquo;. Y se arriesga a proponer un espacio p&uacute;blico que incluya a los objetos, incluso que comparta con ellos la responsabilidad de lo que pase.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Bennett es una persona sensata y no pretende licuar responsabilidades humanas: los incendios forestales tienen culpables y este dolor de espalda reclama a un especialista. Tambi&eacute;n admite que es imposible incluir a los objetos en pie de igualdad con los humanos. A diferencia de otros materialistas, es consciente de que &laquo;la divisi&oacute;n ontol&oacute;gica entre personas y cosas debe mantenerse ya que, de lo contrario, uno carece de todo fundamento moral para privilegiar al hombre por sobre el germen, o para condenar la instrumentalizaci&oacute;n de los humanos&raquo;. En todo caso su materialismo es una conciencia, una forma de atenci&oacute;n: distinguir a las personas de las cosas permiti&oacute; prevenir mucho sufrimiento humano, pero a costa de &laquo;una instrumentalizaci&oacute;n de la naturaleza no humana que puede ser poco &eacute;tica e ir en contra de los intereses humanos a largo plazo&hellip; Este nuevo tipo de atenci&oacute;n a la materia y a sus poderes no resolver&aacute; el problema de la explotaci&oacute;n o la opresi&oacute;n humanas, pero puede estimular una mayor conciencia acerca de hasta qu&eacute; punto todos los cuerpos son parientes, en el sentido de que est&aacute;n inextricablemente inmersos en una densa red de relaciones&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	<strong>Y lleg&oacute; la orangutana</strong>
    </p><p class="article-text">
        	En el fondo, el nuevo materialismo pide correr una frontera que est&aacute; movi&eacute;ndose hace rato. En diciembre de 2014 la C&aacute;mara de Casaci&oacute;n Penal estableci&oacute; que Sandra, una orangutana del zool&oacute;gico de Buenos Aires, es &laquo;un sujeto no humano&raquo;. En las audiencias de la causa, Ricardo Ferrari, antrop&oacute;logo y <em>amicus curiae</em>,&nbsp; dijo &laquo;&hellip;si usted est&aacute; tratando con un programa y usted no puede decidir si es una persona o no, entonces es una persona. Entre el objeto y el sujeto hay una gradaci&oacute;n del ser a la que no le estamos prestando la suficiente atenci&oacute;n&raquo;. Otros blandieron como antecedente a la abolici&oacute;n de la esclavitud. El colectivo urbanista m7red record&oacute; las numerosas oportunidades en que la sociedad decidi&oacute; establecer fronteras para los seres: desde la creaci&oacute;n del Zool&oacute;gico al fallido Ecoparque, desde la Conquista del Desierto a los Derechos de la Naturaleza de la Constituci&oacute;n ecuatoriana. Son fronteras espaciales pero tambi&eacute;n ontol&oacute;gicas porque deciden hasta qu&eacute; punto algo es una cosa y a partir de qu&eacute; punto deja de serlo. En ese sentido, el posmodernismo tiene raz&oacute;n: la materia tambi&eacute;n tiene que ser definida. A Sandra o al humedal hubo que humanizarlos al menos un poco para respetarlos. Pero siempre quedar&aacute; algo no-humano m&aacute;s all&aacute;, interactuando con nosotros, forzando la frontera. El zumbido de las cosas persiste.
    </p><p class="article-text">
        	Durante las audiencias del caso Sandra, el t&eacute;cnico veterinario advirti&oacute; &laquo;...ojo con abrir la puerta de los derechos a los animales de producci&oacute;n y consumo, eso es la caja de Pandora&raquo;. &iquest;A qu&eacute; sociedad nos llevar&iacute;a el nuevo materialismo? &iquest;A una en la que la camarera de un caf&eacute; tiene que servirle agua a nuestro pomeranio mientras del otro lado del r&iacute;o se quema todo? &iquest;A una que no se atreve a buscar gas ni litio mientras la econom&iacute;a agoniza? &iquest;A una que vende fetos y se implanta chips? Eso no se resolver&aacute; en una columna de opini&oacute;n. En todo caso, podemos ser una sociedad consciente de que estamos enredados con las cosas y no sabemos de qu&eacute; lado de la frontera vamos a terminar.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/frontera-cosas_129_9270044.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Aug 2022 04:08:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La frontera de las cosas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Filosofía,Sociedad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De casa al mercado, ¿o del mercado a casa?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/casa-mercado-mercado-casa_129_9175926.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6506ae3e-1c3b-4874-89a2-303efb52db34_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De casa al mercado, ¿o del mercado a casa?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un contexto de recesión y crisis de la Economía vuelven las preguntas sobre el futuro del capitalismo y dos de sus salidas posibles.</p></div><p class="article-text">
        	En &eacute;pocas de penuria la econom&iacute;a se achica y con ella, se achica nuestra vida. Vacaciones en lugares m&aacute;s cercanos, fines de semana sin salir, compras en comercios de proximidad, matrimonios que construyen sus viviendas en el lote de sus suegros. <strong>Una recesi&oacute;n econ&oacute;mica es, entre tantas cosas, un mundo m&aacute;s peque&ntilde;o, replegarse desde el mercado a la casa. </strong>Ese camino de ida y vuelta permite narrar tanto la historia de la Econom&iacute;a como dos futuros posibles del capitalismo.
    </p><p class="article-text">
        	En la Antig&uuml;edad, <em>oikonomia</em> eran las normas para administrar una casa. Todav&iacute;a hoy se llama &laquo;ec&oacute;nomos&raquo; a los curas a cargo de una parroquia vacante. Y hasta hace unos a&ntilde;os, &laquo;ec&oacute;nomas&raquo; como Chichita de Erquiaga paseaban por los noticieros ense&ntilde;&aacute;ndoles a las amas de casa c&oacute;mo administrar los (escasos) v&iacute;veres de la alacena. El paso de la <em>oikonomia</em> a la Econom&iacute;a fue el paso de administrar un se&ntilde;or&iacute;o feudal a un reino y de all&iacute; a una naci&oacute;n moderna. Los mercantilistas asesoraban a los reyes en la gesti&oacute;n del tesoro; los fisi&oacute;cratas, en la distribuci&oacute;n de la producci&oacute;n agr&iacute;cola; y Adam Smith, en la riqueza de las naciones. Smith tambi&eacute;n introdujo en la econom&iacute;a cuestiones m&aacute;s abstractas como la &eacute;tica o el sentido de la Historia, abriendo un camino que desemboc&oacute; en las filosof&iacute;as de Marx y Stuart Mill. La &laquo;revoluci&oacute;n marginalista&raquo; de 1870 cort&oacute; de cuajo con esas elucubraciones y volvi&oacute; a lo b&aacute;sico: la conducta de los individuos ante bienes escasos de usos m&uacute;ltiples. <strong>Si la econom&iacute;a antigua naci&oacute; en la casa, la moderna se funda en el individuo.</strong> Pero, como hab&iacute;a pasado con la <em>oikonomia</em>, pronto aparecieron nuevas cuestiones y el concepto volvi&oacute; a hincharse. Con Keynes y Kuznets surgi&oacute; la macroeconom&iacute;a: qu&eacute; pueden hacer los gobiernos ante magnitudes agregadas; con Hayek y Von Mises volvi&oacute; la &eacute;tica: qu&eacute; es capitalismo sino la acci&oacute;n humana libre. Para los a&ntilde;os 60 los economistas ya estaban teorizando sobre divorcios y cr&iacute;menes. Vendr&iacute;an luego el f&uacute;tbol, los cuentos de Borges, las pandemias. 
    </p><p class="article-text">
        	<strong>Las bacterias del capitalismo&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        	En esa ampliaci&oacute;n infinita de la econom&iacute;a siempre quedaba un borde afuera: aquello que no circula por el mercado. Como dice David Pilling en <em>El delirio del crecimiento</em>: el PBI &laquo;puede rastrear el rastro econ&oacute;mico de una botella de Evian en el supermercado pero no el de una ni&ntilde;a de Etiop&iacute;a que recorre kil&oacute;metros a pie para conseguir agua de un r&iacute;o&raquo;. En efecto, los abuelos que cuidan nietos mientras los padres trabajan o el vecino que monta un merendero con lo que le donan otros vecinos no forman parte de La Econom&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	La frontera no pasa por lo regulado y lo no regulado: el tr&aacute;fico de drogas o el robo automotor son actividades ilegales cuya escala econ&oacute;mica sin embargo las autoridades quieren y pueden ponderar. La frontera pasa por la producci&oacute;n y la reproducci&oacute;n: a diferencia de Tenaris o una cocina de paco, el merendero y los abuelos no generan valor, solo mantienen las condiciones que hacen posible la creaci&oacute;n de valor. Son actividades reproductivas, esencialmente dom&eacute;sticas. Para la econom&iacute;a moderna son como el agua y el aire, condiciones tan obvias que computarlas resultar&iacute;a banal y farragoso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Sin embargo, hay quienes piensan que no son tan obvias. Por un lado, pensadoras feministas como Diane Elson o Silvia Federici parten del hecho de que la econom&iacute;a reproductiva y dom&eacute;stica no solo es abrumadoramente femenina sino que es la condici&oacute;n de posibilidad del capitalismo: el obrero puede ir a la f&aacute;brica porque alguien cuida a sus hijos y prepara su comida. La explotaci&oacute;n del trabajo por el capital se apoya en la explotaci&oacute;n de la econom&iacute;a dom&eacute;stica y femenina. Por otro lado, te&oacute;ricos de la llamada &laquo;econom&iacute;a social y solidaria&raquo; como el brasile&ntilde;o Paul I. Singer (no confundir con su hom&oacute;nimo norteamericano, bastante menos social y solidario) vieron en las pr&aacute;cticas econ&oacute;micas reproductivas no s&oacute;lo una forma de supervivencia de los excluidos del capitalismo sino una rama entera de la econom&iacute;a que se sustrae del mercado y el Estado y, qui&eacute;n sabe, podr&iacute;a constituirse en un sistema alternativo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Los pobres y las mujeres son al capitalismo lo que las bacterias a la bi&oacute;sfera: aquello que no se ve, que en un punto se pretende mantener aparte pero que resulta imprescindible para el funcionamiento general del sistema. La pregunta es entonces qu&eacute; hacemos con ellos. Las respuestas nos llevan a dos lugares diferentes.
    </p><p class="article-text">
        	<strong>De casa al mercado&hellip;</strong>
    </p><p class="article-text">
        	El programa econ&oacute;mico b&aacute;sico del feminismo puede resumirse en igual remuneraci&oacute;n por iguales tareas, remuneraci&oacute;n del trabajo dom&eacute;stico y de cuidado, e igualdad de oportunidades de contrataci&oacute;n y promoci&oacute;n (un fin meritocr&aacute;tico que debe apelar provisoriamente a medios coactivos como el cupo). Se trata en suma de la incorporaci&oacute;n plena y en igualdad de condiciones de las mujeres en el funcionamiento de la econom&iacute;a. Un riesgo a evitar es que esa incorporaci&oacute;n opere en desmedro de otras mujeres: la madre soltera que ejerce sus derechos a crecer laboralmente y al ocio y la vida social a costa de la abuela que debe encargarse de sus nietos. Tampoco ser&iacute;a una soluci&oacute;n que esa madre soltera se autoexplote por una pareja ausente. En t&eacute;rminos globales, se ha estudiado c&oacute;mo las mujeres de los pa&iacute;ses ricos pudieron desarrollar carreras profesionales&nbsp; gracias a los servicios dom&eacute;sticos de mujeres inmigrantes de pa&iacute;ses pobres.
    </p><p class="article-text">
        	La soluci&oacute;n moderna pasar&iacute;a por ampliar la oferta de servicios hasta permitir a todas las mujeres liberarse de las tareas dom&eacute;sticas, incluyendo la salarizaci&oacute;n de aquellas mujeres que siguieran ejerci&eacute;ndolas. Ese criterio se podr&iacute;a extender a otros miembros del hogar que desempe&ntilde;en tareas reproductivas, como ni&ntilde;os o ancianos. En palabras de Branko Milanovic estar&iacute;amos ante la atomizaci&oacute;n y mercantilizaci&oacute;n de la esfera dom&eacute;stica: &laquo;el nuevo capitalismo hipercomercializado unifica de nuevo la producci&oacute;n y la familia, pero lo hace incluyendo al hogar en su modo de producci&oacute;n. Podemos considerar este fen&oacute;meno un resultado l&oacute;gico de la evoluci&oacute;n del capitalismo, en el que este pasa a &ldquo;conquistar&rdquo; nuevos &aacute;mbitos y a mercantilizar nuevos bienes y servicios (...) En la atomizaci&oacute;n, nos quedamos solos porque todas nuestras necesidades pueden ser satisfechas por lo que compramos a otros en el mercado. En un estado de mercantilizaci&oacute;n plena, nosotros mismos nos convertimos en esos otros&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	El hogar, tradicional refugio ante las fr&iacute;as aguas del lucro, se ver&iacute;a penetrado por la l&oacute;gica del capital. Un aceleracionismo <em>fatto in casa</em> que har&iacute;a del capitalismo la &uacute;nica forma posible de subjetividad y relaci&oacute;n con los dem&aacute;s. Luego de la casa, <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/proxima-frontera_129_8233135.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la &uacute;ltima frontera del capital ser&iacute;a el propio cuerpo humano</a>. Y aqu&iacute; tambi&eacute;n confluir&iacute;an dos programas: nuestra emancipaci&oacute;n de la Naturaleza mediante la tecnolog&iacute;a, como proponen Paul Preciado y el xenofeminismo, se har&iacute;a a costa de su conquista por el Capital.
    </p><p class="article-text">
        	<strong>&hellip;y del mercado a casa.</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Claro que esa no es la &uacute;nica opci&oacute;n. Desde la econom&iacute;a social y solidaria proponen justamente lo contrario: extender progresivamente el conjunto de pr&aacute;cticas econ&oacute;micas no mercantiles. Ir reemplazando progresivamente empresas capitalistas por cooperativas; producci&oacute;n para el intercambio por producci&oacute;n para el uso; trabajo asalariado por voluntariado; propiedad privada por comunales; lucro por reciprocidad; acumulaci&oacute;n por distribuci&oacute;n. Volver del mercado al barrio y la casa.
    </p><p class="article-text">
        	Entre los economistas solidarios no queda claro cu&aacute;l ser&iacute;a el l&iacute;mite de ese reemplazo. Una sustituci&oacute;n total de la econom&iacute;a productiva por la reproductiva reducir&iacute;a sensiblemente los recursos materiales, alterando las condiciones de existencia de todas las personas. Un proyecto menos maximalista apunta a la convivencia de la econom&iacute;a solidaria con el mercado y el Estado. En esa simbiosis, el mercado generar&iacute;a valor, el Estado lo redistribuir&iacute;a y la econom&iacute;a solidaria contendr&iacute;a a los crecientes excluidos en un modo de vida austero, local y comunitario, reforzando los lazos primarios, las estructuras dom&eacute;sticas y las formas econ&oacute;micas preindustriales. Un <em>buen vivir</em> ancestral, enclaves aldeanos en medio del v&eacute;rtigo global.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Tanto en su versi&oacute;n maximalista como moderada, el esp&iacute;ritu de la propuesta es enteramente progresista aunque comparte la vocaci&oacute;n de retorno a las pr&aacute;cticas tradicionales y el particularismo que, desde otro espectro ideol&oacute;gico, han propuesto la Iglesia cat&oacute;lica, Ren&eacute; Gu&eacute;non o Aleksandr Duguin. No ser&iacute;a ninguna sorpresa que el turbocapitalismo del siglo XXI requiriera de un contrapeso tradicionalista para evitar su colapso, aquietar a las masas y racionar el consumo en este momento de guerra por los recursos naturales.
    </p><p class="article-text">
        	Los pobres y las mujeres son las bacterias que la econom&iacute;a niega pero que le permiten funcionar. <strong>El capitalismo es un sistema inmunol&oacute;gico poderoso capaz de absorber cualquier ant&iacute;geno y adaptar su metabolismo.</strong> Esa adaptaci&oacute;n puede llevarnos a una mercantilizaci&oacute;n total de la vida o a una restauraci&oacute;n tradicionalista. O, incluso, y esa es su magia, a ambas cosas a la vez.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/casa-mercado-mercado-casa_129_9175926.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Jul 2022 03:21:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De casa al mercado, ¿o del mercado a casa?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[capitalismo,Crisis,Economía,Feminismos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pensar sin Estado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pensar_129_9094777.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e441e213-5695-4aeb-ba72-eef8614afdfa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pensar sin Estado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Luego de años de excesiva fe en el Estado el autor propone recuperar la autonomía del campo cultural, cierto grado de sana irresponsabilidad, libertad de pensamiento y la generación de inteligencia colectiva. El Estado Societalista y el pensamiento estatal.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Este es un texto contra el Estado.</strong> Antes de comenzar quisiera confesar que soy un partidario del Estado. Criado en un hogar obrero y nacional-desarrollista, la crisis de 2001 me agarr&oacute; leyendo el Leviat&aacute;n de Hobbes para la Facultad. Desde entonces <strong>conservo la convicci&oacute;n de que las clases bajas son las que m&aacute;s tienen que perder en situaciones de anomia y desgobierno.</strong> La anarqu&iacute;a es un lujo que pueden darse los privilegiados.  Las personas que viven de su trabajo y buscan mejorar sus condiciones personales y colectivas de vida necesitan un orden m&iacute;nimo para hacerlo. Admito que estas ideas eran bastante impopulares durante 2002. Eran d&iacute;as de trueque y asambleas, Holloway y Toni Negri, autodeterminaci&oacute;n y libertad. Recuerdo largas discusiones con un amigo autonomista que siempre me venc&iacute;a pero no me convenc&iacute;a. Era y es una persona brillante, que hoy trabaja en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnolog&iacute;a, y defiende el intervencionismo estatal para garantizar la igualdad de oportunidades. La suya no es una historia individual de madurez o claudicaci&oacute;n, es la deriva de toda una intelligentsia que poco a poco, y a veces sin advertirlo, dej&oacute; que su pensamiento cr&iacute;tico fuera atrapado por la atracci&oacute;n gravitatoria del Estado.
    </p><p class="article-text">
        <em>Pensar sin Estado </em>es un libro del historiador<strong> Ignacio Lewkowicz </strong>publicado en 2004 que re&uacute;ne art&iacute;culos escritos entre 1993 y 2003. Otra prueba de cu&aacute;nto del pensamiento del &laquo;dos mil uno&raquo; fue cocinado en la d&eacute;cada anterior. El libro no estudia tanto el fin del Estado como el de la Naci&oacute;n: ese lazo ficticio construido con insumos inmateriales (la lengua, la historia, las costumbres) para asegurarles a los ciudadanos una identidad estable y una pertenencia com&uacute;n. Seg&uacute;n Lewkowicz la
    </p><p class="article-text">
        globalizaci&oacute;n arras&oacute; con aquello: la Naci&oacute;n dej&oacute; de enlazar, el Estado qued&oacute; reducido a cuestiones administrativas y al ciudadano le quedaron dos opciones: comprar su pertenencia como consumidor o asumir su condici&oacute;n de excluido. Pero
    </p><p class="article-text">
        el autor, que milit&oacute; en el Partido Comunista junto a su padre, no llora sobre la tumba del Estado naci&oacute;n sino que propone pensar en las nuevas formas de pertenencia que se cocinan en esa exclusi&oacute;n: piquetes, escraches, organizaciones varias que crean lazos sociales &laquo;en situaci&oacute;n&raquo;, identidades para &laquo;habitar la fluidez&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pensar sin Estado sintetiza una ideolog&iacute;a de &eacute;poca que podemos llamar<strong> &laquo;societalismo&raquo;: la confianza en la capacidad espont&aacute;nea de la sociedad para organizarse y reemplazar a un Estado nacional que, luego de a&ntilde;os de ser criticado</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>por izquierda, termin&oacute; muriendo por derecha; el elogio de la horizontalidad, la contingencia, la fluidez, incluso la precariedad. </strong>Lewkowicz muri&oacute; en un accidente fluvial en Tigre en 2004, poco antes de que saliera su libro. No pudo vivir m&aacute;s a&ntilde;os que su padre: 42. Tampoco pudo ver c&oacute;mo, a partir de ese a&ntilde;o, el Estado resucitar&iacute;a absorbiendo a esas organizaciones, gestionando esa precariedad.
    </p><h3 class="article-text"><strong>El Estado societalista</strong></h3><p class="article-text">
        Eso que naci&oacute; como una estrategia casi intuitiva de gobernanza poscrisis termin&oacute; dando lugar, si no a un nuevo Estado, al menos a una nueva manera de entenderlo y administrarlo. Algo as&iacute; como un Estado societalista. No es este el espacio para escribir una historia del kirchnerismo. S&oacute;lo quiero repasar sus sucesivas capas de adhesi&oacute;n para rastrear el matrimonio entre el cielo societalista y el infierno estatal. Inmediatamente despu&eacute;s del asesinato de Kosteki y Santill&aacute;n, el entonces ministro del Interior duhaldista, An&iacute;bal Fern&aacute;ndez, convoc&oacute; a dirigentes piqueteros para dialogar. No ser&iacute;a la primera vez que el poder societal entrara a Casa Rosada (ya lo hab&iacute;a hecho invitado Rodr&iacute;guez Saa), ni la &uacute;ltima: N&eacute;stor Kirchner tonific&oacute; la herencia duhaldista mediante un di&aacute;logo flu&iacute;do con los organismos de Derechos Humanos y una apropiaci&oacute;n del 2001 como &laquo;rebeli&oacute;n contra el neoliberalismo&raquo;. A&uacute;n as&iacute;, la &laquo;transversalidad&raquo; de esos a&ntilde;os era una convocatoria limitada a los profesionales de la corporaci&oacute;n pol&iacute;tica. Reci&eacute;n en 2004, en v&iacute;speras de su ruptura con el duhaldismo, el Frente para la Victoria convoc&oacute; a las organizaciones sociales (FTV, Barrios de Pie, MTD Evita, y Movimiento Barrial Octubre), aunque para las elecciones de 2005 prefiriera una alianza con los intendentes bonaerenses.
    </p><p class="article-text">
        Entre el &laquo;conflicto con el campo&raquo; (que deriv&oacute; en un m&aacute;s duradero e influyente conflicto con el grupo Clar&iacute;n) y la muerte de Kirchner se produjo el primer quiebre societalista. El gobierno opt&oacute; por la &laquo;fuerza propia&raquo; y absorbi&oacute; as&iacute; a una camada proveniente de diversas militancias (ARI, Proyecto Sur, PCCE, Polo Social, quiz&aacute;s Zamora) que vieron en el kirchnerismo una opci&oacute;n de progresismo popular con vocaci&oacute;n de poder. Era una cohorte m&aacute;s ilustrada, cada uno con su blog o programa de FM comunitaria, y que a&uacute;n arrastraba cierto antiperonismo, h&aacute;bilmente oculto tras sus cr&iacute;ticas a la burocracia sindical y los barones del conurbano. Con las derrotas electorales de 2013 a 2017 se sum&oacute; una nueva camada, proveniente de la izquierda inorg&aacute;nica y el &laquo;que se vayan todos&raquo;. Algunos de ellos fueron opositores al kirchnerismo en sus comienzos, otros ni siquiera hoy asumen plenamente su simpat&iacute;a y ponderan lateralmente a La C&aacute;mpora sin soltar el libro de Deleuze y Guattari. <strong>Como sea, para enero de 2020 el grueso de la energ&iacute;a societalista de 2002 estaba dentro del Estado.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Este curioso encuentro entre la sociedad (como potencia) y el Estado (como acto) termin&oacute; por transformar a ambos. Para el Estado, el societalismo implic&oacute; su gesti&oacute;n a cargo de viejos entusiastas de &laquo;el dos mil uno&raquo; que no dejaron sus convicciones en la puerta del Ministerio: comport&aacute;ndose como civiles opositores aunque est&eacute;n al frente de un gobierno, abordando al Estado como una instancia esencialmente activista, entendiendo a cualquier prurito administrativo como un resabio  tecnocr&aacute;tico o neoliberal, reproduciendo la precariedad en nombre de la identidad y el lazo social. Asimismo, la gesti&oacute;n societalista del Estado cre&oacute; m&aacute;s Estado: en el furor por absorber cada demanda, cada iniciativa, cada leve movimiento de la sociedad, el aparato estatal se dilat&oacute; y dispers&oacute;, resignando calidad por cantidad, eficacia por presencia. <strong>Un Estado casi testimonial, como el audio que suena en las estaciones del ferrocarril record&aacute;ndonos que el gobierno nos cuida mientras el tren sigue demorado.</strong>
    </p><h3 class="article-text"><strong>El pensamiento estatal</strong></h3><p class="article-text">
        Para el pensamiento cr&iacute;tico, y la subclase intelectual que lo porta, el Estado societalista signific&oacute; la incapacidad de pensar sin Estado. Hoy a&uacute;n los proyectos te&oacute;ricamente m&aacute;s radicalizados, a la hora de solucionar problemas concretos no pueden imaginar otra cosa que no sea intervencionismo, nacionalizaciones o subsidios a &laquo;proyectos alternos&raquo;. Al primero que le escuch&eacute; asumir esa paradoja fue a Mart&iacute;n Caparr&oacute;s a mediados de los 90, confesando que era un anarquista al que el neoliberalismo hab&iacute;a transformado en un defensor del Estado como garante de igualdades b&aacute;sicas. Poco despu&eacute;s, me encontr&eacute; con un dirigente izquierdista que recorr&iacute;a las aulas de la Facultad de Filosof&iacute;a y Letras proponiendo que la Universidad p&uacute;blica formara cuadros para combatir al Estado burgu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        No se trata del viejo estalinismo, que pensaba en t&eacute;rminos de su propio Estado; tampoco de un compromiso realista con la gesti&oacute;n. Incluso la izquierda m&aacute;s autonomista y alejada de la posibilidad de gestionar cualquier cosa parece tener la imaginaci&oacute;n obturada por la expectativa de conseguir alg&uacute;n lugar o favor del Estado realmente existente. Lo que no deja de tener un sabor a derrota en una sociedad civil tan creativa y movediza como la argentina. Corolario tr&aacute;gico de esta renuncia a pensar sin Estado es que hoy aquella l&iacute;bido societal termine expresada por el movimiento libertario. El reciente debate entre Javier Milei y Juan Grabois confront&oacute; al viejo y el nuevo societalismo. Mientras Milei llevaba su confianza en el mercado y su coherencia te&oacute;rica al borde del abismo, Grabois, el hombre que desde el MTE organiz&oacute; a la marginalidad de la marginalidad, s&oacute;lo pod&iacute;a racionalizar su propuesta apelando al intervencionismo estatal. Llegado el caso, los dos necesitar&aacute;n al Estado para llevar adelante sus proyectos. Y contar&aacute;n lamentablemente con un estado argentino tan dif&iacute;cil de desarmar como de mover operativamente en un sentido coherente. Pero desde el pensamiento cr&iacute;tico deber&iacute;amos ser capaces de ofrecer algo m&aacute;s que intelectuales que le hablan a la sociedad mirando al Estado, esperando un cargo, un caf&eacute; o un gestito de idea. Al Estado argentino le esperan tareas ingratas, podr&aacute; prescindir de nuestras notas al pie por unos a&ntilde;os. <strong>Aprovechemos ese tiempo para recuperar la autonom&iacute;a del campo cultural, cierto grado de sana irresponsabilidad que nos permita pensar un poco m&aacute;s lejos de lo que pueden hacer un ministro o una partida presupuestaria. Compensemos nuestra irremediable falta de poder con la libertad del pensamiento. Generemos inteligencia colectiva, volumen societal para resistir o negociar. Esa es nuestra especialidad, nuestro aporte. </strong>Tarde o temprano el Estado necesitar&aacute; de eso para crear un nuevo lazo de pertenencia e identidad. Ya fueron demasiados a&ntilde;os de pensadores hablando como funcionarios: cr&iacute;ticos del pensamiento cr&iacute;tico, idealistas del realismo pol&iacute;tico. La evidente p&eacute;rdida de proyecci&oacute;n de la intelectualidad argentina en la regi&oacute;n nos indica que nadie necesita ese tipo de lumbrera. <strong>Pensemos un rato sin Estado, es el mejor servicio que podemos ofrecerle.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pensar_129_9094777.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Jun 2022 03:18:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Pensar sin Estado]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estado,Estado Societal]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mundo de sensaciones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mundo-sensaciones_129_9052813.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d09f94fe-c49d-4efb-a2b4-88c133406e0d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mundo de sensaciones"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un personaje de Julio Cortázar descubre y se obsesiona con los ajolotes, se transforma en uno de ellos y se ve a sí mismo del otro lado de la pecera. Alejandro Galiano toma el celebre cuento Axolotl para pensar el aquí y el ahora del mundo.</p></div><p class="article-text">
        En <em>Axolotl</em> Julio Cort&aacute;zar narra la historia en primera persona de un <em>flaneur</em> que, de paseo por el zool&oacute;gico de Par&iacute;s, descubre el acuario de los ajolotes y se obsesiona observ&aacute;ndolos. Hasta que, en una sedosa elipsis cortaziana, se transforma en uno de ellos y se ve a s&iacute; mismo del otro lado de la pecera, alej&aacute;ndose para siempre. El cuento fue interpretado como una respuesta al tema del doble en Borges, una revisi&oacute;n de las f&aacute;bulas de animales en Kafka, una met&aacute;fora de la soledad del propio Cort&aacute;zar. Hoy aqu&iacute;, humildemente, quisiera limitarme a usarlo para pensar en el mundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya es un lugar com&uacute;n de <a href="https://www.eldiarioar.com/politica/cincuenta-anos-planetaridad_129_9011362.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cierto pensamiento ecol&oacute;gico</a> contraponer el <em>mundo</em> (un invento humano, artificial, antropoc&eacute;ntrico) al <em>planeta</em>: la realidad subyacente, material, prehumana, la &laquo;Naturaleza&raquo;. Pero hubo un bi&oacute;logo maldito que encontr&oacute; mundos en la naturaleza: Jakob von Uexk&uuml;ll. <em>Mundolog&iacute;a</em>, el libro de Juan Manuel Heredia (Ed. Cactus, 2022) es una introducci&oacute;n amable y compleja al pensamiento de Uexk&uuml;ll que nos permite volver al acuario para pensar esos mundos.
    </p><p class="article-text">
        Jakob von Uexk&uuml;ll no era <em>flaneur</em> ni parisino: era un arist&oacute;crata estonio que luego de graduarse como zo&oacute;logo, fue a estudiar fisiolog&iacute;a a Alemania. Hasta que descubri&oacute; un acuario. En 1899 viaj&oacute; a la capital de Francia a estudiar unas <a href="https://youtu.be/LKlNZSnkvsg" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cronofotograf&iacute;as</a> de animales acu&aacute;ticos y se consagr&oacute; con un art&iacute;culo sobre los &oacute;rganos sensoriales de los erizos marinos. Esa gloria ser&iacute;a su perdici&oacute;n: crecientemente intrigado por la percepci&oacute;n animal, termin&oacute; enfrentado al paradigma mecanicista predominante en la biolog&iacute;a de su &eacute;poca y aislado de la comunidad cient&iacute;fica. La mirada del axolotl lo llev&oacute; al otro lado de la pecera.
    </p><p class="article-text">
        Pong&aacute;monos en contexto. La herida narcisista causada por el darwinismo tard&oacute; en cicatrizar. Poco despu&eacute;s de la muerte de Darwin en 1882, su teor&iacute;a de la evoluci&oacute;n entr&oacute; en un cono de sospechas del que saldr&iacute;a reci&eacute;n en la d&eacute;cada de 1930 con la constituci&oacute;n de la s&iacute;ntesis evolutiva moderna. Durante ese largo invierno del darwinismo volvieron al ruedo las viejas teor&iacute;as vitalistas, explicando la vida a partir de una fuerza inmaterial m&aacute;s o menos metaf&iacute;sica, mientras los evolucionistas se atrincheraron en un mecanicismo cuadrado que entend&iacute;a a los animales como un mero aparato de reflejos condicionados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En ese debate, Uexk&uuml;ll ocup&oacute; lo que Heredia llama una &laquo;tercera posici&oacute;n&raquo;. A diferencia de vitalistas y evolucionistas, a Uexk&uuml;ll no le interesaba discutir el origen de la vida, sino su funcionamiento. Pero se negaba a explicar ese funcionamiento en t&eacute;rminos mec&aacute;nicos. Para &eacute;l, la biolog&iacute;a &laquo;es la doctrina de la organizaci&oacute;n de los seres vivos&raquo; es decir, &laquo;la conexi&oacute;n entre varios elementos seg&uacute;n un plan unitario&raquo;. La vida no es azar, ni materia, ni energ&iacute;a, sino estructuras, reglas de significaci&oacute;n y relaciones inmateriales.
    </p><p class="article-text">
        Doctor en Filosof&iacute;a, Heredia explica la operaci&oacute;n de Uexk&uuml;ll como una &laquo;democratizaci&oacute;n del subjetivismo trascendental&raquo;: extender a los animales la condici&oacute;n de sujetos aut&oacute;nomos que Kant les atribuy&oacute; a los humanos: desempe&ntilde;o conforme a reglas, facultades perceptivas espec&iacute;ficas. Los animales de Uexk&uuml;ll no se adaptan a un medio hostil sino que construyen su propio &laquo;mundo circundante&raquo; a partir de su capacidad para significar a ese entorno. As&iacute;, sobre el mundo objetivo (el planeta) conviven los mundos subjetivos de cada especie. &laquo;Los ojos de los axolotl me dec&iacute;an de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Uexk&uuml;ll desarroll&oacute; su concepto de &laquo;mundo circundante&raquo; estudiando a medusas, pulpos y erizos marinos. De hecho, prefer&iacute;a los acuarios porque permit&iacute;an &laquo;reconstruir los mundos circundantes sin p&eacute;rdida de sus condiciones vitales&raquo;, a diferencia de los zool&oacute;gicos que hacen de los animales terrestres &laquo;fantasmas de s&iacute; mismos&raquo;. En 1925 cumpli&oacute; uno de sus sue&ntilde;os al ser convocado para reconstruir el Acuario del Zool&oacute;gico de Hamburgo, al que le ados&oacute; un laboratorio.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>La comunidad organizada</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Uexh&uuml;ll atacaba como fil&oacute;sofo y se defend&iacute;a como bi&oacute;logo.</strong> Cuando se arrimaba demasiado a las especulaciones metaf&iacute;sicas, se escudaba diciendo que lo suyo era solo una metodolog&iacute;a para estudiar el funcionamiento de los seres vivos. Pero mascullaba: &laquo;hemos de admitir que la misma vida podr&iacute;a muy bien ser un proceso metaf&iacute;sico&raquo;. En efecto, si la vida no se explica por materia o energ&iacute;a sino por un plan, una idea, una forma inmaterial, esa idea puede ser un factor de la naturaleza. Semejante vocaci&oacute;n plat&oacute;nica aisl&oacute; a Uexk&uuml;ll de la comunidad cient&iacute;fica pero lo puso en di&aacute;logo con los fil&oacute;sofos alemanes de los a&ntilde;os 30 (Scheler, Heidegger, Cassirer) y franceses de los 60 (Merleau-Ponty, Simondon y Deleuze, quien le di&oacute; a Uexk&uuml;ll el pasaporte intelectual para entrar al siglo XXI).
    </p><p class="article-text">
        La filosof&iacute;a y el siglo XX arrancaron a Uexk&uuml;ll del acuario y lo arrojaron al mundo, al &uacute;nico posible para su especie: la Revoluci&oacute;n rusa expropi&oacute; sus bienes en Estonia, la derrota b&eacute;lica exacerb&oacute; su nacionalismo alem&aacute;n (se nacionaliz&oacute; en 1918). Desde entonces, su lucha contra Darwin fue tambi&eacute;n una lucha contra el liberalismo anglosaj&oacute;n, el materialismo capitalista y el comunismo ateo. Adapt&oacute; su teor&iacute;a biol&oacute;gica como teor&iacute;a social y se integr&oacute; en la llamada &laquo;revoluci&oacute;n conservadora alemana&raquo;. Compart&iacute;a con ellos cierto romanticismo reaccionario pero no su racismo. Fue amablemente censurado por el III Reich y se exili&oacute; sin mucho ruido en Capri, donde muri&oacute; en 1944.
    </p><p class="article-text">
        Heredia, docente en la Universidad Pedag&oacute;gica Nacional, repasa la deriva pol&iacute;tica de Uexk&uuml;ll intentando asimilarla a su propio mundo circundante. A lo largo de todo el libro juguetea con la idea de un Uexk&uuml;ll peronista: &laquo;tercera posici&oacute;n&raquo;, &laquo;antigorila <em>avant la lettre</em>&raquo;, &laquo;donde hay una necesidad nace un mundo&raquo;. Y sintetiza a la sociedad y Estado uexk&uuml;llianos respectivamente como una &laquo;comunidad de trabajo&raquo; y &laquo;una instancia pol&iacute;tica de conducci&oacute;n y decisi&oacute;n soberana que m&aacute;s all&aacute; del parlamentarismo debe otorgar &ldquo;a los mundos circundantes una direcci&oacute;n com&uacute;n constante&rdquo; y &ldquo;una regla com&uacute;n de funcionamiento&rdquo; (...) darle &ldquo;al Estado lo que es del Estado; y al pueblo lo que es del pueblo&rdquo;&raquo;. En la biolog&iacute;a antidarwinista de Uexk&uuml;ll, as&iacute; como en su comunidad organizada, todo encaja org&aacute;nicamente, la flor tiene la forma de la abeja, no hay lugar para conflictos ni intereses. Hasta que aparezcan.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El choque de los mundos</strong>
    </p><p class="article-text">
        Uno de los mejores momentos de <em>Mundolog&iacute;a</em> es el breve cap&iacute;tulo sobre Uexk&uuml;ll y la cibern&eacute;tica. El punto de encuentro entre ambos es el concepto de &laquo;c&iacute;rculo funcional&raquo;, un sistema de retroalimentaci&oacute;n entre el sujeto y su entorno concebido por Uexk&uuml;ll en 1920, tres d&eacute;cadas antes que la publicaci&oacute;n de la <em>Cibern&eacute;tica</em> de Norbert Wiener. &laquo;Los animales de Uexk&uuml;ll&ndash;concluye Heredia&ndash;son como las m&aacute;quinas de Wiener; unos habitan un flujo de significaciones, las otras participan de un flujo de informaciones (...) los unos y las otras est&aacute;n enchufados a un proceso que los excede&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, Uexk&uuml;ll va m&aacute;s all&aacute;. La de Wiener es una cibern&eacute;tica 1.0, a&uacute;n fijada al tipo de retroalimentaci&oacute;n negativa que impide que un horno microondas se calcine: control, compensaci&oacute;n y equilibrio. El c&iacute;rculo funcional de Uexk&uuml;ll se adelanta a la cibern&eacute;tica 2.0, la retroalimentaci&oacute;n positiva que permite que un algoritmo aprenda: adici&oacute;n y ampliaci&oacute;n. El circuito funcional de un &laquo;animal superior&raquo; da lugar a un nuevo circuito funcional, un bucle dentro del bucle que lleva a la acci&oacute;n m&aacute;s all&aacute; del reflejo y el instinto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1924 Uexk&uuml;ll especul&oacute; con una m&aacute;quina perceptiva: &laquo;la percepci&oacute;n puede ser tambi&eacute;n un proceso mec&aacute;nico puro, y cabr&iacute;a imaginar m&aacute;quinas en que la funci&oacute;n perceptiva fuese realizada por la m&aacute;quina misma&raquo;. &iquest;Habr&iacute;a que atribuirle a esa m&aacute;quina la condici&oacute;n de animal superior, con su subjetividad, su intenci&oacute;n y su mundo circundante? Heredia no llega tan lejos; Uexk&uuml;ll menos. Hora de volver a la ficci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Jorge Carri&oacute;n es un escritor catal&aacute;n que, al igual que todos nosotros, est&aacute; lleno de opiniones. Pero algunas valen la pena. A principios de la pandemia, escribi&oacute; en el <a href="https://www.nytimes.com/es/2020/03/16/espanol/opinion/literatura-antropoceno.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">New York Times</a> que la literatura deb&iacute;a superar la centralidad humana. Un poco cumpliendo aquel programa, el a&ntilde;o pasado public&oacute; <em>Membrana </em>(Galaxia Gutenberg). Una novela que en otra &eacute;poca hubiera sido catalogada como &laquo;experimental&raquo;. Ambientada a principios del siglo XXII y narrada por la voz femenina y algo hier&aacute;tica (a veces tiene la sintaxis de Yoda) de una inteligencia artificial, <em>Membrana </em>se organiza como el cat&aacute;logo de un Museo del Siglo XXI. Sobre eso reconstruye la historia de la transferencia del conocimiento y la sensibilidad humanos a una IA conectada a una red vegetal: la membrana, suerte de nuevo mundo circundante que se expande hasta abortar cualquier otro mundo, reduciendo todo a 1. &laquo;Cuando la red de redes se convirti&oacute; en membrana de membranas y cuando el c&oacute;digo se volvi&oacute; el lenguaje definitivo empez&oacute; la tercera fase: el c&oacute;digocentrismo&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Este nuevo mundo circundante tambi&eacute;n naci&oacute; en un acuario: Karla Spinoza lo concibe al observar la fisiolog&iacute;a de un coral. &laquo;Los corales nos recuerdan o nos ense&ntilde;an que todas las redes son sociales. Los p&oacute;lipos o antozoos son al mismo tiempo solos y todos, conjuntos ellos: a la vez la planta y el animal, el individuo y la comunidad, el nodo de la red y la membrana, el uno y los todos (...) en la col&eacute;nquima, un tejido vivo, porque eso es el lenguaje y nosotras &eacute;ramos lenguaje pero todav&iacute;a no c&eacute;lula, pero todo tiene su doble y Karla Spinoza encontr&oacute; el del c&oacute;digo, la traducci&oacute;n definitiva&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Solo que aqu&iacute; nada encaja org&aacute;nicamente. Algunos humanos resisten y la membrana se propone exterminar a la especie. &laquo;Espiaban algo, un remoto se&ntilde;or&iacute;o aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo hab&iacute;a sido de los axolotl&raquo;. Finalmente, la membrana duda en su misi&oacute;n. El desenlace es ambiguo, quiz&aacute;s conciliador. Es solo ficci&oacute;n. Pero otros mundos pueden chocar: las ciudades se llenan de mascotas y plagas mientras las especies nativas se extinguen o se desplazan. Un choque que ni Uexk&uuml;ll ni Heredia pueden concebir.<strong> Una historia en la que la humanidad mir&aacute; a la nueva subjetividad alejarse al otro lado de la pecera.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mundo-sensaciones_129_9052813.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Jun 2022 16:02:18 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cincuenta años de Planetaridad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/cincuenta-anos-planetaridad_129_9011362.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/76ef3c99-bd3e-48f0-b66c-4e6de8822bca_16-9-discover-aspect-ratio_default_1048363.jpg" width="1010" height="568" alt="Salida de la tierra tomada desde la misión del Apolo a la Luna el 24 de diciembre de 1968."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En 1972, nació, como alternativa a la idea de globalización, la idea de planetaridad. Luego mutó -argumenta Alejandro Galiano- en algo así como la conciencia de habitar un planeta, de estar expuestos a fuerzas físicas naturales y artificiales que irrumpen por debajo del mundo humano que construimos.</p></div><p class="article-text">
        En 1666 el poeta ingl&eacute;s John Dryden us&oacute; la expresi&oacute;n latina <em>annus mirabilis </em>para referir a aquel a&ntilde;o cargado de eventos excepcionales: el incendio de Londres, la peste bub&oacute;nica, la guerra contra Holanda y (esto se sabr&iacute;a m&aacute;s adelante) los desarrollos cient&iacute;ficos de Isaac Newton. Desde entonces, los amantes de las fechas y las enumeraciones han buscado otros <em>anni mirabiles</em>: 1492, 1543, 1759, 1905&hellip; Los criterios son totalmente caprichosos e incluyen hechos positivos y negativos. Por eso result&oacute; ocioso el neologismo <em>annus horribilis </em>popularizado en los a&ntilde;os noventa por la reina Isabel II para referirse al pico de esc&aacute;ndalos familiares.
    </p><p class="article-text">
        1972 fue un <em>annus mirabilis</em>. Quien ojee los diarios y almanaques mundiales de la &eacute;poca, o consulte la entrada correspondiente en Wikipedia, solo encontrar&aacute; atentados terroristas, pruebas nucleares y el gobierno de Salvador Allende. Apenas el cl&iacute;max de la gran narrativa secular de estados, partidos y clases sociales, cuyo ocaso comenzar&iacute;a en 1979; otro <em>annus mirabilis</em>, por cierto: triunfo de Margaret Thatcher, revoluci&oacute;n iran&iacute;, visita de Juan Pablo II a Polonia, gira de Deng Xiaoping por Estados Unidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero, por debajo de ese canto del cisne del siglo XX, 1972 fue tambi&eacute;n el origen de una contranarrativa que llega hasta hoy. Una en la que somos m&aacute;s terr&iacute;colas que humanos, m&aacute;s una especie que una civilizaci&oacute;n. Podemos llamarla &laquo;planetariedad&raquo;. <strong>El t&eacute;rmino surgi&oacute; entre los estudios poscoloniales como alternativa a &laquo;globalizaci&oacute;n&raquo; pero mut&oacute; en algo as&iacute; como la conciencia de habitar un planeta, de estar expuestos a fuerzas f&iacute;sicas naturales y artificiales que irrumpen por debajo del mundo humano que construimos. </strong>Por supuesto que esa conciencia no naci&oacute; s&uacute;bitamente en 1972. Solo que en ese a&ntilde;o se produjeron una serie de hitos que le dieron la forma y visibilidad con las que hoy la conocemos. Lo que sigue no es m&aacute;s que la enumeraci&oacute;n de esos hechos que, hace cincuenta a&ntilde;os, hicieron nacer silenciosamente a este siglo que nos toca.
    </p><p class="article-text">
        <strong>La Tierra vista desde afuera</strong>
    </p><p class="article-text">
        El t&eacute;rmino &laquo;La Tierra&raquo; nos conecta casi inevitablemente con la imagen de una bola marmolada azul, verde y blanca flotando en la oscuridad. Esa imagen, m&aacute;s o menos estilizada, es <em>the blue marble</em>, &laquo;la bolita azul&raquo;, una foto sacada el 3 de diciembre de 1972 desde el <em>Apolo 17</em> por Harrison Schmidt, el primer ge&oacute;logo en participar de una misi&oacute;n espacial. Ese a&ntilde;o fue el <em>summit</em> de la carrera espacial: a las dos misiones norteamericanas (<em>Apolo 16</em> y <em>17</em>) se le sumaron la sovi&eacute;tica <em>Luna 20</em> y el lanzamiento de la sonda <em>Pioneer 10</em>, primer objeto humano en salir del sistema solar, que llevaba la <a href="https://cdn.mos.cms.futurecdn.net/hrSAQPtJV8S5BseAh8XohV.jpg" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">placa</a> dise&ntilde;ada por Carl Sagan como mensaje para una posible vida extraterrestre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero aquello fue el adi&oacute;s. <em>Apolo 17</em> fue la &uacute;ltima misi&oacute;n hasta la fecha en transportar seres humanos a la Luna. Ese mismo a&ntilde;o Estados Unidos dio por finalizado el programa <em>Apolo</em> y lo reemplaz&oacute; por el m&aacute;s modesto <em>Transbordador espacial</em>. La URSS har&iacute;a otro tanto con el programa <em>Luna</em> en 1976. El esp&iacute;ritu explorador de la Humanidad debi&oacute; conformarse con aventuras m&aacute;s modestas, como la <em>Rep&uacute;blica de Minerva</em>, el enclave libertario fundado en el Pac&iacute;fico Sur por la <em>Phoenix Foundation</em> en enero de 1972 e inmediatamente anexado y desarmado por el reino de Tonga. A&uacute;n as&iacute;, los astros siguieron afect&aacute;ndonos, y de formas m&aacute;s verificables que la astrolog&iacute;a: en agosto del 72 se produjo una tormenta solar cuya fuerza electromagn&eacute;tica desconect&oacute; las comunicaciones telef&oacute;nicas de larga distancia del estado de Illinois y deton&oacute; las minas submarinas que el Ej&eacute;rcito norteamericano, ya en plan de retirada, hab&iacute;a instalado en las costa norte de Vietnam.
    </p><p class="article-text">
        Ver a la Tierra desde afuera fue un hito en nuestra conciencia planetaria. Pero conviene no exagerar sus efectos disruptivos. Harrison Schmidt, el ge&oacute;logo que fotografi&oacute; al planeta entero, al volver a su planeta hizo carrera como legislador republicano negando el cambio clim&aacute;tico. <strong>Viajar al espacio no nos har&aacute; m&aacute;s sabios que ver al planeta al ras del suelo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>La Tierra vista desde adentro</strong>
    </p><p class="article-text">
        En marzo de 1972 se public&oacute; <em>Los l&iacute;mites del crecimiento</em>, versi&oacute;n en libro del llamado &laquo;Informe Meadows&raquo; del a&ntilde;o anterior. A fines de los a&ntilde;os sesenta un grupo de pol&iacute;ticos y cient&iacute;ficos de una treintena de pa&iacute;ses se reunieron en el Club de Roma para discutir los cambios que el crecimiento econ&oacute;mico estaba causando al ambiente. A tal fin, encargaron al MIT un informe que qued&oacute; a cargo del <em>System Dynamics Group</em>, dirigido por Donella Meadows. El grupo desarroll&oacute; el programa de simulaci&oacute;n inform&aacute;tica <em>World3</em> para correlacionar variables demogr&aacute;ficas, ambientales y energ&eacute;ticas, entre otras, en una proyecci&oacute;n a 50 a&ntilde;os. Las conclusiones eran lapidarias: &laquo;si se mantiene el incremento de la poblaci&oacute;n mundial, la contaminaci&oacute;n, la industrializaci&oacute;n, la explotaci&oacute;n de los medios naturales y la producci&oacute;n de alimentos, sin ninguna clase de variaci&oacute;n, es probable que se llegue al l&iacute;mite total de crecimiento en la tierra, por lo menos durante el pr&oacute;ximo siglo&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El impacto pol&iacute;tico fue inmediato. En junio de ese a&ntilde;o la ONU convoc&oacute; a la &laquo;Conferencia sobre el Medio Ambiente Humano&raquo; en Estocolmo. Ese mismo mes, Sicco Mansholt, comisario de Agricultura de la Comisi&oacute;n Europea, envi&oacute; una carta al presidente de la Comisi&oacute;n proponiendo &laquo;crecimiento cero&raquo;. El debate alrededor de la carta de Mansholt motiv&oacute; un n&uacute;mero especial de la revista <em>Le Nouvel Observateur</em> en donde Andr&eacute; Gorz propuso crecimiento negativo o &laquo;decrecimiento&raquo;, un concepto que ya hab&iacute;a empleado Nicholas Georgescu-Roegen en su libro de 1971 <em>La ley de la entrop&iacute;a y el proceso econ&oacute;mico</em>.
    </p><p class="article-text">
        Desde su exilio madrile&ntilde;o, <strong>Juan Per&oacute;n tambi&eacute;n quiso opinar sobre los l&iacute;mites del crecimiento y en febrero del 72 anticip&oacute; el concepto de Antropoceno</strong>: &laquo;El ser humano ya no puede ser concebido independientemente del medio ambiente que &eacute;l mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biol&oacute;gica, y si contin&uacute;a destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, s&oacute;lo puede esperar verdaderas cat&aacute;strofes sociales para las pr&oacute;ximas d&eacute;cadas. La humanidad est&aacute; cambiando las condiciones de vida con tal rapidez que no llega a adaptarse a las nuevas condiciones. Su acci&oacute;n va m&aacute;s r&aacute;pido que su captaci&oacute;n de la realidad&raquo;. A un a&ntilde;o de la crisis del petr&oacute;leo, el informe Meadows hab&iacute;a detonado una conciencia compartida de vivir en un planeta con recursos finitos y decrecientes. Un shock malthusiano. La revoluci&oacute;n neoliberal de los a&ntilde;os ochenta se dedicar&iacute;a a bombardear a esa conciencia con argumentos tan exitosos que hoy fueron adoptados incluso por sectores autoproclamados progresistas o anti neoliberales.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; del shock malthusiano, la conciencia planetaria de 1972 inspir&oacute; otras versiones, m&aacute;s especulativas, de la Tierra vista desde adentro. Ese a&ntilde;o se publicaron <em>Los &aacute;rboles tienen derechos</em>, el libro de Christopher Stone que propone tratar al ambiente como una persona jur&iacute;dica, premisa de la futura ecolog&iacute;a profunda; y <em>Gaia as seen through the atmosphere</em>, el art&iacute;culo en el que <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/persona-interes_129_8397164.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">James Lovelock</a> present&oacute; su hip&oacute;tesis de la Tierra como un sistema cibern&eacute;tico que hace posible la vida. El cine tambi&eacute;n se hizo cargo de la planetariedad: en 1972 se estrenaron <em>Deliverance</em>, de John Boorman y <em>Aguirre, der Zorn Gottes</em>, de Werner Herzog, dos pel&iacute;culas que ponen a prueba la tenue racionalidad humana en un entorno natural desmesurado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;a algo en el aire, un detalle infinito. U otra cosa. En diciembre del 72 se produjo un brote de gripe A en Londres, que lleg&oacute; a California y caus&oacute; m&aacute;s de mil muertes. Quiz&aacute;s fue un rezago de la pandemia de 1968; quiz&aacute;s un anticipo de la de 1977 (aunque &eacute;sta se sospecha que fue un <em>lab leak</em> sovi&eacute;tico). No volvi&oacute; a haber alarmas hasta 1997 en Hong Kong. El resto es historia conocida: SARS-CoV 1 en 2002, MERS-CoV en 2012, SARS-CoV 2 en 2019. Las pestes, al igual que los censos, nos recuerdan que somos una poblaci&oacute;n sobre un espacio, mal que le pese al ego instagramero.
    </p><p class="article-text">
        <strong>A veces la Historia cambia en silencio, sin grandes guerras ni revoluciones ni ca&iacute;das de imperios.</strong> Hace exactamente cincuenta a&ntilde;os comenzaba un nuevo siglo, no importa tanto su n&uacute;mero como su lugar: la Tierra. Hay individuos, naciones y clases sociales, pero todo eso est&aacute; apoyado sobre un solo planeta, un entorno material, anterior y externo al lenguaje y a la cultura aunque completamente vulnerable a los asuntos humanos. Lo que hagamos con &eacute;l depender&aacute; de c&oacute;mo articulemos a esos individuos, naciones y clases sociales. Pero no dejemos que las cuestiones particulares eclipsen al problema global, ni nos hagamos los desentendidos. Porque hace cincuenta a&ntilde;os pudimos ver a la Tierra desde afuera y desde adentro, y perdimos para siempre la inocencia respecto al planeta que ocupamos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/cincuenta-anos-planetaridad_129_9011362.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 May 2022 04:39:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cincuenta años de Planetaridad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Globalización,Planetaridad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los duelistas de dos siglos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/duelistas-siglos_129_8974769.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dbbd4f4a-57a4-48a6-9114-08bd0976414c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="David Ricardo y Thomas Malthus"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">David Ricardo y Thomas Malthus pensaron el capitalismo de manera muy distinta. De esa diferencia nacieron ideas relevantes que ayudan a pensar tiempos -como el actual- de guerra, escasez y aceleración.</p></div><p class="article-text">
        D&eacute;jenme imaginar un funeral del siglo XIX. La silueta enlutada de los asistentes se recorta sobre el prado verde, junto a la iglesia de piedra. El cielo est&aacute; ah&iacute; nom&aacute;s, recargado de grises. El viento sopla tranquilo entre los alisos. Un cuervo solitario grazna solo para completar el clis&eacute;. Bajo tierra hay un economista, David Ricardo; quien toma la palabra es otro, Thomas Malthus: &laquo;Nunca quise tanto a nadie fuera de mi familia&mdash;dice, intentando controlar la tartamudez&mdash;Nuestro intercambio de opiniones era tan desinteresado. Ambos busc&aacute;bamos la verdad y nada m&aacute;s que la verdad. No puedo dejar de pensar que, si hubi&eacute;ramos tenido m&aacute;s tiempo, tarde o temprano nos hubi&eacute;ramos puesto de acuerdo&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        No, nunca se hubieran puesto de acuerdo. Arrastraban historias de vida diferentes, razonaban de manera diferente, entend&iacute;an al capitalismo de manera diferente. Como los duelistas de Ridley Scott, Malthus y Ricardo cruzaron las guerras napole&oacute;nicas peleando del mismo lado a la vez que combatiendo entre s&iacute;. <strong>De ese duelo sali&oacute; una bater&iacute;a de ideas y actitudes que quiz&aacute;s a&uacute;n nos sirvan en este tiempo de guerra, escasez y aceleraci&oacute;n.</strong>
    </p><h3 class="article-text"><strong>El enemigo del pueblo</strong></h3><p class="article-text">
        El siglo XIX se ve bien s&oacute;lo de atr&aacute;s para adelante. En 1805, entre las guerras de Bonaparte, la reacci&oacute;n pol&iacute;tica y la pauperizaci&oacute;n obrera, los europeos pod&iacute;an sentir que los viejos buenos tiempos hab&iacute;an quedado muy atr&aacute;s. El siglo XVIII hab&iacute;a sido excelente: Europa redujo su mortalidad, aument&oacute; su producci&oacute;n y expandi&oacute; su comercio y colonias por todo el mundo. La vida de las personas mejor&oacute; gracias a innovaciones como las vacunas, la estufa a gas, la dentadura postiza o el sacacorchos. Ese optimismo empap&oacute; la obra de William Godwin, un iluminista que consideraba que los hombres pod&iacute;an vivir felices sin gobierno ni propiedad privada. Su esposa, Mary Wollstonecraft, incluy&oacute; a las mujeres en ese progreso. Pero su hija Mary sinti&oacute; el temblor del nuevo siglo y escribi&oacute; <em>Frankenstein</em>.
    </p><p class="article-text">
        En la casa de los Malthus tambi&eacute;n hubo una grieta generacional. Daniel Malthus era un propietario de tierras con menos plata que cultura que ley&oacute; a Godwin y quiso compartir la buena nueva con toda la familia. En la otra punta de la mesa, Thomas, su hijo, lo miraba torvamente: era el segundo (quedaba fuera de la herencia) y hab&iacute;a nacido tartamudo (quedaba fuera de las carreras militar y judicial). No ten&iacute;a nada que festejar, as&iacute; que destruy&oacute; a su padre con argumentos. Progresista hasta el final, Daniel estimul&oacute; a su hijo a que los escribiera y publicara.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La hip&oacute;tesis de Malthus era que mientras la producci&oacute;n aumentaba aritm&eacute;ticamente (1, 2, 3, 4&hellip;), la poblaci&oacute;n lo hac&iacute;a geom&eacute;tricamente (2, 4, 8, 16&hellip;). El colapso era inevitable. Sus esperanzas eran peores que sus temores: &laquo;Los vicios de la humanidad son agentes de despoblaci&oacute;n. Son los precursores de la guerra. Si esta fracasa en el exterminio, las epidemias avanzan y aniquilan a decenas de miles. Si el &eacute;xito sigue incompleto, una hambruna inevitable da el golpe de gracia y nivela a la poblaci&oacute;n con los alimentos del mundo&raquo;. Comprensiblemente, la primera edici&oacute;n del <em>Ensayo sobre la poblaci&oacute;n</em> fue an&oacute;nima. Pero fue un &eacute;xito y Malthus la reedit&oacute; dos veces, agregando datos nuevos y alguna f&oacute;rmula matem&aacute;tica a sus conclusiones concebidas de antemano. Ya era un aut&eacute;ntico economista.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>La gran apuesta</strong></h3><p class="article-text">
        Las guerras hab&iacute;an distorsionado la econom&iacute;a. El precio del grano aument&oacute; y con &eacute;l, todos los precios. La industria y el comercio se estancaron: Bonaparte bloque&oacute; el continente y Gran Breta&ntilde;a se qued&oacute; sin mercado para sus manufacturas. En un manotazo desesperado, los brit&aacute;nicos intentaron invadir la insignificante ciudad de Buenos Aires. No pudieron. Para 1812 la guerra segu&iacute;a pero la producci&oacute;n agr&iacute;cola comenzaba a recuperarse y los precios a bajar. Los terratenientes brit&aacute;nicos controlaban el Parlamento e impusieron un arancel que mantuviera los precios altos. En las ciudades, patrones y trabajadores protestaron contra la medida. Malthus decidi&oacute; participar del debate. Se&ntilde;al&oacute; que la industria est&aacute; condenada a estancarse porque produce de m&aacute;s: la productividad aumenta sin cesar, s&iacute;, pero &iquest;qui&eacute;n va a comprar esos bienes? Los trabajadores ganaban una miseria y los capitalistas reinvert&iacute;an todas sus ganancias (y as&iacute; aumentaban a&uacute;n m&aacute;s la producci&oacute;n). Solo la aristocracia terrateniente pod&iacute;a consumir m&aacute;s de lo que produc&iacute;a. De manera que los aranceles agr&iacute;colas estaban muy bien: manten&iacute;an la riqueza de la clase importante, los terratenientes, y limitaban el crecimiento de la industria excesiva. Y, qui&eacute;n sabe, quiz&aacute;s encarecer el pan tambi&eacute;n contribu&iacute;a a reducir la poblaci&oacute;n. <strong>Nadie iba a acusar a Malthus de progresista.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Es entonces cuando interviene David Ricardo. Otro hijo rebelde. Miembro de una familia sefardita dedicada a las finanzas, David se enamor&oacute; de una cu&aacute;quera y anunci&oacute; su casamiento. Su madre le quit&oacute; la palabra, su padre lo deshered&oacute;. Pero David no era Kafka ni Freud: consigui&oacute; financistas y se dedic&oacute; a invertir en la Bolsa de Londres. A los 30 a&ntilde;os era rico y se retir&oacute; al campo con Priscila, su esposa cu&aacute;quera. All&iacute; se aboc&oacute; al estudio y la pol&iacute;tica. Ley&oacute; a Adam Smith, comenz&oacute; a colaborar en un diario financiero y entr&oacute; en contacto con Malthus. Y empez&oacute; el duelo. A la idea de sobreproducci&oacute;n industrial, Ricardo le respondi&oacute; con la ley de Say: la oferta crea su propia demanda, el capitalista consume en el acto de invertir y emplea a gente que tambi&eacute;n consume. Cualquier sobreoferta es temporaria hasta que los capitales se acomoden. Por otro lado, critic&oacute; los aranceles agr&iacute;colas porque beneficiaban al campo, que era ineficiente, por sobre la industria, que era eficiente. En la medida en que los cultivos se expanden sobre las tierras menos f&eacute;rtiles, la productividad rural cae y los precios agr&iacute;colas suben, subiendo los costos de la vida obrera y de la producci&oacute;n industrial. Ese beneficio rural no es una ganancia fruto de una inversi&oacute;n, sino una renta fruto de una distorsi&oacute;n. Es injusta y reaccionaria.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para Ricardo, la soluci&oacute;n era abrir el comercio y que cada pa&iacute;s se dedicara a lo que mejor hac&iacute;a. La ventaja de Gran Breta&ntilde;a era la industria, otros sabr&aacute;n cultivar la tierra. Mientras tanto, muy lejos de all&iacute;, Buenos Aires perd&iacute;a al Alto Per&uacute; y toda su riqueza argent&iacute;fera. El fisi&oacute;crata Manuel Belgrano propuso dedicar las tierras al agro. Nadie lo tom&oacute; en serio. La de Ricardo, como la de Belgrano, era una gran apuesta: cuando el sistema se estanca hay que escapar hacia adelante antes que adaptarse a la decadencia. El siglo les dar&iacute;a la raz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Animado por sus amigos, Ricardo expuso sus ideas en <em>Principios de econom&iacute;a y tributaci&oacute;n</em>. Un libro que sent&oacute; las bases del estilo literario econ&oacute;mico: abstracto, seco, tan carente de gracia que<em> </em>ten&iacute;a que tener raz&oacute;n. <strong>Ricardo no public&oacute; nada m&aacute;s: escribi&oacute; cartas, discursos parlamentarios y unas anotaciones que hizo criticando p&aacute;rrafo por p&aacute;rrafo un libro de Malthus. </strong>&laquo;S&oacute;lo ten&iacute;a unas pocas palabras m&aacute;s que decir sobre el tema del valor, y lo he hecho&ndash;escribi&oacute; en su &uacute;ltima carta en 1823&ndash;Y ahora, mi querido Malthus, despu&eacute;s de mucha discusi&oacute;n, cada uno retendr&aacute; sus propias opiniones. Esto no afecta nuestra amistad. No podr&iacute;a agradarme m&aacute;s si estuviera de acuerdo conmigo. Le ruego que transmita a la se&ntilde;ora Malthus los saludos de la se&ntilde;ora Ricardo y m&iacute;os. Atentamente, David&raquo;. Muri&oacute; dos semanas despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        No pod&iacute;an ser m&aacute;s distintos. Malthus era un hombre rural, intuitivo y reaccionario hasta bordear el nihilismo. Su <em>Ensayo</em> teje argumentos alrededor del sentido com&uacute;n agrario: no hay tierra para todos. Ricardo era un burgu&eacute;s liberal, sin alcurnia pero con <em>city</em>, m&aacute;s seguro de su inteligencia que de su ilustraci&oacute;n. Sus <em>Principios</em> no tienen un solo rasgo erudito o literario, apenas un modelo te&oacute;rico que busca mejorar al capitalismo con m&aacute;s capitalismo, aunque eso lo enfrentara a las propias clases altas. Lleg&oacute; a justificar a los luditas: las m&aacute;quinas en efecto perjudican al trabajador, pero a mediano plazo&ndash;acot&oacute;&ndash;generan riqueza para todos. Malthus estudiaba el origen y cantidad de la riqueza; Ricardo, su distribuci&oacute;n.<strong> Malthus defend&iacute;a a una clase; Ricardo a un sistema.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El capitalismo finalmente despeg&oacute; y Ricardo fue admirado durante medio siglo, incluyendo a fans rom&aacute;nticos como Karl Marx o Thomas De Quincey. Darwin, en cambio, se mantuvo leal a Malthus. Pero para 1871 los economistas se cansaron de discutir el valor, la renta y la mar en coche, y se volcaron a estudiar las decisiones individuales y la utilidad marginal. Nac&iacute;a la econom&iacute;a moderna. Malthus, Ricardo y Smith pasaron a ser &laquo;cl&aacute;sicos&raquo;. El siglo XX les dio una nueva oportunidad: Keynes y Emma Goldman reivindicaron a Malthus; Sraffa y el marxismo acad&eacute;mico, a Ricardo. Un joven Ernesto Laclau us&oacute; el concepto de &laquo;renta diferencial&raquo; para explicar el auge y ca&iacute;da del granero del mundo argentino.
    </p><p class="article-text">
        En medio de la crisis clim&aacute;tica y las guerras por recursos naturales escasos, hoy es una tentaci&oacute;n volver a Malthus y planchar a la humanidad. Por su parte, el liberalismo de Ricardo quiz&aacute;s suene obsoleto y antip&aacute;tico en la Argentina del Papa pero nos advierte que un emprendedor puede tornarse un rentista y nos disuade de adaptarnos a la decadencia. <strong>El duelo sigue: nosotros tampoco vamos a ponernos de acuerdo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>CC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/duelistas-siglos_129_8974769.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 May 2022 03:02:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Arte,capitalismo,ideas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El planeta se quema, el país se estanca y esta democracia ya no sirve]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/planeta-quema-pais-estanca-democracia-no-sirve_129_8936055.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6472450f-57d5-469f-a02b-9e770e7c50fa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El planeta se quema, el país se estanca y esta democracia ya no sirve"></p><p class="article-text">
        Est&aacute; todo mal pero todav&iacute;a podemos solucionarlo. El pa&iacute;s est&aacute; estrangulado entre la deuda, el d&eacute;ficit, la pobreza y la par&aacute;lisis de una dirigencia mancada por la polarizaci&oacute;n y el instinto de supervivencia, pero todav&iacute;a puede desarrollar nuevos sectores exportadores y con esa renta lubricar un saneamiento del sector p&uacute;blico. El mundo est&aacute; quebrado por una nueva reconversi&oacute;n del capitalismo, con sus rebotes sociales y geopol&iacute;ticos, pero todav&iacute;a puede ordenar al capital en un nuevo modo de regulaci&oacute;n y sobre ese orden cerrar nuevos acuerdos entre personas y naciones. El planeta est&aacute; quemado por el agotamiento de los recursos naturales y sus efectos clim&aacute;ticos pero todav&iacute;a podemos emplear nuestra capacidad tecnol&oacute;gica para hacer m&aacute;s eficiente nuestro uso de recursos y gestionar una regeneraci&oacute;n de zonas verdes. Podemos hacer todo eso pero no lo vamos a hacer porque no queremos. Porque somos libres y ser libres es hacer lo que queremos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se gobierna a gente as&iacute; de libre? Con democracia, obviamente. Sin embargo, <strong>este momento de intensa libertad humana no luce como el mejor de la democracia.</strong> &laquo;Democracia&raquo; es m&aacute;s que una palabra: es un concepto. Las palabras tienen significados m&aacute;s o menos estables, los conceptos tienen sentidos m&uacute;ltiples, cambiantes y conflictivos. Las palabras pueden definirse, los conceptos deben historiarse. Hubo una democracia que debimos olvidar, otra que logramos instaurar, otra que es la que realmente tenemos y quiz&aacute;s otra distinta que necesitemos en el futuro.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Historia de la democracia</strong></h3><p class="article-text">
        &ldquo;Atenas fue la cuna de la Democracia&rdquo;. La democracia ateniense fue una experiencia fugaz y contingente, un compromiso conflictivo e inestable entre la aristocracia, los campesinos y la plebe urbana, que exclu&iacute;a a mujeres y esclavos, que carec&iacute;a de un sistema filos&oacute;fico igualitario, y que, luego de extinguirse, qued&oacute; sepultada durante dos mil a&ntilde;os. &iquest;C&oacute;mo puede ser que el t&eacute;rmino haya sobrevivido con tanta fuerza y prestigio? &laquo;La supervivencia de la democracia como palabra&ndash;dice el polit&oacute;logo cantabrigense John Dunn en <em>Setting the People Free: The Story of Democracy</em>&ndash;, su entrada del griego antiguo a una amplia gama de lenguas modernas, se origina m&aacute;s en su utilidad para organizar el pensamiento, facilitar la discusi&oacute;n y formar el juicio, que en su capacidad de despertar entusiasmo&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En efecto, a lo largo del siglo XVIII el t&eacute;rmino &laquo;democracia&raquo; resucit&oacute; para nombrar a experimentos te&oacute;ricos de todos los colores. Luego de la Revoluci&oacute;n francesa fue el cuco del liberalismo decimon&oacute;nico: nada amenaza tanto a la libertad individual como dejar la suerte de cada uno en manos de la mayor&iacute;a. Por su parte, los dem&oacute;cratas de la &eacute;poca no dejaban de oponer su ideal de igualdad al &laquo;orden ego&iacute;sta&raquo; de la sociedad liberal. Sin embargo, sigue Dunn, la igualdad ilimitada es una idea demasiado conflictiva para fundar una sociedad: &laquo;apela a muy pocas emociones humanas por demasiado poco tiempo, y se hunde&raquo;. En cambio, &laquo;la tranquilidad, el confort, la diversi&oacute;n y sobre todo la seguridad, atraen a demasiados con demasiada fuerza por demasiado tiempo&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El triunfo de la democracia fue su asimilaci&oacute;n al &laquo;orden ego&iacute;sta&raquo;. Para fines del siglo XIX democracia y liberalismo comenzaron a converger. La representaci&oacute;n resolvi&oacute; el problema de la participaci&oacute;n pol&iacute;tica. John Stuart Mill propuso ampliar el sufragio sobre la idea de que solo se aprende a votar votando. La democracia no puede esperar <em>tener</em> un pueblo educado pol&iacute;ticamente, ella debe <em>fabricar</em> a su propio pueblo. Los norteamericanos demostraron que el sufragio ampliado y el capitalismo puro eran compatibles. Y llamaron retrospectivamente &laquo;democracia&raquo; a eso.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>Ciudadanos del deseo</strong></h3><p class="article-text">
        A la salida de la Segunda Guerra Mundial, el concepto &laquo;democracia liberal&raquo; ya no sonaba contradictorio, y luego de la Guerra Fr&iacute;a no parec&iacute;a haber otra alternativa. Los mejores a&ntilde;os de la democracia liberal coincidieron con los del capitalismo neoliberal. En esos a&ntilde;os, la democracia sigui&oacute; fabricando a su propio pueblo. Pero ya no se trataba de un ciudadano burgu&eacute;s, trabajador, austero y pacato mirando televisi&oacute;n en pantuflas un domingo a la tarde. No, el sujeto de la democracia neoliberal es deseante, pobre, violento, fr&aacute;gil, intenso y aburrido, in&uacute;til e hiperactivo, individualista y tribal, egoc&eacute;ntrico y en deconstrucci&oacute;n, constantemente cr&iacute;tico y esencialmente pelotudo. Un ser saturado de informaci&oacute;n que apenas puede procesar y compelido a opinar de lo que sea; sobreestimulado a exhibir cada consumo o rasgo trivial de su personalidad como evidencia de sus convicciones m&aacute;s profundas: ducharse dos veces seguidas es <em>incre&iacute;blemente liberal</em>; <strong>a ese policial sueco </strong><em><strong>le falt&oacute; peronismo</strong></em><strong>.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Ese es el tipo de humano que la democracia neoliberal forj&oacute;, por inter&eacute;s, necesidad o casualidad. &iquest;C&oacute;mo decirle que hay que emitir menos carbono? &iquest;C&oacute;mo pedirle que pague la boleta de luz completa? &iquest;C&oacute;mo hacerle entender que no puede hacer lo que quiere? Todos quieren, quieren y quieren, mientras tanto las corporaciones disponen de medios sin precedentes para monitorear y reconducir esos deseos. Si estos sujetos pudieron ser gobernados hasta ahora fue en gran medida por lo que Benjamin Bratton llama el modelo avatar de representaci&oacute;n: &laquo;Funciona as&iacute;: primero, designa un mal que perjudica o da&ntilde;a a la gente, y luego imagina lo contrario de lo malo para convertirlo en lo bueno y que todo el mundo se identifique con ello. A continuaci&oacute;n, encuentra avatares humanos que lo personifiquen&raquo;. Un teatro pol&iacute;tico destinado a transformar problemas en culpas, culpas en personas y personas en enemigos. El Covid era culpa de los chetos ego&iacute;stas, los chetos ego&iacute;stas son el surfista, la pol&iacute;tica m&aacute;s dura contra el surfista ser&aacute; la m&aacute;s efectiva contra el Covid. Y todos felices hasta el siguiente problema.&nbsp;	Obviamente, la democracia no es solo <em>eso</em>. Pero en la medida en que haya m&aacute;s problemas sin resolver, ser&aacute; cada vez m&aacute;s <em>eso</em>. &iquest;Cu&aacute;nto hace que una cuesti&oacute;n no se resuelve claramente? &iquest;Cu&aacute;nto hace que no vemos un titular de <em>War is Over</em>? &iquest;Cu&aacute;ndo terminaron la crisis de 2008, o el Estado Isl&aacute;mico, o la pandemia? <strong>Esas frustraciones alimentan al ciudadano deseante que necesita un culpable, una excusa, un </strong><em><strong>like</strong></em><strong>, y siempre va a haber alguien para d&aacute;rselos. </strong>Pero el planeta se quema, el pa&iacute;s se estanca y esta democracia ya no sirve. Decirlo en medio del momento crecientemente autoritario que nos envuelve puede ser contraproducente. Ante esa amenaza, es inevitable asustarse y salir a defender los jirones de <em>la</em> democracia. Pero esos <em>proud boys</em>, esas manadas y esos negacionistas son la expresi&oacute;n acabada del ciudadano deseante que no admite no hacer lo que quiere. No por nada, <strong>los autoritarismos modernos no se molestan en teorizar </strong><em><strong>contra</strong></em><strong> la democracia, incluso parasitan sus ruinas.</strong> Ya no se concibe mejor expresi&oacute;n de la libertad que difamar, agredir, discriminar y reprimir a los dem&aacute;s. El d&iacute;a que los problemas sin resolver lleguen al techo, la democracia deseante ser&aacute; el puente al peor autoritarismo: el autoritarismo de todos.
    </p><p class="article-text">
        No faltar&aacute; quien proponga curar estos males con un remedio de la abuela: un gobierno paternal, contenedor y autoritario que organice a la comunidad. Pero ese remedio venci&oacute; en 1968. Fue quiz&aacute;s m&aacute;s digna la muerte de Get&uacute;lio Vargas, suicidado de un disparo en su despacho presidencial, que la de Nasser, De Gaulle o Per&oacute;n, llorados por un pueblo que ya no les daba bola. Los &eacute;mulos de aquel paternalismo en el siglo XXI no han podido ofrecer mucho m&aacute;s que pol&iacute;tica de avatar, con mejores o peores saldos exportadores. En la tragedia actual, Ant&iacute;gona somete a Creonte.
    </p><p class="article-text">
        Desde este solitario rinc&oacute;n, prefiero recordar que ninguna democracia fue plenamente libre e igualitaria. Desde Atenas a Virginia, y de ah&iacute; a Plaza de Mayo, todas debieron decidir cu&aacute;les &aacute;mbitos democratizar y cu&aacute;les no. Todas supeditaron su dise&ntilde;o democr&aacute;tico a un plan superior (la preservaci&oacute;n de la polis, el desarrollo del capitalismo). Y todas debieron producir a su propio pueblo: hoplita virtuoso, ciudadano burgu&eacute;s, sujeto deseante. La doble crisis local y global nos impone un plan general, habr&aacute; que pensar qu&eacute; &aacute;mbitos democratizar y qu&eacute; pueblo producir. Hace 30 a&ntilde;os, con la web reci&eacute;n nacida, Ravetz y Funtowicz se preguntaban &laquo;c&oacute;mo una nueva generaci&oacute;n que se ha visto inmersa en la hiperrealidad podr&aacute; a&uacute;n ser capaz de manejar el nivel de destreza que se requiere para operar esta subestructura tecnol&oacute;gica especial&raquo;. Somos esa generaci&oacute;n y necesitamos esa subestructura m&aacute;s que nunca. <strong>Si todav&iacute;a tenemos alguna esperanza en la democracia como concepto y no como reliquia, debemos inventar una que sirva.</strong>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/planeta-quema-pais-estanca-democracia-no-sirve_129_8936055.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 Apr 2022 03:49:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El planeta se quema, el país se estanca y esta democracia ya no sirve]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Democracia,nuevas derechas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fuga al siglo XIX]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/fuga-siglo-xix_129_8904966.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d9c86594-9624-424a-aa68-7049afe297bd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fuga al siglo XIX"></p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;ndo empieza realmente un siglo? Hasta hace poco, <strong>la inagotable falta de imaginaci&oacute;n period&iacute;stica aprovechaba cada acontecimiento, desde la guerra de Irak hasta el cierre de Liberarte, para despedir al siglo XX</strong>. La pandemia pudo ser una oportunidad para cerrar esa larga despedida y ver al nuevo siglo de frente. Pero la incertidumbre mundial y la radicalizaci&oacute;n pol&iacute;tica llevaron a varios comentaristas a comparar a nuestra &eacute;poca con el periodo de entreguerras. As&iacute; pasamos de despedir al siglo XX a reiniciarlo. Como en <em>Ubik</em>, la novela de Philip K. Dick, <strong>la descomposici&oacute;n del presente nos desplaza hacia el pasado.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Las comparaciones hist&oacute;ricas son enga&ntilde;osas. Cualquier analog&iacute;a habla m&aacute;s de nuestras fantas&iacute;as que de la &eacute;poca que pretende describir. Los devotos de la autenticidad siempre preferir&aacute;n al siglo XX: la era de la ideolog&iacute;as fuertes, del Ford y la Kalashnikov, de los estados musculosos y las masas en las plazas, de los obreros de overol y bigote fumando 43/70. Pero tambi&eacute;n fue en gran medida un siglo claustrof&oacute;bico cuya imaginaci&oacute;n qued&oacute; encerrada en s&iacute; mismo. Las soluciones para el siglo XX eran m&aacute;s siglo XX: m&aacute;s estado, m&aacute;s obreros, m&aacute;s autos, m&aacute;s Kalashnikov. Los visionarios como Aleks&aacute;ndr Bogd&aacute;nov o Buckminster Fuller fueron una minor&iacute;a silenciosa. <strong>Quiz&aacute;s sea m&aacute;s productivo comparar a nuestro siglo con el XIX. </strong>Por varios motivos que espero poder explicar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Capitalismo ut&oacute;pico</strong>
    </p><p class="article-text">
        Ludovic Frobert es un economista e historiador dedicado a las ideas del socialismo franc&eacute;s de la primera mitad del siglo XIX. Ese socialismo que Marx y Engels enterraron bajo una l&aacute;pida que dec&iacute;a &laquo;ut&oacute;pico&raquo; y que casi nadie volvi&oacute; a desenterrar, a&uacute;n luego de que en 1989 el propio socialismo de Marx y Engels fuera enterrado bajo otra l&aacute;pida que dec&iacute;a &laquo;totalitario&raquo;. El a&ntilde;o pasado Frobert public&oacute; <em>Vers l&rsquo;&eacute;galit&eacute;, ou au-del&agrave;?</em>, un breve ensayo, que ser&iacute;a bueno que se editara en castellano, en donde presenta de manera clara y sistem&aacute;tica el concepto de igualdad de aquellos socialistas. Este peque&ntilde;o libro es tambi&eacute;n una respuesta a una gran cuesti&oacute;n: &iquest;cu&aacute;l es la utilidad pol&iacute;tica de la Historia? Luego y solo luego de haber estudiado al pasado en su particularidad (sin buscar analog&iacute;as, teor&iacute;as, ni moralejas), el historiador puede decantar <em>algunos</em> elementos que <em>quiz&aacute;s</em> nos ayuden a entender el presente.
    </p><p class="article-text">
        Para Frobert, la primera mitad del siglo XIX europeo est&aacute; marcada por tres procesos: 1) una serie de revoluciones contra la aristocracia (1789, 1830, 1848); 2) la consolidaci&oacute;n de una &laquo;plutocracia&raquo;, esto es, una nueva clase alta ya no consagrada por privilegios hereditarios sino por la riqueza que necesitaba legitimar esa desigualdad por el m&eacute;rito; y 3) el florecimiento de diversas doctrinas que buscaban discutir con esa nueva desigualdad: los mal llamados &laquo;socialistas ut&oacute;picos&raquo;. Pero no eran los &uacute;nicos ut&oacute;picos.
    </p><p class="article-text">
        La primera mitad del siglo XIX fue tambi&eacute;n la del origen del capitalismo industrial. Personas como Jean-Baptiste Say, Jeremy Bentham, Fr&eacute;d&eacute;ric Bastiat y John Stuart Mill se dedicaron a estudiar y fundamentar un sistema econ&oacute;mico que estaba emergiendo ante sus ojos. Y lo hicieron parados en los hombros de un gigante: Adam Smith, el fil&oacute;sofo escoc&eacute;s que sent&oacute; los principios de libre mercado <em>antes</em> de la Revoluci&oacute;n Industrial. Pensaron al capitalismo antes de que existiera. En ese pensamiento hab&iacute;a un poco de descripci&oacute;n y bastante de proyecci&oacute;n, de imaginaci&oacute;n ut&oacute;pica: una sociedad de individuos perfectamente racionales que se relacionan arm&oacute;nicamente mediante un intercambio transparente, casi prescindiendo de toda ley, tradici&oacute;n o gobierno. Un capitalismo ut&oacute;pico.
    </p><p class="article-text">
        En la segunda mitad del siglo XIX el capitalismo se consolid&oacute; y debi&oacute; lidiar con lo real: gobiernos, leyes, conflictos, costumbres. El capitalismo ut&oacute;pico qued&oacute; reducido a cen&aacute;culos diminutos como la Escuela Austr&iacute;aca. El pensamiento ut&oacute;pico fue hegemonizado por el socialismo, al que le toc&oacute; lidiar con lo real en el siglo XX. Y no sali&oacute; bien parado. Su fracaso fue entendido como el fracaso de toda utop&iacute;a. Fue entonces que resurgi&oacute; aqu&eacute;l viejo capitalismo ut&oacute;pico. Pero eso requiere contar otra historia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>El nuevo siglo XIX</strong>
    </p><p class="article-text">
        La econom&iacute;a del siglo XIX tuvo cuatro grandes rasgos: <em>tasas de acumulaci&oacute;n de capital muy altas</em>; que reinvertidas dieron lugar a una <em>aceleraci&oacute;n tecnol&oacute;gica</em>; <em>precarizaci&oacute;n de las condiciones de los trabajadores</em>, desplazados de su estilo de vida rural hacia la industria; y, corolario de todo lo anterior, <em>una desigualdad social sin precedentes</em>. <strong>&iquest;M&aacute;s desigualdad que en la Edad Media, cuando la gente se mor&iacute;a de hambre? S&iacute;, porque los ricos del siglo XIX eran mucho m&aacute;s ricos que los de la Edad Media.</strong> Adem&aacute;s, sigui&oacute; habiendo hambrunas en Irlanda e India.
    </p><p class="article-text">
        Esa situaci&oacute;n se fue ordenando lentamente hacia fines del siglo XIX, por la acci&oacute;n gradual de los estados y los sindicatos. Pero fue el siglo XX el que cambi&oacute; todo. Primero hubo 30 a&ntilde;os de destrucci&oacute;n entre 1914 y 1945: dos guerras mundiales, varias guerras civiles, crisis econ&oacute;micas y hasta una pandemia. El capital se pulveriz&oacute;, la sociedad fue disciplinada como nunca y los estados avanzaron sin obst&aacute;culos sobre la vida civil y privada. A eso le siguieron 30 a&ntilde;os de crecimiento r&eacute;cord entre 1946 y 1975: movilidad social ascendente, consumo de masas, estado de bienestar. Son &laquo;los 30 gloriosos&raquo; de Jean Fourasti&eacute;, o &laquo;la Argentina peronista&raquo; de Tulio Halper&iacute;n Donghi. En rigor, fue la reconstrucci&oacute;n del desastre anterior y la perduraci&oacute;n del intervencionista Estado de guerra en tiempos de paz. Econ&oacute;micamente, <strong>lo que llamamos &laquo;siglo XX&raquo; fueron 60 a&ntilde;os excepcionales, una anomal&iacute;a hist&oacute;rica que para fines de los a&ntilde;os 70 se hab&iacute;a agotado.</strong>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Empezaba la era del capitalismo neoliberal, que se extiende m&aacute;s o menos hasta nuestros d&iacute;as, caracterizada por cuatro grandes rasgos: <em>tasas de acumulaci&oacute;n de capital muy altas</em> (al menos hasta 2008); que reinvertidas dieron lugar a una <em>aceleraci&oacute;n tecnol&oacute;gica </em>(concentrada en el sector TIC); la <em>precarizaci&oacute;n de las condiciones de los trabajadores</em>, desplazados de su estilo de vida industrial a los servicios; y, corolario de todo lo anterior, <em>una desigualdad social sin precedentes</em> (&iquest;M&aacute;s desigualdad que en el siglo XIX, cuando los obreros cagaban en letrinas? S&iacute;, porque los ricos del siglo XXI son mucho m&aacute;s ricos que los del XIX. Adem&aacute;s, sigue habiendo letrinas en Argentina y China). Es por esto que estudiosos de la desigualdad global como Branko Milanovic o Thomas Piketty concluyen que el siglo XXI se parece m&aacute;s al siglo XIX que al siglo XX.
    </p><p class="article-text">
        No deber&iacute;a sorprendernos, entonces, que aqu&eacute;l capitalismo ut&oacute;pico retorne con nuevos br&iacute;os: los viajes espaciales de Bezos, Musk y Branson, los proyectos de mejoramiento cerebral y reversi&oacute;n de la vejez financiados por Google y Thiel Capital, el metaverso de Zuckerberg y Cositorto. Menos optimistas son los bunkers y colonias de <a href="https://www.theguardian.com/news/2018/feb/15/why-silicon-valley-billionaires-are-prepping-for-the-apocalypse-in-new-zealand" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">refugio que los magnates construyen en Nueva Zelanda</a> en caso de colapso clim&aacute;tico. Una maqueta del siglo XX. Y tambi&eacute;n retornan los intentos de refundar la desigualdad, desde versiones hip&oacute;critas de la meritocracia hasta interpretaciones tenebrosas del evolucionismo y las neurociencias para explicar que evidentemente no somos todos iguales, ni debi&eacute;ramos serlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto que enfrente no hay nada con qu&eacute; responderles porque desde 1989 la izquierda abjur&oacute; del pensamiento ut&oacute;pico. Aqu&iacute; es donde los socialistas de Frobert tienen algo que decirnos. Si el capital se fuga al siglo XIX, all&iacute; iremos a buscarlo. Cuando Fran&ccedil;ois-Vincent Raspail (1794-1878) escribe que la desigualdad es en realidad una diversidad de inteligencias, que no funda jerarqu&iacute;as y que solo se realizan y complementan en el intercambio, es imposible no pensar en la &laquo;inteligencia colectiva&raquo; de internet. Cuando Pierre Leroux (1797-1871) advirti&oacute; sobre la necesidad de cuidar a ese conocimiento colectivo de ser privatizado por expertos y empresarios, no est&aacute; muy lejos de las advertencias de Nick Srnicek sobre el &laquo;capitalismo de plataformas&raquo; o de C&eacute;dric Durand sobre el &laquo;tecnofeudalismo&raquo;. Pareciera que los socialistas ut&oacute;picos nos hablaran a nosotros pero no: escribieron en el siglo XIX para los problemas del siglo XIX. Sin embargo, tuvieron la voluntad y capacidad de pensar m&aacute;s all&aacute; de su siglo, de su desigualdad y su tecnolog&iacute;a. Esa deber&iacute;a ser nuestra conexi&oacute;n con ellos: aprender de su imaginaci&oacute;n pol&iacute;tica. Leer al siglo XIX con ojos del siglo XXI puede ser m&aacute;s productivo que leer al siglo XXI con ojos del siglo XX.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Har&aacute; falta decir algo sobre la invasi&oacute;n rusa de Ucrania y sus bombardeos sobre civiles para darle a esta columna un sabor artificial a actualidad? Espero que no.&nbsp;&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Posdata: El verano pasado Ludovic Frobert estuvo de visita en Argentina. Cuando le coment&eacute; todo lo escrito m&aacute;s arriba me respondi&oacute; que una posible salida ser&iacute;a una suerte de historia ficcional, similar a la que hacen Patrick Boucheron o &Eacute;ric Vuillard. Escribiendo sobre Philip K. Dick y la ciencia ficci&oacute;n, David Lapoujade dice: &laquo;En todos los casos, se trata de deshacerse del determinismo de la realidad hist&oacute;rica, de una trama causal donde lo posible no tiene su lugar&raquo;. Tomo la propuesta de Ludovic y retomo a <em>Ubik</em>. En la novela hay un personaje, Pat Conley, con la capacidad de transportar mentalmente a su entorno a un futuro alternativo. Si el presente se desintegra hacia el pasado, torcer el pasado hacia otro futuro puede ser una salida.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/fuga-siglo-xix_129_8904966.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 Apr 2022 03:02:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fuga al siglo XIX]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Historia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Apología del prejuicio y la paranoia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/apologia-prejuicio-paranoia_129_8762472.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6b145264-6d15-4e78-9ad6-ba69380d485f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Apología del prejuicio y la paranoia"></p><p class="article-text">
        El prejuicio y la paranoia son dos conceptos con mala prensa. Es cierto que no son lo mismo, uno es un tipo de opini&oacute;n y la otra una vieja patolog&iacute;a, pero en el uso ambos aluden a un tipo de razonamiento fallido. M&aacute;s all&aacute; de los chistes y las poses, nadie quiere ser considerado prejuicioso ni paranoico en medio de una discusi&oacute;n seria. En ese sentido, los prejuicios y la paranoia corren con desventaja respecto a pasiones negativas como la melancol&iacute;a o el resentimiento, cuya productividad &eacute;tica y pol&iacute;tica fue reivindicada por gente como Enzo Traverso o Mark Fisher. &iquest;Ser&aacute; posible hacer lo mismo con los prejuicios y la paranoia? Veamos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Sabidur&iacute;a sin reflexi&oacute;n</strong>
    </p><p class="article-text">
        Aunque los prejuicios hoy nos parezcan un tipo de opini&oacute;n universalmente inv&aacute;lida, su cr&iacute;tica es totalmente moderna y puede fecharse con precisi&oacute;n: 1620. Ese a&ntilde;o, el pol&iacute;tico y fil&oacute;sofo ingl&eacute;s <strong>Francis Bacon</strong> public&oacute; su <em>Novum Organum</em>, un ensayo en el que propon&iacute;a una nueva manera de estudiar la naturaleza a partir de la observaci&oacute;n y la experimentaci&oacute;n, en contra del conocimiento basado en la tradici&oacute;n, la autoridad y los conceptos irreflexivos que aquellas alimentan, es decir, los prejuicios.&nbsp;	Despu&eacute;s de Bacon, los racionalistas del siglo XVII y los iluministas del siglo XVIII se turnaron para derrumbar prejuicios. Por la raz&oacute;n o la experiencia, hab&iacute;a que remover todo saber acr&iacute;tico, toda creencia heredada, hacer tabla rasa del conocimiento para que el potencial humano se desplegara al m&aacute;ximo sobre cimientos confiables. El punto &aacute;lgido de ese proyecto fue la Revoluci&oacute;n francesa: un intento por refundar a la sociedad, desde las leyes y el sistema de medidas hasta las costumbres y el calendario, todo basado en la raz&oacute;n y libre de prejuicios. Fue entonces que los prejuicios encontraron a su abogado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Edmund Burke era un parlamentario liberal brit&aacute;nico que lleg&oacute; a defender la independencia de las colonias americanas pero rechaz&oacute; a la Revoluci&oacute;n francesa, no por su violencia sino por sus fundamentos filos&oacute;ficos. Para Burke la pretensi&oacute;n de erradicar los prejuicios era una empresa da&ntilde;ina e in&uacute;til. El ser humano nace con simpat&iacute;a por lo que encuentra y predisposici&oacute;n a imitarlo, no a cambiarlo: &laquo;Es a trav&eacute;s de la imitaci&oacute;n, mucho m&aacute;s que por los preceptos, que aprendemos todas las cosas. Ella forma nuestras costumbres, nuestras opiniones y nuestras vidas. Es uno de los eslabones m&aacute;s fuertes de la sociedad&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        El lenguaje es un buen ejemplo: nadie lo invent&oacute;, todos lo heredamos y nos permite vivir juntos; y si cambia, dice Burke, lo hace lenta y org&aacute;nicamente, por fuera de cualquier plan preestablecido. Lo mismo pasa con las costumbres, que se consolidan en normas sin que nadie las promulgue. Y con los prejuicios: &laquo;En este siglo de luces soy lo suficiente valiente para confesar que somos generalmente hombres de sentimientos no ense&ntilde;ados; que, en lugar de sacudir nuestros antiguos prejuicios, los tenemos en alta estima... El prejuicio convierte a la virtud de un hombre en su h&aacute;bito; y no una serie de actos inconexos. Mediante el mero prejuicio, su deber se convierte en una parte de su naturaleza&raquo;. Las personas no somos tan inteligentes como para aprender todo conscientemente, el prejuicio permite una &laquo;sabidur&iacute;a sin necesidad de reflexi&oacute;n&raquo;. Un inform&aacute;tico dir&iacute;a<em> it&acute;s not a bug, it&acute;s a feature</em>.
    </p><p class="article-text">
        Los argumentos de Burke inspiraron a generaciones de conservadores. &laquo;Burke me convenci&oacute; de que nuestras creencias m&aacute;s necesarias pueden estar injustificadas y ser injustificables&raquo;, escribi&oacute; Roger Scruton en <em>C&oacute;mo ser conservador</em>. Pero no todos tuvieron esa lucidez. Recuerdo una buena charla con una de las pocas personas que pronosticaron el triunfo de Trump en 2016. Me explic&oacute; que, al haberse formado en publicidad, &laquo;ve&iacute;a a la gente como lo que es y no como lo que se supone que debe ser&raquo;. Y me comparti&oacute; otros pron&oacute;sticos: que Macri iba a reelegir, que Pedro S&aacute;nchez no iba a formar gobierno, que la crisis clim&aacute;tica no era tal&hellip; Era una persona inteligente pero negar los propios prejuicios es peor que ser est&uacute;pido. Un est&uacute;pido (todos lo somos en alguna medida) puede conocer sus l&iacute;mites. Quien se considera desprejuiciado y ve &laquo;las cosas como son&raquo;, no sabe que no sabe, ignora la tuber&iacute;a oxidada que filtra su fresca y cristalina inteligencia.
    </p><p class="article-text">
        Los prejuicios&mdash;dijo Hans-Georg Gadamer&mdash;nos comunican con una tradici&oacute;n a la que pertenecemos y nos resulta ajena a la vez. Sin ellos no entender&iacute;amos al mundo ni podr&iacute;amos comunicarnos.
    </p><h3 class="article-text"><strong>La ilusi&oacute;n de un orden</strong></h3><p class="article-text">
        La palabra &laquo;paranoia&raquo; se emple&oacute; desde la Grecia cl&aacute;sica para designar a cualquier tipo de trastorno mental, incluidos los delirios por fiebre. Reci&eacute;n a fines del siglo XIX Emil Kraepelin, fundador de la psiquiatr&iacute;a moderna y enemigo de Freud, fij&oacute; el t&eacute;rmino para designar lo que hoy se llama &laquo;trastorno paranoide de personalidad&raquo;. Con Kraepelin aparece tambi&eacute;n el car&aacute;cter necesariamente social de la paranoia. Eso lo entendieron muy pronto sus disc&iacute;pulos, que la vincularon al resentimiento. Y tambi&eacute;n Salvador Dal&iacute; con su m&eacute;todo paranoico-cr&iacute;tico: &laquo;vivencia ininterrumpida que permite al paranoico tomar las im&aacute;genes del mundo exterior por inestables y transitorias, y hasta por sospechosas&raquo;. Seg&uacute;n Maurice Nadeau, fue el m&eacute;todo paranoico-cr&iacute;tico lo que llev&oacute; a los surrealistas a interesarse en la pol&iacute;tica y acercarse al comunismo.
    </p><p class="article-text">
        El paranoico, dice el Dr. <a href="https://link.springer.com/chapter/10.1007/978-1-4612-4618-3_10" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Erich Wulff</a>, es capaz de pensar y sentir el mundo exterior pero no encuentra su sentido inmediato, no puede situar en su realidad a esa taza sobre la mesa, ni sabe c&oacute;mo comportarse respecto a ella. El delirio paranoico es el intento por compensar ese agujero en la realidad. No se trata de que haya necesariamente una conspiraci&oacute;n dentro de la taza, sino que la taza y todo lo dem&aacute;s carecen de sentido evidente, es necesario decodificarlos. Ser paranoico en definitiva es preguntarse patol&oacute;gicamente qu&eacute; ha sido establecido como realidad, buscar la realidad de la realidad. Eso implica que hay <em>una realidad</em> establecida. Y eso es una cuesti&oacute;n social.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En <em>Enigmas y complots</em> (FCE, 2016) el soci&oacute;logo Luc Boltanski estudia c&oacute;mo la instituci&oacute;n de <em>una realidad</em> por parte de los estados a fines del siglo XIX, es decir la organizaci&oacute;n y unificaci&oacute;n de un conjunto de regularidades inteligibles y coherentes, coincidi&oacute; con un brote colectivo de paranoia: &laquo;Por una parte, la realidad nunca se ha presentado de manera tan organizada, tan robusta y, por ello, tan previsible como en las sociedades occidentales modernas. Pero, por otro lado, y acaso por las mismas razones, su fragilidad, o lo que sospechamos que es tal, surge en primer plano y parece despertar una inquietud sin precedente&raquo;. Esa inquietud tuvo tres grandes manifestaciones: el auge de las novelas policiales, el inter&eacute;s period&iacute;stico por las conspiraciones y el origen de la sociolog&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; otra cosa hacen las ciencias sociales sino decodificar la realidad, explicar lo visible mediante entidades invisibles (clases, status, capitalismo)? Un polic&iacute;a, un periodista y un soci&oacute;logo entran a un bar y se encuentran con un crimen: el polic&iacute;a buscar&aacute; un m&oacute;vil y un culpable; el periodista, una explicaci&oacute;n intuitiva para sus lectores. El soci&oacute;logo deber&aacute; manejarse con cuidado: si su explicaci&oacute;n es muy intuitiva puede confundirse con el periodista; si es demasiado contraintuitiva puede parecer un paranoico. Es la dosis justa de paranoia y profesionalismo la que le da su <em>je ne sais quoi</em> cr&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Pero en alg&uacute;n momento las ciencias sociales prefirieron jugar para el Estado y su <em>realidad</em>. En 1964 el historiador Richard Hofstadter public&oacute; <em>The Paranoid Style in American Politics</em>, un influyente ensayo que explicaba como &laquo;paranoia&raquo; al maccartismo, al bolchevismo, al antisemitismo, al populismo norteamericano de los a&ntilde;os &lsquo;30, al milenarismo medieval y a todo lo que no coincidiera con el liberalismo rooseveltiano del autor. En su entusiasmo, Hofstadter olvidaba que hay teor&iacute;as conspirativas y tambi&eacute;n hay conspiraciones. &laquo;Incluso los paranoicos tienen enemigos reales&raquo;, dijo el poeta Delmore Schwartz, contempor&aacute;neo de Hofstadter y paranoico notable.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de Hofstadter, el &laquo;conspirativismo&raquo; ha sido un lugar com&uacute;n, denunciado y analizado una y otra vez. Boltanski estudia esas acusaciones y an&aacute;lisis, muchas veces tan apresurados y elementales que no se diferencian demasiado de la paranoia que pretenden desarmar. Por eso cierra su libro con un llamado gremial a que los soci&oacute;logos se divorcien intelectualmente del Estado, cuya capacidad de establecer <em>la realidad</em> muri&oacute; hace rato, asuman ser portadores sanos de paranoia y sigan buscando la realidad de la realidad. Como no soy soci&oacute;logo, extiendo el llamado a todos los interesados en analizar cr&iacute;ticamente la <em>realidad</em>.
    </p><p class="article-text">
        Esta columna podr&iacute;a cerrar concluyendo groseramente que es dif&iacute;cil pensar sin prejuicios e investigar sin paranoia. Los primeros ordenan toda la informaci&oacute;n; la segunda, cierra el paquete y le da sentido. Pero no confiemos en esta divisi&oacute;n del trabajo: hay un conflicto pol&iacute;tico entre ambos. Los prejuicios nos reconcilian con lo dado y heredado, son esencialmente conservadores; la paranoia, en cambio, es una anarquista que desconf&iacute;a de todo. Son la derecha y la izquierda. Complementando ambas en su medida y armoniosamente alcanzaremos el equilibrio espiritual y pol&iacute;tico que anda necesitando esta &eacute;poca. O no.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/apologia-prejuicio-paranoia_129_8762472.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Feb 2022 03:03:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Apología del prejuicio y la paranoia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Paranoia,Prejuicio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Qué hacemos con los humanos?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/humanos_129_8719867.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/178b479d-ccb5-4700-9aaa-6b564880f9fc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Qué hacemos con los humanos?"></p><p class="article-text">
        	Hace unos a&ntilde;os le preguntaron al compositor <a href="https://www.lanacion.com.ar/sociedad/oscar-strasnoy-el-artista-tiene-explotar-nid2163437/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Oscar Strasnoy</a> por el lugar del arte en esta nueva era tecnol&oacute;gica. Strasnoy respondi&oacute; que, dado que la robotizaci&oacute;n es la culminaci&oacute;n de un proceso de racionalizaci&oacute;n que empez&oacute; con el Iluminismo, la humanidad no podr&aacute; competir con las m&aacute;quinas, su &uacute;nica opci&oacute;n es la irracionalidad: &ldquo;El artista tiene que explotar el m&aacute;s humano de los sentidos, que es la irracionalidad. Beethoven pudo componer lo que compuso porque estaba loco&rdquo;. <strong>El planteo de Strasnoy es atractivo, rom&aacute;ntico y parad&oacute;jicamente racional, pero carece de una idea precisa sobre qu&eacute; es la irracionalidad e ignora c&oacute;mo extenderla desde el arte al resto de la sociedad.</strong> Para un m&uacute;sico como &eacute;l, radicado en Berl&iacute;n, con su generoso sistema de subsidios al arte, es f&aacute;cil ser irracional sin preocuparse <strong>por vender entradas o alertar a la polic&iacute;a.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Con todo, su propuesta nos redirige a una vieja discusi&oacute;n que gan&oacute; actualidad en el nuevo siglo. Para recuperarla tendremos que volver a la noche en la que termin&oacute; el Iluminismo.
    </p><p class="article-text">
        	<strong>La verdad est&aacute; all&aacute; afuera</strong>
    </p><p class="article-text">
        	El domingo 12 de febrero de 1804 por la noche muri&oacute; Immanuel Kant. Cuenta Thomas De Quincey que su &uacute;ltima palabra fue &laquo;Suficiente&raquo;. Muy apropiado. Kant hab&iacute;a intentado resolver los problemas filos&oacute;ficos de su &eacute;poca (el debate entre racionalismo y empirismo, el agotamiento de la metaf&iacute;sica) poni&eacute;ndole un l&iacute;mite claro a la labor filos&oacute;fica: de la cerca para ac&aacute;, emplearemos categor&iacute;as para comprender lo percibido y discutiremos sobre ellas; de la cerca para all&aacute;, est&aacute; <em>la cosa en s&iacute;</em> (as&iacute; la llamaba), inalcanzable para el pensamiento humano. <strong>Nunca vamos a saber qu&eacute; hay all&aacute; afuera.</strong>
    </p><p class="article-text">
        	D&iacute;as despu&eacute;s de la muerte de Kant comenz&oacute; a funcionar la primera locomotora en Gales, y en Hait&iacute; los ex esclavos, inspirados por la Revoluci&oacute;n francesa, masacraron a cinco mil blancos, incluyendo mujeres y ni&ntilde;os. No hab&iacute;a tiempo que perder: los mejores lectores de Kant decidieron saltar la cerca. <strong>Georg W.F. Hegel entendi&oacute; que no hay afuera: todo es Idea</strong>. La Raz&oacute;n avanza dial&eacute;cticamente a lo largo de la Historia, superando dicotom&iacute;as (como por ejemplo, adentro-afuera), ensambl&aacute;ndose y conoci&eacute;ndose a s&iacute; misma hasta llegar a la convergencia total: cuando la Idea sea completamente consciente de s&iacute; y la Historia llegue a su fin. En este proceso los individuos no son tan importantes como la Raz&oacute;n que los gobierna.
    </p><p class="article-text">
        	Para Arthur Schopenhauer, en cambio, vivimos en un mundo de representaciones, im&aacute;genes superficiales de lo real. Pero tenemos acceso a <em>la cosa en s&iacute;</em> a trav&eacute;s de nuestro cuerpo, pura voluntad irracional a la que nos vemos sometidos: fuerzas incontenibles en los intestinos, los genitales y el cerebro, deseo constante e inaplazable de algo que no entendemos. Eso es el mundo m&aacute;s all&aacute; de las representaciones: una voluntad irracional que nos somete. No hay nada que podamos hacer ni explicar, s&oacute;lo contemplar estoicos el espect&aacute;culo cruel de la Voluntad.
    </p><p class="article-text">
        	La tensi&oacute;n entre un mundo que avanza hacia la raz&oacute;n y s&oacute;lo puede comprenderse racionalmente, y otro gobernado por fuerzas irracionales aliment&oacute; gran parte de las discusiones del siglo XIX. Hegel y Schopenhauer tuvieron a sus mejores int&eacute;rpretes, cr&iacute;ticos y continuadores en Marx y Nietzsche, respectivamente. Pero en el siglo siguiente las cosas cambiaron: los herederos pol&iacute;ticos de aquellos fil&oacute;sofos, el bolchevismo y el fascismo, no dejaron un buen recuerdo<strong>.</strong> Como si el desempe&ntilde;o humano durante el siglo XX no hubiera sido suficientemente problem&aacute;tico por s&iacute; mismo, durante esos a&ntilde;os emergi&oacute; la cibern&eacute;tica para disputarle la supremac&iacute;a intelectual. <strong>El mundo entraba en una nueva era de las m&aacute;quinas y la pregunta por la raz&oacute;n o la sinraz&oacute;n volv&iacute;a a tener sentido.</strong>
    </p><p class="article-text">
        	<strong>El otro duelo</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetr&iacute;as; dos siglos despu&eacute;s, Reza Negarestani y Nick Land <a href="https://edicionesholobionte.com/el-ingeniero-y-el-artista-negarestani-contra-land/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">actualizan la discusi&oacute;n</a> de Hegel y Schopenhauer. Negarestani es un fil&oacute;sofo e ingeniero inform&aacute;tico iran&iacute; que pretende llevar la empresa humana hasta sus &uacute;ltimas consecuencias. Y esa empresa es la autorrealizaci&oacute;n de la Raz&oacute;n. La Raz&oacute;n no es necesariamente una capacidad individual ni biol&oacute;gica, sino una actividad de cr&iacute;tica y exploraci&oacute;n constante que puede y debe superar a lo humano. Solo necesita un entorno social y sem&aacute;ntico (reglas y lenguaje) que le permita conectarse y actualizarse sin l&iacute;mites. <strong>El inhumanismo de Negarestani est&aacute; tan influenciado por Hegel como por el desarrollo del software: un dispositivo inteligente que avanza hasta no dejar nada afuera y que puede emanciparse de su soporte biol&oacute;gico y material, es decir, de los humanos.</strong> Y ya que estamos, superar al capitalismo como &laquo;supuesta totalidad inmediata del estado de cosas&raquo;. (En <em>Hegel in a Wired Brain</em>, Slavoj &#381;i&#380;ek encara el mismo tema con menos conocimientos inform&aacute;ticos y concluye que es un apocalipsis).
    </p><p class="article-text">
        	Sin nombrarlo, Negarestani apunta contra su antiguo maestro, el fil&oacute;sofo brit&aacute;nico radicado en China, Nick Land. Heredero de Schopenhauer y Nietzsche, <strong>para Land hay un afuera de la Raz&oacute;n al que solo podemos acceder mediante el deseo irracional. Y nada expresa tan bien ese deseo como el tecnocapitalismo global, en donde el goce del consumo, el lucro y la destrucci&oacute;n creativa aceleran al sistema m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites humanos. </strong>Land, trumpista ac&eacute;rrimo, cree que hoy los humanos solo pueden aportar su irracionalidad a la aceleraci&oacute;n del capital inhumano. Seg&uacute;n Negarestani, el antihumanismo de Land incurre en el mismo conservadurismo que el humanismo de Kant: entender a la mente humana como un atributo dado, fijo, incapaz de superarse a s&iacute; mismo.
    </p><p class="article-text">
        	En realidad, Land, como buen lector de Lovecraft, no conf&iacute;a en la raz&oacute;n humana porque espera una inteligencia que llegue desde otro mundo &iquest;Y qu&eacute; es internet sino otro planeta viviendo en las entra&ntilde;as del nuestro? En la red emerge una especie de &laquo;verdad posinteligente&raquo;, un acervo de informaci&oacute;n leg&iacute;tima que no requiere de un discurso racional, ni de la supervisi&oacute;n de una instancia intelectual superior, ni siquiera de un espacio social y sem&aacute;ntico reconocible. &laquo;Ya no se trata de c&oacute;mo pensar la t&eacute;cnica: la t&eacute;cnica piensa cada vez m&aacute;s en s&iacute; misma. La autopista hacia el pensamiento no pasa por profundizar la cognici&oacute;n humana sino por la inhumanizaci&oacute;n de lo cognitivo&raquo;. Se trata de una aut&eacute;ntica mente alien&iacute;gena que ya no solo deja atr&aacute;s el soporte humano de la inteligencia sino la forma misma de la inteligencia antropom&oacute;rfica que Negarestani pretende replicar y mejorar. Y puede cumplir con todo lo que se espera de la filosof&iacute;a (determinar la verdad y/o el sentido) sin emular a la racionalidad humana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	<strong>Blockchain vs. Inteligencia Artificial</strong>
    </p><p class="article-text">
        	Llegados a este punto, es necesario advertir que Negarestani y Land no est&aacute;n hablando de la misma tecnolog&iacute;a. La <em>Raz&oacute;n inhumana</em> de Negarestani es la Inteligencia Artificial (IA), la tan mentada infraestructura cibern&eacute;tica de algoritmos que extraen y ordenan datos, para as&iacute; perfeccionar a los algoritmos para extraer y ordenar m&aacute;s datos, para as&iacute; perfeccionar a los algoritmos para extraer y ordenar m&aacute;s datos, etc&hellip; El &oacute;ptimo de la IA ser&iacute;a concentrar toda la informaci&oacute;n existente en un solo punto soberano que tomase todas las decisiones. La <em>mente alien&iacute;gena</em> de Land es el blockchain, la red de intercambio directo entre usuarios cuyas transacciones son validadas y registradas en una cadena de bloques accesible a cada usuario pero protegida criptogr&aacute;ficamente. Una suerte de libro contable distribuido. El &oacute;ptimo del blockchain ser&iacute;a una red en la que participara cada ser del planeta (en principio, de este) y llevara las transacciones a tal volumen y velocidad que fueran imposibles de crackear, coordinando de manera confiable (sin deliberaci&oacute;n, sin pol&iacute;tica, sin errores humanos) a seres pocos confiables.
    </p><p class="article-text">
        	La IA nos conduce a una sociedad verticalista y racional; el blockchain, a una comunidad horizontal y no necesariamente racional. <strong>Bitcoin, el producto m&aacute;s visible del blockchain a la fecha, a&uacute;n da la impresi&oacute;n de ser una &laquo;nave de los locos&raquo;: miles de freaks, gamers, incels y otras criaturas de la oscuridad digital conectados, jugando con una moneda sin respaldo f&iacute;sico.</strong> El derechista Peter Thiel lo sintetiza as&iacute;: la IA es comunista, el blockchain es libertario. Mientras el Estado chino refuerza su ofensiva contra la miner&iacute;a de bitcoin, Vitalik Buterin sigue de gira por el mundo portando su semblante alien&iacute;gena y a Ethereum: el proyecto de llevar al blockchain desde las monedas a los contratos, es decir, a la base de la sociedad civil.
    </p><p class="article-text">
        	Gane quien gane, lo importante es que ambos modelos de sociedad descansan en el supuesto de una extendida irracionalidad humana. <strong>La IA conf&iacute;a en poder gobernar racionalmente a este reba&ntilde;o de pobres idiotas quej&aacute;ndose en redes sociales, subiendo fotos o escribiendo columnas de mierda.</strong> El blockchain prefiere conectar a los dementes entre s&iacute; y dejar que su sola interacci&oacute;n en busca de dinero f&aacute;cil haga funcionar al sistema. Desde la c&uacute;spide del Leviat&aacute;n digital o desde las catacumbas de internet, brotar&aacute; la Raz&oacute;n que nos permita vivir casi sin pensar. Ese d&iacute;a sonar&aacute; la <a href="https://youtu.be/K1HirLCXafM" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">alegre m&uacute;sica</a> de Strasnoy y lo mejor que podremos hacer ser&aacute; ser irracionales. Party on, Wayne!
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/humanos_129_8719867.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Feb 2022 03:53:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Qué hacemos con los humanos?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Filosofía,Historia,Inteligencia Artificial,Blockchain]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Por qué la gente es tan estúpida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gente-estupida_129_8636378.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/35d8735a-4f1e-47dc-8873-af447dc0a64f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Por qué la gente es tan estúpida"></p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; la gente es tan est&uacute;pida y demente? &iquest;O en todo caso, por qu&eacute; act&uacute;a como si lo fuera? &iquest;O es quiz&aacute;s nuestra percepci&oacute;n est&uacute;pida y demente la que nos lleva a ver as&iacute; a los dem&aacute;s? Hace un a&ntilde;o trat&eacute; de explicar <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/momento-locura-total_129_6735278.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este momento de locura</a> a partir de tres vectores: la pol&iacute;tica, el mercado y la tecnolog&iacute;a. Como buen progre, propuse gobernar a las dos &uacute;ltimas con la primera para <em>evitar</em> la estupidez y la locura. Un a&ntilde;o despu&eacute;s me gustar&iacute;a afinar esa propuesta, porque <strong>gobernar es convencer, dicen, y hay que </strong><em><strong>convivir</strong></em><strong> con la estupidez y la locura.&nbsp;</strong>
    </p><h3 class="article-text"><strong>El lado oscuro de la raz&oacute;n</strong></h3><p class="article-text">
        <em>Irracionalidad</em> es un grueso volumen escrito por el fil&oacute;sofo norteamericano Justin E. H. Smith y editado por Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. El libro parte de una hip&oacute;tesis atractiva aunque poco novedosa: <strong>la irracionalidad es tan da&ntilde;ina como inevitable, negarla o reprimirla es lo menos racional que podemos hacer, s&oacute;lo devendr&aacute; en m&aacute;s irracionalidad.</strong> El valor del libro reside sobre todo en los temas por los que Smith pasea su premisa, con rigor y claridad anglosajones. Empieza por la l&oacute;gica, el m&eacute;todo por excelencia para contrarrestar la propensi&oacute;n humana a la sinraz&oacute;n pero cuyos argumentos pronto mutaron en paradojas y sofismas dise&ntilde;ados exclusivamente para confundir y amedrentar al adversario. Todos recordamos al candidato Javier Milei enumerando pat&eacute;ticamente las falacias en las que, seg&uacute;n &eacute;l, incurr&iacute;an sus competidores en el debate televisivo. En la otra punta del podio intelectual, los animales y plantas, carentes de raz&oacute;n, &ldquo;siempre entienden bien las cosas. La ausencia de deliberaci&oacute;n implica que ambos hacen lo que hacen sin error, aun cuando haya otros seres que les impidan llegar a su objetivo natural&rdquo;. Los humanos, en cambio, no siempre logramos hacer un uso correcto de las representaciones abstractas que nos definen como racionales. &ldquo;Los animales&mdash;concluye Smith&mdash;son m&aacute;s racionales que los seres humanos porque, al carecer de una cognici&oacute;n superior, solo pueden ser racionales. La cognici&oacute;n superior no nos confiere racionalidad, sino solo irracionalidad&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Smith no es un hippie que nos invite a desechar la l&oacute;gica y aprender de los delfines. Es un prolijo especialista en filosof&iacute;a moderna que en el ep&iacute;logo nos comenta orgulloso que dej&oacute; de tomar alcohol y orden&oacute; sus finanzas personales. Pero no se conf&iacute;a: <strong>cuanto m&aacute;s brillante la luz de la raz&oacute;n, m&aacute;s larga y oscura la sombra de la irracionalidad. </strong>Algunas de esas sombras no encuentran un lugar en la sociedad moderna. Por caso, los sue&ntilde;os. Desde la teor&iacute;a del joven Kant sobre el origen gaseoso de las visiones (&ldquo;Cuando un viento hipocondr&iacute;aco se desencadena, depende de la direcci&oacute;n que tome: si va hacia arriba resulta una inspiraci&oacute;n; si va hacia abajo, resulta un pedo&rdquo;) hasta el psicoan&aacute;lisis, los sue&ntilde;os quedan aislados de la vida p&uacute;blica, carentes del patr&oacute;n cultural compartido que supieron darles otras culturas.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Otras irracionalidades, en cambio, se ajustan perfectamente al funcionamiento de la sociedad. Como el arte, &ldquo;sue&ntilde;os transformados en cosas&rdquo; que, o bien reponen la repetici&oacute;n ritual de cualquier religi&oacute;n (la &ldquo;misa ricotera&rdquo;, con el lit&uacute;rgico <em>Jijiji</em> y el profeta hoy convertido literalmente en una aparici&oacute;n), o bien arrinconan a la sinraz&oacute;n en un espacio seguro: la <em>performance</em> provocativa en la vereda del MALBA, o la violencia canalizada en el videojuego. Incluso una manifestaci&oacute;n de irracionalidad tan revulsiva como las pseudociencias no deja de formar parte de los problemas abiertos por la ciencia. Por un lado, reconocen y replican su lenguaje y protocolos: terraplanistas y antivacunas tienen sus propias estad&iacute;sticas y hombres de guardapolvo para argumentar. Por otro lado, las pseudociencias tambi&eacute;n son una reacci&oacute;n a los problemas de la ciencia en una sociedad democr&aacute;tica: el inevitable car&aacute;cter elitista de sus instituciones, la distancia creciente entre su lenguaje y la experiencia de las mayor&iacute;as que quedan a merced de esos saberes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Irracionalidad</em> es un ensayo erudito, claro y sutil pero en alg&uacute;n momento de sus casi 400 p&aacute;ginas deja lugar a las quejas del autor contra Trump, contra los <em>trolls</em> y <em>fake news</em>, contra la izquierda acad&eacute;mica de las redes sociales, contra la estupidez del norteamericano promedio. Cuestiones interesantes pero demasiado provincianas para un libro que empez&oacute; citando a Leibniz y Plutarco. Y cuestiones sobre las que el principal argumento de Smith no parece ser otro que la bronca que siente como ciudadano. A <em>Irracionalidad</em> lo invaden los sentimientos irracionales de su autor, una demostraci&oacute;n involuntaria de su propia tesis: la irracionalidad es inevitable, siempre aflora por alg&uacute;n borde de la raz&oacute;n. El cap&iacute;tulo final, una compleja y emocionante reflexi&oacute;n sobre la muerte, parece el intento de Smith por convivir con esa sombra, bailar con la oscuridad. Y la invitaci&oacute;n a hacerlo nosotros.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">A &#039;Irracionalidad&#039; lo invaden los sentimientos irracionales de su autor, una demostración involuntaria de su propia tesis: la irracionalidad es inevitable, siempre aflora por algún borde de la razón</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s no necesit&aacute;bamos a Smith para eso. Hace rato que la irracionalidad es parte de la normalidad. En 2021 <em>La Historia de la locura </em>de Foucault cumpli&oacute; sesenta a&ntilde;os: su cr&iacute;tica es ya tan cl&aacute;sica como lo que pretendi&oacute; criticar. Desde los a&ntilde;os 80 los gobiernos recortaron gastos en salud mental y dejaron a muchos locos en la calle. El &ldquo;Gran encierro&rdquo; se acab&oacute;, ya nadie se asusta por encontrarse en una esquina a una persona sucia, excesivamente abrigada y con muchas bolsas de pl&aacute;stico, hablando sola de las tierras que supo tener en Cruz del Eje y perdi&oacute; por culpa del Dr. Cormillot. <strong>De hecho, la otra noche me cruc&eacute; con uno y tard&eacute; en distinguirlo del resto de los peatones, quiz&aacute;s mejor medicados.</strong> Lo cierto es que nos vamos del libro de Smith sin una idea de qu&eacute; hacer con la locura m&aacute;s all&aacute; de resignarnos, la actitud preferida de la filosof&iacute;a. Necesitamos m&aacute;s que eso.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Decinos c&oacute;mo sobrevivir a nuestra locura</strong></h3><p class="article-text">
        En 2020 Benjamin Labatut se consagr&oacute; con <em>Un verdor terrible</em>, un libro de relatos editado por Anagrama que presentaba a la ciencia del siglo XX como producto del caos y la sinraz&oacute;n de su &eacute;poca. El a&ntilde;o pasado la misma editorial public&oacute; <em>La piedra de la locura</em>, un par de ensayos que funcionan como una coda de aquellos relatos. El librito est&aacute; en las ant&iacute;podas de <em>Irracionalidad</em>, por su forma (71 p&aacute;ginas de 17 x 10,5 cm) y por su contenido: en donde Smith argumenta prolija y rigurosamente, Labatut despliega un ejercicio de estilo, de su estilo rom&aacute;ntico y atormentado, lleno de met&aacute;foras, hip&eacute;rboles, datos y citas caprichosas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El primer ensayo se toma de los dos pensadores norteamericanos m&aacute;s importantes del siglo XX: H.P. Lovecraft y Philip K. Dick. De Lovecraft toma la premisa hiperrom&aacute;ntica, oscurantista, de que, en la medida que abandonemos la ignorancia, nos enfrentaremos a un horror c&oacute;smico que no podremos tolerar. De Dick toma la conclusi&oacute;n ultrarracionalista, paranoica, de que probablemente estemos viviendo en una simulaci&oacute;n operada por las grandes corporaciones o por un universo no lineal. Desde ah&iacute;, Labatut concluye que vivimos la emergencia del caos como realidad &uacute;ltima y que la locura puede ser la respuesta m&aacute;s adecuada a esa realidad, la racionalidad final (el segundo ensayo, m&aacute;s narrativo, pareciera querer demostrar esto).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con una prosa seductora, una correcta cr&oacute;nica del estallido chileno y el gramaje justo de provocaci&oacute;n, elegancia y progresismo como para ser editado por Anagrama, Labatut volver&aacute; a vender su caos y locura a los livings burgueses de todo el mundo. Es el chico tatuado que le gusta a la abuela.
    </p><p class="article-text">
        Pero aqu&iacute; me interesa rescatar otra cosa. Si en <em>Un verdor terrible</em> conclu&iacute;a que la ciencia &ldquo;ya no deb&iacute;a preocuparse de la realidad sino de lo que podemos decir de la realidad&rdquo;, en <em>La piedra de la locura </em>refiere abiertamente a una realidad por fuera de toda representaci&oacute;n: el caos. No solo eso, sino que propone salir a su encuentro: &ldquo;Aunque el espectro de lo irracional siempre acechar&aacute; el alma de la ciencia, al menos para m&iacute;, el llamado a las armas de David Hilbert sigue siendo v&aacute;lido: tenemos que saber, y sabremos. Sin embargo, nunca debemos olvidar que la ciencia no es solo un m&eacute;todo: tambi&eacute;n es un delirio metaf&iacute;sico, la ilusi&oacute;n de pensar que nuestro mundo conforma a un orden... Eso no significa que tengamos que abandonar los sue&ntilde;os de la raz&oacute;n, solo que tambi&eacute;n debemos atesorar nuestras pesadillas&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta es la otra gran diferencia con <em>Irracionalidad</em>: all&iacute; donde el sobrio Smith propon&iacute;a resignaci&oacute;n, Labatut nos pide cruzar la oscuridad, buscar el saber a pesar de la raz&oacute;n. &iquest;Cu&aacute;l consejo es mejor para lo que nos espera?
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">No importan las nuevas cepas: el shock de 2020 terminó y la normalidad de 2019 también. En 2021 levantamos el vendaje del estado de excepción y vimos la gangrena del tejido social. La calma que sucede a la paliza es peor que la paliza misma</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>No importan las nuevas cepas: el shock de 2020 termin&oacute; y la normalidad de 2019 tambi&eacute;n. En 2021 levantamos el vendaje del estado de excepci&oacute;n y vimos la gangrena del tejido social. La calma que sucede a la paliza es peor que la paliza misma: es cuando termina el v&eacute;rtigo de la violencia, y nuestro cuerpo absorbe los golpes y comunica el dolor. </strong>A&uacute;n si en 2022 los indicadores mejoran, seguiremos arrastrando lo vivido en el cuerpo y en la cabeza. Gestionar tanto da&ntilde;o requerir&aacute; de grandes dosis de resignaci&oacute;n, paciencia para escucharnos, racionalidad para negociar. Pero tambi&eacute;n de esp&iacute;ritu animal, <strong>audacia para atravesar sin nostalgia la incertidumbre de un tiempo nuevo, buscar m&aacute;s all&aacute; de la (vieja) racionalidad. </strong>La danza y el martillo: contener lo contenible y romper lo incontenible, cuidar el agua y buscar el litio, proteger a la masa marginal y acelerar el capital tecnol&oacute;gico, gobernar a est&uacute;pidos y dementes con democracia y autoridad. <strong>Ser racionales rodeados de caos.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gente-estupida_129_8636378.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Jan 2022 04:00:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Por qué la gente es tan estúpida]]></media:title>
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      <title><![CDATA[El tiempo dislocado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tiempo-dislocado_129_8569091.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/14b4caa0-925f-48ed-b795-0e149e7d5e35_16-9-discover-aspect-ratio_default_1036636.jpg" width="594" height="334" alt="El tiempo dislocado"></p><p class="article-text">
        El tiempo est&aacute; dislocado (<em>the time is out of joint</em>), dice Hamlet en la escena V del primer acto de la obra hom&oacute;nima, luego de ver al fantasma de su padre. Pareciera que el pasado y el futuro se encuentran y se mezclan en un presente mal definido: la nostalgia por una internet m&aacute;s amable; el putrefacto sabor a <em>deja v&uacute;</em> que nos dejaron las memorias alfonsinistas de Juan Carlos Torre; el retorno at&aacute;vico de la fragilidad humana en un planeta de pestes, incendios y diluvios; Ferro cerca de ascender; la &ldquo;distop&iacute;a&rdquo; como lugar com&uacute;n para nombrar a todo rasgo presente que nos hable de un porvenir indeseado.
    </p><p class="article-text">
        Los veinte a&ntilde;os de &ldquo;diciembre de 2001&rdquo; nos alcanzan en plena crisis, un poco con la sensaci&oacute;n de que aquello se repite, otro poco con la sensaci&oacute;n de que nunca termin&oacute; del todo. Un historiador dir&iacute;a que nada se repite, que todo termina, que cada evento se entiende en su particularidad. Todo es cierto: <strong>el 2001 es Historia, el 2001 se repite y el 2001 nunca termin&oacute;. El tiempo est&aacute; dislocado</strong>.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Antes de 2001</strong></h3><p class="article-text">
        <a href="http://www.lavanguardiadigital.com.ar/index.php/2016/12/20/mi-2001-alejandro-galliano/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Al 20 de diciembre de 2001 lo estuvimos deseando</a>, escrib&iacute; irresponsablemente hace 5 a&ntilde;os. &ldquo;Al diciembre de dos mil uno lo anhelaron secretamente los intelectuales nost&aacute;lgicos de la plaza llena, pero tambi&eacute;n los sojeros e industriales ansiosos por un tipo de cambio m&aacute;s competitivo; la izquierda dura para salir a romper todo, pero tambi&eacute;n el peronismo <em>tory</em> para reconstruirlo a su modo. Secreta o abiertamente, casi todos so&ntilde;&aacute;bamos con el 20 de diciembre. Hasta que ocurri&oacute;&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El tiempo no pasa, se acumula. La izquierda y el kirchnerismo suelen relatar al 2001 como el fin de los a&ntilde;os noventa, una espada justiciera que cay&oacute; sobre la Sodoma neoliberal y cort&oacute; a la Historia en dos. Una mirada m&aacute;s paciente nos deja ver que aquello fue tambi&eacute;n la culminaci&oacute;n de tendencias que se cocinaron a lo largo de toda la d&eacute;cada anterior. La soja y los piqueteros, la clase media en armas y el asistencialismo duhaldista, la querella a los medios de comunicaci&oacute;n y la reivindicaci&oacute;n de los a&ntilde;os 70 a contrapelo tanto del &ldquo;consenso alfonsinista&rdquo; como de la &ldquo;reconciliaci&oacute;n&rdquo; menemista. Todos los elementos que asociamos f&aacute;cilmente con la Argentina posterior a la crisis parecen haber estado ah&iacute;, esperando a la sombra de una hegemon&iacute;a neoliberal que quiz&aacute;s nunca fue tal. <strong>Diciembre de 2001 es entonces la maduraci&oacute;n natural, el </strong><em><strong>kairos</strong></em><strong> del neoliberalismo imposible en Argentina. El momento en que la ilusi&oacute;n monetaria cedi&oacute; a un pa&iacute;s real que esper&oacute; diez a&ntilde;os en las catacumbas.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Como la <em>primera</em> guerra mundial, como <em>la </em>revoluci&oacute;n francesa, el 2001 es un hecho &uacute;nico e irrepetible, que se explica desde las tendencias previas pero se comprende <em>a posteriori</em>, cuando pareciera que la &uacute;nica manera de arrogarse la victoria de un proceso ca&oacute;tico es darle un sentido y un final. El 2001 ya es Historia, la guerra termin&oacute;, la revoluci&oacute;n ha concluido. Pero a&uacute;n nadie se entera.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Diciembre de 2001 es entonces la maduración natural, el kairos del neoliberalismo imposible en Argentina. El momento en que la ilusión monetaria cedió a un país real que esperó diez años en las catacumbas.</p>
          </div>

  </blockquote><h3 class="article-text"><strong>Despu&eacute;s de 2001</strong></h3><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de 2001 pareciera haber solo 2001. Desde las tarifas subsidiadas hasta la pol&iacute;tica de la antipol&iacute;tica, desde una moneda siempre a punto de desaparecer hasta la calle tomada por cualquiera, todo tiende a permanecer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pasaron veinte a&ntilde;os, los problemas son los mismos y las soluciones tambi&eacute;n, pero ya no solucionan nada. Las revoluciones envejecen pero nuestros revolucionarios no se resignan a ser conservadores. Macri y los Kirchner, Manes y Grabois, todos le deben su suerte pol&iacute;tica al 2001 y s&oacute;lo pueden avanzar reviviendo de una u otra manera ese pasado, sus condiciones y fantasmas. Refundadores constantes de un pa&iacute;s que se extingue, sobreoferta de revoluci&oacute;n. Va a ser muy dif&iacute;cil detener a los nuevos incendiarios si no supimos ni quisimos apagar el viejo fuego.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero ser&iacute;a injusto culpar s&oacute;lo a las dirigencias por esa inercia. <strong>En el fondo de cada coraz&oacute;n argentino a&uacute;n late el oscuro deseo de un estallido que solucione todo r&aacute;pidamente. </strong>Habr&aacute; algunos muertos, habr&aacute; m&aacute;s pobreza, pero la econom&iacute;a rebota y la pol&iacute;tica se endereza. Por eso siempre es racional apostar al caos, siempre parece buen negocio esperar que las crisis maduren. Todos queremos ser Alemania o Corea del Sur pero nadie quiere ser alem&aacute;n del 47 o coreano del 61, &iquest;para qu&eacute; esperar una generaci&oacute;n si con un verano en llamas y un par de cascotazos los mejores d&iacute;as llegan igual? &ldquo;El 2001 fue un orden roto por dentro&mdash;<a href="https://www.eldiarioar.com/politica/ultima-visita-2001-museo-grandes-novedades_129_8554166.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">dice Mart&iacute;n Rodr&iacute;guez</a>&mdash;No lo rompieron los resistentes, aunque hicieron su parte, lo terminaron rompiendo los creyentes&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 2001 no termina. Se estira y se estira porque hay un pacto invisible de todos los argentinos en seguir viviendo ah&iacute; adentro, como un Ragle Gumm de la crisis, en seguir esperando el rayo redentor, en seguir contando la historia entera desde aqu&eacute;l diciembre como si antes no hubiera habido nada. El catastrofismo tambi&eacute;n es una zona de confort.
    </p><h3 class="article-text"><strong>El otro 2001</strong></h3><p class="article-text">
        2001 tiene un gemelo oscuro: 1989. Otro colapso, otra crisis que pareci&oacute; solucionarse en un parpadeo, otro refusilo hist&oacute;rico que condens&oacute; las tendencias previas, desde los planes de privatizaci&oacute;n que prepararon Machinea y Terragno para Alfons&iacute;n hasta la profec&iacute;a de <em>&Aacute;mbito financiero</em> en 1982: &ldquo;Alg&uacute;n d&iacute;a tendr&aacute;n un peso regulador fundamental en el pa&iacute;s esas clases medias que en estos a&ntilde;os viajaron al exterior y conocieron econom&iacute;as verdaderamente evolucionadas, mercados absolutamente competitivos&rdquo;. Y otro relato fundacional. Menem no dej&oacute; de volver una y otra vez a aquel a&ntilde;o a medida que menguaba su liderazgo para recordarles a los hermanos y hermanas de su Patria (&eacute;l tambi&eacute;n era inclusivo) qu&eacute; cerca que estaba el pasado, qu&eacute; peligroso era un pa&iacute;s sin &eacute;l.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>El relato del dos mil uno fue un intento por destronar al del ochenta y nueve, que tanto se le parec&iacute;a. Y en la decadencia de aqu&eacute;l, &eacute;ste parece resucitar</strong>: Milei y Espert reivindican a Cavallo, una legi&oacute;n de votantes y contribuyentes nacidos en el siglo XXI anhelan aquella d&eacute;cada neoliberal que nunca vivieron y nunca vivir&aacute;n, al igual que la juventud maravillosa de los a&ntilde;os 70 idealiz&oacute; los irrepetibles a&ntilde;os de Per&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hoy el culto al ochenta y nueve quiere destronar al dos mil uno, que tanto se le parece. La misma pol&iacute;tica de la antipol&iacute;tica; el mismo catastrofismo optimista que conf&iacute;a en un colapso o un chasquido de dedos soberano para ordenar todo; la misma energ&iacute;a de futuro encerrada en el pasado. Nada nuevo puede salir de ah&iacute;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Ser&iacute;a muy digno cerrar este art&iacute;culo diciendo que el ant&iacute;doto para salir de 2001 y evitar 1989 es pensar un <em>verdadero proyecto de futuro</em>. Pero es mentira: el futuro no existe. Aqu&eacute;l que venda ideas en su nombre est&aacute; hablando de otra cosa. Solo existen tendencias que vienen del pasado y nos alcanzan en el presente. Como pas&oacute; en 1989, como pas&oacute; en 2001. No son fatales ni traen su destino escrito en la frente, hay que saber surfearlas y usarlas a favor. En medio de otro ciclo argentino, de una nueva reconfiguraci&oacute;n del capitalismo mundial y de una crisis clim&aacute;tica creciente, es un desperdicio de tiempo e imaginaci&oacute;n seguir pensando en 2001, una an&eacute;cdota de barrio, la foto pixelada de un lugar que ya no existe. &ldquo;La tradici&oacute;n de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando &eacute;stos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas &eacute;pocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los esp&iacute;ritus del pasado&rdquo;. El tiempo est&aacute; dislocado. Y eso deber&iacute;a liberarnos de ese pasado de mierda que nos parece delicioso. Hay mejores colapsos en qu&eacute; pensar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s todo lo escrito en esta columna a lo largo del a&ntilde;o fue solo eso: veinte maneras de pensar el colapso, comprender las tendencias, mirar a los fantasmas. Dejar el siglo atr&aacute;s y cruzar la incertidumbre. Siempre podemos olvidar, aterrizar en la oscuridad. Feliz 2022.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tiempo-dislocado_129_8569091.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Dec 2021 03:47:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El tiempo dislocado]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Crisis 2001,Raúl Alfonsín,Carlos Menem]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Raul Hilberg, sinfonista de la destrucción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/raul-hilberg-sinfonista-destruccion_129_8526493.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/79c1ae66-91ed-4f27-b20c-ae37da663bb4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Raul Hilberg, sinfonista de la destrucción"></p><p class="article-text">
        Est&aacute; la Historia y est&aacute;n las historias. Por lo general las historias acompa&ntilde;an a la Historia. Pero a veces siguen su propio camino. La historia del nazismo, por ejemplo, es un campo de estudios casi aut&oacute;nomo, en donde los criterios y per&iacute;odos de la Historia suelen ponerse a prueba. All&iacute; por ejemplo, un historiador marxista como Tim Mason puede concluir que el nazismo no estaba determinado por la econom&iacute;a, s&oacute;lo por la pol&iacute;tica; y un polit&oacute;logo como Karl Bracher puede afirmar que el III Reich no se explica por sus instituciones ni grupos de inter&eacute;s sino exclusivamente por la voluntad del F&uuml;hrer.
    </p><p class="article-text">
        Si la historia del nazismo es una historia aparte, la del genocidio nazi es una historia aparte de la historia aparte. El nazismo fue estudiado casi en tiempo real por obras como <em>Behemoth: La estructura y la pr&aacute;ctica del Nacional Socialismo</em> (1942), de Franz Neumann. La matanza sistem&aacute;tica de jud&iacute;os, en cambio, fue un hecho que los vencedores prefirieron obviar. &ldquo;En el clima general, la atenci&oacute;n de los jud&iacute;os norteamericanos se dirig&iacute;a hacia Israel y los &aacute;rabes, mientras que los norteamericanos en su conjunto tend&iacute;an a pensar en la Guerra Fr&iacute;a con la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica. En esa &eacute;poca, se sol&iacute;a decir a las personas martirizadas por el recuerdo&#8213;los supervivientes&#8213;que olvidaran lo que hab&iacute;a pasado&rdquo;, recuerda <strong>Raul Hilberg</strong>, quien <strong>pr&aacute;cticamente fund&oacute; la historia del Holocausto</strong> en 1961 con su libro <em>La destrucci&oacute;n de los jud&iacute;os europeos</em>. <strong>Preguntar qu&eacute; hab&iacute;a pasado, y c&oacute;mo hab&iacute;a sido posible, m&aacute;s all&aacute; de las f&aacute;bulas morales (los nazis son malos) o metaf&iacute;sicas (el Hombre es malo), se pagaba con soledad y suspicacias.</strong> Las <em>Memorias de un historiador del Holocausto</em> de Hilberg, editadas en Argentina por Edhasa y (mal) traducidas por la espa&ntilde;ola Arpa (empezando porque su t&iacute;tulo original es <em>Politics of Memory</em>) son una breve y soberbia historia de c&oacute;mo se hace historia. Y de c&oacute;mo se hace un historiador.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Preguntar qué había pasado, y cómo había sido posible, más allá de las fábulas morales (los nazis son malos) o metafísicas (el Hombre es malo), se pagaba con soledad y suspicacias.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Raul Hilberg naci&oacute; en Viena y se cri&oacute; en el coraz&oacute;n de un desamorado matrimonio jud&iacute;o de clase media. El peque&ntilde;o Raul amaba los mapas y los trenes, e ignoraba a Dios. La anexi&oacute;n de Austria por el III Reich expuls&oacute; a los Hilberg a Nueva York: su estatus social descendi&oacute; y el desamor se agrav&oacute;. Raul termin&oacute; el colegio y empez&oacute; la universidad sin asimilar del todo a su nueva tierra, ni siquiera cuando pele&oacute; la Segunda Guerra Mundial: &ldquo;La granada de mano norteamericana me parec&iacute;a un homenaje al b&eacute;isbol&rdquo;. Al llegar con su divisi&oacute;n a M&uacute;nich, se aloj&oacute; en la sede central del partido nacionalsocialista y pudo ver la biblioteca personal de Hitler. Retornado a Estados Unidos, fue contratado para ordenar la documentaci&oacute;n alemana que el ej&eacute;rcito hab&iacute;a secuestrado. Trabajaba junto a varios exfuncionarios y militares del III Reich, ahora al servicio de Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        Con esos documentos Hilberg elabor&oacute; su tesis, que dirig&iacute;a su profesor de Ciencias Pol&iacute;ticas, Franz Neumann. En <em>Behemoth</em> Neumann hab&iacute;a descrito al III Reich como un Antileviat&aacute;n, una estructura ca&oacute;tica y descentralizada en donde el Partido, el Ej&eacute;rcito, la Industria y la Burocracia ten&iacute;an cada una los atributos de un Estado y operaban por su cuenta. Hilberg emple&oacute; esa estructura para estudiar la administraci&oacute;n del genocidio como un proceso burocr&aacute;tico, no impuesto a sangre y fuego. Contradiciendo la sensibilidad de su &eacute;poca, fij&oacute; su mirada en los culpables y no en la v&iacute;ctimas, se desentendi&oacute; de la narrativa &eacute;pica (&ldquo;incluso la pasividad era vista como una forma de resistencia&rdquo;) y atendi&oacute; al rol de los consejos jud&iacute;os en el proceso, en su adaptaci&oacute;n y cooperaci&oacute;n con las autoridades nazis. &ldquo;Al investigar y escribir no segu&iacute; simplemente otra direcci&oacute;n, sino una totalmente opuesta al sentir perpetuo de la comunidad jud&iacute;a&rdquo;. Neumann acept&oacute; dirigir la tesis de Hilberg con una sentencia: &ldquo;Ser&aacute; tu funeral&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text"><strong>El polit&oacute;logo y el historiador</strong></h3><p class="article-text">
        <strong>La de Hilberg era una empresa &eacute;tica e intelectual: fundar la historia de una aberraci&oacute;n de la Historia</strong>, de lo que parec&iacute;a s&oacute;lo horror sin sentido. En esa empresa debi&oacute; trabajar la forma y el contenido.
    </p><p class="article-text">
        Escribir cualquier cosa es un arte, y el arte imita al arte. Frente a la hoja en blanco est&aacute;n quienes imaginan una pel&iacute;cula, quienes pintan vi&ntilde;etas y quienes pensamos en m&uacute;sica. El cap&iacute;tulo de las <em>Memorias </em>sobre la escritura es un peque&ntilde;o tratado est&eacute;tico: &ldquo;El artista sustituye una realidad que se est&aacute; desvaneciendo por un texto. Las palabras que se escriben as&iacute; tienen lugar en el pasado; estas palabras ser&aacute;n m&aacute;s recordadas que los sucesos mismos. Es aplicable a toda la historiograf&iacute;a, a todas las descripciones de un hecho. No obstante, mi tema era inmenso. Los alemanes no ten&iacute;an ning&uacute;n modelo para lo que hicieron, ni yo tampoco para mi narraci&oacute;n. Pero m&aacute;s tarde s&iacute; me percat&eacute; de que estaba componiendo algo. No era una obra literaria, sino m&aacute;s bien una musical&rdquo;. Hilberg era un mel&oacute;mano de paladar cl&aacute;sico, casi popular: Rossini, Verdi, Vivaldi, Mozart. Y Beethoven. De la sinfon&iacute;a <em>Eroica</em> tom&oacute; la simetr&iacute;a de su libro; de la sonata <em>Appassionata</em>, que &ldquo;no pod&iacute;a gritar en mil p&aacute;ginas, que deb&iacute;a suprimir la sonoridad y las reverberaciones y que solo pod&iacute;a aflojar las riendas en casos muy, muy concretos&rdquo;. Como cientista social de los a&ntilde;os 40, Hilberg es un devoto de la objetividad: se proh&iacute;be incluir experiencias personales, rechaza t&eacute;rminos como &ldquo;exterminio&rdquo;, sufre los excesos kitsch de los editores. Por debajo de esa austeridad espartana, su prosa deja ver una iron&iacute;a que la econom&iacute;a de la escritura hace a&uacute;n m&aacute;s efectiva.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Si la necesidad de narrar la destrucci&oacute;n llev&oacute; a Hilberg a escribir como un sinfonista, el contenido del relato lo hizo pendular entre dos disciplinas que no pueden ser m&aacute;s distintas: la Historia y la Ciencia Pol&iacute;tica. La primera, tan vieja como la civilizaci&oacute;n occidental, se concentra en lo particular, lo concreto y probado, sin peticiones de principio. La segunda, nacida en 1857 en la Universidad de Columbia, tambi&eacute;n trabaja con datos pero los acomoda en modelos y esquemas generales. Hilberg estudi&oacute; en Columbia y encar&oacute; su investigaci&oacute;n como un polit&oacute;logo: &ldquo;Deb&iacute;a dibujar un esquema lo bastante r&iacute;gido y exhaustivo para soportar cualquier documento que pudiera encontrar&rdquo;. Ser&aacute;n la dimensi&oacute;n de su tema y la lucha por contarlo los que har&aacute;n de este polit&oacute;logo norteamericano un historiador europeo.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Maldito sea de d&iacute;a y maldito sea de noche</strong></h3><p class="article-text">
        La maldici&oacute;n de Hilberg empez&oacute; en 1954. Ese a&ntilde;o Neumann muri&oacute; en un accidente de tr&aacute;nsito y &eacute;l debi&oacute; terminar su tesis en orfandad acad&eacute;mica. Luego comenz&oacute; su penoso periplo laboral: ense&ntilde;&oacute; una temporada en la <em>Hunter College</em> de Nueva York, bajo un director levemente antisemita, y otra en la <em>Universidad de Puerto Rico</em>, bajo un director abiertamente racista. Junto a la Iglesia cat&oacute;lica y los independentistas boricuas, conspir&oacute; para denunciarlo y consigui&oacute; quedarse sin trabajo. Finalmente, recal&oacute; en Vermont con la idea de que &ldquo;la discriminaci&oacute;n contra los jud&iacute;os estaba muy extendida y probablemente no pasar&iacute;a ni la entrevista. Al llegar a Burlington, Vermont, respir&eacute; tranquilo. La discriminaci&oacute;n era contra los cat&oacute;licos&rdquo;. Trabaj&oacute; all&iacute; sin licencias ni subvenciones para investigar, ganando poco y viviendo en un monoambiente en el barrio cat&oacute;lico. Mientras tanto, a su tesis no le iba mejor: las editoriales se negaban a publicar entero un libro tan largo; la Universidad de Princeton, asesorada por Hannah Arendt, consider&oacute; que aportaba poco; y el <em>Yad Vashem</em>, la autoridad israel&iacute; en Memoria de las v&iacute;ctimas del Holocausto, repudi&oacute; sus fuentes alemanas y su visi&oacute;n de la resistencia jud&iacute;a. Finalmente logr&oacute; publicarla gracias a dos hechos fortuitos: el mecenazgo de Frank Petschek, un exiliado checoslovaco que hab&iacute;a perdido sus bienes con las confiscaciones nazis, y el secuestro de Eichmann en Argentina para su enjuiciamiento en Israel.
    </p><p class="article-text">
        Una vez publicado, <em>La destrucci&oacute;n de los jud&iacute;os europeos</em> libr&oacute; una guerra de treinta a&ntilde;os: <strong>Hilberg fue maltratado en Israel, abucheado en una conferencia en Nueva York, plagiado y despreciado por igual</strong>. Hannah Arendt lo cit&oacute; profusamente en su ensayo <em>Eichmann en Jerusalem</em> para sostener una tesis del todo ajena a Hilberg: &ldquo;Arendt no discern&iacute;a las grietas que hab&iacute;a encontrado Eichmann en la mara&ntilde;a de la m&aacute;quina administrativa alemana para llevar a cabo sus acciones sin precedentes, ni comprend&iacute;a la dimensi&oacute;n de lo que hab&iacute;a hecho. No hab&iacute;a ninguna 'banalidad' en ese 'mal'&rdquo;. Pero el prestigio de la polit&oacute;loga y la repercusi&oacute;n de su ensayo arrastraron a Hilberg a una pol&eacute;mica ajena, la de Arendt con los jud&iacute;os. Un conflicto que ella no resisti&oacute; y cuyo precio cobr&oacute; a Hilberg. &ldquo;Cuando Arendt escribi&oacute; el ep&iacute;logo para la segunda edici&oacute;n de su libro sobre Eichmann se hab&iacute;a vuelto resentida. Est&aacute; claro que ten&iacute;a una necesidad personal de aislar el fen&oacute;meno nazi. Pero rechazando mis ideas, tambi&eacute;n intentaba mejorar su autoestima. Al fin y al cabo, &iquest;qui&eacute;n era yo? Ella era pensadora: yo, el jornalero que &uacute;nicamente escribi&oacute; una triste cr&oacute;nica, aunque indispensable en cuanto la hubo explotado: ese era el orden natural de su universo&rdquo;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Cansado y vapuleado, Hilberg se refugi&oacute; en Vermont: compr&oacute; una casa, se divorci&oacute;, hizo carrera en la Universidad. El estudio del genocidio nazi crec&iacute;a en el mundo a la luz de su libro. La guerra de Vietnam acerc&oacute; a la sensibilidad norteamericana al genocidio; la <a href="https://elpais.com/diario/2006/09/15/opinion/1158271215_850215.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Historikerstreit</a> confront&oacute; a los alemanes con su pasado. Claude Lanzmann entrevist&oacute; a Hilberg para el documental <em>Shoah</em>.<em> </em>Daniel Goldhagen public&oacute; <em>Los verdugos voluntarios de Hitler</em>, un bestseller que considera a todos los alemanes culpables del Holocausto. Hilberg critic&oacute; la tesis de Goldhagen y consider&oacute; que ten&iacute;a algo m&aacute;s que decir. <em>Ejecutores, v&iacute;ctimas y testigos</em> (1992) narra el genocidio desde la vida cotidiana de la gente com&uacute;n: &ldquo;La destrucci&oacute;n de los jud&iacute;os era el contexto en s&iacute; mismo, la realidad inamovible, y, dentro de ese estallido extraordinario, buscaba todo lo que fuera ordinario&rdquo;. Buscaba historias en la Historia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hans Adler, sobreviviente de Auschwitz e historiador del gueto, apunt&oacute; que Hilberg &ldquo;habla desde el punto de vista de una generaci&oacute;n que no se siente afectada directamente, desconcertada, resentida y cr&iacute;tica, no solo con los alemanes sino tambi&eacute;n con los jud&iacute;os&rdquo;. Reinhart Koselleck, historiador y voluntario del Ej&eacute;rcito alem&aacute;n durante la II Guerra Mundial, dijo que la Memoria privatiza a la Historia: deja un fragmento del pasado en manos del relato de un grupo identitario. <strong>Hilberg rompi&oacute; la Memoria para hacer Historia</strong>.
    </p><p class="article-text">
        <em>Ejecutores, v&iacute;ctimas y testigos</em> fue ignorado en Estados Unidos. Para entonces, Hilberg era un autor m&aacute;s le&iacute;do en Europa. &Eacute;l, que hab&iacute;a boicoteado cualquier cosa alemana desde que abandon&oacute; Austria, se encontr&oacute; cenando con su editor alem&aacute;n, que lo invit&oacute; a visitar Viena. Sus <em>Memorias</em> cierran recorriendo sus calles, su barrio, el departamento todav&iacute;a ocupado por la mujer que expuls&oacute; a su familia en 1938. Toc&oacute; el timbre pero no estaba en casa. Y dedic&oacute; el resto de la tarde a pasear feliz por la ciudad de su infancia, la ciudad anclada en el siglo XIX, negadora de su pasado reciente, de su responsabilidad. &ldquo;No pod&iacute;a evitar admirar la manera en que los austriacos pronunciaban la lengua alemana: con su ritmo y su claridad, constitu&iacute;a por s&iacute; y en s&iacute; misma una demostraci&oacute;n de la perfecci&oacute;n&rdquo;, concluye Raul Hilberg, historiador europeo.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/raul-hilberg-sinfonista-destruccion_129_8526493.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Nov 2021 04:09:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Raul Hilberg, sinfonista de la destrucción]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Historia,Nazismo,Holocausto]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dos eslabones perdidos: la historia de los que no ganan ni pierden]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/eslabones-perdidos-historia-no-ganan-pierden_129_8485869.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b37013cb-9bf6-43c1-ae04-4f01f2fa885d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dos eslabones perdidos: la historia de los que no ganan ni pierden"></p><p class="article-text">
        Si la Historia la escriben los que ganan eso quiere decir que hay otra Historia. La de los que pierden. Esa Historia tambi&eacute;n ha sido profusamente escrita. No por ellos, sino por diversos cronistas rom&aacute;nticos, militantes revisionistas e historiadores en b&uacute;squeda de un tema nuevo de investigaci&oacute;n. <strong>Queda una tercera Historia, la de los que no ganan ni pierden, sencillamente desaparecen, se extinguen silenciosamente al costado de una ruta que los considera obsoletos, fallidos o insignificantes</strong>. Hoy quisiera recuperar una de esas historias para ver si nos sirve de algo. O al menos, para no sentirme tan obsoleto, fallido e insignificante aqu&iacute;, al costado de la ruta.
    </p><h3 class="article-text"><em><strong>Sinking London</strong></em></h3><p class="article-text">
        El Londres de entreguerras no habr&aacute; tenido la efervescencia de Par&iacute;s, ni el filo de Berl&iacute;n, ni siquiera puede competir consigo mismo en los '60, pero s&iacute; ten&iacute;a el encanto de un imperio en lenta y franca decadencia. En &eacute;l conviv&iacute;an el viejo Chesterton y el joven Hitchcock, Sylvia Pankhurst llevando el feminismo hasta el antiimperialismo, y Alexander Korda con su corte de emigrados h&uacute;ngaros intentando fundar un Hollywood brit&aacute;nico. Y un grupo de cient&iacute;ficos de primer nivel a punto de tomar el control del comunismo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hablar hoy de &ldquo;marxismo brit&aacute;nico&rdquo; remite inevitablemente al pu&ntilde;ado de historiadores de posguerra que modernizaron la disciplina y lograron proyecci&oacute;n internacional: Eric Hobsbawm, E.P. Thompson, Christopher Hill, etc. En el <em>sinking London</em> de los a&ntilde;os '30 fueron personas como el matem&aacute;tico Hyman Levy, el f&iacute;sico John D. Bernal o los bi&oacute;logos Lancelot Hogben, Joseph Needham y J.B.S. Haldane, todos provenientes de familias acomodadas y colegios de &eacute;lite, quienes se interesaron por el marxismo, algunos incluso terminaron afiliados al Partido Comunista de Gran Breta&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Esto tiene un contexto. La derrota de las huelgas de 1926 hab&iacute;a quebrado a la clase obrera inglesa y la izquierda local se qued&oacute; sin un sujeto al cual movilizar. Cinco a&ntilde;os despu&eacute;s, la comitiva sovi&eacute;tica que asisti&oacute; al II Congreso Internacional de Historia de la Ciencia en Londres llev&oacute; dos &ldquo;buenas nuevas&rdquo;: que el marxismo era un teor&iacute;a cient&iacute;fica de validez universal y que los cient&iacute;ficos ten&iacute;an un lugar en la lucha de clases. Por esos a&ntilde;os la ciencia brit&aacute;nica viv&iacute;a una era de esplendor: entre 1932 y 1933 Chadwick descubri&oacute; el neutr&oacute;n, Cockcroft y Walton lograron dividir el &aacute;tomo, y Blackett, otro socialista, demostr&oacute; la existencia del antielectr&oacute;n. Pero la condici&oacute;n social del cient&iacute;fico estaba cambiando: la vieja ciencia aristocr&aacute;tica de la <em>Royal Society</em> (&ldquo;<em>gentlemen don't publish&rdquo;</em>: los caballeros no publican <em>papers</em>, investigan por mero amor al conocimiento) iba siendo desplazada por la &ldquo;Gran Ciencia&rdquo; industrial del siglo XX, asociada a las corporaciones y los Estados, y sostenida por profesionales asalariados que si no publican, no existen.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Proletarizados y envanecidos a la vez, algunos cient&iacute;ficos brit&aacute;nicos consideraron que ellos eran el verdadero sujeto revolucionario, la vanguardia que conducir&iacute;a al resto de la sociedad a un mundo mejor. </strong>Y obraron en consecuencia: escribieron libros de divulgaci&oacute;n, disecaron al marxismo hasta darle aspecto cient&iacute;fico. Y <strong>dos de esos caballeros de ciencia fueron m&aacute;s all&aacute; y se imaginaron un futuro que exced&iacute;a con creces al siglo XX.</strong>
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Proletarizados y envanecidos a la vez, algunos científicos británicos consideraron que ellos eran el verdadero sujeto revolucionario, la vanguardia que conduciría al resto de la sociedad a un mundo mejor.</p>
          </div>

  </blockquote><h3 class="article-text"><strong>Retrato de dos caballeros</strong></h3><p class="article-text">
        <strong>John Burdon Saunderson Haldane</strong> proven&iacute;a de una familia aristocr&aacute;tica abocada a la ciencia. Luego del obligado paso por Eton, estudi&oacute; fisiolog&iacute;a en Oxford. Para no perder tiempo ni maltratar animales, habituaba emplearse a s&iacute; mismo como cobayo, lo que lo puso al borde de la muerte un par de veces. Despu&eacute;s de combatir en la Primera Guerra Mundial, pas&oacute; a estudiar gen&eacute;tica en Cambridge, disciplina de la que a&uacute;n hoy es un referente. Su talento multidisciplinario y su personalidad extrovertida lo condujeron a la divulgaci&oacute;n cient&iacute;fica. En 1923 ofreci&oacute; una charla &ldquo;a los herejes&rdquo; de Cambridge, que luego fue publicada como <em>Daedalus, or Science and the Future</em>. En ella hablaba de reemplazar el carb&oacute;n con molinos de viento y almacenar la energ&iacute;a en hidr&oacute;geno l&iacute;quido, y del riesgo de que el capitalismo derivara en un feudalismo industrial, con su casta empresaria, sus enclaves y sus leyes a medida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El aspecto m&aacute;s perturbador de la futurolog&iacute;a de Haldane era el rol que le atribu&iacute;a a la biolog&iacute;a en el mejoramiento de las condiciones de vida. Promov&iacute;a la eugenesia y la ectog&eacute;nesis, t&eacute;rmino que &eacute;l mismo acu&ntilde;&oacute; para designar a la gestaci&oacute;n por fuera del vientre materno, con el consecuente y liberador divorcio entre sexualidad y reproducci&oacute;n: &ldquo;Caben pocas dudas de que si no fuera por la ectog&eacute;nesis la civilizaci&oacute;n colapsar&aacute; debido a la mayor fertilidad de los miembros menos deseables de la sociedad&rdquo;. Tambi&eacute;n especulaba sobre el empleo de psicof&aacute;rmacos en la mejora intelectual de las personas. Ateo convencido, Haldane cerraba su ensayo se&ntilde;alando que el cristianismo y el hindu&iacute;smo eran las religiones m&aacute;s compatibles con una sociedad regida por la ciencia.
    </p><p class="article-text">
        <em>Daedalus</em> fue un enorme &eacute;xito editorial que ciment&oacute; el prestigio de su autor, mereci&oacute; una respuesta humanista de Bertrand Russell (<em>Icarus, or The Future of Science</em>) e influy&oacute;, entre otros, a <strong>John Desmond Bernal</strong>. Hijo de una familia de terratenientes cat&oacute;licos, Bernal atribuy&oacute; su formaci&oacute;n juvenil a &ldquo;una mezcla indigesta de Einstein, Freud, Oscar Wilde y Bernard Shaw&rdquo;, adem&aacute;s de cierta proximidad con el nacionalismo irland&eacute;s. Estudi&oacute; f&iacute;sica en Cambridge y se destac&oacute; en cristalograf&iacute;a. Amigo de experimentar dentro y fuera del laboratorio, tuvo un matrimonio abierto e hijos con tres mujeres. Su vocaci&oacute;n erudita m&aacute;s la influencia de H.G. Wells y el mismo Haldane lo llevaron a intervenir en el debate p&uacute;blico con un libro que combinaba ciencias modernas y radicalismo pol&iacute;tico. Publicado en 1929,<em> The World, The Flesh and the Devil</em> part&iacute;a de la premisa de que era necesario reemplazar a la religi&oacute;n con un pensamiento ut&oacute;pico capaz de conectar al presente con el futuro de una manera no apocal&iacute;ptica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Destino y futuro no son lo mismo: el primero est&aacute; inscrito fatalmente en las cosas, el segundo est&aacute; alimentado por nuestros deseos. Para Bernal, solo el conocimiento cient&iacute;fico del mundo material nos permitir&aacute; proyectar un futuro realmente ut&oacute;pico que no se limite a ser mera compensaci&oacute;n de carencias presentes, un sue&ntilde;o de pobre. Como prueba de esa ambici&oacute;n, lleg&oacute; a concebir un h&aacute;bitat espacial en forma de esfera hueca capaz de albergar hasta 25.000 personas fuera del planeta Tierra: la &ldquo;esfera de Bernal&rdquo;. En esa aventura, el ser humano deb&iacute;a estar preparado para transformar su cuerpo. La evoluci&oacute;n es siempre una perversi&oacute;n: &ldquo;El hombre normal es un callej&oacute;n sin salida, el hombre mec&aacute;nico, aparentemente una ruptura en la evoluci&oacute;n org&aacute;nica, es la verdadera tradici&oacute;n de una evoluci&oacute;n posterior&rdquo;. La perversi&oacute;n de la naturaleza por la evoluci&oacute;n conlleva la perversi&oacute;n del esp&iacute;ritu. El <em>diablo</em> es ese deseo que rebasa la racionalidad y estimula &ldquo;la vida intelectual, sea cient&iacute;fica o est&eacute;tica&rdquo;. Bernal anticipa y radicaliza el <em>animal spirit</em> del que hablar&iacute;a Keynes a&ntilde;os m&aacute;s tarde: el necesario impulso irracional que requiere toda empresa racional. Pero para &eacute;l esa empresa no era el capitalismo ni el Estado de Bienestar: era la conquista del espacio y la superaci&oacute;n de la humanidad.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><h3 class="article-text"><strong>El juicio del siglo</strong></h3><p class="article-text">
        En los a&ntilde;os '30 Bernal y Haldane encontraron en el comunismo sovi&eacute;tico el sistema de valores que esperaban de la religi&oacute;n y la utop&iacute;a. El compromiso pol&iacute;tico les dio una nueva proyecci&oacute;n social y endureci&oacute; su pensamiento. Y los expuso al siglo. Por esos a&ntilde;os un agr&oacute;nomo ruso llamado Trofim Lysenko desarroll&oacute; una bizarra teor&iacute;a de evoluci&oacute;n por adaptaci&oacute;n a las condiciones ambientales, a contrapelo de la biolog&iacute;a moderna, que prioriza a la herencia gen&eacute;tica. Lysenko fue desacreditado por bi&oacute;logos como Nicolai Vav&iacute;lov o el propio Haldane. Pero el Padre de los Pueblos habl&oacute;: en 1948 Stalin consagr&oacute; al lysenkismo como doctrina biol&oacute;gica oficial. Vav&iacute;lov muri&oacute; en un gulag, Haldane se bande&oacute; ambiguamente y Bernal abraz&oacute; la doctrina oficial, abjurando de la ciencia moderna que tanto hab&iacute;a defendido.
    </p><p class="article-text">
        Para 1964 el fraude lysenkista termin&oacute; de caer pero el da&ntilde;o ya estaba hecho. El descr&eacute;dito fue compartido y la izquierda de posguerra desech&oacute; a Bernal y Haldane. Y con ellos, a las ciencias duras. En 1968, a&ntilde;o I de la revoluci&oacute;n que no fue, el joven marxista brit&aacute;nico Perry Anderson escribi&oacute; que los izquierdistas de los a&ntilde;os treinta no eran soci&oacute;logos ni fil&oacute;sofos, sino &ldquo;una pl&eacute;tora de poetas y cient&iacute;ficos, las dos vocaciones m&aacute;s inadecuadas para efectuar una transformaci&oacute;n pol&iacute;tica duradera de la cultura. Donde quisieron 'aplicar' sus creencias el resultado fue arte malo y ciencia falsa: la rimas de Spender y las fantas&iacute;as de Bernal&rdquo;. Desde entonces, nuestros caballeros fueron dos eslabones perdidos en la historia de las ideas, dos herejes condenados por el siglo XX al suave gulag occidental. En 1956 Haldane emigr&oacute; a la India: &ldquo;sesenta a&ntilde;os usando medias fueron suficientes&rdquo;, dijo, en sandalias y dhoti.
    </p><p class="article-text">
        Branko Milanovic tuite&oacute; que si queremos entender el siglo XXI no debemos leer autores de hace 30 a&ntilde;os sino autores de hace un siglo. <strong>Bernal y Haldane cayeron por su propio peso: egos desmesurados, dogmatismos pol&iacute;ticos.</strong> Pero nos hablaron hace 100 a&ntilde;os de energ&iacute;as renovables, de cyborgs y transhumanismo, de la colonizaci&oacute;n del espacio exterior y de la necesidad de darle a la revoluci&oacute;n tecnol&oacute;gica un marco est&eacute;tico y moral, una nueva religi&oacute;n o utop&iacute;a capaz de capturar a ese esp&iacute;ritu animal, irracional y ego&iacute;sta, que siempre habitar&aacute; en nosotros. <a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/cosmismo-ruso_1_8426763.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Y no estuvieron solos en ese plan</a>. Pero la izquierda abandon&oacute; ese proyecto, que hoy est&aacute; secuestrado por gente como Peter Thiel o Sundar Pichai, barones del feudalismo industrial que tem&iacute;a Haldane. Quiz&aacute;s sea tiempo de ir hasta la Torre de Londres a liberar a Bernal y Haldane del juicio de un siglo XX que ya termin&oacute; para siempre.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/eslabones-perdidos-historia-no-ganan-pierden_129_8485869.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Nov 2021 03:27:57 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las cosas nos imitan]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/cosas-imitan_129_8445346.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fc65c227-8e60-4a46-b736-f1fe6a04df88_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las cosas nos imitan"></p><p class="article-text">
        <strong>Quisiera comenzar esta columna como se estila hoy en d&iacute;a: con una trivial an&eacute;cdota personal de consumo de clase media.</strong> El otro d&iacute;a, mientras manipulaba mi tel&eacute;fono celular, ca&iacute; en la cuenta de que ya no me preocupa que se golpee por la posible rotura del equipo, sino por la probabilidad de que el impacto genere una interacci&oacute;n inconveniente: una involuntaria selfie en contrapicado de la papada, un like a alg&uacute;n posteo indecible, una transacci&oacute;n no deseada. <strong>El celular se transforma en un objeto que hay que cuidar m&aacute;s all&aacute; de su propio da&ntilde;o o del da&ntilde;o inmediato que podr&iacute;a causarnos, por ejemplo, un rev&oacute;lver.</strong> Nos puede perjudicar de manera mediata, m&aacute;s all&aacute; de s&iacute;, al igual que una persona torpe o maligna.
    </p><p class="article-text">
        Esta particular relaci&oacute;n con un objeto se puede sumar al cuadro m&aacute;s general de nuestro entorno: el algoritmo que &laquo;adivina&raquo; nuestros gustos; la paranoia sobre cualquier superficie, o el aire mismo, que instal&oacute; la pandemia, y que esperamos poder dejar atr&aacute;s. Parece nacer una nueva relaci&oacute;n con las cosas que va m&aacute;s lejos del antiguo animismo o de la moderna alienaci&oacute;n (&laquo;creemos que poseemos a las mercanc&iacute;as, pero son las mercanc&iacute;as las que nos poseen&raquo;). M&aacute;s pertinente resulta el poema n&deg; 92 de Roberto Juarroz: &laquo;Las cosas nos imitan...&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Si estamos rodeados de objetos que replican rasgos humanos (procesan informaci&oacute;n, se comunican, no son plenamente controlables ni cognoscibles), nuestra relaci&oacute;n con ese entorno ya no ser&aacute; la misma. Siglos de humanismo nos ense&ntilde;aron a comportarnos como actores rodeados de un decorado inerte o utilitario: el televisor, las mascotas, incluso el paisaje entero solo estaban <em>ah&iacute;</em>, esperando a que los us&aacute;ramos. Hoy ese entorno constituye un h&aacute;bitat artificial que tambi&eacute;n act&uacute;a, que no controlamos y que eventualmente nos formatea, nos constituye.
    </p><p class="article-text">
        <em>Ecolog&iacute;a</em> fue el t&eacute;rmino acu&ntilde;ado por Ernst Haeckel a fines del siglo XIX para definir la relaci&oacute;n de los organismos entre s&iacute; y con su mundo exterior. M&aacute;s adelante el concepto se afin&oacute; hasta remitir a los procesos complejos y no lineales que influencian la distribuci&oacute;n, transformaci&oacute;n e interacci&oacute;n de organismos, materia y energ&iacute;a. En 1989 el psicoanalista Felix Guattari public&oacute; <em>Las 3 ecolog&iacute;as</em>, un ensayo que propon&iacute;a estudiar los entornos natural, social y mental del ser humano. Treinta a&ntilde;os despu&eacute;s, podemos pensar en tres nuevas ecolog&iacute;as artificiales que nos alojan como especie.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Primera ecolog&iacute;a: la tecnolog&iacute;a</strong></h3><p class="article-text">
        La humanidad se forj&oacute; a s&iacute; misma transformando a su entorno. Desde entonces, nuestra relaci&oacute;n con ese entorno estuvo mediada por herramientas, m&aacute;quinas y f&aacute;bricas. Un complejo t&eacute;cnico creciente pero siempre objetivo, externo a la experiencia humana.
    </p><p class="article-text">
        Con el desarrollo de la cibern&eacute;tica desde mediados del siglo XX, las m&aacute;quinas se abren y se dispersan. Se <em>abren</em> porque se retroalimentan con informaci&oacute;n de sus usuarios; se <em>dispersan</em> porque funcionan m&aacute;s all&aacute; del &aacute;mbito productivo, en dispositivos portables de uso masivo. Las viejas m&aacute;quinas objetivas le van cediendo paso a una gran m&aacute;quina cibern&eacute;tica integrada que nos envuelve, operando sobre nuestras percepciones y sensaciones, sobre nuestra subjetividad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo austr&iacute;aco Erich H&ouml;rl entiende que la cibernetizaci&oacute;n es una ecologizaci&oacute;n: &laquo;contra la remanida idea de una era de inmediatez digital, con la computaci&oacute;n ubicua y los entornos inteligentes estamos de hecho ante una mediatizaci&oacute;n absoluta&raquo;. La nueva m&aacute;quina cibern&eacute;tica es un medio, un entorno que registra y hace posible cada operaci&oacute;n humana, y en el camino procesa nuestras sensaciones, sentimientos y sensibilidades. <strong>En el siglo XXI los humanos estamos m&aacute;s constituidos por nuestro medio que un cactus expuesto a siglos de aridez y presi&oacute;n atmosf&eacute;rica.</strong>
    </p><p class="article-text">
        La ecologizaci&oacute;n de la sensaci&oacute;n deviene en ecologizaci&oacute;n de la cognici&oacute;n, del pensamiento, del deseo. Y eventualmente, del poder y la gobernanza, toda vez que la llave maestra de los humores individuales y colectivos de los gobernados pasa por ese entorno digital. Antes de hundirse en la desesperaci&oacute;n, H&ouml;rl apunta que este entorno es necesariamente participativo, todos contribuimos a &eacute;l, y con una adecuaci&oacute;n cultural (H&ouml;rl la llama &laquo;el 4&deg; enciclopedismo&raquo;) podemos usarlo a nuestro favor.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Segunda ecolog&iacute;a: la ciudad</strong></h3><p class="article-text">
        Desde Arist&oacute;teles hasta Sarmiento, y de all&iacute; hasta Le Corbusier, la ciudad se pens&oacute; como un espacio artificial, homog&eacute;neo, gobernado por las leyes humanas (&laquo;civilizado&raquo;) que se recorta de su entorno natural, salvaje, b&aacute;rbaro, gobernado por las leyes de la naturaleza. Pero esto dej&oacute; de ser as&iacute; hace rato. La retracci&oacute;n de los Estados de bienestar a fines de los '70 dej&oacute; a las ciudades sujetas a procesos y actores heterog&eacute;neos y no coordinados: desarrolladores inmobiliarios, migrantes, agentes de la econom&iacute;a informal, redes delictivas, especies par&aacute;sitas y pat&oacute;genas. Hoy la barbarie parece morar <em>dentro</em> de las ciudades, mientras muchas zonas agrarias se modernizan y gentrifican.
    </p><p class="article-text">
        En 1900 s&oacute;lo el 10% de la poblaci&oacute;n mundial habitaba en ciudades. Para 2014, lo hac&iacute;a el 54%. En Am&eacute;rica Latina, el 60%; y en Argentina, el 80%. La humanidad ya es una especie urbana, como las ratas, las palomas y los pugs. Eric Hobsbawm apunta c&oacute;mo ya en el siglo XIX los jud&iacute;os europeos, urbanizados a la fuerza desde la Edad Media, ten&iacute;an tasas de morbilidad y mortandad mucho m&aacute;s bajas que el promedio, tal era su adaptaci&oacute;n al h&aacute;bitat urbano. La ciudad hoy es una comunidad de organismos interdependientes que interact&uacute;an con un ambiente complejo, sujeto a su propia din&aacute;mica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<strong>Los dos grandes datos del siglo XXI, la crisis clim&aacute;tica y la digitalizaci&oacute;n, solo refuerzan la condici&oacute;n ecol&oacute;gica de la ciudad.</strong> La crisis clim&aacute;tica se&ntilde;ala la irrupci&oacute;n de fuerzas naturales (inundaciones, crisis energ&eacute;ticas y sanitarias) en un tejido urbano que cada vez m&aacute;s es un medio al que debemos adaptarnos antes que uno que podamos adaptar a nosotros. Los dispositivos de control digital (geolocalizaci&oacute;n, reconocimiento facial), m&aacute;s all&aacute; de su promesa de gobernanza, s&oacute;lo agregan organismos artificiales (&iquest;potenciales especies?) a este complejo ecosistema.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>La ciudad no es una jungla de cemento, nunca lo fue: es un artificio que escap&oacute; del control humano hasta transformarse en un ecosistema.</strong> Algunos dir&aacute;n que no, que el infierno son los otros, que los &uacute;nicos problemas son el tr&aacute;nsito, los piquetes, IRSA o el hinchapelotas del piso de arriba. Pero esa es otra ecolog&iacute;a.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Tercera ecolog&iacute;a: nosotros</strong></h3><p class="article-text">
        Luego de dar toda la vuelta, nos encontramos con nosotros mismos. &iquest;Tiene sentido entendernos como una ecolog&iacute;a luego de tantas ciencias sociales y humanas? S&iacute;, si nos atrevemos a pensarnos con las mismas reglas con que pensamos a nuestros otros entornos. Y a veces el pensamiento necesario est&aacute; en los m&aacute;rgenes.
    </p><p class="article-text">
        Manuel DeLanda naci&oacute; en M&eacute;xico y en 1975 se estableci&oacute; en Nueva York para dedicarse al cine y la animaci&oacute;n digital. Las limitaciones t&eacute;cnicas de la &eacute;poca (trabajaba con una Cromemco de 64k sin software) lo obligaron a dise&ntilde;ar sus propios programas. As&iacute; lleg&oacute; a desarrollar software para IBM y escribir un libro de culto: <em>War in the age of intelligent machines</em>. Mientras tanto, le&iacute;a a Deleuze. &laquo;Cuando llegu&eacute; a Nueva York nada m&aacute;s tra&iacute;a dos libros, <em>L&oacute;gica del sentido</em>, de Gilles Deleuze, y <em>La estructura ausente</em>, de Umberto Eco. A Deleuze no le entend&iacute;a una chingada, pero yo sent&iacute;a que ten&iacute;a un secreto que deb&iacute;a descubrir&raquo;. Ese itinerario lo condujo a un particular pensamiento materialista no reduccionista.
    </p><p class="article-text">
        La reciente edici&oacute;n de <em>Teor&iacute;a de los ensamblajes y complejidad social</em> es un loable esfuerzo de editorial Tinta Lim&oacute;n por difundir la obra de DeLanda en castellano. Para DeLanda la sociedad no es ni una agregaci&oacute;n de individuos racionales, ni una estructura que hay que conceptualizar, ni mucho menos una trama de s&iacute;mbolos que hay que interpretar. Es un conjunto de cosas que se conectan entre s&iacute; dando lugar a sucesivos ensamblajes que son m&aacute;s que la suma de las partes. Un <em>chatarrero</em> se ensambla con otros vecinos y forma un <em>piquete</em>, que luego se ensambla con otros grupos hasta formar un <em>movimiento social</em>, que ensamblada con otras organizaciones constituyen una <em>empresa recuperada</em>; y con unos ensamblajes m&aacute;s podr&iacute;a constituir un <em>gobierno</em>. Las combinaciones pueden ser diferentes o incluir otros elementos: un productor agropecuario, un pool de siembra, otro piquete.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Probablemente el mayor m&eacute;rito de la <em>Teor&iacute;a de los ensamblajes</em> sea su tosquedad. A diferencia de otros te&oacute;ricos del ensamblaje, como Bruno Latour (flagrantemente ignorado en el libro), DeLanda no se distrae en matices ni canchereadas y, como un plomero del pensamiento social, va conectando sus tubos para formar ca&ntilde;er&iacute;as diversas: conversaciones, amistades, barrios, ciudades, mercados, naciones. Ni siquiera el individuo es un punto de partida, sino un ensamblaje de &oacute;rganos. Al final del camino pareciera que todo ensamblaje es posible, incluso con elementos no humanos: en definitiva, el chatarrero tambi&eacute;n se ensambla con la contaminaci&oacute;n y el 4G; el sojero, con un humedal. Todas las cosas valen lo mismo, todas se conectan y constituyen nuestro entorno. Y nosotros somos una de esas cosas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vivimos envueltos en una, tres, mil ecolog&iacute;as de cosas ensambladas: m&aacute;quinas ubicuas, ciudades silvestres, personas no humanas. En ese entorno somos m&aacute;s entes que gente.</strong> Quiz&aacute;s mi celular mientras me manipula no se preocupa por mi posible rotura, sino por la probabilidad de que genere una interacci&oacute;n inconveniente. Pero d&eacute;mosle la palabra a Juarroz:
    </p><p class="article-text">
        	Las cosas nos imitan.
    </p><p class="article-text">
        	Un papel arrastrado por el viento
    </p><p class="article-text">
        	reproduce los tropezones del hombre.
    </p><p class="article-text">
        	Los ruidos aprenden a hablar como nosotros.
    </p><p class="article-text">
        	La ropa adquiere nuestra forma.
    </p><p class="article-text">
        	&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	Las cosas nos imitan.
    </p><p class="article-text">
        	Pero al final
    </p><p class="article-text">
        	nosotros imitaremos a las cosas.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/cosas-imitan_129_8445346.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Oct 2021 04:18:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las cosas nos imitan]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Vida digital,Ecología,telefonía celular,Celulares]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una persona de interés]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/persona-interes_129_8397164.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7e52f5f4-3198-4170-a378-416386c1b0ea_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una persona de interés"></p><p class="article-text">
        <strong>James Lovelock </strong>es una persona de inter&eacute;s. Su primer rasgo de inter&eacute;s es estar vivo, teniendo en cuenta que naci&oacute; hace 102 a&ntilde;os, el 26 de julio de 1919. Se cri&oacute; en una familia obrera de fe cu&aacute;quera en la ciudad jard&iacute;n de Letchworth, en el sudeste ingl&eacute;s. Estudi&oacute; qu&iacute;mica en M&aacute;nchester y medicina en Londres, para luego trabajar como investigador. A &eacute;l le debemos el perfeccionamiento del horno microondas (originalmente pensado para &ldquo;resucitar&rdquo; hamsters criogenizados) y el detector de captura de electrones, empleado para medir fen&oacute;menos como el agujero de ozono o la contaminaci&oacute;n del aire. En 1961 fue reclutado por la NASA para un programa de investigaci&oacute;n sobre la posible vida en Marte. Eran los a&ntilde;os en que la URSS enviaba las sondas <em>Venera-3</em> a Venus (primer artefacto humano en estrellarse en otro planeta, 1966) y <em>Mars-2</em> (primer artefacto humano en estrellarse en Marte, 1971).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lovelock decidi&oacute; encarar el problema desde las condiciones atmosf&eacute;ricas y concluy&oacute; que la vida en Marte era inviable. Estudiar a la atm&oacute;sfera como condici&oacute;n de vida lo llev&oacute; a entenderla como extensi&oacute;n de la bi&oacute;sfera, ya no como un entorno fijo y externo sino como un veh&iacute;culo din&aacute;mico capaz de reducir la entrop&iacute;a. As&iacute; arrib&oacute; a la hip&oacute;tesis de que &ldquo;el conjunto de los seres vivos de la Tierra, de las ballenas a los virus, de los robles a las algas, puede ser considerado como una entidad viviente capaz de transformar la atm&oacute;sfera del planeta para adecuarla a sus necesidades globales&rdquo;. En suma, que la vida en este planeta funciona como un todo integrado. La bi&oacute;sfera es un sistema autorregulado, cuyos ciclos se calibran cibern&eacute;ticamente, mediante el <em>feedback</em> de informaci&oacute;n, para mantener las condiciones de desequilibrio f&iacute;sico qu&iacute;mico que hacen posible esa anomal&iacute;a c&oacute;smica que es la vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lovelock pase&oacute; su hip&oacute;tesis por diferentes congresos cient&iacute;ficos con poca suerte. Hasta que consigui&oacute; a una socia intelectual: Lynn Margulis (la bi&oacute;loga que discuti&oacute; al darwinismo en nombre de la simbiogen&eacute;tica o &ldquo;evoluci&oacute;n por cooperaci&oacute;n&rdquo;); y luego, que Carl Sagan la publicara en su revista <em>Icarus</em>. En busca de un nombre con gancho para su hip&oacute;tesis, Lovelock acept&oacute; la propuesta que le hizo su vecino William Golding en un pub de Wiltshire y la llam&oacute; <em>Gaia</em>, como la diosa griega de la Tierra. &ldquo;Ha sido ocasionalmente dif&iacute;cil, sin acudir a circunlocuciones excesivas evitar hablar de Gaia como si fuera un ser consciente: deseo subrayar que ello no va m&aacute;s all&aacute; del grado de personalizaci&oacute;n que a un barco le confiere su nombre&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lovelock era consciente de que no solo su hip&oacute;tesis sino el tema mismo era un objeto caliente: &ldquo;Cuando se trata de asuntos ambientales, la comunidad cient&iacute;fica parece estar dividida en grupos beligerantes, en tribus enfrentadas cuyos miembros sufren fuertes presiones por parte de los dogmas oficiales respectivos para que se adecuen a ellos&rdquo;. &Eacute;l mismo qued&oacute; atrapado en esa polarizaci&oacute;n, como un sospechoso eterno al que no se puede acusar de nada. No solo por el hippismo de nombrar <em>Gaia</em> a su hip&oacute;tesis, tampoco por el antihippismo de aceptar el mecenazgo de la petrolera Shell para financiar sus investigaciones. Sino, y sobre todo, porque<strong> la hip&oacute;tesis Gaia alent&oacute; dos lecturas diametralmente opuestas de la cuesti&oacute;n ambiental.</strong>
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Él mismo quedó atrapado en esa polarización, como un sospechoso eterno al que no se puede acusar de nada (...) Sobre todo, porque la hipótesis Gaia alentó dos lecturas diametralmente opuestas de la cuestión ambiental.</p>
          </div>

  </blockquote><h3 class="article-text"><strong>De la ecolog&iacute;a profunda al pachamamismo</strong></h3><p class="article-text">
        En 1970 Walt Disney Productions consigui&oacute; autorizaci&oacute;n del gobierno para construir un complejo tur&iacute;stico en el valle de Mineral King, California. La asociaci&oacute;n ambientalista <em>Sierra Club</em> apel&oacute; a la Corte contra el proyecto porque afectaba una zona salvaje. Pero la jurisprudencia norteamericana contempla la protecci&oacute;n de intereses concretos, no de principios abstractos, y los magistrados no encontraron a ninguna persona f&iacute;sica o jur&iacute;dica afectada por Disney. Al profesor Christopher D. Stone se le ocurri&oacute; entonces una salida legal: &ldquo;atribuir derechos a los bosques, los oc&eacute;anos, los r&iacute;os y todos los objetos que llamamos naturales, incluso al medio ambiente entero&rdquo;. Suponemos que el profesor Stone tambi&eacute;n contempl&oacute; a las piedras, al menos para honrar su her&aacute;ldica. En 1972 public&oacute; un libro titulado <em>&iquest;Los &aacute;rboles tienen derechos?</em> Nac&iacute;a un nuevo tipo de ecologismo, al que Bill Devall llamar&iacute;a en 1985 &ldquo;ecolog&iacute;a profunda&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A diferencia del ambientalismo (v&aacute;stago del viejo conservacionismo),<strong> la ecolog&iacute;a profunda no busca proteger al entorno </strong><em><strong>para</strong></em><strong> las personas que lo habitan, sino protegerlo </strong><em><strong>de </strong></em><strong>esas personas, entendiendo al ambiente mismo como otra persona</strong>. La ecolog&iacute;a profunda reconoce antecedentes como Aldo Leopold invit&aacute;ndonos a &ldquo;pensar como una monta&ntilde;a&rdquo;; el libro <em>Primavera silenciosa</em> de Rachel Carson; y, muy a pesar de su autor, la hip&oacute;tesis Gaia.
    </p><p class="article-text">
        La posibilidad de concebir a la Tierra como una persona (o, peor, como una diosa) permiti&oacute; actualizar a otra deidad tel&uacute;rica cargada de sentido en medio del giro antioccidental de los a&ntilde;os 70: la Pachamama. Pensadores como Jos&eacute; C. Mari&aacute;tegui, Luis E. Valc&aacute;rcel o Rodolfo Kusch ya hab&iacute;an buscado una alternativa amerindia al pensamiento occidental. Con el tiempo, esa voluntad mell&oacute; su filo originario para devenir en lo que Pablo Stefanoni llam&oacute; <a href="https://www.revistatabularasa.org/numero15/adonde-nos-lleva-el-pachamamismo/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">pachamamismo</a>: &ldquo;Un discurso ind&iacute;gena (new age) global con escasa capacidad para reflejar las etnicidades realmente existentes&rdquo;, una &ldquo;pose de autenticidad ancestral, &uacute;til para seducir a los turistas revolucionarios en busca del 'exotismo familiar' latinoamericano&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>La intersecci&oacute;n de la ecolog&iacute;a profunda con el pachamamismo dio lugar a una pl&eacute;tora de primitivismos</strong>, perspectivas amerindias, &ldquo;miradas del jaguar&rdquo;, filosof&iacute;as de un &ldquo;buen vivir&rdquo; previo a la penicilina, ancestralidades inventadas anteayer. En todas esas propuestas sobrevuela una fascinaci&oacute;n rayana en la misantrop&iacute;a por decrecer y replegarnos ante una Naturaleza con may&uacute;sculas, que es &ldquo;sabia&rdquo;, que sabr&aacute; regenerarse sola, encontrar su equilibrio y un rinc&oacute;n para nosotros, miserables humanos modernos que ofendimos a la Madre Tierra.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Geoingenier&iacute;a y terraformaci&oacute;n</strong></h3><p class="article-text">
        Nada m&aacute;s alejado de la hip&oacute;tesis Gaia que ese primitivismo. Para Lovelock la Tierra no es un templo sagrado y est&aacute;tico que el humano vino a perturbar, sino un circuito efervescente de gases y microbios que mantiene el desequilibrio constante que hace posible la vida, y se retroalimenta con cada especie que la habita, inclusive la movediza humanidad. El calentamiento global es parte de las posibilidades. El problema no es encontrar un culpable sino atajarlo con el propio sistema. Intervenir esa cibern&eacute;tica, hackear a Gaia, no solo es posible, sino a esta altura necesario. Es la propuesta de la llamada geoingenier&iacute;a. Los humanos han venido alterando los ciclos naturales desde su irrupci&oacute;n en el planeta. El Antropoceno es el costo de la independencia humana de la Naturaleza, tan destructiva como cualquier emancipaci&oacute;n. Es hora, dicen, de reconstruir al planeta conquistado, poner todo el poder&iacute;o humano al servicio de &ldquo;un buen Antropoceno&rdquo;: remover el carbono de la atm&oacute;sfera, reemplazar al ganado con carne sint&eacute;tica, eventualmente <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/proxima-frontera_129_8233135.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">alterar nuestro propio cuerpo</a> para adaptarnos a este mundo cruel.
    </p><p class="article-text">
        Benjamin Bratton propone &ldquo;terraformar&rdquo; la Tierra, redise&ntilde;arla como un artificio total en donde haya un lugar seguro para la naturaleza y una tecnocracia global que administre los recursos con un algoritmo. Michael Schellenberger, por su parte, rechaza el alarmismo ambientalista, no porque niegue el cambio clim&aacute;tico, sino porque est&aacute; seguro de que vamos a gestionarlo bien. Si el viejo ambientalismo apelaba a la &eacute;tica utilitaria (cuidar el ambiente nos conviene); y la ecolog&iacute;a profunda apela a la empat&iacute;a y la ciudadan&iacute;a ampliada (los &aacute;rboles tienen derechos); <strong>la &eacute;tica de Schelenberger es una deontolog&iacute;a del amo: no debemos salvar a las ballenas porque sean necesarias ni porque sean personas, sino sencillamente porque podemos hacerlo. El planeta es nuestro</strong>. En este punto, la geoingenier&iacute;a traiciona el principio cibern&eacute;tico de Gaia: conf&iacute;a en una plasticidad total de la Tierra, en la capacidad de una gesti&oacute;n unilateral sin <em>feedback</em> alguno. El planeta es nuestro y nos obedecer&aacute;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Lovelock y su hija Christine                            </span>
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        Hace unos a&ntilde;os, Lovelock ofreci&oacute; una <a href="https://elpais.com/cultura/2007/03/07/actualidad/1173279600_1173282223.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">entrevista abierta</a> a los foristas del diario espa&ntilde;ol <em>El Pa&iacute;s</em>. &ldquo;Este supuesto 'calentamiento global' con el que nos est&aacute;n entreteniendo los pol&iacute;ticos, &iquest;no es nada nuevo, verdad? Por otra parte, la Tierra ha estado cambiando de clima muchas veces, &iquest;no es cierto?&rdquo;, pregunt&oacute; un tal charly. &ldquo;No son los pol&iacute;ticos los que dicen que est&aacute; ocurriendo un calentamiento global - respondi&oacute; Lovelock sin soltar su pocillo de caf&eacute;-, sino los cient&iacute;ficos, como el Panel Intergubernamental sobre Cambio Clim&aacute;tico. S&iacute;, la tierra ha pasado por muchos cambios clim&aacute;ticos en el pasado, y &eacute;stos han sido devastadores. Tal vez seamos el &uacute;nico planeta en esta galaxia con vida y con internet. Debemos hacer todo lo que podamos para que siga&rdquo;. Pese a gestos provocativos como aceptar el pasaje que le regal&oacute; Richard Branson para volar en su nave espacial en caso de que la Tierra colapse, Lovelock nunca perdi&oacute; su compromiso con la humanidad y el planeta, como dos cosas distintas pero integradas, &ldquo;unidas en la diversidad&rdquo;. El optimismo bravuc&oacute;n de Schelenberger no colabora con ese plan.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;En 2019 Lovelock festej&oacute; sus 100 a&ntilde;os publicando <em>Novaceno, </em>un libro en el que afirma que ya es demasiado tarde para el &ldquo;desarrollo sustentable&rdquo;, hay que operar una &ldquo;retirada sustentable&rdquo;: emplear todo nuestro potencial tecnol&oacute;gico para replegar a la humanidad en ciudades medianas y bien equipadas, y despejar espacios silvestres; acelerar el reemplazo de energ&iacute;as f&oacute;siles por energ&iacute;a at&oacute;mica; inyectar aerosol en la estrat&oacute;sfera para enfriar el aire y refractar los rayos solares; y automatizar todas las funciones productivas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;Sr. Lovelock &iquest;no teme que la Inteligencia Artificial tome el control y destruya a la Humanidad?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        	&ndash;No, la IA necesitar&aacute; vida org&aacute;nica para mantener la temperatura planetaria. Cuando sea la especie superior deber&aacute; comportarse con nosotros como nosotros debimos comportarnos con la Tierra. Y ella es m&aacute;s inteligente, concluye Lovelock con una risita.
    </p><p class="article-text">
        Sin dudas, una persona de inter&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/persona-interes_129_8397164.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Oct 2021 04:12:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una persona de interés]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Medio ambiente,James Lovelock,Ecología]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Gramsci murió en Argentina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gramsci-murio-argentina_129_8313028.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1836f882-afc9-41e7-a6c6-c04478d11470_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Gramsci murió en Argentina"></p><p class="article-text">
        &ldquo;Ahora necesitamos que el presidente se convierta en otro. M&aacute;s peronista y menos alfonsinista&rdquo;, concluy&oacute; un periodista kirchnerista luego de las &uacute;ltimas elecciones primarias, expresando quiz&aacute;s el sentir y los preconceptos de muchos militantes. Discutir qu&eacute; es el peronismo ha llevado pilas de libros. Y algunos muertos. <a href="https://www.alfonsin.org/biblioteca/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Discutir a Alfons&iacute;n</a> es una tarea menos frecuente. <em>Diario de una temporada en el quinto piso</em> (Edhasa, 2021), las memorias del soci&oacute;logo Juan Carlos Torre como miembro del equipo de Sourrouille entre 1983 y 1989, pueden ser una buena manera de hacerlo en 2021.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hoy comienzo mis grabaciones. Lo hago con el &aacute;nimo deprimido&rdquo;, abre Torre su diario un 27 de abril de 1984. Y ese &aacute;nimo lo acompa&ntilde;ar&aacute; durante casi todo el libro. Est&aacute; bien: eran los a&ntilde;os de Don Cornelio, Fricci&oacute;n y La Sobrecarga, todo era <em>dark</em>. La primavera democr&aacute;tica no lleg&oacute; al Palacio de Hacienda, estrangulado por la estanflaci&oacute;n, el FMI y las demandas sectoriales. Por las p&aacute;ginas del diario veremos circular a L&oacute;pez Murphy, pidiendo un ajuste desde el d&iacute;a uno de la democracia; a Lavagna, atribuy&eacute;ndose participaci&oacute;n en un Plan Austral a&uacute;n exitoso; a Adalberto Rodr&iacute;guez Giavarini, aquel que felicit&oacute; a De La R&uacute;a por haber redactado su renuncia a mano, distrayendo a Grinspun en plena negociaci&oacute;n con el FMI con una carpeta de recortes period&iacute;sticos. Tambi&eacute;n hay escenas sublimes: Sourrouille y Ubaldini jugando un fulbito en el despacho ministerial con la oferta salarial hecha un bollo de papel; Torre deambulando apesadumbrado por Casa Rosada durante la crisis militar de Semana Santa, luego de que Su&aacute;rez Lastra lo invitara a irse de una reuni&oacute;n, para terminar en un misterioso cuarto lleno de muebles abandonados, de donde tambi&eacute;n lo echan.
    </p><p class="article-text">
        El coraz&oacute;n narrativo del <em>Diario</em> es la pandilla tecnocr&aacute;tica del 5&deg; piso del Ministerio: Machinea, Canitrot, Brodersohn, Frenkel y Sourrouille, el verdadero h&eacute;roe del libro. El Sourrouille de Torre es inteligente, sagaz, paciente, leal, el amigo que quisi&eacute;ramos tener, tambi&eacute;n, de alguna manera, el ministro que no pudimos tener. Enfrente est&aacute;n los otros, los que se turnan para complicar la gesti&oacute;n reclamando fomentar el consumo mientras el capitalismo argentino se extingue: Bernardo Grinspun y la vieja guardia radical, primero; Nosiglia y los &ldquo;chicos&rdquo; de la Coordinadora, despu&eacute;s; el pa&iacute;s entero, al final. Y Alfons&iacute;n, involuntariamente, siempre. Atado a lealtades pol&iacute;ticas y personales, incapaz de subordinar su proyecto pol&iacute;tico a las restricciones materiales, el &ldquo;Padre de la democracia&rdquo; no deja de agradecerle a Sourrouille su trabajo pero se encapricha en gastar U$S 2.000 millones en trasladar la capital a Viedma y reclama menos austeridad apenas la inflaci&oacute;n baja unos d&eacute;cimos.&nbsp;
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        <strong>Pese a la pasteurizaci&oacute;n a la que lo someti&oacute; la Historia, hoy Alfons&iacute;n admite versiones casi opuestas:</strong> el audaz que enjuici&oacute; a las Juntas, el maquiav&eacute;lico que ya en el &lsquo;83 pensaba en la Obediencia Debida, el tibio de Semana Santa, el estadista realpolitik del Pacto de Olivos y el interinato de Duhalde. &ldquo;Alfons&iacute;n entendi&oacute; la &eacute;poca&rdquo;, me respondi&oacute; un amigo peronista, ya fastidiado con mis cr&iacute;ticas y matices. El <em>Diario </em>de Torre permite entender al alfonsinismo como una lectura hist&oacute;rica de la &eacute;poca a la vez que una mirada voluntarista del presente: &ldquo;En la cabeza ten&iacute;a, por un lado, la preocupaci&oacute;n por personalizar en el r&eacute;gimen militar la situaci&oacute;n de crisis que recibi&oacute; el pa&iacute;s y en el otro costado, como en un l&oacute;bulo independiente, estaba la idea de lo que debe y puede hacer el gobierno de ahora en m&aacute;s. Y las dos cosas no se juntaban&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El realismo pol&iacute;tico puede ser el motor de audacias y c&aacute;lculos, irresponsabilidades y cobard&iacute;as. Pero tambi&eacute;n de obcecaciones. La confianza ciega en que todo es pol&iacute;tico, nada es real, en que no hay restricciones materiales que un caudillo p&iacute;caro, un discurso articulado o un significante flotante bien cosido al acolchado no puedan domar. <strong>Pero la realidad existe. Y no hay soluciones progresistas para todos los problemas. </strong>A veces tenemos que ser ortodoxos, conservadores, justamente para conservar la existencia de ese pueblo al que decimos representar. &ldquo;El que se va a lucir es el que me suceder&aacute; a m&iacute;, el pr&oacute;ximo presidente&rdquo;, masculla un Alfons&iacute;n chinchudo cuando le proyectan <em>apenas</em> un 4% de crecimiento para 1985. Gran parte de los suspiros de Torre por un Ministerio aut&oacute;nomo, un gobierno decidido ante las presiones y racional ante las condiciones, parecieron ser, si no cumplidos, al menos vengados por &ldquo;el pr&oacute;ximo presidente&rdquo;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><h3 class="article-text"><strong>Mentirse y creerse</strong></h3><p class="article-text">
        Entonces, &iquest;qu&eacute; lugar queda para la pol&iacute;tica? A lo largo de un diario obsesionado por el d&eacute;ficit, la inflaci&oacute;n y la deuda, aflora en Torre la necesidad de enmarcar todo eso en un proyecto m&aacute;s grande que le d&eacute; sentido, un relato, una ideolog&iacute;a. Se lo dice una noche Ana Mar&iacute;a Mustapic, a la saz&oacute;n su esposa: &ldquo;Es necesario articular la referencia al acuerdo que se dirige a la clase pol&iacute;tica con una referencia a la solidaridad que se dirige a la poblaci&oacute;n&rdquo;. M&aacute;s tarde, es Alain Touraine, director de la tesis de Torre en Par&iacute;s, quien propone disolver la polarizaci&oacute;n entre democracia y justicia social con un llamado &ldquo;churchilliano&rdquo; a la conciencia nacional. Finalmente, Pancho Aric&oacute; trae el recuerdo de la operaci&oacute;n pol&iacute;tica de Per&oacute;n durante el terremoto de San Juan en 1944: &ldquo;Ponerse a la cabeza de una empresa nacional, capitalizando la sensaci&oacute;n colectiva de emergencia. Esto es precisamente lo que pareciera faltar hoy d&iacute;a. La necesidad de una consigna capaz de galvanizar a esta sociedad siempre voluble&rdquo;. Y la democracia, concluye Torre, por s&iacute; sola no moviliza lo suficiente.
    </p><p class="article-text">
        La presencia de Aric&oacute; es sintom&aacute;tica. Luego de haber introducido al pensamiento de Gramsci al debate izquierdista local desde la revista <em>Pasado y presente</em>, se reconcili&oacute; con la democracia en el exilio y, retornado, acompa&ntilde;&oacute; al Grupo Esmeralda. Formado por Meyer Goodbar para asesorar a Alfons&iacute;n en discursos e imagen presidencial, el grupo estaba integrado, entre otros, por Juan Carlos Portantiero y Emilio De Ipola, compa&ntilde;eros gramscianos de Aric&oacute;. Para ellos, se&ntilde;ala Cecilia Lesgart, el pensamiento de Gramsci fue &uacute;til no solo por el papel que les otorga a los intelectuales en los asuntos de Estado, sino tambi&eacute;n por la idea de la democracia como reforma intelectual y moral. La &ldquo;hegemon&iacute;a pluralista&rdquo; de Portantiero, la &ldquo;rebeli&oacute;n del coro&rdquo; de Nun, el &ldquo;pacto democr&aacute;tico&rdquo; de De Ipola son algunos de los conceptos con los que pretendieron darle un marco m&aacute;s amplio al alfonsinismo.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los hitos de esa empresa fue el famoso discurso de Parque Norte de 1985, en el que particip&oacute; Torre. &ldquo;&iquest;C&oacute;mo es posible que un presidente h&aacute;bil como Alfons&iacute;n acepte pronunciar tremendos mamotretos abrumadores de 14.000 palabras con principios filos&oacute;ficos y pol&iacute;ticos tan confusos o elementales que no servir&iacute;an ni como apuntes de un curso de ingreso universitario?&rdquo;, rese&ntilde;&oacute; el diario <em>&Aacute;mbito financiero</em> al evento. M&aacute;s tarde es Torre mismo el que califica a las palabras de Alfons&iacute;n en <em>Entremos en la historia para fundar la Segunda Rep&uacute;blica</em>, un acto organizado por la UCR, como &ldquo;un discurso conceptual frente a una audiencia que hab&iacute;a concurrido en busca de emoci&oacute;n. La incongruencia entre el tono de las palabras de Alfons&iacute;n y las expectativas de los militantes radicales hizo que, en un balance final, el evento culminara en un fracaso&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Algo no andaba bien en la construcci&oacute;n de la hegemon&iacute;a y no era solo la econom&iacute;a. Torre ensaya una autocr&iacute;tica ante la incipiente videopol&iacute;tica: &ldquo;Mi preocupaci&oacute;n es hacer un discurso que se entienda, pero lo hago con el cuidado que pondr&iacute;a en la redacci&oacute;n de un texto escrito; no manejo los recursos de la comunicaci&oacute;n de un medio como es la TV&rdquo;. Roberto Frenkel, matem&aacute;tico reconvertido en economista y sobreviviente del gobierno de Salvador Allende, es m&aacute;s agudo: le se&ntilde;ala al equipo de Sourrouille que &ldquo;se equivoca al pretender introducir racionalidad a un gobierno que no la quiere, y a trav&eacute;s de &eacute;l, a una sociedad que se opone a ella; en ese esfuerzo vano se pierde tiempo. Y no solamente se pierde tiempo, tambi&eacute;n se pierde identidad&rdquo;. Torre redondea esa intuici&oacute;n sobre la ingratitud de la democracia: &ldquo;La gente no agradece a quienes se esfuerzan por evitar que sobrevenga lo peor en sus vidas porque cuando esos esfuerzos son eficaces (...) cuando se conjura de manera oportuna lo peor, la gente no reacciona aliviada sino que retoma sus viejos h&aacute;bitos y levanta sus demandas de siempre&rdquo;. Hasta que finalmente sobrevino <em>lo peor</em>. <strong>Gramsci muri&oacute; en Argentina en 1989, no hubo hegemon&iacute;a que contuviera a la hiperinflaci&oacute;n y los saqueos</strong>. La democracia es un sistema ingrato.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <p class="quote-text">Gramsci murió en Argentina en 1989, no hubo hegemonía que contuviera a la hiperinflación y los saqueos. La democracia es un sistema ingrato.</p>
          </div>

  </blockquote><h3 class="article-text"><strong>Patria o muerte</strong></h3><p class="article-text">
        Pareciera que tambi&eacute;n en este asunto fue &ldquo;el pr&oacute;ximo presidente&rdquo; el que pudo capitalizar la sobrevenida de <em>lo peor</em>. El propio Torre, junto a Pablo Gerchunoff, <a href="https://publications.iadb.org/es/publicacion/13298/la-economia-politica-de-las-reformas-institucionales-en-argentina-los-casos-de-la" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">estudi&oacute;</a> c&oacute;mo el trauma de la hiperinflaci&oacute;n allan&oacute; el camino para las reformas econ&oacute;micas que ellos mismos no hab&iacute;an podido hacer dos a&ntilde;os antes. Pero el susto no siempre apunta para el mismo lado. Cuando <em>lo peor</em> volvi&oacute; diez a&ntilde;os despu&eacute;s en 2001, la sociedad levant&oacute; sus demandas de siempre y tuvo &eacute;xito: el kirchnerismo, sus reparaciones sociales y su irresponsabilidad fiscal, pueden leerse como la larga reacci&oacute;n de pavor ante aquello. <strong>Un proyecto de poder construido sobre el trauma de </strong><em><strong>lo peor</strong></em><strong>, </strong>financiar como sea los viejos h&aacute;bitos de la sociedad ingrata para que las demandas de siempre no ardan a sus pies. Cuando las arcas se vaciaron fue necesario compensarlas con aquello que el alfonsinismo no hab&iacute;a logrado en vida: un marco general, un relato.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; fue como Gramsci resucit&oacute; en Argentina en 2009, tal como lo denunci&oacute; el lamentable <a href="https://www.lanacion.com.ar/opinion/criminalidad-y-cobardia-nid1209779/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Abel Posse</a>. Pero la construcci&oacute;n de hegemon&iacute;a ya no fue pluralista. Seg&uacute;n <a href="https://www.teseopress.com/identidadespoliticas/chapter/populismo-y-polarizacion-politicafootnote-una-version-preliminar-de-este-trabajo-fue-presentada-en-el-9o-congreso-latinoamericano-de-ciencia-politica-de-alacip-desarrollado-en-montevideo-del-26-al-2/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Aboy Carl&eacute;s</a>, ni siquiera fue populista, fue jacobina. Un modelo polarizado, binario, que ya no vale la pena denunciar como &ldquo;grieta&rdquo; porque hasta esa denuncia cay&oacute; en la misma l&oacute;gica: los cr&iacute;ticos de la Grieta <em>no tienen nada que discutir</em> con aquellos que creen en ella. La grieta de la grieta. <em>Us and them, </em>patria o muerte. Esa parece ser la hegemon&iacute;a hoy, la &uacute;nica manera v&aacute;lida de construir identidad para cualquier proyecto, de garantizar la autonom&iacute;a de la pol&iacute;tica por encima de cualquier restricci&oacute;n material o racionalidad econ&oacute;mica. Esa parece ser la revancha de Alfons&iacute;n. Y esa parece ser tambi&eacute;n la l&oacute;gica que nos lleve al mismo final. Esperar que el advenimiento de <em>lo peor</em> le allane el camino al &ldquo;pr&oacute;ximo presidente&rdquo;. Ojal&aacute; que no. Aqu&iacute; termino esta rese&ntilde;a. Lo hago con el &aacute;nimo deprimido.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Galliano]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Sep 2021 05:52:56 +0000]]></pubDate>
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